CAPITULO 21
MATEO 21:1–11
1 Y cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al Monte de los Olivos, Jesús envioa dos discípulos, 2 diciéndoles: “Entrad en la aldea que está enfrente de vosotros, donde en seguida encontraréis una burra atada y un burrito con ella. Desatadlos y traédmelos. 3 Y si alguien os dice algo, le diréis: ‘El Señor los necesita’, e inmediatamente los dejará ir”. 4 Esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
5 “Decid a la hija de Sion, Mira, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado en una burra, aun sobre un burrito, hijo de animal de carga”.
6 Así que los discípulos fueron e hicieron como Jesús les había encargado. 7 Trajeron la burra y el burrito, y pusieron sobre ellos sus mantos sobre los cuales él se sentó. 8 La mayoría de la multitud tendía sus mantos en el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían en el camino. 9 Entonces las multitudes que caminaban delante de él y los que (lo) seguían comenzaron a gritar:
“Hosanna al Hijo de David; Bendito (es) aquel que viene en el nombre del Señor; Hosanna en las alturas”.
10 Y cuando él entró en Jerusalén toda la ciudad se conmovió, diciendo: “¿Quién es éste?” 11 Y las multitudes respondían: “Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”.
21:1–11 La entrada triunfal en Jerusalén Cf. Mr. 11:1–11; Lc. 19:28–38; Jn. 12:12–19
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La semana de la pasión, que fue seguida por la resurrección, comienza aquí. Mateo nos ha informado que Jesús dejó Perea, cruzó el Jordán y en Jericó restauró la vista a dos ciegos. Desde Jericó el grupo se encaminó hacia Jerusalén, como Mateo también había informado (20:17, 18). Por razones bien fundadas se puede suponer que llegaron a Betania—el hogar de Simón el leproso, Lázaro, María y Marta—antes de la puesta de sol del viernes, que en el día de reposo (viernes desde la puesta del sol hasta la puesta del sol del sábado) Jesús disfrutó del reposo sabático con sus amigos, que en la noche del sábado se dio una cena en su honor, y que al día [p 798] siguiente, siendo domingo, ocurrió la entrada triunfal en Jerusalén.718
Esta entrada triunfal fue un acontecimiento de importancia sobresaliente. Nótese lo siguiente:
1. Por medio de ella, Jesús deliberadamente provoca una demostración. Comprende cabalmente que, como resultado, el entusiasmo de las masas enfurecerá a los líderes hostiles de Jerusalén, de modo que más que nunca desearán llevar a cabo su conspiración contra él.
2. Jesús obliga a los miembros del Sanedrín a cambiar su programa de modo que armonice con el suyo (y del Padre). El entusiasmo de las multitudes con respecto a Jesús precipitará la crisis.
3. Por medio de su entrada triunfal Jesús cumple la profecía mesiánica de Zac. 9:9. Cuando la gente lo aclama como el Hijo de David, esto es, el Mesías, él no trata de refrenarlos.
4. Sin embargo, él también muestra a las multitudes qué clase de Mesías es, a saber, no el mesías terrenal de los sueños de Israel, aquel que hace la guerra al opresor terrenal, sino aquel que vino a promover y a establecer “las cosas que contribuyen a la paz” (Lc. 19:42), la paz duradera: reconciliación entre Dios y el hombre, y entre el hombre y sus semejantes. En consecuencia, Jesús entra en Jerusalén montado en un pollino, engendro de una asna, un animal asociado no con los rigores de la guerra sino con las actividades de la paz, porque él es el Príncipe de Paz (Is. 9:6). Pero el pueblo en general, con sus mentes llenas de ideas terrenales acerca del que había de venir, no comprendió ni apreció esto. Al aclamarlo como el Mesías estaban en lo correcto; los fariseos, principales sacerdotes y escribas (Mt. 21:15, 16; Lc. 19:39, 40) estaban equivocados. Pero al esperar que este Mesías se revelara a sí mismo como un Mesías político y terrenal, los que gritaban Hosanna estaban tan equivocados como sus líderes. Los que en cualquier forma rechazaron a Cristo estaban cometiendo un delito, pero los que lo “aceptaban” exteriormente y lo aclamaban estaban también haciéndole una enorme injusticia, porque no lo aceptaron por lo que realmente era. Su error trágico fue cometido con resultados horribles para ellos mismos. Así que no es sorprendente que Lucas describa a un Rey que llora en medio de una multitud que aclama (19:39–44), ni es extraño que un poco después, cuando las multitudes comienzan a darse cuenta que Jesús no es el tipo de Mesías que habían esperado, dirigidos por sus líderes griten “¡Crucifica(le)!”
A fin de poder apreciar el relato de Mateo de esta entrada triunfal y los acontecimientos inmediatamente siguientes (21:1–17) probablemente sea mejor que en primer lugar veamos toda la historia en forma de bosquejo. Reuniendo todos los relatos (Sinópticos y Juan) resulta el siguiente resumen.
[p 799] Domingo 1. Mt. 21:1–3, 6, 7a; Mr. 11:1–7a; Lc. 19:28–35a; Jn. 12:2, 12:
Al salir de Betania Jesús envía a dos de sus discípulos a una pequeña aldea, Betfagé. Les da detalladas instrucciones para que traigan de allá un pollino, sobre el cual piensa montar para entrar en Jerusalén. Mateo señala que había dos animales, un pollino y su madre, pero
718 Véase pruebas del hecho de que esta cronología es razonable, en C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 441–443.
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parece más adelante que Jesús usa solamente el pollino. Los discípulos cumplieron el encargo de Jesús con éxito.
2. Mt. 21:4, 5, 7b; Mr. 11:7b; Lc. 19:35b; Jn. 12:14, 15:
Los discípulos ponen sus mantos sobre ambos animales, y cuando queda en claro que Jesús desea montar sobre el pollino, le ayudan a hacerlo. Jesús comienza a cabalgar hacia Jerusalén. Juan y Mateo ven en este acontecimiento un cumplimiento de la profecía de Zac. 9:9.
3. Mt. 21:8; Mr. 11:8; Lc. 19:36:
Muchos de los que acompañan a Jesús desde Betania tienden sus mantos en el camino, a su paso. Otros cortan ramas de los árboles y con ellos cubren el camino delante de él.
4. Jn. 12:1, 12, 13a, 18:
Mientras tanto, la caravana de peregrinos que había llegado a Jerusalén con anterioridad y que había oído que Jesús había resucitado a Lázaro de entre los muertos y que se dirigía a la ciudad, se precipita por la puerta oriental para salir a encontrarlo. Con ramas cortadas de las palmeras avanza por el camino para dar la bienvenida al Mesías.
5. Mt. 21:9; Mr. 11:9, 10; Lc. 19:37, 38; Jn. 12:13b:
Al reunirse las dos multitudes, el entusiasmo aumenta. La multitud que lo acompaña incluye a los Doce, una muchedumbre de Betania, peregrinos de Galilea y Perea, y aun algunos fariseos hostiles.
Al descender por la ladera occidental del Monte de los Olivos, y al acercarse a Jerusalén, todos (con la excepción de los fariseos hostiles) comienzan a gritar: “Hosanna al Hijo de David ...”
6. Jn. 12:17:
Los que habían sido testigos de la resurrección de Lázaro siguen dando testimonio. Resultado: la animación llega a un clímax.
7. Lc. 19:39, 40:
Los fariseos, al oír las aclamaciones, están fuera de sí de envidia y piden a Jesús que las detenga: “Maestro, ¡reprende a tus discípulos!” Jesús responde: “Os digo que si estos callan, las mismas piedras gritarían”.
8. Lc. 19:41–44:
Cuando, repentinamente, la ciudad aparece ante su vista, comprendiendo cabalmente que mucha de la alabanza que ha estado recibiendo es superficial y está basada en su identificación con un esperado Mesías terrenal y político, Jesús se pone a llorar en voz alta. Ante sus ojos proféticos aparece la visión de Jerusalén como ciudad sitiada, rodeada por las legiones [p 800] romanas. En un gemido de amargo lamento, exclama: “¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos ...”
9. Mt. 21:10, 11; Mr. 11:11, 12:
Cuando Jesús entra en Jerusalén, la ciudad entera se agita. Todos los que se habían quedado atrás, al ver que alguien se acerca rodeado por una gran multitud y entra en la ciudad cabalgando en un asno, preguntan: “¿Quién es éste?” Les responden: “Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. Al anochecer, Jesús vuelve a Betania con sus discípulos.
Lunes y después
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10. Mt. 21:12–14; Mr. 11:15–17; Lc. 19:45–47: Jesús purifica el templo y (según Mateo) sana a ciegos y cojos. 11. Mt. 21:15, 16:
Los niños en el templo comienzan a gritar: “Hosanna al Hijo de David”. Los principales sacerdotes y escribas, en su furia, preguntan a Jesús: “¿No oyes lo que éstos están diciendo?” Jesús responde: “Sí, ¿nunca habéis leído: ‘De la boca de los pequeños y de los que maman preparaste la alabanza para ti mismo’?”
12. Jn. 12:19:
Los fariseos, llenos del espíritu de frustración, envidia y enojo, se dicen entre sí: “Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se ha ido tras él”.
13. Mt. 21:17: Al anochecer Jesús y los doce regresan a Betania para pasar allí la noche. 14. Jn. 12:16:
No fue hasta que Jesús hubo sido glorificado que los discípulos, al mirar hacia el pasado y dar vueltas a estas cosas en la mente, comprenden que la entrada triunfal era el cumplimiento de la profecía.
De los catorce elementos que entran en la composición de este relato armonizado, Mateo tiene ocho (los puntos 1, 2, 3, 5, 9, 10, 11 y 13). Al hacer la lista de estos catorce puntos no se pretende que el orden en que fueron presentados es necesariamente en cada caso el exacto orden cronológico en que ocurrieron. Sin embargo, el orden presentado probablemente no esté muy lejos de los verdaderos hechos de la historia.
1, 2. (véase No 1 en la p. 799) Y cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: Entrad en la aldea que está enfrente de vosotros, donde en seguida encontraréis una burra atada y un burrito con ella. Desatadlos y traémelos. Este domingo, habiendo partido de Betania, aldea situada poco más de tres kilómetros al este de Jerusalén y sobre la ladera oriental del Monte de los Olivos (Jn. 11:18), Jesús y sus discípulos se aproximaban a Betfagé (“casa de higos no maduros”). El Monte de los Olivos es un cerro redondeado que está al noreste de Jerusalén. En su punto más alto se eleva a [p 801] más de 800 metros sobre el nivel del mar, más de ochenta metros por sobre la colina en que se construyó el templo. El “monte” tiene cuatro cumbres, conocidas (de norte a sur) como Karem, Ascensión, de los Profetas y (Monte de) la Ofensa. Cuando se cuentan como una sola la segunda y tercera, hay tres cumbres, y la segunda, contada en esta forma es la que a veces se llama “Monte de los Olivos propio”. Entre la ladera occidental del Monte de los Olivos y la ciudad está el valle del arroyo invernal de Cedrón. Véase C.N.T. sobre Jn. 18:1. Bien podría ser que desde la ladera oriental de la cumbre de la Ascensión haya enviado Jesús a dos de sus discípulos. Ya no se conoce la ubicación exacta de Betfagé, pero debe haber estado muy cerca (¿al noroeste?) de Betania, como parece indicar una comparación de 21:1 con Mr. 11:1; Lc. 19:29. “Entrad en la aldea que está enfrente de vosotros” sin dificultad puede ser interpretado como que significa “allí mismo delante de vosotros”.719
Dijo a los dos discípulos que en la entrada misma de la aldea (Mr. 11:2), por eso “en seguida” de llegados a ella, encontrarían una burra atada y su burrito con ella. Considerando
C.N.T. G. Hendriksen, Comentario del Nuevo Testamento 719 Véase más información sobre el Monte de los Olivos, Betfagé y Betania en M. C. Tenney (editor), The Zondervan Pictorial Bible Dictionary, artículos “Bethany” (p. 107), “Bethphage” (p. 112) y “Olives, Mount of” (pp. 607, 608); en castellano, Diccionario Ilustrado de la Biblia, artículos “Betania” (p. 78), “Betfagé” (p. 80) y “Olivos, Monte de los” (p. 463); y L. H. Grollenberg, op. cit., mapas 24 (p. 96), 33 (p. 115), y 34 (p. 116); láminas 192 (p. 69) y 326 (p. 113).
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el hecho de que Marcos y Lucas mencionan solamente el burrito, los críticos ven aquí otra “contradicción en los Evangelios”. Se sostiene que Mateo a. malinterpretó Zac. 9:9, como si el profeta quisiera decir “sobre una burra y sobre un burrito ...”; y b. cambió lo que relata Marcos poniendo dos animales en lugar de uno y describiendo a Jesús como que cabalga sobre dos burros al mismo tiempo (Mt. 21:7b), en armonía con la predicción. Respuesta: a. Mateo, el judío, probablemente estaba más familiarizado con el paralelismo hebreo que sus críticos. Sabía que la conjunción hebrea permitía la traducción “aun” tanto como “y”. Tampoco dependía completamente del Evangelio de Marcos. ¿No era uno de los Doce? Además, ¿hubiera sido un acto de bondad hacia el burrito separarlo de su madre, y hacerlo antes que Jesús estuviera montado en él? Y b. El v. 7 dice literalmente: “Ellos trajeron la burra y el (o: su) burrito, y pusieron sobre ellos los (quiere decir: sus) mantos y él se sentó en ellos”. El antecedente más cercano del último “ellos” es “mantos”, y no “la burra y su burrito”. Además, en realidad ¿debemos suponer que el evangelista era tan necio como para describir a Jesús cabalgando en dos animales al mismo tiempo? El v. 7b ciertamente permite la traducción: “y pusieron sobre ellos sus mantos sobre los cuales él se sentó”.720
[p 802] No sabemos cómo fue que Jesús sabía de este burrito y su madre—si fue debido a la unión de su naturaleza divina con la humana, o sencillamente por medio de una información recibida en forma natural por parte de los dueños. Una cosa sabemos: que cuando ordena que los dos discípulos desaten los animales y se los traigan, está ejerciendo su derecho de requisición de cualquier cosa que sea necesaria para el cumplimiento de su tarea mediadora.
Esto queda aun más claro en el v. 3 (incluido también en el punto 1 de p. 799). Y si alguien os dice algo, le diréis: El Señor los necesita, e inmediatamente los dejará ir. Nótese especialmente que aquí Jesús está usando el título “Señor” para designarse a sí mismo (véase Mt. 11:27; 28:18). Es claro, por lo tanto, que este epíteto no fue una invención de la iglesia primitiva después de la ascensión de Jesús. Tampoco fue algo tomado de una cultura no cristiana. ¡Salió de la boca misma de Jesús!721 Nótese también “el” Señor, no simplemente “vuestro” Señor; más bien, el Señor de todo con el derecho de reclamarlo todo para su uso. Jesús predice que cuando se haga saber su pedido por boca de los dos hombres, los dueños inmediatamente dejarán ir los animales. Estos dueños deben haber sido amigos y seguidores del Señor.
Antes que Mateo siquiera informa a sus lectores cómo les fue a los dos discípulos, señala este acontecimiento como el cumplimiento de una profecía: 4, 5. (No. 2, p. 799) Esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
Decid a la hija de Sion, Mira, tu Rey viene a ti, Manso, y montado en una burra, aun sobre un burrito, hijo de animal de carga.722
720 En cuanto a una declaración de los que acusan a Mateo de torcer la Escritura véase S. V. McCasland, op. cit., p. 145. Para una excelente refutación del punto de vista de que aquí Mateo deliberadamente alteró el relato, véase R. V. G. Tasker, The Gospel according to St. Matthew, Grand Rapids, 1961, p. 198. 721 J. G. Machen, The Origin of Paul’s Religion, 1947, pp. 296, 297 hace un uso adecuado de este argumento para sostener su posición de que la “religión” de Pablo fue derivada de Jesús mismo.
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Las principales variantes del original hebreo (Zac. 9:9) son: a. Mateo omite “justo y victorioso es él”. La idea “cabalgando hacia la victoria” está implícita ciertamente en este
acontecimiento, por que el evangelista está describiendo “la entrada triunfal de Cristo” (cf. Sal. 45:4; Ap. 6:2; 17:14). Sin embargo, el énfasis está en el modo en que se ha obtenido esta victoria, a saber, por medio de métodos pacíficos, porque al jinete se describe como manso. ¿Quizás esto explique la omisión?
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[p 803] Acerca de “para que se cumpliese” véase sobre 1:22, 23.723
La hija de Sion es Jerusalén, esto es, Israel, siendo solamente “el verdadero Israel” el que puede entender la significación de esta entrada triunfal, y aun entonces no en forma completa sino hasta algún tiempo después. Cf. Jn. 12:16. “Mira, tu Rey viene a ti” es el mensaje gozoso dirigido a la hija de Sion. Este Rey difiere en respectos muy importantes de otros reyes:
a. Este es “tu” Rey, tu propio rey. No es un rey extranjero ni un rey dado a su propio enriquecimiento a expensas del pueblo, sino uno que ha sido comisionado para buscar y salvar. El “viene a ti”, esto es, a beneficiarte.
b. En línea con esto está el hecho de que este Rey es manso, dulce, apacible, lleno de gracia. Véanse sobre 11:29; 12:19, 20; 20:25–28; Jn. 13:14, 15, 34, 35; 19:36, 37. Esto también explica por qué monta un burrito que nunca antes había sido montado (Mr. 11:2b), no un fogoso corcel de guerra, ni un brioso potro blanco.
c. Este Rey no es el cumplimiento de los sueños de los hombres sino de una profecía mesiánica específica: Zac. 9:9. Véase también Is. 6:6. Es grande y a la vez humilde, tanto excelso como sencillo. El es Quien en este acto mismo está cabalgando ... hacia su muerte, y así a la victoria, una victoria no solamente para sí mismo sino también para su verdadero pueblo, los que creen en él.
6, 7. (No. 1 y 2, pp. 799) Así que los discípulos fueron e hicieron como Jesús les había encargado. Trajeron la burra y el burrito, y pusieron sobre ellos sus mantos, sobre los cuales él se sentó. Todo sucedió exactamente como Jesús había predicho. Los discípulos encontraron el burrito y su madre en el lugar indicado por el Maestro. Cuando estaban desatándolos del poste los dueños pusieron objecciones. Sin embargo, la respuesta “El Señor los necesita” (v. 3; cf. Lc. 19:31, 34) tuvo como resultado un consentimiento inmediato y de todo corazón. Los animales fueron llevados a Jesús. El les soluciona el problema—a saber “¿Sobre cuál de los animales va a cabalgar?”—cuando con la ayuda de los discípulos (Lc. 19:35) se sienta sobre los mantos que habían puesto sobre el burrito. Entonces comienza a cabalgar. No se dice qué ocurrió con la burra.
8. (No. 3, p. 761) La mayoría de la multitud tendía sus mantos en el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían en el camino. En un sentido la gente estaba siguiendo el ejemplo de los discípulos. Si éstos consideraban propio quitarse los mantos de modo que Jesús pudiera sentarse en ellos, ¿por qué no podía también la gente echar sus mantos y tender ramas de árboles al paso del animal de carga? Además, ¿no estaban honrando a Jesús como Rey? Si se había hecho algo de esta naturaleza por [p 804] el rey Jehú (2 R. 9:13), ¿no debía con mayor razón hacerse para honrar al Rey Mesías?
9. (No. 5, p. 799) Entonces las multitudes que caminaban delante de él y los que (lo) seguían comenzaron a gritar:
b. En vez de “cabalgando”, Mateo sigue la LXX y escribe “montado”. Por otra parte, Mateo se acerca más al hebreo que la LXX, en los siguientes aspectos: a. Primero, describe al animal en que Jesús venía montado como “un burro”, mientras la LXX dice “animal de albarda” o
“bestia de carga”. b. En la última de las cuatro líneas, como en el hebreo, pero a diferencia de la LXX, describe a los animales como “un pollino,
la cría de un animal de carga”. Considerado en su totalidad (las cuatro líneas) el pasaje no difiere en nada esencial de su original en Zac. 9:9. Esto es verdad
especialmente debido a que la conjunción griega (al principio de la cuarta línea), como en el hebreo, se puede traducir “aun” lo mismo que “y”. (En este caso el castellano está bien traducido al introducir sencillamente la expresión sinónima en lugar de poner “y”.) 723 Para un breve repaso de las profecías de Zacarías, véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, p. 460; y, de este autor, Bible Survey, pp. 283–286.
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Hosanna al Hijo de David; Bendito (es) aquel que viene en el nombre del Señor; Hosanna en las alturas.
En cuanto a “Hosanna al Hijo de David”, debe notarse que “Hosanna” significa “salva ahora”, o “salva, por favor”. La actitud del pueblo hacia Dios era quizás más o menos la siguiente: “Te rogamos, Oh Señor, salva ahora, concede victoria y prosperidad en este tiempo, porque debido a tu bondad ha llegado el momento apropiado”. De aquí que en este “Hosanna” se combinan dos elementos: súplica y adoración; o si uno lo prefiere así: oración y alabanza. Es claro que la fuente de 21:9 es el Sal. 118 (LXX Sal. 117), que de principio a fin está lleno de oración y alabanza; véanse especialmente los vv. 22–26a. Es en esencia un salmo Hallel, uno de la serie de los salmos 113–118 que se cantaban en la Pascua. Véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 129, 130. Es también uno de los seis salmos más citados o a que más referencias se hace en el Nuevo Testamento; los otros son: Sal. 2; 22; 69; 89 y 110. El Sal. 118 es distintivamente mesiánico. Habla acerca de la piedra desechada por los edificadores que estaba destinada para ser la piedra del ángulo. Véase sobre 21:42; cf. Mr. 12:10; Lc. 20:17; Hch. 4:11; y 1 P. 2:7. Nótense las palabras inmediatamente siguientes a “Hosanna”: “al Hijo de David”, y cf. 2 S. 7:12, 13. Véase además sobre Mt. 9:27–31; 12:23; 15:22; 22:42–45.
Las multitudes eran dos: una que había seguido a Jesús desde Betania; y una de Jerusalén que, habiendo llegado mayormente desde Galilea y habiendo salido a encontrar a Jesús, se había volteado y caminaba delante de él. En relación con Jesús, estas dos multitudes estaban haciendo a Dios el objeto de su alabanza y oración.
En cuanto a “Bendito (es) aquel que viene en el nombre del Señor”, esta es una cita de Sal. 118:26. Combinado con “el Hijo de David”, como aquí en Mt. 21:9, debe referirse a Jesús como el Mesías. Sin embargo, fue deplorable que la mayoría de esta gente no haya dado un paso más: debieran haber combinado Sal. 118 con Is. 53 y con Zac. 9:9; 13:1. Entonces ellos habrían reconocido en Jesús al Mesías que salva a su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21).
Finalmente, en cuanto a “Hosanna en las alturas”, esto muestra que el Mesías era considerado como un don de Dios, Aquel que mora en el cielo más excelso y es digno de las oraciones y de las alabanzas de todos, incluyendo aun los ángeles. Uno no puede menos que pensar en el Sal. 148:1, 2 [p 805] y en Lc. 2:14.
10, 11. (No. 9, p. 800) Y cuando él entró en Jerusalén toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste? Cuando la gente que se había quedado atrás en Jerusalén tuvo el primer vistazo de la muchedumbre que se acercaba y oyó los alegres gritos de Hosanna en honor a la figura central, se suscitó su curiosidad. La excitación era contagiosa, de modo que se extendió hasta que toda la ciudad estuvo como electrizada, o, como dice el griego, fue sacudida.724
La gente preguntaba: “¿Quién es éste?” Jesús no era un extraño en Jerusalén y su templo (Jn. 2:14; 5:14, 28, 59; 18:20). Pero nadie esperaba que él entrase cabalgando en medio de una multitud que le canta alabanzas. Esto explica la pregunta. Continúa: Las multitudes respondían: Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea. Cuando los que acompañaban a Jesús dieron repetidas veces esta respuesta, todos supieron quién era el que entraba en la ciudad; porque, en primer lugar, Jesús era conocido—y con justicia—como “un profeta”. Según el Nuevo Testamento esta era la designación que se le dio por el pueblo en general (Mr.
724 Acerca del sustantivo cognado, véase sobre 8:24. El verbo que aquí se usa (21:10) es ἐσείσθη, terc. pers. s. aor. inidic. pas. de σείω temblar (Heb. 12:26), pero aquí se usa en el sentido figurado se conmovió, se turbó con emoción. En cuanto al sentido literal: sacudida por el viento, véase Ap. 6:13; para terremotos, Mt. 24:7; 27:54; 28:2, etc.
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6:15; Lc. 7:16; Jn. 6:14; 7:40); por la mujer samaritana (Jn. 4:19); por Pedro (Hch. 3:22, 23, citando Dt. 18:15); y por Esteban (Hch. 7:37, que también cita Dt. 18:15). Usó este mismo título para referirse a sí mismo (Mt. 13:57; Lc. 13:33; Jn. 4:44). Parece no haber dado el efecto deseado la negativa de los fariseos a honrarlo con este título (Lc. 7:39). Ciertamente era y es un profeta, porque reveló y revela la voluntad de Dios al hombre. Nótese cómo en la presente conexión es representado tanto como el cumplimiento de la profecía (21:4, 5, 9) y como un—sí, “el”—profeta (21:11).
El resto de la descripción también es adecuada: “Jesús de Nazaret” o “Jesús el nazareno” era una designación que fue usada por un endemoniado al referirse a Jesús (Mr. 1:24; Lc. 4:34), por Bartimeo (Mr. 10:47; Lc. 18:37), por una portera (Mr. 14:67; cf. Mt. 26:71), por un ángel (Mr. 16:6), por el apóstol Felipe (Jn. 1:47), por la policía del templo (Jn. 18:5, 7), por Pilato (Jn. 19:19), por Pedro (Hch. 2:22; 3:6; 4:10; 10:38), por falsos testigos (Hch. 6:14), por Pablo (Hch. 26:9), y aun por el mismo Cristo exaltado (Hch. 22:8). La combinación completa “el profeta Jesús de Nazaret” se refleja en las palabras usadas por Cleofas y su compañero para describir a Aquel que pensaban ya haber perdido (Lc. 24:19).
Finalmente, “de Galilea”. ¿Era con orgullo en el tono de su voz que especialmente los que estaban en la compañía de Cristo y que habían venido desde Galilea para asistir a la Pascua como peregrinos enfatizaban este [p 806] hecho, como si dijeran: “él es nuestro profeta”? ¿No había realizado Jesús la mayoría de sus milagros y pasado la mayor parte de su vida en Galilea? ¿Relataron estos peregrinos algunas de las poderosas obras que Jesús había hecho entre ellos, así como los amigos de Betania “daban testimonio” acerca de la resurrección de Lázaro (Jn. 12:17)? Esto es muy posible.
Este “profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”, por lo tanto, era quien estaban siendo proclamado con mucho entusiasmo, en este su último domingo en la tierra antes de la crucifixión, como “el Hijo de David, el Bendito, que viene en el nombre del Señor”, esto es, no solamente por mandato de Dios sino como la voz de Dios para el pueblo.
12 Y Jesús entró en el templo y expulsó a todos los que estaban comprando y vendiendo en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas. 13 Y les dijo: “Escrito está:
‘Mi casa será llamada casa de oración’;
pero vosotros la estáis haciendo cueva de ladrones”. 14 Y ciegos y cojos acudieron a él en el templo, y él los sanó. 15 Pero cuando los principales sacerdotes y los escribas vieron las cosas maravillosas que él hacía, y a los niños (que estaban) dando gritos en el templo: “Hosanna al Hijo de David”, se indignaron 16 y le dijeron: “¿Oyes lo que éstos están diciendo?” “Sí”, les dijo Jesús, “¿Nunca habéis leído:
De la boca de los pequeños y de los que maman has preparado alabanza para ti mismo?” 17 Y los dejó y salió de la ciudad, a Betania, y pasó allí la noche.
21:12–17 La purificación del templo Cf. Mr. 11:15–19; Lc. 19:45–48; y para la primera purificación, Jn. 2:13–22
Jesús pasó la noche del domingo en Betania (Mr. 11:11). La historia prosigue con la descripción de lo ocurrido después, a partir del lunes (pero no inmediatamente en ese día; véase sobre los vv. 18–22: 12. (véase No. 10, p. 800) Y Jesús entró en el templo, y expulsó a todos los que estaban comprando y vendiendo en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas. Jesús entró en el recinto exterior del santuario de Jerusalén, la sección abierta no solamente para los judíos sino también para los gentiles, por lo que se llamaba “Atrio de los Gentiles”. ¡Qué triste espectáculo aparece ante sus ojos y le llega a los oídos y aun a las narices! Ve, como había ocurrido al principio de su
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[p 807] ministerio,725 que este atrio—por eso, el templo—estaba siendo profanado. Parecía un mercado. Los negocios estaban en su apogeo y eran lucrativos. Algunos hombres vendían bueyes y ovejas. En esta época del año, estando tan cerca la Pascua y con tantos peregrinos que procedentes de todas partes repletaban el atrio, había muchos compradores. Pagaban elevados precios por estos animales de sacrificio. Es verdad que un adorador podía traer un animal de su propia elección. Pero si lo hacía corría el riesgo de no ser aceptado. Los mercaderes del templo habían pagado generosamente por obtener la concesión, la que habían comprado de los sacerdotes. Parte de este dinero llegaba finalmente a las arcas del astuto y rico Anás y del habilidoso Caifás. Así que es comprensible que los comerciantes y la casta sacerdotal fueran socios en este negocio. Al entrar, Jesús nota la actividad febril de todos los compradores y vendedores, además del ruido, la inmundicia y el hedor producidos por todos los animales. ¿Podía esto, en algún sentido, cualquiera que fuera, ser llamado adoración?
También se destacaban los cambistas, sentados de piernas cruzadas detrás de sus mesitas cubiertas de monedas. En el área del templo no se aceptaba dinero extranjero para el pago. Además, el impuesto del templo de medio siclo (Ex. 30:13; véase sobre Mt. 17:24–27) debía ser pagado con moneda judía. Y el dinero era necesario para cumplir los diversos ritos de la purificación (Hch. 21:24). Así los cambistas cambiaban dinero extranjero, que lo traían especialmente los que venían de otras tierras, por dinero judío, cobrando una pequeña tarifa por el favor. Este negocio también era fructífero. Ofrecía abundantes oportunidades para timar a los incautos peregrinos.
Y entonces había los vendedores de palomas y tórtolas, probablemente parados cerca de los asientos o “bancas” en los cuales estaban apiladas las canastas llenas de palomas. No todos podían comprar siquiera un cordero. Así que, en relación con la purificación, se podían ofrecer en su reemplazo “dos tórtolas o dos palominos” (Lv. 12:6, 8; Lc. 2:24). Sin embargo, ahora las condiciones se habían deteriorado a tal punto que aun a los pobres se les hacían fuertes recargos. Imagínese tener que pagar cuatro dólares por un par de palomas que no valían mucho más de unos centavos.726
No es difícil imaginar la justa indignación que debe haber brillado en los ojos de Jesús cuando expulsó a todos—vendedores y compradores por igual—que estaban comprometidos en este comercio atroz, y volcó las mesas de los cambistas y los asientos de quienes vendían palomas. No [p 808] sabemos si en esta ocasión, como en la primera purificación del templo, se hizo un azote de cuerdas que encontró por allí y los hizo huir con él. Una cosa es cierta: Jesús se reveló como sí era en verdad, el Señor del templo (cf. 12:6). Esto es claro por las palabras que habló: 13. Y les dijo:
Escrito está: Mi casa será llamada casa de oración; pero vosotros la estáis haciendo cueva de ladrones.
La primera parte de esta declaración se cita de Is. 56:7b, que dice: “Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”. La frase final “para todos los pueblos” no se reproduce ni en Mt. 21:13 ni en Lc. 19:46, sino solamente en Mr. 11:17 (“No está escrito, ‘Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones’?”). Por esto es claro que el templo tenía el propósito de ser el lugar de encuentro de Dios con su pueblo, un santuario para quieta meditación y comunión, de tranquila devoción espiritual en relación con el sacrificio. Véanse 1 R. 8:29, 30, 33; Sal. 27:4; 65:4; cf. 1 S. 1:9–18. La segunda parte de la declaración es el comentario de Cristo, en el que pone en contraste el ideal divino de adoración descrito en Is. 56:7b con la situación presente, condición que le traía a la memoria Jer. 7:11, que él
725 Las circunstancias históricas concurrentes y los contextos literarios de las dos purificaciones del templo (Mt. 21:12–17 y Jn. 2:13–22) difieren tan extensamente que no han tenido éxito quienes han tratado de hacer de las dos una sola. 726 Acerca de este y muchos otros detalles, con referencias a fuentes judaicas, véase A. Edersheim, op. cit., Vol. I, pp. 367–376.
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cita. También en los días de Jeremías, como lo prueba el famoso discurso del templo escrito por este profeta, los judíos estaban oprimiendo a los extranjeros, robaban y asesinaban, etc. Sin embargo, seguían ofreciendo los sacrificios en el templo, como si tal culto puramente formalista a Jehová serviera para algo, como si la sola presencia del templo los protegiera del derramamiento de la ira de Dios. Entonces fue que Jeremías dijo: “No fiéis en palabras de mentira, diciendo: ‘Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este ...’ ¿Es cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es invocado mi nombre?” En los días de Cristo en la tierra la historia se estaba repitiendo: el templo nuevamente estaba convertido en “cueva de ladrones”, quizás una alusión a las cavernas de las montañas de Judea, donde con frecuencia se reunían ladrones y salteadores.
Se ha objetado que la historia relatada en los tres Sinópticos y la similar relatada por Juan, en el comienzo del ministerio público de Cristo, no pueden ser verdad, porque ciertamente la policía del templo habría interferido con la acción de Cristo. Sin embargo, nótese lo siguiente:
a. Justamente en ese momento—piénsese en la entrada triunfal—Jesús era tan popular que las autoridades judías no se atrevían a tocarlo de inmediato (21:26, 46; cf. 26:5; Mr. 11:32; cf. 14:2; Lc. 20:6; cf. 22:2).
b. El comercio del templo era tan impopular, debido a la codicia de los que lo dirigían, que tres años antes de la destrucción de Jerusalén en un levantamiento contra esta situación la gente arrasó con “los bazares de los hijos de Anás” como se llamaba el mercado del templo. En esta conexión, [p 809] Philip Schaff traza un interesante paralelo entre la purificación del templo del primer siglo (la de Jn. 2:13–22) y la Reforma del siglo XVI. Dice: “Jesús comenzó su ministerio público con la expulsión de los traficantes profanos del atrio del templo. La Reforma comenzó con una protesta contra el tráfico de las indulgencias que profanaba y degradaba la religión cristiana”.727
c. La majestad de la persona de Cristo—Dios velado en carne—no debe quedar fuera del cuadro.
d. Sin embargo, las autoridades judías interrogaron después a Jesús acerca de la fuente de su autoridad para hacer “estas cosas”. Véase sobre v. 23. Cf. Jn. 2:18.
Las lecciones que enseña esta purificación del templo se pueden resumir como sigue: a. Jesús castigó la degradación de la religión e insistió en la reverencia. b. Reprobó el fraude, en este caso especialmente el timo “religioso”, exigiendo honradez.
c. Miró con desaprobación la indiferencia hacia los que querían adorar a Dios en espíritu y en verdad y, declarando que el templo debe ser casa de oración para todas las naciones (Mr. 11:17), dio su respaldo a la maravillosa causa de las misiones cristianas. Cf. 1 R. 8:41–43; Mt. 28:19.
d. Por medio de todo esto glorificó a su Padre celestial. ¿No era el templo la casa de su Padre?
14. Y los ciegos y cojos acudieron a él en el templo, y él los sanó. ¡Qué escena! Mientras algunos son expulsados, otros son recibidos. Jesús en nada ha cambiado. Todavía es el Buen Pastor. Así que, cuando los ciegos y cojos acuden a él aquí, en el templo, sus ojos, que un momento antes centelleaban con el fuego de la santa indignación, ahora se llenan con tierna compasión. No dijo: “Volved en otro momento. Ahora no estoy en el ánimo para sanaros”. Por el contrario, el Gran Médico está parado en medio de las mesas volcadas, el dinero desparramado y las bancas derribadas, manifestando su poder sanador y su
727 History of the Christian Church, Nueva York, 1916, Vol. VI, p. 146.
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maravillosa compasión hacia los necesitados. Ninguno de los que acudieron a él se fue decepcionado.
15, 16a. (véase No 11 en la p. 800) Pero cuando los principales sacerdotes y los escribas vieron las cosas maravillosas que él hacía, y a los niños (que estaban) dando gritos en el templo: Hosanna al Hijo de David, se indignaron y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos están diciendo? Por fin los principales sacerdotes y los escribas reunen suficiente valor para hacer algo en cuanto a Jesús. Acerca de los dos grupos, que representan respectivamente a los saduceos y a los fariseos, véase sobre 2:4; 3:7; acerca de los escribas, véase también sobre 5:20; 7:28, 29; 15:1, 2 y el cap. 23. Ya se ha explicado cómo es que hombres que discrepaban tan profundamente [p 810] en sus puntos de vista sobre la religión podían unirse contra Jesús. Véanse pp. 214–217. Lo que los exasperó en este momento en particular fue la siguiente combinación de hechos: a. la purificación del templo; b. los milagros realizados a ciegos y cojos; y c. el clamor de los niños que repetían el desborde de gozo que sus padres habían tenido el día anterior: “Hosanna al Hijo de David”. ¿No era esto blasfemia? ¡Y allí en el mismísimo templo! Lo que no reconocieron era que ellos, los enemigos de Jesús, eran culpables de blasfemia por la profanación del templo que ellos había permitido y, hasta cierto punto, fomentado, y por los propósitos homicidas de sus corazones. ¡Pero hay que silenciar a estos niños! ¡Lo que están haciendo es terrible, y aun más reprensible es el hecho de que Jesús les permita seguir! Parece que él lo aprueba. Tales eran sus razonamientos. Eso fue lo que a ellos—sea como un grupo de individuos que estaban casualmente en el escenario, o como hombres enviados oficialmente por el Sanedrín728—los hizo enojar.729 Por eso también, motivados por la envidia (27:18), ellos preguntaron: “¿Oyes lo que éstos están diciendo?”
No debiera haberlos sorprendido de ningún modo que estos niños estuviesen gritando “Hosanna”. ¿No son los niños imitadores? Además, como se ha mostrado—véase sobre 18:2— Jesús era el Amigo de los niños. Con toda probabilidad sus Hosannas eran mucho más puros en espíritu que los de las personas mayores. Es difícil imaginar que los corazones y las mentes de los niños estuvieran llenos de los sueños patrióticos de las personas de edad madura y de los ancianos. 16b. Sí, les dijo Jesús. Afirma que oye lo que los niños están diciendo e implica su aprobación. Continúa: ¿Nunca habéis leído ... Cf. 12:3, 5; 19:4; 21:42; 22:31. Luego cita Sal. 8:2 (8:3 según el hebreo y la LXX):
De la boca de los pequeños y de los que maman has preparado alabanza para ti mismo?
Jesús está citando estas palabras según la versión LXX.730 Dice a los principales sacerdotes y a los escribas que los niños a veces hablan la verdad; mejor aun, que Dios toma hasta el incoherente balbuceo de los pequeños y de los que maman como material para preparar alabanza para sí mismo.731 La implicación es: Dios está usando también para su propia gloria los gritos de los niños que ahora están diciendo: “Hosanna al Hijo de [p 811] David”. Si estaban escuchando cuidadosamente los que oyeron a Jesús dar esta respuesta, tendrían que haber comprendido que de una manera velada estaba afirmando lo que va a declarar abiertamente en 26:63, 64.
17. (véase No 13 en p. 800) Y los dejó y salió de la ciudad, a Betania, y pasó allí la noche.
728 Nótese la semejanza entre 2:4 y 21:15 en la forma de designar a un grupo combinado. 729 Acerca del verbo ἠγανάκτησαν véase nota 711. 730 Aunque es verdad que donde la LXX y Mt. 21:16 tienen “alabanza”, la palabra hebrea básicamente significa “fortaleza”, “baluarte”; sin embargo, esta palabra hebrea puede significar “alabanza”, como lo indica el contexto en Ex. 15:2 y en otros pasajes. 731 El verbo κατηρτίσω, seg. pers. s. aor. indic. de καταρτίζω, poner en orden, preparar: redes (4:21); restaurar (Gá. 6:1), completar (1 Ts. 3:10), aquí en la voz media significa tú has preparado (o perfeccionado) alabanza para ti mismo.
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Como lo había hecho la noche anterior, ahora también Jesús regresa a Betania. La traducción “pasó la noche” es suficientemente amplia como para incluir dos posibilidades: a. pasó la noche con sus amigos disfrutando de la hospitalidad de su casa (véase 26:6–13; cf. Lc. 10:38–42; Jn. 11:3; 12:1–8); o b. pasó la noche al aire libre en la aldea o cerca de ella cf. Lc. 22:39.732
18 Ahora en la mañana, cuando regresaba a la ciudad, tuvo hambre. 19 Y viendo una higuera junto al camino se acercó a ella, y nada encontró sino hojas. Le dijo: “Que nunca jamás haya fruto de ti”. Y la higuera al instante se secó. 20 Y cuando los discípulos (lo) vieron, se maravillaron y dijeron: “¿Cómo se secó la higuera en el acto?” 21 Pero Jesús les respondió y les dijo: “Os digo en verdad: Si tenéis fe y no dudáis, no solamente haréis lo que se le hizo a la higuera, sino que aun si decís a esta montaña: ‘Quítate y échate en el mar’, será hecho. 22 Y todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis”.
21:18–22 La maldición de la higuera Cf. Mr. 11:12–14, 20–24
En el caso que estamos considerando se ve muy claramente que los escritores de los Evangelios no eran simples copistas sino escritores independientes, que sigue cada uno su propio método. Puesto que parte de la historia de la higuera ocurrió el lunes y una parte el martes (Mr. 11:11, 12, 19, 20), con la purificación del templo que ocurre (el lunes) entre estas dos partes, es claro que la historia se puede tratar de dos maneras: a. cronológicamente o b. temáticamente. Marcos sigue el primer método, describiendo la primera parte de la historia de la higuera, la parte que ocurrió el lunes en la mañana, en 11:12–14; luego, la purificación del templo, que ocurrió más tarde ese mismo día, en 11:15–19; y finalmente, la segunda parte de la historia de la higuera, la parte que ocurrió el martes en la mañana, en 11:20–24. Mateo, por otra parte, usa el segundo método. Quiere contar toda la historia de una vez, en un solo relato unido e ininterrumpido. Al hacer esto no entra en un conflicto con Marcos, porque sus (de Mateo) indicaciones [p 812] de tiempo son muy indefinidas. Por ejemplo, dice, “Ahora en la mañana” (21:18), pero no indica qué mañana. No dice: “Al día siguiente” (como en 27:62). También, cuando empieza a relatar la segunda parte de la historia de la higuera sencillamente dice: “Y cuando los discípulos la vieron ...” (21:20). No indica qué día ocurrió esta conversación entre Jesús y sus discípulos. Es Marcos quien deja bien en claro que lo que dice Mateo en 21:18, 19 ocurrió el lunes y lo que dice en 21:20–22, ocurre el martes. Cada uno de estos dos métodos (el cronológico y el temático) tiene sus méritos. La combinación de los dos es algo por lo cual debemos estar agradecidos.
18. Ahora en la mañana, cuando regresaba a la ciudad, tuvo hambre. Si era el hogar de sus amigos donde Jesús pasó la noche del domingo al lunes, no es claro por qué podía tener hambre el lunes por la mañana. ¿Se había levantado muy temprano, antes del desayuno (Cf. Mr. 1:35)? Simplemente no lo sabemos. ¡Cuán completamente humano es este Jesús, cuán cercano a nosotros!: aun llega a tener hambre a veces.
19a. Y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella y nada encontró sino hojas. La higuera es el primer árbol frutal cuya presencia se implica claramente en las Escrituras (Gn. 3:6, 7). No era solamente un frutal sino también un árbol para dar sombra (1 R. 4:25). Es característico de Palestina (Dt. 8:8; Nm. 13:23), y aún hoy en día se encuentra no solamente en la mayor parte de las tierras del Mediterráneo, donde su fruto se llama “el alimento del pobre”, sino en una zona que se extiende también hasta el norte de la India.
En la región a que se refiere Mateo, el higo temprano o más pequeño, que surge de los brotes del año anterior, empieza a aparecer a fines de marzo y madura en mayo o junio. La breva o el higo tardío y de mayor tamaño que surge de los brotes nuevos o primaverales se
732 Básicamente este aoristo ηὐλίσθη de αὐλίζομαι significa alojado en un patio abierto, luego, alojado fuera en lo abierto, o sencillamente, pasó la noche, alojó, se quedó. El sentido del sustantivo αὐλή (cf. latín, aula) también varía ampliamente y en algunos pasajes está en discusión. Véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 372, 663.
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recogen entre agosto y octubre. Es importante notar que los higos tempranos, que son los que tienen que ver con la historia aquí, comienzan a aparecer simultáneamente con las hojas. A veces hasta preceden a las hojas.
La Pascua (más o menos en abril) estaba cerca. En consecuencia, aún no había llegado el tiempo en que los higos tempranos o las brevas maduran. Por lo tanto, “no era tiempo de higos” (Mr. 11:13). Pero Jesús, teniendo hambre, nota—aun desde cierta distancia (también Mr. 11:13)—que este árbol en particular, creciendo allí junto al camino, era algo especial. Tenía hojas, probablemente el follaje completo, y por lo tanto podría esperarse que tuviera fruto. Por esto Jesús se acercó a la higuera.
Aquí estamos confrontados con un misterio: el secreto de la interacción entre la naturaleza humana de Cristo y su naturaleza divina. En conformidad con su naturaleza divina Jesús era y es omnisciente. Que aun en los días de la humillación de Cristo esta naturaleza divina a veces comunicaba su conocimiento a la naturaleza humana es claro por pasajes tales como [p 813] Mt. 17:27; Mr. 9:33, 34; Jn. 1:47, 48; 2:25. Que esto no siempre ocurría es claro por pasajes como el presente (Mt. 21:19) y 24:36 (Mr. 13:32). Entonces Jesús se acercó a la higuera para ver si podía encontrar fruto en ella. ¡Nada encontró sino hojas! 19b. El le dijo: ¡Que nunca jamás haya fruto de ti! Y la higuera al instante se secó. En el momento mismo, como señala el original, el árbol comenzó a perder su lustre, habiendo comenzado en las raíces el proceso de marchitamiento (Mr. 11:20).
Es imposible creer que la maldición que el Señor pronunció contra este árbol fuera un acto de castigo y como si el árbol como tal fuera responsable de no producir fruto, como si por esta razón Jesús estuviera airado con él. La verdadera explicación es mucho más profunda. El árbol pretencioso pero estéril era un emblema adecuado de Israel. Véase Lc. 13:6–9 (cf. Is. 5). Jesús mismo iba a interpretar la figura al día siguiente (martes); véase sobre 21:43. De hecho, los discípulos ni siquiera tuvieron que esperar hasta el día siguiente para tener la explicación: la higuera pretenciosa tenía su contrapartida en el templo, donde ese mismo día (lunes), como ya se ha notado, se estaba realizando un activo negocio para que se pudieran hacer los sacrificios, mientras al mismo tiempo los sacerdotes estaban conspirando para dar muerte a Aquel sin el cual estas ofrendas carecían de todo sentido. Muchas hojas, pero ningún fruto. Febril actividad religiosa (¿?), pero sin sinceridad ni verdad. En la maldición de la higuera y en la purificación del templo Jesús realizó dos actos simbólicos y proféticos con un solo significado. Estaba prediciendo la caída del Israel estéril. No que hubiera “acabado con los judíos”, sino que en lugar de Israel se iba a establecer un reino internacional y eterno, una nación que no sólo produjese hojas sino también fruto y que fuera reunido tanto de judíos como gentiles.
20. Y cuando los discípulos (lo) vieron se maravillaron y dijeron: ¿Cómo se secó la higuera en el acto? El día siguiente (martes, según Mr. 11:20, como se ha explicado) los discípulos se dieron cuenta que la higuera se había secado completamente en un lapso muy breve, solamente veinticuatro horas. Ellos, especialmente Pedro (Mr. 11:21), dieron expresión a su asombro. 21, 22. Pero Jesús les respondió y les dijo: Os digo en verdad: Si tenéis fe y no dudáis, no solamente haréis lo que se le hizo a la higuera, sino que aun si decís a esta montaña: Quítate y échate en el mar, será hecho. Y todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis. “Esta montaña” es el Monte de los Olivos; “el mar” es el Mar Muerto. Tomado literalmente, el echar esta montaña en el mar significaría una zambullida de unos 1.200 m. en total. Ahora bien, no tendría sentido tratar, por concentración de la fe, de echar el Monte de los Olivos en el mar. Esta dramática figura, a la luz del contexto, que habla de fe
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y oración, debe significar por lo tanto, que ninguna tarea que esté en armonía con la voluntad de Dios es imposible de realizar por parte de aquellos que no [p 814] dudan.733
No debiéramos tratar de ningún modo de disminuir la fuerza de este dicho y sustraer de su sentido. En la esfera de lo físico y de lo espiritual los apóstoles habían estado ya haciendo cosas que podrían considerarse tan “imposibles” como hacer que una montaña sea quitada y echada en el mar. ¿No había caminado Pedro sobre las aguas “por fe”? Véase Mt. 14:29. ¿No habían exclamado los Doce: “Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre”? (Lc. 10:17). ¿No iba Jesús a dar, pocos días después, la promesa: “Os aseguro: El que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun obras mayores hará, porque yo voy al Padre” (Jn. 14:12)? Véanse también Hch. 2:41; 3:6–9, 16; 5:12–16; 9:36–43; 19:11, 12. De hecho, ¿no demuestra todo el libro de Hechos que lo que Jesús dijo en los vv. 21 y 22 es la verdad? Por lo demás, puesto que el v. 21 se parece mucho a 17:20, véase el sobre ese pasaje; y en cuanto al v. 22, véase sobre 7:7, 8; 18:19.
23 Cuando él había entrado en el templo y estaba enseñando allí, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él con la pregunta: “¿Con qué autoridad estás haciendo estas cosas, y quién te dio esta autoridad?” 24 Jesús respondió y les dijo: “Yo también tengo una pregunta que haceros; si me lo contestáis, yo os diré con qué autoridad yo hago estas cosas: 25 El bautismo de Juan, ¿de dónde era, del cielo o de los hombres?” Ellos discutían entre sí: “Si decimos, ‘Del cielo’, él nos dirá: ‘¿Por qué, entonces, no le creísteis?’ 26 Pero si decimos: ‘De los hombres’, tenemos temor del pueblo, porque todos consideran a Juan como profeta”. 27 Así que respondieron a Jesús: “No sabemos”. El, a su vez, les dijo: “Tampoco os digo con qué autoridad yo hago estas cosas”.
21:23–27 La autoridad de Cristo: Pregunta y contrapregunta Cf. Mr. 11:27–33; Lc. 20:1–8
23. Cuando él había entrado en el templo y estaba enseñando allí, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él con la pregunta: ¿Con qué autoridad estás haciendo estas cosas, y quién te dio esta autoridad? Jesús estaba enseñando, sin duda, en uno de los “pórticos” o “portales” o “vestíbulos” del templo. Estos pórticos eran hermosos y grandes. Estaban formados por una columnata cubierta que recorría todo el contorno del muro del vasto complejo del templo. O, para expresarlo de otro modo, estos pórticos estaban limitados exteriormente por el muro exterior del templo e interiormente por el atrio de los gentiles. El más espléndido y amplio de todos era el “pórtico real” (Stoa Basilica)—edificado donde, según la tradición, había estado edificado el palacio de [p 815] Salomón—consistente en cuatro hileras de columnas, 162 en total, que formaban tres vastos vestíbulos en el costado sur del complejo del templo. También era famoso el Pórtico de Salomón en el lado oriental (Jn. 10:23; Hch. 3:11; 5:12).734
Mientras Jesús estaba enseñando y predicando el evangelio en uno de estos lugares (Lc. 20:1), “los principales sacerdotes y los ancianos” (como lo dice Mateo), “los principales sacerdotes y los escribas y ancianos” (Mr. 11:27; cf. Lc. 20:1), se acercaron a Jesús. Véase sobre 2:4 y 16:21 para una descripción de estos tres grupos. Además, como en 21:15, es imposible decir definitivamente si estos grupos estaban actuando por su propia iniciativa o como una delegación enviada por el Sanedrín, aunque en este caso parece que lo último fuera lo probable, puesto que le preguntan a Jesús acerca de su autoridad. La pregunta es clara. Ellos quieren saber con qué autoridad Jesús estaba haciendo estas cosas, esto es, quién le había dado el derecho. Le estaban diciendo: “¡Muéstranos tus credenciales!” Era un intento
733 διακριθήτε, seg. pers. pl. aor. pas. del subj. de διακρίνω: ser de una mente dividida, estar en desacuerdo consigo mismo. Cf. Mr. 11:23; Ro. 4:20; etc. 734 Cf. A. Edersheim, The Temple, Londres, 1908, véase especialmente el diagrama de la portada y pp. 42–45; L. Halberthal, The Plan of the Holy Temple of Jerusalem, impresión en colores con una descripción que la acompaña, Montreal, Canadá. Se obtuvo un ejemplar en el pabellón del judaísmo en la Exposición de 1967; y T. Kollek y M. Pearlman, Jerusalem, A History of Forty Centuries, Nueva York, 1968, pp. 99–106.
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de desconcertar a Jesús. Si él reconocía que no tenía credenciales podría esperarse que el pueblo le perdiera el respeto. Por otra parte, si se consideraba autorizado para hacer lo que había estado haciendo, ¿no se estaba arrogando para sí derechos que pertenecían solamente a Dios? ¿No se le podría acusar entonces de una conducta blasfema? Al no atacarlo directamente, por ejemplo haciéndolo arrestar, ellos revelan que le tienen miedo debido a los que le siguen.
Pero, ¿qué quieren decir por “estas cosas”? Tienen que haberse estado refiriendo a actividades recientes o presentes, es decir, a las cosas que había hecho el domingo o el lunes, o lo que había estado haciendo este martes. Entre los expositores hay consenso general en el sentido de que la purificación del templo estaba incluida en “estas cosas”. Indudablemente esta opinión es correcta (cf. Jn. 2:18). Pero, ¿era ésta la única cosa a que se referían los enemigos de Jesús? Hay una extensa diferencia de opiniones entre los expositores. Algunos incluirían la entrada real en Jerusalén del domingo. Otros dicen, “No”, porque la ovación recibida en esa ocasión no fue un acto suyo. En contraste está el hecho de que no se opuso a los hosannas de sus discípulos y de los niños (véanse 20:16; Lc. 19:39). La entrada real, por lo tanto, podría haber sido incluida en “estas cosas”. Y si tenemos presente el hecho de que los enemigos de Cristo atribuían sus milagros al poder de Beelzebú que obraba dentro de él, podrían estar incluidos aun sus actos de bondad hacia los ciegos y los cojos. Sin embargo, el contexto en Lucas parecería indicar que era especialmente la enseñanza [p 816] en el templo y la predicación del evangelio en ese lugar lo que debió haber molestado a los líderes judíos. Decir, como algunos, que los principales sacerdotes, los ancianos, etc., no podrían haber tenido presente esto porque “todo rabí tenía derecho a enseñar”, es errar el punto: estos dignatarios judíos ciertamente no querían que allí fuera predicado “el evangelio”.
24, 25a. Jesús respondió y les dijo: Yo también tengo una pregunta que naceros; si me lo contestáis, yo os diré con qué autoridad yo hago estas cosas: El bautismo de Juan, ¿de dónde era, del cielo o de los hombres? Por medio de esta contrapregunta Jesús no estaba de ningún modo evadiendo la pregunta que se le había hecho, porque una respuesta honesta y correcta a su pregunta inequívocamente hubiera señalado hacia sí mismo como el Más Grande a quien Juan había proclamado, y por lo tanto habría significado que el derecho y la autoridad de Jesús para hacer estas cosas habían venido de Dios. Fue mientras Juan bautizaba que éste había proclamado a Jesús como su superior (3:11, 12; cf. Jn. 1:26, 27), y fue poco después del bautismo suyo por parte de Juan que éste había presentado a Jesús como “el Cordero de Dios que está quitando el pecado del mundo” (Jn. 1:29).
La pregunta de Cristo dejó arrinconados a sus enemigos. Obviamente ellos no querían responder: “El bautismo de Juan tenía un origen celestial”, porque ellos sabían muy bien que la respuesta sería: “¿Por qué entonces no le creísteis?” Por otra parte, si daban a conocer lo que probablemente la mayoría de ellos pensaba, o por lo menos quería pensar, que el bautismo de Juan era de los hombres, el público en general—quizás especialmente las multitudes de peregrinos venidos de Galilea—se les volverían definitivamente hostiles, y aun podrían apedrearlos (Lc. 20:6). ¿No consideraban las multitudes a Juan como profeta? Así comenzaron a razonar entre ellos estos dignatarios a fin de dar una respuesta. Su decisión fue deshonesta, aunque no sorpresiva. No dijeron, “no queremos responder a esa pregunta”, lo que por lo menos hubiera sido honrado, sino “No sabemos”.
Habiendo dado este trasfondo, no requieren mayor explicación los vv. 25b–27. Ellos discutían entre sí: Si decimos: Del cielo, él nos dirá: ¿Por qué, entonces, no le creísteis? Pero si decimos: De los hombres, tenemos temor del pueblo, porque todos consideran a Juan como profeta. Así que respondieron a Jesús: No sabemos. El, a su vez, les dijo: Tampoco os digo con qué autoridad yo hago estas cosas.
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28 “¿Qué pensáis (de lo siguiente)? Un hombre tenía dos hijos. Fue al primero y le dijo: ‘Hijo, ve a trabajar en la viña hoy’. 29 Pero él respondió y dijo: ‘No quiero’. Sin embargo, después se arrepintió y se fue. 30 Entonces él fue al segundo y le dijo lo mismo. Este dijo: ‘Sí, señor, iré’, pero no fue. 31 ¿Cuál de los dos hizo lo que el padre quería?” Ellos respondieron: “El primero”. Jesús les dijo: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas están entrando en el reino de Dios antes que vosotros. 32 Porque Juan vino a vosotros en el [p 817] camino de justicia y vosotros no le creísteis; pero los publicanos y las prostitutas le creyeron. Sin embargo, cuando visteis esto, ni siquiera os arrepentisteis después para creer en él”.
21:28–32 La parábola de los dos hijos
Como indica el v. 32, esta parábola está estrechamente relacionada con el relato inmediatamente precedente. La actitud de las autoridades hacia Juan el Bautista, vv. 24–27, es el vínculo. Aquí se plantea el carácter inexcusable de esta actitud. 28–30. ¿Qué pensáis (de lo siguiente)? Un hombre tenía dos hijos. Fue al primero y le dijo: Hijo, ve a trabajar en la viña hoy. Pero él respondió y dijo: No quiero. Sin embargo, después se arrepintió y se fue. Entonces él fue al segundo y le dijo lo mismo. Este dijo: Sí, señor, iré; pero no fue.735 A fin de hacer justicia a la idea central de la parábola probablemente sea mejor abstenerse de transformarla en una alegoría. No hay que preguntarse: “¿Qué representa la viña?”, etc. Hay que dejar que la historia se desarrolle en la forma que Jesús la relató: El mismo, en los vv. 31b y 32, hará la aplicación.
Así que notamos que el padre de dos hijos pide a uno de ellos que vaya a trabajar en “la viña”. No es necesario dar a “la” el sentido “mi”. Imagínese una situación similar hoy en día. ¿No es natural que un padre asuma que no solamente él sino también sus hijos estén suficientemente interesados en ese precioso terreno como para considerarlo la viña de la familia, y no solamente suya en forma personal? La respuesta del muchacho, “No quiero”, o “No quiero ir”, tiene también un sonido moderno. Los hijos no han cambiado mucho a través de los siglos. Sin embargo, felizmente eso se aplica aun a la reacción posterior del muchacho: posteriormente “se arrepintió736 y fue”. Por una u otra razón se sintió mal por su tajante negativa. [p 818] Lamenta su brusca negativa y va a trabajar.
El padre entonces va con la misma petición a su otro hijo. La reacción de éste es exactamente la opuesta. Su respuesta, “Sí, señor, yo iré” (literalmente, “Yo, señor”) tiene el sabor de un cumplimiento pronto y de buena gana, pero a nada conduce: no fue.
Jesús ahora se vuelve a sus oyentes, los que se habían reunido alrededor suyo en el templo, particularmente a los principales sacerdotes y ancianos (véase v. 23) y pregunta: 31a.
735 La evidencia textual que muestra si el hijo que se niega y luego se arrepiente está en primer lugar (como se refleja en VRV 1960, NVI, VM, NC, Herder, BJer, etc.), o si hay que invertir en el orden (en inglés, N.A.S., Phillips, N.E.B.; y en castellano Versión Ecuménica) está dividida en partes casi iguales. No hay mucha diferencia el orden que se siga. A mí me parece más natural que Jesús reservara para el final la referencia al hijo que prometió mucho, pero nada cumplió, a fin de relacionar esta ilustración con la severa condenación (vv. 31b, 32) de los principales sacerdotes y ancianos.
736 Mucho se ha escrito acerca de la palabra μεταμέλομαι, llegar a ser una preocupación a uno después; el nom. sing. masc. part. aor. μεταμελήθεις es el que se usa aquí. Es claro que no se puede atribuir un sentido profundamente religioso a la palabra según se usa en el v. 29 (contrástese con el v. 32). Por otra parte, aun en el v. 29 tiene una connotación favorable, porque de otro modo no serviría como una base para su aparición en el v. 32: debe haber un vínculo entre la parábola y su lección. En el Nuevo Testamento se usa solamente la forma verbal, no el sustantivo cognado μεταμελεία. Además, en el Nuevo Testamento el verbo aparece solamente cinco veces (21:29, 32; 27:3; 2 Co. 7:10; y en una cita del Sal. 110:4; Heb. 7:21). Debe compararse con su sinónimo μετανοέω, discutido en relación con 3:2. Aunque la idea de arrepentimiento o pesar está ciertamente implícita en ambos verbos, μετανοέω va mucho más lejos, como se ha indicado, mientras μεταμέλομαι se detiene aquí; esto es, aquí el énfasis está en lo negativo y retrospectivo. Mientras el corazón, la mente y la voluntad están profundamente comprometidas en μετανοέω lo que se enfatiza especialmente en μεταμέλομαι es el elemento emocional. Por esa razón, además, μεταμέλομαι no se usa en el modo imperativo. El pesar de que habla este verbo podría tener valor para la eternidad, conduciendo a—y siendo un elemento de—una fe completamente desarrollada (véase v. 32), pero la palabra misma no implica necesariamente esto. Judas se “arrepintió” y luego se colgó (27:3–5). Experimentó el remordimiento. Acerca de μεταμέλομαι, véase también W. G. Chamberlain, op. cit., pp. 27–34; R. C. Trench, Synonyms of the New Testament, par. lxix; y L. Berkhof, Teología sistemática, pp. 575, 576.
