COMENTARIO AL NUEVO TESTAMENTO
Volumen 1 - Mateo I
Traductor de la obra completa: Alberto Araujo
© por C. William Barclay. Publicado originalmente en 1970 y actualizado en 1991 por The Saint Andrew
Press, 121 George Streeet, Edimburg, EH 2 4YN, Escocia. © 1995 por Clie para la versión española.
Depósito Legal: B. 40.057-1997
ISBN 84-7465-749-9 Obra completa
ISBN 84-7645-952-1 Volumen 1
Impreso en los Talleres Gráficos de la M.C.E. Horeb,
E.R. n° 2.910 SE -Polígono Industrial Can Trias,
c/Ramón Llull, s/n- 08232 VILADECAVALLS (Barcelona)
Printed in Spain
Clasifíquese: 0215 COMENTARIOS COMPLETOS N.T.-Mateo
C.T.C. 01-02-0215-08
Referencia: 22.38.47
MATEO
PRESENTACIÓN
Además de las citas abundantes de los clásicos griegos y latinos y universales a las que nos tiene
acostumbrados, y de sus referencias a escoceses famosos como Sir James Y. Simpson, el descubridor del
cloroformo, y Sir James Barrie, el de Peter Pan, y a los libros de actualidad en su tiempo, William Barclay nos
introduce repetidas veces en la literatura rabínica tradicional sirviéndonos ejemplos abundantes en los que se
muestra la encarnadura de Jesús en la cultura judía, dichos de los rabinos y sabios judíos a los que presenta
tan positivamente como negativamente a los escribas y fariseos, con viñetas tomadas de fuentes judías. En
esto también recalca el interés de Mateo en presentar en el evangelio que iba dirigido especialmente a los
judíos al Ungido Rey Que vino, no para anular, sino para cumplir el A.T. Pero para nosotros, estudiantes de la
Palabra de Dios, este comentario nos abre los secretos del evangelio que presenta más sistemáticamente la
enseñanza de Jesucristo, al haber sido escrito por alguien que poseyó el don de la enseñanza aun por encima
de otros.
El traducir estos dos tomos ha sido para mí una experiencia renovadora que no puedo por menos de
desear compartir con todos vosotros, mis condiscípulos. He revivido las clases interesantísimas y sumamente
edificantes de William Barclay; pero, más aún, he recordado la experiencia que sufrió William Barclay el
verano de 1956, cuando estaba escribiendo este comentario y perdió a su hija Bárbara al zozobrar la barca en
que ella iba con unos amigos, la larga espera desesperada de William Barclay y esposa en Irlanda hasta que
se encontró el cuerpo sin vida de su hija... experiencia a la que aludió después varias veces como su
tempestad particular, testificando que < en la presencia de Jesús las más terribles tempestades se convierten
en paz.» Muchas de estas páginas llevan el ardor de las lágrimas de los ojos y la sangre del corazón doliente
que, a partir de aquella experiencia, adquirió una nueva ternura para asumir y consolar el dolor de otros
corazones atormentados. «A cada uno de nosotros nos suceden cosas en este mundo que no podemos
entender; es entonces cuando la fe se pone a prueba hasta su último límite; y en tales momentos es dulzura
para el alma recordar que Jesús también lo pasó en Getsemaní... Cada persona. tiene su propio Getsemaní, y
cada persona tiene que aprender a decir: "Hágase Tu voluntad..."» Y sobre el grito de Jesús en la Cruz, «Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»: «Puede ser que haya algo aquí -si podemos decirlo así-
más humano. A mí me parece que Jesús no sería Jesús si no hubiera sondeado las simas más profundas de
la experiencia humana. En la experiencia humana, en el transcurso de la vida, cuando las más amargas
tragedias la invaden, hay momentos cuando nos parece sentir que Dios Se ha olvidado de nosotros; cuando
estamos inmersos en una situación que sobrepasa nuestro entendimiento y nos sentimos abandonados hasta
de Dios... Aquí vemos a Jesús sondeando las más negras profundidades de la situación humana, para que no
hubiera ninguna de la que pudiéramos decir que Él no la pasó antes que nosotros... Aquí tenemos algo de
valor incalculable. Jesús pasó por el abismo más insondable, y salió de nuevo a la luz. Nosotros también, si
nos aferramos a Dios aun cuando parece que no hay Dios, manteniendo los restos de nuestra fe desesperada
e invenciblemente, no cabe duda que la aurora romperá y saldremos victoriosos. El vencedor es el que se
niega a creer que Dios Se ha olvidado de él aun cuando todas las fibras de su ser se sientan abandonadas.
Vencedor es aquel que no deja que se le pierda nunca la fe, aun cuando sienta que ya ha perdido toda su
base. Vencedor es el que se ha sumido hasta las profundidades, y todavía se aferra a Dios, porque eso es lo
que hizo En un abrir y cerrar de ojos.»
Alberto Araujo
INTRODUCCIÓN AL EVANGELIO
SEGÚN SAN MATEO
LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS
Mateo, Marcos y Lucas se conocen generalmente como los Evangelios Sinópticos. Sinóptico viene de dos
palabras griegas que quieren decir ver juntamente, y quiere decir por tanto lo que se puede ver juntamente. La
razón de este nombre es la siguiente. Cada uno de estos tres evangelios hace un relato de los mismos
acontecimientos de la vida de Jesús. Cada uno de ellos añade u omite algo; pero, hablando en general; sus
materiales y distribución son los mismos. Por tanto es posible colocarlos en columnas paralelas para
compararlos entre sí.
Cuando se hace eso, se ve claramente que existe la más íntima relación imaginable entre ellos. Si, por
ejemplo, comparamos la historia de la alimentación de los cinco mil (Mateo 14:12-21; Marcos 6:30-44; Lucas
9:10-17) nos encontramos con exactamente la misma historia contada en casi exactamente las mismas
palabras.
Otro ejemplo es la historia de la curación del paralítico (Mateo 9:1-8; Marcos 2:1-12; Lucas 5:17-26). Los
tres relatos son tan parecidos que hasta un pequeño paréntesis -«dijo entonces al paralítico»- ocurre en los
tres exactamente en el mismo lugar. La correspondencia entre los tres evangelios es tan considerable que no
podemos evitar llegar a la conclusión de que, o los tres extrajeron el material de una fuente común, o dos de
ellos se basaron en el otro.
EL PRIMERO DE LOS EVANGELIOS
Cuando examinamos el asunto más detenidamente vemos que hay razones para creer que Marcos fue el
primer evangelio que se escribió, y que los otros dos, Mateo y Lucas, usaron Marcos como base.
Marcos se puede dividir en 105 secciones. De éstas, 93 secciones aparecen en Mateo y 81 en Lucas. De
las 105 secciones de Marcos hay sólo 4 que no se encuentran ni en Mateo ni en Lucas.
Marcos tiene 661 versículos; Mateo tiene 1.068, y Lucas 1.149. Mateo reproduce no menos de 606 de los
versículos de Marcos; y Lucas 320. De los 55 versículos de Marcos que Mateo no reproduce, Lucas reproduce
31; así que no hay más que 24 versículos en todo Marcos que no se encuentran ni en Mateo ni en Lucas.
No es solamente la sustancia de los versículos lo que se reproduce, sino hasta las mismas palabras.
Mateo usa el 51 por ciento de las palabras de Marcos; y Lucas el 53 por ciento.
Como regla general, tanto Mateo como Lucas siguen el orden de los acontecimientos de Marcos. A veces
uno de los dos se aparta; pero nunca están de acuerdo los dos en diferir de Marcos; siempre por lo menos
uno de ellos sigue el orden de Marcos.
MEJORAS A MARCOS
Como Mateo y Lucas son los dos más largos que Marcos, se podría sugerir que Marcos es un resumen de
Mateo y Lucas; pero hay otra serie de hechos que demuestran que Marcos es anterior. Mateo y Lucas tienen
la costumbre de mejorar y corregir a Marcos, si podemos decirlo así. Vamos a fijarnos en algunos ejemplos.
Algunas veces Marcos parece limitar el poder de Jesús; por lo menos, algún crítico mal intencionado podría
tratar de demostrar que eso es lo que hace. Aquí tenemos tres relatos del mismo incidente:
Marcos 1:34: Y sanó a muchos que padecían de diversas enfermedades, y echó fuera muchos
demonios;
Mateo 8:16: y con la palabra echó fuera a los demonios y sanó a todos los enfermos,
Lucas 4:40: y Él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba.
Vamos a tomar otros tres ejemplos parecidos:
Marcos 3:10: como había sanado a muchos, Mateo 12:15: y sanaba a todos, Lucas 6:19: y sanaba a
todos.
Mateo y Lucas cambian el muchos de Marcos por todos para que no quede ninguna sugerencia de que el
poder de Jesucristo fuera limitado.
Hay un cambio similar en el relato de los acontecimientos de la visita de Jesús a Nazaret. Vamos a
comparar el relato de Marcos con el de Mateo.
Marcos 6:5-6: No pudo hacer allí ningún milagro... Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos.
Mateo 13:58: Y no hizo allí muchos milagros debido a la incredulidad de ellos.
Mateo se resiste a decir que Jesús no pudo hacer ningún milagro; y cambia la expresión en consecuencia.
Algunas veces Mateo y Lucas omiten pequeños detalles de Marcos que pudieran tomarse como para
minimizar a Jesús. Mateo y Lucas omiten tres afirmaciones de Marcos:
Marcos 3:5: Entonces, mirándolos con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones,
Marcos 3:21: Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderlo, porque decían: «Está fuera
de Sí.»
Marcos 10:14: Jesús, se indignó.
Mateo y Lucas se resisten a atribuir emociones humanas de ira e indignación a Jesús, y se rebelan a creer
que nadie pudiera sugerir que Jesús estaba loco.
A veces Mateo y Lucas alteran ligeramente las cosas de Marcos para librarse de afirmaciones que podría
parecer que muestran a los apóstoles en una luz negativa. No citamos más que un ejemplo, el de. la ocasión
en que Santiago y Juan trataron de asegurarse los puestos principales en el Reino venidero. Comparemos la
introducción a esa historia en Marcos y Mateo:
Marcos 10:35: Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se Le acercaron y Le dijeron:
Mateo 20:20: Entonces de Le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose
ante Él y pidiéndole algo.
Mateo se resiste a atribuirles motivos de ambición directamente a los dos apóstoles, y se los atribuye a su
madre.
Todo lo dicho deja suficientemente claro que Marcos es el primero de los evangelios. Marcos hace una
narración sencilla, clara y directa; pero Mateo y Lucas ya han empezado a sentir la influencia de
consideraciones doctrinales y teológicas, lo que los hace más cuidadosos con lo que dicen.
LA ENSEÑANZA DE JESÚS
Ya hemos visto que Mateo tiene 1.068 versículos; y Lucas, 1.149; y que entre los dos reproducen 582 de
los versículos de Marcos. Eso quiere decir que en Mateo y Lucas hay otros materiales que Marcos no suple.
Cuando examinamos ese material nos encontramos con que más de 200 versículos de él aparecen casi
idénticos en Mateo y Lucas. Por ejemplo, pasajes como Lucas 6:41s,. y Mateo 7:3,5; Lucas 10:21s y Mateo
11:25-27; Lucas 3:7-9 y Mateo 3:7-10 son casi exactamente iguales, respectivamente.
Pero aquí notamos otra diferencia. El material que Mateo y Lucas tomaron de Marcos era casi
exclusivamente el que contenía hechos de la vida de Jesús; pero estos 200 versículos adicionales comunes a
Mateo y Lucas contienen, no lo que Jesús hizo, sino lo que Jesús dijo. Es evidente en estos versículos que
Mateo y Lucas están usando un libro de dichos de Jesús como fuente común.
Ese libro ya no existe; pero los investigadores le han asignado la letra Q que representa Quelle, que quiere
decir fuente en alemán. Tiene que haber sido un libro extraordinariamente importante en su tiempo, porque
sería el primer manual de las enseñanzas de Jesús.
LUGAR DE MATEO EN LA TRADICIÓN EVANGÉLICA
Aquí es donde nos encontramos con el apóstol Mateo. Los estudiosos, están de acuerdo en que el primer
evangelio, tal como ha llegado hasta nosotros no fue obra de Mateo. Uno que hubiera sido testigo presencial
de la vida de Cristo no habría necesitado usar Marcos como fuente para la vida de Jesús como hizo Mateo.
Pero uno de los primeros historiadores de la Iglesia, un hombre que se llamaba Papías, nos da este impor-
tantísimo detalle de información: «Mateo recogió los dichos de Jesús en lengua hebrea.»
Así que podemos creer que no fue sino Mateo mismo el que escribió ese libro que había de ser la fuente a
la que todos acudieran si querían saber lo que Jesús había enseñado. Y fue porque mucho de ese libro-fuente
se incorporó en el primer evangelio por lo que se le adscribió el nombre de Mateo. Debemos estar
agradecidos a Mateo siempre al recordar que es a él a quien debemos el Sermón del Monte y casi todo lo
demás que sabemos de las enseñanzas de Jesús. Hablando en general, le debemos a Marcos nuestro
conocimiento de los acontecimientos de la vida de Jesús, y a Mateo el de la esencia de la enseñanza de
Jesús.
MATEO EL PUBLICANO
De Mateo mismo sabemos muy poco. Leemos de su vocación en Mateo 9:9. Sabemos que era publicano, y
que sería un hombre intensamente odiado, porque los judíos odiaban a los miembros de su propia raza que
se habían puesto al servicio de sus conquistadores. Considerarían a Mateo un colaboracionista.
Pero había un don que Mateo poseía. La mayor parte de los discípulos eran pescadores. Tendrían poco
conocimiento y práctica en eso de reflejar palabras en un papel; pero Mateo sería un experto en ello. Cuando
Jesús llamó a Mateo, que estaba sentado en el puesto de los tributos públicos, Mateo se levantó y le siguió
dejándolo todo atrás menos una cosa: su pluma. Y Mateo usó noblemente su habilidad literaria para llegar a
ser el primer hombre que compiló las enseñanzas de Jesús.
EL EVANGELIO DE LOS JUDÍOS
Veamos ahora las características principales del evangelio de Mateo para seguirlas atentamente cuando lo
leamos.
En primero y principal lugar, Mateo es el evangelio que fue escrito para los judíos. Lo escribió un judío para
convencer a los judíos.
Uno de los propósitos principales de Mateo es demostrar que las profecías del Antiguo Testamento se
cumplieron en Jesús, y que por tanto Él tiene que ser el Mesías. Tiene una
frase que resuena por todo el evangelio como un tema sinfónico: < Esto sucedió para que se cumpliese lo que
fue dicho por el Señor por medio de los profetas.» Esta frase aparece en el evangelio no menos de 16 veces:
El nacimiento de Jesús y Su nombre fueron el cumplimiento de la profecía (1:21-23); también lo fue la huida a
Egipto (2:14s); la matanza de los niños (2:16-18); el que José fijara su residencia en Nazaret y Jesús creciera
allí (2:23); el uso que Jesús hizo de parábolas (13:34s); la entrada triunfal (21:5-11); la traición por treinta
piezas de plata (27:9), y el echarse a suertes la ropa de Jesús cuando pendía de la cruz (27:35). El propósito
primario y deliberado de Mateo es mostrar que las profecías del Antiguo Testamento tuvieron su cumplimiento
en Jesús; que todos los detalles de Su vida fueron vislumbrados por los profetas, y así obligar a los judíos a
reconocer que Jesús era el Mesías.
A Mateo le interesaban principalmente los judíos. La conversión de los judíos era lo que más anhelaba el
corazón del escritor. Cuando la mujer siriofenicia busca Su ayuda, la primera respuesta de Jesús es: «Yo no
soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (15:24). Cuando Jesús envía a los Doce al
trabajo de evangelización, Sus instrucciones son: «Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de sama-
ritanos en entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (10:5s). Sin embargo no se ha de
pensar que este evangelio excluye a los gentiles. Muchos vendrán de Oriente y Occidente a asentarse en el
Reino de Dios (8:11). El Evangelio se ha de predicar a todo el mundo (24:14); y es Mateo el que nos da la
gran comisión de la Iglesia: « Id y haced mis discípulos a todos los pueblos» (28:19). Está claro que el interés
primario de Mateo son los judíos, pero prevé el día en que todas las naciones se incorporarán.
El judaísmo de Mateo también se ve en su actitud para con la Ley. Jesús no vino para destruirla, sino para
cumplirla. Ni la parte más insignificante de ella debe omitirse. No hay que enseñar a nadie a quebrantar la
Ley. La integridad de los cristianos debe exceder a la de los escribas y fariseos (5:17-20).
Mateo lo escribió uno que conocía y amaba la Ley, y que veía que aún la Ley tiene su lugar en la economía
cristiana.
Una vez más encontramos una aparente paradoja en la actitud de Mateo hacia los escribas y fariseos. Se
les reconoce una autoridad especial: «En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que,
todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo» (23:2). Pero al mismo tiempo es el evangelio que
más seria y constantemente los condena.
El mismo principio nos encontramos en la salvaje denuncia de ellos que hace Juan el Bautista llamándolos
raza de víboras (3:7-12). Objetaban a que Jesús comiera con publicanos y pecadores (9:11). Atribuía el poder
de Jesús, no a Dios, sino al príncipe de los demonios (12:24). Conspiraban para eliminarle (12:14). Jesús
advierte a sus discípulos contra la levadura de los escribas y fariseos, su mala enseñanza (16:12). Son como
malas hierbas condenadas a ser desarraigadas (15:13). Son incapaces de leer las señales de los tiempos
(16:3). Son los asesinos de los profetas (21:41). No hay capítulo en todo el Nuevo Testamento que contenga
una condenación más violenta. que Mateo 23, que no es una condenación de lo que enseñaban los escribas y
los fariseos, sino de cómo eran. Jesús los condena porque no estaban a la altura de sus propias enseñanzas
y sí muy por debajo de cómo deberían ser.
Hay algunos otros intereses especiales en Mateo. Mateo muestra un interés especial en la Iglesia. De
hecho, es el único de los Evangelios Sinópticos que usa la palabra iglesia. Sólo Mateo introduce el pasaje
acerca de la Iglesia después de la confesión de Pedro en Cesárea de Filipo (Mateo 16:13-23; cp. Marcos
8:27-33; Lucas 9:18-22). Sólo Mateo dice que hay que zanjar las diferencias en la iglesia (18-17). Para
cuando Mateo se escribió la Iglesia ya se había convertido en una gran organización e institución; y, por
supuesto, era el factor dominante de la vida cristiana.
Mateo especialmente tiene un fuerte interés apocalíptico. Es decir, que Mateo tiene un fuerte interés
especialmente en todo lo que Jesús dijo acerca de Su Segunda Venida, el fin del mundo y el Juicio Final.
Mateo 24 nos da un relato más completo que ninguno de los otros evangelios del discurso apocalíptico de
Jesús. Mateo es el único que tiene las parábolas de los Talentos (25:14-30); las Vírgenes prudentes e
insensatas, y las Ovejas y los Cabritos (25:31-46). Mateo tiene un interés especial en las últimas cosas y en el
.Juicio Final.
Pero hasta ahora no habíamos llegado a la más importante de todas las características de Mateo. Es, por
encima de todo, el evangelio de la enseñanza.
Ya hemos visto que el apóstol Mateo fue el que hizo la primera colección y el primer manual de las
enseñanzas de Jesús. Mateo era un gran sistematizador. Tenía costumbre de agrupar en un Jugar todo lo que
sabía de la enseñanza de Jesús sobre cualquier, asunto. El resultado es que en Mateo encontramos cinco
grandes bloques en los que se reúne y sistematiza la enseñanza de Jesús. Todas estas secciones se refieren
al Reino de Dios. Son las siguientes:
(a) El Sermón del Monte, o La Ley del Reino (5-7).
(b) Las Obligaciones de los Mensajeros del Reino (10).
(c) Las Parábolas del Reino (13).
(d) La Grandeza y el Perdón en el Reino (18).
(e) La Venida del Rey (24-25).
Mateo hace mucho más que reunir y sistematizar. Hay que recordar que Mateo estaba escribiendo mucho
antes de que se descubriera la imprenta, cuando los libros escaseaban y eran muy caros, porque tenían que
escribirse a mano. En aquellos tiempos, comparativamente pocas personas podían poseer un libro; y, por
tanto, si querían conocer y usar la enseñanza y la historia de Jesús, tenían que llevarlas en la memoria.
Mateo, por tanto, siempre organiza las cosas de manera que le sea más fácil al lector memorizarlas.
Coloca las cosas en grupos de tres en tres o de siete en siete. Hay tres mensajes de Dios a José; tres
negaciones de Pedro; tres preguntas de Pilato; siete parábolas del Reino en el capítulo 13; siete ayes a los
escribas y fariseos en el capítulo 23.
La genealogía de Jesús con la que empieza el evangelio es un buen ejemplo de esto. Tiene por objeto
demostrar que Jesús es el Hijo de David. En hebreo no había" signos numéricos; cuando hacía falta indicarlos
se usaban las letras del alfabeto. En hebreo no se escriben las vocales. Por ejemplo, las letras de David son
DWD; si estas letras se toman como números, suman 14; y la genealogía consta de tres grupos de nombres
en cada uno de los cuales hay catorce. Mateo hace todo lo posible para colocar las enseñanzas de Jesús de
tal manera que se puedan asimilar y recordar.
Todos los maestros tienen una deuda de gratitud con Mateo, por que Mateo escribió lo que es por encima
de todo el evangelio del maestro.
Mateo tiene una última característica final. La idea dominante de Mateo es la de Jesús como Rey. Escribe
para demostrar la realeza de Jesús.
En el mismo principio, la genealogía está para demostrar que Jesús es el Hijo de David (1:1-17). El título
Hijo de David se usa con más frecuencia en Mateo que en ningún otro evangelio (15:22; 21:9; 21:15). Los
Magos vinieron buscando al que había nacido Rey de los judíos (2:2). La Entrada Triunfal es una presentación
deliberadamente dramática de Jesús como Rey (21:1-1l). Ante Pilato, Jesús acepta el título de Rey (2711).
Hasta en la Cruz, el título que figura sobre Su cabeza es el de Rey, aunque fuera en burla (27:37). En el
Sermón del Monte Mateo nos muestra a Jesús citando la Ley, y cinco veces abrogándola con un regio: «más
yo os digo...» (5:21,27,34, 38,43). Su proclamación final es: «Toda autoridad me ha sido dada» (28: i 8).
La descripción de Jesús que encontramos en Mateo es la de un Hombre nacido para ser Rey. Jesús
recorre sus páginas revestido de la púrpura y el oro de la realeza.
EL LINAJE DEL REY
Mateo 1:1-17
Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:
Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró de
Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram. Aram engendró a Aminadab, Aminadab a
Naasón, y Naasón a Salmón. Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y
Obed a Isaí. Isaí engendró al rey David.
El rey David engendró de la que fue mujer de Urías a Salomón. Salomón engendró a Roboam,
Roboam a Abías, y Abías a Asa. Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías. Uzías
engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías. Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón,
y Amón a Josías. Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos en el tiempo de la deportación a
Babilonia.
Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel.
Zorobabel engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a Azor. Azor engendró a Sadoc, Sadoc a
Aquim y Aquim a Eliud. Eliud engendró a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob. Jacob engendró a
José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.
De manera que todas las generaciones de Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la
deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce.
Al lector moderno le parecerá que Mateo escogió una manera muy extraña de empezar su evangelio, y le
alucinará tener que vadear una larga lista de nombres propios justamente al principio de todo. Pero, para un
judío, esto era lo más natural y lo más interesante; y, desde luego, la manera más esencial de empezar la
historia de la vida de cualquier persona.
Los judíos tenían un interés tremendo en las genealogías. Mateo llama a esta parte el libro de la
generación (biblos guenéseós) de Jesucristo. Esa era una frase corriente entre los judíos; y quería decir la
partida del linaje de una persona, con unas pocas frases explicativas donde fueran necesarias. En el Antiguo
Testamento nos encontramos frecuentemente con listas de generaciones de personas famosas (Génesis 5:1;
10:1; 11:10; 11:27). Cuando Josefo, el gran historiador judío, escribió su propia autobiografía, empezó por su
propio pedigrí que, nos dice, encontró en los registros públicos.
La razón de este interés en los pedigrís era que los judíos daban la mayor importancia a la pureza de linaje.
Si hubiera en alguna persona la más ligera mezcla de sangre extranjera, perdería su derecho de ciudadanía
como judía y como miembro del pueblo de Dios. Un sacerdote, por ejemplo, estaba obligado a presentar el
certificado ininterrumpido de su pedigrí remontándose hasta Aarón; y, si se casaba, su mujer tenía que pre-
sentar su pedigrí por lo menos de las últimas cinco generaciones. Cuando Esdras estaba reorganizando el
culto de Dios, después que el pueblo volvió del exilio, y estaba instalando el sacerdocio en su ministerio, los
hijos de Habaía, los de Cos y los de Barzilai fueron excluidos del sacerdocio y considerados contaminados
porque «buscaron su registro genealógico pero no lo hallaron» (Esdras 2:62).
Estos registros genealógicos los guardaba el sanedrín. A Herodes el Grande siempre le despreciaron los
purasangres judíos porque era medio edomita; y podemos advertir la importancia que el mismo Herodes
concedía a estas genealogías por el hecho de que hizo destruir todos los registros oficiales para que nadie
pudiera demostrar un pedigrí más puro que el suyo. Este puede que nos parezca un pasaje sin ninguna im-
portancia, pero para un judío contiene un asunto de la máxima importancia: el que la genealogía de Jesús se
pudiera trazar hasta Abraham.
Además ha de notarse que esta genealogía está dispuesta con sumo cuidado. Comprende tres grupos de
catorce nombres cada uno. Es, de hecho, lo que técnicamente llamaríamos mnemotécnica; es decir, algo que
se coloca de manera que se pueda memorizar fácilmente. Debemos recordar siempre que los evangelios se
escribieron siglos antes de que existiera tal cosa como libros impresos. Muy pocas personas serían capaces
de poseer ejemplares de ellos; así que, si querían poseerlos, los tenían que memorizar. Esta genealogía, por
tanto, está organizada de tal manera que sea fácil de memorizar. Su invalidad es demostrar que Jesús fue el
Hijo de David, y está dispuesta para que resulte fácil conservarla en la memoria.
LAS TRES ETAPAS
Mateo 1:1-17 (continuación)
Hay algo representativo en la manera como está organizada esta genealogía: hay en ella tres secciones,
que corresponden a las tres grandes etapas de la historia de Israel.
La primera sección incluye la historia hasta David. David fue el hombre que fraguó a Israel como nación, e
hizo de los judíos un poder en el mundo. La primera sección sigue la historia hasta el surgimiento del más
grande rey de Israel.
La segunda sección continúa la historia hasta la cautividad de Babilonia. Es la sección que nos cuenta la
vergüenza, y la tragedia, y el desastre de la nación.
La tercera sección continúa la historia hasta Jesucristo. Jesucristo fue la Persona Que liberó a la
humanidad de la esclavitud, Que la rescató del desastre, y en Quien la tragedia se transformó en triunfo.
Estas tres secciones representan tres etapas de la historia espiritual de la humanidad.
(i) El hombre fue creado para la grandeza. «Y creó Dios al hombre a Su imagen, a imagen de Dios lo creó»
(Génesis 1:27). Dios dijo «Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza» (Génesis
1:26). Adán -el primer hombre y la raza humana- fue creado a imagen de Dios. El sueño de Dios para el
hombre era un sueño de grandeza. El hombre estaba diseñado para la comunión con Dios. Fue creado para
nada menos que vivir en intimidad con Dios. Como lo veía el pensador latino Cicerón: « La única diferencia
entre el hombre y Dios es en cuanto al tiempo.» Adán nació esencialmente para ser rey.
(ii) El hombre perdió su grandeza. En vez de ser siervo de Dios, se convirtió en esclavo del pecado. Como
dijo G. K. Chesterton: «Entre otras cosas tal vez, lo que es seguro es que el hombre no es lo que se supuso
que fuera.» Usó su libre albedrío para desafiar y desobedecer a Dios más bien que para entrar en una
relación de amistad y comunión con Él. Culpablemente frustró el designio y el plan de Dios en Su creación.
(iii) El hombre puede recuperar su grandeza. Aun entonces, Dios no abandonó al hombre a su destino
frustrado, Dios no permitió que el hombre fuera destruido por su propia necedad. No dejó que la historia
acabara en tragedia. A este mundo Dios mandó a Su Hijo Jesucristo para que rescatara al hombre de la
ciénaga del pecado en que se había perdido, y le liberara de las cadenas del pecado. en las que él mismo se
había aherrojado, para que por medio de Él el hombre pudiera recuperar la comunión con Dios que había
perdido.
En su genealogía Mateo nos muestra la realeza original; la tragedia de la libertad perdida; la gloria de la
libertad restaurada. Y esa, por la misericordia de Dios, es la historia de la humanidad y de cada persona
humana.
REALIZACIÓN DE LOS SUEÑOS HUMANOS
Mateo 1:1-17 (continuación)
Este pasaje hace hincapié en dos cosas especiales acerca de Jesús:
(i) Subraya el hecho de que era el Hijo de David. Era, desde luego y principalmente, para demostrar este
hecho para lo que se compuso la genealogía. El Nuevo Testamento lo subraya una y otra vez.
Pedro lo afirmó en el primer sermón cristiano del que tenemos referencia, el del día de Pentecostés
(Hechos 2:29-36). Pablo dice que Jesucristo fue descendiente de David según la carne (Romanos 1:3). El
autor de las epístolas pastorales nos exhorta a recordar que Jesucristo, descendiente de David, resucitó de
entre los muertos (2 Timoteo 2:8). El autor del Apocalipsis oye decir al Cristo resucitado: «Yo soy la raíz y el
linaje de David» (Apocalipsis 22:16).
Repetidamente se Le llama así a Jesús en la historia evangélica. Después de la curación del hombre ciego
y mudo, la gente exclamó: « ¿Será Éste aquel Hijo de David?» (Mateo 12:23). La mujer de Tiro y Sidón que le
pedía a Jesús que ayudara a su hija le llamó «Hijo de David» (Mateo 15:22). Los dos ciegos que clamaron a
Jesús cuando pasaba Le llamaron «Señor, Hijo de David» (Mateo 20:30s). Fue como Hijo de David como las
multitudes Le saludaron y aclamaron cuando entró en Jerusalén por última vez (Mateo 21:9,15). Aquí hay algo
sumamente significativo. Está claro que fue la multitud, la gente corriente, la que llamaba a Jesús Hijo de
David. Los judíos eran un pueblo a la expectativa. Nunca olvidaban, y nunca podían olvidar, que eran el
pueblo escogido de Dios. Aunque su historia era una larga serie de desastres, aunque entonces eran un
pueblo sometido, nunca olvidaron su destino. Y era el sueño de la gente del pueblo que algún día vendría a
este mundo un descendiente de David que los conduciría a la gloria que ellos creían que les pertenecía por
derecho.
Es decir: Jesús es la respuesta a los sueños humanos. Es verdad que muchas veces no se ve así. Se ve la
respuesta a los sueños en el poder, en la riqueza, en la abundancia material, y en la realización de las
ambiciones que se. han acariciado. Pero si han de cumplirse los sueños de paz y .amor, de grandeza y
satisfacción, solamente podrá ser en Jesucristo.
Jesucristo y la vida que ofrece son la respuesta a los sueños humanos. En la vieja historia de José :hay un
texto que sobrepasa la historia misma. Cuando José estaba en la cárcel, el copero y el panadero principales
del Faraón estaban presos con él. Tuvieron cada uno un sueño que los dejó turbados y les hizo clamar en
confusión: «Hemos tenido sueños, pero no hay nadie que nos los interprete» (Génesis 40:8). Porque el
hombre es hombre, porque es una criatura de la eternidad, el hombre está siempre alucinado por su sueño; y
la única manera de que pueda realizarse está en Jesucristo.
(ii) Este pasaje también hace hincapié en que Jesús es el cumplimiento de la profecía. En Él se hace
realidad el mensaje de los profetas. En nuestro tiempo tomamos bastante a la ligera la profecía. No tenemos
interés la mayor parte de nosotros en buscar los dichos del Antiguo Testamento que se cumplen en el Nuevo.
Pero es verdad que la profecía, contiene esta gran verdad eterna: Que en este universo hay un propósito y un
diseño, y que Dios quiere y se propone que sucedan ciertas cosas.
J. H. Withers cita un dicho de la obra de Gerald Healy El extranjero negro. La escena tiene lugar en Irlanda,
en los terribles días de hambre de mediados del siglo diecinueve. Por falta de nada mejor que hacer, y por
carecer de ninguna otra solución, el gobierno había enviado hombres que hicieran carreteras sin ningún
sentido y que no conducían a ninguna parte. Michael lo descubre y vuelve a casa un día diciéndole a su padre
con angustiada sorpresa: «Están haciendo carreteras que no van a ninguna parte.»
Si creemos en la profecía, eso es lo que no podemos decir nunca. La Historia no puede nunca ser una
carretera que no lleva a ninguna parte. Puede que no usemos la profecía de la misma manera que nuestros
padres; pero, tras el hecho de la profecía descansa el eterno hecho de que la vida y el mundo no siguen un
camino-que no lleva a ninguna parte, sino el camino cuya meta es Dios.
NO JUSTOS, SINO PECADORES
Mateo 1:1-17 (conclusión)
Con mucho lo más maravilloso de este pedigrí son los nombres de mujeres que aparecen en él.
No es normal encontrar nombres de mujeres en las genealogías judías. La mujer no tenía derechos
legales; se la consideraba, no como una persona, sino como una cosa. No era más que una posesión de su
padre o de su marido, quienes podían hacer con ella lo que quisieran. En la fórmula tradicional de oración
matutina, el judío le da gracias a Dios por no haberle hecho ni un gentil, ni un esclavo, ni una mujer. La misma
existencia de estos nombres en cualquier pedigrí es ya un fenómeno de lo más sorprendente y extraordinario.
Pero cuando nos fijamos en quiénes eran estas mujeres y en lo que hicieron, la cosa se vuelve todavía
más alucinante. Rajab -o como se la llama en el Antiguo Testamento, Rahab ,era una prostituta de Jericó
(Josué 2:1-7). Rut no era judía, sino moabita (Rut 1:4), ¿y es que no establecía la ley misma que: « No entrará
el amonita ni el moabita en la congregación del Señor, ni siquiera en su décima generación; no entrarán nunca
en la congregación del Señor?» (Deuteronomio 23:3)? Rut pertenecía a un pueblo ajeno y aborrecido. Tamar
fue una seductora y adúltera (Génesis 38). Betsabé, la madre de Salomón era la mujer de Urías a la que
David sedujo con una crueldad imperdonable (2 Samuel 11 y 12). Si Mateo hubiera escarbado las páginas del
Antiguo Testamento buscando candidatas improbables no podría haber descubierto cuatro antepasadas de
Jesucristo más increíbles. Pero sin duda hay algo encantador en esto. Aquí; justamente al principio, Mateo
nos da una muestra del Evangelio de Dios en Jesucristo, porque nos muestra las barreras que se vienen
abajo.
(i) Desaparece la barrera entre judío y gentil. Rahab, la mujer de Jericó, y Rut, la mujer de Moab, hallan su
sitio en el pedigrí de Jesucristo. Ya está aquí la gran verdad de que en Cristo no hay judío ni griego. Aquí, en
el mismo principio, encontramos el universalismo del Evangelio y del amor de Dios.
(ii) Desaparece la barrera entre varón y mujer. En ningún pedigrí ordinario se encontraría el nombre de
ninguna mujer; pero sí en el de Jesús. El viejo desprecio ha desaparecido; y varones y mujeres se encuentran
en el mismo nivel en el amor de Dios y son igualmente importantes en Sus propósitos.
(iii) Desaparece la barrera entre santo y pecador. Dios se las arregla para usar para Su propósito a los que
han sido grandes pecadores. «Yo he venido -dijo Jesús-, no para llamar a los justos, sino a los pecadores
(Mateo 9:13).
Aquí, al principio mismo del evangelio, se nos da un adelanto de la amplitud del amor de Dios que lo
abarca todo. Dios puede encontrar servidores entre aquellos que los respetables ortodoxos evitarían con
horror.
LA LLEGADA DEL SALVADOR AL MUNDO
Mateo 1:18-25
El nacimiento de Jesucristo tuvo lugar de la siguiente manera.
María, Su Madre, era la prometida de José; y, antes que llegasen a ser marido y mujer, se supo que
ella estaba embarazada por obra del Espíritu Santo.
Aunque José, su marido, era cumplidor de la Ley, no quiso humillarla públicamente; decidió
divorciarse de
ella en secreto. Y cuando estaba haciendo los preparativos, fijaos: un ángel del Señor se le apareció en
sueños, y le dijo:
José, hijo de David: no dudes en tomar por mujer a María; porque lo de su embarazo procede del
Espíritu Santo. Dará a luz un Hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él es el Que salvará a Su
pueblo de sus pecados. Todo esto ha sucedido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del
profeta: «He aquí que la muchacha concebirá y dará a luz un Hijo, y le llamarás de nombre Emanuel,
que significa "Dios está con nosotros. "»
Así es que, cuando José se despertó del sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor:
tomó a María por mujer, y no la conoció hasta después que ella dio a luz a un niño; y él Le puso por
nombre Jesús.
Para nuestra manera occidental de pensar, las relaciones que salen en este pasaje son muy extrañas. En
primer lugar, se nos dice que María estaba desposada (Reina-Valera, revisiones anteriores a la del 95) con
José; luego hemos traducido que él estaba haciendo los preparativos para divorciarse de ella en secreto; y
luego se la llama su mujer o esposa. Pero la relación entre ambos representa el procedimiento judío normal,
en el que había tres pasos.
(i) Estaba el compromiso. Este se hacía a menudo cuando la pareja no eran más que niños. Lo hacían
corrientemente los padres, o por medio de un casamentero profesional. Y se hacía a menudo sin que los que
formaban la pareja se hubieran visto nunca. El matrimonio se consideraba que era un paso demasiado serio
para dejarlo a los dictados del corazón humano.
(ii) Estaba el desposorio. Este era lo que podríamos llamar la ratificación del compromiso que ya había
contraído la pareja. Hasta este momento, el compromiso que se había establecido por medio de los padres o
del casamentero, se podía romper si una de las dos partes no quería continuar con él. Pero una vez que se
llegaba al desposorio era absolutamente vinculante. Duraba un año. Durante ese año la pareja se
consideraban marido y mujer, aunque todavía no tenían esa relación. El desposorio no se podía dar por
concluido de ninguna manera más que por el divorcio. En la ley judía nos encontramos frecuentemente lo que
nos parece una frase curiosa. Una chica cuyo prometido había muerto durante el año de los desposorios se
llamaba «una virgen que es viuda.» En esta etapa se encontraban José y María. Estaban desposados; y si
José quería acabar el desposorio no lo podía hacer más que con el divorcio; y ese año de desposorio a María
se la conocía legalmente como su esposa.
(iii) La tercera etapa era el matrimonio propiamente dicho, que tenía lugar al final del año de desposorio.
Si tenemos presentes las costumbres matrimoniales normales de los judíos, entonces la relación que se
indica en este pasaje está perfectamente clara.
Así que en esta etapa se le dijo a José que María iba a tener un Niño, que había sido concebido por obra
del Espíritu Santo, y que él, José, debería ponerle por nombre Jesús. Jesús es la forma griega del nombre
hebreo Josué, que quiere decir Jehová es salvación. Hacía mucho tiempo, el salmista había oído decir a Dios:
« El redimirá a Israel de todos sus pecados» (Salmo 130:8). Y a José se le dijo que el Niño que nacería
llegaría a ser el Que salvara al pueblo de Dios de sus pecados. Jesús fue, aún más que el Hombre nacido
para ser Rey, el Hombre nacido para ser Salvador. Vino a este mundo no por Su propia cuenta, sino por la de
los hombres y su salvación.
NACIDO DEL ESPÍRITU SANTO
Mateo 1:18-25 (continuación)
Este pasaje nos dice que Jesús nació por la acción del Espíritu Santo. Nos habla de lo que llamamos el
Nacimiento
Virginal. De momento lo único que nos concierne es descubrir lo que quiere decir para nosotros.
Si miramos este pasaje con naturalidad y lo leemos como si fuera la primera vez encontramos que lo que
subraya no es tanto que Jesús naciera de una mujer virgen como que el nacimiento de Jesús fue la obra del
Espíritu Santo. «Se supo que María estaba embarazada del Espíritu Santo.» «Lo que ella ha concebido es del
Espíritu Santo.» Es como si estas frases estuvieran subrayadas o impresas en tipo grande. Eso es lo que
Mateo quiere decirnos en este pasaje. Entonces, ¿qué quiere decir que en el nacimiento de Jesús el Espíritu
Santo de Dios estuvo especialmente operativo? Dejemos las cuestiones dudosas o debatibles, y
concentrémonos en esa gran verdad, como Mateo querría que hiciéramos.
En el pensamiento judío el Espíritu Santo tenía ciertas funciones muy definidas. No podemos traer a este
pasaje la idea cristiana del Espíritu Santo en toda su plenitud, porque José no sabría nada de eso. Debemos
interpretarlo a la luz de la idea judía del Espíritu Santo, porque esa sería la interpretación que José le daría
inevitablemente a este pasaje, porque era la única que conocía.
(i) Según la idea judía, el Espíritu Santo era la Persona Que traía a los hombres la verdad de Dios. Era el
Espíritu Santo el Que enseñaba a los profetas lo que habían de decir; era el Espíritu Santo el Que enseñaba a
los hombres lo que debían hacer; era el Espíritu Santo Quien a lo largo de edades y generaciones traía la
verdad de Dios a la humanidad. Así que Jesús es la única Persona que trae la verdad de Dios a la
humanidad.
Para decirlo de otra manera: Jesús es la única Persona que nos puede decir cómo es Dios y lo que Dios
quiere que seamos. Solamente en Él podemos ver cómo es Dios y cómo debemos ser nosotros. Antes de que
Jesús viniera, la humanidad no tenía más que unas ideas vagas e imprecisas, y a menudo erróneas, acerca
de Dios; lo único que podía era suponer y andar a tientas; pero Jesús pudo decir: «El que Me ha visto ha visto
al Padre» (Juan 14:9). En Jesús vemos el amor, la compasión, la misericordia, el corazón buscador, la pureza
de Dios, como no los podemos ver en ningún otro lugar del mundo. Con la venida de Jesús, el tiempo de las
suposiciones ha terminado, y ha llegado el de las certezas. Antes de que Jesús viniera no sabíamos
realmente lo que era la bondad. Solamente en Jesús podemos ver lo que son la verdadera humanidad, la
verdadera bondad, la verdadera obediencia a la voluntad de Dios. Jesús vino al mundo a decirnos la verdad
acerca de Dios y acerca de nosotros mismos.
(ii) Los judíos creían que el Espíritu Santo no sólo traía la verdad de Dios a los hombres, sino también
capacitaba a los hombres para reconocer esa verdad cuando la vieran. Así es que Jesús nos abre los ojos a
la verdad. Los hombres son cegados por su propia ignorancia; son descarriados por sus propios prejuicios;
tienen la mente y los ojos oscurecidos por su propio pecado y por sus pasiones. Jesús puede abrir nuestros
ojos para que podamos ver la verdad.
En una de las novelas de William J. Locke hay una descripción de una mujer que tenía más dinero del que
podía contar, y que había pasado la mitad de su vida visitando los museos de pintura del mundo. Estaba
cansada y aburrida. Entonces conoció a un francés que tenía muy poco de las cosas de este mundo, pero que
tenía un conocimiento amplio y un amor profundo por la belleza. Fue con ella, y en su compañía las cosas
aparecieron totalmente diferentes. « Yo nunca supe cómo eran las cosas -le dijo ella- hasta que tú me
enseñaste a mirarlas.»
La vida se convierte en algo totalmente diferente cuando Jesús nos enseña a mirar las cosas. Cuando
Jesús viene a nuestro corazón, nos abre los ojos para que veamos las cosas tal como son de veras.
CREACIÓN Y RECREACIÓN
Mateo 1:18-25 (conclusión)
(iii) Especialmente, los judíos conectaban al Espíritu de Dios con la obra de la creación. Fue por medio de
Su Espíritu como Dios realizo Su obra creadora. En el principio, el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas y
el caos llegó a ser un mundo (Génesis 1:2). «Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos -dijo el
salmista-; y todo el ejército de ellos por el aliento de Su boca» (Salmo 33:6). (Tanto en hebreo, rúaj, como en
griego, pneuma, la palabra para aliento y espíritu es la misma). «Envías Tu Espíritu, son creados y renuevas
la faz de la tierra» (Salmo 104:30). « El Espíritu de Dios me hizo -decía Job- y el soplo del Omnipotente me
dio vida» (Job 33:4).
El Espíritu es el Creador del mundo y el Dador de la vida. Así que en Jesús vino al mundo el poder
vivificador y creador de Dios. Ese poder, que convirtió en orden el caos primigenio, ha venido a traer orden a
nuestra desordenada vida. Ese poder, que alentó vida donde antes no la había, ha venido a alentar vida en
nuestra debilidad y frustración. Podríamos decir realmente que no estamos vivos de veras hasta que Jesús
entra en nuestras vidas.
(iv) Los judíos conectaban al Espíritu especialmente, no sólo con la obra de la creación, sino también con
la obra de la re-creación. Ezequiel traza un cuadro sombrío del valle de los huesos secos. Pasa luego a
contar cómo los huesos secos volvieron a la vida; y entonces oye decir a Dios: « Yo hago entrar espíritu en
vosotros y viviréis» (Ezequiel 37:1-14). Los rabinos tenían un dicho: «Dios dijo a Israel: "En este mundo Mi
Espíritu ha puesto sabiduría en vosotros, pero en el futuro Mi Espíritu os hará vivir de nuevo."» Cuando los
hombres están muertos en pecado y en letargo, es el Espíritu de Dios el Que puede despertarlos a una vida
nueva.
Así pues, en Jesús vino a este mundo el poder que puede re-crear la vida. Puede traer otra vez a la vida al
alma que está muerta en pecado; puede reavivar otra vez los ideales que han muerto; puede hacer fuerte
otra vez la voluntad de la bondad que ha perecido. Puede renovar la vida, cuando las personas han perdido
todo lo que la vida representa.
Hay mucho más en este capítulo que el hecho escueto de que Jesucristo nació de una madre virgen. La
esencia de la historia de Mateo es que, en el nacimiento de Jesús, el Espíritu de Dios estuvo operativo como
nunca antes en este mundo. Es el Espíritu el Que trae a la humanidad la verdad de Dios; el Que capacita a las
personas a reconocer esa verdad cuando la ven; el Que fue el Agente de Dios en la creación del mundo; el
único Que puede re-crear el alma humana que ha perdido la vida que debería tener.
Jesús nos capacita para ver cómo es Dios y cómo debemos ser nosotros; nos abre los ojos de la mente
para que podamos ver la verdad de Dios para nosotros; es el poder creador venido entre los hombres; es el
poder re-creador que puede liberar las almas humanas de la muerte del pecado.
EL LUGAR DEI NACIMIENTO DEL REY
Mateo 2:1-2
Cuando nació Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, sucedió que llegaron a
Jerusalén unos sabios del Oriente. Y preguntaron:
-¿Dónde está el recién nacido Rey de los judíos? Porque hemos visto aparecer Su estrella, y
venimos a rendirle homenaje.
Fue en Belén donde nació Jesús. Belén era un pueblecito a unos ocho kilómetros al Sur de Jerusalén.
Antiguamente se había llamado Efrat o Efratá. El nombre completo en hebreo es Bedéjem, que quiere decir
casa de pan, y Belén estaba situado en una región fértil, lo que justificaba su nombre.
Estaba ubicado sobre unas montañas de caliza gris a más de ochocientos metros sobre el nivel del mar.
Tenía una cima a cada lado y un hondón como una silla de montar entre las dos. Así que, por su posición,
Belén parecía un pueblo asentado en un anfiteatro de colinas.
Belén tenía una larga historia. Fue allí donde Jacob enterró a Raquel y erigió un pilar en su memoria junto a
la tumba (Génesis 48:7; 35:20). Fue allí donde vivió Rut después de casarse con Booz (Rut 1:22), y desde
Belén Rut podía ver la tierra de Moab, su antigua patria, al otro lado del valle del Jordán. Pero, sobre todo,
Belén fue el hogar y la ciudad de David (1 Samuel 16:1; 17:12; 20:6); y era del agua del pozo de Belén de lo
que David tenía tanta nostalgia cuando era un fugitivo perseguido por las colinas, lo que motivó una preciosa
escena de lealtad y de piedad (2 Samuel 23:14s).
En tiempos posteriores leemos que Jeroboam fortificó el pueblo de Belén (2 Crónicas 11:6). Pero, en la
historia de Israel y en las mentes del pueblo, Belén era supremamente la ciudad de David. Era de la dinastía
de David de la que Dios haría venir al gran Libertador de Su pueblo. Como dijo el profeta Miqueas: «Pero tú,
Belén Efratá, tan pequeña entre las familias de Judá, de ti ha de salir el que será Señor en Israel; Sus
orígenes se remontan al inicio de los tiempos, a los días de la eternidad» (Miqueas 5:2).
Era en Belén, la ciudad de David, donde los judíos esperaban que naciera el mayor Hijo del gran David; era
de allí de donde esperaban que viniera al mundo el Ungido de Dios. Y así fue.
La imagen del establo y del pesebre como el lugar del nacimiento de Jesús está grabada indeleblemente
en nuestras mentes; pero puede que no sea totalmente correcta. Justino Mártir, uno de los más grandes de
los primeros padres, que vivió hacia 150 d.C. y que procedía del distrito cercano a Belén, nos dice que Jesús
nació en una cueva cerca de la aldea (Justino Mártir, Diálogo con Trifón 78, 304); y puede que la información
de Justino fuera correcta. Las casas de Belén están construidas en la ladera de la montaña de- piedra caliza;
y era muy corriente en aquel entonces el tener establos en forma de cuevas en la roca vaciada por debajo de
las casas mismas; y muy probablemente fue en un tipo de cueva-establo así donde nació Jesús.
Hasta este día se enseña en Belén una cueva así como el lugar del nacimiento de Jesús, sobre la que se
ha construido la Iglesia de la Natividad. Hace mucho tiempo que se enseña esta cueva como el lugar del
nacimiento de Jesús. Ya era así en los días del emperador romano Adriano; porque éste, en un deliberado
intento de profanar el lugar, erigió un altar al dios pagano Adonis sobre él. Cuando el imperio romano se hizo
cristiano, a principios del siglo IV, Constantino, el primer emperador cristiano, construyó allí una gran iglesia
que es la que todavía puede verse, considerablemente reformada y restaurada posteriormente.
H. V. Morton nos cuenta su visita a la Iglesia de la Natividad de Belén. Llegó a una gran muralla en la que
había una puerta tan baja que uno se tenía que encorvar para entrar; y al otro lado de la puerta, y al otro lado
de la muralla, estaba la iglesia. Por debajo del altar mayor de la iglesia está la cueva, y cuando el peregrino
desciende a ella se encuentra con una pequeña caverna de unos trece metros de largo por cuatro de ancho,
alumbrada por lámparas de plata. En el suelo hay una estrella y alrededor de ella una inscripción latina: «Aquí
nació Jesucristo de la Virgen María.>
Cuando el Señor de la Gloria vino a esta Tierra nació en una cueva en la que se guardaban los animales.
La cueva de la Iglesia de la Natividad de Belén puede que sea la misma, o que no. Eso nunca lo sabremos de
seguro. Pero hay algo hermoso en el simbolismo de la iglesia en la que la puerta es tan baja que uno tiene
que inclinarse para entrar. Es supremamente apropiado el que todos nos acerquemos al Niño Jesús de
rodillas.
EL HOMENAJE DEL ORIENTE
Mateo 2:1-2 (conclusión)
Cuando Jesús nació en Belén vinieron a rendirle homenaje unos sabios de Oriente. El nombre que se les
da en el original es mago¡, una palabra que es difícil de traducir. Heródoto (1: 101, 132) tiene cierta
información acerca de los Mago¡. Dice que eran en su origen una tribu de Media. Los medos eran parte del
imperio de Persia. Trataron de desplazar a los persas sustituyendo su poder por el de los medos. El intento
fracasó. Desde entonces, los Mago¡ dejaron de tener ninguna ambición de poder o de prestigio, y se
convirtieron en una tribu de sacerdotes. Llegaron a ser en Persia algo parecido a lo que eran los levitas en
Israel. Se convirtieron en los maestros e instructores de los reyes persas. En Persia no se podía ofrecer
ningún sacrificio a menos que estuviera presente uno de los Mago¡. Llegaron a ser hombres de santidad y
sabiduría.
Estos magos eran hombres versados en filosofía, medicina y ciencias naturales. Eran profetas e intérpretes
de sueños. En tiempos posteriores la palabra magos adquirió un significado mucho más bajo, y llegó a querer
decir poco más que adivino, brujo o charlatán. Tal era Elimas el mago (Hechos 13:6-8), y Simón, conocido
corrientemente como Simón Mago (Hechos 8:9,11). Pero en su mejor época los Mago¡ eran hombres buenos
y santos, que buscaban la verdad.
En aquellos días de la antigüedad, todo el mundo creía en la astrología. Creían que se podía predecir el
futuro por las estrellas, y creían que el destino de una persona quedaba decidido por las estrellas bajo las
que nacía. No es difícil de comprender cómo surgió esa creencia. Las estrellas siguen cursos invariables;
representan el orden del universo. Y entonces, si repentinamente aparecía alguna estrella brillante, si el
orden invariable de los cielos se quebrantaba por algún fenómeno especial, parecía como si Dios estuviera
interviniendo en Su propio orden, y anunciando algo muy especial.
No sabemos cuál fue la brillante estrella que vieron aquellos antiguos Mago¡. Se han hecho muchas
sugerencias. Hacia el año 11 a.C., el cometa Halley estuvo visible cruzando brillantemente los cielos. Hacia el
año 7 a.C. hubo una brillante conjunción de Saturno y Júpiter. En los años 5 a 2 A.C. hubo un fenómeno
astronómico inusual. En esos años, el primer día del mes egipcio, Mesori, Sirio, la estrella perro, salió
helicalmente, es decir, al amanecer, mostrando un brillo extraordinario. Ahora bien, el nombre Mesori quiere
decir el nacimiento de un príncipe, y para aquellos antiguos astrólogos tal estrella querría decir
indudablemente el nacimiento de algún gran rey. No podemos decir cual fue la estrella que vieron los Mago¡;
pero su profesión consistía en observar los cielos, y algún brillo celestial les anunció la entrada de un gran
Rey en el mundo.
Puede que nos parezca extraordinario el que aquellos hombres iniciaran un viaje desde Oriente para
encontrar a un rey; pero lo extraño es que, precisamente en el tiempo en que nació Jesús, hubo en el mundo
un sentimiento extraño de expectación de la venida de un rey. Hasta los historiadores romanos lo sabían. No
mucho tiempo después, Suetonio podía escribir: «se había extendido por todo el Oriente una vieja creencia
establecida de que estaba programado para aquel tiempo que vinieran hombres de Judea a regir el mundo»
(Suetonio: Vida de Vespasiano 4: 5). Tácito nos habla de la misma creencia de que «había una firme
convicción... de que por este mismo tiempo el Oriente habría de tener mucho poder, y gobernantes que
vinieran de Judea adquirirían un imperio universal» (Tácito: Historias, 5: 13). Los judíos tenían la creencia de
que «hacia ese tiempo uno de su país se convertiría en el gobernador de todo el mundo habitado» (Josefo:
Guerras de los judíos, 6: 5, 4). En un tiempo ligeramente posterior encontramos a Tirídates, rey de Armenia,
visitando a Nerón en Roma acompañado con sus Magui (Suetonio: Vida de Nerón 13: 1). Encontramos a los
Magui en Atenas sacrificando en memoria de Platón (Séneca: Epístolas, 58: 31). Casi por el mismo tiempo en
que nació Jesús encontramos al emperador Augusto aclamado como el Salvador del Mundo; y Virgilio, el
poeta latino, escribe en su Cuarta égloga, que se conoce como la Égloga Mesiánica, acerca de los dorados
días por venir.
No tenemos ni la más mínima necesidad de pensar que la historia de la llegada de los Mago¡ a la cuna de
Cristo sea simplemente una preciosa leyenda. Es exactamente la clase de cosa que podía suceder fácilmente
en aquel mundo antiguo. Cuando vino Jesucristo, el mundo estaba en una ansiedad de expectación. La
humanidad estaba esperando a Dios, y el deseo de Dios estaba en sus corazones. Habían descubierto que no
podían construir la edad de oro sin Dios. Fue a un mundo en expectativa al que vino Jesús; y, cuando vino, los
fines de la Tierra se reunieron a Su cuna. Fue la primera señal y símbolo de la conquista universal de Cristo.
EL REY ASTUTO
Mateo 2:3-9
Cuando el rey Herodes se enteró de la noticia, se quedó muy preocupado, y lo mismo toda
Jerusalén. Así es que convocó a todos los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo, y les
preguntó dónde había de nacer el Ungido de Dios. Y ellos le dijeron:
-En Belén de Judea, porque así está escrito en los profetas: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni
mucho menos el menor entre los jefes de Judá; porque de ti saldrá un Pastor que apacentará a Mi
pueblo Israel.»
Entonces Herodes citó en secreto a los sabios y los interrogó astutamente acerca de cuándo había
aparecido la estrella. Luego los envió a Belén, diciéndoles:
-Id vosotros allá; y haced todo lo posible por descubrir lo que sea de ese Niño. Y cuando Le
encontréis, hacédmelo saber, para que yo también vaya a adorarle.
Después de .esta entrevista con el rey, los sabios siguieron su camino.
Llegó a los oídos de Herodes la noticia de que habían llegado de Oriente unos sabios, y que estaban
buscando a un Niño que había nacido para ser el Rey de los judíos. Cualquier rey se habría preocupado de la
noticia de que había nacido un niño que iba a ocupar su trono. Pero Herodes se preocupó por partida doble.
Herodes era medio judío y medio edomita. Tenía sangre edomita en las venas. Se había hecho útil a los
romanos en las guerras y en los levantamientos de Palestina, y confiaban en él. Le habían nombrado
gobernador en el año 47 a.C.; el 40 a.C. había recibido el título de rey; y su reinado se prolongó hasta el 4
a.C. Había ejercido el poder mucho tiempo. Se le llamaba Herodes el Grande, y en muchos sentidos merecía
ese título. Fue el único gobernador de Palestina que consiguió mantener la paz e imponer el orden. Fue un
gran constructor; fue el que construyó el templo de Jerusalén. Sabía ser generoso. En los tiempos difíciles
reducía los impuestos para hacerle las cosas más fáciles al pueblo; y en el hambre del año 25 a.C. llegó hasta
fundir su propia vajilla de oro para comprar trigo para el pueblo hambriento.
Pero había un fallo terrible en el carácter de Herodes. Era suspicaz hasta casi la locura. Siempre había
sido suspicaz; y cuanto más viejo se hacía, también se hacía más suspicaz hasta que, en su vejez, era, como
dijo alguien, < un viejo asesino.» Si sospechaba que alguien pudiera ser su rival en el poder, eliminaba a esa
persona a toda prisa. Asesinó a su esposa Mariamne y a su madre Alejandra. Su hijo mayor, Antípater, y otros
dos de sus hijos, Alejandro y Aristóbulo, también fueron asesinados por orden suya. Augusto, el emperador
romano, había dicho amargamente que estaba más a salvo un cerdo de Herodes que un hijo de Herodes.
(Este dicho resulta todavía más epigramático en griego, porque hus es la palabra para cerdo, y hyiós es la
palabra para hijo). Algo de la naturaleza salvaje, amargada y retorcida de Herodes se puede ver en los
preparativos que hizo cuando veía cerca la muerte. Cuando tenía setenta años, sabía que se iba a morir. Se
retiró a Jericó, la más encantadora de todas sus ciudades. Dio órdenes para que se hiciera una recolección de
los ciudadanos más distinguidos de Jerusalén, que los arrestaran con acusaciones amañadas y los metieran
en la cárcel. Y dio orden de que en el momento en que él muriera, los mataran a todos. Dijo sarcásticamente
que se daba cuenta de que nadie lloraría su muerte, y estaba decidido a que se derramaran lágrimas cuando
él muriera.
Está claro lo que un hombre así sentiría cuando le llegó la noticia de que había nacido un Niño que estaba
destinado a ser Rey. Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él porque Jerusalén sabía muy bien los pasos
que daría Herodes para comprobar esa noticia y eliminar a ese chico. Jerusalén conocía a Herodes y
temblaba esperando su inevitable reacción.
Herodes convocó a los principales sacerdotes y los escribas. Los escribas eran los expertos en las
Escrituras y en la Ley. Los principales sacerdotes formaban un grupo que consistía en dos clases de
personas. Por una parte, los ex-sumo-sacerdotes. El sumo-sacerdocio estaba confinado a muy pocas familias.
Eran la aristocracia sacerdotal, y los miembros de estas familias selectas se llamaban los principales
sacerdotes. Así que Herodes convocó a la aristocracia religiosa y a los principales teólogos de su tiempo, y les
preguntó dónde, según las Escrituras, había de nacer el Ungido de Dios. Ellos le citaron el texto de Miqueas
5:2. Herodes mandó buscar a los sabios, y los envió por delante para que hicieran una investigación diligente
acerca del Niño que había nacido. Dijo que él igualmente quería ir y adorar al Niño; pero su único deseo era
matarle.
Tan pronto como nació Jesús vemos a los hombres agrupándose en los tres partidos que aparecerán
siempre en relación con Jesucristo. Consideremos sus tres reacciones.
(i) Tenemos la reacción de Herodes, la reacción del odio y la hostilidad. Herodes tenía miedo de que este
Niño pudiera interferir en su vida, su posición, su poder, su influencia; y por tanto, su primer instinto fue
destruirle.
Todavía hay personas que destruirían de buena gana a Jesucristo, porque ven en El al Que interfiere en
sus vidas. Quieren hacer lo que les plazca, y Cristo no les dejará; así que querrían matarle. La persona cuyo
único deseo es hacer lo que le venga en gana no necesita para nada a Jesucristo. El cristiano es el que ha
dejado de hacer lo que quiere para dedicar su vida a hacer lo que Cristo quiere.
(ii) Tenemos la reacción de los principales sacerdotes y los escribas, la reacción de una indiferencia total.
No les importaba lo más mínimo. Estaban tan inmersos en el ritual de su templo y en sus discusiones legales
que pasaban completamente de Jesús. No les decía nada.
Todavía hay personas que están tan interesadas en sus propios asuntos que Jesucristo no les dice nada.
Todavía se puede hacer la entrañable pregunta del profeta: «¿No os conmueve a cuantos pasáis por el
camino?> (Lamentaciones 1:12).
(iii) Tenemos la reacción de los sabios, la reacción de piadoso servicio, el deseo de poner a los pies de
Jesucristo los dones mas nobles que pudieran aportar.
Sin duda, cuando uno se da cuenta del amor de Dios en Jesucristo, también se pierde como ellos en
admiración, alabanza y adoración.
REGALOS PARA CRISTO
Mateo 2:9-12
Y fijaos: la estrella que habían visto en ascendente los siguió guiando hasta que llegó a encontrarse
por encima del lugar donde estaba el Niño.
Cuando volvieron a ver la estrella se pusieron jubilosos de alegría. Y cuando entraron en la casa vie-
ron al Niño con Su madre María, y cayeron de rodillas
y Le adoraron. Luego abrieron sus tesoros y Le ofrecieron de regalo oro, incienso y mirra.
Y, comoquiera que recibieran un mensaje de Dios en sueños advirtiéndoles que no volvieran a
Herodes, se volvieron a su propia tierra por otro camino.
Así que los sabios encontraron la manera de llegar a Belén. No tenemos que pensar necesariamente que
la estrella se moviera como un guía por los cielos. Esto es poesía, y no debemos convertirla en prosa cruda y
sin vida. Pero la estrella estaba brillando sobre Belén. Hay una leyenda preciosa que nos dice que la estrella,
una vez cumplida su misión de guía, se cayó en el pozo de Belén, y que está todavía allí, y todavía la pueden
ver a veces los limpios de corazón.
Leyendas posteriores se han ocupado afanosamente de los sabios. Al principio, la tradición oriental decía
que habían sido doce; pero ahora, la tradición de que fueron tres es casi universal. El Nuevo Testamento no
dice cuántos fueron, pero la idea de que fueron tres surgió sin duda de los tres regalos que trajeron. Leyendas
posteriores los hicieron reyes. Y una leyenda aún más posterior les puso nombres: Gaspar, Melchor y
Baltasar. Todavía más tarde se asignó a cada uno una descripción personal, y se especificó el regalo que
aportó cada uno a Jesús. Melchor era anciano, de pelo blanco y con una barba larga, y fue él el que trajo el
regalo del oro. Gaspar era joven y lampiño y claro de rostro, y fue el que contribuyó el incienso. Baltasar era
negro, con una barba nueva, y fue el que trajo el don de la mirra.
Desde tiempos muy primitivos se ha visto lo apropiados que fueron los regalos que trajeron los sabios. Se
ha visto en cada uno de ellos algo que armonizaba especialmente con alguna característica de Jesús y de Su
obra.
(i) El oro es el regalo para un rey. Séneca nos dice que en Partia había la costumbre de que nadie se
pudiera acercar al rey sin un regalo. Y el oro, el rey de los metales, era regalo apropiado para el Rey de los
hombres.
Así que Jesús fue «el Hombre nacido para ser Rey.» Pero había de reinar, no por la fuerza, sino por el
amor; no desde un trono, sino desde una Cruz.
Haremos bien en recordar que Jesucristo es Rey. No podemos nunca encontrarnos con Él en igualdad de
términos. Siempre debemos acercarnos a Él con una sumisión total. Nelson, el gran almirante, siempre
trataba a sus enemigos vencidos con la mayor amabilidad y cortesía. Después de una de sus victorias
navales, el almirante derrotado fue traído a bordo del buque bandera de Nelson y a su alcázar. Conociendo la
reputación de cortesía que tenía Nelson, y pensando aprovecharse de ella, avanzó por el alcázar con la mano
extendida, como para saludar a un igual. Nelson mantuvo la mano en el costado. «Primero vuestra espada
-dijo-, y luego vuestra mano.» Antes de tratar a Cristo como amigos debemos someternos a Él.
(ii) El incienso es el regalo para un sacerdote. Era en el culto del templo y en sus sacrificios donde se
usaba el dulce aroma del incienso. La función de un sacerdote es abrirles a los hombres el camino hacia Dios.
La palabra latina para sacerdote es pontifex, que quiere decir el que hace de puente. Esta es la misión y el
privilegio del sacerdote: servir de puente entre Dios y los hombres.
Eso es Jesús. Abrió el camino a Dios; nos hizo posible llegar a la misma presencia de Dios.
(iii) La mirra es el regalo para uno que va a morir. La mirra se usaba para embalsamar los cuerpos de los
muertos.
Jesús vino al mundo para morir. Holman Hunt tiene un famoso cuadro de Jesús. Nos muestra a Jesús a la
puerta del taller de carpintero de Nazaret. Todavía no es más que un muchacho, y ha salido a la puerta para
estirar Sus miembros que se Le han quedado agarrotados con el trabajo. Está de pie en el umbral con los
brazos extendidos, y detrás de Él, en la pared el sol poniente proyecta su sombra, y es la sombra de una cruz.
Al fondo está María, y al ver esa sombra se refleja en sus ojos el temor de la tragedia inminente.
Jesús vino al mundo a vivir por los hombres y a morir por los hombres. Vino a dar por los hombres tanto Su
vida como Su muerte.
El oro para un rey, el incienso para un sacerdote, la mirra para uno que había de morir -estos fueron los
regalos de los sabios que, aun a los pies de la cuna de Cristo, predecían que había de ser el verdadero Rey,
el perfecto Sumo Sacerdote y, por último, el supremo Salvador de los hombres.
LA HUIDA A EGIPTO
Mateo 2:13-15
Después de marcharse los sabios, mirad: un ángel del Señor se le apareció a José en sueños, y le
dijo:
-Levántate, toma al Niño y a Su Madre y huye con ellos a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga;
porque Herodes está a punto de ponerse a buscar al Niño para quitarle la vida.
Así es que José se levantó, y tomó al Niño con Su Madre de noche y se marchó a Egipto, y se quedó
allí hasta la muerte de Herodes. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que Dios había dicho por
medio del profeta: «He llamado a Mi Hijo para que saliera de Egipto.»
El mundo antiguo no ponía en duda que Dios mandara Sus mensajes a los hombres en sueños. Así es que
José fue advertido en un sueño para que huyera a Egipto para escapar de las intenciones asesinas de
Herodes. La huida a Egipto era totalmente natural. A menudo, a lo largo de los siglos turbulentos que
precedieron a la venida de Jesús, cuando algún peligro o alguna tiranía o alguna persecución les hacían la
vida insoportable a los judíos, buscaban refugio en Egipto. El resultado fue que en todas las ciudades de
Egipto había una colonia de judíos; y en la ciudad de Alejandría había de hecho más de un millón de judíos, y
algunos de sus distritos estaban ocupados exclusivamente por ellos. José, en su hora de peligro, hizo lo que
muchos judíos habían hecho antes; y cuando José y María llegaron a Egipto, no se encontrarían totalmente
entre extranjeros, porque en todos los pueblos y ciudades encontrarían a judíos que se habían refugiado allí.
Es un hecho interesante que en días posteriores los enemigos del Cristianismo y los enemigos de Jesús
solían atribuir a Su estancia en Egipto el origen de muchas cosas de las que Le calumniaban. Egipto era
proverbialmente la tierra de la brujería y de la magia. El Talmud dice: «Diez medidas de brujería descendieron
al mundo; Egipto recibió nueve, y el resto del mundo la otra.» Así que los enemigos de Jesús pretendían que
había sido en Egipto donde Jesús había aprendido la magia y la brujería que Le permitieron hacer milagros y
engañar a la gente.
Cuando el filósofo pagano Celso dirigió su ataque contra el Cristianismo en el siglo III, ataque que arrostró
y derrotó Orígenes, dijo que Jesús se había criado como un hijo ilegítimo, que alquiló sus servicios en Egipto,
que adquirió el conocimiento de ciertos poderes milagrosos, y volvió a su propio país para usarlos
proclamándose Dios (Orígenes: Contra Celso 1: 38). Un cierto rabino, Eliezer ben Hyrcanus, dijo que Jesús
tenía todas las fórmulas mágicas necesarias tatuadas en el cuerpo para no olvidarlas. Tales eran las
calumnias que mentes retorcidas conectaban con la huida a Egipto; pero son obviamente absurdas, porque
Jesús llegó a Egipto cuando era un bebé y era un chico pequeño cuando volvió.
Dos de las más preciosas leyendas relacionadas con el Nuevo Testamento están conectadas con la huida
a Egipto. La primera es acerca del ladrón penitente, al que llama Dimas, y nos cuenta la historia como sigue.
Cuando José y María iban con el Niño hacia Egipto, fueron asaltados por unos ladrones. Uno de sus jefes
quería matarlos inmediatamente para robar su reducido equipaje. Pero algo acerca del Niño Jesús penetró en
el corazón de Dimas, que era uno de aquellos ladrones. Él impidió que se les hiciera ningún daño a Jesús y a
Sus padres. Miró a Jesús y Le dijo: «¡Oh, el más bendito de los niños! Si alguna vez llega el momento de
tener misericordia de mí, acuérdate de mí y no olvides esta hora.» Y la leyenda dice que Jesús y Dimas se
encontraron otra vez en el Calvario, y Dimas encontró en la cruz el perdón y la misericordia para su alma y la
seguridad de la Salvación.
Una variante de esta leyenda es aún mejor conocida en España, porque se encuentra en el «Libro de los
Tres Reyes de Oriente», una joyita de los orígenes de la literatura española. Cuenta esta variante que, cuando
iba huyendo de Belén a Egipto la Sagrada Familia, fue apresada por dos bandoleros; el uno era cruel, y quería
matar al Niño Jesús; y el otro, compasivo, que Le salvó la vida e invitó a la Sagrada Familia a pasar la noche
en su cueva. La mujer de este «buen ladrón» le cuenta a María que tiene un hijito recién nacido que está
leproso. María le baña en la misma agua en la que ha bañado a Jesús, y el niño queda sano y limpio. Pasado
el tiempo, en el Calvario, el hijo del ladrón alevoso muere a la izquierda de Jesús, y el del compasivo a la
derecha, y este fue el que pasó al santoral de la Iglesia Católica sencillamente como « el buen ladrón»,
aunque diversas tradiciones le llamaron Dimas, Dismas o Dimsas.
La otra leyenda es una historia de niños, pero muy encantadora. Cuando José y María y Jesús iban de
camino a Egipto, cuenta la historia, a la caída de la tarde estaban cansados, y se refugiaron en una cueva.
Hacía mucho frío, tanto que el suelo estaba blanco de escarcha. Una arañuela vio al bebé Jesús y quiso hacer
algo para que estuviera calentito aquella fría noche. Lo único que sabía hacer era tejer telas de araña; así es
que eso fue lo que hizo: urdió su tela a través de la entrada de la cueva para hacer, como si dijéramos, una
cortina.
Por el sendero llegaba un destacamento de soldados buscando niños para matarlos en cumplimiento a la
sangrienta orden de Herodes. Cuando llegaron a la cueva estuvieron a punto de entrar violentamente; pero su
capitán notó la tela de araña, cubierta de escarcha, que cerraba la entrada de la cueva. < Fijaos -dijo- en esa
tela de araña. Está intacta y no puede haber nadie en la cueva, porque cualquiera que hubiera entrado la
habría roto.»
Así que los soldados pasaron, y dejaron a la Sagrada Familia en paz, gracias a que una arañuela había
tejido su red en la entrada de la cueva. Y esa, por así decirlo, es la razón de que hasta este día pongamos
hilillos luminosos de plata en nuestros árboles de Navidad, que representan la tela de la araña, blanca de
escarcha, que se extendía de un lado a otro de la entrada de la cueva de la huida a Egipto. Es una historia
preciosa; y por lo menos contiene una gran verdad: Que no hay don que Jesús reciba que se olvide nunca.
Las últimas palabras de este pasaje nos introducen en una costumbre que es característica de Mateo. El
vio en la huida a Egipto el cumplimiento del dicho de Oseas. Lo cita en esta forma: «He llamado a mi hijo para
que saliera de Egipto.» Es una cita de Oseas 11:1, que dice: «Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de
Egipto llamé a Mi hijo.»
Está claro que, en su forma original, este dicho de Oseas no tenía nada que ver con Jesús ni con la huida a
Egipto. No era más que una simple afirmación de la manera como Dios había librado a la nación de Israel de
la esclavitud y de la opresión en tierra de Egipto.
Veremos una y otra vez que esto es típico del uso que hace Mateo del Antiguo Testamento. Esta dispuesto
a usar como una profecía acerca de Jesús cualquier texto que pueda encajar verbalmente, aunque
originalmente no tuviera nada que ver con el tema en cuestión, ni nunca se supusiera que tuviera nada que
ver con ello. Mateo sabía que casi la única manera de convencer a los judíos de que Jesús era el prometido
Ungido de Dios era demostrar que en Él se cumplieron las profecías del Antiguo Testamento. Y en su
ansiedad por llevarlo a cabo encuentra profecías en el Antiguo Testamento que nunca se pretendió que lo
fueran. Cuando leemos un pasaje como este debemos recordar que, aunque nos parece extraño e
inconclusivo, llamaría la atención de aquellos para quienes Mateo estaba escribiendo.
LA MATANZA DE LOS NIÑOS
Mateo 2:16-18
Cuando Herodes vio que los sabios le habían burlado, mandó matar a todos los niños de Belén y sus
aledaños. Mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, calculándolo por el tiempo que había
investigado de los sabios. Entonces se cumplió lo que se había dicho por medio del profeta Jeremías:
«Se oyó una voz en Ramá, llanto y grandes lamentaciones; era Raquel llorando a sus hijos
inconsolablemente, porque no le quedaba ninguno.»
Ya hemos visto que Herodes era un genio en el arte del asesinato. No había hecho más qúe subir al trono
y ya empezó aniquilando el sanedrín, el tribunal supremo de los judíos. Más tarde hizo una matanza
improvisada de trescientos oficiales de la corte. Después mató a su mujer Mariamne, a la madre de ésta,
Alejandra, a su propio primogénito Antípater, a otros dos hijos suyos, Alejandro y Aristóbulo. Y a la hora de su
muerte hizo los preparativos para la matanza de muchos nobles de Jerusalén.
No se podía esperar que Herodes aceptara tranquilamente la noticia de que había nacido un Niño que
llegaría a ser Rey. Ya hemos leído cómo inquirió cuidadosamente de los sabios cuándo habían visto la
estrella. Aun entonces, estaba deduciendo astutamente la edad del niño para dar los pasos para eliminarle, y
en este punto puso sus planes en acción rápida y salvajemente. Dio la orden de que todos los niños de dos
años para abajo de Belén y sus aledaños fueran asesinados.
Hay dos cosas que debemos notar. Belén no era un pueblo grande, y el número de los niños no pasaría de
los veinte o treinta. No debemos pensar en términos de centenares. Es verdad que esto no hace el crimen de
Herodes nada menos terrible, pero debemos hacernos una idea clara.
En segundo lugar, hay algunos críticos que mantienen que esta matanza no puede haber tenido lugar,
porque no se menciona en ningún otro lugar fuera de este único pasaje del Nuevo Testamento. El historiador
judío Josefo, por ejemplo, no lo menciona. Hay dos cosas que se deben decir. La primera, como acabamos de
ver, es que Belén era un lugar relativamente pequeño, y estaba en una zona en la que el asesinato era tan
corriente que la matanza de veinte o treinta bebés no causaría gran conmoción, y querría decir muy poco
salvo para las afligidas madres de Belén. En segundo lugar, Carr hace notar que Macaulay, en su historia,
indica que el famoso autor de diarios Evelyn, que fue de lo más asiduo y voluminoso reportero de
acontecimientos contemporáneos, nunca menciona la matanza escocesa de Glencoe. El hecho de que algo
no se mencione, ni siquiera allí donde uno esperaría que se mencionara, no es prueba concluyente de que no
sucediera. Todo este incidente es tan típico de Herodes que no tenemos por qué dudar que Mateo nos
transmitió la verdad.
Aquí tenemos una terrible ilustración acerca de lo que hacen algunos para librarse de Jesucristo. Si una
persona está empeñada en seguir los dictados de su propia voluntad, y ve en Cristo a Alguien que es
probable que le cierre el camino de su ambición y se oponga a sus métodos, su deseo será eliminar a Cristo;
y luego se lanzará a las cosas más terribles, porque si no llega a destrozar los cuerpos de la gente, es seguro
que destrozará su corazón.
De nuevo vemos la manera característica que tiene Mateo de usar el Antiguo Testamento. Cita Jeremías
31:15: < Así ha dicho el Señor: "Voz fue oída en Ramá, llanto y lloro amargo: Es Raquel que llora a sus hijos,
y no quiso ser consolada acerca de sus hijos, porque perecieron."»
El versículo de Jeremías no tiene ninguna relación con la matanza de los niños que hizo Herodes. La
escena de Jeremías es lo siguiente. Jeremías retrataba al pueblo de Israel llevado en cautiverio. En su triste
caminar hacia una tierra ajena pasaron Ramá, que era donde estaba enterrada Raquel (1 Samuel 10:2); y
Jeremías retrata a Raquel llorando, aun en su tumba, por la suerte que ha sobrevenido al pueblo.
Mateo está haciendo lo que hace a menudo. En su ansiedad, encuentra una profecía donde no la había.
Pero, de nuevo, debemos recordar que lo que a nosotros nos parece extraño no se lo parecería a aquellos
para los que Mateo estaba escribiendo entonces.
LA VUELTA A NAZARET
Mateo 2:19-23
Cuando murió Herodes, fijaos: el ángel del Señor se le apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:
-Levántate, toma al Niño y a Su Madre y vete al país de Israel; porque los que intentaban acabar con
Su vida ya han muerto.
Así que se levantó y tomó al Niño y a Su Madre y volvió al país de Israel. Y cuando se enteró de que
Arquelao había quedado como rey de Judea después de la muerte de su padre Herodes, tuvo temor de
ir allí. Así pues, después de recibir un mensaje del Señor en sueños, se retiró a la región de Galilea, y
fue, y se instaló en un pueblo llamado Nazaret. Esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor
había dicho por medio de los profetas: «Se le llamará el Nazareno.»
A su debido tiempo Herodes murió, y entonces todo el reino que había regido se dividió. Los romanos
habían confiado en Herodes, y le habían permitido reinar sobre un territorio muy considerable; pero Herodes
sabía muy bien que a ninguno de sus hijos se le permitiría detentar un poder semejante. así que hizo dividir su
reino en tres, y en su testamento dejó una parte a cada uno de sus tres hijos: Judea, a Arquelao; Galilea, a
Herodes Antipas, y la región lejana al Nordeste y al otro lado del Jordán, a Felipe.
Pero la muerte de Herodes no resolvió el problema. Arquelao fue un mal rey, y no había de durar mucho en
el trono. De hecho, había empezado su reinado tratando de ser más Herodes que Herodes, porque inició su
gobierno con la matanza deliberada de tres mil de los más influyentes del país. Está claro que, aun cuando
Herodes ya había muerto, todavía era inseguro volver a Judea cuando estaba en el trono el salvaje y
despiadado Arquelao. Así es que José fue guiado a ir a Galilea donde reinaba Herodes Antipas, mucho mejor
rey.
Fue en Nazaret donde José se afincó, y fue allí también donde se crió Jesús. No se debe pensar que
Nazaret fuera un lugarejo insignificante que no tuviera contacto con la vida y con los acontecimientos.
Nazaret estaba situado en una vaguada en medio de las colinas al sur de Galilea. Pero un chico no tenía
más que escalar las colinas para tener a la vista medio mundo. Podía mirar hacia el Oeste, y sus ojos se
encontrarían con las aguas del Mediterráneo, azul en la distancia; y vería los navíos que salían hacia los fines
de la Tierra. Sólo tenía que mirar a la llanura que se deslizaba hacia la costa, y vería, serpeando alrededor del
pie de la misma colina en la que se encontraba, la carretera de Damasco a Egipto, el puente terrestre con
África. Era una de las rutas de caravanas más importantes del mundo.
Era la carretera por la que, siglos atrás había ido José a Egipto vendido como un esclavo. Era la carretera
que había seguido Alejandro Magno con sus legiones trescientos años antes. Era la carretera por la que siglos
después había de marchar Napoleón. Era la carretera que había de tomar Allenby en el siglo veinte. Algunas
veces se la llamaba el Camino del Sur, y algunas veces la Carretera del Mar. En ella vería Jesús toda clase
de viajeros de toda clase de naciones en toda clase de misiones, yendo y viniendo de los términos de la
Tierra.
Pero había otra carretera. Se separaba de la costa en Acre o Tolemaida y se dirigía hacia el Este. Era la
Carretera del Este. Conducía al extremo y a la frontera orientales del imperio romano. De nuevo la cabalgata
de las caravanas con sus sedas y especias pasaría continuamente por allí; y también las legiones romanas en
marcha hacia las fronteras.
Está claro que Nazaret no era ningún rincón. Jesús se crió en un pueblo al pie de cuyas colinas pasaban
los términos de la Tierra. Desde los días de Su niñez debe de haber visto escenas que le hablaran de un
mundo para Dios.
Ya hemos visto que Mateo enlaza todos los acontecimientos del principio de la vida de Jesús con un pasaje
del Antiguo Testamento que considera que lo profetiza. Aquí cita Mateo una profecía: < Será llamado
Nazareno;» y aquí nos plantea Mateo un problema insoluble, porque no hay tal texto en el Antiguo
Testamento. De hecho, ni siquiera se menciona a Nazaret en el Antiguo Testamento. Nadie ha resuelto
satisfactoriamente el problema de la parte del Antiguo Testamento que Mateo tenía en mente.
Los antiguos escritores eran muy aficionados a los retruécanos y juegos de palabras. Se ha sugerido que
Mateo está jugando con las palabras de Isaías 11:1: «Saldrá una vara del tronco de Isaí; un vástago retoñará
de sus raíces.» La palabra para vástago es nétser, la Rama prometida del tronco de Jesé, el Descendiente de
David, el prometido Ungido Rey de Dios; y nétser se parece a nótsrí, Nazareno. No se puede asegurar nada.
Seguirá siendo un misterio la profecía que Mateo tenía en mente.
Así que ahora ya está montada la escena; Mateo ha traído a Jesús a Nazaret, y en un sentido muy real
Nazaret era la puerta del mundo entero.
LOS AÑOS DE ENTREMEDIAS
Antes de pasar al tercer capítulo del evangelio de Mateo hay algo que haremos bien en tener en cuenta. El
capítulo segundo del evangelio cierra con Jesús como un chico; el tercer capítulo del evangelio se abre con
Jesús como un hombre de treinta años (cp. Lucas 3:23). Es decir, que entre los dos capítulos hay treinta años
de silencio. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Qué sucedió en esos años de silencio? Jesús vino al mundo para
ser el Salvador del mundo, y pasó treinta años sin salir de los límites de Galilea excepto para ir a Jerusalén
para la Pascua. Murió cuando tenía treinta y tres años, y de ellos pasó treinta, de los que no sabemos casi
nada, en Nazaret. Para decirlo de otra manera, diez onceavas partes de la vida de Jesús transcurrieron en
Nazaret. ¿Qué pasaba entonces?
(i) Jesús fue creciendo y haciéndose un joven, y luego un hombre, en un buen hogar; y no puede haber
mejor principio que ese para una vida. J. S. Blackie, el famoso profesor de Edimburgo, dijo una vez en público:
«Quiero dar gracias a Dios por la buena casta, por así decirlo, que heredé de mis padres para el negocio de la
vida.» George Herbert dijo una vez: «Una buena madre vale como cien maestras.» Así pasaban los años para
Jesús, silenciosamente modelándole en el círculo de un buen hogar.
(ii) Jesús estaba cumpliendo los deberes que corresponden al hijo mayor. Parece muy probable que José
muriera antes de que toda la familia fuera mayor de edad. Puede que ya fuera mucho mayor que María
cuando se casaron. En la historia de la fiesta de bodas de Caná de Galilea no se menciona a José, aunque
María sí estaba allí; y es natural suponer que José habría muerto.
Así es que Jesús pasó a ser el artesano del pueblo de Nazaret para mantener a Su Madre y a Sus
hermanos menores. Todo un mundo Le estaba esperando y llamando, y, sin embargo, antes de acudir, tuvo
que cumplir con Su obligación para con Su familia y hogar. Cuando murió la madre de Sir James Barrie, este
pudo escribir: «Puedo mirar atrás, y no puedo descubrir la menor cosa que dejara sin hacer.» Ahí se
encuentra la felicidad. Es gracias a los que aceptan los deberes más sencillos con fidelidad y sin refunfuñar
como se va edificando el mundo.
Uno de los grandes ejemplos de esto fue el gran médico Sir James Y. Simpson, el descubridor del
cloroformo. Venía de un hogar pobre. Un día, su madre le puso en sus rodillas y empezó a zurcirle los
calcetines. Cuando terminó, miró su minucioso trabajo, y le dijo: « Mi Jamie, acuérdate cuando tu madre se
haya ido de que era una gran zurcidora.» Jamie (el diminutivo de James) era «el chaval listo», « la cajita de
sesos», y su familia lo sabía. Tenían sus sueños para él. Su hermano Sandy decía: « Ya me figuraba yo que
sería famoso algún día.» Y así, sin envidia y con generosidad, sus hermanos trabajaban en el taller a sus
tareas para que el chaval pudiera ir a la universidad y tener una oportunidad. No habría habido un Sir James
Simpson si no hubiera sido por gente humilde y generosa dispuesta a hacer cosas sencillas y negarse a sí
mismos para que el chico listo tuviera una oportunidad.
Jesús es el gran ejemplo del Que aceptó los sencillos deberes de una familia.
(iii) Jesús estaba aprendiendo lo que es ser un obrero. Estaba aprendiendo lo que costaba ganarse la vida,
ahorrar para comida y ropa, y puede que a veces algún extra; tratar con el cliente crítico y difícil de complacer,
y con el moroso. Si Jesús había de ayudar a los hombres, tenía que empezar por saber cómo era la vida de la
gente. No vino a una vida protegida y almohadillada, sino a la que cualquier hombre tenía que vivir. Tenía que
hacerlo para llegar a comprender la vida de la gente normal y corriente.
Hay una historia famosa de María Antonieta, la reina de Francia, en los días cuando se estaba fraguando la
Revolución Francesa por todo el país antes de estallar. La gente se moría de hambre; el gentío se amotinaba.
La reina preguntó la causa de todo el jaleo, y se le dijo: «No tienen pan.» « ¡Pues que coman bollos!»
-contestó. La idea de una vida sin abundancia no le entraba en la cabeza.
Jesús trabajó en Nazaret todos esos años de silencio a fin de poder conocer por propia experiencia cómo
es nuestra vida; y para, comprendiéndolo, poder ayudarnos.
(iv) Jesús estaba cumpliendo fielmente en el trabajo menos importante antes de que se Le confiara el más
importante. El gran hecho es que, si Jesús hubiera fallado en los deberes menores, la tarea impresionante de
ser el Salvador del mundo no se Le habría podido confiar a Él. Fue fiel en lo poco para encargarse de lo
mucho. No debemos olvidar nunca que en los deberes cotidianos de la vida hacemos o deshacemos un des-
tino, y ganamos o perdemos una corona.
SURGIMIENTO DE JUAN EL BAUTISTA
Mateo 3:1-6
Por aquel tiempo apareció en escena Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea:
-¡Arrepentíos, que el Reino del Cielo está cerca!
Fue de este hombre del que hablaba el profeta Isaías cuando dijo: < La voz de uno de clama en el
desierto: "¡Preparad el camino por donde ha de venir el Señor, y enderezad las sendas por donde ha de
viajar!"»
El mismo Juan llevaba una ropa hecha de pelo de camello, con un cinturón de cuero en la cintura; y
su comida consistía en langostas y miel silvestre. Entonces la gente de Jerusalén y Judea y todos los
distritos de alrededor del Jordán salía a su encuentro, y él los bautizaba en el río Jordán mientras ellos
confesaban sus pecados.
El surgimiento de Juan fue como el repentino resonar de la. voz de Dios. En aquel tiempo los judíos habían
aceptado tristemente el hecho de que la voz profética ya no se dejaba oír. Decían que hacía cuatrocientos
años que no había profetas. Como ellos mismos decían, «no se escuchaba la voz, y no había nadie que
respondiera.» Pero en Juan volvió a resonar la voz. Ahora debemos preguntarnos cuáles eran las
características de Juan y de su mensaje.
(i) Denunciaba intrépidamente el mal cuando y dondequiera que lo encontraba. Si era el mismo rey
Herodes el que pecaba contrayendo un matrimonio malvado e ilegal, Juan le reprendía. Si los escribas y los
fariseos, los líderes del judaísmo ortodoxo, los jerarcas de la iglesia de aquellos tiempos, estaban inmersos en
un formalismo ritualista, Juan no dudaba en declararlo. Si la gente corriente vivía volviéndole las espaldas a
Dios, Juan se lo decía.
Siempre que Juan veía el mal -en el estado, en la iglesia, en la sociedad-, lo denunciaba. Era como una luz
que iluminaba los lugares tenebrosos; era como el viento de Dios que barría todo el país. Se decía de un
famoso periodista que era grande, pero que nunca cumplió plenamente la obra que hubiera podido llevar a
cabo, que « no se indignaba lo suficiente.» Hay siempre un lugar en el mensaje cristiano para la advertencia y
para la denuncia. «La verdad -decía Diógenes- es como la luz para los ojos irritados.» « El que no ofende
nunca a nadie -decía- nunca le hace ningún bien a nadie.»
Puede que haya habido tiempos en los que la Iglesia ha tenido demasiado cuidado de no ofender; pero hay
situaciones en las que ya ha pasado la hora de la cortés suavidad, y ha llegado la de la reprensión terminante.
(ii) Convocaba urgentemente a la gente a la justicia. El mensaje de Juan no era una mera denuncia
negativa; era una positiva presentación de las exigencias morales de Dios. No sólo denunciaba el mal que se
hacía; también emplazaba al bien que se debía hacer. No sólo condenaba a los hombres por cómo eran;
también los desafiaba a ser como podían ser. Era como una voz que convocaba a cosas más elevadas. No
sólo reprendía el mal, sino también presentaba el bien.
Puede que haya habido tiempos en los que la Iglesia estaba demasiado ocupada en decirle a la gente lo
que no tenía que hacer, y demasiado poco en presentarle la cima del ideal cristiano.
(iii) Juan venía de Dios. Procedía del desierto. Llegó hasta los hombres después de años de solitaria
preparación con Dios. Como decía Alexander Maclaren, «fue como si Juan saltara a la palestra plenamente
desarrollado y armado.» Y traía, no algunas opiniones personales suyas, sino un mensaje de Dios. Antes de
hablar a los hombres había estado largo tiempo en comunión con Dios.
El predicador, el maestro de voz profética, deben siempre venir a presentarse ante los hombres de la
presencia de Dios.
(iv) Juan señalaba más allá de sí mismo. Era no solamente una luz que iluminaba el mal, una voz que
reprendía el pecado; era también un indicador hacia Dios. No era a sí mismo al que quería que miraran, sino
quería prepararlos para que reconocieran al Que había de venir.
Los judíos creían que Elías volvería antes de que llegara el Mesías, y que sería el heraldo del Rey en Su
venida. «Yo os envío al profeta Elías antes que llegue el día grande y terrible del Señor» (Malaquías 4:5).
Juan llevaba una ropa de pelo de camello, sujeta con un cinturón de cuero a la cintura. Esa era la descripción
de cómo había ido vestido Elías (2 Reyes 1:8).
Mateo le conecta con una profecía de Isaías (40:3). En los tiempos antiguos en Oriente, las carreteras eran
muy malas. Había un proverbio oriental que decía: «Hay tres situaciones miserables: la enfermedad, el
hambre y el viajar.» Antes de ponerse en camino para un largo viaje, se aconsejaba: «Pagar las deudas,
proveer para la familia, hacer regalos de despedida, devolver todos los depósitos y hacer acopio de dinero y
de buen humor para el viaje; y, por último, decir adiós a todos.» Las carreteras ordinarias no eran más que
senderos. No estaban en absoluto pavimentadas, porque el suelo de Palestina es duro, y soporta el tráfico de
mulas, borricos, bueyes y carretas. Un viaje por esas carreteras era toda una aventura, y, por supuesto, algo
que no se hacía nada más que cuando no se tenía más remedio.
Había algunas carreteras pavimentadas y construidas artificialmente. Josefo, por ejemplo, nos refiere que
Salomón cubrió las calzadas que iban a Jerusalén de basalto negro para facilitarles el viaje a los peregrinos y
«para hacer alarde del buen estado de la economía de su gobierno.» Todas las carreteras trazadas y
pavimentadas las construían los reyes y para el uso de los reyes. De ahí que se las llamara «calzadas
reales.» Se mantenían en buen estado de conservación sólo si el rey las necesitaba para sus viajes. Antes de
que llegara el rey a una zona, se pregonaba un mensaje para que la gente tuviera la carretera real en orden
para la visita del rey.
Juan estaba preparándole el camino al Rey. El predicador y el maestro de voz profética no llaman la
atención a sí mismos, sino a Dios. Lo que se proponen no es que la gente se fije en su propia inteligencia,
sino en la majestad de Dios. El verdadero predicador se hace invisible en su mensaje.
La gente reconocía a Juan como profeta, aun cuando hacía muchos años que no se escuchaba la voz
profética, porque era una luz que alumbraba las cosas malas, una voz que convocaba a la justicia, un
indicador que señalaba hacia Dios; y porque tenía en sí esa autoridad incontestable que irradian los que
vienen de la presencia de Dios a presentarse ante los hombres.
EL MENSAJE DE JUAN - LA AMENAZA
Mateo 3:7-12
Cuando vio Juan que muchos de los que acudían a su bautismo eran de los fariseos y de los
saduceos, les dijo:
-¡Raza de víboras! ¿Quién os puso en la mente el huir de la ira venidera? Producid frutos que
acrediten vuestro arrepentimiento. No creáis que os podéis decir: «Tenemos a Abraham por padre.»
Porque os digo que Dios puede suscitarle hijos a Abraham hasta de estas piedras. Ya está dispuesta el
hacha a la raíz de los árboles, y todo el que no dé buen fruto está a punto de que lo corten y echen al
fuego. Yo os bautizo con agua para que os arrepintáis; pero el Que viene detrás de mí es más fuerte que
yo y yo no sirvo ni para llevarle las sandalias: Él es el Que os bautizará con el Espíritu Santo y con
fuego. Ya tiene el soplillo en la mano para limpiar afondo Su era; y luego recogerá el grano en Su
granero, y quemará la paja con un fuego que nadie podrá extinguir.
En el mensaje de Juan había amenaza y había promesa. Todo su mensaje estaba lleno de ilustraciones
vívidas.
Juan llama a los fariseos y a los saduceos raza de víboras, y les pregunta que quién les ha aconsejado huir
de la ira venidera. Puede que haya aquí una de dos imágenes.
Juan conocía el desierto. Había en algunos sitios yerbajos secos y espinos achaparrados por la falta de
humedad. Algunas veces se producía un fuego, que se extendía rápidamente por la hierba seca y los arbustos
resecos como la yesca. Y adelantándose al fuego se veían escabullirse a toda prisa las serpientes y los
alacranes y todos los animalejos que tenían su hábitat en la poca maleza disponible. El río de fuego los
echaba de sus guaridas, y corrían como locos huyendo de la quema.
Pero puede que haya aquí otra imagen. Hay muchos animalillos en un campo de trigo: ratones de campo,
ratas, conejos, pájaros. Pero cuando llegan los segadores, los echan de sus nidos y guaridas y, como el
campo queda al descubierto, tienen que huir para salvar la vida.
Es en estas escenas en las que está pensando Juan. Si los fariseos y los saduceos venían buscando de
veras el bautismo, eran como esas alimañas escabulléndose del fuego que se les echaba encima o de la hoz
del segador que estaba poniendo fin a su precaria seguridad.
Juan les advierte que no les va a servir de nada alegar que Abraham es su padre. Para los judíos
ortodoxos esa era una afirmación alucinante. Para los judíos, Abraham era único. Tan único era en su bondad
y en el favor de Dios que sus méritos bastaron, no sólo para él mismo, sino también para todos sus
descendientes. Había allegado tal tesoro de méritos que no podían agotarlo todas las pretensiones y
necesidades de todos sus descendientes. Así es que los judíos creían que simplemente por ser judíos, sin
ningún mérito propio, estaban a salvo en la vida por venir. Decían: «Todos los israelitas tienen segura su
porción en el mundo venidero.» Hablaban de «los méritos liberadores de los padres.» Decían que Abraham se
sentaba a las puertas de la gehena para darle la vuelta a cualquier israelita que resultara haber sido destinado
a sus terrores. Decían que eran los méritos de Abraham lo que permitía que los barcos navegaran a salvo por
los mares; lo que hacía que la lluvia descendiera sobre la tierra; lo que hizo que Moisés pudiera acceder al
Cielo para recibir la Torá; lo que hizo que David fuera oído. Los méritos de Abraham eran suficientes hasta
para los malvados. « Si tus hijos -decían de Abraham- no fueran más que cuerpos muertos, sin venas y sin
huesos, ¡tus méritos les serían suficientes!»
Era ese espíritu lo que Juan estaba reprendiendo. Puede que los judíos lo llevaran al último extremo, pero
siempre hay que advertir que no se puede vivir del capital espiritual del pasado. Una edad degenerada no
puede esperar obtener la salvación gracias a un pasado heroico; y un mal hijo no puede alegar a su favor los
méritos de sus piadosos padres.
Así que Juan, otra vez, vuelve a la metáfora de la cosecha. A1 final de la estación, el guarda de las viñas y
de las higueras y de los olivos pasaría revista a sus árboles; y quitaría de en medio los que no habían dado
fruto. No harían más que esquilmar el terreno. La inutilidad siempre invita al desastre. La persona que es inútil
para Dios y para sus semejantes corre un grave peligro y está bajo condenación.
EL MENSAJE DE JUAN - LA PROMESA
Mateo 3:7-12 (continuación)
Pero inmediatamente después de la amenaza de Juan venía la promesa -que también contenía una
amenaza. Como ya hemos dicho, Juan señalaba más allá de sí mismo a Uno Que había de venir. De
momento, Juan disfrutaba de una gran reputación, y blandía una influencia muy poderosa. Sin embargo dijo
que no merecía ni llevarle las sandalias al Que había de venir y llevar las sandalias era una labor de esclavo.
La actitud total de Juan era de auto-obliteración, no de autoexaltación. Él reconocía que su importancia
consistía en que era un indicador que señalaba al Que había de venir.
Dijo que el Que había de venir los bautizaría con el Espíritu Santo y con fuego.
A lo largo de toda su historia, los judíos había estado esperando el tiempo en que había de venir el
Espíritu. Ezequiel oyó decir a Dios: «Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de
vosotros... Pondré dentro de vosotros Mi Espíritu, y haré que andéis en Mis estatutos y que guardéis Mis
preceptos y los pongáis por obra» (Ezequiel 36:26s). «Pondré Mi Espíritu en vosotros y viviréis» (Ezequiel
37:14). « No esconderé más de ellos Mi rostro; porque habré derramado sobre ellos de Mi Espíritu sobre la
casa de Israel, dice el Señor Dios» (Ezequiel 39:29). «Porque Yo derramaré aguas sobre el sequedal, ríos
sobre la tierra seca. Mi Espíritu derramaré sobre tu descendencia, y Mi bendición sobre tus renuevos» (Isaías
44:3). «Después de esto derramaré Mi Espíritu sobre todo ser humano» (Joel2:28).
Entonces, ¿qué es el don y la obra del Espíritu de Dios? Al tratar de contestar esta pregunta debemos
recordar que tenemos que hacerlo en términos hebreos. Juan era judío, y hablaba a los judíos. Pensaba y
hablaba, no en los términos de la doctrina cristiana del Espíritu Santo, sino en los de la doctrina judía del
Espíritu.
(i) La palabra hebrea para espíritu es rúaj, y rúaj, como pneuma en griego, quiere decir no sólo espíritu,
sino también aliento. El aliento es la vida; y por tanto, la promesa del Espíritu es la promesa de la vida. El
Espíritu de Dios alienta la vida de Dios en las personas. Cuando el Espíritu de Dios entra en nosotros, nuestra
vida cansada, desvaída y derrotada desaparece, y una oleada de nueva vida entra en nosotros y nos hace
nuevas criaturas.
(ii) Esta palabra rúaj no sólo quiere decir aliento, sino también viento. Es la palabra que designa el viento
de la tempestad, el poderoso turbión que una vez oyó Elías. Viento quiere decir poder. La tempestad de viento
se lleva los navíos por delante y desarraiga los árboles. El viento tiene un poder irresistible. El Espíritu de Dios
es el Espíritu de poder. Cuando el Espíritu de Dios entra en un hombre, su debilidad se reviste del poder de
Dios. Es capaz de hacer lo irrealizable, y de arrostrar lo imposible, y de soportar lo insoportable. Se des-
vanece la frustración, y llega la victoria.
(iii) El Espíritu de Dios se conecta con la obra de la creación. Fue el Espíritu de Dios Quien, moviéndose
sobre las aguas, volvió el caos un cosmos, cambió el desorden en orden, e hizo el mundo de las nieblas
increadas. El Espíritu de Dios puede re-crearnos a nosotros. Cuando el Espíritu de Dios penetra en una
persona, el desorden de la naturaleza humana se convierte en el orden de Dios; nuestras vidas embarulladas,
desordenadas, descontroladas, las introduce el Espíritu en la armonía de Dios.
(iv) Los judíos atribuían al Espíritu algunas funciones especiales. El Espíritu traía la verdad de Dios a las
personas. Todo nuevo descubrimiento en cualquier reino del pensamiento es un don del Espíritu. El Espíritu
penetra en la mente, y convierte las suposiciones humanas en certeza divina, y cambia la ignorancia humana
en conocimiento divino.
(v) El Espíritu capacita alas personas a reconocer la verdad de Dios cuando la ven. Cuando el Espíritu
entra en nuestro corazón, nos abre los ojos. Quita los prejuicios que antes nos tenían ciegos. Elimina la propia
voluntad que nos tenía en la oscuridad. El Espíritu capacita a la persona para ver.
Tales son los dones del Espíritu como los vio Juan, y tales los que traería el Que había de venir.
EL MENSAJE DE JUAN:
PROMESA Y AMENAZA
Mateo 3:7-12 (continuación)
Hay una palabra y una imagen en el mensaje de Juan que combinan la promesa y la amenaza.
Juan dice que el Bautismo del Que había de venir sería de fuego. En esto del Bautismo de fuego hay tres
ideas.
(i) Está la idea de la iluminación. El destello de una llamarada lanza una luz en medio de la noche e ilumina
los rincones oscuros. La llama del faro guía al marino al puerto y al viajero a su destino. En el fuego hay luz y
guía. Jesús es la luz del faro que guía a la humanidad a la verdad y la dirige a su hogar en Dios.
(ii) Está la idea del calor. Un hombre eminente fue descrito como uno que encendía la chimenea en las
habitaciones frías. Cuando llega Jesús a la vida de una persona, enciende su corazón con el calor del amor
hacia Dios y hacia sus semejantes. El Cristianismo es la religión del corazón ardiente.
(iii) Está la idea de la purificación. En este sentido, la purificación conlleva destrucción, porque la llama
purificadora destruye todo lo falso y deja lo auténtico. La llama templa y fortalece y purifica el metal. Cuando
Cristo llega a la vida de una persona, la purga de toda la escoria del mal. Algunas veces tiene que suceder
mediante experiencias dolorosas; pero, si creemos que en todas las experiencias de la vida Dios coopera con
todas las cosas para nuestro bien, saldremos de ellas con un carácter limpio y purificado de forma que, puros
de corazón, podamos ver a Dios.
Así pues, la palabra fuego contiene la iluminación, el calor y la purificación que trae consigo la venida de
Jesucristo a nuestro corazón.
Pero hay también una imagen que contiene una promesa y una amenaza: la imagen de la era de la trilla. El
bieldo era un palo largo que acababa en un transversal con cuatro puntas de madera que se usaba, como
hasta hace muy poco en España, para aventar el cereal después de la trilla, lanzándolo al aire de manera que
el grano fuera cayendo en un montón mientras que la brisa se llevaba más lejos la paja. Después, el grano se
recogía y almacenaba, y la paja se usaba como yesca para encender, cualquier fuego, como el del horno.
La venida de Cristo implica por necesidad separación. Las personas pueden, o aceptarle, o rechazarle.
Cuando se encuentran frente a frente con Él, se enfrentan con una elección que no se puede evitar ni
posponer indefinidamente. Están por o contra El. Y es precisamente esa elección lo que determina el destino.
La separación se hace por la reacción ante Jesucristo.
En el Cristianismo no hay manera de evitar la decisión eterna. En el verde prado de Bedford, Juan Bunyan
oyó la voz que le levantó de repente y le dejó mirando a la eternidad: «¿Dejarás tus pecados e irás al Cielo, o
seguirás con tus pecados e irás al infierno?» En último análisis esa es la elección de la que nadie se puede
evadir.
EL MENSAJE DE JUAN: LA DEMANDA
Mateo 3:7-12 (continuación)
En la predicación de Juan había una demanda básica: «¡Arrepentíos!» (Mateo 3:2). Esa fue también la
demanda básica del mismo Jesús, Que inició Su ministerio proclamando: « ¡Arrepentíos y creed la Buena
Noticia!» (Marcos 1:15). Haremos bien en tratar de entender lo que quiere decir esta demanda básica del Rey
y de Su heraldo.
Hay que advertir que tanto Jesús como Juan usan la palabra arrepentíos sin explicar su significado. La
usan con la seguridad de que los oyentes la conocen y entienden.
Veamos cuál era la doctrina judía acerca del arrepentimiento.
Para los judíos, el arrepentimiento era algo esencial en toda fe religiosa y en toda relación con Dios. G. F.
Moore escribe: « El arrepentimiento es la sola, pero inexorable, condición para recibir el perdón de Dios y ser
restaurados a Su favor, y el perdón y el favor divinos nunca se le niegan al que está genuinamente
arrepentido.» Y también escribe: «Que Dios remite plena y gratuitamente los pecados del penitente es una
doctrina cardinal del judaísmo.» Los rabinos decían: «Grande es el arrepentimiento, porque trae sanidad al
mundo. Grande es el arrepentimiento, porque alcanza al trono de la gloria.» C. G. Montefiori escribió: « El
arrepentimiento es el gran nexo mediatorial entre Dios y el hombre.»
La Ley fue creada dos mil años después de la Creación; pero los rabinos enseñaban que el arrepentimiento
era una de las seis cosas que fueron creadas antes que la Ley; las seis eran: el arrepentimiento, el paraíso, el
infierno, el glorioso trono de Dios, el templo celestial y el nombre del Mesías. «Uno -puede disparar una flecha
a unos pocos estadios, pero el arrepentimiento alcanza hasta el trono de Dios.»
Hay un famoso pasaje rabínico que coloca el arrepentimiento por delante de todo lo demás: « ¿Quién es
como Dios un maestro de pecadores que los conduce al arrepentimiento?» Recorriendo las distintas partes
del Antiguo Testamento, le preguntaron primero a la Sabiduría: "¿Cuál será el castigo de los pecadores?" La
Sabiduría contestó: "El mal persigue a los pecadores" (Proverbios 13:21). Entonces le preguntaron a la
Profecía; y esta contestó: "El alma que peque esa morirá" (Ezequiel 18:4). Después le preguntaron a la Ley,
que contestó: "Que ofrezca un sacrificio! (Levítico 1:4). Por último Le preguntaron directamente a Dios, y Él
contestó: "Que se arrepienta, y obtendrá la expiación. Hijos Míos, ¿qué es lo que Yo os pido? Buscadme y
viviréis (Amós 5:4). "» Así es que, para los judíos, la única puerta de acceso a Dios es la del arrepentimiento.
La palabra hebrea que se usa corrientemente para el arrepentimiento es teshúbá, que es el nombre de la
raíz shúb que quiere decir volver. Arrepentirse es volverle la espalda al pecado y volverse hacia Dios..
G. F. Moore escribe: «El sentido primario transparente del arrepentimiento en el judaísmo es siempre un
cambio de actitud del hombre hacia Dios; y, en la conducta de la vida, una reforma religiosa y moral del
pueblo y del individuo.» C. G. Montefiore escribe: «Para los rabinos, la esencia del arrepentimiento radicaba
en un total cambio de mentalidad tal que conducía a un cambio de vida y de conducta.» El cordobés
Maimónides, la mayor autoridad judía de la Edad Media, define así el arrepentimiento: « ¿Qué es el
arrepentimiento? Es que el pecador abandona su pecado y lo arroja de sus pensamientos y decide totalmente
en su mente no cometerlo otra vez. Como está escrito: «Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus
pensamientos» (Isaías 55:7). >
G. F. Moore señala muy interesante y certeramente que, con la única excepción de las dos palabras entre
paréntesis, la definición del arrepentimiento de la Confesión de Westminster sería totalmente aceptable para
un judío: «El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora por la cual el pecador, movido por un sincero
sentimiento de pecado, y aprehensión de la misericordia de Dios (en Cristo), se vuelve de veras, con dolor y
aborrecimiento de su pecado, se vuelve de él a Dios, con pleno propósito y esfuerzo de nueva obediencia.»
Una y otra vez la Biblia habla de este volver la espalda al pecado, y este volverse hacia Dios. Ezequiel lo
expresa diciendo: «Vivo Yo, dice el Señor Dios, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío
de su camino y que viva. ¡Volveos, volveos de vuestros malos caminos! ¿Por qué habéis de morir, casa de
Israel?» (Ezequiel 33:11). Jeremías lo expresa de la siguiente manera: «Conviérteme, y seré convertido,
porque Tú eres el Señor mi Dios» (Jeremías 31:18). Y Oseas dice: « ¡Vuelve, Israel, al Señor tu Dios...!
Llevad con vosotros palabras de súplica, volved al Señor» (Oseas 14:1 s).
En todo esto se ve claramente que, en el judaísmo, el arrepentimiento incluye una demanda ética.
Es un volverse del mal hacia Dios, con un cambio correspondiente de conducta. Juan estaba
claramente enmarcado en la tradición de su pueblo cuando demandaba que sus oyentes produjeran
frutos dignos del arrepentimiento. Hay una hermosa oración sinagoga que dice: «Haznos volver, oh
Padre, a Tu Ley; acércanos, oh Rey, a Tu servicio; devuélvenos a Tu presencia en perfecto arrepen-
timiento. Bendito seas Tú, oh Señor, que Te deleitas en el arrepentimiento.» Pero ese
arrepentimiento había de mostrarse en un verdadero cambio de vida.
Un rabino, comentando Jonás 3:10, escribió: «Hermanos, no se dice de los ninivitas que Dios vio
su cilicio y su ayuno, sino que Dios vio sus obras, que se volvieron de su mal camino.> Los rabinos
decían: «No seáis como los necios, que, cuando pecan, ofrecen un sacrificio pero no se arrepienten.
Si uno dice: "Pecaré y me arrepentiré, pecaré y me arrepentiré," no se le permite arrepentirse.» Hay
una lista de cinco pecados imperdonables que incluye: «Los que pecan para arrepentirse, y los que
se arrepienten mucho pero siempre vuelven a pecar.> Decían: < Si uno tiene una cosa inmunda en
las manos, aunque se las lave en todos los mares del mundo nunca será limpio; pero si arroja la
cosa inmunda, le bastará con un poco de agua.> Los maestros judíos hablaban de lo que llamaban
«las nueve normas del arrepentimiento,» las nueve cosas necesarias para que un arrepentimiento lo
sea de verdad. Las encontraron en la serie de mandamientos de Isaías 1:16: < Lavaos y limpiaos;
quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de Mis ojos, dejad de hacer lo malo, aprended a
hacer el bien, buscad el derecho, socorred al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la
viuda.» Ben Sirá escribe en el Eclesiástico: < No digáis: Pequé, y ¿qué fatiga me ha venido? Porque
el Señor es paciente; no te dejará. Del perdón del pecado no te asegures del todo, para añadir
pecados a pecados. Y no digas: Grande es Su misericordia; Él me perdonará la multitud de mis
pecados. Porque así la ira como la misericordia vendrá de Él apresuradamente; y Su enojo
descansará sobre los pecadores. No tardes de volverte al Señor, ni lo dilates de día en día»
(Eclesiástico 5:4-8, B.O.). Y en otro lugar: < El que se lava por haber tocado un muerto, y otra vez lo
toca, ¿de qué le sirve su lavatorio? Así el hombre que ayuna por sus pecados, y va otra vez a
cometer los mismos, ¿quién oirá sus oraciones? ¿O de qué le sirvió su afligirse? (Eclesiástico
34:29-30, B.O.; otras biblias, 34:25-26).
Los judíos mantenían que el verdadero arrepentimiento se manifiesta, no en un mero dolor
sentimental, sino en un verdadero cambio de vida -y los cristianos, lo mismo. Los judíos mantenían
que el verdadero arrepentimiento produce frutos que demuestran su autenticidad -y también los
cristianos.
Pero los judíos tenían todavía más cosas que decir acerca del arrepentimiento, y debemos pasar
a considerarlas.
EL MENSAJE DE JUAN: LA DEMANDA
Mateo 3:7-12 (conclusión)
Hay una nota casi aterradora en la demanda ética de la idea judía del arrepentimiento, pero hay
también en ella otras cosas consoladoras.
El arrepentimiento siempre es posible. < El arrepentimiento es como el mar decían-: uno se puede
bañar en él a cualquier hora.» Puede que haya veces cuando hasta las puertas de la oración están
cerradas; pero las puertas del arrepentimiento no se cierran nunca.
El arrepentimiento es totalmente esencial. Hay una historia de una especie de discusión que
Abraham tuvo con Dios. Abraham le dijo a Dios: < Tú no puedes agarrar los dos cabos del cordón al
mismo tiempo. Si quieres estricta justicia, el mundo no puede subsistir. Si quieres conservar el
mundo, la estricta justicia no puede permanecer.» El mundo no puede continuar existiendo sin la
misericordia de Dios y la puerta del arrepentimiento. Si no hubiera más que la justicia de Dios, sería
el fin de todas las personas y de todas las cosas. Tan esencial es el arrepentimiento que, para
hacerlo posible, Dios cancela Sus propias demandas: «Amado es el arrepentimiento ante Dios,
porque por causa de él Dios cancela Sus propias palabras.> La amenaza de la destrucción del
pecador queda cancelada al aceptar Dios el arrepentimiento del pecador por sus pecados.
El arrepentimiento dura toda la vida. Mientras hay vida, hay posibilidad de arrepentirse. «Dios
extiende Su mano bajo las alas de Su carroza celestial para rescatar al arrepentido del poder de la
justicia.> Rabí Simeón ben Yojai dijo: < Si un hombre hubiera sido completamente justo todos los
días de su vida, y se rebelara al final, destruye todo lo anterior, porque dicho está: < La justicia del
justo no lo librará el día que se rebele» (Ezequiel 33:12); y si un hombre ha sido un completo
malvado todos los días de su vida, y se arrepiente al foral, Dios le recibe; porque dicho está: «Y la
impiedad del impío no le será estorbo el día que se vuelva de su impiedad»» (Ezequiel 33:12). <
Muchos dicen- pueden introducirse en el mundo para venir sólo después de años y años; mientras
que otros lo ganan en una hora.> Muchos buscan y hallan la misericordia, como decía Cervantes,
«puesto ya el pie en el estribo;> o, como dice un poeta inglés, < entre el estribo y el suelo,> es decir,
en el acto de desmontar.
Tal es la misericordia de Dios que recibirá aun el arrepentimiento tácito. Rabí Eleazar decía: < La
costumbre del mundo es que, cuando un hombre ha insultado a su prójimo en público, y pasado el
tiempo quiere reconciliarse con él, el otro le dice: "Tú me insultaste públicamente, ¿y ahora quieres
que nos reconciliemos en privado los dos solos? ¡Vete a traer a todos los que estaban presentes
cuando me insultaste, y me reconciliaré contigo!" Pero Dios no es así. Una persona puede plantarse
en el mercado, y blasfemar, mientras el Santo dice:
"Arrepiéntete entre nosotros dos, y Yo te recibiré."» La misericordia de Dios está abierta a la persona
que está tan avergonzada de sí misma que no puede mostrarle su vergüenza nada más que a Dios.
Hay mudos que dicen: < Yo perdono, pero no olvido.» Dios no se olvidó de nada, porque es Dios;
pero Su misericordia es tal que no solo perdona, sino, aunque parezca increíble, también olvida el
pecado del penitente: < ¿Qué Dios hay como Tú, que perdone la maldad y olvide el pecado del
remanente de Su heredad?» (Miqueas 7:18). < Yo, Yo soy Quien borro tus rebeliones por amor de
Mí mismo, y no Me acordaré de tus pecados» (Isaías 43:25). «Porque perdonaré la maldad de ellos,
y no me acordaré más de su pecado> (Jeremías 31:34).
Pero lo más maravilloso es que Dios sale hasta la mitad del camino, y más aún, para encontrar al
penitente: «Volveos lo más que podáis, y Yo os saldré al encuentro hasta ese punto del camino.>
Los rabinos, desde su cima más alta, vislumbraron al Padre que, en Su amor, salió corriendo para
darle la bienvenida a Su hijo pródigo.
Sin embargo, hasta recordando toda Su misericordia, queda en pie el caso de que, en el
verdadero arrepentimiento, es necesario hacer reparación hasta donde se pueda. Los rabinos
decían: < Hay que reparar la injuria, y hay que buscar y recibir el perdón. El verdadero penitente es
el que tiene la misma oportunidad de cometer el mismo pecado otra vez, en las mismas
circunstancias, y no lo comete.> Los rabinos subrayaban una y otra vez la importancia de las
relaciones humanas, y de rectificarlas cuando es necesario.
Hay un curioso pasaje rabínico. < El que es bueno con el Cielo y no con sus semejantes, es un
mal tsaddiq. (Un tsaddiq es un hombre íntegro). El que es malvado contra el Cielo y contra sus
semejantes es un pecador de lo peor. El que es malvado contra el Cielo, pero no contra sus
semejantes no es un pecador de lo peor.»
Precisamente porque la reparación es tan necesaria es por lo que el que enseña a otros a pecar
es el peor de los pecadores; porque no puede hacer reparación, ya que no puede decir nunca hasta
dónde ha llegado su pecado y a cuántos ha llegado a influenciar.
La reparación no es lo único necesario en un verdadero arrepentimiento; también lo es la
confesión. Una y otra vez nos encontramos esa demanda en la Biblia. < El hombre o la mujer que
cometa cualquiera de los pecados con que los hombres son infieles contra el Señor... confesará su
pecado que cometió> (Números 5:6s). «El que oculta sus pecados no prosperará; pero el que los
confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia> (Proverbios 28:13). < Mi pecado Te declaré, y
no encubrí mi iniquidad. Dije: "Confesaré mis rebeliones al Señor" y Tú perdonaste la maldad de mi
pecado» (Salmo 32: S). Es la persona que dice que es inocente, y que se niega a admitir que ha
pecado, la que es condenada (Jeremías 2:35). Maimónides propone la fórmula que se puede usar
para confesar el pecado: < Oh Dios, he pecado, he obrado iniquidad, he transgredido delante de Ti, y
he hecho esto y esto. Estoy apenado y avergonzado de mi obra, y no la haré nunca más.» El
verdadero arrepentimiento necesita la humildad de admitir y confesar el pecado.
No hay ningún caso desesperado para el arrepentimiento, ni ninguna persona a la que le resulte
imposible arrepentirse. Los rabinos decían: «Que nadie diga: «Como he pecado, no tengo remedio.>
Que confíe en Dios y se arrepienta, y Dios le recibirá.» El ejemplo clásico de una aparentemente
imposible reforma fue el caso de Manasés: dio culto a los baales, introdujo dioses extraños en
Jerusalén, y hasta sacrificó niños a Moloc en el valle de Hinnom. Luego fue llevado cautivo a Asiria
donde, encadenado, se humilló al Dios de sus padres, oró y fue atendido y volvió a Jerusalén.
«Entonces reconoció Manasés que el Señor es Dios> (2 Crónicas 33:13). Algunas veces requiere la
amenaza de Dios y Su disciplina el hacerlo, pero nadie está fuera del poder de Dios para
recuperarle.
Hay una última creencia judía en relación con el arrepentimiento, y es la que debe de haber
estado en la mente de Juan.
Algunos, a lo menos, de los maestros judíos enseñaban que si Israel se pudiera arrepentir
perfectamente aunque solo fuera por un día, vendría el Mesías. Era solo la dureza de corazón de la
gente lo que retrasaba la venida del Redentor de Dios al mundo.
El arrepentimiento era el centro mismo de la fe judía, como lo es también de la fe cristiana; porque
el arrepentimiento es cambiar de sentido en la vida volviéndonos del pecado hacia Dios, y hacia la
vida que Dios quiere que vivamos.
JESÚS Y SU BAUTISMO
Mateo 3:13-17
Entonces Jesús vino desde Galilea al Jordán, a Juan, para que Le bautizara. Pero Juan
intentó impedírselo.
-Soy yo -Le dijo- el que necesita ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí?
Déjalo por ahora -le contestó Jesús-, porque esta es la manera en que nos corresponde
cumplir toda justicia.
Entonces dejó que Jesús fuera bautizado.
Inmediatamente después de ser bautizado, salía Jesús del agua, y en ese mismo momento
se abrieron los cielos a Juan, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse
sobre Jesús. Y, fijaos, llegó una voz desde el Cielo que decía:
-Este es Mi Hijo, el Amado, en Quien encuentro plena satisfacción.
Cuando vino Jesús a Juan para que Le bautizara, Juan se quedó perplejo y no quería bautizarle.
Juan estaba convencido de que era él mismo el que necesitaba lo que Jesús tuviera para él, y no
Jesús el Que necesitara nada de Juan.
Desde que se empezó a pensar en el relato evangélico, el bautismo de Jesús ha resultado difícil
de entender. El bautismo de Juan era una llamada al arrepentimiento, con el fin de obtener el perdón
de los pecados; pero, si Jesús era el Que creemos que era, no tenía necesidad de arrepentirse, ni
necesitaba por tanto que Dios Le perdonara. El bautismo de Juan era para los pecadores que
reconocieran su pecado, y por tanto no parecía aplicable a Jesús en absoluto.
Un escritor del principio de la Iglesia sugirió que Jesús vino a bautizarse solamente para
complacer a Su Madre y a Sus hermanos, y que fue la insistencia de ellos lo que casi Le obligó a
someterse a aquello. El Evangelio según los Hebreos, que fue uno de los evangelios que no fueron
incluidos en el Nuevo Testamento, tiene un pasaje sobre esto: < He aquí que la Madre del Señor y
Sus hermanos Le dijeron: "Juan el Bautista está bautizando para la remisión de los pecados;
vayamos a ser bautizados por él." Pero Él les dijo: "¿Qué pecado he cometido Yo para tener que ir a
que Me bautice? Salvo, tal vez, que esto que acabo de decir sea ignorancia."»
Desde los primeros tiempos de la Iglesia, los pensadores estaban perplejos con el hecho de que
Jesús Se sometiera al bautismo. Pero había razones, y buenas razones, para que lo hiciera.
(i) Jesús había estado esperando treinta años en Nazaret, cumpliendo fielmente los deberes
normales del hogar y del taller de carpintería. Todo ese tiempo sabía que había un mundo que Le
estaba esperando. Todo ese tiempo fue haciéndose más y más consciente de Su expectativa. El
éxito de cualquier empresa viene determinado por la sabiduría con que se elige el momento de
embarcarse en ella. Jesús tiene que haber estado esperando que llegara Su momento, que sonara
Su hora. Y cuando surgió Juan, Jesús reconoció que Su hora había llegado.
(ü) ¿Por qué había de ser así? Había una razón muy sencilla y vital. Es un hecho que nunca en
toda la historia antes de este hecha había tenido que bautizarse ningún judío. Los judíos conocían y
usaban el bautismo, pero solamente para los prosélitos que llegaban al judaísmo de otra o de
ninguna religión. Era natural que fueran bautizados los prosélitos, que estaban manchados por el
pecado y contaminados; pero ningún judío había concebido jamás que él, un miembro del pueblo
elegido, un hijo de Abraham, seguro de la salvación de Dios, pudiera nunca necesitar ser bautizado.
El bautismo era para los pecadores, y ningún judío se consideraba pecador y excluido de Dios.
Entonces, por primera vez en toda su historia nacional, los judíos reconocían su propio pecado y su
perentoria necesidad de Dios. Nunca antes había habido un movimiento así de arrepentimiento y
búsqueda de Dios.
Ese era el mismísimo momento que Jesús había estado esperando. E1 pueblo era consciente de
su pecado y de su necesidad de Dios como nunca antes. Esta era Su oportunidad; y en Su bautismo
Se identificó con todas las personas que había venido a salvar, en el momento del nuevo despertar
de su conciencia y de su búsqueda de Dios.
La voz que oyó Jesús en Su bautismo es de suprema importancia. «Este es Mi Hijo amado -dijo-,
en Quien encuentro plena satisfacción.» La frase está formada por dos citas: «Este es Mi Hijo
amado» es una cita del Salmo 2:7. Todos los judíos creían que ese salmo era una descripción del
Mesías, el poderoso Rey Que había de venir de Dios. < En Quien Mi alma tiene contentamiento» se
encuentra en Isaías 42:1, que es una descripción del Siervo Doliente, una descripción que culmina
en Isaías 53.
Así es que, en Su bautismo, Jesús recibió dos confirmaciones: la seguridad de que Él era sin duda
el Escogido de Dios, y la seguridad de que el camino que tenía delante conducía a la Cruz. En ese
momento supo Jesús sin la menor duda que Su trono había de ser la Cruz. En ese momento supo
que estaba destinado a ser conquistador, pero que Su conquista habría de lograrse con la sola arma
del poder del amor doliente. En ese momento se Le pusieron delante tanto Su misión como la única
manera en que habría de cumplirla.
EL TIEMPO DE LA PRUEBA
Mateo desarrolla la vida de Jesús paso a paso. Empieza mostrándonos como nació Jesús en este
mundo. Sigue mostrándonos, al menos por implicación, que Jesús tuvo que cumplir fielmente Sus
obligaciones para con Su hogar antes de cumplir Su deber para con el mundo, que Jesús tenía que
mostrarse fiel en las pequeñas tareas antes de que Dios Le confiara la tarea más importante del
mundo y de la Historia.
Ahora pasa a mostrarnos cómo, al surgir en la escena Juan el Bautista, Jesús supo que había
sonado Su hora y Le había llegado el momento de asumir Su obra. Juan nos muestra a Jesús
identificándose con un pueblo que buscaba a Dios como nunca antes. En ese momento nos muestra
a Jesús dándose cuenta de que Él era sin duda el Escogido de Dios, pero que el camino de la
victoria había de pasar por la Cruz.
Cuando una persona tiene una visión, su problema inmediato es cómo hacerla realidad; tiene que
encontrar la manera de convertir el sueño en un hecho. Ese era el problema con que se enfrentaba
Jesús. Había venido a conducir a la humanidad de vuelta a Dios. ¿Cómo habría de hacerlo? ¿Qué
método tendría que adoptar: el del conquistador poderoso, o el del amor doliente y sacrificial? Ese
era el problema con que se enfrentaba Jesús en Sus tentaciones. Se Le había encomendado una
labor. ¿Qué método habría de escoger para cumplir la tarea que Dios Le había encargado llevar a
cabo?
LAS TENTACIONES DE JESÚS
Mateo 4:1-11
A continuación el Espíritu guió a Jesús al desierto para que el diablo Le tentara. Después de
pasarse voluntariamente cuarenta días y noches sin comer, estaba hambriento. Fue entonces
cuando el tentador se Le presentó.
-Si es verdad que eres el Hijo de Dios Le dijo a Jesús-, diles a estas piedras que se
conviertan en pan.
-Escrito está -le contestó Jesús-: una persona no vive sólo de pan, sino de toda palabra que
proceda de la boca de Dios.
Luego el diablo Le llevó a la santa ciudad, y Le colocó encima del pináculo del templo.
-Si es verdad que tú eres el Hijo de Dios -Le dijo-, tírate desde aquí; porque escrito está:
«Les dará órdenes a Sus ángeles para que Te cuiden y Te levanten en sus brazos para que
nunca ni siquiera tropieces con Tus pies en una piedra.»
-También está escrito -le contestó Jesús-: «No has de intentar poner a prueba al Señor tu
Dios.»
El diablo Le llevó otra vez a una montaña muy alta, y Le mostró desde allí todos los reinos
del mundo y su gloria, y Le dijo:
-Te daré todas estas cosas si Te postras a mis pies y me adoras.
-¡Quítate de en medio, Satanás! -le contestó Jesús-. Porque escrito está: «Adorarás al
Señor tu Dios, y Le servirás sólo a Él.»
Entonces ya el diablo Le dejó en paz, y vinieron ángeles a prestarle servicio.
Hay algo en lo que debemos fijarnos bien justamente al principio de nuestro estudio de las
tentaciones de Jesús, y es el sentido de la palabra tentar. La palabra que se usa aquí en el original
es peirazein. En español, la palabra tentar tiene un sentido uniforme y sistemáticamente malo.
Siempre quiere decir inducir a una persona a hacer algo que no está bien, procurar seducirla al
pecado, tratar de persuadirla a tomar una decisión contraria a la moral o, a la ley de Dios. Pero
peirazein tiene un elemento completamente diferente en su significado. Quiere decir probar mucho
más que tentar en nuestro sentido de la palabra.
Uno de los grandes relatos del Antiguo Testamento es el que nos cuenta por qué poco evitó
Abraham sacrificar a su hijo único Isaac. Ahora bien, ese relato empezaba diciendo: < Y aconteció
después de estas cosas, que tentó Dios a Abraham» (Génesis 22:1. R-V >09). Está claro que la
palabra tentar no puede querer decir aquí tratar de seducir al mal. Es impensable el que Dios
intentara hacer a un hombre un malhechor. Pero todo queda totalmente claro cuando entendemos
que quiere decir: «Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham> (R-V 60>). Había
llegado la hora para la prueba suprema de la lealtad de Abraham. Lo mismo que tiene que probarse
el metal sometiéndolo a una presión y tensión superiores a las que tendrá que soportar antes de
usarlo para un uso práctico, así un hombre tiene que ser probado antes de que Dios pueda usarle
para Su propósito. Los judíos tenían un dicho: «El Santo, bendito sea Su nombre, no eleva a un
hombre a una dignidad hasta después de probarle y analizarle; y si resiste la tentación, entonces
Dios le eleva a la dignidad.>
Aquí tenemos, pues, una gran verdad edificante. Lo que llamamos tentación no nos viene para
hacernos pecar, sino para capacitarnos para conquistar el pecado; no para hacernos malos, sino
buenos; no para debilitarnos, sino para que surjamos de la prueba más fuertes y auténticos y puros.
La tentación no es un castigo por ser humanos, sino la gloria de serlo. Es la prueba que sobreviene a
una persona que Dios quiere usar. Así que debemos pensar en todo este incidente, no tanto como la
tentación, sino como la prueba de Jesús.
Tenemos también que fijarnos en dónde tuvo lugar esta prueba. Fue en el desierto. Entre
Jerusalén, en la meseta central que es la espina dorsal de Palestina, y el Mar Muerto se extiende el
desierto. El Antiguo Testamento lo llama yesimón, que quiere decir la devastación, un nombre
apropiado. Se extiende por un área de 50 por 25 kilómetros.
Sir George Adam Smith que se lo recorrió, nos lo describe. Es un área de arena amarilla, de
caliza quebradiza y de cantos dispersos. Es un área de estratos deformes en los que las arrugas
van en todas las direcciones como si estuvieran alabeadas y retorcidas. Las colinas son como
montones de polvo; La piedra caliza está erosionada y pelada; las rocas están desnudas y
puntiagudas; a menudo hasta el mismo suelo suena a hueco cuando lo pisan los pies humanos o los
cascos de las caballerías. Deslumbra y reluce con el calor como un horno inmenso. Se precipita
hacia el Mar Muerto en una caída de cuatrocientos metros de piedra caliza, pedernal y marga, entre
salientes y entrantes y precipicios.
En ese desierto, Jesús podía estar más solo que en ningún otro lugar de Palestina. Jesús se fue
al desierto completamente solo. Había recibido Su tarea; Dios Le había hablado; tenía que pensar
cómo iba a emprender la obra que Dios Le había confiado; tenía que tener las cosas claras antes de
empezar; tenía que estar solo.
Puede que a menudo erremos sencillamente porque nunca hacemos lo posible para estar solos.
Hay ciertas cosas que una persona tiene que resolver a solas. Hay momentos cuando no nos sirve
de nada el consejo que se nos pueda dar. Hay veces cuando una persona tiene que retenerse de
actuar, y empezar a pensar. Puede que cometamos muchos errores precisamente porque no nos
damos la oportunidad de estar a solas con Dios.
EL SAGRADO RELATO
Mateo 4:1-11 (continuación)
Hay algunas consideraciones que debemos hacernos antes de proceder al estudio detallado del
relato de las tentaciones.
(i) Los tres evangelistas sinópticos parecen hacer hincapié en que las tentaciones siguieron
inmediatamente al bautismo de Jesús. Como dice Marcos «Inmediatamente el Espíritu Le impulsó al
desierto» (Marcos 1:12; R-V sigue manteniendo la palabra luego en su primera acepción:
«Prontamente, sin dilación», D.R.A.E.).
Es una de las realidades de la vida el que después de todo gran momento viene un momento de
reacción -y una y otra vez es en la reacción donde se oculta el peligro. Eso fue lo que le sucedió a
Elías. Con un coraje imponente, Elías se enfrentó completamente solo y derrotó a los profetas de
Baal en el monte Carmelo (1 Reyes 18: 17-40). Ese fue el gran momento del valor y del testimonio
de Elías. Pero la matanza de los profetas de Baal provocó la ira de la malvada Jezabel, que se
propuso acabar con Elías. «Entonces tuvo miedo y se levantó y huyó para salvar la vida a Beerseba»
(1 Reyes 19:3). El hombre que se había mantenido intrépidamente frente a todos sus rivales huye
ahora para salvar la vida con el terror en los talones. Había llegado el momento de la reacción.
Parece ser ley de vida que precisamente después que nuestro poder de resistencia ha estado en
su punto más alto se achanta hasta lo más bajo. El tentador escogió cuidadosa, sutil y astutamente
su momento para atacar a Jesús -pero Jesús le venció. Haremos bien en mantenernos
especialmente en guardia después de cada vez que la vida nos ha llevado a las alturas, porque es
precisamente entonces cuando asalta el más grave peligro de las simas.
(ü) No tenemos por qué considerar esto como una experiencia externa de Jesús. Fue una lucha
que tuvo lugar en Su propio corazón y mente y alma. La prueba está en que no existe ninguna
montaña desde la que se puedan ver todos los reinos de la Tierra, pese al Tibidabo. Fue una batalla
interior.
Es en nuestros pensamientos y deseos más íntimos como viene a nosotros el tentador. Lanza su
ataque en nuestras propias mentes. Es verdad que es tan real que casi podemos hasta ver al diablo.
Hasta este día se puede ver una mancha de tinta en la pared de la habitación de Lutero en el castillo
de Wartburg en Alemania: Lutero le tiró el tintero al diablo que le estaba tentando. Pero el poder del
diablo estribe en el hecho de que supera nuestras defensas y nos ataca desde dentro. Encuentra
aliados y armas entre nuestros pensamientos y deseos más íntimos.
(üi) No tenemos que creer que Jesús derrotó definitivamente al tentador en una sola campaña, y
que éste no volvió a atacarle ya nunca más. El tentador Le habló otra vez a Jesús en Cesarea de
Filipo cuando Pedro trató de disuadirle de seguir el camino de la Cruz, y cuando tuvo que decirle a
Pedro las mismas palabras que le había dicho al tentador en el desierto: «¡Quítate de en medio,
Satanás!> (Mateo 16:23). Al final de su recorrido, Jesús pudo decirles a sus discípulos: < Vosotros
sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas> (Lucas 22:28). Y nunca en toda la
historia humana ha habido una lucha con la tentación como la que Jesús mantuvo en Getsemaní con
el tentador que trataba de apartarle del camino de la Cruz (Lucas 22:42-44).
< La vigilancia eterna es el precio de la libertad.> En la milicia cristiana no hay licencia ni se dan
permisos. A veces nos preocupamos porque creemos que deberíamos alcanzar una etapa en la que
estuviéramos más allá de la tentación, una etapa en la que el poder del tentador ya estuviera
quebrantado para siempre. Jesús nunca alcanzó esa etapa. Desde el principio hasta el fin de su
carrera tuvo que mantenerse en la lucha; por eso puede ayudarnos a pelear la nuestra.
(iv) Una cosa sobresale en esta historia: Las tentaciones fueron tales que no podían sobrevenirle
a una persona que no tuviera unos poderes muy especiales y supiera que los tenía. Sanday describe
las tentaciones como < el problema de qué hacer con los poderes sobrenaturales.» Las tentaciones
que sobrevinieron a Jesús sólo le podían atacar a uno que supiera que había cosas extraordinarias
que él podría hacer.
Debemos recordar siempre que una y otra vez somos atacados por medio de nuestros dones. La
persona dotada con algún encanto tendrá la tentación de usarlo para salirse con la suya. La persona
dotada con el poder de la palabra tendrá la tentación recurrir a la labia para presentar disculpas que
justifiquen cualquier comportamiento suyo. La persona con una imaginación viva y gráfica sufrirá
agonías de tentación que una persona flemática no experimentará nunca. La persona con grandes
talentos mentales estará tentada a usarlos para su propio bien y no para el de otros, para convertirse
en amo y no en servidor de la humanidad. Es un hecho inexorable de la tentación que es
precisamente donde nos consideramos más fuertes donde debemos tener más cuidado de no bajar
la guardia.
(v) Nadie puede leer este relato sin darse cuenta de que su fuente tiene que haber sido el mismo
Jesús. No había nadie con Él en el desierto cuando se estaba librando esta batalla. Y tenemos
noticias de ella solamente porque Jesús mismo tiene que habérselo contado a sus hombres. Es
como si Jesús nos estuviera relatando una parte de su autobiografía espiritual.
Debemos siempre acercarnos a esta historia con una reverencia única y especial, porque Jesús
nos descubre en ella Su más íntimo corazón y alma. Está refiriéndonos Su experiencia. Es la más
sagrada de todas las historias, porque Jesús nos está diciendo en ella que puede ayudar a los
demás en sus tentaciones porque Él mismo fue tentado. Nos descorre el velo de Sus propias luchas
para ayudarnos en las nuestras.
EL ATAQUE DEL TENTADOR
Mateo 4:1-11 (conclusión)
El tentador lanzó su ataque contra Jesús en tres frentes, en cada uno de los cuales había algo
inevitable.
(i) Está la tentación de hacer que las piedras se volvieran pan. El desierto estaba sembrado de
pequeños cantos de caliza que parecían exactamente panecillos; hasta ellos le sugerirían a Jesús
esta tentación.
Era una tentación doble. La tentación de que Jesús usara Sus poderes egoístamente y para Su
propio provecho, y eso fue precisamente lo que Jesús siempre se negó a hacer. Siempre hay la
tentación de usar egoístamente cualesquiera poderes que Dios nos haya dado.
Dios le ha dado un don a cada persona, y cada persona puede hacerse una de dos preguntas.
Puede preguntarse: «¿Qué partido puedo yo sacar de este don?> o: «¿Cómo puedo yo usar este
don para el bien de los demás?» Esta clase de tentación se nos puede presentar en la cosa más
sencilla. Una persona puede poseer, por ejemplo, una voz agradable de escuchar; puede
proponerse sacarle partido, y negarse a usarla a menos que se le pague. No hay razón para rehusar
que se le pague, pero hay toda clase de razones para no deber usarla solamente para que se le
pague. No hay persona que no tenga la tentación de usar egoístamente el don que Dios le haya
asignado.
Pero esto de la tentación tiene otra cara. Jesús era el Mesías de Dios, y Él lo sabía. En el desierto
se estaba enfrentando con la elección del método para ganar las almas para Dios. ¿Qué método
había de usar para la tarea que Dios Le había asignado? ¿Cómo había de materializar Su visión y
sueño?
Un camino infalible para convencer a la gente a que Le siguiera era darles pan, es decir, cosas
materiales. ¿Acaso no lo justificaba la historia? ¿No había dicho Dios: < Os haré llover pan del
cielo?» ¿No incluían las visiones de la futura edad de oro ese mismo sueño? ¿No había dicho Isaías:
< No tendrán hambre ni sed?» (Isaías 49:1 D) ¿No era el Banquete Mesiánico una figura consagrada
entre los Testamentos de los sueños del Reino? Si Jesús hubiera querido darle pan a la humanidad,
tendría suficiente justificación para hacerlo.
Pero el haberles dado pan a los hombres habría sido una doble equivocación. En primer lugar,
habría sido sobornarlos para que Le siguieran. Habría sido convencer a la gente para que Le
siguiera por lo que pudieran sacar, mientras que la recompensa que Jesús tenía para ofrecer era una
Cruz. Llamaba a la gente a una vida de dar, no de obtener. Sobornar a la humanidad con cosas
materiales habría sido la negación de todo lo que Él vino a decir y habría sido finalmente la derrota
de Sus propios fines.
En segundo lugar, habría sido suprimir los síntomas sin tratar la enfermedad. La gente está
hambrienta; pero debemos preguntarnos: ¿Por qué está hambrienta? ¿Es por culpa de su propia
estupidez, y descuido, y holgazanería? ¿O es porque hay algunos que poseen egoístamente
demasiado mientras otros carecen de lo necesario? La verdadera manera de curar el hambre es
eliminar sus causas -y las causas están en el alma de las personas. Y, sobre todo, hay un hambre
del corazón que no se puede satisfacer con cosas materiales.
Así es que Jesús contestó al tentador con las mismas palabras que expresan la lección que Dios
había tratado de enseñarle a Su pueblo en el desierto: «La persona no vive solo de pan, sino de todo
lo que proceda de la boca del Señor> (Deuteronomio 8:3). La única manera de encontrar la verda-
dera satisfacción es aprender a depender totalmente de Dios.
(ü) Entonces el tentador reforzó su ataque en otro frente. En una visión, llevó a Jesús al pináculo
del templo. Eso puede querer decir una de dos cosas.
El templo estaba edificado en la cima del monte de Sión, que formaba como una meseta donde
estaban situados los edificios del templo. Había una esquina en la que se unían el pórtico de
Salomón y el pórtico Real, y en esa esquina había una caída de ciento cincuenta metros al valle del
torrente de Cedrón. ¿Por qué no había de ponerse Jesús en ese pináculo, tirarse y aterrizar ileso en
el fondo del valle? El pueblo seguiría admirado al que fuera capaz de semejante hazaña.
Otra posibilidad sería que, en la cubierta del templo mismo había un saliente donde se colocaba
todas las mañanas un sacerdote con una trompeta en la mano, esperando el primer arrebol de la
aurora a través de las colinas de Hebrón. A la primera señal del alba tocaba la trompeta para
anunciar la hora del sacrificio de la mañana. ¿Por qué no podía Jesús ponerse allí, y saltar
precisamente al patio del templo, haciendo que Le siguieran todos estupefactos? ¿No había dicho
Malaquías: < Y vendrá súbitamente a Su templo el Señor?» (Malaquías 3:1). ¿No había una
promesa de que los ángeles llevarían en sus manos al hombre de Dios para que no le sobreviniera
ningún daño? (Salmo 91: I1 s).
Esto era precisamente lo que prometían los falsos mesías que surgían cada dos por tres. Un tal
Teudas había hecho salir al pueblo prometiéndole que a su palabra se dividirían las aguas del
Jordán en dos partes. Un famoso pretendiente egipcio (Hechos 21:38) había prometido que con una
sola palabra arrasaría las murallas de Jerusalén. Simón Mago, se dice, había prometido volar por los
aires, pero pereció en el intento. Estos pretendientes habían ofrecido credenciales que no pudieron
cumplir. Jesús podía cumplir todo lo que prometiera. ¿Por qué no había de seguir ese método?
Jesús tenía dos buenas razones para no adoptar ese curso de acción. La primera, que el que
busque atraer a sí a las personas proveyéndolas de sensaciones habrá elegido un camino que,
literalmente, no tiene futuro. La razón es bien sencilla: para conservar el poder tendría que seguir
produciendo sensaciones cada vez más grandes. Las maravillas tienen un tiempo limitado. La
sensación de este año será algo corriente el que viene. Un evangelio basado en el sensacionalismo
estaría condenado al fracaso. La segunda, que esa no es la manera en que se ha de usar el poder
de Dios. < No intentarás someter al Señor tu Diosa prueba,» dijo Jesús (Deuteronomio 6:16). Lo que
quería decir era que no es bueno querer ver hasta dónde puede uno llegar con Dios; no tiene sentido
ponerte deliberadamente en una situación peligrosa, atrevida e innecesariamente, y esperar que
Dios te libre de las consecuencias.
Dios espera que asumamos riesgos por fidelidad a Él, pero no para elevar nuestro prestigio. La fe
que depende de las señales y los milagros no es la verdadera fe. Si la fe no puede creer sin las
sensaciones es que no es realmente fe, sino una duda que está buscando una prueba, y buscándola
donde no la puede encontrar. El poder salvador de Dios no es algo con lo que se puede jugar ni
experimentar, sino algo en lo que hay que confiar sin aspavientos en la vida diaria.
Jesús rechazó el sensacionalismo porque sabía que conducía, y conduce, al fracaso; y porque
buscar sensaciones no es confiar, sino desconfiar de Dios.
(üi) Así es que el tentador atacó todavía por otro frente. Era el mundo lo que Jesús había venido a
salvar, y Le vino a la mente una representación del mundo. La voz del tentador Le dijo: .«¡Póstrate y
adórame, y yo Te daré todos los reinos del mundo!» ¿No había dicho Dios mismo a Su escogido: <
Pídeme, y Te daré por herencia las naciones, y como posesión Tuya los confines de la Tierra»?
(Salmo 2:8).
Lo que quería decir el tentador era: «¡Transige! ¡Lleguemos a un acuerdo! ¡No pongas el listón
demasiado alto! Hazte un poco el ciego al mal y a las cosas discutibles, y Te harás con las masas.»
Esta era la tentación a pactar con el mundo en vez de presentarle clara y terminantemente las
demandas de Dios. Era la tentación a avanzar retirándose, y a tratar de cambiar el mundo
haciéndose como él.
La contestación de Jesús no se hizo esperar: < Al Señor tu Dios temerás, a Él solo servirás y por
Su nombre jurarás> (Deuteronomio 6:13). Jesús estaba absolutamente seguro de que no se puede
vencer al mal entrando en componendas con él. Estableció la insobornabilidad de la fe cristiana. El
Cristianismo no se puede doblegar para ponerse al nivel del mundo, sino elevar al mundo a su propio
nivel. Ningún otro principio funcionará.
Así es que Jesús hizo Su decisión. Decidió que nunca sobornaría a nadie para que Le siguiera;
decidió que el camino del sensacionalismo no era para Él, y decidió que no podía transigir en el
mensaje que predicara ni en la fe que demandara. Su elección significaba inevitablemente la Cruz
-pero la Cruz significaba también inevitablemente la victoria final.
EL HIJO DE DIOS EN CAMPAÑA
Mateo 4:12-17
Cuando se enteró Jesús de que habían entregado a
Juan a las autoridades, se retiró a Galilea. Se marchó
de Nazaret y fue a fijar Su residencia a Cafernaún, que está a la orilla del lago, en el distrito de
Zabulón y Neftalí. Esto se hizo para que se cumpliera lo que había dicho Dios por medio del
profeta Isaías: < ¡Tierra de Zabulón, y tierra de Nefatlí, camino de la mar, al otro lado del
Jordán, Galilea de los gentiles! La gente que moraba en las tinieblas ha visto una gran luz, una
gran luz les ha resplandecido a los que estaban asentados en la tierra y ala sombra de la
muerte.»
Desde aquel tiempo Jesús se puso a proclamar Su Mensaje y a decir:
-¡Arrepentíos, que el Reino del Cielo se ha acercado!
No pasó mucho tiempo antes que le sobreviniera el desastre a Juan. Le detuvieron y le metieron
en la cárcel en las mazmorras del castillo de Maqueronte por orden del rey Herodes. Su crimen
había sido el denunciar públicamente que Herodes había seducido a la mujer de su hermano, y
luego se había casado con ella después de divorciarse de la mujer anterior. No está uno nunca a
salvo si denuncia a un déspota oriental, y el valor de Juan le trajo en consecuencia primero la cárcel
y luego la muerte. Más tarde volveremos a los detalles de esa historia que Mateo no nos dice hasta
Mateo 14:3-12.
Jesús supo que Le había llegado el momento de ponerse en campaña.
Fijémonos en lo que fue lo primero que hizo. Se marchó de Nazaret y puso su residencia en el
pueblo de Cafernaún. Había una especie de finalidad simbólica en esa mudanza. En aquel momento
Jesús se marchó de su casa para no volver a vivir en ella nunca más. Es como si se cerrara la puerta
que dejaba atrás antes de abrir la que tenía delante. Era un corte limpio entre lo antiguo y lo nuevo.
Se había terminado un capítulo y empezaba otro. A veces llegan a la vida esos momentos de
decisión. Siempre es mejor recibirlos con un corte hasta quirúrgico que vacilar indecisamente entre
dos cursos de acción.
Fijémonos adónde fue Jesús. Se fue a Galilea. Cuando Jesús se fue a Galilea para empezar Su
misión y Su ministerio, Él sabía lo que estaba haciendo. Galilea era el distrito más septentrional de
Palestina. Se extendía desde el río Litani, el antiguo Leontes, al Norte hasta la llanura de Esdrelón al
Sur. Por el Oeste no llegaba hasta la costa del Mediterráneo, porque la banda costera estaba en
posesión de los fenicios. Limitaba por el Nordeste con Siria, y su frontera oriental eran las aguas del
Mar de Galilea. Galilea no era muy extensa; sólo ochenta kilómetros de Norte a Sur por cuarenta de
Este a Oeste.
Pero, aunque fuera pequeña, Galilea estaba densamente poblada; era con mucho la región más
fértil de Palestina; su fertilidad era fenomenal y proverbial. Había un dicho de que era más fácil criar
una legión de olivos en Galilea que un chico en Judea. Josefo, que fue en un tiempo gobernador de
la provincia, dice: < Es rica por todas partes de suelo y pastos, produciendo todas las variedades de
árboles e invitando por su productividad hasta a los que tienen menos interés en la agricultura; está
toda labrada; no se deja ninguna parte en barbecho, y es. productiva en su totalidad.» En
consecuencia, Galilea tenía una enorme población comparada con su tamaño. Josefo nos dice que
había doscientos cuatro pueblos en ella, ninguno con menos de quince mil habitantes. Jesús empezó
Su misión en la parte de Palestina donde había más personas que pudieran oírle; empezó Su obra
en un área que hervía de gente a la que se podía proclamar el Evangelio.
Pero Galilea no era sólo un distrito populoso; sus habitantes tenían ciertas características. De
todas las partes de Palestina, Galilea era la más abierta a las nuevas ideas. Josefo dice de los
galileos: < Siempre les gustaban las innovaciones, y estaban dispuestos por naturaleza a los
cambios, y alucinaban con las sediciones.» Siempre estaban dispuestos a seguir a un líder y
empezar una insurrección. Eran notoriamente vivos de genio y dados a las peleas. Pero, a pesar de
todo, eran de lo más caballerosos. «Los galileos -dice Josefo- no están nunca desprovistos de
coraje.> «La cobardía no fue nunca una característica de los galileos.> «Les importaba más el honor
que la ganancia.» Las características innatas de los galileos eran tales que los hacían tierra fértil
para que se les predicara el Evangelio.
Su apertura a nuevas ideas se debía a ciertos hechos.
(i) El nombre de Galilea viene de la palabra hebrea Galil, que quiere decir círculo. El nombre
completo de la zona era Galilea de los gentiles. Plummer sugiere que quería decir < la pagana
Galilea.» Pero la frase procedía del hecho de que Galilea estaba literalmente rodeada de gentiles.
Por el Oeste, sus vecinos eran los fenicios. Por el Norte y el Este, los sirios. y hasta por el Sur estaba
el territorio de los samaritanos. Galilea era de hecho la única parte de Palestina que estaría
inevitablemente en contacto con influencias e ideas no judías. Galilea no tenía más remedio que
estar abierta a nuevas ideas más que ninguna otra parte de Palestina.
(ü) Por Galilea pasaban las grandes carreteras del mundo, como ya hemos visto cuando
hablábamos del pueblo de Nazaret. El Camino del Mar iba de Damasco a Egipto y África pasando
por Galilea. La carretera del Este que llegaba hasta las últimas fronteras pasaba por Galilea. El
tráfico del mundo pasaba por Galilea. Allá lejos al Sur, Judea estaba remetida en una esquina,
aislada y encerrada. Como se ha dicho muy bien, < Judea no está de camino a ninguna parte;
Galilea está de camino a todas partes.» Judea podía erigir una valla para protegerse de todas las
influencias extranjeras y de todas las nuevas ideas; Galilea nunca podría hacerlo. Era inevitable que
llegaran las nuevas ideas a Galilea.
(üi) La posición geográfica de Galilea había afectado su historia. Una y otra vez había sido
invadida y conquistada, y las oleadas de extranjeros habían fluido a menudo sobre ella y algunas
veces la habían inundado.
En sus orígenes había sido asignada a las tribus de Aser, Neftalí y Zabulón cuando los israelitas
llegaron por primera vez a la tierra (Josué 9); pero estas tribus no habían tenido nunca un éxito total
en expulsar a los habitantes nativos cananitas, y desde el principio Galilea tuvo una población
mezclada. Más de una vez las invasiones extranjeras la habían barrido desde el Norte y el Este
desde Siria, y en el siglo VIII a.C. los asirios la habían inundado totalmente, llevándose al exilio a la
mayor parte de su población y asentando a extranjeros en su tierra. Inevitablemente esto produjo
una considerable inyección de sangre extranjera en Galilea.
Desde el siglo VIII hasta el II a.C. había estado mayormente en manos gentiles. Cuando volvieron
los judíos del exilio bajo Nehemías y Esdras, muchos de los galileos se mudaron al Sur para vivir en
Jerusalén. En 164 a.C., Simón Macabeo persiguió a los asirios al Norte, echándolos de Galilea a su
propia tierra; y en su viaje de vuelta se llevó consigo a Jerusalén el resto de los Galileos que
quedaba.
La cosa más sorprendente de todas fue que el año 104 a.C. Aristóbulo reconquistó Galilea para la
nación judía e hizo circuncidar a la fuerza a los habitantes de Galilea, haciéndolos así judíos
quisieran que no. La historia había obligado a Galilea a abrir sus puertas a nuevos tipos de sangre y
a nuevas ideas y a nuevas influencias.
Las características naturales de los galileos, y la preparación de la historia, habían hecho de
Galilea el único lugar de toda Palestina donde un nuevo maestro con un nuevo mensaje tenía una
oportunidad bien real de que le oyeran, y fue allí donde Jesús empezó Su misión y anunció por
primera vez Su Mensaje.
EL HERALDO DE DIOS
Mateo 4:12-17 (conclusión)
Antes de salirnos de este pasaje hay algunas cosas más que debemos notar.
Fue al pueblo de Cafarnaún a donde se mudó Jesús. La forma correcta del nombre es
Capernaúm. La forma Capernaúm no aparece en absoluto hasta el sigo V d.C., pero a algunos se
nos ha lijado en la memoria de tal manera que sigue manteniéndose en la Reina-Valera.
Ha habido mucha discusión acerca de la localización de Cafarnaún. Se han sugerido dos lugares.
La identificación más corriente, y la más probable, es que Cafarnaún es Tell Hum que está al lado
occidental del extremo norte del Mar de Galilea; la identificación alternativa y menos probable, es
que fuera Jan Minyeh, que está a unos cuatro kilómetros más al suroeste. En cualquier caso, no
quedan más que unas ruinas para mostrar dónde estuvo Cafarnaún una vez.
Mateo tenía la costumbre de encontrar en el Antiguo Testamento algo que podía usar como una
profecía acerca de cualquier acontecimiento de la vida de Jesús. Encuentra esta profecía en Isaías
9:1 s. De hecho, es otra de las profecías que Mateo extrae violentamente de su contexto y usa en su
extraordinaria manera. Es una profecía que se retrotrae al reinado de Peka. En aquellos días, la
parte septentrional de Palestina, incluyendo Galilea, había sido arrasada por el ejército invasor de los
asirios; y ésta fue originalmente una profecía de la liberación de estos territorios conquistados que
tendría lugar algún día. Mateo encuentra en ella una profecía que anunciaba la luz que traería Jesús.
Por último, Mateo nos da un breve sumario del mensaje que proclamaba Jesús. La Reina-Valera
dice que Jesús comenzó a predicar. La palabra predicar ha bajado de categoría en el mundo; se
conecta en las mentes de muchas personas con el aburrimiento. La palabra en griego es kéryssein,
que es la que se usa para la proclamación de un heraldo del rey. Kéryx es la palabra griega para
heraldo y el heraldo era el que traía un mensaje directamente del rey.
Esta palabra nos comunica ciertas características de la predicación de Jesús, y éstas son las
características que debería tener toda predicación.
(i) El heraldo tenía en su voz una nota de seguridad. No había la menor duda acerca de su
mensaje; no venía con tal veces ni con puede que o probablemente; venía con un mensaje definitivo.
Goethe decía: «Háblame de tus certezas; que para dudas ya tengo yo bastantes.» La predicación es
la proclamación de certezas, y nadie puede hacer que otros acepten como seguro lo que para él está
en duda.
(ü) El heraldo tenía en su voz una nota de autoridad. Hablaba en nombre del rey; establecía y
anunciaba la ley del rey, la orden del rey, la decisión del rey. Como se dijo de un gran predicador,
«no suponía entre nebulosas; sabía.> La predicación, como se ha dicho, es la aplicación de la
autoridad profética a la situación presente.
(üi) El mensaje del heraldo procedía de una fuente más allá de sí mismo; procedía del rey. La
predicación habla desde una fuente más allá del predicador. No es la expresión de las opiniones
personales de un hombre; es la voz de Dios trasmitida al pueblo por medio de una persona. Era con
la voz de Dios como Jesús hablaba a los hombres.
El mensaje de Jesús constaba de un mandamiento que era la consecuencia de una nueva
situación. < ¡Arrepentíos!> -decía. «Volveos de vuestros propios caminos, y volved a Dios. Levantad
vuestra mirada de la tierra y ponedla en el cielo. Cambiad el sentido de vuestra dirección, y dejad de
alejaros de Dios y empezad a caminar hacia Dios.» Ese mandamiento había llegado a ser
urgentemente necesario porque el Reinado de Dios estaba a punto de empezar. La eternidad había
invadido el tiempo; Dios había invadido la Tierra en Jesucristo, y por tanto era de suprema
importancia el escoger la dirección y el lado correctos.
CRISTO LLAMA A UNOS PESCADORES
Mateo 4:18-22
Cuando Jesús iba pasando por la orilla del Mar de
Galilea vio a dos hermanos -Simón, al que llaman
Pedro, y su hermano Andrés- que estaban echando la red al mar, porque eran pescadores. Y
Jesús les dijo:
-¡Seguidme, y Yo os haré pescadores de hombres!
Ellos dejaron las redes inmediatamente y Le siguieron. Jesús pasó más adelante y vio a
otros dos hermanos, Santiago hijo de Zebedeo y su hermano Juan. Estaban en una barca con
su padre Zebedeo preparando las redes para la pesca. Jesús también los llamó, y ellos dejaron
inmediatamente la barca y a su padre, y siguieron a Jesús.
Toda Galilea se centraba alrededor del Mar de Galilea. Éste tiene veinte kilómetros de largo de
Norte a Sur y catorce de ancho de Este a Oeste. El Mar de Galilea es por tanto pequeño, y es
interesante el hecho de que Lucas, el gentil, que había visto mucho mundo, nunca lo llama mar
(thalassa), sino siempre lago (limné). Tiene una forma ovalada, más ancho por arriba que por abajo.
Se encuentra en una gran falla de la superficie de la Tierra por la que corre el valle del Jordán, y la
superficie del Mar de Galilea está a doscientos diez metros bajo el nivel del mar. El hecho de
encontrarse a esta profundidad en la superficie de la Tierra le da un clima muy cálido y hace la tierra
de alrededor inmensamente fértil. Es uno de los lagos más encantadores del mundo. W. M. Thomson
lo describe: < Visto desde cualquier punto de las alturas circundantes es una bella extensión de agua
-un espejo bruñido engastado en un marco de colinas y de montañas abruptas que se erigen y
ruedan hacia atrás y hacia arriba hasta donde cuelga el cuadro de Hermón sobre la bóveda azul de
los cielos.>
En los días de Josefo había no menos de nueve ciudades populosas en sus orillas. En la década
de los treinta, cuando H. V. Morton lo vio, sólo quedaba Tiberíades, que era poco más que una
aldea. Hoy es la ciudad mayor de Galilea, y sigue creciendo.
En los días de Jesús, el Mar de Galilea estaba abarrotado de barcas de pesca. Josefo, en una
cierta expedición, no tuvo dificultad para reunir doscientas cuarenta barcas de pesca para salir de
Tariquea; pero ahora los pescadores son pocos y dispersos.
Había tres métodos de pesca. Estaba la pesca de anzuelo.
Estaba la pesca con red. Esta solía ser circular y de unos tres metros de ancho. Se lanzaba
hábilmente al agua desde la tierra o desde los bajíos al borde de la orilla del lago. Llevaba unas
pesas de plomo alrededor de la circunferencia. Se hundía en el mar y rodeaba a los peces; entonces
se tiraba de ella a través del agua como si se tratara de una tienda de campaña con forma de
campana, en la que se cogían los peces. Esa era la clase de red que estaban manipulando Pedro y
Andrés, y Santiago y Juan, cuando Jesús los vio. Se llamaba amfibléstron.
La red barredera se usaba desde una barca, o mejor desde dos. Se echaba al agua con cuerdas
en las cuatro esquinas. Llevaba pesas en un lado; así que, como si dijéramos, se quedaba derecha
de pie en el agua. Cuando las barcas iban remando con la red por detrás, ésta tomaba la forma de
un gran cono, en el que cogían los peces y se traían a las barcas. Esta clase de red es la que se
menciona en la parábola de la red; y se llamaba saguéné.
Jesús pasaba por la orilla del lago; conforme iba andando, llamó a Pedro y Andrés, y a Santiago y
Juan. No tenemos que creer que era la primera vez que los veía, o ellos a Él. Según Juan el
Evangelista, por lo menos algunos de ellos ya eran discípulos de Juan el Bautista (Juan 1:35). Sin
duda ya habían hablado con Jesús y Le habían escuchado; pero fue en este momento cuando les
llegó el desafío de una vez para siempre de asociarse con Él.
Los griegos solían contar cómo habían encontrado Jenofonte a Sócrates por primera vez.
Sócrates se le encontró en una callejuela, y le cerró el paso con el bastón. Primero le preguntó si
sabía dónde podía comprar esto y aquello, y si sabía dónde se hacía esto y lo otro. Jenofonte le dio
la información requerida. A continuación Sócrates le preguntó:
-¿Sabes dónde hacen a los hombres buenos y virtuosos? -No -le contestó Jenofonte. Y entonces
Sócrates le dijo:
-¡Pues sígueme y aprende!
Jesús también llamó así a estos pescadores a seguirle. Es interesante ver la clase de personas
que eran. No eran gente de gran preparación intelectual, o influyente, o rica, o de posición social.
Tampoco eran pobres. Eran simplemente trabajadores, sin una posición social especial y, seguro
que cualquiera habría dicho, sin un gran futuro. Eran hombres normales y corrientes los que Jesús
escogió.
Una vez acudió a Sócrates un hombre que no tenía nada especial, que se llamaba Esquines.
-Soy un pobre hombre -le dijo-; no tengo nada más, pero me doy a ti.
-¿Te das cuenta -le dijo Sócrates- de que me das lo que tiene más valor?
Lo que Jesús necesita es gente corriente que se Le den a sí mismos. Jesús puede hacer
cualquier cosa con personas así.
Además, estos hombres eran pescadores. Muchos investigadores han indicado que un buen
pescador tiene que tener estas cualidades que le pueden hacer un buen pescador de hombres.
(i) Debe tener paciencia. Debe aprender a esperar pacientemente hasta que piquen los peces. Si
es inquieto y no se puede estar quieto nunca hará un buen pescador. El buen pescador de hombres
tendrá necesidad de paciencia. Rara vez obtenemos resultados rápidos en la predicación o en la
enseñanza. Tenemos que aprender a esperar.
(ü) Debe tener perseverancia. Tiene que aprender a no desanimarse nunca, sino seguir
intentando. El buen predicador y maestro no debe desanimarse cuando no parece que sucede nada.
Siempre debe estar dispuesto a intentar otra vez.
(üi) Debe tener coraje. Como decía un viejo griego cuando rezaba por la protección de los dioses:
< ¡Mi barca es tan pequeña y el mar tan grande!> Debe estar dispuesto a arriesgarse y a arrostrar la
furia de la mar y de la tempestad. El buen predicador y maestro debe ser consciente de que hay
siempre un peligro en decirle a la gente la verdad. La persona que dice la verdad, más a menudo
que lo contrario, se juega la reputación y la vida.
(iv) Debe tener vista para el momento oportuno. El pescador sensato sabe muy bien que hay
veces que es inútil intentar pescar. Sabe cuándo echar la red y cuándo no. El buen predicador y
maestro elige el momento. Hay veces que la gente recibe la verdad, y veces cuando la resiente. Hay
veces que la verdad los mueve, y veces que la verdad los endurece en su oposición a la verdad. El
predicador y maestro sensato sabe que hay un tiempo de hablar, y un tiempo de callar.
(v) Debe escoger el cebo de acuerdo con el pez. Un pez acudirá a un cebo, y otro a otro. Pablo
decía que se hacía todo a todos para estar en condiciones de ganar a algunos. El predicador y
maestro sensato sabe que el mismo enfoque no sirve para todas las personas. Puede que tenga que
descubrir y reconocer sus propias limitaciones. Puede que tenga que descubrir que hay ciertos
ambientes en los que puede trabajar y otros en los que no.
(vi) El pescador sensato tiene que mantenerse fuera de la vista. Si hace notar su presencia, o aun
su sombra, seguro que los peces no picarán. El predicador y maestro sensato siempre tratará de
presentarle a su audiencia, no su propia persona, sino a Jesucristo. Su objetivo es que la gente fije la
mirada, no en él, sino en la Figura que está detrás.
EL MÉTODO DEL MAESTRO
Mateo 4:23-25
Jesús hizo un viaje circular por toda Galilea, ense-
ñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia
del Reino y curando toda clase de enfermedades y
dolencias entre la gente; y la fama de Sus actividades
se corrió por toda Siria, deforma que Le traían a todos los que estaban enfermos, los que
estaban aquejados de las dolencias y dolores más diversos, los que estaban poseídos por
demonios, epilépticos y paralíticos; y Jesús los sanaba. Y Le seguían grandes multitudes
procedentes de Galilea, y de Decápolis, y de Jerusalén, y de Judea, y del otro lado del Jordán.
Jesús había escogido Galilea para empezar Su misión, y ya hemos visto lo bien preparada que
estaba Galilea para recibir la semilla. Dentro de Galilea, Jesús escogió empezar Su campaña en las
sinagogas.
La sinagoga era la institución más importante de la vida judía. Había una diferencia entre las
sinagogas y el templo. No había más que un solo templo, el de Jerusalén, pero dondequiera que
hubiese la más pequeña colonia de judíos, había una sinagoga. El templo existía exclusivamente
para ofrecer sacrificios; allí no había predicación ni enseñanza. La sinagoga era esencialmente una
institución docente. Las sinagogas se han desmido como «las universidades religiosas populares de
su tiempo.» Si un hombre tenía alguna enseñanza o ideas religiosas que quería propagar, la
sinagoga era incuestionablemente donde debía empezar.
Además, el culto de la sinagoga ofrecía al nuevo maestro una oportunidad. Constaba de tres
partes. La primera eran oraciones. La segunda parte, lecturas de la Ley y de los Profetas, en las que
tomaban parte miembros de la congregación. La tercera parte era la plática. El hecho importante y
curioso era que no había una persona fija que hiciera la plática. No había tal cosa como un ministerio
profesional. El presidente de la sinagoga se encargaba de los preparativos del culto. Se le podía
pedir a cualquier forastero distinguido que hiciera la plática, y cualquiera que tuviese un mensaje que
compartir se ofrecía voluntario para hacerlo; y, si el gobernador o presidente de la sinagoga le
consideraba persona capacitada para hablar, se lo permitía. Así que, al principio, la puerta y el
púlpito de la sinagoga estaban abiertos para Jesús. Empezó en la sinagoga porque era allí donde
podía encontrar las personas más sinceramente religiosas de aquel tiempo, y se le ofrecía la oportu-
nidad de hablarles. Después de la plática había un tiempo de coloquio, preguntas y discusión. La
sinagoga era el lugar ideal para presentarle al pueblo una nueva enseñanza.
Pero Jesús no sólo predicaba; también sanaba a los enfermos. No nos sorprende que las noticias
de lo que estaba haciendo se divulgaran, y acudieran multitudes a oírle, y a verle, y a beneficiarse de
su piedad.
Venían de Siria. Siria era la gran provincia romana de la que formaba parte Palestina. Se extendía
hacia el Norte y el Nordeste, con la gran ciudad de Damasco como su centro. Eusebio nos transmite
una de las leyendas más preciosas, que se remonta a este tiempo (Historia Eclesiástica 1: 13). Esta
historia relata que había un rey llamado Abgar en Edesa que estaba enfermo. Así que, se dice, Le
escribió una carta a Jesús: < Abgar, gobernador de Edesa, a Jesús el muy excelente Salvador Que
ha aparecido en el país de Jerusalén: Saludos. He tenido noticias de Ti y de Tus curaciones,
realizadas sin medicina ni hierbas; porque se dice que haces que los ciegos vean y los cojos anden,
limpias a los leprosos, echas a los espíritus y demonios, sanas a los afligidos de enfermedades
crónicas y levantas a los muertos. Ahora bien, como he sabido todo esto acerca de Ti, he llegado a
la conclusión de que una de dos cosas debe ser verdad: O bien Tú eres Dios, Que, habiendo
descendido del Cielo, haces estas cosas, o bien eres un hijo de Dios por lo que haces. Te escribo,
por tanto, para pedirte que vengas a curarme la enfermedad que padezco. Porque he oído que los
judíos murmuran contra Ti y conspiran males contra Ti. Ahora bien: Yo tengo una ciudad pequeñita
pero excelente que es lo bastante grande para nosotros dos.» Se decía que Jesús le había
contestado: < ¡Bendito seas por haber creído en Mí sin haberme visto; porque está escrito acerca de
Mí que los que Me han visto no creerán en Mí, mientras que los que no Me han visto creerán y serán
salvos. Pero, en cuanto a tu invitación para que vaya allí, tengo que cumplir aquí todas las cosas
para las que he sido enviado; y, después de cumplirlas, volver otra vez al Que Me envió. Sin
embargo, después de ascender, te enviaré a uno de mis discípulos para que te cure de tu
enfermedad y para loros vida a ti y a los tuyos.» La leyenda continúa diciendo que Tadeo fue a
Edesa y curó a Abgar. Tal vez sea sólo una leyenda; pero muestra que se creía que hasta en la
lejana Siria se había oído de Jesús y se anhelaba de todo corazón la ayuda y la sanidad que
únicamente Él podía dar.
Naturalmente venían de toda Galilea; y las noticias acerca de Jesús se extendieron hacia el Sur
hasta Judea y Jerusalén, y también de allí venían. Venían también de la región al otro lado del
Jordán que se llamaba Perea, que se extendía desde Pela al Norte hasta Petra al Sur. También
venían de Decápolis, que era una federación de diez ciudades griegas independientes, todas ellas,
excepto Escitópolis, estaban al otro lado del Jordán.
Esta lista es simbólica, porque en ella vemos no sólo judíos sino también gentiles que acudían a
Jesucristo por lo que sólo Él podía darles. Ya se estaban uniendo a Él los fines de la Tierra.
LAS ACTIVIDADES DE JESÚS
Mateo 4:23-25 (conclusión)
Este pasaje tiene mucha importancia porque nos da un breve sumario de las tres grandes
actividades de la vida de Jesús.
(i) Vino proclamando el Evangelio; o como dice la Reina Valera, vino predicando. Ahora bien:
como ya hemos visto, la predicación es la proclamación de certezas. Por tanto, Jesús vino a derrotar
la ignorancia humana. Vino a decirnos la verdad acerca de Dios, lo que nunca habríamos podido
descubrir por nosotros mismos. Vino a poner el punto final al suponer y al andar a tientas, y a
mostrarnos cómo es Dios.
(ü) Vino enseñando en las sinagogas. ¿Cuál es la diferencia entre enseñar y predicar? Predicar es
la proclamación sin reserva de certezas; la enseñanza es la explicación de su significado y
relevancia. Por tanto, Jesús vino para derrotar los malentendidos humanos. Hay veces cuando se
conoce la verdad y se malinterpreta. Se conoce la verdad y se sacan conclusiones erróneas de ella.
Jesús vino a revelarnos el sentido de la verdadera religión.
(üi) Vino sanando a todos los que tenían necesidad de sanidad. Es decir: Jesús vino para derrotar
el dolor humano. Lo importante acerca de Jesús es que no se conformó con decirnos la verdad
meramente en palabras; vino para poner la verdad en acción. Florence Allshorn, la gran maestra
misionera decía: < Un ideal no es nunca tuyo hasta que se te sale por la punta de los dedos.> El
ideal no es nuestro hasta que se materializa en obras. Jesús hacía realidad Su propia enseñanza en
obras de ayuda y sanidad.
Jesús vino predicando para derrotar toda ignorancia. Vino enseñando para derrotar todos los
malentendidos. Vino sanando para derrotar todo dolor. Nosotros, también, debemos proclamar
nuestras certezas; nosotros, también, debemos estar dispuestos a explicar nuestra fe; nosotros,
también, debemos traducir el ideal a la acción y a las obras.
EL SERMÓN DEL MONTE
Como ya hemos visto, Mateo tiene un esquema cuidadosamente preparado en su evangelio.
En su relato del bautismo de Jesús nos Le muestra dándose cuenta de que ha sonado Su hora,
de que Le ha llegado la llamada a la acción y que tiene que iniciar Su cruzada. En su relato de las
tentaciones de Jesús nos Le presenta eligiendo deliberadamente el método que va a usar para llevar
a cabo Su labor, y rechazando deliberadamente otros métodos que Él sabía que eran contrarios a la
voluntad de Dios. Si uno asume una gran tarea necesita ayudantes, asistentes y personal; así es que
Mateo pasa a mostrarnos a Jesús seleccionando los hombres que serán Sus colaboradores.
Pero si los ayudantes y asistentes han de hacer su trabajo inteligente y eficazmente habrá que
empezar por instruirlos. Y aquí, en el Sermón del Monte, Mateo nos muestra a Jesús instruyendo a
Sus discípulos en el Mensaje que era Suyo y que ellos habían de transmitir a la humanidad. En el
relato de Lucas del Sermón del Monte esto aparece aún más claro. Sigue inmediatamente a lo que
podríamos llamar la elección oficial de los Doce (Lucas 6:13ss).
Por esta razón, un gran investigador. llamó al Sermón del Monte «El sermón de ordenación de los
Doce.» De la misma manera que hay que presentarle su tarea a un joven pastor que está a punto de
encargarse de su primer trabajo; así Jesús les dirigió a los Doce este sermón de ordenación antes de
que salieran a realizar su labor. Por esa razón otros investigadores le han dado al Sermón del Monte
otros títulos. Se ha llamado < El compendio de la doctrina de Cristo,> < La Carta Magna del Reino,»
< El manifiesto del Rey.> Todos están de acuerdo en que en el Sermón del Monte tenemos la
esencia de la enseñanza de Jesús al círculo más íntimo de Sus seguidores.
EL SUMARIO DE LA FE
Es un hecho que esto es aún más verdad de lo que parece a primera vista. Hablamos del Sermón
del Monte como si fuera un sermón determinado predicado en una sola ocasión. Pero es mucho más
que eso. Hay buenas e indiscutibles razones para creer que el Sermón del Monte es mucho más que
un sermón; que es, de hecho, una especie de epítome de todos los sermones que predicó Jesús.
(i) Cualquiera que lo oyera por primera vez en su forma actual estaría agotado mucho antes del
final. Hay demasiado material es él para una sola audición. Una cosa es sentarse y leerlo, haciendo
pausas o deteniéndose a pensar cuando se quiere, y otra escucharlo seguido por primera vez.
Podemos leerlo a nuestro paso, reconociendo y saboreando cada palabra; pero oírlo por primera vez
en su forma presente sería deslumbrarnos del exceso de luz mucho antes de que se terminara.
(ü) Hay algunas secciones del Sermón del Monte que surgen, por así decirlo, sin previo aviso; no
tienen conexión con lo precedente ni con lo consiguiente. Por ejemplo: Mateo 5:31 s, y Mateo 7:7-I1
están desconectadas de su contexto. Hay una cierta dislocación en el Sermón del Monte.
(üi) Lo más importante es que, tanto Mateo como Lucas nos dan una versión del Sermón del
Monte. En la versión de Mateo hay 107 versículos. De estos 107, 29 se encuentran juntos en Lucas
6:20-49; 47 no tienen paralelo en la versión de Lucas, y 34 se encuentran desperdigados por todo el
evangelio de Lucas en diferentes contextos.
Por ejemplo: el símil de la sal está en Mateo 5:13 y en Lucas 14:34s; el símil de la lámpara está en
Mateo 5:15 y en Lucas 8:16; el dicho de que no se omitirá ni un punto ni una tilde de La ley está en
Mateo 5:18 y en Lucas 16:17. Es decir, que pasajes que son consecutivos en el evangelio de Mateo
aparecen en capítulos ampliamente separados del evangelio de Lucas.
Para tomar otro ejemplo: el dicho acerca de la mota en el ojo de nuestro hermano y la viga en el
nuestro está en Mateo 7:1-S y en Lucas 6:37-42; y el pasaje en que Jesús exhorta a pedir y buscar y
encontrar está en Mateo 7:7-12 y en Lucas 11:9-13.
Si tabulamos estos pasajes lo vemos todavía más claro.
Mateo 5:13 = Lucas 14:34s
Mateo 5:15 = Lucas 8:16
Mateo 5:18 = Lucas 16:17
Mateo 7:1-5 = Lucas 6:37-42
Mateo 7:7-i2 = Lucas 11:9-13
Ahora bien: como ya hemos visto, Mateo es esencialmente el evangelio de la enseñanza; su
característica es que recoge la enseñanza de Jesús bajo ciertos epígrafes importantes; y es mucho
más probable que Mateo agrupara las enseñanzas de Jesús en un esquema general, que que Lucas
tomara ese esquema y lo desmembrara, y dispersara sus piezas por todo su evangelio. El Sermón
del Monte no es un sermón único que Jesús predicara en una ocasión determinada; es el sumario de
Su enseñanza. Se ha sugerido que, después de escoger definitivamente a los Doce, puede que
Jesús se retirara con ellos a algún lugar tranquilo durante una semana o más, y que durante ese
tiempo les enseñara todo el tiempo; y el Sermón del Monte es la destilación de esa enseñanza.
LA INTRODUCCIÓN DE MATEO
De hecho, la frase introductoria de Mateo ya nos aclara esto considerablemente.
Viendo las multitudes, Jesús subió a un monte; y Se sentaba, y Sus discípulos se Le
acercaban, y Él abría Su boca y les enseñaba.
En este breve versículo hay tres claves acerca del verdadero sentido del Sermón del Monte.
(i) Jesús se puso a enseñarles después de sentarse. Cuando un rabino judío estaba impartiendo
su enseñanza oficialmente, se sentaba para hacerlo. Nosotros seguimos hablando de las cátedras
de los profesores, y el que un papa hable ex cátedra quiere decir que lo hace desde el asiento de su
autoridad. A menudo los rabinos enseñaban cuando estaban de pie o iban andando; pero su
enseñanza oficial la daban cuando habían ocupado un asiento. Así pues, la misma observación de
que Jesús se sentara es ya una indicación de que Su enseñanza era central y oficial.
(ü) Mateo sigue diciendo que, abriendo Su boca, les enseñaba. Esta frase abriendo Su boca no es
simplemente una perífrasis decorativa para decir. Esta frase tiene en griego un doble significado. (a)
Se usa para un pronunciamiento solemne, grave y dignificado. Se usa, por ejemplo, del dicho de los
oráculos. Es el prefacio natural para un dicho de importancia. (b) Se usa de la manifestación de una
persona que abre de veras su corazón y deja fluir su mente y sentimientos totalmente. Se usa de una
enseñanza íntima y sin barreras entre maestro y discípulos. De nuevo el mismo uso de esta frase
indica que el material del Sermón del Monte no es una pieza ocasional de enseñanza. Es el grave y
solemne pronunciamiento sobre cosas centrales; Jesús abría y exponía aquí Su corazón y mente a
los que habían de ser Sus hombres de confianza.
(üi) En griego hay, como en español, dos pasados simples: el aoristo, que corresponde a nuestro
pretérito indefinido y que expresa una acción que tuvo lugar y se completó en el pasado; y el
imperfecto, como el pretérito imperfecto nuestro, que describe una acción repetida, continua o
habitual en el pasado. Compárese: «asistió a una conferencia una vez» (aoristo), con «asistía a
clase regularmente (imperfecto).
Ahora bien: la cosa es que el griego en esta oración que estamos estudiando no está en aoristo,
sino en imperfecto, y por tanto describe una acción repetida o habitual, y podríamos traducirla: «Esto
es lo que solía enseñarles.» Mateo nos ha dicho en griego para mayor claridad que el Sermón del
Monte no es un sermón de Jesús entre otros, sino la esencia de todo lo que Jesús enseñaba
constante y habitualmente a Sus discípulos.
El Sermón del Monte es aún más importante de lo que pensamos. Mateo, en su introducción,
quiere hacernos comprender que se trata de la enseñanza oficial de Jesús; que en el .Sermón del
Monte Jesús les abrió Su mente y corazón a Sus discípulos; que es el sumario de la enseñanza que
Jesús solía impartir en Su círculo íntimo. El Sermón del Monte no es nada menos que la memoria
concentrada de muchas horas de comunicación de corazón a corazón entre el Maestro y Sus
discípulos.
En nuestro estudio del Sermón del Monte vamos a colocar a la cabecera de cada bienaventuranza
la traducción de la Reina-Valera; y luego, al foral de su estudio, expresaremos su significado en el
lenguaje de hoy.
LA SUPREMA BIENAVENTURANZA
Mateo 5:3
Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Antes de estudiar en detalle cada una de las bienaventuranzas hay dos hechos generales que
debemos apuntar.
(i) En la primera parte de cada bienaventuranza no hay ningún verbo. Se podría esperar son
después de la primera palabra, como aparece en las biblias inglesas, en cursiva para indicar que se
ha añadido. ¿Por qué es así? Jesús no dijo las bienaventuranzas en griego; Él hablaba arameo, una
lengua emparentada con el hebreo. Estas dos tienen una forma de expresión muy corriente, que es
en realidad una exclamación y que quiere decir: «¡Oh la bienaventuranza de...!> Esa expresión
(ashré en hebreo) es muy corriente en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, el primer salmo empieza
en hebreo: < ¡Oh la bienaventuranza del hombre que no anda en el consejo de los impíos!» (Salmo
1:1), que es la forma que uso Jesús en las bienaventuranzas. Es decir, que las bienaventuranzas no
son simplemente afirmaciones, sino exclamaciones: < ¡Oh la bienaventuranza de los pobres en
espíritu!>
Esto tiene mucha importancia, porque quiere decir que las bienaventuranzas no son piadosas
esperanzas de algo que puede ser; no son luminosas pero irreales profecías de alguna futura
bienaventuranza; son felicitaciones de algo que ya se es.
La bienaventuranza que pertenece al cristiano no se pospone a algún futuro reino de gloria; es una
bienaventuranza que existe aquí y ahora. No es algo en lo que el cristiano entrará; es algo donde ya
ha entrado.
Es verdad que alcanzará su plenitud y su consumación en la presencia de Dios; pero a pesar de
eso es una realidad presente que se disfruta aquí y ahora. Las bienaventuranzas dicen en efecto: <
¡Oh la bendición de ser cristiano! ¡Oh el gozo de seguir a Cristo! ¡Oh la diáfana felicidad de conocer
a Jesucristo como Maestro, Salvador y Señor!» La misma forma gramatical de las bienaventuranzas
es una afirmación de la emoción jubilosa y la radiante dicha de la vida cristiana. Ante la realidad de
las bienaventuranzas, un cristianismo triste y tenebroso es inconcebible.
(ü) La palabra bienaventurado que se usa en cada una de las bienaventuranzas es una palabra
muy especial. Es la palabra griega makarios. Makarios es un término que se aplica especialmente a
los dioses. En el Cristianismo se participa de la alegría de Dios.
El sentido de makarios se puede comprender mejor por un uso particular de esta palabra. Los
griegos siempre llamaban a la isla de Chipre hé makaria (la forma femenina del adjetivo), que quiere
decir La Isla Feliz, porque creían que Chipre era tan preciosa, tan rica, y tan fértil que no habría
necesidad de buscar más allá de sus costas para encontrar la vida perfectamente feliz. Tenía tal
clima, tales flores y frutos y árboles, tales minerales, tales recursos naturales que contenía todos los
materiales necesarios para la perfecta felicidad.
Makarios, pues, describe ese gozo que tiene su secreto en sí mismo, ese gozo que es sereno e
inalterable y autosuficiente, ese gozo que es completamente independiente de todos los azares y
avatares de la vida. La palabra española bienaventuranza delata su origen. Contiene la palabra
ventura, que indica que es algo que depende de las circunstancias cambiantes de la vida, algo que la
vida puede dar pero puede igualmente destruir. La bendición cristiana es totalmente inexpugnable e
indestructible. «Nadie -dijo Jesús- os quitará vuestro gozo> (Juan 16:22). Las bienaventuranzas nos
hablan de ese gozo que nos busca a través del dolor, ese gozo que la tristeza y la pérdida, el dolor y
la angustia, no pueden afectar, ese gozo que brilla a través de las lágrimas, y que nada en la vida o
en la muerte puede arrebatar.
El mundo puede ganar sus goces, y los puede igualmente perder. Los cambios de la fortuna, el
colapso de la salud, el fracaso de un plan, la desilusión de una ambición, hasta un cambio
atmosférico pueden llevarse el gozo frágil que el mundo puede dar. Pero el cristiano tiene el gozo
sereno e inalterable que viene de caminar para siempre en la compañía y en la presencia de
Jesucristo.
La grandeza de las bienaventuranzas es que no son vislumbres imaginadas de alguna futura
belleza; no son promesas doradas de alguna gloria distante; son gritos triunfantes de bendición por
un gozo permanente que nada en el mundo puede arrebatar.
LA BENDICIÓN DE LOS INDIGENTES
Mateo 5:3 (conclusión)
Parece una manera sorprendente de empezar a hablar acerca de la felicidad el decir: «¡Benditos
los pobres en espíritu!» Hay dos enfoques para llegar al sentido de la palabra pobre.
Como aparece en las bienaventuranzas en griego, la palabra que se usa para pobre es la palabra
ptójos. Está la palabra pénes. Pénes describe a la persona que tiene que trabajar para ganarse la
vida; la definían los griegos como la palabra que describe a un hombre como autodiákonos, es decir,
el hombre que subviene sus propias necesidades con sus propias manos. Pénes describe al
trabajador, que no tiene nada superfluo, que no es rico pero tampoco es un indigente. Pero, como ya
hemos visto, no es pénes la palabra que se usa en esta bienaventuranza sino ptójos, que describe la
pobreza absoluta y abyecta. Está conectada con la raíz ptóssein, que quiere decir encogerse o
acobardarse; y describe la pobreza que golpea hasta poner de rodillas. Como se ha dicho, pénes
describe al hombre que no tiene nada superfluo; ptójos describe al hombre que no tiene
absolutamente nada. Eso hace esta bienaventuranza aún más sorprendente. Bendito el hombre que
está aquejado por una pobreza abyecta y absoluta. Bendito es el hombre que está absolutamente
indigente.
Como ya hemos visto también, las bienaventuranzas no se dijeron originalmente en griego, sino
en arameo. Ahora bien, los judíos tenían una manera especial de usar la palabra pobre. En hebreo la
palabra es `aní o ebyón. estas palabras experimentaron en hebreo un desarrollo de cuatro etapas en
su significado. (i) Empezaron significando simplemente pobre. (ü) Pasaron a significar, porque pobre,
por tanto no teniendo influencia o poder o ayuda, o prestigio. (üi) Pasaron a significar, por no tener
influencia, por tanto avasallados y oprimidos por los hombres. (iv) Por último pasaron a describir al
hombre que, porque no tiene absolutamente ningunos recursos terrenales, pone toda su confianza
en Dios.
Así es que en hebreo la palabra pobre se usaba para describir a la persona humilde e indigente
que pone toda su con fianza en Dios. Es así como usa la palabra el salmista cuando escribe: < Este
pobre clamó, y le oyó el Señor, y le libró de todos sus temores» (Salmo 34:6). De hecho es cierto
que en los salmos el pobre, en este sentido del término, es el hombre bueno al que Dios ama. «La
esperanza de los pobres no perecerá perpetuamente» (Salmo 9:18). Dios libra a los pobres (Salmo
35:10). «Por tu bondad, Dios, has provisto para el pobre> (Salmo 68:10). < Defenderá la causa de
los pobres del pueblo> (Salmo 72:4). «Levanta de la miseria al pobre y hace multiplicar sus familias
como a rebaños de ovejas> (Salmo 107:41). < A sus pobres saciaré de pan> (Salmo 132:1 132:15).
En todos estos casos, el pobre es el humilde, la persona indefensa que ha puesto su confianza en
Dios.
Ahora tomemos los dos lados, el griego y el arameo, y juntémoslos. Ptójos describe al hombre
totalmente indigente, que no tiene absolutamente nada; `aní y ebyón describe al pobre, humilde e
indefenso que ha puesto toda su confianza en Dios. Por tanto, < benditos los pobres en espíritu»
quiere decir:
¡Bendita la persona que es consciente de su total indefensión, y que pone toda su confianza
en Dios!
Si una persona es consciente de su total destitución y ha puesto toda su confianza en Dios,
entrarán en su vida dos cosas que son como las dos caras de la misma realidad. Estará totalmente
desligado de las cosas, porque sabrá que las cosas no tienen la capacidad de dar felicidad o
seguridad; dependerá totalmente de Dios, porque sabrá que sólo Dios puede darle ayuda, y
esperanza, y fuerza. La persona que es pobre en espíritu se ha dado cuenta de que las cosas no
quieren decir nada, y Dios quiere decir todo.
Debemos tener cuidado con pensar que esta bienaventuranza considera una cosa buena la
actual pobreza material. La pobreza no es nada bueno. Jesús no habría llamado nunca bendito a un
estado en que las personas viven en chabolas y no tienen suficiente de comer, y en que la salud se
deteriora porque todo está en su contra. Esa clase de pobreza es un mal que el Evangelio trata de
eliminar. Tampoco se refiere a ser pobres de espíritu en el sentido corriente de ser faltos de carácter.
La pobreza que es bendita es la pobreza en espíritu, cuando la persona se da cuenta de su absoluta
falta de recursos para enfrentarse con la vida, y encuentra su ayuda y fuerza solamente en Dios.
Jesús dice que a tal pobreza pertenece el Reino del Cielo. ¿Por qué había de ser así? Si
tomamos las dos peticiones de la Oración Dominical y las ponemos juntas:
Venga Tu Reino.
Hágase Tu voluntad en la Tierra como en el Cielo, obtenemos la definición: El Reino de Dios es
una sociedad en la que la voluntad de Dios se realiza tan perfectamente en la Tierra como en el
Cielo. Eso quiere decir que sólo el que hace la voluntad de Dios es ciudadano del Reino; y sólo
podemos hacer la voluntad de Dios cuando somos conscientes de nuestra absoluta
indefensión, ignorancia e incapacidad para enfrentarnos con la vida, y cuando ponemos toda
nuestra confianza en Dios. La obediencia se funda siempre en la confianza. El Reino de Dios es
la posesión de los pobres en espíritu, porque son ellos los que se han dado cuenta de su
absoluta incapacidad aparte de Dios, y han aprendido a confiar y a obedecer.
Así pues, esta bienaventuranza quiere decir:
¡AH, LA BIENAVENTURANZA DEL QUE ES CONSCIENTE DE SU PROPIA Y TOTAL
INDEFENSIÓN, Y QUE HA PUESTO TODA SU CONFIANZA EN DIOSA PORQUE SÓLO ASÍ
PUEDE RENDIR A DIOS AQUELLA PERFECTA OBEDIENCIA QUE LE HARÁ CIUDADANO
DEL REINO DEL CIELO
LA BIENAVENTURANZA
DEL CORAZÓN QUEBRANTADO
Mateo 5:4
Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación.
Tenemos que notar desde el principio al estudiar esta bienaventuranza que la palabra para llorar
que se usa aquí es la más fuerte que existe en griego. Es la que se usa para hacer duelo por los
difuntos, para expresar el apasionado lamento por la muerte de alguien que se ha amado
entrañablemente. En la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, se usa del llanto de
Jacob cuando dio por muerto a su hijo José (Génesis 37:34). Se define como la clase de pesar que
se apodera de una persona y que no se puede ocultar. No es sólo un dolor que produce dolor de
corazón, sino que hace incontenibles las lágrimas. Aquí tenemos una alucinante clase de
bienaventuranza:
¡Bendito el que está de duelo como aquel al que se le ha muerto un ser querido!
Hay tres maneras de tomar esta bienaventuranza.
(i) Se puede tomar literalmente: ¡Bendita la persona que ha soportado el dolor más amargo que
puede producir la vida! Los árabes tienen un proverbio: < La luz del sol produce un desierto.> La
tierra sobre la que siempre brilla el sol acabará por convertirse en un lugar árido en el que no pueda
crecer la vida. Hay ciertas cosas que sólo la lluvia puede producir; y ciertas experiencias que sólo
puede germinar el dolor.
La aflicción puede hacer dos cosas por nosotros. Puede mostrarnos, mejor que ninguna otra cosa,
la esencial amabilidad de nuestros semejantes; y puede mostrarnos, mejor que ninguna otra cosa, el
consuelo y la compasión de Dios. Muchas y muchas personas a la hora del dolor han descubierto a
sus semejantes y a Dios como nunca antes. Cuando todo nos va bien es posible vivir años en la
superficie de las cosas; pero cuando llega la aflicción le hace a uno profundizar en las cosas de la
vida y, si se acepta debidamente, produce una nueva fuerza y belleza en el alma.
Anduve con el Placer, y no hizo más que charlar, pero no me hizo más sabio lo que me
llegó a contar.
Anduve con el dolor y no pronunció palabra; ¡y hay que ver lo que aprendí en una breve
jornada!
(ü) Algunos han considerado que lo que quiere decir esta bienaventuranza es:
¡Benditas los que están desesperadamente apenados por el dolor y el sufrimiento que hay en
el mundo!
Cuando estábamos pensando en la primera bienaventuranza veíamos que siempre está bien
desligarse de las cosas, pero no desligarse de las personas. Este mundo habría sido un lugar mucho
más pobre si no hubiera habido en él personas que se interesaban intensamente por las angustias y
los sufrimientos de los demás. El Lord Shaftesbury hizo probablemente más por los hombres y
mujeres trabajadores y por los niños de lo que haya hecho nunca ningún otro reformador social.
Todo ello empezó muy sencillamente. Cuando era un muchacho estudiando en Harrow, iba por una
calle un día cuando se encontró con el entierro de un pobre. El ataúd era una caja fea y mal hecha.
Lo llevaban en un carro de mano del que iban tirando cuatro hombres que estaban borrachos;
mientras tiraban y empujaban iban cantando canciones indecentes y gesticulando y bromeando entre
ellos. Cuando iban subiendo una cuesta con el carro, la caja que era el ataúd se cayó del carro, y se
reventó. Algunas personas habrían pensado que todo el asunto era de risa; algunos se habrían
vuelto, asqueados; algunos habrían movido los hombros y se habrían dicho que aquello no iba con
ellos, aunque fuera una pena el que sucedieran esas cosas. El joven Shaftesbury lo vio y se dijo a sí
mismo: «Cuando sea mayor voy a dedicar mi vida a que no sucedan cosas así.» Así que dedicó su
vida a cuidarse de los demás.
El Cristianismo es cuidarse de los demás. Lo que quiere decir esta bienaventuranza es: ¡Bendito
el que se interesa intensamente por los sufrimientos, las angustias y las necesidades de otros!
(üi) Sin duda las dos ideas están en esta bienaventuranza, pero su principal pensamiento es:
Bendita la persona que está desesperadamente dolorida por su propio pecado e indignidad.
Como ya hemos visto, el primer mensaje de Jesús fue: «¡Arrepentíos!» Arrepentirse quiere decir
tener pesar por los pecados. Lo que realmente cambia a una persona es el encontrarse de pronto
cara a cara con algo que le abre los ojos a lo que es y puede hacer el pecado. Un chico o una chica
pueden vivir a su aire sin pensar en los efectos o las consecuencias; pero cuando algún día sucede
algo y el chico o la chica ven la tristeza dolorida en los ojos de su padre o su madre, entonces, de
pronto, descubren lo que es el pecado.
Ese es el efecto que produce la Cruz en todos nosotros. Cuando miramos a la Cruz, no tenemos
más remedio que decir: «Eso es lo que el pecado puede hacer. El pecado puede apoderarse de la
vida más encantadora del mundo y aplastarla en una Cruz.» Uno de los grandes efectos de la Cruz
es abrirles los ojos a hombres y mujeres al horror del pecado. Y cuando una persona ve el pecado
en todo su horror, no puede por menos de experimentar intenso pesar por su pecado.
El Cristianismo empieza por un sentimiento de pecado. Bendita la persona que está intensamente
apesadumbrada por su pecado, cuyo corazón se quebranta al pensar en lo que Le ha hecho a Dios y
a Jesucristo, la persona que ve la Cruz y se siente oprimida por el estrago que ha causado el
pecado.
La persona que ha tenido esta experiencia será, sin duda, consolada; porque esa experiencia es
lo que llamamos penitencia -del latín poenitere, dolerse, condolerse-, y al corazón contrito y
humillado Dios no despreciará jamás (Salmo 51:17). El camino que conduce al gozo del perdón pasa
por el dolor desesperado del corazón quebrantado.
El verdadero sentido de la segunda bienaventuranza es:
¡AH, LA BIENAVENTURANZA DE LA PERSONA QUE TIENE EL CORAZÓN
DESTROZADO ANTE EL SUFRIMIENTO DEL MUNDOS Y POR SU PROPIO PECADOS
PORQUE EN SU DOLOR ENCONTRARÁ EL GOZO DEL SEÑOR LA BIENAVENTURANZA
DE LA VIDA BAJO EL CONTROL DE DIOS
Mateo 5:5
Bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad.
En el español actual la palabra manso no es una de las palabras honorables de la vida. Ahora
conlleva la idea de servilismo, bajeza de carácter, consentimiento al mal e incapacidad o falta de
voluntad para resistirse a una afrenta vergonzosa. Nos presenta el retrato de una criatura sumisa e
ineficaz. Pero resulta que la palabra manso -en griego praüsera una de las grandes palabras éticas.
Aristóteles tenía mucho que decir de la cualidad de la mansedumbre (praotés). Aristóteles seguía
un método para definir cualquier virtud que consistía en encontrar el término medio entre dos
extremos. Por una parte estaba el extremo por exceso; y por la otra, por defecto; y entre ambos
estaba la virtud misma, el término medio feliz. Para dar un ejemplo: En un extremo se encontraría el
pródigo, y en el otro, el tacaño; y entre ambos, la persona generosa.
Aristóteles define la mansedumbre (praotés), como el término medio entre orguilotés, que quiere
decir ira excesiva, y aorguésía, que quiere decir pasotismo. Praotés, mansedumbre, como veía
aristóteles, es el feliz término medio entre la excesiva, y la falta de, ira. Así es que la primera
traducción posible de esta bienaventuranza sería:
¡Bendito el que se indigna a su debido tiempo y por la debida causa, y no al contrario!
Si nos preguntamos cuál es el debido tiempo y cuál el contrario diríamos que, por regla general,
en la vida no se debe uno enfurecer por un insulto o una injuria que se le hace a 61
personalmente; eso es algo que un cristiano no debe nunca tener en cuenta; pero se debe uno
indignar por las injurias que se les hacen a otras personas. La ira egoísta es siempre un pecado; la
ira limpia de egoísmo puede ser una de las grandes dinámicas del mundo.
Pero la palabra praüs tiene un segundo uso general en griego. Es la que se usa con referencia a
un animal que ha sido domesticado, que está acostumbrado a obedecer la palabra de mando, que
ha aprendido a obedecer las riendas. Es la palabra que se usa de un animal que ha aprendido a
aceptar el control. Así que la segunda posible traducción de esta bienaventuranza seria:
¡Bendita la persona que tiene bajo control todos sus instintos, impulsos y pasiones! ¡Bendito
el que se mantiene total y constantemente bajo su propio control!
Pero en el momento en que decimos esto nos damos cuenta de que necesita un cambio. No se
trata tanto de la bendición de la persona que se controla a sí misma, porque eso está fuera de la
capacidad humana; sino más bien de la persona que está totalmente bajo el control de Dios, porque
sólo en Su servicio encontramos la perfecta libertad, y en hacer Su voluntad, la paz.
Pero hay todavía un tercer enfoque de esta bienaventuranza. Los griegos contrastaban siempre la
cualidad que llamaban praotés, y que la Reina-Valera traduce por mansedumbre, con la cualidad que
llamaban hysélokardía, que quiere decir altivez de corazón. En praotés se encuentra la verdadera
humildad que destierra todo orgullo.
Sin humildad no se puede aprender, porque el primer paso en el aprendizaje es ser conscientes
de nuestra propia ignorancia. Quintiliano, el gran maestro de oratoria hispanorromano, decía de
algunos de sus alumnos: < No me cabe duda de que serían excelentes alumnos si no estuvieran
convencidos de que ya lo saben todo.» No se le puede enseñar nada a una persona que cree que ya
lo sabe todo. Sin humildad no puede haber tal cosa como amor, porque el verdadero principio del
amor es el sentimiento de indignidad. Sin humildad no puede haber verdadera religión, porque toda
verdadera religión empieza por un darse cuenta de la propia debilidad y necesidad de Dios. Una
persona sólo alcanza su verdadera humanidad cuando es siempre consciente de que es una criatura
y Dios es el Creador; y que sin Dios no puede hacer nada.
Praotés describe la humildad, la aceptación de la necesidad de aprender y de la necesidad de ser
perdonados. Describe la única actitud adecuada del hombre para con Dios. Así que la tercera posible
traducción de esta bienaventuranza sería:
¡Bendito el que tiene la humildad de reconocer su propia ignorancia, debilidad y necesidad!
Es esta mansedumbre, dice Jesús, la que heredará la Tierra. Es un hecho de la Historia que
siempre han sido las personas que tenían este don de autocontrol, que teman sus pasiones, instintos
e impulsos bajo disciplina, las que han sido verdaderamente grandes. Números dice de Moisés, el
más grande líder y legislador que ha conocido el mundo: < Moisés era un hombre muy manso, más
que todos los hombres que había sobre la Tierra> (Números 12:3). Moisés no tenía un carácter
aguado; no era una ameba que no pudiera erguirse y mantenerse firme; podía ponerse al rojo de ira;
pero siempre era un hombre que tenía la ira en la tralla, soltándola sólo en el momento debido. El
autor de Proverbios dice: < El que domina su espíritu es mejor que el que conquista una ciudad»
(Proverbios 16:32).
Fue la falta de esa misma cualidad lo que fue la ruina de Alejandro Magno que, en un ataque de
genio incontrolado, en medio de una orgía, le arrojó una lanza a su mejor amigo y le mató. Uno no
puede guiar a otros a menos que sea dueño de sí mismo; ni puede servir a otros hasta que se haya
sometido a sí mismo; ni estar en control de otros si no ha aprendido a controlarse a sí mismo. Pero la
persona que se ha sometido al perfecto control de Dios obtendrá esta mansedumbre que de veras
de permitirá heredar la Tierra.
Está claro que esta palabra praüs quiere decir mucho más y otra cosa que lo que quiere decir
ahora la palabra española manso; está claro, de hecho, que no hay ninguna palabra española que la
traduzca perfectamente, aunque tal vez la palabra apacible sea la que más se le aproxime. La
traducción completa de esta tercera bienaventuranza debería ser:
jAH, LA BIENAVENTURANZA DEL QUE SE INDIGNA SIEMPRE A SU DEBIDO TIEMPO Y
POR LA CAUSA DEBIDA, Y NO AL CONTRARIOS Y QUE TIENE BAJO CONTROLA PORQUE
ÉL MISMO ESTÁ BAJÓ EL CONTROL DE DIOSA TODO INSTINTOS IMPULSO Y PASIÓN Y
QUE TIENE LA HUMILDAD DE RECONOCER SU PROPIA IGNORANCIA Y DEBILIDAD:
PORQUE TAL PERSONA ES SOBERANA ENTRE LOS SERES HUMANOS
LA BIENAVENTURANZA
DEL ESPÍRITU HAMBRIENTO
Mateo 5: 6
Bienaventurados- los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Las palabras no tienen una existencia aislada; existen sobre el trasfondo de la experiencia y del
pensamiento; y el significado de cualquier palabra está condicionado por el trasfondo de la persona
que la pronuncia. Eso es particularmente cierto de esta bienaventuranza. Les haría a los que la
oyeron por primera vez una impresión totalmente diferente de la que nos hace a nosotros.
El hecho es que muy .pocos de nosotros en las condiciones modernas de vida sabemos
realmente lo que es tener hambre o sed. En el mundo antiguo era muy diferente. El salario diario
de un obrero sería el equivalente a 10 pesetas; y, aun teniendo en cuenta la diferencia del valor
adquisitivo del dinero, uno no se ponía gordo con tal sueldo. En Palestina, un obrero comía carne
sólo una vez por semana; y en Palestina un trabajador o un jornalero nunca estaban muy lejos de
la línea que marca la verdadera hambre y la muerte por inanición.