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¿Cuál de los dos hizo lo que el padre quería? Ellos respondieron: El primero. La respuesta era tan obvia que, si iban a dar una respuesta, esta era la única forma posible de hacerlo. La “aplicación” les llega con una fuerza tremenda: 31b, 32. Jesús les dijo: Os aseguro que los publicanos y las prostitutas están entrando en el reino de Dios antes que vosotros. Porque Juan vino a vosotros en el camino de justicia y vosotros no le creísteis; pero los publicanos y las prostitutas le creyeron. Sin embargo, cuando visteis esto, ni siquiera os arrepentisteis después para creer en él. Los publicanos, por las razones presentadas en conexión con 5:46—véase sobre ese pasaje—eran despreciados por los judíos, especialmente por sus dirigentes. Se les clasificaba junto con las rameras o prostitutas, mujeres de mala fama (cf. Lc. 15:30; 1 Co. 6:15; 6:16; Heb. 11:31; Stg. 2:25; Ap. 17:1; etc.). Mateo usa esta palabra “prostitutas” solamente aquí en 21:31, 32. En cuanto al sustantivo relacionado (5:32; 19:9), véase nota 684. Los publicanos, por medio de su codicia y extorsión, y las prostitutas por medio de su cruda inmoralidad, habían dicho “No quiero” a la demanda de Dios. Eran como el primer hijo de la parábola. Sin embargo, después, como resultado de la predicación de Juan el Bautista—véase este pasaje y Lc. 3:12—muchos “publicanos” se habían convertido. Ahora aprendemos que las prostitutas también, probablemente en números considerables, habían respondido favorablemente al mensaje de Juan (21:32). Habían sido impresionadas por el “camino de justicia” de Juan: su propia conducta justa unida con la conducta justa que él, como profeta de Dios, exigía del pueblo, a saber, que se arrepintiesen, etc.737
Es digno de notarse, en relación con esto, que ante la enseñanza de Juan [p 819] deben haberse arrepentido mujeres también, no solamente hombres. Más y más las puertas del reino se estaban abriendo también a ellas (véanse 27:55, 56; Mr. 16:9; Lc. 7:36–50; 23:27ss; Jn. 4:7ss; 11:1ss; 12:1ss; Gá. 3:28). Estos publicanos y prostitutas arrepentidos habían dicho “No queremos”, pero después se habían arrepentido, y habían creído.
Por el contrario, los líderes religiosos de los judíos, hombres considerados como bien familiarizados con la ley de Dios y que exteriormente se conducían de un modo como si estuvieran diciendo constantemente: “Sí, señor, haremos todo lo que tú requieres de nosotros, e iremos dondequiera que tú quieras que vayamos”, no lo hacían y no iban. Era con respecto a ellos que Jesús iba a declarar: “Ellos dicen, pero no hacen” (23:3). Cf. Ex. 19:8; 32:1ss; Is. 29:13. Habían rechazado a Juan (3:7–10), y aun la conversión de los publicanos y las prostitutas por su predicación no había logrado cambiar sus corazones y mentes. Por lo tanto, eran como el segundo hijo. Habiendo rechazado al Bautista, ahora estaban en el proceso de conspirar el homicidio de Aquel a quien Juan había proclamado. Y al responder: “El primero” (el primer hijo hizo lo que el padre quería), ¡se habían condenado a sí mismos! Así que los publicanos y las prostitutas estaban entrando en el reino de Dios antes que estos líderes; esto es, aquellos estaban obteniendo las bendiciones del reino, de las cuales, por propia decisión, estaban excluidos los hostiles principales sacerdotes y ancianos y sus seguidores. En cuanto al término “reino de Dios” (en Mateo, usualmente “reino de los cielos”), véase sobre 4:23; 13:43.
684 La palabra πορνεία (“fornicación”) es muy amplia en significado. En su sentido más amplio indica inmoralidad o pecado sexual en general (15:19; Gá. 5:19), relación ilícita (con frecuencia clandestina) de toda clase, particularmente la relación sexual ilícita (Jn. 8:41). En las epístolas de Pablo la palabra aparece con frecuencia. Además de Gá. 5:19, véase también 1 Co. 5:1; 6:13, 18; 7:2; 2 Co. 12:21; Ef. 5:3; Col. 3:5; 1 Ts. 4:3. En el libro de Hechos aparece unas pocas veces, y también en el libro de Apocalipsis. En este libro, como en el Antiguo Testamento (LXX), a veces se usa en forma figurada, para indicar el apartamiento del Señor, quien era considerado como el “marido” de su pueblo. De ahí que en tales pasajes (p. ej., véase Os. 6:10 y Ap. 19:2) a veces se lo ha traducido “fornicación”, “prostitución” o aun “idolatría”. Dado el contexto, es claro que aquí en Mt. 19:9, como también en 5:32, la referencia es a la infidelidad de una mujer casada. En cuanto a la otra palabra, una forma del verbo μοιχάω, véase sobre 5:32, donde también se explica el verbo μοιχεύω a la luz de su contexto.
737 Para usos figurativos análogos de la palabra “camino” (forma de vida, enseñanza, religión, religión cristiana) véase Hch. 9:2; 19:23; 24:22; 1 Co. 4:17; 2 P. 2:2. Cf. también los dos “caminos” en Sal. 1 y en Mt. 7:13, 14, debiéndose determinar el significado exacto en cada pasaje específico a la luz del contexto en cada caso individual.
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Aunque esta parábola de los dos hijos, que se encuentra solamente en Mateo, no sea quizás tan conocida como muchas de las otras, de ningún modo es menos importante. En realidad, apenas podría uno imaginarse una lección más importante que la que aquí se enseña. Por supuesto, la lección es esta: El hacer la voluntad de Dios es la única cosa necesaria. ¿No es esa la enseñanza tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento? Véanse 1 S. 15:22; Sal. 25:4; 27:11; 86:11; 119, en varios lugares; 143:10; Is. 2:3; Mt. 7:21–27; 28:20; Jn. 15:14; Hch. 5:29. Y la voluntad de Dios es que los hombres en todo lugar se conviertan y reconozcan al Señor Jesucristo como Señor y Salvador, para gloria del Dios Trino (Mt. 3:2; 4:17; 11:28–30; Jn. 3:16, 36; 1 Co. 10:31; 2 Co. 10:5). En cuanto a la relación del Mediador con aquel que lo envió, ¿no dijo él, “Mi comida es hacer la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4:34)?
33 “Escuchad otra parábola. Había un hacendado que plantó una viña. Le puso un cerco, le cavó un lagar, y edificó una torre. Luego arrendó la viña a unos aparceros,738 y salió del país. 34 Cuando se acercó el tiempo de la vendimia, envió sus siervos a los aparceros a fin de [p 820] recoger (su parte de) los frutos. 35 Pero los aparceros tomaron a los siervos y golpearon a uno, mataron a otro y apedrearon al tercero. 36 Nuevamente envió otros siervos, más en número que el primer grupo, pero trataron a estos del mismo modo. 37 Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘Ellos respetarán a mi hijo’. 38 Pero cuando estos aparceros vieron al hijo se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero; vamos, matémosle y tomemos posesión de la herencia (que hubiera sido) suya’. 39 Entonces le tomaron, le echaron de la viña y le mataron. 40 Por lo tanto, cuando llegue el dueño de la viña, ¿qué les hará a estos aparceros?” 41 Ellos le dijeron: “A los terribles malvados les dará un fin terrible, y entregará la viña a otros aparceros que, cuando madure el fruto, le den lo que le corresponde”.
42 Jesús les dijo: “¿Nunca habéis leído en la Escritura: ‘La piedra desechada por los edificadores ha llegado a ser la piedra angular; Por el Señor fue hecho esto y es maravilloso a nuestros ojos’?
43 “Por lo tanto os digo que el reino de Dios os será quitado y será dado a una nación que produzca sus frutos. [44 Y el que caiga contra esta piedra será hecho pedazos; pero cuando ella cae sobre alguno, este será desmenuzado]”.
45 Cuando los principales sacerdotes y fariseos oyeron sus parábolas, comprendieron que estaba hablando de ellos. 46 Pero aunque querían arrestarlo, tenían miedo de la multitud, que le consideraban profeta.
21:33–46 La parábola de los arrendatarios malvados, y su secuela Cf. Mr. 12:1–12; Lc. 20:9–19
Entre la parábola de los dos hijos (vv. 28–32) y la de los arrendatarios malvados hay ciertas semejanzas y también algunas diferencias. En cuanto a lo primero: a. ambas parábolas mencionan una viña; b. en ambas parábolas Jesús tenía presente los líderes judíos, a quienes condena. En cuanto a lo segundo: a. la parábola de los labradores malvados es mucho más larga y detallada que la de los dos hijos; por ejemplo, la figura de la viña es mucho más prominente en la parábola que estamos por estudiar; b. aunque también esta segunda parábola tiene una lección principal, que se presenta claramente en los vv. 40–43, sin embargo se aproxima mucho más a una alegoría que la primera; y c. la primera parábola enfatiza el rechazo de Juan el Bautista por los líderes; la segunda el rechazo, no solamente por los líderes sino por todo el pueblo, del Hijo amado del Padre (cf. Lc. 20:13), cuyo precursor había sido Juan el Bautista.
738 O “arrendatarios”; literalmente, “trabajadores del suelo”.
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33. Escuchad otra parábola. Había un hacendado que plantó una viña. La puso un cerco, le cavó un lagar, y edificó una torre. Luego arrendó la viña a unos aparceros y salió del país. En cuanto a “hacendado”, véase sobre 20:1, incluyendo la nota 697. Este hombre reservó una porción de su terreno para una viña. Plantó vides en ese terreno, la cercó con vallado como protección contra ladrones y animales y la equipó con un [p 821] lagar y una torre. El lagar generalmente consistía en dos pozos excavados en la tierra y revestidos con piedras, o labrados de un risco. La cavidad superior, ancha y de poca profundidad, servía como receptáculo para las uvas. Aquí eran exprimidas bajo los pies de los pisadores (cf. Is. 63:2, 3). A través de un tubo el jugo fluía a un compartimiento más bajo, más angosto, pero más profundo. Después se vaciaba en tinajas o cántaros (cf. Hag. 2:16). La torre podría haber sido construida con las mismas piedras que se habían recogido al limpiar el suelo destinado a los viñedos (cf. Is. 5:2). En la torre tenía que estar un atalaya a fin de avisar de todo peligro de pillaje, de chacales y zorras (Cnt. 2:15). La torre también podía ser usada para almancenaje.
Cuando el dueño de la propiedad hubo preparado en forma completa su viña, la arrendó a aparceros, esto es, labradores que, como lo señala claramente la parábola (cf. v. 34 con Mr. 12:2; Lc. 20:10), tenían que darle al propietario una cantidad definida de la cosecha. Habiendo hecho los arreglos, el dueño “se fue de casa”, esto es, “salió del país”.
34. Cuando se acercó el tiempo de la vendimia, envió sus siervos a los aparceros a fin de recoger (su parte de) los frutos. Estos “siervos” deben ser distinguidos de los “arrendatarios” o “aparceros”. Estos últimos son los que cultivaban la viña; con ellos hizo el contrato el dueño, contrato que equivalía a esto: “Yo os dejaré trabajar esta viña y cosechar su fruto para vuestro beneficio, con la condición de que en el tiempo de la vendimia vosotros me déis esta o aquella porción definida de la cosecha”. Por otra parte, los siervos fueron comisionados por el dueño para recolectar y llevar a la casa de su amo la porción del fruto que le pertenecía. Habiendo sido delegados por él, se sigue que estaban investidos de su autoridad. Hicieron la demanda o petición “en su nombre”.
35, 36. Pero los aparceros tomaron a los siervos y golpearon a uno, mataron a otro y apedrearon al tercero. Envió nuevamente a otros siervos, más en número que el primer grupo, pero trataron a éstos del mismo modo. Los arrendatarios demostraron ser hombres perversos, malvados, deshonestos y crueles. Cuando los siervos pidieron la porción de la vendimia a que tenía derecho legal el dueño de la viña, fueron rechazados. No solamente eso, sino que un siervo fue golpeado, otro fue muerto en el instante y un tercero lentamente apedreado a muerte.739 Uno podría haber esperado que el dueño de la viña hubiera respondido en forma más enérgica al cruel tratamiento que sus siervos habían recibido, trato que al [p 822] mismo tiempo era un insulto a él mismo. Pero no lo hizo así. Decidió darles otra oportunidad a los aparceros para cumplir su deber. Así que nuevamente envió siervos, un número mayor que la primera vez. Sin embargo, éstos recibieron el mismo mal trato.
La parábola ahora llega a un clímax dramático: 37–39. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: Ellos respetarán a mi hijo. Pero cuando estos aparceros vieron al hijo se dijeron entre si: Este es el heredero; vamos, matémosle y tomemos posesión de la herencia (que hubiera sido) suya. Entonces le tomaron, le echaron de la viña y le mataron. Podría argumentarse que en este punto la historia va más allá de los límites de lo razonable, que en el curso ordinario de la vida ningún propietario cuyos derechos habían sido
697 Aun más precisamente, “un hombre, un dueño de casa”. Este es otro caso del uso pleonástico de ἄνθρωπος. Véase nota 663. 739 Habrá que hacer una distinción entre “muerto” y “apedreado”. De otro modo resulta ser una tautología. Esto se puede evitar de dos modos; a. traduciendo como yo lo he hecho (“mataron de una vez y apedrearon”, cf. la traducción del Nuevo Testamento de R. Knox, apoyada también por R. V. G. Tasker) o b. concibiendo el apedreamiento como solamente parcial, y que da como resultado una traducción más o menos como esta: “mataron a otro, y arrojaron piedras a un tercero”. Esto también es posible, porque no todo apedreamiento resultaba en la muerte. Véanse Hch. 14:19, 20; 2 Co. 11:25.
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pisoteados en forma tan ruda sería tan generoso como para dar a los criminales aún otra oportunidad, y ciertamente que no habría entregado a su hijo amado a los caprichos y engaños de quienes habían vejado a sus siervos. Esto hay que admitirlo. Pero entonces hay que tener presente que esta es una parábola. Además, como se mostrará más tarde (véase sobre el v. 42), es una parábola que representa ¡el pecado como algo extremadamente irrazonable, y el amor como algo incomprensible! Considerada a la luz de esto, la historia es una de las más hermosas y conmovedoras que jamás se haya relatado.
La palabra “finalmente”740 está llena de intensa emoción y patetismo. El dueño tiene un hijo, un hijo amado, su único hijo (véase Mr. 12:6). Aparte de ese hijo no hay nadie más que pueda ser enviado. Ese hijo es lo único que tiene y es su todo. Es todo lo que le queda, la última palabra del dueño. Así que envió a su hijo pensando: “Tendrán vergüenza de herir a mi hijo. Ellos le tendrán respeto”.741 ¡No escatimó ni a su propio hijo! Pero, ¿qué ocurre? Cuando estos arrendatarios malvados ven que se acerca su hijo, comienzan a conspirar. Entran en una consulta entre sí. En consecuencia, lo que le van a hacer no es cuestión de impulso del momento. Por el contrario, es “malicia premeditada”, el resultado de perversa reflexión, de planificación corrompida y egoísta. Es asesinato premeditado. Razonan del siguiente modo: “Este es el heredero. Cuando lo matemos, no habrá otro heredero que nos cause preocupación. Así la herencia que él habría obtenido será nuestra”. En su locura siniestra olvidan que el dueño, el padre del hijo, aún vive y ciertamente se vengará. ¡Cuán torpemente necio es el pecado! ¡Cuán absurdo! “El que mora en los cielos se reirá. El Señor se burlará de ellos” (Sal. 2:4). Los villanos llevan a cabo su perverso plan. Cuando llega el hijo [p 823] lo toman, lo echan fuera de la viña y lo matan.742
Termina la historia. Jesús ha hecho el relato, pero aún no lo ha explicado. Primero, evoca una reacción de su auditorio (vv. 40–41). La explicación—que al mismo tiempo es la aplicación—vendrá a continuación como el estallido de un trueno (vv. 42, 43). ¿Tenemos quizás un paralelo en el Antiguo Testamento en el proceder que siguió Natán cuando se dirigió a David? Nótese: a. La parábola de Natán (2 S. 12:1–4); b. la reacción de David (vv. 5 y 6); c. la explicación y aplicación: “¡Tú eres ese hombre!” (vv. 7–12). Mientras Natán estaba contando la historia, David ignoraba que el profeta, de un modo velado, estaba hablando de él. Así también es posible que los principales sacerdotes y fariseos, entre otros, al principio estaban ignorantes del hecho de que ellos eran los “arrendatarios malvados”.
En todo caso, lo que ahora ocurre es esto: estos enemigos del Señor comienzan a condenarse a sí mismos: 40, 41. Por lo tanto, cuando llegue el dueño de la viña, ¿qué les hará a estos aparceros? Ellos le dijeron: A estos terribles malvados les dará un fin terrible, y entregará la viña a otros aparceros que, cuando madure el fruto, le den lo que le corresponde. Estas líneas finales son estrechamente paralelas al final de la parábola precedente. En ambos casos la pregunta de Cristo es seguida por una respuesta del
740 ὕστερον se usa aquí en forma adverbial y como superlativo: “el último de todos”. Cf. 22:27; 26:60; Lc. 20:32. 741 El verbo es ἐντραπήσονται, terc. pers. pl. fut. indic. pas. de ἐντρέπω, con sentido activo o medio, algo como: “se volverán al respecto, teniendo vergüenza de herir”, de donde, “tendrán temor de”, “tendrán respeto o consideración por”. Alemán: “Sie werden sich vor meinem Sohne scheuen”. Holandés (Nieuwe Vertaling): “Mijn zoon zullen zij ontzien”. 742 En la nota 35, bajo h, se hizo referencia al hecho de que Mr. 12:8 tiene el orden “lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña”, en vez de “lo echaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt. 21:39; Lc. 20:15). ¿Es esta una diferencia esencial, debida, digamos, a una etapa de mayor entendimiento teológico en Mateo y en Lucas? ¿No sería más simple decir que en este pasaje Mateo y Lucas nos están dando la secuencia histórica, mientras en el paralelo de Marcos se presenta un orden en cuanto a clímax, queriendo decir: “Lo mataron, y esto en la forma más vergonzosa, arrojándolo fuera de la viña como un maldito”? Entonces no hay un verdadero conflicto entre Marcos y los demás. La figura se refiere, por supuesto, a la muerte de Cristo. Si fue crucificado dentro o fuera de la puerta tiene que haber sido un asunto que todos conocían. La respuesta no puede haber sido el producto de una reflexión teológica posterior. Marcos (15:22ss), Mateo (27:33ss), Lucas (23:33ss) y Juan (19:17ss), todos dan testimonio del hecho de que Jesús fue llevado fuera de la puerta, siendo crucificado en el Calvario o Gólgota, lugar que hasta el reinado del Rey Herodes Agripa I estaba fuera de los muros de la ciudad. Véase L. H. Grollenberg, op. cit., anotación en relación con la lámina 373 en la p. 130.
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auditorio, que, a su vez, es seguida por una sentencia de condenación pronunciada por Jesús contra los que acaban de dar la respuesta correcta (cf. vv. 31, 32 con los vv. 40–43).
Se podría objetar que aquellos cuya respuesta, en la forma registrada en la parábola de los dos hijos, había llevado a una réplica mordaz y punzante difícilmente podrían ser los mismos individuos que también en relación con esta nueva parábola aventuran una respuesta a la pregunta de Cristo. Pero aquí hay varias posibilidades: a. como ya se ha sugerido, podrían estar ignorantes de que Jesús en esta parábola también está hablando de ellos; b. los que ahora responden podrían haber sido otras personas que pertenecen al mismo grupo; c. el hecho de que la respuesta fuera tan obvia podría haber hecho casi imposible que nadie respondiera; y d. los que respondieron podrían haber esperado y deseado una respuesta mordaz, que [p 824] les ayudara a llevar a cabo sus planes de destruir a Jesús. Véanse vv. 45, 46.
Entre los judíos los oyentes estaban acostumbrados a que se les pidiera responder a preguntas hechas por los maestros. Este método de preguntas y respuestas lo empleaban los rabinos para mantener la atención de los estudiantes y aumentar su interés en el tema en discusión. En esta ocasión la pregunta de Jesús fue la esperada, porque después de oír acerca de la terrible maldad de los arrendatarios todos se estaban preguntando cómo serían castigados.
En cuanto a la respuesta que Jesús recibe, nótese la repetición (paranomasia):743 “A estos terribles malvados les dará un fin terrible”. Como cosa lógica, los que responden agregan que la viña será arrendada a otros aparceros, hombres que cumplirán sus obligaciones cuando haya llegado el tiempo de la vendimia.
Entonces repentinamente se remacha el clavo: 42, 43. Jesús les dijo: ¿Nunca habéis leído en la Escritura:
La piedra desechada por los edificadores ha llegado a ser la piedra angular; por el Señor fue hecho esto y es maravilloso a nuestros ojos?
Por lo tanto os digo que el reino de Dios os será quitado y será dado a una nación que produzca sus frutos.
“Nunca habéis leído ...?” Como si dijera: “Vosotros, gente que siempre os jactáis de vuestro conocimiento de la Palabra, ¿ni siquiera habéis leído el Sal. 118 (117, en la LXX): 22, 23? La cita reproducida aquí es de la Septuaginta, que, a su vez, en lo que toca a este pasaje, es una traducción muy fiel del hebreo original. Hay que recordar que la parábola alcanzó su climax cuando los arrendatarios malvados se describen echando el hijo del dueño fuera de la viña y matándolo. ¡Habían desechado completamente no solamente a los siervos sino aun al hijo! Habían hecho esto para enriquecerse. Desaparecido el hijo, pensaban ellos, la herencia sería suya. Jesús ahora los sorprende recordándoles este pasaje de los salmos. Aquí se describe una transacción muy similar: los edificadores habían desechado una piedra; significado: los líderes, hombres prominentes, habían desechado, despreciado y hecho mofa de Israel. Sin embargo, Israel, en un sentido muy verdadero, había llegado a ser cabeza de las naciones (Sal. 147:20). Además, esto no había ocurrido por la excelencia espiritual o moral intrínseca de Israel o debido a su poder. Por el contrario, esto lo había hecho el Señor. [p 825] Jesús ahora muestra que las palabras del Sal. 118 tienen su cumplimiento final en “el hijo del
743 Este rasgo notable del original no se refleja en la VRV 1960, ni en las diversas versiones castellanas, salvo en BJer. Sin embargo se refleja (entre otras) en las siguientes versiones, a su manera: Latina, Weymouth, A.R.V., N.A.S. y N.E.B. en inglés; en las versiones holandesas (tanto la Staten Vertaling como la Nieuwe Vertaling), sueca, frisia y sudafricana.
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dueño”, es decir, en sí mismo, el verdadero Israel. El es esa piedra que estaba siendo rechazada por los principales sacerdotes, escribas y sus seguidores; en el Calvario fue rechazado por la nación como un todo (“Crucifícale, crucifícale”). Véase Jn. 1:11. Pero algo maravilloso iba a suceder: la piedra desechada se iba a convertir en la piedra angular: El Cristo crucificado resucitaría triunfante. Y, ¿qué de la nación, la antigua e inconversa Israel, los desechadores del Mesías? Jesús les dice: “El reino de Dios”, esto es, los privilegios especiales del reino—la posición especial que ante los ojos de Dios había disfrutado este pueblo durante la antigua dispensación, a los que ahora se habían añadido las benditas palabras y obras de Jesús—“os será quitado”. ¿Por qué? Porque no habían cumplido sus obligaciones. Habían sido como los aparceros que en el tiempo de la vendimia se habían negado a entregar al propietario la porción de los frutos que le correspondía. Así que, en lugar del pueblo del viejo pacto se levantaría una nación—¿no estaba ya comenzando a suceder?— “que produzca sus frutos”, una iglesia internacional reunida tanto de entre los judíos como de entre los gentiles.
Por lo tanto, en resumen, el énfasis—la lección principal—de la parábola se puede expresar en las palabras del Sal. 2:12: “Besad—[o sea: honrad]—al Hijo, para que no se encienda su furor y perezcais en el camino; porque se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían”.
En cuanto a los diversos puntos de esta parábola, ahora es claro que:
a. La viña nos recuerda de inmediato a Israel. Véase Is. 5:1–7, en que, es claro, se ha basado la parábola. Nótese la mención de la viña, del vallado, del lagar y de la torre en ambos pasajes. También cf. Dt. 32:32; Sal. 80:8–16; Is. 27:2, 3; Jer. 2:21; Ez. 15:1–6; 19:10; Os. 10:1. Sin embargo, lo que se significa no es la nación como tal, sino “las especiales ventajas y oportunidades dadas al pueblo como la simiente escogida, y en virtud del pacto de Dios con ellos” (W. M. Taylor, The Parables of Our Savior, p. 140), porque se nos dice que la viña “será dada a una nación que produzca sus frutos”.
b. El que plantó la viña es Dios; y él es dueño. c. Los aparceros o arrendatarios malvados son los líderes de Israel: los principales
sacerdotes, escribas, ancianos y todos sus seguidores; por lo tanto, la nación como un todo.
d. Los siervos que fueron a recibir la porción de la vendimia que el dueño podía reclamar lícitamente, y que fueron maltratados en forma vergonzosa, son los profetas. El tratamiento que ellos recibieron ha sido descrito en algún detalle en relación con la explicación de 5:12b; véase sobre ese pasaje.
e. Como ya se ha indicado, el hijo del dueño es Jesucristo mismo. En conclusión, hay que agregar una palabra adicional acerca de Jesús como “la [p 826] piedra desechada por los edificadores”.744 Otras referencias a esta piedra (además de Sal. 118:22, 23 y del pasaje presente, Mt. 21:42) son Is. 28:16; Hch. 4:11; Ro. 9:33; Ef. 2:20 y 1 P. 2:6. La piedra angular de un edificio, además de ser parte del fundamento, y por lo tanto, además de sostener la superestructura, da terminación a su forma, porque, colocada en la esquina formada por la unión de las dos murallas primarias, determina la disposición de las murallas y todos los tabiques. Todas las demás piedras deben ajustarse a esta piedra del ángulo. Tal es la relación de Cristo a su iglesia. Por su gloriosa resurrección, ascensión y coronación ha sido altamente exaltado, y desde su lugar a la diestra del Padre envía su Espíritu para morar en los corazones de sus seguidores y reinar en todo el universo en favor de la iglesia, para gloria del Dios Trino.
744 Véase: F. F. Bruce, op. cit., pp. 99, 100; G. H. Whitaker, “The Chief Cornerstone”, Exp, octava serie (1921), pp. 470–472; J. M. Joffat, “Three Notes on Ephesians”, octava serie (1918), pp. 306–317; y F. G. Selwyn, The First Epistle of St. Peter, Londres, 1946, pp. 268ss.
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[44. Y el que caiga contra esta piedra será hecho pedazos; pero cuando ella cae sobre alguno, éste será desmenuzado.] El apoyo textual para la inclusión de este pasaje no es muy fuerte. Además, como cada uno puede ver por sí mismo, si Mateo lo escribió, con toda probabilidad lo habría puesto después del v. 42. El pasaje probablemente sea una interpolación de Lc. 20:18. Es completamente inspirado, pero probablemente no lo haya escrito el ex publicano. El sentido del versículo bien puede resumirse como sigue: todo aquel que se oponga a Cristo va a ser “polverizado” (cf. Mt. 3:12). Si Cristo lo alcanza con su juicio, la persona así alcanzada será desmenuzada.
45. Cuando los principales sacerdotes y los fariseos oyeron sus parábolas, comprendieron que estaba hablando de ellos. La referencia es a los hombres mencionados anteriormente (véase sobre el v. 23). Si algunos de ellos en el principio no habían entendido que ya en la parábola de los dos hijos había una referencia a ellos—piénsese en el segundo hijo—ciertamente no podían dejar de entender que la parábola de los arrendatarios malvados estaba dirigida a ellos. Sabían muy bien que ellos y sus seguidores estaban rechazando a Jesús. Además, en el v. 43, Jesús había usado la segunda persona plural (“Os digo que el reino de Dios os será quitado ...”). Quizás en el momento en que esto les quedó claro, pueden también haber entendido que en la parábola precedente Jesús les había estado hablando especialmente a ellos. ¿Resultado? 46. Pero aunque querían arrestarlo, tenían miedo de la multitud que le consideraba profeta. Ellos hubieran querido arrestar a Jesús en el mismo momento, pero recordaron los hosannas de aclamación en su honor, la popularidad que disfrutaba especialmente entre los peregrinos que habían venido desde Galilea y entre los que habían sido testigos de la resurrección de Lázaro. [p 827] Ciertamente, el pueblo en general, aun ahora, no estaba honrando a Jesús por lo que realmente era, el Mesías que había venido a poner su vida en expiación por el pecado (cf. Is. 53), pero la gran mayoría por lo menos lo tenía por profeta. Véase 21:11. Y eso bastaba para impedir que los líderes tomasen medidas radicales en su contra sin una planificación cuidadosa.
Resumen del Capítulo 21
La semana de la pasión empieza con la entrada triunfal en Jerusalén el día domingo (21:1–11) y la purificación del templo el lunes (vv. 12–17). Para un breve resumen de estos dos acontecimientos véase arriba, los puntos 1, 2, 3, 5, 9, 10, 11 y 13, en las pp. 800–811. El párrafo sobre la maldición de la higuera sigue en los vv. 18–22. Esto ocurrió el lunes (aun antes de la purificación del templo). El árbol comenzó a marchitarse de inmediato. Sin embargo, los efectos completos no fueron visibles sino hasta el otro día. Un arreglo cronológico de estos acontecimientos se encuentra en Mr. 11:12–25. Mientras Marcos separa las dos partes de la historia de la higuera, habiendo ocurrido la primera antes, y la segunda el día siguiente, es decir, después de la purificación del templo, Mateo cuenta las dos partes a un mismo tiempo, como una sola historia. Era de mañana (el lunes) y Jesús tenía hambre. Aun cuando no era la estación de los higos (Mr. 11:13), esta higuera que crecía a un lado del camino parecía promisoria, porque tenía su follaje completo, indicando que por lo menos podría tener algunos higos tempranos. Pero cuando Jesús llegó hasta ella vio que nada tenía sino hojas. Así que la maldijo, diciendo: “Nunca más haya fruto de ti”. Resultado: se marchitó. Después de maldecir la higuera, Jesús purificó el templo. La higuera estéril, como lo muestran Is. 5 y Mt. 21:43 (cf. también Lc. 13:6–9), simboliza al infructífero Israel. Por medio de lo que hizo el Señor al árbol y al templo estaba prediciendo la caída de Israel. Los discípulos quedaron asombrados por la prontitud con que se marchitó el árbol. Jesús les asegura que ninguna tarea hecha en armonía con la voluntad de Dios es imposible para aquellos cuya fe no vacila.
Cuando Jesús estaba enseñando en el templo, los principales sacerdotes y ancianos le preguntaron: “Con qué autoridad estás haciendo estas cosas, y quién te dio esta autoridad?” (vv. 23–27). No es enteramente claro a qué “cosas” se estaban refiriendo, aunque todas o la
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mayoría de las siguientes deben haber estado incluidas: la entrada triunfal, la purificación del templo, la enseñanza y predicación del evangelio allí, y la realización de milagros. El origen celestial de Cristo había sido claramente presentado por Juan el Bautista, pero los principales sacerdotes, ancianos y escribas no habían aceptado el testimonio de Juan. Sin embargo, muchos del común del pueblo consideraban que Juan era un profeta. Así que Jesús les hace una contra pregunta, a saber, ¿De dónde era el bautismo de Juan, del cielo o de los [p 828] hombres?” La pregunta confundió grandemente a los líderes, por la razón indicada en los vv. 25, 26. Así que ellos respondieron: “No sabemos”. Jesús replicó: “Tampoco os digo con qué autoridad yo hago estas cosas”.
En la parábola de los dos hijos (vv. 28–32), el primero de los cuales habiendo rechazado la petición del padre de trabajar en la viña después se arrepintió, y el segundo que había prometido mucho pero nada había cumplido, Jesús describió a los pecadores arrepentidos y a los líderes no arrepentidos respectivamente.
En la parábola de los arrendatarios malvados (vv. 33–46), los que no solamente se negaron a dar al dueño su participación de la vendimia, sino que además maltrataron a los siervos enviados a buscarla, y mataron a algunos, y finalmente mataron al mismísimo hijo amado del dueño, lo que dio como resultado su propia destrucción terrible, Jesús describió a los judíos representados por sus líderes. Aunque habían dado muerte a los profetas y estaban por crucificar a Jesús, él al final iba a triunfar sobre ellos, como se predice en el Sal. 118:22, 23.
22:1–14 22:15–46
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[p 830]
Bosquejo del Capítulo 22 Tema: La obra que le diste que hiciera
La fiesta de bodas del hijo del rey Preguntas capciosas y respuestas autoritativas y también
La pregunta de Cristo
[p 831]
CAPITULO 22
MATEO 22:1–14
1 Jesús respondió y les habló nuevamente en parábolas, diciendo: 2 “El reino de los cielos es
como un rey que hizo una fiesta de bodas para su hijo. 3 Envió sus siervos a llamar a los que habían sido invitados a la boda, pero ellos no querían venir. 4 Hizo un nuevo intento y envió otros siervos, diciéndoles: “Decid a los invitados: ‘Mirad que he preparado el banquete, mis toros y ganado engordado ya han sido matados, y todo está listo; venid a la boda’. 5 Pero ellos no prestaron atención y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio. 6 Los demás tomaron a los siervos, los trataron en forma vergonzosa y los mataron. 7 Entonces se encendió la ira del rey, y habiendo enviado sus tropas destruyó a aquellos asesinos y prendió fuego a su ciudad.
8 “Entonces dijo a sus siervos: ‘La boda está preparada, pero los invitados no merecían tal honor. 9 Por lo tanto, id a los cruces de los caminos e invitad a cuantos encontréis para que vengan a las bodas’. 10 Y los siervos salieron a los caminos y reunieron a cuantos pudieron encontrar, buenos y malos por igual; y el salón de bodas se llenó de invitados.
11 “Cuando el rey entró para ver a los convidados, vio allí a uno que no llevaba vestido de bodas. 12 Le dijo: ‘Amigo, ¿cómo entraste aquí sin vestido de bodas?’ Pero él se quedó callado. 13 Entonces el rey dijo a los ayudantes: ‘Atadle de manos y pies y echadle a las tinieblas más lejanas; allí será el llanto y el crujir de dientes’. 14 Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos”.
22:1–14 La fiesta de bodas del hijo del rey Ya se ha mostrado (p. 30) que esta parábola es peculiar al Evangelio de Mateo. No se debe
confundir con la de la gran cena (Lc. 14:15–24).
El pequeño grupo de tres parábolas del que la fiesta de bodas es la última está ordenado de un modo que conduce a un clímax. Los que desobedecen el mandamiento de Dios y rechazan a su mensajero Juan el Bautista no sólo no entrarán jamás en el reino si siguen en este estado de impenitencia (véase parábola de los dos hijos, 21:28–32); ni los terribles malvados que maltratan y asesinan a los embajadores de Dios (los profetas) y aun matan a su Hijo único no solamente serán llevados a un fin terrible, mientras los privilegios y oportunidades de que podrían haberse beneficiado son dados a otros (véase la parábola de los arrendatarios malvados, 21:33–44); sino mucho más definidamente, la “ciudad” de estos impenitentes será destruida por fuego (70 d. C.), y los gentiles entrarán a montones en la iglesia. Sin embargo, no todos ellos son bendecidos con la vida eterna. Esa bendición [p 832] inestimable es solamente para los que visten con traje de boda (22:1–14).
La parábola de la boda real se divide en tres partes fácilmente discernibles: a. la invitación rechazada (vv. 1–7); b. la sala de bodas llena (vv. 8–10); y c. el vestido de bodas que faltó (vv. 11–14). Para los diversos títulos dados a esta parábola, véase p. 31.
1. Jesús respondió y les habló nuevamente en parábolas, diciendo ... No se había formulado pregunta alguna. Sin embargo, se usa el verbo “contestó”, o “replicó”, o también
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“respondió”. “Respondió” podría ser el mejor, porque aunque Jesús no está contestando una pregunta, estaba respondiendo a una situación, la actitud presente dentro de los corazones amargados y odiosos de sus enemigos (21:45, 46). Una vez más, como lo ha hecho anteriormente con tanta frecuencia, va a mostrarles la naturaleza inexcusable de su impenitencia y el resultado terrible a que conduce. La frase “en parábolas” probablemente signifique “por medio de una parábola” o “por medio de lenguaje figurado”. No es necesario insistir en el uso del plural aquí. Muy probablemente sea un plural idiomático. Sin embargo, hay que conceder la posibilidad de que la referencia aquí sea lo que el escritor considera, desde cierto ángulo, como más de una parábola. Sin embargo, difícilmente puede haber estado pensando en las parábolas que se encuentran en los cap. 24 y 25, porque estas no siguen inmediatamente, y además fueron presentadas a un auditorio más restringido: los discípulos. Si, como es sólo remotamente posible, el escritor estaba realmente pensando en más de una parábola, ¿podría haberse estado refiriendo al hecho de que la presente historia es realmente tres parábolas en una? Continúa: 2. El reino de los cielos es como un rey745 que hizo una fiesta de bodas para su hijo. En cuanto a “reino de los cielos”, véase sobre 4:23; 13:43. La expresión “es como” ha sido explicada en el comentario sobre 20:1. También en conexión con 8:11, 12 se ha mostrado que la bienaventuranza del reino mesiánico en su fase final—si uno prefiere: el gozo que se experimentará en el cielo nuevo y en la tierra nueva donde el reinado de Dios en Cristo será plenamente reconocido por todos sus participantes— con frecuencia se describe bajo el simbolismo de los invitados que se reclinan en divanes ante una mesa colmada de manjares, en comunión unos con otros y con el anfitrión en un espacioso salón inundado de luz.
Que aquí en 22:1ss esta fiesta se describe como una fiesta de bodas también está en conformidad con la enseñanza previa de Cristo y con muchos otros pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, como se ha mostrado en conexión con 9:15; véase sobre ese pasaje.
En las referencias a esta fiesta el original a veces usa el plural (vv. 2, 3, 4, [p 833] 9), a veces el singular (v. 8), con poca diferencia en el sentido,746 si es que hay diferencia alguna. El plural puede haber surgido del hecho de que una celebración que duraba varios días (siete, según Jue. 14:17) debe haber incluido muchas actividades festivas.
De ningún modo es cierto que haya que atribuir un sentido figurado a la palabra “su hijo”, como si la referencia fuese a Jesucristo. Si este hubiera sido el caso, ¿no habría tenido un papel mucho más prominente este “hijo” en la parábola? El realmente asume esa prominencia en 21:37–40. Pero en 22:3–14, el hijo no se vuelve a mencionar. Por lo tanto, debemos concluir que la única razón—por lo menos, la principal—por la que se mencionan “un rey” y “su hijo” es enfatizar el hecho de que es ciertamente una fiesta de bodas muy importante. Es una fiesta real.
3, 4. Envió sus siervos a llamar a los que habían sido invitados a la boda, pero ellos no querían venir. Hizo un nuevo intento y envió otros siervos, diciéndoles: Decid a los invitados: Mirad que he preparado el banquete, mis toros y ganado engordado ya han sido matados, y todo está listo; venid a la boda. Estos versículos le recuerdan fuertemente a uno la parábola de los arrendatarios malvados. En ambas parábolas se enfatizan la paciencia y la persistencia mostradas por el Enviador.
Esta maravillosa paciencia del “rey”, en la presente parábola, se revela en el hecho de que a. él primeramente hace un “llamado” o invitación general; b. luego envía sus siervos
745 “Cierto rey”. Este es otro caso del uso pleonástico de ἄνθρωπος; véase nota 663. 746 ¿No hablamos nosotros de festividades nupciales (plural) y de fiesta de boda (singular)? En nuestro idioma aun la palabra boda usada sola puede referirse a la solemnización del matrimonio solamente o incluir las demás celebraciones que la siguen. El idioma holandés evita la ambigüedad al hacer diferencia entre huwelijk (cf. huwelijksvoltrekking, h. inzegening) y bruiloft, en que esta palabra se refiere solamente a las celebraciones en el día en que se verifica la boda o en el aniversario de esa fecha.
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llamando sinceramente a los invitados a que vengan; y c. cuando éstos muestran que no quieren venir, envía otros siervos, dándoles orden de presentar un llamado aun más urgente y conmovedor: ahora todas las cosas están listas, y la comida no será escasa: ¡los toros ya han sido matados al igual que el ganado engordado!
No era algo extraordinario entre los judíos enviar primero una invitación general y después invitar a los llamados, como se ve claramente no sólo en Est. 5:8; 6:14, sino también por “la jactancia de los hombres de Jerusalén de que ninguno de ellos iba a un banquete a menos que fuera invitado dos veces”.747 Sin embargo, en esta parábola hubo nada menos que tres invitaciones.
Con respecto al significado simbólico de estas tres hay una amplia diferencia de opinión. La mayoría de las interpretaciones procede de la suposición—que, en vista del parecido con la parábola de los arrendatarios malvados, bien podría ser correcta—que hay que asignar un sentido figurado [p 834] distinto a cada una de las invitaciones. Entonces, suponiendo que esta interpretación sea correcta, ¿cuál es el significado de cada invitación?
El “llamado” o primera invitación a Israel para andar en los caminos del Señor no llegó originalmente a la nación a través de alguno de los profetas, sea Moisés, Samuel, Elías, Isaías o algun otro. Según la propia presentación de las Escrituras, ese llamado vino directamente de Dios. Fue Dios quien llamó a Abraham (Gn. 12:1ss; 13:14–18; 15:1–6; 17:1–21; 22:11–18), Isaac (Gn. 26:24) y Jacob (Gn. 28:13–15; 32:22–28; 46:2ss). Fue Dios quien llamó a Moisés (Ex. 3). Y fue Dios, cuya voz oyó Israel y quien hizo un pacto con el pueblo (Dt. 4:9–13, 32– 36). Cf. Is. 42:6; 43:1; 45:4; Os. 11:1; Ez. 16:1–14).
Los “siervos” enviados en primer lugar nos hacen pensar en los profetas del Antiguo Testamento, tal como en la parábola precedente (21:34, 35), porque fue a través de Moisés y Elías, a través de Isaías, Jeremías y todos los demás profetas que Dios después se dirigió a Israel. No veo buena razón para interpretar a estos “siervos” en forma distinta que los de la parábola de los arrendatarios malvados.
En general, ¿cuál fue la reacción de la gente que había recibido el llamado y la primera invitación especial? No quisieron acudir (Sal. 95:10; Is. 1:2–15; 5:4; Jer. 7:25, 26; etc.).
El segundo grupo de siervos sugiere naturalmente a Juan el Bautista, a Jesús mismo y sus discípulos (los Doce, los setenta, Esteban, Pablo, etc.).
Pero no debemos pasar demasiado tiempo en detalles que, después de todo, no tocan el punto central. Ese pensamiento principal, como ya se ha indicado, pero que aquí debemos repetir, es la paciencia de Dios, simbolizado por el rey. Es Dios quien llama primero, y luego invita a los que habían sido llamados previamente. Es Dios quien, cuando ellos rehusan, ni siquiera derrama inmediatamente su ira sobre los obstinados que le rechazan, sino que les hace aún otro llamado urgente. Para referencias adicionales a esta paciencia divina y su deleite al impartir la salvación a los hombres, véanse Jer. 7:13, 25; 11:7; 25:3, 4 y otros lugares; Ez. 18:23, 32; 33:11; Lc. 13:6–9; Ro. 2:4; 9:22; 1 Ti. 1:16; 1 P. 3:20; 2 P. 3:15.
La reacción de los invitados ante lo que podría llamarse la tercera y más insistente invitación se relata en los vv. 5, 6. Pero ellos no prestaron atención y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio. Los demás tomaron a los siervos, los trataron en forma vergonzosa y los mataron. Aquí se indican dos actitudes: a. indiferencia, esto es, mucho más interés en las cosas terrenales que en las celestiales, en lo material que en lo espiritual, en la agricultura y en los negocios que en la invitación a aceptar la salvación plena y gratuita para cuerpo y alma por toda la eternidad (para un pensamiento paralelo, véase Lc. 14:18–20; 17:26–28); y b. hostilidad activa: tomando a los siervos, tratándolos vergonzosamente, y aun asesinando a algunos de ellos. Cf. Mt. 21:35, 36.
747 P. A. Micklem, St. Matthew, with Introduction and Notes, Londres, 1917, p. 210.
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[p 835] Varios pasajes señalan claramente que la persecución de los mensajeros de Dios ya había ocurrido, estaba en el presente ocurriendo, e iba a ser la orden del día también durante los años inmediatamente venideros. ¿Cuál había sido la reacción de muchos, especialmente de los líderes, hacia Juan el Bautista? Véanse Mt. 3:7–9; 11:18, 19; 21:25. ¿Cuál era—e iba a ser—su actitud hacia Jesús? Véanse Mt. 12:24; 16:21; 20:18; 21:38, 39; 27:20, 22; Jn. 1:5–11; 5:18; 6:66. Y ¿hacia los discípulos? Véanse Mt. 10:16, 22, 25; Jn. 16:33; Hch. 4:3; 7:58–60; 8:1; 12:1–3; etc.
Hay un límite a la paciencia de Dios (Gn. 6:3; Pr. 29:1; Dn. 5:22–31; Mt. 21:40–44; Lc. 13:9; Ap. 2:21, 22): 7. Entonces se encendió la ira del rey, y habiendo enviado sus tropas destruyó a aquellos asesinos y prendió fuego a su ciudad. Parece que los invitados tenían una ciudad propia. Dejando de lado la figura, la referencia a Jerusalén es clara. Aquí está claramente predicha su destrucción (70 d.C.) Véanse también 21:40–43; 23:37, 38; 24:1, 2, 15ss; Lc. 19:41–44.
En cuanto al cumplimiento, Jerusalén fue tomado por Tito, hijo del emperador Vespasiano (69–79 d.C.) El templo fue destruido. Se cree que más de un millón de judíos, que se habían amontonado en la ciudad, murieron. Israel dejó de existir como una unidad política. Como una nación especialmente favorecida por Dios había llegado al término de su camino mucho antes que el comienzo de la Guerra Judía.
Un ex combatiente y testigo ocular, Josefo, comenzó a escribir su Guerra judaica casi inmediatamente después de terminada la lucha entre judíos y romanos. Su relato, aunque definitivamente inclinado hacia los romanos, se puede describir como fidedigno. De los siete “libros” en que se divide la obra, uno debiera leer especialmente los libros IV–VI. Unos pocos párrafos de Josefo pueden iluminar el cumplimiento de Mt. 22:7, y así el pasaje mismo:
“Ese edificio [el templo de Jerusalén], sin embargo, Dios lo había sentenciado a las llamas desde mucho tiempo antes; pero ahora, con el correr de los tiempos, había llegado el día fatal, el décimo día del mes de Lous, el mismo día en que anteriormente había sido quemado por el rey de Babilonia ... Uno de los soldados, sin esperar órdenes y sin llenarse de horror por una empresa tan terrible y movido por un impulso sobrenatural, arrancó una tea de la madera que ardía y, alzado por uno de sus compañeros de armas, lanzó el ardiente proyectil a través de una ventana de oro ... Cuando surgieron las llamas, de entre los judíos salió un lamento tan punzante como la tragedia, ... ahora que el objeto que habían guardado tan celosamente se arruinaba” (VI. 250–253).
“Mientras el santuario estaba ardiendo ... no hubo compasión por la edad ni respeto por el rango; por el contrario, la matanza incluyó a niños y viejos, laicos y sacerdotes por igual” (VI. 271).
“El emperador ordenó que toda la ciudad y el santuario fueran arrasados [p 836] con la sola excepción de las torres más altas: Fasael, Hipicus y Mariamna, y la parte del muro que cerraba la ciudad por el occidente” (VI. 1).
El primer acto del drama ha terminado. La porción de la parábola que hemos denominado “La invitación rechazada” ha concluido. Aquí sigue la segunda parte, a saber, “la sala de bodas llena”: 8–10. Entonces dijo a sus siervos: La boda está preparada, pero los invitados no merecían tal honor. Por lo tanto, id a los cruces de los caminos e invitad a cuantos encontréis a las bodas. Y los siervos salieron a los caminos y reunieron a cuantos pudieron encontrar, buenos y malos por igual; y el salón de bodas se llenó de invitados. El plan del rey de tener una buena boda para su hijo no podía fracasar. Su voluntad no podía ser frustrada. En vista del hecho de que los primeros invitados habían demostrado ser indignos—probablemente una litote para decir “muy malvados”—no mereciendo el honor que se les había conferido, que vengan otros. Entonces que los siervos salgan al campo, a los lugares donde las principales calles que salen de la ciudad terminan y
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se dividen en caminos laterales.748 Desde todos estos cruces o salidas, que los siervos tomen cuantas personas puedan encontrar, sin importar si los nuevos invitados tienen una posición tan buena como sus conciudadanos o no. Los siervos cumplen la orden recibida.
El sentido es claro. Cuando los judíos que habían sido invitados se niegan a recibir a Cristo, son conducidos a él otros pueblos en gran número. Estos otros proceden en su mayoría de los gentiles (cf. 8:11, 12; 21:41), aunque ello no significa que los judíos queden excluidos. El hecho de que buenos y malos son traídos al reino o a la iglesia visible ha sido explicado en relación con la parábola de la red; véase sobre 13:47–50.
El hecho que por el sacrificio de Cristo y la dirección del Espíritu Santo la salvación es ahora para todos, sin consideración de raza, nacionalidad, sexo, condición social, etc., y que ninguna nación—sea británica, judía, holandesa, española, alemana o la que sea—, tiene una posición especial delante de Dios es claro también por pasajes tales como Mt. 28:19; Lc. 24:47; Jn. 10:16; Ro. 10:12, 13; 1 Co. 7:19; Gá. 3:9, 29; Ef. 2:14, 18; Fil. 3:2; Col. 3:11; etc. Lo que sea probablemente la declaración más consoladora de todas en este pasaje es la del final del v. 10: “y el salón de bodas se llenó de invitados”.
Podríamos pensar que la parábola, ya doble en un sentido, podría haber terminado aquí. Por una razón excelente no termina aquí. “Buenos y malos por igual” habían entrado en la sala de bodas, así se nos ha asegurado. Ahora queda en claro, sin embargo, que esto de “buenos y malos” tiene referencia solamente a las normas humanas de juicio. No significa que en último análisis los que ante los ojos de Dios son y permanecen “malos” están destinados para los goces del nuevo cielo y la tierra nueva. Esto [p 837] quedará claro en “el vestido de bodas que faltó”, vv. 11–14. El párrafo final empieza como sigue: 11. Cuando el rey entró para ver a los convidados, vio allí a uno que no llevaba vestido de bodas. El rey entró para ver a los convidados, para deleitar sus ojos con ellos.749 Mientras sus ojos se movían de persona en persona, su rostro repentinamente se ensombreció; la sonrisa se reemplaza por el ceño fruncido, porque está viendo a un hombre que no lleva vestido de boda.
En este punto podría bien preguntarse: “¿Qué otra cosa podría esperar el rey?” Los vv. 8– 10, ¿no crean la clara impresión de que estos invitados habían sido traídos precipitadamente de las calles y esquinas al salón de bodas, donde la comida ya estaba dispuesta? La “solución” propuesta por algunos intérpretes, a saber, que antes de ir a las bodas todos salvo uno de los nuevos invitados fueron primero a sus casas a cambiarse ropa, ¿no es una especie de subterfugio? Hay que tener presente que la mayor parte de esta gente fue tomada de las clases menesterosas. Cf. Lc. 14:21–23. Es dudoso siquiera que tuvieran ropas “domingueras” o que tuvieran dinero para comprarlas. Además, aun cuando lo tuvieran, no había tiempo para hacer ni comprar ropas tan costosas.
Hay solamente una solución, hasta donde puedo verlo, que nos sacará de esta dificultad. Es muy antigua. Debe permanecer hasta que alguien nos ofrezca algo mejor. Es que, por orden del rey y de sus abundantes recursos, a cada invitado se había ofrecido un vestido de boda en la entrada misma del salón de bodas. Todos menos esta única persona habían aceptado el vestido. Sin embargo, este hombre había mirado su propio vestido, quizás lo haya sacudido un poco con su mano, y había dicho al asistente: “Mi vestido está suficientemente bueno. No necesito el que me estás ofreciendo”. Entonces, con una actitud de autosatisfacción y de desafío, se había marchado hasta la mesa, donde ahora estaba reclinado; o de donde, al igual que todos los invitados, se había levantado cuando el rey entró.
La objeción a esta teoría es que en ningún lugar del texto o del contexto hay mención alguna de esta oferta o de un vestido de bodas para los invitados que entraban. Sin embargo,
748 Así se hace justicia a los prefijos (διά y ἐκ, aquí ἐξ) del compuesto διέξοδοι, y a su base. 749 En cuanto al verbo θεάομαι (aquí aor. inf. θεάσασθαι) y su sinónimo, véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, nota 33.
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sí sabemos, a. que con toda probabilidad los invitados no tenían vestidura propia para esta ocasión ni la podrían haber obtenido de otro modo; b. que el rey esperaba que cada invitado estuviera ataviado con la vestidura adecuada para una boda real; c. que el hombre que estaba sin esa vestidura no podía ofrecer excusa alguna por no tenerla (v. 12); d. que entre los muchos pasajes bíblicos que han sido citados por los que favorecen la idea del ofrecimiento de un vestido hay por lo menos unos pocos que podrían considerarse aplicables, por analogía, a la situación presente: “Dijo al que tenía el cargo de las vestiduras: ‘Saca [p 838] vestiduras para todos los siervos de Baal’ ” (2 R. 10:22); “Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y se le ha dado que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Ap. 19:7, 8; cf. Is. 61:10); y e. que hay evidencia histórica que indica que en el Cercano Oriente, aun en los tiempos postbíblicos, a una persona que quería entrar en la presencia del rey se le exigía que usara una vestidura que le era enviada por el monarca.750
Por lo tanto, procediendo sobre la suposición que la vestidura había sido ofrecida a cada invitado y que el rey esperaba que se aceptaran y usaran las vestiduras ofrecidas, sus palabras y acciones respecto del hombre que había tratado con soberbia la orden real no sorprenden: 12, 13. Le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí sin vestido de bodas? Pero él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los ayudantes: Atadle de manos y pies y echadle a las tinieblas más lejanas; allí será el llanto y el crujir de dientes. Con el fin de dar al hombre una oportunidad de justificarse a sí mismo, si es que puede, el rey le habla de un modo que es amistoso y hace una pausa esperando una respuesta. Pero el hombre, comprendiendo que no puede justificarse y que toda excusa sería inútil, se queda en completo silencio.751 El resultado es que el rey ordena que sea atado de manos y pies y sea echado en una región de completa oscuridad, una oscuridad que forma un agudo contraste con la luz que llena el salón de bodas. En cuanto a “allí será el llanto y el crujir de dientes” (así también en 8:12; 13:42, 50; 24:51; 25:30; Lc. 13:28) véase sobre 8:12.
Se pone gran énfasis en la responsabilidad y culpa del hombre. ¿Significa esto ahora que los demás—los que sí aceptaron la vestidura y sí la están usando—tienen que agradecerse a sí mismos por su acción de obediencia? De ningún modo: 14. Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos. El llamado del evangelio sale ampliamente por todas partes. Llega a muchísimos. La mayoría son como el hombre de la parábola: oyen, pero no lo hacen caso. En comparación con los muchos que se pierden, son pocos los que se salvan, esto es, pocos son elegidos desde la eternidad para heredar la vida eterna. De ahí, en último análisis la salvación no es un logro humano sino un don de la gracia soberana de Dios. Cf. Lc. 12:32; Jn. 6:39, 44; Ef. 1:4.
Se formula la pregunta: “¿Qué se quiere decir con el vestido de bodas, sin la cual es imposible la bienaventuranza eterna?” En el Antiguo Testamento y en el Nuevo se encuentran pasajes que ilustran el uso figurado de una túnica o vestidura. Véanse Job 29:14; Sal. 132:9; Is. 11:5; 61:10; Ro. 13:14; [p 839] Gá. 3:27; Ef. 4:22, 24; Col. 3:8–14; Ap. 19:8, para mencionar solamente unos pocos. La exhortación de vestirse tales vestiduras no puede significar que una persona debe basar su esperanza de salvación en su propia bondad o aptitud moral, porque esto sería contrario a toda la enseñanza de la Escritura (Job 9:2; Is. 64:6; Ro. 3:9–18, 23, 24; Ef. 2:8; Ap. 7:14). ¿Significa esto, entonces, que el vestido de bodas hay que limitarlo a “la justicia imputada que es nuestra por la fe”?752 De ninguna manera. Dios no solamente imputa sino también imparte la justicia al pecador que El quiere salvar.
750 Acerca de este último punto (e.) véase W. M. Taylor, op. cit., pp. 155, 156. 751 Nótese ἐφιμώθη terc. pers. s. aor. indic. pas. de φιμόω; activo en el v. 34 y en 1 P. 2:15, silenciar. El verbo se usa en 1 Co. 9:9; 1 Ti. 5:18 con respecto a poner bozal a los bueyes; en Mr. 1:25; Lc. 4:35, como un mandamiento dirigido a los demonios: “Cállate”; y en Mr. 4:39, una orden similar dirigida al mar tempestuoso. 752 Véase Lenski, op. cit. p. 834.
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Aunque estas dos cosas hay que distinguirlas, no deben ser separadas. El estudio cuidadoso de los pasajes de la Escritura (véase arriba, la lista que empieza con Job 29:14) que mencionan el vestido con que el pecador debe estar ataviado deja en claro que no solamente debe ser perdonado sino que también tiene que dejarse de lado la vieja manera de vivir y debe tomar su lugar la nueva vida para la gloria de Dios. En suma, por la gracia de Dios el pecador debe “vestirse de Cristo” (Gá. 3:27). Debe haber una vuelta completa, una renovación o “conversión” completa, exactamente como Jesús mismo había enseñado (Mt. 4:17), y como los apóstoles después de él iban a enseñar.
Entonces el pensamiento único de la parábola es éste: “Acepta la invitación de la gracia de Dios, a menos que mientras otros entran en la gloria tú te pierdas. Pero recuerda que ser miembro en la iglesia visible no garantiza la salvación. Lo necesario es la completa renovación (incluyendo la justificación y la santificación), el vestirse de Cristo”.
15 Entonces los fariseos fueron y deliberaron cómo podrían atraparle en lo que decía. 16 Y le enviaron sus discípulos con los de los herodianos, diciendo: “Maestro, sabemos que eres veraz y que verdaderamente enseñas el camino de Dios, y que no buscas el favor de ningún hombre porque eres imparcial. 17 Dinos entonces lo que piensas: ¿Es lícito pagar el impuesto a César, o no?” 18 Pero Jesús, consciente de la maldad de ellos, dijo: “¿Por qué me tentáis, hipócritas? 19 Mostradme la moneda del impuesto”. Entonces ellos le trajeron un denario. 20 El les dijo: “¿De quién es esta imagen y la inscripción?” 21 “De César”, le respondieron. Entonces él les dijo: “Pues dad a César lo que corresponde a César y a Dios lo que corresponde a Dios”. 22 Cuando lo oyeron, quedaron maravillados y dejándole se fueron.
23 Ese mismo día algunos saduceos, que niegan que haya una resurrección, se le acercaron con la pregunta: 24 “Maestro, Moisés dijo: ‘Si un hombre muere sin tener hijos, su hermano, como pariente más cercano, debe casarse con la viuda y suscitar hijos para su hermano’. 25 Ahora bien, siete hermanos estaban (viviendo) entre nosotros. El primero se casó, murió, y como no tenía hijos dejó su esposa a su hermano. 26 Lo mismo le ocurrió al segundo, al tercero y así hasta el séptimo.
27 Finalmente murió la mujer misma. 28 En la resurrección, por lo tanto, ¿de cuál de los siete será la esposa? Porque todos la tuvieron”. 29 Jesús respondió y les dijo: “Os estáis engañando a vosotros mismos, porque no conocéis [p 840] ni las Escrituras ni el poder de Dios. 30 Porque en la resurrección ni se casan ni se dan en casamiento, sino que son como los ángeles en el cielo. 31 Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que Dios os ha dicho:
32 ‘Yo soy el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’? El no es el Dios de los muertos, sino de los vivos”. 33 Y cuando las multitudes lo oyeron quedaron asombradas de su enseñanza.
34 Cuando los fariseos oyeron que él había dejado callados a los saduceos, se reunieron. 35 Y uno de ellos, experto en la ley, le hizo una pregunta para probarle: 36 “Maestro, cuál es el mayor mandamiento de la ley?” 37 El le contestó:
“ ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente.’ 38 Este es mayor y el primer mandamiento. 39 Y el segundo es semejante a éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
40 De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”. 41 Mientras los fariseos estaban reunidos, Jesús les preguntó: “¿Cuál es vuestra opinión del Cristo? ¿De quién es hijo?” Ellos le dijeron: “De David”. 43 El les dijo: “Entonces, ¿cómo es que David en el Espíritu le llama Señor, diciendo:
44 ‘El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies’?
45 “Si pues David le llama Señor, ¿cómo es él su hijo?” 46 Y nadie podía responderle palabra alguna, ni desde ese día se atrevió alguien a hacerle otra pregunta.