Y esto era todavía más real en el caso de la sed. A la inmensa mayoría de la gente no le era
posible abrir un grifo y recibir agua clara y fresca en su casa. Uno podía estar de viaje, y
sorprenderle el viento cálido que traía tormentas de arena. No podía hacer nada más que taparse la
cabeza con el blusón y ponerse de espaldas al viento y esperar mientras los remolinos de arena se
le metían por la nariz hasta la garganta a punto de sofocarle y hasta que se apergaminaba todo de
una sed imperiosa. En las condiciones de la vida moderna de Occidente no hay nada parecido a eso.
Así pues, el hambre que describe esta bienaventuranza no es el agradable apetito que se
satisface con un bocadillo de media mañana; la sed de la que habla no se podía mitigar con una taza
de café o bebida fresca. Era el hambre de la persona a punto de morir de inanición, o la sed del que
se morirá si no bebe.
En ese caso, esta bienaventuranza contiene realmente una pregunta y un desafío. En efecto
demanda: «¿Hasta qué punto quieres la bondad? ¿La quieres tanto como quiere un hambriento la
comida, o el agua el que se está muriendo de sed?» ¿Hasta qué punto es intenso nuestro deseo de
bondad?
La mayoría de la gente tiene un deseo instintivo de bondad; pero ese deseo es imaginario y
nebuloso más bien que agudo e intenso; y cuando llega el momento de la decisión no están
preparados a hacer el esfuerzo y el sacrificio que demanda la bondad real. La mayor parte de la
gente sufre de lo que llamaba Roben Louis Stevenson < la enfermedad, tan española, de la
desgana.> Sin duda implicaría una gran diferencia en el mundo el que deseáramos la bondad más
que ninguna otra cosa.
En primer lugar, hacemos constar que hemos traducido aquí la palabra original dikaiosyné por
bondad o integridad en vez de por justicia, porque esta última sugeriría más bien, o exclusivamente,
la idea de la justicia que debe reinar en la sociedad, y aun que se nos debe como oprimidos.
Naturalmente que es algo que debemos desear apasionadamente; pero en esta bienaventuranza
creemos que se trata de una cualidad que uno desea poseer personalmente; no del deseo natural de
que se nos haga justicia o de que haya justicia en el mundo, sino de que la justicia, la bondad de
Cristo reine en nuestra vida. En la biblia inglesa se usa en esta bienaventuranza y en otros muchos
lugares con este sentido la palabra righteousness, no justice.
Cuando enfocamos esta bienaventuranza desde este punto de vista es la más exigente, y hasta la
más aterradora, de todas. Pero no sólo es la bienaventuranza más exigente; a su propia manera es
también la más consoladora. Por detrás de ella está el sentido de que la persona que es
bienaventurada no lo es necesariamente porque alcance esta bondad, sino porque la anhela con
todo su ser. Si la bendición viniera solamente a la persona que alcanza su objetivo, entonces nadie
sería bendito; pero la bendición alcanza a la persona que, a pesar de fallos y fracasos, todavía aspira
con un apasionado amor a lo más alto.
H. G. Wells dijo en algún sitio: «Uno puede ser un mal músico, pero estar apasionadamente
enamorado de la música.» Robert Louis Stevenson hablaba de los que han llegado hasta a hundirse
en las simas más profundas y «llevan todavía adheridos restos de virtud en el burdel o en el
cadalso.> Sir Norman Birkett, el famoso abogado y juez, una vez, hablando de los criminales con los
que había estado en contacto en su trabajo, hablaba de eso inextinguible de cada persona. La
bondad, «el implacable cazador,> está siempre a nuestros talones. La peor de las personas está
«condenada a alguna especie de nobleza.>
Lo más maravilloso del hombre no es que es pecador, sino que aun en su pecado le acecha la
bondad de tal manera que, hasta en el cieno, nunca puede olvidar del todo las estrellas. David
siempre había querido construir el templo de Dios; nunca logró su ambición; se le negó y prohibió;
Dios le dijo: «Bien has hecho en tener tal deseo» (1 Reyes 8:18). En Su misericordia, Dios nos juzga,
no solamente por nuestros logros, sino .también por nuestros sueños. Aunque un hombre nunca
alcance la bondad, si toda su vida tiene esta hambre y sed de ella, no está excluido de la bendición.
Hay todavía otro detalle en esta bienaventuranza que aparece claramente en el original. Es una
regla de gramática griega (y en esto coincide con la española) que los verbos que indican tener
hambre o sed se construyen con el genitivo, que es el caso que se suele expresar en español con la
preposición de; del hombre es el genitivo de el hombre. El genitivo que sigue a los verbos de hambre
y sed se llama en gramática griega genitivo partitiva, porque indica que se tiene hambre o sed de
una parte de aquello. Cuando se dice en griego, como es español: «Tengo hambre de pan», o:
«Tengo sed de agua», ya se supone que no quiere todo el pan o el agua que exista, sino solo una
parte.
Pero en esta bienaventuranza, lo más corriente es que justicia se ponga en acusativo directo y no
en genitivo. Ahora bien: cuando un verbo de hambre o sed se pone en griego en acusativo en vez de
en genitivo se hambrea toda aquella cosa. En el caso del pan quema decir todo el pan, y en el del
agua, todo el cacharro que la contiene. Por tanto aquí, la traducción correcta sería:
¡Benditos los que tienen hambre y sed de verdadera y total integridad!
Esto es de hecho lo que pocas veces se quiere. Nos contentamos con parte de la integridad. Un
hombre, por ejemplo, puede que sea bueno en el sentido de que, por mucho que se
le buscara, no se le podría encontrar ninguna falta moral. Su honradez y respetabilidad están fuera
de duda; pero tal vez sería la clase de persona a la que uno no acudiría para desahogarse
contándole algo muy íntimo; se congelaría si lo intentara. Hay una clase de integridad que suele ir
acompañada de dureza, intolerancia o falta de simpatía. Esa integridad no es más que parcial.
Esta bienaventuranza nos dice que no hay que conformarse con una bondad parcial. Bendita la
persona que tiene hambre desesperada y sed ardiente de la bondad que es total. Ni una gélida
impeeabilidad ni una sensiblera amabilidad bastan.
Así es que la traducción de la cuarta bienaventuranza podría ser algo así:
yAH, LA BIENAVENTURANZA DEL QUE ANHELA UNA INTEGRIDAD TOTAL COMO
ANSÍA EL QUE ESTÁ MURIENDO DE HAMBRE EL ALIMENTO Y EL AGUA EL QUE ESTÁ
PERECIENDO DE SEDA PORQUE TAL PERSONA ALCANZARÁ UNA COMPLETA
SATISFACCIÓN
LA BIENAVENTURANZA DE LA PERFECTA SIMPATÍA
Mateo 5: 7
Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
Hasta así expresado, este es sin duda un gran dicho; y es la afirmación de un pensamiento que
recorre todo el Nuevo Testamento, que insiste en que para ser perdonados tenemos que ser
perdonadores. Como decía Santiago: «Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no
muestre misericordia> (Santiago 2:13). Jesús termina la parábola del deudor que se negó a perdonar
con la advertencia: «Eso es lo que hará Mi Padre celestial con cualquiera de vosotros si no
perdonáis de corazón a vuestros hermanos> (Mateo 18:35). La Oración Dominical va seguida de dos
versículos que explican y subrayan la petición: «Perdónanos nuestras deudas como también
nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.» «Porque si perdonáis a vuestros semejantes sus
ofensas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los demás
sus ofensas, tampoco os perdonará vuestro Padre vuestras ofensas» (Mateo 6:12, 14s). La
enseñanza inconfundible del Nuevo Testamento es que sólo se tendrá misericordia de los
misericordiosos.
Pero hay más que eso en esta bienaventuranza. La palabra griega para misericordioso es
eleémón. Pero, como ya hemos visto repetidas veces, el griego del Nuevo Testamento tal como lo
tenemos se remonta a un original hebreo o arameo. La palabra hebrea para misericordia es jésed; y
es una palabra intraducible. No quiere decir simplemente simpatizar con una persona en el sentido
popular de esta palabra; no quiere decir sólo darle a uno lástima de otro que lo pasa mal. Jésed, mi-
sericordia, quiere decir la capacidad de ponerse uno totalmente en el lugar de otro de manera que ve
con sus ojos, piensa con su mente y siente con sus sentimientos.
Está claro que esto es mucho más que una oleada emocional de lástima; exige un esfuerzo
deliberado de la mente y de la voluntad. Denota una simpatía que no se da, por así decirlo, desde
fuera, sino que viene de una deliberada identificación con la otra persona hasta el punto de ver y
sentir como ella. Esto es lo que quiere decir literalmente la palabra simpatía. Simpatía de deriva de
dos palabras griegas -syn, que quiere decir juntamente con, y pasjein, que quiere decir experimentar
o sufrir-. Simpatía quiere decir etimológicamente experimentar las cosas juntamente con otra
persona, pasar literalmente lo que está pasando.
Esto es precisamente lo que muchas personas ni siquiera intentan jamás, y hasta lo evitan
conscientemente. La mayor parte de la gente está tan preocupada con sus propios sentimientos que
no tiene gran interés en los de los demás. Cuando les da pena de alguien es, como si dijéramos,
desde fuera; no hacen el esfuerzo consciente de meterse dentro del corazón y de la mente de la otra
persona hasta el punto de ver y sentir las cosas como las ve y siente ella.
Si hiciéramos de veras este esfuerzo deliberado, y si llegáramos a identificarnos -hacernos
idénticas- con la otra persona, las cosas nos parecería muy diferentes.
(i) Nos salvaría de ser amables equivocadamente. Hay en el Nuevo Testamento un ejemplo
sobresaliente de amabilidad instintiva y equivocada. Se encuentra en el relato de la visita que hizo
Jesús a Sus amigos de Betania (Lucas 10:38-42). Cuando Jesús los fue a ver, la Cruz estaba ya
esperándole a pocos pasos. Lo que más quema Jesús sería una oportunidad para descansar y
relajarse de aquella terrible tensión un poquito de tiempo.
Marta amaba a Jesús; Él era su huésped más bienvenido; y como Le amaba tanto, quería
ofrecerle la mejor comida que pudiera preparar. Estaba yendo y viniendo entre el tintineo de platos y
cacharros y cubiertos... que serían una tortura para los nervios tensos de Jesús, Que lo que más
necesitaba era tranquilidad.
Marta quería ser amable... y no podría haber sido más cruel. Pero María comprendió que lo único
que quería Jesús era paz. A menudo, cuando queremos ser amables, ofrecemos la amabilidad a
nuestra manera, y la otra persona la tiene que aceptar así, quiéralo o no. Nuestra amabilidad sería
doblemente amable, y evitaría mucha crueldad involuntaria, si nos tomáramos la molestia de
introducirnos en el interior de la otra persona.
(ü) Nos haría el perdonar y la tolerancia mucho más fáciles. Hay un principio en la vida que
olvidamos muchas veces: que siempre hay una razón para que una persona piense y actúe de cierta
manera; y, si conociéramos esa razón, nos sería mucho más fácil comprender y simpatizar y
perdonar. Si una persona actúa, según nuestra manera de pensar, equivocadamente, puede que sea
porque ha pasado por experiencias que hacen actuar así. Una persona inquieta o descortés puede
que se manifieste así porque está preocupada o sufriendo algún dolor. Si una persona nos trata mal,
puede que sea por algo que tiene en la mente, equivocado... o no.
El proverbio francés puede que tenga razón: «Conocerlo todo es perdonarlo todo;» pero nunca
llegaremos a conocerlo todo si no hacemos el esfuerzo determinado de meternos dentro del corazón
y la mente de la otra persona.
(üi) En último análisis, ¿no fue eso lo que hizo Dios en Jesucristo? En Jesucristo, en el sentido
más literal, Dios se introdujo en el interior de la persona humana. Vino como un hombre: viendo las
cosas con ojos humanos, sintiéndolas con sentimientos humanos, pensándolas con una mente
humana. Dios sabe cómo es la vida, porque Se introdujo hasta su interior más íntimo.
La reina Victoria de Inglaterra era muy amiga del rector Tulloch, de la universidad de Saint
Andrews, y su esposa. El príncipe Albert murió, y la reina Victoria se quedó sola. Precisamente por el
mismo tiempo murió el rector Tulloch, y la señora Tulloch se quedó sola. Sin previo aviso, la Reina
vino a visitar a la señora Tulloch, que estaba descansando en su habitación. Cuando le anunciaron a
la Reina, la señora Tulloch se dio toda la prisa que pudo para levantarse y hacer una reverencia. La
Reina dio un paso al frente y le dijo: < Querida mía, no te levantes. Hoy no vengo como la Reina a
una de sus súbditas, sino como una mujer que ha perdido a su marido a otra en la misma situación.»
Eso es precisamente lo que hizo Dios; vino a la humanidad, no como el Dios soberano, distante,
remoto, aislado, mayestático; sino como un hombre. El ejemplo supremo de misericordia, jésed, es la
venida de Dios al mundo en Jesucristo.
Sólo los que muestren esta misericordia recibirán misericordia. Esto es verdad a nivel humano,
porque es la gran verdad de la vida que veremos en otras personas el reflejo de nuestras actitudes.
Si no tenemos interés por nadie, así serán ellos con nosotros. Si ven que nos preocupamos, su
corazón responderá preocupándose. Y es absolutamente cierto en el lado divino, porque el que
muestra esta misericordia ha llegado nada menos que a parecerse a Dios.
Así que la traducción de la quinta bienaventuranza podría ser:
jAH, LA BIENAVENTURANZA DE LA PERSONA QUE SE PONE HASTA TAL PUNTO EN
EL LUGAR DE LOS DEMÁS QUE PUEDE VER CON SUS OJOSA PENSAR CON SU
MENTE Y SENTIR CON SU CORAZÓN PORQUE EL QUE ES ASÍ CON LOS DEMÁS
DESCUBRIRÁ QUE LOS DEMÁS HACEN LO MISMO CON ÉL Y SABRÁ QUE ESO ES LO
QUE DIOS HA HECHO EN JESUCRISTO LA BIENAVENTURANZA DEL CORAZÓN
LIMPIO
Mateo 5:8
Bienaventurados los de limpio corazón, porque verán a Dios.
Aquí tenemos una bienaventuranza que exige que toda persona que la lea se detenga, piense y
haga un examen de conciencia.
La palabra griega para limpio es katharós, que tiene una variedad de usos, cada uno de ellos con
algo nuevo que añadir al sentido de esta bienaventuranza para la vida cristiana.
(i) En su origen quería decir simplemente limpio, y podía usarse, por ejemplo, de la ropa sucia que
se había lavado para que volviera a estar limpia.
(ü) Se usa frecuentemente del trigo que se había aventado y cribado para dejarlo limpio de polvo y
paja. En sentido figurado se usa de un ejército que se ha limpiado de soldados descontentos,
cobardes o flojos, y que está formado exclusivamente de luchadores de primera categoría.
(üi) Suele aparecer corrientemente en compañía de otro adjetivo griego, akératos. Akératos se usa
de la leche o el vino sin adulterar, y del metal que no tiene ni la más ligera aleación.
Así pues, el sentido básico de katharós es sin mezcla ni adulterio ni aleación. Es por esto por lo
que esta bienaventuranza es tan exigente. Podría traducirse:
¡Bendita la persona cuyos motivos son siempre totalmente sin mezcla, porque verá a Dios!
Rara vez se da el caso, hasta en nuestras acciones mejores, de que no haya la menor mezcla de
motivos. Si nos entregamos total y generosamente a alguna buena causa, puede que nos quede en
el corazón algún resto de propia satisfacción y aprobación, alguna complacencia en la gratitud y
alabanza y crédito que cosechamos. Si hacemos algo bueno que requiere algún sacrificio por
nuestra parte, puede que no estemos totalmente libres del sentimiento de que otros verán en
nosotros algo heroico, y nos considerarán mártires.
Hasta un predicador que sea sincero no está totalmente libre del peligro de la propia satisfacción
de haber predicado un buen sermón. ¿No fue Juan Bunyan el que le contestó tristemente a uno que
le dijo que su sermón había sido muy bueno: «Sí, ya lo sé; ya me lo ha dicho el diablo cuando me
bajaba del púlpito»?
Esta bienaventuranza nos exige el más severo examen de conciencia. ¿Hacemos nuestro trabajo
para aportar un servicio o para que nos lo paguen? ¿Cumplimos con nuestro trabajo por motivos de
servicio o de paga? ¿Prestamos nuestro servicio por generosidad o por egoísmo? ¿Hacemos lo que
hacemos en la iglesia para el Señor o para nuestro propio prestigio? ¿Vamos a la iglesia para
encontrarnos con Dios o para cumplir con una costumbre o para que se nos considere respetables?
¿Es nuestra vida de oración y meditación inspirada por un deseo sincero de comunión con Dios o
porque nos da un sentimiento agradable de superioridad? ¿Cultivamos la vida espiritual porque
somos supremamente conscientes de nuestra necesidad de Dios en lo más íntimo de nuestro ser, o
porque nos producen un sentimiento de comodidad y bienestar los pensamientos piadosos? El
examinar nuestros propios motivos produce inquietud y vergüenza, porque hay pocas cosas en este
mundo que aun los mejores de nosotros pueden hacer sin tener motivos diversos y discutibles.
Jesús pasó a decir que sólo los puros de corazón verán a Dios. Es uno de los simples hechos de
la vida que vemos sólo lo que estamos dispuestos a ver. Y eso es verdad no solamente en el
sentido físico, sino en todos.
Si una persona comente mira los cielos en una noche clara, no ve nada más que una inmensidad
de puntitos de luz; ve sólo lo que está capacitado para ver. Pero en los mismos cielos un astrónomo
podrá llamar a las estrellas y los planetas por sus nombres, y moverse entre ellos como entre
amigos; y un marino podrá encontrar en los mismos cielos el medio para llevar su navío al puerto
deseado por un mar sin caminos trazados. Francisco García Navarro nos cuenta su llegada a Jaca el
1/1/32, donde le estaba esperando el pastor y maestro don Salvador Ramírez con sus hijos varones.
< En el camino de la estación de Jaca -nos cuenta-, ya anochecido, la conversación emprendida por
D. Salvador, más dirigida a sus hijos que a mí, consistió en una grata y eficaz lección planetaria,
mientras nos hacía contemplar el firmamento tan pletórico de belleza como de estrellas rutilantes.
Pura lección que corroboraba, decía, las palabras del Salmista: < Los cielos cuentan la gloria de
Dios, y la expansión denuncia la obra de Sus manos» (Salmo 19:1). Fue para mí un placer
escucharle en silencio, porque planteó la localización de estrellas y sus nombres, el movimiento y
función de cada una, las constelaciones y su distinción, las galaxias y su formación, los años luz de
distancia que nos separan de ellas y la perfección del Universo regido por leyes inalcanzables
dictadas por el único Dios y Creador.> Buen comienzo, pensó Francisco García Navarro, de los
descubrimientos que había de hacer con tan sabio < ayo» en los caminos de la teología, la moral y la
educación.
Una persona comente que vaya dándose un paseo por los caminos del campo no verá en los
setos nada más que un amasijo de arbustos y espinos. Un botánico experimentado se fijará en cada
cosa, llamándola por su nombre y conociendo su uso; y puede que hasta descubra algo de rareza y
valor extraordinarios, porque tiene ojos para ver.
Si ponemos a dos personas en una habitación llena de cuadros antiguos, la que no tenga
conocimiento ni habilidad no verá la diferencia que hay entre una pieza maestra y una copia sin
valor, mientras que un experto crítico de arte descubrirá un valor incalculable en una pintura que
otros pasarían de largo sin fijarse siquiera.
Hay personas de mente sucia que ven en cualquier situación un material para una observación
soez o un chiste sucio. En cualquier esfera de la vida, cada uno ve lo que está capacitado para ver.
Así, dice Jesús, son solamente los puros de corazón los que verán a Dios. Es una seria
advertencia para que recordemos que cuando mantenemos la limpieza de corazón por la gracia de
Dios, o cuando lo ensuciamos por malicia humana, estamos capacitándonos o incapacitándonos
para ver algún día a Dios.
Así pues, esta sexta bienaventuranza podría leerse de la forma siguiente
¡AH, LA BIENAVENTURANZA DE LA PERSONA CUYOS
MOTIVOS SON ABSOLUTAMENTE PUROS PORQUE AL
GÚN DÍA ESTARÁ CAPACITADA PARA CONTEMPLAR A
Dios!
LA BIENAVENTURANZA
DE RECONCILIAR A LOS DESAVENIDOS
Mateo 5:9
Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios.
Debemos empezar el estudio de esta bienaventuranza investigando algunas cuestiones de
significado de palabras.
(i) Primero, tenemos la palabra paz. En griego la palabra es eiréné, y en hebreo shalóm. En
hebreo, paz no es nunca un estado negativo; nunca quiere decir exclusivamente la ausencia de
guerra; siempre quiere decir todo lo que contribuye al bienestar supremo del hombre. En el Oriente
cuando un hombre le dice a otro: ¡Salám! -que es la misma palabra- no quiere decir que le desea al
otro solamente la ausencia de males; le desea la presencia de todos los bienes. En la Biblia, paz
quiere decir no solamente liberación de todos los problemas, sino disfrutar de todas las cosas
buenas.
(ü) Segundo, debemos fijarnos con cuidado en lo que nos dice esta bienaventuranza. La
bendición es para los que hacen la paz fue es lo que quiere decir etimológicamente pacificadores o
apaciguadores- no necesariamente para los que aman la paz. Sucede a menudo que, si una
persona ama la paz de una manera equivocada, conseguirá crear problemas y no paz. Puede que
permitamos, por ejemplo, que se desarrolle una situación amenazadora y peligrosa, y que nuestra
defensa sea no intervenir para mantener la paz. Hay mucha gente que piensa que eso es amar la
paz, cuando lo que se está haciendo en realidad es amontonar problemas para el futuro, porque se
rehuye arrostrar la situación y tomar las medidas que demanda. La paz que la Biblia llama bendita no
viene de evadir las situaciones conflictivas, sino de arrostrarlas, tratarlas y conquistarlas. Lo que esta
bienaventuranza demanda no es una aceptación pasiva de las cosas por miedo a los contratiempos
que pueda traer el intervenir en ellas, sino el enfrentarnos activamente con las cosas y hacer la paz,
aunque el camino de la paz pase por el conflicto.
(üi) La versión Reina-Valera dice que los pacificadores serán llamados hijos de Dios. Esto es lo
que quiere decir literalmente la palabra griega hyioí. Esta es una expresión típicamente hebrea. El
hebreo no es rico en adjetivos, y cuando quiere describir algo, a menudo usa, no un adjetivo, sino la
frase hijo de... seguido de un nombre abstracto. De aquí que se llame a un hombre un hijo de paz en
vez de una persona pacífica. A Bernabé se le llama hijo de consolación en vez de consolador y
confortador. Esta bienaventuranza dice: Benditos los pacificadores, porque serán llamados hijos de
Dios; lo que quiere decir: Benditos los pacificadores porque realizarán una obra característica de
Dios. El que hace la paz está involucrado en la misma obra que hace el Dios de paz (Romanos 1 S:
33; 2 Corintios 13:11; 1 Tesalonicenses 5:23; Hebreos 13:20).
Se ha buscado el sentido de esta bienaventuranza por tres líneas diferentes.
(i) Se ha sugerido que, puesto que Shalóm quiere decir todo lo que contribuye al bien supremo del
hombre, esta bienaventuranza quiere decir: Benditos los que hacen este mundo un lugar más idóneo
para que viva en él toda la humanidad. Abraham Lincoln dijo una vez: «Me moriré cuando sea, pero
me gustaría que se dijera de mí que arranqué una ortiga y planté una flor donde pensé que podía
crecer.» Según esto, ésta sería la bienaventuranza de los que han elevado un poco el mundo.
(ü) La mayor parte de los primeros estudiosos de la Iglesia tomo esta bienaventuranza en un
sentido puramente espiritual, y sostuvo que quería decir: Bendita la persona que hace la paz en su
propio corazón y alma. En cada uno de nosotros hay un conflicto interior entre el bien y el mal, que
tiran de nosotros en sentidos opuestos; todos somos hasta cierto punto una guerra civil en marcha.
Feliz, por tanto, es el que ha ganado la paz interior en la que ha quedado superado su conflicto
íntimo, y puede darle todo su corazón a Dios.
(üi) Pero queda todavía otro significado para esta palabra paz. Es un sentido sobre el cual les
encantaba discurrir a los rabinos judíos, y es casi seguro el sentido que Jesús tenía en mente. Los
rabinos judíos sostenían que la tarea suprema que una persona puede llevar a cabo es establecer
relaciones correctas entre persona y persona. Eso era lo que Jesús quería decir.
Hay personas que son siempre centros tempestuosos de problemas y amargura y lucha.
Dondequiera que están, están siempre metidos en peleas entre ellos o provocándolas entre los
demás. Son personas que causan problemas. Hay muchas así en casi todas las sociedades e
iglesias, que están realmente haciéndole al diablo su trabajo. Por otra parte -gracias a Dios- hay
personas en cuya presencia no puede sobrevivir la amargura, personas que hacen de puentes, que
cierran las grietas, que endulzan las amarguras. Tales personas hacen un trabajo semejante al de
Dios, porque el gran propósito de Dios es hacer que haya paz para cada persona consigo misma y
entre unas y otras personas. El que divide a las personas está haciendo la obra del diablo; el que
une a las personas está haciendo la obra de Dios.
Así pues, esta bienaventuranza podría leerse:
jAH, LA BIENAVENTURANZA DE LOS QUE PRODUCEN RELACIONES COMO ES
DEBIDO ENTRE LAS PERSONAS PORQUE ESTÁN HACIENDO ALGO QUE RECUERDA A
Dios!
LA BIENAVENTURANZA DE SUFRIR POR CRISTO
Mateo 5:10-12
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el
reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando por mi causa os insulten, os persigan y
digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestra
recompensa es grande en los cielos, pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes de
vosotros.
Una de las cualidades sobresalientes de Jesús era su honradez diáfana. Nunca dejó a nadie en
duda en cuanto a lo que le sucedería si escogía seguirle. Estaba seguro de que había venido < No
para hacer la vida fácil, sino para hacer a la gente grande.»
Nos cuesta darnos cuenta de lo que tuvieron que sufrir los primeros cristianos. Todos los
compartimientos de su vida se desquiciaron.
(i) Su cristianismo descabalaría su trabajo. Supongamos que uno era mampostero. Esa parece
una profesión bastante inofensiva. Pero supongamos que su empresa tenía un contrato para
construir un templo de uno de los dioses paganos. ¿Qué haría ese hombre? Supongamos que un
cristiano era sastre, y que encargaban en su taller túnicas para los sacerdotes paganos. ¿Qué haría
ese hombre? En una situación semejante en la que los primeros cristianos se encontrarían, apenas
existiría algún trabajo en el que un cristiano no tuviera conflicto entre sus intereses comerciales y su
lealtad a Jesucristo.
La Iglesia estaría sin duda donde estaba la obligación de la persona. Más de cien años después
de esto, un hombre le fue a Tertuliano con este mismo problema. Le hablo de sus dificultades
comerciales. Acabó diciendo: «¿Qué puedo hacer? ¡Tengo que vivir!» «¿Estás seguro?», dijo
Tertuliano. Si había que escoger entre la lealtad y la vida, un verdadero cristiano no dudaba nunca
en escoger la lealtad.
(ü) Su cristianismo descabalaría sin duda su vida social. En el mundo antiguo, la mayor parte de
las fiestas se celebraban en el templo de algún dios. En muy pocos sacrificios se quemaba todo el
animal en el altar. A veces no se quemaban más que unos pelillos de la cabeza de la bestia como un
sacrificio simbólico. Los sacerdotes recibían como gajes de su oficio parte de la carne, y otra parte se
le devolvía al adorador. Con su parte, hacía una fiesta con sus parientes y amigos. Uno de los dioses
más comentes era Serapis. Cuando la fiesta se celebraba en su templo, las invitaciones decían algo
así: < Te invito a cenar conmigo a la mesa de nuestro señor Serapis.»
¿Podría un cristiano participar en una fiesta que se celebraba en un templo pagano? Hasta las
comidas ordinarias en las casas empezaban con una libación, una copa de vino que se derramaba
en honor de los dioses. Era como nuestro dar gracias a Dios por la comida. ¿Podía un cristiano
participar en un gesto de culto pagano así? De nuevo vemos que la respuesta cristiana era clara. Un
cristiano tenía que desconectarse de sus compañeros antes que prestar su aprobación a tales cosas
con su presencia. Uno tenía que estar dispuesto a quedarse solo para ser cristiano.
(üi) Lo peor de todo: su cristianismo podía llegar a traerle problemas en su vida familiar. Sucedía
una y otra vez el que un miembro de la familia se hacía cristiano y los otros no. Una mujer se podía
hacer cristiana y su marido no. Lo mismo podía suceder con un hijo o una hija. Inmediatamente
surgía una división en la familia. A menudo se le cerraba la puerta en la cara para siempre al que
había aceptado a Cristo.
El cristianismo traía a menudo, no paz, sino una espada que dividía las familias. Era literalmente
cierto que una persona tenía que amar a Cristo más que a su padre, madre, esposa, hermano o
hermana. El cristianismo suponía a menudo escoger entre las personas más queridas y Jesucristo.
Además, los castigos que tenía que sufrir un cristiano eran terribles más allá de toda descripción.
Todo el mundo sabe de los cristianos que se les echaban a los leones o se quemaban en el patíbulo;
pero éstas eran muertes piadosas. Nerón envolvía a los cristianos en betún y les prendía fuego para
usarlos como antorchas vivientes en sus jardines. Los cubría con pieles de animales salvajes y les
lanzaba perros de caza para que los descuartizaran. Eran torturados en el potro; les arrancaban la
piel con garfios; les echaban por encima plomo derretido; les fijaban planchas de bronce al rojo vivo
en las partes más sensibles del cuerpo; les vaciaban los ojos; les cortaban partes del cuerpo y las
asaban ante sus ojos; les abrasaban las manos y los pies mientras les echaban agua fría para
prolongar su agonía. No es agradable pensar en estas cosas; pero uno tenía que estar dispuesto a
sufrirlas si estaba de parte de Cristo. Podríamos muy bien preguntarnos por qué perseguían los
romanos a los cristianos. Parece algo extraordinario el que una persona que viviera la vida cristiana
se considerara una víctima apropiada para la persecución y la muerte. Había dos razones.
(i) Se habían extendido algunas calumnias acerca de los cristianos, de las cuales los judíos eran
responsables en no poca medida.
(a) Se acusaba a los cristianos de canibalismo. Las palabras de la última Cena -«Esto es Mi
cuerpo» «Esta copa es el nuevo Testamento en Mi sangre»- se tomaban y tergiversaban para hacer
creer que los cristianos sacrificaban a un niño para comérselo.
(b) Se acusaba a los cristianos de prácticas inmorales, y se decía que sus reuniones eran orgías
indecentes. La reunión semanal de los cristianos se llamaba Agapé, la Fiesta del Amor; y ese
nombre se interpretaba maliciosamente. Los cristianos se saludaban con el beso de la paz; y
también esto se usó para construir acusaciones calumniosas.
(c) Se acusaba a los cristianos de ser incendiarios. Es verdad que hablaban del próximo fin del
mundo, y revestían su mensaje con cuadros apocalípticos del mundo en llamas. Sus calumniadores
tomaban esas palabras y las interpretaban como amenazas de terrorismo político y revolucionario.
(d) Se acusaba a los cristianos de deshacer los vínculos familiares. De hecho, por causa del
Cristianismo se producían divisiones en las familias, como ya hemos visto; así que el Cristianismo se
representaba como algo que causaba división entre marido y mujer, y que desarticulaba el hogar.
Había suficientes calumnias inventadas por gente maliciosa.
(ii) Pero el mayor campo de persecución era, de hecho, el político. Pensemos en la situación. El
imperio romano abarcaba a casi todo el mundo conocido, desde las Islas Británicas hasta el
Éufrates, y desde Alemania hasta el Norte de África. ¿Cómo podía amasarse hasta cierto punto una
amalgama tan vasta de pueblos? ¿Qué principio unificador se podía encontrar? En un principio se
encontró en el culto de la diosa Roma, el espíritu de Roma. Este era un culto que los pueblos de las
provincias daban de buena voluntad, porque Roma les había traído paz y buen gobierno, orden y
justicia. Se limpiaron las carreteras de bandidos y los mares de piratas; los déspotas y tiranos fueron
desterrados por la imparcial justicia romana. La gente de las provincias estaba muy dispuesta a
ofrecer sacrificios al espíritu del Imperio que había hecho tanto por ella.
Pero del culto de Roma se pasó a otro objeto. Había un hombre que era la personificación del
imperio romano, en quien podría decirse que Roma se encarnaba, y ese hombre era el emperador;
así es que llegó a considerársele un dios, y se le empezaron a dar honores divinos y a levantarse
templos a su divinidad. No fue el gobierno romano el que inició este culto; de hecho, en su principio,
hizo todo lo posible para desanimarlo. El emperador Claudio, decía que lamentaba que se le dieran
honores divinos a cualquier ser humano. Pero, con el paso de los años, el gobierno romano vio en el
culto al emperador la única práctica que podía unificar el vasto imperio romano; ahí había un centro
en el que se podían reunir todos sus habitantes. Así es que acabó por, no sólo aceptar, sino imponer
el culto al emperador. Una vez al año, todas las personas tenían que presentarse y quemar una
pizca de incienso a la divinidad del césar y decir: «César es señor.» Y eso era precisamente lo que
los cristianos se negaban a hacer. Para ellos, Jesucristo era el único Señor, y no le darían a ningún
ser humano ese título que pertenecía exclusivamente a Cristo.
Está claro que el culto al césar era una prueba de lealtad política más que ninguna otra cosa. De
hecho, cuando un hombre había quemado su pizquita de incienso y repetido la fórmula, recibía un
certificado, un libellus, de que lo había hecho, y luego podía ir y dar culto a cualquier dios, siempre
que no fuera contra la decencia y el orden público. Los cristianos se negaron a someterse. A1
enfrentarse con el dilema «César o Cristo» no vacilaban en su elección: sólo Cristo. Se negaban en
redondo a una componenda. El resultado era que, por muy bueno que fuera el hombre, aunque fuera
un ciudadano excelente, quedaba fuera de la ley automáticamente. En el vasto imperio romano no se
podían tolerar bloques de desafectos, y eso era exactamente lo que las autoridades romanas
consideraban ser las congregaciones cristianas. Un poeta ha hablado de «El agobiado, acurrucado
rebañito cuyo crimen era Cristo.»
El único crimen de los cristianos era que colocaban a Cristo por encima del césar; y por esa
suprema lealtad murieron los cristianos a millares y arrostraron la tortura por causa de la exclusiva
supremacía de Jesucristo.
LA BIENAVENTURANZA
DEL SENDERO ENSANGRENTADO
Mateo 5:10-12 (conclusión)
Cuando vemos cómo surgió la persecución, estamos en posición de ver la verdadera gloria del
sendero de los mártires. Puede que nos parezca extraordinario el hablar de la bienaventuranza de
los perseguidos; pero para los que tengan ojos para ver más allá del presente inmediato, y una
mente capaz de comprender la grandeza de las cuestiones implicadas, tiene que haber habido gloria
en el sendero ensangrentado.
(i) El tener que sufrir persecución era una oportunidad de demostrar la fidelidad a Jesucristo. Uno
de los mártires más famosos fue Policarpo, el anciano obispo de Esmirna. El populacho le arrastró al
tribunal del magistrado romano. Se le presentó la disyuntiva de costumbre: ofrecer sacrificio a la
divinidad del césar o morir. «Ochenta y seis años -fue su respuesta inmortal- he servido a Cristo, y
jamás me ha hecho ningún mal. ¿Cómo voy a blasfemar a mi Rey, Que me salvó?» Así es que le
llevaron al patíbulo, donde él hizo su última oración: « ¡Oh Señor Dios todopoderoso, Padre de Tu
muy amado y siempre bendito Hijo, por medio de Quien hemos recibido Tu conocimiento... Te doy
gracias por considerarme digno en Tu gracia de este día y hora.» Se le había concedido la
oportunidad suprema de demostrar su lealtad a Jesucristo.
En la 1 Guerra Mundial, el poeta Rupert Brooke fue uno de los que murieron demasiado jóvenes.
Antes de salir al combate, escribió:
«Gloria sea a Dios, que nos ha tenido por dignos de esta hora.»
Muchos de nosotros puede que no hayamos hecho nunca en nuestra vida nada que pudiera
considerarse un verdadero sacrificio por Jesucristo. El momento en que parece probable que el
Cristianismo nos cueste algo es el momento cuando tenemos la posibilidad de demostrar nuestra
lealtad a Jesucristo de una manera que otros puedan ver.
El tener que sufrir persecución es, como dijo el mismo Jesús, recorrer el mismo camino que
recorrieron los profetas, y los santos, y los mártires. El sufrir por lo justo es ganarse un puesto en una
gran sucesión. La persona que tiene que sufrir algo por su fe puede levantar bien alta la cabeza y
decir
< Hermanos, vamos marchando por la senda que abrieron los santos.»
(iii) Tener que sufrir persecución es participar en una gran ocasión. Siempre resulta emocionante
aunque sólo sea estar presente en las grandes ocasiones, el estar allí cuando algo memorable y
crucial está teniendo lugar. Pero hay una emoción todavía mayor en tomar parte, aunque sea
pequeña, en el acontecimiento. Ese era el sentimiento acerca del cual escribió Shakespeare un
pasaje inolvidable de su Enrique V, en las palabra que puso en boca del rey antes de la batalla de
Agincourt:
«EL que viva este día y llegue a la vejez festejará a los suyos de este día la víspera, porque
dirá: «Mañana es día de san Crispín.» Mostrará remangado todas sus cicatrices, y dirá: «Estas
heridas obtuve en san Crispín.»
Caballeros ingleses que ahora están en la cama se tendrán por malditos porque aquí no
estuvieron, y los tendrán por menos siempre que alguno hable que luchó con nosotros el día de
san Crispín.»
Cuando uno es llamado a sufrir algo por el Evangelio, ese es siempre un momento crucial. Es la
gran ocasión; es la colisión entre el mundo y Cristo; es un momento del drama de la eternidad. Tener
un papel en tal escena no es un castigo, sino una gloria. «Alegraos de ese momento -dice Jesús- y
estad contentos.» La palabra para estar contentos es el verbo griego agal.liasthai, que procede de
dos palabras que quieren decir dar un salto extraordinario. Es un gozo como para saltar de alegría.
Como se ha dicho acertadamente, es el gozo del escalador que ha alcanzado la cima, y que salta de
alegría porque ha conquistado la montaña.
(iv) Sufrir persecución es ponérselo más fácil a los que vendrán detrás: Hoy disfrutamos la
bendición de la libertad gracias a las personas que estuvieron dispuestas a pagar por ella sangre,
sudor y lágrimas. Nos lo pusieron más fácil; y mediante un firme e inalterable testimonio de Cristo
nosotros también se lo pondremos más fácil a los que vengan detrás.
En la construcción del gran pantano de Hoover en América hubo hombres que perdieron la vida
en aquel proyecto que había de volver una región polvorienta en tierra fértil. Cuando se completaron
las obras, se pusieron los nombres de los que habían muerto en la empresa en una lápida que se
colocó en el gran muro del pantano, con esta inscripción: «Estos murieron para que el desierto se
regocijara y floreciera como la rosa.»
El que pelea la batalla por Cristo siempre hará las cosas más fáciles para los que vengan detrás.
Para ellos habrá un obstáculo menos que superar en el camino.
(v) Además, otra cosa: no hay nadie que sufra persecución en solitario. Si un cristiano es llamado
a sufrir pérdidas materiales, el fallo de los amigos, calumnia, soledad, hasta la muerte por amor, por
sus principios... no se encontrará solo. Cristo estará más cerca de él que en ninguna otra situación
de su vida.
La antigua historia del libro de Daniel nos cuenta que echaron en el horno, ardiente siete veces
más de lo corriente, a Sadrac, Mesac y Abednego por no ceder en su lealtad a Dios. Los consejeros
observaban. « ¿No echaron al fuego a tres hombres atados? -preguntó el rey; y exclamó:- ¡Pues yo
veo a cuatro, desatados, paseándose en medio del fuego, y no les ha pasado nada; y el aspecto del
cuarto es de hijo de los dioses!» (Daniel 3:19-25).
Como dice Browning en Christmas Eve and Easter Day -Nochebuena y el Día de Resurrección-,
poniendo estar palabras en boca de un mártir cristiano de las catacumbas:
Nací débil, y no teniendo nada, un pobre esclavo; pero la miseria no podía guardarnos de la
envidia del César a los que Dios había dado en Su gracia la perla de gran precio.
Por tanto, con las fieras en el circo luché dos veces, y otras tres sus leyes crueles sobre mis hijos
se ensañaron.
Pero, por fin, mi libertad obtuve, aunque tardaron en quemarme vivo. Entonces una Mano
descendió, y sacando mi alma de las llamas la condujo de Cristo a la presencia, a Quien
ahora veo en plena gloria. Mi hermano Sergio es el que ha escrito en la pared este mi
testimonio. En cuanto a mí, ya lo he olvidado todo.
Cuando un cristiano tiene que sufrir algo por su fe, es entonces cuando se encuentra en la más
íntima compañía posible con Cristo.
Sólo nos queda por hacer una pregunta: ¿Por qué es esta persecución tan inevitable? Lo es
porque la Iglesia, cuando es realmente la Iglesia, no tiene más remedio que ser la conciencia de la
nación y de la sociedad. La Iglesia debe alabar lo bueno; pero debe igualmente condenar lo malo, y
se hará todo lo posible para silenciar la molesta voz de la conciencia. No es el deber del cristiano
individual el descubrir las faltas, criticar y condenar; pero bien puede ser que su misma actitud y con-
ducta sea una condena tácita de las vidas de los no cristianos, y él no podrá escapar a su odio.
No es probable que nos espere la muerte por nuestra lealtad a la fe cristiana; pero los insultos le
esperan siempre al que es fiel al honor cristiano. Las burlas le esperan al que practica el amor y el
perdón cristiano. Puede que al cristiano le espere una persecución real en la industria si insiste en
cumplir fielmente con su trabajo diario. Cristo sigue necesitando Sus testigos; Necesita personas que
estén dispuestas, no sólo a morir por Él, sino también a vivir por Él. La contienda cristiana y la gloria
cristiana siguen existiendo como entonces.
LA SAL DE LA TIERRA
Mateo 5:13
Vosotros sois la sal de la tierra; pero cuando la sal ha perdido su sabor, ¿cómo se le podrá
restaurar? Ya no sirve para nada bueno, así es que se tira a la calle para que la pisoteen.
Cuando Jesús dijo esto puso a disposición de la humanidad una expresión que se ha convertido
en el mayor cumplido que se le puede hacer a nadie. Cuando queremos hacer hincapié en los
quilates del carácter y de la utilidad de alguien decimos: «personas así son la sal de la tierra.»
En el mundo antiguo la sal se apreciaba altamente. Los griegos llamaban a la sal divina (theion).
En una frase que en latín es una especie de trabalenguas, los romanos decían «no hay nada más útil
que el sol y la sal» (Nil utilius sole et sale). En los tiempos de Jesús la sal se relacionaba en la mente
de la gente con tres cualidades especiales.
(i) La sal se conectaba con la pureza. Probablemente su blancura resplandeciente sugería esta
conexión. Los latinos decían que la sal era la cosa más pura, porque procedía de las cosas más
puras que son el sol y el mar. La sal fue de hecho la más primitiva de todas las ofrendas que se
hacían a los dioses, y hasta sus últimos tiempos los sacrificios judíos se ofrecían con sal. Así pues, si
el cristiano ha de ser la sal de la tierra, debe ser un ejemplo de pureza.
Una de las características del mundo en la época en que vivimos es que han bajado los niveles.
Los niveles de honradez, de diligencia en el trabajo, de responsabilidad, morales, todos tienden a
reducirse. El cristiano debe ser una persona que mantenga bien alto su nivel de absoluta pureza en
su manera de hablar, su conducta y pensamiento. Cierto escritor le dedicó un libro a J. Y. Simpson,
«que hace que lo mejor nos resulte fácilmente creíble.» Ningún cristiano puede salirse de los niveles
de la estricta honradez. Ningún cristiano puede pensar con ligereza en reducir los niveles morales en
un mundo en el que en las calles de cualquier gran ciudad se induce deliberadamente al pecado.
Ningún cristiano se puede permitir los gestos y términos sugestivos y soeces que son a menudo
parte de la conversación social. El cristiano no se puede retirar del mundo, pero debe, como decía
Santiago, «guardarse sin mancha del mundo» (Santiago 1:27).
(ii) En. el mundo antiguo, la sal era el más corriente de todos los conservantes. Se usaba para
evitar que las cosas se corrompieran, y para contener la putrefacción. Plutarco tiene una manera
curiosa de decirlo. Dice que la carne es un cuerpo muerto y parte de un cuerpo muerto, y, si se deja
a sí misma, se descompondrá; pero la sal la conserva y mantiene fresca, y es por tanto como si se le
hubiera insertado un alma nueva a un cuerpo muerto.
Así que la sal preserva de la corrupción. Si el cristiano ha de ser la sal de la tierra, debe tener una
cierta influencia antiséptica en la vida.
Todos sabemos que hay ciertas personas en cuya compañía es fácil ser buenos; y que también
hay ciertas personas en cuya compañía es fácil bajar el listón moral. Hay ciertas personas en cuya
presencia se podría contar sin reparos una historia sucia, y hay otras personas a las que a uno no se
le ocurriría contársela. El cristiano debe ser un antiséptico purificador en cualquier sociedad en que
se encuentre; debe ser la persona que, con su presencia, excluye la corrupción y les hace más fácil
a otros ser limpios.
(iii) Pero la más grande y la más obvia cualidad de la sal es que la sal presta sabor a las cosas.
Los alimentos sin sal son tristemente insípidos y hasta desagradables. El Cristianismo es a la vida lo
que la sal es a la comida. El Cristianismo le presta sabor a la vida.
Lo trágico es que la gente conecta a menudo el Cristianismo precisamente con lo contrario. Lo
identifican con algo que le quita el sabor a la vida. Swinbume llegó a decir:
Tú has conquistado, pálido Galileo; el mundo se ha puesto gris de Tu aliento.
Aun después de que Constantino hiciera del Cristianismo la religión del imperio romano, subió al
trono otro emperador llamado Juliano que - quería atrasar el reloj y volver a los antiguos dioses. Su
queja era, como la expresa Ibsen:
¿Les habéis mirado a la cara a esos cristianos? Ojos hundidos, mejillas pálidas, pechos de
tabla; pierden la vida reconcomiéndose, inincentivados por la ambición: para ellos también brilla
el sol, pero no lo ven; la tierra les ofrece su plenitud, pero ellos no la quieren; lo único que
desean es renunciar y sufrir para morirse lo antes posible.
Para Juliano, el Cristianismo le quitaba la vivacidad a la vida.
Oliver Wendell Holmes dijo una vez: « Yo podría haber entrado en el ministerio si algunos clérigos
a los que conocía no hubieran parecido y actuado tanto como enterradores.» Robert Louis
Stevenson escribió una vez en su diario, como si estuviera recordando algún fenómeno
extraordinario: «Hoy he estado en la iglesia, y no me ha dado la depre.»
El mundo tiene derecho a descubrir otra vez el fulgor perdido de la fe cristiana. En un mundo
ansioso, el cristiano debería ser la única persona que se mantuviera serena. En un mundo
deprimido, el cristiano debería ser la única persona que siguiera llena de la alegría de vivir. Debería
haber una sencilla luminosidad en cada cristiano, pero demasiado a menudo anda por la vida como
si estuviera de duelo, y habla como un espectro en una fiesta. Dondequiera que esté, si ha de ser la
sal de la tierra, el cristiano debe difundir gozo.
Jesús pasó a decir que, si la sal se vuelve insípida, ya no sirve para nada, y se tira para que todo
el mundo la pise. Eso es difícil de entender, porque la sal nunca pierde su sabor y su salinidad. E. F.
F. Bishop, en su libro Jesús de Palestina, cita una explicación muy plausible que dio Miss F: E.
Newton. En Palestina, los hornos ordinarios están fuera de la casa y se construyen de piedra sobre
una base de azulejos. En esos hornos, «para conservar el calor se pone una gruesa capa de sal
debajo del suelo de azulejo. Después de cierto tiempo la sal se ha descompuesto. Se levantan los
azulejos, se saca la sal y se tira en el camino a la puerta del horno... ha perdido su poder para
calentar los azulejos y se tira.» Puede que sea eso lo que se representa aquí.
Pero la idea principal sigue siendo en cualquier caso, y es algo en lo que el Nuevo Testamento
insiste constantemente: Que la inutilidad invita al desastre. Si un cristiano no está cumpliendo su
propósito como cristiano, está abocado al desastre. El sentido de nuestra vida consiste en ser la sal
de la tierra; y si no le damos a la vida la pureza, el poder antiséptico y la luminosidad que le
debemos, no estamos cumpliendo nuestro cometido y vamos al desastre.
Todavía nos falta por decir que algunas veces en la Iglesia Primitiva se hacía un uso muy extraño
de este texto. En la sinagoga, entre los judíos, había la costumbre de, si un judío se volvía apóstata y
luego volvía a la fe, antes de recibirle otra vez en la sinagoga, tenía como penitencia que tumbarse a
la puerta de la sinagoga e invitar a todos los que iban entrando a que le pisaran. En algunos lugares,
la Iglesia Cristiana adoptó esa costumbre; y a un cristiano que había sido expulsado de la Iglesia por
disciplina, se le obligaba, antes de admitirle otra vez, a tumbarse a la puerta de la iglesia e invitar a
los que entraban: «Pisoteadme porque soy la sal que ha perdido su sabor.»
LA LUZ DEL MUNDO
Mateo 5:14-15
Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada en una colina no puede pasar
inadvertida. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para
ponerla a la vista para que dé luz a todos los de la casa.
Podría decirse que éste es el mayor cumplido que se le haya hecho jamás al cristiano individual,
porque en él Jesús manda al cristiano que sea lo que Él mismo afirmó ser. Jesús dijo: «Mientras
estoy en el mundo, luz soy del mundo» (Juan 9:5). Cuando Jesús mandó a sus seguidores que
fueran las luces del mundo, les pedía que fueran como Él mismo, ni más ni menos.
Cuando Jesús dijo estas palabras, estaba usando una expresión que les resultaría familiar a los
judíos que la oyeron por primera vez. Ellos llamaban a Jerusalén «una luz para los gentiles;» y a un
famoso rabino le solían llamar «una lámpara de Israel.» Pero la forma en que usaban los judíos esta
expresión nos da la clave de cómo la usó Jesús.
De una cosa estaban los judíos completamente seguros: ninguna persona encendía su propia luz.
Jerusalén era sin lugar a duda una luz para los gentiles, pero había sido Dios el Que había
encendido la lámpara de Israel. La luz que brillaba en la nación o en la persona piadosa era una luz
prestada. Así sucede también con el cristiano. La exigencia de Jesús no es que cada uno de
nosotros deba, como si dijéramos, producir su propia luz. Debemos brillar con el reflejo de Su luz. El
resplandor que se advierte en la vida del cristiano viene de la presencia de Cristo en su corazón. A
veces hablamos de una novia radiante, pero la luz que irradia viene del amor que ha nacido en su
corazón.
Cuando Jesús dijo que los cristianos debemos ser la luz del mundo, ¿qué quería decir?
(i) Una luz es algo que en primer lugar y principalmente está para que se vea. Las casas de
Palestina eran muy oscuras, con una sola ventana circular de medio metro de diámetro. La lámpara
era como una salsera llena de aceite y con una mecha. No era nada fácil encender una lámpara
cuando no había ni cerillas. Normalmente la lámpara se colocaba en un candelero o soporte, que en
muchos casos no era más que un soporte de madera toscamente tallada; pero cuando la gente se
salía de la habitación, por seguridad, quitaban la lámpara del candelero y la ponían debajo de un
cajón de arcilla de medir el grano para que siguiera ardiendo sin riesgo hasta que volviera alguien. El
deber primario de la luz de la lámpara era que se pudiera ver.
Así es que el Cristianismo es algo que se tiene que dejar ver. Como ha dicho bien alguien: « No
puede haber tal cosa como un discipulado secreto; porque, o el secreto acaba con el discipulado, o
el discipulado con el secreto.» Nuestro cristianismo tiene que ser perfectamente visible a todo el
mundo.
Además, este Cristianismo no tiene que dejarse ver solamente en la iglesia. Un cristianismo cuyos
efectos no salen de las puertas de la iglesia no le sirve a nadie gran cosa. Debería ser más visible
todavía en las actividades normales y corrientes. Nuestro Cristianismo debe dejarse ver en la
manera como tratamos al dependiente de la tienda al otro lado del mostrador, en nuestra manera de
encargar una comida en el restaurante, en nuestra forma de tratar a nuestros empleados o de servir
a nuestros superiores, en nuestra manera de practicar un deporte o jugar a un juego, o conducir o
aparcar un vehículo, en el lenguaje cotidiano que usamos y en lo que leemos cada día. Un cristiano
debe serlo en la fábrica, el taller, los astilleros, la mina, la escuela, la consulta médica, la cocina, el
campo de fútbol, exactamente lo mismo que en la iglesia. Jesús no dijo: «Vosotros sois la luz de la
Iglesia», sino: «Vosotros sois la luz del mundo.» Así que nuestro cristianismo se tiene que hacer
evidente a todos por nuestra manera de vivir en el mundo.
(ii) Una luz es un guía. En cualquier ría podemos ver una serie de luces que marcan el camino que
deben seguir los barcos para su seguridad. Sabemos lo difícil que resulta transitar por las calles de la
ciudad cuando hay un apagón. Una luz es algo que facilita el camino.
Así que un cristiano debe indicarles el camino a los demás. Es decir: el cristiano está obligado a
ser un ejemplo. Una de las cosas que más necesita este mundo son personas que estén preparadas
a ser focos de bondad. Supongamos que hay un grupo de gente, y que alguien propone que se haga
algo dudoso. A menos que alguien se oponga abiertamente, aquello se hará. Pero si alguien se pone
en pie y dice: «No contéis conmigo para eso,» otro, y otro, y otro se levantarán y dirán: «Ni conmigo
tampoco.» Pero si no se les hubiera dado ejemplo, se habrían callado.
Hay muchas personas en este mundo que no tienen la fuerza moral ni el coraje para mantenerse
firmes en solitario; pero si otro se adelanta, le seguirán; si cuentan con alguien suficientemente fuerte
o seguro en quien apoyarse, harán lo que deben. Es el deber del cristiano adoptar la posición que
luego secundará el hermano más débil, iniciar la marcha que otros con menos coraje seguirán
después. El mundo necesita luces guiadoras; hay personas esperando y anhelando la dirección para
hacer lo que no se atreverían a emprender solas.
(iii) Una luz esa menudo una advertencia. A menudo se usa la luz para advertir de un peligro que
acecha más adelante.
Algunas veces el cristiano tiene la obligación de presentarles a los demás la necesaria
advertencia. Eso es a menudo difícil, especialmente hacerlo de forma que no haga más daño que
bien; pero una de las más desgarradoras tragedias de la vida es que nos venga alguno,
especialmente un joven, y nos diga: « No me encontraría en esta situación si me lo hubieras adver-
tido a tiempo.»
Se decía de la famosa maestra y educadora que, si alguna vez tenía ocasión de corregir a sus
estudiantes lo hacía « poniéndole el brazo alrededor de los hombros.» Si hacemos nuestra
advertencia, no con enfado ni crítica, sino con amor, será eficaz.
El cristiano debe ser una de estas luces que se pueden ver, que advierten y que guían.
BRILLANDO PARA DIOS
Mateo 5:16
Que brille así vuestra luz delante de la gente, para que vean vuestras buenas obras y den
gloria a vuestro Padre que está en el Cielo.
Aquí hay dos cosas de suprema importancia.
(i) La gente tiene que ver nuestras buenas obras. En griego hay dos palabras para bueno. Hay la
palabra agathós, que simplemente define la calidad de una cosa como buena; y hay la palabra kalós,
que quiere decir que una cosa es no sólo buena, sino también hermosa y atractiva. La palabra que
se usa aquí es kalós.
Las buenas obras del cristiano tienen que ser no sólo buenas, sino también atractivas. Tiene que
haber un cierto encanto en la bondad cristiana. La tragedia de mucho de lo que se considera bueno
es que tiene un elemento de dureza y de frialdad y de austeridad. Hay una bondad que atrae, y una
bondad que repele. Hay un cierto encanto en la verdadera bondad cristiana que la hace
encantadora.
(ii) También tenemos que notar que nuestras buenas obras deben atraer la atención, no a
nosotros, sino a Dios. Este dicho de Jesús es una prohibición total de lo que alguien ha llamado
«bondad teatral.»
En una conferencia en la que estaba presente D. L. Moody había también algunos jóvenes que
tomaban su fe cristiana muy en serio. Una noche tuvieron una vigilia de oración. Cuando llegaban de
ella por la mañana se encontraron con Moody, que les preguntó qué habían estado haciendo. Se lo
dijeron, y añadieron: «¡Señor Moody, vea cómo nos brilla el rostro!» Moody les contestó muy
cortésmente: «Moisés no sabía que le relucía el rostro.» La bondad que es consciente, que llama la
atención a sí misma, no es la bondad cristiana.
Uno de los historiadores antiguos escribió acerca de Enrique V después de la batalla de Agincourt:
«Tampoco permitió que se hicieran canciones ni que las cantaran los juglares acerca de su gloriosa
victoria; porque quería que toda la alabanza y la gloria y la acción de gracias se Le dieran a Dios.» El
cristiano no piensa nunca en lo que él ha hecho, sino en lo que Dios le ha capacitado para hacer.
Nunca trata de atraer las miradas de la gente, sino siempre en dirigirlas a Dios. Mientras las
personas estén pensando en las alabanzas, las gracias y el prestigio que obtendrán por lo que han
hecho, no han empezado todavía a recorrer el camino cristiano de veras.
LA LEY ETERNA
Mateo 5:17-20
-No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolirlos, sino a
cumplirlos. Os digo la pura verdad: Hasta que desaparezcan los cielos y la Tierra, ni un punto ni
una coma de la Ley se suprimirán hasta que se cumpla en su plenitud. Así que, el que
quebrante uno de los mandamientos más pequeñitos y enseñe a otros a hacer lo mismo, será
llamado el menor del Reino del Cielo; pero, el que los cumpla y enseñe a otros a hacer lo
mismo, será llamado grande en el Reino del Cielo. Porque os aseguro que no entraréis ninguno
en el Reino del Cielo a menos que vuestra integridad exceda a la de los escribas y los fariseos.
A primera vista esto podría parecer el pronunciamiento más alucinante que Jesús hizo en todo el
Sermón del Monte. En este pasaje Jesús establece el carácter eterno de la Ley; y sin embargo Pablo
podía decir: «Cristo es el fin de la Ley» (Romanos 10:4).
Repetidas veces Jesús quebrantó lo que los judíos llamaban la Ley. No cumplía el lavado de las
manos que la Ley establecía; sanaba a los enfermos en sábado, aunque la Ley prohibía tales
sanidades; de hecho fue condenado y crucificado como quebrantador de la Ley; y sin embargo aquí
parece hablar de la Ley con una veneración y una reverencia que ningún rabino o fariseo podría
superar. La letra más pequeña -que la Reina-Valera llama jota- era la letra hebrea yod. Era algo
parecido a lo que llamamos apóstrofe -'-; ni siquiera una letra no mucho más grande que un puntito
se omitiría. La parte más pequeña de la letra -lo que la Reina-Valera llama una tilde, como la de la
eñe- eran los puntos diacríticos que distinguían unas letras de otras, como la sin y la sin. Jesús
parece establecer que la Ley es tan sagrada que ni el más mínimo detalle de ella desaparecerá.
Algunas personas se han sorprendido tanto con este dicho que han llegado a la conclusión de que
no es posible que Jesús lo dijera. Han sugerido que, puesto que Mateo es el más judaico de los
evangelios, y puesto que Mateo lo escribió especialmente para convencer a los judíos, éste es un
dicho que Mateo puso en los labios de Jesús, Que no dijo nada semejante. Pero ése es un
razonamiento muy pobre, porque éste es un dicho que es de lo más improbable que nadie se
inventara; tanto es así que Jesús tiene que haberlo dicho; y cuando lleguemos a ver lo que quiere
decir verdaderamente, comprenderemos que era inevitable que Jesús lo dijera.
Los judíos usaban la expresión La Ley de cuatro maneras diferentes. (i) La usaban con referencia
a los Diez Mandamientos. (ii) La usaban en relación con los cinco primeros libros de la Biblia, a los
que llamamos Pentateuco fue quiere decir literalmente Los Cinco Rollos- que eran para los judíos la
Ley par excellence, y con mucho la parte más importante de la Biblia. (iii) Usaban la frase La Ley y
los Profetas con el sentido de toda la Escritura; la usaban como una descripción global de todo lo
que llamamos el Antiguo Testamento. (iv) La usaban con el sentido de Ley de los escribas u oral.
En tiempos de Jesús era el cuarto sentido el más corriente; y fue de hecho esta Ley de los
escribas la que tanto Jesús como Pablo condenaron tajantemente. ¿Qué era, entonces, la Ley de los
escribas?
En el Antiguo Testamento mismo encontramos muy pocas reglas y normas; lo que sí encontramos
son grandes principios generales que cada uno ha de asumir e interpretar bajo la dirección de Dios, y
aplicar a las situaciones concretas de la vida. En los Diez Mandamientos no se nos dan reglas ni
normas; son todos y cada uno de ellos grandes principios en los cuales hemos de encontrar la norma
de nuestra vida. Para los judíos posteriores estos grandes principios no eran suficientes. Mantenían
que la Ley era divina, y que en ella Dios había dicho la última palabra, y que por tanto todo debía
estar en ella. Si una cosa no estaba en la Ley explícitamente, tendría que estar implícitamente. Por
tanto discutían que debe ser posible deducir de la Ley una regla y una norma para cada posible
situación de la vida. Así surgió la raza de los llamados escribas, cuyo cometido era reducir los
grandes principios de la Ley a literalmente miles de miles de reglas y normas.
Vamos a ver esto en acción. La ley establece que el día del sábado ha de mantenerse santo, y
que no se puede hacer ningún trabajo en él. Eso es un gran principio. Pero los legalistas judíos
tenían pasión por las definiciones; así es que preguntaron: ¿Qué es un trabajo?
Como trabajo se clasificaron toda clase de cosas. Por ejemplo, el llevar una carga el día del
sábado era un trabajo. Pero entonces había que definir qué era una carga. Para la Ley de los
escribas una carga era «comida equivalente al peso de un higo seco, vino suficiente para mezclarlo
en una copa, bastante leche para un trago, la miel necesaria para poner en una herida, el. aceite
necesario para ungir un pequeño miembro, el agua necesaria para humedecer un colirio, el papel
necesario para escribir un recibo de impuestos, tinta suficiente para escribir dos letras del alfabeto,
caña suficiente para hacer una pluma» -y así hasta el infinito. Pasaban horas sin cuento discutiendo
si un hombre podía o no mover una lámpara de un lado a otro en sábado, si un sastre cometía un
pecado si salía con una aguja prendida en la solapa, si una mujer podía usar un broche o una
peluca, hasta si se podía llevar en sábado dentadura postiza o alguna prótesis, si se podía coger en
brazos a un niño el día de sábado. Para ellos estas cosas eran la esencia misma de la religión. Su
religión era un legalismo de reglas y normas insignificantes.
Escribir era un trabajo, y por tanto prohibido el sábado. Pero había que definir escribir. Su
definición decía: «El que escribe dos letras del alfabeto, con la mano derecha o con la izquierda, de
una clase o de dos clases, tanto si se escriben con diferente tinta o en lenguas diferentes, es
culpable. Aunque escriba dos letras sin darse cuenta, es culpable; las haya escrito con tinta o con
pintura, con tiza roja o con vitriolo, o cualquier cosa que deje una marca permanente. También el que
escribe en dos paredes que forman un ángulo, o en dos tabletas de su libro de cuentas para que se
lean juntas, es culpable... Pero si uno escribe con un líquido oscuro, con zumo de fruta, o en el polvo
de la carretera, o en arena, o en cualquier cosa que no deje una marca permanente, no es culpable...
Si escribe una letra en el suelo, y otra en la pared de la casa, o en dos páginas de un libro que no se
pueden leer juntas, no es culpable.» Esto es un pasaje típico de la Ley de los escribas; y esto es lo
que un judío ortodoxo consideraba verdadera religión y servicio de Dios.
Curar era otro trabajo prohibido en sábado. Obviamente esto había que definirlo. Estaba permitido
hacer una cura si había peligro de muerte, especialmente en el caso de enfermedades de garganta,
nariz y oídos; pero, aun entonces, se debían adoptar medidas solamente para que el paciente no se
pusiera peor, pero no para que se pusiera mejor. Así que se podía poner una venda en una herida,
pero no ungüento; se podía poner un algodón en un oído dolorido, pero sin medicación.
Los escribas eran los que deducían estas reglas y normas. Los fariseos, cuyo nombre quiere decir
los separados, eran los que se separaban de todas las actividades normales de la vida para observar
todas estas reglas y normas.
Podemos ver hasta qué punto llegaban por los siguientes hechos. Durante muchas generaciones
esta Ley de los escribas no se escribió; era la Ley oral, y se trasmitía de memoria en las
generaciones de escribas. A mediados del siglo 111 d.C. se hizo un sumario de ella y se codificó.
Eso es lo que se conoce como la Misná; contiene 63 tratados sobre varios asuntos de la Ley, lo que
la hace un libro casi tan grande como la Biblia. Los estudiosos judíos posteriores se tomaron el
trabajo de hacer comentarios para explicar la Misná. Estos comentarios son lo que se conoce como
los Talmudes. El Talmud de Jerusalén tiene doce volúmenes impresos, y el Talmud de Babilonia,
sesenta.
Para un judío ortodoxo estricto de tiempos de Jesús, la religión, servir a Dios, era cuestión de
cumplir miles de reglas y normas legales; consideraban estas ridículas reglas y normas cuestiones
literalmente de vida o muerte y destino eterno. Está claro que Jesús no quería decir que ninguna de
estas reglas y normas no hubiera de desaparecer; repetidamente las quebrantó Él mismo, y
repetidamente las condenó. Eso no era lo que Jesús entendía por la Ley, sino la clase de ley que
condenaban tanto Jesús como Pablo.
LA ESENCIA DE LA LEY
Mateo 5:17-20 (continuación)
Entonces, ¿qué entendía Jesús por la Ley? Dijo que no había venido para abolir la Ley, sino para
cumplirla. Es decir, vino realmente para descubrir el verdadero sentido de la Ley. ¿Cuál era el
verdadero sentido de la Ley? Aun detrás de la Ley oral de los escribas había un gran principio que
los escribas y los fariseos no habían captado más que imperfectamente. El único principio supremo
de la Ley era que el hombre debe buscar en todas las cosas la voluntad de Dios; y que, cuando la
conoce, debe dedicar toda su vida a obedecerla. Los escribas y los fariseos tenían razón en buscar
la voluntad de Dios, y más aún en dedicar sus vidas a obedecerla; pero no la tenían en identificar
esa voluntad con sus montones de reglas y normas hechas por los hombres.
¿Cuál, entonces, es el principio verdadero que hay detrás de la Ley, ese principio que Jesús
vino a cumplir, el verdadero sentido que É1 vino a revelar?
Cuando consideramos los Diez Mandamientos, que son la esencia y el fundamento de toda ley,
podemos ver que todo su significado se puede sumar en una palabra -respeto, o aún mejor
reverencia. Reverencia para con Dios, y el nombre de Dios, y el día de Dios; respeto para con los
padres, la vida, la propiedad, la personalidad, la verdad y el buen nombre de los demás, y por uno
mismo, de tal manera que los malos deseos no puedan nunca dominarnos -estos son los principios
fundamentales detrás de los Diez Mandamientos, principios de reverencia para con Dios y respeto
para con nuestros semejantes y nosotros mismos. Sin ellos no puede haber tal cosa como ley. En
ellos se basa toda ley.
Esa reverencia y ese respeto son lo que Jesús vino a cumplir. Vino a mostrarnos en la misma
vida cómo son la reverencia para con Dios y el respeto para con las personas. La justicia, decían los
griegos, consiste en darle a Dios y a los hombres lo que les es debido. Jesús vino a mostrarnos en
una vida normal lo que quiere decir darle a Dios la reverencia, y a las personas el respeto, que les
son debidos.
Esa reverencia y ese respeto no consistían en obedecer una multitud de reglas y normas
mezquinas. No consistían en sacrificios, sino en misericordia; no en el legalismo, sino en el amor; no
en prohibiciones que demandaran lo que no se podía hacer, sino en la instrucción de amoldar
nuestras vidas al mandamiento positivo del amor.
La reverencia y el respeto que son la base de los Diez Mandamientos nunca puede pasar; son la
sustancia permanente de las relaciones de una persona con Dios y con las demás.
LA LEY Y EL EVANGELIO
Mateo 5:17-20 (conclusión)
Cuando Jesús habló así acerca de la Ley y el Evangelio, estaba estableciendo implícitamente
ciertos principios generales.
(i) Estaba diciendo que hay una continuidad definida entre el pasado y el presente. No debemos
considerar la vida nunca como una especie de batalla entre el pasado y el presente. El presente
crece del pasado.
Después de Dunkerque, en la II Guerra Mundial, hubo una tendencia general a buscar a alguien
para echarle las culpas del desastre que había acontecido a las fuerzas británicas, y hubo muchos
que quisieron intervenir en amargas discriminaciones con los que habían dirigido la política en el
pasado. En aquel tiempo, Winston Churchill dijo una cosa muy sabia: < Si nos enzarzamos en una
pelea entre el pasado y el presente, nos encontraremos con que hemos perdido el futuro.»
Tenía que haber Ley antes que pudiera venir el Evangelio. La humanidad tenía que aprender la
diferencia entre bien y mal; las personas tenían que aprender su propia incapacidad humana para
cumplir las demandas de la Ley y responder a los mandamientos de Dios; tenían que aprender el
sentimiento de pecado y la indignidad y la incapacidad. Culpamos al pasado por muchas cosas -y, a
menudo, correctamente-; pero es igualmente, o aún más necesario, reconocer nuestra deuda con el
pasado. Jesús veía que es el deber de toda persona no olvidar ni intentar destruir el pasado, sino
construir sobre el fundamento del pasado. Hemos entrado en las labores de otros, y debemos
laborar de manera que otros entren en las nuestras.
(ii) En este pasaje, Jesús nos advierte claramente que no pensemos que el Cristianismo es nada
fácil. Algunos podrían decir: «Cristo es el fin de la Ley; ahora puedo hacer lo que me dé la gana.»
Algunos podrían pensar que todos los deberes, todas las responsabilidades, todas las demandas
son cosas del pasado; pero Jesús nos advierte que la integridad del cristiano debe exceder a la de
los escribas y los fariseos. ¿Qué quería decir?
La motivación que tenían los escribas y los fariseos era la de la Ley; su única finalidad y deseo era
satisfacer las demandas de la Ley. Ahora bien, al menos en teoría, es perfectamente posible
satisfacer las demandas de la ley; en un sentido puede que llegue un tiempo en que uno diga: « He
cumplido todas las demandas de la Ley; he cumplido mi deber; la Ley ya no tiene ningún derecho
sobre mí.» Pero la motivación que tiene el cristiano es la del amor; el único deseo del cristiano es
mostrar su maravillada gratitud por el amor con que Dios le ha amado en Jesucristo. Ahora bien: No
es posible, ni siquiera en teoría, satisfacer las demandas del amor. Si amamos a alguien con todo
nuestro corazón, estamos obligados a sentir que si le diéramos toda una vida de servicio y
adoración, si le ofreciéramos el Sol y la Luna y las estrellas, todavía no habríamos ofrecido bastante.
Para el amor, todo el reino de la naturaleza sería una ofrenda demasiado pequeña, como dice un
himno.
Los judíos trataban de satisfacer la ley de Dios; y siempre hay un límite a las demandas de la ley.
El cristiano trata de mostrar su gratitud por el amor de Dios; y para las demandas del amor no hay
límite, ni en el tiempo ni en la eternidad. Jesús nos presenta, no la Ley de Dios, sino el amor de Dios.
Hace mucho, Agustín decía que la vida cristiana se podía compendiar en una frase: «Ama, y haz lo
que quieras.» Pero cuando nos damos cuenta de cómo nos ha amado Dios, nuestro único anhelo es
responder a ese amor, y esa es la mayor tarea del mundo; porque nos presenta una tarea tal que el
que piensa en términos de ley nunca soñó, y con una obligación más vinculante que la de ninguna
ley.
LA NUEVA AUTORIDAD
Mateo 5:21-48
Esta sección de las enseñanzas de Jesús es una de las más importantes del Nuevo Testamento.
Antes de estudiarla en detalle hay ciertas cosas generales que debemos mencionar.
Jesús habla en ella con una autoridad que ningún otro hombre soñaría con atribuirse. La autoridad
que Jesús asumió sorprendía siempre a los que entraban en contacto con Él. Al principio mismo de
Su ministerio, después de predicar en la sinagoga de Pafarnaum, se nos dice de Sus oyentes: «Y se
admiraban de Su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas»
(Marcos 1:22). Mateo concluye su relato del Sermón del Monte diciendo: «Cuando terminó Jesús
estas palabras, la gente estaba admirada de Su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene
autoridad y no como los escribas» (Mateo 7:28s).
Nos es difícil darnos cuenta exactamente de lo sorprendente que debe de haberles parecido a los
judíos que Le escuchaban esta autoridad de Jesús. Para los judíos, la Ley era absolutamente santa
y divina; es imposible exagerar hasta qué punto la reverenciaban. « La Ley -decía Aristeas- es santa,
y ha sido dada por Dios.» «Sólo los decretos de Moisés -decía Filón- son perdurables, inalterables e
inamovibles, como si la naturaleza misma los hubiera firmado con su sello.» Los rabinos decían:
«Los que niegan que la Ley procede del Cielo no tienen parte en el mundo venidero.» Y también:
«Hasta si uno dice que la Ley es de Dios con la excepción de este o aquel versículo que dijo Moisés,
no Dios, hablando por su boca, entonces se le aplica el juicio. Ha despreciado la Palabra del Señor:
ha dado muestras de la irreverencia que merece la destrucción de su alma.» Lo primero en el culto
de la sinagoga era sacar los libros de la Ley del arca donde se guardaban, y el llevarlos dando la
vuelta a la congregación, para que esta pudiera mostrarles su reverencia.
Eso era lo que los judíos pensaban de la Ley; y aquí Jesús cita la Ley no menos de cinco veces
(Mateo 5:21, 27, 33, 38, 43), sólo que para contradecirla y sustituirla por Su propia enseñanza. Se
atribuía el derecho de indicar las deficiencias de las Escrituras más sagradas del mundo, y
corregirlas con Su propia sabiduría. Los griegos definían exusía, autoridad, como «el poder para
añadir o quitar a voluntad.» Jesús reclamaba ese poder aun en relación con lo que los judíos creían
que era la Palabra eterna e inmutable de Dios. Esto no lo discutió Jesús, ni se puso a justificarse de
ninguna manera por hacerlo, ni trató de demostrar su derecho a hacerlo. Reposadamente y sin cues-
tión asumió ese derecho.
Nadie había oído nunca nada semejante. Los grandes maestros judíos usaban frases
características en su enseñanza. La frase característica del profeta era: «Así dice el Señor.» No
pretendía tener ninguna autoridad personal; lo único que pretendía era hablar lo que Dios le había
dicho. La frase característica del escriba y del rabino era: «Hay una enseñanza acerca de...» El
escriba o el rabino jamás se atrevían a expresar ni siquiera una opinión propia a menos que pudieran
respaldarla con citas de los grandes maestros del pasado. La independencia era la última cualidad
que se atribuirían. Pero para Jesús una afirmación no requería más autoridad que el hecho de que Él
la hiciera. Él era Su propia autoridad.
Una de dos: O Jesús era un loco, o era único; o era un megalómano, o era el Hijo de Dios.
Ninguna persona ordinaria podría atreverse a cambiar lo que se consideraba la eterna Palabra de
Dios.
Lo maravilloso de la autoridad es que es autoevidente. Tan pronto como una persona se pone a
enseñar se sabe inmediatamente si tiene derecho a enseñar o no. La autoridad es como una
atmósfera alrededor de una persona. No necesita atribuírsela; o la tiene, o no.
Las orquestas que tocaron bajo la dirección de Toscanini decían que tan pronto como ocupaba el
atril podían sentir una ola de autoridad que fluía de él. Julian Duguid cuenta que una vez cruzó el
Atlántico en el mismo barco que Wilfred Grenfell; y dice que cuando Grenfell entraba en alguna de
las habitaciones públicas del barco, se podía decir (sin dirigirle la mirada) que había entrado en la
habitación; porque una ola de autoridad salía del hombre. Era supremamente así con Jesús.
Jesús tomaba la sabiduría humana más elevada y la corregía, porque Él era el Que era. No tenía
que discutir; Le bastaba con hablar. Nadie puede honradamente estar cara a cara con Jesús y
escucharle sin sentir que es la última Palabra de Dios al lado de Quien todas las otras palabras son
inadecuadas, y toda otra sabiduría, desfasada.
EL NUEVO NIVEL
Mateo 5:21-48 (conclusión)
Pero aunque el acento de autoridad de Jesús era alucinante, aún lo era más el nivel que proponía
a los hombres. Jesús decía que, ante Dios, no era solamente culpable el hombre que cometiera
asesinato; el que se enfadaba con su hermano sería juzgado y hallado culpable. No era solamente
culpable el que cometiera adulterio; el que permitiera que un deseo impuro se le asentara en el
corazón también sería culpable.
Aquí había algo que era completamente nuevo, algo que la humanidad no ha captado todavía
suficientemente. La enseñanza de Jesús era que no era suficiente no cometer asesinato; lo único
que sería suficiente sería no haber deseado nunca cometer asesinato. La enseñanza de Jesús era
que no era bastante no cometer adulterio; lo único suficiente sería no desear siquiera cometerlo
nunca.
Puede que no hayamos golpeado nunca a una persona; pero, ¿quién puede decir que nunca
deseó hacerlo? Puede que nunca hayamos cometido adulterio; pero, ¿quién puede decir que ha
experimentado nunca el deseo de lo prohibido? La enseñanza de Jesús era que los pensamientos
son tan importantes como las obras, y que no basta con no cometer pecado; lo que sí bastaría sería
no querer cometerlo. La enseñanza de Jesús era que no se juzga solamente a una persona por sus
obras, sino aún más por los deseos que nunca se materializaron en obras. Según los niveles del
mundo, una persona es una buena persona si no hace nunca lo que está prohibido. A1 mundo no le
concierne juzgar los pensamientos. Pero para el nivel de Jesús, una persona no es buena hasta que
ni siquiera desea hacer lo prohibido. Jesús está intensamente preocupado con los pensamientos de
una persona. De esto surgen tres cosas.
(i) Jesús estaba totalmente en lo cierto, porque Su camino es el único que conduce a la salvación
y a la seguridad. Hasta cierto punto todos tenemos una personalidad dividida. Hay una parte de
nosotros que es atraída al bien, y otra parte de nosotros que es atraída al mal. Mientras una persona
sea así, se está librando una batalla en su interior. Una voz la está incitando a tomar la cosa
prohibida; la otra voz se lo está prohibiendo.
Platón comparaba el alma con un auriga que tuviera que gobernar dos caballos. Uno era dócil y
obediente a las riendas y a la palabra de mando; el otro, salvaje, indómito y rebelde. El nombre de un
caballo era la razón; el del otro, la pasión. La vida es siempre un conflicto entre las exigencias de las
Pasiones y el control de la razón. La razón son las riendas que mantienen las pasiones a raya. Pero,
las riendas se pueden romper en cualquier momento. El dominio propio puede bajar la guardia un
instante, ¿y qué sucede entonces? Mientras exista esta tensión interior, este conflicto interior, la vida
se mantiene insegura. En tales circunstancias no hay tal cosa como estar a salvo. La única manera,
nos dice Jesús, es erradicar para siempre el deseo de lo prohibido. Sólo entonces está a salvo la
vida.
(ii) En ese caso, sólo Dios puede juzgarnos. Nosotros no vemos nada más que las acciones
exteriores de una persona; sólo Dios ve los secretos del corazón. Y habrá muchas personas que
exteriormente son un modelo de rectitud, pero cuyos pensamientos íntimos son culpables delante de
Dios. Habrá muchas personas que puedan ser declaradas no culpables en el juicio humano, que no
puede ser nada más que de cosas externas, pero cuya bondad se colapsa ante la mirada todo
escrutadora de Dios.
(iii) Y en ese caso, esto quiere decir que cada uno de nosotros es culpable; porque no hay ni uno
solo que pueda resistir este juicio de Dios. Aun si hemos vivido una vida de perfección moral externa,
no hay nadie que pueda decir que no ha experimentado nunca el deseo prohibido de cosas malas.
Para la perfección interior, lo único que es suficiente alegar es decir que el yo ha muerto y Cristo vive
en uno. «Con Cristo estoy juntamente crucificado -dice Pablo-, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en
mí» (Gálatas 2:20).
El nuevo nivel mata todo orgullo, y nos impulsa a Jesucristo, Que es el único que puede
permitirnos alcanzar ese nivel que Él mismo nos propone.
LA IRA PROHIBIDA
Mateo 5:21-22
Habéis oído que se decía entre dos de tiempos antiguos: «No matarás;» y «cualquiera que
mate será llevado a la sala de juicio. » Pero Yo os digo que cualquiera que se enfade con su
hermano será llevado a juicio; y el que le llame a su hermano «¡Estúpido idiota!» tendrá que
comparecer ante el tribunal supremo; y al que le llame a su hermano: «¡Necio!» se le echará a
la Guehenna de fuego.
Aquí tenemos el primer ejemplo del nuevo nivel que Jesús propone. La antigua Ley había
establecido: « No matarás» (Éxodo 20:13); pero Jesús establece que hasta el enfado con un
hermano está prohibido. En la traducción clásica inglesa se encuentran las palabras sin causa, que
no están en ninguno de los grandes manuscritos; esto no es nada menos que una total prohibición
de la ira. No basta con no golpear a una persona; lo único que sería suficiente es no desear siquiera
golpearle; ni siquiera tener un sentimiento duro contra él en el corazón.
En este pasaje Jesús sigue el razonamiento a la manera de los rabinos. Se muestra experto en el
manejo de los métodos de discusión que tenían costumbre de usar los sabios de Su tiempo. Hay en
este pasaje una sutil gradación de la ira, y una correspondiente sutil gradación del castigo.
(i) En primer lugar tenemos al que está enojado contra su hermano. En el original el verbo que se
usa aquí es orguizesthai. En griego hay dos palabras para ira. Está thymós, que se comparaba con
la llama que prende en la paja seca. Es la ira que se inflama rápidamente y que se consume con la
misma rapidez. Es una ira que surge deprisa y que también pasa deprisa. Está orgué, que se
describía como una ira que se hace inveterada. Es la ira de larga vida; es la ira de la persona que
arropa su rabia para mantenerla calentita; es la ira que uno cultiva, y no deja morir.
La ira está sujeta a juicio. Este juicio era el tribunal local que dispensaba justicia. Estaba formado
por ancianos de la localidad, y variaba en su número desde tres en las aldeas de menos de ciento
cincuenta habitantes, hasta siete en los pueblos mayores y veintitrés en las ciudades todavía
mayores.
Así pues, Jesús condena toda ira egoísta. La Biblia deja claro que la ira está prohibida « La ira del
hombre -dice Santiago- no obra la justicia de Dios» (Santiago 1:20). Pablo manda a los suyos que
depongan toda «ira, enojo, malicia, blasfemia» (Colosenses 3: 8). Hasta el más elevado pensamiento
pagano reconocía la insensatez de la ira. Cicerón decía que cuando entraba la ira en escena « no se
podía hacer nada a derechas ni con sensatez.» En una frase lapidaria, Séneca llama a la ira «una
locura breve.»
Así es que Jesús prohíbe definitivamente la ira que se cultiva, la ira que no se quiere olvidar, la
ira que se niega a pacificarse, la ira que busca venganza. Si hemos de obedecer a Jesús, hemos de
desterrar de la vida toda clase de ira, y especialmente la que se mantiene demasiado tiempo. Es una
advertencia el recordar que uno no se puede llamar cristiano y perder los estribos por cualquier
ofensa personal que haya sufrido.
(ii) De aquí Jesús pasa a hablar de dos casos en los que la ira se manifiesta en palabras
insultantes. Los maestros judíos prohibían tal ira y tales palabras. Hablaban de «opresión en
palabras,» y de « el pecado del insulto.» Tenían un dicho: «tres tipos descienden a la gehena para
no volver: el adúltero, el que avergüenza a su prójimo en público, y el que le pone a su prójimo un
mote insultante.» Están igualmente prohibidas la ira del corazón y la ira de las palabras.
INSULTOS
Mateo 5:21-22 (conclusión)
Lo primero, se condena al que llama a su hermano necio. La Reina-Valera antigua ponía la
palabra casi intraducible raca, que describe un tono de voz más que otra cosa. Su acento es el de
desprecio. Llamar a una persona raca era llamarle idiota sin sentido, un tonto imbécil, un enredador
cabeza-hueca. Es el término que usa uno que desprecia a otro con una superioridad arrogante.
Hay una historia rabínica de rabí Simón ben Eleazar. Venía de la casa de su maestro, y se sentía
orgulloso al pensar en su inteligencia, erudición y bondad. Un viandante muy poco favorecido
físicamente le dirigió el saludo. El rabí no se lo devolvió, sino le dijo: « ¡So raca! ¡Qué feo eres! ¿Son
todos los de tu pueblo tan feos como tú?» «Eso -le contestó el pobre hombre- yo no lo sé. Ve a
decirle a mi Hacedor que me creó lo fea que es la criatura que ha hecho.» Así se reprendió aquel
pecado de desprecio.
El pecado de desprecio merece un juicio todavía más severo. Habría que llevarlo a juicio ante el
sanedrín, (synedrion); el tribunal supremo de los judíos. Esto, por supuesto que no hay que tomarlo
literalmente. Es como si Jesús dijera: «El pecado de la ira inveterada es malo; el de desprecio es
peor.»
No hay pecado que sea más contrario al espíritu de Cristo que el desprecio. Hay un desprecio que
surge del orgullo de casta, y la cursilería es realmente algo muy feo. Hay un desprecio que surge de
la posición y del dinero, y el orgullo que se basa en cosas materiales es también una cosa muy fea.
Hay un desprecio que viene del conocimiento. Y de todas las cursilerías, la cursilería intelectual es la
más difícil de entender, porque lo que más le impresiona a un sabio es el sentimiento de su propia
ignorancia. No deberíamos nunca mirar con desprecio a cualquier persona por quien Cristo murió.
(iii) Jesús menciona a continuación al que llama a su hermano mórós. Mórós también quiere decir
tonto, pero el hombre que es mórós es el necio moral. Es el hombre que se hace el tonto. El salmista
habla del necio que se ha dicho en su corazón que no hay Dios (Salmo 14:1). Ese era un necio
moral, un hombre que vivía una vida inmoral y al que le convenía que no hubiera Dios. El llamar a
alguien mórós no era criticar su capacidad mental; era poner en duda su carácter moral; era ensuciar
su nombre y reputación, y marcarle como persona de mala vida e inmoral.
Así que Jesús dice que el que destruye el nombre y la reputación de su hermano merece el juicio
más severo de todos, el juicio del fuego de la gehena.
Guehenna en hebreo Guehinnom y gehena en el D.R.A.E., que no llega más allá del latín en su
etimología es una palabra que tiene historia; a partir de 1960 la Reina Valera la traduce por infierno,
como aquí. Los judíos la usaban frecuentemente (Mateo 5:22, 29, 30; 10:28; 18:9; 23:15, 33; Marcos
9:43, 45, 47; Lucas 12: 5; Santiago 3: 6). Literalmente quería decir el Valle de Hinnon, que es un
valle al Sureste de Jerusalén que fue notorio porque fue donde Acaz introdujo el culto del dios
pagano Moloc, al que se le ofrecían sacrificios de niños. «Quemó también incienso en el valle de los
hijos de Hinnom, y quemó a sus hijos como ofrenda» (2 Crónicas 28:3). Josías, el rey reformador,
acabó con ese culto, y ordenó que ese valle fuera en lo sucesivo un lugar maldito. «Asimismo quitó a
Tofet -el nombre antiguo de aquel valle-- toda pretensión de lugar sagrado, para que nadie quemara
a su hijo o hija como ofrenda a Moloc» (2 Reyes 23:10). En consecuencia, el Valle de Hinnom se
convirtió en el basurero público de Jerusalén, en el que se quemaban todos los residuos de la
ciudad. El fuego se mantenía latente; y había como un hongo de humo por encima de él, y criaba
una clase asquerosa de gusanos que parecía que no se morían nunca (Marcos 9:44-48). Así es que
Guehenna, el Valle de Hinnom, se identificaba en las mentes del pueblo con todo lo inmundo y
maldito, el lugar donde todo lo inútil y malo se destruía. Así fue como llegó a ser sinónimo del lugar
de la destrucción eterna, el infierno de fuego.
Así pues, Jesús insiste en que lo más grave es destruir la reputación de una persona y manchar
su buen nombre. No hay castigo que sea demasiado severo para el chismoso malicioso, o la charla
calumniosa que asesina el buen nombre de otro. Tal práctica, en el sentido más literal, merece el
infierno.
Como ya hemos dicho, todas estas gradaciones de castigos no se han de tomar literalmente. Lo
que Jesús quiere decir aquí es lo siguiente: « En la antigüedad se condenaba por asesinato, y eso
siempre será condenable. Pero Yo os digo que no son sólo las acciones externas las que merecen
ira juicio; los más íntimos pensamientos también están bajo el escrutinio y el juicio de Dios. La ira
interminable es mala; el habla despectiva es peor, y el chisme descuidado y malicioso que destruye
el buen nombre de una persona es lo peor de todo.» El que es esclavo de la ira, el que habla en un
tono de desprecio, el que destruye el buen nombre de otro, puede que nunca hayan cometido un
asesinato de hecho, pero sí en el corazón.
LA BARRERA INSUPERABLE
Mateo 5:23-24
Así que, si estás trayendo tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo
contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; y
luego vienes a presentar tu ofrenda.
Cuando Jesús dijo esto, estaba simplemente recordándoles -a los judíos un principio que ellos
conocían muy bien y que nunca deberían haber olvidado. La idea detrás del sacrificio era muy
sencilla: si una persona hacía algo malo, su acción interrumpía su relación con Dios, y el sacrificio
tenía por finalidad restaurar esa relación.
Pero hay que notar dos cosas muy importantes. La primera es que nunca se creyó que el sacrificio
pudiera expiar un pecado deliberado, que los judíos llamaban « el pecado de una mano alta.» Si una
persona cometía un pecado sin darse cuenta, o impulsado por un momento de pasión que
quebrantaba su dominio propio, el sacrificio era efectivo; pero si uno cometía un pecado deliberada,
desafiante, insensiblemente y con los ojos abiertos, entonces el sacrificio era impotente para expiar.
La segunda es que para ser efectivo, un sacrificio tenía que incluir la confesión del pecado y el
verdadero arrepentimiento; y el verdadero arrepentimiento incluía el propósito de rectificar
cualesquiera consecuencias hubiera tenido el pecado. El gran Día de la Expiación se celebraba para
expiarlos pecados de toda la nación, pero los judíos sabían muy bien que ni siquiera los sacrificios
del Día de la Expiación se le podían aplicar a nadie a menos que antes estuviera reconciliado con su
prójimo. La interrupción de la relación entre el hombre y Dios no se podía subsanar a menos que se
hubiera sanado la que había entre hombre y hombre. Si una persona estaba haciendo una ofrenda
por el pecado, por ejemplo, para expiar un robo, la ofrenda se creía que era totalmente ineficaz hasta
que se hubiera restaurado la cosa robada; y, si se descubría que la cosa robada no se había
restaurado, entonces había que destruir el sacrificio como inmundo y quemarlo fuera del templo. Los
judíos sabían muy bien que tenían que hacer todo lo posible para arreglar las cosas a nivel humano
antes de poder estar en paz con Dios.
En cierto sentido, el sacrificio era sustitutivo. El símbolo de esto era que, cuando la victima estaba
a punto de ser sacrificada, el adorador ponía sus manos sobre la cabeza del animal apretando bien
hacia abajo, como para transferirle su propia culpa. Cuando lo hacía decía: «Te suplico, oh Dios; he
pecado, he obrado perversamente, he sido rebelde; he cometido ... (aquí el oferente especificaba
sus pecados); pero vuelvo en penitencia, y sea esto mi cobertura.»
Para que un sacrificio fuera válido, la confesión y la restauración tenían que estar implicadas. El
cuadro que Jesús está pintando es muy gráfico. El adorador, desde luego, no hacía su propio
sacrificio; se lo traía al sacerdote, que era el que lo ofrecía en su nombre. Un adorador ha entrado en
el templo; ha pasado por la serie de atrios: el Atrio de los Gentiles, el de las Mujeres, el de los
Hombres. A continuación se encontraba el atrio de los sacerdotes, en el que no podían entrar los
laicos. El adorador se queda a la verja, dispuesto a entregarle su victima al sacerdote; pone las
manos sobre el animal para hacer su confesión; y entonces se acuerda de que ha roto con su
hermano, del mal que le ha hecho; si su sacrificio ha de ser válido, debe volver y arreglar la ofensa y
restaurar el daño, o no servirá de nada.
Jesús deja bien claro este hecho fundamental: No podemos estar en paz con Dios, a menos que
lo estemos con nuestros semejantes; no podemos esperar el perdón a menos que hayamos
confesado nuestro pecado, no sólo a Dios, sino también a los hombres, y a menos que hayamos
hecho todo lo posible para evitar sus consecuencias prácticas. Algunas veces nos preguntamos por
qué hay una barrera entre nosotros y Dios; a veces nos preguntamos por qué nuestras oraciones
parece que no sirven para nada. La razón podría ser muy bien que somos nosotros los que hemos
levantado esa barrera al estar desavenidos con nuestros semejantes, o porque hemos ofendido a
alguno y no hemos hecho nada para rectificar.
HACER LAS PACES A TIEMPO
Mateo 5:25-26
Llega a un acuerdo con tu adversario sin pérdida de tiempo mientras vayas de camino con
él, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez te entregue a la policía, y acabes en la
cárcel; porque entonces fíjate bien lo que te digo- ya no saldrás de allí hasta que pagues hasta
la última peseta.
Aquí Jesús está dando un consejo de lo más práctico; nos dice que arreglemos las cosas a
tiempo, antes que se amontonen y causen aún más problemas en el futuro.
Jesús describe la escena de dos oponentes que van de camino hacia el tribunal; y les dice que
aclaren y arreglen las cosas antes de llegar al tribunal; porque, si no lo hacen, y la ley sigue su curso,
habrá todavía peores consecuencias por lo menos para uno de ellos en días sucesivos.
La escena de los dos oponentes que van juntos de camino al tribunal nos parece muy extraña, y
hasta más bien improbable. Pero en el mundo antiguo sucedía a menudo.
En la ley griega había un proceso de detención que se llamaba apagógué que quiere decir arresto
sumarísimo. En él el demandante mismo arrestaba al ofensor.: Le cogía por el cuello de la ropa y se
lo sujetaba de tal manera que, si se resistía, se podía estrangular a sí mismo. Ya se supone que los
casos en que ese arresto era legal eran muy pocos y había que coger al malhechor con las manos
en la masa.
Los crímenes por los que se podía arrestar sumariamente a una persona como se ha descrito
eran el robo, el robo de ropa (los ladrones de ropa eran la maldición de los baños públicos en la
antigua Grecia), robar carteras, asaltar casas y secuestrar (el secuestro de esclavos especialmente
dotados y habilidosos era muy corriente). Además, se podía arrestar sumariamente a alguien cuando
se le descubría ejerciendo los derechos de ciudadanía cuando se le había desposeído de ellos, o si
volvía a su estado o ciudad de los que había sido exiliado. En vista de esta costumbre no era raro
ver a un demandante y a un ofensor juntos de camino al tribunal en una ciudad griega.
Está claro que es mucho más probable que Jesús estuviera pensando en términos de la ley judía;
pero esta situación no era ni mucho menos imposible bajo la ley judía. Este era obviamente un caso
de deuda; porque, si no se hacían las paces, habría que pagar hasta la última peseta. Casos
semejantes se saldaban en los tribunales locales de ancianos. Se les fijaba una fecha en que el
demandante y el ofensor tenían que presentarse juntos; en cualquier pueblo y aldea sería probable
que se encontraran de camino al tribunal. Cuando se declaraba culpable a una persona, se la
entregaba al oficial de la corte. Mateo llama a éste el hyperétés; Lucas le llama, en su versión de
este dicho, con el término más corriente praktór (Lucas 12:58s). El deber del oficial del tribunal era
asegurarse de que la deuda se pagaba debidamente y, en caso contrario, tenía autoridad para meter
en la cárcel al ofensor hasta que la pagara. Esta es la situación que Jesús estaba considerando. El
consejo de Jesús puede querer decir una de dos cosas.
(i) Puede que sea una muestra del consejo más práctico. Una y otra vez confirma la experiencia
de la vida que, si una pelea, o desavenencia, o disputa no se resuelve inmediatamente, puede seguir
generando peores y peores dificultades con el tiempo. La amargura engendra amargura. Ha
sucedido a menudo que una pelea entre dos personas se ha transmitido a sus familias, y la han
heredado generaciones futuras, y ha acabado por dividir una iglesia o una sociedad en dos.
Si en el mismo comienzo una de las partes hubiera tenido la gracia de disculparse o admitir su
falta, una situación lamentable no tendría por qué haberse producido. Si alguna vez estamos
desavenidos con otro, debemos arreglar la situación sin pérdida de tiempo. Puede que esto suponga
que se es lo suficientemente humilde para confesar que nos hemos equivocado y disculparnos;
puede que quiera decir que, aun en el caso de que tengamos razón, tenemos que dar el primer paso
para restablecer la relación. Cuando las relaciones personales se deterioran, en nueve casos de
cada diez una acción inmediata las puede remediar; pero si esa acción inmediata no tiene lugar,
seguirán deteriorándose, y se extenderá la amargura en círculos cada vez más amplios.
(ii) Puede que Jesús tuviera en mente algo más definitivo que esto. Puede que estuviera diciendo:
«Arreglad las cosas con vuestros semejantes mientras dure vuestra vida; porque algún día -no
sabéis cuando- la vida llegará a su fin, e iréis a presentaros ante Dios, el Juez final de todos.» El más
grande de todos los días judíos era el Día de la Expiación. Sus sacrificios se creía que expiaban por
los pecados conocidos y no conocidos; pero hasta este día tenía sus limitaciones. El Talmud
establece claramente: < El Día de la Expiación expía las ofensas entre el hombre y Dios. El Día de la
Expiación no expía las ofensas entre el hombre y su prójimo, a menos que el hombre haya arreglado
las cosas con su prójimo.» Aquí tenemos otra vez un hecho fundamental: Uno no puede estar en paz
con Dios si no lo está con sus semejantes. Una persona debe vivir de tal manera que el final la
encuentre en paz con todo el mundo.
Bien puede ser que no tengamos que escoger sólo una de estas dos interpretaciones del dicho de
Jesús. Bien puede ser que tuviera las dos en mente, y que lo que Jesús está diciendo es: < Si
quieres la felicidad en el tiempo, y la felicidad en la eternidad, no dejes nunca una desavenencia sin
zanjar entre ti y tu hermano. Actúa inmediatamente para quitar las barreras que la ira haya
levantado.»
EL DESEO PROHIBIDO
Mateo 5:27-28
Habéis oído que se dijo: «No debes cometer adulterio.» Pero Yo os digo: El que mira a una
mujer de tal forma que despierta en sí mismo deseos prohibidos hacia ella, ya ha cometido
adulterio con ella en su corazón.
Aquí tenemos el segundo ejemplo del nuevo nivel de Jesús. La Ley establecía: < No cometerás
adulterio» (Éxodo 20:14). Los maestros judíos tenían una opinión tan seria del adulterio que las
partes culpables no se podían castigar nada más que con la muerte (Levítico 20:10); pero, una vez
más Jesús establece que no constituye delito a los ojos de Dios solamente la acción prohibida, sino
también el pensamiento prohibido.
Es necesario que entendamos lo que Jesús está diciendo aquí. No está hablando de un deseo
natural, normal, que es parte del instinto y de la naturaleza humana. Según el sentido literal del
original el hombre que se condena es el que mira a una mujer con la intención deliberada de desear
aprovecharse de ella. El hombre que se condena es el que usa deliberadamente sus ojos para
despertar su concupiscencia, el hombre que mira de tal manera que despierta la pasión y estimula
deliberadamente el deseo.
Los rabinos judíos conocían muy bien la manera en que se pueden usar los ojos para estimular
los malos deseos. Tenían sus dichos. «Los ojos y las manos son los agentes del pecado.» «El ojo y
el corazón son las dos asistentas del pecado.» «Las pasiones se aposentan solamente en el que
ve.» «¡Ay del que sigue a sus ojos, porque son adúlteros!» Y alguien ha dicho: «Hay un deseo
interior del que el adulterio es solamente el fruto.»
En un mundo tentador hay muchas cosas diseñadas deliberadamente para excitar el deseo: libros,
carteles, revistas, fotografías, películas y anuncios. El hombre que Jesús condena aquí es el que usa
deliberadamente sus ojos para estimular sus deseos; el hombre que encuentra un extraño placer en
cosas que despiertan su deseo de lo prohibido. Todas las cosas son limpias para los limpios. Pero el
hombre cuyo corazón está contaminado encuentra algo para despertar y excitar el mal deseo en
cualquier situación.
EL REMEDIO QUIRÚRGICO
Mateo 5:29-30
Así es que, si tu ojo derecho va a hacerte caer en pecado, sácatelo y tíralo; porque es mejor
perder una parte de tu cuerpo que que todo tu cuerpo se vaya a la gehena. Y si tu mano
derecha te va a hacer caer en pecado, córtatela y tírala; porque es mejor perder una parte de tu
cuerpo que que todo tu cuerpo se vaya ala gehena.
Aquí Jesús hace una gran demanda, una demanda quirúrgica. Insiste en que todo lo que cause, o
que seduzca al pecado debe eliminarse totalmente de la vida.
La palabra que usa para hacer caer es interesante. Es la palabra skándalon. Skándalon es una
forma de la palabra skandaléthron, que quiere decir el soporte del cebo de una trampa. Era el palito
o el brazo en el que se fijaba el cebo y que operaba la trampa para cazar al animal seducido para su
propia destrucción. En sentido figurado la palabra llegó a significar cualquier cosa que causa la
destrucción de una persona.
Detrás de esto hay dos figuras. La primera es la de una piedra escondida en un sendero en la que
uno puede tropezar, o una cuerda colocada a través de un sendero deliberadamente para hacer que
alguien se caiga; la segunda es la figura de un pozo excavado en el suelo y tapado engañosamente
con una capa ligera de ramas y hojarasca dispuesto para que el viajero despistado lo pise y se caiga
irremediablemente al pozo. El skándalon, la piedra de tropiezo, es algo que hace tropezar y caer,
que le manda a uno a su propia destrucción, algo que le seduce para su propia ruina.
Desde luego, estas palabras de Jesús no se deben tomar con un literalismo crudo. Lo que quieren
decir es que hay que desarraigar de la vida sin sentimentalismos cualquier cosa que sirva
para-seducirnos al pecado. Si tenemos un hábito que puede ser una incitación al mal, o una relación
que nos puede descarriar, o un placer que podría acabar por arruinar nuestra salud física o moral,
tenemos que extirparlo quirúrgicamente de nuestra vida.
Viniendo como viene inmediatamente después del que trata de los pensamientos y deseos
prohibidos, este pasaje nos impulsa a preguntar: ¿Cómo podemos vernos libres de esos deseos
inmundos y pensamientos contaminantes? Es un hecho de experiencia que los pensamientos y las
imágenes se introducen involuntariamente en nuestra mente, y es la cosa más difícil del mundo el
cerrarles la puerta.
Hay una manera en que no se consigue nada frente a estos pensamientos y deseos, y es
sentándose y diciéndose: No voy a pensar más en estas cosas. Cuanto más nos decimos que no
vamos a pensar en tal y tal cosa, tanto más se nos concentra en ella el pensamiento.
El ejemplo sobresaliente de la manera errónea de tratar con tales pensamientos y deseos era el
de los monjes y ermitaños que se iban al desierto en los primeros tiempos de la Iglesia. Eran
hombres que querían liberarse de todas las cosas terrenales, y especialmente de los deseos
sensuales. Para ello se retiraban al desierto de Egipto con el propósito de vivir aisladamente y no
pensar nada más que en Dios.
El más famoso de ellos fue san Antonio. Vivía como un ermitaño; ayunaba; se privaba del sueño;
torturaba su cuerpo. Así vivió treinta y cinco años en el desierto que fueron una batalla sin descanso
ni tregua con las tentaciones. Leemos en su biografía: « En primer lugar, el diablo trató de apartarle
de la disciplina, susurrándole el recuerdo de sus riquezas, los cuidados de su hermana, los derechos
de su familia, el amor al dinero y a la gloria, los diversos placeres de la mesa y las demás
relajaciones de la vida; y, por último, la dificultad de la virtud y sus trabajos... El uno sugería
pensamientos inmundos, y el otro respondía con oraciones; el uno le incitaba con la lujuria, y el otro,
como pareciendo ruborizarse, fortalecía su cuerpo con oraciones, fe y ayunos. El diablo, hasta una
noche se presentó en forma de mujer, e imitó todas sus tretas sencillamente para seducir a Antonio.»
Así prosiguió la lucha durante treinta y cinco años.
El hecho es que, si alguien se buscaba problemas, ese era Antonio, y sus amigos igual. Es la
inevitable ley de la naturaleza humana que, cuanto más dice uno que no va a pensar el algo, tanto
más ese algo está presente en sus pensamientos. No hay más que dos maneras de derrotar los
pensamientos prohibidos.
La primera es la acción cristiana. La mejor manera de derrotar tales pensamientos es hacer algo,
llenarse la vida hasta tal punto de trabajos y servicios cristianos que no nos quede tiempo para esos
pensamientos; pensar tanto en los demás que acabemos por no pensar tanto en nosotros mismos;
desembarazarnos de una introspección enfermiza y morbosa concentrándonos, no en nosotros
mismos, sino en los demás. La cura real de los malos pensamientos no se consigue nada más que
consagrándose a las buenas acciones.
La segunda es llenar la mente de buenos pensamientos. Hay una escena famosa en el Peter Pan
de Barrie. Peter está en el dormitorio de los niños, que le han visto volar, y quieren volar ellos
también. Han probado desde el suelo, y desde las camas, con un resultado nulo. «¿Cómo lo haces
tú?», le preguntó John. Y Peter le contestó: «No tienes más que pensar cosas bonitas, pensamientos
maravillosos, y ellos te levantan por los aires.» La única manera de vencer los malos pensamientos
es ponernos a pensar en otra cosa.
Si uno está asediado por pensamientos de cosas sucias y prohibidas, puede estar seguro de que
nunca los vencerá retirándose de la vida y diciéndose: « Ya no voy a pensar más en esas cosas.» Lo
conseguirá solamente sumergiéndose en la acción cristiana y en el pensamiento cristiano. Nunca lo
conseguirá tratando de salvar su propia vida; sólo dedicándola, -dándola- por otros.
EL VINCULO QUE NO SE DEBE ROMPER
1. El matrimonio entre los judíos
Mateo 5:31-32
También se dijo: «El que se divorcie de su mujer, que le dé un certificado de divorcio.» Pero
Yo os digo que el que se divorcia de su mujer por algo que no sea la fornicación, la obliga a
cometer adulterio; y el que se casa con una mujer divorciada, comete adulterio.
Cuando Jesús estableció esta ley para el matrimonio, lo hizo en el trasfondo de una situación
determinada. No había habido ninguna época de la historia antigua en la que el vínculo matrimonial
hubiera estado en mayor peligro de destrucción que en los días en que llegó al mundo el
Cristianismo. En aquel tiempo el mundo estaba en peligro de ser testigo de la casi total desaparición
del matrimonio y del colapso del hogar.
El Cristianismo tuvo históricamente un doble trasfondo. Tenía el trasfondo del mundo judío, y el
del mundo grecorromano. Consideremos la enseñanza de Jesús sobre el fondo de esas dos
culturas.
En teoría, no ha habido nación que tuviera un concepto más elevado del matrimonio que la nación
hebrea. El matrimonio era un deber sagrado que había de asumir todo varón. Podía diferirlo o
abstenerse de él solamente por una razón: para dedicarle todo su tiempo al estudio de la Ley. Si uno
se negaba a casarse y engendrar hijos se decía que había quebrantado el mandamiento positivo de
dar fruto y multiplicarse, y que «había reducido la imagen de Dios en el mundo» y «matado su
posteridad.»
En principio, los judíos aborrecían el divorcio. La voz de Dios había dicho: « Yo aborrezco el
divorcio» (Malaquías 2:16). Los rabinos tenían dichos preciosos. «Encontramos que Dios es
longánimo con todos los pecados excepto con el de la falta de castidad.» «La falta de castidad hace
partir a la gloria de Dios.» «Cualquier judío debe dar la vida antes que cometer idolatría, asesinato o
adulterio.» « El mismo altar derrama lágrimas cuando un hombre se divorcia de la esposa de su
juventud.»
Lo trágico era que la práctica se quedaba muy rezagada del ideal. Había algo que viciaba toda la
relación matrimonial: una mujer era, a los ojos de la ley, una cosa. Estaba totalmente a disposición
de su padre o de su marido. Virtualmente no tenía ningún derecho legal. No podía, en ningún caso,
divorciarse de su marido por ningún motivo, mientras que el marido podía divorciarse de ella por
cualquier razón. «Uno puede divorciarse de una mujer decía la ley rabínica- contando o no con la
voluntad de ella; basta con la voluntad de él.»
El asunto se complicaba por el hecho de que la ley judía del divorcio se formulaba muy
sencillamente, pero su significado era discutible. Se formulaba en Deuteronomio 24:1: «Cuando
alguien toma una mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa
indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en la mano y la despedirá de su casa.» Este
proceso de divorcio era extremadamente sencillo. El documento de divorcio decía sencillamente:
Sea esto por mi parte tu escritura de divorcio y carta de despedida y acta de liberación, para
que te puedas casar con quien quieras.
Todo lo que tenía que hacer el marido era entregar ese papel a su mujer en presencia de dos
testigos, y quedaba divorciada.
Está claro que el punto álgido del asunto estaba en la interpretación de la frase alguna cosa
indecente. En todos los asuntos de ley judía había dos escuelas. Estaba la escuela de Sammay, que
era la más estricta, severa y austera; y estaba la escuela de Hil.lel, que era la escuela liberal, amplia
y generosa. Sammay y su escuela definían alguna cosa indecente como falta de castidad y nada
más. «Aunque una esposa sea tan zascandil como la mujer de Acab -decían-; que si no es por
adulterio no se la puede divorciar.» Para la escuela de Sammay no había más base legal para el
divorcio que el adulterio y la inmoralidad sexual.
Por otra parte, la escuela de Hil.lel definía alguna cosa indecente de la manera más general.
Decían que quería decir que un hombre se podía divorciar de su esposa si le estropeaba la comida
poniendo demasiada sal, o si aparecía en público con la cabeza descubierta, si hablaba con
hombres en la calle, si era alborotadora, si hablaba sin el debido respeto de los padres de su marido
en su presencia, si era metijona o pendenciera. El famoso rabí Aqibá dijo que la frase quería decir si
no le resulta agradable, y que eso le daba derecho a un marido a divorciarse de su mujer si
encontraba otra que le parecía más atractiva.
Siendo como es la naturaleza humana, es fácil suponer cuál de las dos escuelas llegó a tener más
influencia. En el tiempo de Jesucristo el divorcio se había ido haciendo cada vez más fácil hasta tal
punto que las jóvenes no se querían casar, porque el matrimonio era inseguro.
Cuando Jesús dijo esto no estaba hablando como idealista teórico, sino como reformador social
práctico. Trataba de sanar una situación en la que la estructura de la vida familiar se estaba
colapsando, y en la que la moralidad nacional se iba haciendo cada vez más laxa.
EL VÍNCULO QUE NO SE DEBE ROMPER
2. El matrimonio entre los griegos
Mateo 5:31-32 (continuación)
Hemos visto cómo estaba el matrimonio en Palestina en el tiempo de Jesús; pero no pasaría
mucho tiempo antes de que el Cristianismo saliera de Palestina, y es necesario que veamos cómo
estaba el matrimonio en el mundo más amplio al que llegarían las enseñanzas del Cristianismo.
En primer lugar, vamos a ver cómo estaba el matrimonio entre los griegos. Dos cosa viciaban la
situación del matrimonio en el mundo griego.
El gran investigador clásico A. W. Verrall decía que una de las principales enfermedades de las
que murió la civilización antigua era el bajo concepto de las mujeres. Lo primero que arruinó la
situación del matrimonio entre los griegos fue el hecho de que las relaciones extramatrimoniales no
tenían ningún estigma, y hasta eran algo esperado y aceptado. A tales relaciones no se les daba la
menor importancia; eran parte de la rutina de la vida. Demóstenes estableció como práctica
reconocida y aceptada: «Tenemos prostitutas para el placer; concubinas, para la cohabitación diaria,
y esposas, para tener hijos legítimos y una fiel guardiana de los asuntos del hogar.» Posteriormente,
cuando las ideas griegas se habían introducido y habían arruinado la moralidad romana, Cicerón, en
su En defensa de Cecilio, dice « Si hay alguien que piense que hay que negarles a los jóvenes el
amor de las prostitutas, sería extremadamente severo. No puedo negar el principio en que se apoya;
pero estaría en desacuerdo, no sólo con la permisividad de su propia edad, sino también con las
costumbres y con la licencia de nuestros antepasados. ¿Cuándo no se ha hecho así? ¿Cuándo se
ha considerado que era reprobable? ¿Cuándo se negó la licencia? ¿Cuándo no ha sido legal lo que
lo es ahora?» El punto de vista de Cicerón, como había sido el de Demóstenes, era que las
relaciones extramatrimoniales eran perfectamente normales y aceptables.
El punto de vista griego del matrimonio era una tremenda paradoja. La decencia griega exigía que
la mujer respetable viviera en tal estado de aislamiento que ni siquiera podía ir por la calle sola, y
que no tomaba sus comidas en las mismas habitaciones que los hombres. No tomaba la menor parte
en la vida social. Los griegos les exigían a sus mujeres la más absoluta pureza moral, mientras que
para ellos reclamaban la licencia moral más absoluta. Para decirlo claro: los griegos se casaban para
que la mujer se hiciera cargo de la seguridad doméstica, pero se buscaban el placer en otra parte.
Hasta Sócrates decía: «¿Hay alguien a quien le confías cuestiones más serias que a tu mujer, y
alguien con quien hables menos?> A Vero, el colega de Marco Aurelio en el poder imperial, le
echaba en cara su mujer el asociarse con otras mujeres. Su respuesta era que tenía que tener
presente que el nombre de esposa era un título de dignidad, no de placer.
Así pues, en Grecia surgió una situación extraordinaria. El templo de Afrodita de Corinto tenía un
millar de sacerdotisas, que eran en realidad prostitutas religiosas. Bajaban a las calles de Corinto por
las tardes para llevar a cabo su misión, lo que dio origen a un dicho: « No todo el mundo se puede
permitir un viaje a Corinto.» Esta sorprendente alianza de la religión con la prostitución se puede ver
en situaciones tan increíbles como que Solón fuera el primero en permitir la entrada de prostitutas en
Atenas y la construcción de burdeles, con el producto de los cuales se le construyó un templo nuevo
a Afrodita, la diosa del amor. A los griegos no les parecía mal construir un templo con las rentas de la
prostitución.
Pero, totalmente aparte de la práctica de la prostitución corriente, surgió en Grecia una clase
sorprendente de mujeres llamadas las hetaira¡. Eran las queridas de hombres famosos; eran las
mujeres más cultas y mejor situadas en la sociedad de su tiempo; sus hogares no eran nada menos
que salones, y muchos de sus nombres pasaron a la historia compartiendo la fama con la de los
hombres con los que estuvieron asociadas. Thais fue la hetaira de Alejandro Magno, a la muerte del
cual pasó a ser la esposa de Tolomeo y la madre de la familia real egipcia.
Aspasia fue la hetaira de Pericles, probablemente el mayor gobernante y orador de Atenas; y se
dice que fue ella la que le enseñó a Pericles oratoria y le escribía sus discursos. Epicuro, el famoso
filósofo, tuvo a su igualmente famosa Leontion, y Sócrates, a Diotima. Cómo se consideraba a estas
mujeres se puede deducir de la visita que le hizo Sócrates a Theodota, que nos cuenta Jenofonte.
Fue a ver si era tan hermosa como se decía. Le habló con amabilidad; le dijo que le cerrara la puerta
a los insolentes y que cuidara de sus amantes en la enfermedad y se congratulara con sus honores,
y que amara tiernamente a los que le dieran su amor.
De modo que vemos en Grecia todo un sistema basado en relaciones extramatrimoniales; vemos
que esas relaciones se aceptaban y consideraban naturales y normales, y nada vergonzosas; vemos
que esas relaciones podían, de hecho, llegar a ser el factor dominante de la vida de un hombre.
Vemos una situación sorprendente en la que los griegos mantenían a sus esposas absolutamente
recluidas en una pureza obligatoria, mientras ellos se buscaban el placer y hasta el amor en rela-
ciones fuera del matrimonio.
La segunda cosa que viciaba la situación en Grecia era que el divorcio no requería el más mínimo
proceso legal. Todo lo que tenía que hacer el hombre era despedir a su mujer en presencia de dos
testigos. La única cláusula que se le imponía era que tenía que devolver la dote íntegra.
Es fácil ver la increíble novedad que suponía la enseñanza cristiana de la castidad y fidelidad en el
matrimonio en una civilización así.
EL VÍNCULO QUE NO SE DEBE ROMPER
3. El matrimonio entre los romanos
Mateo 5:31-32 (conclusión)
La historia del desarrollo de la situación matrimonial entre los romanos es trágica. Tanto la religión
como la sociedad romanas estaban basadas originalmente en el hogar. La base de la comunidad
romana era la patria potestas, el poder del padre; el padre tenía literalmente poder de vida y muerte
sobre su familia. Un hombre no era nunca mayor de edad mientras viviera su padre. Podía llegar a
ser cónsul; podía llegar a los más altos honores y responsabilidades que el estado pudiera ofrecer;
pero, mientras su padre estuviera vivo, seguía bajo la autoridad de su padre.
Para los romanos, el hogar lo era todo. La matrona romana no estaba recluida como su
equivalente en Grecia. Tomaba parte en la vida totalmente. «El matrimonio -decía el jurista latino
Modestino es una comunidad de por vida de todos los derechos divinos y humanos.» Desde luego,
había prostitutas; pero se las despreciaba, y el asociarse con ellas era vergonzoso. Hubo, por
ejemplo, un magistrado romano al que asaltaron en una casa de mala fama, y que se negó a
denunciar el caso o a llevarlo a los tribunales, porque habría tenido que confesar que había estado
en tal sitio. El nivel de la moralidad romana era tan alto que, durante los primeros quinientos años del
estado romano no hubo ni un solo caso de divorcio que se tramitara. El primer hombre que se
divorció de su mujer fue Spurius Carvilius Ruga, el año 234 a.C., y lo hizo porque ella era estéril, y él
quería tener hijos.
Entonces llegaron los griegos. En el sentido militar e imperial, Roma conquistó a Grecia; pero en
el sentido moral y social, Grecia conquistó a Roma. Para el siglo II a.C., la moralidad griega había
empezado a infiltrarse en Roma, y el declive fue catastrófico. El divorcio llegó a ser tan comente
como el matrimonio. Séneca habla de mujeres que se casaban para divorciarse, y que se
divorciaban para casarse. Dice que había mujeres que contaban los años, no por los nombres de los
cónsules, sino por los de sus maridos. Juvenal escribe: «¿Le basta con un marido a Iberina? ¡Antes
la convencerías que se conformara con no tener más que un ojo!» Cita el caso de una mujer que
tuvo ocho maridos en cinco años. Marcial cita el caso de una mujer que había tenido diez maridos.
Un orador romano, Metillus Numidicus, dio una conferencia extraordinaria: « Si se pudiera amar sin
tener esposa, romanos, nos libraríamos de los problemas; pero, como es la ley de la naturaleza que
no se pueda vivir tranquilo con ellas ni sin ellas, debemos responsabilizarnos de la continuidad de la
raza más bien que de nuestra propia tranquilidad.» El matrimonio había llegado a ser una necesidad
desagradable. Había un chiste romano cínico: « El matrimonio no nos da nada más que dos días
buenos: el día que el marido la estrecha por primera vez contra su pecho, y el día que la coloca en la
tumba.»
Hasta tal punto llegaron las cosas que fue necesario subirles los impuestos a los solteros y
prohibirles hacerse cargo de herencias. Se concedían privilegios especiales a los que tuvieran hijos
-porque los hijos se consideraban una desgracia. Hasta se manipulaban las mismas leyes para
intentar rescatar la institución necesaria del matrimonio.
Ahí estaba la tragedia romana, lo que llamaba Lecky « la eclosión de una depravación
ingobernable y casi frenética que siguió al contacto con Grecia.» De nuevo nos resulta fácil ver con
qué alucinación tiene que haber oído el mundo antiguo las exigencias de la castidad cristiana.
Dejaremos la presentación del ideal cristiano del matrimonio para cuando lleguemos a Mateo 19:
3-9. De momento baste notar que con el Cristianismo había venido al mundo un ideal de castidad
con el que la humanidad no había ni soñado.
LA PALABRA ES UNA PRENDA
Mateo 5:33-37
Además habéis oído que se les dijo a los de la antigüedad: «No hagas un juramento en falso,
sino cumple tus juramentos al Señor.» Pero Yo os digo: No juréis nunca, ni por el Cielo porque
es el Trono de Dios-, ni por la Tierra porque es el estrado de Sus pies-, ni por Jerusalén porque
es la ciudad del Gran Rey-, ni por tu cabeza -¡porque no puedes hacer ni que un pelo tuyo sea
negro o blanco! Cuando dices Sí, que sea sí; y cuando dices No, que sea no. Todo lo que se le
añada a eso tiene su raíz en el mal.
Una de las cosas que nos extrañan en el Sermón del Monte es el número de ocasiones en que
Jesús les recuerda a los judíos cosas que ya sabían. Sus maestros ya les habían insistido en la
obligación suprema de decir la verdad. « El mundo se mantiene en pie sobre tres cosas: la justicia, la
verdad y la paz.» «Cuatro tipos de personas son excluidas de la presencia de Dios: el burlón, el
hipócrita, el mentiroso y el divulgador de calumnias.» « El que ha dado su palabra y luego cambia es
tan malo como el idólatra.» La escuela de Sammay estaba tan casada con la verdad que prohibía los
cumplimientos -«cumplo y miento», que decía don Juan Fliedner de la sociedad; como, por ejemplo,
el decirle a la novia que estaba encantadora cuando la verdad era que estaba corriente, si acaso.
Los maestros judíos insistían todavía más en la verdad si se había reforzado con un juramento.
Este principio se establece repetidamente en el Nuevo Testamento. El mandamiento decía: «No
pronunciarás el nombre del Señor tu Dios en vano; porque el Señor no dará por inocente al que
pronuncie Su nombre en vano» (Éxodo 20:7). Ese mandamiento no se refiere exclusiva ni
necesariamente a las blasfemias, sino a jurar que una cosa es verdad cuando no lo es, o cuando se
hace algún juramento en falso. (Jurar es < Afirmar o negar una cosa, poniendo por testigo a Dios, o
en sí mismo o en sus criaturas», según el primer sentido que recoge el D.R.A.E.). «Cuando alguien
haga un voto al Señor, o haga un juramento ligando su alma con alguna obligación, no quebrantará
su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca» (Números 30:2). «Cuando hagas voto al
Señor tu Dios, no tardes en pagarlo, porque ciertamente te lo demandará el Señor tu Dios, y car-
garías con un pecado» (Deuteronomio 23:21).
Pero en tiempos de Jesús había dos cosas reprobables sobre los juramentos.
La primera era lo que podríamos llamar los juramentos frívolos, el tomar o hacer juramento
cuando no era necesario ni adecuado. Se había hecho muy corriente el empezar una aseveración
diciendo: « ¡Por mi vida!», o « ¡Por mi cabeza!», o «¡Que no vea yo el consuelo de Israel si...!» Los
rabinos establecían que el usar cualquier fórmula de juramento en una simple aserción era pecado.
«El sí de los justos es sí --decUi-- y su no es no.»
Es necesario hacer aquí una seria advertencia, y más aún a los hispanohablantes. Demasiado a
menudo se usa un lenguaje de lo más sagrado sin la menor necesidad ni sentido. Se pronuncian
nombres sagrados sin el menor sentido ni relevancia. Los nombres sagrados deben reservarse para
temas sagrados.
La segunda costumbre judía era, en cierto sentido, todavía peor. Se podrían llamar juramentos
evasivos. Los judíos dividían los juramentos en dos clases: los que eran absolutamente vinculantes,
y los que no. Cualquier juramento que incluía el nombre de Dios era absolutamente vinculante;
cualquier juramento que se las ingeniaba para evitar en nombre de Dios, no era vinculante. El
resultado era que, si una persona juraba por el nombre de Dios en cualquier forma, estaría obligada
a cumplir su juramento; pero, si hacía un juramento por el Cielo, o por la Tierra, o por Jerusalén, o
por su cabeza, se sentía perfectamente libre para incumplirlo. En consecuencia, se hacían
verdaderas virguerías en este arte de la evasión en los juramentos.
La idea detrás de todo esto era que, si se usaba el nombre de Dios, Dios era parte de la
transacción; mientras que si no se Le nombraba, no tenía nada que ver con el asunto.
El principio que Jesús establece está muy claro. En efecto, lo que Jesús dice es que, lejos de
tener que hacer a Dios parte en ningún asunto, no se Le puede excluir de ninguno. Dios está en
todo. El Cielo es el trono de Dios; la Tierra es el estrado de Sus pies; Jerusalén es la ciudad de Dios;
la cabeza de un hombre no le pertenece a él, sino a Dios; su vida pertenece a Dios; no hay nada en
el mundo que no pertenezca a Dios; y, por tanto, el que se Le nombre con todas las letras o no, no
es esencial; el hecho es que Dios está en todo.
Aquí tenemos una gran verdad eterna. La vida no se puede dividir en compartimientos estancos,
en algunos de los cuales está Dios y en otros no. No puede haber una clase de lenguaje en la
iglesia, y otra en el mercado, en la fábrica o en la oficina. No puede haber un nivel de conducta en la
iglesia y otro en el mundo de los negocios. El hecho es que Dios no necesita que se Le invite a
ciertos departamentos de la vida, y se Le impida la entrada en otros. Está en todo; en toda la vida y
en todas las actividades. No oye sólo lo que Le decimos en la iglesia dirigiéndonos a Él por nombre.
Lo oye todo. No puede haber ciertas expresiones que eviten que esté implicado en una
transacción. Consideraremos sagradas todas las promesas si tenemos presente que siempre se
hacen en Su presencia.
EL FIN DE LOS JURAMENTOS
Mateo 5:33-37 (conclusión)
Este pasaje concluye con el mandamiento de que, cuando uno tenga que decir que sí, debe decir
que sí, y nada más; y cuando tenga que decir que no, que diga que no, y nada más.
El ideal es que una persona no necesite nunca un juramento para reforzar o garantizar la verdad
de lo que diga. Su carácter debería hacer el juramento totalmente innecesario. Su garantía y su
testimonio deberían estar en la clase de persona que es. Sócrates, el gran maestro y orador griego,
decía: «Una persona debe llevar una vida que genere más confianza en ella que la que pueda
producir nunca un juramento.» Clemente de Alejandría insistía en que los cristianos deberían vivir de
tal manera y demostrar tal carácter que a nadie se le ocurriera nunca exigirles un juramento. La
sociedad ideal sería una en la que la palabra de una persona no requiriera nunca un juramento que
garantizara su veracidad, y ninguna promesa suya necesitara un juramento para asegurar su
cumplimiento.
¿Prohíbe entonces esta palabra de Jesús el hacer un juramento en cualquier caso -por ejemplo,
como testigo de un juicio? Ha habido dos clases de personas que se negaban rotundamente a hacer
un juramento. La primera fueron los esenios, una antigua secta judía. Josefo escribe acerca de ellos:
«Son eminentes en su fidelidad, y son ministros de la paz. Lo que quiera que digan es más firme que
un juramento. Evitan el jurar, y lo consideran peor que el perjurio. Porque dicen que el que tiene que
jurar para que se le crea se autocondena.»
La segunda fueron, y todavía son, los cuáqueros, que se niegan a hacer juramentos en ninguna
situación. A lo más que llegaba su fundador George Fox era a usar la palabra bíblica Verily, de
cierto. Escribe: « No he defraudado jamás a ningún hombre o ninguna mujer en todo ese tiempo [que
trabajó en los negocios]. Cuando hacía ese servicio, usaba en mis contratos la palabra Verily, y
todos decían: "Si George Fox dice Verily, no habrá nada que le haga cambiar."»
En la antigüedad, los esenios no hacían un juramento en ninguna circunstancia, y hasta el día de
hoy los cuáqueros hacen lo mismo.
¿Tienen razón en seguir esta línea de conducta? Hubo ocasiones en las que Pablo, por así
decirlo, recurrió al juramento. «Invoco a Dios por testigo sobre mi alma -escribe a los corintios-, que
por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto» (2 Corintios 1:23). «En esto que os
escribo - e scribe a los gálatas-, ¡os aseguro delante de Dios que no miento!» (Gálatas 1:20). En estas
ocasiones, Pablo recurre a un juramento. El mismo Jesús no protestó cuando se Le sometió a
juramento. En Su juicio ante el sumo sacerdote, este Le conjuró por Dios mismo: « ¡Te conjuro por el
Dios viviente -Te increpo con un juramento por Dios mismo- que nos digas si eres Tú el Cristo, el
Hijo de Dios!» (Mateo 26:63). ¿Qué hacer en esa situación?
Veamos la última parte del versículo 37, que dice que se debe contestar sencillamente sí o no,
porque «todo lo que se le añada a eso tiene su raíz en el mal.» ¿Qué quiere decir esto? una de dos
cosas.
(a) Si se le tiene que tomar juramento a una persona, eso proviene del mal que hay en la
humanidad. Si no existiera ese mal, no harían falta tomar juramento. Es decir: el hecho de que sea
necesario a veces hacer que alguien haga un juramento es una prueba del mal que hay en la criatura
humana sin Cristo.
(b) El hecho de que sea necesario tomarle juramento a una persona en algunos casos procede del
hecho de que este es un mundo malo. En un mundo ideal, en un mundo que fuera el Reino de Dios,
no haría falta recurrir a juramentos. Es necesario porque el mundo es malo.
Lo que Jesús está diciendo es: una persona realmente buena no necesita recurrir a juramentos; la
veracidad de sus dichos y la realidad de sus promesas no necesitan más garantía. Pero el hecho de
que los juramentos sean a veces necesarios es prueba de que ni las personas ni el mundo son
buenos.
Así que este dicho de Jesús nos coloca bajo dos obligaciones. La primera es la de ser tales, que
los demás vean en nosotros nuestra bondad transparente y no nos exijan nunca un juramento; y la
segunda es la de hacer que este mundo sea tal que la falsedad y la infidelidad sean tan eliminadas
en él que se pueda abolir la necesidad de juramentos.
LA LEY ANTIGUA
Mateo 5:38-42
Habéis oído lo que se dijo: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero Yo os digo que no os
resistáis al mal; sino, al que te dé una bofetada en la mejilla derecha, ofrécele también la
izquierda; y si alguien quiere obtener sentencia contra ti para quitarte la túnica, dale también la
capa; y si alguien te requisa para que recorras una milla de servicio público, ve con él dos
millas. Dale al que te pida, y no te despistes del que quiera pedirte prestado.
Pocos pasajes del Nuevo Testamento contienen tanta esencia de la ética cristiana como éste.
Aquí tenemos la ética característica de la vida cristiana, y la conducta que debería distinguir a los
cristianos de los que no lo son.
Jesús empieza citando la ley más antigua del mundo -ojo por ojo, y diente por diente. Esa ley se
conoce como la Lex Talionis, y se puede describir como la ley del toma y daca aplicada a las
ofensas. Aparece en el código de leyes más antiguo de los que se conocen, el Código de
Hammurabi, que reinó en Babilonia de 2.285 a 2.242 a.C. El Código de Hammurabi hace una curiosa
distinción entre el caballero y el trabajador: « Si alguien causa la pérdida del ojo de un caballero,
perderá un ojo suyo. Si ha dañado el miembro de un caballero, el miembro suyo correspondiente
será dañado. Si ha sido la causa de que un pobre perdiera un ojo, o quedara con un miembro
dañado, pagará una mina de plata... Si ha causado el que a un hombre que es su igual se le caiga
un diente, se le hará caer uno de los suyos. Si ha hecho que se le caiga a un pobre, pagará un tercio
de una mina de plata.» El principio está claro y es aparentemente sencillo: Si un hombre ha infligido
una injuria a otro, deberá sufrir una injuria igual.
Esa ley llegó a formar parte integrante de la ética del Antiguo Testamento. En él la encontramos
establecida no menos de tres veces: «Pero si le causan otro daño, entonces pagarás vida por vida,
ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por
herida, golpe por golpe» (Éxodo 21:23-25). «El que cause una lesión a su prójimo, según lo hizo, así
le sea hecho: Rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que le haya causado al
otro, igual se hará con él» (Levítico 24:19s). « No lo compadecerás: vida por vida, ojo por ojo, diente
por diente, mano por mano, pie por pie» (Deuteronomio 19:21). Estas leyes se citan a menudo entre
las más sanguinarias, salvajes y despiadadas del Antiguo Testamento; pero antes de empezar a
criticar, deberíamos notar ciertas cosas.
(i) La Lex Talionis, la ley del toma y daca, lejos de ser una ley salvaje y sanguinaria, es de hecho
el principio de la misericordia. Su finalidad original era sin duda la limitación de la venganza. En los
días más primitivos la venganza de sangre era característica de la sociedad tribal. Si un hombre de
una tribu causaba un daño a un hombre de otra tribu, inmediatamente todos los miembros de la tribu
del perjudicado salían a vengarse de todos los miembros de la tribu del que había hecho el daño; y la
venganza deseada no era nunca menos que la muerte. Esta ley limita deliberadamente la venganza.
Establece que solamente el hombre que ha causado el daño debe ser castigado, y su castigo no
debe exceder al equivalente del que él mismo ha causado. Vista en el trasfondo de su situación
histórica, ésta no es una ley sanguinaria, sino misericordiosa.
(ii) Además, ésta no fue nunca una ley que le diera a la persona individual el derecho a vengarse
por sí misma; siempre fue una ley que establecía cómo tenía que estipular el castigo un juez de un
tribunal legal (cp. Deuteronomio 19:18). Esta ley nunca tuvo la finalidad de darle al individuo el
derecho a complacerse ni siquiera en la venganza del toma y daca. Siempre se pretendió que fuera
una guía para un juez en la estipulación del castigo que debía recibir cualquier obra violenta o
injusta.
(iii) Y además, esta ley no se cumplió nunca literalmente, por lo menos en ninguna de las
sociedades semi-civilizadas. Los juristas judíos razonaban acertadamente que el cumplirla
literalmente podría ser de hecho lo contrario de la justicia, porque obviamente podría suponer el
pago de un buen ojo o buen diente con un mal ojo o un mal diente. Y se llegó muy pronto a
compensar el daño causado con dinero; y la ley judía establece meticulosamente en el tratado Baba
Kamma cómo se ha de valorar el daño. Si una persona ha perjudicado a otra, puede haber sido de
una de estas cinco maneras: Con injuria, dolor, tratamiento médico, pérdida de tiempo, e indignidad.
En cuanto a la injuria, el injuriado se considera como un esclavo que se pone a la venta en el
mercado. Su valor antes y después de la injuria se estipula, y el responsable de la injuria tiene que
pagar la diferencia. Había sido responsable de la pérdida de valor de la persona injuriada. En cuanto
a dolor, se estimaba cuánto dinero aceptaría una persona por estar dispuesta a sufrir el dolor de la
injuria infligida, y el responsable de la injuria tenía que pagar esa suma. En cuanto a tratamiento
médico, el causante del mal tenía que pagar todos los gastos del tratamiento médico necesario hasta
que se llegara a una cura total. En cuanto a la pérdida del tiempo, el ofensor tenía que pagar la
compensación por los salarios perdidos mientras el ofendido estuviera incapacitado para trabajar, y
también tenía que pagar compensación si el ofendido había tenido una posición bien pagada, y luego
quedaba, a consecuencia del daño, capacitado solamente para un trabajo menos remunerado. En
cuanto a la indignidad, el ofensor tenía que pagar los daños por la humillación y la indignidad que la
injuria había infligido. En esta práctica legal, el tipo de compensación que establecía la Lex Talionis
es sorprendentemente moderna.
(iv) Y lo más importante de todo: Hay que recordar que la Lex Talionis no es ni mucho menos toda
la ética del Antiguo Testamento. Hay atisbos y hasta esplendores de misericordia en el Antiguo
Testamento. «No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo» (Levítico 19:18). «Si el
que te aborrece tiene hambre, dale de comer pan, y si tiene sed, dale de beber agua» (Proverbios
25:21). < No digas: "Haré con él como el hizo conmigo"» (Proverbios 24:29) «Dé la mejilla al que lo
hiere y sea colmado de afrentas» (Lamentaciones 3:30). Hay abundante misericordia en el Antiguo
Testamento.
Así que la ética antigua se basaba en la ley del toma y daca. Es verdad que esa ley era ya
misericordiosa; es verdad que era una ley para un juez y no para la persona individual; es verdad
que nunca se llevaba a cabo literalmente; es verdad que había acentos de misericordia que se
percibían al mismo tiempo. Pero Jesús obliteró el mismo principio de esa ley, porque la venganza,
por muy controlada y restringida que esté, no tiene lugar en la vida cristiana.
EL FIN DEL RESENTIMIENTO
Y DE LA VENGANZA
Mateo 5:38-42 (continuación)
Así que para el cristiano, Jesús abole la antigua ley de la venganza limitada e introduce el nuevo
espíritu que excluye el resentimiento y la venganza. De ahí pasa a dar tres ejemplos del espíritu
cristiano en acción. El tomarlos con un literalismo crudo y obtuso seria perderse totalmente su
enseñanza. Por tanto, es muy necesario, comprender lo que Jesús está diciendo.
(i) Dice que si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha debes ofrecerle también la otra.
Hay aquí más de lo que parece a simple vista, mucho más que una mera cuestión de bofetadas.
Supongamos que el hombre es diestro, y quiere darle una bofetada al que tiene delante en la
mejilla diestra, ¿cómo lo haría? A menos que haga las contorsiones más complicadas, lo cual
privaría al golpe de toda su fuerza, no puede dar la bofetada más que de una manera: Con el revés
de la mano. Ahora bien, según la ley judía rabínica, el golpear a una persona con el revés de la
mano era doblemente insultante que si se le hubiera dado con el derecho de la mano. Así que, lo
que Jesús está diciendo es: < Aun en el caso de que un hombre te dirija el insulto más calculado y
peor, no debes vengarte de ninguna manera ni guardarle el menor resentimiento.»
No es probable que nos suceda a menudo, ni casi alguna vez, que alguien nos dé una bofetada;
pero una y otra vez la vida nos brinda insultos, grandes o pequeños; Jesús está diciendo aquí que el
verdadero cristiano ha aprendido a no tener resentimiento ni buscar venganza de ningún insulto o
desprecio. A Jesús mismo le llamaban glotón y borracho. Le llamaban amigo de publicanos y de
prostitutas, sugiriendo que era como ellos. A los primeros cristianos los llamaron caníbales e incen-
diarios, y los acusaron de inmoralidad brutal y desvergonzada, porque sus cultos incluían La Fiesta
del Amor. Cuando Shaftesbury asumió la causa de los pobres y de los oprimidos le advirtieron de
que eso querría decir que «se haría impopular con sus amigos y la gente de su propia clase,» y que
«tendría que renunciar a toda esperanza de llegar a ser nunca miembro del parlamento.» Cuando
Wilberforce empezó su cruzada para liberar a los esclavos se divulgaron deliberadamente acusacio-
nes calumniosas de ser un cruel marido, de golpear a su esposa, y de que estaba casado con una
negra.
Una y otra vez en la iglesia alguien se siente ofendido porque no le han invitado a una fiesta, o
han omitido su nombre en el voto de gracias, o no se le dio el puesto o el reconocimiento que
merecía. El verdadero cristiano ya no se acuerda de lo que quiere decir que le insulten; ha aprendido
de su Maestro a aceptar cualquier insulto sin resentimiento, y sin buscar jamás la venganza.
(ii) Jesús pasa a decir que si alguien trata de quitarnos la túnica en un juicio, no sólo debemos
permitírselo sino ofrecerle también la capa. Aquí también hay mucho más de lo que aparece a simple
vista.
La túnica, jitón, era la camisa larga interior que se hacía de algodón o de lino. Hasta el más pobre
tendría una muda de túnicas. La capa era la pieza de ropa exterior grande, de abrigo que uno se
ponía encima de la túnica, y que usaba como manta por la noche. De ésta no tenía un judío
corrientemente más que una. Ahora bien, decía expresamente la ley judía que la túnica de un
hombre se le podía retener en prenda, pero no la capa: «Si tomas en prenda el vestido (capa) de tu
prójimo, a la puesta del sol se lo devolverás, porque sólo eso es su abrigo, el vestido para cubrir su
cuerpo. ¿Con qué dormirá?» (Éxodo 22:26s). El detalle es que no era legal retenerle a una persona
la capa permanentemente.
Así que, lo que Jesús está diciendo es que: « El cristiano no insiste nunca en sus derechos; nunca
discute sus derechos legales; no considera que tiene derechos legales en absoluto.» Hay personas
que no hacen más que insistir en sus derechos, que se aferran a sus privilegios y no se los dejarán
arrebatar, que irán a los tribunales militantemente antes que sufrir lo que consideren la más ligera
infracción de ellos. Las iglesias están trágicamente llenas de personas así: encargados cuyo territorio
ha sido invadido, o a los que no se ha asignado el lugar merecido; de juntas que realizan su
cometido con el reglamento siempre encima de la mesa, no sea que se le invadan a alguien sus
derechos. Esas personas no han ni siquiera empezado a ver lo que es el Cristianismo. El cristiano no
piensa en sus derechos sino en sus deberes; no en sus privilegios, sino en sus responsabilidades. El
cristiano es una persona que ha olvidado si tiene derechos o no; y el que lucha hasta la muerte legal
por sus derechos, dentro o fuera de la iglesia, está lejos del camino cristiano.
(iii) Jesús pasa entonces a hablar de que le obliguen a uno a ir una milla; y dice que en tal caso, el
cristiano debe estar dispuesto a ir dos millas.
Aquí tenemos una escena que se refiere a un país ocupado. La palabra que se usa para obligar
es el verbo angareuein, que es una palabra con historia. Se deriva del nombre angareus, que era la
palabra persa para un correo. Los persas desarrollaron un sistema postal maravilloso. Todas las
carreteras estaban divididas en etapas a recorrer en un día. En cada etapa había comida para el
correo y agua y pienso para los caballos, y caballos de repuesto. Pero, si algo faltaba por lo que
fuera, se podía requisar a cualquier persona, obligándola a dar comida, alojamiento, caballos, ayuda,
y hasta a llevar él mismo el mensaje una etapa. La palabra que indicaba esa obligación era
angareuein.
Por último esta palabra acabó por usarse para cualquier clase de requisa obligatoria para
cualquier servicio en un país ocupado. En tal situación se podía obligar a los ciudadanos a que
proveyeran alimentos, o alojamiento, o llevaran el equipaje. Algunas veces el poder imponía su
derecho de requisa de la manera más tiránica y desconsiderada. Este peligro siempre pendía sobre
las cabezas de los ciudadanos. Palestina era un país ocupado. En cualquier momento un soldado
romano podía darle un golpe en el hombro con lo plano de la espada, y ya sabía el ciudadano que
estaba obligado a servirle, hasta de la manera más vulgar. Eso fue lo que le pasó a Simón de Cirene
cuando le obligaron (angareuein) a llevar la cruz de Jesús.
Así que, lo que Jesús esta diciendo es: «Suponte que tus amos se te presentan y te obligan a
actuar de guía o de mozo una milla. No la recorras con un resentimiento amargo y obvio. Está
dispuesto a ir dos millas con buena disposición y gracia.» Lo que Jesús está diciendo es: « No estés
siempre pensando en tu libertad para hacer lo que te dé la gana; piensa siempre en tu deber y en tu
privilegio de ser útil a otros. Cuando se te imponga una tarea, aunque sea injusta y odiosa, no la
cumplas de mala gana y con resentimiento; sino como un servicio que se presta de buena gana.»
Hay dos maneras de hacer las cosas. Se puede hacer el mínimo irreductible, y ni una pizca más;
se puede hacer de forma que quede bien claro que le asquea el asunto; puede hacerlo con el
mínimo de eficacia, y nada más. O se puede hacer con una sonrisa, con simpática cortesía; con el
propósito, no sólo de hacer lo que sea, sino de hacerlo bien y con agrado. Puede hacerse, no sólo
tan bien como se debe, sino mucho mejor de lo que nadie tenga derecho a esperar de uno. El
obrero incompetente, el subordinado resentido, el ayudante obligado, no han empezado ni a hacerse
idea de lo que es la vida cristiana. Al cristiano no le corresponde hacer las cosas como quiera, sino
simplemente ayudar, aunque la demanda de ayuda sea descortés, irrazonable y tiránica.
Así es que, en este pasaje, bajo la guisa de cuadros orientales gráficos, Jesús establece tres
grandes reglas: El cristiano no debe tener resentimiento ni buscar revancha por un insulto, por muy
calculado y humillante que sea; el cristiano no debe regirse por sus derechos legales u otros que
crea poseer; el cristiano no debe reclamar su derecho a hacer lo que le dé la gana, sino saber que su
deber es siempre ser de ayuda. La cuestión es: ¿Cómo se consigue eso?
EL DAR GENEROSO
Mateo 5:38-42 (conclusión)
Por último, Jesús nos demanda dar a todo el que nos pida, y no evadirnos del que quiera que le
prestemos algo. En su cima, la ley judía del dar era encantadora. Se basaba en Deuteronomio
15:7-I1:
Cuando haya algún pobre entre tus hermanos en alguna de las ciudades de la tierra que el
Señor tu Dios te da, no le endurezcas tu corazón ni le cierres la mano a tu hermano pobre, sino
ábresela liberalmente y préstale lo que realmente necesite. Guárdate de albergar en tu corazón
este pensamiento perverso: «Está próximo el séptimo año, que es el de la remisión, » para
mirar con malos ojos a tu hermano pobre y no darle nada; pues él podría clamar contra ti al
Señor, y se te imputaría como un pecado. Sin falta le darás, y no serás de mezquino corazón
cuando le des, porque por ello te bendecirá el Señor tu Dios en todas tus obras y en todo lo que
emprendas. Pues nunca faltarán pobres en medio de la tierra; por eso te mando: ¡Ábrele tu
mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso de tu tierra!
El detalle del séptimo año es que cada siete años se cancelaban todas las deudas, y el que fuera
tacaño y mezquino podría rehusar prestar nada cuando estaba cerca ese año, por si se le cancelaba
la deuda y se quedaba sin lo que hubiera prestado.
Era en ese pasaje en el que se basaba la ley judía sobre el dar. Los rabinos establecieron cinco
principios que debían gobernar el dar.
(i) No se le puede negar a nadie. «Ten cuidado de no rehusar la caridad, porque a todos los que la
rehúsan se los pone en la misma categoría que a los idólatras.» Si una persona se negaba a dar,
podría llegar el día que tuviera que pedir limosna, y tal vez de las mismas personas a las que les
había negado su ayuda.
(ii) Lo que se da debe corresponder a la persona a la que se le da. La ley del Deuteronomio había
dicho que hay que darle a la persona lo que necesite. Es decir, que no se le debe dar lo
imprescindible para seguir viviendo, sino lo necesario para retener al menos algo del nivel y
comodidad que tuvo un día. Así, se dice que Hill.lel arregló las cosas para que al hijo de una familia
noble que había venido a menos se le diera, no simplemente lo necesario para que no se muriera de
hambre, sino, además, un caballo para cabalgar y un esclavo para que corriera delante de él; y una
vez, cuando no había ningún esclavo disponible, Hil.lel mismo actuó como su esclavo y fue corriendo
delante de él. Hay mucho de generosidad y de encanto en la idea de que el dar no debe ser
exclusivamente para sobrellevar la pobreza, sino también para aliviar la humillación que conlleva.
(iii) El dar se ha de llevar a cabo privada y secretamente. Nadie tiene que estar presente. Los
rabinos hasta llegaron a decir que, en la clase más elevada de dar, el que da no debe saber a quién
da, y el que recibe no debe saber de quién lo recibe. Había un cierto lugar en el templo al que iba la
gente en secreto para hacer sus ofrendas; y esas ofrendas secretas se usaban en secreto para
ayudar a los miembros empobrecidos de familias que habían sido nobles, y para proveer a las hijas
de esas familias empobrecidas las dotes sin las cuales no se podrían casar. Los mejores judíos
habrían despreciado el dar que se hiciera por prestigio, publicidad o autoglorificación.
(iv) La manera de dar debe estar en consonancia con el carácter y el temperamento del que lo
recibe. La regla era que si una persona tenía medios, pero era demasiado tacaña para usarlos, se le
debía hacer una donación, pero luego reclamarla de su estado como un préstamo. Pero si la
persona era demasiado orgullosa para pedir ayuda, rabí Ismael sugería que el dador debería
dirigirse a ella y decirle: «Hijo mío, a lo mejor necesitas un préstamo.» Así se respetaba su dignidad;
pero luego no se le reclamaba el préstamo, porque en realidad había sido un regalo. Se llegaba
hasta a establecer que, si una persona era incapaz de responder. a una petición de ayuda, su
misma negativa debía ser tal que mostrara que, si no podía dar otra cosa, por lo menos contribuía
con su simpatía. Hasta una negativa había de hacerse de tal manera que ayudara y no ofendiera. El
dar había de llevarse a cabo de forma que la manera como se hiciera ayudara tanto como la
aportación.
(v) El dar era al mismo tiempo un privilegio y una obligación, porque en realidad era a Dios a
Quien en realidad se daba. El darle alguna ayuda a una persona necesitada era algo que uno tal
vez no escogía hacer, sino algo que debía hacer; porque, si se negaba, Se lo estaba negando
realmente a Dios. « A1 Señor presta el que da al pobre; el bien que ha hecho, se lo devolverá»
(Proverbios 19:17). « A todo aquel que tiene misericordia de otras personas se le muestra
misericordia desde el Cielo; pero al que no tiene misericordia de los demás, no se le muestra
misericordia desde el Cielo.» A los rabinos les encantaba indicar que la misericordia era una de las
pocas cosas a las que la Ley no les ponía límite.
¿Quiere esto decir que Jesús impuso a los hombres solamente lo que podría llamarse un dar
indiscriminado? No se puede dar una respuesta sin matizaciones. Está claro que el efecto del dar en
el que recibe debe tenerse en consideración. El dar nunca debe ser tal que le anime a la persona
que lo recibe a la pereza o a la irresponsabilidad, porque entonces sería sólo perjudicial. Pero, al
mismo tiempo, hay que recordar que muchas personas que dicen que no darán nada más que a
través de canales oficiales, y que se niegan a ayudar directamente en casos personales, están en
realidad frecuentemente haciendo una excusa para no dar, y están suprimiendo completamente el
elemento personal en el dar. Y hay que tener presente también que es mejor ayudar a una veintena
de pedigüeños fraudulentos que correr el riesgo de rechazar a uno que esté verdaderamente
necesitado.
EL AMOR CRISTIANO
1. Su significado
Mateo 5:43-48
Habéis oído que se ha dicho: Ama a tu prójimo, y odia a tu enemigo; pero Yo os digo: Amad
a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen, para que lleguéis a ser los hijos de
vuestro Padre Que está en el Cielo; porque Él hace que Su sol salga sobre malos y buenos, y
les manda la lluvia a los justos y a los injustos. Si no amáis más que a los que os aman, ¿qué
recompensa podéis esperar? ¿Es que no hacen eso hasta los publicanos? Si no saludáis más
que a vuestros hermanos, ¿qué tiene eso de extraordinario? ¿Es que no lo hacen hasta los
gentiles? Así que debéis ser perfectos hasta como lo es vuestro Padre celestial.
El investigador judo C. G. Montefiore llama a ésta «la sección central y más famosa» del Sermón
del Monte. Es indudablemente cierto que no hay ningún otro pasaje en el Nuevo Testamento que
contenga una expresión tan concentrada de la ética cristiana de las relaciones personales. Para
cualquier persona normal, este pasaje describe el Cristianismo esencial en acción, y hasta la
persona que no pisa jamás el umbral de la iglesia sabe que Jesús dijo estas cosas, y muy a menudo
condena a los cristianos profesantes por quedarse muy cortos en el cumplimiento de sus demandas.
Cuando estudiamos este pasaje, debemos en primer lugar tratar de descubrir lo que Jesús estaba
realmente diciendo, y lo que demandaba de Sus seguidores. Si vamos a tratar de vivirlo de veras,
obviamente debemos antes de nada estar completamente seguros de lo que se nos pide. ¿Qué
quiere decir Jesús con amar a nuestros enemigos?.
El griego es una lengua rica en sinónimos; sus palabras tienen a menudo matices que no posee el
español. En griego hay cuatro palabras diferentes para amor.
(i) Está el nombre storgué, con el verbo correspondiente storguein. Estas palabras son las más
características de la familia amor. Son las que describen el amor de los padres a los hijos, y de los
hijos a los padres. « Un hijo -decía Platónama (storguein) y es amado por los que le trajeron al
mundo.» «Dulce es un padre a sus hijos -decía Filemón- si les tiene amor (storgue).» Estas palabras
describen el afecto familiar.
(ii) Está el nombre erós, con el verbo correspondiente eran. Estas palabras describen el amor
entre un hombre y una mujer; siempre conlleva pasión y es siempre amor sexual. Sófocles describía
erós como «un anhelo terrible.» En estas palabras no hay nada esencialmente malo; simplemente
describen la pasión del amor humano; pero, con el paso del tiempo empezaron a ensuciarse con la
idea de la concupiscencia, y no aparecen nunca en el Nuevo Testamento.
(iii) Está filía, con el verbo correspondiente filein. Éstas son las palabras griegas más cálidas y
mejores para el amor.
Describen el amor verdadero, el verdadero afecto. Hoi filuntes, el participio de presente, es la palabra
que describe a los amigos más auténticos e íntimos de una persona. Es la palabra que se usa en el
famoso dicho de Menandro: «El que los dioses aman, muere joven.» Filein puede querer decir
acariciar o besar. Es la palabra que indica la clase más sublime de amor, el afecto cálido y tierno.
(iv) Está agapé, con el verbo correspondiente agapan. Estas palabras indican una benevolencia
inconquistable, una buena voluntad invencible. (Agapé es la palabra que se usa aquí). Si miramos a
una persona con agapé, esto quiere decir que no importa lo que esa persona nos haga, o cómo nos
trate; no importa que nos insulte o injurie u ofenda: No dejaremos que nos invada el corazón ninguna
amargura contra ella, sino la seguiremos mirando con esa benevolencia inconquistable y esa buena
voluntad que no procurará sino su bien supremo. De aquí surgen algunas cosas.
(i) Jesús no nos ha pedido nunca que amemos a nuestros enemigos de la misma manera que
amamos a nuestros íntimos y próximos. La misma palabra es ya diferente; amar a nuestros
enemigos de la misma manera que amamos a nuestra familia no sería posible ni justo. Ésta es una
clase de amor diferente.
(ii) ¿Dónde está la diferencia? En el caso de nuestros familiares, no podemos evitar amarlos.
Hablamos de enamorarnos; es algo que nos sucede sin buscarlo; es algo que nace de las
emociones del corazón. Pero en el caso de nuestros enemigos, el amor no es algo solamente del
corazón; es también algo de la voluntad. No es algo que no podemos evitar; es algo que tenemos
que estimularnos a hacer. Es, de hecho, una victoria sobre lo que le sucede instintivamente al
hombre natural.
Agapé no quiere decir un sentimiento del corazón, que no podemos evitar, y que nos sucede sin
quererlo ni buscarlo; quiere decir una decisión de la mente mediante la cual conseguimos esta
inconquistable buena voluntad aun para los que nos hacen daño u ofenden. Agapé, ha dicho alguien,
es el poder para amar a los que no nos gustan y a los que no gustamos. De hecho, sólo podemos
tener agapé cuando Jesucristo nos permite conquistar nuestra tendencia natural a la ira y al re-
sentimiento, y lograr esta buena voluntad invencible para con todo el mundo.
(iii) Es totalmente obvio que lo que no quiere decir agapé, el amor cristiano, es que dejemos a la
gente hacer absolutamente lo que les dé la gana, sin nuestra más mínima intervención. Nadie diría
que un padre ama de veras a su hijo si le deja hacer y vivir como le dé la gana. Si miramos a una
persona con una invencible buena voluntad, a menudo esto querrá decir que tenemos que castigarla,
reprimirla, disciplinarla y protegerla contra sí misma. Pero también querrá decir que no la castiga-
remos para satisfacer nuestro deseo de venganza, sino para que se realice como persona. Querrá
decir que toda disciplina y todo castigo cristiano debe proponerse, no la venganza, sino la cura. El
castigo no debe ser nunca meramente retributivo; tiene que ser curativo.
(iv) Hay que notar que Jesús estableció este amor como la base para las relaciones personales.
La gente usa este pasaje como una base para el pacifismo y como un texto en relación con las
relaciones internacionales. Por supuesto que lo incluye todo, pero lo primero y principal es que se
refiere a nuestras relaciones personales con nuestra familia y con nuestros vecinos y con las
personas que encontramos en nuestra vida diaria. Es mucho más fácil ir por ahí declarando que no
debería haber tal cosa como guerra entre las naciones, que vivir una vida en la que nunca
permitamos que las desavenencias invadan nuestras relaciones con los que tratamos a diario. En
primer lugar y principalmente, este mandamiento de Jesús se refiere a nuestras relaciones
personales. Es un mandamiento del que tenemos que decir en primer lugar y principalmente: «Esto
va por mí.»
(v) Debemos notar que este mandamiento es sólo posible para un cristiano. Sólo la gracia de
Jesucristo puede capacitar a una persona para tener esta inconquistable benevolencia y esta buena
voluntad invencible en sus relaciones personales con otros. Sólo cuando Cristo vive en nuestros
corazones llega a morir la amargura y brota este amor a la vida. Se dice a menudo que este mundo
sería perfecto con que sólo la gente viviera según los principios del Sermón del Monte; pero el hecho
escueto es que nadie puede ni empezar a vivir según estos principios sin la ayuda de Jesucristo.
Necesitamos a Cristo para que nos capacite para obedecer el mandamiento de Cristo.
(vi) Finalmente -y esto puede que sea lo más importante de todo- debemos notar que este
mandamiento no solamente no implica dejar que la gente haga lo que quiera con nosotros; también
implica que nosotros debemos hacer algo por ellos. Se nos manda orar por ellos. Nadie puede orar
por otra persona y seguir odiándola. Cuando se presenta ante Dios con la otra persona que tiene la
tentación de odiar, algo sucede. No podemos seguir odiando a nadie en la presencia de Dios. La
manera más eficaz de acabar con la amargura es orar por la persona que estamos tentados a odiar.
EL AMOR CRISTIANO
2. Su razón de ser
Mateo 5:43-48 (conclusión)
Ya hemos visto lo que quería decir Jesús cuando nos mandó tener este amor cristiano; y ahora
debemos pasar a ver por qué nos demandó que debíamos tenerlo. ¿Por qué, entonces, demanda
Jesús que una persona tenga este amor, esta benevolencia inconquistable y esta buena voluntad
invencible? La razón es muy sencilla y tremenda: Es que ese amor hace que la persona se parezca
a Dios.
Jesús señalaba la acción de Dios en el mundo, que es la de la benevolencia inconquistable. Dios
hace que Su sol salga sobre los buenos y sobre los malos; envía Su lluvia sobre los justos y los
injustos. Rabí Yoshua ben Nehemiah solía decir: «¿Te has fijado que la lluvia caiga en el campo de
A, que es justo, y no en el campo de B, que es injusto? ¿O que el sol salga y brille sobre Israel, que
justo, y no sobre los gentiles, que son malvados? Dios ,hace que Su sol brille tanto sobre Israel como
sobre las naciones, porque el Señor es bueno con todos.» Hasta a este rabino judío le conmovía e
impresionaba la prístina benevolencia de Dios, lo mismo con los santos que con los pecadores.
Hay una leyenda rabínica que cuenta la destrucción de los egipcios en el Mar rojo. Cuando las
aguas los cubrieron, así dice la historia, los ángeles iniciaron un himno de alabanza; pero Dios dijo
tristemente: « La obra de Mis manos está sepultada en el mar, ¿y vosotros queréis cantar delante de
Mí?» El amor de Dios es tal que no puede complacerse nunca por la destrucción de ninguna de las
criaturas que han formado Sus manos. El salmista decía: «Los ojos de todos esperan en Ti, y Tú les
das su comida a su tiempo. Abres Tu mano y colmas de bendición a todo ser viviente» (Salmo
145:15s). En Dios hay esta benevolencia universal hasta para con los que han quebrantado Sus
leyes y Su corazón.
Jesús dice que debemos tener este amor para llegar a ser «hijos de nuestro Padre que está en el
cielo.» El hebreo no es rico en adjetivos; por esa razón usa muchas veces hijo de... con un nombre
abstracto donde nosotros usaríamos un adjetivo. Por ejemplo: un hijo de paz es una persona
pacífica; un hijo de consolación es un hombre consolador. Así que un hijo de Dios es un hombre que
se parece a Dios. La razón por la que debemos tener esta benevolencia y buena voluntad inconquis-
table es que Dios las tiene; y, si las tenemos llegamos a ser nada menos que hijos de Dios,
personas que se parecen a Dios.
Aquí tenemos la clave de una de las frases más difíciles del Nuevo Testamento: La frase con que
termina este pasaje. Jesús dijo: «Por tanto, tenéis que ser perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto.» A primera vista, esto suena como un mandamiento que no es posible que se refiera a
nosotros. No hay nadie que considere que podemos ni acercarnos a la perfección de Dios.
La palabra griega para perfecto es teleios. Esta palabra se usa a menudo en griego en un sentido
muy especial. No tiene nada que ver con lo que podríamos llamar perfección abstracta o metafísica.
Una víctima que es apta para el sacrificio a Dios, que no tiene defecto, es teleios. Un hombre que ha
alcanzado su plena estatura es teleios en contraposición a un chico que está creciendo. Un
estudiante que ha alcanzado un conocimiento maduro de su asignatura es teleios en oposición a otro
que no ha hecho más que empezar y que todavía no ha captado suficientemente las ideas.
Para decirlo de otra manera: La idea griega de la perfección es funcional. Una cosa es perfecta si
cumple plenamente el propósito para el que fue pensada, diseñada, y hecha. De hecho, ese sentido
se implica en los derivados de esta palabra. Teleios es el adjetivo que se forma del nombre telos.
Telos quiere decir fin, propósito, objetivo, meta. Una cosa es teleios, si cumple el propósito para el
que fue planificada; una persona es perfecta si cumple el propósito para el cual fue creada.
Tomemos una analogía muy sencilla. Supongamos que tenemos un tornillo suelto en casa y
queremos ajustarlo. Echamos mano de un destornillador, y vemos que se ajusta perfectamente a la
mano y a la cabeza del tornillo. No es ni demasiado grande ni demasiado pequeño, ni demasiado
áspero ni demasiado suave. Lo ajustamos a la muesca del tornillo, y nos damos cuenta de que
encaja perfectamente. Le damos las vueltas necesarias y el tornillo queda fijo. En el sentido griego, y
especialmente en el del Nuevo Testamento, ese destornillador es teleios, porque cumple
perfectamente el propósito para el que lo necesitábamos.
Así pues, una persona es teleios si cumple el propósito para el que fue creada. ¿Con qué
propósito fue creada la persona humana? La Biblia no nos deja en la menor duda en esto. En la
antigua historia de la creación hallamos a Dios diciendo:
«Hagamos al hombrea Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza» (Génesis 1:26). El hombre
fue creado para parecerse a Dios. La característica de Dios es esta benevolencia universal, esta
inconquistable buena voluntad, este constante buscar el bien supremo de cada criatura. La gran
característica de Dios es Su amor al santo y al pecador por igual. No importa lo que los hombre Le
hagan: Dios no busca nada más que su bien supremo. Eso es lo que ve en Jesús.
Cuando se reproduce en la 'da de una persona la benevolencia incansable, perdonadora,
sacrificial de Dios, esa persona se parece a Dios, y es por tanto perfecta en el sentido de la palabra
en el Nuevo Testamento. Para decirlo de una manera todavía más sencilla: La persona que se
interese más por los demás será la persona más perfecta.
La enseñanza de la Biblia es unánime en decir que realizamos nuestra humanidad solamente
pareciéndonos a Dios. Lo único que nos hace semejantes a Dios es el amor que nunca deja de
preocuparse por los hombres, le hagan lo que le hagan. Realizamos nuestra humanidad,
alcanzamos la perfección cristiana, cuando aprendemos a perdonar como Dios perdona, y a amar
como Dios ama.
LA MOTIVACIÓN DE LA RECOMPENSA
EN LA VIDA CRISTIANA
Mateo 6:1-18
Cuando estudiamos los versículos iniciales de Mateo 6, nos enfrentamos inmediatamente con una
cuestión de lo más importante: ¿Qué lugar tiene la motivación de la recompensa en la vida cristiana?
Tres veces en esta sección, Jesús dice que Dios recompensa a los que Le han prestado la clase de
servicio que Él desea (Mateo 6:4, 6, 18). Esta cuestión es tan importante que haremos bien en
detenernos a examinarla antes de iniciar nuestro estudio del capítulo en detalle.
Se afirma muy a menudo que la motivación de la recompensa no tiene absolutamente ningún
lugar en la vida cristiana. Se mantiene que debemos ser buenos por ser buenos; que la virtud es su
propia recompensa, y que hay que desterrar de la vida cristiana la misma idea de la recompensa.
Hubo un antiguo santo que solía decir que quería apagar todos los fuegos del infierno con agua, y
abrasar todos los gozos del cielo con fuego, para que la gente buscara la bondad solamente por
amor a la bondad misma, para que la idea de recompensa y castigo fuera eliminada totalmente de la
vida. Algo de esto fue lo que inspiró el gran soneto español:
No me mueve, mi Dios, para quererte el Cielo que me tienes prometido, ni me mueve el
infierno, tan temido, para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en esa Cruz y escarnecido; muéveme
ver Tu cuerpo tan herido, muévenme Tus afrentas y Tu muerte.
Muéveme en fin Tu amor, y en tal manera que aunque no hubiera Cielo yo Te amara, y
aunque no hubiera infierno, Te temiera.
No me tienes que dar porque Te quiera; porque, si lo que espero no esperara, lo mismo
que Te quiero Te quisiera.
Sin duda esta es la expresión de una gran nobleza espiritual. Sin embargo, Jesús no Se retrajo de
hablar de las recompensas de Dios, como ya hemos visto que lo hace por tres veces en este pasaje.
El dar limosna, el hacer oración y el ayunar como es debido, Jesús nos asegura que no quedarán sin
su recompensa correspondiente.
Tampoco es este un ejemplo aislado de la idea de la recompensa en la enseñanza de Jesús. Dice
a los que sufran lealmente la persecución y el insulto sin amargura, que su recompensa será grande
en el Cielo (Mateo 5:12). Dice que el que le dé a uno de Sus pequeñitos un vaso de agua fresca por
cuanto es discípulo, no quedará sin su recompensa (Mateo 10:42). La enseñanza de la Parábola de
los Talentos es, por lo menos en parte, que el servicio fiel recibirá la recompensa correspondiente
(Mateo 25:14-30). En la Parábola del Juicio Final, la enseñanza obvia es que hay recompensa y
castigo para nuestra reacción a las necesidades de nuestros semejantes (Mateo 25:31-46). Está
suficientemente claro que Jesús no dudó de hablar en términos de recompensa y castigo. Y bien
pudiera ser que tendríamos que tener más cuidado con intentar ser más espirituales que el mismo
Jesús en esto de las recompensas. Hay ciertos hechos innegables que no debemos olvidar, y sí
debemos tener en cuenta.
(i) Es una regla indiscutible de la vida que cualquier acción que no produce ningún resultado es
fútil y sin sentido. Una bondad que no tuviera ningún fruto carecería de sentido. Como se ha dicho
muy bien: «A menos que algo sirva para algo, no sirve para nada.» A menos que la vida cristiana
tenga un propósito y una meta que valga la pena obtener, se convierte en un despropósito. El que
cree en el Evangelio y en sus promesas no puede creer que la bondad no tenga resultados más allá
de sí misma.
(ii) El desterrar todas las recompensas y castigos de la vida espiritual sería decir que la injusticia
tiene la última palabra. No se puede mantener razonablemente que el bueno y el malo acaben igual.
Eso sería tanto como decir que a Dios no Le importa si somos buenos o no. Querría decir, para
decirlo crudamente, que no tiene sentido ser bueno, y no habría razón para vivir de una manera en
vez de otra. El eliminar todas las recompensas y los castigos sería tanto como decir que en Dios no
hay ni justicia ni amor.
Las recompensas y los castigos son necesarios para darle sentido a la vida. Si no los hubiera, la
lucha -¡y no se diga el sufrimiento!- por el bien, se los llevaría el viento.
(i) El concepto cristiano de la recompensa
Habiendo llegado hasta aquí con la idea de la recompensa en la vida cristiana, hay ciertas cosas
acerca de ella que debemos tener claras.
(i) Cuando Jesús hablaba de recompensas, definitivamente no estaba pensando en términos de
recompensas materiales. Es indudablemente cierto que, en el Antiguo Testamento, las ideas de
bondad y de prosperidad material están íntimamente relacionadas. Si una persona prosperaba, si
sus campos eran fértiles y sus cosechas abundantes, si tenía muchos hijos y mucha fortuna, eso se
tomaba como una prueba de que era una buena persona.
Ese es precisamente el problema que subyace en el Libro de Job. Job se encuentra en desgracia;
sus amigos vienen a convencerle de que esa desgracia tiene que ser el resultado de su pecado,
acusación que Job niega vehementemente. «Piensa ahora -le dice Elifaz-: ¿quién, siendo inocente,
se ha perdido nunca? ¿Desde cuándo son los rectos los que desaparecen?» (Job 4: 7). « Si fueras
puro y recto -decía Bildad-,seguro que Él velaría por ti, y te recompensaría con una posición justa»
(Job 8: 6). «Porque tú dices: Mi doctrina es ortodoxa, y soy limpio a los ojos de Dios -decía Zofar-.
¡Ojalá que Dios hablara, y te dirigiera la palabra!» (Job 11:4). La misma idea que quería contradecir
el Libro de Job era la de que la bondad y la prosperidad material van siempre de la mano.
«Joven fui, y he envejecido decía el salmista-, y no he visto a ningún justo desamparado, ni a su
descendencia mendigando pan» (Salmo 37:25). «Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra -decía
el salmista-; pero a ti no llegarán. Ciertamente, con tus propios ojos mirarás y verás la retribución de
los impíos. Como has dicho al Señor: ¡Tú eres mi esperanza!, y has hecho que el Altísimo sea tu
residencia permanente, no te sobrevendrá ningún mal, ni ninguna plaga se acercará a tu morada»
(Salmo 91:7-10). Estas son cosas que Jesús no habría dicho. No era la prosperidad material lo que
Jesús prometía a Sus seguidores. De hecho les prometía pruebas y tribulaciones, sufrimiento,
persecución y muerte. Seguro que Jesús no estaba pensando en recompensas materiales.
(ii) Lo segundo que tenemos que recordar es que la recompensa más elevada nunca se le da al que
la está buscando. Si uno está siempre buscando una recompensa, siempre contabilizando lo que
cree haberse ganado y merecer, se perderá la recompensa que busca. Y se la perderá porque ve a
Dios y la vida equivocadamente. El que siempre está calculando su recompensa, piensa en Dios
como un juez, o como un contable, sobre todo piensa en la vicia en términos de ley. Está y
pensando en hacer tanto y ganar tanto. Está pensando en la vida en términos de debe y haber. Está
pensando presentarle a Dios una cuenta, y decirle: «Todo esto he hecho yo. Reclamo mi
recompensa.»
El error básico de este punto de vista es que concibe la vida en términos de ley en vez de amor.
Si amamos profunda y entrañablemente a una persona, con humildad y sin egoísmo, estaremos
completamente seguros de que, aunque le diéramos a esa persona todo el universo, aún estaríamos
en deuda; lo último que se le ocurriría pensar sería que se había ganado una recompensa. Si uno
tiene el punto de vista legal de la vida, puede que no haga más que pensar en la recompensa que se
ha ganado; pero si uno tiene el punto de vista del amor, la idea de la recompensa no se le pasará
nunca por la cabeza.
La gran paradoja de la recompensa cristiana es esta: la persona que anda buscando una
retribución, y que calcula lo que se le debe, no lo recibe; la persona cuya única motivación es la del
amor, y que nunca piensa haber merecido ninguna recompensa, es la que la recibe. Lo curioso es
que la recompensa es al mismo tiempo el subproducto y el %n último de la vida cristiana.
(ü) La recompensa cristiana
Ahora debemos pasar a preguntar: ¿Cuales son las recompensas de la vida cristiana?
(i) Empezaremos señalando una verdad básica y general. Ya hemos visto que Jesucristo no
piensa en términos de recompensa material en absoluto. Las recompensas de la vida cristiana son
recompensas solamente para una persona que tenga mentalidad espiritual. Para una persona de
mentalidad materialista no serían recompensas de ninguna clase. Las recompensas cristianas son
recompensas sólo para los cristianos.
(ii) La primera de las recompensas cristianas es la propia satisfacción. El hacer lo que es debido,
la obediencia a Jesucristo, el seguir Su canino, cualesquiera otras cosas pueda aportar, siempre
produce satisfacción. Bien puede ser que, si una persona hace lo que es debido, y obedece a
Jesucristo, pierda su fortuna y su posición, acabe en la cárcel o en el patíbulo, y no coseche más que
impopularidad, soledad y descrédito; pero todavía poseerá esa íntima satisfacción, que vale más que
todo lo demás. A esto no se le puede poner precio; no se puede evaluar en términos de riqueza
terrenal, pero no hay nada como ello en todo el mundo. Aporta ese contentamiento que es la corona
de la vida.
El poeta George Herbert formaba parte de una pequeña tertulia de amigos que solían reunirse
para tocar juntos instrumentos músicos como una pequeña orquesta. Una vez iba de camino a
reunirse con el grupo, cuando se encontró con un carretero al que se le había atascado la carreta en
el barro de la cuneta. George Herbert dejó a un lado su instrumento y fue a ayudar al hombre. Les
llevó mucho tiempo sacar la carreta, y acabó todo lleno de barro. Cuando llegó a la casa de sus
amigos, ya era demasiado tarde para la música. Les contó lo que le había detenido en el camino.
Uno le dijo: « Te has perdido toda la música.» George Herbert sonrió. « Si -le contestó- pero la
escucharé a media noche.» Tenía la satisfacción de haber hecho algo de acuerdo con Cristo.
Godfrey Winn habla de un hombre que era el mejor cirujano plástico de Inglaterra. Durante la
guerra, dejó su consulta particular que le reportaba diez mil libras esterlinas al año, una gran
cantidad entonces, para dedicar todo su tiempo a remodelar las caras y los cuerpos de aviadores
quemados o mutilados en combate. Godfrey Winn le dijo: «¿Cuál es tu ambición, Mac?» La
respuesta que le llegó de rebote fue: «Quiero ser un buen artesano.» Sus ingresos anuales no eran
nada comparados con la satisfacción de un trabajo desinteresado bien hecho.
Una señora paró una vez a Dale de Birmingham en la calle. «Que Dios le bendiga, doctor Dale»
-4e, dijo. Se negó en redondo a dar su nombre. Sólo le dio las gracias y le bendijo y siguió su
camino. Dale había estado muy deprimido en aquel momento. «Pero -se dijo- la niebla se abrió y me
llegó la luz del sol; respiré el aire libre de las montañas de Dios.» En cuanto a riqueza material, no
tenía un duro más que antes; pero en cuanto a la profunda satisfacción que siente un predicador que
descubre que ha ayudado a alguien, había ganado una riqueza indecible.
La primera recompensa cristiana es la satisfacción que no hay dinero en todo el mundo que pueda
comprar.
(iii) La segunda recompensa de la vida cristiana es más trabajo todavía que hacer. Una paradoja
de la idea cristiana de la recompensa es que una labor bien hecha no trae descanso y comodidad y
facilidades; trae todavía mayores demandas y esfuerzos más intensos. En la Parábola de los
Talentos, la recompensa de los servidores fieles fue una responsabilidad todavía mayor (Mateo
25:14-30). Cuando un maestro tiene un estudiante realmente brillante y capaz, no le exime de
trabajo; le da más trabajo que a ningún otro. Al joven músico brillante se le dan a dominar piezas de
música, no más fáciles, sino más difíciles. A1 jugador que ha hecho un buen papel en el segundo
equipo, no se le pasa al tercero, donde se podría pasear por el partido sin sudar; se le pasa al primer
equipo, donde tiene que poner en juego todo lo que tiene. Los judíos tenían un curioso dicho. Decían
que un maestro sabio tratará al alumno «como a un buey joven al que se le aumenta la carga todos
los días.» La recompensa cristiana es al revés que la del mundo. La recompensa del mundo sería
ponérselo a uno más fácil; la recompensa del cristiano consiste en que Dios le pone sobre los
hombros más cosas que hacer por El y por sus semejantes. Cuanto más duro el trabajo que se nos
dé, mayor debemos considerar que ha sido la recompensa.
(iv) La tercera y última recompensa cristiana es lo que se ha llamado a través de las edades la
visión de Dios. Para una persona mundana, que no Le ha dedicado a Dios ningún pensamiento
nunca, el enfrentarse con Dios es un terror y no un gozo. Si uno sigue su propio camino, alejándose
cada vez más de Dios, la sima entre él y Dios se va haciendo cada vez mayor, hasta que Dios se
convierte en un extraño a Quien se quiere sólo evitar. Pero si una persona ha buscado toda su vida
caminar con Dios, si ha buscado obedecer a su Señor, si la bondad ha sido la búsqueda de todos
sus días, entonces ha estado acercándose más y más a Dios toda la vida, hasta que por fin pasa a la
presencia más íntima de Dios, sin temor y con gozo radiante -y ésa es la mayor recompensa de
todas.
LO CORRECTO POR UN MOTIVO ERRÓNEO
Mateo 6:1
Guardaos de tratar de demostrarles a los demás lo buenos que sois para que os vean. Si lo
hacéis, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial.
Para los judíos, había tres grandes obras cardinales en la vida religiosa, tres grandes pilares
sobre los que se asentaba una vida buena: La limosna, la oración y el ayuno. Jesús no lo habría
discutido ni por un momento; lo que Le desazonaba era que tan a menudo en la vida humana
las cosas más auténticas se hacen por motivos falsos.
Lo que parece extraño es que estas tres grandes buenas obras cardinales se presten tan
fácilmente a los motivos erróneos. Jesús advertía que, cuando estas cosas se hacen con la única
intención de dar gloria al agente, pierden con mucho la parte más importante de su valor. Puede que
una persona dé limosna, no realmente para ayudar a la persona a que se la da, sino simplemente
para demostrar su propia generosidad, y para refocilarse al calorcillo del agradecimiento de alguno y
de la alabanza de muchos. Puede que una persona haga oración de tal manera que su oración no
vaya dirigida realmente a Dios, sino a sus semejantes. El hacer oración era simplemente un intento
de demostrar su piedad excepcional de manera que nadie dejara de darse cuenta. Puede que una
persona ayune, no realmente para el bien de su alma, ni para humillarse delante de Dios, sino
simplemente para mostrarle al mundo lo espléndidamente disciplinada y sacrificada que se es.
Puede que una persona haga buenas obras simplemente para ganarse las alabanzas de la gente,
para aumentar su propio prestigio y para mostrarle al mundo lo buena que es.
Según lo veía Jesús, no hay duda de que esa clase de cosas reciben una cierta clase de
recompensa. Tres veces usa Jesús la frase: < De cierto os digo que ya tienen su recompensa»
(Mateo _6:2, 5, 16). Sería mejor traducirla: «Ya han recibido su paga completa.» La palabra que se
usa en el original es el verbo apejein, que era el término técnico comercial y contable para recibir un
pago en total. Era la palabra que se usaba en los recibos. Por ejemplo, un hombre firma el recibo
que le da a otro: « He recibido (apejó) de ti el pago del alquiler de la almazara.» Un publicano da un
recibo que pone: « He recibido (apejó) de ti el impuesto debido.» Un hombre vende un esclavo y da
un recibo que dice: «He recibido (apejó) el precio total que se me debía.»
Lo que Jesús está diciendo es lo siguiente: « Si das limosna para hacer gala de tu propia
generosidad, recibirás la admiración de la gente -pero eso será todo lo que recibas nunca. Eso será
tu paga en total. Si haces oración de tal manera que despliegas tu piedad a la vista de la gente,
ganarás una reputación de ser una persona extremadamente devota -pero eso será todo lo que
recibas nunca. Si ayunas de tal manera que todo el mundo sepa que estás ayunando, se te conocerá
como una persona extremadamente abstemia y ascética - pero eso será todo lo que recibas nunca.»
Jesús está diciendo: < Si todo lo que te propones es conseguir las recompensas del mundo, no cabe
duda de que las conseguirás -pero no debes esperar las recompensas que sólo Dios puede dar.» Y
sería un tipo lastimosamente miope el que se aferrara a las recompensas del tiempo, y dejara
escapar las de la eternidad.
CÓMO NO DAR
Mateo 6:2-4
Así que, cuando des limosna, no lo proclames a toque de trompeta como hacen los
hipócritas en la sinagoga y por la calle para que los alaben. Os digo la pura verdad: ¡Ya tienen
su paga completa! Pero tú, cuando des limosna, no dejes que se entere tu mano izquierda de
lo que hace tu derecha, para que la limosna sea algo que haces en secreto; y tu Padre, que ve
lo que pasa en secreto, será el que te dé tu recompensa en total.
Para los judíos, el dar limosna era el más sagrado de todos los deberes religiosos. Hasta qué
punto era sagrado se ve por el hecho de que los judíos usaban la misma palabra -tsedaqátanto para
justicia como para limosna. El dar limosna y el ser justo eran una y la misma cosa. El dar limosna era
ganar méritos a la vista de Dios, y era hasta ganar la propiciación y el perdón de pecados pasados.
«Es mejor dar limosna que amontonar oro; la limosna libra de la muerte, y purga todo pecado»
(Tobías 12:8).
La limosna que se le da a un padre no se borrará, y como restitución por pecados arraigará
firmemente.
En el día de la aflicción se tendrá presente en tu crédito. Borrará tus iniquidades como el calor
la escarcha.
(Eclesiástico 3:14s).
Había un dicho rabínico: «Mayor es el que da limosna que el que ofrece todos los sacrificios.» La
limosna está a la cabeza en el catálogo de buenas obras.
Así es que era natural e inevitable el que una persona que quisiera ser buena se concentrara en
dar limosna. La enseñanza más elevada de los rabinos era exactamente la misma que la de Jesús.
También ellos prohibían dar limosna ostentosamente. « El que da limosna en secreto -decían- es
mayor que Moisés.» El dar limosna que salva de la muerte es «cuando el recipiente no sabe de
quién lo recibe, y cuando el dador no sabe a quién lo da.» Hubo un rabino que, cuando quería dar
limosna, dejaba caer monedas a su paso para no ver quién las recogía. « Es mejor decían- no darle
a un mendigo nada, antes que darle algo avergonzándole.» Había una costumbre especialmente
encantadora conectada con el templo de Jerusalén. En el templo había una habitación que se
llamaba La Cámara del Silencio. Los que querían hacer expiación por algún pecado ponían dinero
allí; y personas pobres de buena familia que habían venido a menos en el mundo recibían ayuda de
estas contribuciones.
Pero como en tantas otras cosas, la práctica se quedaba muy por debajo del precepto. Demasiado
a menudo el dador daba de forma que todo el mundo pudiera ver lo que daba, y daba mucho más
para glorificarse a sí mismo que para ayudar a otro. Durante los cultos de la sinagoga se hacían
ofrendas para los pobres, y había algunos que se cuidaban muy bien de que los otros vieran lo que
daban. J. J. Wetstein cita una costumbre oriental de los tiempos antiguos: « En Oriente, el agua es
tan escasa que algunas veces había que comprarla. Cuando una persona quería hacer una buena
obra, y traer bendición sobre su familia, se dirigía al aguador y en voz bien alta le encargaba: "¡Dale
un trago a los sedientos!" El aguador llenaba el pellejo e iba al mercado. "¡Oh, sedientos -gritaba-
venid a beber de gracia!" Y el generoso estaba a su lado y decía: "Bendíceme, porque soy yo el que
te ofrezco este trago."» Esa es precisamente la clase de cosa que Jesús condena. Llama hipócritas a
los que hacen tales cosas. La palabra hypokrités quiere decir actor en griego. Esa clase de gente
son realmente farsantes que hacen su papel para que los aplaudan.
RAZONES PARA DAR
Mateo 6:2-4 (conclusión)
Veamos ahora algunas de las razones que hay detrás del acto de dar.
(i) Puede que uno dé por sentimiento del deber. Puede que dé, no porque quiere dar, sino porque
piensa que es un deber del que uno no se puede evadir. Puede que hasta una persona llegue a
considerar -tal vez inconscientemente- que los pobres están en el mundo para permitirle a él .cumplir
con ese deber y adquirir así méritos a ojos de Dios.
Catherine Carswell, en su autobiografía Lying Awake, cuenta sus años mozos en Glasgow: «Los
pobres, uno podría decir, eran nuestros animales de compañía. Decididamente, siempre estaban con
nosotros. En nuestra arca particular se nos enseñaba a amar, honrar y atender a los pobres.» La
nota clave, como ella misma advertía, era de superioridad y condescendencia. El dar se consideraba
como un deber;, pero a menudo iba acompañado de un sermón que producía un placer cursi al que
lo daba. En aquellos días, Glasgow estaba lleno de borrachos la noche del sábado. Ella escribe:
«Todos los domingos por la tarde, durante años, mi padre hacía la ronda de las celdas de las
estaciones de policía, pagando fianzas de medias coronas para que soltaran a los borrachos del fin
de semana, para que no perdieran el trabajo el lunes por la mañana. Les hacía firmar a cada uno el
compromiso de devolverle la media corona del sueldo de la semana siguiente.» No cabe duda de
que aquello estaba muy bien; pero él le daba un cierto aire de respetabilidad, e incluía un sermón.
Estaba claro que él se sentía de una categoría moral completamente diferente de aquellos a los que
daba. Se dijo de un gran hombre, pero superior: «Con todo lo que da, nunca se da a sí mismo.»
Cuando se da, como si dijéramos, desde un pedestal; cuando se da siempre con un cierto cálculo;
cuando se da por sentimiento del deber -hasta por un sentimiento cristiano del deber-, se puede ser
generoso con las cosas, pero lo único que uno no da nunca es a sí mismo, y por tanto ese tipo de
dar es incompleto.
(ii) Puede que uno dé por razones de prestigio. Puede que dé para recibir la gloria de dar. Lo más
probable es que si nadie lo supiera, o si no se le diera ninguna publicidad, no daría nada. Si no se le
dan las gracias y se le reconoce y alaba y honra, se da por ofendido. Da, no para la gloria de Dios ,
sino para la suya propia. Da, no exclusivamente para Dios a una persona necesitada, sino para
gratificar su propia (vanidad Y su , propio sentido de poder.
(iii) Puede que uno dé sencillamente porque tiene que hacerlo. Porque el amor y la amabilidad
que fluyen de su corazón no le dejarán hacer otra cosa. Puede que dé porque, por mucho que lo
intente, no puede por menos de sentirse obligado a ayudar al necesitado.
El doctor Johnson difundía una atmósfera de amabilidad. Había una pobre criatura que se llamaba
Robert Levett, que había sido en tiempos camarero en París y médico en las partes más pobres de
Londres. Tenía una apariencia y unos modales, como decía Johnson, que asqueaban a los ricos y
aterraban a los pobres. Fuera como fuera llegó a formar parte de la casa de Johnson. Boswell estaba
alucinado con todo el asunto, pero Goldsmith conocía mejor a Johnson. Decía de Levett: «Es pobre y
honrado, lo que ya es suficiente recomendación para Johnson. Ahora ya es pobre de solemnidad, y
eso le asegura la protección de Johnson.» La indigencia era el pasaporte al corazón de Johnson.
Boswell cuenta esta anécdota de Johnson: < Cuando volvía una vez tarde a casa se encontró a
una pobre mujer tirada en el suelo, tan agotada que no podía ni hablar. Se la echó a la espalda y la
llevó a su casa, donde descubrió que era una de esas pobres mujeres que han caído hasta lo más
bajo del vicio, de la pobreza y de la enfermedad. En vez de echárselo en cara con dureza, hizo que
se tuviera cuidado de ella largo tiempo con toda ternura por un precio considerable hasta que
recuperó la salud, e hizo lo posible para ponerla en una manera virtuosa de vida.» Todo lo que
Johnson sacó de aquello fueron suspicacias indignas acerca de su propio carácter; pero había sido
su corazón el que le había obligado a ayudar.
Una de las páginas más preciosas de la historia de la literatura es la que nos presenta a Johnson,
en los días de su pobreza, volviendo a casa de madrugada y, a medida que iba pasando por el
Strand, dejando peniques en las manos de los pobres y vagabundos que dormían en los portales
porque no tenían otro sitio. Hawkins nos cuenta que alguien le preguntó cómo podía tener la casa
llena de «vagos y de gente de mal vivir.» Johnson le contestó: « Si yo no los ayudo, nadie lo hará; y
no se deben perder de necesidad.» Ahí tenemos el dar como es debido, que surge del amor de un
corazón humano, que es lo que rebosa del amor de Dios.
Tenemos el dechado de este perfecto dar en Jesucristo mismo. Pablo escribió a sus amigos de
Corinto: «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, Que, aunque era rico, por causa
de vosotros Se hizo pobre para enriqueceros con Su pobreza» (2 Corintios 8:9). Nuestro dar no debe
ser nunca el hosco y superior resultado del sentimiento del deber; y menos todavía hemos de
hacerlo para ensalzar nuestra gloria y prestigio entre la gente; debe ser el fluir instintivo de un
corazón amante; debemos dar a otros como Jesucristo Se nos ha dado a Sí mismo a nosotros.
CÓMO NO ORAR
Mateo 6:5-8 (continuación)
(ii) Además, la liturgia judía proveía oraciones fijas para todas las ocasiones. Sería difícil encontrar
un suceso o una situación de la vida que no tuviera su fórmula de oración particular. Había oraciones
para antes y después de cada comida; en relación con la luz, el fuego, el rayo; al ver la luna nueva,
cometas, lluvia, tempestad, el mar, lagos, ríos; al recibir buenas noticias, al estrenar nuevos
muebles, al entrar o salir de una ciudad, etc., etc. Todo tenía su oración. Está claro que aquí hay
algo infinitamente precioso. Revela la intención de que todo lo que suceda en la vida se traiga a la
presencia de Dios. Pero, precisamente porque las oraciones se prescribían tan meticulosa y
literalmente, todo el sistema se prestaba al formulismo, y el peligro era que se musitaran las
oraciones dándoles muy poco sentido. La tendencia era repetir rutinariamente la oración correcta en
el momento correcto. Los grandes rabinos lo reconocían y trataban de evitarlo. «Si una persona
-enseñaban- dice sus oraciones para salir del paso, eso no es orar.» « No consideres la oración un
deber formal, sino un acto de humildad para obtener la misericordia de Dios.» Rabí Eliezer estaba
tan preocupado con el peligro del formulismo que tenía la costumbre de componer una oración
nueva todos los días, para que fuera siempre algo fresco. Está muy claro que esta clase de peligro
no está confinada a la religión judía. Hasta los que empiezan siendo momentos devocionales pueden
acabar en el formalismo de un punto rígido y ritualista del horario.
(iii) Y además, el devoto judío tenía horas fijas de oración. Eran la tercia, la sexta y la nona, es
decir, las nueve de la mañana, las doce del mediodía y las tres de la tarde. Se encontrara donde se
encontrara estaba obligado a orar. Podría ser, sin duda, que se acordara de Dios genuinamente;
pero también podría ser que estuviera cumpliendo con un formalismo habitual. Los musulmanes
tienen la misma costumbre. Se cuenta que un musulmán iba persiguiendo a un enemigo con la daga
desenvainada para matarle. El almuédano hizo la llamada; el hombre se paró, desenrolló su esterilla
de oración, se arrodilló y rezó todo lo deprisa que pudo; luego se levantó y siguió con su persecución
asesina. Es precioso esto de acordarse de Dios por lo menos tres veces al día; pero existe el peligro
muy real de que se haga esto tres veces al día hasta sin pensar en Dios.
(iv) Existía la tendencia a relacionar la oración con ciertos lugares, y especialmente con la
sinagoga. Es innegablemente cierto que hay algunos lugares en los que se siente a Dios más cerca;
pero había algunos rabinos que llegaban hasta a decir que la oración no era eficaz a menos que se
ofreciera en el templo o en la sinagoga. Así se produjo la costumbre de ir al templo a las horas de
oración. En los primeros días de la Iglesia Cristina, hasta los discípulos de Jesús pensaban en estos
términos, porque leemos que Pedro y Juan se dirigían al templo a la hora de la oración (Hechos 3:1).
Aquí también había un peligro: el de pensar que Dios estaba confinado a ciertos lugares
sagrados, y olvidar que toda la Tierra es el templo de Dios. Los más sabios de los rabinos vieron
este peligro. Decían: «Dios le dice a Israel: Orad en la sinagoga de vuestra ciudad; si no podéis, orad
en el campo; si no podéis, orad en vuestra casa; si no podéis, orad en la cama; si no podéis, meditad
en vuestro corazón estando en vuestra cama, y guardad silencio.»
El problema de cualquier sistema no está en el sistema, sino en los que lo usan. Uno puede hacer
de cualquier sistema de oración un medio de devoción o un puro formulismo, practicándolo rutinaria
e inconscientemente.
(v) Los judíos tenían una tendencia indudable a alargar las oraciones. Esa tendencia tampoco es
exclusiva de los judíos. En los cultos escoceses del siglo XVIII, la longitud se interpretaba como
devoción. En aquellos cultos escoceses había una lectura bíblica versículo por versículo que duraba
una hora, y un sermón que duraba otra hora. Las oraciones eran largas e improvisadas. El doctor W.
D. Maxwell escribe: « La eficacia de la oración se medía por el ardor y la fluidez, y no menos por su
férvida longitud.» El rabí Leví decía: «El que hace oraciones largas es oído.» Otra máxima era:
«Cuando los justos hacen oraciones largas, sus oraciones son oídas.»
Había -y todavía hay- una especie de idea inconsciente de que si aporreamos suficientemente la
puerta de Dios, contestará; que se Le puede hablar, y hasta dar la lata a Dios, hasta que nos haga
caso. Los rabinos más sabios eran conscientes de este peligro. Uno de ellos decía: «Está prohibido
alargar innecesariamente la alabanza del Santo. Se nos dice en los Salmos: "¿Quién puede expresar
las poderosas obras del Señor, o proclamar toda su alabanza?" (Salmo 106:2). Según esto, sólo el
que puede puede alargarse y mostrar su alabanza pero nadie puede.» «Sean siempre pocas las
palabras de un hombre delante de Dios, como se dice: "No te precipites con tu boca ni se apresure tu
corazón a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo y tú sobre la tierra; por tanto,
sean pocas tus palabras" (Eclesiastés 5:2).» « La mejor adoración consiste en guardar silencio.» Es
fácil confundir la verborrea con la piedad, y la labia con la devoción; y en ese error caían muchos
judíos, y otros.
CÓMO NO ORAR
Mateo 6:5-8 (conclusión)
(vi) Había otras formas de repetición que los judíos, como otros pueblos orientales, eran
propensos a usar y abusar. Los pueblos orientales tenían la costumbre de autohipnotizarse mediante
la incesante repetición de una frase o hasta de una palabra. En 1 Reyes 18:26 leemos que los
profetas de Baal se pasaron medio día gritando: « ¡Baal respóndenos!» En Hechos 19:34 leemos
que el gentío efesio estuvo dos horas gritando:
«¡Grande es la Artemisa de los efesios!» Algunos musulmanes se pasan horas y horas repitiendo
una palabra sagrada, corriendo en círculos hasta que se provocan un éxtasis, y caen por último
inconscientes y agotados. Los judíos lo hacían con la Semá `. Es como sustituir la oración por el
autohipnotismo.
Había otra forma en que la oración judía caía en las repeticiones. Se apilaban todos los títulos y
adjetivos imaginables cuando se Le dirigía una oración a Dios. Una de las más famosas empieza:
¡Bendito, alabado y glorificado, exaltado, ensalzado y honrado, magnificado y laudado sea el
nombre del Santo!
Hay una oración judía que empieza con dieciséis adjetivos diferentes que se aplican al nombre de
Dios. Existía una clase de intoxicación con las palabras. Cuando uno empieza a pensar más que en
qué decir en cómo decirlo, se le muere la oración en los labios.
(vi¡) El último fallo que Jesús les encontraba a algunos de los judíos era que.hacían las oraciones
para que la gente los viera. El método judío de la oración facilitaba el que se cayera en la
ostentación. Los judíos oraban de pie, con los brazos extendidos, las palmas de las manos hacia
arriba y la cabeza inclinada. Había que hacer oración a las 9 de la mañana, a las 12 del mediodía y a
las 3 de la tarde. Había que hacerla donde uno se encontrará, y le era fácil al que quisiera el
asegurarse de que a esas hora estaría en alguna esquina despejada, o en alguna plaza abarrotada
de gente, para que todo el mundo viera lo piadoso que era orando. Le era fácil a uno detenerse en
los peldaños de la entrada de la sinagoga, y hacer allí su oración larga y elocuentemente para que
todo el mundo se admirara de su excepcional piedad. Era fácil representar una escena de oración a
la vista del público.
Los más sabios de los rabinos judíos comprendían plenamente y condenaban incansablemente
esta actitud. «Una persona hipócrita atrae la ira de Dios sobre el mundo, y su oración no es
escuchada.» «Cuatro clases de personas no perciben el resplandor de la gloria de Dios: los
burladores, los hipócritas, los mentirosos y los calumniadores.» Los rabinos decían que nadie puede
orar de veras a menos que tenga el corazón sintonizado para ello. Establecían que para la perfecta
oración se necesitaba antes una hora de preparación personal, y una hora de meditación después.
Pero el sistema judío de oración se prestaba a la ostentación si había orgullo en el corazón de un
hombre.
Jesús establece dos grandes reglas de la oración.
(i) Insiste en que toda verdadera oración se ha de dirigir a Dios. El fallo verdadero de los que
Jesús criticaba era que le ofrecían la oración a la galería, y no a Dios. Cierto gran predicador
describió una vez una oración elaborada y adornada que se hizo en una iglesia de Boston como «la
oración más elocuente que se ofreciera jamás a una audiencia de Boston.» El «orador» se había
preocupado más de impresionar a la congregación que de establecer contacto con Dios. Tanto en la
oración privada como en la pública, no debemos albergar ningún pensamiento en la mente ni deseo
en el corazón aparte de Dios.
(ii) Insiste en que debemos tener presente que el Dios a Quien oramos es un Dios de amor, Que
está más dispuesto a contestar de lo que nosotros estamos a pedir. No tenemos que sacarle los
dones o la gracia como si no estuviera dispuesto a concedérnoslos. No acudimos a un Dios al Que
hay que engatusar, o dar la lata, o bombardear para que conteste a nuestras oraciones, sino a Uno
Cuyo único deseo es dar. Cuando recordamos eso, no hay duda de que es suficiente acudir a Dios
con un suspiro de deseo en el corazón, y en los labios las palabras: «Hágase Tu voluntad.»
LA ORACIÓN DEL DISCÍPULO
Mateo 6:9-15
Así que orad de esta manera: Padre nuestro del Cielo,
que Tu nombre sea tenido por santo; venga Tu Reino;
que Tu voluntad se haga, como en el Cielo, así en la Tierra; danos hoy el pan para este día;
perdónanos nuestras deudas
como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores; y no nos metas en tentación,
sino líbranos del maligno.
Porque, si les perdonáis a vuestros semejantes sus ofensas, también vuestro Padre celestial
os perdonará a vosotros las vuestras; pero si no les perdonáis a vuestros semejantes sus
ofensas, tampoco os perdonará las vuestras vuestro Padre.
Antes de empezar a pensar en la Oración Dominical en detalle, hay algunos hechos generales
que nos vendrá bien recordar.
Debemos advertir, antes de nada, que esta es una oración que Jesús les enseñó a Sus
discípulos. Tanto Mateo como Lucas lo dejan bien claro. Mateo pone todo el Sermón del Monte en el
contexto de la enseñanza de Jesús a Sus discípulos (Mateo 5:1); y Lucas nos dice que Jesús les
enseñó esta oración a Sus discípulos a petición de uno de ellos (Lucas 11:1). Hacemos bien en
llamarla La Oración Dominical, porque fue el Señor -Dominus- Quien nos la enseñó y legó como
algo Suyo; pero es una oración que no puede hacer suya más que un discípulo de Jesús; que sólo
uno que ha reconocido a Jesucristo como su Salvador y Señor puede tomar en sus labios con
sentido.
La Oración Dominical no es la oración de un niño, como se la suele considerar; de hecho, no tiene
sentido para un niño. Tampoco es la Oración Familiar, como se la llama a veces, a menos que por
familia entendamos la familia de la Iglesia.
La Oración Dominical se nos presenta específica y definidamente como la oración del discípulo, y
solo en los labios de un discípulo adquiere su pleno significado. Para decirlo de otra manera: sólo la
puede hacer suya la persona que sabe lo que está diciendo en ella, y no lo puede saber a menos
que haya entrado en el discipulado.
Debemos advertir el orden de las peticiones de la Oración Dominical. Las primeras tres tienen que
ver con Dios y con Su gloria; las tres siguientes se refieren a nuestras necesidades. Es decir, que se
empieza por darle a Dios el lugar supremo que Le corresponde, y después, y sólo después, nos
volvemos hacia nosotros y nuestras necesidades. Sólo cuando se Le da a Dios el lugar que Le
corresponde, todo lo demás pasa a ocupar el lugar que le corresponde. La oración no debe ser
nunca un intento de forzar la voluntad de Dios a nuestros deseos, sino siempre un intento de
someter nuestra voluntad a la de Dios.
La segunda parte de la oración, la que trata de nuestras necesidades, tiene una unidad
preciosamente ensamblada. Trata de las tres necesidades esenciales de la persona humana, y las
tres esferas del tiempo en que se mueve. Primero, pide pan, lo que necesita para mantener la vida, y
de esta manera presenta las necesidades del presente ante el trono de Dios. Segundo, pide perdón,
y así trae el pasado a la presencia de Dios. Y tercero, pide ayuda en la tentación, y deja así el futuro
en las manos de Dios. En estas tres breves peticiones se nos enseña a depositar el pasado, el
presente y el futuro en el estrado de la gracia de Dios.
Pero esta oración no se limita a presentarle a Dios la totalidad de la vida; también es una oración
que trae la totalidad de Dios a nuestras vidas. Cuando pedimos pan para sostener nuestra vida
terrenal, esa petición dirige nuestro pensamiento inmediatamente a Dios el Padre, Creador y
Sustentador de toda la vida. Cuando pedimos perdón, esa petición nos dirige el pensamiento
inmediatamente a Dios el Hijo, Jesucristo nuestro Salvador y Redentor. Y cuando pedimos ayuda en
las tentaciones futuras, esa petición dirige inmediatamente nuestro pensamiento a Dios el Espíritu
Santo, el Confortador, iluminador, Guía y Guardián de nuestras almas.
De la manera más maravillosa, esta breve segunda parte de la Oración Dominical toma el
presente, el pasado y el futuro, y los presenta a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; es decir, a Dios,
en toda Su plenitud. Jesús nos enseña en la Oración Dominical a presentar la totalidad de la vida a
la totalidad de Dios, y a traer la totalidad de Dios a la totalidad de la vida.
EL PADRE EN EL CIELO
Mateo 6:9a
Padre nuestro dl Cielo.
Bien se podría decir que la palabra Padre aplicada a Dios es un resumen breve de la fe cristiana.
El gran valor de esta palabra Padre está en que establece todas las relaciones de esta vida.
(i) Establece nuestra relación con el mundo invisible. Los misioneros nos dicen que uno de los
más grandes desahogos que el Cristianismo trae a la mente y al corazón paganos es la certeza de
que hay un solo Dios. Los paganos creen que hay innumerables dioses, que cada corriente o río,
árbol o valle, colina o bosque, y todas las fuerzas de la naturaleza tienen su propio dios. El pagano
vive en un mundo infestado de dioses. Todavía más: Todos estos dioses son celosos y tacaños y
hostiles. Hay que aplacarlos, y uno no puede nunca estar seguro de no haber omitido nada del honor
debido a alguno de ellos. La consecuencia es que el pagano vive en terror de los dioses; está
«asediado y no ayudado por su religión.>
La leyenda griega más significativa sobre los dioses es la de Prometeo. Prometeo era un dios.
Corrían los días antes de que la humanidad poseyera el fuego; y la vida sin fuego era fría, triste e
incómoda. Por piedad, Prometeo tomó el fuego del cielo y se lo dio como un regalo a la humanidad.
Zeus, el rey de los dioses, se airó extraordinariamente de que la humanidad recibiera este regalo; así
que se apoderó de Prometeo y le encadenó a una roca en medio del mar Adriático, donde era
atormentado con el calor y la sed del día, y el frío de la noche. Y todavía más: Zeus preparó un buitre
que le rasgara el hígado a Prometeo, que volvía a crecer, solamente para ser destrozado otra vez.
Eso fue lo que le sucedió a un dios que trató de ayudar a la humanidad. Toda esta concepción se
basa en la convicción de que los dioses son celosos, vengativos, y tacaños; y lo que menos- les
interesa hacer es ayudar a los humanos. Esa es la idea pagana de la actitud del mundo invisible
hacia la humanidad. Los paganos se sienten asediados por el miedo a una horda de dioses celosos,
crueles y tacaños. Así pues, cuando descubren que el Dios al Que Jesucristo nos ha venido a revelar
tiene el nombre y el corazón de Padre, eso trasforma completamente todas las cosas del mundo. Ya
no tenemos por qué temblar de miedo ante una horda de dioses celosos; podemos descansar en el
amor de un Padre.
(ii) Establece nuestra relación con el mundo visible, este mundo del espacio y el tiempo en el que
vivimos. Es fácil pensar que este mundo es hostil. Hay circunstancias y eventualidades en la vida;
hay leyes férreas del universo que quebrantamos a nuestro riesgo; hay sufrimiento y muerte; pero, si
podemos estar seguros de que detrás de este mundo hay, no un dios caprichoso, celoso, y burlón,
sino un Dios cuyo nombre es Padre, entonces, aunque todavía haya muchas cosas que nos
parezcan oscuras, todo es ahora soportable porque detrás de todo está el amor. Siempre nos
ayudará creer que este mundo está organizado, no para nuestra comodidad, sino para nuestro
entrenamiento.
Tomemos, por ejemplo, el dolor. Puede parecer algo malo; pero el dolor tiene su lugar en el orden
de Dios. Algunas veces sucede que una persona está constituida tan anormalmente que es incapaz
de sentir el dolor. Una persona así es un peligro para sí misma, y un problema para todos los demás.