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22:15–46 Preguntas capciosas y respuestas autoritativas y también la pregunta de Cristo
vv. 15–22 Cf. Mr. 12:13–17; Lc. 20:20–26 vv. 23–33 Cf. Mr. 12:18–27; Lc. 20:27–40 vv. 34–40 Cf. Mr. 12:28–34 vv. 41–46 Cf. Mr. 12:35–37; Lc. 20:41–44
¿Es lícito pagar impuesto a César, o no?
15. Entonces los fariseos fueron y deliberaron cómo podrían atraparle en lo que decía. Más temprano en ese mismo día por medio de una contrapregunta Jesús había derrotado a los líderes (21:23–32), y aun los había expuesto como homicidas (21:39; 22:7). Sin embargo, esto no los condujo al arrepentimiento. En vez de clamar: “Oh Dios, ten misericordia de nosotros, pecadores” (cf. Lc. 18:13), estaban cada vez más decididos a matar a Jesús. Sin embargo, tienen miedo de atacarlo personalmente. Tienen temor del pueblo. Así que se confabulan y de un modo clandestino conspiran acerca de cómo pueden sorprenderlo753 en lo que dice.
[p 841] 16. Y le enviaron sus discípulos con los de los herodianos ... En vez de enfrentarse con Jesús estos fariseos envían algunos de sus estudiantes. ¿Pensaban, quizás, que Jesús sería más compasivo con estos jóvenes, y que por esa misma razón sería más fácil atraparlo? Además, estos líderes mismos o sus discípulos—pero en todo caso, por sugerencia de los líderes—persuadieron a otros jóvenes, discípulos de los herodianos, a que los acompañaran. ¡Qué combinación rara! a. Los fariseos, que estaban muy preocupados de guardar la ley de Dios, o por lo menos hacían creer que lo estaban, y b. los partidarios de la familia de Herodes, que se preocupaban muy poco de los mandamientos divinos. Estos dos grupos se unen contra Jesús. Cada uno tiene sus razones para desear deshacerse del profeta de Nazaret. ¿No implica su enseñanza una reprobación de la justicia propia del primer grupo y de la mundanalidad del segundo? Además, los herodianos no pueden haber estado felices con la entrada real de Jesús a Jerusalén, ni los fariseos con su entrada como “Hijo de David”, el Mesías. Además, ambos tienen envidia de Jesús porque, como ellos lo ven, su influencia sobre el pueblo se está haciendo demasiado pronunciada.
Había aún otra razón por la que la combinación “discípulos de los fariseos con los de los herodianos” era astuta. La razón tiene que ver con la pregunta que los jóvenes iban a hacer a Jesús: “¿Es lícito pagar impuesto a César, o no?” La respuesta que los herodianos hubieran dado era: “Sí, de todos modos”. La misma posición y prestigio del rey Herodes Antipas y sus partidarios dependía, y no en poca monta, del pago de los impuestos. Por eso favorecían el impuesto, y, junto con ello, el status quo político. Los zelotes, un partido que aquí no se menciona, se oponían amargamente al impuesto y declaraban que ellos reconocían solamente un Amo, Dios.754 Estaban dispuestos aun a la guerra en defensa de este principio. Los fariseos tomaban una posición similar, aunque un poco menos fanática. En general, su odio hacia los herodianos era mayor que hacia los romanos. Pero se resentían por tener que pagar tributo a un gobernante extranjero, y esto mayormente debido a que ese gobernante exigía honores y reclamaba títulos pertenecientes solamente a Dios. Ante los ojos de los fariseos estrictamente “religiosos” el emperador que exigía este tributo era un blasfemo.
753 παγιδεύσωσι terc. pers. pl. aor. subj. de παγιδεύω, poner una παγίς (trampa, lazo); cf. πήγνυμι, atar, fijar. Las palabras inglesas fasten, fang, compact se pueden relacionar con esto. 754 Josefo, Guerra judaica II. 117, 118; Antigüedades XVIII. 23.
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El impuesto a que se refiere este pasaje era un impuesto de capitación que, después de la deposición de Arquelao (6 d. C.), la cobraba el procurador a cada varón adulto de Judea y se pagaba a la tesorería imperial. “¿Es lícito que el judío pague este impuesto?” Si Jesús responde: “Sí”, él apartaría de sí no solamente a los zelotes y fariseos sino a todo judío devoto y amante de la libertad. Si respondía: “No”, se expondría al cargo de traición (cf. Lc. 20:20; 23:2). Así que también por esta razón era astuto preparar un comité mixto de jóvenes fariseos y herodianos para hacer esta pregunta a Jesús.
[p 842] Este comité debe haber recibido instrucciones detalladas sobre cómo enfrentar al Maestro. Difícilmente podemos imaginar que la lisonjera introducción con la que precedieron la pregunta era original de ellos. Vinieron a Jesús ... diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz y que verdaderamente enseñas el camino de Dios, y no buscas el favor de ningún hombre porque eres imparcial. Lo reconocen como un “maestro” en Israel. Además, parecen decir: “Tú eres un maestro en quien el pueblo puede confiar, porque, como todos saben, eres digno de confianza y expones fielmente a la gente el ‘camino’755 o la voluntad de Dios”. Ellos continúan (literalmente): “y no es un cuidado tuyo acerca de nadie”, que probablemente signifique: “Y no te permites ser presionado por la opinión de alguien”, o “no le tienes miedo a nadie”, o “no buscas el favor de nadie”. Concluyen su introducción diciendo (nuevamente en forma literal según una expresión idiomática griega y hebrea): “Porque no miras el rostro de los hombres”, en otras palabras, “eres imparcial”. Véase 1 S. 16:7; también C.N.T. sobre Gá. 2:6. Así estos espías (Lc. 20:20) velan su verdadera intención, que era atrapar a Jesús en la declaración que según ellos tendría que hacer. Esconden su propósito bajo un manto de adulaciones lisonjeras. Entonces, como si fueran investigadores sinceros interesados en obtener la información, lanzan su pregunta: 17. Dinos entonces lo que piensas: ¿Es lícito pagar el impuesto a César, o no?
Uno casi no sabe qué admirar más en la reacción de Cristo, si su penetrante visión de los corazones y motivos de los hombres (véase el v. 18), o su maravillosa viveza mental para dar tan rápidamente una respuesta que establece un principio por el cual debe guiarse toda persona en su búsqueda de una relación adecuada entre el reino terrenal y el celestial (vv. 19–21): 18. Pero Jesús, consciente de la maldad de ellos, dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Jesús había usado esta palabra “hipócritas” antes (véase sobre 6:2, 5, 16; 7:5; 15:7). La va a usar nuevamente (varias veces en el cap. 23 y luego también en 24:51). Es completamente adecuada a la presente situación, porque un hipócrita dice una cosa, pero su intención es otra. Pretende hacer una cosa pero intenta hacer otra. Es un actor, un simulador. Esconde su verdadero rostro tras una máscara. Jesús agrega: 19. Mostradme la moneda del impuesto.756 Entonces ellos le trajeron un denario. Un denario o dinar era una moneda romana, de plata, más o menos equivalente a la dracma griega. Su peso normal era 60 granos. Para mayor información al respecto, véase sobre 5:26, nota 290; y sobre 17:24; 18:28; [p 843] 20:2, 9, 10, 13. Debido a las grandes caravanas de peregrinos que fluían hacia Jerusalén de diversas partes del imperio para asistir a la Pascua, debe haber sido fácil encontrar un denario inmediatamente. Las muchas referencias a esta moneda en
755 En cuanto a “camino”, véase sobre 21:32. 756 Nótese νόμισμα, en el que uno puede ver la palabra νόμος, ley; de ahí, dinero o moneda que por ley entró en uso común; circulante; y κήνσου genitivo de κήνσος, impuesto o tributo; en este caso, capitación. Acerca de esta palabra véase sobre 17:25, nota 632. Por lo tanto, toda la expresión significa “moneda por medio del cual se paga el tributo o la capitación”, “moneda de la capitación”. En realidad, el denario era acuñado con miras a la capitación. 290 El original tiene la palabra κοδράντης, palabra derivada del latín quadrans. Un cuadrante es un “cuarto” de un “as” o “asario”. Este vale un dieciseisavo de un denario. El denario es el salario promedio diario de un jornalero (Mt. 18:28; 20:2, 9, 13; 22:19). Debido al cambio constante de los valores monetarios es imposible indicar con algún grado de exactitud el equivalente en monedas modernas. Si el denario se estima en 16 a 18 centavos de dólar de Estados Unidos, entonces el asario equivaldría a un centésimo, y el cuadrante a un cuarto de centavo. Sin embargo, no es necesario determinar cuál sería el exacto equivalente moderno. El punto es: la persona que se niega a hacer un honesto intento de reconciliación jamás podrá pagar su deuda.
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los Evangelios muestran que esta moneda circulaba ampliamente entre los judíos de Palestina y era bien conocida entre ellos.
Entonces Jesús toma el denario en la mano. Por el hecho de pedir el denario y tenerlo en la mano Jesús está dirigiendo la atención de los espectadores hacia la moneda; es decir, hacia la cabeza acuñada en la moneda y la leyenda que la acompaña. Y más aun por la pregunta que está por hacer. Tal vez los discípulos de los herodianos se estén preguntando: “¿Va a hablar con desprecio de la imagen o de la inscripción, prohibiendo usar la moneda para pagar el impuesto? Si hace esto, ya lo tenemos”. Y los discípulos de los fariseos podrían haber estado pensando: “Aparte del horror de exigirnos el pago del impuesto la sola aparición de la ‘imagen’ en la moneda, ¿no es una transgresión del segundo mandamiento? Y la leyenda, ¿no es una blasfemia? Si apoya el uso de este tipo de moneda con el propósito de apoyar al opresor que se glorifica a sí mismo, ¿no se apartarán de él todos los nacionalistas entusiastas?”
Sea que la moneda fuese del reinado de Augusto o de Tiberio, en cualquier caso el emperador se atribuía gloria a sí mismo. Un denario del reinado de Tiberio lleva en el anverso la cabeza del emperador. En el reverso está sentado en un trono. Tiene puesta una diadema en la cabeza y está vestido como un sumo sacerdote.
Las inscripciones, con abreviaturas y en que la V representa nuestra U, son las siguientes:
Anverso Reverso
TICAESARDIVI AVGFAVGVSTVS PONTIF MAXIM Traducción: Traducción:
TIBERIO CESAR AUGUSTO SUMO SACERDOTE HIJO DEL DIVINO AUGUSTO
Todos los ojos están puestos en Jesús, y la tensión debe haber sido tremenda cuando 20, 21. El les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? De César, le respondieron. Entonces él les dijo: Pues, dad a César lo que corresponde a César y a Dios lo que corresponde a Dios. Explicación:
a. No estaba evadiendo el asunto, sino que estaba diciendo claramente: “Sí, pagad el impuesto”. Honrar a Dios no significa deshonrar al emperador rehusando pagar por los privilegios—una sociedad relativamente ordenada, protección policial, buenos caminos, tribunales, etc., etc.—que uno disfruta. Cf. 1 Ti. 2:2; 1 P. 2:17. Así no se podía hacer ningún cargo de sedición contra Jesús.
b. Está limitando su “sí” al declarar que había que pagar (devolver) al [p 844] emperador solamente lo que le corresponde (o lo que es debido). Por eso, hay que rechazar la honra divina que el emperador reclama y que es debida solamente a Dios.757 ¿Cómo podrían los fariseos hallar falta en eso? Además, esta palabra era una advertencia a todos—desde el más excelso emperador hasta el súbdito de más bajo rango—para que no reclamen honores indebidos. Cf. 2 Ro. 18:19–19:37 (2 Cr. 32:9–23; Is. 36, 37); Dn. 4:28–32; 5; Hch. 12:20–23.
757 A. Deissmann (op. cit., p. 252) observa correctamente que en este pasaje Jesús no mostró falta de respeto hacia el emperador, sino que haciendo una distinción tan tajante entre César y Dios hizo una protesta tácita contra el culto al emperador.
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c. Al añadir “y a Dios lo que corresponde a Dios”, Jesús está enfatizando el hecho de que todo el servicio, la gratitud y la gloria, etc., que se deben a Dios deben serle tributados constante y alegremente a él. Nada hay que retener. Véanse por ejemplo, Sal. 29; 95; 96; 103–105; 116; Jn. 17:4; Ro. 11:33–36; 1 Co. 6:20; 10:31; 16:1, 2; 2 Co. 9:15. Uno no da a Dios lo que es debido cuando conspira para destruir a su amado Hijo. Pero esto era exactamente lo que estos espías y sus maestros querían hacer.
d. Al hacer una distinción entre “lo que corresponde a César” y “lo que corresponde a Dios” Jesús está rechazando la pretensión de César, pretensión que hace en la moneda y en otras formas, al efecto de que el suyo es no solamente un reino físico, sino también un reino espiritual (nótese: “Pontifex Maximus”, es decir, “Sumo Sacerdote”). Cf. Jn. 18:36. Naturalmente Dios es Soberano sobre todo (Dn. 4:34, 35). Ciertamente hay que respetar al emperador y obedecerle cuando quiera que su voluntad no choque con la voluntad de Dios. Véase Ro. 13:1–7. Pero cuando hay un choque hay que seguir la norma establecida en Hch. 5:29.
Por medio de esta respuesta Jesús ha desconcertado a sus enemigos. No nos sorpredemos leer: 22. Cuando lo oyeron, quedaron maravillados. No habían esperado este tipo de respuesta. Quedaron asombrados. ¿Fueron convertidos? No. Leemos: y dejándolo se fueron.
En la resurrección, ¿esposa de quién será?
23–24. Ese mismo día algunos saduceos, que niegan que haya una resurrección, se le acercaron con la pregunta: Maestro, Moisés dijo: Si un hombre muere sin tener hijos, su hermano, como pariente más cercano, debe casarse con la viuda y suscitar hijos para su hermano. Ahora toca a los saduceos hacer su ataque a Jesús. Véase también 16:1, y C.N.T. sobre Jn. 11:49. Sus creencias, la negación de la inmortalidad del alma y de la resurrección del cuerpo, su relación con los fariseos, etc. ya se han analizado en relación con 3:7; véase sobre ese pasaje. Eran los mundanos de su tiempo, y con frecuencia se comportaban de un modo grosero. En vista del hecho de que se van a burlar de la doctrina de la resurrección, es [p 845] comprensible que vengan completamente solos. Los fariseos, puesto que ellos como Jesús creían en la resurrección, no podían haberse unido a ellos en este ataque. Los saduceos se acercan a Jesús “ese mismo día”, el día que en Mateo comienza en 21:20 y probablemente continúe hasta 26:5, un día notable, ciertamente, el martes de la semana de la pasión.
Los saduceos comienzan su ataque con la frase: “Moisés dijo”. La referencia al gran dador de la ley, Moisés, debe servir para añadir peso a su argumento. Hay que tener presente que esta secta tenía al Pentateuco como de mayor valor que los demás libros del Antiguo Testamento. Ahora hacen de Dt. 25:5, 6 la palanca para su pregunta. En ese pasaje se da a Israel la ley del “matrimonio levirato”.758 Según esta ley, si una esposa pierde su marido antes que haya nacido un hijo varón, el hermano de su marido—o el pariente más cercano—debe casarse con la viuda, para que el primer hijo nacido de este casamiento pueda ser contado como hijo del muerto y que no se pierda la línea de éste. La desobediencia a este mandamiento se consideraba una grave ofensa (Dt. 25:7–10). La obediencia a medias, de modo que el hombre estaba dispuesto a casarse con la viuda pero no tener hijos por su intermedio porque el hijo no sería contado como suyo, en el caso de Onán fue castigado con la muerte (Gn. 38:8–10). Para una interesante aplicación de la ley del matrimonio levirato véase Rt. 4:1–8. No es claro hasta qué punto esta ley se estaba obedeciendo todavía durante la peregrinación terrenal de Cristo.
Entonces los saduceos hacen uso de este mandamiento con el fin de mostrar cuán completamente absurda es, desde el punto de vista de ellos, la creencia en la resurrección del cuerpo. Si la historia que están por relatar era el informe de un suceso de la vida real, como
758 Levirato es del latín levir (por devir; cf. griego δαήρ), un hermano del marido; de donde, cuñado.
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creen algunos expositores, júzguelo el lector por sí mismo. Por mi parte, me inclino a creer que es invención de ellos. Dicen: 25–28. Ahora bien, siete hermanos estaban (viviendo) entre nosotros. El primero se casó, murió, y como no tenía hijos dejó su esposa a su hermano. Lo mismo le ocurrió al segundo, al tercero y así hasta el séptimo. Finalmente murió la mujer misma. En la resurrección, por lo tanto, ¿de cuál de los siete será la esposa? Porque todos la tuvieron. Concediendo que la suposición básica fuese correcta—a saber, que la vida conyugal sigue en la vida venidera—dos maridos hubieran sido suficientes para demostrar el planteamiento de ellos. Pero siete hace que la historia sea más interesante y que la creencia en la resurrección parezca aun más absurda. Piénsese en ello: cuando resuciten los muertos, esta mujer—¿una matamaridos?—¡habrá tenido siete maridos! Por cierto, eso no puede ni debe ser. Se le permite tener solamente uno, pero ¿cuál de ellos?
29. Jesús respondió y les dijo: Os estáis engañando a vosotros [p 846] mismos,759 porque no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios. Si hubieran conocido las Escrituras, tendrían que haber sabido que nada hay en Dt. 25:5, 6 que haga esto aplicable a la vida venidera, y también habrían sabido que el Antiguo Testamento en diversos pasajes enseña la resurrección del cuerpo (más al respecto en relación con los vv. 31, 32). Y si hubieran reconocido el poder de Dios (Ro. 4:17; Heb. 11:19), habrían entendido que Dios puede levantar a los muertos de tal modo que ya no será necesario el matrimonio (véase más al respecto en el v. 30).
En el v. 30 se proporciona la prueba de la declaración de que la premisa básica del argumento planteado por los saduceos es errónea y que han dejado de contar con el poder de Dios: 30. Porque en la resurrección ni se casan ni se dan en casamiento, sino que son como los ángeles en el cielo. El glorioso cuerpo de resurrección—Jesús nada dice de la resurrección de los impíos—va a ser inmortal. Puesto que no habrá muerte, la raza no tendrá que reproducirse. En consecuencia, el matrimonio será cosa del pasado. En que no se casan ni se dan en casamiento, los bienaventurados serán como los ángeles, porque ellos tampoco se casan. Los salvados serán como los ángeles en este solo respecto; sí, como los ángeles, cuya existencia los saduceos también niegan (Hch. 23:8), y esto a pesar del hecho de que el Pentateuco, aceptado por ellos, enseña su existencia (Gn. 19:1, 15; 28:12; 32:1). ¿No demuestra el v. 30, tomado en forma íntegra y en conexión con lo que se conoce de las creencias de los saduceos, que estos hombres ni conocen las Escrituras ni el poder de Dios?
Aunque los saduceos ridiculizan una maravillosa verdad aceptada y enseñada por Jesús mismo, a saber, la de la resurrección de los muertos, el Señor no se niega a impartirles la instrucción necesaria sobre este mismo tema: 31, 32. Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que Dios os ha dicho: Yo soy el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? El no es el Dios de los muertos, sino de los vivos. “¿No habéis leído?” dice Jesús (cf. 12:3, 5; 19:4; 21:16, 42). Ciertamente los que tratan de basar su argumento en la Escritura (Dt. 25:5, 6) ¡debieran conocer las Escrituras! Debieran estar familiarizados con toda la Escritura, no con sólo un pasaje, que entonces aplican mal. Ahora es verdad que los saduceos no tenían el Nuevo Testamento, que menciona la resurrección repetidas veces—sea de Jesús mismo o de su pueblo, o aun de todos los muertos—(Mt. 12:39, 40; 16:21; 17:22; 20:19; 21:42; 25:31ss.; 28:1–10; Mr. 16:1–8; Lc. 24; Jn. 5:28, 29; 11:24; 20; 21; Hch. 2:34–36; 4:10, 11; 17:31, 32; Ro. 1:4; 1 Co. 15; Fil. 3:20, 21; 1 Ts. 4:16; 1 P. 1:3; Ap. 20:11–15, para mencionar sólo unos pocos de los muchos pasajes en [p 847] que se enseña esta doctrina). Pero aun el Antiguo Testamento no carece de referencias a la resurrección corporal. Quizás los más claros sean Sal. 16:9–11 (interpretado por Pedro en Hch. 2:27, 31) y Dn. 12:2. Dignos de consideración también son Job 14:14; 19:25–27; Sal. 17:15; 73:24–26; Is. 26:19; Ez. 37:1–14; Os. 6:2; 13:14 (cf. 1 Co. 15:55); pasajes que, aunque
759 O: “Estáis equivocados”. El verbo πλανάω, en el activo: hacer vagar, aquí, πλανάσθε, con sentido medio, hace que uno recuerde un planeta o vagabundo. Una persona que está muy errada está mentalmente vagabunda.
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no siempre enseñen directamente la resurrección del cuerpo, bien podrían sugerir la creencia en esta verdad. Tómese por ejemplo Sal. 73:24–26, que claramente enseña la existencia bienaventurada del alma del creyente en el cielo después de la muerte. La misma existencia del alma en el estado intermedio ¿no exige la resurrección del cuerpo? Dos hechos señalan ciertamente en esa dirección: a. la creación del hombre como “cuerpo y alma” (Gn. 2:7), y b. este mismo pasaje: “El no es el Dios de los muertos sino de los vivos”. Nótese también que Abraham con toda seguridad creía en la posibilidad de una resurrección física (Heb. 11:19).
Sin embargo, Jesús se refiere a otro pasaje, a saber, Ex. 3:6: “Yo soy el Dios de Abraham ...,” e indica que puesto que Dios no es el Dios de los muertos sino de los vivos, hay que concluir que Abraham, Isaac y Jacob todavía viven y están esperando una resurrección gloriosa.
Se han hecho intentos de quitarle el valor al argumento de Cristo. Por ejemplo, se ha dicho que la expresión “Dios de Abraham” sencillamente significa que mientras Abraham estaba en la tierra adoraba a Jehová. Sin embargo, un estudio del contexto en que ocurren Ex. 3:6 y todos los pasajes similares (véanse Gn. 24:12, 27, 48; 26:24; 28:13; 32:9; 46:1, 3, 4; 48:15, 16; 49:25; etc.) prueba rápidamente que Quien se revela a sí mismo como “el Dios de Abraham ...” es el inmutable y eterno Dios del pacto que bendice, ama, alienta y protege a su pueblo, y cuyos favores no cesan bruscamente cuando una persona muere, sino que siguen con esa persona más allá de la muerte (Sal. 16:10, 11; 17:5; 73:23–26).
En esta conexión hay que mencionar otro hecho. Los hombres con que este inmutable Jehová (Ex. 3:6, 14; Mal. 3:6) estableció un pacto eterno (Gn. 17:7) eran israelitas, no griegos. Según la concepción griega (y después la romana), el cuerpo es solamente la prisión del alma. Véase C.N.T. sobre 1 y 2 Ts., pp. 130–132. La concepción hebrea, el producto de la revelación especial, es completamente diferente. Aquí Dios trata con el hombre entero y no solamente con su alma o simplemente con su cuerpo. Al contrario, cuando Dios bendice a su hijo lo enriquece con beneficios físicos y espirituales (Dt. 28:1–14; Neh. 9:21–25; Sal. 104:14, 15; 107; 136 y muchos pasajes similares). Lo ama cuerpo y alma. Va a enviar a su amado hijo para rescatarlo completamente. En consecuencia, el cuerpo participa con el alma del honor de ser “templo del Espíritu Santo” (1 Co. 6:19, 20). El cuerpo es “para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1 Co. 6:13). Dios ama a toda la persona y la declaración: “Yo soy el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (nótese la triple aparición de la palabra Dios, [p 848] mencionada separadamente en conexión con cada uno de los tres para enfatizar la relación personal con cada uno) implica ciertamente que sus cuerpos no serán dejados para los gusanos, sino que un día serán resucitados gloriosamente. La tarea de hacer la prueba queda enteramente sobre la persona que niega esto. Véase también H. W. Robinson, The People and the Book, Oxford, 1925, p. 353ss.
33. Y cuando las multitudes lo oyeron, quedaron asombradas760 de su enseñanza. La gente quedó llena de temor y maravilla. Sabían que Jesús una vez más había triunfado gloriosamente sobre sus oponentes.
¿Cuál es el mandamiento mayor de la ley?
34. Cuando los fariseos oyeron que él había dejado callados a los saduceos, se reunieron. Jesús había dejado callados (véase sobre el v. 12) a los saduceos. Su victoria debe de haber agradado a los fariseos, porque éstos, como Jesús, creían en una resurrección corporal, la doctrina que los saduceos negaban. Sin embargo, desde otro punto de vista muchos fariseos no pueden haber quedado complacidos porque no querían que se fortaleciera
760 Acerca del verbo ἐξεπλήσοντο, véase sobre 7:28.
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la influencia de su enemigo sobre el público en general. Así que una vez más se reúnen761 alrededor de Jesús a fin de probarlo. Sin embargo, esta vez no envían a algunos de sus discípulos, como en el v. 15, y a algunos de los discípulos de los herodianos a Jesús, sino que lo interrogan más directamente, esto es, a través de uno de sus propias filas y de su rango: 35, 36. Y uno de ellos, experto en la ley, le hizo una pregunta para probarle: Maestro, ¿cuál es el mayor mandamiento de la ley? Cuando Mateo quiere decir algo sobre un maestro y experto en la ley mosaica, tomado en el sentido más amplio, usa la palabra escriba para indicar tal persona (véase sobre 2:4; 7:28, 29). Lo mismo hace Marcos. Lucas usa tanto escriba como experto en la ley (“doctor de la ley”). Aquí, por única vez—la única excepción— Mateo escribe experto en la ley762 (cf. Zenas, Tit. 3:13). No se sabe exactamente por qué hace esta excepción. Podría ser sencillamente por variación estilística. Otra posibilidad es que Mateo desea decirnos que éste era un experto en la ley que realmente merecía tal título. Como quiera que sea, recibimos una impresión favorable de este hombre, no solamente porque formuló una pregunta importante, por la cual Cristo de ningún modo lo reprende (contrástese con el v. 18), sino también porque por propia iniciativa repite con aprobación la respuesta de Cristo, por lo cual [p 849] también recibe un elogio (véase Mr. 12:32–34).763 Habiendo aprendido de muchos pasajes previos cuan hostiles hacia Jesús eran los fariseos y escribas (9:3; 15:1, 2; 16:21; 20:18; 21:15, 16; 22:15) y cómo por su parte él los condena, hecho que se nos recuerda siete veces en el cap. 23, encontramos sorprendente que se haya elegido a este experto en la ley o escriba que no era hostil—¿diremos que era noble?—para representar a los fariseos para probar a Jesús. ¿Fue porque realmente no conocían a este hombre? ¿Era hostil al principio y quedó profundamente impresionado por la respuesta de Cristo, de modo que allí mismo experimentó un cambio de actitud hacia este Maestro? ¿O yace más profundamente la razón por qué los fariseos seleccionaran a este hombre para representarlos: que realmente lo conocían en forma completa y lo enviaron pensando: “Jesús no sospechará de él, y podríamos todavía hacer tropezar a nuestro enemigo por la respuesta que dará”? No lo sabemos.
La pregunta hecha por este experto en la ley fue una que se podía esperar de él y de los hombres que representaba. Los rabinos, consagrados al legalismo lleno de sutilezas, sostenían extensos debates sobre los mandamientos, discutiendo si alguno en particular era grande o pequeño, pesado o liviano. En cuanto a detalles, véase sobre 5:19 y 15:1ss. Así que era natural que con frecuencia debatieran la cuestión: “¿Cuál”764—de los 613 mandamientos, 248 de ellos positivos, 365 negativos—era “el grande”, aquí en el sentido de un superlativo, “el más grande de todos?”765
A esta pregunta Jesús da una respuesta inolvidablemente hermosa:
37–40. El le contestó: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente.
761 συνήχθησαν terc. pers. pl. aor. indic. pas. de συνάγω, aquí probablemente en un sentido medio: se juntaron (ellos mismos), se reunieron a sí mismos. Del mismo verbo es también συνηγμένων (v. 41), gen. pl. masc. part. perf. pas.: habiéndose reunido, estaban reunidos. 762 Sin embargo, el texto no es del todo seguro. Algunas autoridades textuales omiten la palabra.
763 Lc. 10:25–28 es paralelo solamente en un sentido secundario. Es paralelo al resumen de la ley. Pero las circunstancias son diferentes, como diferente también es la historia misma. 764 La traducción “¿Qué clase de?” probablemente sea un refinamiento excesivo e innecesario. El adjetivo ποῖος, generalmente “¿(de) qué clase?” (Ro. 3:27; 1 Co. 15:35; 1 P. 1:11; etc.), a veces simplemente tiene el significado “¿Cuál?” o “¿Qué?” Véase también Hch. 23:34.
765 No solamente el comparativo μείζων (18:1; véase nota 638) puede tener el sentido de un superlativo, sino también el positivo μέγας, aquí en femenino μεγάλη. Cf. Jn. 7:37. En el Nuevo Testamento el superlativo μέγιστος se encuentra solamente en 2 P. 1:4, y allí en el sentido de “muy grande”.
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Este es el mayor y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.
Aquí Jesús enseña que: a. Todo el deber del hombre, toda la ley moral y espiritual, puede resumirse en una sola
palabra: amor. Cf. Ro. 13:9, 10; 1 Co. 13.
b. Este amor debe ser dirigido hacia Dios (Dt. 6:5) y hacia el hombre (Lv. 19:18). En el Sermón del Monte la obligación de amar se plantea con [p 850] mayor detalle (véase especialmente 5:43–48; cap. 6; y 7:1–12).
c. Corazón, alma y mente deben cooperar en el amor a Dios. El corazón es el eje de la existencia del hombre, el manantial de todos sus pensamientos, palabras y acciones (Pr. 4:23). El alma—la palabra usada en el original tiene una variedad de significados (véase nota 334)—probablemente sea aquí el asiento de la actividad emocional del hombre; la mente no solamente es el asiento de su vida puramente intelectual sino también de su disposición o actitud. En el original hebreo (y también en la LXX) de Dt. 6:5, se lee “corazón, alma y poder (o: fuerza)”. Mr. 12:30 tiene “corazón, alma, mente y fuerzas”. Cf. Lc. 10:27. No se intenta establecer alguna diferencia esencial. No debemos tratar de excedernos en el análisis. Lo que se quiere decir en todos estos pasajes es que el hombre debe amar a Dios con todas las “facultades” con que Dios lo ha dotado.
d. El hombre debe usar todos estos poderes al máximo. Nótese el triple “todo ... toda ... toda ...” El punto es que el amor sincero de Dios de todo corazón no debe recibir una respuesta a medias. Cuando Dios ama, ama al mundo; cuando da, da a su Hijo, o sea se da a sí mismo. Véase C.N.T. sobre Jn. 3:16. Lo entrega; no lo escatima. Un amor más grande es imposible (Jn. 15:13; Ro. 5:6–10; 2 Co. 8:9). Ciertamente la respuesta a ese amor no debe ser menos que la indicada en Ro. 11:33–36; 1 Co. 6:20; 2 Co. 9:15; Ef. 5:1, 2; Fil. 2:1–18; Col. 3:12–17.
e. Este mandamiento se llama el mayor de todos porque hace un compendio de la más excelente respuesta al Ser más maravilloso, y es básico para todo otro amor genuino.
f. “Un segundo mandamiento que es similar a él” se parece al primero porque también requiere el amor. Además, este amor hacia el prójimo, que es portador de la imagen de Dios, fluye del amor hacia Dios (1 Jn. 4:21; véanse también Mt. 5:43; 7:12; 19:19).
g. Este mandamiento doble (amor a Dios y amor al prójimo) es la estaca de la cual pende toda la “ley y los profetas”. Quítese la estaca y todo se pierde, porque todo el Antiguo Testamento, con sus mandamientos y pactos, profecías y promesas, tipos y testimonios, invitaciones y exhortaciones, señala hacia el amor de Dios que exige la respuesta de amor a cambio.
¿Cuál es vuestra opinión del Cristo?
41, 42. Mientras los fariseos estaban reunidos, Jesús les preguntó: ¿Cuál es vuestra opinión del Cristo? ¿De quién es hijo? A primera vista no parece haber una conexión entre
334 En los vv. 25a y 25b la palabra ψυχἠ tiene el sentido de vida, el principio que anima el cuerpo (cf. 2:20; 16:26; Mr. 3:4; Lc. 6:9). En otras ocasiones, como se la usa en los Evangelios, se refiere a la suma total de la vida que está por encima de lo físico, especialmente al asiento de la actividad emocional (Mt. 26:38; Mr. 12:30); o podría indicar el yo, la persona (Mt. 11:29; 20:28; Mr. 8:36; 10:45).
Para una presentación más completa de los diversos usos de ψυχἠ y πνεῦμα en el Nuevo Testamento y la relación que tienen entre sí (hasta qué punto deben distinguirse, y hasta qué punto se superponen) véase C.N.T. sobre 1 y 2 Tesalonicenses, pp. 170– 174; también el libro de este autor La Biblia y la vida venidera, pp. 41–46.
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este párrafo y el inmediatamente precedente. No se nos dice que los fariseos del v. 41 son los del v. 34. Mateo ni siquiera nos dice donde ocurre esta confrontación. Sin embargo, Marcos nos [p 851] informa que ocurrió en el templo (12:35). Cf. Mt. 21:23; Mr. 11:27; Lc. 20:1.
Sin embargo, en contraste con esta vaguedad con respecto a algunas de las circunstancias es honrado y justo declarar que, después de todo, hay un posible vínculo entre este párrafo y el precedente. El v. 34 nos informa que los fariseos “se reunieron”, presumiblemente (véase el contexto) alrededor de Jesús; el v. 41 dice: “Mientras los fariseos estaban reunidos”. Véase la nota 761. Con toda probabilidad, por lo tanto, Jesús todavía está conversando con el mismo auditorio.
Basados en esta razonable suposición, las palabras de Jesús aquí en el v. 4ss adquieren una significación aumentada. Un momento antes, en el sumario que dio de la ley, Jesús puso todo el énfasis en el amor, como que es el cumplimiento del Decálogo. Y ahora está poniendo este amor en práctica al dirigir la atención de su auditorio a la fe en él mismo, porque sin esa fe—y sin una concepción correcta acerca de Cristo—ningún fariseo (ni otra persona) puede ser salvo (11:28–30; Jn. 14:6; Hch. 4:12). Aunque sabemos que la mayoría de las personas a quienes se dirigió la pregunta del Maestro seguía endureciéndose (véanse cap. 23; 26:3, 4, 47, 57; 27:41, 62–64), ¿no es posible que el hombre a quien Jesús dijo: “No estás lejos del reino” (Mr. 12:34) haya entrado completamente en el reino al ponderar la pregunta de Cristo? No todos los escribas y fariseos eran igualmente malos. No todos los líderes judíos rechazaron permanentemente a Jesús. Véanse Mt. 27:57; Lc. 23:50, 51; Jn. 19:38, 39. Pero a pesar de todo esto, nada puede hacer desmerecer el hecho de que Jesús, al hacer que este tipo de auditorio (recuérdese 22:15) se enfrente cara a cara con la pregunta más importante que jamás se haya formulado, está revelando su maravilloso amor. Está conversando públicamente con estos hombres por última vez766 y por lo tanto hace la pregunta más importante de todas.
“¿Cuál es vuestra opinión del Cristo? ¿De quién es hijo?” Cf. 16:13. Es claro que el Maestro se refiere a sí mismo cuando dice “el Cristo”. Sin embargo, la frase está expresada de tal modo (esto es, en tercera persona) que los fariseos pueden dar una respuesta pronta sin afirmar que Jesús es el Cristo. En realidad, la idea de que Jesús pudiera ser el Cristo les resulta repugnante. El Mesías esperado (Cristo es el equivalente griego de “Mesías”) era en realidad el Hijo de David. Ellos sabían esto y lo enseñaban (Mr. 12:35; Jn. 7:42). Además, hasta aquí estaban en lo correcto, porque esta es la enseñanza de la Escritura (2 S. 7:12, 13; Sal. 78:68–72; 89:3, 4, 20, 24, 28, 34–37; Am. 9:11; Miq. 5:2; etc.). Pero, ¡cómo odiaban ellos oír que Jesús fuera llamado “Hijo de David”! Véanse Mt. 12:23, 24; 21:15, 16.
Había una cosa más que estos fariseos sabían. Era esto, que Jesús no [p 852] había puesto objeciones a que se le llamara “Hijo de David”. No había reprendido ni a los discípulos ni a los niños cuando, por implicación lo habían llamado así. Sin embargo, hay que purificar la atmósfera. Las ideas terrenales que se habían unido al concepto “Hijo de David” o “Mesías” tenían que ser quitadas. Cf. Jn. 18:36. Ha llegado el momento de preparar el auditorio para la idea de que el título “Hijo de David” significa más de lo que generalmente se entendía. Los fariseos deben aprender que el Hijo de David es también el Señor de David. No solamente es hombre; ¡también es Dios!
En esta instrucción para los fariseos, Jesús procede muy sabiamente de lo conocido hacia lo desconocido; es decir, desde aquello que están dispuestos a reconocer hacia lo que los va a
761 συνήχθησαν terc. pers. pl. aor. indic. pas. de συνάγω, aquí probablemente en un sentido medio: se juntaron (ellos mismos), se reunieron a sí mismos. Del mismo verbo es también συνηγμένων (v. 41), gen. pl. masc. part. perf. pas.: habiéndose reunido, estaban reunidos. 766 En el cap. 23 Jesús habló a la gente y a los discípulos (23:1). ¿También a los escribas? Véase sobre 23:13. El no conversó con ellos.
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dejar confundidos. Cuando les pregunta: “¿Cuál es vuestra opinión del Cristo? ¿De quién es hijo?”, ellos le dijeron: De David.
43–45. El les dijo: Entonces, ¿cómo es que David en el Espíritu le llama Señor, diciendo:
El Señor dijo a mi Señor: siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies? Si pues David le llama Señor, ¿cómo es él su hijo?
Explicación:
a. La cita es del Sal. 110 (LXX 109): 1. No hay diferencia esencial entre el original hebreo fielmente reproducido en el texto griego de la LXX, por una parte, y la versión de Mateo, por la otra. Si con el texto hebreo y la Septuaginta uno dice: “hasta que haga de tus enemigos un estrado para tus pies”, o con Mateo (al relatar las palabras de Jesús): “Hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”, en ambos casos la figura que resulta es la de un enemigo que yace ante una persona en el polvo a los pies del vencedor, de modo que éste puede poner sus pies en el cuello del caído. Cf. Jos. 10:24. El “Señor” asegura al “Señor” un triunfo completo sobre todo enemigo.
b. Jesús atribuye el Sal. 110 a David y afirma que éste lo escribió “en el Espíritu”, esto es, “por inspiración”.
c. Al decir: “¿Cuál es vuestra opinión del Cristo?... David lo llama Señor”, Jesús está afirmando que Aquel a Quien David llama Señor es el Cristo. En otras palabras, Jesús está declarando que el Sal. 110 es un salmo mesiánico. Así lo consideraron también Pedro (Hch. 2:34, 35), Pablo (1 Co. 15:25), y el escritor de Hebreos (1:3; cf. 10:13).767
d. En este salmo David está haciendo una distinción entre YHWH (Jehová) y Adonai (para estos dos, véase sobre 6:9). YHWH, entonces, se está dirigiendo al Adonai de David; o si uno prefiere, Dios está hablando al [p 853] Mediador. Está prometiendo al Mediador tal preeminencia, poder, autoridad y majestad como serían propios solamente para uno que, en cuanto a su persona, desde toda la eternidad era, es ahora y para siempre será Dios. Véanse Ef. 1:20–23; Fil. 2:5–11; Heb. 2:9; Ap. 5:1–10; 12:5.
e. Sin embargo, este mismo Señor excelso es el hijo de David (2 S. 7:12, 13; Sal. 132:17). Mt. 1; Lc. 1:32; 3:23–38; Hch. 2:30; Ro. 1:3; 2 Ti. 2:8; y Ap. 5:5 muestran claramente que Jesús satisface esta descripción. Este Cristo es, por lo tanto, hijo de David y Señor de David. Es humano y divino, tanto hombre como Dios.
f. Las palabras, “Si David lo llama Señor, ¿cómo es su hijo?” no significan “el Mesías no puede ser hijo de David”, sino que deben significar “No puede ser hijo de David solamente en el sentido de ser su descendiente”. Es mucho más que eso. Es la Raíz tanto como el Renuevo de David (Ap. 22:16; cf. Is. 11:1, 10).
Es como si Jesús estuviera diciéndoles a los fariseos: “Habéis encontrado falta en mí por haber aceptado las alabanzas de quienes me llamaron ‘Hijo de David’. Recordad, pues, que yo soy el Hijo de David en el sentido más excelso, porque David mismo me llamó ‘mi Señor’. Por lo tanto, todo aquel que me rechaza a mí está rechazando al Señor de David”. Sin embargo, Jesús todavía no dice abiertamente a los enemigos que él es verdaderamente el Cristo. Eso vendrá más adelante. Véase 26:63, 64.
767 Según S.BK., Vol. IV, p. 452ss, los rabinos también aceptaban el carácter mesiánico de este salmo.
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g. Es consolador saber que no solamente según 21:42 (véase sobre ese pasaje) sino también según el pasaje presente, pocos días antes de su más amarga agonía Jesús estaba completamente consciente de que el camino de la cruz lo conduciría a la meta, a la corona.
46. Y nadie podía responderle palabra alguna, ni desde ese día se atrevió alguien a hacerle otra pregunta. También en esta confrontación final entre Jesús y sus enemigos, que habían tratado de sorprenderlo, Jesús ha vencido a estos adversarios en forma tan completa que era imposible una respuesta. En realidad, ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Resumen del Capítulo 22
Este capítulo tiene dos partes principales: (1) la parábola de la fiesta de bodas del hijo del rey (vv. 1–14), y (2) preguntas capciosas y respuestas autoritativas (vv. 15–46). La primera parte está formada por la última parábola de un pequeño grupo de tres. Sigue a la parábola de los dos hijos (21:28–32) y a la de los arrendatarios malvados (21:33–43). El simbolismo inequívoco de ¡a tercera narración presentada como ilustración no solamente predice la entrada de los así llamados “indeseables” en el reino (22:9, 10)—como lo hizo la primera de las tres parábolas (21:31)—y la destrucción de los que primeramente habían sido favorecidos (22:3–7a)—como lo hizo la segunda parábola (21:41)—sino también la destrucción de [p 854] la ciudad de los enemigos (v. 7b). El antiguo pueblo del pacto que pierde su posición especial y es reemplazado por un grupo mucho mayor que consiste de un pueblo reunido de todo lugar es parte de la enseñanza, ya sea en forma expresa o por implicación, de las tres parábolas.
Un rey da una fiesta de bodas para su hijo. Envía las invitaciones, y luego siervos para que convoquen a los que habían sido invitados. Como aun entonces nadie parece estar dispuesto a acudir, envía otros siervos, esta vez con la urgente apelación: “Mirad, he preparado mi banquete, mis toros y ganado engordado han sido matados y todo está listo; venid a la boda”. Cuando todas estas instancias tropiezan con la indiferencia y aun con actos de hostilidad, el rey destruye a los asesinos y prende fuego a su ciudad.
El monarca, insistiendo en que las bodas estén llenas de invitados—¡qué maravillosa visión del corazón de Dios lleno de amor nos proporciona esta pincelada!”—envía a sus siervos a reunir por los caminos a todos los que encuentren, sean buenos o malos.
Sin embargo, cuando entra en el salón de bodas, ve a un hombre que sin causa alguna no lleva un vestido de bodas. Ese hombre es echado en las tinieblas más distantes. El amor soberano no abroga la responsabilidad humana. Para ser salvo uno tiene que “vestirse de Cristo” (Ro. 13:14; Col. 3:12–17).
Cuando una persona viaja por esta vida (vv. 15–46) hay tres preguntas que especialmente deben formularse. En orden ascendente de importancia ellas son: a. “¿Cuál es mi deber hacia el gobierno?” (cf. Ro. 13); b. “Si muero, ¿volveré a vivir?” (cf. Job 14:14); y c. “¿Qué daré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?” (Sal. 116:12). Estas preguntas fueron planteadas a Jesús, aunque formuladas en forma diferente. Sus respuestas fueron: a. “Dad a César lo que corresponde a César, y a Dios lo que corresponde a Dios”, una declaración en la que ni el herodiano más apegado al emperador ni el fariseo más estricto pudieron hallar falta alguna; b. “Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos”, con la que enseña tanto la inmortalidad como la resurrección corporal; y c. (lo que equivale a) “Amarás al Señor tu Dios con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. El amor espontáneo es el cumplimiento de toda la ley.
Jesús mismo hizo la pregunta más importante de todas: Si David (Sal. 110:1) llama “Señor” al Cristo, ¿cómo es el Cristo hijo de David?” ¿Es Jesús sencillamente el punto final de una línea genealógica? En otras palabras, ¿es simplemente el tema apropiado para argumentación y debate? ¿O es verdaderamente nuestro “Señor”, a quien amar y servir es vida eterna?
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Bosquejo del Capítulo 23 Tema: La obra que le diste que hiciera
Los siete ayes El quinto gran discurso [p 857]
CAPITULO 23
MATEO 23:1–39
1 Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos diciendo: 2 “Los escribas y los
fariseos se sientan en la cátedra de Moisés; 3 por lo tanto, todo lo que os digan, hacedlo y observadlo, pero no hagáis conforme a sus obras; porque ellos dicen (cosas) pero no (las) hacen. 4 Atan pesadas cargas y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos mismos no están dispuestos a moverlas ni con un dedo. 5 Hacen todas sus obras para llamar la atención de la gente; pues ensanchan sus filacterias y agrandan los flecos de sus mantos; 6 aman los lugares de honor en los banquetes, los principales asientos en las sinagogas, 7 y las salutaciones formales en las plazas, y que la gente los llame ‘Rabí’. 8 Pero en cuanto a vosotros, no dejéis que la gente os llame ‘Rabí’, porque Uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. 9 Y a nadie en la tierra llaméis vuestro padre, porque Uno es vuestro Padre, Aquel que está en los cielos. 10 Y no dejéis que la gente os llame guías, porque Uno es vuestro guía, a saber, Cristo. 11 El mayor entre vosotros será vuestro siervo. 12 Además, cualquiera que se enaltece será humillado, y cualquiera que se humille será enaltecido.
13 “¡Ay de vosotros escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros mismos, ni les dejáis entrar a los que están tratando de entrar.
15 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un solo prosélito, y cuando ha llegado a serlo, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros mismos.
16 “¡Ay de vosotros, guías ciegos, porque decís: ‘Si alguno jura por el templo, no significa nada; pero cualquiera que jura por el oro del templo está obligado por su juramento’! 17 Necios ciegos, porque, ¿qué es más importante, el oro o el templo que santifica el oro? 18 Y (que decís) ‘Si alguno jura por el altar, no significa nada; pero cualquiera que jura por la ofrenda puesta en él está obligado por su juramento’. 19 ¡Ciegos! porque, ¿qué es más importante, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? 20 Por tanto, él que jura por el altar jura por él y por lo que está sobre él; 21 y aquel que jura por el templo jura por él y por el que habita en él; 22 y el que jura por el cielo jura por el trono de Dios y por el que se sienta en él.
23 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta, el eneldo y el comino, pero habéis descuidado las demandas más importantes de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; pero estas cosas debíais haber guardado, sin descuidar las otras. 24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, pero os tragáis el camello!
25 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis el exterior de la copa y el plato, pero por dentro están llenos de extorsión e intemperancia. 26 Fariseo ciego, limpia primero el interior de la copa, a fin de que el exterior pueda también estar limpio.
27 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, los cuales, aun cuando se presentan hermosos por fuera, en el interior están llenos de huesos de muertos y de toda clase de inmundicia. 28 Así también vosotros por fuera parecéis justos ante la gente, mas por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.
29 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los [p 858] profetas y adornáis los monumentos de los justos, 30 y decís: ‘Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos participado con ellos en (el derramamiento de) la sangre de los profetas’. 31 De este modo estáis testificando contra vosotros mismos (al reconocer) que sois hijos de
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aquellos que asesinaron a los profetas. 32 Proseguid, entonces, y completad la medida (de la culpa) de vuestros padres.
33 “¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo vais a escapar la sentencia del infierno? 34 Por eso, mirad, os estoy enviando profetas, sabios y escribas. Mataréis y crucificaréis a algunos de ellos; a otros azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad, 35 para que caiga sobre vosotros (la culpa de) toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien asesinasteis entre el santuario y el altar. 36 Os aseguro solemnemente que todas estas cosas vendrán sobre esta generación.
37 “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido juntar a tus hijos como la gallina junta a sus polluelos bajo las alas, pero no quisisteis! 38 He aquí, vuestra casa os es dejada desierta. 39 Pues os digo, ciertamente de aquí en adelante no me veréis hasta que digáis: ‘Bendito es el que viene en el nombre del Señor’ ”.
23:1–39 Los siete ayes Sobre 23:1–36, cf. Mr. 12:38–40; Lc. 20:45–47 Sobre 23:37–39, cf. Lc. 13:34, 35768 Introducción y resumen
Este discurso consiste claramente de tres partes. Tras unas breves palabras introductorias (23:1–3a) en las cuales Jesús declara que hasta donde interpreta la enseñanza de Moisés en forma verdadera hay que obedecer a los escribas, él advierte a la gente y a sus discípulos que no imiten la conducta de estos líderes, ya que en diversas formas ellos dejan de hacer lo que predican. Las tres partes son: a. una descripción de los pecados de los escribas y los fariseos (vv. 3b–12); b. los siete ayes pronunciados sobre ellos (vv. 13–36); y c. el conmovedor lamento de Cristo sobre la Jerusalén no arrepentida (vv. 37–39).
En el primer párrafo Jesús dice a su auditorio que estos expertos en la ley y sus partidarios fallan en tres sentidos: carecen de sinceridad, compasión y humildad. No son sinceros, pues amontonan pesadas cargas sobre las espaldas de los hombres, preceptos sobre preceptos, pero cuando se trata de ellos mismos son renuentes a mover estas cargas siquiera con un dedo. Son sin compasión, pues no tratan de aligerar las cargas de los hombres. Contrástese con 11:28–30. Finalmente, son presumidos, como es evidente por [p 859] la forma en que tratan de impresionar a los hombres con su devoción. Los artículos de su atavío—estuches con oraciones y flecos en los mantos—que el Señor había prescrito como recordatorio de la ley, se los ponen de un modo que se hagan muy visibles. Al ensanchar las bandas a las que están atados los estuches y alargar los flecos que cuelgan de las cuatro esquinas de su vestido exterior, ellos dan a estos objetos más prominencia. Aman los lugares de honor en las fiestas y en las sinagogas y anhelan ser llamados “Rabí”. Jesús exhorta a sus seguidores a manifestar una actitud opuesta, recordándoles que la vanidad es castigada y la humildad es recompensada.
En el segundo párrafo Jesús pronuncia sus siete ayes contra los escribas y fariseos. Los denuncia porque ellos:
Están cerrando la puerta del reino delante de los hombres (v. 13); Seducen a los extranjeros con gran esfuerzo para hacerlos prosélitos de la religión judía y
luego los corrompen (v. 15);
Cambian la verdad en cuanto al juramento, como si el oro del templo fuera más importante que el templo, y la ofrenda que está sobre el altar más importante que el altar, para que el juramento por el templo y el altar no sea obligatorio (vv. 16–22);
768 En acuerdo con A. T. Robertson (Word Pictures, Vol. II, pp. 192, 193) hay que dejar lugar para la posibilidad de que Jesús haya dicho palabras muy similares (Lamento sobre Jerusalén) tanto durante la semana de la pasión (Mt. 23:37–39), estando en Jerusalén y antes (Lc. 13:34, 35) mientras estaba en Perea. Si las palabras fueron dichas en dos ocasiones, Lc. 13:34, 35 es paralelo de Mt. 23:37–39 solamente en un sentido modificado.
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Revisten de gran importancia el diezmar pequeñas hierbas y condimentos como si esto fuese más importante que la práctica de la justicia, la misericordia y la fidelidad y como si colar el mosquito fuese obligatorio, aun cuando esto signifique tener que tragar el camello. De este modo, invierten los valores (vv. 23–24);
Incitan al ritualismo, como si fuese preferible la limpieza ritual de las copas y los platos antes que ejercer a. la honradez en obtener lo que va dentro de éstos y b. el dominio propio en consumir el contenido (vv. 25–26);
Buscan el hacer evidente su carácter religioso, como si la apariencia externa fuese un escondite adecuado para el fraude y el crimen (vv. 27, 28); y
Alardean acerca de su superior bondad, como si fuesen mejores que sus antecesores que mataron a los profetas (vv. 29–32).
Por todos estos pecados se pronuncia el juicio contra ellos (vv. 33–36).
Con un lamento conmovedor sobre la Jerusalén no arrepentida, un derrame de dolor, contenido en el tercer párrafo, Jesús concluye éste su último discurso público. Va a haber un discurso más (caps. 24 y 25), pero ese será dirigido a los corazones y oídos de los discípulos y por lo tanto no será público. Aquí, en los vv. 37–39, Jesús exclama: “¡Jerusalén, Jerusalén ... ¡Cuántas veces he querido juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos bajo las alas, pero no quisisteis”. Jesús profetiza que la casa de los judíos—la ciudad de Jerusalén— será condenada a una desolación y ruina total, y que después de la semana de pasión no le volverán a ver hasta que en su segunda venida gloriosa ellos, junto con todos los demás, proclamen [p 860] con júbilo (si son creyentes) o con lamentación (si son incrédulos): “Bendito es el que viene en el nombre del Señor”. Cf. Fil. 2:10, 11, y véase C.N.T. sobre este pasaje.
1–3. Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos, diciendo: Los escribas y los fariseos se sientan en la cátedra de Moisés; por lo tanto, todo lo que os digan, hacedlo y observadlo ... Obsérvese que 23:1 dice: “Jesús habló”. 24:1 nos informa que Jesús salió del templo después que hubo hablado. En ninguna parte del cap. 23 interrumpe alguien las palabras relatadas entre los vv. 2–39 de este capítulo. De esto se deduce naturalmente que el cap. 23 es la presentación que Mateo hace de un discurso fluido e ininterrumpido que pronunció nuestro Señor. También parece estar implícito que lo pronunció en el templo. Véase 21:23; 24:1. Entre 21:23 y 24:1 no hay evidencia de que Jesús haya salido del recinto del templo. Véase también Mr. 12:35. Nuevamente aquí, por lo tanto, como en relación con el discurso anterior, no concuerdo con la teoría de quienes sostienen que por lo menos una cierta parte del cap. 23 es una composición del propio Mateo.769 Creo que Jesús a veces pronunció discursos o sermones, y que el cap. 23 es el relato de uno de ellos. Lo que tenemos aquí no es simplemente una serie de sueltos “dichos de Jesús” pronunciados por él en diferentes ocasiones y lugares y recolectados y unificados más tarde por el editor “Mateo”. Sin duda, algunas de las frases de este capítulo fueron dichas también en otras ocasiones, como indica el Evangelio según Lucas; pero esto no quita del hecho de que el evangelista nos deja con la fuerte impresión que el Señor pronunciara por lo menos los seis discursos presentados en los caps. 5–7, 10, 13, 18, 23 y 24–25 respectivamente. Esto en ninguna manera anula el hecho de que el presente discurso, en la forma en que lo tenemos, fue registrado por quien lo escuchó, el testigo ocular Mateo, y lo entregó para nuestro conocimiento en conformidad con las cualidades personales que le eran características. Pero escribió bajo la dirección del Espíritu Santo para que lo que nos ha dado es un relato fidedigno en todo sentido, es decir, reproduciendo de principio a fin el sentido del mensaje del Señor mismo. Cf. 2 P. 1:19–21.
C.N.T. G. Hendriksen, Comentario del Nuevo Testamento 769 Véase H. N. Ridderbos, op. cit., Vol. II, p. 129.
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“Habló Jesús ... a las multitudes y a sus discípulos”. En cuanto a los escribas y fariseos, siempre que hay una referencia a ellos en este primer párrafo—repetidas veces a través de los vv. 2–7—esa referencia está en tercera persona. En todo el párrafo (vv. 2–12), nunca se les dirige la palabra en forma directa. Si de este hecho alguien desea sacar la conclusión de que ellos ya no están presentes, o que si están presentes sólo son unos pocos, no se le puede censurar. En todo caso Jesús se dirige no a ellos sino a los peregrinos de la Pascua y a los Doce.
Como se señaló antes, los escribas eran los maestros y expositores reconocidos [p 861] del Antiguo Testamento. Los fariseos profesaban seguir sus enseñanzas. Ademas, en general los escribas eran fariseos, aunque no todo fariseo era escriba. En cuanto a las debilidades características de los escribas y de los fariseos, véase sobre 5:20; 7:28, 29 y 15:1, 2. La creciente hostilidad de los escribas y fariseos hacia Jesús es evidente a partir de pasajes tales como 9:3, 11, 34; 12:2, 14, 24; 15:1; 16:1; 19:3; 21:45, 46; 22:15. Ellos pensaban que Jesús estaba aliado con Beelzebul, que era un blasfemo, que estaba engañando a las multitudes y que no se le debía permitir vivir.
A raíz de esta situación puede parecer un tanto extraño que Jesús ahora esté diciendo a las multitudes reunidas y a sus discípulos que deban hacer lo que los escribas y fariseos les digan. La propuesta solución, a saber, que aquí hay que hacer una marcada distinción entre enseñar y decir, como si Jesús quisiera decir: “Haced todo lo que los fariseos os dicen que hagan, pero no hagáis lo que os enseñan a hacer”, es demasiado sutil para ser satisfactoria. Sin embargo, hay que tener presente lo siguiente:
a. La declaración de Cristo no se debe interpretar en un sentido absoluto, como si los preceptos de los escribas y fariseos debieran ser obedecidos sin ninguna calificación. Si ese hubiese sido el significado, Jesús se estaría contradiciendo aquí. Véanse 5:21–48; 15:3–11.
b. El contexto arroja luz en cuanto al significado. Probablemente no sólo había en cada sinagoga un asiento especial llamado “cátedra de Moisés” asignado al escriba más famoso de la ciudad o pueblo donde estaba la sinagoga,770 sino que en un sentido a los escribas y fariseos como un cuerpo se les podía describir como ocupantes de esa cátedra. El oficio de ellos, especialmente el de los escribas, era enseñar al pueblo la voluntad de Dios tal como había sido revelada a Moisés. Aunque estos hombres estaban equivocados muchas veces y rehusaban ver el cumplimiento de la profecía en Jesús y aunque al aceptar las “tradiciones de los padres” y aun al aumentar esta gran cantidad de distinciones sutiles y reglamentos gravosos estaban enterrando la ley de Dios, sin embargo, no es menos cierto que en diversos aspectos—a diferencia de los saduceos y herodianos—ellos estaban diciendo y enseñando la verdad. Véase sobre 3:7. Por ejemplo, ellos creían en los decretos y la providencia divinos, en la responsabilidad del hombre, en la inmortalidad del alma, en la resurrección de los muertos, en la existencia de los ángeles, etc. Además, sus puntos de vista acerca del canon eran mucho más bíblicos que el de los demás. Por tanto, lo que Jesús quería decir es que, en cuanto los escribas y fariseos interpretaban fielmente a Moisés, había que obedecerles.
c. El hecho de que antes de pronunciar los “ayes” contra sus encarnizados oponentes que tienen planes de matarlo, Jesús tenga algunas cosas buenas que decir acerca de sus enseñanzas, debería aumentar nuestra reveren-
[p 862] c. El hecho de que antes de pronunciar los “ayes” contra sus encarnizados oponentes que tienen planes de matarlo, Jesús tenga algunas cosas buenas que decir acerca de sus enseñanzas, debería aumentar nuestra reverencia y amor por él. Además, debe tenerse presente que no todos los escribas y fariseos eran necesariamente hostiles a Jesús. Simón le invitó a cenar (Lc. 7:36). Ciertos fariseos le advirtieron acerca de un peligro físico (Lc. 13:31). El escriba o experto en la ley a que se hace referencia en Mt. 22:35 (cf. Mr. 12:32–
770 Véase E. L. Sukenik, Ancient Synagogues in Palestine and Greece, Londres, 1934, pp. 57–61.
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34) dio aprobación al resumen de la ley hecho por Jesús y fue elogiado por éste. Véase también Lc. 10:25–28. Después de la resurrección de Cristo otro fariseo muy distinguido, Gamaliel (maestro de Pablo), impidió que las autoridades judías llevasen a cabo el plan de matar a los apóstoles (Hch. 5:33–40).
Si bien esto es verdad, también es un hecho que, en general, los escribas y fariseos eran enemigos de Jesús y eran culpables de todas las siniestras cualidades acerca de las cuales Jesús los va a condenar. Aquí lo que Jesús denuncia es más bien la conducta que la enseñanza, cuando prosigue ... pero no hagáis conforme a sus obras; porque ellos dicen (cosas) pero no (las) hacen. Cf. 7:21–23. Esto está explicado especialmente en los vv. 4 y 23.