Si no hubiera tal cosa como el dolor, nunca sabríamos si estamos enfermos, y a menudo nos
moriríamos antes de que se pudieran dar pasos para tratar la enfermedad. Esto no es decir que el
mal no puede convertirse en una cosa mala; pero es decir que innumerables veces el dolor es la
lucecita roja de Dios que nos avisa de un peligro en el camino.
Lessing solía decir que, si se le permitiera hacerle una pregunta a la Esfinge, sería: «¿Es éste un
universo amigable?» Si podemos estar seguros de que el Dios que creó este mundo es Padre,
entonces podremos también estarlo de que éste es fundamentalmente un universo amigable. Llamar
a Dios Padre es establecer una nueva relación con el mundo en que vivimos.
EL PADRE EN EL CIELO
Mateo 6:9a (continuación)
(iii) Si creemos que Dios es Padre, esto establece nuestra relación con nuestros semejantes. Si
Dios es Padre, es el Padre de todos los seres humanos. La Oración Dominical no nos enseña a decir
Mi Padre; nos enseña a decir Padre nuestro. Es muy significativo el hecho de que en la Oración
Dominical no aparecen las palabras yo, mi, y mío; es verdad decir que Jesús vino para quitar esas
palabras de nuestra vida y poner en su lugar nosotros, y nuestro. Dios no es la posesión exclusiva de
ninguna persona. La misma frase Padre nuestro implica la eliminación del yo. La paternidad de Dios
es la única base para la fraternidad humana.
(iv) Si creemos que Dios es Padre, esto establece nuestra relación con nosotros mismos. Hay
veces que uno se desprecia y se odia a sí mismo, se reconoce como la criatura más miserable que
se arrastra por la tierra. El corazón conoce su propia, amargura, y nadie conoce la indignidad de una
persona mejor que ella misma.
Mark Rutherford proponía añadir otra bienaventuranza: «Bienaventurados los que nos sanan de
despreciarnos a nosotros mismos.» Benditos sean los que nos devuelven nuestro propio respeto.
Eso es precisamente lo que hace Dios. En esos momentos terribles, tenebrosos y crudos, todavía
nos podemos recordar a nosotros mismos que, aunque no le importemos a ninguna otra persona, Le
importamos a Dios; que, en la infinita misericordia de Dios somos linaje regio, hijos del Rey de reyes.
(v) Si creemos que Dios es Padre, eso establece nuestra relación con Dios. No es que eso
excluya Su santidad, majestad y poder. Eso no hace a Dios menos Dios; pero nos hace asequibles
esa santidad, y . majestad, y poder.
Hay una antigua historia romana que nos habla de un emperador que estaba entrando en Roma
en triunfo. Tenía el privilegio, que Roma concedía a sus grandes héroes, de hacer marchar sus
tropas por las calles de Roma, con todos los trofeos y prisioneros que había capturado. El emperador
iba desfilando con sus tropas. Las multitudes, alineadas en todas las calles, le vitoreaban. Los
corpulentos legionarios alineaban los bordes de las calles para mantener en su sitio a la gente. En
cierto punto de la ruta triunfal había una plataforma en la que estaban sentadas la emperatriz y su
familia, para ver al emperador pasar en toda la gloria de su triunfo. En la plataforma, con su madre
estaba el hijo menor del emperador, un chiquillo. Cuando se acercaba el emperador, el chico saltó de
la plataforma, se abrió paso entre la multitud, regateó su paso entre las piernas de los legionarios y
salió al centro de la carretera al encuentro de la carroza de su padre. Un legionario se inclinó y le
detuvo, tomándole en sus brazos: «No puedes hacer eso, chico -le dijo-. ¿Es que no sabes quién va
en esa carroza? ¡ES el emperador! No puedes dirigirte a ella.» El chiquillo le contestó riendo: «Puede
que sea tu emperador -le dijo-, pero es mi padre.» Ese es exactamente el sentir del cristiano para
con Dios. La santidad, la majestad y el poder son los de Aquel a Quien Jesús nos ha enseñado a
llamar Padre nuestro.
EL PADRE EN EL CIELO
Mateo 6:9a (conclusión)
Hasta ahora hemos estado pensando en las dos primeras palabras que dirigimos a Dios -Padre
nuestro; pero Dios no es solamente nuestro Padre: Es nuestro Padre Que está en el Cielo. Estas
palabras tienen una importancia capital. Nos conservan dos grandes verdades.
(i) Nos recuerdan la santidad de Dios. Es fácil convertir en sensiblería toda la idea de la paternidad
de Dios, haciéndola una excusa para una religiosidad cómoda y permisiva. « Es un buen tipo, y le da
todo igual.» Como dijo Heine de Dios: «Dios me perdonará. Para eso está.» Si dijéramos sólo Padre
nuestro y nos paráramos ahí, podríamos tener alguna disculpa; pero es a nuestro Padre del Cielo a
Quien nos dirigimos. El amor está presente, pero la santidad también.
Es extraordinario lo rara vez que Jesús usa la palabra Padre refiriéndose a Dios. El evangelio de
Marcos es el más antiguo, y por tanto el más próximo a un reportaje de lo que Jesús dijo e hizo; y en
el evangelio de Marcos Jesús llama a Dios Padre sólo seis veces, y nunca fuera del círculo de los
discípulos. Para Jesús, la palabra Padre era tan sagrada que casi no podía soportar el usarla; y no la
podía usar a menos que fuera entre los que ya habían captado algo de lo que quería decir.
No debemos usar nunca la palabra Padre refiriéndonos a Dios con ligereza, superficialidad y
sentimentalismo. Dios no es un padre de manga ancha que cierra los ojos tolerantemente a todos los
pecados y faltas y errores. Este Dios a Quien llamamos Padre, es el Dios al Que debemos
acercarnos con reverencia y adoración, y temor y admiración. Dios es nuestro Padre del Cielo, y en
Dios se dan en perfecta armonía el amor y la santidad.
(ii) Nos recuerdan el poder de Dios. En el amor humano se da muy a menudo la tragedia de la
frustración. Puede que amemos a una persona, y sin embargo seamos incapaces de ayudarla a
conseguir algo o a dejar algo. El amor humano puede ser intenso -y sin embargo impotente.
Cualquier padre con un hijo extraviado, o cualquier enamorado con una amada errática lo sabe muy
bien. Pero cuando decimos Padre nuestro -del Cielo, ponemos juntas dos cosas. Colocamos el amor
de Dios al lado del poder de Dios. Nos decimos que el poder de Dios siempre está motivado por el
amor de Dios, y nunca se ejerce sino para nuestro bien; nos decimos que el amor de Dios está
respaldado por el poder de Dios, y que, por tanto, su propósito no puede ser nunca frustrado ni
derrotado. Pensamos en términos de amor, pero es el amor de Dios. Cuando oramos Padre nuestro
del Cielo debemos recordar siempre la santidad de Dios y el amor de Dios que se mueven en amor,
y el amor que está detrás del poder invencible de Dios.
LA SANTIFICACIÓN DEL NOMBRE
Mateo 6:9a
Que Tu nombre sea tenido por santo.
«Santificado sea Tu nombre» -probablemente es cierto que, de todas las peticiones de la Oración
Dominical, ésta es la nos sería más difícil explicar. Así que, en primer lugar, concentrémonos en el
sentido determinado de las palabras.
La palabra que traducimos por santificar es el verbo griego haguiázesthai, relacionado con el
adjetivo haguios, que quiere decir tratar a una persona o cosa como haguios. Haguios es
la palabra que traducimos corrientemente por santo; pero el sentido básico de haguios es diferente o
separado. Algo que es haguios es diferente de otras cosas: Una persona que es haguios es
separada de las otras personas. Así, un templo es haguios porque es diferente de los otros edificios.
Un altar es haguios porque existe para un propósito diferente del de las cosas ordinarias. El día del
Señor es haguios porque es diferente de otros días. Un sacerdote es haguios porque está separado
para un ministerio especial. Así que, esta petición quiere decir: < Que el nombre de Dios se trate de
una manera diferente de los otros nombres; que se dé al nombre de Dios una posición que sea
absolutamente única.»
Pero hay algo que añadir a esto. En hebreo, el nombre no quiere decir simplemente el nombre
propio por el que se conoce a una persona -Juan o Santiago, o el nombre que sea. En hebreo, el
nombre quiere decir la naturaleza, el carácter, la personalidad de la persona en tanto en cuanto nos
es conocida o revelada. Esto resulta claro cuando vemos cómo usan la expresión los autores
bíblicos.
El salmista dice: «En Ti confiarán los que conocen Tu nombre» (Salmo 9:10). Está claro que esto
no quiere decir que los que saben que Dios se llama Jehová pondrán en Él su confianza. Quiere
decir los que saben cómo es Dios, los que conocen la naturaleza y el carácter de Dios. El salmista
dice: «Unos presumen de carros de combate y otros de caballería; pero nuestro orgullo es el nombre
del Señor nuestro Dios» (Salmo 20:7). Está claro que esto no quiere decir que en tiempos difíciles el
salmista se acordará de que Dios se llama Jehová. Quiere decir que, en tales momentos, algunos
confían en las ayudas y defensas humanas y materiales; pero el salmista se acordará de la
naturaleza y el carácter de Dios; se acordará de cómo es Dios, y ese recuerdo le dará confianza.
Así que, tomemos estas dos cosas y pongámoslas juntas. Haguiázesthai, que se traduce por
santificar, quiere decir considerar como diferente, dar un lugar único y especial. El nombre' es la
naturaleza, el carácter, la personalidad de la persona en tanto en cuanto nos es conocida y revelada.
Por tanto, cuando oramos: «Santificado sea Tu nombre,» queremos decir: «Capacítanos para darte
el lugar único y soberano que merecen Tu naturaleza y carácter.»
LA ORACIÓN POR LA REVERENCIA
Mateo 6:9 (conclusión)
¿Hay alguna palabra en español que quiera decir darle a Dios el lugar único y soberano que
requieren Su naturaleza y carácter? La hay, y es reverencia. Pedimos ser capacitados para
reverenciar a Dios como Dios merece ser reverenciado. En toda auténtica reverencia de Dios hay
cuatro elementos esenciales.
(i) A fin de reverenciar a Dios, debemos creer que Dios existe. No podemos reverenciar a alguien
que no exista; debemos empezar por estar seguros de la existencia de Dios. Para la Biblia, Dios es
un axioma. Un axioma es un hecho autoevidente que no necesita demostración, sino que es la base
de todas las otras pruebas. Por ejemplo: «La línea recta es la distancia más corta entre dos puntos;»
o: «las líneas paralelas son las que, hallándose en un mismo plano, no se encuentran nunca.» Estos
son axiomas.
Los autores bíblicos habrían dicho que era superfluo intentar demostrar la existencia de Dios,
porque ellos experimentaban la presencia de Dios en todos los momentos de su vida. Habrían dicho
que un hombre no necesita demostrar que Dios existe más de lo que necesita demostrar que existe
su mujer. Se encuentra con ella y convive con ella todos los días, y así con Dios.
Pero supongamos que necesitáramos demostrar que Dios existe usando nuestras propias mentes
para hacerlo; ¿por dónde empezaríamos? Podríamos empezar por el mundo en que vivimos. El
antiguo argumento de Paley no está todavía totalmente desfasado. Supongamos que una persona
va andando por un camino. Tropieza con el pie con un reloj que está en el suelo. Supongamos que
esa persona no había visto un reloj en la vida; no sabía lo que era eso. Lo recoge; ve cómo está
hecho y la colocación en su interior de ruedecillas y muelles. Ve que está andando y funcionando de
una manera deliciosamente ordenada, y que las manillas se mueven alrededor de la esfera con una
regularidad obviamente predeterminada. ¿Qué es lo que se dice? No se dice: «Todos estos metales
y piezas diversas han llegado aquí del fin del mundo por casualidad, y se han hecho ruedas y
muelles por casualidad, y se han reunido en este mecanismo por casualidad, y se dan cuerda y se
ponen en marcha a sí mimos por casualidad, llegando a este funcionamiento obviamente ordenado
por casualidad.» No; sino dice: « Me he encontrado un reloj; de modo que tiene que existir un
relojero.»
Un orden presupone una mente. Cuando miramos al mundo vemos una máquina inmensa que
funciona con orden. El Sol sale y se pone en sucesión invariable. Las mareas tienen su flujo y reflujo
cronométricamente. Las estaciones se suceden en orden. Cuando miramos al mundo no tenemos
más remedio que decir: «Tiene que existir el Relojero.» La existencia del mundo nos empuja a
reconocer la de Dios. Como decía sir James Jeans: « Un astrónomo no puede ser ateo.» El orden
dei universo revela la mente de Dios que está detrás.
Podríamos empezar por nosotros mismos. Lo único que el ser humano no ha llegado a crear es la
vida. Puede alterar y cambiar y reorganizar las cosas; pero no puede crear un ser viviente. ¿De
dónde, entonces, nos hemos sacado la vida? De nuestros padres. ¿Y ellos, de dónde se sacaron la
suya? De los suyos. ¿Y ellos? La vida tiene que haber empezado alguna vez en el mundo; tiene que
venir de fuera del mundo, porque nosotros no podemos crearla. Y, de nuevo, el misterio de la vida
nos empuja a Dios.
Cuando miramos a nuestro interior, y al mundo exterior, nos sentimos empujados hacia Dios.
Como decía Kant hace mucho: «Dos cosas nos sobrecogen de admiración: la ley moral dentro de
nosotros mismos, y los cielos estrellados por encima de nosotros.» Y nos empujan hacia Dios.
(ii) Antes de reverenciar a Dios tenemos que creer, no solamente que Dios existe, sino también
tenemos que saber cómo es Dios. No se podía sentir reverencia por los dioses griegos, con sus
amoríos, y celos, y rivalidades, y odios, y adulterios, y trampas y villanías. No se pueden reverenciar
dioses caprichosos, inmorales, impuros. Pero en el Dios que Jesucristo nos ha venido a revelar hay
tres grandes cualidades. Hay santidad; hay justicia, y hay amor. Debemos reverenciar a Dios, no
sólo porque existe, sino por ser el Dios Que sabemos que es.
(iii) Pero puede que una persona crea que hay Dios; puede que esté intelectualmente convencida
de que Dios es santo, justo y amoroso; y puede que todavía no Le reverencie. Porque para tenerle
reverencia es menester ser conscientes permanentemente de Dios. Reverenciar a Dios es vivir en un
mundo que está lleno de Dios, una vida que sucede en Su presencia. Esta consciencia no se limita a
la iglesia, ni a los llamados lugares santos; tiene que ser una consciencia que nos acompaña
siempre y en todas partes. El salmista lo expresa bellamente:
Señor: Tú me has escudriñado, y me conoces.
Sabes cuándo estoy en reposo, y cuándo en acción.
Comprendes mis pensamientos antes de que los tenga. Has escudriñado mi conducta y mi
carácter, y tienes a la vista los planos de mis planes. Aun antes de que profiera una palabra,
Tú, Señor, ya sabes lo que iba a decir. Estás presente en mi pasado y en mi futuro, y
mantienes Tu mano sobre mí en cada momento. El saber esto es demasiado maravilloso para
mí; es algo sublime, y más allá de lo que puedo comprender.
¿Adónde me podría ir para desligarme de Tu Espíritu? ¿Adónde podría huir que no estuviera
en Tu presencia? Si subiera al Cielo, es allí donde Tú estás;
y si me ocultara en el seol, allí me encontrarías. Si tomara las alas del alba,
e hiciera mi morada al otro lado del mar, aun allí sería Tu mano la que me guiara, y Tu diestra
la que me cobijara.
Si-dijera: «¡Seguro que la oscuridad me esconderá!, » hasta en la noche Te sería tan visible
como al mediodía; porque las tinieblas tampoco encubren de Tu vista:
y la noche Te es tan clara como el día.
¡Lo mismo Te dan las tinieblas que la luz!
(Salmo 139:1-12).
Dios en la iglesia, y en el campo, y en el hogar; Dios en el taller, y en la tienda, y en la mina; Dios
entre los pucheros y en medio del tráfico... Lo malo es que, para la mayoría, la consciencia de Dios
es algo espasmódico, con altibajos, presencias y ausencias. Reverencia quiere decir la consciencia
constante de Dios.
(iv) Todavía nos falta otro ingrediente de la reverencia. Tenemos que creer que Dios existe;
tenemos que saber qué clase de Dios es; debemos ser siempre conscientes de Dios. Pero puede
que una persona tenga todo esto, y no tenga todavía reverencia. A todo esto hay que añadir la
obediencia y la sumisión a Dios. Reverencia es conocimiento más sumisión. Lutero preguntaba en su
catecismo: < ¿Cómo es santificado el nombre de Dios entre nosotros?» Y su respuesta era:
«Cuando tanto nuestra vida como nuestra doctrina son verdaderamente cristianas.» Es decir: cuando
nuestro convencimiento intelectual y todas nuestras acciones están perfectamente sometidas a la
voluntad de Dios.
El saber que Dios existe, el saber la clase de Dios que es, el ser siempre consciente de Dios y el
serle siempre obediente -esa es la reverencia y lo que pedimos cuando oramos: < Santificado sea Tu
nombre.» Que Dios reciba la reverencia que merece por Su carácter y Su naturaleza.
EL REINO DE DIOS
Y LA VOLUNTAD DE DIOS
Mateo 6:10
Venga Tu Reino; que Tu voluntad se haga, como en el Cielo, así en la Tierra.
La frase El Reino de Dios es característica de todo el Nuevo Testamento. Es una de las frases
que más se usan en la oración, y en la predicación, y en la literatura cristiana. Por tanto, es de
importancia capital que sepamos lo que quiere decir.
Es evidente que el Reino de Dios era central en el mensaje de Jesús. La primera vez que apareció
Jesús en el escenario de la Historia fue cuando llegó a Galilea predicando la Buena Noticia del Reino
de Dios (Marcos 1:14). Jesús mismo describía la predicación del Reino como la obligación que se Le
había impuesto: «Vamos a los lugares vecinos para que predique también allí, porque para esto he
venido» (Marcos 1:38; Lucas 4:43). La descripción que nos hace Lucas de la actividad de Jesús es
que Él iba por todas las aldeas y pueblos predicando y mostrando la Buena Noticia del Reino de Dios
(Lucas 8:1). Está claro que tenemos que tratar de entender el significado del Reino de Dios.
Cuando así lo hacemos nos encontramos con algunos hechos paradójicos. Encontramos que
Jesús hablaba del Reino de tres maneras diferentes. Hablaba del Reino como ya existente en el
pasado. Decía que Abraham, Isaac y Jacob, y todos los profetas estaban en el Reino (Lucas 13:28;
Mateo 8: I1). Por tanto está claro que el Reino se remonta largo tiempo en la Historia. Jesús hablaba
del Reino como presente: « El Reino de Dios -decía- está en medio de vosotros» (Lucas 17:21). Así
que el Reino de Dios es una realidad presente aquí y ahora. Y hablaba del Reino de Dios como
futuro, porque Él enseñó a orar por la venida del Reino en esta Su propia oración. ¿Cómo puede ser
el Reino pasado, presente y futuro a la vez? ¿Cómo puede ser el Reino al mismo tiempo algo que
existió, que existe y cuya venida estamos obligados a pedir?
Encontramos la clave en esta doble petición de la Oración Dominical. Una de las características
más corrientes del estilo literario hebreo es la que se conoce técnicamente como el paralelismo. En
hebreo se tendía a decir la misma cosa dos veces. Se decía de una manera, y luego de otra que
repetía o ampliaba o explicaba la primera. Casi en cada versículo de los Salmos encontramos este
paralelismo en acción. Los versículos se dividen en dos partes por el centro; y la segunda parte
repite o amplía o explica la primera parte.
Vamos a tomar algunos ejemplos, y la cosa nos resultará clara:
Dios es nuestro amparo y fortaleza
-nuestro pronto auxilio en las tribulaciones (Salmo 46:1). ¡El Señor de los ejércitos está con
nosotros!
- ¡Nuestro refugio es el Dios de Jacob! (Salmo 46:7). Del Señor es la Tierra y su plenitud,
- el mundo y los que en él habitan (Salmo 24:1).
Ahora apliquemos este principio a las dos peticiones de la Oración Dominical. Pongámoslas en
paralelo:
Venga Tu Reino,
- hágase Tu voluntad en la Tierra como en el Cielo.
Supongamos que la segunda petición explica, y amplía y define la primera. Entonces tenemos la
perfecta definición del Reino de Dios: El Reino de Dios es una sociedad en la Tierra en la que la
voluntad de Dios se hace tan perfectamente como en el Cielo. Aquí tenemos la explicación de cómo
el Reino de Dios puede ser pasado, presente y futuro, todo al mismo tiempo. Cualquier persona que
en cualquier momento de la Historia hizo perfectamente la voluntad de Dios, estaba en el Reino;
cualquier persona que hace perfectamente la voluntad de Dios, está en el Reino; pero, como el
mundo está muy lejos de ser un lugar en el que voluntad de Dios se haga perfecta y universalmente,
la consumación del Reino está todavía en el futuro, y es todavía algo por lo que debemos orar.
El estar en el Reino es obedecer la voluntad de Dios. Inmediatamente vemos que el Reino no es
una cosa que tiene que ver primariamente con las naciones y los pueblos y los países, sino con cada
uno de nosotros. El Reino es, de hecho, la cosa más personal del mundo. El Reino demanda la
sumisión de mi voluntad, mi corazón, mi vida. El Reino viene sólo cuando cada uno de nosotros hace
su propia y personal decisión y sumisión.
Un chino cristiano hacía la conocida oración: < Señor, aviva a Tu Iglesia, empezando por mí.» Y
nosotros podríamos parafrasearla y decir: «Señor, trae Tu reino, empezando por mí.» Orar por el
Reino del Cielo es pedir que nosotros sometamos totalmente nuestras voluntades a la voluntad de
Dios.
EL REINO DE DIOS
Y LA VOLUNTAD DE DIOS
Mateo 6:10 (conclusión)
Por lo que acabamos de ver resulta claro que la cosa más importante del mundo es obedecer la
voluntad de Dios; y la petición más importante del mundo es: «Hágase Tu voluntad.» Pero queda
igualmente claro que la actitud mental y el tono de voz con que se haga esta petición supone toda la
diferencia del mundo.
(i) Se puede decir «hágase Tu voluntad» con un tono de resignación derrotada, no porque se
quiere decir, sino porque se ha aceptado el hecho de que no se puede decir otra cosa; se puede
decir porque se ha aceptado el hecho de que Dios es demasiado poderoso; y es inútil darnos de
cabezazos contra las murallas del universo. Se puede decir pensando solamente en el poder
ineludible de Dios, Que nos tiene en un puño. Como decía `Umar Jayyám:
Como con piezas de ajedrez Él juega en tablero de días y de noches moviéndolas, les da
jaque y las mata y las mete en la caja sin reproches.
No admite noes, ni ayes, ni preguntas;
. de un lado a otro mueve el Jugador,
y cuando te derriba en el tablero,
del resultado Él solo es sabedor.
Una persona puede que acepte la voluntad de Dios por la sola razón de que se ha dado cuenta de
que no puede hacer otra cosa.
(ii) Se puede decir «hágase Tu voluntad» con un tono de amargo resentimiento. Swinbume
hablaba de sentir el pisotón de los férreos pies de Dios, y del mal supremo: Dios. Beethoven estaba
solo cuando murió; y se dice que cuando encontraron su cuerpo tenía los labios echados hacia atrás
con una mueca de rabia y los puños cerrados como amenazando a Dios y al Cielo. Puede que uno
considere a Dios su enemigo, pero un enemigo tan fuerte que es imposible resistirle. Por tanto,
puede que se acepte la voluntad de Dios, pero con un resentimiento amargo y una rabia difícilmente
contenida.
(iii) Se puede decir «hágase Tu voluntad» con perfecto amor y confianza. Se puede decir gozosa y
voluntariamente, sea cual sea esa voluntad. Debería ser fácil para un cristiano decir así «hágase Tu
voluntad;» porque el cristiano puede estar absolutamente seguro de dos cosas acerca de Dios.
(a) Puede estar seguro de la sabiduría de Dios. Algunas veces, cuando queremos edificar o alterar
o reparar algo, se lo consultamos al técnico. Puede que haga algunas sugerencias, y muchas veces
acabamos diciendo: «Bueno, pues hágalo como le parezca. Usted es el experto.» Dios es el experto
en la vida, y Su dirección no nos descarriará nunca.
Cuando mataron al reformista escocés Richard Cameron, le cortó la cabeza y las manos un cierto
Murray y las llevó a Edimburgo. « Su padre estaba en la cárcel por la misma causa. El enemigo se
las llevó para añadirle más dolor en su dura situación, y le preguntó si las conocía. Tomando la
cabeza y las manos de su hijo que eran muy hermosas (de una complexión como la suya) las besó y
dijo: "Las conozco, las conozco. Son las de mi hijo, mi querido hijo. Es el Señor. Buena es la
voluntad del Señor, Que no puede hacernos daño ni a mí ni a los míos, sino que ha hecho que el
bien y la misericordia nos sigan todos los días de nuestra vida."» Cuando uno puede hablar así,
cuando está totalmente seguro de que sus tiempos están en las manos de la infinita sabiduría de
Dios es fácil decir: «Hágase Tu voluntad.»
(b) Puede estar seguro del amor de Dios. Los cristianos no creemos en un dios caprichoso y
burlón, ni en un fatalismo ciego y cruel. Thomas Hardy acaba su novela Tess con las sombrías
palabras: «El Presidente de los Inmortales había terminado su juego divertido con Tess.» Pero
nosotros creemos en un Dios Cuyo nombre es amor. Como dice el himno de Juan Bautista Cabrera:
Cual bálsamo que mitiga - tenaz y acerbo dolor es para el alma angustiada - saber que Dios
es amor. Venero que proporciona - riquezas de gran valor
es para el alma salvada - sentir que Dios es amor.
Y como decía Pablo: «El Que no nos escatimó ni aun a Su propio Hijo, sino que Le entregó por
todos nosotros, ¿no nos dará también con El todas las cosas?» (Romanos 8:32). No se puede mirar
a la Cruz y seguir dudando del amor de Dios; y cuando se está seguro del amor de Dios, es fácil
decir: «Hágase Tu voluntad.»
NUESTRO PAN COTIDIANO
Mateo 6:11
Danos hoy el pan para este día.
Uno pensaría que ésta es la única petición de la Oración Dominical sobre cuyo significado no
puede haber la menor duda. Parece ser la más sencilla y directa de todas. Pero es un hecho que
muchos intérpretes han ofrecido muchas interpretaciones de ella. Antes de considerar su significado
más sencillo y obvio, veamos algunas de las otras explicaciones que se han propuesto.
(i) El pan se ha identificado con el de la Mesa del Señor. Desde un principio, la Oración Dominical
se ha conectado íntimamente con la Mesa del Señor. En los órdenes de culto más antiguos que
poseemos, siempre se establecía que la Oración Dominical se dijera en algún momento de la
celebración de la Comunión. De ahí que algunos hayan tomado esta petición como una oración para
que se nos conceda el privilegio diario de sentarnos a la Mesa del Señor, y de comer el alimento
espiritual que recibimos allí.
(ii) El pan se ha identificado con el alimento espiritual de la Palabra de Dios, como cantamos en
himnos cristianos: Así es que esta petición se ha tomado como una oración por la verdadera
enseñanza, la verdadera doctrina, la verdad esencial, que están en las Escrituras y la Palabra de
Dios, y que son sin duda comida para la mente y el corazón y el alma de toda persona creyente.
(iii) El pan se ha considerado que representa al mismo Jesús. Jesús se llamó a sí mismo el pan
de la vida (Juan 6:33-35), y ésta se ha tomado como una oración para que podamos alimentarnos
diariamente de Él, Que es el pan vivo. Así que esta petición se ha interpretado. como una oración
para que también nosotros seamos animados y fortalecidos con Cristo, el pan vivo.
(iv) Esta petición se ha tomado en un sentido puramente judío. El pan se ha tomado como el pan
del Reino Celestial. Lucas nos dice que uno de los presentes Le dijo a Jesús: «¡Bienaventurado el
que coma pan en el Reino de Dios» (Lucas 14:15). Los judíos tenían una idea algo extraña pero
tremendamente inspiradora. Creían que cuando viniera el Mesías y amaneciera la edad de oro,
habría lo que llamaban el banquete mesiánico, del que participarían los escogidos de Dios. Los
cuerpos de los monstruos Behemot y Leviatán proveerían los platos de carne y de pescado en ese
banquete. Sería como una especie de fiesta de bienvenida que Dios ofrecía a Su pueblo. Así que,
esto se ha tomado como una petición de participar en el banquete mesiánico final del pueblo de
Dios.
Aunque no tenemos por qué estar de acuerdo en que cualquiera de estas explicaciones contiene
el sentido de esta petición, tampoco tenemos por qué rechazar ninguna de ellas como falsa. Cada
una contiene su propia verdad y aplicación.
La dificultad en la interpretación de esta petición se aumentaba por el hecho de que había una
duda considerable en cuanto al sentido de la palabra epiúsios, que se suele traducir por cotidiano. El
hecho extraordinario era que, hasta hace poco, no se había encontrado ningún otro lugar en que
apareciera esta palabra en toda la literatura griega. Orígenes lo advirtió, y hasta mantenía que Mateo
se había inventado la palabra. Por tanto, no se podía estar seguro de lo que realmente quería decir.
Pero no hace mucho, se descubrió el fragmento de un papiro que contenía esta palabra; ¡y el trocito
de papiro era precisamente la lista de la compra de una mujer! A1 lado de uno de los artículos
estaba la palabra epiúsios, para acordarse de comprar las provisiones para el día siguiente. Así que,
muy sencillamente, lo que esta petición quiere decir es: «Dame las cosas que necesitamos para
comer el día que viene. Ayúdame a conseguir las cosas que tengo en la lista de la compra cuando
salga esta mañana. Dame las cosas que necesitamos para comer cuando vuelvan los chicos de la
escuela, y los hombres del trabajo. Concédenos que nuestra mesa no esté vacía cuando nos
sentemos juntos hoy.» Esta es una oración sencilla para que Dios nos supla con las cosas que
necesitamos para el día que tenemos por delante.
NUESTRO PAN COTIDIANO
Mateo 6:11 (conclusión)
Cuando vemos que ésta es. una sencilla petición por las necesidades de cada día, de aquí surgen
algunas verdades tremendas.
(i) Esto quiere decir que Dios se cuida de nuestros cuerpos. Jesús nos lo mostró; Él pasó mucho
tiempo sanando enfermedades y satisfaciendo el hambre física. Estaba angustiado cuando se daba
cuenta de que el gentío que le había seguido a lugares solitarios se encontraba muy lejos de su casa
y no tenía nada que comer. Haremos bien en tener presente que Dios tiene interés en nuestros
cuerpos. Cualquier enseñanza que minimiza, y desprecia, y calumnia el cuerpo, es equivocada.
Podemos ver lo que Dios piensa de nuestros cuerpos cuando recordamos que El mismo, en
Jesucristo, asumió un cuerpo humano. El Cristianismo aspira, no sólo a la salvación del alma, sino a
la salvación de toda la persona: cuerpo, mente y espíritu.
(ii) Esta petición nos enseña a pedir el pan nuestro de cada día, o el pan para el día que tenemos
por delante. Nos enseña a vivir al día, y no preocuparnos o estar ansiosos acerca del futuro distante
y desconocido. Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a hacer esta petición, sin duda Su mente se
retrotraía a la historia del maná en el desierto (Éxodo 16:1-21). Los israelitas no tenían nada que
comer en el desierto, y Dios les envió el maná, el pan del cielo; pero con una condición: tenían que
recoger sólo lo suficiente para sus necesidades inmediatas. Si trataban de recoger demasiado, y
almacenarlo, se les echaba a perder. Tenían que darse por satisfechos con tener lo suficiente para el
día. Como decía un rabino: «La porción para el día-cada día, porque el Que creó el día creó el
sustento para el día.» Y otro rabino decía: «El que posee lo que puede comer hoy, y dice: "¿Qué voy
a comer mañana?," es un hombre de poca fe.» Esta petición nos habla de vivir al día. Nos prohíbe la
angustiosa preocupación tan característica de la vida que no ha aprendido a confiar en Dios.
(iii) Por implicación, esta petición Le da a Dios el lugar que Le corresponde. Reconoce que es de
Dios de Quien recibimos el alimento necesario para sostener la vida. Ningún ser humano ha sido
nunca capaz de crear una semilla que creciera. Un hombre de ciencia puede analizar una semilla y
conocer sus elementos constituyentes, pero ninguna semilla sintética puede crecer. Todas las cosas
vivas vienen de Dios. Lo que comemos, por tanto, es un regalo que nos hace Dios.
(iv) Esta petición nos recuerda muy sabiamente cómo funciona la oración. Si uno hiciera esta
oración, y luego se sentara tranquilamente a esperar que el pan le cayera del cielo en las manos,
seguro que se moriría de hambre. Nos recuerda que la oración y el trabajo van de la mano, y que
cuando oramos debemos pasar a trabajar para hacer que nuestras oraciones se hagan realidad. Es
verdad que la semilla viva viene de Dios; pero también es verdad que tenemos la obligación de
cultivarla. A Dick Sheppard le encantaba contar la siguiente historia: «Érase un hombre que tenía
una parcela; la había obtenido con mucho sacrificio, y con . mucho trabajo la había limpiado de
piedras y de toda clase de malas hierbas, había labrado y enriquecido la tierra convenientemente
hasta que le produjo las flores y hortalizas .más estupendas. Una tarde le estaba enseñando su
parcela a un piadoso amigo. Éste le dijo: -Es maravilloso lo que Dios puede hacer con un terrenito
así, ¿verdad.? -Sí -dijo el hombre que había hecho todo el trabajo-. ¡Pero tendrías que haber visto
esta parcela cuando Dios la estaba cuidando Él solo!» La generosidad de Dios y el trabajo humano
deben combinarse. La oración, como la fe, sin las obras es cosa muerta. Cuando hacemos esta
petición, reconocemos dos verdades básicas: Que sin Dios no podemos hacer nada, y que sin
nuestro esfuerzo y cooperación Dios no puede hacer nada por nosotros.
(v) Debemos advertir que Jesús no nos enseñó a pedir: «Dame mi pan cotidiano.» Nos enseñó a
pedir: «Danos nuestro pan cotidiano.» El problema del mundo no es que no haya bastante para
todos; hay bastante para dar y tomar. El problema no está en la provisión de las cosas esenciales de
la vida, sino en su distribución. Esta oración nos enseña a no ser nunca egoístas en nuestras
oraciones. Es una oración que podemos ayudarle a Dios a contestarnos compartiendo lo que
tenemos con otros menos afortunados. Esta oración no se refiere exclusivamente a recibir nuestro
pan cotidiano; también incluye el compartirlo con otros.
PERDÓN, HUMANO Y DIVINO
Mateo 6:12,14,15
Perdónanos nuestras deudas como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores.
Porque, si les perdonáis a vuestros semejantes sus ofensas, también vuestro Padre celestial
os perdonará a vosotros las vuestras; pero si no les perdonáis a vuestros semejantes sus
ofensas, tampoco os perdonará las vuestras vuestro Padre.
Antes que uno pueda hacer suya honradamente esta petición de la Oración Dominical, debe darse
cuenta de que necesita hacerla. Es decir: Antes de que una persona puede hacer esta petición debe
tener sentimiento de pecado. El pecado no es una palabra popular hoy en día. A los hombres y a las
mujeres más bien les fastidia que los llamen, o que los traten como pecadores que merecen el
infierno.
Lo malo es que casi todo el mundo tiene una idea equivocada del pecado. Están de acuerdo en
que un ladrón, un borracho, un asesino, un adúltero, un blasfemo, son pecadores; pero ellos no son
culpables de ninguno de estos pecados; viven una vida decente, normal y corriente, respetable y
nunca han estado en peligro de que los llevaran a juicio, o a la cárcel. Por tanto creen que eso del
pecado no tiene nada que ver con ellos.
El Nuevo Testamento usa cinco palabras diferentes para pecado.
(i) La palabra más corriente es hamartía. Ésta era en su origen una palabra relacionada con el tiro,
y quiere decir no dar en el blanco. Hamartía era fallar el tiro. Por tanto, pecado es fallar en ser lo que
nos habría sido posible y teníamos capacidad para llegar a ser.
Charles Lamb nos presenta un personaje llamado Samuel le Grice. Le Grice era un joven brillante
que nunca llegó a ser lo que prometía. Lamb dice que hubo tres etapas en su carrera. Hubo un
tiempo cuando la gente decía: «Éste hará algo.» Hubo un tiempo en que la gente decía: «Podría
hacer algo si quisiera.» Hubo un tiempo en que la gente decía: «Podría haber hecho algo, si hubiera
querido.» Edwin Muir dice en su Autobiografía: « Al llegar a una cierta edad, todos nosotros,. buenos
y malos, estamos apesadumbrados a causa de poderes que había en nosotros que nunca se han
hecho realidad; porque, en otras palabras, no somos lo que debiéramos.»
Eso es exactamente hamartía; y ésa es precisamente la situación en que todos nos encontramos.
¿Somos tan buenos maridos o esposas como podríamos ser? ¿Somos tan buenos hijos o hijas
como podríamos ser? ¿Somos tan buenos trabajadores o empresarios como podríamos ser? ¿Hay
alguien que pretenda ser todo lo que hubiera podido ser, o haber hecho todo lo que hubiera podido
hacer? Cuando nos damos cuenta de que pecado quiere decir errar el blanco, fracasar en la
empresa de ser todo lo que nos habría sido posible y teníamos capacidad para llegar a ser, entonces
está claro que cada uno de nosotros es un pecador.
(ii) La segunda palabra para pecado es parábasis, que quiere decir literalmente traspasar. El
pecado es pasarse de la raya que separa el bien y el mal.
¿Estamos siempre del lado debido de la línea que divide la honestidad de la deshonestidad? ¿No
ha habido nunca en nuestras vidas ningún detalle deshonesto?
¿Estamos siempre del lado debido de la línea que divide la verdad de la falsedad? ¿Es que no
hemos tergiversado o evadido o distorsionado nunca la verdad, con nuestra palabra o actitud o
silencio o inhibición?
¿Estamos siempre del lado debido de la línea que divide la amabilidad y la cortesía del egoísmo y
la aspereza? ¿Es que no ha habido nunca en nuestras vidas ninguna acción o palabra desamable o
descortés?
Cuando pensamos en estos términos, no hay ninguno que pueda pretender haberse mantenido
siempre del lado debido de la línea divisoria.
(iii) La tercera palabra para pecado es paraptóma, que quiere decir deslizarse al otro lado. Es lo
que le pasa a uno en un suelo resbaladizo o helado. No es tan deliberado como parábasis, pero sin
duda es algo que todos hemos experimentado. Una y otra vez decimos que se nos ha escapado una
frase, o un gesto; una y otra vez hay algo que nos hace perder el equilibrio, un impulso o una pasión
que se ha apoderado de nosotros momentáneamente haciéndonos perder el control. Los mejores de
nosotros pueden deslizarse así al pecado cuando una situación nos sorprende con la guardia baja.
(iv) La cuarta palabra para pecado es anomía, que quiere decir ilegalidad. Anomía es el pecado
de la persona que sabe lo que debe hacer, y sin embargo no lo hace o hace lo contrario; el pecado
de la persona que conoce la ley, pero que la quebranta. El primero de todos los instintos humanos es
el de hacer lo que nos gusta; y por tanto llegan a la vida de cualquier persona momentos cuando
querría saltarse las normas y desafiar las leyes y hacer o tomar lo prohibido. En Mandalay, Kipling
hace decir al viejo soldado:
Mándame adonde sea al Este de Suez donde los mejores son como los peores, donde no
existen los Diez Mandamientos y uno puede provocar una hambruna.
Aunque haya algunos que puedan decir que no han quebrantado nunca los Diez Mandamientos,
no hay nadie que pueda decir que no ha querido quebrantar ninguno de ellos.
(v) La quinta palabra para pecado es ofeiléma, que es la que se usa en el cuerpo de la Oración
Dominical; y que quiere decir deuda. Quiere decir faltar al pago de lo que se debe, dejar de hacer lo
que es debido. No puede haber ninguna persona que se atreva nunca a pretender haber cumplido
plenamente su deber para con Dios y para con sus semejantes: No existe tal perfección en la
humanidad.
Cuando llegamos a ver lo que es realmente el pecado, nos damos cuenta de que es una
enfermedad universal que padecemos todas las personas. La respetabilidad externa a la vista de los
demás, y la pecaminosidad interna a la vista de Dios puede que vayan mano a mano. Ésta, de
hecho, es una petición de la Oración Dominical que todo ser humano necesita hacer.
PERDÓN, HUMANO Y DIVINO
Mateo 6: 12, 14, 15 (conclusión)
Uno no sólo tiene que darse cuenta de que necesita hacer esta petición de la Oración Dominical;
también necesita darse cuenta de lo que está haciendo cuando la hace. De todas las peticiones de la
Oración Dominical, ésta es la más aterradora.
«Perdónanos nuestra deudas como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores.» El sentido
literal es: «Perdónanos nuestros pecados en la misma proporción en que nosotros perdonamos a los
que han pecado contra nosotros.» En los versículos 14 y 15, Jesús dice de la manera más clara
posible que si perdonamos a otros, Dios nos perdonará; pero si nos negamos a perdonar a otros,
Dios se negará a perdonarnos. Por tanto, está totalmente claro que, si hacemos esta petición con
una grieta abierta con una desavenencia sin zanjar en nuestra vida, le estamos pidiendo a Dios que
no nos perdone.
Si decimos: «No le perdonaré nunca a Fulano lo que me ha hecho;» si decimos: « No perdonaré
nunca lo que Fulano me ha hecho,» y pasamos a tomar esta petición en nuestros labios, estamos
deliberadamente pidiéndole a Dios que no nos perdone. Como ha dicho alguien: « El perdón, como
la paz, es uno e indivisible.» El perdón humano y el divino están inseparablemente
intercomunicados. Nuestro perdón a nuestros semejantes y el perdón de Dios a nosotros no se
pueden separar; están intervinculados y son interdependientes. Si pensáramos en lo que estamos
diciendo cuando hacemos esta petición habría veces que no nos atreveríamos a hacerla.
Cuando Robert Louis Stevenson vivía en las Islas del Mar del Sur solía hacer el culto familiar por
las mañanas. Siempre terminaba con la Oración Dominical. Una mañana, en medio de la Oración
Dominical, se puso en pie -había estado de rodillas- y salió de la habitación. Su salud era siempre
muy precaria, y su mujer salió detrás de él pensando que podría sentirse mal. «¿Te pasaba algo?»
-Le dijo. «Sólo una cosa -dijo Stevenson-: Que no estoy en condiciones de hacer la Oración
Dominical hoy.» Nadie está en condiciones de hacer la Oración Dominical cuando su corazón esté
dominado por un espíritu de resentimiento. Si uno no ha arreglado las cosas con sus semejantes,
tampoco las puede arreglar con Dios.
Si ha de haber este perdón cristiano en nuestra vida, son necesarias tres cosas.
(i) Debemos aprender a comprender. Siempre hay una razón para que alguien haga algo. Si está
antipático o descortés o de mal genio, a lo mejor es porque está preocupado o angustiado. Si nos
trata con suspicacia o desagrado, a lo mejor es que ha entendido mal o le han informado mal acerca
de algo que hemos dicho o hecho. Puede que sea víctima de su entorno o de su herencia. Puede
que tenga tal temperamento que la vida le resulte difícil, y las relaciones humanas le sean un
problema. El perdón nos sería mucho más fácil si hiciéramos un esfuerzo por comprender, antes de
permitirnos condenar.
(ii) Debemos aprender a olvidar. Mientras sigamos dándole vueltas al desprecio o a la ofensa, no
hay esperanza de que lleguemos a perdonar. Decimos a menudo: «No puedo olvidar lo que me hizo
Fulano;» o: « No me olvidaré nunca de cómo me trató Mengano,» o « se me trató en tal lugar.» Son
dichos peligrosos, porque podemos llegar a hacer que nos sea humanamente imposible el perdonar.
Podemos imprimirlo indeleblemente en nuestra memoria.
Una vez, el famoso hombre de letras escocés Andrew Lang escribió y publicó algo muy amable
acerca de un libro de un autor novel, que se lo pagó con un ataque de insultos y calumnias. Como
tres años después, Andrew Lang estaba parando con el poeta laureado Robert Bridges. Robert vio
que Andrew leía un cierto libro, y le dijo: «Ese es otro libro de aquel cachorro desagradecido que se
portó tan vergonzosamente contigo.» Pero, para su sorpresa, descubrió que a Andrew Lang ni
siquiera le sonaba el asunto. Se había olvidado completamente de aquel ataque insultante y
calumnioso. El perdonar, dijo Bridges, era la señal de un gran hombre; pero el olvidar era sublime.
Solo el espíritu purificador de Cristo puede quitar de entre nuestros recuerdos las viejas amarguras
que debemos olvidar.
(iii) Debemos aprender a amar. Ya hemos visto que el amor cristiano, agapé, es esa benevolencia
inconquistable, esa buena voluntad invencible que no buscará nunca nada más que el bien supremo
de la persona amada, sin tener en cuenta cómo nos trata ni lo que nos hace. Ese amor puede venir a
nosotros solamente cuando Cristo, Que es ese amor, viene a morar en nuestro corazón -y no vendrá
si no Le invitamos.
Para ser perdonados tenemos que perdonar, y esa es una condición que sólo el poder de Cristo
nos puede ayudar a cumplir.
LA TENTACIÓN COMO PRUEBA
Mateo 6:13
Y no nos metas en tentación, sino líbranos del maligno.
Hay dos cuestiones de significado de palabras que debemos resolver antes de empezar el
estudio de esta petición en detalle.
(i) A oídos modernos la palabra tentar siempre tiene un mal sentido; siempre quiere decir tratar de
inducir al mal. Pero en la Biblia, el verbo peirazein se traduciría mejor por la palabra probar que por
tentar. En el Nuevo Testamento, tentar a una persona no es tanto tratar de inducirla al pecado como
probar su fuerza y su lealtad y su habilidad para el servicio.
En el Antiguo Testamento tenemos el relato de cuando Dios probó la lealtad de Abraham
haciendo que le demandaba el sacrificio de su hijo único Isaac. En la antigua versión ReinaValera la
historia empezaba: « Y aconteció después de estas cosas, que tentó Diosa Abraham» (Génesis
22:1). Está claro que aquí la palabra tentar no puede querer decir que Dios tratara de inducir a
Abraham al pecado. Quiere decir más bien poner a prueba su lealtad y obediencia. Cuando leemos
el relato de las tentaciones de Jesús, vemos que empieza: «Entonces Jesús fue llevado por el
Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mateo 4:1). Si tomamos aquí la palabra tentar en
el sentido de inducir al pecado, hacemos al Espíritu Santo un cómplice en la conspiración de obligar
a Jesús a pecar. Una y otra vez en la Biblia encontraremos que la palabra tentar contiene la idea de
probar por lo menos tanto como la idea de tratar de hacer caer en pecado.
Así es que aquí tenemos una de las grandes verdades preciosas acerca de la tentación. La
tentación no está diseñada para hacernos caer, sino para hacernos más fuertes y mejores personas;
no para hacernos pecadores, sino para hacernos buenos. Puede que fallemos en la prueba, pero no
es eso lo que se pretende. Se espera que surjamos más fuertes y más puros.
En cierto sentido la tentación no es el castigo de haber nacido, sino la gloria de ser una persona
humana. Cuando se va a usar un metal en un gran proyecto de ingeniería se somete a tensiones y
presiones muy por encima de las que se supone que tendrá que soportar nunca. Así tiene que ser
probada una persona antes de que Dios pueda usarla totalmente en Su servicio.
Todo esto es cierto; pero también lo es que la Biblia nunca pone en duda la existencia de un poder
del mal en el mundo. La Biblia no es un libo especulativo, y no discute el origen de ese poder del
mal; pero sabe que está ahí. Es seguro que esta petición de la Oración Dominical no debe traducirse
por: «Líbranos del mal,» sino: «Líbranos del maligno.» La Biblia no considera el mal como un
principio abstracto o como una fuerza impersonal, sino como un poder activo y personal en oposición
a Dios.
El desarrollo de la idea de Satanás en la Biblia es de gran interés. En hebreo, la palabra satán
quiere decir simplemente un adversario. Se usa a menudo de seres humanos. El adversario de una
persona es su satán. Los filisteos tenían miedo de que David se volviera su satán (1 Samuel 29:4);
Salomón declara que Dios le ha dado tanta paz y prosperidad que no queda ningún satán que se le
oponga (1 Reyes 5:4); David considera a Abisai su satán (2 Samuel:19:22). En todos estos casos
satán quiere decir un adversario o un enemigo. De ahí la palabra satán pasa a significar uno que
presenta acusaciones en un juicio contra otro. De ahí, por así decirlo, esta palabra deja la Tierra y se
va al Cielo. Los judíos tenían la idea de que en el Cielo había un ángel que estaba a cargo de
establecer el juicio contra una persona, una especie de ángel fiscal: y esa llegó a ser la visión de
Satán. En esa etapa, Satán no es un poder malvado, sino parte de la judicatura celestial. En Job 1:
6, Satán se menciona entre los hijos de Dios: « Un día acudieron a presentarse delante del Señor los
Hijos de Dios, y entre ellos vino también Satán.» En esta etapa, Satán es el fiscal celestial
correspondiente a la raza humana.
Pero no hay tanto trecho entre presentar el caso contra una persona y urdir un caso contra una
persona. Y ese es el siguiente paso. El otro nombre de Satán, o Satanás, es el Diablo; y Diablo viene
de la palabra griega Diábolos, que es la palabra corriente para un calumniador. Así es como Satán
llega a ser el Diablo, el calumniador par excellence, el adversario de la humanidad, el poder que se
propone hacer fracasar los propósitos de Dios y destruir a la humanidad. Satán llega a representar
todo lo que está en contra de la humanidad y de Dios. De ese poder destructor es del que Jesús nos
enseña a pedirle a Dios que nos libre. El origen de ese poder no se discute; no se presentan
especulaciones. Como alguien ha dicho: «Si uno se despierta y ve que la casa está ardiendo, no se
sienta en un sillón para escribir o leer un tratado sobre el origen del incendio en las casas
particulares, sino aplica todo su conocimiento y habilidad a extinguir el fuego y salvar su hogar.» Así
que la Biblia no pierde el tiempo con especulaciones acerca del origen del mal, sino nos equipa para
pelear la batalla contra el mal que está sin duda ahí.
EL ATAQUE DE LA TENTACIÓN
Mateo 6:13 (continuación)
La vida está siempre en el punto de mira de la tentación; pero ningún enemigo se puede lanzar a
una invasión si no cuenta con una cabeza de puente. ¿Dónde encuentra la tentación su cabeza de
puente? ¿De dónde proceden nuestras tentaciones? Si estar advertido es estar preparado; y si
sabemos de dónde es probable que venga el ataque, tendremos más posibilidades de vencer.
(i) Algunas veces el ataque de la tentación nos llega de fuera de nosotros. Hay personas que son
una mala influencia. Otras, en cuya compañía sería sumamente difícil hasta sugerir una acción
deshonesta; y otras en cuya compañía seria de lo más fácil hacer lo que no se debe. Cuando el
poeta escocés Robert Bums era joven fue a Irvine para aprender a trabajar con el lino. Allí conoció a
un cierto Robert Brown, que había visto mucho mundo y tenía una personalidad fascinante. Bums
nos dice que le admiraba y se esforzaba en imitarle. Bums prosigue: «Era el único hombre que he
conocido que era más idiota que yo cuando la Mujer era la estrella Polar... Hablaba de cierta
debilidad de moda con ligereza, aunque hasta entonces yo la había mirado con horror... En eso su
amistad me hizo mucho daño.» Hay amistades y compañías que nos pueden hacer mucho daño en
un mundo tentador, cada persona debe tener cuidado cuando escoge sus amigos y la sociedad en
que se va a mover. Se les deben dar a las tentaciones que vienen de fuera, cuantas menos
oportunidades, mejor.
(ii) Uno de los trágicos hechos de la vida es que las tentaciones nos pueden venir de los que nos
aman; y esas son las tentaciones más difíciles de resistir. Vienen de personas que nos quieren, y
que no tienen la menor intención de hacernos daño.
Puede que uno sepa que debería seguir un cierto plan de acción; puede que sienta una verdadera
vocación por una cierta carrera; pero el seguir ese impulso puede suponer impopularidad y riesgo; el
asumir esa vocación puede llevar consigo renunciar a todo lo que el mundo llama éxito. Puede
suceder que, en tales circunstancias, los que aman a esa persona traten de disuadirla de actuar
como ella cree que debe, y lo hagan porque la aman. Aconsejan precaución, prudencia, sensatez; no
quieren verle tirar por la borda sus buenas posibilidades, y tratan de impedirle lo que ella considera
que debe hacer.
Tennyson cuenta en Gareth and Lynette la historia de Gareth, el hijo más joven de Lot y Bellicent.
Gareth quiere unirse a sus hermanos en el servicio del Rey Arturo, pero Bellicent, su madre, no
quiere que lo haga. « ¿No te da pena de mi soledad?» -le pregunta. Su padre, Lot, es viejo y está
«como un tronco ya casi quemado del todo.» Sus dos hermanos han ido a la corte de Arturo. ¿Debe
él ir también? Si se queda en casa, su madre le organizará las cacerías, y le encontrará una princesa
que sea su esposa y le haga feliz: Precisamente porque le amaba, quería mantenerle en casa; el
tentador estaba hablando con la misma voz del amor:
-Oh madre
¿Cómo puedes mantenerme atado a ti? ¡Qué vergüenza! Hombre soy entero, y he de vivir cual
tal.
¿Perseguir ciervos, o seguir a Cristo el Rey?
Vivir puro, decir verdad, enderezar el mal, seguir al Rey:.. Si no, ¿para qué nací?
El mozo marchó, a pesar de que la voz del amor le tentaba a quedarse.
Eso fue lo que le sucedió a Jesús. «Los enemigos de un hombre -dijo Jesús- serán los de su
casa» (Mateo 10:36). Vinieron a tratar de llevársele a casa, porque creían que había perdido la
cabeza. (Marcos 3:21). Les parecía que estaba echando a perder su vida y su carrera; les parecía
que estaba haciendo una locura, y trataron de detenerle. Algunas veces las tentaciones más
amargas nos hablan con la voz del amor.
(iii) La tentación puede venir de una manera muy extraña, especialmente a los jóvenes. Casi todos
nosotros tenemos una extraña manía que, por lo menos en cierta compañía, nos mueve a parecer
peores de lo que somos. No queremos parecer blandos ni beatos. Antes preferiríamos parecer de
cuidado, aventureros peligrosos, gente de mundo y nada inocentones Agustín tiene un pasaje
famoso en sus Confesiones: «Entre mis iguales me daba vergüenza ser menos desvergonzado que
otros cuando los oía presumir de sus maldades..: y yo me complacía, no sólo en el placer de la
acción, sino en la alabanza... Me presentaba peor de lo que era, para no ser menos, y si en algo no
había pecado como los más pervertidos decía que había hecho lo que no había hecho para que no
se burlaran de mí.» Muchas personas se han permitido alguna libertad o se han metido en algún
hábito por no parecer menos experimentados en las cosas del mundo que los de la pandilla con
quienes iban. Una de las grandes defensas contra la tentación es sencillamente el coraje de ser
auténticos.
EL ATAQUE DE LA TENTACIÓN
Mateo 6:13 (continuación)
(iv) Pero la tentación no viene sólo de fuera de nosotros; algunas veces también viene de nuestro
interior. Si no hubiera nada en nosotros a lo que la tentación pudiera apelar, entonces sería incapaz
de vencernos. En cualquiera de nosotros hay un punto débil; y es a ese al que la tentación lanza su
ataque.
El punto vulnerable es distinto en todas las personas. Lo que es una tentación rabiosa para uno,
no le afecta para nada a otro. Sir James Barrie tiene una comedia que se llama La Voluntad. E1
señor Devizes, abogado, se da cuenta de que un anciano empleado que llevaba muchos años a su
servicio, parecía muy enfermo. Le preguntó si le pasaba algo. El anciano le dijo que su médico le
había informado de que estaba sufriendo de una enfermedad fatal e incurable.
DEVIZES (incómodo).- Estoy seguro de que no es... lo que usted se teme. Cualquier
especialista se lo diría.
SURTEES (sin levantar la vista).- Ya he ido a uno... señor... ayer.
DEVIZES.- ¿Y qué?
SURTEES.- Es... eso, señor.
DEVIZES.- No puede ser que esté seguro.
SURTEES.- Sí, señor.
DEVIZES.- Una operación...
SURTEES.- Ya es demasiado tarde, me dijo. Si se me hubiera operado hace tiempo, podría
tener alguna posibilidad.
DEVIZES.- Pero usted no lo tenía entonces.
SURTEES.- No tenía conocimiento, señor; pero dice que estaba ahí todo el tiempo, siempre
dentro de mí, un punto negro, tan pequeño como la cabeza de un alfiler, pero
esperando extenderse y destruirme cuando llegara su
tiempo.
DEVIZES (impotente).- Parece una cosa terriblemente injusta.
SURTEES (humildemente).- No lo sé, señor. Dice que casi todo el mundo tiene un punto de
esa clase, y que si no hacemos algo acaba con nosotros.
DEVIZES.- No. No. No.
SURTEES.- Lo llamaba «la maldita cosa.» Creo que quería decir que deberíamos saberlo, y
estar en guardia.
En toda persona hay un punto débil que, si no se tiene cuidado, puede acabar con ella. En algún
lugar de nuestra persona hay un fallo de temperamento, algún instinto o pasión tan fuerte que puede
que en cualquier momento rompa la traílla, algún detalle de nuestra naturaleza que hace que lo que
es un placer para otros sea una amenaza para nosotros. Deberíamos darnos cuenta, y no bajar la
guardia.
(v) Pero, aunque parezca extraño, la tentación viene a veces, no de nuestro punto débil, sino de
nuestro punto fuerté. Si hay algo de lo que tengamos la costumbre de decir: < Eso es algo que yo no
haría jamás,» ¡cuidado! Ya nos advierte la sabiduría popular: «Nunca digas: "¡De esa agua no
beberé"!> .La Historia está llena de casos de castillos que se asaltaron precisamente por donde se
consideraban tan inexpugnables que no, necesitaban guardia. Nada le ofrece una ocasión mejor a la
tentación que el exceso de . confianza. Debemos mantener la vigilancia en nuestros puntos más
débiles y en los más fuertes.
LA DEFENSA CONTRA LA TENTACIÓN
Mateo 6:13 (conclusión)
Hemos pensado en el ataque de la tentación. Vamos a considerar ahora nuestras defensas contra
ella.
(i) Está la sencilla defensa de la propia dignidad. Cuando la vida de Nehemías estaba en peligro,
se le sugirió que dejara el trabajo y se encerrara en el templo hasta que pasara el peligro. Y él
respondió: «¿Un hombre como yo ha de huir? ¿Y quién que fuera como yo se metería en el templo
para salvar la vida? ¡No entraré!» (Nehemías 6:11). Uno puede dar la espalda a muchas cosas, pero
no a sí mismo. No tiene más remedio que vivir con sus recuerdos, y el de haber perdido la dignidad
es intolerable. Una vez le aconsejaron al presidente Garfield, de los Estados Unidos, que siguiera un
curso de acción muy rentable, aunque no honorable. Se le dijo: «Nadie se enterará.» Y contestó: « El
presidente Garfield lo sabrá, y no tengo más remedio que dormir con él.» Cuando somos tentados,
bien podemos defendernos diciendo: « ¿Y una persona como yo va a hacer eso?»
(ii) Está la defensa de la herencia. Uno no puede faltar fácilmente a sus tradiciones y a su
herencia, que son el producto y el esfuerzo de generaciones. Cuando Pericles, el mayor de los
estadistas de Atenas, iba a dirigirle la palabra a la asamblea de los ciudadanos, siempre se decía
para sus adentros: «Pericles, recuerda que eres ateniense y vas a dirigirte a los atenienses.»
Una de las hazañas épicas de la II Guerra Mundial fue la defensa de Tobruk. Los soldados de la
Coldstream Guard se abrieron paso para salir, pero sólo un puñado de ellos sobrevivieron, y
parecían sombras de hombres. La R.A.F. (Fuerzas Aéreas Reales) se hicieron cargo de los
doscientos supervivientes de los dos batallones. Uno de los oficiales de los Guards estaba en el
comedor, y uno de la R.A.F. le dijo: «Después de todo, como soldados de los Guards no podíais
haber hecho otra cosa que intentar lo imposible.» Y otro añadió: «Debe de ser terrible ser de los
Guards; porque la tradición te obliga a seguir adelante cualesquiera que sean las circunstancias.»
El poder de la tradición es uno de los más grandes de la vida. Pertenecemos a un país, a una
escuela, a una familia, a una iglesia. Lo que hagamos afectará a lo que hemos recibido. No podemos
traicionar la tradición que hemos heredado.
(iii) Está la defensa de los que amamos y nos aman. Muchos se meterían en pecado si fueran
ellos los únicos que habrían de sufrir las consecuencias; pero los salva el temor al dolor que
causarían a sus seres amados.
Laura Richards tiene la siguiente parábola:
Un hombre estaba sentado a la puerta de su casa fumando la pipa, y su vecino se sentó a
su lado y empezó a tentarle:
-Eres pobre -le dijo el vecino- y estás en el paro. Aquí tienes la manera de vivir mejor. Será
un trabajillo fácil, y te dará dinero, y no es menos honrado que muchas cosas que hace la gente
respetable todos los días. Serás un estúpido si desperdicias una ocasión como esta. Vente
conmigo, y zanjaremos la cuestión en seguida.
En aquel momento llegó su esposa a la puerta de la chabola con el niño en los brazos.
-¿Me puedes tener al bebé un minuto? -le preguntó-. Está inquieto, y yo tengo que tender la
ropa.
El hombre tomó ad niño y se le puso en las rodillas. Mientras le tenía así, el niño le miró, y
parecía decirle con los ojos:
-Soy carne de tu carne, y alma de tu alma. Donde tú me guíes, te seguiré. Dirige el camino,
padre. Mis pisadas seguirás a las tuyas.
Entonces el hombre se volvió al vecino, y le dijo:
-¡Vete de aquí, y no vuelvas en la vida!
Una persona podría estar dispuesta a pagar las consecuencias del pecado si no tuviera que
pagarlas más que ella. Pero si se da cuenta de que su pecado les quebrantará el corazón a otros
que ama, eso le será de ayuda para resistir la tentación.
(iv) Está la defensa de la presencia de Jesucristo. Jesús no es el personaje de un libro; es una
presencia viva. A veces preguntamos: «¿Qué harías si de pronto te encontraras con que Jesús
estaba a tu lado? ¿Cómo vivirías si Jesús fuera un huésped de tu casa?> Pero la realidad de la fe
cristiana es que Jesucristo está a nuestro lado, y es el huésped de nuestro hogar. Su presencia es
constante, y por tanto debemos llevar una vida que sea digna de que Él la vea. Tenemos una gran
defensa frente a la tentación en el recuerdo de la constante presencia de Jesucristo.
CÓMO NO AYUNAR
Mateo 6:16-18
Cuando ayunéis, no pongáis cara de circunstancias, como hacen los hipócritas, que se
desfiguran el rostro para que todo el mundo se dé cuenta de que están ayunando. Os digo la
pura verdad: eso va a ser todo lo que van a sacar. Pero tú, cuando ayunes, péinate bien y
lávate la cara, para que no sea la gente la que se dé cuenta de que ayunas, sino tu Padre que
está en secreto; y tu Padre, Que .ve lo que pasa en secreto, te dará tu cumplida recompensa.
Hasta este día, el ayuno es una parte esencial de la vida religiosa en Oriente. Los musulmanes
observan rigurosamente el ayuno en el mes de ramadán, que-es el noveno mes del año musulmán,
en el que se conmemoran las primeras revelaciones que recibió Mahoma. Ese ayuno se mantiene
desde la salida del sol -cuando hay bastante luz para distinguir un hijo blanco de uno negro- hasta la
puesta del sol. En ese tiempo está prohibido comer, beber, bañarse, fumar, oler perfumes, y
cualquier cosa que no sea esencial. Las mujeres que están criando o esperan bebés están exentas.
Los soldados en campaña y los que están de viaje también pueden dejar de cumplirlo, pero
comprometiéndose a ayunar en otro tiempo durante un número equivalente de días. Si una persona
tiene que tomar alimento por razones de salud, debe compensar el haber quebrantado el ayuno
dando limosnas a los pobres.
Las costumbres de ayuno de los judíos eran exactamente las mismas. Hay que advertir que, como
ya hemos dicho, el ayuno duraba desde la salida hasta la puesta del sol; fuera de ese tiempo se
podía comer normalmente. Los judíos de tiempos de Jesús, como en nuestros días, no tenían más
que un ayuno obligatorio: el del Día de la Expiación. Ese día, todos los hombres tenían que «afligir
sus almas» (Levítico 16:31). La ley tradicional estipulaba: « El Día de la Expiación está prohibido
comer, beber, bañarse, ungirse, llevar sandalias, y hacer uso del matrimonio.» Hasta los niños tenían
que ser entrenados en cierta medida de ayuno el Día de la Expiación para que, cuando fueran
mayores, estuvieran preparados para cumplir el ayuno nacional.
Pero, aunque sólo había un día de ayuno general obligatorio, los judíos practicaban
corrientemente los ayunos privados.
(i) Estaba el ayuno que se relacionaba con el luto. Entre la muerte y el entierro de un ser querido,
los que estaban de due-lo se tenían que abstener de carne y de vino.
(ii) Estaba el ayuno que se hacía para expiar un pecado. Se decía, por ejemplo, que Rubén
ayunó siete días por su responsabilidad en la venta de José: « No bebió vino ni ninguna otra bebida
alcohólica; no probó la carne ni ninguna otra cosa apetitosa» (Testamento de Rubén 1:10). Por la
misma razón, « Simeón afligió su alma con ayuno durante dos días, porque había odiado a José»
(Testimonio de Simeón 3:4). Por arrepentimiento por su pecado con Tamar, se decía que Judá, en
su ancianidad, « no tomaba ni vino ni carne, ni se permitía ningún placer» (Testamento de Judá
15:4). Hay que decir que el pensamiento judío no le veía ningún valor al ayuno si no iba acompañado
del arrepentimiento. El ayuno era la expresión externa de una aflicción interna. El autor del
Eclesiástico (31:30) dice: « El que ayuna para librarse de sus pecados, y va y hace las mismas cosas
otra vez, ¿quién tomará en serio su oración, y de qué le servirá el humillarse?»
(iii) En muchos casos el ayuno era un acto de penitencia nacional. Así ayunó la nación entera
después del desastre de la guerra civil con la tribu de Benjamín (Jueces 20:26). Samuel hizo que el
pueblo ayunara porque se habían extraviado tras Baal (1 Samuel 7:6). Nehemías hizo que el pueblo
ayunara confesando sus pecados (Nehemías 9:1). A veces la nación entera ayunaba en señal de
penitencia nacional delante de Dios.
(iv) En ocasiones el ayuno era una preparación para recibir una revelación. Moisés ayunó
cuarenta días y cuarenta noches en la montaña (Éxodo 24:15). Daniel ayunó esperando la Palabra
de Dios (Daniel 9:3). Jesús mismo ayunó esperando el enfrentamiento con el tentador (Mateo 4:2).
Este era un principio sano; porque, cuando el cuerpo está más bajo control, es cuando las facultades
mentales y espirituales están más alerta.
(v) Y a veces el ayuno era una llamada a Dios. Por ejemplo, si faltaba la lluvia, y había peligro de
que se perdieran las cosechas, se proclamaría un ayuno nacional para invocar la ayuda de Dios.
En el ayuno judío había tres ideas principales.
(i) El ayuno era un intento deliberado de llamar la atención de Dios. Esta era una idea muy
primitiva. El ayuno estaba diseñado para atraer la atención de Dios y hacer que Se fijara en la
persona que se afligía voluntariamente.
(ii) El ayuno era un intento deliberado de demostrar que el arrepentimiento era auténtico. El ayuno
era la garantía de la sinceridad de las palabras y de las oraciones. A la vista está que aquí había un
peligro; porque, lo que se suponía que era una prueba de arrepentimiento podía llegar a
considerarse un sustituto del arrepentimiento.
(iii) Mucho del ayuno era vicario. No estaba diseñado para salvar el alma de una persona tanto
como para mover a Dios a salvar a la nación de sus angustias. Era como si los especialmente
devotos dijeran: «Las personas corrientes no pueden hacer esto. Están inmersos en las tareas del
mundo. Nosotros haremos este extra para compensar la necesaria deficiencia de la piedad de los
demás.»
CÓMO NO AYUNAR
Mateo 6:16-18 (continuación)
Aunque el ideal del ayuno fuera elevado, su práctica conllevaba ciertos peligros inevitables. El
mayor peligro era que uno ayunara para hacer alarde de una piedad superior; que su ayuno fuera
una demostración, no a Dios, sino a las gentes, de lo devoto y disciplinado que era. Eso era
precisamente lo que Jesús condenaba aquí. Condenaba el ayuno que se usaba para hacer
ostentación de piedad. Los días del ayuno judío eran el lunes y el jueves. Esos eran los días de
mercado, y los pueblos y las aldeas, y especialmente Jerusalén, estaban abarrotados de gente del
campo; el resultado era que los que ayunaban para presumir de piedad tenían esos días una audien-
cia más numerosa para ver y admirar su piedad. Había algunos que tomaban ciertas medidas para
asegurarse de que la gente no pudiera por menos de darse cuenta de que estaban ayunando: se
paseaban por las calles despeinados y macilentos, cuidadosamente descuidados en cuanto a la
ropa; hasta llegaban a pintarse la cara de blanco para exagerar su palidez. Esos no eran gestos de
humildad, sino de orgullo y presunción espiritual.
Los más sabios de los rabinos no habrían regateado esfuerzos para condenar esa actitud lo
mismo que Jesús. Tenían muy claro que el ayunar por ayunar no tenía ningún valor. Decían que un
voto de abstinencia era como el collar de hierro que les ponían a los presos; y que el que se lo
imponía a sí mismo se parecía al que se encontraba un collar de esos por ahí, y metía la cabeza en
él estúpidamente, sometiéndose a una esclavitud inútil. Una de las cosas mejores que dijeron los
rabinos fue: «Uno tendrá que dar cuenta el Día del Juicio por todas las cosas buenas que habría
podido disfrutar, y se pasó por alto.»
El doctor Boreham hace un relato que es un comentario sobre la idea equivocada del ayuno. Un
viajero que iba por las Montañas Rocosas se encontró con un sacerdote católico muy anciano; y se
sorprendió, naturalmente, al verle esforzarse por aquellos parajes difíciles y aun peligrosos. El viajero
le preguntó al sacerdote: « ¿Qué está usted haciendo aquí?» Y el anciano sacerdote le contestó:
«Estoy disfrutando de la belleza del mundo.» «Pero -le dijo el viajero-, ¿no lo ha dejado usted para
un poco tarde?» Y entonces el sacerdote le contó su historia. Se había pasado casi toda la vida en
un monasterio; no había salido nunca más allá de los claustros. Cayó muy enfermo, y tuvo una
visión. Vio un ángel que estaba al lado de su cama. «¿Para qué has venido?» -le preguntó. Y el
ángel le dijo: «Para llevarte a casa.» « ¿Y es muy bonito el mundo al que me llevas?» -preguntó el
anciano. Y el ángel le contestó: «Es muy bonito el mundo que vas a dejar.» « Y entonces -siguió
contándole el anciano al viajero- me di cuenta de que no había visto nada de este mundo más que lo
que había dentro de las tapias del monasterio.» Así es que le dijo al ángel: «Pero yo no he visto casi
nada del mundo que voy a dejar.» «Entonces -le respondió el ángel- me temo que vas a ver muy
poca belleza en el mundo al que vas.» «Estaba confuso -siguió contando el anciano sacerdote-, y
pedí que se me permitiera seguir otros dos años en este mundo. Se me concedió mi oración, y estoy
gastando todo el dinero de que dispongo y todo el tiempo que me queda explorando la belleza del
mundo. ¡Y la encuentro maravillosa!»
Toda persona está obligada a aceptar y disfrutar las maravillas del mundo. No tiene ningún mérito
el ayunar por ayunar, y menos el ayunar para presumir de piadoso.
EL AYUNO AUTÉNTICO
Mateo 6:16-18 (conclusión)
Aunque Jesús condenó la clase errónea de ayuno, Sus palabras implican que hay una forma
auténtica en la que Él esperaba que Sus seguidores tomaran parte. Esto es algo en lo que muchos
de nosotros, especialmente en las iglesias protestantes, rara vez pensamos. Hay muy pocas
personas normales y corrientes de cuya vida forma parte el ayuno. Y sin embargo hay muchas
razones por las cuales el ayuno sabiamente practicado es una cosa excelente.
(i) El ayuno es' bueno para la salud. Muchos de nosotros llevamos una vida en la que es fácil
volverse blando y flojo. A veces es posible llegar al punto en que se vive para comer en vez de
comer para vivir. A muchas personas les haría mucho bien físico practicar el ayuno más de lo que lo
hacen.
(ii) El ayuno es bueno para la disciplina personal. Es fácil llegar a pasarse de autocomplacientes.
Es fácil llegar a un estado en el que no nos privamos de nada que podamos tener o adquirir. A
muchas personas les haría un montón de bien el dejar por algún tiempo todas las semanas que sus
deseos y caprichos fueran sus únicos señores, y ejercitarse en una autodisciplina severa y
antiséptica.
(iii) El ayuno nos libra de ser esclavos del hábito. No hay pocos que se permiten ciertos hábitos
sencillamente porque les resulta imposible dejarlos. Han llegado a sernos tan esenciales que no los
podemos quebrantar; desarrollamos tal dependencia de ciertas cosas que, lo que debería ser un
placer, se convierte en una necesidad; y el vernos privados de lo qúe nos hemos acostumbrado a
desear puede convertirse en un purgatorio. Si practicáramos un ayuno prudente, ningún placer se
convertiría en una cadena, ni ningún hábito en un tirano. Seríamos los dueños de nuestros placeres,
y no viceversa.
(iv) El ayuno protege la habilidad de pasarnos sin algunas cosas. Una de las características que
definen la vida de una persona es el número de cosas que ha llegado a considerar esenciales. Está
claro que, cuantas menos sean, más independientes seremos. Cuando todas las cosas llegan a
sernos esenciales, estamos a merced de los lujos de la vida. Es un buen ejercicio pasearse por una
calle comercial, y mirar todas las cosas que se exponen en los escaparates sin las que uno se puede
pasar perfectamente. Alguna forma de ayuno nos conserva la habilidad de pasarnos sin las cosas
que nunca debiéramos permitir que nos parecieran esenciales.
(v) El ayuno nos permite apreciar las cosas mucho más. Puede que haya habido un tiempo en la
vida cuando algún placer se nos presentaba tan de tarde en tarde que nos suponía un placer
extraordinario cuando llegaba. Puede que tengamos romo el apetito, y el paladar insensible, que
hayan perdido su agudeza. Lo que era a veces un placer agudo se ha convertido en una droga sin la
que no nos podemos pasar. El ayuno mantiene la emoción del placer haciendo que sea siempre
nuevo y vivo.
El ayuno ha quedado excluido casi completamente de la vida de muchas personas normales y
corrientes. Jesús condenó la clase equivocada de ayuno, pero nunca pretendió que el ayuno se
eliminara totalmente de la vida y la práctica. Haremos bien en practicarlo cada uno a nuestra propia
manera y según nuestra necesidad personal. Y la razón para hacerlo así es que «las bendiciones de
la tierra sean nuestro guía, y no nuestra cadena,»
EL VERDADERO TESORO
Mateo 6:19-21
No os almacenéis tesoros en la Tierra, donde la polilla y la roña los destruyen y los ladrones
hacen un butrón y se los llevan. Poned vuestros tesoros en el Cielo, donde ni la polilla ni la roña
pueden destruirlos,
y donde no hay ladrones que hagan el butrón y os los roben. Porque donde pongáis vuestro
tesoro, allí tendréis también el corazón.
La manera más corriente y normal de organizar la vida consiste sencillamente en dar prioridad a
las cosas que duran. Sea que nos estemos comprando ropa, o un coche, o una alfombra, o muebles,
es de sentido común mirar más allá de las apariencias y comprar cosas que se han hecho con
solidez y buena técnica para durar. Eso es exactamente lo que Jesús nos está diciendo aquí. Nos
dice que nos concentremos en las cosas que duran.
Jesús se refiere a tres cosas de las que dependía la riqueza en Palestina.
(i) Les dice a Sus seguidores que no consideren su tesoro cosas que la polilla puede destruir.
En Oriente, una parte importante de la riqueza de una persona consistía en ropa fina y elaborada.
Cuando Guiezi, el criado de Eliseo, quería sacarle algo de provecho al general sirio Naamán, que se
había curado de la lepra siguiendo las instrucciones de Eliseo, le pidió un talento de plata y dos
vestidos de gala nuevos (1 Reyes 5:22). Una de las cosas que tentaron a Acán para que pecara fue
un manto hermosísimo de Sinar (Josué 7:21).
Pero tales cosas eran indignas de que se hiciera consistir en ellas el tesoro de una persona,
porque las polillas las podían destruir, y su valor y belleza desaparecerían totalmente. No eran
posesiones duraderas.
(ii) Les dice a Sus seguidores que no consideren su tesoro cosas que la roña puede destruir.
La palabra que traducimos por roña es brósis. Quiere decir literalmente algo que devora, pero no
se usa en ningún otro texto con el sentido de roña. Lo más probable es que represente algo así: en
Oriente, mucho de la riqueza de una persona consistía en cereales almacenados en grandes silos.
Pero a ese grano podían atacarlo gusanos y ratones y ratas dejando el depósito contaminado y
destruido. Lo más probable es que esta frase se refiera a estos y otros parásitos que se podían
introducir en un granero y destruir o comer el contenido. No eran posesiones duraderas.
(iii) Les dice a Sus seguidores que no consideren su tesoro cosas que los ladrones hacen un
butrón y se las llevan.
La palabra que se usa para hacer el butrón -R-V 95 entrar, antes minar- es doiryssein. En
Palestina, las paredes de muchas casas estaban hechas de adobes, y se podían perforar fácilmente;
aunque las de los ricos, que es de las que se habla aquí, eran más sólidas, y requerirían más
industria en los ladrones. Aquí se hace referencia al que ha almacenado en su casa cosas de valor, y
descubre al volver un día que los ladrones han hecho un butrón y se han llevado su tesoro. No eran
posesiones duraderas si estaban a merced de la intervención de cualquier ladrón emprendedor.
Así es que Jesús nos advierte de la fragilidad de tres clases de placeres y posesiones.
(i) Nos advierte de la brevedad de los placeres que se desgastan y quedan tan inservibles como la
ropa vieja. Los trajes y vestidos más lujosos, con o sin polillas, acaban por desintegrarse. Todos los
placeres puramente físicos tienen la característica de desgastarse. Cada vez que se disfrutan, satis-
facen menos que la anterior. Se necesita más para producir el mismo efecto. Son como las drogas,
que pierden su efecto inicial y se hacen cada vez menos efectivas. Uno tendría que ser estúpido
para buscar su sumo bien en cosas que cada vez resultan menos rentables.
(ii) Nos advierte de la fragilidad de los placeres que se corroen. El granero está expuesto al
acecho de las ratas y los ratones, que lo mordisquean y roen todo. Hay ciertos placeres que pierden
inevitablemente su atractivo conforme avanza la edad. Puede que sea porque se es físicamente
menos capaz para disfrutar; o porque se madura algo y ciertas cosas dejan de satisfacer. Una
persona no debería nunca entregarle su corazón a placeres que los años van a desvanecer; debería
encontrar su delicia en las cosas cuyo atractivo el tiempo es impotente para erosionar.
(iii) Nos advierte de lo inseguros que son los placeres que se nos pueden robar. Eso pasa con
todas las posesiones materiales: no hay ni una entre ellas que sea segura; y, si uno edifica su
felicidad sobre ellas, está edificando sobre una base que no es estable ni segura. Supongamos que
uno organiza su vida de tal manera que su felicidad depende de su posesión de dinero; supongamos
que llega una quiebra, y se despierta una mañana para descubrir que su dinero ya no vale nada.
Entonces, con su dinero, se ha desvanecido su felicidad.
Si una persona es prudente, edificará su felicidad sobre cosas que no puede perder, y que son
independientes de los azares y avatares de la vida. Bums escribió de las cosas transitorias:
Los placeres son cual las amapolas: al tomarlas, su flor se desvanece; o cual la nieve al
caer sobre el arroyo: blanca un instante, pronto desaparece.
Una persona cuya felicidad dependa de cosas así, está condenada a una desilusión trágica.
Cualquier persona cuyo tesoro consista en cosas, está abocada a perderlo, porque las cosas no son
estables, ni duran para siempre.
TESOROS EN EL CIELO
Mateo 6:19-21 (conclusión)
La frase tesoros en el Cielo era corriente entre los judíos. Identificaban tales tesoros con dos
cosas en particular.
(i) Decían que las obras de caridad que se hacían en la Tierra se convertían en su tesoro en el
Cielo.
Los judíos contaban una famosa leyenda de un cierto rey Izates de Adiabena, que se convirtió al
judaísmo: «Izates distribuyó todos sus tesoros entre los pobres el año del hambre. Sus hermanos le
mandaron recado para decirle: "Tus padres añadieron nuevos tesoros a los que habían heredado de
sus padre, pero tú has perdido tus tesoros y los suyos" Y él les contestó: "Mis padres reunieron
tesoros para aquí abajo, pero yo los he reunido para Arriba; ellos almacenaron tesoros en un sitio
sobre el que puede gobernar el poder humano, pero yo los he almacenado en un lugar sobre el que
no puede gobernar el poder humano; mis padres coleccionaron tesoros que no producen ningún
interés, pero yo he reunido tesoros que sí lo producen; mis padres allegaron tesoros de dinero, pero
yo los he allegado de almas; mis padres reunieron tesoros para otros, pero yo los he reunido para
mí; mis padres allegaron tesoros en este mundo, pero yo los he allegado para el mundo por venir."»
Tanto Jesús como los rabinos judíos estaban seguros de que lo que se almacena con fines
egoístas se pierde, mientras que lo que se comparte generosamente produce tesoros en el Cielo.
Ese era el principio de la Iglesia Cristiana en sus primeros días. La Iglesia Primitiva siempre se
cuidaba amorosamente de los pobres, los enfermos, los abatidos, los indigentes y todos los que no
le importaban a nadie. En los días de la terrible persecución del emperador Decio, las autoridades
romanas entraron violentamente en una iglesia. Iban a expoliarla de los tesoros que creían que
guardaba. El prefecto romano le exigió al diácono Laurentio: «Muéstrame tus tesoros inmediatamen-
te.» Laurentio señaló a las viudas y huérfanos que alimentaban, a los enfermos que cuidaban, a los
pobres que ayudaban, y dijo: «Estos son los tesoros de la Iglesia.»
La Iglesia siempre ha creído que «perdemos lo que guardamos, y conservamos lo que damos.»
(ii) Los judíos conectaban siempre la frase tesoros en el Cielo con el carácter. Cuando le
preguntaron al rabí Yosé ben Kisma si estaba dispuesto a vivir en una ciudad pagana con la
condición de que le pagaran generosamente sus servicios, replicó que no viviría en ningún lugar
excepto en un hogar de la Ley; < porque -dijo- cuando parte una persona, no la acompañan ni la
plata, ni el oro, ni las piedras preciosas, sino sólo el conocimiento de la Ley, y las buenas obras que
haya hecho.» La Religión, el personaje de El gran teatro del mundo, de Calderón, le dice al Mundo,
que estaba despojando de todo a los que salían de él: < No me puedes quitar mis buenas obras.
Estas solas del mundo se han sacado.» «Y oí una voz que me decía desde el cielo: "Escribe:
Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor." Sí, dice el Espíritu,
descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen» (Apocalipsis 14:13).
Como dice el macabro refrán español: «Una mortaja no tiene bolsillos.» Lo único que una persona
puede sacar de este mundo al más allá es ella misma; y cuanto más persona sea, mayor será su
tesoro en el Cielo.
(iii) Jesús concluye esta sección afirmando que, donde esté el tesoro de una persona, allí estará
también su corazón. Si todo lo que valora y aprecia una persona está en la Tierra, no tendrá ningún
interés en un mundo más allá de este; si a lo largo de toda su vida ha tenido los ojos puestos en la
eternidad, valorará poco las cosas de este mundo. Si todo lo que una persona aprecia y valora está
en este mundo, entonces saldrá de él a regañadientes; pero si sus pensamientos se han mantenido
en el mundo más allá, saldrá de este con alegría, porque va por fin a Dios.
Una vez le enseñaron al doctor Johnson un gran palacio con sus jardines. Cuando lo había visto
todo, se volvió a su acompañante, y le dijo: «Estas son las cosas que le hacen difícil a una persona
el morir.»
Jesús no dijo nunca que este mundo no tenía importancia; pero dijo explícita e implícitamente
muchas veces que su importancia no está en sí mismo, sino en aquello a lo que nos conduce. Este
mundo no es un fin en sí mismo, sino una etapa en el camino; y, por tanto, una persona no debe
rendirle su corazón a este mundo y a lo que hay en él, sino debe tener los ojos puestos en la meta
más allá.
LA VISIÓN DEFORMADA
Mateo 6:22-23
EL ojo es por donde entra la luz al cuerpo. Así que, si tu ojo es generoso, todo tu cuerpo
estará lleno de luz; pero si es tacaño, todo tu cuerpo estará en la oscuridad. Así que, si lo que
debe dar luz está oscuro, ¿cómo estará todo lo que es de por sí oscuro?
La idea que hay tras este pasaje es de una sencillez infantil. Se considera el ojo como la ventana
por la que entra la luz a todo el cuerpo. El estado de la ventana decide la cantidad de luz que entra
en la habitación. Si la ventana está diáfana, limpia y sin obstáculos, la luz entrará a chorros en la
habitación; iluminando todos sus rincones. Si el cristal de la ventana tiene un color, o está
escarchado, mal hecho, sucio u oscuro, la luz tendrá dificultad para entrar y la habitación no se
iluminará debidamente.
La cantidad de luz que penetra en una habitación depende del estado de la ventana por la que
tiene que pasar. Así que, dice Jesús, la luz que penetre en el corazón y alma y ser de una persona
depende del estado espiritual del ojo por el que ha de pasar, porque el ojo es la ventana del cuerpo,
es decir, de toda la persona.
La opinión que tengamos de la gente dependerá de la clase de ojo con que la miremos. Hay
ciertas cosas obvias que pueden cegar o deformar nuestra visión.
(i) El prejuicio puede deformar nuestra visión. No hay nada que destruya el juicio de una persona
tanto como el prejuicio. Le impide formarse el juicio claro, razonable y lógico que debe formarse todo
ser humano. Le ciega igualmente a los hechos y a su significado.
Casi todos los nuevos descubrimientos han tenido que abrirse paso a través de prejuicios
irracionales. Cuando Sir James Simpson descubrió las virtudes del cloroformo, tuvo que luchar
contra los prejuicios del mundo médico y religioso de su tiempo. Uno de sus biógrafos escribe: «El
prejuicio, esa mutiladora determinación de caminar solamente pon los caminos trillados de la
tradición y de rechazar todos los nuevos senderos, se levantó contra él, e hizo todo lo posible por
ahogar la bendición recién encontrada.» «Muchos de los clérigos mantenían que tratar de suprimir la
maldición original sobre las mujeres de dar a luz con dolor era luchar contra la ley divina.»
Una de las cosas más necesarias de la vida es el valiente autoexamen que nos permitirá ver
cuándo estamos actuando por principio y cuándo somos víctimas de nuestros propios prejuicios
injustificados e irracionales. En cualquier persona desviada por el prejuicio el ojo se oscurece y la
visión se deforma.
(ii) Los celos pueden deformar nuestra visión. Shakespeare nos dejó el ejemplo clásico de ello en
la tragedia de 0thello. El moro Othello se había hecho famoso por sus hazañas heroicas, y se había
casado con Desdémona, que le amaba con absoluta devoción y fidelidad total. Como general del
ejército de Venecia, Othello ascendió a Cassio sobrepasando a lago. A lago le consumieron los
celos. Mediante una conspiración sutil y la manipulación de los hechos, lago sembró en la mente de
Othello la sospecha de que Cassio y Desdémona estaban intrigando secretamente. Manufacturó la
evidencia para probarlo, y movió a Othello a tal-pasión de celos, que finalmente asesinó a
Desdémona ahogándola con una almohada. A. C. Bradley escribe: «Unos celos como los de 0thello
convierten en caos la naturaleza humana, y liberan la bestia . en el hombre.»
Muchos matrimonios y muchas amistades han naufragado en el acantilado de .los celos, que
deforma incidentes perfectamente inocentes haciéndolos aparecer como acciones culpables, así
cegando la visión a la verdad y a los hechos.
(iii) La presunción puede deformar nuestra visión. En su biografía de Mark Rutherford, Catherine
Macdonald Maclean le dedica una frase curiosamente caústica al librero y editor John Chapman, que
había empleado en el pasado a Mark Rutherford: «Apuesto a la manera de Byron y de modales
refinados, resultaba sumamente atractivo a las mujeres, y él se creía todavía más atractivo de lo que
lo era.»
La presunción afecta doblemente la visión humana, porque nos hace incapaces de vernos a
nosotros mismos como somos en la realidad, e incapaces de ver a otros como realmente son. Si una
persona está convencida de su propia extraordinaria sabiduría, nunca será capaz de darse cuenta de
su propia necedad; y si es ciega a todo lo que no sean sus propias virtudes, nunca será consciente
de sus propias faltas. Siempre que se compare a sí misma con otras personas, saldrá ganando en la
comparación, y no perdiendo. Será siempre incapaz de someterse a sí misma a juicio, e incapaz por
tanto de mejorarse a sí misma. La luz en la que debiera verse a sí misma y a las demás personas
será oscuridad.
NECESIDAD DE UNA VISIÓN GENEROSA
Mateo 6:22-23 (conclusión)
Pero aquí Jesús habla de una virtud especial que ilumina la visión, y un defecto especial que la
ensombrece. La versión Reina-Valera habla aquí del ojo bueno y del malo. No cabe duda de que ese
es el sentido literal del original; pero las palabras bueno y malo se usan aquí con un sentido especial
que era bastante corriente en el griego en que se escribió el Nuevo Testamento.
La palabra para bueno es haplus, con su nombre correspondiente haplotés. En el griego de la
Biblia, por lo general estas palabras quieren decir generoso y generosidad. Santiago nos dice que
Dios da generosamente (Santiago 1:5), y el adverbio que usa es haplós. En Romanos 12:8, Pablo
exhorta a sus amigos a dar con generosidad (haplós); y le recuerda a la
iglesia corintia la liberalidad (haplotés) de las iglesias de Macedonia, y los exhorta a tener
generosidad con todos los hombres (2 Corintios 9:11). Es el ojo generoso lo que Jesús recomienda
aquí.
La palabra que la Reina-Valera traduce por malo es ponérós. No cabe duda de que ese es el
sentido normal de la palabra; pero tanto en el Nuevo Testamento como en la Septuaginta ponérós
quiere decir corrientemente tacaño o avaricioso. Deuteronomio habla del deber de prestarle a un her-
mano que tiene necesidad. Pero la cosa se complicaba por el hecho de que cada siete años había
uno cuando se cancelaban todas las deudas. Podría ser, por tanto, que estuviera cerca ese séptimo
año, y que un hombre calculador se negara a ayudar, no fuera que el otro se aprovechara del
séptimo año para no devolver su deuda. Por eso la ley establece: «Guárdate de albergar en tu
corazón este pensamiento perverso: "Cerca está el séptimo año, el de la remisión," para mirar con
malos ojos a tu hermano pobre y no darle nada, pues él podría clamar contra ti al Señor y se te
contaría como pecado» (Deuteronomio 15:9). Está claro que ponérós aquí quiere decir tacaño, ava-
ricioso, egoísta. El consejo del proverbio es: « No comas pan con el avaro ni codicies sus manjares,
porque como son sus pensamientos íntimos, así es él. "Come y bebe" -te dirá, pero su corazón no
está contigo. Vomitarás el bocado que comiste, y habrás malgastado tus suaves palabras»
(Proverbios 23:6). Es decir: « No aceptes la hospitalidad de uno que hace que se te atragante cada
bocado.» Otro proverbio dice: « El avaro se apresura a enriquecerse, sin saber que caerá en la
indigencia» (Proverbios 28:22).
Así es que Jesús está diciendo: « No hay nada como la generosidad para darte una visión clara y
sin deformaciones de la vida y de las personas; y no hay nada como un espíritu tacaño y mezquino
para deformar tu visión de la vida y de las demás personas.»
(i) Debemos ser generosos en nuestro juicio de los demás. «Piensa mal y acertarás,» proclama
con deleite malicioso el dicho español una tendencia general de la naturaleza humana a pensar lo
peor. Todos los días de la vida se masacran reputaciones de personas inocentes mientras se toman
unas cañas, o en grupos chismosos cuyos juicios están empapados de veneno. El mundo se libraría
de muchos quebraderos de cabeza y de corazón si atribuyéramos a las acciones de nuestros se-
mejantes, no las peores, sino las mejores intenciones.
(ii) En su biografía de Mark Rutherford, Catherinne Macdonald Maclean habla de los días cuando
Mark Rutherford vino a trabajar en Londres: «Fue por aquel tiempo cuando se puede notar en él el
principio de esa "entrañable piedad por las almas humanas," que había de llegar a ser algo habitual
en él... La pregunta ardiente que se hacía, asediado como estaba a veces por la fatalidad de muchos
en el distrito en que vivía, era: "¿Qué puedo yo hacer? ¿En qué puedo yo ayudarlos?" Le parecía
entonces, como siempre, que cualquier clase de acción tenía más valor que la indignación más
vehemente que se pudiera derrochar en palabras.» Cuando Mark Rutherford estaba con el editor
Chapman, George Eliot =o Marian Evans, como se llamaba realmente- vivía y trabajaba en el mismo
sitio. Algo le impresionó acerca de ella: «Era pobre. Tenía unos ingresos muy reducidos; y, aunque
esperaba ganarse la vida como mujer de letras, su futuro era muy incierto. Pero era fantásticamente
generosa. Siempre estaba ayudando a los perros cojos en las cercas, y la pobreza de los demás la
acongojaba más que la suya propia. Lloraba más amargamente por no poder aliviar debidamente la
pobreza de su hermana que por ninguna de sus propias privaciones.»
Es cuando empezamos a tener estos sentimientos cuando empezamos a ver a las personas y las
cosas claramente. Es entonces cuando nuestro ojo, y con él todo nuestro cuerpo, llega a estar lleno
de luz.
El ojo tacaño, o el espíritu egoísta y mezquino produce tres grandes males.
(i) Nos hace imposible vivir con nosotros mismos. Si uno está siempre envidiando el éxito de
otros, y lamentando la felicidad de otros, cerrándole el corazón a la necesidad de otros, llega a ser la
más digna de compasión de todas las criaturas: una persona rencorosa, resentida. Le crece dentro
una amargura y un resentimiento que le roba su propia felicidad, la priva de su paz y le destruye toda
satisfacción.
(ii) Nos hace imposible vivir con otras personas. Todos evitan a una persona mezquina; todos
desprecian a una persona de corazón miserable. La caridad cubre una multitud de pecados, pero el
espíritu mezquino hace inútiles una multitud de virtudes. Por muy mala que sea una persona
generosa, siempre tendrá otras que la quieran; y por muy buena que sea una persona mezquina,
todos la aborrecerán.
(iii) Nos hace imposible vivir con Dios. No hay nadie tan generoso como Dios; y, en último análisis,
no puede haber ninguna relación entre dos personas que dirigen sus vidas con principios
diametralmente opuestos. No puede haber ninguna relación entre el Dios Que tiene el corazón
inflamado de amor y la persona que lo tiene congelado de mezquindad.
El ojo tacaño deforma nuestra visión; sólo el ojo generoso ve claramente, porque sólo él ve como
Dios ve.
EL SERVICIO EXCLUSIVO
Mateo 6:24
Nadie puede ser esclavo de dos amos; porque, o aborrecerá a uno y querrá al otro, o se
pondrá de parte de uno y despreciará al otro. No se puede ser esclavo de Dios y de las cosas
materiales.
Para los que vivían en el mundo antiguo, este dicho era todavía más gráfico que para nosotros. La
Reina-Valera lo traduce: «Ninguno puede servir a dos señores.» Pero eso no se acerca a la fuerza
del original. La palabra que traduce servir es duleuein; dulos es un esclavo; y duleuein quiere decir
ser esclavo de alguien. La palabra que la R-V traduce señores es kyrios, y kyrios es la palabra que
denota absoluta propiedad. Comprendemos mejor el sentido si lo traducimos: «Nadié puede ser
esclavo de dos amos.»
Para entender todo lo que esto quiere decir e implica debemos recordar dos cosas sobre los
esclavos en el mundo antiguo. Primero, un esclavo no era una persona, sino una cosa, a los ojos de
la ley. No tenía absolutamente ningunos derechos; su amo podía hacer con él lo que le diera la gana.
A los ojos de la ley, el esclavo era una herramienta viva. Su amo le podía vender, apalear, expulsar y
hasta matar. Su amo era su propietario tan totalmente que poseía todo lo que fuera o tuviera.
Segundo, en el mundo antiguo un esclavo no tenía literalmente nada de tiempo para sí mismo. Cada
momento de su vida pertenecía a su amo. En las condiciones actuales de vida, una persona tiene
ciertas horas para trabajar y, fuera de esas horas de trabajo, las restantes son suyas. De hecho es
posible a menudo el que una persona encuentre los intereses reales de su vida fuera de las horas de
su trabajo. Puede que trabaje en una oficina durante el día, y que toque el violín en una orquesta por
la noche; y puede que sea en su música donde encuentre su vida real. O puede que trabaje en una
mina o en una fábrica durante el día y dirija un club de jóvenes por la noche, y que sea en esto último
donde encuentre más compensaciones y la expresión verdadera de su personalidad. Pero esto no le
era posible a un esclavo. El esclavo no tenía ni un momento de tiempo que le perteneciera. Todos
sus momentos pertenecían a su amo, y toda su persona estaba siempre a disposición de su amo.
Esta es, pues, nuestra relación con Dios. En relación con Dios no tenemos derechos propios; Dios
debe ser el dueño indiscutible de nuestras vidas. No podemos preguntarnos nunca: «¿Qué quiero yo
hacer ahora?» Siempre debemos preguntarnos: « ¿Qué quiere Dios que haga ahora?» No tenemos
tiempo que sea exclusivamente nuestro. No podemos decir unas veces: «Haré lo que Dios quiera
que haga,» y otras: «Haré lo que yo quiera.» El cristiano no tiene un tiempo en que no es cristiano;
no hay ningún momento en que puede bajarse el listón o estar fuera de servicio. Un servicio de Dios
a tiempo parcial o intermitente no basta. Ser cristiano tiene que ser a pleno tiempo. En ningún otro
sitio de la Biblia se nos presenta más claramente el servicio exclusivo que Dios demanda.
Jesús continúa diciendo: « No podéis servir a Dios y a mamoná» (R-V.95, nota). Esta era la
palabra hebrea para las posesiones materiales. En su origen no era una palabra mala. Los rabinos,
por ejemplo, tenían un dicho: «Que el mamoná de tu prójimo te sea tan digno de respeto como el tu-
yo propio.» Es decir: uno debería considerar las posesiones materiales de su prójimo como algo tan
sagrado como las suyas. Pero la palabra mamoná tuvo una historia de lo más curiosa y reveladora.
Procede de una raíz que quiere decir confiar un depósito; y mamoná era lo que uno le confiaba al
banquero o a la empresa de seguridad que fuera para que se lo guardara de todo riesgo. Pero,
conforme fueron pasando los años, mamoná llegó a significar, no lo que uno confía, sino aquello en
lo que uno confía. Así pues, mamoná acabó escribiéndose con mayúscula Mamoná- y a
considerarse como nada menos que un dios.
La historia de esta palabra muestra bien a las claras que las posesiones materiales pueden llegar
a usurpar un lugar en la vida que no estaba programado que ocuparan. En principio, las posesiones
materiales de una persona eran las cosas que se confiaban a otra persona para que las tuviera a
salvo; por último, llegaron a ser las cosas en las que la persona ponía su confianza.
No se puede describir mejor el dios de una persona que diciendo que es el poder en el que confía;
y cuando se pone la confianza en las cosas materiales, estas se han convertido, no en su apoyo,
sino en su dios.
LUGAR DE LAS POSESIONES MATERIALES
Mateo 6:24 (continuación)
Este dicho de Jesús nos obliga a plantearnos el lugar que deben ocupar en nuestra vida las
posesiones materiales. La enseñanza de Jesús descansa sobre tres grandes principios.
(i) En último análisis, todas las cosas pertenecen a Dios. La Escritura lo deja bien claro. < Del
Señor es la Tierra y todo lo que hay en ella; el mundo, y todos los que lo habitan» (Salmo 24:1).
«Porque Mías son todas las bestias del bosque, y el ganado de un millar de collados... Si Yo tuviera
hambre, no te lo diría a ti, porque el mundo y todos los seres que habitan en él son Míos» (Salmo
50:10,12).
En las parábolas de Jesús, es el amo el que les confía sus talentos a sus siervos (Mateo 25:15), y
el propietario el que les confía su viña a sus campesinos (Mateo 21:33). Este principio tiene
consecuencias incalculables. Las personas pueden comprar y vender cosas; hasta cierto punto
pueden cambiarlas y organizarlas, pero no crearlas. El propietario indiscutible de todas las cosas es
Dios. No hay nada en el mundo que uno pueda decir: «Esto es mío,» sino solamente: «Esto
pertenece a Dios, Que me permite usarlo.»
De aquí surge un gran principio de la vida. No hay nada en el mundo de lo que nadie pueda decir:
«Esto es mío, y hago con ello lo que me da la gana.» Por el contrario, lo que debe decir es: «Esto es
de Dios, y debo usarlo como quiere su Propietario.» Se cuenta de una niña de la ciudad a la que
llevó su maestra un día al campo. No había visto nunca tantas flores juntas. Se volvió a su maestra,
y le dijo: «¿Cree usted que a Dios Le molestará que coja algunas de Sus flores?» Esa es la actitud
correcta con la vida y todo lo que hay en el mundo.
(ii) El segundo principio básico es que las personas son siempre más importantes que las cosas.
Si se adquieres las posesiones, si se amasa el capital, si se acumula la riqueza a costa de tratar a
las personas como cosas, entonces todas esas riquezas son malas. Siempre y cuando se olvide ese
principio, o no se tenga en cuenta, o se viole, se producirá irremisiblemente un desastre a gran
escala.
En muchos países industrializados, en el día de hoy estamos sufriendo en el mundo de las
relaciones industriales las consecuencias de haber tratado a las personas como cosas en los días de
la revolución industrial. Sir Arthur Bryant cuenta en su English Saga algunas de las cosas que
sucedían entonces. Se empleaban niños de siete y ocho años -y hasta hay un caso de uno de tres
años- para trabajar en las minas. Algunos de ellos arrastraban carretillas por aquellas galerías
andando a gatas; otros bombeaban el agua metidos en ella hasta las rodillas doce horas al día;
otros, a los que llamaban «los tramperos,» abrían y cerraban las puertas para la ventilación, en-
cerrados en cámaras hasta dieciséis horas al día. En 1815 los niños trabajaban en los molinos desde
las 5 de la mañana hasta las 8 de la noche sin ni siquiera medio día libre los sábados, y con nada
más que media hora para el desayuno y otra media para la comida. En 1833 había 84,000 niños
menores de 14 años en las fábricas. Hasta se conoce el caso de niños que ya no se necesitaban,
que los echaban a la deriva. Los empresarios objetaban a la expresión «echar a la deriva,» y decían
que los niños habían sido puestos en libertad. Reconocían que los niños lo podían tener crudo.
«Tendrían que intentar sobrevivir pidiendo limosna o algo así.» En 1842, a los tejedores de Bumley
les pagaban siete peniques y medio al día, y a los mineros de Staffordshire dos chelines y medio.
Hubo algunos que reconocieron la locura criminal de aquella sociedad. Carlyle tronaba: « Si la
industria del algodón está fundada sobre los cuerpos de niños escuálidos, debe desaparecer; si el
diablo se apodera de tus fábricas de algodón, ciérralas.» Se pretendía que la mano de obra barata
era necesaria para mantener los precios bajos. Coleridge contestaba: «Habláis de hacer este artículo
más barato reduciendo su precio en el mercado de 8 peniques a 6. Pero daos cuenta de que al
hacerlo habéis debilitado a vuestro país frente a los enemigos extranjeros; daos cuenta de que
habéis desmoralizado a miles de vuestros compatriotas, y habéis sembrado el descontento entre una
y otra clases de la sociedad. Vuestro artículo sale intolerablemente caro por lo que yo veo.»
Es indudable que las cosas han cambiado considerablemente desde entonces; pero hay tal cosa
como la memoria de la raza. En lo hondo de la memoria inconsciente de la gente quedó grabada
indeleblemente la impresión de aquellos días. Siempre que se trata a las personas como cosas,
como máquinas, como instrumentos de producción y de enriquecimiento de los que los emplean, el
desastre será la consecuencia de esa situación tan naturalmente como al día sigue la noche. Una
nación solo olvida a su riesgo el hecho fundamental de que las personas son siempre más
importantes que las cosas.
(iii) El tercer principio es que la riqueza material es siempre un bien subordinado. La Biblia no dice
que « el dinero es la causa de todos los males;» pero sí dice que «el amor al dinero es la raíz de
todos los males» (1 Timoteo 6:10). Es muy posible encontrar en las cosas materiales lo que ha
llamado alguien «una salvación rival.» Una persona puede que crea que, porque es rica, puede
comprarlo todo, y salir airosa de cualquier situación. La riqueza se puede convertir en su vara de
medir; puede llegar a ser un único deseo, la única arma para enfrentarse con la vida. Si se desean
los bienes materiales para tener una independencia honrosa, para ayudar a la familia y hacer algo
por los semejantes, eso está bien; pero si se desean simplemente para amontonar placeres, y para
multiplicar el lujo; si la riqueza se ha convertido en el fin principal del hombre, por y para lo que uno
vive, ha dejado de ser un bien subordinado, y ha usurpado el lugar que sólo Dios debe ocupar en la
vida.
Una cosa surge de todo esto: el poseer riqueza, dinero, cosas materiales, no es un pecado, pero
sí una tremenda responsabilidad. Si uno posee muchas cosas materiales, no es algo por lo que se le
deba felicitar, sino por lo que se deba orar, para que las use como Dios manda y quiere.
DOS GRANDES CUESTIONES
ACERCA DE LAS POSESIONES
Mateo 6:24 (conclusión)
Las posesiones nos plantean dos cuestiones importantes, y todo dependerá de las respuestas que
demos a esas cuestiones.
(i) ¿Cómo obtuvo una persona sus posesiones? ¿De una manera que le gustaría que Jesucristo
pudiera ver, o de una manera que querría ocultarle a Jesucristo?
Una persona puede obtener sus posesiones a expensas de su honradez y honor. George
Macdonald nos cuenta la historia de un tendero de aldea que se hizo muy rico. Siempre que medía
tela, la medía con los dos dedos gordos dentro de la medida, así que siempre medía de menos.
George Macdonald dice de él: «Se lo restaba a su alma, y se lo sumaba a su bolsa.» Uno puede
enriquecer su cuenta corriente a expensas de empobrecer su alma.
Una persona puede obtener sus posesiones aplastando intencionadamente a algún rival más
débil. El éxito de muchos está basado en el fracaso de otros. La prosperidad de muchos se ha
conseguido a base de echar a la cuneta a otros. Es imposible comprender cómo una persona que
prospera así puede dormir por la noche.
Una persona puede obtener sus posesiones a expensas de obligaciones más elevadas.
Robertson Nicoll, el gran editor, nació en una casa pastoral del Nordeste de Escocia. Su padre tenía
una sola pasión: Comprar y leer libros. Era pastor y nunca ganaba más de doscientas libras al año;
pero se hizo con la biblioteca privada más grande de Escocia, llegando a los 17.000 libros. No los
usaba para sus sermones; sencillamente estaba loco por poseerlos y leerlos. Cuando tenía cuarenta
años se casó con una chica de veinticuatro. A los ocho años, ella murió de tuberculosis; de una
familia de cinco, sólo dos pasaron de los veinte años. El crecimiento canceroso de los libros llenaba
todas las habitaciones y pasillos de la casa pastoral.
Puede que fuera la delicia del poseedor de los libros, pero mató a su mujer y a su familia.
Hay posesiones que se adquieren a un precio demasiado elevado. Uno se debe preguntar:
«¿Cómo adquiero yo las cosas que poseo?»
(ii) ¿Cómo usa una persona sus posesiones? Una persona puede que use las cosas que ha
adquirido de varias maneras.
Puede que no las use en absoluto. Puede que padezca la manía avarienta que se deleita
sencillamente en poseer. Sus posesiones puede que sean totalmente inútiles -y la inutilidad siempre
invita al desastre.
Puede que las use de una manera totalmente egoísta. Puede que una persona quiera tener más
sueldo simplemente para tener un coche más grande, un aparato nuevo de televisión, y unas
vacaciones más caras. Puede que piense en sus posesiones sencilla y únicamente en términos de lo
que pueden hacer por él.
Puede que las use malvadamente. Uno puede usar sus posesiones para persuadir a algún otro a
hacer las cosas que no tiene derecho a hacer, o vender lo que no tiene derecho a vender. Se ha
sobornado o seducido al pecado a muchos jóvenes con el dinero de algún otro. La riqueza da poder,
y una persona corrompida puede usar sus posesiones para corromper a otros -y eso es un pecado
muy terrible a los ojos de Dios.
Una persona puede que use sus posesiones para su propia independencia y para la felicidad de
otros. No se necesita una gran fortuna para hacer eso, porque una persona puede ser lo mismo de
generosa con cien pesetas como con un millón. Uno no puede equivocarse mucho si usa sus
posesiones para ver cuánta felicidad puede llevar a otros. Pablo recuerda un dicho de Jesús que se
habría olvidado a no ser por él: « Es más bienaventurado el dar que el recibir» (Hechos 20:35). Es
una característica de Dios el dar; y, si en nuestras vidas apreciamos el dar por encima del recibir,
usaremos lo que poseamos como es debido, sea mucho o poco.
LA ANSIEDAD PROHIBIDA
Mateo 6:25-34
Yo, por tanto, os digo: No os preocupéis por vuestra vida, de lo que vais a comer, o a beber;
ni os preocupéis por vuestro cuerpo, de lo que os vais a poner. ¿Es que no consiste vuestra vida
nada más que en comida, o vuestra persona en cómo vestís? Fijaos en los pajarillos del aire,
que ni siembran, ni siegan, ni recogen en silos, y sin embargo vuestro Padre celestial los
alimenta. ¿Es que no valéis vosotros más que ellos? ¿Es que le vais a sacar al preocuparos el
prolongar vuestra vida una cuarta? ¿Y por qué os preocupáis tanto de cómo vais a vestir?
Aprended la lección de los lirios del campo, y de cómo se arreglan. Ni se afanan, ni hilan; pero
os aseguro que ni Salomón, con toda la gloria que tuvo, se vistió nunca como cualquiera de
ellos. Si Dios viste asía la hierba del campo, que existe hoy y mañana la echan al horno, ¿no os
vestirá a vosotros con mucha más razón, so «poca fes»?
Así que no os preocupéis por nada preguntándoos qué vais a comer, o a beber, o a vestir;
porque es típico de los paganos el no afanarse más que por esas cosas. Pero vosotros, dad
prioridad en vuestras vidas al Reino de Dios y a Su Justicia, y todo lo demás se os dará de
propina.
Así que, no os preocupéis por el día de mañana, que ya se preocupará él de sí mismo.
Bastantes problemas tiene ya uno con los de cada día.
Debemos empezar nuestro estudio de este pasaje asegurándonos de que entendemos lo que
Jesús está prohibiendo y lo que está demandando. La Versión Autorizada inglesa lo traduce por algo
así como: « No penséis en el mañana.» Parecerá extraño, pero esa fue la primera versión inglesa
que lo tradujo de esa manera. De los traductores anteriores, Wyclif puso el equivalente de: «No os
afanéis por vuestra vida,» que es lo que decía la Reina-Valera. 1960. Otros traductores ingleses
anteriores, Tyndale, Cranmer y la Biblia de Ginebra ponían algo así como: < No tengáis cuidado por
vuestra vida.» Usaban la expresión en el sentido literal de estar llenos de cuidados. Las versiones
antiguas eran de hecho más acertadas. No es la previsión normal y prudente que es propia del ser
humano lo que Jesús prohíbe aquí; es la preocupación. Jesús no aboga aquí por una actitud
descuidada, imprevisora, pasota, de ir a salto de mata por la vida; lo que prohíbe es el cuidado
timorato y paralizador que se quita toda la alegría de la vida.
La palabra que se usa aquí en el original es merimnán, que quiere decir preocuparse
ansiosamente (cp. «No os congojéis,» antigua Reina-Valera; «No os angustiéis,» Reina-Valera
1995). El nombre correspondiente es mérimna, que quiere decir preocupación, ansiedad. En una
carta escrita en un papiro, una mujer le escribe a su marido ausente: «No puedo dormir ni de noche
ni de día, por la preocupación (mérimna) que tengo de si te encontrarás bien.» Una madre, al tener
noticias de la buena salud y prosperidad de su hijo, le contesta a su carta: «Esa era toda mi oración y
toda mi ansiedad (mérimna).» El poeta Anacreonte escribe: «Cuando bebo vino, se me adormecen
las preocupaciones (mérimna).» Esta palabra es la normal en griego para la ansiedad, la
preocupación y el cuidado.
Los mismos judíos estaban muy familiarizados con esta actitud ante la vida. Sus grandes rabinos
enseñaban que un hombre debía enfrentarse con la vida con una combinación de prudencia y
serenidad. Insistían, por ejemplo, que todos los padres debían enseñarles a sus hijos una profesión;
porque, decían, el no enseñarles una profesión era enseñarles a robar. Es decir: creían en dar todos
los pasos necesarios para llevar una vida prudente. Pero al mismo tiempo decían: « El que tiene un
pan en la cesta, y dice: "¿qué comeré mañana?" es un hombre de poca fe.»
Jesús está aquí enseñando una lección que sus compatriotas ya sabían muy bien: la lección de la
prudencia y de la previsión y de la serenidad y de la confianza combinadas.
LA PREOCUPACIÓN Y SU CURA
Mateo 6:25-34 (continuación)
En estos diez versículos Jesús establece siete distintos argumentos y defensas contra la
preocupación.
(i) Empieza indicando (versículo 25) que Dios nos dio la vida; y, si Él nos dio la vida, no debemos
dudar en confiar en Él para las cosas más pequeñas. Si Dios nos dio la vida, seguro que podemos
confiar en que Él nos dará el alimento para sustentarla. Si Dios nos dio cuerpos, seguro que
podemos confiar en que Él nos dará la ropa para vestirlos. Si alguien nos hiciera un regalo de precio
incalculable, seguro que no se tratará de una persona tacaña, y mezquina, y descuidada, y
olvidadiza acerca de regalos menos costosos. Así que, el primer argumento es que, si Dios nos ha
dado la vida, podemos confiar en que E1 nos dará las cosas necesarias para mantenerla.
(ii) Jesús pasa a hablar de los pájaros (versículo 26). No viven con ansiedad, no intentan
amontonar recursos para un futuro invisible e imprevisible; y sin embargo se mantienen vivos. Más
de un rabino judío encontraba fascinante la manera de vivir de los animales. « En toda mi vida -decía
rabí Simeón- no he visto nunca a un ciervo que se dedicara a secar higos, ni a un león que fuera
mozo de cuerda, o a un zorro que fuera comerciante; y sin embargo todos vivían sin preocupación.
Si ellos, que fueron creados para estar a mi servicio, se mantienen sin preocupación, ¡cuánto más
debería yo, que he sido creado para servir a mi Hacedor, alimentarme sin preocupación! Pero he
corrompido mis caminos, y así he echado a perder mi sostenimiento.» El detalle de lo que Jesús está
diciendo no está en que los pájaros no trabajan; se ha dicho que nadie trabaja tanto como un gorrión
medio para ganarse la vida; la lección que quiere enseñarnos es que los pájaros no se preocupan.
No se puede encontrar en ellos el estrés de las personas acerca de un futuro que no pueden ver ni
prever, tratando de encontrar su seguridad en las cosas que almacenan y acumulan para el futuro.
(iii) En el versículo 27, Jesús pasa a demostrar que la preocupación es inútil en cualquier caso. El
versículo admite dos sentidos. Puede querer decir que ninguna persona, a base de preocuparse
puede añadir un codo a su estatura; pero un codo son 45 centímetros, ¡y seguro que no hay nadie
que quiera añadir 45 centímetros a su estatura! Puede querer decir que ninguna persona, a fuerza
de preocuparse, puede alargar su vida un breve espacio; y este sentido es el más probable. Lo que
Jesús dice es que la preocupación no tiene sentido en ningún caso.
(iv) Jesús pasa a hablar de las flores (versículos 28-30), y habla como Uno que las ama. Los lirios
del campo eran las amapolas y las anémonas escarlatas. Eran flores de un día en las laderas de
Palestina; y sin embargo, en su breve vida, se vestían con un belleza que superaba la de los mantos
de los reyes. Cuando morían, las usaban para nada mejor que encender el fuego. El detalle es el
siguiente. Los hornos de Palestina se hacían de arcilla. Eran como una caja de arcilla colocada sobre
unos ladrillos encima del fuego. Cuando se quería subirle la temperatura rápidamente, se echaban
unos manojos de hierba y de flores silvestres secas dentro del horno, y se les prendía fuego. Las
flores no tenían más que un día de vida; y luego les prendían fuego para ayudar a una mujer a
calentar el horno cuando estaba cociendo con prisa; y sin embargo Dios las viste con una belleza
que está más allá de la capacidad humana el imitar. Si Dios le da tal belleza a una florecilla efímera,
¡cuánto más tendrá cuidado de una persona! No cabe duda que a la generosidad que es tan pródiga
con la flor de un día no se le pasará por alto la persona humana, que es la corona de la creación.
(v) Jesús pasa a presentar un argumento fundamental contra la preocupación. La preocupación,
dice, es característica de los paganos, y no de los que saben cómo es Dios (versículo 32). La
preocupación es en esencia desconfiar de Dios. Tal desconfianza se puede entender en un pagano
que cree en un dios celoso, caprichoso e impredictible; pero es incomprensible en una persona que
ha aprendido a llamar a Dios con el nombre de Padre. El cristiano no se puede preocupar, porque
cree en el amor de Dios.
(vi) Jesús pasa a presentar dos maneras en que se puede derrotar la preocupación. La primera es
buscar primero, concentrarse, en el Reino de Dios. Ya hemos visto que estar en el Reino y hacer la
voluntad de Dios son una y la misma cosa (Mateo 6:10). El concentrarse en hacer, y en aceptar, la
voluntad de Dios es la manera de derrotar la preocupación. Sabemos cómo, en nuestra propia vida,
un gran amor puede desplazar cualquier otro interés. Una amor así puede inspirar la obra de una
persona, intensificar su estudio, purificar su vida, dominar todo su ser. Jesús estaba seguro de que
se destierra la preocupación cuando Dios llega a ser el poder dominante de nuestras vidas.
(vi¡) Por último, Jesús dice que podemos derrotar la preocupación cuando adquirimos el arte de
vivir al día (versículo 34). Los judíos tenían un dicho: «No te preocupes por los males del mañana,
porque no sabes lo que traerá el día de hoy. Tal vez mañana no estés vivo, y te habrás preocupado
por un mundo que ya no será el tuyo.» Si viviéramos cada día como viene, si cumpliéramos cada
tarea como se nos presenta, entonces la suma de todos los días no podría ser sino buena. Jesús
nos aconseja que atendamos a las demandas de cada día según nos vayan llegando, sin
preocuparnos acerca del futuro desconocido y de cosas que a lo mejor no suceden nunca.
LA LOCURA DE LA ANSIEDAD
Mateo 6:25-34 (conclusión)
Veamos ahora si podemos agrupar los argumentos de Jesús en contra de la preocupación.
(i) La preocupación es innecesaria, inútil y hasta positivamente perjudicial. La preocupación no
puede afectar al pasado, porque el pasado ha pasado. `Umar Jayyám estaba lúgubremente en lo
cierto:
El dedo ágil escribe, y habiendo escrito pasa; ni toda la piedad ni la sabiduría le podrán
inducir a borrar media línea, ni del mundo las lágrimas a borrar una letra.
El pasado ha pasado. No es que uno pueda o deba disociarse de su pasado; pero debe usarlo
como un acicate y una guía para actuar mejor en el futuro, y no como algo que sigue rumiando hasta
sumirse en el estrés.
El preocuparse tampoco puede afectar al futuro. Alistair MacLean, en uno de sus sermones,
cuenta una historia que había leído. El héroe era un médico de Londres. «Estaba paralizado y
reducido a la cama, pero casi inconteniblemente alegre, y tenía una sonrisa tan valiente y radiante
que hacía que nadie le tuviera lástima. Sus hijos le adoraban; y, cuando uno de sus chicos estaba a
punto de dejar el nido para lanzarse a la aventura de la vida, el doctor Greatheart le dio un buen
consejo: "Johnny -le dijo-, lo que hay que hacer, chico, es mantener la cabeza bien alta, como un
caballero; y ten la bondad de acordarte de que los problemas más gordos que hay que arrostrar son
los que nunca se presentan."» El preocuparse por el futuro es trabajo perdido, y el futuro de la
realidad rara vez es tan malo como nos lo presentan nuestros miedos.
Pero la preocupación es todavía peor que inútil; a menudo es activamente perjudicial. La dos
enfermedades típicas de la vida moderna son la úlcera de estómago y la trombosis coronaria, y en
muchos casos ambas son el resultado del estrés. Es un hecho en medicina que el que más ríe es el
que tiene una vida más larga. La preocupación que desgasta la mente desgasta también todo el
cuerpo. La preocupación afecta el juicio de una persona, reduce sus poderes de decisión y le hace
cada vez más incapaz de enfrentarse con la vida. Que cada uno se porte lo mejor posible en cada
situación -no se le puede pedir más-, y que Le deje el resto a Dios.
(ii) La preocupación es ciega. La preocupación se niega a aprender la lección de la naturaleza.
Jesús nos invita a fijarnos en los pájaros, y ver la abundancia generosa que hay en la naturaleza, y a
poner nuestra confianza en el amor que inspira esa generosidad. La preocupación se niega a
aprender la lección de la Historia. Hubo un salmista que se animaba al recordar la Historia. < Dios
mío, mi alma está abatida en mí -clamaba; y entonces prosigue-: Por tanto, me acordaré de Ti desde
la tierra del Jordán y del Hermón, desde el monte Mizar» (Salmo 42:6; cp. Deuteronomio 3: 9 y
Salmo 77). Cuando todo se ponía en contra suya, se animaba con el recuerdo de lo que Dios había
hecho. La persona que alimenta su corazón con la historia de lo que Dios ha hecho en el pasado no
se angustiará nunca por el futuro. La preocupación se niega a aprender la lección de la vida. Todavía
estamos vivos y tenemos la cabeza fuera del agua; y todavía, si alguien nos hubiera dicho que
teníamos que pasar todo lo que ya hemos pasado, le habríamos dicho que era imposible. La lección
que nos da la vida es que, de alguna manera, se nos ha capacitado para soportar lo insoportable y
hacer lo imposible y pasar la barrera del dolor sin desintegrarnos. La lección de la vida es que la
preocupación es innecesaria.
(iii) La preocupación es esencialmente atea. No son las circunstancias externas las que causan la
preocupación. En la misma circunstancia, una persona puede estar perfectamente serena, y otra se
muere de ansiedad. Tanto la preocupación como la serenidad vienen, no de las circunstancias, sino
del corazón. Alistair MacLean cita una historia del místico alemán Taulero. Cierto día, Taulero se
encontró con un mendigo. «Que Dios te dé un buen día, amigo,» le dijo; y el mendigo le contestó:
«Gracias a Dios, no he tenido nunca un mal día.» Entonces Taulero le dijo: «Que Dios te dé una vida
feliz, amigo.» « Gracias a Dios -dijo el mendigo-, siempre soy feliz.» Taulero le dijo sorprendido: <
¿Qué quieres decir?» «Bueno -dijo el mendigo-, cuando hace bueno, doy gracias a Dios; cuando
llueve, doy gracias a Dios; cuando tengo bastante, doy gracias a Dios; cuando tengo hambre, doy
gracias a Dios; y puesto que la voluntad de Dios es mi voluntad, y lo que a El Le agrada me agrada a
mí, ¿por qué iba yo a decir que no soy feliz cuando lo soy?» Taulero se le quedó mirando alucinado,
y le preguntó: « ¿Quién eres tú?» «Soy un rey,» le contestó el mendigo. Taulero le preguntó: «¿Y
dónde está tu reino?» Y el mendigo le contestó tranquilamente: «En mi corazón.»
Ya lo dijo Isaías hace mucho tiempo: « Tu guardarás en perfecta paz a aquel cuyo pensamiento
en Ti persevera, porque en Ti ha confiado» (Isaías 26:3). Como decía la mujer del Norte: «Yo soy
siempre feliz; y mi secreto es navegar siempre los mares, y mantener mi corazón en el puerto.»
Puede que haya pecados más graves que la preocupación, pero seguro que no hay ninguno que
incapacite más. « No penséis angustiosamente en el mañana» -es el mandamiento de Jesús; y es el
camino, no solo a la paz, sino también al poder.
EL ERROR DE JUZGAR
Mateo 7:1-5
No juzguéis a otras personas, para que no os juzguen a vosotros; porque el baremo que
apliquéis a otros os la aplicarán a vosotros, y con la medida que midáis a otros os medirán a
vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota de polvo que tiene tu hermano en un ojo, y no te das
cuenta de que tienes una viga en el tuyo? ¿Cómo le vas a decir a tu hermano: «Déjame que te
quite la mota de polvo que tienes en el ojo», cuando tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!
Quítate primero la viga que tienes en tu ojo, y entonces verás bien para quitarle a tu hermano la
mota de polvo que tiene en el suyo.
Cuando Jesús hablaba así, como lo hizo tan frecuentemente en el Sermón del Monte, estaba
usando palabras e ideas familiares en los pensamientos elevados de los judíos. Muchas veces los
rabinos habían advertido del peligro de juzgar a los demás. « El que juzga a su prójimo
favorablemente -decíanserá juzgado favorablemente por Dios.» Establecían que había seis grandes
buenas obras que le daban crédito a una persona en este mundo y provecho en el mundo venidero:
el estudio, el visitar a los enfermos, la hospitalidad, la práctica de la oración, la educación de niños
en la Ley, y el pensar siempre lo mejor de los demás. Los judíos sabían que la benevolencia en el
juicio es, además de un gesto sumamente simpático, nada menos que un deber sagrado.
Uno habría creído que éste sería un mandamiento fácil de obedecer, porque la Historia está
alfombrada de recuerdos de los más sorprendentes errores de juicio. Ha habido tantos que se habría
podido pensar que esto sería una advertencia para no juzgar en absoluto.
Así ha pasado, por ejemplo, en la historia de la literatura. En la Edinburgh Review de noviembre
de 1814, Lord Jeffrey hizo una revista del poema recién publicado de Wordsworth The Excursion, en
la que dictaba la ya famosa, o infame, sentencia: « No servirá nunca para nada.» En una revista del
Endymion de Keats, The Quarterly se pronunciaba en tono paternalista: «Una cierta medida de
talento que merecería aplicarse como es debido.»
Una y otra vez, hombres y mujeres que han llegado a ser famosos han sido tratados como
nulidades. En su autobiografía, Gilbert Frankau cuenta que, en tiempos de la Reina Victoria, la casa
de su madre tenía un salón donde se reunían las personas más brillantes. Su madre se encargaba
de programar el entretenimiento de sus huéspedes. Una vez contrató a una joven soprano
australiana. Después que cantó, la madre de Frankau dijo: « ¡Qué voz tan horrible! ¡Habría que
ponerle un bozal para que no volviera a cantar más!» La joven soprano era Nellie Melba.
El propio Gilbert Frankau estaba montando una comedia. Mandó buscar en una agencia teatral un
joven actor que hiciera el papel principal. El joven fue sometido a una entrevista y a una prueba.
Después, Gilbert Frankau le dijo por teléfono al agente: «Este hombre no vale para nada. No sabe
actuar, y nunca podrá actuar, y lo mejor que puedes hacer es decirle que se busque otra profesión
para no morirse de hambre. Por cierto, dime otra vez su nombre para que lo tache de mi lista.» El
actor era Ronald Colman, que llegó a ser uno de los más famosos actores de cine de todos los
tiempos.
Una y otra vez ha habido personas que han cometido los más flagrantes errores morales de juicio.
Collie Knox cuenta lo que les sucedió a él y a un amigo. Él había quedado malherido en un accidente
aéreo mientras servía en las fuerzas aéreas británicas. Su amigo había recibido una condecoración
en el palacio de Buckingham por su valor. Iban vestidos corrientemente y estaban comiendo juntos
en un famoso restaurante de Londres, cuando llegó una chica y le dio a cada uno una pluma blanca
-el emblema de la cobardía.
Será difícil encontrar alguien que no haya sido culpable de algún grave juicio erróneo; o que lo
haya sufrido de otras personas. Y sin embargo, lo raro es que no habrá otro mandamiento de Jesús
que se olvide o quebrante con más frecuencia.
SÓLO DIOS PUEDE JUZGAR
Mateo 7:1-5 (conclusión)
Hay tres grandes razones para no juzgar a nadie.
(i) Nunca conocemos totalmente los hechos o a la persona.
Hace mucho, el famoso rabí Hil.lel dijo: «No juzgues a nadie hasta que hayas estado tú en sus
mismas circunstancias o situación.> Nadie conoce la fuerza de la tentaciones de otro. Uno que tenga
un temperamento plácido y equilibrado no sabe nada de las tentaciones de otro que tenga un genio
explosivo y unas pasiones volcánicas. Una persona que se haya criado en un buen hogar y en
círculos cristianos no sabe nada de las tentaciones de la que se ha criado en una chabola, o entre
gente del hampa. Un hombre que haya tenido buenos padres no sabe nada de las tentaciones del
que ha recibido de los suyos un mal ejemplo y una mala herencia. El hecho es que, si supiéramos lo
que algunas personas tienen que pasar, en vez de condenarlas, nos admiraría el que hubieran
conseguido ser tan buenas como son.
Y todavía conocemos menos a la persona total. En un cúmulo de circunstancias, una persona
puede ser vulgar y desagradable, mientras que en otro entorno esa misma persona sería una torre
de gracia y fortaleza. Mark Rutherford nos presenta en una de sus novelas a un hombre que se casó
por segunda vez. Su mujer también había estado casada antes, y tenía una hija adolescente. La hija
parecía una criatura desagradable, sin una pizca de atractivo. El hombre no la podía entender.
Entonces, inesperadamente, la madre se puso enferma. Inmediatamente se produjo una
transformación en la hija. Se convirtió en una perfecta enfermera, la encarnación del servicio y de la
devoción incansable. Su hosquedad se iluminó repentinamente con un fulgor radiante, y apareció en
ella una persona que nadie habría soñado que estuviera allí.
Hay una clase de cristal, el espato de labrador que, a primera vista está turbio y sin brillo; pero si
se va moviendo poco a poco, se llega de pronto a una posición en la que la luz le penetra de cierta
manera y centellea con una belleza casi deslumbrante. Hay personas que son así. Pueden resultar
antipáticas simplemente porque no las conocemos del todo. Hay algo bueno en todo el mundo.
Nuestro deber es no condenar ni juzgar por lo que aparece a la superficie, sino buscar la belleza
interior. Eso es lo que querríamos que los demás hicieran con nosotros, y lo que debemos hacer con
ellos.
(ii) A todos nos es prácticamente imposible el ser estrictamente imparciales en nuestros juicios.
Una y otra vez presentamos reacciones instintivas e irracionales con la gente.
Se dice que a veces, cuando los griegos tenían un juicio particularmente importante y difícil, lo
tenían a oscuras para que ni el juez ni el jurado pudieran ver a la persona que juzgaban, para que no
fueran influenciados nada más que por los hechos del caso.
Montaigne tiene una historia macabra en uno de sus ensayos. Hubo un juez persa que había
dado un veredicto parcial bajo la influencia del soborno. Cuando el rey Cambises descubrió lo que
había sucedido, mandó ejecutar al juez. Luego mandó que le quitaran la piel al cadáver para
conservarla; y tapizó con ella el sillón en que se sentaban los jueces en el tribunal para dictar
sentencia, para que les recordara que no debían permitir nunca que ningún prejuicio o consideración
personal, y menos el cohecho, afectara jamás sus veredictos.
Sólo una persona totalmente imparcial tendría derecho a juzgar. No le es posible a la naturaleza
humana ser completamente imparcial. Sólo Dios puede juzgar.
(iii) Pero fue Jesús Quien estableció la razón suprema por la que no debemos juzgar a los demás.
Nadie es lo bastante bueno para juzgar a otro. Jesús hace la caricatura de un hombre que tiene una
viga metida en un ojo, que se ofrece para quitarle una mota de polvo que tiene otro en el ojo. El
humor de esa escena provocaría una carcajada que grabaría la lección indeleblemente.
Sólo uno que no tuviera ninguna falta tendría derecho a buscarles a los demás las suyas. Nadie
tiene derecho de criticar a otro a menos que por lo menos esté preparado a intentar hacer mejor lo
que critica. En todos los partidos de fútbol o del deporte que sea están las gradas llenas de críticos
violentos que harían un pobre papel si bajaran al terreno de juego. Todas las asociaciones y todas
las iglesias están llenas de personas dispuestas a criticar desde sus puestos, y aun sillones, de
miembros, pero que no están dispuestos a asumir ninguna responsabilidad. El mundo está lleno de
personas que reclaman su derecho a criticarlo todo y a mantener su independencia cuando se trata
de arrimar el hombro.
Nadie tiene derecho a criticar a otro si no está dispuesto a ponerse en la misma situación. No hay
nadie que sea suficientemente bueno para tener derecho a criticar a otros.
Tenemos de sobra que hacer para poner en orden cada uno su propia vida sin ponernos a
ordenar criticonamente las de los demás. Haríamos bien en concentrarnos en nuestros propios
defectos, y dejarle a Dios los de los demás.
LA VERDAD Y EL OIDOR
Mateo 7: 6
No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que os las
pisoteen, y encima se vuelvan contra vosotros y os despedacen.
Este es un dicho difícil de Jesús porque, a primera vista, parece demandar un exclusivismo que
es lo opuesto al mensaje cristiano. De hecho, es un dicho que se usó de dos maneras en la Iglesia
Primitiva.
(i) Lo usaron los judíos, que creían que los dones y la gracia de Dios eran solo para ellos. Lo
usaron los judíos que eran enemigos de Pablo, que trataban de imponer que los gentiles se
circuncidaran y asumieran toda la Ley y se hicieran judíos para poder ser cristianos. Era sin duda in
texto que se podía usar -y abusar- en interés del exclusivismo judío.
(ü) La Iglesia Primitiva usaba este texto con un sentido especial. La Iglesia Primitiva estaba
amenazada desde dos frentes. Uno era exterior: la Iglesia Primitiva era una isla de pureza cristiana
rodeada por un mar de inmoralidad pagana, y estaba siempre en peligro de contraer la infección del
mundo circundante. La otra amenaza era interior. En aquellos días se pensaban a fondo las cosas, y
era inevitable que a algunos sus especulaciones los llevaran por senderos de herejía; había algunos
que trataban de llegar a una componenda entre el Evangelio y el pensamiento pagano, y así llegar a
algún tipo de síntesis que incluyera a ambos. Si la Iglesia Cristiana había de sobrevivir, tenía que
defenderse tanto del peligro exterior como del interior, o habría quedado reducida a una de tantas
religiones que competían en el imperio romano.
En particular, la Iglesia Primitiva tenía mucho cuidado con los que admitía a la Mesa del Señor, y
con ese contexto se asoció este versículo. La celebración de la Comunión empezaba con las
palabras: «Las cosas santas son para los santos.» Teodoreto cita lo que dice ser un dicho de Jesús:
«Mis misterios son Míos y de Mi pueblo.» Las Constituciones Apostólicas establecen que el diácono
debe decir al principio del culto de Comunión: «Que ninguno de los catecúmenos -es decir, los que
están preparándose para llegar a ser miembros-, ni de los oyentes -es decir, los que han venido al
culto porque tienen interés en el Evangelio, pero aún no son cristianos-, ni de los incrédulos, ni de los
herejes, permanezca aquí.» Se hacía lo que se llamaba «vallar la Mesa» para todos los que no
fueran cristianos consagrados. La Didajé -o, para darle su nombre completo, La Enseñanza de los
Doce Apóstoles, que se remonta al año 100 d.C. y que es el primer libro de orden de la Iglesia
Cristiana-, establecía: «Que nadie coma o beba de tu Eucaristía excepto los bautizados en el nombre
del Señor; porque, en relación con esto, el Señor ha dicho: "No deis lo santo a los perros."»
Tertuliano se quejaba de que los herejes admitían a toda clase de gente, aun a paganos, a la Mesa
del Señor; y que, al hacerlo, «echarán a los perros lo que es santo, y las perlas (aunque ciertamente
no son auténticas) a los cerdos» (De Praescriptione 41).
En todos estos ejemplos se usa este texto como base para la exclusión. No era que la Iglesia no
tuviera una proyección misionera; la Iglesia original estaba inflamada por el deseo de ganar almas;
pero también era plenamente consciente de la necesidad imperiosa de mantener la pureza de la fe,
no fuera que el Cristianismo fuera gradualmente asimilado y finalmente deglutido por el paganismo
circundante.
Es fácil comprender el uso coyuntural de este texto; pero debemos tratar de descubrir también su
sentido permanente.
ALCANZANDO A LOS QUE
NO ESTÁN PREPARADOS PARA OÍR
Mateo 7:6 (conclusión)
Es posible hasta cierto punto que este dicho de Jesús se haya alterado accidentalmente en la
transmisión. Es un ejemplo excelente de la costumbre hebrea del paralelismo que ya hemos
encontrado (Mateo 6:10). Devolvámosle su forma natural:
No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos.
Con la excepción de una sola palabra, el paralelismo es perfecto. Dar es el paralelo de echar;
perros, de cerdos; pero lo santo no corresponde naturalmente a perlas. Ahí el paralelismo se
quiebra. Pero resulta que hay dos palabras hebreas que son muy parecidas, especialmente si
recordamos que en hebreo no se escriben las vocales. La palabra para santo es qadós (QDS), y la
palabra aramea para pendientes es qadasá (QDS). Las consonantes son exactamente las mismas, y
en la ortografía hebrea antigua las palabras serían idénticas. Y además, en el Talmud « un pendiente
en el hocico de un cerdo» es una frase proverbial para algo totalmente incongruente y fuera de lugar.
No es ni mucho menos imposible que la expresión original fuera:
No les deis un pendiente a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos.
En ese caso el paralelismo sería perfecto.
Si era ese el sentido original de la frase, querría decir sencillamente que hay algunas personas
que no están preparadas, que no son capaces de recibir el mensaje que la Iglesia está tan
dispuesta a dar. En tal caso no sería una expresión exclusivista, sino la presentación de una
dificultad práctica en la comunicación con la que se encuentra el predicador en cada generación.
Es absolutamente cierto que hay ciertas personas a las que resulta imposible impartir verdad.
Tiene que suceder algo en ellos para que puedan recibir enseñanza espiritual. Hay de hecho un
dicho rabínico: «Lo mismo que no hay que enseñarle un tesoro a todo el mundo, así sucede con
las palabras de la Ley; uno no puede profundizar en ellas excepto en la compañía de personas
idóneas.»
Esto es realmente una verdad universal. No podemos hablar de todos los temas con todas las
personas. En un grupo de amigos, podemos sentarnos y hablar de nuestra fe; podemos dejar que
nuestras mentes emprendan investigación y aventura; podemos hablar de lo que nos resulta confuso
o alucinante; y podemos dejar que nuestras mentes vayan por caminos de especulación. Pero, si
entra en ese grupo una persona de mentalidad inquisitorial, puede que nos ponga la etiqueta de
herejes peligrosos; o si entra una persona sencilla y sin complicaciones, podríamos escandalizarla o
inquietarla. Una película de medicina puede abrirle los ojosa uno a una experiencia valiosa y
saludable; pero a otro le podría parecer obscena y peligrosa. Se dice que una vez estaban el doctor
Johnson y un grupo de amigos hablando y gastándose bromas, porque tenían confianza. Johnson
vio acercarse a una criatura desagradable. «Guardemos silencio -dijo-: se acerca un estúpido.»
Así que hay algunas personas que no pueden recibir la verdad cristiana. Puede que tengan la
mente cerrada; puede que hayan tenido un trato brutal, y tengan la mente cubierta con una película
de cieno; puede que hayan llevado una vida que les ha oscurecido la capacidad de ver la verdad;
puede que sean burlones crónicos de todo lo espiritual, y puede que sea, y esto es frecuente, que
ellos y nosotros no tengamos un terreno común en el que nos podamos entender.
Una persona puede entender solamente aquello que está preparada para entender. No es a
cualquiera al que le podemos destapar los secretos de nuestro corazón. Siempre hay personas a las
que sería necedad predicar el Evangelio, en cuyas mentes la verdad, expresada con palabras,
encontraría una barrera infranqueable.
¿Qué se puede hacer con esas personas? ¿Las tenemos que dejar por imposibles? ¿Hay que
excluirlas sin más del mensaje cristiano? Lo que no pueden hacer las palabras lo puede hacer a
menudo la vida. Una persona puede ser completamente ciega e impermeable al mensaje cristiano en
palabras, pero no tendría nada que oponer a la demostración de una vida cristiana.
Cecil Northcott cuenta en Una Epifanía moderna una discusión entre jóvenes en un campamento
en el que están conviviendo representantes de muchas naciones. «Una noche húmeda, los del
campamento estaban discutiendo varias maneras de hablarle de Cristo a la gente. Se volvieron a
una chica africana. "María -le preguntaron-, ¿qué hacéis en tu país?" "Oh -contestó María-, no
tenemos misioneros, ni repartimos folletos. Simplemente enviamos a una o dos familias cristianas a
vivir y trabajar en esa aldea y, cuando la gente ve cómo son los cristianos, quieren ser cristianos
también ellos."» A fin de cuentas, el único argumento incontestable es el de la vida cristiana.
A menudo es imposible hablar con ciertas personas acerca de Jesucristo. Su insensibilidad, su
ceguera moral, su orgullo intelectual, su sarcasmo cínico, la película que los empaña, los hacen
impermeables a las palabras acerca de Jesucristo. Pero siempre es posible mostrarles a Cristo a las
personas; y la debilidad de la Iglesia no está en la falta de argumentos doctrinales, sino en la falta de
vidas cristianas.
LA CARTA MAGNA DE LA ORACIÓN
Mateo 7:7-I1
Seguid pidiendo hasta que se os dé; seguid buscando hasta que encontréis; seguid
llamando hasta que os abran. Porque el que pide de esta manera, recibe; y el que busca, halla;
y al que llama, se le abre.
¿Qué hombre hay que, si su hijo le pide pan, va y le da una piedra? ¿O, si le pide pescado,
le dé una serpiente? Pues si vosotros, que sois mezquinos, sabéis darles cosas buenas a
vuestros hijos, ¡cuánto más les dará vuestro Padre celestial cosas buenas a los que Le piden!
Cualquier persona que se pone a orar quiere saber la clase de Dios al Que se dirige. Quiere saber
en qué clase de atmósfera se oirán sus oraciones. ¿Estará orando a un Dios mezquino al Que hay
que sacarle los dones con sobornos? ¿Estará orando a un Dios sarcástico, Que nos dé dones de
doble filo? ¿Estará orando a un Dios Cuyo corazón es tan amable Que está más dispuesto a darnos
de lo que nosotros estamos a pedirle?
Jesús vino de una nación que amaba la oración. Los rabinos judíos dijeron las cosas más
preciosas acerca de la oración. «Dios está tan cerca de Sus criaturas como lo está el oído de la
boca.» «Los seres humanos apenas podemos oír a dos personas que están hablando al mismo
tiempo; pero Dios, si todo el mundo Le estuviera invocando al mismo tiempo, oiría el clamor de cada
uno.» « A las personas les fastidia que las molesten sus amigos con peticiones; pero Dios, siempre
que Le exponemos nuestras necesidades y peticiones, cada vez nos ama más.» Jesús se había
educado en el amor de la oración; y en este pasaje nos da la carta magna cristiana de la oración.
El argumento de Jesús es muy sencillo. Uno de los rabinos judíos preguntaba: «¿Hay algún
hombre que aborrezca alguna vez a su hijo?» El argumento de Jesús es que ningún padre le niega
nunca a su hijo lo que le pide; y Dios, el gran Padre no les negará jamás sus peticiones a Sus hijos.
Los ejemplos de Jesús están maravillosamente seleccionados. Pone tres ejemplos -porque Lucas
añade un tercero a los dos que da Mateo. Si un hijo pide un panecillo, ¿le va a dar su padre una
piedra? Si un hijo pide un pescado, ¿le va a dar su padre una serpiente? Si un hijo pide un huevo,
¿le va a dar su padre un alacrán? (Lucas 11:12). El detalle está en que en cada caso las dos cosas
que se citan tienen una cierta semejanza externa.
Los pequeños y redondos cantos rodados calizos de la orilla tenían exactamente la forma y el
color de panecillos. Si un hijo pide pan, ¿se va a burlar de él su padre ofreciéndole una piedra, que
parece un panecillo pero que no se puede comer?
Si un hijo pide un pescado, ¿le va a dar su padre una serpiente? Es casi seguro que la serpiente
sería una anguila. Según las leyes alimentarias judías, las anguilas no se podían comer, porque eran
peces inmundos. «Tendréis por inmundo todo lo que en las aguas no tiene aletas y escamas»
(Levítico 11:12). Esa disposición descartaba la anguila como comestible. Si un hijo pide un pescado,
¿le va a dar su padre un pescado, sí, pero un pescado que está prohibido comer? ¿Se va a burlar un
padre del hambre de su hijo de esa manera?
Si el hijo pide un huevo, ¿le va a dar su padre un alacrán? El alacrán es un animalejo peligroso.
En acción se parece bastante a una langosta pequeña, con pinzas con las que sujeta a sus víctimas.
El veneno lo lleva en la cola, que voltea hacia delante para liquidar a su víctima. El veneno puede ser
sumamente doloroso, y algunas veces hasta mortal. Cuando el alacrán está descansando tiene las
pinzas y la cola recogidas hacia dentro, y hay una clase blanca de alacrán que, cuando está
enroscado, se parece totalmente a un huevo. Si un hijo pide un huevo, ¿se va a burlar de él su padre
dándole un alacrán vivo?
Dios no desoye nunca nuestras oraciones; ni se burla de ellas. Los griegos tenían leyendas de
dioses que contestaban las oraciones de los humanos, pero dándoles cosas que ocultaban un
anzuelo, o tenían doble filo. Aurora, la diosa del alba, se enamoró del joven mortal Titón según una
leyenda. Zeus, el rey de los dioses, le ofreció a Aurora el don que eligiera para su amante mortal.
Ella, naturalmente, escogió que Titón fuera inmortal; pero se le olvidó pedir que Titón fuera siempre
joven; así es que Titón se iba haciendo cada vez más viejo y no se podía morir, y el don resultó ser
una maldición.
Aquí hay una lección: Dios contestará siempre nuestras peticiones, pero a Su manera, y Su
manera será la de la perfecta sabiduría y el perfecto amor. A menudo, si contestara nuestras
peticiones como queremos en ese momento, sería lo peor para nosotros, porque en nuestra
ignorancia pedimos muchas veces cosas que serían nuestra ruina. Este dicho de Jesús nos enseña,
no sólo que Dios contesta, sino que Dios contesta con sabiduría y amor.
Aunque ésta es la carta magna de la oración, nos impone ciertas obligaciones. En griego hay dos
clases de imperativo; está el imperativo aoristo, que formula una orden definida. «¡Cierra la puerta
cuando entres!» Eso sería un imperativo aoristo. Y está el imperativo presente, que formula una
orden de hacer algo siempre, o seguir haciéndolo. < Cierra la puerta siempre que entres» sería un
imperativo presente. Los imperativos aquí son imperativos presentes; por tanto Jesús está diciendo:
«Sigue pidiendo; persiste en buscar; insiste en llamar.» Nos está diciendo que seamos constantes en
la oración; que no nos desanimemos nunca y dejemos de orar. Está claro que esa es la prueba de
nuestra sinceridad. ¿Queremos de veras lo que pedimos? ¿Se trata de algo que podemos presentar-
le a Dios insistentemente? Porque la mayor prueba de legitimidad de nuestro deseo es: ¿Puedo
presentárselo a Dios en oración?
Jesús establece aquí los hechos gemelos de que Dios siempre contesta nuestras oraciones a Su
manera, con sabiduría y amor y de que debemos ofrecerle a Dios una vida de oración indesmallable,
lo que pone a prueba la legitimidad de las cosas que Le pedimos, y nuestra propia sinceridad en
pedirlas.
EL EVEREST DE LA ÉTICA
Mateo 7:12
Por tanto, todo lo que queráis que los demás hagan por vosotros, hacedlo vosotros por ellos;
porque esto es la Ley y los Profetas.
Esta es probablemente la cosa más universalmente famosa que dijo Jesús. Con este
mandamiento el Sermón del Monte alcanza su cima. Este dicho de Jesús se ha llamado < la piedra
clave de todo el discurso.» Es la cima más alta de la ética social, y el Everest de toda la enseñanza
ética.
Se pueden citar paralelos rabínicos para casi todo lo que dijo Jesús en el Sermón del Monte; pero
este dicho de Jesús no tiene paralelo. Es algo que no se había dicho nunca antes. Es nueva
enseñanza, y una manera nueva de ver la vida, con sus obligaciones.
No es difícil encontrar muchos paralelos de este dicho en su forma negativa. Como ya hemos
visto, hubo dos maestros judíos famosísimos. Uno era Sammay, famoso por su austeridad a
ultranza; y el otro Hil.lel, famoso por su dulce comprensión. Los judíos contaban la siguiente
anécdota: « Un pagano vino a Sammay y le dijo: "Estoy dispuesto a que me aceptéis como prosélito
a condición de que me enseñes toda la Ley mientras yo me mantenga sobre una pierna." Sammay
se le quitó de encima con la regla que llevaba en la mano. Luego el pagano fue a Hil.lel, que le
recibió como prosélito. Le dijo: "Lo que no te gustaría que te hicieran, no se lo hagas a nadie; eso es
toda la Ley, y 1o, demás es comentario. Ve y aprende."» Aquí tenemos la Regla de Oro en su forma
negativa.
En el Libro de Tobías hay un pasaje en el que el anciano Tobías le enseña a su hijo todo lo que le
hace falta para la vida. Una de sus máximas es: « Lo que no te gusta, no se lo hagas a nadie»
(Tobías 4:16).
Hay una obra judía que se llama La Carta de Aristeas, que pretende ser el informe de los eruditos
judíos que fueron a Alejandría para traducir las Escrituras hebreas al griego, y produjeron la
Septuaginta. El rey de Egipto les hizo un banquete en el que les dirigió algunas preguntas difíciles.
«¿Cuál es la enseñanza de la sabiduría?» -preguntó. Un erudito judío le contestó: «Como tú quieres
que no te sobrevenga ningún mal, sino participar de todas las cosas buenas, así debes actuar sobre
el mismo principio con tus súbditos y ofensores, y amonestar suavemente a los nobles y a los
buenos. Porque Dios atrae a todos los seres humanos a Sí mismo con Su benignidad» (La Carta de
Aristeas 207).
Rabí Eliezer se acercó más a la formulación de Jesús cuando dijo: «Que la honra de tu marido te
sea tan querida como la tuya propia.» El salmista también lo presentó en una forma negativa cuando
dijo que sólo el que no hace mal a su prójimo tiene acceso a Dios (Salmo 15:3).
No es difícil encontrar esta regla en la enseñanza judía en su forma negativa; pero no tiene
paralelo en la forma positiva que le dio Jesús. Lo mismo pasa en la enseñanza de otras religiones.
La forma negativa es uno de los principios básicos de Confucio. Tsze-Kung le preguntó: «¿Hay
alguna palabra que pueda servir de regla de conducta para toda la vida?» Confucio dijo: « ¿No sería
tal palabra reciprocidad? Lo que no quieres que te hagan, no se lo hagas a otros.»
Hay algunas líneas hermosas en los Himnos de la Fe budista que se acercan mucho a la
enseñanza cristiana:
Todos tiemblan a la vara, pues todos temen la muerte; poniéndote en el lugar de otros, ni
mates ni hagas matar.
Todos tiemblan a la vara, y todos aman la vida; haciendo como quieres que te hagan, ni
mates ni hagas matar.
Lo mismo tenían los griegos y los romanos. Y Sócrates nos relata que el rey Nicocles aconsejaba
a sus oficiales: «No hagáis a otros lo que os irrita cuando lo experimentáis a manos de otras
personas.» Epicteto condenaba la esclavitud sobre el principio siguiente: « Lo que vosotros evitáis
padecer, no tratéis de infligírselo a otros.» Los estoicos tenían como una de sus máximas básicas: «
Lo que no quieres que se te haga, no se lo hagas a otro.» Y se dice que el emperador Alejandro
Severo tenía esa frase tallada en las paredes de su palacio para no olvidarla nunca como regla de
vida.
En su forma negativa, ésta regla es de hecho la base de toda enseñanza ética, pero nadie más
que Jesús la puso nunca en su forma positiva. Muchas voces habían dicho: « No hagas a otros lo
que no quieres que te hagan a ti.» Pero no se había oído decir nunca: «Todo lo que queráis que los
demás hagan por vosotros, hacedlo vosotros por ellos.»
LA REGLA DE ORO DE JESÚS
Mateo 7:12 (conclusión)
Veamos hasta qué punto la forma positiva de la regla de oro difiere de la forma negativa; y
veamos cuánto más demanda Jesús que ningún otro maestro.
Cuando esta regla se pone en su forma negativa, cuando se nos dice que debemos resistirnos a
hacer a los demás lo que no querríamos que nos hicieran a nosotros, ésta no es una regla
esencialmente religiosa. Es sencillamente una formulación de sentido común sin la cual no sería
posible ningún trato social en absoluto. Sir Thomas Browne dijo una vez: «Siempre que nos
encontramos con una persona, esperamos que no nos mate.» En cierto sentido, eso es cierto; pero,
si no pudiéramos dar por sentado que la conducta y el comportamiento de otras personas hacia
nosotros se ajustaría a los baremos aceptados de la vida civilizada, entonces la vida resultaría
insoportable.
La forma negativa de la Regla de Oro no es ningún extra en ningún sentido; es algo sin lo cual la
vida no podría continuar.
Además, la forma negativa de la Regla no implica nada más que no hacer ciertas cosas; quiere
decir abstenerse de ciertas acciones. Nunca es demasiado difícil no hacer ciertas cosas. Que no
debemos hacer daño a otras personas no es un principio especialmente religioso; es más bien un
principio legal. Es la clase de principio que podría muy bien cumplir una persona que no tuviera
ninguna fe ni ningún interés en la religión. Una persona podría abstenerse siempre de causar ningún
daño a ninguna otra persona, y serles sin embargo totalmente inútil a sus semejantes. Una persona
podría cumplir la forma negativa de la Regla mediante la simple inacción; no haciendo nada que la
quebrantara. Una bondad así sería la contradicción de todo lo que quiere decir la bondad cristiana.
Cuando se formula esta Regla en sentido positivo, cuando se nos dice que debemos actuar
activamente con los demás como querríamos que ellos actuaran con nosotros, entra un nuevo
principio en la vida y una nueva actitud hacia nuestros semejantes. Una cosa es decir: « No debo
hacer daño a nadie; no debo hacerles lo que no me gustaría que me hicieran.» Eso, la ley nos podría
obligar a cumplirlo. Pero es totalmente otra cosa el decir: «Debo dejar lo que esté haciendo para
ayudar a otras personas y ser amable con ellos, como me gustaría que ellos hicieran y fueran
conmigo.» Eso, sólo el amor nos puede obligar a hacerlo. La actitud que dice: «No debo hacerle
daño a nadie,» es algo totalmente distinto de la actitud que dice: «Debo procurar por todos los
medios ayudar a la gente.»
Para poner un ejemplo muy sencillo: Si uno tiene un coche, la ley le obliga a conducirlo de tal
manera que no sea un peligro para los demás; pero no le puede obligar a llevar a un peatón
cansado. Es bien simple abstenerse de hacer daño a otros; no es tan difícil respetar sus principios y
sus sentimientos, y es mucho más difícil tener por norma voluntaria y constante el dejar lo nuestro
para ser tan amables con los demás como querríamos que ellos lo fueran con nosotros.
Y sin embargo es precisamente esa nueva actitud la que hace que la vida sea hermosa. Jane
Stoddart cita un incidente de la vida de W. H. Smith: «Cuando Smith estaba en el Ministerio de la
Guerra, su secretario particular Mr. Fleetwood Wilson se dio cuenta de que al final del trabajo de una
semana, cuando su jefe estaba preparándose para ir a Groenlandia el sábado por la tarde, solía
hacer un paquete de los papeles que tenía que llevarse, para llevárselos en su viaje. Mr Wilson
comentó que el señor Smith se podría ahorrar mucho trabajo si hiciera lo que tenían costumbre de
hacer los otros ministros: dejar los papeles para que se los enviaran por vía diplomática. Pero el
señor Smith pareció avergonzado por un momento; y luego, levantando la vista hacia su secretario,
le dijo: "Bien, mi querido Wilson, el hecho es que el cartero que nos trae las cartas desde Henley
lleva mucho peso. Yo me le quedé mirando una mañana, que se acercaba con todo lo mío además
de su cartera de costumbre, y decidí ahorrárselo siempre que pudiera."> Un detalle así muestra bien
a las claras una cierta actitud para con otras personas: la de creer que debemos tratarlas, no como la
ley nos permite, sino como el amor nos demanda.
Es perfectamente posible para un hombre del mundo el observar la forma negativa de la Regla de
Oro. Podría disciplinar su vida sin grandes dificultades para no hacer a los demás lo que no querría
que le hicieran ellos; pero la única persona que puede tan siquiera empezar a observar la forma
positiva de la Regla es la que tiene el amor de Cristo en su corazón. Tratará de perdonar, como
quisiera que la perdonaran a ella; de ayudar, como querría que la ayudaran; de alabar, como querría
que la alabaran; de comprender, como querría que la comprendieran. Nunca evitará el hacer lo que
sea; estará siempre buscando cosas que hacer. Está claro que esto le complicará mucho la vida; que
tendrá menos tiempo para hacer lo que le gusta y sus propias actividades, porque una y otra vez
tendrá que dejar lo que esté haciendo para ayudar a otra persona. Este será el principio que domine
su vida en casa, en el trabajo, en el autobús, en el mercado, en la calle, en el tren, en los juegos... en
todas partes. No podrá hacerlo perfectamente hasta que se le seque y se le muera el yo dentro del
corazón. Para obedecer este mandamiento uno tiene que llegar a ser una nueva criatura, con un
nuevo centro en su vida; y si el mundo estuviera compuesto de personas que trataran de obedecer
esta Regla, sería un mundo nuevo.
LAS ENCRUCIJADAS DE LA VIDA
Mateo 7:13-14
Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta de acceso, y amplio el camino que
conduce a la desgracia, y hay muchos que pasan por ellos; pero estrecha es la puerta, y difícil
el camino que conduce a la vida, y son pocos los que los encuentran.
La vida tiene siempre una cierta cualidad dramática; porque, como se ha dicho: «Todas las
posibilidades se concentran en las encrucijadas.» En cualquier instante de la vida, la persona se
enfrenta con una alternativa; y no puede nunca evitar el tener que elegir, porque no se puede quedar
parado. Tiene que seguir un camino u otro. Por eso, siempre ha sido una de las supremas misiones
de las grandes personalidades de la Historia el confrontar a las gentes con la elección inevitable.
Cuando se le acercaba el fin, Moisés le dijo al pueblo: «Fíjate que te he puesto delante hoy la vida y
el bien, y la muerte y el mal... escoge la vida, para que podáis vivir tú, y tu descendencia»
(Deuteronomio 30:15-20). Cuando Josué estaba deponiendo su liderato de la nación al final de su
vida, les presentó la misma alternativa: «Escoged hoy a quién vais a servir» (Josué 24:15). Jeremías
oyó la voz de Dios que le decía: « Y a este pueblo dirás: Así dice el Señor: Mirad, Yo os presento el
camino de la vida, y el camino de la muerte» (Jeremías 21:8).
Esta es la alternativa que Jesús nos presenta en este pasaje. Hay un camino espacioso y fácil, y
son muchos los que lo siguen; pero acaba en desgracia. Hay otro camino, estrecho y difícil, y son
pocos los que lo recorren; pero su destino es la vida. Cebes, el discípulo de Sócrates, escribe en
Tabula: «¿Ves una puertecita, y un camino al otro lado de la puerta que no está muy transitado, sino
con pocos viajeros? Ese es el que conduce a la verdadera instrucción.» Examinemos las diferencias
entre los dos caminos.
(i) Hay una diferencia entre el camino difícil y el camino fácil. No hay camino fácil que conduzca a
la grandeza; la grandeza es siempre el resultado del esfuerzo. El antiguo poeta griego Hesíodo
escribe: « La maldad se puede tener en abundancia fácilmente; suave es la carretera, y vive muy
cerca; pero delante de la virtud han puesto el sudor los dioses inmortales.» Epicarmo dijo: «Los
dioses nos exigen esfuerzo como el precio de todas las cosas buenas.» «Bellaco -advierte-, no
aspires a las cosas fáciles, no sea que heredes las difíciles.»
Una vez Edmund Burke hizo un gran discurso en la Cámara de los Comunes. Después se vio a
su hermano Richard Burke sumido en profundos pensamientos. Le preguntaron en qué estaba
pensando, y contestó: «Estaba preguntándome cómo es que Ned se las ha agenciado para
monopolizar todos los talentos de nuestra familia; y entonces me acordé de que, cuando estábamos
jugando, él estaba estudiando o trabajando.» Aun cuando se hace algo con una apariencia de
facilidad, esa facilidad es el producto de una labor concentrada y constante. La habilidad del maestro
al piano, o del campeón en el campo de golf no se adquirió sin sudor y lágrimas. No ha habido nunca
otro camino a la grandeza que el del trabajo y el esfuerzo, y lo que prometa un camino más fácil es
una fantasía y una red.
(ii) Hay una diferencia entre el camino largo y el corto. Rara vez surge nada completo y perfecto
en un abrir y cerrar de ojos, pero mucho más a menudo la grandeza es el resultado de una larga
labor y una constante atención al detalle. Horacio, en El arte poética, aconseja a Pisón que, cuando
escriba algo, lo tenga a mano nueve años antes de publicarlo. Cuenta que un alumno le llevaba
artículos al famoso crítico Quintilio. Este decía: «Ráspalo. No se ha trabajado debidamente.
Devuélvelo al fuego y al yunque.» La Eneida de Virgilio le tuvo ocupado los últimos diez años de su
vida; y, cuando estaba muriendo, la habría destruido, porque le parecía tan imperfecta, si no se lo
hubieran impedido sus amigos. La República de Platón empieza con una sencilla frase: «Bajé al
Pireo ayer con Glauco, el hijo de Aristón, para ofrecerle una oración a la diosa.» En el manuscrito
autógrafo de Platón hay no menos de trece versiones diferentes de esa frase inicial. El gran escritor
había trabajado en arreglo tras arreglo para conseguir la cadencia exactamente a punto. La Elegy
written in a Country Churchyard de Thomas Gray es uno de los poemas inmortales. Lo empezó el
verano de 1742; por último empezó a circular privadamente el 12 de junio de 1750. Su perfección
lapidaria le había tenido ocupado ocho años. Nadie ha llegado jamás a una obra maestra por un
atajo. En este mundo tenemos que enfrentarnos constantemente con el camino corto, que promete
resultados inmediatos, y el camino largo, cuyos resultados están en la lejanía. Pero las cosas
duraderas nunca se hacen de prisa; el mejor camino resulta ser el más largo.
(iii) Hay una diferencia entre el camino disciplinado y el indisciplinado. Nada se ha conseguido
nunca sin disciplina, y muchos atletas y otras personas no han llegado a nada porque han
abandonado la disciplina y se han ido ablandando. Coleridge es la suprema tragedia de la
indisciplina. Nunca hubo una mente tan grande que produjera tan poco. Salió de la Universidad de
Cambridge para irse al ejército; dejó el ejército porque, a pesar de su erudición, no sabía cepillar un
caballo; volvió a Oxford, y salió sin ningún título. Empezó a publicar un periódico llamado The
Watchman, que vivió diez números y murió. Se ha dicho de él: « Se perdía en visiones de trabajos
que había que hacer, que siempre estaban por hacer. Coleridge tenía todos los dones de la poesía
menos uno: el del esfuerzo mantenido y concentrado.» Tenía toda clase de libros en la mente, como
él mismo decía: «Sólo a falta de escribirlos.» «Estoy en vísperas decía- de mandar a la imprenta dos
volúmenes en octavo.» Pero los libros no existían nada más que en la mente de Coleridge, porque
no podía someterse a la disciplina de sentarse a escribirlos. Nadie ha llegado nunca a la eminencia,
y si la ha alcanzado no la ha mantenido, sin disciplina.
(iv) Hay una diferencia entre el camino meditado y el improvisado. Aquí llegamos al corazón de la
cuestión. Nadie tomaría el camino fácil, corto e indisciplinado... si simplemente se lo pensara un
poco. Cualquier cosa de este mundo tiene dos aspectos: lo que parece al momento, y lo que
parecerá en el tiempo por venir. El camino fácil puede que parezca muy seductor al momento, y el
camino difícil, descorazonador. La única manera de tener claros nuestros valores es ver, no el
principio, sino el fin del camino; ver las cosas, no a la luz del tiempo, sino de la eternidad.
LOS FALSOS PROFETAS
Mateo 7:15-20
¡Cuidado con los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de ovejas, pero que por
dentro son lobos rapaces! Los reconoceréis por sus frutos. Seguro que no se cosechan uvas en
los espinos, ni higos de los cardos... Así es que todo buen árbol produce buen fruto; pero todo
árbol estropeado da mal fruto. Un árbol bueno no puede dar mal fruto, ni el árbol estropeado
dar buen fruto. El árbol que no da buen fruto, se corta y se echa al fuego. Así es que los
conoceréis por sus frutos.
Casi todas las frases y las palabras de esta sección les sonarían familiares a los judíos que las
oyeron por primera vez.
Los judíos ya estaban bien informados acerca de los falsos profetas. Jeremías, por ejemplo, tuvo
un conflicto con los profetas que decían: «Paz, paz,» cuando en realidad no había paz (Jeremías
6:14; 8:11). Lobos era el nombre que se les daba a los malos gobernantes y a los falsos profetas. En
los malos días, Ezequiel había dicho: < Sus príncipes en medio de ella son como lobos que
destrozan la presa, derramando sangre y destruyendo vidas para obtener ganancias injustas»
(Ezequiel 22:27). Sofonías hace una descripción sombría del estado de cosas en Israel cuando < sus
oficiales en medio de él son leones rugientes; sus jueces son lobos nocturnos que no dejan nada
para la mañana. Sus profetas son tipos altaneros y fraudulentos» (Sofonías 3:3). Cuando Pablo
estaba advirtiendo en su discurso de despedida a los ancianos de Éfeso de los peligros por venir, les
dijo: «Entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño» (Hechos 20:29).
Jesús dijo que enviaba a sus discípulos como ovejas en medio de lobos (Mateo 10:16); y hablo del
Buen Pastor que protege Su rebaño de los lobos con Su vida (Juan 10:12). Aquí tenemos sin duda
una figura que todos podrían reconocer y entender.
Aquí dice Jesús que los falsos profetas son como lobos disfrazados de ovejas. Cuando el pastor
estaba vigilando sus rebaños en las colinas, iba vestido de pieles de oveja, con la piel para fuera y el
pelo por dentro. Pero uno podía llevar puesta una piel de oveja y no ser un pastor. Los profetas
solían llevar un atuendo convencional. Elías se ponía un manto (1 Reyes 19:13, 19) que estaba
hecho de una piel peluda (2 Reyes 1:8). El manto de piel de oveja había llegado a ser el uniforme de
los profetas, lo mismo que los filósofos griegos llevaban una ropa típica. A los profetas se los podía
distinguir de los demás por aquel manto característico. Pero algunas veces se lo ponían los que no
tenían el menor derecho, porque Zacarías, en su descripción de los grandes días por venir, dice: «
No se pondrán el manto velloso para dar el pego» (Zacarías 13:4). Había algunos que iban vestidos
como profetas, pero que vivían como todo lo contrario.
Había falsos profetas en los tiempos antiguos, pero también en los del Nuevo Testamento. Mateo
se escribió hacia el año 85 d.C., y en aquel tiempo los profetas eran todavía una institución en la
Iglesia. No tenían residencia fija, porque lo habían dejado todo para asumir un ministerio ambulante
llevando a las iglesias el mensaje que creían haber recibido directamente de Dios.
En el mejor de los casos, los profetas eran la inspiración de la Iglesia, porque eran personas que
lo habían dejado todo para servir a Dios y a la Iglesia de Dios; pero el oficio de profeta se prestaba a
abusos. Había quienes lo usaban para ganar prestigio y para abusar de la generosidad de las
congregaciones locales, y darse así una vida confortable, y hasta de regalada pereza. La Didajé fue
el primer libro de orden eclesiástico; data de alrededor del año 100 d.C.; y sus disposiciones acerca
de estos profetas itinerantes son muy iluminadoras. A un verdadero profeta había que mostrarle
respeto; se le debía recibir de buena gana; no había que menospreciar nunca su palabra, ni limitar
su libertad nunca; pero « se quedará un día, o, si es necesario, también otro; pero si se queda tres
días, es un falso profeta.» No debe pedir nunca nada más que pan. «Si pide dinero, es un falso
profeta.» Todos los que se presentaban como profetas pretendían hablar en el Espíritu; pero había
una prueba ácida: « Se distinguirán los verdaderos profetas de los falsos por su carácter.» «Todo
profeta que enseña la verdad, si no hace lo que enseña, es un falso profeta.» Si un profeta,
pretendiendo hablar en el Espíritu, manda que le pongan la mesa y le presenten una comida, es un
falso profeta. «A quienquiera que diga en el Espíritu: "Dadme dinero o cualquier otra cosa," no le
hagáis caso; pero si os dice que deis a otros que tienen necesidad, que nadie le juzgue.» Si un
forastero llega a una congregación y quiere quedarse allí, si tiene un oficio, «que trabaje y coma.» Si
no tiene oficio, «considerad con sabiduría cómo puede vivir entre vosotros como cristiano, pero no
inactivo... Y si no quiere hacerlo así, está comerciando con Cristo. Cuidado con los tales» (Didajé,
capítulos 11 y 12).
La historia antigua y los acontecimientos contemporáneos hacían que las palabras de Jesús
tuvieran mucho sentido para los que las oyeron por primera vez, y para aquellos a los que Mateo se
las transmitió.
RECONOCIDOS POR SUS FRUTOS
Mateo 7:15-20 (continuación)
Los judíos, los griegos y los romanos, todos usaban la idea de que a un árbol se le juzga por sus
frutos. Un proverbio decía: «Como la raíz, así el fruto.» Epicteto había de decir más adelante: «
¿Cómo podrá una cepa no crecer como tal sino como un olivo; o, cómo podrá un olivo no crecer
como tal sino como una vid?» (Epicteto, Discursos 2:20). Séneca declaraba que el bien no puede
crecer del mal como tampoco puede salir una higuera de una aceituna.
Pero todavía hay aquí más de lo que parece a simple vista. «Seguro que no se cosechan uvas en
los espinos,» decía Jesús. Hay una clase de espino, el espino cerval, que produce unas bayas
pequeñas y negras que parecen uvas pequeñas. «Ni higos en los cardos.» Hay una especie de
cardo que tiene una flor que por lo menos a cierta distancia, se podría tomar por un higo chumbo.
La lección es real, relevante, y salutífera. Puede que haya una semejanza superficial entre un
verdadero y un falso profeta. El falso profeta puede que lleve la vestimenta correcta y use el lenguaje
característico; pero no se puede sustentar la vida con las bayas del espino cerval o las flores del
cardo; y la vida del alma nunca se puede sustentar con el alimento que ofrece un falso profeta. La
verdadera prueba de cualquier enseñanza es: ¿Fortalece a una persona para sobrellevar las cargas
de la vida, y para recorrer el camino del deber?
Fijémonos, pues, en los falsos profetas y veamos sus características. Si el camino es difícil y la
puerta es tan estrecha que es difícil encontrarla, entonces debemos tener cuidado de obtener
maestros que nos ayuden a encontrarla, y no que nos seduzcan para que entremos por otra.
El defecto básico del falso profeta es el propio interés. El verdadero pastor tiene más cuidado del
rebaño que de su propia vida; el lobo no se cuida más que de satisfacer su propia codicia y
glotonería. El falso profeta está en el negocio de la enseñanza, no por lo que pueda aportar a otros,
sino por lo que pueda sacar para sí mismo.
Los judíos eran sensibles a este peligro. Los rabinos eran los maestros judíos; pero era un
principio cardinal de la Ley judía que un rabino debía tener un oficio con el que ganarse la vida, y no
podía recibir un sueldo por enseñar en ningunas circunstancias.
Rabí Sadok decía: « No hagas dei conocimiento de la Ley, ni una corona para presumir, ni una
azada para cavar.» Hil.lel decía: « El que usa la corona de la Ley con fines externos, se desvanece.»
Los judíos conocían muy bien al maestro que usaba su enseñanza en beneficio propio y para
obtener provecho para sí mismo. Hay tres maneras en las que un maestro puede estar dominado por
el interés propio.
(i) Puede que enseñe solamente por la ganancia. Se dice que había problemas en la iglesia de
Ecclefechan, donde el padre de Carlyle era anciano. Hubo una disputa entre la congregación y el
pastor por el asunto del dinero y el sueldo. Cuando ya se había dicho casi todo por ambas partes, el
padre de Carlyle se levantó y lanzó una sentencia devastadora: «Dadle al asalariado su salario, y
que se vaya.» No se puede vivir del aire, y pocas personas pueden cumplir perfectamente con su
trabajo cuando la presión de las cosas materiales las abruma; pero el gran privilegio de la enseñanza
no está en el sueldo que proporciona, sino en el encanto de abrir las mentes de chicos y chicas y de
hombres y mujeres a la verdad.
(ii) Puede que enseñe solamente por prestigio. Puede que uno enseñe principalmente para ayudar
a otros, pero también que enseñe para hacer gala de lo listo que es. Denney dijo una vez algo
salvaje: «Nadie puede demostrar al mismo tiempo que es muy listo y que Cristo es poderoso para
salvar.» El prestigio es lo último que desean los grandes maestros. J. P. Struthers era un santo de
Dios. Pasó toda su vida al servicio de una pequeña iglesia reformada presbiteriana, cuando podría
haber ocupado cualquier púlpito famoso del país. La gente le adoraba, y tanto más cuanto más le
conocía. Dos hombres estaban hablando acerca de él. Uno sabía todo lo que Struthers había
hecho, pero no le conocía personalmente. Recordando el santo ministerio de Struthers, dijo:
«Struthers tendrá un asiento en primera línea en el Reino del Cielo.» El otro, que había conocido a
Struthers personalmente le contestó: «Struthers se sentiría muy incómodo en un asiento de primera
fila en cualquier sitio.» Hay cierta clase de maestro y de predicador que usará su mensaje para
encumbrarse. El falso profeta está interesado en hacer alarde de sí mismo; el verdadero profeta
desea desaparecer tras el mensaje.
(iii) Puede que enseñe solamente para transmitir sus propias ideas. El falso profeta no quiere más
que diseminar su versión de la verdad; el verdadero profeta no quiere más que proclamar la verdad
de Dios. La verdad es que todos debemos pensarnos las cosas por nosotros mismos; pero se decía
de John Brown de Haddington -e1 antepasado escocés de la querida familia evangélica española
Fliedner- que, cuando predicaba, de vez en cuando hacía una pausa «como si estuviera escuchando
una voz.» E1 verdadero profeta escucha a Dios antes de hablar a los hombres. Nunca olvida que él
no es nada más que una voz que habla de parte de Dios y un canal por el que puede fluir hacia los
hombres la gracia de Dios. La obligación de un maestro y de un predicador es llevar a los hombres,
no su idea privada y personal de la verdad, sino la verdad tal como se encuentra en Jesucristo.
LOS FRUTOS DE LA FALSEDAD
Mateo 7:15-20 (conclusión)
Este pasaje tiene mucho que decir acerca de los malos frutos de los falsos profetas. ¿Cuáles son
los efectos negativos, los malos frutos, que puede producir un falso profeta?
(i) La enseñanza es falsa si produce una religión que consiste exclusiva o principalmente en la
observancia de cosas externas. Eso era lo malo de los escribas y fariseos. Para ellos la religión
consistía en la observancia de la ley ceremonial. Si uno cumplía el ceremonial correcto del
lavamiento de manos, si nunca llevaba en sábado un peso superior a dos higos secos, si nunca
andaba el sábado más de la distancia prescrita, si era meticuloso en dar los diezmos de todo, hasta
de las especias de su huerto, entonces era una buena persona.
Es fácil confundir la religión con las prácticas religiosas. Es posible -y desgraciadamente no
infrecuente- enseñar que la religión consiste en ir a la iglesia, observar el Día del Señor, cumplir las
obligaciones económicas personales con la iglesia y leer la Biblia. Puede que uno haga todas esas
cosas y esté muy lejos de ser cristiano, porque el Cristianismo es una actitud del corazón hacia Dios
y hacia nuestros semejantes.
(ii) La enseñanza es falsa si produce una religión que consiste en prohibiciones. Cualquier religión
que se basa en una serie de «no harás» es una religión falsa. Hay un tipo de maestro que le dice a la
persona que ha emprendido el camino cristiano: «Desde ahora en adelante, no irás más al cine, ni al
baile; desde ahora en adelante no fumarás ni te pintarás; desde ahora en adelante no leerás ninguna
novela ni ningún periódico del domingo; desde ahora en adelante no entrarás en ningún teatro.»
Si se pudiera ser cristiano simplemente absteniéndose de hacer ciertas cosas, el Cristianismo sería
una religión más fácil de lo que es. Pero toda la esencia del Cristianismo es que no consiste en no
hacer cosas, sino en hacer cosas. Un Cristianismo negativo por nuestra parte no puede nunca ser la
respuesta al amor positivo de Dios. .
(iii) Una enseñanza es falsa si produce una religión fácit: Había falsos maestros en-los días de
Pablo, un eco de cuya enseñanza podemos percibir en Romanos 6. Le decían a Pablo: «¿Tú crees
que la gracia de Dios es la cosa más grande del universo?» « Sí.» « ¿Tú crees que la gracia de Dios
es suficientemente amplia para cubrir cualquier pecado?» « Sí.» «Bueno; pues entonces, si así están
las cosas, sigamos pecando a gusto: Dios nos perdonará. Y, después de todo, nuestro pecado no
está más que dándole a la maravillosa gracia de Dios una oportunidad de operar.» Una religión así
es una parodia de la religión, porque insulta el amor de Dios.
Cualquier enseñanza que le quita a la religión la firmeza de la roca, cualquier enseñanza que
excluye la Cruz del Cristianismo, cualquier enseñanza que elimina la amenaza de la voz de Cristo,
cualquier enseñanza que pone el juicio fuera de la perspectiva y que hace que la gente piense con
ligereza en el pecado es una enseñanza falsa.
(iv) Una enseñanza es falsa cuando divorcia la religión y la vida. Cualquier enseñanza que aparta
al cristiano de la vida y de la actividad del mundo es falsa. Ese fue el error que hicieron los monjes y
los ermitaños. Creían que para vivir la vida cristiana tenían que retirarse a un desierto o a un monas-
terio, que tenían que escindirse de la vida absorbente y tentadora del mundo, que no podían ser
verdaderos cristianos si no dejaban de vivir en el mundo. Jesús dijo, y pidió al Padre para sus
discípulos: « No Te pido que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno» (Juan 17:1 S).
Hemos sabido, por ejemplo, de un periodista que tenía dificultad en mantener sus principios
cristianos en el trabajo de un diario, y que lo dejó para entrar en un periódico exclusivamente
religioso.
Ninguno puede ser un buen soldado si no hace más que huir, y el cristiano es un soldado de
Cristo. ¿Como podrá cumplir su misión la levadura si se niega a introducirse en la masa? ¿Para qué
sirve el testimonio a menos que se dirija a los que no creen? Cualquier enseñanza que anima a las
personas a sentarse en lo que llamaba John Mackay, el autor de El otro Cristo español, « un palco
desde el que se ve la vida» es equivocada. El puesto del cristiano no es el de un mero espectador
sino en medio de la refriega de la vida.
(v) Una enseñanza es falsa si produce una religión arrogante y separatista. Cualquier enseñanza
que anima a una persona a retirarse a una senda estrecha, y a considerar el resto del mundo como
pecadores, es una enseñanza falsa. La misión de la religión no es erigir paredes separatistas, sino
derribarlas. El sueño de Jesucristo era que hubiera un solo rebaño y un solo Pastor (Juan 10:16). El
exclusivismo no es una cualidad religiosa sino todo lo contrario. H. E. Fosdick cita cuatro versos
ramplones:
Somos los pocos que Dios ha elegido, y todos los otros están condenados; ni tú ni los tuyos
cabéis en el Cielo, porque el Cielo no debe estar abarrotado.
La religión está diseñada para acercar a las personas, no para separarlas. La religión debe
servir para reunir a las personas en una gran familia, no para dividirlas en grupos hostiles. Una
enseñanza que proclame que una iglesia o una secta determinada tiene el monopolio de la gracia de
Dios, es una enseñanza falsa; porque Cristo no es un Cristo que divide, sino el Cristo que une.
FALSAS PRETENSIONES
Mateo 7:21-23
No será el que Me llame <¡Señor, Señor!» el que entre en el Reino del Cielo, sino el que
haga la voluntad de Mi Padre Que está en el Cielo. Muchos Me dirán ese Día: < ¡Señor,
Señor! ¿Es que no profetizamos en Tu nombre, y echamos muchos demonios en Tu nombre,
e hicimos muchas obras de poder en Tu nombre?» Entances les comunicaré públicamente:
«No os conozco de nada. ¡Alejaos de Mí, obreros de iniquidad!»
Este pasaje contiene un detalle que parece sorprendente. Jesús está totalmente dispuesto a
conceder que es un hecho que muchos de los falsos profetas dicen y hacen obras maravillosas e
impresionantes.
Debemos tener presente cómo era el mundo antiguo. Los milagros eran acontecimientos
corrientes. Esto tenía que ver con la idea que se tenía entonces de la enfermedad. En el mundo
antiguo se creía que todas las enfermedades eran obra de los demonios. Si una persona estaba
enferma era porque algún demonio había conseguido ejercer una influencia maligna sobre ella, o se
habían introducido en alguna parte de su cuerpo. Las curaciones por tanto se tenían que lograr por
vía de exorcismo. La consecuencia de esto era que muchas de las enfermedades eran lo que
llamaríamos psicológicas, y había muchas formas de curarlas. Si una persona conseguía conven-
cerse -o autosugestionarse- llegando a creer que tenía dentro un demonio o que un demonio la tenía
en su poder, esa persona estaría indudablemente enferma. Y si otro conseguía convencerla de que
el poder del demonio había sido quebrantado y ella ya estaba libre, entonces esa persona se pondría
buena muy probablemente.
Los líderes de la iglesia nunca negaron los milagros paganos. Como respuesta a los milagros de
Cristo, Celso citaba los atribuidos a Esculapio y Apolo. Orígenes, que se opuso a sus argumentos, ni
por un momento negó la existencia de esos milagros. Sencillamente respondió: «Tal poder curativo
no es en sí mismo ni bueno ni malo, y está en principio al alcance de gente piadosa e impía»
(Orígenes Contra Celso 3:22). Hasta en el Nuevo Testamento leemos acerca de exorcistas judíos
que añadieron el nombre de Jesús a su repertorio, y que echaban demonios por este medio (Hechos
19:13; cp. Marcos 9:38). Había muchos charlatanes que ofrecían a Jesús un reconocimiento de
labios, y que usaban su nombre para producir efectos maravillosos en personas poseídas de
demonios. Lo que Jesús está diciendo es que, si una persona usa su nombre con pretensiones
falsas, llegará el día en que tenga que rendir cuentas. Sus motivos verdaderos serán expuestos, y él
será desterrado de la presencia de Dios.
Hay dos grandes verdades de valor permanente en este pasaje. No hay más que una sola manera
en que se puede demostrar la sinceridad de una persona, y es su conducta. Las palabras bonitas
nunca pueden ocupar el lugar de las obras verdaderas. No hay más que una manera de demostrar el
amor y es mediante la obediencia. No tiene sentido el decir que amamos a una persona, y luego
hacer cosas que quebrantan su corazón.
Cuando éramos pequeños, tal vez solíamos decirle a nuestra madre: «Mamá, te quiero mucho.» Y
puede ser que nuestra madre nos sonriera a veces y dijera: «Me gustaría que me lo demostraras un
poquito más en tu comportamiento.» También se puede confesar a Dios con los labios, negándole en
la vida. No es difícil recitar un credo, pero sí lo es vivir la vida cristiana. La fe sin la práctica es una
contradicción en términos y el amor sin la obediencia es una imposibilidad.
Por detrás de este pasaje se encuentra la idea del juicio. Por todo él fluye la seguridad de que el
Día del Juicio está al llegar. Una persona puede conseguir mantener las pretensiones y los disfraces,
pero llega el día en que todo esto aparece tal como es, y los disfraces desaparecen. Podemos
engañar a los hombres con nuestros pensamientos, pero a Dios no. «Tú disciernes mis
pensamientos desde lejos,» decía el salmista (Salmo 139:2). Ninguna persona puede engañar en
última instancia al Dios que ve el corazón Y sí que -siguió diciendo Jesús-, cualquiera que me oiga
estas palabras y las haga, se parecerá a un hombre sensato que se construyó la casa sobre la roca:
cayó la lluvia, se desbordó el río y sopló el viento contra aquella casa, y no se cayó, porque estaba
cimentada en la roca; y cualquiera que me oiga estas palabras pero no las haga, se parecerá a un
hombre insensato que se construyó la casa sobre la arena: cayó la lluvia, se desbordó el río y sopló
el viento contra aquella casa, y se cayó, y su ruina fue irreparable.
Cuando Jesús acabó de hablar todo esto, la gente se admiraba de Su enseñanza; porque
les enseñaba como Quien tenía autoridad, y no como sus escribas.
Jesús era un experto en un doble sentido. Era un experto en la Escritura. El autor de Proverbios le
dejó una sugerencia para Su alegoría: «Cuando pasa el torbellino, el malo no permanece, pero el
justo está establecido para siempre» (Proverbios 10:25). Aquí tenemos el boceto del cuadro que
Jesús pintó de las dos casas y los dos constructores. Pero Jesús era también un experto en la vida.
Era un artesano que sabía todo lo que había que saber sobre cómo construir casas, y cuando
hablaba acerca de los cimientos de una casa sabía de lo que estaba hablando. Esta no es una
ilustración inventada por un literato en su despacho; es la ilustración de un hombre práctico.
Esta tampoco era una ilustración traída por los pelos; sino la historia de la clase de cosa que
podía suceder muy fácilmente. En Palestina el constructor tenía que tener previsión. Había muchos
valles que en verano parecían arenales agradables, pero que en invierno eran el lecho de furiosos
torrentes. Podía ser que alguien estuviera buscando dónde construirse la casa; vería ese huequecito
arenoso agradablemente protegido, y pensaría que era. el lugar ideal. Pero, si no era hombre
previsor, a lo mejor construía su casa en el lecho seco de un torrente; y, cuando llegara el invierno,
se le desintegraría la casa. Hasta en un lugar ordinario sería tentador empezar a construir en un
terreno arenoso y nivelado, sin tener que preocuparse de profundizar hasta encontrar la roca; pero
de esa manera el desastre acechaba a corto plazo.
Sólo una casa cuyo cimiento sea firme podrá resistir la tormenta; y sólo una vida cuyos cimientos
sean estables podrá superar la prueba. Jesús demandaba dos cosas.
(i) Demandaba que se Le escuchara. Una de las grandes dificultades que tenemos que arrostrar
hoy en día es el simple hecho de que la gente a menudo no sabe lo que Jesús dijo o lo que la Iglesia
enseña. De hecho, la cosa es peor todavía. A menudo se tiene una idea totalmente equivocada de lo
que dijo Jesús y de lo que la Iglesia enseña. No forma parte de la obligación de ninguna persona
respetable el condenar a una persona, o a una institución que no se ha escuchado -y eso es hoy
precisamente lo que hacen muchos. El primer paso hacia la vida cristiana es sencillamente darle a
Jesucristo una oportunidad de que se Le escuche.
(ii) Demandaba que las personas hicieran. El conocimiento sólo llega a ser pertinente cuando se
traduce en acción. Es perfectamente posible sacar sobresaliente en un examen de ética cristiana, y
sin embargo no ser cristiano. El conocimiento debe convertirse en acción; la teoría debe
materializarse en la práctica; la teología debe convertirse en vida. No tiene mucho sentido ir al
médico, a menos que se esté preparado a hacer lo que nos diga. No tiene mucho sentido acudir a un
experto, a menos que se esté preparado a poner en práctica su consejo. Y sin embargo hay miles de
personas que escuchan la predicación de Jesucristo todos los domingos, y que tienen suficiente
conocimiento de lo que Jesús enseñó, y sin embargo se esfuerzan poco o nada en ponerlo en
práctica. Si queremos ser seguidores de Jesús en algún sentido que merezca ese título, debemos
oír y hacer.
¿Hay alguna -palabra que incluya oír y hacer? Sí la hay, y es obediencia. Jesús demanda nuestra
obediencia implícita. Aprender a obedecer es la cosa más importante de la vida.
Hace algún tiempo se habló del caso de un marino de la marina real británica al que se impuso un
castigo muy severo por quebrantar la disciplina. Tan severo fue el castigo que en algunos círculos
civiles se creyó que había sido excesivo. Un periódico ofreció a sus lectores la oportunidad de
manifestar sus opiniones. Uno de los que contestaron era un hombre que había servido varios años
en la marina real. A él no le parecía que el castigo había sido demasiado severo. Creía que la dis-
ciplina era absolutamente esencial, porque su finalidad era preparar a las personas a obedecer las
órdenes automática e incuestionablemente, y de tal obediencia podía depender la vida de una
persona o de varias. Citó un caso de su propia experiencia: Iba en una lancha que estaba
remolcando un barco mucho- más pesado en un mar encrespado. El barco iba sujeto a la lancha con
un cable de acero. De pronto, en medio del viento y las salpicaduras llegó una única e insistente voz
de mando del oficial a cargo de la lancha: «¡Abajo!» Inmediatamente todo el personal se tiró al suelo.
Precisamente entonces se rompió el cable del remolque, y sus trozos empezaron a azotar el aire
como una serpiente loca de acero. Si se hubiera quedado de pie alguno de los hombres, no habría
podido escapar con vida; pero afortunadamente toda la tripulación obedeció la orden
automáticamente y nadie sufrió daño. Si alguno se hubiera puesto a discutir la orden o a preguntar
sus razones, habría sido hombre muerto. La obediencia salvó vidas.
Es una obediencia así la que Jesús demanda. Jesús asegura que obedecerle es el único
cimiento seguro en la vida; y Su promesa es que la vida que se basa en la obediencia a El está a
salvo, vengan las tormentas que vengan.
EL AMOR EN ACCIÓN
Mateo es el más ordenado de todos los evangelistas. Nunca presenta su material sin un plan. Si
en Mateo un cosa está detrás de otra en una cierta secuencia, habrá una razón para esa colocación.
Y eso es lo que vemos aquí. En los capítulos 5, 6 y 7, Mateo nos ha presentado el Sermón del
Monte. Es decir: en esos capítulos nos ha dado su versión de las palabras de Jesús; en el capítulo 8,
nos da el relato de los hechos de Jesús. Los capítulos 5, 6 y 7 nos presentan la sabiduría de Dios en
palabras; el capítulo 8 nos presenta el amor de Dios en acción.
En capítulo 8 nos relata milagros. Veamos esos milagros en conjunto antes de proceder a tratarlos
en detalle. En este capítulo hay siete acontecimientos milagrosos.
(i) Está la curación del leproso (versículos 1-4). Aquí vemos a Jesús tocando lo intocable. El
leproso estaba desterrado de la sociedad; tocarle, y hasta acercarse a él, era quebrantar la Ley. Aquí
vemos al amor de Dios abrazando con piedad y compasión a una persona que todos mantenían a
una distancia prudencial.
(ii) Está la curación del siervo del centurión (versículos 513). El centurión era un gentil; y, por
tanto, los judíos fanáticos habrían dicho que era leña para el fuego del infierno; estaba al servicio del
gobierno extranjero, y era parte de la fuerza de ocupación; y, por tanto, los judíos fanáticos habrían
dicho que se le podía asesinar, y no ayudar; su siervo era un esclavo, y un esclavo no era más que
una herramienta viva. Aquí vemos el amor de Dios saliendo a ayudar a una persona que todos
odiaban, y a un esclavo que todos despreciaban.
(iii) Está la curación de la suegra de Pedro (versículos 1415). Este milagro tuvo lugar en una
humilde cabaña de Palestina. No tuvo publicidad; ni una audiencia entusiasta: no estaban allí nada
más que Jesús y aquella familia. Aquí vemos el amor infinito del Dios de todo el universo
desplegando todo Su poder cuando no había nadie más que el círculo familiar que lo pudiera
contemplar.
(iv) Está la curación de todos los enfermos que trajeron a la puerta de la casa por la tarde
(versículos 16-17). Aquí vemos la indudable universalidad del amor de Dios en acción. Para Jesús,
nadie era nunca una molestia. No tenía horas cuando estaba de servicio y horas cuando estaba libre.
Cualquiera podía venir a Él a cualquier hora, y recibir la ayuda voluntaria y generosa del amor de
Dios.
(v) Está la reacción del escriba (versículos 18-22). Parecería que esta breve sección está fuera de
lugar en un capítulo de milagros; pero este es el milagro de la personalidad. El que un escriba fuera
movido a seguir a Jesús no es menos que un milagro. Extrañamente, este escriba olvidó su devoción
a la ley tradicional; extrañamente, aunque Jesús contradecía todas las cosas a las que había
dedicado su vida, vio en Jesús, no a un enemigo, sino a un Amigo; no un contrario, sino un Maestro.
Debe de haber sido una reacción instintiva. Negley Farson nos dice que, cuando era pequeño, no
conocía la historia de su abuelo y de todo lo que había hecho; pero nos dice: < Todo lo que sabía era
que hacía que se sintieran como chuchos todos los que estaban a su alrededor.» Aquel escriba vio
en Jesús un esplendor y una magnificencia que no había visto nunca en ninguna persona. Sucedió
un milagro, y al escriba se le salió el corazón al encuentro de Jesús.
(vi) Está el milagro de calmar la tempestad (versículos 2327). Aquí vemos a Jesús frente a las
tempestades y olas que amenazan con anegar a las personas. Como dijo Pusey cuando . murió su
esposa: «Era como si hubiera una Mano debajo de mi barbilla manteniéndome en pie.» Aquí
tenemos al amor de Dios trayendo paz y serenidad al tumulto y a la confusión.
(vü) Está la curación de los endemoniados gadarenos (versículos 28-34). Aquí vemos el poder de
Dios enfrentándose con el poder del diablo; la bondad de Dios invadiendo el dominio del mal, el amor
de Dios presentando batalla a la malignidad y malevolencia del mal. Aquí vemos la bondad y el amor
que salvan a las personas venciendo el mal y el odio que las destruyen.
LA MUERTE EN VIDA
Mateo- 8:1-4
Cuando Jesús bajó del monte, Le seguía un gentío tremendo. Y, fijaos: se le acercó un
leproso, y se puso de rodillas delante de Él.
-Señor Le dijo-, Tú me puedes limpiar si quieres.
Jesús extendió la mano y le tocó, mientras decía:
-Sí quiero: ¡Sé limpio!
Inmediatamente el enfermo quedó limpio de lepra. Y Jesús le dijo:
-Guárdate de decírselo a nadie. Simplemente ve a mostrarte al sacerdote, y presenta la
ofrenda que mandó Moisés, para que queden convencidos de que estás curado.
En el mundo antiguo, la lepra era la más terrible de todas las enfermedades. E.W.G. Masterman
escribe: «Ninguna otra enfermedad reduce a un ser humano por tanto tiempo a una ruina
repugnante.»
Podía empezar con pequeños nódulos que se iban ulcerando. Las úlceras desarrollaban una
supuración repulsiva; se les caían los párpados; los ojos se les quedaban como mirando fijamente;
las cuerdas vocales se les ulceraban, y la voz se les ponía áspera, y la respiración silbante. Las
manos y los pies siempre se ulceraban. Poco a poco, el paciente se convertía en una masa de
crecimientos ulcerosos. El proceso normal de esa clase de lepra dura nueve años y acaba en
desequilibrio, coma, y por fin, la muerte.
La lepra podía empezar con la pérdida de la sensibilidad en alguna parte del cuerpo; afectaba los
troncos nerviosos; los músculos se descomponían; los tendones se contraían hasta hacer que las
manos parecieran garras. Seguía la ulceración de las manos y los pies. Luego llegaba la pérdida
progresiva de los dedos de las manos y de los pies, hasta acabar por caérseles toda la mano o todo
el pie. La duración de esa clase de lepra podía alcanzar entre veinte y treinta años. Es una clase
terrible de muerte progresiva en la que la persona va muriendo poco a poco.
La condición física del leproso era terrible; pero había algo que la hacía todavía peor. Josefo nos
dice que se trataba a los leprosos «como si fueran, en efecto, personas muertas.» Tan pronto como
se diagnosticaba la lepra, se desterraba al leproso absoluta y totalmente de la sociedad humana.
«Todo el tiempo que tenga las llagas, será impuro. Estará impuro y habitará solo; fuera del
campamento vivirá» (Levítico 13:46). El leproso tenía que llevar ropas rasgadas, el pelo revuelto, con
el labio inferior tapado y, por dondequiera que fuera iba gritando: « ¡Impuro! ¡Impuro!» (Levítico
13:45). En la Edad Media, si una persona contraía la lepra, el sacerdote se ponía la estola y tomaba
el crucifijo, y la llevaba a la iglesia, y leía sobre ella el oficio fúnebre. Aquella persona era como si
hubiera muerto.
En Palestina en tiempos de Jesús, al leproso se le impedía la entrada en Jerusalén y en todos los
pueblos vallados. En la sinagoga se proveía para ellos una habitación aislada de tres por dos metros,
llamada mejitsá. La ley enumeraba sesenta y un contactos diferentes que podían contaminar, y la
contaminación que implicaba el contacto con un leproso sólo era menos grave que la que se contraía
por contacto con un cadáver. Con que un leproso metiera la cabeza en una casa, esa casa quedaba
inmunda hasta las vigas del tejado. Hasta en un espacio abierto era ilegal saludar a un leproso.
Nadie se le podía acercar más de cuatro codos -es decir, unos dos metros. Si soplaba el viento en el
sentido del leproso hacia la persona sana, el leproso debía mantenerse por lo menos a cien codos
de distancia. Cierto rabino no se comería ni siquiera un huevo que se hubiera comprado en una calle
por la que había pasado un leproso. Otro rabino llegaba a presumir de tirarles piedras a los leprosos
para que se mantuvieran lejos. Otros rabinos se escondían, o ponían pies en polvorosa, cuando
veían un leproso en la distancia.
No ha habido nunca ninguna enfermedad que separara tanto como la lepra a una persona de sus
semejantes. Fue a un hombre así al que Jesús tocó. Para un judío no habría una frase más
sorprendente en todo el Nuevo Testamento que la sencilla afirmación: «Y Jesús extendió la mano y
tocó al leproso.»
COMPASIÓN MÁS ALLÁ DE LA LEY
Mateo 8:1-4 (continuación)
En esta historia debemos notar dos cosas: La aproximación del leproso, y la respuesta de Jesús.
En la aproximación del leproso había tres elementos.
(i) El leproso vino con confianza. No tenía duda que, si Jesús quería, podía limpiarle.
Ningún leproso se habría acercado jamás a un escriba o rabino ortodoxos; sabía demasiado bien
que le habrían alejado a pedradas; pero este hombre vino a Jesús. Tenía perfecta confianza en la
disposición de Jesús a recibir a una persona que todos los demás habrían rechazado. Nadie tiene
por qué sentirse demasiado inmundo para venir a Jesucristo.
Tenía una confianza absoluta en el poder de Jesús. La lepra era la única enfermedad para la que
no se prescribía un remedio rabínico. Pero este hombre estaba seguro de que Jesús podía hacer lo
que no podía hacer nadie más. Nadie tiene por qué sentirse incurable de cuerpo o imperdonable de
alma mientras exista Jesucristo.
(ii) El leproso vino con humildad. No demandó la curación; simplemente dijo: « Si quieres, Tú
puedes limpiarme.» Era como si dijera: « Yo sé que yo no importo; sé que otras personas huirían de
mí y no querrían tener nada que ver conmigo; sé que no tengo ningún derecho sobre Ti; pero tal vez
en Tu divina condescendencia aplicarás Tu poder hasta a uno como yo.» El corazón humilde que no
pretende tener nada más que su necesidad, encuentra abierto el acceso a Cristo.
(iii) El leproso vino con reverencia. En la antigua versión Reina-Valera se decía que Le adoraba.
El verbo griego es proskynein, que nunca se usa sino de la adoración a los dioses; siempre describe
el sentimiento y la acción de una persona ante lo divino. Probablemente el leproso no podría haberle
dicho nunca a nadie lo que pensaba que era Jesús; pero sabía que en presencia de Jesús estaba en
la presencia de Dios. No tenemos por qué poner esto en términos teológicos o filosóficos; bástenos
la convicción de que cuando nos encontramos cara a cara con Jesucristo, nos encontramos ante el
amor y el poder del Dios Todopoderoso.
A esa aproximación del leproso llegó la reacción de Jesús. Lo primero y principal es que esa
reacción fue de compasión. La Ley decía que Jesús debía evitar el contacto con ese hombre y Le
amenazaba con una terrible contaminación si permitía que el leproso se Le acercara más de dos
metros; pero Jesús extendió la mano y le tocó. El conocimiento médico de entonces habría dicho que
Jesús estaba corriendo un riesgo desesperado de una infección horrible; pero Jesús extendió la
mano y le tocó.
Para Jesús no había más que una única obligación en la vida: la de ayudar. No había más que
una sola Ley: la del amor. La obligación del amor estaba por encima de todas las reglas y leyes y
reglamentos; Le hacía desafiar todos los riesgos físicos. Para un buen médico, una persona que
padece una enfermedad repugnante no es un espectáculo desagradable, sino un ser humano que
necesita de su ciencia y habilidad. Para un médico, un niño con una enfermedad contagiosa no es
una amenaza; es un niño que necesita ayuda. Así era Jesús: Así es Dios: Así debemos ser nosotros.
El verdadero cristiano quebrantará cualquier convencionalismo y asumirá cualquier riesgo para
ayudar a un semejante necesitado.
LA VERDADERA PRUDENCIA
Mateo 8:1-4 (conclusión)
Pero nos quedan todavía dos cosas en este incidente que nos muestran que, aunque Jesús
obraba con una independencia que estaba por encima de la Ley y se arriesgaba a una infección para
ayudar, no era insensatamente descuidado, ni olvidaba las demandas de la verdadera prudencia.
(i) Le mandó al hombre que guardara silencio, y que no divulgara lo que había hecho por él. Esta
orden del silencio era corriente en labios de Jesús (Mateo 9:30; 12:16; 17:9; Marcos 1:34; 5:43; 7:36;
8:26). ¿Por qué mandaba Jesús que se mantuviera ese silencio?
Palestina era un país ocupado, y los judíos eran una raza orgullosa. Nunca olvidaban que eran el
pueblo escogido de Dios. Soñaban con el día en que vendría el Divino Libertador. Pero en su mayor
parte soñaban con ese día en términos de conquista militar y poder político. Por esa razón, Palestina
era el país más inflamable del mundo. Vivía en medio de revoluciones. Un líder tras otro surgían,
tenían su momento de gloria y eran eliminados por el poder de Roma. Ahora bien: Si este leproso
hubiera ido por ahí divulgando lo que Jesús había hecho por él, habría habido un levantamiento para
instalar a un hombre con los poderes que Jesús poseía como el líder político y el jefe del ejército.
Jesús tenía que educar las mentes de las personas, tenía que cambiar sus ideas; tenían que
permitirles de alguna manera ver que Su poder era amor y no fuerza de armas. Tenía que obrar casi
en secreto hasta que la gente Le conociera tal como Él era, el amador y no el destructor de las vidas
humanas. Jesús exigía silencio a los que ayudaba no fuera que se Le usara para hacer realidad
sueños terrenales en lugar de esperar el cumplimiento del sueño de Dios. Tenían que guardar
silencio hasta que hubieran aprendido lo que podían decir correctamente acerca de Él.
(ii) Jesús envió al- leproso a los sacerdotes para que hiciera la ofrenda prescrita y recibiera el
certificado de que estaba limpio. Los judíos le tenían tanto terror a la infección de la que había un
ritual prescrito para el caso sumamente improbable de una cura.
El ritual se describe en Levítico 14. El leproso tenía que ser examinado por un sacerdote. Había
que llevar dos avecillas, y matar una sobre agua corriente. Además había que llevar cedro, escarlata
e hisopo. Estas cosas se llevaban, juntamente con la avecilla viva, se untaban con la sangre de la
muerta, y entonces se dejaba libre a la viva. El hombre lavaba su cuerpo y su Topa y se afeitaba. Se
dejaban pasar siete días, y se le examinaba otra vez. Entonces tenía que afeitarse el pelo de la
cabeza y de las cejas. Entonces se hacían ciertos sacrificios que consistían en dos corderos sin
defecto y una cordera; tres décimas de un efa de flor de harina mezclada con aceite, y un log de
aceite. Se tocaba al leproso restaurado con la sangre y el aceite el lóbulo de la oreja derecha, el
pulgar de la mano derecha y del pie derecho. Por último le examinaban por última vez y, si se
confirmaba la curación, se le permitía volver a la vida normal con un certificado de que era limpio.
Jesús le dijo a este hombre que pasara todo ese proceso. Aquí hay dirección. Jesús le estaba
diciendo a ese hombre que no se inhibiera de las disposiciones que había a su disposición en
aquellos días. No seremos beneficiarios de milagros si despreciamos el tratamiento médico y
científico que está a nuestro alcance.
Debemos hacer todo lo que nos es humanamente posible antes de que el poder de Dios pueda
cooperar con nuestros esfuerzos. Un milagro no viene cuando esperamos inactivos a que Dios lo
haga todo, sino en respuesta a la colaboración de un esfuerzo lleno de fe por parte del hombre con
la ilimitada gracia de Dios.
EL RUEGO DE UN HOMBRE BUENO
Mateo 8:5-13
Cuando llegó Jesús a Cafarnaum, se Le acercó un centurión y se puso a rogarle:
-Señor, mi siervo está acostado en casa, sin poder moverse y sufriendo terriblemente.
-¿Quieres que vaya y le ponga bueno? -le dijo Jesús.
-Señor -Le contestó el centurión-, no me merezco que entres en mi casa; pero sólo di la
palabra, y mi siervo se curará. Porque yo también estoy acostumbrado a la disciplina, y tengo
soldados a mis órdenes. Si le digo a un soldado: «¡Ve!, v va; y a otro: «¡Haz esto!, » y lo hace.
Jesús se quedó alucinado cuando le oyó decir aquello, y les dijo a los que Le iban siguiendo:
-Os doy Mi palabra, que no he hallado una fe tan grande ni siquiera en Israel. Os aseguro
que muchos de Oriente y de Occidente van a venir a sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y
Jacob en el Reino del Cielo, pero a los hijos del Reino los van a echar a la oscuridad de fuera.