4. Atan pesadas cargas y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos mismos no están dispuestos a moverlas ni con un dedo. Jesús ya había hecho referencia, aunque indirectamente, a estas pesadas cargas (11:28–30). Véase también Hch. 15:10, 28. Estas consistían de muchos reglamentos por medio de los cuales los antiguos habían enterrado la ley de Dios y habían privado a los hombres de la libertad y paz mental; por ejemplo, al decretar que arrancar espigas equivalía a cosechar y por lo tanto estaba prohibido hacerlo en el día de reposo (12:1, 2); que (según la opinión de los más estrictos escribas y fariseos) sanar a una persona en el día de reposo era malo, salvo que la vida de la persona estuviera en peligro inmediato (12:9–14); y que la ceremonia del lavado de las manos en relación con cada comida era obligatoria para todos (15:1, 2). Cf. Jn. 5:9, 10, 16, 18; 9:14, 16. La carga más pesada de todas era el temor, estimulado por estos líderes, de que las buenas obras de un hombre debían superar en número a sus malas obras si es que había de ser salvo. Jesús muestra que, en cuanto a ellos mismos, estos escribas y fariseos habían dominado el arte de evitar las cargas. Ya se ha mostrado el hecho de que ellos a veces indicaban a otros cómo eludir los deberes aun cuando estos deberes estuvieran señalados en la misma ley de Dios (15:3–6). Por lo tanto, podemos estar seguros de que lo que solían hacer por los demás, sin duda lo hacían en forma aun más afanosa por sí mismos. ¿Es razonable suponer que aquellos hombres que “descuidaban los requisitos más importantes de la ley” (v. 23), se permitían estar todo el tiempo cargados con sus propias reglas gravosas?771
[p 863] En el v. 4, Jesús ha descrito la falta de sinceridad o de consecuencia que caracterizaba a los escribas y fariseos, además de su falta de compasión humana. Además, carecían de humildad: 5–7. Hacen todas sus obras para llamar la atención de la gente, pues ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos; aman los lugares de honor en los banquetes, los principales asientos en las sinagogas, las salutaciones formales en las plazas, y que la gente los llame Rabí. Acerca de la expresión “llamar la atención de la gente”, véase sobre 6:1. A continuación se dan ilustraciones de la manera en que los escribas y fariseos trataban de recoger alabanzas para sí mismos. Los siguientes ejemplos se añaden a los ya proporcionados en 6:2–18.
a. Ensanchaban sus filacterias. Se entiende por “filacterias” los pequeños estuches, cajas o cápsulas de cuero que contenían tiras de pergamino escritas con pasajes de la ley: Ex. 13:3–10, 11–16 (que conmemoraba los hechos gloriosos de Dios en la liberación del cautiverio de Egipto y la institución de la Pascua); Dt. 6:4–9 (“Oye, oh Israel, Jehová nuestro Dios, Jehová uno es, y amarás a Jehová tu Dios con todo tu corazón ...”); y Dt. 11:13–21 (cómo recompensará Jehová la obediencia a su ley, y cómo deben ser instruidos los hijos en sus
771 Hay también otra interpretación de este versículo, según la cual significaría que los escribas y los fariseos, habiendo puesto pesadas cargas sobre los hombros de los hombres, no tenían la disposición de ajustar estas cargas. Véase R. V. G. Tasker, op. cit., p. 219. Sin embargo, me parece que la posición muy prominente y en primer lugar de αὐτοί, que enfatiza el contraste entre hombres cargados, por una parte, y los escribas y fariseos mismos por la otra, favorece la interpretación dada arriba. Lo mismo hace probablemente el v. 3. “Ellos dicen pero no hacen”. En cuanto a la expresión “no están dispuestos a moverlas ni siquiera con un dedo”, no da a entender necesariamente “con el fin de ajustarlas”. Puede también indicar “a fin de cargarlas sobre sus propios hombros”.
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caminos: “los enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellos cuando te sientes en tu casa ...”). Durante la oración, una de estas cápsulas se ataba en la frente y la otra en el brazo izquierdo (¡cerca del corazón!). Esto todavía lo practican los miembros de la fe judía ortodoxa. Está basado en Ex. 13:9, 16; Dt. 11:18. De modo que estas filacterias eran recordatorios para observar la ley de Dios, es decir, para hacerlo por gratitud debido a las maravillosas obras hechas en favor de su pueblo. Como sucede con tantos de estos recordatorios, entre los supersticiosos degeneran y llegan a ser amuletos para proteger a los que los llevan puestos contra males y peligros, particularmente contra los demonios.
Lo que está diciendo el v. 5 es que los escribas y fariseos tenían la costumbre de ensanchar las tiras por medio de las cuales estas filacterias eran atadas a la frente y al brazo izquierdo. Al confeccionar estas tiras más anchas las hacían destacarse, de modo que ¡todos podían ver qué piadoso y observador de la ley era el hombre que las llevaba puestas!
b. También agrandaban o alargaban los flecos de sus mantos—véase sobre 9:21—y esto por la misma razón, a saber, que se hicieran más visibles [p 864] estos recordatorios de la ley de Dios, de modo que otros, al ver a estos escribas y fariseos, los honrasen por su maravillosa devoción, por su celestial piedad.
c. Amaban el lugar de honor en los banquetes y los principales asientos en las sinagogas. La vanidad y el exhibicionismo ostentoso van juntos. Jesús dio una advertencia contra este mismo pecado de procurar el mejor asiento en los banquetes o en las cenas (Lc. 14:8). Santiago condenó el pecado de destinar el mejor asiento en los lugares de reunión a los ricos, mientras al hombre pobre se le manda que permanezca en pie o se siente en el piso cerca del estrado de los pies de algún otro (2:2, 3). Los mejores asientos en las sinagogas eran los que estaban frente a la plataforma elevada, sobre la que se ponían de pie el dirigente que oficiaba y la persona que leía las Escrituras. Una persona sentada en este lugar tenía la doble ventaja de estar cerca de la persona que leía o que dirigía la oración y de mirar hacia la congregación pudiendo de este modo ver toda la gente. Además, el ser acomodado a tal asiento era considerado como una señal de honor.
d. Anhelaban las salutaciones formales en las plazas. Aunque la palabra usada en el original puede indicar un saludo verbal amistoso, o un mensaje de saludo escrito (1 Co. 16:21; Col. 4:18; 2 Ts. 3:17), aquí tiene una connotación más formidable, como lo indica el contexto inmediato. Lo que los hombres que aquí fueron censurados estaban siempre buscando y anhelando no era una simple muestra de amistad, sino más bien una demostración de respeto, un reconocimiento público de su prominencia: querían que se les llamara “Rabí”, palabra derivada del hebreo y que literalmente significa “mi señor”, pero usada más tarde para dirigirse a los que habían alcanzado una alta reputación como maestros de la ley de Dios. De honores semejantes a estos sentían hambre y sed estos escribas y fariseos en que Jesús está pensando.
Frente a este vicio de pomposidad, tan característico de muchos fariseos o escribas, Jesús recomienda la virtud de la humildad: 8–10. Pero en cuanto a vosotros, no dejéis que la gente os llame Rabí, porque Uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y a nadie en la tierra llaméis vuestro padre, porque uno es vuestro Padre, aquel que está en los cielos. Y no dejéis que la gente os llame guías: porque Uno es vuestro guía, a saber, Cristo. Aquellos que piensan que Jesús está condenando aquí la idea de un oficio apostólico están claramente equivocados. ¿Acaso no fue el Maestro mismo quien instituyó el oficio? Véanse 10:1, 5, 40; 18:18; Jn. 20:21–23. Cf. Hch. 1:15–26; 6:1–6; 13:1–3; 14:23; 20:28; Ro. 1:1; 1 Co. 1:1; 9:1, 2; 2 Co. 1:1; 12:12; Gá. 1:1; Flm. 8, 9. Tanto a la luz del contexto precedente como del siguiente se justifica la afirmación de que lo que Jesús está condenando aquí es el anhelo para el alto rango, de tener un reconocimiento especial por sobre los compañeros. Está declarando que solamente [p 865] él es el Maestro de ellos. “El Padre que está en los cielos” es el único Padre de ellos; Cristo es su único Líder. Es claro que
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no es malo dirigirse al antepasado varón inmediato como “padre”. Sin embargo, aquí en 23:9 Jesús no está hablando de la paternidad física o terrenal sino de la paternidad en la esfera espiritual.
La advertencia era necesaria. Muchos de los judíos deben haber envidiado al hombre que era llamado “Rabí” (traducido aproximadamente, “Maestro”); o al miembro del sanedrín que era llamado “Padre” (Hch. 7:2); o al que habiendo ya partido de este escenario terrenal dejando una memoria ilustre se le nombraba con el mismo título (Ro. 4:12; 1 Co. 10:1; Stg. 2:21). El epíteto “líder” o “guía”, atribuido tal vez—esto no es seguro—a un maestro querido y altamente honrado, sonaba atractivo. De este modo Jesús está diciendo que la atención de sus seguidores no debe estar puesta sobre los títulos y distinciones humanos, sino sobre Dios en Cristo, quien es digno de toda reverencia, alabanza y honra.
Sin embargo, se puede hacer la objeción de que Pablo, en forma implícita, se llama a sí mismo “padre” de los corintios y de Timoteo, e incluso “madre” de los gálatas (respectivamente en 1 Co. 4:15; 1 Ti. 1:2 y Gá. 4:19). Sin embargo, declarar un hecho es una cosa; ansiar distinciones y honores por encima de sus semejantes y que no tienen relación con la gloria que es debida a Cristo es algo diferente. Lo segundo es lo que Jesús condena. A partir del contexto de Corintios, es claro que fue solamente “en Cristo Jesús” que Pablo había engendrado a los corintios mediante el evangelio. Así también, era solamente en un sentido secundario que Pablo podía llamarse a sí mismo padre de Timoteo. El llama a Timoteo “legítimo hijo (mío) en la fe” y, según la enseñanza de Pablo, la fe es un don de Dios (Ef. 2:8). Como el contexto deja muy en claro (véase 1 Ti. 1:12), Pablo agradece a Cristo Jesús por haberle permitido servir. Finalmente, también en el pasaje de Gálatas el énfasis está no en Pablo sino en Cristo: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros”. Por lo tanto, nada hay en ninguno de estos pasajes que esté en conflicto con Mt. 23:8–10.
En cuanto a los seguidores de Cristo en sus relaciones los unos con los otros, todos ellos son “hermanos” (23:8b), miembros de la misma familia espiritual. Véase C.N.T. sobre Ef. 3:14, 15. Por lo tanto, uno no tiene derecho a menospreciar a ninguno de los demás. ¡Acordaos de Fil. 2:3! Aquí se condena el espíritu de los fariseos, que se consideraban a sí mismos como que eran mucho más dignos de respeto y honor que aquella multitud de ignorantes, el “populacho que no conoce la ley” (Jn. 7:49).
En el mismo sentido Jesús continúa: 11. El mayor entre vosotros será vuestro siervo, repitiendo virtualmente las palabras de 20:26, 27 (véase sobre ese pasaje). 12. Además, cualquiera que se enaltece será humillado [p 866] y cualquiera que se humille será enaltecido. Este proverbio aparece varias veces en las Escrituras con pequeñas variaciones (Job 22:29; Pr. 29:23; Lc. 14:11; 18:14; Stg. 4:6; 1 P. 5:5). En cuanto a la ambición y la vanidad egocéntrica, “antes del quebrantamiento está la soberbia y antes de la caída la altivez de espíritu” (Pr. 16:18). ¿Acaso no fue esta la experiencia de Senaquerib (2 Cr. 32:14, 21), de Nabucodonosor (Dt. 4:30–33) y de Herodes Agripa I (Hch. 12:21–23)? Por otra parte, en cuanto a la humildad Dios mismo promete habitar con aquel que es “quebrantado y humilde de espíritu” (Is. 57:15). ¡Qué exaltación más gloriosa se puede desear? Ejemplos: el centurión que fue elogiado (Mt. 8:8, 10, 13), la humilde mujer sirofenicia (15:27–28) y el cobrador de impuestos arrepentido (Lc. 18:13, 14). Jesucristo mismo es tanto la causa de la humildad de sus discípulos (Fil. 1:6; 4:13, 19) como el ejemplo para ellos en humildad y en la realización de servicio voluntario (Mt. 20:25–28; Lc. 22:27; Jn. 13:1–15; Fil. 2:5–8). El presente pasaje debiera compararse con toda enseñanza similar que se encuentre en este Evangelio. Además de 20:26, 27 (ya mencionado) véanse también 5:5; 11:29; 12:18–21; 18:1–4; 19:14. Cf. Lc. 22:27; Jn. 13:1–15; Fil. 2:5–8; Stg. 4:6, 10; 1 P. 5:5. Cuando se estudian todos estos pasajes se hace evidente que aparte de la humildad no hay salvación ni vida para la gloria de Dios. La enseñanza de Cristo acerca de la humildad es uno de los temas más importantes y que más a
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menudo aparece en todo el Nuevo Testamento. Sin temor a ser refutado con éxito uno puede decir que la confianza humilde en Dios y el anhelo agradecido de hacer su voluntad se enfatizan a través de todas las Escrituras. “¿Dónde, pues, está la jactancia? ¡Queda excluida!” (Ro. 3:27).
Aquí comienzan los siete ayes. ¿Por qué los pronunció Jesús? Probablemente porque su alma estaba profundamente conmovida por la falta de arrepentimiento de tantos escribas y fariseos, a pesar de todas las evidencias que él había proporcionado acerca del cumplimiento de las profecías mesiánicas en sí mismo. También a causa de que sabía que ellos tenían muchos seguidores entre el pueblo. El corazón y la mente de Jesús se llenaban de dolor cuando pensaba en esto. Sabía que el desenmascarar a sus oponentes era lo mejor para el pueblo. Súmese a esto un hecho más: este iba a ser el último discurso público de Cristo y de ahí esta era la última oportunidad para prevenir personalmente a la gente contra estos enemigos de la verdad. Por eso debe hacer el mejor uso de esta ocasión.
En cuanto a la naturaleza de estos ayes, deben considerarse como denunciaciones. Cualquier otra forma más blanda de describirlos no hace justicia a las exclamaciones “¡Hipócritas!” (seis veces) y “¡Guías ciegos!” (una vez) y a pasajes tales como los vv. 15, 17, 28, 33, 35. Pero son también expresiones de dolor, como indica claramente el epílogo (vv. 36–39). Estas dos ideas—denunciaciones y expresiones de dolor—no son necesariamente contradictorias. Véanse 1 S. 3:15–18; 15:13–31; 2 S. 12:7–13.
[p 867] Los siete ayes son dirigidos a los “escribas y fariseos”. ¿Significa esto necesariamente que estos hombres estaban presentes? ¿Cómo enfrentan esta pregunta los expositores? a. Algunos la eluden por completo; b. según H. A. W. Meyer, ellos están presentes pero se quedan al fondo; c. según R. C. H. Lenski están presentes y Jesús lanza sus terribles ayes en sus propios rostros; y d. según F. W. Grosheide ya no están presentes, de modo que los siete ayes deben ser considerados como una figura literaria o como otros los han descrito, “un apóstrofe retórico”.
Tal vez sea imposible lograr con certeza una conclusión. Mis razones para inclinarme por la posición de Grosheide son las siguientes: a. se declara categóricamente la presencia de los fariseos durante el incidente relatado en 22:34–40; así también se declara su presencia inmediatamente después (22:41–46); pero no se menciona en parte alguna su presencia en el cap. 23; b. 23:1 declara que el discurso de Cristo fue entregado ante un auditorio que consistía de “las multitudes y los discípulos”; c. a lo largo de los primeros doce versículos se alude a los escribas y fariseos en tercera persona, como si no estuvieran presentes; su súbita reaparición en el v. 13 sin una sola palabra acerca de ello sería extraña; d. la figura literaria llamada apóstrofe (el olvidar el auditorio presente—en este caso la gente en general y sus discípulos—para dirigirse a una persona o personas, una cosa o cosas, vivos o muertos y que no están presentes) no es un recurso extraño sino que abunda entre los profetas hebreos, puesto que “la mente oriental es notablemente dada a expresar pensamientos y sentimientos en este estilo emocional”772 y e. el lamento de Cristo sobre Jerusalén no arrepentida al final de este mismo capítulo (vv. 37–39), ¿no tiene también el carácter de un apóstrofe?
En seis de los siete ayes Jesús llama “hipócritas” a los escribas y fariseos. Inmediatamente después (v. 33) los trata de “serpientes ... generación de víboras”, lo que en último análisis no difiere esencialmente de “hipócritas”. Para determinar con precisión lo que quería decir con la palabra “hipócritas”, es bueno estudiar su uso en otros pasajes de Mateo. ¿Quiere decir el evangelista que los enemigos de Cristo se le oponían simplemente porque no sabían mejor? ¿O quiere decir que en forma deliberada y perversa lo calumniaron? Es decir ¿eran falsos y estaban combatiendo sus propias convicciones interiores? El uso de la palabra en 6:2, 5
772 M. S. Terry, Biblical Hermeneutics, Grand Rapids, sin fecha, p. 252. Para la prueba véanse 2 S. 18:33; Is. 14:12ss. 22:1, 2; 23:1ss.; Miq. 1:2ss.; Mt. 11:20–24; Ap. 18:10, 14, 20.
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favorece la segunda interpretación, ya que en estos pasajes los hombres descritos aparentan ser generosos con los pobres y estar alabando a Dios en oración mientras que en realidad se proponen obtener honra para sí mismos. Según 6:16 ellos están representando un papel cuando al ayunar se demudan artificialmente sus rostros a fin de mostrarse muy arrepentidos de sus pecados, mientras [p 868] que en realidad están buscando la alabanza de los hombres. En 15:7, 8 ellos honran a Dios con sus labios, mientras que sus corazones están lejos de él. En 22:18 se les llama hipócritas porque se dirigen a Jesús con palabras de adulación cuando su verdadero propósito es hacerle caer, a fin de que se le pueda acusar formalmente. Finalmente, el “siervo” mencionado en 24:51 nunca le dijo a su señor que mientras durara su ausencia él se iba a emborrachar y a golpear a sus consiervos. Se nos dice que su parte debe estar con los “hipócritas”. Por lo tanto, la única conclusión a que podemos llegar es que también aquí en el cap. 23 el hipócrita es el hombre que aparenta ser mejor de lo que realmente es. Este es un impostor, un farsante, un lobo vestido con piel de oveja, una víbora oculta en la hierba.
En el primero de los siete ayes Jesús reprende a los escribas y a los fariseos porque, aunque aparentan ser los que abren la puerta, en realidad cierran la puerta del reino de los cielos delante de los hombres: 13. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni entráis vosotros mismos, ni les dejáis entrar a los que están tratando de entrar. Acerca del significado del concepto “reino de los cielos”, véase sobre 4:23; 13:43. En este caso, como ocurre frecuentemente, tal vez sea mejor no definir este concepto en una forma no muy restringida. Aquí se puede describir como el reinado de Dios en Cristo, que comienza sobre la tierra en los corazones y las vidas humanos y es perfeccionado en el más allá.
La denunciación considera el asunto de la entrada en el reino desde el punto de vista de la responsabilidad humana. Por tanto sería incorrecto inferir de esto que Jesús está diciendo que los escribas y farises son más poderosos que Dios, es decir, que son capaces de impedir o frustrar el propósito de Dios. Probablemente lo que se quiere decir es simplemente esto, que los líderes, además de no entrar ellos mismos por recibir a Jesús como su Señor y Salvador, están ejerciendo una influencia siniestra sobre otros hombres, que resulta en apostasía de Cristo en el sentido de Jn. 6:66. Ellos son engañadores de hombres, seguidores genuinos de Satanás (Gn. 3:1, 4, 5). Son profetas falsos. Cf. Nm. 15:1, 2; 2 Cr. 18:15; Ap. 2:14, 15, 20.
Llevaban a cabo su propósito al oponerse a Cristo, de modo que los que se dejaron influir por ellos llegaron también a la conclusión de que debían oponérsele también a él. Epecíficamente, los escribas y fariseos combatieron a Jesús por medio de a. sus enseñanzas, es decir, proclamando la doctrina de la justicia obtenida por medio de las buenas obras. Acuérdese de sus muchas reglas y reglamentos directamente contrarios a la doctrina de la gracia y la libertad en Cristo. Por tales enseñanzas ellos quitaban al pueblo la “llave de la ciencia” (Lc. 11:52; cf. Os. 4:6). Además, se oponían a Jesús por medio de b. su conducta. El resultado sobre los que se asociaron con ellos fue el señalado en 1 Co. 15:33.
En el segundo ay Jesús reprende a sus adversarios porque hacen más [p 869] daño que beneficio a los que se ganaron del paganismo. 15.773 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un solo prosélito, y cuando ha llegado a serlo, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros mismos. Los años durante los cuales ocurrieron la encarnación y el ministerio terrenal de Cristo fueron señalados especialmente por la actividad misionera ejercida por los judíos.774 Esto no es extraño. En realidad, la religión judía, a diferencia de toda clase de culto pagano, nunca ha
773 Versículo 14. acerca de “devorar las casas de las viudas y por pretexto hacen largas oraciones” no tiene suficiente apoyo textual. Probablemente sea una interpolación de Mr. 12:40. Cf. Lc. 20:47. 774 Véase G. F. Moore, Judaism in the First Five Centuries of the Christian Era, Cambridge. 1927–1930, Vol. I, pp. 323–353. Cf. L. Finkelstein, The Jews, Their History, Culture and Religion, dos tomos. Nueva York, 1949, Vol. I, pp. 76, 77, 104.
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sido exclusivista. Los siguientes pasajes prueban que desde el mismo principio fue voluntad de Dios que los extranjeros tuvieran parte en las bendiciones de la salvación: Gn. 22:18; Ex. 12:49; Lv. 19:34; 1 R. 8:41–43; Esd. 6:21; Sal. 72:8–17; 87; Is. 54:2, 3; 56:3–8; 60:1–3; Jer. 39:15–18; Jl. 2:28–32; Am. 9:11, 12; Zac. 8:23; Mal. 1:11. Es cierto que el profeta Jonás era todo menos una persona con mentalidad misionera. Pero por ese pecado Dios mismo lo reprendió y lo castigó (Jon. 4).
Frente a la idolatría y la inmoralidad paganas, esta actividad con la que se dio a conocer la religión del único Dios verdadero fue una gran bendición. Además, por medio de la sinagoga pública, la traducción del Antiguo Testamento del hebreo al griego—ahora estamos pensando especialmente en la traducción de la Septuaginta (LXX)—y la vida y hábitos mismos de los devotos israelitas, sus canciones, testimonios, etc., los gentiles habían recibido grandes bendiciones, de modo que muchos se habían arrepentido de sus malas prácticas y supersticiones anteriores, y habían comenzado a frecuentar las sinagogas. Durante la era apostólica esta misma oportunidad de congregar y hablar a la gente de origen pagano, que gracias a tales actividades misioneras de los judíos habían llegado a adorar a Jehová, y fueron por esta razón llamados prosélitos (véase el pasaje en consideración; también Hch. 2:10; 6:5; 13:43), se constituyó en un beneficio para la propagación de las buenas nuevas de salvación en Cristo.
Sin embargo, al tratar el concepto “prosélitos” uno debe tener mucho cuidado. No todas estas personas pertenecían a una y la misma categoría. No todos aceptaban la religión judía en forma absoluta. Algunas son llamados “adoradores de Dios” (Hch. 16:14; 18:7), o simplemente “adoradores”, personas devotas (Hch. 13:50; 17:4, 17). Habían renunciado a sus prácticas paganas y habían llegado a ser lo suficientemente allegados a la religión judía como para asistir a la sinagoga. Fue especialmente entre tales prosélitos de la puerta que muchos (Lidia, por ejemplo) fueron alcanzados por el evangelio y se convirtieron a Cristo. Sin embargo, otros fueron mucho más lejos al cambiarse del paganismo a la religión de los judíos. Aunque les era [p 870] imposible hacerse judíos de raza, se hicieron judíos de religión; en realidad, hasta el punto de bautizarse, traer sacrificios—en el caso de los varones, también fueron circuncidados—y prometer someterse a todos los mandamientos, incluyendo todas las reglas de los rabinos. Estos eran aceptados en la comunidad judía como “prosélitos de justicia”, “hombres nuevos” y “mujeres nuevas”. Aun se las dieron nombres nuevos.
Ahora podemos estar seguros que cuando Mt. 23:15 nos dice que los escribas y fariseos “recorrían mar y tierra para hacer un solo prosélito”, se está refiriendo a esta segunda clase de prosélitos. El propósito de los fariseos no era simplemente transformar a un gentil en un judío; no, debía hacerse un fariseo de tomo y lomo, legalista, ritualista y dado a las sutilezas, inflamado con un celo fanático por su nueva religión de salvación por las obras. Tal como Jesús lo da a entender, pronto este nuevo convertido sería aun más fariseo que los fariseos en su fanatismo, pues es un hecho que los nuevos convertidos frecuentemente se exceden al hacerse fanáticamente fieles a la nueva fe.775 Esto explica por qué Jesús puede decir: “y cuando ha llegado a serlo, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros mismos”. “Hijo del infierno” es una forma típicamente hebrea de decir “una persona que pertenece al, digna del, con destino al infierno”. “Cuando Jesús vio en los fariseos la anulación de la soberanía de Dios y la entronización de la justicia de confección humana, sólo podía, como obediente siervo de Dios, hacer esta declaración verdadera en cuanto a lo que ellos se estaban haciendo a sí mismos y a sus convertidos de entre los gentiles”.776
En el tercer ay Jesús muestra cómo los líderes religiosos de los judíos estaban trastornando la verdad en cuanto al juramento: 16–22. ¡Ay de vosotros, guías ciegos!
775 Estoy de acuerdo en este punto con Tasker, op. cit., p. 220. 776 R. R. De Ridder, The dispersion of the people of God, tesis doctoral presentada a la Universidad Libre de Amsterdam, y publicada en Kampen, 1971. La cita es de las pp. 121, 122.
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porque decís, Si alguno jura por el templo, no significa nada; pero cualquiera que jura por el oro del templo está obligado por su juramento. Necios ciegos, porque, ¿qué es más importante: el oro o el templo que santifica el oro? Y (que decis), Si alguno jura por el altar, no significa nada; pero cualquiera que jura por la ofrenda puesta en él está obligado por su juramento. ¡Ciegos! porque, ¿qué es más importante: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? Por tanto, el que jura por el altar, jura por él y por lo que está sobre él; y aquel que jura por el templo, jura por él y por el que habita en él; y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por el que se sienta en él. Después de la exégesis bastante detallada hecha sobre 5:33–37 sería superfluo decir mucho más al respecto al tratar este pasaje paralelo en 23:16–22. Lo que principalmente dejan implícito ambos párrafos es lo mismo: “Debe haber verdad en el corazón y en la vida. Entonces los juramentos carentes de [p 871] seriedad desaparecerán”. Ambos párrafos ponen el énfasis en el hecho de que aun los juramentos por el cielo, la tierra, Jerusalén, la cabeza de una persona (cap. 5), o por el santuario, el altar, el cielo (cap. 23), son obligatorios. En el último análisis cada juramento es un juramento “por Dios” y es por tanto obligatorio.
Este párrafo (23:16–22), a diferencia del que está en el cap. 5, muestra cuán absurdo y estúpido es decir que un juramento por el santuario (el interior del templo, que consta de “lugar santo” y “lugar santísimo”) no significa nada, pero que un juramento por el oro del templo deja obligada a la persona; que un juramento por el altar no es válido, pero uno por la ofrenda que está sobre el altar es válido. Naturalmente es el mayor, en este caso el santuario y el altar, lo que da el carácter de sagrado a lo que es menor, es decir, al oro del santuario y a la ofrenda que está sobre el altar respectivamente; tal como, por ejemplo, el “cargo” de presidente de los Estados Unidos es más grande que la persona que ocasionalmente es ascendida a este puesto en algún punto particular de la historia. Pero sea que uno jure por el santuario, por su oro; por el altar, por su ofrenda; por el cielo, o por el trono de Dios, en último análisis todos esos juramentos son “por Dios” que es dueño de todo y todo lo controla.
En consecuencia, este párrafo enfatiza que los escribas y fariseos, al invertir las verdades palpables, como si el oro fuera superior al templo; la ofrenda al altar, de modo que el juramento por el segundo punto de cada par no pusiera bajo obligación, se revelan a sí mismos como ciegos y necios, guías peligrosos, y de los cuales se debe desconfiar y, por lo tanto, no deben ser seguidos.777
En el cuarto ay Jesús vuelve a las palabras introductorias de los primeros dos ayes. Acusa a los escribas y fariseos de invertir los valores, como si el diezmar las pequeñas hierbas aromáticas tuviera un significado más importante que practicar las demandas “de más peso” (así literalmente) de la ley. 23, 24. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta, el eneldo y el comino, pero habéis descuidado las demandas más importantes de la ley; la justicia la misericordia y la fidelidad ... Por una parte, estos hombres observaban escrupulosamente las ordenanzas sobre el diezmo de Lv. 27:30–33; Dt. 14:22–29. En realidad, como era habitual en ellos, esto lo exageraron dando al Señor la décima [p 872] parte de las pequeñas hierbas aromáticas que cultivaban en sus jardines, y exigiendo a sus seguidores que hicieron lo mismo. Según entendían ellos, la menta “aromática”, el famoso eneldo y las tiernas semillas de comino, todas ellas usadas para
777 Probablemente no sea justificado distinguir en forma tajante (véase Lenski, op. cit., p. 883) entre el participio aoristo ἁγιάσας el v. 17 y el participio presente ἁγιάζον en el v. 19, como si Jesús quisiera establecer una distinción temporal entre las decoraciones de oro que estaban asociadas con el santuario desde el principio mismo, por una parte, y la donación que ahora mismo se recibía, cuando el sacerdote la pone en el altar, por la otra. Supone que sabemos a qué clase de oro se refiere. Pero eso es exactamente loque no sabemos. ¿Es la referencia a los adornos de oro, a los utensilios de oro, al as monedas de oro, o a las otras donaciones u ofrendas de oro? No sabemos. Probablemente sea mejor considerar ἁλιάσας como un aoristo sin tiempo, y darle un tratamiento similar a ὀμόσας en los vv. 20–22.
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condimentar los alimentos,778 ¡por cierto debían ser diezmados! Ahora bien, en la ley de Moisés no se dice una sola palabra en cuanto a diezmar esto. Sin embargo, si una persona hubiera recordado este hecho a los escribas y a sus acompañantes, ellos inmediatamente hubieran respondido: “Pero, ¿acaso la ley no exige categóricamente que ‘toda la ganancia de vuestro grano’ sea diezmada?” Para la mente de un escriba o fariseo esto hubiera significado un argumento irrefutable en favor de su posición. Sin embargo, un examen cuidadoso del contexto muestra que lo que realmente quería decir la ley—al menos lo enfatizaba—era que, en lo que tuviera que ver con los productos del campo, debían ser diezmados los tres “grandes” cultivos de la tierra, a saber, el grano, el vino y el aceite. Los escribas y fariseos estaban siempre aumentando y forzando la ley en una forma exagerada e ilegítima. ¿No fue eso también lo que hacían con respecto a las fiestas, el lavado de las manos, la observancia del día de reposo, etc.?
Sin embargo, ellos cometieron un pecado mucho más grande aún: unieron a su inflexible insistencia en diezmar la menta, el eneldo y el comino el olvido de las demandas más importantes de la ley, a saber, la justicia, la misericordia y la fidelidad. ¡Daban importancia a las reglas humanas a expensas de las ordenanzas divinas! Todo el énfasis de los vv. 23, 24 está puesto sobre este punto.
En cuanto a la tríada “la justicia, la misericordia y la fidelidad” sería difícil encontrar un mejor comentario que el que se hace en Miq. 6:8: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y ¿qué pide Jehová de ti, sino hacer justicia, amar la misericordia y andar con humildad ante tu Dios?” Así interpretada, vemos inmediatamente que la combinación justicia y misericordia se entiende como el ejercicio de la equidad y del espíritu servicial hacia el prójimo. A menudo esto era exactamente lo contrario de la actitud de los escribas y fariseos hacia el común del pueblo de su generación (véase sobre el v. 25), y también había estado ausente en el Israel de los días de Miqueas, como lo indica claramente Miq. 2:2, 9; 3:2, 3. Por lo tanto, no tendremos ningún problema en explicar estos conceptos al examinarlos a la luz de sus contextos específicos. En los días de Miqueas “la controversia” del Señor era principalmente con los líderes: los profetas, los sacerdotes y los príncipes. Por esta razón Miqueas denunció la idolatría y el ritualismo superficial. Del mismo modo, la controversia de Cristo es con los [p 873] líderes, cuyo ritualismo igualmente superficial condena. Además existe este otro paralelo entre Miq. 6:8 y Mt. 23:23, a saber, que en ambos casos se enfatiza no solamente el deber que el hombre tiene hacia su prójimo (acerca de esto, véase también Zac. 7:8–10; Col. 3:12, 13), sino a la vez también su obligación para con Dios: andar humildemente con él, ser fiel a él y permanecerle fiel. ¡Esa fidelidad no puede existir sin la fe en Dios!
Jesús añade: pero estas cosas debíais haber guardado sin descuidar las otras. Esta adición ha llevado a interpretaciones contradictorias. Según mi parecer, hay que evitar las dos posiciones extremas. Por una parte, no debemos interpretar el pasaje en el sentido de que, después de todo, aquí Jesús está aprobando el diezmar la menta, el eneldo y el comino. Si estuviera diciendo esto, ¿no estaría derrotando su propio argumento? Además, el paralelismo del v. 24 muestra que el Señor está ridiculizando esa forma tan exagerada y concienzuda de diezmar y lo compara con el acto de colar un mosquito pero ¡tragarse un camello! Por otro lado, me parece que no es necesario llegar a la conclusión de que puesto que estas palabras parecen no estar de acuerdo con la doctrina de la libertad en Cristo y con todo su argumento en contra de los escribas y fariseos, no pueden haber sido pronunciadas por Cristo, por lo que, en consecuencia, se deben considerar como una nota al margen que, sin ninguna justificación, fue insertada posteriormente en el texto por un escriba legalista. Probablemente lo que Jesús quiso decir fue esto: “Estas cosas, es decir, las ordenanzas de
778 También como medicinas o ingredientes para medicinas; véase artículos sobre la menta, el eneldo y el comino en H. N. y A. L. Moldenke, Plants of the Bible, Waltham, 1952; y en W. Walker, All the Plants of the Bible, Nueva York, 1957.
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Dios con respecto al diezmo, debíais haber guardado sin descuidar las cosas más importantes de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad”. En tanto que las ordenanzas ceremoniales divinamente decretadas no habían sido aún anuladas (Col. 2:14), es decir, mientras que Jesús todavía no había muerto en la cruz, estaba en plena vigencia la ley en cuanto al diezmo. Aquí se hace referencia a la ley de Dios, según se encuentra en Lv. 27:30–33; Dt. 14:22–29 (y en algunos otros lugares), y no a cosas agregadas a la ley de Dios por los hombres. Por cierto, nunca habían sido justificadas esas malas aplicaciones y abusos de la ley.
Cuando se hace la pregunta: “¿Qué principios contiene el Nuevo Testamento que guíen al creyente en las contribuciones monetarias que debe hacer para la causa del reino e impulsado por gratitud?”, la respuesta sería la siguiente: a. debe dar en forma sistemática y proporcional, es decir, en proporción a su capacidad (1 Co. 16:2); y b. debe dar con generosidad y alegría (2 Co. 9:7).
Jesús añade: ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, pero os tragáis el camello! Esta no es una idea completamente nueva. Simplemente es otra forma muy impresionante de repetir la misma denuncia y recalcar la misma verdad. Con diezmar la menta, el eneldo y el comino, mientras pasaban por alto la justicia, la misericordia y la fidelidad, estos enemigos de Cristo realmente [p 874] estaban colando779 el mosquito (inmundo, Lv. 11:42), mientras ¡se tragaban el camello (también inmundo, Lv. 11:4)! Tal vez sea innecesario agregar que este es lenguaje figurado, forma de estilo que Jesús usa repetidas veces (véanse también 5:13, 29, 30, 39; 7:3–6; 8:22; 12:43–45; 18:8, 9; 21:21; etc.). El significado es: ellos no prestaban atención a las demandas realmente importantes de la ley de Dios sino que dedicaban toda su atención a aquellas cosas que carecían por completo de importancia. Así que no es de extrañarse que Jesús haya comenzado su metáfora llamando “guías ciegos” a estos hombres. Ser ciego es bastante triste; pero, servir de guía estando en esa condición es desastroso para todos los que se dejan guiar por hombres como estos, que son voluntariamente ciegos.
El quinto ay tiene una estrecha relación con el cuarto. Empieza, no fijando nuestra atención en la comida, sino más bien en la vajilla—copas y platos—en que se sierven los artículos de consumo: 25, 26. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque limpiáis el exterior de la copa y del plato, pero por dentro están llenos de extorsión e intemperancia. En cuanto a la ceremonia del lavado de los vasos, véase sobre 15:1–20; además, véase C.N.T. sobre Jn. 4:9b y sobre Gá. 2:11–13. Véase también lo que se dice acerca de la tradición de los ancianos respecto de este tema (Mr. 7:4b). Por lo que dice todo el contexto se hace claro que cuando Jesús habla acerca del “exterior de la copa y del plato” está pensando en todo el plato y la copa, distinguiéndolos de lo que se pone dentro de ellos. Lo que el Señor está diciendo es que sus adversarios ponían mucha más atención al lavado ritual de estos vasos que a: a. la procedencia de las cosas que van en ellos, y b. la manera en que se consumen el contenido. La copa y el plato pueden haber sido meticulosamente purificados física y ritualmente, pero si lo que contienen fue obtenido por medio de la extorsión, ¿qué valor tiene esta sumisión a la tradición para los escribas y fariseos? Estos hombres eran arpías como indica claramente el original griego. Eran rapaces, codiciosos y avaros. Indudablemente Jesús se refería a algo muy definido cuando dijo esto, aun cuando no es fácil determinar exactamente lo que fue. Lc. 16:14 puede ser de alguna ayuda. Muestra que los acusados no eran filántropos, “amantes de los hombres” sino (si se me permite la palabra) filárguros, “amantes del dinero”. Eran de esa clase de gente que devoraba las casas de las viudas (Mr. 12:40; Lc. 20:47). ¿Significa esto que estos hombres pedían a las viudas que contribuyeran con más de lo que era razonable esperar de ellas para fondos que estaban bajo el control de ellos y de los cuales podían disponer? Acuérdese de la lucha de Lutero
779 No es “strain at a gnat” (A. V.), sino “strain out ...” Esto equivaldría a la diferencia entre “no poder aceptar” y “colar”.
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contra las indulgencias, y aun más cerca de este punto, piénsese en el capítulo de C. Chiniqui, “El sacerdote, el purgatorio y la vaca de la viuda [p 875] pobre”.780
Los escribas y fariseos no sólo eran culpables de la forma en que obtenían el contenido de las copas y platos—y su ropa, casas, oro, plata, etc.—sino también de la forma en que usaban lo que habían obtenido. Eran culpables de intemperancia.781 Probablemente esta característica no fuera tan prominente en ellos como en aquellos vulgares materialistas, los saduceos. Después de todo, uno puede esperar que los escribas y fariseos tuvieran algunos refinamientos. Sin embargo, aun entre los escribas y fariseos debe haber habido una buena cuota de bebedores.
Al continuar el apóstrofe retórico, Jesús se vuelve ahora hacia el fariseo como individuo. Por un momento usa el singular en lugar del plural, a fin de realizar el efecto de su mensaje: Fariseo ciego, limpia primero el interior de la copa, a fin de que el exterior pueda también estar limpio. Sentido: la aparente conformidad con la tradición de los ancianos, en este caso con la limpieza cuidadosa del exterior de las copas y los platos, jamás producirá pureza interior de corazón. El interior debe ser purificado primero por la gracia de Dios. Cuando se ha hecho esto uno no necesita preocuparse por el lavado ceremonial externo. El hombre que no puede ver esto es ciego, ¡deliberadamente ciego!
También hay una estrecha relación entre el quinto y el sexto ay, como indica la aparición de las palabras “exterior” a “interior” en ambos ayes. Jesús está por señalar que el pecado de sus adversarios es que exteriorizan la religión como si la apariencia externa fuera una buena cobertura para la deshonra y el crimen. 27, 28. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, los cuales, aun cuando se presentan hermosos por fuera, en el interior están llenos de huesos de muertos y de toda clase de inmundicia. Estaba por llegar la Pascua de los judíos. Esto quería decir que los peregrinos, que llegaban en gran cantidad a Jerusalén de todas las direcciones, veían en las cercanías de la ciudad muchos sepulcros blanqueados. Unas pocas semanas antes habían pintado con cal en polvo las tumbas para que se vieran impecablemente limpios, bonitos y elegantes a la vista. De este modo los habían hecho más visibles a fin de que ningún peregrino se hiciera ceremonialmente “inmundo” al entrar inadvertidamente en contacto con un cadáver o un hueso humano. Véanse Nm. 19:16; Lc. 11:44. Sin embargo, en el interior tales sepulcros [p 876] estaban llenos de huesos de muertos y de toda clase de inmundicia y suciedad. Así también, dice Jesús, vosotros por fuera parecéis justos ante la gente, mas por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad. Véase también Hch. 23:3. Véase prueba de la hipocresía de la que Jesús habla en 6:1–8; 16:18; 15:1–20; 16:1–12; 22:15–18, y en 23:1–36, todo lo que antecede y sigue al presente pasaje. Lo que realmente cuenta, en lo que respecta a Dios, es lo que el hombre es interior, moral y espiritualmente (cf. 1 S. 16:7). La iniquidad aquí mencionada es “ilegalidad”, que no es la condición de estar sin ley sino la de despreciar la ley de Dios.
El séptimo ay muestra que, a pesar de su perversidad interior, estos hombres se jactan de su superior bondad. Pero sus homicidas designios en contra de los que les hacen advertencias demuestran que son exactamente lo contrario de lo que pretenden ser: 29–32. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiéramos vivido en los
780 Fifty Years in the Church of Rome, Nueva York, Chicago, Toronto, 1886, pp. 41–48. 781 Algunos consideran ἀκρασία como sinónimo de ἁρπαγή. Esa teoría tiene algún atractivo y aun podría ser correcta. Entonces la traducción llega a ser: “extorsión y soborno”, o algo similar. En favor de esta traducción está el hecho de que las dos palabras entonces están expresando una idea. Sin embargo, queda en pie la verdad de que el sentido literal de ἀκρασία es falta de poder (sobre uno mismo), esto es, falta de autocontrol, y por tanto, indulgencia consigo mismo o intemperancia. En el único otro caso en que aparece en el Nuevo Testamento (1 Co. 7:5) la palabra tiene este sentido. En 2 Ti. 3:3 ἀκρατής significa intemperantes y en Ap. 14:10, no mezclado.
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días de nuestros padres, no hubiéramos participado con ellos en (el derramamiento de) la sangre de los profetas. La edificación de sepulcros podría indicar el levantamiento de nuevas estructuras—grandes bóvedas o mausoleos imponentes—en los lugares donde fueron sepultados los profetas. Sin embargo, el verbo también se puede referir a la ampliación o reparación de las estructuras antiguas. Algunos piensen que, en algún sentido, se estaba edificando durante el ministerio terrenal de Cristo la tumba del profeta Zacarías al pie del Monte de los Olivos. Hch. 2:29 muestra claramente que se daba honra a la tumba de David. Estos primorosos sepulcros eran al mismo tiempo monumentos que se hacían en honor al muerto. Basados en esta interpretación, “sepulcros” y “monumentos” serían sinónimos (cf. 2 R. 23:17); igual ocurriría con “los profetas” y “los justos”. También podría haber monumentos distintos de los sepulcros. En Gn. 35:20 leemos de “un pilar sobre su (de Raquel) sepultura”.
La hipocresía señalada por Jesús se refiere al hecho de que estos mismos escribas y fariseos que se preocupaban de honrar a los profetas, al mismo tiempo estaban haciendo planes de asesinar al mayor de todos los profetas. Véanse 12:14; 16:21; 17:23; 20:19; 21:38, 39, 46; 22:15. Sin embargo, estaban diciendo: “Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos cooperado con ellos en el asesinato de los profetas”. Sea que estos hombres jactanciosos se diesen cuenta o no, la afirmación que estaban haciendo implicaba: “Somos hijos de asesinos”. Y la mala intención de sus corazones demostraba que también ellos mismos eran homicidas. No sólo son hijos de los homicidas, sino que son hijos típicos: la sangre de sus homicidas padres estaba aún en sus venas. Era exactamente como Jesús decía: De este modo estáis testificando contra vosotros mismos (al reconocer) que sois hijos de aquellos que asesinaron a los profetas. Continúa: Proseguid, entonces, y completad la medida (de la culpa) de vuestros [p 877] padres. Esta exhortación retórica hace que uno recuerde Jn. 13:27: “Lo que [Judas] haces, hazlo más pronto”. Es como si el Señor estuviera diciéndoles: “Puesto que os habéis endurecido contra todas las advertencias, la responsabilidad ahora es enteramente vuestra. Debido a la bajeza de vuestros corazones, el crimen que han estado planeando ya no puede ser impedido. Así que llevadlo a cabo, y sufrid el castigo”.
Ahora el discurso prosigue hacia su culminación cuando Jesús pronuncia contra estos hombres endurecidos en el pecado el juicio que ya no se puede evitar: 33. ¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo vais a escapar la sentencia del infierno? Literalmente, “... ¿cómo escaparéis782 (de) el juicio condenatorio de la Gehenna?” Véase sobre 3:7 acerca de “generación de víboras”. Juan el Bautista había añadido: “¿Quién os aconsejó a escapar de la ira que se acerca (que se derramará)?” Véase sobre 10:28 en cuanto al significado de “infierno”, aquí literalmente “Gehenna”. Y en cuanto a “juicio” véase sobre 5:22. Así que Jesús aquí está diciendo que ya no habrá escape para estos empedernidos hombres, que a pesar de todas las advertencias no se han arrepentido. Continúa: 34–36. Por eso, mirad, os estoy enviando profetas, sabios y escribas. El pasaje hay que interpretarlo a la luz de a. su contexto; véase especialmente los vv. 31, 32; y b. el pasaje paralelo. Lc. 11:49. En cuanto a a., el contexto indica que en los vv. 34, 35 Jesús está mostrando cómo los escribas y fariseos, junto con todos sus seguidores, están demostrando y van a demostrar que verdaderamente son hijos típicos de sus padres, los que asesinaron a los profetas. La historia se está repitiendo. La medida de la culpa de los padres está llenándose y se va a completar. En cuanto a b., Lc. 11:49 muestra que lo que Jesús está diciendo en Mt. 23:34, 35 era también lo que Jehová en su sabiduría había declarado en cuanto a los pecados de quienes matarían a sus embajadores, y los juicios que vendrían en contra de ellos. En otras palabras, Jesús, al decir “Yo—muy enfáticamente—estoy enviándoos profetas ...”, está declarando que al hacer esta afirmación une su voz a la del Dios que inspiró a los profetas del Antiguo Testamento. Aunque es cierto que los vv. 34 y 35 no aparecen en esa forma exacta en ninguna parte del
782 φύγητε, seg. pers. pl. aor. subj. (aquí deliberativo) de φεύγω.
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Antiguo Testamento ni en ninguna otra fuente conocida en esencia lo que aquí tenemos también se encuentra en el Antiguo Testamento; por ejemplo, en Jer. 7:25–29. En ese pasaje Jehová también declaró los mismos tres hechos que se encuentran aquí en Mt. 23:34, 35. Una comparación entre ambos pasajes mostrará que esto es cierto:
[p 878] Jer. 7:25–29 a.
“Y os envié todos los profetas mis siervos”.
b.
Pero no me oyeron ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su cerviz, e hicieron peor que sus padres”.
c.
Jehová ha aborrecido y dejado la generación objeto de su ira”.
Mt. 23:34, 35 a.
“Os estoy enviando profetas, hombres sabios y escribas”.
b.
“Mataréis y crucificaréis a algunos de ellos; a otros azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad”.
c.
“... para que caiga sobre vosotros toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías ...”.
En ambos casos se mencionan la voz profética, la negativa a oírla, y el castigo. Es como si fuera una historia interminable. La decisión o el decreto de derramar la ira final sobre todos los que endurecen sus corazones fue hecha no sólo en los días de la peregrinación terrenal de Jesús, ni solamente en los días de Jeremías y los otros profetas, sino en el plan eterno de Dios.
En cuanto a los demás detalles aquí en Mt. 23:34, 35, los profetas son todos aquellos que verdaderamente declaran la voluntad y mente de Dios a su pueblo: Moisés, Elías, Isaías, Jeremías, los profetas y maestros mencionados en Hch. 13:1, 2, Agabo, etc. El más grande de los profetas es Jesús. Pero, además, en un sentido, ¿no eran profetas todos los apóstoles? ¿No eran sabios también los que llenos de la sabiduría de Dios predicaban a Cristo, quien es él mismo “sabiduría de Dios”? Véase 1 Co. 1:23, 24, 30. Y en cuanto a los apóstoles— poniendo a Matías en lugar de Judas, y añadiendo a Pablo—¿no eran ellos también escribas! Véase en el comentario sobre 13:52 la prueba de que a veces la palabra “escribas” se usa en sentido favorable para indicar a las personas bien versadas en el evangelio y capaces de impartirlo a otros; a veces (piénsese en Mateo, Juan, Pablo) lo pueden hacer aun en forma escrita. Aunque Jesús nada escribió que nos haya sido transmitido, ¿no inspiró a todos los verdaderos escribas? El hecho mismo de que donde Mateo dice “profetas, sabios y escribas” Lucas diga “profetas y apóstoles” muestra que sería incorrecto tratar de distinguir entre tres grupos distintos, como si los embajadores del Señor durante la antigua y la nueva
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dispensación fueran algunos profetas, algunos sabios y otros escribas. En este contexto las tres expresiones simplemente consideran al emisario de Dios desde tres ángulos distintos.
Continúa: Mataréis y crucificaréis a algunos de ellos; a otros azotaréis [p 879] en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad. Cumplimiento: en cuanto a “mataréis y crucificaréis”, o “mataréis, y aun crucificaréis”, piénsese en Jesús mismo (27:31, 35); y en Pedro (Jn. 21:18, 19). En cuanto a “azotar” (véase sobre 10:17), piénsese en aquellos que por sugerencia de Saulo (Pablo antes de su conversión) fueron tratados en forma tan cruel (Hch. 22:19, 26:11); y considérese a Pablo mismo después de su conversión (2 Co. 11:24). Y con respecto a “perseguiréis de ciudad en ciudad” (véase sobre 10:23), recuérdese el pasaje: “Yo [Pablo antes de mi conversión] los perseguí hasta en las ciudades extranjeras” (Hch. 26:11).
Es ciertamente notable la forma en que esta profecía se iba a cumplir literalmente. El libro de Hechos da testimonio de ello. Los judíos iban siempre tras los misioneros cristianos. Jamás se cansaban de perseguirlos: en Antioquía de Pisidia (Hch. 13:45, 50), Iconio (14:2), Listra (14:19), Tesalónica (17:5), Berea (17:13), Corinto (18:12; 20:3), Jerusalén (21:27; 23:12) y Cesarea (24:1–9).
Dios permite que todo esto ocurra. De hecho, su propósito mismo se está cumpliendo en todo esto, tanto en la recompensa dada a los perseguidos (Ro. 8:28, 37; 2 Co. 4:17, 18), como en el castigo de los perseguidores. En cuanto a éstos, Jesús sigue diciendo: para que caiga sobre vosotros (la culpa de) toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien asesinasteis entre el santuario y el altar. Os aseguro solemnemente—véase sobre 5:18— que todas estas cosas vendrán sobre esta generación.
En primer lugar, hay que investigar brevemente una cuestión en cuanto al texto. Tiene que ver con Zacarías “hijo de Berequías”, a quien asesinasteis ...” La referencia es indudablemente al Zacarías cuyo valeroso testimonio y muerte cruel se relatan en 2 Cr. 24:20–22. La razón por la que Jesús dice “desde Abel hasta Zacarías” es que según el orden de los libros en la Biblia hebrea, Génesis (por lo tanto, Abel) está en primer lugar y Crónicas es el último libro (donde aparece “Zacarías”). Lo que Jesús está diciendo es que la sangre de todos los justos, desde el primero hasta el último—esto es, desde Abel hasta Zacarías—el relato de cuyos asesinatos se relatan en la Escritura (el Antiguo Testamento) se imputa a “esta generación” (cf. Lc. 11:50), el pueblo judío, particularmente los contemporáneos de Cristo. Véase sobre 1:17.
Hasta aquí no hay dificultad para entender el texto. El verdadero problema es que aquí en Mateo se llama “hijo de Berequías” al Zacarías asesinado de 2 Cr. 24:20–22, pero Crónicas lo llama “hijo de Joiada el sacerdote”. Además, el profeta menor Zacarías, de una fecha muy posterior, era en verdad “el hijo de Berequías” (Zac. 1:1). No cansaré al lector con la enumeración y discusión de todas las soluciones propuestas. Entre todas ellas las tres mejores podrían ser las siguientes:
[p 880] a. Como ocurre con muchas otras personas mencionadas en las Escrituras, así también ocurre aquí: el padre del asesinado tenía dos nombres: Joiada y Berequías (o Baraquías).
b. Como ocurre muy frecuentemente en las Escrituras, “padre” (2 Cr. 24:22) significa “abuelo”. Los que favorecen esta teoría dicen que está apoyada por la estadística acerca de las personas que se mencionan prominentemente en el relato (véase especialmente 2 Cr. 24:1, 2, 15).
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c. En una de las primeras copias del Evangelio de Mateo, un copista que recordaba el nombre del padre del profeta menor erróneamente y sin ningún fundamento insertó “hijo de Berequías”.783
Sobre la base de estas soluciones el escritor de este Evangelio no se ve acusado de error. Cualquiera de las tres podría ser correcta. Sin embargo, con Ridderbos creo que c. es la solución más sencilla.
Volviéndonos a la explicación del pasaje, significa: “Haréis todas estas cosas—mataréis, crucificaréis, azotaréis, perseguiréis—para que quede claro como el cristal que la sentencia pronunciada en contra de vosotros era completamente justificada”. Así el río de sangre, desde Abel hasta Zacarías, es seguido por el río de fuego, el fuego de la ira de Dios y su castigo. Esta ira fue derramada sobre el pueblo judío porque debido al asesinato de Cristo y la persecución de sus embajadores mostraron unanimidad de pensamiento con aquellos que en días pasados habían asesinado a los profetas. Además, todos estos terribles crímenes se habían cometido a pesar de las repetidas advertencias y las repetidas invitaciones al arrepentimiento. Por ejemplo, piénsese en la forma en que Caín había sido amonestado ferviente y aun tiernamente (Gn. 4:6, 7). Sin embargo, siguió adelante y asesinó a su hermano Abel. Y piénsese también en la bondad que Joiada padre de Zacarías había derramado sobre el rey Joas. A pesar de todo el bien recibido de Joiada, Zacarías, siervo fiel y verdadero de Dios, fue asesinado por orden de Joas. Además, este hecho cruel fue cometido ¡en la proximidad inmediata del santuario! Desde Abel hasta Zacarías habían sido tratados en forma similar muchos otros hombres justos. Véase sobre 5:12. Aun Jesús, el clímax mismo del amor de Dios, estaba por ser asesinado también; de hecho, ya había sido rechazado por muchos. Y, como se ha indicado, lo mismo estaba reservado para los “profetas, sabios y escribas” de la era del Nuevo Testamento. Resultado: los judíos dejan de ser en sentido especial el pueblo de Dios. Jerusalén cae (70 d. C.) en medio de indescriptibles horrores.
El último discurso público de Cristo se cierra con un lamento conmovedor, en que se revelan su solemne ternura y la severidad del juicio divino contra todos los que han respondido con desprecio a una compasión tan maravillosa. [p 881] El lamento comienza así: 37. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido juntar a tus hijos como la gallina junta a sus polluelos bajo sus alas, pero no quisisteis!784
El desahogo de tristeza está dirigido a “Jerusalén” porque esta ciudad, siendo la capital, corazón y centro de Israel, simboliza el espíritu o la actitud de la nación como un todo. En la repetición de la palabra Jerusalén encuentra su expresión una intensa emoción, un patetismo insondable. Cf. “altar, altar” (1 R. 13:2), “Marta, Marta” (Lc. 10:41), “Simón, Simón” (Lc. 22:31), y las múltiples repeticiones como “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2 S. 18:33); y “¡Tierra, tierra, tierra! oye palabra de Jehová” (Jer. 22:29; cf. 7:4). Ya se ha declarado que la nación era verdaderamente culpable de dar muerte y apedrear a los embajadores oficiales de Dios; véase sobre 5:12. Se encuentra prueba para “¡Cuántas veces he querido juntar a tus hijos” en primer lugar en el Evangelio según Juan (2:14; 5:14; 7:14, 28; 8:2; 10:22, 23).
783 Lenski, después de decir que Lutero ya tenía la solución—esto es, la teoría a.—menciona también la teoría b. y nos deja elegir entre las dos. Grosheide considera que la teoría b. es muy posible. H. N. Ridderbos favorece la c. 784 En este pasaje ἀποκτείνουσα y λιθοβολοῦσα son part. pres. act. fem. s.; por eso (la que, o ella) mata y apedrea; ἀπεσταλμένους es part. perf. pas. acus. pl. masc. de ἀποστέλλω; los que habiendo sido enviados o comisionados, con la idea implícita “por Dios”; ἠθέλησα es la pers. s. aor. indic. de ἐθέλω: (con cuánta frecuencia) quise, seguido por el infinitivo doble compuesto ἐπισυναλαλεῖν reunir hacia mí. Más adelante en este pasaje el mismo verbo aparece en relación con un ave; por eso (como una gallina) reúne hacia ella. El sustantivo ὄρνις (cf. “ornitología”) significa básicamente pájaro, y como tal puede referirse al gallo o a la gallina. Por razón de la acción que se le atribuye, parece que la referencia es a la gallina. El sustantivo νοσσία está relacionado con νέος; de aquí, nuevos, jóvenes, polluelos. Compárese πτέρυξ, ala (aquí acus. pl. πτέρυγας) con πέτομαι volar. Nótese además cómo el singular “Jerusalén” finalmente se expande en el plural οὐκ ἠθελήσατε.
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Incidentalmente, esta declaración de Jesús también demuestra que aun los Sinópticos, aunque enfatizan la obra de Cristo en Galilea y sus alrededores, dan testimonio de la extensa labor que Jesús había realizado en Jerusalén y sus cercanías. Sin embargo, al tener presente que Jerusalén representaba a la nación, debe señalarse que la compasión y el amor de Cristo de ningún modo habían estado confinados a los habitantes de esta ciudad o siquiera de Judea. Había sido abundantemente evidente también en el norte. Véanse Mt. 9:36; 11:25–30; 15:32; Lc. 15; etc.
El símil usado por Jesús es inolvidable. Repentinamente aparece un gavilán, sus alas plegadas, los ojos centrados en la granja, sus ominosas garras preparadas para coger un polluelo. O, para cambiar la figura, se avecina una tormenta. Los relámpagos se hacen cada vez más frecuentes, el rumor del trueno se hace más estridente y las descargas eléctricas se acercan más y más. Las gotas pronto se convierten en un aguacero, y el aguacero en algo que parece un diluvio. En todo caso lo que ocurre es que con un anhelante “cloc, cloc, cloc” la gallina llama sus polluelos, los oculta bajo sus alas protectoras, y tan rápido como puede busca donde guarecerse. “¡Cuán frecuentemente”, [p 882] dice Jesús, “en igual forma yo he deseado reuniros! Pero no quisisteis”. ¿Pensaban, realmente, que sus advertencias eran sin sentido, y ridículas sus predicciones de un juicio que se avecinaba?
El resultado de estas constantes negativas, de este endurecimiento del corazón, se describe en los vv. 38, 39. He aquí, vuestra casa os es dejada desierta. Pues os digo, ciertamente de aquí en adelante no me veréis hasta que digáis: Bendito es el que viene en el nombre del Señor.785 “Vuestra casa” no indica sencillamente “vuestro templo”, sino “vuestra ciudad”. Sin embargo, el templo está incluido. En cuanto al cumplimiento, véase sobre 22:7. Cf. Dt. 28:24, 37, 45; 1 R. 9:7; Lc. 21:20, 24, 28. En el modificativo “de aquí en adelante” la palabra “aquí” se debe interpretar como que incluye los días inmediatamente venideros. El sentido es que después de esta semana de la pasión Jesús no se volverá a revelar públicamente a los judíos hasta el día de su segunda venida. Salvo un breve período de transición (Hch. 13:46), el día de especial oportunidad para los judíos ha pasado. En la segunda venida de Cristo sobre las nubes de gloria “todo ojo le verá” (Ap. 1:7). “Bendito es el que viene en el nombre del Señor” (véase sobre 21:9; Lc. 19:38) será la exclamación que habrá en toda boca. Entonces, en su gloriosa venida, los que se habrán arrepentido antes de morir proclamarán a Cristo con plenitud de gozo; los demás harán lamentación con remordimiento, sin arrepentimiento. Pero tan majestuosa y radiante será la gloria de Cristo que todos se sentirán impelidos a tributarle homenaje. Cf. Is. 45:23; Ro. 14:11; Fil. 2:10, 11. En cuanto a lo demás, este pasaje se debe entender a la luz de 8:11, 12, incluyendo la nota 379.
785 Sobre ἰδού véase nota 133. ἀφίεται, terc. pers. s. pres. del indic. pas. de ἀθίημι, enviar, dejar solo, abandonar; ἔρημος solitario, desolado, desierto; cf. ermitaño; εὐλογημένος, part. perf. pas. nom. s. masc., con sentido presente (en que la acción pasada resulta en un estado presente continuo), bendito. 379 Esto se explica con mayor detalle en mi libro Israel and the Bible.
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[p 884]
Bosquejo de los Capítulos 24 y 25 Tema: La obra que le diste que hiciera
Las últimas cosas El sexto gran discurso [p 885]
CAPITULO 24
MATEO 24:1–25:46
1 Jesús salió del templo y se alejaba de él cuando se le acercaron sus discípulos para llamarle la atención a los edificios del templo. 2 El les respondió: “¿Véis todo esto? Os digo solemnemente que
aquí no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada”.
3 Y cuando él estaba sentado en el Monte de los Olivos los discípulos se le acercaron en privado y le dijeron: “Dinos, ¿cuándo sucederá esto, y qué señal (habrá) de tu venida y del fin del mundo?”
4 Jesús respondió: “Cuidado que nadie os engañe. 5 Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: ‘Yo soy el Cristo’, y engañarán a muchos. 6 Y oiréis acerca de guerras y rumores de guerras, pero cuidaos; no os turbéis, porque tales cosas deben suceder, pero eso no es el fin todavía. 7 Porque (una) nación se levantará en guerra contra (otra) nación, y (un) reino contra (otro) reino, y habrá hambres y terremotos en diversos lugares, 8 pero todas estas cosas son (solamente) el principio de los dolores de parto. 9 Entonces os entregarán a la tribulación y os matarán y seréis odiados por todas las naciones por causa de mi nombre. 10 Y entonces muchos caerán,786 traicionándose y aborreciéndose unos a otros. 11 Y muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos; 12 y debido a que la maldad se aumentará, el amor de la mayoría se enfriará. 13 Pero el que persevere hasta el fin, será salvo. 14 Y este evangelio del reino será predicado en todo el mundo como un testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin.