Allí será el lloro y el rechinar de dientes.
Y a continuación le dijo al centurión:
-Vete, y que se te cumpla lo que has creído.
Y su criado se puso bueno en aquel mismo momento.
Aun en la breve aparición que hace en la escena de la historia del Nuevo Testamento, este
centurión es uno de los personajes más atractivos de los evangelios. Los centuriones eran la espina
dorsal del ejército romano. En una legión había 6.000 soldados; la legión se dividía en 60 centurias,
cada una con 100 soldados al mando de un centurión. Estos centuriones eran los militares regulares
profesionales del ejército romano. Eran responsables de la disciplina del regimiento, y eran el
cemento que mantenía unido al ejército. Tanto en tiempo de paz como de guerra, la moral del
ejército romano dependía de ellos. Polibio presenta en su descripción del ejército romano cómo
debía ser un centurión: «No deben ser tanto aventureros en busca del peligro como hombres que
saben mandar, firmes en la acción y de confianza; no deben estar demasiado deseosos de entrar en
batalla, pero cuando se ven .obligados deben estar dispuestos a defender su terreno y a morir en sus
puestos.» Los centuriones eran los hombres selectos del ejército romano.
Es interesante notar que siempre que se menciona un centurión en el Nuevo Testamento se hace
con aprecio. Tenemos al centurión que reconoció a Jesús en la Cruz como el Hijo de Dios; tenemos
a Comelio, el primer convertido gentil que fue admitido en la Iglesia Cristiana; tenemos al centurión
que descubrió repentinamente que Pablo era ciudadano romano, y que le rescató de la furia del
populacho; tenemos al centurión que fue informado de que los judíos habían hecho un complot para
asesinar a Pablo entre Jerusalén y Cesárea, y que dio pasos para hacer fracasar su plan; tenemos al
centurión al que Félix mandó que cuidara de Pablo; tenemos al centurión que acompañó a Pablo en
su último viaje a Roma, que le trató con toda cortesía y le aceptó como líder cuando la tormenta hizo
embarrancar el navío (Mateo 27:54; Hechos 10:22, 26; 22:26; 23:17, 23; 24:23; 27:3, 43).
Pero había algo muy especial en este centurión de Cafarnaum, y era su relación con su siervo.
Este siervo sería un esclavo; pero el centurión estaba apenado porque su siervo estaba enfermo, y
estaba decidido a hacer todo lo que estuviera en su poder para salvarle.
Esto era lo contrario de la actitud normal de un amo para con un esclavo. En el imperio romano no
tenían la menor importancia. A nadie le preocupaba lo más mínimo el que uno de ellos sufriera o se
muriera. Aristóteles, hablando de las amistades que son posibles en la vida, escribe: « No puede
haber verdadera amistad ni justicia con las cosas inanimadas; ni tampoco, por supuesto, con un
caballo o un toro, ni tampoco con un esclavo como tal. Porque amo y esclavo no tienen nada en
común; un esclavo es una herramienta viva, lo mismo que una herramienta es un esclavo
inanimado.»
Un esclavo no era mejor que una cosa. No tenía derechos legales en absoluto; su amo tenía
libertad para tratarle, o maltratarle, como quisiera. Gayo, el experto legal romano, establece en sus
Instituciones: «Podemos advertir que se acepta universalmente que el amo tiene poder de vida o
muerte sobre el esclavo.» Varrón, el escritor romano sobre agricultura, tiene un pasaje sombrío en el
que divide los instrumentos de agricultura en tres clases: los articulados, los inarticulados y los
mudos: «Los articulados comprenden los esclavos; los inarticulados, el ganado, y los mudos, los
vehículos.» La única diferencia entre un esclavo y una bestia y una carreta era que el esclavo podía
hablar.
Catón, otro autor latino sobre agricultura, tiene un pasaje que muestra lo inusual que era la actitud
del centurión. Está dándole consejos a uno que se va a hacer cargo de una granja: «Pasa revista al
ganado, y haz una venta. Vende el aceite, si te convienen los precios, y el exceso que tengas de vino
y de cereales. Vende los bueyes viejos, el ganado inferior, las ovejas dañadas, la lana, las pieles, las
carretas y los aperos viejos, los esclavos viejos o enfermos y todo lo demás que esté de más.» El
consejo despiadado de Catón era que se echara de la finca y se dejara morir al esclavo enfermo.
Pedro Crisólogo resume así la cuestión: « Lo que hace un amo con un esclavo, sea
inmerecidamente, por ira, queriendo o sin querer, por olvido, después de pensárselo mucho, a
sabiendas o sin darse cuenta, es juicio, justicia y ley.»
Está claro que este centurión era un hombre extraordinario, porque amaba a su esclavo. Bien
puede que fuera su absolutamente inusual e inesperada gentileza lo que conmovió a Jesús tan
pronto como se le acercó el centurión. El amor cubre siempre una multitud de pecados; la persona
que se preocupa por los demás siempre estará cerca de Jesucristo.
EL PASAPORTE DE LA FE
Mateo 8:5-13 (continuación)
Este centurión no era sólo extraordinario por su actitud para con su siervo; también lo era por
tener una fe de lo más extraordinaria. Quería que el poder de Jesús ayudara y sanara a su siervo,
pero había un problema: él era gentil, y Jesús era judío; y, según la ley judía, un judío no podía
entrar en la casa de un gentil, porque todas las casas de los gentiles eran inmundas. La Misná
establecía: < Las moradas de los gentilés son inmundas.» Era a eso a lo que se refería Jesús al
preguntar: < ¿Tengo que ir a curarle?»
No es que esa ley tuviera ningún sentido para Jesús; no es que Él se habría negado a entrar a la
casa de ninguna persona; es sencillamente que estaba poniendo a prueba la fe de aquel hombre. Y
fue entonces cuando la fe del centurión llegó a la cima. Como soldado, sabía muy bien lo que era dar
una orden y que se cumpliera instantánea e incuestionablemente; así es que Le dijo a Jesús: « No
tienes por qué venir a mi casa; no merezco que entres en ella; todo lo que tienes que hacer es decir
la orden, y será obedecida.» Ahí hablaba la voz de la fe, y Jesús estableció que la fe es el único
pasaporte a la bendición de Dios.
Aquí Jesús usa una figura judía famosa y gráfica. Los judíos creían que, cuando viniera el Mesías,
habría un gran banquete en el que todos los judíos se sentarían a la mesa para festejarlo. Behemot,
el más grande de los animales terrestres, y leviatán, el más grande de los habitantes del mar,
proveerían los platos de carne y de pescado respectivamente para los invitados. «Tú los has
reservado para que se los coman los que Tú quieras y cuando Tú quieras» (4 Esdras 6:52). «Y
behemot será revelado desde su lugar, y leviatán ascenderá del mar, los dos grandes monstruos que
Yo creé el quinto día de la creación, y que habré guardado para ese día; y serán el menú de todos
los que queden» (2 Baruc 29:4).
Los judíos esperaban con corazones anhelantes ese banquete mesiánico; pero nunca se les
pasaba por la mente ni siquiera por un momento que ningún gentil participara de él. Para entonces
los gentiles habrían sido destruidos. < La nación y el reino que no os sirvan, perecerán; esas
naciones serán devastadas totalmente» (Isaías 60:12). Pero aquí tenemos a Jesús diciendo que
vendrán muchos del Oriente y del Occidente, y se sentarán a la mesa en el banquete.
Y aún peor: dice que muchos de los hijos del Reino serán excluidos. Un hijo es un heredero; y por
tanto los hijos del Reino eran los que habían de heredarlo, porque un hijo es siempre heredero; pero
los judíos iban a perder su herencia. En el pensamiento judío, siempre < la heredad de los
pecadores son las tinieblas» (Odas de Salornón 15:11). Los rabinos tenían el dicho: «A los
pecadores en la Gehena los cubrirá la oscuridad.» Para los judíos, el hecho sorprendente y
extraordinario era que un gentil, que ellos esperaban que estuviera excluido absolutamente, hubiera
de ser huésped del banquete mesiánico, mientras que los judíos, que esperaban que los recibieran
con los brazos abiertos, quedarían excluidos en las tinieblas de fuera. Las tornas se iban a volver, y
todas las expectativas se iban a dar la vuelta.
Los judíos tenían que aprender que el pasaporte a la presencia de Dios no es el hecho de
pertenecer a una nación determinada, sino la fe. Los judíos creían que ellos pertenecían al pueblo
escogido de Dios, y que, por el hecho de ser judíos, Le eran muy queridos a Dios. Pertenecían a la
nobleza de Dios, y eso era bastante para obtener automáticamente la salvación. Jesús enseñaba
que la única aristocracia en el Reino de Dios era la de la fe. Jesucristo no es la posesión de ninguna
raza humana en particular, sino la posesión de toda persona de cualquier raza en cuyo corazón haya
fe.
EL PODER QUE ANULA LA DISTANCIA
Mateo 8:5-13 (conclusión) .
Así es que Jesús dijo la palabra, y el siervo del centurión se sanó. No hace mucho esto habría
sido un milagro que habría alucinado a mucha gente. No es tan difícil creer que Jesús curaba a los
enfermos cuando estaba en contacto con ellos; pero pensar que Jesús sanara a distancia,
simplemente diciendo una palabra, a una persona a la que no había visto ni tocado nunca, parecía
casi, si no completamente, demasiado maravilloso para creerse. Pero lo extraño es que la misma
ciencia ha llegado a ver que hay fuerzas que obran de una manera que sigue pareciéndonos
misteriosa, pero que no se puede negar.
Una y otra vez nos vemos confrontados con un poder que no viaja por los contactos y las rutas y
los canales ordinarios.
Uno de los ejemplos clásicos de esto viene de la vida de Emanuel Swedenborg. En 1759 estaba
en Góteborg. Describió un incendio que estaba teniendo lugar en Estocolmo, a 500 kilómetros. Hizo
una descripción del incendio a las autoridades de la ciudad. Les dijo cuándo y dónde había
empezado, el nombre del propietario de la casa, y cuándo consiguió apagarse -y la investigación
posterior demostró que era correcto en todos los detalles. Aquel conocimiento le había llegado por
una ruta que no era una de las conocidas.
W. B. Yeats, el famoso poeta irlandés, tuvo experiencias semejantes. Tenía ciertos símbolos para
ciertas cosas; y experimentaba, no tanto científicamente, pero sí en la vida cotidiana, con la
transmisión de estos símbolos a otras personas por lo que podría llamarse el simple poder del
pensamiento. Tenía un tío en Sligo que no era precisamente un hombre místico o devoto o espiritual.
Solía visitarle todos los veranos. «Hay algunas colinas de arena y acantilados bajos, y yo adquirí la
práctica de andar por la orilla mientras él iba por los acantilados y las colinas; yo, sin hablar, me
imaginaba el símbolo, y él notaría lo que se le pasaba por la mente; y en poco tiempo él
prácticamente nunca fallaba en captar la visión apropiada.» Yeats cuenta un incidente de una cena
en Londres en la que todos eran íntimos amigos: «Yo había escrito en un trocito de papel: "Dentro de
cinco minutos York Powell hablará de una casa ardiendo. Metí el papel debajo del plato de mi vecino,
imaginé mi símbolo del fuego, y esperé en silencio. Powell fue pasando de un tema a otro y a los
cinco minutos estaba describiendo un fuego que había visto de joven.»
Siempre se han contado cosas así; pero en nuestra propia generación, el doctor J. B. Rhine
empezó algunos experimentos científicos definidos de lo que llamó percepción extrasensorial, un
fenómeno que ha llegado a ser muy discutido. El doctor Rhine ha llevado a cabo en la Duke
University de América, miles de experimentos que demuestran que se pueden percibir cosas por
otros medios distintos de los sentidos normales. Se usaba, por ejemplo, una baraja de veinticinco
cartas marcadas con ciertos símbolos. Se le preguntaba a una persona cuáles eran las cartas que se
iban repartiendo, sin verlas. Uno de los estudiantes que tomaban parte en estos experimentos se
llamaba Hubert Pearce. De los primeros cinco mil intentos -cada intento incluía todas las cartas-
consiguió diez respuestas correctas de cada veinticinco, cuando el cálculo de probabilidades habría
dicho que se podían esperar cuatro aciertos. En una ocasión, en condiciones de concentración
especial, nombró correctamente las veinticinco. Las probabilidades matemáticas en contra de esta
hazaña si se tratara de pura casualidad serían 298,023,223,876,953,125 a 1.
Un investigador llamado Brugman llevó a cabo otro experimento. Seleccionó dos temas. Puso al
transmisor de los mensajes en una habitación del piso de arriba, y al receptor en el de abajo. Entre
las habitaciones había una abertura cubierta con dos cristales con un espacio entre medias, lo que
hacía imposible una trasmisión del mensaje por medio del sonido. Por los cristales, el transmisor
miraba las manos del receptor. Delante del receptor había una mesa con cuarenta y ocho cuadrados.
El receptor tenía los ojos vendados. Entre él y la mesa de los cuadrados había una cortina gruesa.
Tenía uná varilla que pasaba a la mesa a través de la cortina. El exilorimento consistía en que el
transmisor tenía que querer que el receptor moviera la varilla a un cierto cuadrado. Según e1 cálculo
de probabilidades, el receptor habría acertado cuatro de ciento ochenta intentos. De hecho apuntó
correctamente sesenta. Es difícil evitar la conclusión de que la mente del transmisor influenciaba la
del receptor.
Es un hecho definitivamente probado que un cierto doctor Janet, en dieciocho casos de
veinticinco, pudo hipnotizar sujetos a distancia, y en otros cuatro casos lo consiguió 'parcialmente.
No cabe duda que la mente puede actuar sobre la mente a través de distancias de una manera
que empezamos a descubrir; aunque todavía estamos muy lejos de entender. Si las mentes
humanas pueden alcanzar estos límites, ¡cuánto más la de Jesús! Lo extraño de este milagro es que
el pensamiento moderno, en vez de hacerlo más increíble, lo hace más creíble.
UN MILAGRO EN UN HOGAR
Mateo 8:14-15
Cuando Jesús fue a casa de Pedro supo que la suegra de Pedro estaba en cama, enferma
de unas fiebres. Jesús le tocó la mano, y la fiebre se le fue. Luego ella se levantó, y se dedicó a
servirles a ellos.
Si comparamos el relato de los hechos que nos hace Marcos con el de Mateo, vemos que este
incidente tuvo lugar en Cafarnaum, un sábado, después de estar Jesús en el culto de la sinagoga.
Cuando Jesús estaba en Cafarnaum, Su cuartel general era la casa de Pedro, porque Jesús no tenía
nunca un hogar propio. Pedro estaba casado y se nos dice que posteriormente la mujer de Pedro fue
su colaboradora en la obra del Evangelio. Clemente de Alejandría (Stromata 7.-6) nos cuenta que
Pedro y su mujer sufrieron juntos el martirio. Pedro sufrió la prueba terrible de ver morir a su mujer
antes que él. < A1 ver que llevaban a la muerte a su mujer, Pedro se regocijó de que fuera llamada y
trasladada al Hogar, y la llamó por su nombre, animándola y confortándola: "¡Acuérdate del Señor!"»
En esta ocasión, la madre de la esposa de Pedro estaba enferma de unas fiebres. Había tres
clases de fiebres que eran corrientes en Palestina. Estaban las fiebres que se llaman de Malta, y que
se caracterizan por debilidad, anemia y agotamiento, y que duraban meses, y a menudo acababan
en la muerte. Estaba lo que se llamaba una fiebre intermitente, que muy bien puede haber sido las
fiebres tifoideas. Y, sobre todo, estaba la malaria. En las regiones en que el río Jordán entraba en el
Mar de Galilea y salía de él había terrenos pantanosos; Allí se criaban y multiplicaban los mosquitos
de la malaria, y tanto Cafarnaum como Tiberíades eran lugares donde la malaria era muy corriente.
Iba acompañada a menudo de ictericia y jaqueca, y dejaba al paciente en una situación lastimosa.
Es lo más probable que fuera de malaria de lo que estaba sufriendo la suegra de Pedro.
Este milagro nos dice mucho acerca de Jesús y no poco acerca de la mujer que Él curó.
(i) Jesús había venido de la sinagoga; allí había tratado con un hombre poseído del demonio, y le
había curado (Marcos 1:21-28). En Mateo encontramos que había sanado al siervo del centurión de
camino a casa. No debemos pensar que los milagros no le costaban nada a Jesús; el poder salía de
Él en cada curación; y no cabe duda que estaría cansado. Fue para descansar a la casa de Pedro, y
en cuanto llegó encontró que allí le estaba esperando otra necesidad de ayuda y curación.
Aquí no hubo publicidad; aquí no hubo una multitud que mirara y admirara y se maravillara. Aquí
no había nada más que una casa humilde y una pobre mujer que padecía de una fiebre corriente. Y
sin embargo, en aquellas circunstancias, Jesús aplicó todo Su poder.
Jesús nunca estaba demasiado cansado para ayudar; las demandas de la necesidad humana
nunca le parecían una molestia insoportable. Jesús no era una de esas personas que están en su
mejor actitud en público y en su peor en privado. Ninguna situación era demasiado humilde para que
Él ayudara. No necesitaba una audiencia de admiradores para estar en Su mejor momento. Su amor
y Su poder estaban a disposición de cualquiera que los necesitara.
(ii) Pero este milagro también nos dice algo de la mujer que Jesús sanó. Tan pronto como se
sintió bien se ocupó de atender a las necesidades de sus huéspedes. Sin duda se consideraba
«salva para servir.» Jesús la había sanado; y ahora su único deseo era usar su salud recién
encontrada para ser de utilidad y servicio a Jesús y a otros.
¿Cómo usamos los dones de Cristo? Oscar Wilde escribió una vez lo que llamó « la mejor novela
corta del mundo.» W. B. Yeats la cita en su autobiografía entre todo lo que llama « de una belleza
terrible.» Yeats lo cita en su sencillez original antes de que fuera decorado y estropeado con los
trucos literarios de su forma final:
Cristo vino de una llanura blanca a una ciudad púrpura; y, al pasar por la primera calle, oyó
unas voces por encima, y vio a un joven borracho tumbado en el alféizar de una ventana. «¿Por
qué desperdicias tu alma en la bebida?» Le dijo. El hombre respondió: «Señor, yo era leproso,
y Tú me curaste, ¿qué otra cosa puedo hacer?» Un poco más adelante en la población vio a un
joven que iba detrás de una prostituta, y le dijo: «¿Por qué disuelves tu alma en la
concupiscencia?» Y el joven le contestó: «Señor, yo era ciego y Tú me sanaste, ¿qué otra cosa
puedo hacer?» Por último, en medio de la ciudad, vio a un viejo retorcido, llorando en el suelo;
y, cuando le preguntó por qué lloraba, el viejo respondió: «Señor, yo estaba muerto, y Tú me
devolviste a la vida, ¿qué otra cosa puedo hacer sino llorar?»
Esta es una parábola terrible de cómo usan las personas los dones de Cristo y la misericordia de
Dios. La suegra de Pedro usó el don de su salud restaurada para servir a Jesús y a otros. Así es
como debemos usar todos los dones de Dios.
MILAGROS EN MEDIO DE LA MULTITUD
Mateo 8:16-17
Y, cuando ya era tarde aquel día, le trajeron a muchos que estaban bajo el poder de
espíritus malos, y Jesús expulsó los espíritus con una palabra, y sanó a todos los que estaban
enfermos. Esto sucedía para que se cumpliera el dicho que se había hablado por medio del
profeta Isaías: «El asumió nuestras debilidades y cargó con nuestros pecados. »
Como ya hemos visto, el relato de Marcos de esta serie de incidentes deja bien claro que tuvieron
lugar en sábado (Marcos 1:21-34). Eso explica por qué esta escena tuvo lugar por la tarde, al final
del día. Según la ley del sábado, que prohibía hacer ningún trabajo ese día, era ilegal curar en sá-
bado. Se podían tomar medidas para impedir que un enfermo se pusiera peor, pero no para hacer
que se pusiera mejor. La ley general era que los sábados se podía prestar atención médica
solamente a los que estuvieran en peligro de muerte. Además, era ilegal llevar una carga en sábado,
y se entendía por carga cualquier cosa que pesara más que dos higos secos. Por tanto era ilegal
llevar a una persona enferma de un lugar a otro en una camilla, o en brazos, o a hombros, porque
eso habría sido llevar una carga. Oficialmente el sábado terminaba cuando se podían ver dos
estrellas en el cielo, porque no había relojes que dijeran la hora en aquellos días. Por eso la multitud
de Cafarnaum esperó hasta la tarde para venir a Jesús para que sanara a sus enfermos.
Pero debemos pensar en lo que Jesús había estado haciendo aquel sábado. Había estado en la
sinagoga y había curado al hombre poseído por un demonio. Le había enviado la sanidad al siervo
del centurión. Había curado a la suegra de Pedro. Sin duda había pasado todo el día predicando y
enseñando; y sin duda se había encontrado con los que se Le oponían amarga e insistentemente.
Ahora era por la tarde. Dios dio a los hombres el día para trabajar, y la tarde para descansar. La
tarde es el momento de tranquilidad cuando se deja el trabajo. Pero no era así con Jesús. Cuando
podría haber esperado descanso, se vio rodeado por las demandas insistentes de la necesidad
humana; y generosamente y sin quejarse se ocupó de todos. Mientras hubiera un alma en
necesidad, no había descanso para Jesús.
Esa escena trajo a la mente de Mateo el dicho de lsaías (Isaías 53:4) en el que se dice que el
Siervo del Señor sobrellevó nuestras debilidades y cargó con nuestros pecados.
El seguidor de Cristo no puede buscar descanso n-ientras haya personas que ayudar y sanar; y lo
extraño y maravilloso es que encontrará refrescado su cansancio y su propia debilidad fortalecida en
el servicio de los demás. De alguna manera encontrará que, conforme llegan las demandas, también
llegan las fuerzas; y de alguna manera encontrará que es capaz de proseguir por amor a otros
cuando siente que ya no puede dar ni un paso más por sí mismo.
LA OBLIGACIÓN DE CALCULAR EL PRECIO
Mateo 8:18-22
Cuando Jesús vio el gran gentío que Le rodeaba, dio la orden de marcha cruzando al otro
lado. Y un escriba se Le acercó y Le dijo:
-¡Maestro, Te seguiré adondequiera que vayas!
-Las zorras tienen guaridas -le contestó Jesús---, y
las aves de los cielos, nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene ni dónde recostar la cabeza.
Otro de Sus discípulos Le dijo:
-Señor, déjame que antes de nada me vaya a enterrar a mi padre.
Y Jesús le contestó:
-Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.
A primera vista esta sección parece fuera de sitio en este capítulo, un capítulo de milagros; y a
primera vista estos versículos no parecen encajar en él. ¿Por qué lo puso aquí Mateo?
Se ha sugerido que Mateo insertó aquí este pasaje porque sus pensamientos iban siguiendo a
Jesús como el Siervo Doliente. Acaba de citar Isaías 53:4: < Él tomó nuestras enfermedades y llevó
nuestras dolencias» (Mateo 8:17); y naturalmente, se dice, ese cuadro guió los pensamientos de
Mateo a la imagen de Uno que no tenía donde reposar la cabeza. Como Plummer decía: < La vida
de Jesús empezó en un establo prestado y acabó en una tumba prestada.» Se ha sugerido que
Mateo insertó este pasaje aquí porque tanto este mismo como los versículos inmediatamente
precedentes muestran a Jesús como el Siervo Doliente de Dios.
Puede que sea así; pero es aún más probable que Mateo insertara este pasaje en este
capítulo-de milagros porque vio en él un milagro. Era un escriba el que quería seguir a Jesús. Le dio
a Jesús el título de más alto honor que conocía. «Maestro,» le llamó; en griego es didáskalos, que es
la traducción normal de la palabra hebrea rabbí. Para él Jesús era el más grande maestro Que él
había escuchado y visto nunca.
Claro que era un milagro el que un escriba Le diera ese título a Jesús y quisiera seguirle. Jesús
representaba la destrucción y el final de todo ese legalismo estrecho en que se basaba la religión de
los escribas; y fue indudablemente un milagro el que un escriba llegara a ver nada precioso o
deseable en Jesús. Este es el milagro del impacto de la personalidad de Jesús.
El impacto de una personalidad sobre otra puede, por cierto, producir los efectos más
maravillosos. Muy a menudo una persona se ha embarcado en una carrera de investigación por el
impacto que le ha producido la personalidad de un gran. maestro; muchas personas han aceptado el
Evangelio y asumido una vida de servicio cristiano por el impacto en sus vidas de una gran
personalidad cristiana. La predicación misma se ha definido como «la verdad a través de la
personalidad.»
W. H. Elliott, en su autobiografía Fines por descubrir, cuenta una cosa de la gran actriz Edith
Evans: «Cuando murió su marido, vino a nosotros, llena de aflicción... En nuestra salita de la plaza
de Chester se desahogó de sus sentimientos durante una hora o así, y eran sentimientos que le
fluían de manantiales muy profundos. Su personalidad llenaba toda la, habitación. ¡La habitación no
era bastante grande!... Durante días aquella habitación nuestra estuvo electrificada, como dije
entonces. Las tremendas vibraciones no habían desaparecido.»
Esta es la historia del impacto de la personalidad de Jesús en la vida de un escriba judío. Sigue
siendo verdad hasta el día de hoy que lo que más se necesita no es tanto hablar con las personas
acerca de Jesús como enfrentarlas con Él, y dejar que la personalidad de Jesús haga el resto.
Pero hay más que eso. Tan pronto como el escriba experimentó esta reacción, Jesús le dijo que
las zorras tienen guaridas y las aves de los cielos encuentran lugares en los árboles donde
descansar, pero el Hijo del Hombre no tenía ningún sitio en la tierra para reposar la cabeza. Es como
si Jesús le dijera a aquel hombre: «Antes de seguirme, piensa en lo que vas a hacer. Antes de
seguirme, calcula el precio.»
Jesús no quería seguidores arrebatados en un momento de emoción, que se inflamaran como la
paja y desaparecieran con la misma rapidez. No quería personas arrastradas por el flujo, y luego por
el reflujo de una marea de meros sentimientos. Quería personas que supieran lo que estaban
haciendo. Hablaba de cargar con la cruz (Mateo 10:38). Hablaba de ponerle a Él por encima de las
relaciones más queridas de la vida (Lucas 14:26); y de renunciar a todo y dárselo a los pobres
(Mateo 19:21). Siempre decía: «Sí, sé que se te viene el corazón conmigo, pero Me quieres lo
bastante para eso?»
En cualquier esfera de la vida hay que enfrentarse con los hechos. Si un joven muestra deseos de
dedicarse a la investigación, debemos decirle: «Eso está bien; pero, ¿estás dispuesto a decirles que
no a los placeres y consagrarte al estudio y al trabajo para toda la vida?» Cuando un explorador está
preparando su equipo, habrá muchos que le ofrezcan sus servicios, pero él tendrá que descartar a
los románticos y a los idealistas diciéndoles: «Está bien, pero ¿estáis preparados para la nieve y el
hielo, para los pantanos y el calor, para el cansancio y el agotamiento de todo ello?» Cuando un
aficionado quiere llegar a ser un atleta, el entrenador debe decirle: «Está bien; pero, ¿estás
dispuesto a las privaciones y la disciplina que son imprescindibles para llegar al podio de tus
sueños?» Esto no es enfriar el entusiasmo, pero sí decir que el entusiasmo que no se enfrenta con
los hechos pronto será ceniza en vez de llama.
Nadie podrá decir jamás que siguió a Jesús engañado. Jesús era transparentemente claro y
sincero a ultranza. Le hacemos a Jesús un flaco servicio si hacemos alguna vez que la gente piense
que el camino cristiano es fácil. No hay nada más emocionante que el camino de Cristo, ni gloria
como la que hay al final de ese camino; pero Jesús nunca dijo que era fácil. El camino a la gloria
pasa necesariamente por la Cruz.
LA TRAGEDIA DE LA OPORTUNIDAD PERDIDA
Mateo 8:18-22 (conclusión)
Pero había otro que quería seguir a Jesús. Dijo que Le seguiría, si se le permitía ir a enterrar a su
padre. La respuesta de Jesús fue: «Tú sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.» A
primera vista esto parece muy duro. Para los judíos era una obligación sagrada el asegurarle un
entierro digno a un padre. Cuando murió Jacob, José le pidió permiso al faraón para ir a enterrar
a su padre: «Mi padre me hizo jurárselo cuando me dijo: "Yo estoy a punto de morir. Entiérrame en la
tumba que me cavé en la tierra de Canaán." Por tanto, déjame que me vaya ahora a enterrar a mi
padre, y después volveré» (Génesis 50:5). A este dicho de Jesús se le han dado diversas
explicaciones para disipar su aparente hosquedad e insensibilidad.
(i) Se ha sugerido que se ha cometido una equivocación, al traducir el arameo original de este
dicho al griego, y que lo que Jesús le dice al hombre es que puede encargar el entierro de su padre a
enterradores profesionales. Hay un extraño versículo en Ezequiel 39: I5: «Pasarán los que vayan por
el país, y el que vea los huesos de algún hombre pondrá junto a ellos una señal, hasta que los
entierren los sepultureros en el valle de Harnóngog.» Eso parece indicar que había una especie de
servidores públicos llamados sepultureros; y se ha sugerido que Jesús le está diciendo al hombre
que les deje encargarse del entierro de su padre. Esta explicación no parece muy probable dada la
responsabilidad filial de los judíos.
(ii) Se ha sugerido que éste es en verdad un dicho muy duro, y que Jesús estaba diciéndole al
hombre que la sociedad en la que vivía estaba muerta en el pecado, y debía salir de ella lo más
pronto posible, aunque ello supusiera dejar sin enterrar a su propio padre; que nada, ni siquiera el
deber más sagrado, debía aplazar el que se embarcara en el camino cristiano.
(iii) Pero la verdadera explicación está sin duda en la forma en que los judíos usaban esta frase
-«Debo enterrar a mi padre»- yen que se sigue usando en Oriente.
Wendt cita un incidente que le contó un misionero. Este misionero tenía un amigo turco, rico e
inteligente. Le aconsejó que viajara por Europa cuando acabara sus estudios para completar su
educación y ampliar sus perspectivas. El turco le contestó: «Antes de eso tengo que enterrar a mi
padre.» El misionero le dio el pésame y le expresó su condolencia, creyendo que el padre de su
amigo acababa de morir; pero el joven turco le explicó que su padre estaba vivo y perfectamente de
salud, y que lo que había querido decir era que tenía que cumplir sus obligaciones con sus padres' y
familiares antes de poder marcharse en el viaje sugerido; que, de hecho, no podía marcharse de
casa hasta después que muriera su padre, que podría ser después de muchos años.-
Eso era sin duda lo que quería decir el hombre del incidente evangélico: «Te seguiré algún día,
cuando haya muerto mi padre y pueda marcharme de casa.» Lo que estaba haciendo de hecho era
aplazar su decisión indefinidamente.
Jesús era sabio: conocía el corazón humano, y sabía -muy bien que si aquel hombre no
empezaba entonces a seguirle, nunca empezaría. A veces sentimos el impulso de hacer cosas
elevadas; pero dejamos que se nos pase sin hacer nada.
La mayor tragedia de la vida es muchas veces la de las oportunidades perdidas. Nos sentimos
movidos a hacer algo bueno, a abandonar alguna debilidad o hábito, a decirle a alguien una palabra
de simpatía, o de advertencia, o de aliento; pero se nos pasa el momento, y no lo hacemos nunca; la
debilidad queda sin conquistarse, y la palabra sin pronunciarse. En el mejor de nosotros hay algo de
letargo, de inercia; el hábito de dejar las cosas para un mañana que no llega nunca, una cierta
indecisión; y a menudo el buen impulso no se traduce nunca en acción.
Jesús le estaba diciendo a aquel hombre: «Ahora tienes la convicción de que debes salir de esa
sociedad muerta en la que te mueves; dices que ya lo harás cuando pasen los años y haya muerto tu
padre; sal ahora mismo, o no saldrás nunca.»
En su autobiografía, H. G. Wells menciona un momento crucial de su vida. Era aprendiz de
guarnicionero, y no parecía tener mucho futuro. Se le presentó un día lo que él llamaba «una voz
íntima y profética: "Salte de este oficio antes de que sea demasiado tarde; te cueste lo que te
cueste."» No espero; se salió, y llegó a ser H. G. Wells.
Que Dios nos conceda la fuerza de decisión que nos puede salvar de la tragedia de la oportunidad
perdida.
LA PAZ DE LA PRESENCIA
Mateo 8:23-27
Jesús se metió en la barca, y Sus discípulos Le siguieron. Y, fijaos: se produjo tal
cataclismo en e! mar, que las olas ocultaban la barca; y Jesús estaba dormido. Los discípulos
se pusieron a despertarle.
-¡Señor -le decían-, sálvanos, que estamos perdidos!
-¿Por qué estáis tan acobardados -les dijo Jesús-, vosotros, los de la poca fe?
Entonces, cuando se desentumeció, regañó a los vientos y a la mar, y se produjo una calma
total.
Los discípulos estaban alucinados.
-¿Qué clase de Hombre es Éste -se decían ; que hasta los vientos y la mar Le obedecen?
En cierto sentido ésta era una escena muy corriente en el Mar de Galilea. El Mar de Galilea es
pequeño; no tiene más que 20 kilómetros de Norte a Sur y 12 de Este a Oeste por lar más ancho. El
valle del Jordán ocupa una profunda falla de la superficie de la Tierra, y el Mar de Galilea es parte de
esa falla. Está a 210 metros por debajo del nivel del Mediterráneo. Eso hace que su clima sea
templado y benigno, pero también crea peligros. Al Oeste hay colinas con valles y barrancos; y
cuando sopla el viento frío del Oeste, estos valles y torrenteras actúan como soplillos gigantescos. El
viento parece que se comprime en ellos, y se precipita sobre el lago con una violencia salvaje y con
una rapidez alucinante, de manera que la calma de un momento se convierte en un instante en una
tormenta rugiente. Las tormentas del Mar de Galilea se producen repentina y violentamente de una
manera totalmente imprevisible y única.
W. M. Thomson, en La Tierra y el Libro, describe su experiencia a orillas del Mar de Galilea:
En la ocasión a la que me estoy refiriendo, pusimos a continuación las tiendas a la orilla, y
pasamos tres días y tres noches expuestos a este viento tremendo. Teníamos que poner dos
clavos a todas las cuerdas de la tienda, y a menudo teníamos que colgarnos con todo nuestro
peso para que toda la tienda con tantas sacudidas no saliera volando por la fuerza del viento...
Todo el lago, como hemos dicho, estaba como azotado furiosamente; las olas rodaban
repetidamente hasta la puerta de nuestra tienda, sacudiendo las cuerdas con tal violencia que
sacaban los clavos del suelo. Y además, estos vientos no son solamente violentos, sino que
bajan repentinamente, y frecuentemente cuando el cielo está perfectamente claro. Yo fui una
vez a bañarme cerca de los baños calientes y, antes de que pudiera darme cuenta, el viento
llegó rugiendo por los acantilados con tal fuerza que tuve grandes dificultades para alcanzar la
orilla.
El doctor W. M. Christie, que pasó muchos años en Galilea, dice que en estas tempestades los
vientos parecen soplar en todas direcciones al mismo tiempo, porque se precipitan por los estrechos
pasos de las colinas y golpean el agua en ángulo. Nos cuenta de una ocasión:
Una compañía de turistas estaba de pie a la orilla en Tiberíades y, notando la superficie
cristalina del agua y el reducido tamaño del lago, expresaron dudas sobre la posibilidad de
tormentas tales como las que se describen en los evangelios. Casi inmediatamente, se levantó
el viento. En veinte minutos, el mar estaba blanco de la espuma que encrespaba las olas.
Grandes oleadas se quebraban contra las torres a las esquinas de los muros de la ciudad, y los
turistas no tuvieron más remedio que buscar refugio de las rociadas cegadoras del agua,
aunque estaban ya a doscientos metros de la orilla.
En menos de media hora, el plácido solecito se había convertido en una ronca tempestad.
Eso fue lo que sucedió aquí. La tormenta se llama seismós, que es la palabra para terremoto. Las
olas alcanzaban tal altura que la barca quedaba oculta (kalyptesthai) entre las olas, porque la cresta
de las olas se remontaba por encima de ella. Jesús estaba dormido. (Si leemos el relato de Marcos
4:1-35, vemos que, antes de iniciar la travesía Jesús había usado la barca como púlpito para dirigirse
a la gente; y, sin duda, estaba agotado). En un instante de terror, los discípulos le despertaron, y la
tormenta se convirtió en calma.
CALMA EN MEDIO DE LA TEMPESTAD
Mateo 8:23-27 (conclusión)
En este relato hay mucho más que la calma que siguió a la tempestad en la mar. Supongamos
que Jesús calmó literal y físicamente aquella rugiente tempestad en el Mar de Galilea hacia el año 28
de nuestra era; eso sería, sin duda, una hazaña maravillosa, pero no tendría mucho que ver con
nosotros. Sería la historia de una maravilla aislada, que no sería pertinente para nosotros en el siglo
XX. Si eso es todo lo que quiere decir esta historia, podríamos preguntar: «¿Por qué no lo hace
Jesús ahora? ¿Por qué permite que los que Le aman en este tiempo se hundan en el rugiente mar
sin intervenir para salvarlos?» Si no vemos en esta historia nada más que el relato de algo que hizo
Jesús hace veinte siglos, no sólo no resuelve ningún problema, sino que los produce aún mayores y
de los que quebrantan el corazón.
Pero el sentido de esta historia es mucho mayor que eso. No se limita a decirnos que Jesús calmó
una tempestad en Galilea, sino nos dice que dondequiera está Jesús, se calman las tormentas de la
vida. Quiere decir que, en la presencia de Jesús, las más terribles tempestades se convierten en
paz.
Cuando sopla el frío y crudo viento del dolor,-hay calma y consuelo en la presencia de Jesucristo.
Cuando ruge la ráfaga ardiente de la pasión, hay paz y seguridad en la presencia de Jesucristo.
Cuando las tormentas de la duda tratan de desarraigar los fundamentos mismos de la fe, hay una
estable seguridad en la presencia de Jesucristo. En todas las tormentas que sacuden el corazón
humano hay paz con Jesucristo.
Margaret Avery cuenta una historia maravillosa. En la escuela de una aldeíta de las montañas,
una maestra les había contado a sus alumnos esta historia evangélica. Poco tiempo después hubo
una ventisca terrible. Cuando se cerró la escuela aquel día, la maestra tenía casi que arrastrar a los
niños contra la tempestad. Estaban en verdadero peligro. En medio de todo aquello le oyó decir a un
niño, como hablando consigo mismo: «Nos vendría bien tener a Jesús con nosotros aquí y ahora.»
El chiquillo lo había entendido perfectamente. Su maestra tiene que haber sido estupenda. La lección
de esta historia es que, cuando las tormentas de la vida nos sacuden el alma, Jesucristo está con
nosotros, y en Su presencia la rugiente tempestad se convierte en una paz que nada nos puede
arrebatar.
UN UNIVERSO PLAGADO DE DEMONIOS
Mateo 8:28-34
Cuando llegaron al otro lado, al territorio de los gadarenos, Le salieron al encuentro dos
hombres endemoniados que salieron de entre las tumbas. Eran muy fieros, tanto que nadie
podía pasar por aquella carretera. Y fijaos, se pusieron a gritar:
-¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos
antes de tiempo?
A una buena distancia de ellos había un hato de muchos cerdos que estaban pastando. Los
diablos Le suplicaron a Jesús:
-Si nos echas de aquí, déjanos que vayamos a ese hato de cerdos.
Id -les dijo Jesús.
Los demonios salieron de los hombres y fueron a meter se en el hato de los cerdos. Y fijaos:
todo el hato se abalanzó al mar por los acantilados, y se ahogaron en el agua. Los que estaban
apacentándolos salieron huyendo, y se fueron lejos al pueblo y contaron todo lo que había
pasado con los endemoniados. Y fijaos: todo el pueblo salió al encuentro de Jesús; y cuando
Le vieron, Le pidieron que Se fuera de su territorio.
Antes de empezar a estudiar este pasaje en detalle, trataremos de resolver una dificultad que
acecha al estudiante de los evangelios. Se ve que había una cierta incertidumbre en las mentes de
los evangelistas en cuanto al lugar donde sucedió este incidente. Esa incertidumbre se refleja en las
diferencias que hay entre los tres evangelios sinópticos. La ReinaValera'95 de estudio ya hace
constar las diferencias en el nombre de la región -gergesenos o gadarenos o gerasenos.
La dificultad consiste en que no se ha logrado identificar este lugar con toda seguridad. Gerasa es
difícil que sea correcto, porque la única Gerasa de que tenemos información estaba a más de
cincuenta kilómetros tierra adentro, al Sudeste del lago, en Galaad; y es seguro que Jesús no
recorrió esa distancia cuando desembarcó. Gadara es casi seguro que es el nombre correcto,
porque era un pueblo a menos de diez kilómetros tierra adentro desde la orilla del lago, y es normal
que el cementerio estuviera a esa distancia, así como los campos para apacentar los cerdos.
Gergesa es probable que se deba a la conjetura de Orígenes, el gran erudito alejandrino del siglo III.
Él sabía que Gerasa era imposible; dudaba también de la posibilidad de Gadara, y conocía una
aldea llamada Gergesa, en la parte oriental del Mar de Galilea, y sugirió que ese debía de ser el
lugar. Lo más probable es que las diferencias se deban al hecho de que los que copiaban los
manuscritos antiguos no conocían Palestina lo suficiente como para estar seguros de dónde estaba
ese lugar y cómo se llamaba.
Este milagro nos enfrenta con la idea de la posesión diabólica, que es tan corriente en los
evangelios. El mundo antiguo creía incuestionable e intensamente en los malos espíritus. El aire
estaba tan lleno dé estos espíritus que no era posible insertar en él la punta de una aguja sin
encontrarse con alguno. Algunos decían que había siete millones y medio de ellos; había diez mil en
la mano derecha de cada persona, y otros diez mil en su izquierda; y todos estaban esperando la
oportunidad para hacerle daño. Vivían en lugares inmundos, como las tumbas, y en otros en los que
no había agua para limpiar. Vivían en los desiertos, en los que se podían oír sus aullidos. Eran
especialmente peligrosos para los viajeros solitarios, las mujeres de parto, la esposa y el esposo
recién casados, los niños que salían por la noche y los que viajaban de noche. Eran especialmente
peligrosos en el calor del mediodía, y entre la puesta y la salida del sol. Los demonios masculinos se
llamaban sedim, y los femeninos lilin, de Lilit. Los demonios femeninos tenían pelo largo, y eran
especialmente peligrosos para los niños; por eso tenían los niños ángeles de la guarda (cp. Mateo
18:10).
En cuanto al origen de los demonios había diferentes opiniones. Algunos mantenían que existían
desde el principio del mundo. Otros, que eran los espíritus de los malvados que habían muerto, y
que hasta después de la muerte trataban de hacer daño. Lo más corriente de todo era relacionarlos
con la extraña historia del Génesis b:1-8. Ese pasaje dice que los ángeles pecadores vinieron a la
Tierra y sedujeron a mujeres mortales. Los demonios se creía que eran los descendientes de los que
nacieron de aquellas malas uniones.
A estos demonios se les atribuían todas las enfermedades. Se los suponía responsables, no solo
de enfermedades como la epilepsia y los trastornos mentales, sino también de las enfermedades
corporales. Los egipcios mantenían que el cuerpo constaba de treinta y seis partes :diferentes, cada
una de las cuales podía ser la guarida de un demonio. Una de sus maneras favoritas de conseguir
introducirse en el cuerpo de una persona era acechar mientras estaba comiendo, y colarse con la
comida.
A nosotros nos parecerá fantástico todo esto; pero los pueblos antiguos creían a pies-juntillas en
los demonios. Si una persona estaba convencida de que estaba poseída por un demonio, se
dedicaría a reproducir todos los síntomas de la posesión diabólica. Se podía convencer
auténticamente de que tenía dentro un demonio. Hasta el día de hoy, uno se puede autosugestionar
y convencer de qué tiene un dolor o ,está enfermo; eso podía suceder todavía más fácilmente
cuando había tanto de lo que hoy llamamos supersticiones, y cuando el conocimiento humano era
mucho más primitivo que ahora. Aunque no hubiera demonios, una persona que se creyera poseída
sólo podía curarse si se admitía que, por lo menos para ella; los demonios eran la cosa más real del
mundo.
LA DERROTA DE LOS DEMONIOS
Mateo 8:28-34 (conclusión)
Cuando Jesús llegó al otro lado del lago, se Le enfrentaron dos endemoniados que vivían entre
las tumbas, porque las tumbas eran el lugar de residencia normal de los demonios. Eran tan feroces
que constituían un peligro para los que pasaran por allí, y un viajero prudente evitaría un encuentro
con ellos a toda costa.
W. M. Thonmson, en La Tierra y el Libro, nos cuenta que él mismo, en el siglo XIX, vio personas
que estaban en exactamente la misma situación de aquellos dos endemoniados de las tumbas de
Gadara:
Actualmente se , dan casos muy semejantes -locos furiosos y peligrosos que deambulan por
las montañas y duermen en cuevas y en tumbas. Cuando tienen uno
de sus peores paroxismos no hay quien los domine, y son tremendamente fuertes... Y es uno
de los rasgos más corrientes de esta locura que los que la padecen se niegan a usar ropa. Los
he visto a menudo totalmente desnudos por las calles de Beirut y de Sidón. También hay casos
que corren salvajemente por los despoblados y aterran a todos los de la vecindad.
Aparte de todo lo demás, Jesús dio muestras de un valor extraordinario al pararse a hablar con
aquellos dos hombres.
Si de veras queremos saber los detalles de, esta historia tenemos que acudir a Marcos. El relato
de Marcos (Marcos 5:1-19) es mucho más largo, y lo que nos da Mateo no es más que un resumen.
Esta es una historia de milagro que ha causado mucha discusión, y la discusión se ha centrado en
torno a la destrucción del hato de cerdos. Muchos la han encontrado extraña, y han considerado
cruel el que Jesús destruyera así una manada de animales. Pero es casi seguro que Jesús no
destruyó deliberadamente los cerdos.
Debemos tratar de visualizar lo que sucedió. Los endemoniados estaban chillando y gritando
(Marcos 5: 7; Lucas 8:28). Debemos tener presente que estaban totalmente convencidos de que
estaban invadidos de demonios. Ahora bien, era una creencia normal y ortodoxa que todos
compartían que cuando viniera el Mesías y hubiera un juicio final, los demonios serían destruidos.
Eso es lo que los hombres querían decir cuando le preguntaron a Jesús por qué había venido a
atormentarlos antes del tiempo de terminar. Estaban tan convencidos de que estaban poseídos por
demonios que nada los podía haber librado de su convicción que no fuera una demostración visible
de que los demonios habían salido de ellos.
Había que hacer algo que fuera para ellos una prueba indubitable. Lo más seguro es que sus
gritos y chillidos alarmaran el hato de los cerdos, que, en su terror, huyeron en desbandada y se
cayeron al lago. El agua era fatal para los demonios. Ante eso, Jesús aprovechó la ocasión que se le
presentaba.
«¡Fijaos! -les dijo-'Fijaos en esos cerdos: se han hundido en el fondo del lago, y se han llevado
vuestros demonios para siempre.» Jesús sabía que no había otra manera de convencer a esos dos
hombres de que estaban definitivamente curados. Si fue así, Jesús no destruyó aposta la manada de
cerdos; simplemente usó su estampida para ayudar a aquellos dos pobres pacientes a creer en su
curación.
Pero aunque Jesús hubiera causado deliberadamente la destrucción de aquel hato de cerdos, no
debería nunca habérsele culpado por ello. Hay tal cosa como pasarse de chinche. T. R. Glover
hablaba de las personas que creen que son muy religiosas cuando lo que son es muy fastidiosas.
No podemos comparar el valor de un hato de cerdos con el de dos almas humanas inmortales. No
es comente negarse a comer un bocadillo de jamón o chuletas de cerdo para la comida por motivos
de conciencia. Nuestra simpatía hacia los cerdos no nos lleva tan lejos como para impedirnos
comérnoslos; ¿y vamos a quejarnos de que Jesús devolviera la salud a dos mentes humanas a
costa de un hato de cerdos? Esto no quiere decir, ni mucho menos que animemos, o ni siquiera
disculpemos la crueldad con los animales. Es sencillamente que debemos conservar en la vida un
sentido de la proporción.
La tragedia suprema de esta historia radica en su conclusión. Los que habían estado pastoreando
a los cerdos volvieron corriendo al pueblo y dijeron lo que había sucedido; y el resultado fue que los
del pueblo le pidieron a Jesús que saliera inmediatamente de su territorio.
Aquí encontramos el peor egoísmo humano. A esa gente no le importaba que dos personas
hubieran recuperado la razón; lo único que les importaba era que se habían quedado sin sus cerdos.
Eso es lo que sucede muchas veces cuando se dice: « Me importa un pito lo que les pase a los
demás, siempre que no sufran mis ganancias y mi comodidad y mi tranquilidad.» Nos podemos
alucinar ante la insensibilidad de aquella gente de Gadara, pero debemos tener cuidado de no
objetar a que se ayude a otros para no perder nuestros privilegios.
CRECE LA OPOSICIÓN
Ya hemos visto repetidamente que en el evangelio de Mateo no aparece nada colocado al azar.
Todo está planificado y diseñado cuidadosamente.
En el capítulo 9 vemos otro ejemplo de esta cuidadosa planificación, porque contiene las primeras
sombras de la tormenta que se está fraguando. Vemos cómo empieza a crecer la oposición; oímos
las primeras insinuaciones de las acusaciones que se van a urdir contra Jesús, y que acabarán
finalmente por llevarle a la muerte. En este capítulo se Le hacen a Jesús cuatro acusaciones.
(i) Se Le acusaba de blasfemia. En Matea 91-8 vemos a Jesús curando al paralítico perdonándole
sus pecados; y oímos a los escribas acusarle de blasfemia porque pretendía hacer lo que sólo Dios
puede hacer. Acusaban a Jesús de blasfemia porque hablaba con la voz de Dios. Blasfémía quiere
decir literalmente insulto o calumnia; y los enemigos de Jesús le acusaban de insultar a Dios porque
Se arrogaba los poderes exclusivos de Dios.
(ii) Se Le acusaba de inmoralidad. En Mateo 9:10-13 vemos a Jesús participando en una fiesta
con publicanos y pecadores. Los fariseos se escandalizaban de que Él comiera con tal gentuza. La
implicación era que Él era igual que ellos. «Dime con quién andas, y te diré quién eres.»
A Jesús Le acusaron de hecho de ser una persona inmoral porque se Le veía con gente inmoral.
Una vez que una persona cae en desgracia es la cosa más fácil del mundo tergiversar y falsificar
todo lo que hace.
Harold Nicolson cuenta una conversación que tuvo con Stanley Baldwin. Nicolson estaba por
entonces empezando su carrera política, y fue a pedir a Baldwin, político veterano, el consejo que le
pudiera dar. Baldwin le dijo algo así: «Vas a tratar de ser un estadista, y a manejar los asuntos del
país. Bien, yo tengo una larga experiencia de ese tipo de vida, y te daré tres reglas que harás bien
en seguir. La primera, si ya estás suscrito a una agencia de recortes de periódicos, cante la la
suscripción inmediatamente. La segunda, no te ríase` nunca de los errores de tus oponentes. La
tercera, ármate d paciencia cuando te atribuyan falsos motivos.» Una de las armas favoritas de los
enemigos de cualquier hombre publica es atribuirle falsos motivos; eso es lo que Le hicieron a Jesúa
Sus enemigos. ;
(iii) Se Le acusaba de laxitud en la piedad. En Mateo 9:14: 17, los discípulos de Juan les
preguntaron a los de Jesús qué su Maestro no ayunaba. Jesús no observaba las prácticas ortodoxas
de la religión, y por tanto los ortodoxos no se fiaban de Él. Cualquiera que se aparte de los
convencionalismo sufrirá por ello; y cualquiera que quebrante los convencionalismos religiosos, más
todavía. Jesús quebrantaba los convencionalismos ortodoxos de la piedad farisaica, y se le c ticaba
por ello.
(iv) Se le acusa de actuar de acuerdo con el diablo. En Mateo 9:31-34 Le vemos curando a un
mudo, y Sus enemigos atribuyen la curación a Su asociación con el diablo. Siempre que entra un
nuevo poder en la vida -se ha dicho, por ejemplo, del poder espiritual- hay quienes dicen: <
Debemos tener cuidado; esto podría ser obra del diablo y no de Dios.» Es curioso que cuando la
gente se encuentra con algo que no le gusta, o que no entiende, o que no está de acuerdo con sus:
ideas preconcebidas, a menudo se lo atribuyen al diablo y no a Dios. ..
Así que aquí tenemos el principio de la campaña contra Jesús. Sus calumniadores ya están
actuando. Las lenguas chismosas están envenenando la verdad y atribuyendo falsos motivos. El
movimiento para eliminar a este conflictivo Jesús ha comenzado.
ESTAR A BUENAS CON DIOS
Mateo 9:1-8
Jesús Se subió a la barca y pasó al otro lado del lago, a Su propio pueblo. Y fijaos: Le trajeron
a un paralítico en una camilla. Cuando Jesús vio la fe de los que le traían, le dijo al paralítico:
-¡Anímate, hijo! Tus pecados se te han perdonado.
Y fijaos: algunos de los escribas se dijeron para sí:
-¡Este está blasfemando!
Jesús sabía lo que estaban pensando, y les dijo:
-¿Por qué pensáis malpara vuestros adentros? ¿Qué es más fácil, decirle «Tus pecados se te
han perdonado,» o decirle «Levántate y ponte a andar»? Pero, para que entendáis que el Hijo
del Hombre tiene autoridad en la Tierra para perdonar pecados -dijo dirigiéndose al paralítico-:
Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa.
Y el paralítico se levantó y se fue a su casa.
Y cuando la concurrencia lo vio, se conmovieron de temor, y dieron gloria a Dios por haberles
dado a los hombres tal poder.
Por Marcos 2:1 sabemos que este incidente tuvo lugar en Cafarnaum; y es interesante notar que
para este tiempo Jesús había llegado a identificarse tanto con Cafarnaum que a éste se le podía
llamar Su propio pueblo. En esta etapa de Su ministerio, Cafarnaum era el centro de Su obra.
Le trajeron a un paralítico, que llevaban unos amigos en una camilla. Aquí tenemos una escena
maravillosa de un hombre que fue salvo por la fe de sus amigos. Si no hubiera sido por ellos, nunca
habría podido llegar a la presencia sanadora de Jesús de ninguna manera. Bien puede ser que
hubiera llegado a estar impotentemente resignado y derrotadamente desesperanzado, y que ellos le
llevaran a Jesús casi contra su voluntad. En cualquier caso, lo que le salvó fue la fe de sus amigos.
W. B. Yeats, en su comedia El Gato y la Luna, tiene una frase: «¿Has conocido alguna vez a un
santo que tuviera a un malvado por camarada y lo más querido a su corazón?»
realmente característico de un verdadero santo el asociarse con una persona realmente mala o
totalmente insensata, hasta traerla a la presencia de Jesús. Si uno tiene un amigo que no conoce a
Cristo, o que no le interesa Cristo, o que es hasta hostil a Cristo, su deber como cristiano es no
dejarle en paz hasta conseguir traerle a la presencia de Cristo.
No podemos obligar a una persona a aceptar a Cristo contra su voluntad. Coventry Patmore dijo
una vez que no podemos enseñarle a otro la verdad religiosa; lo único que podemos es indicarle el
camino por el que puede llegar a ella por sí mismo. No podemos hacer que una persona sea
cristiana, pero podemos hacer todo lo posible para llevarla a la presencia de Cristo.
La manera que tuvo Jesús de tratar a este hombre puede parecernos sorprendente. Empezó por
decirle que sus pecados estaban perdonados. Había una doble razón para eso. En Israel era
creencia universal que toda enfermedad era el resultado del pecado, y que ninguna enfermedad se
podía curar nunca si no se perdonaba el pecado. Rabí Ami dijo: « No hay muerte sin pecado, ni dolor
sin trasgresión.» Rabí Alejandro dijo: «El enfermo no se levanta de su enfermedad hasta que se le
perdonen los pecados.» Rabí Jiya ben Abba dijo: «Ninguna persona enferma se cura de su
enfermedad hasta que se le perdonan todos sus pecados.» Esta relación inquebrantable entre el
sufrimiento y el pecado era parte de la fe judía ortodoxa en tiempos de Jesús. Por esa razón, no
cabe la menor duda que este hombre no podría nunca haber recuperado la salud hasta tener la
seguridad de que sus pecados se le habían perdonado. Es sumamente probable que hubiera sido un
pecador, y que estuviera convencido de que su enfermedad era el resultado de su pecado, y que
además esa fuera la verdad; y sin la certeza del perdón, no podría haber recibido nunca la sanidad.
De hecho, la medicina moderna estaría totalmente de acuerdo en que la mente puede influir, y de
hecho influye, en las condiciones físicas del cuerpo, y que una persona no puede nunca tener un
cuerpo sano si su mente no está en un estado sano.
Paul Tournier, en El Diario de un Médico, cita un ejemplo precisamente de eso: «Había, por
ejemplo, una chica a la que uno de mis amigos llevaba varios meses tratando de anenlia, sin mucho
éxito. En última instancia, mi colega decidió enviársela al inspector médico del distrito en que ella
trabajaba, para obtener su permiso para enviarla a un sanatorio en las montañas. Al cabo de una
semana la paciente trajo la respuesta del inspector. Éste demostró ser una buena persona y con-
cedió el permiso, pero añadió: "Por el análisis de sangre, sin embargo, no llego a nada que se le
parezca a las cifras que usted cita." Mi amigo, bastante perplejo, tomó enseguida una muestra de
sangre y la llevó a toda prisa a su laboratorio. Era verdad que las cifras habían cambiado
repentinamente. "Si yo no hubiera sido una de esas personas que siguen meticulosamente la rutina
del laboratorio -prosigue la historia de mi amigoy si yo no hubiera comprobado el análisis de cada
uno de mis pacientes antes de su visita, podría haber creído que había cometido un error." Se volvió
a la paciente y le preguntó: "¿Le ha sucedido algo fuera de lo ordinario desde su última visita?" "Sí,
me ha sucedido algo -replicó ella-. De pronto he sido capaz de perdonar a alguien al que le tenía un
rencor sucio; ¡y de pronto me he dado cuenta de que podía por fin decirle sí a la vida!"» Su actitud
mental había cambiado, y con ella cambió también el mismo estado de su sangre. Se le había
curado la mente, y su cuerpo llevaba camino de alcanzar una curación total.
Este hombre de la historia evangélica sabía que era pecador; porque era pecador, estaba seguro
de que Dios era su enemigo; porque creía que Dios era su enemigo, estaba paralítico. Una vez que
Jesús le trajo el perdón de Dios supo que Dios ya no era su enemigo, sino su amigo, y por tanto se
curó.
Pero fue la manera como se efectuó la cura lo que escandalizó a los escribas. Jesús se había
atrevido a perdonar pecado; eso era prerrogativa exclusiva de Dios; por tanto, Jesús había insultado
a Dios. Jesús no se puso a discutir. Trató la cuestión con ellos en su propio terreno. «¿Cuál de las
dos cosas es más fácil decir -les preguntó-: "Tus pecados te son perdonados," o decir: "Levántate y
sal andando"?> Ahora bien; recordemos qué estos escribas no creían que nadie pudiera levantarse
y echar a andar a menos que se le perdonarán sus pecados. Si Jesús podía hacer que este hombre
se levantará y anduviera, entonces eso era la prueba incontestable de quo los pecados del hombre
estaban perdonados, y de que el derecho de Jesús a perdonar pecados era legítimo. Así que Jesús
demostró que era capaz de traer el perdón al alma de una persona y la salud a su cuerpo. Y sigue
siendo eternamente verdad qué no podemos estar como es debido físicamente hasta que lo estemos
espiritualmente, que la salud del cuerpo y la paz con Dios van de la mano.
EL HOMBRE QUE TODOS ODIABAN
Mateo 9:9
Cuando Jesús se marchó de allí, vio a un hombre que se llamaba Mateo, que estaba
sentado a la mesa dé cobro de los impuestos. Y Jesús le dijo:
-¡Sígueme!
Y él se levantó, y empezó a seguir a Jesús.
No se puede pensar en nadie que fuera menos «apostolable» que Mateo. Era lo que se llama
tradicionalmente un publicano; los publican¡ eran los cobradores de impuestos, y se los llamaba así
porque manejaban dinero y fondos públicos.
El imperio romano tenía el problema de diseñar un sistema de cobro de impuestos lo más barato
y eficaz posible. Lo consiguió subastando el derecho a cobrar impuestos en cada zona. El que
.compraba ese derecho se comprometía a entregarle al gobierno romano una cierta cantidad; todo lo
que cobrara de más era su comisión.
Está claro que este sistema se prestaba a graves abusos. La gente no sabía realmente cuánto
tenía que pagar en aquel tiempo en que no había periódicos ni radio ni televisión, ni tenía derecho a.
apelar en contra del publicano. El resultado era que muchos publicanos se enriquecían abusando
ilegalmente de sus derechos. El sistema había dado lugar a tantos abusos que ya se había
cambiado en Palestina antes del tiempo de Jesús; pero había que seguir pagando impuestos, y
seguían los abusos.
Había tres impuestos: legales. Estaba el impuesto sobre la tierra, que obligaba al pago de una
décima parte de los cereales y un quinto de las frutas y vino al gobernador, en dinero o en especie.
Estaba el impuesto sobre la renta, que era del uno por ciento de los ingresos. Estaba el impuesto
personal, que tenía que pagar todo varón desde los 14 hasta los 65 años de edad, y las hembras
desde 12 hasta 65. Esos eran impuestos estatutarios que no podían usar fácilmente los publicanos
para hacerse ricos.
Pero además de estos había un montón de impuestos diversos. Estaba el impuesto del dos y
medio al doce y medio por ciento sobre todas las mercancías que se importaran o exportaran. Había
que pagar un impuesto para usar las carreteras principales, cruzar los puentes, y entrar en los
mercados, pueblos o puertos. Había que pagar un impuesto por los animales de carga, y por las
ruedas y los ejes de los carros. Había impuestos por la compra y por la venta de mercancías. Había
algunos productos que eran monopolio del gobierno; por ejemplo, en Egipto, el comercio del nitrato,
la cerveza y el papiro estaba totalmente bajo el control del gobierno.
Aunque se había dejado el antiguo método de subastar los impuestos, se necesitaba un montón
de gente para cobrarlos. Los funcionarios encargados de ello se contrataban entre los provinciales. A
menudo eran voluntarios. Lo corriente era que en cada distrito hubiera una persona responsable de
cada impuesto, y -no le era difícil a esa persona forrarse los bolsillos además de cobrar lo legalmente
estipulado.
A estos. publicanos se -les tenía un odio feroz. Se habían puesto al servicio de los conquistadores
de su nación, y amasaban sus fortunas a expensas de las desgracias de sus compatriotas. Eran
notoriamente deshonestos. No sólo despellejaban a sus propios compatriotas, sino que hacían todo
lo posible por defraudar al gobierno, y tenían unos impuestos florecientes aceptando sobornos de los
ricos que querían ahorrarse los impuestos que tenían que pagar.
En todos los países se odia a los cobradores de impuestos,: pero el odio de los judíos era
doblemente violento. Los judíos eran nacionalistas furibundos; pero lo que más los excitaba era su
convicción religiosa de que Dios era su único Rey, y que el pagarle impuestos -a ningún gobernador
humano era una infracción de los derechos de Dios y un insulto a Su Majestad. La ley judía
excomulgaba de la sinagoga a los publicanos, los incluía entre las cosas y los animales inmundos, y
les aplicaba Levítico 20:5; se les impedía ser testigos en los juicios, y se metía en el mismo saco a
los < ladrones, asesinos y publicanos.>
Cuando Jesús llamó a Mateo, llamó a un hombre que todos odiaban. Aquí tenemos uno de los
grandes ejemplos que hay en el Nuevo Testamento del poder de Jesús para ver en una persona, no
sólo lo que era, sino lo que podría llegar a ser. No ha habido nunca nadie que tuviera tanta fe en las
posibilidades de la naturaleza humana como Jesús.
DESAFÍO LANZADO Y ACEPTADO
Mateo 9:9 (conclusión)
Cafarnaum estaba en el territorio de Herodes Antipas, y la más probable es que Mateo no
estuviera al servicio de los romanos sino de Herodes. Cafarnaum era el punto de unión de muchas
carreteras. En especial la gran carretera de Egipto a Damasco, la carretera de la costa, pasaba por
Cafarnaum. Era allí donde entraba en los dominios de Herodes con fines comerciales; y sin duda
Mateo era uno de los empleados de aduana que cobraba los impuestos de todas las mercancías y
productos que entraban y salían por aquel territorio.
No tenemos por qué pensar que Mateo no había visto nunca antes a Jesús. Sin duda habría oído
del joven galileo Que traía un mensaje que cortaba la respiración de puro nuevo, Que hablaba con
una autoridad que no se había conocido nunca, y Que contaba entre Sus amigos a hombres y
mujeres que habrían evitado con asco las buenas personas ortodoxas de entonces. Probablemente
Mateo Le habría oído desde las afueras de la multitud, y habría sentido que le vibraba el corazón en
el pecho. Tal vez Mateo se había planteado anhelantemente si todavía estaría a tiempo de hacerse a
la vela hacia un nuevo mundo dejando su vieja vida y su vieja vergüenza para empezar de nuevo. Y
un día se encontró con Jesús allí delante de él, y Le oyó larzarle el desafío, y Mateo aceptó aquel
desafío, y se levantó, y lo dejó todo, y siguió a Jesús.
Debemos fijarnos en lo que perdió Mateo, y en lo que encontró. Perdió un cómodo trabajo, y
encontró un destino. Perdió unos buenos ingresos, y encontró la dignidad. Perdió una cómoda
seguridad, y encontró una aventura como no soñara nunca. Puede que si aceptamos el desafío de
Cristo nos encontremos más pobres de cosas materiales. Puede que tengamos que renunciar a las
ambiciones del mundo. Pero sin duda encontraremos una paz y un gozo y un interés en la vida que
nunca habíamos conocido. En Jesucristo se encuentran riquezas que superan con creces todo lo
que se pueda abandonar por Él.
Debemos fijarnos en lo que dejó Mateo, y en lo que tomó. Dejó el puesto de los impuestos, pero
se llevó una cosa: su pluma. Aquí tenemos un ejemplo luminoso de cómo puede usar Jesús
cualesquiera dones que uno pueda llevarle. No es probable que ningún otro de los Doce tuviera
soltura con la pluma. Los pescadores galileos no es de esperar que tuvieran una habilidad especial
en eso de colocar debidamente las palabras; pero Mateo, sí. Y este hombre, cuyo trabajo le había
entrenado en el uso de la pluma, usó esa habilidad para componer el primer manual de las
enseñanzas de Jesús, que figura entre los libros más importantes que se hayan escrito en el mundo.
Cuando Mateo dejó el puesto de los impuestos aquel día renunció a mucho en sentido material,
pero espiritualmente recibió en herencia una fortuna incalculable.
DONDE HAY MÁS NECESIDAD
Mateo 9:10-13
Después, Mateo estaba sentado a la mesa en su casa, y fijaos: vinieron muchos cobradores
de impuestos y pecadores a sentarse a comer con Jesús y Sus discípulos.
Cuando vieron aquello los fariseos, les dijeron a los discípulos de Jesús:
-¿Cómo es que vuestro Maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?
Jesús lo oyó, y dijo:
-No son los que están bien los que necesitan un médico, sino los que están enfermos. Id a
aprender lo que quiere decir el dicho: «Lo que Yo quiero es misericordia, y no sacrificios. » Yo
no he venido a invitar a los «justos», sino a los pecadores.
Jesús no se limitó a llamar a Mateo para que fuera uno de Sus hombres y seguidores, sino que se
sentó a la mesa con hombres y mujeres como Mateo, con cobradores de impuestos y «pecadores».
Aquí surge una pregunta muy interesante: ¿Dónde tuvo lugar esta comida en la que fueron
comensales Jesús y los cobradores de impuestos y los pecadores? Lucas es el único que especifica
que fue en la casa de Mateo o Leví (cp. Marcos 2:14-17, y Lucas 5:27-32). Si nos atenemos al
relato de Mateo y Marcos, podría muy bien haber sido en casa de Jesús, o en la casa en que estaba
parando. Si fue en la casa de Jesús, Su dicho resulta aún más impactante: < Yo no he venido a
llamar -a invitar- a justos, sino a pecadores.»
La palabra que se usa en el original es kalein, que es la que se usa corrientemente en griego para
invitar a un huésped a una casa o para una comida. En la parábola de la Gran Cena (Mateo 22:1-10;
Lucas 14:15-24) se nos dice que los invitados rechazaron la invitación, y fueron los pobres, cojos,
mancos y ciegos los que vinieron de los caminos y de los vallados a sentarse a la mesa del Rey.
Puede que Jesús estuviera diciendo: < Cuando hacéis una fiesta, invitáis a los religiosos y a los
beatos; pero cuando la hago Yo, invito a los que son conscientes de su pecado y tienen más
necesidad de Dios.»
Fuera en casa de Mateo o en la que estaba parando Jesús, fue un escándalo para los escribas y
fariseos ortodoxos. Hablando en general, los habitantes de Palestina se dividían en dos clases: los
ortodoxos que cumplían rígidamente la ley tradicional en sus más mínimos detalles, y los que no,
todos los demás. La segunda clase la llamaban los de la primera la gente de la tierra; y al ortodoxo le
estaba prohibido hacer un viaje con ninguno de los otros, o hacer ningún trato comercial, o darle o
recibir de él nada, o hacerles o aceptar de ellos ninguna invitación. Al estar en compañía de gente
así, Jesús estaba haciendo algo que los < piadosos» de su tiempo no hartan nunca.
La defensa de Jesús fue perfectamente sencilla; simplemente dijo que Él estaba donde más se Le
necesitaba. Sería un médico miserable si no fuera nada más que a las casas de los que gozaran de
buena salud; el lugar de un médico está donde la gente está enferma; su gloria y su misión es ir
adonde se le necesite.
Diógenes fue uno de los grandes maestros de la antigua Grecia. Amaba la virtud, y tenía una
lengua mordaz. No se cansaba de comparar la decadencia de Atenas, donde pasó la mayor parte de
su vida, con la vigorosa sencillez de Esparta. Un día, alguien le dijo: «Si te gusta tanto Esparta y tan
poco Atenas, ¿por qué no te marchas de Atenas y te vas a Esparta:
Y él respondió: «Aparte de lo que yo quiera, debo estar donde se me necesita más.» Eran los
«pecadores» los que necesitaban a Jesús, y por eso estaba entre ellos.
Cuando Jesús dijo « Yo no he venido a invitar a los "justos", sino a los pecadores,» debemos
entender lo que quería decir. No decía que hubiera gente tan buena que no necesitara nada de Él; y
todavía menos que Él no tuviera interés en los buenos. Este es un dicho muy comprimido. Jesús
decía: « Yo no he venido a invitar a los que están tan satisfechos consigo mismos -que están
convencidos de que no necesitan la ayuda de nadie; sino a los que son conscientes de su pecado y
se dan cuenta de que necesitan desesperadamente un Salvador.» Estaba diciendo: «Los únicos que
aceptan mi invitación son los que reconocen lo mucho que Me necesitan.»
Aquellos escribas y fariseos tenían una idea de la religión que no está muerta ni mucho menos.
(i) Estaban más interesados en mantener su propia «santidad» que en ayudar a otro con sus
pecados. Eran como médicos que se negaran a visitar a los enfermos por miedo a que les
contagiaran la enfermedad. Se mantenían a .distancia del pecador con fastidioso puritanismo; no
querían tener nada que ver con los tales. Su religión era egoísta en esencia. Les preocupaba mucho
más salvar sus almas que contribuir a que se salvaran las de otros. Y habían olvidado que esa era la
manera más segura de perder sus propias almas.
(ii) Estaban más interesados en criticar que en animar. Estaban más interesados en señalar las
faltas de otras personas que en ayudarlas a conquistarlas. Cuando un médico descubre una
enfermedad especialmente repugnante, que le revolvería el estómago a cualquiera que la mirara, no
se llena de repugnancia, sino de deseo de ayudar. Nuestra primera reacción no debería ser nunca el
condenar al pecador, sino el ayudarle.
(iii) Profesaban una bondad que desembocaba en la condenación más bien que en el perdón y en
la simpatía. Estaban más dispuestos a dejarle a uno en la cuneta que en tenderle una mano para
que saliera de ella. Eran como médicos que estuvieran interesados en diagnosticar la enfermedad,
pero que no tuvieran el menor interés en curarla.
(iv) Profesaban una religión que consistía en una ortodoxia externa más bien que en una ayuda
práctica. A Jesús Le encantaba el dicho de Oseas 6:6 que decía que Dios desea la misericordia más
que el sacrificio, porque lo citó más de una vez (cp. Mateo 12:7). Uno puede que cumpla
diligentemente con todos los pasos de la piedad ortodoxa; pero, si nunca hace lo más mínimo para
ayudar a otro ser humano en su necesidad, no es una persona cristiana.
PLACER PRESENTE Y DOLOR FUTURO
Mateo 9:14-15
A eso se Le acercaron los discípulos de Juan, y Le preguntaron:
-¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia, mientras que Tus discípulos no
ayunan?
-Seguro que los amigos más íntimos del novio no se ponen a hacer duelo cuando están con
él en las bodas. Ya llegará el día en que les arrebaten al Novio, y entonces sí que ayunarán.
Para los judíos de tiempos de Jesucristo, la limosna, la oración y el ayuno eran los tres grandes
pilares de la vida religiosa. Ya hemos descrito suficientemente el ayuno judío cuando tratamos del
pasaje de Mateo 6:16-18. A. H. McNeile sugiere que este incidente puede que tuviera lugar porque
las lluvias de otoño no habían llegado y se había ordenado un ayuno público.
Cuando le preguntaron a Jesús por qué no -practicaban el ayuno ni Él ni Sus discípulos, respondió
con una- ilustración gráfica. Por lo menos desde la Biblia del Oso se hacía constar en, una nota que
los: que están de bodas se decía en el origine los hijos del tálamo nupcial, expresión de claro sabor
semítico.
Una boda judía era una ocasión de fiesta extraordinaria. Una de sus características era que la areja
de recién casados no se iba de su casa para pasar la luna de miel. Durante una semana después de
la boda tenían la puerta abierta a. sus visitantes; al -esposo y a la esposa se los trataba;. y hasta se
les dirigía la palabra; como a un rey y a una reina: Y durante esa semana sus amigos íntimos
participaban con ellos de la alegría y de la fiesta; sus amigos íntimos se llamaban los hijos del
tálamo nupcial. En tales ocasiones tenía la gente pobre y .sencilla una alegría; un regocijo, una
fiesta, una abundancia, que a lo mejor no se les presentaban otra vez en la vida.
Así que Jesús se compara a Sí mismo con el esposo y a sus discípulos como los amigos íntimos
del esposo. ¿Cómo podría una compañía así estar triste y lúgubre? Esta no era una ocasión propicia
para el ayuno sino para la mayor fiesta de la vida. Hay tres grandes ideas en este pasaje.
(i) Nos dice que estar con Jesús es estar de fiesta; nos dice que en la presencia de Jesús hay una
preciosa efervescencia emocionante de vida; nos dice que un cristianismo sumido en la melancolía
es un absurdo. El que camina con Cristo camina con un gozo radiante.
(ii) También nos dice que ninguna alegría dura para siempre. Para los discípulos de Juan había
llegado un tiempo de aflicción, porque Juan ya estaba en la cárcel. Ese tiempo de dolor les llegaría
inevitablemente a los discípulos de Jesús. Es una de las muchas cosas inevitables de la vida el que
las alegrías más queridas lleguen a su fin.
Epicteto decía lúgubremente: «Cuando estás besando a tu niño, dite: "Tienes que morir un día."»
Por eso tenemos que conocer a Dios y a Jesucristo. Sólo Jesús es el mismo ayer, hoy y para
siempre; sólo Dios permanece inmutable entre todos los azares y avatares de la vida. Las más
preciosas relaciones humanas tienen que acabarse algún día; sólo el gozo del Cielo dura para
siempre; y si lo tenemos en nuestros corazones, nada nos lo podrá quitar.
(iii) Aquí hay también un desafío. Puede que en aquel momento los discípulos no lo vieran, pero
Jesús les estaba diciendo: «Estáis experimentando el gozo que produce el seguirme; ¿podréis
también superar la prueba, la lucha, el sufrimiento de la cruz de un cristiano?> La vida cristiana
produce gozo; pero también conlleva sangre, sudor y lágrimas, que no pueden disipar. el gozo, pero
que hay que arrostrar de todas maneras. Así que Jesús dice: « ¿Estáis preparados para las dos
cosas -el gozo cristiano y la cruz cristiana?»
(iv) Engastado en este dicho está el valor de Jesús. Jesús no se hacía nunca ilusiones; veía
claramente al final del camino la Cruz que le estaba esperando. Aquí se descorre la cortina, y la
mente de Jesús vislumbra algo. Sabía que para Él el camino de la vida era el camino de la Cruz, y
sin embargo no se desvió ni un paso. Aquí tenemos el valor de Uno que sabe lo que cuesta el
camino de Dios, y que sigue adelante.
EL PROBLEMA DE LA NUEVA IDEA
Mateo 9:16-17
Nadie le pone un remiendo de paño que no se haya lavado nunca a una ropa usada; porque
el remiendo que se pone para tapar el agujero rasgaría el paño, y el desgarrón sería peor que
el de antes. Ni se pone el vino nuevo es odres viejos; porque se reventarían, y se derramaría el
vino y se echarían a perder completamente los odres. El vino nuevo se pone en odres nuevos
para que se conserven las dos cosas.
Jesús era plenamente consciente de que había venido a la humanidad con nuevas ideas y con
una nueva concepción de la verdad y se daba perfecta cuenta de lo difícil que es introducir una
idea realmente nueva en las mentes humanas. Así es que usó dos ilustraciones que cualquier judío
podría entender.
(i) < Nadie -dijo- pone un remiendo de paño nuevo en una ropa vieja. Porque si lo hace, a la
primera que se moje la ropa, el remiendo nuevo encoge y rasga todo lo demás y se produce un
desgarro peor que el del principio.»
A los judíos les encantaba apasionadamente ver las cosas tal como son. La Ley era para ellos la
última y definitiva Palabra de Dios. El añadirle o el sustraerle una sola palabra era pecado mortal. El
propósito del trabajo de los escribas y fariseos era < construir una valla alrededor de la Ley.» Para
ellos una nueva idea no era tanto un error como un pecado.
Ese espíritu no ha muerto ni muchísimo menos. Muy a menudo en una iglesia, si se sugiere una
nueva idea o un nuevo método o cualquier cambio, enseguida surge la objeción: < Eso no lo hemos
.hecho nunca.»
Una vez oí hablar entre sí a dos teólogos. Uno era joven y estaba intensamente interesado en
todo lo que los nuevos pensadores tuvieran que decir; el otro era un hombre mayor, de ortodoxia
rígida y convencional. El mayor escuchaba al más joven con una especie de tolerancia medio
despectiva, y por último acabó la conversación diciendo: < Lo viejo es mejor.»
A lo largo de toda su historia la Iglesia se ha aferrado a lo viejo. Lo que Jesús está diciendo aquí
es que llega un momento en que poner parches es una estupidez, y cuando lo único que se puede
hacer es desechar definitivamente algo y empezar de nuevo. Hay formas de gobierno eclesiástico,
de culto, de expresar nuestras creencias, que a menudo tratamos de ajustar y lijar para ponerlas al
día; tratamos de remendarlas. Nadie está dispuesto a abandonar despiadada e insensiblemente lo
que las generaciones anteriores encontraron útil y provechoso; pero sigue siendo verdad que éste es
un universo en constante crecimiento y expansión; y llega un momento cuando los parches son
inútiles, y cuando una persona y una iglesia tienen que aceptar la aventura de lo nuevo, o quedarse
empantanadas dando culto, no a Dios, sino al pasado.
(ii) Nadie, decía Jesús, trata de meter vino nuevo en odres viejos. Hace tiempo se solía
almacenar el vino en pellejos, y no en botellas. Cuando se echaba el vino nuevo en un pellejo el vino
estaba todavía fermentando. Los gases que producía ejercían presión en el pellejo. En un pellejo
nuevo había una cierta elasticidad, y no sufría ningún daño porque cedía a la presión. Pero un
pellejo viejo ya se había quedado rígido y había perdido la elasticidad y, si se llenaba de vino nuevo
en plena fermentación, no podía ceder y se reventaba.
Para traducirlo a términos contemporáneos: Debemos tener mentes suficientemente elásticas
para recibir y contener nuevas ideas. La historia del progreso es la historia de la victoria sobre los
prejuicios de una mente hermética. Todas las nuevas ideas han tenido que luchar por su
existencia contra la oposición instintiva de la mente humana. El automóvil, el ferrocarril, el avión,
se recibieron con suspicacia al principio. Simpson tuvo que luchar para introducir el cloroformo, y
Lister para que se aceptaran los antisépticos. A Copémico se le obligó a que se retractara de su
afirmación de que la Tierra giraba alrededor del Sol y no viceversa. Hasta Jonas Hanway, que
introdujo el paraguas en este país, tuvo que sufrir montones de misiles y de insultos que le
arrojaban cuando iba paseando por la calle bajo su paraguas.
Este rechazamiento de lo nuevo se da en todas las esferas de la vida. Un experto en ferrocarriles,
Norman Marlow, hizo muchos viajes en locomotoras. En su libro Fomplate and Signal Cabin La
plataforma del maquinista y la cabina de señales- cuenta un viaje que hizo no mucho después que
se amalgamaran los ferrocarriles. Las locomotoras que se había estado usando en cada rama de
ferrocarriles se probaron en las otras. Él estaba en la tarima de un expreso de Manchester a
Penzance, un «Jubilee» clase 4-6-0. El conductor estaba acostumbrado a llevar locomotoras de la
clase < Casfe,» y no hacía más que disertar con nostálgica elocuencia sobre la inutilidad de la
máquina que iba conduciendo comparada con las < Castle.» Se negaba a usar la técnica necesaria
para la nueva máquina, aunque le habían reciclado y la conocía perfectamente bien. Se empeñaba
en conducir su «Jubilee» como si hubiera sido una « Castle,» y se iba quejando todo el camino de
que no podía superar los 80 kilómetros por hora. Estaba acostumbrado a las « Castle,» y no le daba
opción a ninguna otra. En Crewe cambiaron de maquinista; y el nuevo, que estaba dispuesto a
adoptar la nueva técnica necesaria, pronto puso la « Jubilee» a 120 kilómetros por hora. Hasta para
conducir locoriiotoras algunos rechazaban las nuevas ideas.
En la Iglesia, el resentimiento por todo lo nuevo es crónico, y el intento de poner las cosas nuevas
en los moldes antiguos es casi universal. Tratamos de introducir las actividades de una congregación
moderna en el edificio de una iglesia antigua que nunca se hizo para ellas. Tratamos de introducir la
verdad de los nuevos descubrimientos en los credos basados en la metafísica griega. Tratamos de
introducir la instrucción moderna en un lenguaje desgastado que no la puede expresar. Leemos la
Palabra de Dios a hombres y mujeres ya casi del siglo XXI en el lenguaje de Cervantes, y tratamos
de presentarle a Dios en oración las necesidades de hombres y mujeres de la era
posneontemporánea en un lenguaje que tiene medio milenio de antigüedad.
Puede que nos hiciera bien recordar que cuando cualquier cosa viviente deja de crecer, empieza
a morir. Puede que tuviéramos que empezar a pedirle a Dios que nos libre de la mente cerrada.
Porque sucede que estamos viviendo en una época de cambios rápidos y tremendos. El vizconde
Samuel nació en 1870, y empieza su autobiografía con la descripción del Londres de su niñez. «No
teníamos coches, ni autobuses, ni taxis, ni metro; no había bicicletas -excepto sus precursores los
extraños biciclos-; no había luz eléctrica ni teléfonos, ni cines ni radio.» Eso era poco más. de hace
un siglo. Vivimos en un mundo en constante cambio y expansión. Jesús nos advierte que la Iglesia
no se atreva a ser una institución que vive en el pasado.
FE IMPERFECTA Y PODER PERFECTO
Mateo 9:18-31
Antes de estudiar este pasaje en detalle debemos considerarlo en conjunto, porque en él hay
algo maravilloso.
Contiene tres relatos de milagros: la curación de la hija del gobernador (versículos 18, 19, 23-26);
la curación de la mujer que padecía flujo de sangre (versículos 20-22); y la curación de los dos
ciegos (versículos 27-3l). Todos estos relatos tienen algo en común. Veámoslos ahora uno a uno.
(i) No cabe duda que el gobernador acudiría a Jesús cuando todo lo demás le había fallado. Era,
como veremos, el gobernador de la sinagoga; es decir: un pilar de la ortodoxia judía. Era uno de los
que despreciaban y odiaban a Jesús, y a los que les habría gustado eliminarle. Sin duda probó todas
clases de médicos, y de curas; y sólo por pura desesperación, y como último recurso, acudió a
Jesús.
Es decir: el gobernador vino a Jesús con motivos inadecuados. No acudió a Jesús impulsado por
un corazón desbordado de amor; vino a Jesús porque había probado todo lo demás, y no le
quedaban más posibles remedios a que acudir. Herbert dice al final de una de sus poesías que Dios
dice de Su hijo extraviado:
Si toda Mi bondad no le guiara, que la inquietud le arroje hacia Mi pecho.
Este hombre vino a Jesús impulsado por la desesperación.
(ii) La mujer con el flujo de sangre se abrió paso entre la multitud por detrás de Jesús y tocó el
borde Su túnica. Vamos a suponer que estamos leyendo ese relato con una actitud distante y crítica,
¿de qué diríamos que dio muestra aquella mujer? Diríamos, sencillamente, que de superstición.
Tocar el borde de la túnica de Jesús era parecido a buscar la sanidad en las reliquias o en los
pañuelos de los santos.
Esta mujer vino a Jesús con lo que podríamos llamar una fe inadecuada. La trajo algo que más
parecía superstición que fe.
(iii) Los dos ciegos se llegaron a Jesús gritando: < ¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» Hijo
de David no era un título que Jesús apreciara; Hijo de David era la clase de título que usaría un
nacionalista. Muchos de los judíos estaban `esperando un gran líder de la dinastía y casta de David,
un general victorioso que los condujera al triunfo militar y político sobre los romanos invasores. Esa
era la idea que subyacía bajo el título Hijo de David.
Así es que aquellos ciegos acudieron a Jesús con una idea muy inadecuada de Quién era. No
veían en Él más que al conquistador heroico de la dinastía de David.
Aquí tenemos algo maravilloso. El gobernador vino a Jesús con motivos inadecuados; la mujer
vino a Jesús con una fe inadecuada; los ciegos vinieron a Jesús con una idea ¡nade= cuada de
Quién era -o, si preferimos decirlo así, con una teología inadecuada. Y sin embargo encontraron Su
amor y Su poder esperándolos en sus necesidades. Aquí vemos algo tremendamente maravilloso.
No importa cómo vengamos a Cristo, con tal que vengamos. No importa lo inadecuada e imper-
fectamente que vengamos: Su amor y Sus brazos están abiertos para recibirnos.
Aquí hay una doble lección. Quiere decírsenos que no tenemos que esperar para venir a Cristo
hasta que nuestros motivos, nuestra fe y nuestra teología sean perfectos; podemos venir tal como
estemos. Y quiere decir que no tenemos derecho a criticar a otros cuyos motivos, fe o teología
creamos equivocados. No es cómo vengamos a Cristo lo que importa, sino que de veras vengamos
a Él, porque Él está deseando recibirnos tal como somos para hacernos como debemos ser.
EL TOQUE QUE DESPIERTA
Mateo 9:18-19, 23-26
Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, fijaos, llegó un gobernador y se arrodilló
ante Él en actitud de adoración.
Mi hija Le dijo- acaba de morírseme; pero ven a poner Tu mano sobre ella para que vuelva
a la vida.
Jesús se levantó para ir con él, y Sus discípulos también fueron con Él.
Cuando Jesús llegó a la casa del gobernador, y vio a los flautistas y el jaleo del gentío, les
dijo:
Dejadnos, porque la chiquilla no está muerta; sólo dormida.
Y se rieron de Él.
Cuando hubieron desalojado a toda aquella. gente, Jesús entró, y tomó a la chica de la
mano, y ella se levantó.
La noticia de este suceso se difundió por todo el país.
Mateo nos relata esta historia mucho más brevemente que los otros sinópticos. Si queremos
saber más detalles tenemos que acudir a Marcos 5:21-43 y a Lucas 8:40-56. Allí descubrimos que el
gobernador lo era de la sinagoga, y que se llamaba Jairo (Marcos 5: 22, y Lucas 8:41).
El gobernador de la sinagoga era una persona muy importante. Se le elegía de entre los ancianos.
No estaba a cargo de la predicación ni de la enseñanza, sino «al cuidado del orden externo del culto
público, y la supervisión de todo lo concerniente a la sinagoga en general.» Elegía los que habían de
hacer las lecturas y los que las oraciones en cada culto, e invitaba a los que habían de predicar. Era
su deber asegurar que nada estaba o sucedía fuera de orden en la sinagoga; y tenía que supervisar
el estado de los edificios de la sinagoga. Toda la administración práctica de la sinagoga estaba en
sus manos.
Está claro que una persona así sólo acudiría a Jesús como último recurso. Sería uno de los judíos
superortodoxos que consideraban a Jesús un hereje peligroso; y sería sólo cuando todo lo demás le
había fallado cuando acudió a Jesús en su desesperación. Jesús le podría haber dicho: < Cuando
las cosas te iban bien, querías matarme; ahora que las cosas te van mal, acudes a Mí para que te
ayude.» Y Jesús podría haberle negado Su ayuda a un hombre como él. Pero no le guardaba ningún
rencor. Ahí estaba un hombre que Le necesitaba, y lo único que deseaba Jesús era ayudarle. El
orgullo ofendido y el espíritu reacio a perdonar no tenían lugar en Jesús.
Así es que Jesús fue con el gobernador de la sinagoga hasta su casa; y allí se encontró con todo
lo que se podía esperar y temer en tal ocasión. Los judíos estimaban mucho la obligación de hacer
duelo por los difuntos. «Quienquiera que sea remiso -decían- en hacer duelo por el fallecimiento de
un sabio, merece que le quemen vivo.» Había tres costumbres de duelo que caracterizaban a todas
las familias judías afligidas por la muerte de un ser querido.
Estaba el rasgarse las vestiduras. Había no menos de treinta y nueve diferentes reglas y normas
para establecer cómo se habían de rasgar las vestiduras. Había que hacerlo de pie. La ropa se tenía
que rasgar hasta el corazón, para exponer la piel. Por el padre o la madre había que rasgarse las
vestiduras justamente sobre el corazón; por otros parientes, por el lado derecho. El desgarrón tenía
que ser lo bastante grande como para que cupiera el puño, y tenía que dejarse boquiabierto durante
siete días; los treinta días siguientes se llevaba ligeramente hilvanado para que pudiera seguir
viéndose; sólo después se podía zurcir definitivamente. Era obvio que habría sido indecente el que
las mujeres rasgaran sus vestidos de forma que se les viera el pecho; así es que estaba establecido
que las mujeres tenían que rasgarse la ropa interior en privado, y luego darse la vuelta a la prenda
de manera que se viera lo rasgado en la espalda; y luego en público rasgaban su ropa exterior.
Estaba el plañir por los muertos. En la casa del duelo se mantenía el plañido ininterrumpidamente.
Estaba a cargo de plañideras profesionales. Todavía existen en oriente, y W. M. Thomson las
describe en La Tierra y el Libro: < En todas las ciudades y comunidades hay mujeres supremamente
habilidosas en este oficio. Siempre se las manda buscar y se las mantiene dispuestas. Cuando llega
una nueva compañía al duelo, estas mujeres se ponen a plañir inmediatamente para que les sea
más fácil a los recién llegados unir sus lágrimas a las de la familia de duelo. Se saben la historia
doméstica de cada persona, e improvisan repentinamente lamentaciones espontáneas en las que
introducen los nombres de los familiares que han muerto recientemente, tocando así las cuerdas
sensibles de todos los corazones; y así cada persona llora por sus propios muertos, y la
representación, que de otra manera sería difícil y aun imposible, resulta fácil y natural.»
Estaban los flautistas. La música de la flauta se asociaba especialmente con la idea de la muerte.
El Talmud establece: « El marido está obligado a enterrar a su difunta esposa, y hacer
lamentaciones y duelo por ella según la costumbre de todos los países. Y también los más pobres
entre los israelitas no le concederán menos de dos flautas y una plañidera; pero, si el marido es rico,
que todas las cosas se hagan conforme a sus cualidades.» Aun en Roma, los flautistas eran un
elemento constitutivo de los días de duelo. Hubo flautistas en el funeral del emperador romano
Claudio, y Séneca nos dice que hacían un ruido tan estridente que hasta al mismo Claudio, que era
el muerto, le silbaban los oídos. Tan insistente y tan chillón era el plañido de la flauta que la ley
romana limitaba el número de flautistas en cada funeral a no más de diez.
Así es que nos podemos figurar la escena de la casa del gobernador de la sinagoga. Todos
estaban rasgándose las ropas; las plañideras lanzaban sus chillidos como entregándose al más
profundo dolor; las flautas producían sus sonidos horripilantes. En aquella casa se había dado cita
toda la parafernalia de los duelos orientales.
En esa atmósfera excitada e histérica, entró Jesús. Con serena autoridad hizo que todos se
salieran. Les dijo tranquilamente que la muchacha no estaba muerta, sino sólo dormid y los
presentes se rieron burlonamente de Él. Era un detalle extrañamente humano aquel. Los presentes
se habían entregado tan totalmente al duelo que se daban por ofendidos de cualquier esperanza de
que todo aquello no fuera necesario.
Es probable que, cuando Jesús dijo que la muchacha no estaba muerta sino sólo dormida,
quisiera decir precisamente aquello. En griego, como en español, muchas veces se alude a la
muerte aplicándole la terminología del sueño. < Descanse en paz.» De hecho, la palabra
internacional cementerio viene del griego koimétérion, que quiere decir lugar donde duermen las
personas, dormitorio. En griego hay dos palabras para dormir; una es kiomasthai, que se usa muy
corrientemente tanto del sueño natural como del sueño de la muerte, y la otra katheudein, que no se
usa tan frecuentemente del sueño de la muerte y sí más corrientemente del sueño natural. Y es
katheudein la que se usa en este pasaje.
En Oriente, el coma cataléptico no era ni mucho menos infrecuente. El entierro en Oriente sigue al
fallecimiento muy de cerca, porque las condiciones climatológicas lo hacen necesario. Tristram
escribe: < Los entierros siempre tienen lugar lo más tarde posible el mismo día del fallecimiento,
frecuentemente por la noche si el fallecido había estado vivo hasta después de la puesta del sol.» A
causa de lo corriente que era el estado de coma, y por lo corriente del entierro inmediato, no era
imposible que se enterraran algunas personas vivas, como muestra la evidencia de muchas tumbas.
Puede que aquí tengamos un ejemplo, no tanto de una resurrección, como de un diagnóstico divino;
y que Jesús salvó a esta chica de un final terrible.
De una cosa podemos estar seguros: aquel día en Cafarnaum Jesús rescató a una muchacha
judía de las mismas garras de la muerte.
TODO EL PODER DEL CIELO PARA UNO
Matea 9:20-22
Y fijaos: una mujer que hacía doce años que padecía
de hemorragias se Le acercó por detrás y tocó la borla
de Su manto, diciéndose para sus adentros:
Aunque no haga más que tocar Su ropa, me pondré buena.
Jesús Se dio la vuelta y la vio.
-¡Ten ánimo, hija! -le dijo-. Tu fe es lo que te ha devuelto la salud.
Y la mujer estuvo sana desde aquel momento.
Desde el punto de vista judío esta mujer no podía haber sufrido de ninguna enfermedad más
terrible y humillante que el flujo de sangre. Era una dolencia muy corriente en Palestina. El Talmud
indica no menos de once curas diferentes para ella. Algunas consistían en tónicos y astringentes
que puede que fueran eficaces en algunos casos; otras eran meramente remedios supersticiosos.
Una de éstas era llevar las cenizas de un huevo de avestruz en una bolsa de lino en el verano, y de
algodón en invierno; otra era llevar por ahí una espiga de cebada que se hubiera encontrado en el
estiércol de una burra blanca. Cuando Marcos cuenta esta historia, deja bien claro que esta mujer lo
había intentado todo, y había ido a todos los médicos que había podido, y estaba cada,,vez peor en
vez de mejor (Marcos 5:26).
Lo más terrible de esta enfermedad era que hacía a la paciente inmunda. La Ley establecía: <
Cuando una mujer tenga flujo de sangre por muchos días fuera del tiempo de su menstruación, o
cuando tenga flujo de sangre más allá de su menstruación, todo el tiempo de su flujo quedará
impura como en los días de su menstruación. Toda cama en que duerma mientras dure su flujo será
como la cama de su menstruación, y todo mueble sobre el que se siente será inmundo como la
impureza de su menstruación. Cualquiera que toque esas cosas será impuro y lavará sus
vestidos, se lavará a sí mismo con agua, y quedará impuro hasta la noche» (Levítico 15:25-27).
Es decir: una mujer con flujo de sangre era inmunda; todas las cosas y las personas que tocara
quedaban infectadas de su inmundicia. Quedaba totalmente excluida del culto, y del trato con
hombres y mujeres. No debería ni siquiera haber estado entre la multitud que rodeaba a Jesús;
porque, si lo hubieran sabido, no la habrían dejado, porque habría estado contaminando a todos. No
nos sorprende lo más mínimo que estuviera probando ansiosamente todo lo que pudiera rescatarla
de unta vida de aislamiento y humillación.
Así que se deslizó por detrás de Jesús y tocó la orla de su manto. La palabra griega es
kráspedon, la hebrea es zizit.
Esta orla eran cuatro borlas de azul jacinto que llevaban los judíos en las esquinas de su manto
exterior. Se llevaban obedeciendo lo que mandaba la Ley en Números 15:37-41 y Deuteronomio
22:12. Mateo vuelve a mencionarla en 14:36 y 23:5. Consistían en cuatro hebras que pasaban por
las cuatro puntas del manto y se encontraban en ocho puntos. Una de las hebras era más larga que
las otras. Estaba trenzada siete veces alrededor de las otras, formando un nudo doble; luego ocho
veces, luego once veces y luego trece veces. La hebra y los nudos representaban los cinco libros de
la Ley. La razón de la orla era doble. Servía para identificar a un judío como tal, y como miembro del
pueblo escogido, no importaba donde estuviera; y servía para recordarle al judío cada vez que se
pusiera y se quitara la ropa que él pertenecía a Dios. En tiempos posteriores, cuando se perseguía
universalmente a los judíos, las borlas se usaban en la túnica interior, y hoy en día se usan en el chal
que usan los judíos devotos para la oración.
Fue la borla de la ropa de Jesús lo que tocó esta mujer.
Cuando la tocó, fue como si el tiempo se detuviera. Como si estuviéramos viendo una película y
de pronto se quedara inmóvil la imagen y siguiéramos viendo lo mismo. Lo extraordinario y
conmovedoramente hermoso de esta escena es que repentinamente Jesús se detuvo en medio de
aquella multitud; y por un momento parecía que nada ni nadie existía para Él salvo aquella mujer y
su necesidad. No era simplemente una pobre mujer perdida en la multitud; era una persona a la que
Jesús dio la totalidad de Sí mismo.
Para Jesús nadie está nunca perdido entre la multitud, porque Jesús es como Dios. W. B. Yeats
escribió una vez en uno de sus momentos de mística belleza: < El amor de Dios es infinito para toda
alma humana, porque toda alma humana es única; ninguna otra cosa puede satisfacer la misma
necesidad en Dios.» Dios le da la totalidad de Sí mismo a cada persona.
El mundo no es así. El mundo tiende a dividir a las personas en los que son importantes y los que
no lo son.
En Una noche para recordar, Walter Lord cuenta un detalle de la historia del naufragio del Titanic
en abril de 1912. Hubo una abrumadora pérdida de vidas cuando aquel trasatlántico nuevo y que se
consideraba tan seguro chocó con un iceberg en medio del Atlántico. Cuando se publicó la noticia de
la tragedia el periódico de Nueva York The American le dedicó un editorial. Este editorial estaba
dedicado exclusivamente a la muerte del millonario John Jacob Astor; y sólo al final, casualmente, se
mencionaba que también habían perecido otros 1800. El único que realmente importaba, el único
que era noticia, era el millonario. Los otros 1800 no tenían ninguna importancia.
Los hombres puede que sean así, pero Dios no. Bain, el psicólogo, dijo en un contexto muy
diferente que la persona sensual tiene lo que él llamaba cuna ternura voluminosa.» En el más
elevado y mejor sentido hay una ternura voluminosa en Dios. James Agate dijo de G. K. Chesterton:
«Al contrario que algunos pensadores, Chesterton entendía a sus semejantes; las angustias de un
juglar le eran tan familiares como las preocupaciones de un juez... Chesterton, más que ningún otro
hombre que yo haya conocido, tenía el tacto común. Le dedicaría toda su atención a un limpiabotas.
Tenía esa bondad de corazón que la gente llama amabilidad y que hace que todo el mundo sea su
familia.» Ese es el reflejo del amor de Dios, para Quien ninguno se pierde en la multitud.
Vale la pena recordar esto en un día y una edad en que el individuo está en peligro de perderse.
Las personas tienden a convertirse en números en un sistema de seguridad social; tienden casi a
perder su derecho como individuos cuando son miembros de una asociación o de un sindicato. W. B.
Yeats dijo de Augustus John, el famoso artista y retratista: < Estaba interesado supremamente en la
revolución contra todo lo que hace a un ser humano igual a otro.» Para Dios una persona no es
nunca lo mismo que otra; cada una es su bebé individual, y cada una tiene todo el amor de Dios y
todo el poder de Dios a su disposición.
Para Jesús esta mujer no se perdió en la multitud; en su hora de necesidad, para Él era la única
que importaba. Jesús es así con cada uno de nosotros.
LA PRUEBA Y LA RECOMPENSA DE LA FE
Mateo 9:27-31
Cuando Jesús ya se iba de allí, dos ciegos Le fueron siguiendo y gritando:
-¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!
Cuando llegó Jesús a la casa, los ciegos se Le acercaron; y Jesús les dijo:
-¿Creéis que Yo puedo hacer esto?
-¡Sí, Señor! -Le contestaron.
Entonces Jesús les tocó los ojos, y les dijo:
-Que os suceda lo que habéis creído que podría hacer por vosotros.
Y recuperaron la vista.
Jesús les encargó muy en serio:
-Procurad que nadie se entere de esto.
Pero ellos fueron por todo el país hablando de Jesús.
La ceguera era -una dolencia angustiosamente corriente en Palestina. Procedía en parte del
deslumbramiento que el sol oriental causaba a ojos sin protección, y en parte porque la gente no
sabía nada de la importancia de la limpieza y la higiene. Particularmente las nubes de moscas
sucias trasmitían infecciones que conducían a la pérdida de la vista.
El nombre que le dieron estos dos ciegos a Jesús fue Hijo de David. Cuando estudiamos los
lugares en que se encuentra ese título en los evangelios encontramos que lo usó casi ex-
clusivamente la multitud o personas que conocían a Jesús solamente, como si dijéramos, a distancia
(Mateo 15:22; 20:30s; Marcos 10:47; 12:35ss). El término Hijo de David describe a Jesús según el
concepto popular del Mesías. Los judíos llevaban ya siglos esperando al prometido libertador de la
dinastía de David, el líder que no sólo les devolvería la libertad, sino que también los conduciría al
poder y la gloria y la grandeza. Así era como estos ciegos consideraban a Jesús; veían en Él al
obrador de maravillas que conduciría al pueblo a la libertad y a la conquista. Vinieron a Jesús con
una idea muy inadecuada de Quién y de lo que era, y sin embargo Jesús los sanó. La manera como
Jesús los trató es iluminadora.