15 “Cuando veáis ‘el sacrilegio desolador’, de que habló el profeta Daniel, que está en el lugar santo—que el lector entienda—, entonces los que están en Judea huyan a los montes; 17 el que (esté) en la azotea no descienda para sacar las cosas que tiene en la casa; 18 y el que esté en el campo no regrese a buscar su manto. 19 Pero, ¡ay de las que estén encinta y las que estén criando en aquellos días! 20 Orad que vuestra huida no sea en el invierno ni en un día de reposo; 21 porque entonces habrá gran tribulación, tal que no ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, y como no volverá a haber. 22 Y si aquellos días no fueran acortados nadie se salvaría. Pero por amor de los escogidos aquellos días serán acortados. 23 En aquel tiempo, si alguien os dice: ‘Mirad, aquí (está) el Cristo’ o ‘Allí (está)’, no le creáis; 24 porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y realizarán grandes señales y prodigios como para engañar, si fuera posible, aun a los elegidos. 25 Mirad, os lo he dicho con anticipación. 26 Así que, si os dicen: ‘Mirad, él está en el desierto’, no vayáis; ‘Mirad, él está en los cuartos interiores’, no (les) creáis. 27 Porque, así como el relámpago sale del oriente y resplandece hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre. 28 Donde esté el cadáver, allí se juntarán las buitres.
29 “Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su luz,
Y las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas de los cielos serán sacudidas. 30 Y entonces la señal del Hijo del hombre aparecerá en el cielo, y entonces
Todas las tribus de la tierra harán duelo y verán
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786 O: “serán atrapados, serán enlazados”; véase sobre 5:29, 30; 18:6, 8, 9; nota 293.
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[p 886] Al Hijo del hombre que viene en las nubes del cielo con poder y gran gloria; 31 y él enviará a sus ángeles con un fuerte toque de trompeta, y ellos reunirán a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde un extremo del cielo al otro.
32 “Ahora bien, de la higuera aprended esta lección: tan pronto como su rama reverdece y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. 33 Así también vosotros, cuando veáis todo esto, sabed que ello está cerca, a las puertas mismas. 34 Os digo solemnemente que esta generación ciertamente no pasará hasta que todo esto suceda. 35 Cielos y tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán.
36 “Pero acerca del día y la hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino solamente el Padre. 37 Y como (fuera) en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. 38 Porque así como en aquellos días anteriores al diluvio, los hombres estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, 39 y no recobraron su cordura hasta que vino el diluvio y los arrasó a todos, así también será la venida del Hijo del hombre. 40 Entonces dos hombres estarán en el campo; uno es tomado, uno dejado. 41 Dos mujeres (estarán) moliendo con un molino manual; una es tomada, una dejada. 42 Así que, estad alertas, porque no sabéis en qué día viene vuestro Señor. 43 Pero esto sí sabéis, que si el dueño de la casa hubiera sabido a qué vigilia de la noche llegaría el ladrón, hubiera estado alerta y no hubiera dejado que entrara en su casa. 44 Así que vosotros también, estad preparados, porque a una hora en que no (lo) esperáis el Hijo del hombre vendrá.
45 “¿Quién, entonces, es el siervo fiel y prudente a quien el amo ha puesto a cargo de los empleados de su casa, para darles alimento a su debido tiempo? 46 Bienaventurado es ese siervo a quien su señor, en su venida, encuentre haciendo así. 47 Os aseguro solemnemente que será puesto sobre todas sus posesiones. 48 Pero si aquel siervo es malvado, y dice en su corazón: ‘Mi señor se está tomando tiempo’, 49 y comienza a golpear a sus consiervos y a comer y a beber con los borrachos, 50 el señor de aquel siervo llegará en el día en que él no lo espera, y a una hora que no se imagina,787 51 y lo cortará en pedazos y le asignará un lugar con los hipócritas; allí será el llanto y el crujir de dientes.
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1 “Entonces el reino de los cielos será semejante a diez muchachas, que tomaron sus
lámparas y salieron al encuentro del novio. 2 Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes. 3 Porque las necias, habiendo llevado sus lámparas, no llevaron aceite consigo; 4 pero las prudentes juntamente con las lámparas llevaron aceite en sus vasijas. 5 Ahora bien, mientras el novio se tardaba, todas tuvieron sueño788 y (pronto) estuvieron durmiendo. 6 Pero a la medianoche hubo un clamor: ‘¡Aquí viene el novio! ¡Salid a recibirle!’ 7 Entonces todas las jóvenes despertaron y prepararon sus lámparas. 8 Y las insensatas dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, porque se nos apagan las lámparas’. 9 Pero las prudentes respondieron: ‘Podría no haber suficiente para nosotras y para vosotras. Es mejor que vayáis a quienes (lo) venden, y compréis para vosotras’. 10 Sin embargo, mientras iban a comprar, ¡llegó el novio! Las muchachas que estaban preparadas entraron con él a la boda, y la puerta se cerró. 11 Más tarde llegaron las otras jóvenes también, diciendo: ‘Señor, señor, ábrenos la puerta’. 12 Pero él replicó: ‘En verdad os digo que no os conozco’. 13 Por lo tanto, estad alertas, porque no sabéis ni el día ni la hora.
14 “Porque (es) como un hombre que, yéndose al extranjero, llamó a sus siervos y puso sus posesiones en manos de ellos. 15 A uno dio cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, a cada uno según su capacidad, y luego se fue. 16 Inmediatamente el hombre que había recibido cinco talentos fue y los puso a trabajar y ganó otros cinco talentos. 17 Así también el hombre (que tenía) los dos ganó dos más. 18 Pero el hombre que había recibido uno fue, [p 887] cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. 19 Largo tiempo después el amo de estos siervos vino y arregló cuentas con ellos. 20 El que había recibido los cinco talentos vino, trajo los cinco talentos adicionales, y dijo: ‘Amo, cinco talentos pusiste en mis manos; mira, otros cinco talentos he ganado’. 21 Su amo le dijo: ‘Bien hecho, siervo bueno y fiel. Sobre una pequeña suma has sido fiel, sobre mucho te pondré; ven, participa del gozo de tu amo’. 22 El (que había recibido) los dos talentos también vino y dijo: ‘Amo, dos talentos pusiste en mis manos; mira, otros dos talentos adicionales he ganado’. 23 Su amo le dijo: ‘Bien hecho, siervo
787 O: no sabe. 788 O: cabecearon.
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bueno y fiel. Sobre una pequeña suma has sido fiel, sobre mucho te pondré; ven, participa del gozo de tu amo’.
24 También el que había recibido un talento vino y dijo: ‘Amo, siempre supe que eras hombre duro, que siegas dondo no sembraste, y recoges donde no esparciste; 25 así que, teniendo miedo, fui y escondí tu talento en la tierra; mira, (aquí) tienes lo que es tuyo’. 26 Pero su amo respondió y le dijo: ‘¡Siervo malvado y haragán! ¿Sabías que yo siego donde no sembré y que recojo donde no esparcí?
27 Entonces deberías haber invertido mi dinero con los banqueros y a mi regreso habría recibido lo mío con los intereses. 28 Quitadle el talento y dad(lo) al que tiene los diez talentos. 29 Porque a todo el que tiene se le dará (más) y tendrá mucho; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 30 Y arrojad al siervo inútil a las tinieblas más lejanas; allí será el lloro y el crujir de dientes’.
31 “Cuando el Hijo del hombre viene en su gloria y todos los ángeles con él, entonces se sentará en el trono de su gloria; 32 y delante de él se reunirán todas las naciones, y él separará los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras; 33 y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. 34 Entonces el rey dirá a los de su derecha: ‘Venid, vosotros que sois benditos por mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo; 35 porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recibisteis; 36 necesitado de ropa y me vestisteis; estuve enfermo y me cuidasteis; estuve preso y me vinisteis a ver’. 37 Entonces los justos le responderán, diciendo: ‘Senor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer, o con sed y te dimos de beber; 38 y cuándo te vimos forastero y te recibimos, o en necesidad de ropas y te vestimos; 39 y cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a ti?’ 40 Y el rey les responderá: ‘Os aseguro solemnemente, todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos, (aun) por el más humilde, por mí lo hicisteis’. 41 Entonces hablará también a los de su izquierda (diciendo): ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego perpetuo preparado para el diablo y sus ángeles; 42 porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber, 43 fui forastero y no me recibisteis; tuve necesidad de ropa y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me cuidasteis’. 44 Entonces ellos también responderán diciendo: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o necesitado de ropas o enfermo o en la cárcel y no te atendimos?’ 45 Entonces él les responderá diciendo: ‘Os aseguro solemnemente, todo lo que no hicisteis por uno de los más humildes de estos, por mí no lo hicisteis’. 46 Y estos irán al castigo perpetuo, pero los justos a la vida perpetua”.
24:1–25:46 Las últimas cosas
Para la mayor parte de 24:1–44, cf. Mr. 13:1–37; Lc. 21:5–36. Para 24:37–51, cf. también Lc. 12:37–48; 17:26, 27, 34, 35. Mt. 25 no tiene un verdadero paralelo en los demás Evangelios. La parábola de las minas de Lucas (19:11–27) no es un verdadero paralelo de la parábola de los talentos en Mateo (25:14–30). Véase también p. 31. Sin embargo, tienen ciertas semejanzas.
[p 888] Introducción y Resumen Vale la pena notar en forma especial unos pocos puntos:
1. Este es el discurso más largo menos uno de los seis que pronunció Cristo. El evangelista Mateo le dedica más espacio que Marcos o Lucas, aunque gran parte del cap. 24 tiene paralelo en los otros Sinópticos, y ellos a su vez contienen unos pocos pasajes que no se encuentran en Mt. 24. En general, se conoce el sermón como el “Discurso escatológico de Cristo” o “Discurso sobre las últimas cosas”. A fin de indicar en forma más clara su contenido material, uno podría usar el título: “Exhortación a velar, en vista de la segunda venida del Hijo del Hombre como juez y galardonador”.
2. El esfuerzo por combinarlo con el cap. 23, haciendo de los caps. 23–25 un solo discurso, para reducir por medio de esta manipulación los seis discursos a cinco— comparables a los cinco libros de Moisés—no puede tener éxito, porque el discurso del cap. 23 fue presentado en el templo; el de los caps. 24 y 25 fue dado en el Monte de los Olivos. El primero fue dado ante las multitudes y los discípulos de Cristo; el segundo a los discípulos solos. Además, como ya se ha señalado, los temas son completamente distintos.
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3. El material profético que se encuentra en este sexto discurso tiene referencia no solamente a acontecimientos muy cercanos en el tiempo (véase, por ejemplo el v. 16), sino también a los que están muy lejos en el futuro, como es claro por los siguientes pasajes: 24:14, 29–31; 25:6, 31–46. Cf. Lc. 21:24.
4. Por el proceso del escorzo profético, fenómeno según el cual se ven como un solo acontecimiento los extensamente separados acontecimientos históricos, como montes que por efecto de la distancia se ven como uno solo, tal como se ha explicado en relación con 10:23 y 16:28, aquí se entrelazan dos acontecimientos de gran importancia, a saber, a. el juicio sobre Jerusalén (su caída en el año 70 d.C.), y b. el juicio al final de la historia del mundo. Nuestro Señor predice la inminente catástrofe de la ciudad como un tipo de la tribulación al final de la dispensación. O para decirlo en forma diferente, al describir el breve período de gran tribulación al final de la historia, que termina con el juicio final, Jesús está describiéndola con colores tomados de la destrucción de Jerusalén por los romanos.789
El punto de vista que ahora es más bien popular, según el cual el cap. 24, incluyendo aun pasajes tan excelsos como 24:30, que describe al “Hijo del hombre viniendo en las nubes del cielo, con poder y gran gloria”, se limita a los ayes que iban a venir sobre el pueblo judío en el año 70 d. C., está sujeto a las siguientes objeciones:
[p 889] a. Si restringimos tanto el significado, tenemos que Jesús no contestó la pregunta de los discípulos. Para estudiar el contenido de esa pregunta, debemos referirnos no solamente al evangelio de Marcos (13:4) y al de Lucas (21:7) sino también al de Mateo (24:3). Esto nos presenta todo el cuadro. Incluidas en la pregunta de los discípulos estaban estas palabras: “... ¿qué señal (habrá) de tu venida y del fin de la era?” Ahora bien, si en todo el discurso que sigue Jesús no habló de su venida escatológica al final de la historia del mundo, él no respondió a la pregunta de ellos.
b. Se nos dice claramente, Mt. 24:29, que la tribulación a que se refiere el pasaje vendrá inmediatamente antes de la aparición de la “señal del Hijo del hombre en el cielo”.
Jesús enfatiza que nadie—ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino el Padre solamente—sabe el día y la hora cuando ocurrirá este gran acontecimiento (v. 36). ¿Quiso decir simplemente que nadie sabe cuándo será destruida Jerusalén? En el v. 37 leemos: “Y como (fuera) en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre”. La destrucción de la tierra por medio de un diluvio, ¿es solamente tipo de la caída de Jerusalén, o es un tipo de que “el cielo y la tierra pasarán”, a lo que se hace referencia en el v. 35? No solamente en el contexto inmediato, sino también en 2 P. 3:5–7 hallamos la respuesta (cf. también Lc. 17:20–37).
c. Nuestro Señor continúa su discurso en el cap. 25. Los dos capítulos van juntos. Si el elevado lenguaje de 24:29–31 no se refiere a nada más trascendental y final que la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C., entonces por el mismo proceso de razonamiento habría que dar una interpretación restringida a las palabras muy similares de 25:31–46. Obsérvese el paralelo: en ambos casos el Hijo del hombre aparece en gran gloria, y la gente (“sus elegidos”—“todas las naciones”) se reúne delante de él. Pero 25:46 demuestra, sin posibilidad de ser refutado con éxito, que se ha llegado al final de la era. Ha llegado el momento cuando “éstos”—las cabras, es decir, los malvados—“irán al castigo eterno; pero los justos a la vida eterna”.
No se pretende, por supuesto, que un exégeta pueda desenredar completamente lo que aquí está entretejido, como para indicar exactamente en cada pasaje individual cuánto se refiere a la caída de Jerusalén y cuánto a la gran tribulación y la segunda venida.
789 Así también F. W. Grosheide, op. cit., pp. 355, 356; C. R. Erdman, op. cit., p. 192, y muchos otros.
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5. En ambos capítulos el énfasis princial está en la necesidad de estar alertas, activos en la obra del Maestro, fieles a él. Véanse especialmente 24:4, 23, 25, 42, 44–51; y todo el cap. 25.
Los dos capítulos tienen diez partes o párrafos fácilmente reconocibles:
1. En los vv. 1–3 se describe la ocasión que dio origen a este discurso. La ocasión fue la siguiente: En armonía con lo que Jesús ya había dejado implícito en 23:38, ahora, habiendo salido del templo, responde a la expresión de asombro de los discípulos por la grandeza de los edificios con [p 890] la predicción de su destrucción total. Llegados al Monte de los Olivos los discípulos le preguntan cuándo ocurrirá esto y cuál será la señal (nótese el singular) de su venida y del fin del mundo. Ellos evidentemente piensan que el fin del templo señala el final de la era (o “del mundo”).
2. En su respuesta, en primer lugar—vv. 4–14—Jesús predice diversos acontecimientos venideros: la llegada de falsos cristos y falsos profetas, guerras y rumores de guerras, hambres, terremotos, persecuciones, apostasía, maldad y el enfriamiento del amor mutuo. Declara que todo esto será solamente principio de los ayes o dolores de parto. El “fin” acerca del cual han preguntado los discípulos “aún no es”. Más definitivo es el hecho de que el evangelio se predicará en todo el mundo. “Y entonces vendrá el fin”.
3. Si la predicación en todo el mundo del evangelio puede ser considerada como la primera de las dos señales preliminares definitivas, entonces la gran tribulación, descrita en los vv. 15–28, es la segunda. Ella ocurrirá inmediatamente antes de la aparición de “la señal del Hijo del hombre en el cielo” y su gloriosa (segunda) venida (véanse vv. 29, 30) y es prefigurada por los dolores que esperan a Jerusalén. Estos dolores también van seguidos de una señal definitiva, a saber, la aparición de “el sacrilegio desolador”, esto es, Jerusalén rodeada de ejércitos (Lc. 21:20) llevando ídolos con la imagen del emperador en sus estandartes. Esto constituiría la señal para que los que estén en Judea huyan a los montes. Sin embargo, la destrucción de Jerusalén no es el fin de la era. Los creyentes no deben ser confundidos por clamores tales como: “Mirad, aquí (está) el Cristo”, o “Allí (está)”. En lo que respecta a la segunda venida, nadie tendrá que llamar la atención acerca de ella, porque será repentina y visible en todo lugar, al igual que un relámpago que se ve desde un horizonte hasta el otro. Esa venida del Hijo del hombre va a ocurrir cuando debe ocurrir, porque moral y espiritualmente la humanidad se habrá deteriorado a tal extremo que será como carroña que está para ser devorada por los buitres.
4. El sol se oscurecerá, la luna no dará su luz, las estrellas caerán del cielo, etc. Entonces repentinamente aparece la señal, la señal única por la que los discípulos habían preguntado: “el Hijo del hombre que aparece en el cielo”. El carácter glorioso de su aparición es prueba convincente de que este es ciertamente el Mesías de la profecía y de que “las bodas del Cordero” con su esposa, la iglesia, están por celebrarse (cf. Ef. 5:32; Ap. 19:7). Con fuerte sonido de trompeta los ángeles reunirán a sus elegidos de los cuatro puntos cardinales (vv. 29–31).
5. En los vv. 32–35 se encuentra una lección de la higuera que se podría parafrasear así: “Tan pronto como su rama se enternece y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así que vosotros, discípulos míos, cuando veáis todo esto—la serie de acontecimientos que llegan a un clímax con la aparición del ‘sacrilegio desolador’—sabréis que la caída de Jerusalén y su templo está cerca, ya a las puertas”. En cuanto a los judíos en general, Jesús [p 891] predice que esta generación o clase de persona no pasará hasta que “todo esto”— sucesos que se extienden a través de todo el tiempo hasta la aparición del Hijo del hombre y su venida en las nubes del cielo—ocurra. Jesús añade: “Cielos y tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán”.
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6. La necesidad de estar siempre preparados, en vista del desconocimiento del día y la hora de la venida de Cristo, se enfatiza en los vv. 36–44. En el tiempo del diluvio la gente no esperaba un desastre repentino. Así que siguieron viviendo como si nada fuera a suceder y no prestaron atención a su llamamiento espiritual. Entonces vino el diluvio repentinamente y se los llevó a todos. De ningún modo Jesús, en su venida, va a recibir en sus brazos amantes a toda persona sin distinción. Uno será tomado, el otro dejado. Por lo tanto, los discípulos deben estar siempre alertas, así como el dueño de casa estaría continuamente vigilante si supiera que un ladrón va a tratar de introducirse en su hogar, pero no sabe exactamente cuándo podría ocurrir esto.
7. Tal preparación significa fidelidad, servir al Maestro con amor y lealtad. Esta verdad se presenta por medio de la parábola del siervo fiel y prudente (que recibe recompensa) en contraste con el siervo infiel y malvado (que es castigado); véase vv. 45–51.
8 y 9. La parábola de las cinco muchachas necias y las cinco prudentes (o las cinco descuidadas y las cinco sensatas, 25:1–13) y la de los talentos (vv. 14–30) vuelven a enfatizar el modo correcto de esperar la segunda venida de Cristo. Sin embargo, cada una lo hace a su manera: la primera enfatizando la preparación, y la segunda, añadiendo a esto la fidelidad.
10. En los vv. 31–46 se describe La venida del Hijo del hombre en su gloria para juzgar a todas las naciones, bajo el simbolismo de un pastor que pone las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Los de la derecha, que más adelante son llamados “los justos” (vv. 37, 46) serán recompensados con la vida eterna. El servicio de amor que por gracia han prestado en forma espontánea a los hermanos de Cristo, aun a los más pequeños de ellos y por eso a Cristo mismo, muestra que tenían una fe genuina. Así también la falta de este servicio de amor muestra lo contrario para los que están a la izquierda, los malos, que son condenados al castigo eterno.
1. La ocasión
24:1. Jesús salió del templo y se alejaba de él cuando se le acercaron sus discípulos para llamarle la atención a los edificios del templo. Es martes, unos pocos días antes que el Cordero pascual se ofrezca a sí mismo como expiación por los pecados de su pueblo. Con toda probabilidad es al final de la tarde de este día de mucho trabajo y muy memorable. Jesús sale del templo y está alejándose de él cuando los discípulos se le acercan con el [p 892] propósito de llamarle la atención a la belleza y grandeza del sagrado edificio: “Maestro, mira, ¡qué (grandes) piedras! ¡Qué (magníficos) edificios!” La razón porque en este momento en particular estos hombres están pensando en el templo es que Jesús acaba de decirles: “He aquí vuestra casa os es dejada como lugar desierto”. Aunque es razonable creer que la expresión “vuestra casa” quiere decir Jerusalén, ciertamente incluye el templo. Es como si los discípulos estuvieran diciendo: “¿Es verdad que toda esta gloriosa estructura va a ser enteramente desierta en breve?” 2. El les respondió: ¿Veis todo esto? Os digo solemnemente que aquí no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada. Para “Os digo solemnemente” véase sobre 5:18. El sentido de la solemne delcaración probablemente sea: este complejo de edificios no solamente va a quedar desierta; será completamente arrasado; la figura hiperbólica “no se dejará piedra sobre piedra” indica el carácter exhaustivo de la destrucción. Acerca del cumplimiento, véase sobre 22:7.
3. Y cuando él estaba sentado en el Monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron en privado y le dijeron: Dinos, ¿cuándo sucederá esto, y qué señal (habrá) de tu venida y del fin del mundo? Un poco después Jesús está sentado en el Monte de los Olivos. Podemos imaginarnos cómo, mirando a través del valle, se presenta una vista realmente fascinante a los ojos de la pequeña compañía. Allí estaba el techo del templo bañado en un mar de gloria dorada. También estaban los hermosos patios dispuestos como terrazas y aquellos claustros de níveo mármol que parecían resplandecer y brillar a la luz del
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sol poniente. Y ¡pensar que toda esta gloria está a punto de perecer! Las mentes de los discípulos flaquearon y se tambalearon cuando le tomaron el peso a la terrible predicción.
¡Toda esta gloria! “Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra es el Monte de Sion ... la ciudad del Gran Rey ... Andad alrededor de Sion, y rodeadla; contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro” (Sal. 48:2, 12, 13). Esto ciertamente era válido en un grado no menor con respecto al templo varias veces ampliado y pródigamente adornado que Herodes I había comenzado a construir. Véase p. 169. “No ha habido, en tiempos antiguos o modernos un edificio sagrado que iguale al templo, sea en situación o magnificencia”.790 La literatura rabínica no es particularmente favorable a Herodes. Sin embargo, acerca del templo de Herodes dice: “El que no ha visto el edificio de Herodes jamás en su vida ha visto un edificio hermoso”.791
Podemos imaginarnos a los discípulos con los ojos fijos en el “orgullo de Jerusalén”, con profundo silencio y tristeza mientras meditan en las palabras de condenación pronunciadas por Jesús. Finalmente rompen el silencio [p 893] cuatro discípulos: Pedro, Jacobo, Juan y Andrés (Mr. 13:3). Acercándose a Jesús, le preguntan: “Dinos, ¿cuándo sucederá esto y qué señal (habrá) de tu venida y del fin del mundo?” La forma misma en que se plantea la pregunta—la yuxtaposición de frases—parece indicar que, al interpretar las palabras del Maestro, estos hombres (portavoces del resto de los Doce) han entendido que la caída de Jerusalén, particularmente la destrucción del templo, significaría el fin del mundo. En esta opinión ellos estaban en parte equivocados, como Jesús va a demostrar. Entre la caída de Jerusalén y la culminación de la era, la segunda venida, habría un extenso período. Sin embargo, los discípulos no estaban completamente equivocados: había ciertamente una conexión entre el juicio que se iba a ejecutar sobre la nación judía y el juicio final en el día de la consumación de todas las cosas. Como ya se ha indicado, el primero era un tipo, una prefiguración o un presagio del segundo.
Se ha presentado la pregunta: “¿Cómo podían los discípulos, para quienes tan poco significaban las reiteradas predicciones de Cristo de su próxima muerte y resurrección (16:21, 22; Mr. 9:32; Lc. 9:45; 18:34) preguntar acerca de su (segunda) venida?” Sin embargo, hay que hacer una distinción entre una plena comprensión de una cosa y el estar emocionalmente interesado en ella. Los discípulos, es verdad, no pudieron entender en toda su profundidad las predicciones de Cristo acerca de una resurrección de entre los muertos, pero si algo de esta naturaleza iba a suceder, de modo que Jesús resucitaría y entonces iría al Padre para sentarse en el trono, ellos querían saber más al respecto; quizás, especialmente porque su Señor les había prometido que volvería y ellos también se sentarían en tronos (19:28; 23:39). Acerca de la expresión “venida” o “parousía” véase sobre el v. 27.
Aunque hay que reconocer con franqueza que esta no es una explicación completa de su condición mental, puede aclarar la situación hasta cierto punto. De todos modos, la pregunta que hicieron dio lugar al famoso discurso escatológico de su Maestro.
2. El principio de los ayes o dolores de parto
4–12. Jesús respondió: “Cuidado que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y engañarán a muchos. Y oiréis acerca de guerras y rumores de guerras, pero cuidaos; no os turbéis, porque tales cosas deben suceder, pero eso no es el fin todavía. Porque (una) nación se levantará en guerra contra (otra) nación, y (un) reino contra (otro) reino, y habrá hambres y terremotos en diversos lugares, pero todas estas cosas son (solamente) el principio de los dolores de parto. Entonces os entregarán a la tribulación y os matarán, y seréis odiados por todas las naciones por causa de mi nombre. Y entonces muchos caerán traicionándose y aborreciéndose [p
790 A. Edersheim, The Temple, Londres, 1908, p. 28. 791 Baba Batra 4a.
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894] unos a otros. Y muchos falsos profetas se levantarán y enganarán a muchos; y debido a que la maldad se aumentará, el amor de la mayoría se enfriará.
Jesús ahora procede a corregir la inferencia equivocada de los discípulos. Les muestra que “no todo lo que parece ser una señal del fin del mundo es en realidad una señal en tal sentido”. En otras palabras, hay también señales que solamente en un sentido muy general merecen ese nombre. Cuandoquiera que estos sucesos separados se interpretan como indicadores infalibles de que el fin de la era está inmediatamente a la vista, merecen el nombre de “señales erradas”. Así, Jesús predice la venida de falsos cristos—individuos que dirán: “Yo soy el Cristo”—y falsos profetas que extraviarán a muchos. Los que persisten en ser extraviados mostrarán que jamás pertenecieron al verdadero rebaño de Cristo (1 Jn. 2:19; cf. 1 Co. 11:19). Siempre ha habido falsos profetas, engañadores. Sus víctimas se oponen a la ley de Dios. Esta “maldad” se aumentará, con el resultado natural: división en el círculo familiar, disminución en el amor de los unos por los otros, exactamente como Jesús había predicho (cf. 24:12 con 10:34–37). No es necesario nombrar ninguno de los falsos profetas. Estaban presentes en relación con la caída de Jerusalén, pero no dejaron de hacerse evidentes después de la gran catástrofe del año 70 d.C. Los discípulos no deben dejarse extraviar por ellos (24:4). Hay que rechazar sus pretensiones. Además, el solo hecho de que ellos jamás desaparecen de la tierra durante toda la dispensación presente muestra claramente que su aparición y obra no pueden constituir una señal en el sentido restringido de la palabra.
Esto también es válido con respecto a “guerras y rumores de guerras” (24:6). Cuando Jesús pronunció estas palabras, el imperio romano había estado disfrutando de una larga era de paz. Pero unas cuatro décadas más tarde el tumulto político comenzará a inquietar el gran reino desde uno al otro extremo, de tal modo que Roma verá a cuatro emperadores en un solo año: Galba, Oto, Vitelio y Vespasiano. Pero estas violentas revueltas e insurrecciones no pueden, por mucho que se estire la imaginación, constituir indicaciones definidas de que el Señor vendrá inmediatamente. Esto se hace evidente de inmediato cuando uno considera el hecho de que las guerras y rumores de guerra no cesaron con la caída de Jerusalén. A través de los siglos la profecía se cumple continuamente: “(una) nación se levantará en guerra contra (otra) nación, y (un) reino contra (otro) reino (v. 7a). Un autor contó trescientas guerras en Europa durante los últimos trescientos años. Y estas guerras están creciendo en intensidad. Es perfectamente claro que cuando se señala una guerra en particular como una ayuda para los “fijadores de fecha” se ha producido una nueva “señal errada”.
Jesús también habla de “hambres y terremotos en diversos lugares” (v. 7b). Como ocurre con los otros acontecimientos predichos, así también es aquí. Estas perturbaciones en la esfera del mundo físico ciertamente son [p 895] prefiguraciones y representaciones de aquello que, en una escala mucho más extensa e intensa, ocurrirá en la esfera de la naturaleza al final de la era. Pero aparte de ese sentido muy general, no se pueden llamar correctamente señales. Ninguna de ellas en particular puede dar a nadie el derecho de hacer predicciones con respecto a la fecha de la caída de Jerusalén o al tiempo de la Parousía (segunda venida de Cristo). Es verdad que durante el período comprendido entre los años 60–80 d.C. asolaron el imperio hambres, pestilencias, incendios, huracanes y terremotos, como lo señala Renan en L’Antichrist. Durante el verano del año 79, entró en violenta erupción el Vesubio y destruyó Pompeya y sus alrededores. Pero, como ya es claro desde la oración anterior, estas catástrofes no estuvieron limitadas a la década que precedió a la caída de Jerusalén en el año 70. Además, a través de los siglos ha habido violentos terremotos. Por ejemplo, el 1 de noviembre de 1755 muerieron 60.000 personas en Lisboa, Portugal; en 1783, en el gran terremoto de Calabria murieron, según se calcula, unas 30.000 personas; en 1857 el gran terremoto napolitano se llevó más de 12.000 vidas. También había el terremoto de Charleston en 1886; el de Assam en 1897; el de California en 1906 que destruyó una sección importante de San Franciso (ese mismo año hubo un terremoto muy desvastador en Valparaíso, Chile,
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con miles de muertos); el de Messina en 1908; en Avezzano, Italia en 1915; varios en Turquía, desde 1939 hasta ahora; el que arrasó la provincia de Kansú en China, 1920; el que azotó a Japón en 1923, destruyendo partes de Tokio y Yokohama; los de Chile en 1939, 1960 y varios más recientes; el desvastador terremoto de Perú en 1970, etc. Los historiadores y filósofos antiguos—tales como Tucídides, Aristóteles, Estrabo, Séneca, Livio y Plinio—describieron fenómenos sísmicos similares en sus tiempos. Y ya en el año 1668 Robert Hooke escribió su obra que lleva el título, Discourse on Earthquakes. Cierto autor contó no menos de setecientas perturbaciones de esta naturaleza, grandes y pequeñas, ocurridas en el siglo diecinueve.
Es apenas necesario añadir a esto que no solamente los falsos cristos y falsos profetas, las guerras y los rumores de guerras, los terremotos y hambres ocurran a través de toda la historia de la iglesia, sino también las persecuciones y defecciones a las cuales se refiere Jesús en los vv. 9, 10, 12 y 13. En cada siglo se ha verificado el dicho: “y seréis odiados por todas las naciones por causa de mi nombre”, esto es, debido a vuestra conexión vital conmigo. Véase también sobre 6:9; 7:22; 10:22, 41, 42; 12:21. La sola expresión “todas las naciones” muestra claramente que Jesús no está pensando solamente en lo que ocurre durante la vida de los apóstoles.
Ahora, con respecto a acontecimientos como estos ya descritos, Jesús dice en los vv. 6 y 8: “No os turbéis, porque tales cosas deben suceder, pero eso no es el fin todavía. Todas estas cosas son (solamente) el principio de los dolores de parto”. Marcan el comienzo, dice Jesús. No marcan el fin. Por lo [p 896] tanto, no os alarméis.
A pesar de estas claras advertencias dadas por nuestro Señor a sus discípulos, muchos miembros de la iglesia moderna se llenan de admiración por el ministro o evangelista que habla muy doctamente acerca de “Las señales de los tiempos” y trata de demostrar a sus oyentes que esta o aquella batalla terrible o aquel grave terremoto o hambre desvastadora, “basados en la profecía”, es la señal infalible del inminente regreso de Cristo.
Es cierto, los hechos aquí señalados tienen significado. Son peldaños que conducen hacia la meta final. Por medio de ellos se prefigura el final de la era que se acerca, y se desarrolla el plan eterno de Dios. Además, cuando comprendemos que hacia el fin de la presente dispensación las perturbaciones indicadas van a ocurrir juntas (24:33), probablemente sean más numerosas, más extensas, y más terribles que nunca antes (24:11; cf. Lc. 21:11, 25, 26), y que van a tener lugar en conexión con la gran tribulación que dará paso a la parousía (Mt. 25:5–9), podríamos llegar a la conclusión de que no sería irrazonable calificar al brote final de todos estos terrores como “señales concurrentes o acompañantes”.
Jesús continúa: 13. Pero el que persevere hasta el fin será salvo. Como en 10:22 así también aquí el sentido es: aquel que a pesar de todas estas perturbaciones y persecuciones permanece leal a Cristo entrará en la gloria. Para él el período de persecución y tribulación durará hasta que la muerte lo libre de este escenario terrenal (Jn. 16:33; 2 Ti. 3:12). Para la iglesia en general durará hasta la segunda venida de Cristo en gloria (2 Ts. 1:7; Ap. 11:10– 12).
En los vv. 4–12 Jesús ha estado hablando de una serie de acontecimientos que, tomados por separado, no indican en forma definitiva “el fin” acerca del cual han preguntado los discípulos. Repentinamente hay un cambio de “pero eso no es el fin todavía” a “y entonces vendrá el fin”. Quizás podamos considerar como una transición la frase “el que persevere hasta el fin”, puesto que al decir “el fin” la mente se mueve fácilmente de la contemplación del fin de la vida de un creyente individual a la consumación de la historia del mundo. De todos modos es claro que el Señor no olvidó la pregunta de los discípulos. Habiéndoles advertido que no prestaran mucha atención a estas perturbaciones que se repiten tan constantemente y que en gran medida se puede llamar “falsas señales”, ahora dice: 14. Y este evangelio del reino será predicado en todo el mundo como un testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin. No dice: “Entonces inmediatamente”, reservándose la palabra
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“inmediatamente” para el v. 29, sino simplemente “entonces”. Este “entonces” bien se puede tomar como que abarca más tiempo que “inmediatamente después”. Probablemente estén incluidos en este referencia al “fin” el terrible ataque final contra el pueblo de Dios, llamado “gran tribulación” (v. 21), de muy breve duración (v. 22), y la venida misma del Señor en las nubes. Así que, lo que Jesús está [p 897] diciendo es que los acontecimientos finales de la historia del mundo van a ser precedidos por la predicación del evangelio del reino “a todas las naciones”. Se puede considerar como cosa cierta que, en la forma que él lo vio y lo predijo, la proclamación global del evangelio no iba a ser un asunto de unas pocas semanas, meses o años, sino que abarcaría un período mucho más extenso de tiempo, muchos siglos. La esencia de ese evangelio se resume en pasajes tales como 3:2; 4:17, 23; 11:28–30; 26:6, 7; Jn. 3:16; cf. Ro. 1:17; 3:24; 2 Co. 5:20, 21. Es definidamente el evangelio “del reino”, esto es, del reinado de Dios en el corazón y la vida, por gracia y por medio de la fe. Véase más acerca de este único y solo evangelio—su poder, autor, énfasis, mensaje, etc.—en C.N.T. sobre Filipenses, pp. 94–98.
Es apenas necesario señalar que aquí no hay una promesa de que “toda persona recibirá una oportunidad de ser salvo”. Jesús está hablando de las naciones del mundo. Está diciendo que cada una de estas naciones en una u otra ocasión durante el curso de la historia oirá el evangelio. Este evangelio será un testimonio: su aceptación o rechazo será decisivo. Aquí no hay promesa de una segunda oportunidad. Lo que cada nación o persona haga con la actual proclamación del evangelio tendrá un resultado final. Es instructivo comparar estas palabras de nuestro Señor con Ap. 11. En ese capítulo los testigos salen y profetizan “mil doscientos sesenta días”. Finalmente el testimonio de ellos termina. Entonces, después de un breve período de persecución (llamado simbólicamente “tres días y medio”) son trasladados al cielo. En forma similar, también en Ap. 20 las naciones reciben su gran oportunidad (de modo que el dragón no puede engañarlos) por un período de mil años. Entonces, “por un poco de tiempo” Satanás es liberado de su prisión. Esto, a su vez es seguido por la aparición de Cristo sobre “un gran trono blanco”. Por lo tanto es claramente evidente que el programa de la historia es el mismo en los tres capítulos (Mt. 24; Ap. 11; 20).
Un breve examen del progreso de las misiones desde los primeros tiempos hasta el presente convencerá a cualquier persona que los días en que estamos viviendo son verdaderamente significativos. En general el evangelio se ha estado extendiendo “desde el oriente hasta el occidente”. Un autor estima que hacia el final del período apostólico el número total de discípulos cristianos había llegado al medio millón.792 Durante este primer período un misionero sobresale por sobre todos los demás: Pablo. El llevó el evangelio más y más hacia el occidente. Finalmente llegó a Roma como [p 898] prisionero del Señor. Pero aun su encarcelamiento es una ayuda y no un impedimento para la extensión de las buenas nuevas. Dice: “Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han acontecido en realidad han contribuido para el progreso del evangelio, de manera que se han hecho notorio por toda la guardia pretoriana y todos los demás que mis cadenas son por Cristo” (Fil. 1:12, 13).
Durante el período siguiente, 100–313 (desde la muerte de Juan hasta Constantino) el evangelio sigue penetrando en el mundo entonces conocido y esto a pesar de las muchas persecuciones (desde Trajano hasta Diocleciano). Esto es verdaderamente notable, especialmente a la luz del hecho de que no menos de 174.000 mártires fueron sepultados en una sola gran tumba, la catacumba de San Sebastián en Roma. Desde Constantino hasta
792 R. H. Glover, The Progress of World-Wide Missions, Nueva York, 1925, p. 39. Otra fuente de estudio muy valiosa acerca del progreso misionero es The Evangelical Missions Quarterly, publicado por el Servicio de Información Evangélica, Wheaton, Ill. Además: Frontier, Wrexham, Inglaterra; De Heerbaan, Amsterdam; INFA NEWS, Ridgefield Park, N.J.; East Asia Missions, Filadelfia; Africa Now, Nueva York; y Church Growth Bulletin, Pasadena, Cal. Véase también el artículo “Expansion of Christianity (Modern)” en la extensión Twentieth Century de S.H.E.R.K., Vol. I, pp. 412–417; y el artículo “religion” en Encyclopaedia Britannica, Book of the Year 1971, pp. 634–652.
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Carlomagno, 313–800, las buenas nuevas de la salvación son llevadas a los países de la Europa occidental por famosos héroes de la cruz como Ulfilas, Patricio, Colombo, Agustín, Willibrord y Bonifacio. Mientras tanto, el mahometanismo apaga la luz del evangelio en muchas tierras de Asia y Africa. Luego viene el período de la edad media, desde Carlomagno a Lutero, 800–1517. Noruega, Islandia y Groenlandia son evangelizados y los esclavos de Europa oriental se convierten como un solo cuerpo al cristianismo. Las Cruzadas, expediciones que originalmente tuvieron el propósito de vengarse de los mahometanos, resultaron ser tanto un impedimento como una ayuda para la propagación de la verdad. Durante el período de 1517–1792 se originaron muchas sociedades misioneras y el evangelio es llevado todavía más al occidente. Piénsese en Juan Eliot, el apóstol a los indios norteamericanos, y en aquellos que siguieron sus pasos. Y así llegamos al período moderno, de 1792 hasta el presente. Es en el año 1792 que Guillermo Carey, en una conferencia de ministros, propuso la discusión del tema: “El deber de los cristianos de intentar la difusión del evangelio entre las naciones paganas”. El 31 de mayo de ese año este hombre verdaderamente grande predica su famoso sermón misionero basado en Is. 54:2, 3. Como resultado del entusiasmo que suscita se envían misioneros a países lejanos de modo que la India, el Asia suroriental, China, Japón, Corea—naciones a las que se llega desde América a través del gran Océano Pacífico avanzando hacia el occidente—reciben el evangelio.
La obra no ha sido completada. Aun en el día de hoy difícilmente podría decirse que el corazón de Africa, de Asia y de América Latina ha sido completamente penetrado. Pero no puede negarse que la profecía del Señor se está acercando a su cumplimiento. Considérese este hecho importante: hace setenta años, la Biblia había sido traducida (entera o en parte) a solamente trescientos idiomas; en la actualidad a unos 1400 idiomas y dialectos. Y la obra aún continúa, más vigorosa, en realidad, que nunca antes, porque muchos factores se combinan para llevarla a cabo.
Sin embargo, no se debe suponer que el mundo se va a mejorar más y más [p 899] hasta el momento mismo de la venida de Cristo. Si la predicación del evangelio a todas las naciones se puede llamar la primera señal preliminar de la segunda venida de Cristo, ahora se va a indicar la segunda señal preliminar. Como ya se ha mostrado, abarcará un período mucho más breve. Cf. Ap. 20:3. En esta conexión también hay que enfatizar que con toda probabilidad el final de la era del evangelio y el principio de la gran tribulación se traslapan. Como se ha mostrado—véase p. 889—al describir el breve período de la gran tribulación al final de la historia que termina con el juicio final, Jesús está pintándolo con colores tomados de la destrucción de Jerusalén por los romanos. Hay que recordar esto cuando ahora estudiamos:
3. La gran tribulación
15, 16. Cuando veáis el ‘sacrilegio desolador’, de que habló el profeta Daniel, que está en el lugar santo—que el lector entienda—, entonces los que estén en Judea huyan a los montes ... Jesús había dicho: “He aquí vuestra casa es dejada como un lugar desierto ... Os digo solemnemente, que aquí no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada” (23:38; 24:2). Los discípulos habían reaccionado con la pregunta: “Dinos, ¿cuándo sucederá esto, y qué señal (habrá) de tu venida y del fin del mundo?” (24:3). En cuanto a la implicación errónea de esa pregunta, como si la caída de Jerusalén y del templo fuera a ser seguida inmediatamente por el fin de la era, Jesús los ha rectificado. Les ha mostrado que muchas perturbaciones sucederán y que habrá un extenso período de proclamación del evangelio antes que llegue el día de su venida. En cuanto a la primera parte de la pregunta, considerada sola: “¿Cuándo será esto—la destrucción del templo y Jerusalén—?” Jesús la contesta ahora, pero de tal modo que la respuesta sirve para más de un acontecimiento en la historia. Para empezar, fue adecuada para los días a los que se refirió Daniel; véase especialmente Dn. 11:31; 12:11. En conformidad con la predicción del profeta, Antioco
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Epífanes (175–164 a. C.), inconsciente de estar cumpliendo una profecía, erigió un altar pagano sobre el altar del holocausto, contaminando así la casa de Dios. Esto había ocurrido hacía mucho tiempo. Sin embargo, Jesús dice: “Ahora, cuando veáis el ‘sacrilegio desolador’ ”, demostrando a sus discípulos que el oráculo divino puede aplicarse a más de una situación histórica: el sacrilegio que trae como resultado la destrucción de la ciudad y del templo ocurre más de una vez en la historia. ¡Que la persona que lea la profecía de Daniel entienda esto! Así como en el pasado los lugares santos del Señor habían sido profanados, así ocurrirá otra vez. Y ocurrió, en verdad, cuando los ejércitos romanos, con la imagen del emperador, adorada por ellos,793 pusieron sitio a la ciudad de Jerusalén (Lc. 21:20). [p 900] Pero así como el altar pagano y el cerco ofrecido en el mismísimo templo de Jehová en el segundo siglo a. C. señalaban hacia las legiones idolátricas de Roma, así por su parte estas prefiguraban la gran violación final hecha por el anticristo de todo lo que es sagrado. Es por esta razón que, en los vv. 29–31, Jesús puede decir: “Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su luz ... y entonces la señal del Hijo del hombre aparecerá en el cielo ... y entonces verán al Hijo del hombre que viene en las nubes del cielo, con poder y gran gloria”.
Volviendo ahora a la segunda aplicación de la profecía, a saber, a los días previos a la caída de Jerusalén (70 d. C.), cuando llegarían los ejércitos romanos y profanarían “el lugar santo”, es decir, el suelo que con su “ciudad santa” y “santo templo” había sido históricamente consagrado al Señor, Jesús advierte a sus seguidores que cuando esto ocurra los que estén en Judea deben huir a los montes. Cf. Lc. 21:20. No deben tratar de entrar en Jerusalén, pensando que el Señor no permitirá que sea tomada. En vez de eso, los que todavía están en la ciudad y tienen la oportunidad de huir deben hacerlo de inmediato; los que viven en los campos de Judea deben unirse a ellos en su huida hacia los montes.
En cuanto al cumplimiento, sabemos que los judíos en general se precipitaron para entrar en Jerusalén, lo que dio como resultado un horrible baño de sangre.794 Pero ¿qué le sucedió a los cristianos? ¿Hicieron caso de la exhortación de Cristo de huir a los montes? Según muchos expositores, sí, y finalmente se refugiaron en Pella de Perea. Para sustanciar su opinión estos expositores apelan a la declaración de Eusebio: “Por otra parte, la gente de la iglesia de Jerusalén recibió la orden por medio de un oráculo divino dado por revelación antes de la guerra a quienes en la ciudad eran dignos de ello, que se fueran de Jerusalén y habitasen en una de las ciudades de Perea que ellos llamaron Pella” (Historia eclesiástica, III.v.3). Según Epifanio, la huida de la ciudad y el paso a Pella comenzó apenas antes que los romanos sitiaran Jerusalén (Ag. Her. XXIX.7). Los estudiosos que han dedicado atención especial a la historia antigua de la iglesia de Jerusalén dudan de este informe del cuarto siglo. Nos dicen: a. Para huir a Pella en este momento los creyentes tendrían que haberse abierto paso entre las líneas de los soldados romanos; b. la gente que quedó en Pella estaba llena de odio contra todos los judíos, incluso los judíos cristianos; c. Pella no podría haber provisto albergue para todos los refugiados; y d. si la huida hubiera sido intentada un poco antes de esa fecha, los cristianos hubieran caído en las manos hostiles de los fanáticos judíos luchadores por la libertad.795
[p 901] Pella no se menciona en las Escrituras en ningún lugar. Con referencia a la obediencia de los discípulos a la orden del Señor de huir “a los montes”—no dice “Pella”—no hay información fidedigna. Esperamos que muchos hayan obedecido esta advertencia urgente de amor, que continúa como sigue: 17, 18. el que (esté) en la azotea no descienda para sacar las cosas que tiene en la casa; y el que esté en el campo no regrese a buscar su
793 Véase Josefo, Guerra judaica VI.316. 794 Josefo se refiere a la condición superpoblada de la ciudad (Guerra judaica VI.420). 795 Véase, entre otros, H. Moulder, “Wederkerige assistentie en vervreemding van kerken in de nieuwtestamentische tijd”, De Heerbaan, 4 (1971), pp. 265–269; y, por el mismo, autor, Geschiedenis van de palestijnse kerk (tot 638), Kampen, sin fecha, pp. 46–48.
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manto. El hombre que está sobre el techo plano, de donde puede bajar a través de una escalera exterior para huir tan rápidamente como le sea posible a los montes no debe, después de descender, entrar en la casa para rescatar algunos bienes. En forma similar, el trabajador, que está vestido con solamente su túnica y está en sus labores en el campo, no debe regresar a la casa, sino que inmediatamente debe dirigirse a los montes. En cualquiera de los casos la tardanza podría significar el ser capturado, ser devuelto, o quizás aun ser muerto.
El corazón compasivo de nuestro Señor, revelado en tantas ocasiones previas, según se registra en este Evangelio (8:17; 9:13, 36; 11:25–30; 12:7, 30; 15:32; 19:13–15; 23:23, 37), es afectado profundamente por dos consideraciones adicionales: a. la situación difícil de las mujeres y b. las dificultades para viajar en invierno y en los días de reposo: 19. Pero, ¡ay de las que estén encinta796 y las que estén criando797 en aquellos días!
En relación con esto hay que tener presente que esta tierna preocupación por las mujeres con bebés fue revelado por Cristo en un tiempo cuando las mujeres frecuentemente eran miradas como seres inferiores. Las palabras pronunciadas salieron de los labios del mismo Hijo del hombre que mostró una especial compasión hacia las viudas (Er. 12:42, 43; Lc. 7:11–17; 18:1–8; 20:47; 21:2, 3); hacia las mujeres que vivían o habían estado viviendo en pecado (Lc. 7:36–50; Jn. 14:1–30); y en el momento de su culminante agonía, hacia su propia madre (Jn. 19:26, 27). Es a él a quien también deben volverse las mujeres de hoy en busca de ayuda y consuelo.
20. Orad que vuestra huida no sea en el invierno ni en un día de reposo ... Aun en ese clima el invierno tiene días fríos. Además, es la estación de la lluvia. La nieve, especialmente en los montes a los que Jesús había dado orden de que huyesen sus discípulos y aun en otros más bajos, no podía desestimarse (1 Macabeos 13:22). Viajar en día de reposo era difícil. Por cierto, aun los rabinos permitían la huida en el día de reposo cuando la persona corría peligro de perder la vida. Y la enseñanza de Cristo acerca del día de reposo y su observancia (Mt. 12:11; Mr. 2:27) fue suficientemente generosa como para dar lugar a la huida en ese día. Pero las muchas reglas y regulaciones de confección humana, por medio de las [p 902] cuales los escribas y fariseos habían creado la impresión de que el hombre ciertamente estaba hecho para el día de reposo habrían dado como resultado el rechazo, por parte de muchos observantes estrictos, de todo ayuda solicitada por los necesitados. Así que el Señor exhorta a sus discípulos que oren para no tener que huir en el invierno ni en un día de reposo.798
De lo que sigue inmediatamente es evidente una vez más que para Jesús la transición de la segunda a la tercera aplicación de la predicción de Daniel fue tan fácil como la de la primera (la tribulación experimentada por el pueblo de Dios durante el reinado de Antioco Epífanes) a la segunda (la angustia en relación con la caída de Jerusalén): 21, 22. ... porque entonces habrá gran tribulación, tal que no ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, y como no volverá a haber. Y si aquellos días no fueran acortados nadie se salvaría. Pero por amor de los escogidos aquellos días serán acortados. En cuanto a la “gran tribulación” a que Jesús se refiere aquí, hay que tener cuidado. Ap. 7:14 también habla de una “gran tribulación”. ¿Son estas dos la misma? La respuesta es: no. Como indica el contexto en Ap. 7, la palabra que aquí se usa tiene un sentido mucho más general. Debido a su fe todo genuino hijo de Dios experimenta tribulación durante su vida en la tierra. Véase Jn. 16:33; cf. Ro. 8:18; 2 Co. 4:17; 2 Ti. 3:12. Pero aquí Jesús está hablando acerca de una
796 ἐν γαστρὶ ἔχειν (tener en la matriz) es una expresión idiomática que significa estar encinta. 797 θηλαζούσαις es el part. pres. dat. fem. pl. de θηλάζω (cf. Mr. 13:17; Lc. 21:23), literalmente dar mamar, dar el pecho. Cf. θηλή: pecho. 798 Marcos (véase 13:18), escribiendo para un público diferente, que no estaba obstaculizado por las restricciones judaicas, no tenía que retener lo que Jesús dice aquí con referencia a viajes en el día de reposo.
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tribulación que caracterizará a “aquellos días”, una tribulación tal que nunca ha sido ni jamás habrá semejante, un período muy breve de horrible angustia que ocurrirá inmediatamente antes de su venida (véanse vv. 29–31). Es el período mencionado también en Ap. 11:7–9; 20:3b, 7–9a. Por amor de los escogidos de Dios—véase C.N.T. sobre Ef. 1:4—a fin de que no todos tengan una muerte violenta, los días de esta tribulación final serán acortados.799 Aquí también se hace manifiesto el amor de Dios. Casi no es necesario agregar que no se hace justicia al concepto de esta tribulación, que precede inmediatamente “al fin” de la historia del mundo y que sobrepasa a toda otra aflicción en intensidad, si se refiere solamente a los pesares experimentados durante la caída de Jerusalén.
Jesús continúa: 23, 24. En aquel tiempo, si alguien os dice: Mirad, aquí (está) el Cristo, o Allí (está), no le creáis; porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y realizarán grandes señales y prodigios, como para engañar, si fuera posible, aun a los escogidos. En relación con la caída de Jerusalén y ciertamente también en relación con el fin del mundo habrá quienes pretendan que Cristo ya ha venido y llegarán al punto [p 903] de señalar el lugar donde ha tocado tierra. Jesús advierte a sus discípulos para que no crean a estos engañadores. Algunos de ellos (los falsos cristos) pretenden ser Cristo; los demás (falsos profetas) dicen que esta o aquella persona es el Cristo. Por medio de un poderoso despliegue de a. señales—hechos sobrenaturales que señalan al que da el poder a quienes los realizan—, y b. “maravillas” o “prodigios”—los mismos hechos asombrosos considerados ahora por su carácter inusitado y por su efecto sobre los espectadores—estos engañadores tratarán de desviar,800 si esto fuera posible, aun a los elegidos. En cuanto a “elegidos” véase C.N.T. sobre Ef. 1:4. La implicación es que tener éxito engañando a los elegidos de Dios, de modo que hasta el día de su muerte parezcan estrellas errantes, es imposible. Véase C.N.T. sobre Fil. 1:6. La consoladora frasecita de sólo tres palabras en el original, 25. Mirad, os lo he dicho con anticipación—literalmente: “mirad, os predije”—nos recuerda dichos similares en Jn. 13:19; 14:29; 16:4. Con mucho amor el Maestro hace provisión para sus discípulos. Cuando la prueba feroz llegue, ellos nunca podrán decir: “¡Qué extraño e inesperado! ¿Por qué el Señor no nos preparó para esto? ¿Por qué no nos avisó?” Habiendo recibido la advertencia con anticipación, los discípulos no se sentirán indebidamente perturbados cuando se cumpla la predicción. De hecho, se verá confirmada su fe en Jesús. 26. Así que, si os dicen: Mirad, él está en el desierto, no vayáis; Mirad, él está en los cuartos interiores, no (les) creáis.801 Algunos, pensando en Juan el Bautista (3:1), podrían señalar el desierto como el lugar donde se debe hallar el Mesías. Otros, en los cuartos interiores, como si el Cristo fuera solamente para unos pocos iniciados, jefe de una fraternidad privada, que no se revela a nadie más. En realidad, la verdad es todo lo contrario. En aquel día no será necesario salir en busca del Cristo, como si fuera a ser encontrado en algún árido desierto o en algún rincón oscuro. El hecho es: 27. Porque, así como el relámpago802 sale del oriente803 y resplandece hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre. Acerca de Hijo del hombre véase sobre 8:20.
Es necesario decir algo acerca de la importante palabra “venida”, griego, parousia. A veces se usa en el sentido no técnico de a. presencia; 1 Co. 16:17; 2 Co. 10:10; Fil. 1:26; 2:12, o de b. venida, advenimiento, o llegada (2 Co. 7:6, 7; 2 Ts. 2:9). En otros pasajes—véanse especialmente Mt. 24:3, 27 (el que ahora estamos estudiando), 37, 39; 1 Co. 15:23; [p 904] 1
C.N.T. G. Hendriksen, Comentario del Nuevo Testamento 799 κολοβοθήσονται, terc. pers. pl. fut. indic. pas. de κολοβόω, acortar, reducir. La palabra inglesa halt, en el sentido de cojo, está relacionada con ella, puesto que se refiere a una persona cuya capacidad de caminar ha sido acortada o reducida. 800 En cuanto a πλανάω, véase sobre 18:12, 13. 801 En cuanto a ἕρημος (desierto) véase sobre 23:38; acerca de ταμεῖον, (aposentos interiores), véase sobre 6:6. 802 ἀστραπή aquí relámpago; así también en 28:3; Lc. 10:18; 17:24; y en Ap. 4:5; 8:5; 16:18; pero en Lc. 11:36 resplandor que alumbra. 803 Acerca de ἀνατολή véase sobre 2:1, 2. Aquí en 24:27 está unido con el occidente, esto es, el lugar donde el sol se pone.
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Ts. 2:19; 3:13; 4:15; 5:23; 2 Ts. 2:1, 8; Stg. 5:7, 8; 2 P. 1:16; 3:4, 12; y 1 Jn. 2:28—la palabra se refiere a la segunda venida del Señor, su venida con el fin de bendecir a su pueblo con su presencia. Este significado podría considerarse como una modificación del sentido: “llegada” o “visita” del rey o emperador.804 Entonces, el sentido de la comparación es éste, que así como el relámpago tiene un resplandor tan brillante que se ve claramente de uno a otro extremo del cielo, así la venida de Cristo ocurrirá de tal modo que “todo ojo le verá” (Ap. 1:7).
En cuanto al tiempo de su venida, y una de sus razones, nótese el v. 28. Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres. Cf. Job 39:30: “Donde hubiere cadáveres, allí está ella”; véase también Lc. 17:37. Los buitres se precipitan sobre un cadáver. Cuando moral y espiritualmente el mundo ha degenerado a un punto tal que es similar a la carroña, en otras palabras, cuando el Señor juzga que se ha colmado la copa de la iniquidad de este mundo (cf. Gn. 15:16; Ap. 14:18), entonces, y no antes, vendrá Cristo para condenar ese mundo. Entonces su venida es una necesidad divina.
La “tribulación” final a que los malvados sujetarán a los hijos de Dios es la que hará que el mundo madure para el juicio. Por eso es que inmediatamente después de la más grave de todas la pruebas vendrá el Hijo del hombre.
4. La señal y la venida
Dado que lo que ahora sigue está profundamente arraigado en la profecía y debe ser interpretado a la luz del estilo que es característico de ese tipo de literatura, inmediatamente se mostrarán las referencias más importantes del Antiguo Testamento (y unas pocas del Nuevo):
29–31. Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá,
Is. 13:10; Ez. 32:7;
Jl. 2:10b; 2:31 (= y la luna no dará su luz,Heb. 3:4); 3:15 (=
4:15 Heb.); Ap. 6:12.
Y las estrellas caerán del cielo,Is. 34:4b; Ap. 6:13;
Is. 34:4b; Jl.
y las fuerzas de los cielos serán sacudidas,2:10a; Hag. 2:6, 21; Lc. 21:25, 26;
Y entonces la señal del Hijo del hombre aparecerá en el cielo, y entonces todas las tribus de la tierra harán
y verán
804 Véase A. Deissmamm, op. cit., p. 368.
Ap. 6:13.
duelo,Zac. 12:10, 12; Ap. 1:7.
[p 905] al Hijo del hombre que viene en las nubes del cielo co
poder y gran gloria;
Y él enviará a sus ángeles con un fuerte toque de trompeta,
y ellos reunirán a sus elegidos desde los cuatro vientos,
desde un extremo del cielo al otro.
Dn. 7:13, 14; Mt. 16:27; 26:64.
Is. 27:13; Mt. 13:41; 16:27; 1 Co. 15:52; 1 Ts. 4:16; 2 Ts. 1:7.
Dt. 30:4; Zac. 2:6.
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El cuadro es muy vívido. Mientras la tierra está bañada con la sangre de los santos en la tribulación más terrible de todos los tiempos, repentinamente el sol se oscurece. Naturalmente, la luna también deja de dar su resplandor. Las estrellas se desvían de sus órbitas y corren a su destrucción; “caen del cielo”. Las fuerzas de los cielos son sacudidas. Se oyen terribles sonidos. “El rugido del mar y sus ondas” causan perplejidad entre los hombres. La gente desmaya de temor y con los presentimientos de lo que le está comenzando a pasar al mundo (Lc. 21:25, 26).
En relación con este cuadro apocalíptico hay que evitar la estricta interpretación literal. Mientras este panorama profético no se haya hecho historia probablemente no sepamos cuánto de esta descripción ha de ser tomado en forma literal y cuánto en forma figurada. 2 P. 3:10 es claro que algo de ello hay que tomarlo en forma literal. Sí habrá “nuevos cielos y nueva tierra” (Ap. 21:1). El gran cambio que ocurrirá se podría describir como sigue:
a. El universo habrá sido purificado completamente por una gran conflagración (2 P. 3:7, 11, 12).
b. Estrechamente vinculado con esta conflagración habrá un remozamiento. El fuego no destruirá completamente el universo. Todavía serán los mismos cielos y la misma tierra, pero gloriosamente renovados como lo explica 2 P. 3:13; Ap. 21:1–5. No sólo “irán al cielo” los hijos de Dios, sino que el cielo, por decirlo así, vendrá a ellos; esto es, las condiciones de perfección que prevalecerán en el cielo se encontrarán a través de todo el universo remozado de Dios.
c. Esta maravillosa transformación también se puede considerar como una autorealización, un cambio poderoso por el cual el reino orgánico alcanza su autoexpresión y libertad completa. Este pensamiento se presenta en forma hermosa en Ro. 8:18–22. En este pasaje el apóstol declara que en el presente la creación está sujeta a “vanidad”. Ahora, esta palabra “vanidad” no tiene el sentido que generalmente le atribuimos. En la forma usada en el original la palabra no significa “orgullo superficial” o “aires de elegancia”. No tiene referencia a un exhibicionismo ambicioso como cuando decimos: “¡Qué individuo más vano!” Significa futilidad, falta de [p 906] efectividad. Compárese con la expresión “Vanidad de
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vandidades, dijo el predicador, todo es vanidad” (Ec. 12:8). Indica que en el presente, como resultado del pecado del hombre, la naturaleza no llega a su autorealización, no llega a su autoexpresión. Sus potencialidades están encerradas, limitadas, aprisionadas. Está sujeta a un desarrollo retenido. Aunque tiene aspiraciones, no puede alcanzarlas. Aunque florece, no alcanza el punto de la fructificación. Se puede comparar con un hombre muy fuerte, un campeón mundial de lucha o de boxeo, pero encadenado de tal modo que no puede usar sus enormes potencialidades físicas. La maldición de la enfermedad vegetal diezma las cosechas. La pérdida se estima en muchos millones de dólares por cada enfermedad.
¡Qué día glorioso será cuando todas las restricciones debidas al pecado sean quitadas! ¡Y cuando esta maravillosa creación sea “liberada”, alcanzando “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” y ya no esté sujeta a “vanidad”!
d. Finalmente—y esto se sigue de lo precedente—este transformación incluirá la armonización. En el presente la naturaleza se puede describir como “fieramente salvaje”. Faltan la paz y la armonía. Pero entonces toda la naturaleza, gloriosamente transformada, cantará una sinfonía. Habrá concordia y armonía en todo lugar. Habrá variaciones, por supuesto, pero en una placentera combinación de sonidos de modo que el efecto total será la unidad. Y la profecía de Is. 11:6–9 alcanzará su cumplimiento final:
“Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar”.
Además, obsérvese que las convulsiones descritas aquí en Mt. 24 no hacen desaparecer la raza humana. En el día de hoy, por medio de libros y artículos sensacionalistas se nos dice que esta o aquella terrible bomba de enorme poder destructivo hará desaparecer completamente a la humanidad. También hay científicos que nos dicen que el sol perderá gradualmente su masa—por lo tanto, también su fuerza de gravedad—y que como resultado la tierra comenzará a retroceder y a alejarse cada vez más de la órbita solar y de su calor. Los vientos helados acompañados de cerradas nevazones harán que la raza humana muera congelada. Sin embargo, según otra teoría, algún día caerá silbando sobre nuestro planeta un cuerpo celestial, llámese “estrella” o “fragmento estelar”. Aun antes que toque la tierra, los edificios y casas en todo lugar se convertirán en un mar de llamas y todos morirán calcinados. Pero según el pasaje que ahora estamos estudiando (y también según 1 Ts. 4:17), cuando Jesús venga otra vez aún habrá gente en la tierra. Las almas que ya están en los cielos recuperarán sus cuerpos y prontamente [p 907] se reunirán con los hijos de Dios que todavía están sobre la tierra.
Repentinamente brilla luz desde los cielos. Aparece la señal. ¿Qué es exactamente esta gran señal final por la cual los creyentes sabrán que Jesús está por llevar consigo a sus hijos? Algunos han pensado que aparcerá en el cielo una marca o emblema especial, por ejemplo, una cruz gigantesca. Pero nada hay que en alguna forma sugiera esto. Mucho más probable es el punto de vista que la sola aparición del Hijo del hombre sobre nubes de gloria es en sí misma la señal, la única y gran señal final desde el punto de vista de la tierra. La brillante automanifestación de Cristo será una señal de que él está por descender para encontrarse con su pueblo mientras ellos ascienden para encontrarse con él en el aire. Esta explicación recibe algún apoyo por el hecho que en tanto Mateo dice: “Y entonces la señal del Hijo del hombre aparecerá en el cielo”, Marcos y Lucas no incluyen la palabra señal y sencillamente dicen: “Y entonces verán al Hijo del hombre que viene en las nubes con gran poder y gloria” (o: “en una nube con poder y gran gloria”). Téngase presente también que el Señor dijo a sus discípulos que la indicación de que la desolación de Jerusalén estaba a las
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puertas no serían las guerras o los rumores de guerra, las hambres y los terremotos, sino que sería la aparición visible de los ejércitos hostiles poniendo sitio a Jerusalén lo que marcaría el fin de la ciudad (Lc. 21:20). Así que, en ambos casos, estamos tratando con un espectáculo de aparición repentina.
Pero cuando Jesús aparezca en majestad, rodeado por una multitud de ángeles, sobre nubes de gloria, esto constituirá para su pueblo una señal aun en otro aspecto. No solamente significará que ahora con toda certeza se realizarán “Las Bodas del Cordero”, sino que también significará que este Jesús es verdaderamente el Mesías de la profecía; porque el modo glorioso de su aparición corresponderá exactamente con lo predicho tocante al Mesías (Dn. 7:13, 14; cf. Mt. 26:64). Esta gloria que marcará su aparición será una señal, una prueba definitiva, de la complacencia de Dios en su Hijo y de la justicia de la causa de aquel que una vez fuera el Varón de dolores, experimentado en quebrantos.
En cumplimiento de la profecía de Zacarías todas las tribus de la tierra entonces lamentarán. Conscientes de su condición de perdidos se golpearán los pechos atemorizados por la exhibición de la majestad de Cristo en toda su gloria, cumpliéndose la profecía de Daniel. El terror de los inicuos, a que se hace referencia en Zac. 12:10, 12; Ap. 1:7, se describe gráficamente en Ap. 6:15–17.
En aspecto positivo y consolador de la segunda venida de Cristo se enfatiza nuevamente por medio de las palabras: “Y enviará sus ángeles ... y reunirán a sus elegidos ...” Véase sobre 13:41. Nótese también “con un fuerte toque de trompeta”.
Es claro que la venida del Señor será audible y visible. Esto es claro a menos que uno adopte el principio de interpretación de que estos pasajes [p 908] acerca de la segunda venida no tienen ningún sentido. Y ciertamente hay intérpretes que, considerando el hecho de que a veces la Biblia usa el lenguaje figurado, toman la posición de que nosotros nada podemos saber en cuanto a estos acontecimientos escatológicos. Para ellos no tienen ninguna significación estos preciosos pasajes en que el Espíritu Santo revela el futuro. Pero esto es absurdo. Las Escrituras fueron dejadas para entenderlas, y cuando afirman: “Enviará a sus ángeles con un fuerte toque de trompeta”; “el Señor descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel y trompeta de Dios”, por lo menos deben significar esto: que un sonido vibrante penetrará en el universo. No es necesario pensar en una trompeta literal. No se nos revela qué fuerzas de la naturaleza usará Dios para producir este sonido. Un hecho no puede ser puesto en duda: para los creyentes este sonido estará lleno de alegría. Anunciará la venida de aquel a quien con gozo proclaman como “el Rey de reyes y Señor de señores” (Ap. 19:16). Será el cumplimiento de la ordenanza de las trompetas que se encuentra en Lv. 25, y proclamará libertad a través de todo el universo para todos los hijos de Dios, su jubileo eterno.
Ahora, de acuerdo a las Escrituras, cuando suene la trompeta ocurrirán grandes acontecimientos en rápida sucesión. Los ángeles reunirán a los elegidos desde los cuatro vientos, es decir, de todo lugar. ¿Con qué propósito? Véase 25:31–40. El cuadro bíblico es el siguiente:
Cuando el señor comienza a descender, las almas de los redimidos dejan sus moradas celestiales (1 Ts. 4:14) y se unen con sus respectivos cuerpos. Los santos que aún viven en la tierra en el momento de la venida de Cristo, en un momento son transformados, en un cerrar de ojos (1 Co. 15:52), y todos los santos—los resucitados y los transformados—ahora salen a encontrar al Señor (1 Ts. 4:17) para estar con él para siempre. Esta es una doctrina de gran consuelo. Véanse también Fil. 3:20, 21; 2 Ti. 4:8; Tit. 2:13; Ap. 19:6, 7.
5. Una lección de la higuera
32, 33. Ahora bien, de la higuera aprended la lección: tan pronto como su rama reverdece y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros,
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cuando veáis todo esto, sabed que ello está cerca, a las puertas mismas. En Is. 34:4, uno de los pasajes en que probablemente esté arraigado el lenguaje de los vv. 29–31, se comparan las convulsiones en la esfera de la naturaleza—el cielo desaparece como un rollo cuando se cierra de golpe (cf. Ap. 6:14) y las estrellas caen del cielo—con “las hojas que caen de la higuera”. ¿Podría ser esta la razón por qué, según el relato de Mateo, habiendo un momento antes hablado de la conmoción de las potencias de los cielos, simbolizadas por una higuera azotado por el viento, Jesús ahora saca una lección de este mismo árbol? [p 909] Tiene que haber habido alguna razón especial por la cual es especialmente de la higuera que el Maestro empieza a hablar ahora, porque lo que se dice de este árbol podría haberse dicho de muchos otros árboles, en realidad, de “todos” los demás (Lc. 21:29), con excepción de los de hoja perenne.
Comoquiera que sea, la “lección”—en el original aparece la palabra “parábola”, pero aquí se usa ese palabra en un sentido muy general de “comparación instructiva”—es clara: la rama que se enternece y las hojas que brotan indican la cercanía del verano. No pueden haber dudas al respecto. Jesús ahora declara que cuando “todo esto” se vea (literalmente “todas estas cosas”), ello está cerca, a las puertas mismas. “Todo esto” debe referirse al cumplimiento de las diversas predicciones hasta donde este cumplimiento pueda ser testificado por los discípulos; nótese: “cuando veáis (vosotros) todo esto”. Fue con referencia a la predicción de Cristo de que no quedaría piedra sobre piedra en el templo que los hombres le habían preguntado: “Dinos, cuándo sucederá esto?” Véase el v. 3. Con referencia a la aparición de falsos cristos, guerras y rumores de guerras, hambres y terremotos, etc., acontecimientos que realmente comenzaron a suceder antes y en relación con la caída de Jerusalén, Jesús había dicho: “Pero todas estas cosas son (solamente) el principio de los dolores de parto” (v. 8). Así que es natural interpretar el v. 33 como que significa que cuando los discípulos vean “todo esto”, en el caso de algunos de ellos incluida la predicción acerca del “sacrilegio desolador” (v. 15) en cuanto esa predicción fuera cumplida en sus tiempos, entonces hay que considerar que la caída de Jerusalén y su templo está cerca; en realidad, a las puertas mismas.
Con palabras que han dado lugar a mucha controversia, Jesús prosigue: 34, 35. Os digo solemnemente que esta generación ciertamente no pasará hasta que todo esto suceda. Cielos y tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán. Acerca de “os digo solemnemente”, véase sobre 5:18. Es evidente que estas palabras las dice con un marcado énfasis y una solemnidad impresionante. Sin embargo, la pregunta es: ¿Que quiere decir Jesús cuando dice “esta generación” y “todo esto” o “todas estas cosas”? La noción de que “esta generación” se refiere ya sea a: a. toda la humanidad, o b. todos los creyentes se puede dejar a un lado sin mucha argumentación. Tal observación no solamente se puede considerar algo superflua y por lo tanto inconcebible como viniendo de la boca del señor, pero ambas interpretaciones también están fuera de la línea del contexto. Hay también otro punto de vista que se debe rechazar, a saber, “Antes de morir, la gente que actualmente vive va a ser testigo de todas estas cosas, inclusive aun de mi venida en las nubes del cielo”. Si ese es el significado, entonces Jesús estaba equivocado. Pero a la luz del v. 14 es irrazonable creer que Jesús haya querido decir algo de ese estilo.
Sin embargo, hay dos interpretaciones que son dignas de una seria consideración. Según la primera, Jesús quiso decir: “Esta generación no [p 910] pasará hasta que hayan ocurrido los acontecimientos que culminan con la caída de Jerusalén”, sin que signifique “todos los que ahora viven estarán vivos todavía el año 70 d. C.”, sino sencillamente, “la generación de nuestros contemporáneos no se habrá terminado en ese tiempo: algunos todavía vivirán”. Normalmente se presentan uno o más de los siguientes argumentos en apoyo de esta interpretación: a. la expresión “esta generación” en otros lugares indica “la gente (específicamente, los judíos) que actualmente vive”; b. si “todo esto” del v. 33 se refiere a los acontecimientos que desembocan en la caída de Jerusalén, ¿por qué no debe significar lo
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mismo la expresión idéntica del v. 34?; y c. ¿No es 16:28 un pasaje paralelo? No es sorprendente que por la fuerza de estos argumentos muchos805 se hayan convencido de que este es realmente el significado.
Sin embargo, la interpretación que así se ofrece no carece de dificultades, algunas de las cuales son más bien graves. Por lo tanto, S.E. Johnson (Interpreter’s Bible), al comentar este pasaje declara que su fuerza exacta “es incierta”; y F. W. Grosheide, op. cit., pp. 369, 370 rechaza esta interpretación, como también Lenski, op. cit., pp. 929, 930.
Con respecto a los argumentos resumidos anteriormente en su defensa, se pueden presentar los siguientes contra argumentos:
Con respecto a a. De ningún modo se ha establecido que la expresión “esta generación” debe limitarse a los contemporáneos. También se puede referir a “esta clase de gente”; por ejemplo, los judíos en todo tiempo o edad. Son dignos de consideración en esta conexión pasajes tales como Dt. 32:5, 20; Sal. 12:7; 78:8; etc., donde la LXX usa la misma palabra que aquí se traduce “generación”, pero evidentemente con un sentido que va más allá de un “grupo de contemporáneos”. Lo mismo en el Nuevo Testamento (véanse Hch. 2:40; Fil. 2:15; Heb. 3:10), aunque el punto de partida bien podría ser una referencia a la gente de ese tiempo en particular, este podría no ser todo el significado. Es así también probablemente aquí en Mt. 24:34.
En cuanto a b. Este argumento podría no ser tan decisivo como suena. El punto es: los verbos difieren: “cuando veáis todo esto” no es lo mismo que “hasta que todo esto suceda”. Jesús no implica necesariamente que sus discípulos verán todo lo que se ha predicho.
En cuanto a c. Se aplica el mismo razonamiento a 16:28. Ese pasaje también se refiere a lo que “algunos de los que están aquí” verán. Esa no es necesariamente una expresión tan amplia como “todo esto” o “todas estas cosas” que “sucederán”. Por lo tanto, no es verdad que 16:28 es un paralelo [p 911] exacto de 24:34.
Mis razones para inclinarme hacia el punto de vista que aquí en el v. 34 el Señor está declarando que el pueblo judío no pasará hasta que todas las cosas que ha estado prediciendo—acontecimientos que se extienden a través de todo el tiempo hasta la segunda venida gloriosa e incluyéndola—sucedan, son las siguientes:
Primero, como se ha indicado, la palabra generación podría referirse a “un tipo de personas o raza”, en este caso los judíos.
En segundo lugar, en los versículos precedentes ya han pasado los siglos (véanse especialmente vv. 9 y 14). Aunque los discípulos inmediatos de Cristo no van a “ver” todo esto, estas cosas—a saber, el odio de todas las naciones hacia la iglesia y la predicación del evangelio a todas las naciones, etc.—corresponden a lo que “sucederá”.
En tercer lugar, los discípulos hicieron dos preguntas, la primera acerca de la destrucción de Jerusalén y su templo, y la segunda con respecto a la segunda venida de Cristo. ¿No parecería natural que el v. 33 es parte de la respuesta del Maestro a la primera pregunta y que el v. 34 responde la segunda?
En cuarto lugar, el contexto inmediatamente siguiente: “Pero acerca del día y la hora nadie sabe”, etc. (v. 36), se refiere al día de la venida de Cristo sobre las nubes con poder y gran gloria, como se ha mostrado (véase p. 889). El resto del contexto (vv. 37–39) también señala a ese mismo acontecimiento escatológico (cf. Lc. 17:26–30; 2 P. 3:1–13).
805 Como es claro de A. B. Bruce, Synoptic Gospels, p. 296; A. Plummer, op. cit., p. 338; G. L. Murray, Millennial Studies, Grand Rapids, 1948, p. 110; H. Bavinck, Gereformeerde Dogmatiek, tercera edición, Kampen, 1918, Vol. IV, p. 765. Esta línea de razonamiento, con variantes, también se puede encontraren las obras de De Wette, Meyer, Lutero, Starke, Lisco, Erdman, Robertson, etc.
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En quinto lugar, las palabras del v. 35 también se refieren a la consumación de todas las cosas.
Finalmente, es incorrecto decir que la idea de que “el pueblo judío no será completamente exterminado sino que todavía estará en la tierra cuando el Señor venga otra vez” es un asunto que podía tomarse por concedido y por lo tanto no era necesaria una declaración solemne. Por el contrario, habría parecido más bien natural que los que, a pesar de todos sus privilegios especiales, rechazaron y crucificaron a su propio Mesías, fueran borrados como una nación. Ciertamente merecía ser mencionado que esto no ocurriría, sino que, por el contrario, este pueblo seguiría existiendo y que en todo tiempo su remanente, así como el de los no judíos, sería salvo. Por lo menos Pablo, por dirección divina, era de esa opinión (Ro. 11:1, 2, 25, 26); y debido a la maravillosa cadena de acontecimientos que esta manifestación de la misericordia de Dios traería, prorrumpe en una doxología (Ro. 11:33–36).806
La majestuosa declaración: “Mis palabras jamás pasarán”, merece ser enfatizada, porque el carácter permanente del mensaje de Cristo, en contraste con la naturaleza transitoria aun del “cielo y la tierra” en su condición [p 912] presente, es el fundamento sobre el cual puede edificar la fe. Véanse también Is. 40:8; Jn. 15:7; Col. 3:16; 1 P. 1:24, 25.
6. La necesidad de estar siempre preparados, en vista del desconocimiento del día y la hora de la venida de Cristo
36. Pero acerca del día y la hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solamente el Padre. La serie de acontecimientos que precederán a la segunda venida de Cristo ha sido descrita. Sin embargo, no se ha indicado el momento preciso de ese gran acontecimiento. Tampoco podía, porque ese momento es conocido por el Padre solamente, y a él no le ha agradado revelarlo. Los ángeles, aunque están en una relación muy estrecha con Dios (Is. 6:1–3; Mt. 18:10) y aunque están estrechamente vinculados con los acontecimientos que tienen que ver con la segunda venida (13:41; 24:31; Ap. 14:19), no conocen ni el día ni la hora. De hecho, ni siquiera el Hijo mismo, considerado en su aspecto humano. Véase también sobre 21:19. El Padre, y solamente él, lo sabe. Esto prueba la vanidad y pecaminosidad de todo intento de parte del hombre por predecir la fecha en que Cristo volverá, sea que la fecha imaginada haya sido 1843, 1844, más precisamente el 22 de octubre de 1844, el otoño de 1914, o cualquiera otra. Véase Dt. 29:29. La curiosidad es maravillosa. En cambio, no hay excusa para la impertinencia, la intromisión y el fisgoneo.
37–39. Y como (fuera) en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque así como en aquellos días anteriores al diluvio, los hombres estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca y no recobraron su cordura hasta que vino el diluvio y los arrasó a todos, así también será la venida del Hijo del hombre. El carácter repentino mismo de la venida señala la necesidad de cuidarse de no ser sorprendido sin preparación, despreocupado. Durante los días de Noé—es decir, cuando este “predicador de justicia” estaba construyendo el arca (Gn. 5:32–7:5) y amonestando a la gente—la gente se negó a recibir de corazón lo que él estaba haciendo y diciendo. No se preocupaban. Seguían viviendo “como siempre”, comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento.
Se podría preguntar: “¿Qué hay de malo en estas actividades, o con “comprar, vender, plantar y edificar”, como en los días de Lot (Lc. 17:28–30)?” La respuesta es: “Nada”. En realidad, por medio de esas cosas los hombres pueden glorificar a Dios (1 Co. 10:31). Pero cuando el alma se ve completamente envuelto en ellas, de modo que asuntos como estos llegan a ser un fin en sí mismos, y se descuidan las tareas espirituales, ya no son una bendición, sino que se han convertido en una maldición. Han llegado a ser evidencias de un materialismo vulgar, seguridad falsa y con [p 913] frecuencia de frío egoísmo.
806 Véase el libro de este autor, Israel and The Bible, Grand Rapids, 1968, pp. 32–52.
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Los hombres del tiempo de Noé no recobraron su cordura o sensatez a tiempo. No comprendieron807 lo peligroso de su situación hasta que fue demasiado tarde. Repentinamente vino el cataclismo (esta es la palabra usada en el original). Para ellos fue verdaderamente un anegamiento, que es el significado básico de la palabra. El diluvio se los llevó o arrasó a todos. La “venida” del Hijo del hombre, será igualmente repentina y desastrosa para los malvados (véase sobre el v. 27). Acerca del Hijo del hombre, véase sobre 8:20. La naturaleza del castigo que espera a los que no están preparados en aquel día se describe en 25:46.
40, 41. Entonces dos hombres estarán en el campo; uno es tomado, uno dejado. Dos mujeres (estarán) moliendo con un molino manual; una es tomada, una dejada. Es claro que una vez llegado el día final se ha perdido para siempre toda oportunidad de ser salvo. La puerta está cerrada. Véase sobre 25:10. El Señor llega. De dos hombres que hacen la misma clase de trabajo, probablemente trabajando uno al lado del otro en el campo, uno es tomado. El es recogido por los ángeles para estar para siempre con el Señor. El otro es dejado, destinado a eterna perdición. Lo mismo ocurre en el caso de dos mujeres que en el mismo momento están moliendo808 con un molino manual (cf. Ex. 11:5), hecho de dos piedras planas, redondas, con un mango cerca del borde de la piedra superior. Este molino no debe ser confundido con el mucho más grande movido por un burro (véase sobre 18:16). La lección es la misma: una de las dos es tomada, la otra es dejada. Aquel que toma es el Hijo del hombre mismo a través de sus ángeles.
La lección es clara: 42. Así que, estad alertas, porque no sabéis en que día viene vuestro Señor. Estar (constantemente) alertas o vigilantes—palabra griega de la que se deriva el nombre Gregorio (el vigilante)—significa vivir una vida santificada consciente del venidero día del juicio. Se requiere prudencia y previsión espiritual y moral; es necesaria la preparación. La persona vigilante tiene ceñidos los lomos y sus lámparas encendidas (Lc. 12:35). Es en esa condición que espera la venida del Esposo. Véase más sobre el tema de la vigilancia y sus implicaciones en C.N.T. sobre 1 y 2 Ts., pp. 145–146. Nótese que Jesús se refiere a sí mismo como “vuestro Señor”. Tan glorioso, poderoso y vestido con autoridad y majestad es él; además, tan condescendiente y tan estrechamente unido con quienes le ha placido llamar “suyos”, y quienes son leales a él. Cf. Is. 57:15. Por lo tanto, que perseveren siendo vigilantes.
“No sabéis en qué día viene vuestro Señor”. 43. Pero esto sí sabéis, que si el dueño de la casa hubiera sabido a qué vigilia de la noche llegaría el ladrón, hubiera estado alerta y no hubiera dejado que entrara en [p 914] su casa. Acerca de las vigilias de la noche véase sobre 14:25. La comparación de la venida del Señor con la de un ladrón nocturno se encuentra también en 1 Ts. 5:2–4; 2 P. 3:10; y Ap. 3:3; 16:15. En 1 Ts. 5:2–4 se enfatiza que el hallarse desapercibido es inexcusable. 2 P. 3:10 enseña que la venida es en cumplimiento de una promesa, tendrá resultados catastróficos, y debiera ser un incentivo para la vida santificada. Y los pasajes del libro de Apocalipsis ponen en primer plano el hecho de que para los inconversos la venida repentina es una fuente de terror, pero para quien ha velado es un motivo de gozo.
Todos estos pasajes tienen en común la idea del carácter repentino e inesperado de la venida y en consecuencia el peligro de hallarse desapercibido por parte de aquellos para quienes esa parousía tiene significancia. El hecho mismo de que el dueño de la casa no sabe cuándo viene el ladrón—porque si lo supiera, velaría solamente en aquel momento particular—hace que le sea necesario estar vigilante en todo tiempo. Por la misma razón, con miras a la venida del Señor todos debieran estar siempre alertad. Puesto que esta venida es definitiva, y no da más lugar a una oportunidad de arrepentimiento, ahora se repite la
807 οὐκ ἔγνωσαν: terc. pers. pl. aor. act. indic. de γινώσκω. 808 ἀλήθοωυσαι part. pres. nom. pl. fem. de ἀλήθω.
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exhortación en términos ligeramente diferentes, a saber, 44. Así que vosotros también, estad preparados porque a una hora que no (lo) esperáis el Hijo del hombre vendrá. Estar “preparados” es sinónimo con estar “alertas” o “vigilantes”, preparados en la mente y el corazón. Aquí también, como en el v. 42, debido al tiempo usado en el original, “Estad preparados en todo tiempo” interpreta el sentido del original.
7. Tal preparación significa fidelidad
45. ¿Quién, entonces, es el siervo fiel y prudente a quien el amo ha puesto a cargo de los empleados de su casa para darles alimento a su debido tiempo? Cada discípulo debe responder por sí mismo a la pregunta. La misma palabra “entonces” indica la conexión con lo inmediatamente precedente; como si dijera: “tal preparación implica fidelidad”. Jesús ahora presenta la parábola de el siervo fiel y prudente en contraste con el siervo infiel y malvado. Cf. Lc. 12:42–46.
Cuando con otros intérpretes llamo parábola a esta historia ilustrativa, lo hago así por la cualidad de que repetidas veces es como si la realidad surgiera a la superficie, de modo que no siempre es fácil ver exactamente dónde el lenguaje figurado abre paso a una clara afirmación de hechos. Así tan diestra e inseparablemente están entretejidas ambas cosas.
Una presuposición segura es que el amo de una cantidad de “siervos” o, si uno prefiere, “esclavos”, está por emprender un viaje. Antes de partir, pone a su subalterno de más confianza a cargo de todos los empleados de la casa. En esta capacidad el recién nombrado mayordomo no sólo supervisa la obra de todos los ayudantes sino también, y específicamente, cuida de [p 915] que estén bien abastecidos. Algunos809 opinan que Jesús estaba pensando especialmente en sus discípulos, considerados como oficiales y así, por extensión, en todos los ministros y pastores de las iglesias que se iban a constituir a través de toda la nueva dispensación. Pero no podemos estar seguros de esto. Después de todo, el deber de la fidelidad no se aplica solamente a los líderes sino también a los seguidores. El hacer la voluntad del Señor y cuidar de quienes están pasando por necesidad, sea esta necesidad material, espiritual o ambas, es ciertamente la tarea que se ha asignado a todos por igual. Ahora se pronuncia una bienaventuranza especial sobre el siervo fiel y prudente (cf. 25:2, 4, 8, 9): 46. Bienaventurado es ese siervo a quien su señor, en su venida, encuentre haciendo así. Tal “bienaventuranza” (véase en pp. 276, 277) significa que el siervo sobre el cual se pronuncian las palabras de aprobación, congratulación y complacencia, es objeto del favor especial de su amo, le es agradable. Además, la frase “a quien su señor encuentre haciendo así” muestra que la actitud adecuada de uno que espera la venida del amo es el servicio activo en favor de aquellos que el Señor le ha encargado. Cuando se interpreta la figura, significa que el espíritu adecuado con que los creyentes deben esperar ansiosamente como Salvador al Señor Jesús (Fil. 3:20) no es el nerviosismo febril de ciertos tesalonicenses (2 Ts. 2:1, 2; 3:6–12), ni la nauseabunda tibieza de los laodicenses (Ap. 3:14– 22), sino la activa fidelidad de los de Esmirna (Ap. 2:8–11). Continúa: 47. Os aseguro solemnemente que será puesto sobre todas sus posesiones. Así como en la parábola el amo, al regresar, recompensa a su siervo fiel poniéndolo a cargo de todas sus posesiones, así también Jesús mismo en su gloriosa venida otorgará a todos sus fieles un alto grado de gloria y honra. Cf. 25:21, 23, 34–40; Lc. 19:17, 19. ¿No implica la promesa de Cristo también la asignación de ciertas tareas específicas en la vida venidera, siendo cada tarea un asunto de puro deleite y satisfacción, y cada una en armonía con la individualidad de la persona para quien ha sido señalada?
809 Cf. Lenski, op. cit., p. 936.
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Y ahora el otro lado del cuadro: 48–51. Pero si aquel siervo es malvado, y dice810 en su corazón: Mi señor se está tomando tiempo,811 y comienza a golpear a sus consiervos y a comer y a beber con los borrachos, el señor de aquel siervo llegará en el día en que él no lo espera, y a una hora que no se imagina, y lo cortará en pedazos y le asignará un lugar con los hipócritas. El siervo malvado aquí descrito está marcado por las siguientes características:
a. Despreocupación. Está diciendo algo “en su corazón”, esto es, [p 916] consigo mismo. Ahora, lo que un hombre se dice a sí mismo es, con frecuencia, más importante que lo que dice abiertamente. Véanse Pr. 23:7; Mt. 9:3, 21; Lc. 12:17; 15:17–19. Pero dentro de los secretos rincones de su propio ser este hombre está discurriendo en forma perversa e irresponsable: “Va a pasar mucho, mucho tiempo antes que el amo vuelva. Mientras tanto, tendré alguna diversión mundana”.
b. Desalmado. Este siervo es un individuo sádico. Comienza a golpear a sus consiervos. Se han dado muchas razones para la expresión “(si ese siervo) comienza a,812 etc.”. Mi sugerencia es que el contexto explica la palabra: el hombre malvado no va muy lejos, porque repentinamente, cuando menos lo espera, llega su señor (v. 50).
c. Disipación. Nótese: “(comienza a) comer y a beber con los borrachos”.813
Repentinamente llega el amo, en forma completamente inesperada. Hace que el siervo o esclavo malvado sea “dicotomizado”, esto es, cortado en pedazos. Cf. Lc. 12:46, infligiéndole el castigo adecuado para los “hipócritas” (véase sobre 23:13). Sin duda era un hipócrita, porque había aceptado y luego traicionado la confianza que su amo había puesto en él. Cuando fue señalado para el cargo nada había hecho para sacar a su superior del error de su idea, “Este hombre será un mayordomo fiel y prudente”. Sin embargo, había demostrado ser exactamente lo opuesto. La referencia a “cortar en pedazos” podría ser un recordatorio del cruel tratamiento que en aquellos días se daba a los esclavos que desengañaban a sus amos. En cuanto a la realidad que corresponde a la figura aquí usada, véase sobre 25:46a. En línea con esta referencia a la severidad del castigo están también las palabras finales: allí será el llanto y el crujir de dientes. Como se explicó anteriormente (véase sobre 8:12; cf. también 13:42, 50; 22:13; 25:30), este llanto es esa miseria inconsolable y sin fin, con una completa y eterna desesperanza. El crujir de dientes que lo acompaña denota un dolor agudísimo y una ira frenética.
Por lo tanto, la lección de la parábola es esta: “Sed y permaneced activamente leales al Maestro, llevando a cabo la tarea por él asignada con sensatez y con gozo, en beneficio de aquellos que le son preciosos”.
8. La parábola de las cinco muchachas necias y las cinco prudentes
25:1. Entonces el reino de los cielos será semejante a diez muchachas [p 917] que tomaron sus814 lámparas y salieron al encuentro del novio. Una comparación de 25:13 con 24:42, 44 muestra claramente que hay una estrecha relación entre esta parábola y la inmediatamente precedente. Ambas enfatizan la necesidad de estar preparados en todo
810 Para evitar confusión de pensamientos, junto con muchos otros he dado una traducción que es ad sensum más bien que estrictamente ad verbum. 811 Esta traducción es casi lo más que uno puede llegar a acercarse al sentido de la palabra griega χρονίζω; cf. χρόνος, tiempo. Cf. 25:5; Lc. 12:45; Heb. 10:37.
812 ἄρξηται, terc. pers. s. aor. subj., voz media de ἄρχω. 813 Estos presentes del subjuntivo ya no dependen de “comienza a”, sino en coordinación con “dirá” (v. 48) y “comenzará”, están regidos por “si” (ἐάν). Esta distinción sutil no se refleja claramente en algunas versiones. Sin embargo, tiene alguna importancia. Hasta ahora el siervo malvado ha estado comiendo y bebiendo con los borrachos por algún tiempo, y continúa (nótese el tiempo presente) haciéndolo. Ha comenzado a abusar de sus consiervos. Entonces, ¡repentinamente llega el “señor” o “amo”! 814 Aquí ἑαυτῶν probablemente signifique sencillamente “sus”. Como en 21:8; Lc. 11:21; 12:36, parece haberse usado en lugar del pronombre posesivo.
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tiempo para la venida del Novio, Jesucristo. Acerca del sentido de “semejante a” véase sobre 20:1. Así como las diez “vírgenes” de la parábola tenían la obligación de estar bien preparadas para encontrar al novio, todos los que profesan a Jesús como su Señor y Salvador debieran estar preparados para recibirlo cuando en su gloriosa segunda venida establezca “el reino de los cielos”—acerca del cual, véase 4:23; 13:43—en su fase final.
En el texto no se explica exactamente cómo encaja en todo el cuadro de una típica boda judía815 la salida a encontrar al novio. Por ejemplo uno podría preguntarse: “¿Quiénes son estas muchachas? ¿Damas de honor? ¿Hijas de amigos y vecinos de la novia? ¿Es la intención de ellas encontrar al esposo cuando éste, después de tomar a su novia de la casa paterna la lleva a su propia casa, hacia la cual se acercan, y donde se tendrán las celebraciones?816 ¿Dónde están estas jóvenes cuando oyen el grito: ‘¡Aquí viene el novio! ¡Salid a recibirle!’? ¿En algún lugar al aire libre, junto al camino, donde han estado durmiendo? ¿En casa de la novia? O, ¿del novio? ¿O de algún amigo?”
En defensa de cualquiera de estas teorías implícitas, el lector puede hallar por lo menos un expositor. Sería cansador discutir todos los pro y los contra de cada caso. Así que, en vez de hacer eso, simplemente daré mi propia posición. Si alguien prefiere una posición diferente, está bien que lo haga. El hecho de que las Escrituras no responden estas preguntas indica que no son de una importancia suprema. Por detenerse demasiado en ellas uno podría perder de vista la lección principal: La preparación es esencial, porque viene el tiempo cuando ya no será posible prepararse; la puerta estará cerrada.
Basados en el hecho que el novio tarda mucho en llegar (cf. 24:48; 25:19) y por lo tanto viene presumiblemente de un lugar distante, supondré que las partes interesadas ya se han preocupado de los asuntos preliminares. ¿Por qué tendría todavía el novio que tomar la novia de su casa? El mejor texto griego nada tiene que indique que la novia está con el novio en la procesión que llega. ¡Ni siquiera se menciona la novia! Por eso, ¿no es más razonable suponer que la novia ya está en el lugar donde se celebrará la boda, sea la [p 918] casa de sus padres o la del esposo? Puesto que lo segundo era más común, supondré que es así.
Sobre este supuesto, la situación es la siguiente: Anochece. Los invitados, la novia y las diez muchachas—llamadlas “damas de honor” si queréis—se han reunido todos en casa del novio (sea su propia casa o la de sus padres). Todo está preparado—salvo que ¡el novio aún no ha llegado!
Por qué eran exactamente diez las doncellas, no lo sabemos. Esta puede haber sido la costumbre, o se usa el “diez” por usar un número redondo. No se puede probar que es simbólico e indica “el número total de los que pertenecen a la iglesia en la tierra”. Además, quizás no sea sabio alegorizar en forma tan generosa. Sin embargo, lo que se nos dice definidamente es que estas jóvenes han tomado sus lámparas, lo que probablemente quiera decir: aparatos equipados con receptáculos para aceite y mechas, y que se mantenían en alto por medio de palos al estilo característico de las procesiones (algo como nuestras “antorchas”). La declaración “y salieron al encuentro del novio” hay que entenderla prolépticamente. Aquí el asunto se declara resumidamente antes de describirlo en detalle. La salida misma a encontrar al esposo no se insinúa hasta que se llega al v. 10. Aun entonces está solamente implícito y, como se verá, estrictamente hablando se aplica solamente a cinco de las damas de honor, aunque originalmente las diez tenían la intención de salir a recibir al esposo.
Las damas de honor se dividen en dos grupos: 2–4. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes. Porque las necias, habiendo llevado sus lámparas, no llevaron aceite
815 Véase mi libro Más que vencedores, pp. 215–217, donde se presentan los diversos elementos de tal boda. 816 En ese caso estas muchachas saldrían a “encontrar al esposo y a la esposa”, como representan la situación unas pocas variantes textuales. Pero la preponderancia de la evidencia textual omite “y la esposa”.
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consigo; pero las prudentes, juntamente con las lámparas, llevaron aceite en sus vasijas. Las diez son iguales en tantos aspectos. Todas tienen la intención de encontrar al esposo y acompañarlo al lugar donde se celebrarán las festividades. Todas tiene lámparas. Todas esperan que el esposo llegue antes de la venida del nuevo día, pero ninguna de ellas sabe la hora en que él llegará. Todas esperan participar en la fiesta de boda. Al tardar el esposo, las diez se duermen, un sueño del cual son despertadas repentinamente (vv. 5, 6).
Pero aunque las diez se parecen tanto entre sí en tantos detalles externos, su diferencia es aun más sorprendente. Es básica. Es lo que realmente cuenta: cinco eran necias, cinco prudentes. La insensatez del primer grupo consistía en que estaban completamente desapercibidas para recibir al esposo; porque aunque habían tomado sus lámparas, no habían llevado aceite. Eso es lo que el texto indica claramente. A. T. Robertson dice: “Probablemente nada”. A. Edersheim: “Así que la necedad de las cinco vírgenes consistió ... en la completa ausencia de preparación (cursivas de él) al no haber traído aceite en sus lámparas”. Lenski: “Las necias no llevaron [p 919] aceite—en eso consistió su necedad”.817 Tenían lámparas, pero no tenían aceite. Eran descuidadas, imprevisoras, culpables de negligencia inexcusable y torpe, imprudentes, desatentas. Por el contrario, las sensatas estaban equipadas con una generosa provisión de aceite.818 Estaban plenamente preparadas.
5. Ahora bien, mientras el novio se tardaba, todas tuvieron sueño y (pronto) estuvieron durmiendo. La tentación es dar un sentido alegórico a este versículo, como si fuera una referencia a la debilitación de la iglesia. Pero, ¿no es mejor seguir el ejemplo del Maestro y esperar con la aplicación, hasta llegar al final (v. 13) de la historia? No podemos culpar a estas muchachas por haber tenido sueño, de modo que cabecearon y finalmente se quedaron dormidas. Después de todo, la excitación provocada por el hecho de vestirse para la boda, llevar las lámparas, hacer el viaje hasta la casa donde ahora estaban esperando, el preguntarse a cada momento si el novio (¿acompañado por una procesión?) pronto aparecería, siendo desilusionadas repetidas veces, etc., todo esto había sido muy agotador. Además, el esperado estaba tardando demasiado, mucho más de lo que todos pensaban.
Sin embargo, hay que tener presente que el cabeceo y el dormir habían ocurrido en la misma casa a la que las diez habían llegado, no afuera en algún lugar en el camino.
6. Pero a la medianoche hubo un clamor: ¡Aquí viene el novio! ¡Salid a recibirle! No se nos dice quién hizo el grito. Podría haber sido de los jóvenes que, supongámoslo, acompañaban al esposo. O también, de alguno de los invitados que había permanecido despierto y que desde algún lugar oscuro dentro o cerca de la casa había estado silenciosamente mirando el camino. ¿Habían casi perdido las esperanzas? ¡Ya era la medianoche! Cuando finalmente se anunció la aproximación del largamente esperado novio— aún podría haber estado a una distancia considerable de la casa—¡qué grito debe haberse producido!
7, 8. Entonces todas las jóvenes despertaron y prepararon sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, porque se nos apagan las lámparas. Ahora las jóvenes, completamente despiertas, preparan sus lámparas. Tratan de hacerlas brillar y verse hermosas encendiéndolas. Por un momento parece que todo está bien. Una mecha que no está completamente seca puede arder en forma brillante unos [p 920] pocos segundos. Después de eso, sin embargo, puesto que las muchachas insensatas no habían llevado aceite consigo, las lámparas comenzaron a dar una luz vacilante y a chisporrotear y a apagarse, lo que provocó la angustiosa apelación de sus dueñas a sus
817 Respectivamente, Word Pictures, Vol. I, p. 196; The Life and Times of Jesus the Messiah, Vol. II, p. 457; op. cit., pp. 942, 944. 818 Esto es así sea que uno interprete la expresión ἀγγεῖον-είοις (que en el Nuevo Testamento aparece solamente aquí; pero véase la palabra relacionada en 13:48) con referencia a los receptáculos de aceite que eran parte de las lámparas (como A. Edersheim) o a frascos de aceite separados (como A. T. Robertson). H. N Ridderbos, op. cit., Vol. II, p. 164, deja lugar para cualquiera de las dos posibilidades. Yo estoy de acuerdo.
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compañeras más sabias. “Dadnos de vuestro aceite, porque se nos apagan las lámparas”. No debemos suponer que las diez lámparas habían estado encendidas toda la noche. En el caso de las cinco insensatas eso habría sido imposible porque no habían llevado aceite consigo. Pero aun la idea de que las cinco lámparas de las cinco muchachas previsoras habían estado encendidas todo este tiempo en el extremo de sus palos, dentro de la casa, parece más bien irrazonable. Además, una casa donde se va a celebrar una fiesta tendría iluminación propia. Ahora, en lo que concierne a la parábola, por primera vez esta noche hay cinco lámparas encendidas que dan una luz brillante y están por ser llevadas fuera de la casa.
La respuesta a la patética petición de las doncellas necias se da en el v. 9. Pero las prudentes respondieron: Podría no haber suficiente para nosotras y para vosotras. En vez de buscar la culpa en estas muchachas por su insensibilidad, tenemos que tratar de comprender su situación. Las procesiones matrimoniales generalmente avanzan lentamente. Además, es medianoche. Las muchachas no solamente deben salir a recibir al esposo; también deben escoltarlo de regreso a la casa con sus lámparas alumbrando brillantemente todo el tiempo. La respuesta de ellas, por lo tanto, no es irrazonable. Está más bien de acuerdo con su “carácter”, mostrando previsión, una manifestación más del mismo cuidado en la planificación que habían hecho cuando llenaron sus lámparas con aceite.819
Ahora, cuando ellas agregan: Es mejor que vayáis a quienes (lo) venden, y compréis para vosotras, no es necesario interpretar esto como una observación descarada. Pueden realmente haber pensado que podría haber algún bazar abierto o que podrían despertar al dueño del bazar para comprarle aceite. A las jóvenes insensatas les correspondía descubrir que todo intento en este sentido era inútil: 10. Sin embargo, mientras iban a comprar, ¡llegó el novio! Las muchachas que estaban preparadas entraron con él a la boda, y la puerta se cerró. Ciertos pasajes de las Escrituras están llenos de patetismo, con un profundo sentimiento de tragedia. Piénsese, por ejemplo, en 2 S. 18:33: “¡Hijo mío Absalón, hijo mío Absalón!” Así también los “nunca más” al final de las seis líneas de Ap. 18:21–23a. Y así también ahora: Cuando llega el novio, entran las que están preparadas. Las otras jamás entran, porque cuando llegan descubren que la puerta está cerrada. Cf. Lc. 13:25.
En este punto la parábola gradualmente nos va dejando y la realidad comienza [p 921] a surgir a la superficie, hasta que en el v. 13 la parábola ha desaparecido completamente por haber cumplido con su propósito. 11, 12. Más tarde llegaron las otras jóvenes también, diciendo: Señor, Señor, ábrenos la puerta. Pero él replicó: En verdad os digo que no os conozco.
“Demasiado tarde, demasiado tarde; ahora no podéis entrar”. Esto lo podemos llamar realidad. También podríamos describirlo como contrario a la realidad. Ambas cosas serían correctas. Es ciertamente contrario a la realidad que un novio terrenal excluiría a tales muchachas. Pero sí es una realidad que el Señor Jesucristo, en su gloriosa venida excluirá a todos los que aún no se han convertido. Es a ellos a quienes dirá: “No os conozco”, esto es, “No os reconozco como que pertenecéis al número de los que me agrada llamar míos”. Véase 7:21. “El Señor conoce a los que son suyos” (2 Ti. 2:19). “Conoce” a Abraham (Gn. 18:19), a Moisés (Ex. 33:12, 17), a los que se refugian en él (Nah. 1:7). Véanse también Jn. 10:28, 29; Ro. 8:28, 29. En virtud de su gracia soberana, el Señor desde la eternidad los ha reconocido como suyos. Consecuentemente, a su debido tiempo los hizo receptores de su especial amor y comunión (en el Espíritu). A quienes no han rendido sus vidas a él—porque eso es lo que significa estar preparados—les dice: “No os conozco”. No hay que demorar, porque una vez que él haya venido otra vez, la puerta de la gracia está cerrada irrevocablemente.
819 ¿Diremos que su negativa era completamente justificada si los “vasos” mencionados en el v. 4 no eran frascos de aceite adicional? Véase nota 818.
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Así que la lección bien obvia es: 13. Por lo tanto, estad alertas, porque no sabéis ni el día ni la hora. Véase sobre 24:36, 42, 44, 50.
Habiendo ahora estudiado la parábola y habiendo fijado nuestra atención sobre su lección principal, a saber la necesidad de estar constantemente preparados, con corazones y vidas siempre consagrados al Señor aquí y ahora, nos corresponde preguntar: “En armonía con esta aplicación principal, ¿cuáles son algunas verdades subsidiarias que aquí se enseñan?” Probablemente las siguientes:
a. Todos los que profesan creer en el Señor Jesucristo son semejantes en muchos aspectos; especialmente en éste, que todos están en camino a encontrar al Esposo, Jesucristo. Véase Mt. 25:1.
b. Sin embargo, los parecidos son superficiales. Hay una diferencia esencial. De quienes leen la Biblia, asisten y aun pertenecen a una iglesia, cantan los himnos de salvación, hacen profesión de fe en público y hasta predican en el nombre de Cristo, no todos van a participar en las bendiciones de la venida de Cristo. Algunos son prudentes. La religión de ellos no es máscara ni pretensión. Creen que deben estar preparados por fe en el Salvador y con vidas dedicadas a él y, por lo tanto, al Dios Trino. Otros son insensatos o necios. “Tienen la forma de la piedad pero niegan su poder” (2 Ti. 3:5; cf. Mt. 7:22, 23). Sin preparación viajan al encuentro de su Juez. Véase Mt. 25:2–4.
c. Transcurrirá un largo período entre la primera y la segunda venidas. Véase Mt. 25:5; y sobre 24:9, 14; 25:19.
[p 922] d. La venida del Señor será repentina, visible y audible. Véase Mt. 25:6, y sobre 24:31.
e. La preparación no es transferible de una a otra persona. Véase Mt. 25:7–9; además, Sal. 49:7; Pr. 9:12; Gá. 6:3–5.
f. No hay una “segunda oportunidad” para quienes no están preparados, esto es, para los que no se han salvado antes de morir y para los que en su condición de no salvados viven en la tierra hasta la segunda venida de Cristo. Véase Mt. 25:10–12; también 7:22, 23; 10:32, 33; 24:37–42; 25:34–46; 2 Co. 5:9, 10; Gá. 6:7, 8; 2 Ts. 1:8, 9; Heb. 9:27.
g. Por lo tanto, y en vista del hecho de que el momento de la venida de Cristo es desconocido, en todo tiempo se requiere estar alerta. Véase Mt. 25:13; y también Sal. 95:7, 8; 2 Co. 6:2.
No es seguro si el “aceite” de esta parábola tiene un sentido simbólico. Si lo tuviera, indicaría al Espíritu a través de cuyo poder transformador y capacitador los hombres son preparados para recibir al Esposo. Véase Mt. 25:2–4; y cf. Is. 61:1; Zac. 4:1–6; 2 Ts. 2:13.
9. La parábola de los talentos El material aquí presentado se puede dividir como sigue:
a. Cómo un hombre de negocios que estaba por salir lejos distribuyó sus talentos entre sus siervos (vv. 14, 15).
b. El uso diverso que ellos hicieron de los talentos (vv. 16–18).
c. La rendición de cuentas que ocurrió cuando el “señor” regresó (vv. 19–27).
d. La lección aquí enseñada (vv. 28–30).
El primer punto se introduce de la siguiente manera: 14. Porque (es) como un hombre que, yéndose al extranjero, llamó a sus820 siervos y puso sus posesiones en manos de
820 Acusativo plural de ἴδιος, que aquí, como ocurre frecuentemente, se usa como genitivo de αὐτός.
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ellos. Este es claramente un caso de “expresión abreviada”, acerca de lo cual véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, p. 219. El significado, con toda probabilidad, es que lo que ocurre en el “reino de los cielos” en su manifestación final se asemeja al resultado de la historia de los talentos.
El principio de la parábola describe a un individuo con propiedades que está por emprender un viaje. Cf. 21:33. Antes de hacerlo confía sus bienes a sus siervos. En esta parábola no es una viña lo que les confía, sino dinero (v. 27), específicamente “talentos”. 15. A uno dio cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, a cada uno según su821 capacidad; y luego se fue. Básicamente un “talento” es una medida de peso. Así, por ejemplo, Ap. 16:21 habla de granizos que pesaban un talento (125 libras romanas) cada uno. Sin [p 923] embargo, la misma palabra “talento” se usa también para indicar una unidad monetaria. El valor difería de un lugar a otro y de una época a otra, y también dependía del metal que se usaba, fuese cobre, plata u oro. Ya se ha señalado (véase sobre 18:24) que un talento ático valía no menos de seis mil denarios. Un trabajador ordinario necesitaría casi veinte años para ganarse uno. Por lo tanto es claro que en esta parábola estamos tratando de un rico hombre de negocios. Naturalmente, no quiere que su dinero esté ocioso durante su ausencia. Debe ser usado de modo que obtenga una ganancia. El dueño de toda esta riqueza no sólo es rico sino también sagaz. Comprende que no todos sus siervos (o “esclavos”) tienen la misma habilidad en los negocios. Así que, calculando la habilidad de cada hombre, deja a un siervo cinco talentos, a otro dos y a otro uno. Luego emprende el viaje.
En cuanto al uso variado que hicieron los tres del capital que se les encomendó, la parábola continúa: 16, 17. Inmediatamente el hombre que había recibido cinco talentos fue y lo puso a trabajar y ganó otros cinco talentos. Así también el hombre (que tenía) los dos ganó dos más. Impulsado indudablemente por las órdenes que habían recibido de su amo, por la confianza que él había puesto en ellos, y por el conocimiento de que un día tendrían que darle cuentas, el primero y el segundo siervos usaron las sumas que se les confiaron en forma tan efectiva que en cada caso la suma fue duplicada. 18. Pero el hombre que había recibido uno fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. El tercer siervo no se molestó en cumplir la tarea que se le había asignado. Entonces hizo un hoyo en la tierra y sepultó el talento. No era algo fuera de lo común que los tesoros fueran sepultados en tierra. Véase 13:44. ¿Qué fue lo que movió a este hombre a que decidiera hacer esto? ¿Fue amor por su amo, para que no viniese un ladrón y robara lo que pertenecía a su amo ausente? ¿Fue timidez, quizás, un sentimiento de inferioridad fortalecido por la consideración de que se le había confiado menos que a los demás? Por los vv. 24–27 sabemos que no fue esto sino más bien una suspicacia injustificada y la pereza.
Cuando volvió el amo se llevó a cabo una rendición de cuentas: 19. Largo tiempo después el amo de estos siervos vino y arregló cuentas con ellos. Esto de arreglar cuentas entre los siervos y sus amos ha sido mencionado en otras parábolas; véase sobre 18:23; cf. 21:34; Lc. 19:15. Siempre era el deber de los siervos recordar o tener presente el día del regreso de su amo, cuando se realizaría el ajuste de las cuentas. ¿Pensó el siervo negligente que su amo no volvería jamás? ¡Qué acción completamente irresponsable la suya! ¿O diremos “falta de acción”? Bueno, en un sentido ambas cosas. Nótese especialmente que el regreso del señor ocurrió “mucho tiempo después”, una expresión que se considerará nuevamente cuando se señale el sentido figurado de la parábola. Véase d. en la p. 927.
20–23. El que había recibido los cinco talentos vino y trajo los cinco [p 924] talentos adicionales, y dijo: Amo, cinco talentos pusiste en mis manos; mira, otros cinco talentos he ganado. Su amo le dijo: Bien hecho, siervo bueno y fiel. Sobre una pequeña suma has sido fiel, sobre mucho te pondré; ven, participa del gozo de tu amo. También vino el (que había recibido) los dos talentos, y dijo: Señor, dos talentos pusiste en mis
821 O, en este caso, “sus propios”, “sus respectivos”.
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manos; mira, dos talentos adicionales he ganado. Su amo le dijo: Bien hecho siervo bueno y fiel. Sobre una pequeña suma has sido fiel, sobre mucho te pondré; ven, participa del gozo de tu amo. El primer siervo, al traer su informe entrega a su amo dos bolsas llenas de dinero, cada una con cinco talentos. Aquí la historia se hace muy vívida. Esto no se debe perder en la traducción. Así que, nótese el énfasis sobre el número exacto de talentos que se le habían confiado. Las palabras “cinco talentos” se ponen al comienzo mismo de la oración (después del vocativo “amo”). Esto es seguido por el predicado “pusiste en mis manos” (o: “me confiaste”). En la oración siguiente el objeto paralelo, “otros cinco talentos”, nuevamente precede al predicado, que en este caso es “he ganado”. Pero para hacer la historia aun más vívida, entre las dos oraciones aparece la palabra “mira” (acerca de la cual véase nota 133). Los ojos del hombre brillan. Está rebosante de entusiasmo, completamente emocionado, y, ¡poco falta para que invite a su amo a contar el dinero!
“Bien hecho”, responde el amo. También se puede traducir: “Excelente” o “maravilloso”. Ahora, cuando el señor añade: “Sobre una pequeña suma has sido fiel”, nos preguntamos si quizás no será una enorme minimización. Ciertamente en aquellos días cinco talentos difícilmente se podrían considerar “una pequeña suma”. Para justificar la expresión no es necesario que de inmediato apelemos al sentido figurado. Por el momento podemos hacer justicia a la historia como tal y hallar la solución en el hecho de que el amo estaba diciendo a su siervo que, en comparación con las responsabilidades mucho mayores que se le encomendarían en el futuro, aquella que había llevado sobre sus hombros en forma tan noble era sólo una pequeña suma. Nótese también que el siervo es llamado bueno y fiel. Ante los ojos de su amo este hombre había demostrado ser completamente digno de confianza. En consecuencia, iba a tener parte en la fiesta de su amo.
Da gusto notar que cuando el segundo siervo, con su rostro resplandeciente con un gozo similar, viene, entrega a su amo los dos talentos y luego los otros dos, con el sólo cambio de “dos” en lugar de “cinco” en ambas oraciones, pronuncia las mismas palabras y recibe un elogio igual. ¿No ha duplicado también la suma? ¿No ha añadido 100% a lo que le había sido confiado? Por lo tanto, él también es bueno y fiel, tan excelente como el primer siervo. Lo que importaba era esa integridad moral y lealtad que había mostrado. Así que él también va a tener parte en la felicidad de su amo. Podemos imaginar una fiesta en que los tres—el amo y estos dos siervos buenos y fieles—se dicen entre sí las cosas que han ocurrido, regocijándose [p 925] por las empresas de negocios que han llevado a cabo en forma tan exitosa, pero especialmente participando cada uno en el gozo del otro.
Ha llegado el momento en que el tercer siervo debe presentar su informe: 24, 25. También el que había recibido un talento vino y dijo: Amo, siempre supe822 que eras hombre duro, que siegas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste; así que teniendo miedo, fui y escondí tu talento en la tierra ... A fin de inventar una excusa para su propia negligencia o abandono del deber este individuo tiene la audacia de acusar a su amo de ser “duro”,823 es decir, inflexible, riguroso, inmisericorde, severo, uno que exige más de lo que tiene derecho a exigir. Cuando el siervo dice a su amo: “Siegas donde no sembraste
133 El original ἰδού presenta un problema. Muchos traductores modernos pasan por alto completamente la palabra. Algunos en forma regular la reproducen por medio de la expresión “he aquí”. El uso tan frecuente de tal expresión probablemente no sea la mejor solución. Sin embargo, la traducción pierde algo de la vivacidad del original si sencillamente se pasa por alto, especialmente cuando, como aquí en 1:20, la aparición repentina de un ángel ofrece una escena llena de dramatismo. ¿No sería un buen procedimiento éste: traducir ἰδού en diversas formas, dependiendo del grado de vividez implícito en un contexto dado? Mi traducción, en este caso—el método de la pregunta y la respuesta—es una forma de retener y reproducir el carácter llamativo del original. Deja el camino abierto para una variedad de traducciones diferentes en otros pasajes tales como: “he aquí”, “ved”, “mirad”, “escuchad”, “repentinamente”, “había una vez”, etc., casi cualquier expresión que despierte interés.
822 ἔγνων prim. pers. sing. aor. ind. de γινώσκω, que indica un conocimiento experimental; por eso, aquí “siempre supe” (“te conocía”, VRV 1960) se puede considerar una buena traducción. 823 σκλερός, duro, cf. arteriosclerosis: endurecimiento de las arterias.
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y recoges donde no esparciste”,824 está mintiendo. Este amo no era como Faraón que sin dar paja a los israelitas exigía que hiciesen tantos ladrillos como antes (Ex. 5:7, 8); o como Roboam que dijo: “Mi padre os castigó con azotes, pero yo os castigaré con escorpiones” (1 R. 12:11). Este amo, al asignar tareas, misericordiosamente había calculado la capacidad de cada hombre. Y en cuanto a si sembró y esparció, la respuesta es que ciertamente lo hizo, a saber, cuando distribuyó sus talentos entre los tres siervos. Ahora tiene todo el derecho de cosechar y recoger.
Entonces, lo que el siervo malo está diciendo equivale a esto: “Si al hacer negocios con el talento que me encomendaste yo lo hubiese perdido, de todos modos me lo habrías exigido. Ese es el tipo de hombre que eres. Por eso tuve miedo. Ese temor realmente no era culpa mía sino tuyo. Tú lo hiciste de tal modo que lo único que yo podía hacer era cavar un hoyo en la tierra y esconder el talento”. Luego, dirigiendo la atención de su amo a la bolsa del dinero, agrega: Mira, (aquí) tienes lo que es tuyo; como si dijera: “Con nada me he quedado. Debes estar agradecido que lo conservé intacto y que ahora te devuelvo lo que es tuyo”.
El amo de ningún modo queda satisfecho con la pobre excusa y la infundada acusación:
26, 27. Pero su amo respondió y le dijo: ¡Siervo malvado y haragán! ¿Sabías que yo siego donde no sembré y que recojo donde no esparcí? Entonces deberías haber invertido mi dinero con los banqueros y a mi regreso habría recibido lo mío con los interéses. Este hombre era malo porque deliberadamente representó mal a su amo y a sí mismo. Falsamente acusó a su amo de ser cruel. Además, mintió cuando dijo: “Mira (aquí) tienes lo que es tuyo”, porque realmente debía a su amo no sólo un talento, sino todo lo que habría ganado si él hubiera sido fiel. Pero en vez de admitir su culpa, actúa como si el amo debiera estarle [p 926] reconocido por haber sido tan cauteloso y por haber devuelto intacto todo el talento. Esto muestra que él era verdaderamente un individuo completamente malvado y egoísta. Además, el amo le habla como diciendo: “Tus propias palabras te condenan; porque si estabas seguro de que yo era “duro”, deberías haberte esforzado lo más posible. Lo menos que podrías haber hecho era poner mi dinero en el banco, de modo que a mi regreso lo hubiera recibido del banco con los intereses correspondientes”.
Literalmente el amo dijo: “Debiste haber invertido mi dinero con los banqueros”. Estos “banqueros”825 eran hombres que exhibían sus monedas en las “trapezas” o “bancos”. Eran cambistas y banqueros a la vez. Por un pequeño pago cambiaban dinero y también pagaban interés826 por el dinero que se les entregaba en depósito. Naturalmente, como ocurre con los banqueros de hoy, el dinero que se invertía con ellos lo prestaban a mayores tasas de interés. De paso, una inferencia sin riesgo parece ser que Jesús, que relata esta parábola, no se opone a un capitalismo responsable. El lucro promueve el empleo y hace posible la ayuda a los que están necesitados, etc.
Pero ayudar a los demás era lo último que este hombre pensaba. No solamente era malo sino también perezoso, culpable del mismísimo pecado contra el cual repetidas veces la Escritura descarga sus censuras (Pr. 6:6, 9, 10; 10:5; 13:4; 15:19; 18:9; 19:15, 24; 20:4, 13; 21:25; 23:21; 24:30, 31; 26:16; Ec. 10:18; 2 Ts. 3:11; Heb. 6:11). La maldad y la pereza son aliadas, no que siempre el malo es perezoso y negligente, sino que el perezoso es ciertamente perverso. En el original la combinación es inolvidable porque las palabras que se traducen “malo” y “perezoso” riman; cf. “pernicioso y no ambicioso”. Mientras los otros dos siervos habían estado ocupados trabajando en la planificación de métodos para multiplicar en forma honrada el capital de su amo, este individuo impío y perezoso había cavado un hoyo sin comprender que en un sentido lo estaba cavando para sí mismo.
824 Nótese el equilibrio de las formas verbales, los part. pres. act. pos. θερίζων y συνάγων contrastados con los negativos seg. pers. s. aor. act. del indic. οὐκ ἔσπειρας y οὐκ διεσκόρπισας. 825 τραπεζίτης = banquero, de τράπεζα, banco, mesa pequeña (cf. 21:12) de cuatro patas (τέτραπέζα: de cuatro patas). 826 La palabra griega τόκοζ5, interés, está relacionado con τέκνον, niño, y con τίκτω, engendrar, dar a luz.
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Lo que sigue también pertenece, de algún modo, a la rendición de cuentas que se afectuó cuando el amo regresó. Sin embargo, también uno puede considerarlo por separado porque aquí también, como en otras parábolas, la verdad que Jesús quiere enseñar a sus discípulos, lo esencial de la historia, sale a la superficie. La lección aquí enseñada se expresa como sigue: 28–30. Quitadle el talento y dad(lo) al que tiene los diez talentos. Porque a todo aquel que tiene se le dará (más) y tendrá mucho; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. El señor da una orden. ¿A quién? ¿A otros siervos que estaban presentes en el escenario, como en Lc. [p 927] 19:24 (“a los que estaban allí”)? Aunque no se da la respuesta a esta pregunta, la orden misma es muy clara. El talento debe entregarse al primer siervo, al que aumentó a diez talentos los cinco que se le habían confiado. En esta conexión se repite el principio ya enunciado en 13:12. Un vistazo superficial a la norma aquí expresada podría causar un vivo desacuerdo y quizás aun resentimiento. Uno podría preguntar, “¿Qué? ¿Jesús aquí está realmente justificando el quitar al pobre para dárselo al rico?” A la luz del contexto y de otros pasajes, tales como 10:39; 16:26; Mr. 8:34–38; Lc. 9:23, 24; 17:32, 33; y Jn. 12:25, 26, uno pronto descubre el verdadero significado. Es éste: El hombre que por medio del uso diligente de las oportunidades de servicio que Dios le ha dado por divina gracia se ha rendido al Señor para amar y ayudar a los demás (Lc. 10:29–37; Gá. 6:10; 1 Ts. 5:15), y que al hacerlo así se ha enriquecido, al seguir en ese camino se hará más y más rico. Por otra parte, a la persona que se ha empobrecido porque nunca se ha entregado a sí mismo, aun lo poco que una vez tuvo le será quitado. En cuanto a lo demás, véase sobre 13:12. Sigue, en palabras que fuertemente traen a la mente 8:12 y 22:13: Y arrojad al siervo inútil a las tinieblas más lejanas; allí será el lloro y el crujir de dientes. Acerca de la segunda parte (lloro y crujir de dientes) véanse también 13:42; 24:51 y Lc. 13:28. Para el pensamiento completo véase sobre 8:12.