(i) Está claro que no respondió a sus gritos inmediatamente. Jesús quería estar completamente
seguro de que eran sinceros y querían en serio lo que Él pudiera darles. Podría muy bien ser que
ellos hubieran adoptado un grito popular simplemente porque todos los demás estaban gritando y
que, tan pronto como Jesús pasara, Le olvidaran completamente. Quería en primer lugar estar
seguro de que la petición de ellos era genuina, y real su sentimiento de necesidad.
Después de todo tiene ventajas eso de ser mendigo; uno se libra de la responsabilidad de trabajar
y de ganarse la vida.
Tiene ventajas el ser un inválido.
Hay personas que de hecho no quieren que se les rompan las cadenas. W. B. Yeats nos habla de
Lionel Johnson, el poeta e investigador. Johnson era alcohólico. Tenía, como él decía, «un ansia que
hacía clamar a cada átomo de su cuerpo.» Pero, cuando se le sugirió que se sometiera a un
tratamiento para vencer esa ansia, su franca respuesta fue: < No quiero librarme de esto.»
No son pocos los que en lo más íntimo de su ser no les disgustan sus debilidades; y hay muchos
que, si fueran sinceros, tendrían que decir que no quieren perder sus pecados. Jesús tenía que estar
seguro antes de nada de que esos hombres deseaban sinceramente y en serio la sanidad que Él
podía darles.
(ii) Es interesante observar que Jesús realmente obligó a estas personas a estar con Él a solas.
Como no les contestó en las calles, tuvieron que acudir a Él en la casa. Es una ley de la vida
espiritual que más tarde o más temprano uno tiene que enfrentarse con Jesús a solas. Está bien eso
de hacer una decisión por Cristo en la marea emocional de alguna gran reunión; o en algún grupito
cargado de poder espiritual. Pero después de estar con otros uno debe volver a casa y estar solo;
después de estar en compañía uno debe volver al aislamiento esencial de toda alma humana; y lo
que realmente importa no es lo que uno hace en la multitud, sino lo que hace cuando está a solas
con Cristo. Jesús obligó a estos hombres a enfrentarse con Él a solas.
(iii) Jesús les hizo una sola pregunta: «¿Creéis que yo puedo hacer esto?» Lo único esencial para
que se produzca un milagro es la fe. Aquí no hay nada misterioso ni teológico. Ningún médico puede
curar a un enfermo que acuda a él con una actitud mental de absoluta desconfianza. Ninguna me-
dicina le hará ningún bien a ninguna persona que piense que eso tendrá el mismo efecto que
beberse un vaso de agua. El camino al milagro pasa por poner toda la vida de uno en las manos de
Jesucristo y decir: « Yo sé que Tú puedes hacerme el que debo ser.»
LAS DOS REACCIONES
Mateo 9:32-34
Cuando se iban los ciegos, fijaos: Le trajeron a Jesús a uno que estaba mudo porque tenía
un demonio; y cuando Jesús le echó el demonio, ya pudo hablar. Y las multitudes estaban
alucinadas, y decían:
-¡No se ha visto nunca nada semejante en Israel!
Pero los fariseos decían:
-Este expulsa los demonios porque está de acuerdo con el príncipe de los demonios.
Pocos pasajes nos muestran tan claramente como éste la imposibilidad de una actitud de
neutralidad frente a Jesús. Aquí tenemos el retrato de dos reacciones ante Él: la de las multitudes
era de sorprendida admiración; la de los fariseos, de odio virulento. Siempre ha de ser verdad que lo
que el ojo vea dependerá de lo que el corazón sienta.
Las multitudes miraban a Jesús con admiración porque eran gente sencilla con un sentido intenso
de necesidad; y veían que Jesús podía suplir su necesidad de una manera de lo más sorprendente.
Jesús siempre le parecerá maravilloso al que tiene sentimiento de necesidad; y cuanto más profundo
sea el sentimiento de necesidad tanto más maravilloso parecerá Jesús.
Los fariseos veían a Jesús como uno que actuaba de acuerdo con los poderes del mal. No
negaban esos poderes maravillosos; pero se los atribuían a Su complicidad con el príncipe de los
demonios. Este veredicto de los fariseos era debido a algunas de sus actitudes mentales.
(i) Estaban demasiado afianzados en su posición para cambiar. Como ya hemos visto, por lo que
a ellos respectaba no se podía añadir ni sustraer una sola palabra de la Ley. Para ellos todas las
cosas grandes y maravillosas pertenecían al pasado. Para ellos, cambiar una tradición o un
convencionalismo era pecado mortal. Cualquier novedad era errónea. Y cuando vino Jesús con una
nueva interpretación de lo que era en realidad la religión, Le odiaron como habían odiado sus
antepasados a los profetas de tiempo antiguo.
(ii) Estaban demasiado orgullosos de su propia autosuficiencia para someterse. Si Jesús tenía
razón, ellos estaban equivocados. Los fariseos estaban tan satisfechos consigo mismos que no
veían ninguna necesidad de cambiar; y odiaban a todo el que quisiera cambiarlos. El arrepentimiento
es la puerta por la que todas las personas deben entrar al Reino; y el arrepentimiento quiere decir
reconocer el error de nuestros caminos y darnos cuenta de que sólo en Cristo hay vida; y
someternos a Él y a Su voluntad y poder, que es lo único que nos puede cambiar.
(iii) Tenían demasiados prejuicios para ver. Tenían los ojos tan cegados por sus propias ideas que
no podían ver en Jesucristo la verdad y el poder de Dios.
Uno que tenga sentimiento de necesidad siempre verá maravillas en Jesucristo. El que está tan
seguro de su posición que no quiere cambiar, el que está tan orgulloso de su propia justicia que no
se quiere someter, el que está tan cegado por sus prejuicios que no puede ver, siempre resentirá y
odiará y tratará de eliminar a Jesucristo.
LA TRIPLE OBRA
Mateo 9:35
Jesús recorrió todos los pueblos y aldeas enseñando en las sinagogas y proclamando la
Buena Noticia del Reino y sanando toda dolencia y toda enfermedad.
Aquí tenemos en una sola frase la triple actividad que era la esencia de la vida de Jesús.
(i) Jesús era el Heraldo. El heraldo es el que trae un mensaje del rey: Jesús era el Que traía un
mensaje de Dios. La función
del heraldo es la proclamación de certezas; la predicación siempre debe ser la proclamación de
certezas. Una iglesia no se puede nunca formar con personas que están seguras, como si
dijéramos, por delegación. No debe ser el predicador el único que esté seguro. Los miembros
también.
No ha habido nunca una época en la que esta certeza se necesitara más que en nuestro tiempo.
Geoffrey Heawood, director de un gran instituto inglés, ha escrito que la gran tragedia y el gran
problema de esta edad es que estamos en una encrucijada, y se han caído las señales.
Beverley Nichols escribió una vez un libro de entrevistas con gente famosa. Uno de los
entrevistados fue Hilaire Belloc, uno de los más famosos católicos ingleses. Después de la entrevista
Nichols escribió: < A mí me daba pena Belloc porque me parecía que había puesto por lo menos
algunas de sus banderas en un asta equivocada; pero todavía me dio más pena de mí mismo y de
mi propia generación porque sabía que no tenemos banderas de ninguna clase que poner en ningún
asta.»
Vivimos en una era de incertidumbre, una era en la que la gente ha dejado de estar segura de
nada. Jesús era el Heraldo de Dios, Que vino proclamando las certezas por las que viven las
personas; y nosotros también debemos poder decir: «Yo conozco a Aquel en Quien he creído.»
(ii) Jesús era el Maestro. No basta con proclamar las certezas cristianas, y dejar así las cosas;
también debemos poder mostrar la diferencia que aportan esas certezas para la vida y la conducta.
La importancia y el problema de esto radica en el hecho de que enseñamos el Evangelio, no
meramente hablando de él, sino viviéndolo. No es el deber del cristiano discutir el Cristianismo con
los demás, sino más bien mostrarles lo que es el Cristianismo.
Un escritor que vivió en la India escribe lo siguiente: «Recuerdo un batallón inglés qué, como
tantos otros, venía al culto en formación como era su deber, cantaba los himnos como quería, oía el
sermón si le parecía interesante y pasaba de la iglesia el resto de la semana. Pero su labor de
rescate en el tiempo del terremoto de Quetta impresionó de tal manera a un brahmán que pidió el
bautismo inmediatamente, porque sólo la religión cristiana podía hacer que los hombres se
condujeran de esa manera.»
Lo que le enseñó a aquel brahmán lo que era el Cristianismo fue verlo en acción. Para decirlo bien
claro: nuestro deber no es hablarle a la gente de Jesucristo, sino mostrarles a Jesucristo. Se ha
definido un santo como alguien en quien Cristo vive otra vez. Todo cristiano debe ser un maestro, y
debe enseñarles a los demás lo que es el Cristianismo, no con palabras, sino con su vida toda.
(iii) Jesús era el Sanador. El Evangelio que trajo Jesús no se quedaba en palabras; se traducía en
obras. Conforme vamos leyendo los evangelios vemos que Jesús pasó mucho más tiempo sanando
a los enfermos, y alimentando a los hambrientos, y consolando a los afligidos, que meramente
hablando de Dios. El traducía las palabras de la verdad cristiana en obras del amor cristiano. No
seremos de veras cristianos hasta que nuestra fe cristiana desemboque en acción cristiana. El
sacerdote habría dicho que la esencia de la religión es el sacrificio; el escriba, que la Ley; pero
Jesucristo decía y mostraba que la esencia de la religión es el amor.
LA COMPASIÓN DIVINA
Mateo 9:36
Cuando veía las multitudes, Se conmovía de compasión hasta lo más íntimo de Su ser,
porque estaban desconcertadas y abatidas como ovejas que no tuvieran pastor.
Cuando Jesús vio aquel gentío de hombres y mujeres normales y corrientes Se conmovió de
compasión. La palabra que se usa en el original es splanjnistheis, la palabra más fuerte que
hay en griego para la piedad. Procede de la palabra splanjna, que quiere decir las entrañas, así es
que describe la compasión que le conmueve a uno en lo más íntimo de su ser. En los evangelios,
aparte de algunas parábolas, sólo se usa de los sentimientos de Jesús (Mateo 9:36; 14:14; 15:32;
20:34; Marcos 1:41; Lucas 7:13). Cuando estudiamos estos pasajes vemos las cosas que
conmovieron especialmente á Jesús.
(i) Se conmovía de compasión por el dolor del mundo. Se conmovía de compasión por los
enfermos (Mateo 14:14); por los ciegos (Mateo 20:34); por los oprimidos por los demonios (Marcos
9:22). En todas nuestras aflicciones Él fue afligido. No podía ver a nadie padecer sin desear librarle
de su padecimiento.
(ii) Se conmovía de compasión por el sufrimiento del mundo. Al ver a la viuda de Naín siguiendo
hasta la tumba el cadáver de su único hijo, el corazón de Jesús se conmovió (Lucas 7:13). Le
embargaba un deseo irreprimible de enjugar las lágrimas de todos los ojos.
(iii) Se conmovía de compasión por el hambre del mundo. El ver las multitudes cansadas y
hambrientas era una llamada a Su poder (Mateo 15:32). Ningún cristiano debe darse por contento
por tener de más cuando otros tienen de menos.
(iv) Se conmovía de compasión por la soledad del mundo. El ver a un leproso desterrado de la
sociedad, llevando una vida que era una muerte continua de soledad y abandono universal era una
llamada a Su compasión y a Su poder (Marcos 1:41).
(v) Se conmovía de compasión por el desconcierto del mundo. Eso fue lo que Le conmovió en
esta ocasión. La gente normal anhelaba a Dios desesperadamente; y los escribas y los fariseos, los
sacerdotes y los saduceos, los pilares de la ortodoxia de Su tiempo, no tenían nada que ofrecer. Los
maestros ortodoxos no ofrecían ni dirección, ni consuelo, ni estímulo.
Las palabras que se usan para describir el estado de la gente corriente son gráficas. La que
hemos traducido por desconcertados es eskylmenoi. Puede describir un cadáver despellejado y
mutilado; algo que ha sido saqueado por gente rapaz, o vejado por gente sin piedad, o tratado con
insolencia desenfrenada; alguien que está totalmente exhausto de un viaje que parece interminable.
La palabra que hemos traducido por abatidas es errimenoi. Quiere decir yacer postrado. Puede
describir a una persona derribada por heridas morales.
Los líderes judíos, que deberían dar fuerza para vivir, estaban desconcertando a las personas con
argumentos sutiles acerca de la Ley que no ofrecían ni ayuda ni consuelo. Cuando deberían estar
ayudando a las personas a mantenerse en pie, estaban despegándolas bajo el peso insoportable de
la ley de los escribas. Les ofrecían a las personas una religión que era un obstáculo en vez de un
apoyo. Debemos recordar siempre que el Cristianismo existe, no para desanimar, sino para animar;
no para doblegar a las personas con cargas, sino para hacer que se remonten con alas como de
águilas.
LA COSECHA QUE ESPERA
Mateo 9:37-38
Entonces Jesús les dijo a Sus discípulos:
-La cosecha es abundante, pero hay pocos obreros. Así que pedidle al Señor de la cosecha
que envíe obreros a Su cosecha.
Aquí tenemos una de las cosas más características que dijo nunca Jesús. Cuando Él y los líderes
religiosos de Su tiempo miraban a las multitudes de personas normales y corrientes, las veían de
maneras completamente diferentes. Los fariseos veían a la gente normal como paja que no servía
para nada más que para quemarla; Jesús los veía como una cosecha que había que recoger y
poner a salvo. En su orgullo, los fariseos esperaban la destrucción de los pecadores; en Su amor,
Jesús murió por la salvación de los pecadores.
Pero aquí tenemos también una de las verdades supremas y uno de los supremos desafíos
cristianos. La cosecha no se siega sola, y hacen falta segadores que la sieguen. Es una de las
verdades luminosas de la fe y de la vida cristiana que Jesucristo necesita personas. Cuando estaba
en el mundo, podía alcanzar con Su voz a unos pocos. Nunca estuvo fuera de Palestina, y había
todo un mundo que estaba esperando. Jesús sigue queriendo que la gente oiga la buena noticia del
Evangelio, pero no podrán oírla a menos que haya quien se la dé. Quiere que todo el mundo oiga la
Buena Noticia; pero nunca la oirá a menos que haya personas dispuestas a cruzar los mares y las
montañas para llevársela.
La oración no es suficiente. Puede que alguien diga: < Voy a orar todos los días de mi vida para
que venga el Reino de Dios.» Pero en esto, como en tantas otras cosas, la oración sin las obras es
una cosa muerta. Martín Lutero tenía un amigo que pensaba como él acerca de la fe cristiana. Era
otro fraile. Llegaron a un acuerdo: Lutero saldría al campo de batalla para que hubiera una Reforma,
y su amigo se quedaría en el monasterio sosteniendo a Lutero en oración. Y así empezaron. Una
noche, el amigo de Lutero tuvo un sueño: Vio un gran campo de trigo tan grande como el mundo, y a
un solo hombre que estaba tratando de segarlo, una tarea imposible y descorazonadora. De pronto
le vio la cara al segador solitario, y vio que era Martín Lutero. Y entonces el amigo se dio cuenta de
todo. < Debo dejar la oración -se dijo- e ir a trabajar en el campo.»
Es el sueño de Cristo que todos y cada uno seamos misioneros y segadores. Hay algunos que no
pueden hacer más que orar, porque la vida los ha dejado inútiles para ninguna otra cosa, y sus
oraciones son la fuerza de los obreros. Pero esa no es la labor que nos corresponde a los más, los
que tenemos fuerzas y salud física y mental. Ni siquiera el dar dinero es suficiente. Si se ha de segar
la cosecha del mundo, cada uno de nosotros tiene que ser un segador, porque hay alguien a quien
cada uno de nosotros puede -y debe- llevar a Dios.
LOS MENSAJEROS DEL REY
Mateo 10:1-4
Y una vez que reunió a Sus doce discípulos, les dio poder para expulsar los espíritus
inmundos y para curar todas las enfermedades y dolencias.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero y principal era Simón, también
llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y
Bartolomé; Tomás, y el publicano Mateo; Santiago hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Celota y
Judas Iscariote, que además fue el que Le traicionó.
Metódicamente, pero también dramáticamente, Mateo va desarrollando la historia de Jesús. En el
relato del bautismo, Mateo nos muestra a Jesús aceptando Su misión. En el relato de las
tentaciones, Mateo nos muestra a Jesús decidiendo el método que usará al embarcarse en Su tarea.
En el Sermón del Monte escuchamos las palabras de sabiduría de Jesús. En Mateo 8 vemos las
obras de poder de Jesús. En Mateo 9 vemos la creciente oposición concentrándose contra Jesús. Y
ahora vemos a Jesús escogiendo Sus hombres.
Cuando un líder está a punto de embarcarse en una gran empresa, lo primero que tiene que
hacer es escoger su personal. De ellos dependerá el efecto presente y el éxito futuro de su trabajo.
Aquí Jesús está escogiendo Su equipo de personal, los hombres de Su mano derecha, Sus
ayudantes en los días de Su humanidad, y los que continuarían Su trabajo cuando Él dejara la
Tierra y volviera a Su gloria.
Advertimos dos cosas en estos hombres que no pueden por menos de sorprendernos
inmediatamente.
(i) Eran personas normales y corrientes. No tenían riqueza; ni una educación académica; ni
posición social. Los escogió de entre la gente, hombres que hacían las cosas ordinarias, que no
tenían una educación especial ni compromisos sociales.
Se ha dicho que Jesús .no busca tanto hombres extraordinarios como hombres corrientes que
puedan hacer las cosas ordinarias extraordinariamente bien. Jesús ve en cada persona, no sólo lo
que es, sino también lo que Él la puede hacer. Jesús escogió a estos hombres, no sólo por lo que
eran, sino también por lo que podrían llegar a ser bajo Su influencia y por Su poder.
Nadie tiene por qué pensar que no tiene nada que ofrecer a Jesús, porque Él puede tomar lo que
Le pueda ofrecer la persona más corriente y usarlo en grande.
(ii) Eran la mezcla más extraordinaria. Ahí estaba, por ejemplo, Mateo, el ex-cobrador de
impuestos. Todo el mundo le consideraría un colaboracionista; alguien que se había vendido por
dinero a los invasores de su país, lo contrario de un patriota que amara a su país. Y con Mateo
estaba .Simón el Cananita. Lucas (Lucas 6:16) le llama Simón Zélátés, que quiere decir Simón el
Celota (D.R.A.E.).
Josefo (Antigüedades 8.1.6) describe a estos celotas; los llama el cuarto partido judío; los otros
tres eran los fariseos, los saduceos y los esenios. Dice que tenían «una inviolable adscripción a la
libertad,» y que decían que «Dios había de ser su único Gobernador y Señor.» Estaban dispuestos a
arrostrar cualquier clase de muerte por su país y no se acobardaban al ver a sus seres queridos
morir en la lucha por la libertad. Se negaban a darle a ningún hombre el nombre y el título de Rey.
Tenían una voluntad inamovible que podía soportar cualquier dolor. Estaban preparados hasta a
cometer .asesinatos secretos para tratar de liberar a su país del dominio extranjero. Eran los
patriotas par excellence entre los judíos, los más nacionalistas, que los romanos consideraban
sencillamente terroristas.
Lo natural es que si Simón el Celota se hubiera encontrado con Mateo el Publicano en cualquier
otro sitio que no hubiera sido la compañía de Jesús, le habría metido la daga en el cuerpo. Aquí
tenemos la estupenda verdad de que hombres que se odian pueden aprender a amarse cuando
ambos aman a Jesucristo. Demasiado a menudo la religión ha sido y es un medio para causar
divisiones. Estaba diseñada para ser -y en la presencia viva de Jesús era- el- medio para unir a los
que sin Cristo estarían irremisiblemente separados.
Podríamos preguntar por qué Jesús escogió doce Apóstoles especiales. La razón es
probablemente porque había doce tribus; como en la antigua dispensación había habido doce pa-
triarcas del pueblo de Dios, así en la nueva dispensación hay doce Apóstoles en el nuevo. Israel. El
mismo Nuevo Testamento no nos dice gran cosa de estos hombres. Como dice Plummer: «En el
Nuevo Testamento es la obra, y no los obreros, lo que se glorifica.» Pero, aunque no sabemos casi
nada de ellos, el Nuevo Testamento es muy consciente de su importancia en la Iglesia, porque
Apocalipsis nos dice que sus nombres están inscritos en las doce piedras fundacionales de la Santa
Ciudad. (Apocalipsis 21.14). Estos hombres, hombres sencillos sin especial trasfondo, hombres de
muchas esferas divergentes, fueron las mismas piedras fundacionales sobre las que se edificó la
Iglesia. Es en la casta de hombres y mujeres normales donde se funda la Iglesia de Cristo.
EL ENTRENAMIENTO DE LOS MENSAJEROS
Mateo 10:1-4 (conclusión)
Cuando vemos juntos los tres relatos del llamamiento de los Doce (Mateo 10:1-4; Marcos
3:13-19; Lucas 6:13-16) surgen algunos hechos iluminadores.
(i) Jesús los escogió. Lucas 6:13 dice que Jesús llamó a Sus discípulos, y escogió de entre ellos a
doce. Es como si Jesús hubiera recorrido con la mirada las multitudes que le seguían, y el grupo más
pequeño que se quedaba con Él cuando se iba la mayoría, y como si todo el tiempo estuviera
buscando los hombres a los que podía confiar Su obra. Se ha dicho: «Dios está siempre buscando
manos para usar.» Dios está diciendo«¿A quién enviaré y quién irá por Nosotros?» (Isaías 6:8).
Hay muchas tareas en el Reino: la tarea del que tiene que ir muy lejos y la del que tiene que
quedarse en casa, la tarea del que tiene que usar las manos y la tarea del que tiene que usar la
mente, la tarea que concentrará las miradas de todos en el que la realice y la tarea que nadie verá.
Y siempre la mirada de Jesús está recorriendo las multitudes en busca de los que han de hacer Su
obra.
(ii) Jesús los llamó. Jesús no obliga a nadie a hacer Su obra; ofrece trabajo. Jesús no impone;
invita. Jesús no llama a filas; busca voluntarios. Como se ha dicho todos somos libres para ser fieles
y libres para ser infieles. Pero a todos nos llega la invitación que podemos aceptar o rechazar.
(iii) Jesús los nombró. La palabra que traducimos por nombrar es la sencilla palabra griega poiein,
que quiere decir hacer, pero que se usa a menudo con el sentido técnico de nombrar a una persona
para un cargo. Jesús era como un rey que estuviera nombrando sus ministros; era como un general
asignando sus puestos a sus oficiales. No se daba el caso de entrar casualmente en el servicio de
Jesucristo; era el caso de ser nombrados expresamente para él. Una persona podría sentirse
orgullosa si fuera nombrada para algún cargo público por algún rey terrenal; ¡cuánto más cuando el
Que la nombra es el Rey de reyes!
(iv) Estos hombres fueron nombrados de entre los discípulos. La palabra discípulo quiere decir
aprendiz. Las personas que Jesús necesita y desea son las que están dispuestas a aprender. La
mente cerrada no Le sirve. El siervo de Cristo debe desear aprender más cada día. Cada día debe
estar un paso más cerca de Jesús y un poco más cerca de Dios.
(v) Las razones por las que estos hombres fueron escogidos son igualmente significativas. Fueron
escogidos para estar con Él (Marcos 3:14). Si habían de hacer Su trabajo en el mundo, tendrían que
vivir en Su presencia antes de salir al mundo; tendrían que ir de la presencia de Jesús a la
humanidad.
Se dice que en una ocasión Alexander Whyte predicó un sermón maravillosamente poderoso y
conmovedor. Después del culto le dijo un amigo: «Hoy has predicado como si vinieras directamente
de la presencia de Jesucristo.» Whyte respondió: «Tal vez fue así.»
Ninguna obra de Cristo la puede hacer nunca más que uno que viene de la presencia de Cristo.
Algunas veces, en la complejidad de las actividades de una iglesia moderna, estamos tan ocupados
con juntas y comités y administración y haciendo que todo siga su curso que corremos peligro de
olvidar que ninguna de estas cosas importa si las llevan a cabo personas que no han estado con
Cristo antes de estar con los demás.
(vi) Fueron llamados para ser apóstoles (Marcos 3:14; Lucas 6:13). La palabra apóstol quiere decir
literalmente uno que es enviado; es la palabra que se usa para un enviado o un embajador. Un
cristiano es un embajador de Jesucristo a los demás. Sale de la presencia de Cristo llevando consigo
la palabra y la belleza de su Maestro.
(vi¡) Fueron llamados para ser heraldos de Cristo. En Mateo 10:7 fueron enviados a predicar. La
palabra original es kéryssein, que viene del nombre kéryx, que quiere decir heraldo. El cristiano es
un heraldo de Cristo. Por eso debe empezar en la presencia de Cristo. El cristiano no está para
presentar sus propias opiniones a la gente; lleva un mensaje de certezas divinas de Jesucristo -y no
puede llevar ese mensaje a menos que lo haya recibido primero en la presencia de Cristo.
LA COMISIÓN DEL MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:5-8a
Jesús envió a estos doce, y estas fueron las instrucciones que les dio:
No sigáis ningún camino que vaya hacia los gentiles, ni entréis en ninguna ciudad de los
samaritanos, sino limitaos a las ovejas de la casa de Israel que están descarriadas. Por donde
vayáis, haced esta proclamación: < ¡El Reino del Cielo está cerca!» Sanad a los enfermos,
resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, expulsad a los demonios»
Aquí tenemos el principio de la comisión del Rey a Sus mensajeros. La palabra que se usa en
griego para mandar Jesús a Sus hombres, o darles órdenes, es interesante e iluminadora. Es la
palabra parangueLlein. Esta palabra tiene en griego cuatro usos especiales. (i) Es la palabra
corriente para las órdenes en el ejército; Jesús era como un general mandando a sus oficiales en
campaña y dándoles las órdenes oportunas. (ii) Es la palabra que se usa para llamar a los amigos de
uno para que le ayuden. Jesús era como un hombre que tuviera un gran proyecto y reuniera a sus
amigos para que le ayudaran a hacer que llegara a ser realidad. (iii) Es la palabra que se usa de un
maestro que les da reglas e instrucciones a sus alumnos. Jesús era como un maestro que mandara
a sus estudiantes al mundo equipados con su enseñanza y su mensaje. (iv) Es la palabra que se usa
corrientemente para una orden o un decreto del emperador. Jesús era como un rey que estuviera
enviando a sus embajadores al mundo a realizar su programa y hablar en su nombre.
Este pasaje empieza con lo que a uno le parecería una instrucción muy difícil. Empieza
prohibiéndoles a los Doce que fueran a los gentiles o a los samaritanos. A muchos les resulta muy
difícil creer que Jesús dijera esto nunca. Este aparente exclusivismo no nos suena a Jesús; y hasta
se ha sugerido que este dicho lo pusieron en Su boca los que en días posteriores querían reservar el
Evangelio para los judíos, los mismos que se opusieron vigorosamente a Pablo cuando quería llevar
el Evangelio a los gentiles.
Pero hay ciertas cosas que hay que recordar. Este dicho es tan opuesto a la actitud de Jesús que
nadie lo podría haber inventado; tiene que haberlo dicho, así que tiene que tener alguna explicación.
Podemos estar completamente seguros de que éstas no fueron unas órdenes permanentes. En
los mismos evangelios vemos a Jesús hablando con gracia e intimidad con una mujer samaritana y
revelándose a ella (Juan 4:4-42). Le vemos contando una de Sus historias inmortales acerca del
Buen Samaritano (Lucas 10:30-37); Le vemos sanando a la hija de una mujer sirofenicia (Mateo
15:28); y Mateo mismo nos dice que la comisión final de Jesús a Sus hombre fue que fueran a todo
el mundo y trajeran a todas la naciones al Evangelio (Mateo 28:19s). ¿Cuál es entonces la
explicación?
Les prohibió a los Doce ir a los gentiles; eso quería decir que no debían ir a Siria al Norte, ni a la
Decápolis al Este, que era una región mayoritariamente gentil. No podían ir a Samaria al Sur porque
se lo prohibió. E1 efecto de esta orden era de hecho limitar los primeros viajes de los Doce a Galilea.
Había tres buenas razones para esto.
(i) Los judíos ocupaban un lugar muy especial en el esquema divino de las cosas; en la justicia de
Dios tenían que recibir la primera invitación del Evangelio. Es verdad que la rechazaron; pero la
totalidad de la Historia estaba diseñada para concederles la primera oportunidad de aceptar.
(ii) Los Doce no estaban equipados para predicar a los gentiles. No tenían ni el trasfondo, ni el
conocimiento, ni la técnica. Antes que el Evangelio pudiera ser presentado eficazmente a los gentiles
tenía que surgir un hombre con la vida y la educación de Pablo. Un mensaje tiene pocas
posibilidades de éxito si el mensajero está insuficientemente preparado para transmitirlo. Si un
predicador o maestro es sabio, se dará cuenta de sus limitaciones y verá claramente lo que puede y
lo que no puede hacer.
(iii) Pero la gran razón para esta orden es sencillamente la siguiente: Cualquier general consciente
sabe que tiene que limitar sus objetivos. Tiene que dirigir su ataque a un punto determinado. Si
dispersa sus fuerzas por aquí y por allá y por todos los frentes, disipa sus fuerzas y se arriesga a la
derrota. Cuanto más limitadas sean sus fuerzas más limitados tendrán que ser sus objetivos
inmediatos. Intentar atacar en un frente demasiado extenso es arriesgarse a la derrota. Jesús lo
sabía, y por eso concentró esta primera campaña a Galilea, porque Galilea era, como ya hemos
visto, la que más abierta estaba al nuevo mensaje del Evangelio (cp. Mateo 4:12-17). Esta orden de
Jesús era coyuntural. Jesús era el sabio general que se negaba a desparramar Sus fuerzas, y
concentraba Su ataque hábilmente a un objetivo limitado para obtener una victoria definitiva y
universal.
LAS PALABRAS Y LAS OBRAS
DEL MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:5-8a (conclusión)
Había palabras y obras que los mensajeros del Rey tenían que decir y hacer.
(i) Tenían que anunciar la inminente llegada del Reino. Como ya hemos visto (cp. Mateo 6:l0s), el
Reino de Dios es una sociedad en la Tierra en la que la voluntad de Dios se cumple tan
perfectamente como en el Cielo. De todas las personas que han vivido en el mundo, Jesús era, y es,
la única Persona que siempre hizo perfectamente, y obedeció, y cumplió, la voluntad de Dios. Por
tanto, en El había venido el Reino. Es como si los mensajeros del Rey hubieran de decir: «¡Fijaos!
Habéis soñado con el Reino, y habéis anhelado el Reino. Aquí está el Reino, en la vida de Jesús.
Miradle a Él, y ved lo que quiere decir estar en el Reino.> En Jesús, el Reino de Dios había venido a
la humanidad.
(ii) Pero. la tarea de los Doce no se limitaba a decir palabras: también implicaba realizar obras.
Tenían que sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, limpiar a los leprosos y expulsar a los
demonios. Todas estas instrucciones hay que tomarlas en un doble sentido. Hay que tomarlas
físicamente, porque Jesucristo vino a traer salud y sanidad a los cuerpos de las personas; pero hay
que tomarlas también espiritualmente: describen el cambio que obra Jesucristo en las almas de las
personas.
(a) Habían de sanar a los enfermos. La palabra que se usa para enfermos es muy sugestiva. Es
una parte del verbo asthenein, cuyo sentido primario es ser o estar débil. Asthenés es el adjetivo
normal para débil -cp. en español astenia, asténico y sus derivados y compuestos-. Cuando Cristo
vine a una persona, fortalece la voluntad débil, fortifica la débil resistencia, infunde fuerza al débil
brazo para la lucha, reafirma la débil resolución. Jesucristo llena nuestra debilidad humána con Su
poder divino.
(b) Habían de resucitar a los muertos. Una persona puede estar muerta en el pecado. Puede tener
quebrantada la voluntad para resistir; puede tener oscurecida la visión para el bien hasta haberla
perdido del todo; puede estar desesperada e irremisiblemente en las garras del pecado, ciego para
la bondad y sordo para Dios. Cuando Jesucristo viene a la vida de una persona, la resucita para la
bondad, revitalizando la bondad en nuestro interior que había matado el pecado.
(c) Habían de limpiar a los leprosos. Como ya hemos visto, a los leprosos se los consideraba
ritualmente impuros. Levítico dice: < Todo el tiempo que tenga las llagas será impuro. Estará impuro
y habitará solo; fuera del campamento vivirá» (Levítico 13:46).2 Reyes 7:3s nos muestra a unos
leprosos que sólo en circunstancias de hambruna desesperada se atrevieron a entrar en la ciudad. 2
Reyes 15:5 nos cuenta que el rey Azarías fue herido con lepra y tuvo que vivir hasta el día de su
muerte en un lazareto real, separado de todos los demás. Es interesante que en la antigua Persia
también se creía que los leprosos eran inmundos. Heródoto (1:138) nos dice que «si una persona
tiene lepra en Persia no se la permite entrar en una ciudad ni tener relación con otros persas; debe
de ser, dicen ellos, porque ha pecado contra el Sol.»
Así que los Doce habían de llevar la purificación a los contaminados. Una persona puede manchar
su vida con el pecado, contaminar su mente, su corazón y su cuerpo con las consecuencias del
pecado. Sus palabras, sus acciones, llegan a estar tan contaminadas que son una influencia
inmunda sobre todo aquello con lo que se ponen en contacto. Jesucristo puede limpiar el alma que
se ha manchado de pecado; puede traer a las personas el antiséptico divino contra el pecado; limpia
el pecado humano con la pureza divina.
(d) Habían de expulsar a los demonios. Una persona poseída era una persona en las garras de
un poder maligno; ese poder la tenía dominada. Una persona puede estar dominada por el mal;
puede ser esclava de malos hábitos; el mal puede ejercer una fascinación esclavizante sobre ella.
Jesús viene no sólo a cancelar el pecado, sino además a quebrantar su poder. Jesucristo trae a las
personas esclavizadas por el pecado el poder libertador de Dios.
EQUIPAMIENTO DEL MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:8b-10
No os ha costado nada lo que habéis recibido, así es que dadlo de la misma manera. No os
propongáis recibir oro o plata o bronce en vuestras carteras; no llevéis bolsa para el viaje, ni
muda de túnicas, ni calzado, ni bastón. El obrero merece su sustento.
Este es un pasaje en el que cada oración y cada frase les sonaría familiar a los judíos que lo
escucharon. En él Jesús está dándoles a Sus hombres las instrucciones que daban los mejores
rabinos a; sus estudiantes y discípulos.
« De gracia recibisteis -les dice Jesús-, dad de gracia.» Un rabino estaba obligado por la ley a dar
su enseñanza gratuitamente y sin cobrar nada; al rabino le estaba prohibido terminantemente recibir
dinero por enseñar la Ley que Moisés había recibido gratuitamente de Dios. Sólo en un caso podía
un rabino aceptar que se le pagara: por enseñar a un niño, porque eso era la obligación de los
padres, y a ningún otro se le podía exigir que dedicara tiempo y trabajo haciéndoles a los padres lo
que era su obligación; pero la enseñanza más elevada tenían que darla sin dinero y sin precio.
En la Misncí la Ley establece que si un hombre acepta dinero por actuar como juez, su sentencia
no es válida; que si recibe una paga por dar evidencia como testigo, su testimonio no ha de tenerse
en cuenta. Rabí Sadoc decía: «No hagas de la Ley una corona para engrandecerte, ni una azada
con la que cavar.» Hil.lel decía: «El que hace un uso mundano de la corona de la Ley se
desvanecerá. De ahí debes colegir que el que desea obtener un provecho material de las palabras
de la Ley está contribuyendo a su propia destrucción.» Estaba establecido: «Como Dios le enseño a
Moisés gratis, así hazlo tú.»
Se cuenta una anécdota de Rabí Tarfón. Al final de la recolección de los higos iba paseando por
un huerto, y comió algunos de los higos que habían dejado por el suelo. Los vigilantes se le echaron
encima y le golpearon. Él les dijo quién era, y como era un rabino famoso le dejaron ir en paz. Toda
su vida tuvo remordimientos por haber usado su posición como rabino en su propio provecho.
«Todos sus días se sintió avergonzado, porque decía: "¡Ay de mí, porque he usado la corona de la
Ley en mi propio provecho!"»
Jesús les dijo a los Doce que no se les ocurriera recibir oro o plata o bronce para sus bolsas; la
palabra griega quiere decir literalmente para sus cintos. El cinturón que llevaban los judíos a la
cintura era más bien ancho; y era doble por los dos extremos, para llevar allí el dinero; así es que el
cinturón era el equivalente del monedero o la cartera. Jesús les dijo también a los Doce que no
llevaran bolsa para el viaje. Esto se puede referir a una de dos cosas. Puede que fuera como una
mochila en la que se llevaban corrientemente provisiones; pero hay otra posibilidad. La palabra
original es péra, que puede querer decir la bolsa de un mendigo; a veces los filósofos ambulantes
recogían una colecta después de dirigirse al público.
En todas estas instrucciones Jesús no estaba imponiéndoles a Sus hombres incomodidades
deliberadas y calculadas. Les estaba diciendo cosas que les sonarían familiares, como judíos que
eran. El Talmud nos dice: «Nadie puede ir al recinto del templo con bastón, cinturón con dinero o
pies polvorientos.» La idea era que, cuando se entraba en el templo, se tenía que haber dejado atrás
todo lo que tuviera que ver con su trabajo o negocio u ocupación temporal. Lo que Jesús les estaba
diciendo a Sus hombres era: «Tenéis que tratar todo el mundo como el templo de Dios. Si sois
hombres de Dios, no debéis nunca dar la impresión de que sois hombres de negocios y vais
buscando ganancias materiales.» Las instrucciones de Jesús quieren decir que un hombre o una
mujer de Dios debe mostrar en su actitud hacia las cosas materiales que no le interesa nada más
que Dios.
Para terminar, Jesús dice que el obrero merece su sustento. También esto les sonaría familiar a
los judíos. Es verdad que a un rabino no se le permitía recibir salario por enseñar, pero también es
verdad que se consideraba un privilegio y una obligación el mantener a un rabino si era de veras un
hombre de Dios. Rabí Eliezer ben Yaqob decía: «El que recibe a un rabino en su casa, o como su
huésped, y le deja disfrutar de sus posesiones, la Escritura dice que eso se le cuenta como si
hubiera ofrecido el sacrificio continuo.» Rabí Yojanán estableció que era la obligación de todas las
comunidades judías el mantener a sus rabinos, especialmente porque los rabinos suelen descuidar
sus propios negocios para dedicarse a los negocios de Dios.
Así que aquí hay una doble verdad. El hombre de Dios no debe estar excesivamente pendiente de
las cosas materiales, pero el pueblo de Dios no debe nunca faltar a su deber de asegurarse que el
hombre o la mujer de Dios recibe un apoyo razonable. Este pasaje impone una obligación tanto en el
obrero del Señor como en los que se benefician de su servicio.
LA CONDUCTA DEL MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:11-15
Cuando lleguéis a una ciudad o aldea, informaos de quién hay que tenga buena fama, y
quedaos en su casa hasta que salgáis de aquel lugar. Cuando entréis en una casa, dadle
vuestro saludo. Si la casa es digna, que vuestra paz repose sobre ella; y si no lo es, que
vuestra paz se vuelva a vosotros. Si nadie os recibe, ni quiere escuchar vuestras palabras,
cuando salgáis de aquella casa o ciudad sacudid de vuestros pies el polvo de allí. Os aseguro
que lo tendrá más fácil la tierra de Sodoma y Gomorra el Día del Juicio que esa ciudad.
Aquí tenemos un pasaje lleno de consejos de lo más prácticos para los mensajeros del Rey.
Cuando entraban en una ciudad o pueblo tenían que buscar una casa que fuera digna. La punta
de esto está en que si se albergaban en una casa de mala reputación por su moral o por su conducta
o por su gente eso dañaría seriamente su utilidad. No tenían que identificarse con nadie que pudiera
suponerles un obstáculo. Eso no quiere decir ni por un momento que no debieran tratar de ganar a
tales personas para Cristo, pero sí quiere decir que el mensajero de Cristo debe tener cuidado con
quién se relaciona.
Cuando se albergaran en una casa tenían que quedarse allí hasta que pasaran a otro lugar. Esto
es una cuestión de cortesía. Podrían estar tentados, después de ganar a algunos conversos o
simpatizantes en un lugar, a mudarse a una casa que les ofreciera más comodidades, más lujo y
mejor compañía. El mensajero de Cristo nunca debe dar la impresión de que busca a las personas
para conseguir cosas materiales, y que lo que le dicta sus movimientos es la búsqueda de su propia
comodidad.
El pasaje acerca de dar un saludo y de recibir la respuesta de rigor es típicamente oriental. En
Oriente, una palabra que se dice se considera que tiene una especie de existencia activa e
independiente. Salió de la boca como la bala de un arma de fuego. Esta idea surge regularmente en
el Antiguo Testamento, especialmente en relación con las palabras que dice Dios. Isaías oyó decir a
Dios: «Por Mí mismo hice juramento, de Mi boca salió palabra en justicia y no será revocada» (Isaías
45:23). «Así será Mi palabra que sale de Mi boca: No volverá a Mí vacía, sino que hará lo que Yo
quiero y será prosperada en aquello para lo cual la envié» (Isaías 55:11). Zacarías ve el rollo volador
y oye la voz: «Esta es la maldición que se extiende sobre la faz de toda la Tierra» (Zacarías 5:3).
Hasta el día de hoy en Oriente, si una persona le da su bendición a un viandante y luego descubre
que es de otra religión, vuelve a pedirle que le devuelva su bendición. Aquí la idea es que los
mensajeros del Rey pueden enviar su bendición para que descanse sobre la casa; y si la casa es
indigna de ella, pueden recuperarla.
Si se rechaza su mensaje en algún lugar, los mensajeros del Rey deben sacudirse el polvo de
aquel lugar que se les haya pegado a los pies y seguir su camino. Para un judío, el polvo de un
pueblo o de una carretera gentiles era contaminante; por tanto, cuando un judío cruzaba la frontera
de Palestina y entraba en su patria después de un viaje por tierras gentiles, se sacudía el polvo de
las carreteras gentiles de los pies para librarse hasta de la última partícula de contaminación. Así es
que Jesús dijo: « Si alguna ciudad o pueblo no os recibe, debéis tratarlos como si fueran lugares
gentiles.» De nuevo debemos tener claro lo que Jesús está diciendo. En este pasaje encontramos
una verdad coyuntural y una verdad eterna.
(i) La verdad coyuntural es ésta: Jesús no estaba diciendo que hubiera que dejar a nadie fuera del
mensaje del Evangelio y del alcance de la gracia. Éstas eran unas instrucciones como las que dio al
principio acerca de no ir a los gentiles y a los samaritanos. Se referían a la situación en que se
dieron. Esto se debía exclusivamente al factor tiempo; el tiempo era corto; todos los posibles debían
oír la proclamación del Reino; así es que no había tiempo para discutir con los diletantes o para
tratar de ganar a los testarudos; eso llegaría más tarde. De momento, los discípulos tenían que
recorrer el país lo más rápido posible, y por tanto tenían que pasar a otro lugar cuando no se recibía
el mensaje que llevaban.
(ii) La verdad permanente es la siguiente. Es uno de los grandes hechos básicos de la vida que la
oportunidad llega a una persona una y otra vez -y ya no se presenta más. Para aquellas personas de
Palestina llegaba la oportunidad dé recibir el Evangelio; pero si no la aceptaban, podría ser que no
volviera nunca. como dice el proverbio: «Hay tres cosas que nunca vuelven: la palabra hablada, la
flecha lanzada y la oportunidad perdida.»
Esto sucede en todas las esferas de la vida. En su autobiografía, Chiaroscuro, Augustus John
cuenta un incidente y añade un comentario lacónico. Estaba en Barcelona: «Era hora de salir para
Marsella. Había mandado mi equipaje por delante, e iba andando a la estación cuando me encontré
a tres gitanas ocupadas en comprar flores en un puesto. Me impresionaron de tal manera su belleza
y su elegancia deslumbrante que casi perdí el tren. Hasta cuando llegué a Marsella y me encontré
con mi amigo, aquella visión me seguía fascinando, y no tuve más remedio que volver. Pero ya no
encontré a las tres gitanas. Eso nunca pasa.» El artista estaba siempre buscando atisbos de belleza
que trasladar al lienzo -pero sabía muy bien que si no pintaba la belleza cuando la encontraba, todas
las probabilidades estaban en contra de que volviera a captar esa vislumbre otra vez. Lo más trágico
de la vida es a menudo la oportunidad perdida.
Por último, dice que lo tendrán más fácil Sodoma y Gomorra en el Día del Juicio que los pueblos
y aldeas que rechacen el mensaje de Cristo y el Reino. Sodoma y Gomorra se mencionan en el
Nuevo Testamento como el arquetipo de la maldad (Mateo 11:23s; Lucas 10:12s; 17:29; Romanos
9:29; 2 Pedro 2:6; Judas 7). Es interesante y pertinente notar que precisamente antes de su
destrucción Sodoma y Gomorra habían sido culpables de quebrantar grave y viciosamente las leyes
de la hospitalidad (Génesis 19:1-I1). Ellas también habían rechazado a los mensajeros de Dios.
Pero hasta en su peor momento, Sodoma y Gomorra nunca habían tenido la oportunidad de recibir
el mensaje de Cristo y de Su Reino. Por eso es por lo que lo tendrían más fácil al final que los
pueblos y aldeas de Galilea; porque siempre es verdad que cuanto más grande ha sido el privilegio
mayor es la responsabilidad.
EL DESAFÍO DEL REY A SUS MENSAJEROS
Mateo 10:16-22
Fijaos: Soy Yo Quien os envía como ovejas en medio de lobos. Demostrad que sois tan
prudentes como las
serpientes, y tan inocentes como las palomas. ¡Cuidado con la gente! Porque os entregarán a
los concilios, y os azotarán en sus sinagogas. Os llevarán ante los gobernadores y los reyes
por causa de Mí para que podáis darles vuestro testimonio a ellos y a los gentiles. Pero cuando
os entreguen, no os preocupéis de cómo habéis de hablar o de lo que habéis de decir. Lo que
hayáis de hablar os será dado en aquel momento; porque no seréis vosotros los que hablaréis,
sino que será el Espíritu de vuestro Padre el Que hablará por vosotros. El hermano entregará a
la muerte a su hermano, y el padre a su propio hijo. Los hijos se levantarán contra los padres,
y los matarán; y os odiarán todos por causa de Mi nombre. Pero el que resista hasta lo último,
ese estará a salvo.
Antes de estudiar este pasaje en detalle debemos notar dos cosas acerca de él en general.
Cuando estábamos estudiando el Sermón del Monte (páginas 102-332), ya vimos que una de las
grandes características de Mateo era su interés en la disposición ordenada de su material. Vimos
que Mateo tenía la costumbre de reunir en un lugar todo el material referente a un tema, aunque
Jesús lo hubiera dicho en diferentes ocasiones. Mateo era sistematizador. Este pasaje es uno de los
ejemplos en que Mateo reúne su material de diferentes tiempos. Aquí recoge las cosas que dijo
Jesús en distintas ocasiones acerca de la persecución.
No cabe duda que, hasta cuando Jesús envió a Sus hombres por primera vez, les dijo lo que
podían esperar. Pero al principio Mateo relata que Jesús les dijo a Sus hombres que no fueran esa
vez a los gentiles o a los samaritanos; y sin embargo en este pasaje Mateo nos presenta a Jesús
anunciando persecución y proceso ante gobernadores y reyes, es decir, muy lejos de Palestina. La
explicación es que Mateo recoge las referencias de Jesús a la persecución y reúne tanto lo que
Jesús dijo cuando envió a Sus hombres en su primera expedición como lo que Jesús les dijo
después de Su resurrección, cuando los estaba enviando por todo el mundo. Aquí tenemos las pala-
bras, no sólo de Jesús en Galilea, sino también del Cristo Resucitado.
Además, debemos notar que en estas palabras Jesús estaba haciendo uso de ideas e imágenes
que formaban parte del pensamiento judío. Ya hemos visto una y otra vez que era la costumbre de
los judíos en sus descripciones del futuro el dividir el tiempo en dos edades. Estaba la edad
presente, totalmente mala, y la edad por venir, que sería la edad de oro de Dios; y entre las dos
estaría el Día del Señor, que sería un tiempo terrible de caos y destrucción y juicio. Ahora bien, uno
de los rasgos que aparecían frecuentemente en el pensamiento judío acerca del Día del Señor era
que dividiría a los amigos y a los familiares en dos bandos, y que los vínculos más estrechos de la
Tierra se destruirían en amargas enemistades.
«Todos los amigos se destruirán entre sí» (2 Esdras 5:9). « En ese tiempo los amigos se harán la
guerra unos contra otros como enemigos» (2 Esdras 6:24). «Y se pelearán entre sí, los jóvenes con
los viejos, y los viejos con los jóvenes, los pobres con los ricos, y los humildes con los grandes, y los
mendigos con los príncipes» (Jubileos 23:19). « Y se aborrecerán unos a otros, y se provocarán para
luchar; y los miserables gobernarán sobre los honorables, y los de baja estofa serán alabados más
que los famosos» (Apocalipsis de Baruc 70:3). « Y empezarán a pelear entre ellos, y su mano
derecha será fuerte contra ellos, y ninguno reconocerá a su hermano, ni un hijo a su padre o a su
madre, hasta que sean innumerables los cadáveres de sus matanzas» (Enoc 56:7). «Y en aquellos
días los marginados se irán y se llevarán a sus niños y los abandonarán, de forma que sus niños
perecerán por su culpa; sí, abandonarán a sus niños todavía de pecho y no volverán a ellos; y no
tendrán lástima de sus seres queridos» (Enoc 99:5). « Y en aquellos días, en un mismo lugar, los
padres juntamente con sus hijos serán heridos, y los hermanos unos con otros caerán muertos hasta
que fluyan arroyos con su sangre. Porque un hombre no retendrá su mano de matar a sus hijos y a
los hijos de sus hijos, y el pecador no retendrá su mano de su hermano respetable; desde el
amanecer hasta el ocaso se matarán unos a otros» (Enoc 100: 1 s).
Todas estas citas se han tomado de los libros que los judíos escribían y conocían y amaban, y con
los que alimentaban sus corazones y sus esperanzas en los días entre el Antiguo y el Nuevo
Testamento. Jesús conocía estos libros; Sus hombres también los conocían; y cuando Jesús
hablaba de los terrores por venir, y de las divisiones que rasgarían los lazos más íntimos de la Tierra,
estaba diciéndoles en efecto: « El Día del Señor ha llegado.» Y Sus hombres sabrían lo que les
estaba diciendo, y saldrían convencidos de que estaban viviendo los días más grandes de la
Historia.
LA HONESTIDAD DEL REY
CON SUS MENSAJEROS
Mateo 10:16-22 (continuación)
No podemos leer este pasaje sin quedar profundamente impresionados con la honestidad de
Jesús. Él nunca se resistió a decirles a las personas lo que podrían esperar si Le seguían. Es como
si dijera: «Tengo una tarea para vosotros -es de lo más horrible y de lo peor- ¿la aceptáis?»
Plummer comenta: «Ésta no es la manera que tiene el mundo de ganar adeptos.» El mundo le ofrece
a una persona un sendero de rosas, comodidad, tranquilidad, progreso, el cumplimiento de sus
ambiciones mundanas. Jesús les ofreció a los Suyos tribulación y muerte. Y sin embargo la Historia
demuestra que Jesús estaba en lo cierto. En lo más íntimo de nuestro corazón a todos nos encanta
una invitación a la aventura.
Después del sitio de Roma, en 1849, Garibaldi hizo la siguiente proclamación a sus seguidores:
«Soldados, todos nuestros esfuerzos contra fuerzas superiores han sido inútiles. No tengo para
ofreceros más que hambre y sed, sufrimiento y muerte; pero llamo a todos los que aman su país a
que se me unan.» Y se le unieron a millares.
Después de Dunkerque, Churchill le ofreció a su país «sangre, brega, sudor y lágrimas.» Prescott
cuenta que. Pizarro, aquel inveterado aventurero ofreció a su pequeña banda la tremenda elección
entre la seguridad conocida de Panamá y el esplendor todavía desconocido del Perú. Echó mano a
su espada y trazó con ella una raya en la arena de Este a Oeste: «¡Amigos y camaradas! -les dijo- A
ese lado está la brega, el hambre, la falta de ropa, las tormentas que calan hasta los huesos, la
destitución y la muerte; a este lado, la facilidad y el placer. Ahí está Perú con sus riquezas aquí
Panamá con su pobreza. Que escoja cada hombre lo que le corresponde mejor a un bravo
castellano. Por mi parte, yo voy al Sur.» Y cruzó la línea. Trece hombres escogieron la aventura con
él.
Cuando Shackleton propuso dirigirse al Polo Sur, pidió voluntarios para la marcha entre ventiscas
a través del hielo polar. Esperaba tenerlo difícil; pero le inundaron con cartas, de jóvenes y viejos,
ricos y pobres, los de más arriba y los de más abajo, todos deseando participar en esa gran
aventura.
Puede que la Iglesia tenga que aprender otra vez que no atraeremos nunca a las personas a una
vida fácil; es la llamada de lo heroico la que habla a fin de cuentas al corazón.
Jesús ofreció a sus hombres tres clases de adversidades:
(i) El Estado los perseguiría; los llevarían a los consejos, y a los reyes y a los gobernadores.
Mucho antes de esto Aristóteles se había preguntado si un hombre bueno podía ser realmente un
buen ciudadano; porque, decía, el deber de un ciudadano es dar su apoyo y obediencia al Estado, y
hay veces en que a un hombre bueno eso le resultaría imposible. Cuando llevaran a los hombres de
Cristo a tribunales y a juicios no tendrían que preocuparse por lo que habían de decir; porque Dios
les daría las palabras. « Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de hablar,» le prometió Diosa
Moisés (Éxodo 4:12). No era la humillación lo que los primeros cristianos temían; ni tampoco los
dolores crueles y la agonía. Pero muchos de ellos temían que su falta de habilidad en el uso de las
palabras y la defensa dejara en mal lugar su fe. La promesa de Dios es que cuando uno de los
Suyos está enjuicio por su fe, le vendrán las palabras que deba usar.
(ii) La Iglesia los perseguiría; los azotarían en las sinagogas. A la Iglesia no le gusta que la
inquieten, y tiene su forma de lidiar a los que alteran la tranquilidad. Los cristianos eran, y somos, los
que ponen el mundo patas arriba (Hechos 17: 6). Ha sucedido muchas veces que uno que venía con
un mensaje de Dios tuviera que arrostrar el odio y la enemistad de una ortodoxia fosilizada.
(iii) La familia los perseguiría; los que tenían más cerca y les eran más queridos los tomarían por
locos, y les cerrarían la puerta de su casa en la cara. En todos los tiempos se da a veces el caso de
que el cristiano tiene que enfrentarse con la disyuntiva más terrible: la de escoger entre su lealtad a
Cristo, y su lealtad a su familia y amigos.
Jesús les advirtió a Sus hombres que en los días por venir podría ser que se confabularan contra
ellos el Estado y la Iglesia y la familia.
LAS RAZONES PARA LA PERSECUCIÓN
DE LOS MENSAJEROS DEL REY
Mateo 10:16-22 (conclusión)
Mirando las cosas desde nuestro punto de vista encontramos difícil de entender por qué cualquier
gobierno podría querer perseguir a los cristianos, cuyo único propósito era vivir en pureza, en caridad
y en respeto. Pero en días posteriores el gobierno romano tuvo lo que consideraba buenas razones
para perseguir a los cristianos (ver sobre esto páginas 135-138).
(i) Corrían algunas calumnias sobre los cristianos. Los acusaban de ser caníbales por las palabras
de la Santa Cena que hablan de comer el cuerpo de Cristo y beber Su sangre. Los acusaban de
inmoralidad, porque el nombre que le daban a su fiesta semanal era agapé, la fiesta del amor. Los
acusaban de incendiarios, por el cuadro que los predicadores cristianos pintaban del fin del mundo.
Los acusaban de ser ciudadanos desleales y desafectos al régimen porque se negaban a confesar la
divinidad del emperador.
(ii) Es dudoso que los mismos paganos creyeran realmente estas acusaciones calumniosas. Pero
había otras que eran más serias. Se acusaba a los cristianos de deshacer los vínculos familiares.
Era verdad que el cristianismo a veces dividía familias, como ya hemos visto; y a los paganos les
parecía que era algo que enfrentaba a los padres con los hijos y a los maridos con sus mujeres.
(iii) Una dificultad auténtica la presentaba la posición de los esclavos en la Iglesia Cristiana. En el
imperio romano había 60,000,000 de esclavos. Siempre era uno de los temores del imperio el que
se rebelaran los esclavos. Si la estructura del imperio había de permanecer intacta, había que
mantener a los esclavos en su lugar; no se debía hacer nada para animarlos a rebelarse, o las
consecuencias serían más terribles de lo que se podía imaginar.
Ahora bien: la Iglesia Cristiana no trataba de liberar a los esclavos, o de condenar la esclavitud;
pero sí trataba a los esclavos como iguales dentro de la Iglesia. Clemente de Alejandría mantenía
que «los esclavos son como nosotros,» y a ellos también se les aplicaba la - regla de oro. Lactancio
escribió: «Los esclavos no son esclavos para nosotros. Los consideramos hermanos en el Espíritu,
consiervos en la fe.> Es un hecho notable que, aunque había millares de esclavos en la Iglesia
Cristiana, la palabra esclavo nunca aparece en las inscripciones de las tumbas cristianas romanas.
Y peor todavía: Era perfectamente posible que un esclavo tuviera cargos en la Iglesia Cristiana.
Dos obispos de Roma de principios del siglo II, Calixto y Pío, habían sido esclavos. Y no era raro
encontrar ancianos y diáconos que eran esclavos.
Y todavía peor: En el año 220 d.C. Calixto, que como ya hemos visto había sido esclavo, decidió
que a partir de entonces la Iglesia Cristiana consentiría el matrimonio de una joven de la clase alta
con un liberto, un matrimonio que era de hecho ilegal bajo la ley romana, y por tanto no era
considerado matrimonio.
Por su manera de tratar a los esclavos, la Iglesia Cristiana debe de haber parecido a las
autoridades romanas una fuerza que estaba resquebrajando las bases mismas de la civilización y
amenazando la misma existencia del imperio al dar a los esclavos una posición que no debieran
haber tenido nunca según la ley romana.
(iv) No cabe duda que el Cristianismo afectó seriamente algunos intereses creados en relación
con la religión pagana. Cuando el Cristianismo llegó a Éfeso la industria de los plateros recibió un
golpe mortal, porque cada vez eran menos los que deseaban comprar las imágenes que ellos
fabricaban (Hechos 19:24-27). Plinio fue gobernador de Bitinia en el reinado de Trajano, y en una
carta al emperador (Plinio: Cartas 10:96) le dice que había tomado medidas para arrestar el rápido
crecimiento del Cristianismo para que «los templos que habían sido desertados cierto tiempo
volvieran a ser frecuentados; los festivales sagrados, interrumpidos hacía tiempo, revivieran;
mientras que hay una demanda general de sacrificios animales que hacía algún tiempo que tenían
pocos compradores.» Está claro que la extensión del Cristianismo suponía la abolición de algunas
industrias y actividades;* y los que perdían su negocio y su dinero no es extraño que se quejaran.
El Cristianismo predica una visión de la persona que no puede aceptar un Estado totalitario. El
Cristianismo se proponía deliberadamente obliterar algunos negocios y profesiones y maneras de
hacer dinero. Todavía sigue siendo así; y por tanto es probable que el cristiano sufra persecución por
su fe.
LA PRUDENCIA DEL MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:23
Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. Os
aseguro que no completaréis vuestro recorrido a las
ciudades de Israel antes que llegue el Hijo del Hombre.
Este pasaje aconseja una prudencia cristiana y sabia. En los días de persecución siempre
amenazaba al testigo cristiano un cierto peligro. Siempre hubo algunos que cortejaban el mar tirio;
habían llegado a tal intensidad de entusiasmo fanático e histérico que hacían lo que fuera para
convertirse en mártires de la fe. Jesús era sabio. Les dijo a Sus hombres que no tenía que haber un
desperdicio caprichoso de vidas cristianas; que no debían malgastar sus vidas sin necesidad ni
sentido. Como ha dicho alguien, la vida de todo testigo cristiano es preciosa, y no hay que tirarla por
la borda. < La bravata no es el martirio.» A menudo los cristianos tenían que morir por su fe, pero no
debían perder sus vidas de una manera que no ayudaba realmente a la fe. Como se dijo en tiempo
posterior uno debe contender legalmente por la fe.
Cuando Jesús decía esto, estaba hablando de una manera que los judíos reconocerían y
entenderían. No ha habido nunca ningún pueblo que haya sido más perseguido que los judíos; y
ningún pueblo ha tenido nunca más claro en qué consistían los deberes del mártir. La enseñanza de
los grandes rabinos era muy clara. Cuando era una cuestión de santificación pública o profanación
abierta del nombre de Dios, la obligación estaba clara: había que estar dispuesto a dar la vida. Pero
cuando esa declaración pública no estaba en cuestión; uno podía salvar la vida quebrantando la Ley;
pero no había justificación posible para cometer idolatría, adulterio o asesinato.
El caso que los rabinos citaban era el siguiente: Supongamos que a un judío le detiene un soldado
romano que se pone a decirle burlonamente y sin otra intención que la de humillar y dejar por tonto a
un judío: «Come de este cerdo.» En tal caso el judío puede comer, porque «las leyes de Dios se dan
para la vida y no para la muerte.» Pero supongamos que el romano dice: «Come de este cerdo en
señal de que abjuras del judaísmo; come de este cerdo en señal de que estás dispuesto a dar culto a
Júpiter y al emperador,» entonces el judío debe morir antes que comer. En cualquier tiempo de
persecución oficial. el judío debe morir antes que abjurar de su fe. Como decían los rabinos: «Las
palabras de la Ley son solamente firmes para el hombre que está dispuesto a morir por ellas.»
A1 judío se le prohibía perder la vida en un acto innecesario de martirio; pero cuando era cuestión
de verdadero testimonio, tenía que estar preparado a morir.
Haremos bien en recordar que, aunque estamos obligados a aceptar el martirio por nuestra fe, se
nos prohíbe cortejar el martirio. Si el sufrir por la fe nos llega en el cumplimiento de nuestro deber,
hay que aceptarlo; pero no hay que invitarlo innecesariamente; el invitarlo causa más daño que
bien a la fe que confesamos. El constituirse a uno mismo como mártir es muy corriente en todos los
asuntos humanos.
Se ha dicho que hay a veces más heroísmo en atreverse a huir del peligro que en esperarlo.
Requiere verdadera sabiduría el reconocer cuándo hay que escapar. André Maurois, en Por qué
cayó Francia, cuenta una conversación que tuvo con Winston Churchill. Hubo un tiempo al principio
de la II Guerra Mundial cuando Gran Bretaña parecía extrañamente inactiva e indispuesta a actuar.
Churchill le dijo a Maurois: «¿Ha observado usted los hábitos de las langostas?» «No,» respondió
Maurois a esta sorprendente pregunta. Churchill prosiguió: «Bueno, pues si tiene usted oportunidad,
estúdielas. En ciertos períodos de su vida la langosta pierde su caparazón protector. Cuando está
mudando el caparazón hasta el más bravo crustáceo se retira a una grieta de la roca y espera
pacientemente hasta que el nuevo caparazón haya tenido tiempo de salirle. Tan pronto como esta
nueva armadura está fuerte, sale de su escondite y vuelve a ser el luchador dueño de los mares.
Inglaterra, por culpa de ministros imprevisores, ha perdido su caparazón; debemos esperar en
nuestra gruta hasta que esté fuerte de nuevo.» Ese era un tiempo en el que la inacción era más
sabia que la acción; y cuando el huir era más sabio que el atacar.
Si uno es débil en la fe, hará bien en evitar las discusiones acerca de cosas dudosas, y no
lanzarse a ellas. Si uno sabe que es vulnerable a cierta tentación, hará bien en evitar los lugares en
que puede esperar que se le presente, y no frecuentarlos. Si uno sabe que hay personas que le
ponen nervioso y le fastidian y que le provocan a lo que no debe hacer, será sabio evitar esa
compañía en vez de buscarla. El valor no es la temeridad; no es nada bueno correr riesgos
innecesarios; la gracia de Dios no está para proteger a los temerarios sino a los prudentes.
LA LLEGADA DEL REY
Mateo 10:23 (conclusión)
Este pasaje contiene un extraño dicho que honradamente no podemos pasar por alto. Mateo nos
describe a Jesús enviando a Sus hombres y diciéndoles: «No completaréis vuestro recorrido de las
ciudades de Israel antes de que llegue el Hijo del Hombre.» A primera vista esto parece querer decir
que antes de qué Sus hombres hubieran completado su campaña de evangelización, llegaría Su día
de gloria y Su vuelta al poder. La dificultad está precisamente en que eso no sucedió; y, sí Jesús lo
esperaba, se equivocó. Si dijo esto en ese sentido, predijo algo que no sucedió. Pero hay una
explicación perfectamente buena y suficiente de esta aparente dificultad.
La Iglesia Primitiva creía intensamente en la Segunda Venida de Jesús, y creía que iba a suceder
pronto, en su misma generación. No podía haber nada más natural que, como estaban viviendo días
de salvaje persecución, anhelaran el día de su liberación y su gloria. El resultado era que se
aferraban a cualquier posible dicho de Jesús que se pudiera interpretar como alusión a Su vuelta
triunfante y gloriosa; y a veces y con toda naturalidad usaron cosas que Jesús había dicho, leyendo
en ellas algo distinto de lo que decían originalmente.
Podemos observar cómo tuvo lugar este proceso en las páginas del Nuevo Testamento. Hay tres
versiones de un único dicho de Jesús. Vamos a colocarlas una detrás de otra:
Os aseguro que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte antes de ver
al Hijo del Hombre que viene en Su Reino (Mateo 16:28). Os aseguro que hay algunos de los
que están aquí que no gustarán la muerte antes de ver el Reino de Dios venir con poder
(Marcos 9:1). Os digo de seguro que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la
muerte antes de ver el Reino de Dios (Lucas 9:27).
Está bien claro qué .-éstas son tres versiones del mismo dicho. Marcos es el -más primitiva de
los tres, y por tanto la versión de Marcos es la que tiene más probabilidades de ser estrictamente
exacta. Marcos dice que había algunos de los que estaban escuchando a Jesús que no morirían
antes de ver el Reino de Dios viniendo con poder. Eso fue gloriosamente cierto, porque a los treinta
años de la Cruz el mensaje del Cristo Crucificado y Resucitado se había extendido por todas partes y
había llegado a Roma, la capital dei mundo. Era cierto que muchos estaban entrando en el Reino;
era cierto que el Reino estaba viniendo con poder. Lucas transmite el dicho en la misma forma que
Marcos.
Ahora fijaos en Mateo. Su versión es ligeramente diferente: dice que hay algunos que no morirán
hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo con poder. Eso, literalmente, no sucedió. La
explicación es que Mateo estaba escribiendo entre los años 80 d.C. y 90 d.C., cuando estaba
teniendo lugar una terrible persecución. Los cristianos se aferraban a todo lo que recordara la
prometida liberación de la agonía; y él tomó el dicho que anunciaba la difusión del Reino y lo expresó
de una manera que anunciaba la Segunda Venida de Cristo en la vida de una persona... ¿Y quién se
lo reprocharía?
Eso es lo que ha hecho aquí Mateo. Tomad este dicho de nuestro pasaje y escribidlo como lo
habrían escrito Marcos y Lucas: « No completaréis vuestro recorrido de las ciudades de Israel antes
que venga el Reino de Dios.» Esa fue una verdad bendita; porque a medida que iban avanzando en
su misión, los corazones se iban abriendo a Jesucristo y recibiéndole como Maestro y Señor.
En un pasaje como este no debemos pensar que Jesús se equivocó, sino más bien que Mateo
interpretó la promesa de la venida del Reino como una promesa de la Segunda Venida de
Jesucristo. Y lo hizo porque en días de terror los creyentes se aferraban a la esperanza de Cristo; y
Cristo vino para ellos en el Espíritu, porque nadie sufrió jamás por Cristo a solas.
EL MENSAJERO DEL REY
Y LOS SUFRIMIENTOS DEL REY
Mateo 10:24-25
El alumno no está por encima de su maestro, ni el esclavo por encima de su amo. Ya es
bastante para el alumno el ser como su maestro, y para el esclavo ser como su amo. Si al Amo
de la casa Le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más se lo llamarán a los de Su casa!
Jesús advirtió a Sus discípulos que debían esperar que les sucediera a ellos lo que Le sucedió a
El. Los judíos conocían muy bien el dicho: < Bástele al esclavo ser como su amo.» En años
sucesivos habrían de usarla con un sentido especial. En el año 70 d.C. Jerusalén fue destruida, y de
tal manera que se pasó un arado por sus ruinas. El templo de Dios y la ciudad de Dios quedaron en
ruinas. Los judíos se dispersaron por todo el mundo, y muchos de ellos lamentaron e hicieron duelo
de la suerte terrible que les había correspondido a ellos personalmente. Fue entonces cuando los
rabinos les dijeron: «Cuando el templo de Dios ha sido destruido, ¿cómo puede ningún judío
lamentar sus propias desgracias personales?»
En este dicho de Jesús hay dos cosas.
(i) Hay una advertencia: la de que, como Jesús tuvo que llevar una cruz, también cada cristiano
individual debe llevar una cruz. La palabra que se usa para los miembros de su casa es una sola en
griego, oikiakoi. Esta palabra tiene un sentido técnico: se refiere a los miembros de la casa oficial de
un gobierno: es decir, los miembros del gobierno. Es como si Jesús dijera: «Si Yo, el supremo
dignatario y jefe del ejército, debo sufrir, vosotros que estáis a mis órdenes en mi gobierno no podéis
salir mejor parados.» Jesús nos llama a participar, no sólo de Su gloria, sino también de Su sacrificio.
Cuando el ser cristiano conlleva dificultades, nos podemos decir, no sólo: «Hermanos, estamos
recorriendo el camino que anduvieron los santos,» sino también: «Hermanos, vamos por el camino
que hollaron los mismos pies de Cristo.»
Siempre es emocionante pertenecer a una noble compañía. Eric Linklater cuenta en su
autobiografía su experiencia en la desastrosa marcha de retirada de la Primera Guerra Mundial.
Estaba en la compañía Black Watch, que después de la batalla había quedado reducida a un oficial,
treinta soldados y un gaitero. « A1 día siguiente, marchando pacíficamente a la luz de la mañana de
Francia por un camino vecinal, nos encontramos con los fragmentos deshilachados de un batallón de
los Foot Guards; y el gaitero, dándole aliento a su gaita, y tañéndola de tal manera que llenaba todo
el aire como si fuera toda la banda de la División de las Highlands, saludó a los altos Coldstreamers,
a los que les quedaban un tambor o dos y algunos instrumentos de bronce que también iban
haciendo una música gallarda. Tiesos nos pasamos, hinchando el pecho, mirando a la derecha, con
las faldas escocesas balanceándose en respuesta al contoneo de los Guards, y con el pompón rojo
en las boinas en prueba de una fe machacada pero en recuperación. Estábamos sin afeitar y llenos
de barro. Los Guards -los cincuenta que quedaban del batallón- estaban con los botones brillantes y
bien afeitados -nosotros parecíamos mineros recién salidos de las minas de carbón de Fife o de las
chabolas de Dundee, pero pisábamos a paso rápido al compás marcial de nuestra canción escocesa
"Hielan' Laddie", y de pronto me encontré gritando de pura juerga y alegría de encontrarme en tal
compañía.» Una de las grandes emociones de la vida es estar en buena compañía y pertenecer a
una gran comunidad.
Cuando nuestra fe nos cuesta algo estamos más cerca que nunca de la comunión con Jesucristo;
y, si participamos de la comunión de Sus padecimientos, también experimentaremos el poder de Su
resurrección.
LA LIBERACIÓN DEL MIEDO
DEL MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:26-31
Así que no les tengáis miedo; porque no hay nada que esté velado que no haya de ser
desvelado, ni nada escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a
la luz del día; lo que se os susurra al oído, proclamadlo desde las azoteas.
No les tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no el alma; temed más bien al
Que tiene poder para destruir tanto el cuerpo como el alma en la gehena.
¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una pesetas, y ni uno de ellos se posará en
el suelo sin que lo sepa vuestro Padre? Dios lleva la cuenta hasta de los pelos que tenéis en la
cabeza; así que no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.
Tres veces en este breve pasaje Jesús exhorta a Sus discípulos que no tengan miedo. El
mensajero del Rey tiene que tener una cierta intrepidez valerosa que le distinga de otras personas.
(i) La primera orden está en los versículos 26 y 27, y habla de una doble intrepidez.
(a) No tienen que tener miedo, porque no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni
escondido que no llegue a saberse. El sentido de esto es que la verdad triunfará. «Grande es la
verdad -decía un proverbio latino-, y prevalecerá.» Cuando Jaime VI de Inglaterra amenazó a
Andrew Melville con desterrarle o ahorcarle, la respuesta del reformador fue: « Tú no puedes
desterrar o ahorcar la verdad.» Cuando el cristiano se encuentra atacado por el sufrimiento, el
sacrificio y aun el martirio por su fe, debe recordar que llegará un día cuando se verán las cosas
como son en realidad; y entonces el poder del perseguidor y el heroísmo del testigo cristiano se
apreciarán en su justo valor, y cada uno recibirá su merecido.
(b) No tienen que tener miedo de proclamar con coraje el mensaje que han recibido. Lo que Jesús
les había dicho, tenían que decírselo a todo el mundo. Aquí en este versículo único (el 27) se
encuentra la verdadera función del predicador.
En primer lugar, el predicador debe escuchar; debe estar en el consejo secreto con Cristo, para
que en las horas tenebrosas Cristo le hable, y para que en la soledad Cristo le susurre al oído. Nadie
puede hablar por Cristo a menos que Cristo le haya hablado; nadie puede proclamar la verdad a
menos que haya escuchado a la verdad; porque nadie puede comunica a otros lo que no sabe.
En los grandes días en que la Reforma estaba llegando a nacer, Colet invitó a Erasmo a que fuera
a Oxford a dar una serie de conferencias sobre Moisés o Isaías; pero Erasmo sabía que no estaba
listo, y le mandó su respuesta: «Pero yo, que he aprendido a vivir conmigo mismo, y sé cuán escaso
es mi bagaje, no puedo pretender la preparación que se requiere para esa tarea, ni creo poseer la
fuerza de mente para resistir los celos de tantos que estarán ansiosos por mantener su propio
terreno. Esa campaña es tal que requiere, no un novato, sino un experto general. Ni tampoco quiero
que me consideres inmodesto por declinar una posición que sería más inmodesto aceptar. No estás
actuando sabiamente, Colet, al pedirle agua a una roca pómez, como decía Plauto. ¿Con qué cara
voy yo a enseñar lo que nunca he aprendido? ¿Cómo voy a calentar a otros cuando yo mismo estoy
tiritando de frío?»
En segundo lugar, el predicador debe hablar lo que Le ha escuchado a Cristo, y debe hablar
aunque lo que diga le granjee el odio de muchos; y aun si, por hablar, tiene que tomar su vida en sus
manos.
A la gente no le gusta la verdad; porque, como decía Diógenes, la verdad es como la luz para los
ojos irritados. Una vez estaba predicando Latimer en presencia del rey. Sabía que iba a decir algo
que al rey no le agradaría; así es que en el púlpito mantuvo un soliloquio consigo mismo: « ¡Latimer,
Latimer, Latimer! - se decía - Cuidado con lo que dices: El Rey Enrique VIII está aquí.» Hizo. una
pausa, y luego prosiguió: «¡Latimer, Latimer, Latimer! Ten cuidado con lo que dices. ¡El Rey de reyes
está aquí!»
El que tiene un mensaje habla a los hombres, pero habla en la presencia de Dios. Se dijo del gran
reformador escocés John Knox cuando le estaban enterrando: «Aquí yace uno que temía a Dios
tanto que nunca tuvo el más mínimo temor delante de ningún hombre.»
El testigo cristiano es alguien que no conoce el miedo, porque sabe que el juicio de la eternidad
corregirá los juicios del tiempo. El predicador y maestro cristiano es una persona que escucha con
reverencia y luego habla con coraje; porque sabe que, ya sea que escuche o que hable, está en la
presencia de Dios.
LA LIBERACIÓN DEL MIEDO
Y EL CORAJE DE LA JUSTICIA
DEL MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:26-31 (conclusión)
La segunda orden está en el versículo 28. Para decirlo sencillamente, lo que Jesús está diciendo
aquí es que ningún castigo que los hombres puedan imponer se puede comparar con el destino final
del que haya sido culpable de infidelidad y desobediencia a Dios. Es verdad que los hombres pueden
matar el cuerpo físico; pero Dios puede condenar a muerte el alma. Hay tres cosas en que debemos
fijarnos aquí.
(a) Algunas personas creen en lo que se llama inmortalidad condicional. Esta creencia sostiene
que la recompensa de la bondad es que el alma se eleva más y más hasta que es una con toda la
inmortalidad, la bienaventuranza y la bendición de Dios; y que el castigo del malvado que se niegue
a enmendar sus caminos a pesar de las llamadas de Dios es que su alma irá cayendo cada vez más
hasta que al final desaparezca y deje de ser. No podernos construir una doctrina basándonos en un
solo texto; pero eso es algo muy parecido a lo que Jesús está diciendo aquí.
Los judíos sabían que el castigo de Dios era algo terrible.
Porque Tú tienes potestad sobre la vida y la muerte. Y Tú guías hacia abajo hasta las puertas
del Hades; y otra vez de -vuelta hacia arriba. Pero, aunque el hombre puede matar en su
malignidad, sin embargó no puede traer de nuevo el espíritu que ha marchado, ni liberar al
alma que el Hades ha recibido.
(Sabiduría de Salomón 16:13s).
Durante los tiempos de las matanzas de la lucha de los Macabeos, los siete hermanos mártires se
animaban unos a otros diciendo: « No temamos al que cree que puede matar; porque gran lucha y
dolor del alma espera en el tormento eterno a los que quebrantan las ordenanzas de Dios.> (4
Macabeos 13:14s).
Haremos bien en recordar que los castigos y las recompensas de los hombres no son nada
comparados con los castigos que Dios puede imponer y las recompensas que puede otorgar.
(b) La segunda cosa que enseña este pasaje es que todavía hay lugar en la vida del cristiano para
lo que podríamos llamar un santo temor.
Los judíos conocían muy bien el temor de Dios. Una de sus historias rabínicas cuenta que rabí
Yojanán estaba enfermo. «Sus discípulos fueron a visitarle. Cuando los vio, empezó a llorar. Sus
discípulos le dijeron: "¡Oh lámpara de Israel, pilar de la mano derecha, maza poderosa! ¿Por qué
lloras?" Y él les contestó: "Si me llevaran a la presencia de un rey humano que hoy está aquí y
mañana está en la tumba, que, si estuviera airado conmigo, su ira no sería eterna; que, si me
metiera en la cárcel, no sería para toda eternidad; que, si me condenara a muerte, esa muerte no
sería para siempre, y a quien podría apaciguar con palabras o soborno de dinero... aun entonces
lloraría. Pero ahora, cuando voy a comparecer ante la presencia del Rey de reyes, el Santo, bendito
sea, Que vive y permanece por toda eternidad; Que, si está airado conmigo, Su ira es eterna; Que, si
me manda a la cárcel, será para toda eternidad; Que, si me condena a muerte, esa muerte será para
siempre, y á Quien no puedo apaciguar con palabras o con sobornos de dinero... Sí, y más que eso:
Cuando se extienden delante de mí dos caminos, uno que conduce al jardín del Edén y el otro a la
gehena, y no sé por cuál se me encaminará... ¿Y no he de llorar?">
No es que los pensadores judíos se olvidaran de que existe el amor, y de que el amor es lo más
grande que hay. «La recompensa de aquel cuyo móvil es el amor -decían- es doble y cuádruple.
Actúa por amor, porque no hay amor donde hay temor, o temor donde hay amor, excepto en relación
con Dios.» Los judíos siempre estuvieron seguros de que en la relación con Dios hay temor y amor.
«Teme a Dios y ama a Dios, la Ley dice ambas cosas; obra tanto por amor como por temor; por
amor porque, si odiaras, ningún amador odiaría; por temor porque, si cocearas, ningún temeroso
cocearía.» Pero los judíos nunca olvidaron -ni debemos olvidar nosotros- la absoluta santidad de
Dios.
Y para el cristiano el asunto es aún más convincente, porque nuestro temor no es a que Dios nos
castigue, sino a que nosotros podamos herir Su amor. El judío no estaba nunca en peligro de ver con
sensiblería el amor. de Dios, ni tampoco Jesús. Dios es amor, pero Dios es también santidad, porque
Dios es Dios; y debe haber un lugar en nuestros corazones y en nuestros pensamientos tanto para el
amor que responde al amor de Dios, como para el respeto, la reverencia y el temor que responden a
la santidad de Dios.
(c) Además, este pasaje nos dice que hay cosas que son peores que la muerte; la deslealtad es
una de ellas. Si uno es culpable de deslealtad, si compra la seguridad a expensas del deshonor, la
vida ya no es tolerable. No se puede dar la cara a los demás; no se puede dar la cara a uno mismo;
y, finalmente, uno no puede dar la cara a Dios. Hay veces en que la comodidad, la seguridad, la
tranquilidad,, la misma vida pueden costar demasiado caras.
LA LIBERACIÓN DEL MIEDO
DEL MENSAJERO DE REY:
¡DIOS. SE PREOCUPA!
Mateo 10:26-31 (conclusión)
(iii) La tercera orden de no tener miedo se encuentra en el versículo 31; y se basa en la certeza
del cuidado minucioso de Dios. Si Dios se cuida de los pajarillos, no cabe duda de que se cuidará de
las personas.
Mateo dice que dos pajarillos se venden por una peseta, y sin embargo ninguno de ellos cae al
suelo sin que Dios lo sepa. Lucas nos da este dicho de Jesús en una forma ligeramente diferente:
«¿No se venden cinco pajarillos por dos pesetas? ¡Pues Dios no se ha olvidado de ninguno de
ellos!» (Lucas 12:6). La punta es la siguiente: Dos pajarillos se vendían por una pesetas. (La moneda
que se menciona aquí era el assarion, que era una dieciseisava parte de un denarius; un denarius
sería aproximadamente ocho pesetas; así que el assarion sería media pesetas.) Pero si el
comprador estaba dispuesto a gastarse dos pesetas, le daban no cuatro pajarillos; sino cinco. Le
daban uno de propina como si no tuviera ningún valor. Dios se cuida aun del pajarillo que se da de
propina y que nadie considera que tiene ningún valor: Hasta el pajarillo olvidado Le es querido a
Dios.
La imagen es aún más pictórica. En este contexto, la palabra caer nos hace pensar naturalmente
en la muerte; pero lo más probable es que el texto griego sea traducción de un original arameo en el
que la misma palabra quiere decir posarse en el suelo. No es que Dios se fije solamente en el
pajarillo cuando cae muerto; es mucho más que eso: es que Dios se fija en el pajarillo cada vez que
se pasa y salta sobre el suelo. Así es que el razonamiento de Jesús es que, si Dios se cuida tan
constantemente de los pajarillos, cuánto más se cuidará de las personas.
También aquí los judíos entenderían lo que Jesús estaba diciendo. Ninguna otra nación tuvo
nunca una impresión comparable del cuidado detallado de Dios por Su creación. Rabí Janina decía:
< Ninguna persona se hace daño en un dedo aquí abajo a menos que así lo disponga Dios.» Hay un
dicho rabínico: < Dios se sienta y se pone a alimentar al mundo desde los cuernos del bisonte hasta
las liendres.» Hil.lel tiene una maravillosa interpretación del Salmo 136. Ese Salmo empieza
contando la historia, en poesía lírica, acerca del Dios que es el Dios de la creación, el Dios que hizo
los cielos y la Tierra, y el Sol y la Luna y las estrellas (versículos 1-9); luego pasa a contar la historia
del Dios que es el Dios de la Historia, el Dios que rescató a Israel de Egipto y que luchó en su favor
(versículos 11-24); y finalmente habla de Dios como el Dios «Que da sustento a toda carne»
(versículo 25). El Dios que hizo el universo y que controla la Historia de la humanidad es el Dios que
nos alimenta día a día. El origen de nuestro pan cotidiano es la obra de Dios tanto como la obra de la
creación y el poder salvador de la cautividad de Egipto. El amor de Dios por la humanidad no se ve
solamente en la omnipotencia. de la creación y en los grandes acontecimientos de la Historia; se ve
también en el cuidado que tiene a diario de los cuerpos de las personas.
El coraje del mensajero del Rey se funda sobre la convicción de que, pase lo que pase, nada le
puede arrastrar más allá del amor de Dios. Sabe que sus tiempos están siempre en las manos de
Dios; que Dios no le dejará ni le abandonará; que siempre está rodeado por el cuidado de Dios. Y si
es así, ¿de quién o de qué hemos de tener miedo?
LA LEALTAD DEL MENSAJERO DEL REY
Y SU RECOMPENSA
Mateo 10:32-33
Al que se declare como seguidor Mío ante sus semejantes, yo también le declararé como tal
delante de Mi Padre. Y al que niegue tener nada que ver conmigo ante los demás, Yo también
negaré lo mismo delante de Mi Padre.
Aquí se establece la doble lealtad de la vida cristiana. Si una persona es leal a Jesucristo en esta
vida, Jesucristo será leal con ella en la vida por venir. Si una persona está orgullosa de declarar que
Jesucristo es su Maestro, Jesucristo estará orgulloso de declarar que es Su servidora.
Es un hecho indudable de la Historia que si no hubiera sido por hombres y mujeres de la Iglesia
Primitiva que se negaron a negar a su Maestro arrostrando la muerte y la agonía, hoy no habría
Iglesia Cristiana. La Iglesia de hoy está construida sobre la inquebrantable lealtad de aquellos que se
mantuvieron firmes en la fe.
Plinio, el gobernador de Bitinia, escribe al emperador Trajano contándole como trataba a los
cristianos de su provincia. Delatores anónimos ofrecían información de que algunas personas eran
cristianas. Plinio cuenta que les daba a estas personas la oportunidad de invocar a los dioses de
Roma y de ofrecer vino e incienso a la imagen del emperador, y que les demandaba como prueba
final el maldecir el nombre de Cristo. Y entonces añade: « Se dice que a los que son de veras cris-
tianos no se les puede obligar a hacer estas cosas.» Hasta un gobernador romano confiesa su
impotencia para sacudir la lealtad de los que eran cristianos de veras.
Todavía le es posible a una persona negar a Jesucristo.
(i) Podemos negarle con nuestras palabras. Se dice de J. P. Mahaffy, el famoso erudito y hombre
de mundo de Trinity College, Dublín, que cuando le preguntaban si era cristiano, respondía: «Sí,
pero no agresivamente.» Quería decir que no permitía que su cristianismo interfiriera con la sociedad
que frecuentaba y el placer que amaba. Algunas veces les decimos a los demás, puede que no con
todas las palabras, que somos miembros de iglesia pero que no nos preocupa mucho la cosa; que
no pretendemos ser diferentes de los demás; que estamos dispuestos a participar de todos los
placeres del mundo, y que no esperamos que nadie se preocupe de respetar los vagos principios
que tengamos.
El cristiano no puede nunca evadir el deber de ser diferente del mundo. Nuestro deber no es
amoldarnos al mundo, sino transformarnos en algo distinto de él.
(ii) Podemos negarle con nuestro silencio. Un escritor francés cuenta la llegada de una esposa
joven a una vieja familia.
La vieja familia no había dado su conformidad al matrimonio, aunque eran tan convencionalmente
corteses que nunca expresaban sus objeciones con palabras o críticas. Pero la joven esposa dijo
después que le habían hecho desgraciada la vida con « la amenaza de lo que no se decía.»
Puede haber tal cosa como la amenaza de lo que no se dice en la vida cristiana.
Una y otra vez la vida nos ofrece oportunidad para decir algo de Cristo, para denunciar algún mal,
para asumir alguna posición y para mostrar de qué parte estamos. Una y otra vez en tales ocasiones
es más fácil guardar silencio que hablar. Pero guardar silencio es negar a Jesucristo. Probablemente
es cierto
que hay más personas que niegan a Cristo con un silencio cobarde que expresamente con palabras.
(iii) Podemos negarle con nuestras acciones. Podemos vivir de tal manera que nuestra vida sea
una negación continua de la fe que profesamos.
El que ha rendido pleitesía al Evangelio de la pureza puede que sea culpable de toda clase de
deshonestidades mezquinas y de quebrantamiento del honor estricto. El que se ha comprometido a
seguir al Maestro que le mandó tomar una cruz puede que viva una vida dominada por el cuidado de
su propia tranquilidad y comodidad. El que ha entrado al servicio de Aquel Que perdonaba y Que
mandaba a Sus seguidores perdonar, puede que viva una vida de amargura y resentimiento y
desavenencia con los demás. El que ha fijado sus ojos en el Cristo que murió por amor a la
humanidad puede que viva una vida en la que el servicio y el amor y la generosidad de Cristo brillen
solamente por su ausencia. En la conferencia de Lambeth de 1948 se compuso una oración
especial:
Todopoderoso Dios: concédenos Tu gracia para que seamos no solamente oidores sino
hacedores de. Tu santa palabra; para que no solamente admiremos sino obedezcamos Tu
doctrina; no solamente profesemos, sino practiquemos Tu religión; no solamente amemos, sino
vivamos Tu Evangelio. Concédenos que lo que aprendemos de Tu gloria podamos recibirlo en
nuestros corazones y mostrarlo en nuestras vidas. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Esta es una oración que bien podemos recordar y usar continuamente cada uno de nosotros.
LA GUERRA DEL MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:34-39
No creáis que he venido a traer la paz a la Tierra: no he venido a traer la paz, sino la
espada. He venido a poner a un hombre en desacuerdo con su padre, a una hija con su madre,
a una nuera con su suegra... y los enemigos de una persona serán los miembros de su propia
familia. El que ame a su padre o a su madre más que a Mí, no merece ser Mi seguidor; y el que
no tome su cruz y Me siga, no merece ser Mi seguidor. El que piense en encontrar la vida será
el que la pierda; y el que pierda la vida por causa de Mí será el que la halle.
En ningún otro pasaje se despliega más claramente que en éste la absoluta honestidad de Jesús.
Aquí coloca el listón de la demanda cristiana en lo más alto y menos asequible. Dice a los suyos
exactamente lo que pueden esperar si aceptan la comisión de mensajeros del Rey. Jesús ofrece
.aquí en este pasaje cuatro cosas.
(i) Ofrece la guerra; y en esa guerra sucederá a menudo que los enemigos de una persona serán
los de su propia casa.
El caso es que Jesús estaba usando un lenguaje que les era perfectamente familiar a los judíos.
Los judíos creían que una de las características del Día del Señor, el día en que Dios intervendría en
la Historia, sería la división de las familias. Los rabinos decían: «En el tiempo cuando venga el Hijo
de David, una hija se levantará contra su madre, una nuera contra su suegra.» « El hijo desprecia al
padre, la hija se rebela contra su madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos de un hombre
son los de su propia familia.» Es como si Jesús dijera: «El fin que habéis estado esperando ha
llegado, y la intervención de Dios en la Historia ya está dividiendo las familias y los grupos y los
hogares.»
Cuando surge una gran causa, la gente se divide irremisiblemente; no se puede evitar que haya
quienes acepten, y quienes rechacen el desafío. El encontrarse cara a cara con Jesús supone tener
que decidir si se Le acepta o se Le rechaza; y el mundo siempre estará dividido entre los unos .y los
otros.
Lo más amargo de esta guerra era que los enemigos de una persona fueran los de su propia
casa. Puede suceder que el amor que uno tenga a su esposa y a su familia le haga renunciar a
alguna gran aventura, a algún curso de servicio, a alguna llamada al sacrificio; ya sea porque no se
quiere separar de ellos o porque no quiere someterlos a ningún peligro.
T. R. Glover cita una carta de Oliver Cromwell al lord Wharton del 1 de enero de 1649, y Cromwell
tenía en mente la sospecha de que Wharton estuviera tan unido a su esposa y hogar que se negara
a escuchar la llamada a la aventura y a la lucha y decidiera quedarse en casa: «Mis respetos a la
querida señora; querría que no la convirtieras en una tentación mayor de lo que es. Guárdate- de
.todos los parientes. Las misericordias no deben ser tentaciones; pero a veces es en eso en lo que
las convertimos.»
A veces sucede que uno desoye la llamada de Dios a algún servicio arriesgado porque se deja
inmovilizar por los lazos familiares. Esta es una disyuntiva frecuente. Puede que uno pase por la vida
sin tener que arrostrarla; pero es un hecho que es posible que los más queridos se conviertan en los
peores enemigos si son ellos los que de alguna, manera le impiden a uno hacer lo que Dios quiere
que haga.
(¡¡¡),Les ofrece una elección; y una persona tiene que escoger a veces entre los lazos más íntimos
de la Tierra y la lealtad a Jesucristo.
Bunyan experimentó dramáticamente este dilema. Lo que más le angustiaba en la cárcel era el
efecto que tendría en su esposa e hijos. ¿Qué sería de ellos, privados de su apoyo? < El separarme
de mi mujer y de mis pobres hijitos se me hacía en este lugar algo tan desgarrador como si me
arrancaran la carne de los huesos; y eso, no sólo porque aprecio en gran manera esas bendiciones,
sino también porque me venían a menudo a la mente las muchas dificultades, miserias y
necesidades que tendría que soportar mi pobre familia si me separaran de ella, especialmente mi
pobre hijita ciega, que pesaba en mi corazón más que todo lo demás. ¡Oh, la idea de las
adversidades que tendría que pasar mi cieguecita me destrozaba el corazón... ! Pero, volviendo en
mí, pensé que lo tenía que aventurar todo por Dios, aunque fuera como separar la uña de la carne.
¡Oh, al verme en esta condición me comparaba con un .hombre que estuviera derribando su casa
encima de su esposa e hijos! Pero pensé: Lo tengo que hacer, lo tengo que hacer.» Es verdad que
esta terrible disyuntiva no es muy frecuente; por la misericordia de Dios, puede que no se nos
presente nunca a muchos de nosotros; pero sigue siendo un hecho que todas las lealtades deben
ceder el paso a la lealtad a Dios.
EL PRECIO DE SER
UN MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:34-39 (conclusión)
(iii) Jesús ofrece una cruz. Los habitantes de Galilea sabían muy bien lo que era una cruz. Cuando
el general romano Varo aplastó el levantamiento de Judas el Galileo, crucificó a dos mil judíos;
colocando las cruces al borde de todas las carreteras que conducían a Galilea. En la antigüedad, los
criminales llevaban a cuestas el travesaño de la cruz al lugar de la ejecución, y los hombres a los
que hablaba Jesús habían visto a los reos marchar tambaleándose bajo el peso de las cruces y
muriendo en agonía sobre ellas.
Los grandes hombres cuyos nombres están en el cuadro de honor de la fe sabían muy bien lo que
estaban haciendo. Después de ser juzgado -en el castillo de Scarborough, George Fox escribió: «Y
los oficiales me amenazaban a menudo con que me iban a ahorcar en la muralla... hablaban mucho
de ahorcarme. Pero yo les dije que si eso era lo que querían, y los dejaban hacerlo, yo estaba
preparado.» Cuando trajeron a Bunyan a presencia del magistrado, dijo: «Señor, la ley de Cristo
ofrece dos formas de obediencia: la una, hacer lo que creo en conciencia que estoy obligado a
hacer, activamente; y cuando no puedo obedecer activamente, estoy dispuesto a yacer y sufrir lo que
me hayan de hacer.»
El cristiano puede que tenga que sacrificar sus ambiciones personales, la tranquilidad y la
comodidad que podría haber disfrutado, la carrera que podría haber completado; puede que tenga
que renunciar a sus sueños, puede que tenga que darse cuenta de que las cosas luminosas que
había vislumbrado no serían nunca para él. Seguramente tendrá que sacrificar su voluntad, porque
ningún cristiano puede nunca hacer lo que a él le agrade; tiene que hacer lo que a Cristo Le agrada.
En el Cristianismo hay siempre una cruz, porque por eso es la religión de la Cruz.
(iv) Jesús ofrece aventura..Les dijo que el que encuentra su vida es el que la pierde; y el que la
pierde, - la encuentra.
Una y otra vez eso ha sido verdad en el sentido más literal. Siempre ha sido verdad que muchas
personas hubieran podido salvar la vida fácilmente; pero, si la salvaban, la habrían perdido, porque
nunca habría oído nadie hablar de ellos, y habrían perdido el lugar que- ocupan en, la Historia..
Epicteto decía de Sócrates: «Muriendo, se salvó, porque no huyó.» Podría haber salvado la vida;
pero en ese- caso, el verdadero Sócrates habría muerto, y no se le habría recordado. Cuando
acusaron a Bunyan de negarse a acudir a los cultos de la religión oficial y de celebrar reuniones
prohibidas por su cuenta, pensó muy en serio si su deber era salir huyendo para salvar la vida, o
mantenerse firme en lo que creía que era la verdad. Como todo el mundo sabe, escogió esto último.
T. R. Glover concluye su estudio sobre Bunyan manifestando: « Y suponiendo que le habían comido
el coco, y que él había dado su consentimiento a dejar de "abstenerse perniciosa y diabólicamente
de ir a la iglesia para escuchar el culto divino," y dejar de ser "promotor de ciertas reuniones ilegales
y conventículos que causaban gran confusión y desviación a los buenos ciudadanos del reino contra
las leyes de nuestro soberano señor el rey", Bedford habría preferido mantener a un quinqui antes
que a él -y posiblemente no uno- de los mejores, porque no hay nada que demuestre que los
renegados resultan buenos pensadores-; pero ¿cuánto habría perdido Inglaterra?»
No hay lugar para una táctica de seguridad en la vida cristiana. El que busca en primer lugar la
tranquilidad y la comodidad y la seguridad y el cumplimiento de sus ambiciones personales, puede
que obtenga todo eso, pero no será un hombre feliz; porque vino a este mundo para servir a Dios y a
sus semejantes. Uno puede amasar la vida, si es eso lo que quiere; pero de esa manera perderá
todo lo que hace valiosa la vida para los demás, y digna de vivir para sí mismo. El camino del
servicio a sus semejantes, el camino de cumplir el propósito de Dios en nuestra vida, el camino de la
verdadera felicidad consiste en gastar la vida generosamente, porque sólo así podemos encontrar la
vida, aquí y en el más allá.
LA RECOMPENSA DE LOS QUE
RECIBEN AL MENSAJERO DEL REY
Mateo 10:40-42
El que os reciba a vosotros es como si Me recibiera a Mí en persona; y el que Me reciba a
Mí, recibirá realmente al Que Me envió. El que reciba a un profeta como tal, recibirá la
recompensa de un profeta; y el que reciba a un hombre justo como lo que es, recibirá la
recompensa de un hombre justo. Y el que le dé a uno de estos pequeñitos un trago de agua
fresca porque es Mi discípulo y esto que os digo es la pura verdad no se quedará sin su
recompensa.
Cuando Jesús dijo esto, estaba hablando de una manera que era comente entre los judíos. Los
judíos creían que el recibir al enviado o mensajero de una persona era como recibir a la misma
persona. El hacer los honores a un embajador era lo mismo que hacérselos al rey que le había
enviado. El recibir con amor al mensajero de un amigo era lo mismo que recibir al amigo mismo. Los
judíos siempre creyeron que el honor que se hacía al representante de una persona era el mismo
que el honor que se hacía a la persona cuyo era el representante. Esto era particularmente cierto en
relación con los sabios y con los que enseñaban la verdad de Dios. Los rabinos decían: « El que da
hospitalidad a los sabios es como si trajera las primicias de sus frutos a Dios.» «El que recibe con
afecto a los instruidos es como si recibiera a Dios.» Si uno es un verdadero hombre de Dios, el
recibirle es recibir al Dios que le envió.
Este pasaje define los cuatro eslabones de la cadena de la salvación. (i) Está Dios, en Cuyo amor
empezó todo el proceso de la salvación. (ii) Está Jesús, Que trajo ese mensaje a la humanidad.
(iii) Está el mensajero humano, el profeta que habla, el hombre bueno que es un ejemplo, el
discípulo que aprende, quienes a su vez pasan a otros la buena noticia que han recibido. (iv) Está
el creyente que recibe a los hombres y el mensaje de Dios y que así encuentra la vida para su
alma. Aquí hay algo muy precioso para toda alma sencilla y humilde.
(i) No todos podemos ser profetas, y predicar y proclamar la palabra de Dios, pero el que ofrece al
mensajero de Dios el sencillo don de la. hospitalidad recibirá no menos recompensa que el mismo
profeta. Hay muchas personas que han sido grandes figuras públicas; hay muchas personas cuya
voz ha inflamado los corazones de millares; hay muchas personas que han asumido una carga casi
insoportable de responsabilidad y servicio público, todas las cuales habrían dado testimonio con
gusto de que no podrían haber sobrevivido al esfuerzo y las exigencias de su tarea si no hubiera sido
por el amor y el cuidado y la simpatía y el servicio de alguien en casa de quien el público no sabía
nada. Cuando la verdadera grandeza se mida a los ojos de Dios se verá una y otra vez que la
persona que movió el mundo dependía totalmente de otra que, por lo que concierne al mundo, era
una desconocida. Hasta el profeta tiene que tomar el desayuno, y que su ropa esté lista. Que las que
tienen la ingrata tarea de hacer un hogar, preparar comidas, lavar la ropa, hacer la compra, cuidar de
los niños... no lo consideren una rutina o un aburrimiento. Es la mayor tarea de Dios; y será más
probable que reciban la recompensa del profeta ellas que otros cuyo horario está lleno de reuniones
de comités y cuyos hogares son inhóspitos.
(ii) No todos podemos ser ejemplos luminosos de bondad; no todos podemos descollar a los ojos
del mundo por nuestra integridad; pero la persona que ayuda a una persona buena a ser buena
recibe la recompensa de una persona buena.
H. L. Gee tiene una historia preciosa. Había un chico en una aldea que, después de una gran
lucha, llegó al ministerio pastoral. El que le ayudó en sus estudios era el zapatero de la aldea. El
zapatero, como muchos de su profesión, era un hombre muy leído y buen pensador, y había hecho
mucho por el otro. A su debido tiempo el joven fue ordenado. Y ese día el zapatero le dijo: < Siempre
he deseado ser ministro del Evangelio, pero las circunstancias de mi vida lo hicieron imposible. Pero
tú estás logrando lo que estuvo cerrado para mí; y quiero que me prometas una cosa: Quiero que me
permitas hacer y arreglar tus zapatos, sin pagarme nada, y que te los pongas para subir al púlpito a
predicar; y entonces yo sabré que estás predicando el Evangelio que yo siempre quise predicar con
mis zapatos puestos.» (En inglés «estar en los zapatos de otro» es como en español «estar en el
pellejo de otro».) El zapatero estaba sirviendo a Dios lo mismo que el predicador, y su recompensa
sería un día la misma.
(iii) No todos podemos enseñar a un niño; pero hay maneras de servir al niño que nos son
asequibles a todos. Puede que no tengamos ni los conocimientos ni la técnica para enseñar, pero
hay que hacer otras muchas cosas sencillas sin las cuales el niño no podría vivir. Puede que en este
pasaje no sea en los niños en edad en los que Jesús está pensando sino en los niños en la fe.
Parece muy probable que los rabinos llamaban a sus discípulos los pequeñitos. Puede que no
podamos enseñar en el sentido técnico y académico; pero hay una enseñanza mediante la vida y el
ejemplo que hasta la persona más sencilla puede impartir a los demás.
(iv) La gran belleza de este pasaje está en su insistencia en cosas sencillas. La Iglesia y Cristo
siempre necesitarán grandes oradores, ejemplos luminosos de santidad, grandes maestros, cuyos
nombres se conocerán en todos los hogares; pero la Iglesia y Cristo siempre necesitarán también a
aquellos en cuyos hogares se ofrece hospitalidad, cuyas manos están siempre dispuestas a los
servicios que hacen un hogar, y de cuyos corazones fluye el cuidado que es esenencial en el amor
cristiano; y, como decía la señora Browning: «Todo servicio cuenta igual para Dios.»
EXTRAÍDO DE buscadoresdedios.es