Entonces lo esencial de la parábola es esto: Cada uno debe ser fiel en el uso de las oportunidades de servicio que el Señor le ha dado. Estas oportunidades otorgadas a cada uno en conformidad con su capacidad (dada por Dios), por gratitud a Dios debieran ser mejoradas de tal modo que se promueva la gloria del Dios Trino, se extienda su reino y se beneficien sus “pequeños”. La negligencia se castiga; la diligencia se recompensa.
Ahora podemos destacar unos pocos puntos subsidiarios:
a. Todo lo que tenemos, sean oportunidades o habilidades, pertenece a Dios. Nosotros somos depositarios. Dios es dueño. Lo que tenemos aún es “propiedad suya”. Somos mayordomos. Véanse Mt. 25:14; también Lc. 16:2; 1 Co. 4:1, 2; 6:19, 20; 1 P. 4:10.
b. El Señor nos concede oportunidades de servicio en conformidad con nuestra capacidad de hacer uso de ellas. En consecuencia, puesto que no todos los hombres tienen las mismas capacidades, no todos tienen las mismas o igual número de oportunidades. En el día del juicio no importará el número de oportunidades (oportunidades de servicio, “talentos”). La pregunta es solamente: “¿Hemos sido fieles en su uso?” Véase Mt. 25:15, 16, 19–23; además, 7:24–27.
c. No solamente el cometer el homicidio, el adulterio, el robo, etc. es malo, pero también lo es el omitir la realización de buenas obras para la gloria de Dios. Véase Mt. 25:18, 26; también 25:41–45; Stg. 4:17.
d. Jesús no esperaba volver inmediatamente. Sabía que iba a transcurrir un tiempo relativamente largo antes de su regreso. Véanse Mt. 25:19; [p 928] también 24:9, 14; 25:5; 2 Ts. 2:2, 3; 2 P. 3:4–9; Ap. 20:1–3, 7–11.
e. Todo se debe hacer teniendo en vista el día futuro de ajustar cuentas. “¿Cómo parecerá este deseo, este pensamiento, esta palabra o esta obra en el día del juicio final?” es la pregunta que hay que hacerse constantemente. Véase Mt. 25:19; además, 25:35–45; Ec. 12:14; Lc. 12:47, 48; Ro. 2:16; 2 Co. 5:10; Ap. 20:13.
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f. Aunque a la luz de su significado para la eternidad nuestras responsabilidades aquí y ahora son muy importantes, ellas serán sobrepasadas por las de la vida venidera. Véase Mt. 25:21, 23.
g. Participar en el gozo del Señor y del gozo de todos los salvados es la gloria de la vida venidera. Véase Mt. 25:21, 23; además, 2 Ti. 4:8; y C.N.T. sobre Ef. 3:15.
h. En vez de ser fiel a lo que se le ha confiado, una persona mala y perezosa presentará solamente excusas. Véase Mt. 25:24–30; también 7:22, 23; 25:44, 45; Lc. 13:26, 27. De nada valdrá.
10. La venida del Hijo del hombre en su gloria a juzgar a todas las naciones
Lo que sigue no es realmente una parábola, aunque contiene elementos parabólicos. Es una descripción muy dramática y frecuentemente simbólica del juicio final: 31. Cuando el Hijo del hombre viene en su gloria y todos los ángeles con él, entonces se sentará en el trono de su gloria ... Cf. 24:30b, 31. En ambos casos la gloriosa venida del Hijo del hombre acompañado por sus ángeles es lo que se describe. El Hijo del hombre—acerca de este título véase sobre 8:20—aquí es representado como sentado sobre “el trono de su gloria”. El símbolo indica un trono muy glorioso, esto es, un trono caracterizado por un esplendor, brillantez o resplandor externo que corresponde al esplendor interno y esencial de los atributos de su ocupante.827
En algún lugar del universo renovado este trono o centro de majestad y juicio será establecido. ¿Dónde será? Algunos lo ubican en la tierra (cf. Job. 19:25; Zac. 14:4). Otra pregunta es si realmente prueban esto los pasajes a los que se hace referencia. Dos objeciones posibles en contra de la idea del trono sobre la tierra podrían ser: a. En el libro de Apocalipsis el trono de Dios y del Cordero generalmente está en las regiones celestiales, no en la tierra; y b. ¿Habría lugar en la tierra para todas las generaciones que han vivido para estar todas juntas delante del trono del juicio? Pero si no es sobre la tierra, ¿por qué no en el aire? (Esto no impediría que el Hijo del hombre estuviese sobre la tierra después del juicio). De todos modos sabemos que en la venida de Cristo los creyentes serán arrebatados en las [p 929] nubes a recibir al Señor en el aire (1 Ts. 4:17). ¿Por qué sería imposible que los creyentes salieran con gozo a recibir a su Señor y Salvador mientras al mismo tiempo los malos son conducidos ante el trono del juicio?
Una cosa es cierta. Será un trono muy glorioso. Dios, a través del Mediador Jesús, será el Juez. Por supuesto, en las obras divinas (tales como la creación, la providencia, la redención o el juicio) cooperan las tres personas de la Santísima Trinidad. Sin embargo, de este pasaje es claro que el honor de juzgar fue conferido a Jesucristo, como Mediador, es decir, como una recompensa por la obra mediadora que él cumplió. Véanse también Dn. 7:13; Jl. 3:2 (Heb. 4:2); Mt. 13:41; 16:27; 26:64; 28:18; Jn. 5:22, 27; Fil. 2:9, 10.
Asociados con el Hijo del hombre en el juicio estarán los ángeles. Aquí se mencionan no solamente porque realzan la gloria de Cristo al formar parte de su cortejo triunfal, sino también porque se les ha dado una tarea que cumplir. Reunirán a los malvados ante el trono del juicio y los arrojarán en el horno de fuego (13:41, 42; 24:31; 2 Ts. 1:7, 8; Ap. 14:17–20). Mt. 24:31 muestra claramente que los ángeles reunirán también a los elegidos desde los cuatro vientos y los conducirán a su Juez Salvador.
Esta recolección de salvados y perdidos y su separación se describen en el v. 32.... y delante de él se reunirán todas las naciones, y él separará los unos de los otros como el pastor separa las ovejas de las cabras ... Entonces es claro que el juicio descrito tiene que ver con todos, con toda la raza humana. Es tan universal aquí como en Ap. 20:11–15. Nadie queda excluido ni los pecadores ni los justos. “Todas las naciones” indica a todos los pueblos
827 Acerca del concepto δόξα, véase C.N.T. sobre Filipenses, nota 43 en p. 76.
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indiscriminadamente; no, por ejemplo, las “naciones” en contraste con los “judíos”, como si la esencia del Gran Juicio fuera descubrir cómo trató a los judíos esta o aquella “nación”.
Los que están reunidos delante del trono son personas, individuos, sin ninguna consideración de nacionalidad; por eso “todas las naciones”. Y en el caso de cualquier individuo dado lo que importa es si durante su vida terrenal ha dado evidencias de su fe en el Señor Jesucristo; por lo tanto, de una vida en armonía con el mandamiento y ejemplo de Cristo; véanse vv. 34–36.
Basado en esta determinación, el Juez separa a los que se han reunido como el pastor separa a las ovejas de las cabras. Cf. 13:40–43; y 13:49, 50. Aunque durante el día las ovejas y las cabras con frecuencia se mezclan, cuando el pastor llama a las ovejas, las cabras no responden. Probablemente las ovejas simbolicen a los que confían en—esto es, “siguen” a—el Salvador, y son mansos y obedientes (cf. Jn. 10:3, 4, 27); las cabras a los que son beligerantes, desobedientes y destructivos (cf. Ez. 34:17–19; Dn. 8:5, 7, 21). El modo en que alguien que está delante del Hijo del hombre ha tratado a su pueblo, es decir, a los salvados por gracia sin considerar la nacionalidad, raza, etc., determina si es una oveja o un cabrito.
[p 930] 33. ... y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.828 Así colocados, cada persona sabe de inmediato que está a. salvado o b. condenado. Es claro que los creyentes también están ante el trono, no solamente por la descripción misma—“todas las naciones ... ovejas ... cabras”—sino también por pasajes tales como Jn. 5:28, 29; Ro. 14:10; 1 Co. 3:13; 2 Co. 5:10. Sin embargo, los creyentes no “vienen a juicio”, no son condenados (Jn. 3:18; 5:24). En realidad, en el pasaje inmediatamente siguiente (véanse vv. 34–40) ni siquiera un solo pecado de ellos es mencionado, solamente sus buenas obras.
Con frecuencia se oye la objeción: “El juicio final es completamente innecesario y superfluo porque mucho antes de ese tiempo los reprobados ya sabrán donde pasarán la eternidad y lo mismo ocurrirá con los elegidos. ¿No es verdad que cuando una persona muere, su alma inmediatamente entra en el cielo o en el infierno? Así que, ¿qué propósito pueda tener un juicio final?”
Sin embargo, este razonamiento es defectuoso. Nótense los siguientes hechos que demuestran que el juicio final en el último día es ciertamente necesario:
a. Los sobrevivientes—es decir, aquellos individuos que aún estarán vivos en la tierra cuando Cristo venga—todavía no han sido asignados al cielo o al infierno. Por eso, por lo menos ellos deben ser juzgados todavía.
b. Pero el juicio final es necesario no solamente para ellos sino para todos. Esto es así porque el grado exacto de bienaventuranza o condenación que cada uno recibirá en alma y cuerpo a través de la eternidad aún no se ha designado. Hasta el momento del juicio final todos los que han muerto habrán estado en el cielo o en el infierno solamente con respecto a sus almas.
c. Debe exhibirse públicamente la justicia de Dios, para que sea glorificado.
d. Deben ser vindicadas públicamente la justicia de Cristo y la honra de su pueblo. Cuando el mundo en general vio por última vez a Jesús, éste estaba colgado de una cruz como si fuera un criminal. Esta estimación—como si fuera un malhechor condenado por sus propios delitos—debe ser invertida. Todos los hombres deben ver a aquel que traspasaron. Deben contemplarlo en su gloria, con su pueblo “a su diestra”.
34. Entonces el rey dirá a los de su derecha: Venid, vosotros que sois benditos por mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo ...
828 Derecha e izquierda son plurales en el original; por eso literalmente dice: “de las partes derechas de su cuerpo” y “de las partes izquierdas de su cuerpo”.
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Puesto que el Hijo del hombre está investido con “toda autoridad” (11:27; 28:18; cf. Ef. 1:22) es llamado “el rey” (cf. Jn. 18:36; Ap. 19:16). Estar a la derecha del rey significa oír de sus [p 931] labios “Venid”. Son recibidos a una comunión estrecha y permanente de amor con su Salvador, el Juez y Rey. No es posible imaginar una bendición más grande (Sal. 17:15; 73:23– 25). Ellos son los que han sido y, como lo señala el tiempo del original, son permanentemente los bendecidos de—o: aquellos benditos por—el Padre, quien les otorgó la salvación, esto es, quien los libró del mayor de los males, el pecado y todas sus consecuencias, y los puso en posesión del mayor de los bienes, una posición justa delante del Padre y todo lo que ello implica.
Ellos oyen las palabras de gozo, “heredad el reino”. Acerca de “reino”, véase sobre 4:23; 13:43. Puesto que este es el día del juicio, aquí la alusión es al reino en su fase final. Los bienaventurados, que ya eran herederos por derecho, ahora pasan a ser herederos de hecho, y esto en el sentido completo de la palabra. Todas las promesas de la salvación plena y gratuita ahora están a punto de cumplirse en ellos eternamente y en forma siempre progresiva; todo esto en y por Cristo (Ro. 8:17). En cuanto a las implicaciones de la palabra “heredar”, véase sobre 5:5.
Es ciertamente maravilloso y consolador observar que antes de la mención de las buenas obras de estas “ovejas” (vv. 35, 36) se pone el énfasis en primer lugar en el hecho de que la base de su salvación, y por lo tanto de estas buenas obras, es el haber sido ellas elegidas desde la eternidad: el reino había sido preparado para ellas, y esto no recientemente sino “desde la fundación del mundo”. Sea que en esta frase se use desde o desde antes, etc. (Ef. 1:4), el resultado es el mismo: “desde la eternidad”. El beneplácito del Dios Trino, su gracia soberana, es el fundamento de la salvación de ellos. Sus buenas obras son el fruto, no la raíz, de la gracia. Hay que tener esto presente a través del estudio de los vv. 35, 36. ¡A Dios solamente sea la gloria!
Habiendo señalado esto, prediciendo y describiendo las palabras de bienvenida que él mismo usará, Jesús ahora puede continuar: 35, 36.... porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recibisteis; necesitado de ropa y me vestisteis; estuve enfermo y me cuidasteis; estuve preso y me vinisteis a ver. A través de todo su ministerio, por medio del precepto y el ejemplo Jesús había enfatizado la necesidad de los sentimientos y las obras de amor, misericordia y generosidad (5:7, 43–48; 8:17; 9:36; 11:28–30; 12:7, 20, 21; 14:16, 34–36; 15:32; 18:1–6, 22, 35; 19:13–15; 20:28; 22:9, 37–39; 23:37). Así que es completamente natural que esto es lo que espera de sus seguidores. Estos que aquí son llamados benditos han mostrado misericordia al Hijo del hombre mientras él estaba aún en el estado de humillación, “desechado de los hombres”. Así que con mayor razón serán llamados “benditos” cuando él vuelva en gloria. Todas estas bondades me las habéis hecho a mí, dice el Rey cuando vuelve en gloria. La combinación “yo” (tácito) y “me” aparece seis veces sucesivamente.
[p 932] Lo que merece atención especial es el hecho de que en cada caso de necesidad— tuve hambre, sed, fui forastero, etc.—y de satisfacción de esta necesidad—me disteis de comer, etc.—es el cumplimiento fiel de humildes deberes de la vida cotidiana lo que se da como razón para las palabras de congratulación y de aprobación, y para la grata invitación a entrar y tomar posesión de las bendiciones del reino en su etapa final. Lo que Jesús está diciendo es: “En vuestra vida y conducta cotidianas en lo que con frecuencia se llaman ‘las cosas pequeñas de la vida’, habéis dado pruebas de que sois mis verdaderos discípulos. Por lo tanto, yo os llamo benditos”. Esto muestra que en el reino de los cielos hay lugar, mucho lugar, para gente que en el sentido técnico no han profetizado en el nombre de Cristo, no han echado fuera demonios, y no han hecho “maravillas” en su nombre. En realidad, no hay lugar para los que se jactan de esos “grandes logros” (7:22, 23). Es al seguidor no pretencioso de Cristo, al seguidor sincero que le honra en las cosas de la vida común, que él declara bendito.
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Que estas personas son verdaderamente hijos genuinos de Dios es claro por la reacción que tienen ante las palabras del Hijo del hombre, el Rey: 37–39. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer, o con sed y te dimos de beber; y cuándo te vimos forastero y te recibimos, o en necesidad de ropas y te vestimos; y cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a ti? Estas personas están completamente ignorantes de haber hecho alguna buena obra—¡lo cual precisamente hizo que estas obras fueran tan buenas! Les parece extraño que habiendo realizado tan poco ahora reciban la acolada suprema, el elogio pronunciado por Aquel que es el Señor y Rey de ellos. Nótese también que se les llama “los justos”. Parece imposible limitar esta expresión aquí solamente al sentido jurídico.829 Ciertamente el sentido jurídico es básico. Pero la justicia imputada no se debe separar de la justicia impartida. La justificación va de la mano con la santificación. En el contexto presente el énfasis podría bien estar sobre la conducta que está en conformidad con la ley de Dios, obras que le son agradables.
El asombro expresado por estos seguidores del Señor es que el servicio que hicieron había sido hecho con espontaneidad, alegría, gratitud y humildad, y luego había sido olvidado completamente. La expresión de su sorpresa recibe una respuesta memorable: 40. Y el rey les responderá: os aseguro solemnemente, todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos, (aun) por el más humilde, por mí lo hicisteis. La conexión muy estrecha entre Cristo y sus seguidores genuinos es lo que se muestra aquí, como también en 10:25, 40, 42; Mr. 13:13; Jn. 15:5, 18–21; Hch. 9:4, 5; 22:7; 26:14, 15; 2 Co. 1:5, 10; Gá. 2:20; 6:17; Col. 1:24; Ap. 12:4, 13. Cf. Pr. [p 933] 19:17. Todo lo que se hace por uno de los discípulos de Cristo, por amor a Cristo, se cuenta como si se hubiese hecho por Cristo mismo. Nótese especialmente “por uno de estos hermanos míos”, una maravillosa frase de amor condescendiente, lo que se hace aun más glorioso por la adición de las palabras “aun por el más humilde”. La referencia es al pequeño favor hecho a uno de los humildes de Cristo, uno que no será jamás mencionado en titulares, el pequeño favor que el hacedor olvida casi instantaneamente, pero que el Señor y Salvador del humilde habrá recordado a través de todas las edades y lo mencionará en el día del juicio. ¡Maravilloso!
Jesús ahora se dirige a los de su izquierda y al hacerlo muestra que no solamente los seres humanos sino aun los ángeles son juzgados. Cf. 8:29; 2 P. 2:4; Jud. 6; Ap. 20:10, 14, 15. 41. Entonces hablará también a los de su izquierda (diciendo): Apartaos de mí, malditos, al fuego perpetuo preparado para el diablo y sus ángeles ... Este pasaje describe el castigo de los malvados como que consiste de: a. separación (Apartaos de mí); b. asociación (“preparado para el diablo y sus ángeles”); c. fuego (“al fuego perpetuo”), a lo que hay que agregar d. (véase el v. 30) tinieblas (“a las tinieblas más lejanas”).
Hay que tener presente que los más terribles tormentos del infierno son para quienes, aunque conocían el camino, lo rechazaron (Lc. 12:47, 48). En primer lugar, entonces, el infierno significa separación. Los impíos oirán las terribles palabras, “Apartaos de mí, malditos”, que es lo opuesto de “Venid, benditos”. Además de 25:41, véanse también 7:23; Lc. 13:27. Ellos “irán” al castigo perpetuo (25:46). La morada de ellos será “afuera” del salón del banquete, de la fiesta de bodas, de la puerta cerrada (8:11, 12; 22:13; 25:10–13). Adentro está el esposo. Adentro están también todos los que aceptaron la invitación antes que fuera demasiado tarde. Afuera están los hijos del reino que habiendo despreciado el llamado de la gracia, ahora llaman en vano a la puerta (Lc. 13:28). Afuera están los perros (Ap. 22:15). Los impíos son arrojados a lo más profundo del abismo sin fondo (Ap. 9:1, 2; 11:7; 17:8; 20:1, 3). Así se hunden para siempre alejados eternamente de la presencia de Dios y del Cordero.
En segundo lugar, el infierno significa asociación, la más repugnante de todas las companías. Los impíos habitarán para siempre con el diablo y sus ángeles, para los cuales fue preparado el fuego eterno.
829 Véase Lenski, op. cit., pp. 971, 972. Alega que el adjetivo jamás se usa en otro sentido que el forense.
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Entonces, en tercer lugar, el infierno es un lugar de fuego, de las llamas. Este es el lenguaje usado a través de todas las Escrituras (Is. 33:14; 66:24; Mt. 3:12; 5:22; 13:40, 42, 50; 18:8, 9; Mr. 9:43–48; Lc. 3:17; 16:19–31; Jud. 7; Ap. 14:10; 19:20; 20:10, 14, 15; 21:8). Este fuego no se puede apagar. Devora por siempre jamás.
En cuarto lugar, el infierno es la morada de tinieblas (8:12; 22:13), el lugar donde los espíritus malos están guardados “bajo oscuridad, en prisiones eternas” (Jud. 6). Para los inconversos está reservada eternamente la [p 934] oscuridad de las tinieblas (Jud. 13).
Esta descripción da lugar a preguntas: a. “¿Cómo es posible que los impíos sean expulsados de la presencia de Dios?” ¿No es Dios omnipresente? (Sal. 139:7–12). Respuesta: Aunque por cierto Dios está en todas partes, su presencia no es en todo lugar una presencia de amor. Es de esta presencia de amor, paciencia y amonestación que los impíos son expulsados para siempre. b. Si el infierno es un lugar de fuego, de llamas, de incendio, ¿cómo puede ser también la morada de tinieblas?” Respuesta: El fuego y las tinieblas no son necesariamente mutuamente excluyentes. Por ejemplo, por cierta forma de radiación una persona puede quemarse gravemente aunque esté en una sala oscura. Ha ocurrido. Además, hablamos del ardor de la sed y de la fiebre. Por lo tanto, es posible que en algún sentido literal, semiliteral y por lo menos físico, el infierno sea un lugar de fuego aunque también sea la habitación de tinieblas. Además, la expresión “fuego eterno” aquí en 25:41 podría ser usada principalmente como un símbolo. Por lo menos el sentido físico no agota su significado. El fuego eterno ha sido preparado para el diablo y sus ángeles, sin embargo éstos son espíritus. Además, la Escritura frecuentemente asocia otros dos conceptos con el de fuego, a saber, la ira divina y la angustia humana (Dt. 32:22; Sal. 11:6; 18:8; 21:9; 97:3; 140:10; Jer. 4:4; Am. 1:4, 7, 10, etc.; Nah. 1:6; Mal. 3:2 y Ap. 14:10, 11). Véase también sobre Mt. 27:45, 46.
Ahora se repite el séxtuple “(yo) tuve” o “(yo) fui” de los vv. 35, 36 como una razón por la cual los impíos son consignados al fuego eterno, aunque esta vez se condensan en uno los dos últimos, de modo que ahora tenemos una descripción quíntuple de la condición de Cristo. Cada uno de los cinco puntos es seguido por el lúgubre “y no me ...” en vez del gozoso “me disteis ... me recibisteis ...” de los vv. 35, 36: 42, 43.... porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui forastero y no me recibisteis; tuve necesidad de ropa y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me cuidasteis. Hay que notar que todos estos pecados son negativos. No se menciona ningún hecho pecaminoso—tales como la idolatría, el homicidio, el adulterio, el robo, etc. Sólo se enumeran pecados de omisión, pecados de negligencia. Cf. Heb. 2:3. Esta negligencia demuestra que estas personas no han creído en el Hijo del hombre. Por esta incredulidad así demostrada son condenados.
En forma abreviada los impíos ahora hacen la misma pregunta que hicieron los justos (vv. 37–39): 44. Entonces ellos también responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o necesitado de ropas o enfermo o en la cárcel y no te atendimos? No se puede probar que esta forma abreviada tenga algún significado especial. La pregunta en ambos casos es esencialmente la misma. En ambos casos es una expresión de asombro. Sin embargo, la raíz de la pregunta revela un agudo contraste. En el caso de los justos estamos tratando del asombro [p 935] producido por el servicio prestado por gratitud y entonces olvidado completamente. En el caso de los impíos la expresión de sorpresa, si no es fingida, está arraigada en el engaño de si mismo, el producto de la incredulidad. Continúa: 45. Entonces él les responderá diciendo: Os aseguro solemnemente, todo lo que no hicisteis por uno de los más humildes de éstos, por mí no lo hicisteis. Debido a la estrecha conexión entre Cristo y sus genuinos seguidores—véase sobre el v. 40—todo lo que no fue hecho a favor de los discípulos de Cristo se considera como que no fue hecho a favor de Cristo. Resultado final: 46. Y éstos irán al castigo perpetuo,
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pero los justos a la vida perpetua. Cf. Dn. 12:2. En ambos casos el concepto “perpetuo” lleva la idea común de “sin fin”. “Habrá una separación permanente. El castigo y la vida son perpetuos. No habrá cambio” (F. W. Grosheide). Contrariamente a la versión inglesa King James—“everlasting ... eternal”—el adjetivo debe traducirse con la misma palabra en estas dos oraciones equilibradas y coordinadas; por eso puede ser una de las dos “eterno ... eterna” o “perpetuo ... perpetua”. Junto con Williams, Beck, Goodspeed y Norlie prefiero la última (las versiones castellanas unánimemente traducen “eterno ... eterna”. La distinción entre las palabras inglesas eternal y everlasting es que la primera indica que no hay principio ni fin, exactamente como nuestra palabra “eterna”; la segunda indica algo que no tiene fin, aunque tuvo un principio. Esta idea la refleja nuestra palabra “perpetuo” donde el énfasis está puesto en el carácter sin fin del sustantivo modificado por este adjetivo.—N. del T.). Véase Is. 66:24; Mr. 9:48: “donde su gusano no muere y el fuego no se apaga”; Ap. 14:11: “y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos”. Nótese también el séxtuple “nunca más o no más” de Ap. 18:21–23. En forma similar, con respecto a los hijos de Dios: “Ya no tendrán hambre ni sed” (Ap. 7:16). En ningún lugar—ni siquiera en Ap. 10:6—apoya la Escritura la noción de que después de la muerte o después del juicio ya no habrá más tiempo. En ningún lugar de las Escrituras se eternaliza o deifica a los habitantes del siglo venidero.830 Y puesto que aquí en 25:46 se usa el mismo adjetivo en ambas oraciones, la palabra usada en la traducción debe dejar en claro que con respecto a los dos, a saber, el castigo de los impíos y la vida de los justos, son iguales en duración. Son iguales en este único aspecto, a saber, que duran y duran y duran, sin llegar nunca jamás a un final.
Habiendo dicho esto, ahora se debe enfatizar que cualitativamente hay, por supuesto, una vasta diferencia entre el castigo y la vida. En conexión con “vida” esto ya se ha mostrado anteriormente; véase sobre 19:16; cf. C.N.T. sobre Jn. 3:16. En breve, en la expresión “vida eterna” (o “vida perpetua”) “vida” significa salvación completa y libre. Por el contrario, “castigo” en la frase “castigo eterno” (o “castigo perpetuo”) significa [p 936] condenación con todo lo que ello implica.831
Con esta importante palabra de instrucción, predicción, advertencia y consuelo termina el último de los seis discursos de Cristo en la forma que los presenta Mateo.
830 Véase más al respecto en mi libro La Biblia y la vida venidera, pp. 107–111. 831 La idea de que puesto que κόλασις, que viene de κολάζω: podar (como se hace con un árbol), y luego refrenar, disciplinar, y dado que αἰώνιος significa básicamente por muchos siglos, que aquí se enseña la salvación final de todas las personas, carece de todo valor. Las palabras tiene su historia. “Castigo” parece ser el significado en Hch. 4:21. En 2 P. 2:9 se está señalando el castigo en el día del juicio final. 1 Jn. 4:18 enseña que el temor tienen que ver con el castigo. Y en cuanto a αἰώνιος, si limitamos la duración del castigo, entonces, ¿por qué no también el de la vida? Pero nadie quiere hacer esto. Además, aunque es verdad que αἰώνιος podría indicar “sin principio” (cf. Ro. 16:25; 2 Ti. 1:9), o “sin fin” (Mt. 18:8; 25:41). o ambas cosas (Heb. 9:14), esto no nos ayuda en el presente contexto, el cual, como se ha mostrado, se debe interpretar a la luz de pasajes paralelos, y por lo tanto, significa “sin fin”.
26:1–5 26:6–13 26:14–16 26:17–25 26:26–30 26:31–35 26:36–46 26:47–56 26:57–68 26:69–75
26
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[p 938]
Bosquejo del Capítulo 26 Tema: La obra que le diste que hiciera
El consejo de Dios contra la confabulación del hombre El ungimiento en Betania
El acuerdo entre Judas y los principales sacerdotes La Pascua La institución de la Cena del Señor El anuncio de la negación de Pedro
Getsemaní La traición y la captura de Jesús El juicio ante el Sanedrín La triple negación de Pedro
[p 939]
CAPITULO 26
MATEO 26:1–5
1 Sucedió que cuando Jesús hubo acabado todas estas palabras, dijo a sus discípulos:
2 “Vosotros sabéis que después de dos días se celebra la Pascua; entonces el Hijo del hombre es entregado para ser crucificado”. 3 Entonces los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del sumo sacerdote llamado Caifás, 4 y tramaron para prender a Jesús con engaño y matarle. 5 Pero decían: “No durante la fiesta, para que no haya un tumulto entre el pueblo”.
26:1–5 El consejo de Dios contra la confabulación del hombre Cf. Mr. 14:1, 2; Lc. 22:1, 2
1, 2. Sucedió que cuando Jesús hubo acabado todas estas palabras, dijo a sus discípulos: Vosotros sabéis que después de dos días se celebra la Pascua; entonces el Hijo del hombre es entregado para ser crucificado. La fórmula “Cuando Jesús hubo acabado todas estas palabras”, o algo similar, ya se ha analizado en relación con 19:1. Véase sobre ese versículo. La expresión “tener” o “celebrar” la Pascua obviamente se refiere aquí a comer el cordero pascual el jueves, el catorce del mes de Nisán (véase Ex. 12:6, 7). Toda la fiesta de los panes sin levadura duraba siete días más; esto es, hasta el día veintiuno del mes. Por lo tanto, es claro que cuando Jesús recuerda a sus discípulos que “después de dos días” se celebrará la Pascua aún no ha terminado el martes, ese día tan memorable en que ocurrieron tantas cosas y se pronunciaron tantas palabras (comienza en 21:20). Por supuesto, los discípulos sabían cuando se celebraba la Pascua. También sabían, por lo menos debían haber sabido, que Jesús iba a ser crucificado porque él lo había predicho repetidas veces. Véase arriba, p. 17. Se añade algo nuevo cuando Jesús ahora señala el día mismo en que será entregado para la crucifixión, a saber, durante la noche del jueves para el viernes, siendo la crucifixión misma el viernes.
Lo que llama nuestra atención no es solamente la predicción exacta, indicada por el tiempo presente profético (“es entregado”), sino también la determinación implícita de parte del Hijo del hombre—acerca de este título véase sobre 8:20—de que permaneciese el consejo de Dios (Is. 53:10; [p 940] Lc. 22:22; Hch. 2:23; 3:18; 4:28) y que él mismo, en conformidad
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con ese consejo, “dará su vida” (Jn. 10:11, 15). Sin este sacrificio voluntario sería imposible la salvación de los pecadores.
El conflicto entre el consejo de Dios y la confabulación del hombre se indica en 26:3–5; 27:1, 35, 50, 62. Estos pasajes muestran claramente que aunque las autoridades judías insistían en que el arresto, el juicio y la muerte de Jesús no debían ocurrir durante la fiesta, triunfó el decreto divino de que ciertamente debía ocurrir en ese tiempo en particular. En sí y por sí misma esta victoria de Dios sobre todos los perversos designios del hombre es una fuente de consuelo para todo creyente (Is. 46:10; Ef. 1:11, 12). Además, ¿no era muy apropiado que el tipo, a saber, la muerte del cordero pascual y el cumplimiento, la crucifixión del Cordero de Dios que estaba quitando el pecado del mundo (Jn. 1:29), se sucedieran en tan estrecha secuencia?
La parte que relata cuán inutilmente los hombres trataron de desechar el plan eterno de Dios y dar libre curso a su furor contra Jesús comienza así: 3–5. Entonces los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del sumo sacerdote llamado Caifás, y tramaron para prender a Jesús con engaño y matarle. La envidia de los líderes había sido despertado por los milagros de Cristo y llegó a un clímax por la resurrección de Lázaro de entre los muertos, que había sido despertado por los milagros de Cristo y llegó a un climax por la resurrección de Lázaro de entre los muertos, que había hecho que muchas personas creyesen en Jesús (Jn. 11:45–53). La ira de estas mismas autoridades religiosas había sido desatada aun más por el efecto de la entrada triunfal sobre las multitudes (Mt. 21:1–11), la purificación del templo (21:12, 13, 23), las parábolas que ellos sabían iban destinadas a ellos (21:45), y el discurso por medio del cual se pronunciaron “los siete ayes” contra los escribas y fariseos (cap. 23).
En consecuencia, el sanedrín indicado aquí por dos de los tres grupos que lo constituían— “los principales sacerdotes y los ancianos”—celebró una reunión. Indudablemente el tercer grupo formado por los “escribas” (véase sobre 2:4 y 16:21) también estaba representado. El plan de dar muerte a Jesús no se originó en esta reunión. Ese propósito era de hace mucho tiempo (12:14; 21:38; cf. Jn. 5:18; 7:1, 19, 25; 8:37, 40; 11:53). Lo que ahora se decide es cómo llevar a cabo el plan. Los líderes concuerdan en un plan de tomar a Jesús por sorpresa, por engaño. ¿Estaban ellos ya ahora elaborando el tipo de plan en que Judas tendría un papel tan importante? Pero véase sobre los vv. 14–16. Como quiera que haya sido, una cosa es cierta, la persona que los presidía no iba a limitarlos en cuanto al uso de métodos dudosos para lograr su fin.
¿Quién los presidía? Su nombre era Caifás (“José, que era llamado Caifás”, dice Josefo). No se sabe el significado exacto de Caifás, aunque ha sido interpretado como fisiognomo (experto en el arte de leer el carácter en los lineamientos del rostro de una persona) o, una ligera modificación de [p 941] esta interpretación, agorero, profeta. Véase Jn. 11:49–51. Habiendo sido designado sumo sacerdote por Valerio Grato, el predecesor de Poncio Pilato, en el año 18 d.C., iba a ser depuesto por Vitelo el sucesor de Poncio Pilato en el año 36 d.C. Caifás era yerno de Anás, que fuera sumo sacerdote desde el año 6 al 15 d.C. Véase Josefo, Antigüedades, XVIII. 35, 95.
Por los pasajes en que es mencionado se ve claramente que Caifás era un manipulador rudo y astuto, un oportunista que no conocía el significado de la equidad o la justicia y era inclinado a seguir su propio camino por las buenas o las malas (Mt. 26:3, 57; Lc. 3:2; Jn. 11:49; 18:13, 14, 24, 28; Hch. 4–6). No trepidaba en derramar sangre inocente. Lo que él mismo anhelaba ardientemente con propósitos egoístas, lo hacía parecer como si fuera necesario para el bienestar del pueblo. Para provocar la condenación de Jesús, quien había suscitado su envidia (Mt. 27:18), iba a usar artimañas que eran producto de un cálculo mañoso y de una osadía sin precedentes (Mt. 26:57–66). Era un hipócrita, porque en el juicio nocturno, en el momento mismo en que estaba lleno de regocijo interior porque había
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encontrado lo que consideró una base para la condenación de Cristo, rasgó sus vestiduras sacerdotales como si estuviera vencido por un profundo dolor. Ese era Caifás.
De tal hombre se podía esperar el liderazgo en la maquinación de confabulaciones insidiosas. Juzgado por las normas mundanas, tanto él como su suegro Anás—respecto del cual, véase C.N.T sobre el Evangelio según Juan, p. 660—eran individuos muy hábiles. Además, la reunión se llevó a cabo “en el palacio832 de Caifás”, probable referencia a la espaciosa y suntuosa residencia, una de cuyas alas tal vez ocupara Anás y la otra su yerno Caifás.833 No se dice por qué fue aquí y no en el lugar más usual, “el Enlosado” en el costado sur del gran patio del templo. Una suposición podría ser que era necesario el secreto. Esto suena razonable. Además, el viejo Anás podría haber considerado más conveniente para sí tener la reunión en su misma casa o cerca de ella. Otra posibilidad es que los participantes en la reunión podrían haber sabido que ésta duraría hasta bien de noche, cuando no se permitían reuniones dentro del complejo del templo.
Lo que leemos a continuación está completamente de acuerdo con el espíritu de estos mañosos manipuladores: Pero decían: No durante la fiesta, para que no haya un tumulto entre el pueblo. Los confabulados sabían que especialmente entre los miles de galileos que asistían a la fiesta, que duraba ocho días, Jesús tenía muchos amigos y adherentes, gente que en caso de alguna acción contra su líder podrían causar problemas a las [p 942] autoridades. Así que decidieron esperar con el arresto, etc., hasta que los seguidores de Jesús ya no estuviesen en los alrededores. El hecho de que esta parte del plan sufriera un cambio se debió al hecho que por la inesperada ayuda ofrecida por uno de los mismos discípulos de Jesús (vv. 14–16) los acontecimientos tomaron un curso mucho más rápido que lo que se había previsto.
“No durante la fiesta”, dijeron los conspiradores. “Durante la fiesta”, dijo el Todopoderoso; “después de dos días”, dijo como en un eco Jesús. Sus palabras y las de los conspiradores parecen haber sido pronunciadas al mismo tiempo, porque el contexto parece implicar que aquí, por una vez, hay que darle el pleno sentido temporal a las palabras iniciales del v. 3: “Entonces”. El decreto divino siempre gana; para el bien del reino y para la gloria de Dios (Sal. 2:4; 33:10, 11).
6 Cuando Jesús estaba en Betania en casa de Simón el leproso, 7 vino a él una mujer con un frasco de alabastro de un perfume muy costoso, que ella derramó sobre la cabeza (de Jesús) mientras estaba reclinado a la mesa. 8 Pero cuando los discípulos vieron (esto), se indignaron. “¿Por qué este desperdicio?” dijeron, 9 “porque este perfume podría haberse vendido a un elevado precio y (el dinero) dado a los pobres”. 10 Pero cuando Jesús lo percibió les dijo: “¿Por qué estáis molestando a esta mujer? Pues es una cosa hermosa lo que me ha hecho, 11 porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis. 12 Porque cuando ella derramó este perfume sobre mi cuerpo, lo hizo para prepararme para mi sepultura. 13 Os aseguro solemnemente, dondequiera que este evangelio sea predicado en todo el mundo, también se contará lo que ella ha hecho para memoria de ella”.
26:6–13 El ungimiento en Betania Cf. Mr. 14:3–9; Jn. 12:1–8
Aunque el hecho de que Jesús iba a ser entregado para ser crucificado después de dos días era una novedad para los discípulos, no se puede decir que entre los verdaderos seguidores de Cristo no hubiera quien tuviera el presentimiento de su muerte inminente. Véase 26:12. La historia comienza de la siguiente manera: 6, 7. Cuando Jesús estaba en Betania, en casa de Simón el leproso, vino a él una mujer con un frasco de alabastro de
832 Este, más que “patio abierto” (26:69), parece ser el sentido de αὐλή aquí. El patio interior del palacio, con siervos que entraban y salían, no habría sido adecuado para los planes y la conspiración que estaban desarrollando. Véase también la nota 732. 833 Aquí nuevamente, en cuanto a la evidencia que señala en esta dirección debo referirme a C.N.T. sobre Juan, esta vez, véase p. 664.
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un perfume muy costoso, que ella derramó sobre la cabeza (de Jesús) mientras estaba reclinado a la mesa. No hay conflicto entre este relato y Jn. 12:1. “Ahora, seis días antes de la Pascua, Jesús vino a Betania ...” La indicación de tiempo en Mt. 26:2, “después de dos días” no se aplica al ungimiento en Betania (vv. 6–13). En el v. 6 Mateo comienza a relatar una nueva historia. Para hacerlo debe volver atrás unos pocos días a la noche del sábado anterior cuando en Betania se dio una cena en honor de Jesús. En esta cena estaban presentes por lo menos quince hombres: Jesús, los Doce, [p 943] Lázaro (Jn. 12:2) y un cierto Simón, mencionado solamente aquí (Mt. 26:6) y en Mr. 14:3. La idea de que la cena (o “comida” si uno lo prefiere así) se originó en amor al Señor y específicamente en gratitud por la resurrección de Lázaro y la curación de Simón, que había sido leproso, y todavía llamado “Simón el leproso”, pero que presumiblemente había sido sanado por Jesús, es una idea que surge sola. La cena se dio en el hogar de este Simón. Por Jn. 12:2 sabemos que Marta, hermana de María y de Lázaro, estaba sirviendo, mientras Lázaro era uno de los que estaban reclinados a la mesa con Jesús.
Mientras los invitados estaban reclinados a la mesa conforme a la costumbre de la época, “vino a él una mujer”. Jn. 12:3 nos muestra que esta mujer era María de Betania.834 Ha tomado posición detrás de Jesús que estaba reclinado. En sus manos tiene “un frasco de alabastro de un perfume muy costoso” es decir, un frasco de yeso blanco de grano muy fino (en vez de blanco podría haber estado delicadamente teñido). Está lleno de “perfume” o “ungüento” calificado como “muy costoso” (Mt. 26:7; Mr. 14:3). En realidad, el perfume era extracto de nardo puro (Jn. 12:3). El mismo pasaje también nos informa que había una gran cantidad de este extracto precioso y muy fragante, no menos de una libra romana (unos 350 gramos). Repentinamente ella rompe intencionadamente el frasco y derrama su contenido sobre Jesús. Según Mateo y Marcos, ella lo derrama en su cabeza (cf. Sal. 23:5); según Juan, ella le unge los pies. No hay conflicto, porque Mateo y Marcos indican claramente que el perfume fue derramado sobre el cuerpo de Cristo (Mt. 26:12; Mr. 14:8). Evidentemente había bastante para todo el cuerpo: cabeza, cuello, hombros y pies. La casa de Simón se llenó de la fragancia.
El verdadero sentido de lo ocurrido aquí no se podrá comprender hasta que se entienda que María, al derramar su perfume, también estaba derramando su corazón, lleno de gratitud, amor y devoción religiosa. El frasco en que se guardaba el perfume generalmente tenía un cuello largo y estrecho. Esta botella podría haberse abierto o aun podría haber sido quebrada en su parte superior, para que el perfume pudiera salir gota a gota. Pero eso no hubiera satisfecho a María. Así que ella lo rompió de tal modo que el ungüento cayó en un chorro sobre Jesús.
El resto del párrafo describe la reacción de parte de a. los discípulos (vv. 8 y 9) y b. Jesús (vv. 10–13). 8, 9. Pero cuando los discípulos vieron (esto se) indignaron. ¿Por qué este desperdicio? dijeron, porque este perfume podría haberse vendido a un elevado precio y (el dinero) dado a los pobres. Jn. 12:4–6 (véase C.N.T. sobre esos versículos) nos proporciona [p 944] detalles adicionales, mostrando que el tesorero de los Doce, a saber, Judas Iscariote, era el que había pronunciado la objeción más fuerte, y que había calculado rápidamente el valor del regalo estimándolo en trescientos denarios, sugiriendo que podría haberse vendido por esta suma y el dinero distribuido entre los pobres. Pero Mateo y Marcos dejan en claro que los otros discípulos también estaban de acuerdo. Con una excepción, a dondequiera que María dirigiese la vista encontraba miradas de enojo, de reprobación. Ellos no entendían que el lenguaje nativo del amor es la prodigalidad. ¡Muy noble gente estos discípulos, especialmente Judas, el defensor de la vida sencilla y protector de los pobres! Pero véase Jn. 12:6.
834 Esta historia no se debe confundir con la de la “mujer pecadora” de Lc. 7. Acerca de los argumentos en favor del rechazo de esta teoría de identificación, véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 444, 445.
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Casi no se puede creer que los discípulos, por insinuación, señalasen como carente de compasión por los pobres a una anfitriona tan generosa; en realidad una que junta con su hermana tenían la costumbre de mostrar hospitalidad hacia ellos y su Maestro cuando quiera que estos pobres (Mt. 8:20), siempre necesitados de ayuda (27:55, 56), estaban en los alrededores. Ello es aun más sorprendente si uno considera que en ese mismo momento estos críticos adversos, los discípulos, ¡estaban siendo agasajados en casa de uno de los amigos de María! “Es ingrato quien niega haber recibido un acto de bondad que se le ha otorgado; es ingrato quien lo oculta; es ingrato quien no lo corresponde; el más ingrato de todos es el que lo olvida” (Séneca, De Beneficiis III. 1). Además, considerando todo lo que Jesús ya había hecho por ellos, estaba haciendo por ellos, e iba a hacer por ellos, ¿no debieran estos hombres haber estado felices de que María honrase de este modo maravilloso al benefactor de ellos?
No es sorprendente que Jesús se apresure a defender a María: 10, 11. Pero cuando Jesús lo percibió les dijo: ¿Por qué estáis molestando a esta mujer? Pues es una cosa hermosa lo que me ha hecho, porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis. Jesús no quería que sus discípulos se preocuparan por el perfume, como si hubiera sido un desperdicio, ni quería que concentraran su atención exclusivamente en los pobres. Está diciendo, en otras palabras: “Considerad lo que María ha hecho por mí”. No es que el Maestro no se preocupase por las necesidades físicas y espirituales de los a quienes deben mostrarse ayuda y misericordia. ¡Lejos de ser así! como lo muestran los siguientes pasajes: Mt. 5:7; 6:2–4; 12:7; 19:21; Lc. 6:20, 36–38; 21:1–4; Jn. 13:29. En este tema, así como en todos los demás, su enseñanza estaba en conformidad con el resto de la revelación especial (Ex. 23:10, 11; Lv. 19:10; Dt. 15:7–11—en un sentido, ¿no estaba citando Dt. 15:11?—Sal. 41:1; Pr. 14:21b, 31; 19:17; Is. 58:7; Jer. 22:16; Dn. 4:27; Am. 2:6, 7; y en el Nuevo Testamento véanse 2 Co. 8:1–9; Gá. 6:2, 9, 10; 2 Ts. 3:13; Stg. 5:1–6). Pero habría muchas otras oportunidades para atender a la causa de la caridad o benevolencia cristiana. Por el contrario, casi se había acabado la oportunidad de mostrar amor y honra a Jesús en el estado de humillación. [p 945] El Getsemaní, la Gabata y el Gólgota estaban a un paso. Lo que María había hecho era por lo tanto correcto y aun hermoso, porque fue motivado por un corazón lleno de gratitud. También era algo único por la solicitud que revelaba. Además, era regio en su prodigalidad. Por último, era maravilloso por su oportunidad.
En cuanto a esto, Jesús continúa: 12. Porque cuando ella derramó este perfume sobre mi cuerpo, lo hizo para prepararme para la sepultura. Mucho se ha escrito sobre este pasaje difícil. Como algunos lo ven, Jesús está diciendo que María, sin comprenderlo, ha ungido a Jesús para su muerte y sepultura inminentes.835 Hay que reconocer que esta interpretación tiene sentido: El propósito de Dios con frecuencia se cumple a través de las obras de los seres humanos aun cuando éstos no saben qué es lo que realmente está ocurriendo. Además, María podría no haber sabido que la muerte de su Maestro estaba tan cerca. Por otra parte, no hay que pasar por alto el hecho que María de Betania era quizás la mejor oyente que Jesús tenía. La mujer que ahora ungía los pies de Jesús era la misma que previamente se había sentado a sus pies (Lc. 10:39). Si aun los enemigos de Jesús conocían las predicciones que Jesús había hecho acerca de sí mismo (27:63), ¿no podemos suponer que María sabía por lo menos tanto como ellos? Si es así, es probable que le haya venido el pensamiento: “Esta bien podría ser la última oportunidad que yo tenga para realizar un acto de bondad hacia Jesús; y cuando según su propia predicción, sus enemigos le den muerte, ¿se concederá a sus amigos el privilegio de ungir su cuerpo?” No se puede desechar, por lo tanto, el punto de vista que el propósito consciente de María era preparar a Jesús para la sepultura. Para más detalles al respecto véanse en C.N.T sobre el Evangelio según Juan, pp. 448–450.
835 Véase, p. ej., A. H. McNeile, The Gospel According to St. Matthew, Londres, 1915, p. 375.
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Jesús termina su defensa de María de la siguiente manera: 13. Os aseguro solemnemente, dondequiera que este evangelio sea predicado en todo el mundo, también se contará lo que ella ha hecho para memoria de ella. Como ya se ha indicado, ahora era sábado por la noche, el día antes de la entrada triunfal. Luego, el martes iba a hacer la asombrosa predicción de que el evangelio del reino se esparciría por todo el mundo (Mt. 24:14). Pero aun antes de haber hecho ese anuncio, ahora, tres días antes, promete solemnemente que dondequiera que se cuente la historia gozosa de Jesús, el relato de lo que María hizo irá mano a mano con el evangelio. La memoria del noble hecho de María debe mantenerse vivo. El Maestro no permitirá que sea olvidado.
Por supuesto, esta es una lección para todo tiempo. El evangelio y la hermosa obra de María, el mensaje de salvación y la respuesta de gratitud por la salvación recibida no deben separarse jamás.
[p 946] 14 Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes 15 y dijo: “¿Qué me queréis dar si os lo entregue?”
Y ellos le pesaron treinta piezas de plata. 16 Y desde ese momento estaba buscando una oportunidad para entregarle.
26:14–16 El acuerdo entre Judas y los principales sacerdotes
Cf. Mr. 14:10, 11; Lc. 22:3–6
En agudo contraste con la manifestación de lealtad de María permanece para siempre la deslealtad de Judas: 14, 15. Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes y dijo: ¿Qué me queréis dar si os lo entregue? Véase sobre Mt. 10:2–4 para una descripción de Judas y una discusión de las razones que pudieran haberlo llevado a cometer la traición que para siempre se vincula con su nombre. La palabra “entonces”, como ocurre tan frecuentemente en Mateo, nuevamente es más bien indefinida. Sin embargo, parece razonable llegar a la conclusión de que el acuerdo entre Judas y los principales sacerdotes ocurrió no solamente después de la cena del sábado en la noche (vv. 6–13), sino aun después de la reunión del Sanedrín del día martes (vv. 3–5). A fin de dar tiempo suficiente para que Judas llevara a cabo sus planes, probablemente sea correcto decir que él fue a los principales sacerdotes inmediata o casi inmediatamente después de la sesión relatada. No fue antes porque es claro de los vv. 3–5 que la decisión a que llegaron en su reunión era todavía más bien indefinida. Estaban de acuerdo en arrestar a Jesús por medio de algún engaño, pero no durante las festividades. La naturaleza exacta de su malvado ardid parece no haber estado clara aun para ellos mismos en ese momento. Estaban esperando que sucediera algo o que alguien se presentara. Después de todo, todos sabían que ellos estaban buscando la ayuda del público para arrestar a Jesús (Jn. 11:57). ¿Llegó Judas el martes en la noche, en el momento preciso en que los miembros del Sanedrín se retiraban y entonces ellos se volvieron rápidamente a reunirse? No lo sabemos.
“Uno de los Doce”, esa era la tragedia. Uno no puede sino recordar Sal. 41:9: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar”. De hecho, la Escritura misma (Jn. 13:18) nos exhorta a mirar en esta dirección con el fin de sentir algo de la profundidad del pecado de este hombre y de su responsabilidad.
“¿Qué me queréis dar si os lo entregue?” Naturalmente, los principales sacerdotes “se alegraron” (Mr. 14:11) cuando oyeron estas palabras. Aquí, justamente cuando estaban en la incertidumbre, pensando quizás que las [p 947] multitudes de los peregrinos venidos a la pascua judía estaban sólidamente de parte de Jesús, viene este hombre—uno de los doce compañeros más íntimos de quien consideraban su enemigo—¡a ofrecer voluntariamente sus servicios! Los principales sacerdotes deben haber considerado esto como una respuesta a sus
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oraciones. Y ellos le pesaron836 treinta piezas de plata. Allí mismo, inmediatamente, se consumó el trato y se le pagó el dinero. Esto no está en conflicto con “prometieron darle” (Mr. 14:11). Lc. 22:5, 6a resuelve el dilema: “y convinieron en darle dinero. Y él se comprometio”. La implicación es “Entonces le pagaron”. Quizás podemos describir la situación como sigue:
Judas: “¿Qué me queréis dar si os lo entregue?”
Los principales sacerdotes: “Prometemos darte treinta piezas de plata en cuanto convengas en entregarlo en nuestras manos”.
Judas: “De acuerdo”.
Los principales sacerdotes, después de pesar el dinero dicen: “Aquí están las treinta monedas de plata”. Judas las toma y se va.
Esta interpretación está en armonía con la psicología de la situación. Los principales sacerdotes no hubieran permitido pasar la dorada oportunidad sin prestarle atención. Ellos sabían muy bien que si Judas tenía el dinero en su bolsa no se atrevería a echar pie atrás antes de cometer el hecho. Además, si es la intención de Mateo que las palabras acerca de las treinta piezas sean interpretadas como un cumplimiento de la profecía de Zac. 11:12, como es muy probable, tienen que haber tenido el sentido: “pesaron para él”, porque esa es la connotación en esa profecía como lo aclara Zac. 11:13.
En cuanto al precio pagado, a saber, “treinta piezas de plata”, estas piezas eran equivalentes en valor a las tetradracmas o a los siclos hebreos. Treinta de estas, calculadas a 64 ó 72 centavos de dólar americano cada una, suman más o menos US $20. Pero debido a las fluctuaciones del dinero, tanto en aquel tiempo como ahora, es imposible determinar con alguna exactitud a cuanto equivaldría en dinero actual. El Salvador fue vendido a sus enemigos por el precio de un esclavo acorneado por un buey. Véase Ex. 21:32. ¡Por una suma tan miserable837 Judas traicionó al Maestro!
Con el dinero ya en su poder, Judas ahora se siente obligado a entrar en acción. Por lo tanto, no nos sorprende leer: 16. Y desde ese momento estaba buscando una oportunidad para entregarle. Esa oportunidad se le presentaría muy pronto.
[p 948] 17 El primer día de la Fiesta de los Panes sin Levadura los discípulos se le acercaron a Jesús, diciendo: “¿Dónde quieres que preparemos la cena de Pascua para que la comas?” 18 El dijo: “Id a la ciudad, a fulano de tal, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’ ”. 19 Entonces los discípulos hicieron como Jesús les había mandado y prepararon la comida pascual.
20 Y cuando era noche Jesús estaba reclinado a la mesa con los Doce. 21 Y mientras comían dijo: “Os aseguro solemnemente que uno de vosotros me traicionará”. 22 Ellos, profundamente afligidos, uno por uno comenzaron a decirle: “¿Ciertamente no seré yo, Señor?” 23 Pero él respondió y dijo: “El que ha metido la mano conmigo en el tazón, él me traicionará. 24 El Hijo del hombre se va como está escrito de él, pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado! Hubiera sido mejor para ese hombre no haber nacido”. 25 Judas, el que lo estaba traicionando, dijo: “¿Ciertamente no seré yo, Maestro?” El le dijo: “¡Tú (lo) has dicho!”.
26:17–25 La Pascua Cf. Mr. 14:12–21; Lc. 22:7–14, 21–23; Jn. 13:21–30
Finalmente llegó la mañana del catorce de Nisán. Cuando la expresión “Fiesta de los Panes sin Levadura” se toma en su sentido más amplio, como a veces ocurre, incluye aun el día en
836 Como lo indican claramente diversos comentarios y también L.N.T. (A. y G.), el verbo ἔστησαν terc. pers. pl. aor. indic. de ἵστημι, básicamente “establecieron” o “fijaron”, se puede interpretar como que significa “ofrecieron” o “pesaron” (en la balanza). Por las razones dadas en el texto, yo acepto este último significado como el correcto. 837 Véase más acerca de monedas en 10:29; 17:24, 27; 18:24, 28; y 20:9, 10. Acerca de las treinta monedas de plata, véase sobre 27:3–10.
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que se celebraba la comida del cordero pascual. No se nos dice dónde pasaron Jesús y sus discípulos el miércoles, el día entre el anuncio del v. 2 (martes) y la Pascua, vv. 17–25 (jueves).838 Leemos: 17. El primer día de la Fiesta de los Panes sin Levadura los discípulos se acercaron a Jesús, diciendo: ¿Dónde quieres que preparemos la cena de Pascua para que la comas? Nada se dice sobre la compra del cordero. Probablemente podemos suponer que se habían preocupado de esto unos pocos días antes. Véase Ex. 12:3. Sin embargo, había que hacer otros preparativos. Durante la tarde había que matar al cordero en el patio exterior del Templo (cf. Ex. 12:6). Había que conseguir una sala de tamaño adecuado y ordenar todo en relación con esa sala y sus muebles. Además, había que hacer compras: panes sin levadura, hierbas amargas, vino, etc. Había que preparar el cordero para comerlo y había que hacer la salsa. Puesto que ahora era el jueves por la mañana, no podía haber dilación. 18. El dijo: Id a la ciudad, a fulano de tal ... Mr. 14:13 nos informa que estas instrucciones fueron dadas a dos de los discípulos. Lc. 22:8 nos da los nombres “Pedro y Juan”. Estos dos Evangelios también nos dan una descripción más detallada de “fulano de tal”, sin nombrarlo. ¿Se debe el carácter indefinido de los tres relatos al hecho de que Judas no debía saber sino hasta más tarde en ese día dónde se celebraría la Pascua, a [p 949] fin de que Jesús sí pudiera observarla con sus discípulos y se pudiera llevar a cabo plenamente el plan de Dios acerca de los acontecimientos subsecuentes? Como quiera que sea, se dice a los dos apóstoles que al entrar en la ciudad (Jerusalén) van a encontrar un hombre que lleva un cántaro de agua. Ordinariamente no era un hombre sino una mujer o una muchacha la que estaría haciendo esto; por eso, este hombre con un cántaro de agua, probablemente llevándolo sobre la cabeza, sería algo que se destacaría. Los discípulos no tendrían dificultades para identificarlo en medio de la multitud. Jesús ordena a sus discípulos seguir a este hombre hasta que entre en la casa y entonces darle el mensaje de Cristo al señor o dueño de la casa: y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos. Era la norma en Israel que si alguien en esta época tenía espacio disponible debía cederlo sin costo a cualquier familia o grupo que quisiera hacer uso sagrado de él. Además, esta persona en particular, el dueño de la casa, bien podría haber sido uno de los seguidores de Cristo, que en consecuencia estaría contento de dar lugar al Maestro y sus discípulos.839
Las palabras “Mi tiempo está cerca” indican claramente que Cristo estaba consciente del hecho de que estaba cumpliendo la obra que el Padre le había dado que hiciera. Cada detalle de esta tarea había sido señalada en el decreto eterno, de modo que para cada acontecimiento había un momento establecido. Véanse Jn. 2:4; 7:6, 8, 30; 8:20; 12:23; 13:1; 17:1, y el clímax 19:30. El “tiempo” al que Jesús se refiere aquí (Mt. 26:18) no se debe limitar a las horas de la Pascua, sino que debe interpretarse en un sentido un poco más amplio: “el tiempo que se me señaló para que llevase a su conclusión la tarea de redención que me asignó el Padre”.
19. Entonces los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y prepararon la comida pascual. La detallada predicción de Jesús se cumplió literalmente. Se encuentran los discípulos con el hombre que lleva el cántaro, etc. Hacen todos los preparativos necesarios. La predicción exacta y su preciso cumplimiento hacen que uno recuerde ocasiones similares cuando parece que la omnisciencia de Cristo debida a su naturaleza divina ha dado la información a su mentalidad humana que de ningún modo es omnisciente (véase sobre 24:36; 17:27); (Jn. 1:48; y quizás Lc. 19:29, 30, pero véase su paralelo Mt. 21:1, 2).
838 Lc. 21:37 puede dar un indicio, pero esto no es cierto. 839 Según Zahn, este hombre era el padre de Juan Marcos, que en ese tiempo aún vivía. Véase Mr. 14:51, 52; Hch. 12:12. Grosheide también llama la atención a esta posibilidad, pero no la apoya necesariamente. Su posición—y es también la mía—es: no sabemos. Esto vale también respecto de la teoría que sostiene que el hombre que llevaba el cántaro era Juan Marcos mismo. Todos estos adornos son pura especulación.
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20, 21. Y cuando era noche Jesús estaba reclinado a la mesa con los Doce. Y mientras comían dijo: Os aseguro solemnemente—véase sobre 5:18—que uno de vosotros me traicionará. Según el Evangelio de Juan [p 950] (13:1–20) Jesús ya había lavado los pies a los discípulos, dándoles una lección de humildad. Después los deja sorprendidos diciéndoles que uno de ellos lo va a traicionar (13:21–30). Según nuestro pasaje la denuncia de que había un traidor ocurrió “mientras comían”, esto es, después de haber estado comiendo un rato. Acerca de los elementos que entraban en la comida pascual, ordenados cronológicamente hasta donde ha sido posible, véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 129, 130. La referencia en la frase “mientras comían” probablemente sea al punto f. en la p. 130.
“¡Uno de vosotros!” Cayó como un rayo del cielo. Fue un golpe que los dejó atónitos.... ¿Qué?... ¿Quería decir el Maestro realmente que uno de sus seguidores iba a entregarlo a las autoridades, para que ellos lo trataran como se les antojara? Esto era casi increíble. Sin embargo, Aquel que nunca dijo una falsedad y cuyo nombre era “la Verdad” (Jn. 8:46; 14:6) estaba diciendo esto; así que debía ser verdad.
El sorprendente anuncio de Cristo provocó tres respuestas en forma de pregunta, las siguientes: a. una pregunta de saludable desconfianza en sí mismos: “¿Ciertamente no seré yo, Señor?” Esa fue la reacción de todos los discípulos, con la excepción de Judas Iscariote. En el Evangelio de Mateo la pregunta se encuentra en 26:22, la respuesta de Cristo en los vv. 23, 24. También hubo b. una pregunta de repugnante hipocresía, “¿Ciertamente no seré yo, Rabí?” Esa fue, probablemente después de considerable vacilación, la reacción de Judas. Véanse su pregunta y la respuesta de Cristo en Mt. 26:25. Finalmente, hubo c. una pregunta de cándida confianza: “Señor, ¿quién es?” Esta fue la forma en que se expresó Juan a pedido de Pedro. La pregunta en esta forma, los sucesos relacionados con ella, la respuesta de Cristo y la reacción de los discípulos ante esa respuesta se relatan solamente en Jn. 13:23–30, que también en el v. 30 menciona la partida del traidor. Por lo tanto, acerca de c. véase C.N.T sobre el Evangelio según Juan, pp. 516–521.
Así que aquí en Mateo estamos tratando solamente a. y b.
En cuanto a a., la pregunta de saludable desconfianza en sí mismos, nótese el v. 22. Ellos, profundamente afligidos, uno por uno comenzaron a decirle: ¿Ciertamente no seré yo, Señor? Once corazones—los de los Doce menos Judas Iscariote—se llenan de desconfianza. Cada uno de estos once hombres siente que no es posible que sea él la persona a que se refiere el Señor, pero, ¿quién sabe? Y así, uno por uno, cada uno de ellos presa de cierto miedo de sí mismo, pregunta: “¿Ciertamente no seré yo, Señor?” En cuanto a su forma en el original, la pregunta espera una respuesta negativa, el tipo de respuesta que cada uno espera ardientemente que el Maestro dará. 23. Pero él respondió y dijo: El que ha metido la mano conmigo en el tazón, él me traicionará. Es claro que Jesús no apaciguó inmediatamente el temor de estos hombres, ni curó la desconfianza que tenían en sí mismos. Tampoco satisfizo la curiosidad que tan [p 951] repentinamente se les había suscitado. ¿No estaban todos los doce discípulos mojando trozos de comida en el tazón lleno con un caldo hecho con frutas molidas (probablemente dátiles, higos y uvas), agua y vinagre? Seguramente Judas no era el único hombre que estaba haciendo esto. De modo que lo que el Señor está haciendo es esto: Está enfatizando el vil carácter de la acción del traidor. Está diciendo: “Pensad en ello; mi traidor es un hombre que está compartiendo mi comida”. Jesús mismo era el anfitrión. Todos los demás estaban comiendo su comida. Ese solo hecho, especialmente en el Cercano Oriente, donde se consideraba altamente reprensible el aceptar la hospitalidad de alguien y luego injuriarlo, habría atado las manos de todos. Debería haber hecho imposible que cualquiera de los Doce tomara alguna acción contra su anfitrión. Piénsese en Sal. 41:9.
C.N.T G. Hendriksen, Comentario del Nuevo Testamento
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La respuesta dada por Jesús aquí en el v. 23 sirvió a los siguientes propósitos:
(1) Era una advertencia para Judas. Que Judas piense en lo que está haciendo. “Judas, yo conozco tus designios”, parece estar diciendo el Maestro. La revelación de este conocimiento detallado debiera haber puesto a Judas en guardia para que aun a esta hora tan tardía devolviese las treinta monedas de plata. Sí, en el decreto incomprensible de Dios pero que todo lo abarca hay lugar aun para las solemnes amonestaciones dadas a los que finalmente se pierden. Si se pregunta: “¿Cómo es posible eso?” Yo respondo: “No lo sé, sin embargo, es un hecho”. Si uno no quiere aceptar la idea de las advertencias aun para los réprobos, pierde algo del sentido de este relato. El carácter grave de la amonestación implícita aumenta la culpa de Judas. Antes que uno se disponga a negar la posibilidad de una amonestación seria aun a los réprobos, debiera estudiar Gn. 4:6, 7; Pr. 29:1; Lc. 13:6–9; 34, 35.
(2) Fija la atención sobre la profundidad del sufrimiento de Cristo. De un modo traicionero y humillante él, el Señor de gloria, está siendo entregado a sus enemigos. Es muy importante que veamos esto. Nuestra reflexión en el relato de la pasión de Cristo no debe perderse en toda clase de detalles acerca de Judas, Pedro, Anás y Pilato. Después de todo, es la historia de sus sufrimientos. Se centra en él y no debemos jamás olvidar de preguntar cómo le afectaban a él todas estas cosas.
(3) Mostró una vez más que Jesús tenía pleno control de la situación. No fue tomado por sorpresa. Sabía exactamente lo que estaba ocurriendo y lo que iba a ocurrir, los detalles mismos.
(4) Dio una oportunidad para que los discípulos se examinasen a sí mismos. A menudo se pasa por alto este punto. Sin embargo, es muy importante. Al dar la respuesta que se presenta en Mt. 26:23 Jesús no identificó al traidor y exactamente por no haberlo identificado, el Señor estaba haciendo un favor a todos. Sabía que el autoexamen sería el mejor ejercicio para hombres como estos (recuérdese Lc. 22:24). Que cada [p 952] discípulo se llene de serios recelos, de una saludable desconfianza en sí mismo. Estos hombres necesitaban tiempo para autoexaminarse.
Jesús prosigue: 24. El Hijo del hombre se va como está escrito de él, pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado! Hubiera sido mejor para ese hombre no haber nacido. Cf. Mr. 14:21; Lc. 22:22. Acerca de “Hijo del hombre” véase sobre 8:20. Jesús, aquel que a través del sendero de la humillación llega a la glorificación y que en realidad era glorioso desde el principio mismo, se va, es decir, vive sobre la tierra, sufre, muere, todo esto no como una víctima de las circunstancias, sino “como está escrito de él”, por lo tanto como ha sido predicho por los profetas (Is. 53, etc.) y establecido en el decreto eterno de Dios. Fue necesario que el Maestro enfatizara esta verdad una vez más, porque era tan difícil para los discípulos reconciliarse con la idea de un Mesías que debía morir. Además, cuando en el día siguiente—“hoy” según la manera judaica de contar el tiempo—él muere en la cruz, los discípulos deben reflexionar en esta solemne declaración para que puedan saber que esta muerte no significa el triunfo de sus enemigos sino más bien la realización del plan de la gracia, el plan soberano y siempre victorioso de Dios.
Sin embargo, en ningún lugar de las Escrituras la predestinación y la profecía anulan la responsabilidad humana. Así aquí también: la expresión “¡ay de aquel hombre por quien el Hijo de hombre es entregado!” mantiene plenamente la culpa y establece la pena del traidor. Para tal hombre hubiera sido mejor no haber nacido. Pero nació y está en el proceso de cometer la acción horrible. Por lo tanto, la declaración “Hubiera sido mejor para ese hombre no haber nacido” es una expresión de irrealidad—una situación que solamente puede ser cambiada si Judas, que sigue siendo plenamente responsable, se arrepiente. Sabemos que no se arrepintió. Por eso enfrenta la condenación eterna (25:46). Lo que hace más pesada su culpa es el hecho de que no sólo planificó la traición y dio el paso siguiente—ofrecerse voluntariamente para entregar a Jesús a sus enemigos—y luego el siguiente—aceptando las
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treinta piezas de plata—sino aun ahora, a pesar de las impresionantes advertencias de Cristo él sigue adelante.
En cuanto a b., la pregunta de repugnante hipocresía, nótese el v. 25. Judas, el que le estaba traicionando, dijo: ¿Ciertamente no seré yo, Maestro? Así habla el hombre que tiene en su poder el dinero de sangre. ¿Estaba pensando, “Quizás Jesús realmente no lo sabe; quizás está sólo suponiendo. Además, si no imito a los demás me estaré exponiendo a mí mismo. Así que es mejor que me ponga la fachada de osadía”? Podría ser significativo, sin embargo, que él no dice “Señor” como los demás, sino “Rabbí”. ¿Surgió momentáneamente su verdadero yo a la superficie cuando hizo este cambio? Jesús replicó: El le dijo: ¡Tú (lo) has dicho! Sí, Judas, tú mismo eres el hombre. Y después de esta respuesta y la palabra adicional, “Lo que estás haciendo hazlo pronto” (Jn. 13:27), Judas, en [p 953] quien había entrado Satanás, sale rápidamente de la sala y entra en la noche (Jn. 13:30) con la noche en su corazón.840
26 Mientras comían, Jesús tomó pan, dio gracias y lo partió. Luego lo dio a sus discípulos y dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. 27 Luego tomó la copa y dio gracias. La dio a ellos diciendo: “Tomad de ella todos vosotros; 28 porque esta es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. 29 Pero os digo que de ahora en adelante ciertamente no beberé más de este fruto de la vid hasta aquel día cuando lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre”. 30 Y cuando hubieron cantado un himno, salieron al monte de los Olivos.
26:26–30 La institución de la Cena del Señor Cf. Mr. 14:22–26; Lc. 22:15–20; 1 Co. 11:23–25
26. Mientras comían, Jesús tomó pan, dio gracias y lo partió. A esta altura la Pascua pasa a ser la Cena del Señor; porque, hacia el final de la comida pascual mientras los hombres estaban todos comiendo libremente (véase sobre el v. 21), Jesús instituyó el nuevo sacramento que iba a reemplazar al antiguo. Unas pocas horas más y el antiguo símbolo, siendo cruento—porque requería la muerte de un cordero—habrá cumplido su propósito para siempre jamás, habiendo alcanzado su cumplimiento en la sangre derramada en el Calvario. Por lo tanto era tiempo que un nuevo símbolo no sangriento reemplazase al antiguo. Sin embargo, al vincular históricamente y en una forma tan estrecha la Pascua y la Cena del Señor, Jesús dejó en claro que lo que era esencial en la primera no se perdió en la segunda. Ambas le señalan a él, el sacrificio único y todo suficiente por los pecados de su pueblo. La Pascua señalaba adelante hacia este sacrificio; la Cena del Señor señala atrás hacia él.
Habiendo tomado de la mesa una rebanada de pan sin levadura, Jesús “dio gracias” y luego comenzó a partir el pan. Aunque el original, al referirse a la oración, usa una palabra en el v. 26 (literalmente, “habiendo bendecido”; cf. Mr. 14:22) y otra en el v. 27 (“habiendo dado gracias”; cf. [p 954] Mr. 14:23)—la primera forma participial usada en referencia al pan y la segunda en referencia a la copa—no hay una diferencia esencial. Tanto Lucas (22:19) como Pablo (1 Co. 11:24) dicen “habiendo dado gracias” donde Mateo y Marcos tienen “habiendo bendecido”. Por lo tanto no es incorrecto adoptar la traducción “Jesús ... dio gracias” tanto en Mt. 26:26 como en el 27. Véase más al respecto en el comentario sobre 14:19. No se han revelado las palabras que el Señor pronunció en esta acción de gracias.
840 Según este punto de vista. Judas no participó en la Cena del Señor. Así dice también Lenski, op. cit., p. 1001; A. T. Robertson, Word Pictures, Vol. I, p. 208; H. N. Ridderbos, op cit., Vol. II, p. 186. Cuando la Confesión Belga (en castellano el libro se llama Creemos y Confesamos. Barcelona 12, p. 57) artículo 35 dice “Judas ... recibió el sacramento”, ¿no debe esta línea, a menos que se deseche, referirse al sacramento de la Pascua? Judas ciertamente—por lo menos hasta cierto punto—participó de ese sacramento. Y el énfasis principal de este artículo, a saber, “El impío sí recibe el sacramento para su condenación, pero no recibe la verdad del sacramento” se puede mantener plenamente. En el sentido indicado, se aplicaba a Judas también. El problema con respecto a Lc. 22:21, que podría parecer implicar que Judas también recibió la Cena del Señor, lo resuelve, como yo lo veo, Lenski, La interpretación de El Evangelio según San Lucas. México 1, D.F., 1963, pp. 916–917.
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Tratar de reconstruirlas a partir de las fórmulas judaicas no tiene utilidad alguna. ¿Cómo podemos siquiera saber si Jesús usó estas oraciones?
El partimiento del pan, al que se hace referencia en todos los cuatro relatos, debe considerarse como parte de la esencia misma del sacramento. Esto se hace claro a la luz de lo que sigue inmediatamente, a saber, Entonces lo dio a sus discípulos y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Interpretar esto como que significa que Jesús estaba realmente diciendo que estos pedazos de pan que daba a sus discípulos eran idénticos con su cuerpo físico o que en ese mismo momento se estaban transformando en su cuerpo, es pasar por alto a. el hecho de que Jesús estaba ahí de pie frente a sus discípulos en su cuerpo, de modo que todos lo podían ver. Tenía el pan en su mano y les daba pedazos a medida que lo iba partiendo. El cuerpo y el pan eran claramente distintos y así permanecieron. Ninguno se cambió al otro, ni tomó las propiedades o características físicas del otro. Además, tal interpretación también pasa por alto b. el hecho de que durante su ministerio terrenal el Maestro muy frecuentemente había usado lenguaje simbólico (Mt. 16:6; Jn. 2:19; 3:3; 4:14, 32; 6:51, 53–56; 11:11). Es notable que en todos los casos señalados por estas referencias el lenguaje figurado o simbólico de nuestro Señor fue desestimado por los que lo oyeron por primera vez. También en cada caso, el contexto deja claro que los que interpretaron literalmente las palabras de Cristo estaban equivocados. ¿No es tiempo que se reciba de corazón la lección implícita? Finalmente, c. cuando Jesús habló de sí mismo como la “vid” (Jn. 15:1, 5), ¿no es claro que quería decir que la relación entre la vid y sus sarmientos, que en la planta encuentran su unidad, vida y capacidad de fructificar, esa, en un sentido mucho más excelso, es la relación de Cristo con su pueblo? Así que, ¿no es claro que la vid representa o simboliza a Jesús la Vid verdadera? Del mismo modo él también se llama a sí mismo—o es llamado—puerta, estrella de la mañana, piedra del ángulo, cordero, fuente, roca, etc. También se refiere a sí mismo como “el pan de vida” (Jn. 6:35, 48), “el pan que descendió del cielo” (Jn. 6:58). Entonces, ¿por qué no podía ser representado y simbolizado por el “pan partido”? En consecuencia, el sentido del “pan partido” y del vino que es derramado se indica correctamente en un formulario para la celebración de la Cena del Señor que representa a Cristo diciendo: “Por cuanto de otro modo deberíais haber sufrido la muerte eterna, yo doy mi cuerpo en muerte sobre el madero de la cruz y derramo mi [p 955] sangre por vosotros y alimento y refresco vuestras almas hambrientas y sedientas con mi cuerpo crucificado y mi sangre derramada para vida eterna, tan ciertamente como este pan es partido ante vuestros ojos y os es dada esta copa, y coméis y bebéis con vuestra boca en memoria de mí”.841
Era deseo del Señor, por lo tanto, que por medio de la cena la iglesia recordara su sacrificio y le amara, reflexionara sobre ese sacrificio y lo abrazara por fe y mirara al futuro con una viva esperanza hacia su glorioso regreso. Ciertamente la celebración adecuada de la comunión es un recordatorio de amor. Sin embargo, es más que eso. En esta genuina fiesta, Jesús está muy ciertamente presente y muy activo por medio de su Espíritu. Cf. Mt. 18:20. Sus seguidores “toman” y “comen”. Ellos se apropian de Cristo por medio de una fe viva y son fortalecidos en esta fe.
Habiendo dicho todo esto, no será necesario explayarse mucho en los vv. 27, 28. Luego tomó la copa y dio gracias. La dio a ellos diciendo: Tomad de ella todos vosotros; porque esta es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados.
Nótese lo siguiente:
841 Formulario para la Cena del Señor, que aparece en la liturgia de la Iglesia Cristiana Reformada. Véase Psalter Hymnal (Centennial Edition), Doctrinal Standards and Liturgy of the Christian Reformed Church. Grand Rapids, 1959, p. 94 de las Formas litúrgicas.
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a. No se debe dar mucha importancia al hecho de que Marcos hable de “una” copa, porque en los relatos paralelos el texto de Mateo varía, mientras Lucas y Pablo usan el artículo definido: “la copa”. En la Pascua era costumbre beber varias copas de vino diluido. Puesto que, como se ha señalado, la Cena del Señor estaba vinculada con la última parte de la Pascua, es claro que la copa aquí mencionada refleja la última copa de esta fiesta. Por eso tanto Lucas como Pablo hablan de la “copa después de haber cenado”. Además, el énfasis no se pone jamás en el vaso. Todo el énfasis está en su contenido, el vino (véase sobre 26:29) como símbolo de la sangre de Cristo.
b. Al ordenar a “todos” sus verdaderos discípulos que beban este vino se enfatiza la unidad de todos los creyentes en Cristo. Además, esto condena la práctica de tener una persona, un sacerdote, que beba “por todos”.
c. En los cuatro relatos se establece una relación entre la sangre de Cristo y su pacto. Como lo relatan Mateo y Marcos, Jesús dijo: “mi sangre del pacto”. La expresión se remonta a Ex. 24:8. Véase también el significativo pasaje Lv. 17:11. Y nótese: “Sin derramamiento de sangre no hay remisión” (Heb. 9:22; cf. Ef. 1:7); y por lo tanto, no hay pacto, ninguna relación especial de amistad entre Dios y su pueblo. La reconciliación con Dios siempre exige sangre, un sacrificio expiatorio. Y puesto que el hombre mismo es incapaz de ofrecer tal sacrificio, se requiere un sacrificio substitutivo, aceptado por fe (Is. 53:6, 8, 10, 12; Mt. 20:28; Mr. 10:45; Jn. 3:16; [p 956] 6:51; Ro. 4:19; 8:32; 2 Co. 5:20, 21; Gá. 2:20; 3:13; 1 P. 2:24). Así llega a existir el pacto. Las Escrituras se refieren repetidas veces al pacto de Dios con su pueblo. El Señor lo estableció con Abraham (Gn. 17:7; Sal. 105:9), por lo tanto también con todos los que participan de la fe de Abraham (Gá. 3:7, 29).842
d. Jesús dice que su sangre es derramada “por muchos”, no por todos. Cf. Is. 53:12; Mt. 1:21; 20:28; Mr. 10:45; Jn. 10:11, 14, 15, 27, 28; 17:9; Hch. 20:28; Ro. 8:32–35; Ef. 5:25–27. Sin embargo, “por muchos” no por sólo unos pocos. Cf. Jn. 1:29; 3:16; 4:42; 10:16; 1 Jn. 4:14; Ap. 7:9, 10.
Tanto en Mateo como en Marcos se indica que esta es ciertamente la última vez que va a estar con sus discípulos en este tipo de cena. Por medio de este dicho y lo que en él queda implícito predice su muerte inminente y ordena a sus discípulos y a sus seguidores a través de todos los tiempos que lo sigan haciendo en memoria suya hasta su segunda venida (cf. 1 Co. 11:26): 29. Pero os digo que de ahora en adelante ciertamente no beberé843 más de este fruto de la vid hasta aquel día cuando lo beba843 nuevo con vosotros en el reino de mi Padre. Al hablar del “fruto de la vid”, Jesús se refiere indudablemente al vino. Nótese la estrecha relación entre “vid” y “vino” en Is. 24:7. Véase también Nm. 6:4; Hab. 3:17. En esta época del año (abril) y en las condiciones de vida prevalecientes en Judea en aquel tiempo, es difícil pensar en algo distinto del jugo de uva fermentado, es decir, vino, el tipo de vino usado en la Pascua; de ahí, vino pascual o diluido.844
Al decir “hasta el día que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre”, Jesús con toda probabilidad quiere decir: “hasta que en el reino (véase sobre 4:23; 13:43) de mi Padre— expresión favorita de Jesús; véase sobre 5:14b–16; 6:9; 7:21–23; 12:50; 16:17—yo entre en
842 Véase más aceita de este “pacto”, su carácter unilateral o bilateral, la relación entre “pacto” y “testamento”, etc., en C.N.T. sobre Gálatas, p. 142 (incluyendo nota 98), y sobre Efesios, pp. 142, 143; además, el libro de este autor, Grand Rapids, 1985. 843 Primero πίω, 1a pers. s. aor. subj. de πίνω; luego, πίνω, 1a pers. s. pres. del subj. (“cuando estoy bebiendo”, o “esté bebiendo”). 844 Véase el artículo de B. S. Easton, “Wine, Wine Press”, I.S.B.E., Vol. V, pp. 3086–3088, notando particularmente las fuentes judaicas en la p. 3087. Véase también el artículo de Seesemann sobre οἔνος Th.D.N.T., Vol. V, pp. 162–166, en el cual el autor defiende, en forma correcta, yo creo, que la expresión misma “fruto de la vid” fue tomado del judaísmo e indica el vino; y nótense las fuentes indicadas en su nota 17 en la p. 164. Aunque mantenemos que en la observancia de la comunión en nuestro tiempo debemos retener todos los elementos esenciales del sacramento instituido por Cristo, ¿significa esto que si se usa algo distinto de vino verdadero en la Cena del Señor se invalida el sacramento, como Lenski (op. cit., p. 1007) argumenta? ¿No debiera ponerse el énfasis principal en “la cosa significada”?
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una comunión eterna y festiva con vosotros”. Entonces tanto la Pascua como la eucaristía habrán alcanzado su fruición (Lc. 22:16). Véase también sobre 19:28.
Así que vemos que la comunión no solamente apunta hacia atrás a lo que Cristo hizo por nosotros, sino también hacia adelante a lo que él todavía habrá de significar para nosotros. “Beber vino nuevo en el reino de mi [p 957] Padre” con toda probabilidad debe interpretarse como un símbolo de la gloriosa reunión y las festividades sin fin que esperan a los hijos de Dios en la vida venidera. Cf. Is. 25:6; Ap. 19:19 y véase también sobre Mt. 8:11.
30. Y cuando hubieron cantado un himno, salieron al monte de los Olivos. “Cuando hubieron himnado”, dice el original. Puesto que la Cena del Señor era el fruto natural de la Pascua, es probable que los himnos de alabanza que se entonaron hayan sido los Salmos 115–118. Como todos pueden darse cuenta al leerlos, éstos son cantos de alabanza, de acción de gracias y de confianza en Dios. No sólo constituían una conclusión adecuada a las bendiciones disfrutadas, sino también un preparativo muy especial para los duros sufrimientos que iban a comenzar. Acerca del tema de cantos adecuados tanto para el hogar como para las reuniones públicas, véase C.N.T. sobre Ef. 5:19 y Col. 3:16. Cuando la reunión se hubo concluido así, Jesús y sus discípulos, que ya no eran doce sino once, fueron al monte de los Olivos, acerca del cual véase sobre 21:1; 24:3. Específicamente, cruzaron el Cedrón y entraron en el Getsemaní, localizado al pie del monte. Véase 26:36; cf. Jn. 18:1.
31 Entonces Jesús les dijo: “Esta misma noche todos vosotros me seréis infieles, porque está escrito:
‘Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño se dispersarán’.
32 Pero después de que haya sido resucitado, iré delante de vosotros a Galilea”. 33 Pero Pedro le contestó: “Aunque todos te sean infieles, yo jamás te seré infiel”. 34 Jesús le dijo: “Solemnemente te digo, esta misma noche, antes que el gallo cante, tú me negarás tres veces”. 35 Pedro le dijo: “Aunque tuviera que morir contigo, ciertamente no te negaré”. En igual forma hablaron todos los (demás) discípulos.
26:31–35 Predicción de la negación de Pedro Cf. Mr. 14:27–31; Lc. 22:31–34; Jn. 13:36–38
31. Entonces Jesús les dijo: Esta misma noche todos vosotros me seréis infieles, porque está escrito:
Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño se dispersarán.
Aunque “entonces” nuevamente puede ser más bien indefinido, la interpretación más natural es que lo que aquí se relata ocurrió en el camino desde el aposento alto hacia el Getsemaní. Debe haber sido más bien tarde [p 958] en la noche—¿las once quizás?845— cuando Jesús y los once hombres que estaban con él se dirigían hacia el huerto. Eso da sentido a la expresión “esta misma noche”. En “todos vosotros me seréis infieles”, el sentido básico del verbo que se usa es, como siempre “caeréis en una trampa” o “en un lazo”. Véase nota 293. En conexión con Jesús y debido a su propia debilidad, estos hombres serían
845 Piénsese en los dramáticos acontecimientos que ocurrieron en el aposento alto, según se relatan en los Sinópticos, y súmese a esto los discursos registrados en Jn. 14–16, más la oración sacerdotal (Jn. 17) y los himnos finales. Además, a pesar del período de la luna llena, los que fueron a capturar a Jesús llevaban linternas y antorchas (Jn. 18:3). Además, cuando Judas salió, ya era de “noche” (Jn. 13:30).
293 Griego, σκανδαλίζετε. El σκάνδαλον es la barra donde se fija una carnada en una trampa o en un cepo. Es la barra curva que dispara la trampa; por eso, trampa, tentación a pecar, seducción (Mt. 18:7; Lc. 17:1); además, objeto de repulsión, el tropezadero de la cruz (1 Co. 1:23; Gá. 5:11). Similarmente, el verbo básicamente significa enlazar, inducir al pecado, hacer extraviar (Mt. 5:28; 18:6; etc.).
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seducidos al pecar, en este caso específico probablemente se refiere a “ser infieles” a su Maestro.846 Esto ocurriría a todos ellos, dice Jesús.
Hay tres significativos “todo” en esta historia. Tomados en conjunto, y comprendidos en su profundidad y en relación a la actitud de Jesús hacia estos hombres, ellos revelan debilidad humana en contraste con fortaleza divina. Nótese:
“Todos vosotros me seréis infieles” (v. 31) Todos protestan que esto nunca ocurrirá (v.35). “Todos ellos le dejaron y huyeron” (v. 56).
Sin embargo, todos estos once fueron hombres salvados, considerados así por el Señor en su abundante bondad y amor perdonador (26:29; cf. Jn. 17:6, 14, 16). Ninguno de ellos se perdió (Jn. 17:12).
En este desliz momentáneo de los discípulos—la falta de mostrar su lealtad esta noche— Jesús ve el cumplimiento de la profecía de Zac. 13:7. La aplicación de la profecía a Jesús y a sus discípulos no ofrece grandes dificultades. Es verdad que en el contexto de la profecía de Zacarías no se menciona quien hiere al pastor. Simplemente se da una orden, a saber, la de herir al pastor. Por otra parte, todo el contexto se refiere reiteradamente a Jehová como el que actúa. Es él quien hará volver, meterá, fundirá, probará, dirá. En consecuencia, Jesús estaba enteramente justificado al decir: “porque está escrito: (yo) heriré al pastor”. Al interpretar esto a la luz de la profecía y del Nuevo Testamento podemos decir que fue Jehová mismo el que “cargó sobre” el Mediador “todas nuestras iniquidades” (Is. 53:6). El fue quien lo “hirió”, lo “quebrantó”, lo “sujetó a padecimientos” e “hizo de su vida una expiación por el pecado” (Cf. Hch. 8:32–35). Fue Dios el Padre quien no “escatimó a su propio Hijo” (Ro. 8:32).
Como se indicó, véase v. 56, las ovejas fueron esparcidas. Huyeron—iban a huir—en todas direcciones. Lo hermoso de todo esto no es unicamente que Jesús de todos modos los amó sino que también esta misma predicción serviría para volver a reunir las ovejas esparcidas después que [p 959] ellos hubieron reflexionado en el hecho que su Maestro les había advertido con mucho amor de lo que sucedería.
Jesús prosigue: 32. Pero después de que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. Otra revelación de amor es esta, porque aquí, aun antes de ser esparcidos, estos hombres ya reciben la seguridad de que se volverán a reunir. En un lenguaje claro y sin figuras Jesús les habla nuevamente de su resurrección de los muertos. Les asegura que una vez resucitado irá delante de ellos a Galilea, la misma región de sus hogares y—lo que es más importante—donde originalmente el Señor los había llamado a ser sus seguidores. Inmediatamente después de la resurrección de Cristo un mensajero del cielo les va a recordar esta promesa (28:7), y por orden de él también lo harán las mujeres, con la instrucción de que deben ir a Galilea y encontrarse allí con el Señor (28:10). Y sí fue en Galilea donde el Señor resucitado se reunió con estos once hombres (28:16), con siete de ellos (Jn. 21:1–23), y con más de quinientos de sus seguidores (1 Co. 15:6).
Pedro ahora reflexiona en la predicción de Cristo que se registra 31: 33. Pero Pedro le contestó: Aunque todos te sean infieles, yo jamás te seré infiel.
En el momento en que Pedro dijo esto tenía intenciones de hacer exactamente lo que decían sus palabras. No se debe dudar de su deseo de ser y permanecer leal a Cristo, venga lo que venga. Sin embargo, el mismo lenguaje que usó demuestra que cometió por lo menos tres errores estrechamente relacionados. Reveló una triple debilidad. En primer lugar, trató la palabra de Jesús, recién dicha (véase v. 31) con incredulidad. “Todos vosotros me seréis infieles”, había dicho el Maestro. “No es verdad”, fue la esencia de la respuesta de Pedro,
846 Así interpretado, el sentido no está muy lejos del que el verbo tiene en 11:6 y 13:57; véase sobre estos pasajes.
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aunque no usó estas palabras. Pero, en segundo lugar, también se hizo culpable de menosprecio: con respecto a sus condiscípulos reveló una actitud de injustificada superioridad. En el original el pronombre “Yo”, “aunque todos ... yo jamás”, es muy enfático, no solamente porque se presenta separadamente—y no sólo como parte de una forma verbal—sino también porque encabeza la frase final de la oración condicional. Por lo tanto el apóstol estaba haciendo mentalmente una comparación. Es como si hubiese estado diciendo: “Mateo, el ex-publicano, quizás podría llegar a ese nivel moral tan bajo de abandonar al Maestro en la hora de su aflicción. Mis antiguos compañeros de pesca, Jacobo y Juan, es concebible que puedan caer en esta trampa. En realidad, yo creo que mi propio hermano Andrés sería capaz hasta hacerlo ... pero no me pasará a mí. En realidad, él no dice “no”, sino “jamás”, lo que es mucho más fuerte. Pero la base para esta incredulidad y menosprecio era una peligrosa inflación o engreimiento. En el lenguaje común hablamos de “cabeza inflada o hinchada”. Pedro tenía una opinión inflada de sí mismo. Era culpable de ser presumido, de arrogancia.
Debiera haber sabido mejor. Como niño debió haber recibido enseñanza [p 960] en lo que ahora conocemos como el Antiguo Testamento. Sin embargo, no había aprovechado debidamente la lección que debieron enseñarle las historias de los grandes jactanciosos como Goliat (1 S. 17:44), Benhadad (1 R. 20:11, 21), Senaquerib (2 Cr. 32:14, 19, 21), Amán (Est. 5:11, 12; 7:10) y Nabucodonosor (Dn. 4:30–33). Ni se estaba aplicando a sí mismo el consejo inspirado que se encuentra en pasajes tales como Pr. 16:18; 26:12. Lo peor de todo era que estaba pasando por alto el constante énfasis de Cristo sobre la necesidad de la humildad (véase sobre 18:1–6) y su predicción, que, después de todo, era una advertencia, que todos le serían infieles.
En respuesta Jesús ahora hace más precisa la predicción de un momento antes: 34. Jesús le dijo: Solemnemente te digo, esta noche, antes que el gallo cante, tú me negarás tres veces. En comparación con el v. 31 notamos que esta predicción a. se introduce de un modo más solemne e impresionante: “Solemnemente te digo”—véase sobre 5:18—y b. es mucho más específica, estando dirigida a una sola persona, a Pedro; y porque indica en forma aun más precisa cuando se cumplirá, a saber, “antes que el gallo cante”, esto es, antes de la aurora; y al describir la naturaleza de la deslealtad en que este discípulo va a caer, es decir, “me negarás tres veces”. El canto del gallo servía como indicación de la hora. Mr. 13:35 muestra que marcaba la tercera de las cuatro “vigilias”. Estas eran: del crepúsculo, 6–9; medianoche, 9–12; del canto del gallo, 12–3; y de la mañana, 3–6. Mr. 14:30 muestra claramente que la referencia es a la segunda parte del período de 12–3. Sin embargo, la mención del canto del gallo se refiere no solamente a la hora de la negación sino también al canto mismo del gallo.
Aquí vemos a Jesús como el gran Profeta. Aunque Pedro no conocía su propio corazón, Jesús no solamente lo conocía sino que también lo reveló. Nótese el carácter detallado de este conocimiento: tres veces. Vemos también a Jesús como el gran Sufriente. ¡Cómo lo habrá hecho sufrir lo que previó! Finalmente lo vemos como el gran Salvador. La referencia al canto del gallo hace doble tarea: a. indica el carácter superficial de la jactancia de Pedro. Dentro de unas pocas horas, sí, aun antes del amanecer, Pedro negará públicamente a su Maestro. Sin embargo, b. este mismo gallo y su canto son un medio para volver a Pedro al arrepentimiento, porque la referencia que a ello hizo Cristo quedó profundamente enclavada en su mente, de modo que en el momento apropiado este recuerdo escondido repentinamente tirará la cuerda que hará sonar la campana de la conciencia de Pedro. Véanse Mt. 26:74; Mr. 14:72; Lc. 22:60; Jn. 18:27.
Sin embargo, el discípulo que el Señor había señalado para esta predicción específica persiste en su confesión de una lealtad inquebrantable: 35. Pedro le dijo: Aunque tuviera que morir contigo, ciertamente no te negaré. Su jactancia se hace cada vez más fuerte.
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Habla cada vez más enfática—nótese “ciertamente no”—y vehemente (Mr. 14:31). Si fuera necesario, está dispuesto a morir con (Mt. 26:35; Mr. 14:31; Lc. 22:33) y [p 961] por (Jn. 13:37) Jesús. En igual forma hablaron todos los (demás) discípulos. Ellos también se dejaron llevar por la fuerte jactancia de Pedro. Deben haber sentido que no podían prometer menos que Pedro, su líder. Con respecto a este “todos” (los demás) véase arriba sobre el v. 31.
Parecería que Jesús permitiera a Pedro tener la última palabra, porque el Maestro no vuelve a responder a este discípulo errado. Sin embargo, también en este caso Jesús demuestra que él es el Alfa y la Omega, el primero y el último. ¿No había orado ya por Simón (Lc. 22:31, 32)? Y al final de la triste historia, ¿no iba a responder a Pedro por medio de una mirada tierna, significativa y maravillosa (Lc. 22:61), que iba a ser seguida por una visita privada después de su resurrección (Lc. 24:34; 1 Co. 15:5) y una inolvidable restauración pública (Jn. 21:15–17)?
36 Entonces Jesús fue con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní y les dijo: “Sentaos aquí mientras yo voy allá y oro”. 37 Y tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a llenarse de tristeza y angustia. 38 Les dijo: “Estoy abrumado con tristeza hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo”. 39 Y yéndose un poco más lejos cayó con el rostro en tierra en oración, diciendo: “Padre mío, si es posible, líbrame de esta copa; sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieres”. 40 Y vino a los discípulos y los encontró durmiendo y le dijo a Pedro: “¿De modo que vosotros no pudisteis velar conmigo ni siquiera por una hora? 41 Estad alerta y seguid orando para que no entréis en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. 42 Nuevamente, por segunda vez, se alejó y oró: “Padre mío, si no es posible librarme de esta (copa) a menos que yo la beba, sea hecha tu voluntad”. 43 Vino otra vez y los encontró durmiendo, porque sus ojos estaban cargados de sueño. 44 Entonces los dejó, se alejó nuevamente y oró por tercera vez, diciendo lo mismo. 45 Entonces viene a los discípulos y les dice: “Dormid ahora y descansad”.
“He aquí, la hora ha llegado y el Hijo del hombre está siendo entregado en manos de pecadores. 46 ¡Levantaos y vámonos! Mirad, el que me traiciona está cerca”.
26:36–46 Getsemaní Cf. Mr. 14:32–42; Lc. 22:39–46 En Getsemaní Jesús sufrió angustia
36. Entonces Jesús fue con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní y les dijo: Sentaos aquí mientras yo voy allí y oro. Saliendo por la puerta oriental localizada al norte del templo, Jesús y sus discípulos siguieron andando por el camino que cruza el arroyo invernal de Cedrón (véase C.N.T. sobre Jn. 18:1). Siguieron hasta un punto en que este camino se divide en tres brazos, uno de los cuales conduce al monte de los Olivos. En algún lugar cerca de esta encrucijada había un huerto llamado Getsemaní. que con toda probabilidad significa “prensa de aceite”. Debe haber sido un lugar apartado, cercado, con algunos olivos y quizás una cueva [p 962] usada en el otoño para poner una prensa de aceite de olivas. ¿Era un seguidor de Jesús el dueño del huerto? Parece probable que así fuera, porque Jesús iba a ese lugar con frecuencia en compañía de sus discípulos (Jn. 18:2). Por lo tanto, era un lugar tranquilo, un lugar para enseñar, orar, descansar y dormir.
A la entrada del huerto o cerca de ella Jesús deja ocho de los discípulos. 37. Y tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo ... También en otras ocasiones estos mismos tres hombres fueron elegidos por el Maestro para estar con él. ¿Por qué sólo estos tres? Véase sobre 17:1. ¿No es notable que en dos ocasiones Jesús otorgara este honor no solamente a Jacobo y Juan, sino también a Pedro cuando este mismo discípulo acaba de pecar tan gravemente contra el Maestro al contradecirle vehementemente? Véase sobre 16:22, cf. 17:1; y 26:33, 35, cf. 26:37. Esta es una indicación más del tierno amor perdonador del Salvador.
No es extraño que Jesús tomara consigo a algunos de sus discípulos dentro del huerto. Siendo él mismo humano, tenía necesidad no solamente de comida y bebida, vestido, abrigo y
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descanso, sino también de compañerismo humano. Cf. Heb. 4:15. Necesitaba a estos hombres. Más aun, ¡ellos lo necesitaban a él! Continúa: y comenzó a llenarse de tristeza y angustia. Todas las olas y ondas de la angustia se derramaron sobre su alma. Cf. Sal. 42:7b. ¿Por qué este terror y desaliento? ¿Era porque sabía que ya ahora Judas se acercaba—o se preparaba para acercarse—a fin de entregarlo a sus enemigos? ¿Era porque estaba dolorosamente consciente de que Pedro lo negaría, que el Sanedrín lo condenaría, que Pilato lo sentenciaría, que sus enemigos se burlarían de él y que los soldados finalmente lo crucificarían? No cabe duda de que todo esto estaba incluido. Sin embargo, a medida que transcurre la historia notamos que fue especialmente el pensamiento que él, un alma muy tierna y sensible, iba a ser dejado cada vez más aislado. Muchísima gente ya lo había abandonado (Jn. 6:66). Sus discípulos lo iban a abandonar (Mt. 26:56). Peor de todo, en la cruz iba a gritar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado (tú)?” (27:46). ¿Es que tal vez aquí en Getsemaní vio venir la ola de la ira de Dios causada por nuestro pecado? Cf. Is. 63:3.
Fue a solas que el Salvador oró en el Getsemaní tenebroso; Solo la amarga copa él bebió sufriendo todo allí por mí. Solo, solo, todo lo cargó
por salvar a los suyos, solo sufrió, solo sangró, solo murió.
38. Les dijo: Estoy abrumado con tristeza hasta la muerte. Quedaos [p 963] aquí y velad conmigo. Ciertamente él había llevado la maldición a través de todos los días de su humillación, pero ahora estaba siendo abrumado por la maldición; y la consciencia de esto no lo iba a dejar hasta que pudo decir “Consumado es” (Gá. 3:13). Sabía que estaba dando su vida en rescate por muchos (Mt. 20:28; Mr. 10:45); que él, el Santo, estaba siendo hecho “pecado”, es decir, el objeto de la ira de Dios (2 Co. 5:21). ¿Es de maravillarse que dijera a sus tres discípulos más íntimos: “Quedaos aquí y velad conmigo”? Ahora más que nunca antes pesaban sobre él los dolores de la muerte, no sólo de la muerte física sino de la muerte eterna en lugar de su pueblo. Por eso es que habla de “tristeza hasta la muerte”.
En el Getsemaní, Jesús sufrió angustia y oró
La agonía continúa y aun se intensifica. Pero ahora se agrega el relato de la oración de Cristo (ya introducido brevemente en el v. 36) al de su agonía. 39. Y yéndose un poco más lejos, cayó con el rostro en tierra en oración, diciendo: Padre mío ... El Maestro no quiere ser distraído durante su oración. Por eso deja atrás aun a los tres. Pero no se va muy lejos, porque desea todavía estar en contacto con ellos. Habiendo llegado a un lugar adecuado se arroja con el rostro en tierra, en un espíritu de profunda reverencia y temor ante su Padre celestial, mientras la tristeza y la angustia continúan y aun crecen con cada momento que pasa. Se dirige al objeto de su oración en la forma más íntima diciendo: “Padre mío”. Acerca de esta expresión y otras relacionadas, véase sobre 5:14b–16; 6:9; 7:21–23; 12:50, 16:17. En cuanto a posiciones para la oración y su significado, véase C.N.T. sobre 1 y 2 Timoteo y Tito, pp. 121 y 122. Prosigue: ... si es posible líbrame de esta copa; sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieres. “Esta copa”, véase sobre 20:22. Lc. 22:43 relata que vino “un ángel del cielo y le fortaleció”. Esto bien podría considerarse una respuesta a su oración, porque aunque no le fue retirada la copa, se le dio fuerzas para llevarla a la boca y beberla hasta dejarla vacía. El mismo evangelista afirma en el versículo siguiente que “estando en
—Ben H. Price
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agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”.
Ya se ha indicado la naturaleza de la copa (véase sobre el v. 37). Jesús ahora pide ser librado de ella, es decir, que pase de él. La naturaleza completamente sin pecado, en realidad ejemplar, de la oración se ve en el hecho de que la oración principal “líbrame de esa copa” es introducida por la oración subordinada “si es posible”, la que a su vez se ve aclarada por las palabras “sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieres”. Jesús se está sometiendo enteramente a la voluntad del Padre.
Nunca podremos nosotros, que ni siquiera conocemos como funciona la interacción entre nuestro cuerpo y alma, comprender cómo en estos solemnes [p 964] momentos se relacionaba la naturaleza humana de Cristo con la divina, o viceversa. La unión de esta naturaleza humana con la divina dio un valor infinito al intenso sufrimiento experimentado por la naturaleza humana de Cristo. Por eso su sufrimiento, de principio a fin, fue todosuficiente, esto es, suficiente para el pecado de todo el mundo.
Después de la primera oración, Jesús regresó hacia donde estaban los tres hombres a quienes había exhortado que velaran: 40. Y vino a los discípulos y los encontró durmiendo y le dijo a Pedro: ¿De modo que vosotros no pudisteis velar conmigo ni siquiera por una hora? Era natural dormir a esta hora, probablemente pasada ya la medianoche, especialmente después de las emocionantes experiencias del aposento alto (el lavamiento de los pies de los discípulos, la revelación de que uno de los Doce iba a traicionar a su Maestro, la salida de Judas, la institución de la Cena del Señor) y los momentos siguientes (“Todos vosotros me seréis infieles”, la protesta de Pedro, etc.). Sin embargo, estos hombres debieran haber permanecido despiertos. Podrían haberlo hecho si sólo hubieran orado pidiendo fortaleza para ello. Aunque la tierna reprimenda de Cristo era para los tres— nótese el plural—fue dirigida particularmente a Pedro, sin duda debido a que al garantizar su lealtad y aun jactarse de ella él había tomado la iniciativa. Jesús continúa: 41. Estad alerta y seguid orando, para que no entréis en tentación. El contexto indica claramente que aquí se debe dar un sentido ligeramente diferente a la misma palabra griega que se usó también en los vv. 38, 40. “Velad”, se convierte en “estad alerta” o “permaneced vigilantes”. La razón para el cambio es la frase “para que no entréis en tentación”. Una persona puede estar completamente despierta físicamente y todavía sucumbir ante la tentación, pero si se mantiene espiritualmente despierta, si con corazón y mente está “alerta” o “vigilante”, entonces vencerá la tentación. La tentación para los discípulos era la de ser infieles a Jesús. Ya sabemos que ellos, incluyendo definidamente a Pedro, no permanecieron alerta, no hicieron una labor ferviente de la oración y por lo tanto sí sucumbieron ante la tentación. Jesús añade: El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. Si en esta hora nocturna Jesús experimentaba la debilidad de su propia naturaleza humana y, por lo tanto, la necesidad de orar, podemos estar seguros que esto era mucho más valedero en el caso de los discípulos. En este pasaje “espíritu” indica la entidad invisible del hombre considerado en su relación con Dios. Como tal es el receptor del favor de Dios y el medio por el cual el hombre rinde culto a Dios. Véase más al respecto en el comentario sobre 10:28, incluyendo nota 453.
453 En este Evangelio la palabra ψυχή aparece dieciséis veces. En 2:20 y dos veces en 6:25 obviamente es el principio que anima la existencia física del hombre y su bienestar. En tales casos la traducción “vida” es correcta. En este pasaje (10:28, dos veces) se trata evidentemente de la parte inmaterial e invisible del hombre, en contraste con lo material y visible. En pasajes tales como 10:39, dos veces; 11:29; 12:18; 16:25, dos veces; 16:26, dos veces y 20:28, debido a la influencia semita, merece una seria consideración el significado “mismo” (de donde, él mismo, tú mismo, vosotros mismos, o aun “Yo”, cuya connotación exacta depende del contexto específico en cada caso), especialmente a la luz de los paralelismos y los pasajes paralelos. En 22:37 ψυχή se acerca al sentido de πνεῦμα. Es el alma humana o el espíritu en su relación con Dios. Finalmente, en 26:38 ψυχή indica la parte invisible del hombre como el principio del pensamiento, la voluntad o el querer. Si en tales casos hay alguna distinción entre πνεῦμα y ψυχή, debería ser que πνεῦμα se usa con mayor frecuencia en relación con la actividad mental, ψυχή en relación con la actividad emocional. Así es el πνεῦμα el que percibe (Mr. 2:8), planifica (Hch. 19:21), y conoce (1 Co. 2:11). Es el ψυχή el que
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“Carne” en el sentido que aquí se le da es la naturaleza humana considerada desde el punto de vista de su fragilidad y necesidades, tanto físicas como psíquicas. Véase C.N.T. sobre Filipenses, p. 90, nota 55. Cf. Is. 40:6; 1 Co. 1:29; Gá. 2:16. Este uso de “carne” no se debe confundir con aquel que indica la naturaleza humana considerada como el asiento del [p 965] deseo pecaminoso (Ro. 7:25; 8:4–9; etc.). Para los discípulos, cargados de sueño, era una batalla entre su “espíritu” que estaba dispuesto, deseoso de hacer lo bueno y así estar “en guardia” contra la tentación, y su “carne” que debido a su debilidad era suceptible de ceder a los deseos de Satanás.
42. Nuevamente, por segunda vez se alejó y oró: Padre mío, si no es posible librarme de esta (copa) a menos que yo la beba, sea hecha tu voluntad. Nuevamente Jesús se retira al lugar de soledad. No podía esperar ayuda de sus discípulos somnolientos. Nuevamente ora. Aunque ambas oraciones—la del v. 39 y la del v. 42—son la misma en esencia, hay una diferencia en énfasis. La claúsula principal ya no es: “Líbrame de esta copa”, sino “sea hecha tu voluntad”, una petición idéntica en fraseología y significado con la que Jesús mismo había enseñado a sus discípulos (Mt. 6:10b). Lo que está sucediendo es que por su propia experiencia dolorosa y angustiante Jesús está “aprendiendo” lo que significa ser obediente y está revelando esta obediencia en una forma progresivamente gloriosa.847
43. Vino otra vez y los encontró durmiendo, porque sus ojos estaban cargados de sueño. La somnolencia había obtenido una vez más la victoria sobre el deseo que tenían de estar despiertos y permanecer vigilantes. “Sus ojos estaban cargados de sueño”, porque sus corazones no se habían llenado con la oración. Así Jesús tenía que librar la batalla completamente solo. No recibe ayuda alguna de los hombres, ni siquiera de los Doce, ahora reducidos a once; en realidad, ni siquiera de los tres selectos de aquel pequeño grupo. Mr. 14:40 parece decir que el Maestro estaba hablando a los tres, pero debido a que tenían los ojos cargados de sueño apenas oyeron lo que decía. Por lo menos no podían responderle en forma coherente. 44. Entonces los dejó, se alejó nuevamente y oró por tercera vez, diciendo lo mismo. Así que nuevamente está completamente solo, en comunión con su Padre, a quien ama y quien lo ama; y otra vez la oración, aunque se refiere a la copa, da expresión al principal deseo del Hijo, a saber, que se haga la voluntad de su Padre, venga lo que venga.
En Getsemaní Jesús oró y veló
Con respecto a los dos vínculos finales de esta sección hay una gran diversidad de opinión entre los expositores. 45a. Entonces viene a los discípulos y les dice: Dormid ahora y descansad. El problema es que el versículo siguiente empieza con las palabras: “Levantaos y vámonos”. Esto suscita la pregunta: “¿Cómo es posible que Jesús en el mismo momento diga: ‘Dormid ahora y reposad ... Levantaos, vámonos’ ”? Las dos expresiones parecen contradecirse. Se han propuesto muchas soluciones, de las [p 966] cuales las dos más populares se consideran en la nota.848
siente pesar (Mt. 26:38). El πνεῦμα ora (1 Co. 14:14); el ψυχή ama (Mr. 12:30). También ψυχή con frecuencia es más general, más amplio en alcance, a veces indicando la suma total de la vida que se levanta por sobre lo físico; mientras πνεῦμα es más restringido, indicando con frecuencia el espíritu humano en su relación con Dios. En tales casos, describe al hombre como el sujeto en los actos de culto o actos relacionados con la adoración, tales como la oración, dar testimonio, servir al Señor. Pero estas distinciones no son rígidas. Hay superposiciones.
847 Véase el excelente tratamiento de Heb. 5:8 por F. F. Bruce, op. cit., pp. 102–104. 848
a. Esta es una ironía, quizás aun una sátira. Una parte de los que sustentan este punto de vista traducen 45a más o menos en la siguiente forma: “En lo que a mí concierne, seguid durmiendo, dormilones miedosos. Ya no os necesito”. Sigue esta línea de razonamiento Lenski, op. cit., p. 1024; cf. Robertson Word Pictures, Vol. I, p. 214.
Objeción: ¿Está esto en línea con el carácter de Cristo según se revela en los Evangelios? Además, ¿no era la ocasión demasiado grave para la ironía?
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La explicación que más me atrae a mí es la siguiente:849 ¡Qué maravillosa compasión! El pastor, que ha estado pidiendo a los discípulos que velen con él, ahora en forma tierna guarda vigilia sobre ellos. Habiendo obtenido la victoria, la paz perfecta ha sido restablecida en su corazón. Ha sido fortalecido por la oración. Por cierto, los tres hombres le habían fallado. ¡Pero su amor nunca jamás les fallará! En consecuencia, lo que tenemos aquí es uno de los cuadros más conmovedores de los Evangelios y, además, uno que está en completa armonía con el carácter comprensivo del Salvador según se describe, se menciona o se deja implícito en muchos otros pasajes de este Evangelio (4:23, 24; 5:43–48; 6:15; 8:16, 17; 9:2, 13, 36–38; 10:42; 11:28–30; 12:7, 17–21; 14:14–16, 27, 34–36; 15:28, 32; 18:1–6, 10–14, 21, 22, 35; 19:13–15; 20:25–28, 34; 21:14; 22:9, 10; 23:37; 25:40; 28:10).
La vigilia fue de corta duración. Después de un momento Jesús ya podía ver la banda que se acercaba. Ahora despierta a los tres hombres diciendo: 45b. He aquí, la hora ha llegado y el Hijo del hombre está siendo entregado en manos de pecadores. En cuanto a “He aquí”, “Mirad”, o “Poned atención”, véase nota 133. Acerca de “Hijo del hombre”, con énfasis en la naturaleza humana de Cristo sometida a aflicción, véase sobre 8:20. Continúa: 46. Levantaos y vámonos. Mirad, el que me traiciona (Judas Iscariote) está cerca.
47 Mientras estaba todavía hablando, Judas, uno de los doce, vino y con él una gran muchedumbre (armada) con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y ancianos del pueblo. 48 El que lo estaba traicionando les había dado una señal, diciendo: “Al que yo bese es el hombre; prendedle”. 49 Y dio un paso hacia Jesús inmediatamente y dijo: “¡Hola, Rabbí”, y lo besó fervientemente. 50 Jesús le dijo: “Amigo, ¿para esto estás [p 967] aquí?” Entonces ellos vinieron, echaron mano a Jesús y lo arrestaron. 51 Entonces uno de los que acompañaban a Jesús extendió la mano y sacó la espada. Golpeó al siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja. 52 Entonces Jesús le dijo: “Vuelve la espada a su lugar, porque todos los que toman espada, a espada perecerán. 53 ¿O pensáis que no puedo llamar a mi Padre y al instante él pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles? 54 ¿Cómo entonces se cumplirían las Escrituras (que dicen) que debe suceder de este modo?” 55 En ese momento Jesús dijo a la turba: “Como contra un ladrón850 salisteis a prenderme con espadas y palos. Cada día me sentaba en el templo a enseñar y no me arrestasteis. 56 Pero todo esto ha sucedido para que se cumpliesen las Escrituras de los profetas”. Entonces todos los discípulos lo dejaron y huyeron.
26:47–56 La traición y la captura de Jesús Cf. Mr. 14:43–50; Lc. 22:47–53; Jn. 18:3–12
En este párrafo se nos relata a. el ataque de los traidores (Judas y su banda), b. la derrota de los defensores (los discípulos que abandonaron a Jesús y huyeron como él lo había anunciado), y c. el triunfo del cautivo (Jesús, que se ofreció voluntariamente).
b. Esta es una pregunta: “¿Estáis todavía durmiendo?” O, es una exclamación: “¡Todavía estáis durmiendo!” Nótese la palabra todavía en estos dos casos. Muchos traductores modernos siguen esta línea.
Objeción: Lenski—op. cit., p. 1024—ha señalado (correctamente, según mi parecer) que τὁ λοιπόν no significa “todavía”. Grosheide—op. cit., p. 403—afirma, “λοιπόν hace que sea imposible considerar καθεύδετε, con el que tiene correspondencia, como una pregunta”. 849 Con variaciones individuales—algunos ponen una pausa entre los vv. 45 y 46; otros, después de la palabra “descanso”—esta interpretación del sentido del pasaje se puede encontrar también en los siguientes: G. C. Morgan, op. cit., p. 304; A. Edersheim, Life and Times of Jesus the Messiah, Vol. II, p. 541; J. Bishop, The Day Christ Died, Nueva York y Evanston, 1957, p. 215; y R. C. Foster, Studies in the Life of Christ, The Final Week, Grand Rapids, 1966, p. 181.
133 El original ἰδού presenta un problema. Muchos traductores modernos pasan por alto completamente la palabra. Algunos en forma regular la reproducen por medio de la expresión “he aquí”. El uso tan frecuente de tal expresión probablemente no sea la mejor solución. Sin embargo, la traducción pierde algo de la vivacidad del original si sencillamente se pasa por alto, especialmente cuando, como aquí en 1:20, la aparición repentina de un ángel ofrece una escena llena de dramatismo. ¿No sería un buen procedimiento éste: traducir ἰδού en diversas formas, dependiendo del grado de vividez implícito en un contexto dado? Mi traducción, en este caso—el método de la pregunta y la respuesta—es una forma de retener y reproducir el carácter llamativo del original. Deja el camino abierto para una variedad de traducciones diferentes en otros pasajes tales como: “he aquí”, “ved”, “mirad”, “escuchad”, “repentinamente”, “había una vez”, etc., casi cualquier expresión que despierte interés.
850 O: insurreccionista, revolucionario.
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47. Mientras estaba todavía hablando Judas, uno de los doce, vino y con él una gran muchedumbre (armada) con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo. Cuando en la cena pascual Jesús había desenmascarado a Judas, el traidor debe haberse apresurado para ponerse en contacto con los principales sacerdotes y sus aliados, los hombres que lo habían contratado. ¿Tenía miedo que una vez conocida su traición la alarma se extendería y de todo lugar se reunirían amigos de Jesús—piénsese especialmente en los muchos galileos que ahora estaban en la ciudad—para defenderlo? “Actuad con presteza”, debe haber dicho a las autoridades judías, “preferiblemente de noche, cuando no hay multitudes alrededor de él. Hacedlo esta noche”. Las autoridades lo habían estado esperando. Estaban tan ocupados con esta conspiración de destruir a Jesús que, como se explica en el C.N.T. sobre Jn. 18:28, aún no habían participado en la cena pascual. Había que averiguar el paradero de Jesús; había que organizar una partida de gente armada; había que notificar a la policía del templo; había que obtener el permiso de Pilato, lo cual parece probable en vista de 27:62–65 o del “quiliarca” romano, para que un grupo de soldados pudiera acompañar a la policía del templo; había que alertar a todos los miembros del Sanedrín; Anas no debía ser dejado en ignorancia; había que obtener linternas, espadas y palos; había que enfatizar la necesidad de mantener el secreto a todos los que estaban “comprometidos” en esto; etc., etc.
Finalmente todo está preparado. Ahora a encontrar a Jesús. Judas no [p 968] sabía con certeza hacia qué lugar se había dirigido el grupo después de salir del Aposento Alto, pero puesto que el Getsemaní era un lugar que el Maestro y sus discípulos visitaban con frecuencia (Jn. 18:2) el traidor pudo hacer una buena suposición, la correcta. Así, mientras Jesús aún hablaba con los tres discípulos Judas apareció a la entrada del huerto. “Judas, uno de los doce”, dice el texto para enfatizar el carácter terrible del delito que este hombre estaba cometiendo. Véase sobre el v. 14. Dado que él era “uno de los doce”, sería imposible mencionar todos los privilegios que le habían sido otorgados durante los muchos días, semanas y meses que había pasado en la inmediata compañía de Cristo. Tal confianza habían puesto los once en este mismo Judas que aun lo habían hecho su tesorero. Y ahora demostraba ser completamente indigno de todos estos honores y ventajas, de toda esta confianza. Se había convertido en un felón desvergonzado y repugnante, un miserable renegado, uno que por la despreciable suma de treinta piezas de plata estaba entregando al enemigo al más grande Benefactor que haya pisado la tierra, el Mediador, Dios y hombre, el Señor Jesucristo.
Nadie sabe exactamente cómo estaba formada la muchedumbre que acompañaba a Judas, si es que se puede hablar correctamente de formación u orden. Si se permite alguna suposición, podría ser la siguiente:
Adelante, Judas. Por lo menos, esto parece estar bien establecido. Se dice que la multitud estaba “con él”. Además, él es quien se iba a “acercar” a Jesús (v. 49) para señalarlo a sus acompañantes. El siervo personal del sumo sacerdote, Maleo, también debe haber estado cerca de la primera línea (26:51; Jn. 18:10) y también la policía del templo, los levitas (26:55; cf. 18:3). El destacamento de soldados junto con su comandante no pueden haber estado lejos (Jn. 18:3, 12). Jn. 18:3 menciona una “cohorte” probablemente venida de la Torre de Antonia, situada en la esquina noroccidental de la zona del tempo. Aunque una “cohorte” completa estaba formada por seiscientos hombres (la décima parte de una legión), probablemente las autoridades romanas no habrían vaciado su guarnición a tal punto. De todos modos, la banda que venía debería haber constituido un número más bien grande. Quizás un poco más atrás en la retaguardia vinieron los miembros del Sanedrín (Lc. 22:52). No podemos tener la certeza de que había otras personas presentes. Aun Mt. 26:55 no sugiere necesariamente esto.
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La fuerza que se había comisionado para capturar a Jesús estaba bien equipada. Los hombres llevaban espadas y palos. En cuanto a lo primero, probablemente fueron las espadas cortas que llevaban los fuertemente armados soldados romanos. Véase C.N.T. sobre Efesios, p. 304, incluida la nota 177. Los palos o garrotes, podemos suponer, estaban en manos de la policía del templo. No es posible tener certeza absoluta al respecto. Las palabras tienen historia, lo cual significa en este caso que la palabra usada en el original para “espadas” a veces puede haber tenido un significado más general. No siempre se usaba esta palabra para distinguir esta arma de los [p 969] espadones. Además, no podemos estar completamente seguros que solamente los soldados llevaban espadas. ¿No tenía Pedro una espada también? Véase el v. 51. Todo lo que realmente sabemos es que los que vinieron a arrestar a Jesús llevaban espadas y garrotes. Cómo estaban distribuidos no se indica en forma definida, aunque es natural pensar que los soldados estaban equipados con espadas. El Evangelio de Juan también menciona “antorchas y linternas”. Antorchas y linternas para buscar a la Luz del mundo. ¡Y había luna llena! Espadas y garrotes para subyugar al Príncipe de Paz. Para el Varón de Dolores la sola vista de esta banda de rufianes, que lo consideraban su presa, significó un sufrimiento indescriptible. Y pensar que los hombres que se suponía eran los líderes de Israel, altamente religiosos y devotos, que reunidos componían el Sanedrín—señalado aquí por los dos grupos “principales sacerdotes y ancianos”—habían enviado esta fuerza. En vez de recibir a Jesús como el Mesías largamente esperado, ellos estaban enviando un destacamento para capturarlo con el propósito final de conducirlo ante las autoridades que podrían sentenciarlo a muerte. Acerca del concepto Sanedrín, véanse sobre 2:4 y 16:21.
Ahora, si todos estos soldados y la policía del templo con sus espadas y garrotes indicaban que quienes les habían asignado la tarea de apresar a Jesús lo consideraban un revolucionario, uno que quería causarle problemas al gobierno romano y establecer un reino terrenal propio, estaban bien equivocados. Ni siquiera una vez durante su ministerio Jesús alentó tal idea. La verdad era realmente lo contrario. Véase 26:51–54; cf. Lc. 22:49–51; Jn. 6:15; 18:10.
48, 49. El que lo estaba traicionando les había dado una señal, diciendo: Al que yo bese es el hombre; prendedle. Y dio un paso hacia Jesús inmediatamente y dijo: ¡Hola Rabbí!, y lo besó fervientemente. Jesús había salido de entre los árboles del huerto y ahora estaba parado frente a la banda (26:46; cf. Jn. 18:4). Mientras él hacía esto Judas realizó el acto que ha hecho que todas las generaciones posteriores retrocedan con horror ante la sola mención de su nombre. Abrazando a Jesús, lo bezó—probablemente con fervor o repetidas veces851 y lo saludó diciendo: “¡Hola (o: Salve), Rabbí!” Era una señal acordada de antemano por la cual el símbolo de amistad y afecto se convertía en la señal para prender a Jesús. 50. Jesús le dijo: Amigo, ¿para esto estás aquí?852 Cf. “¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lc. 22:48). El propósito de esta palabra dirigida de un [p 970] modo serio pero sin animosidad—nótese aun ahora “amigo” (cf. 20:13; 22:12)—a Judas probablemente era: a. revelar al traidor la bajeza de su acción; b. mostrarle que el Maestro no era engañado, sino que comprendía completamente la razón tras este abrazo; y c. aun en este momento advertir al traidor. Si alguien presenta la objeción de que en vista del hecho de que desde toda la eternidad la acción de Judas también estaba incluida en el decreto divino (Lc. 22:22), de modo que ahora era imposible una advertencia o amonestación, se le responde que este decreto no excluye sino más bien incluye todas las advertencias. ¿No estaba incluida en el
851 Es un hecho bien conocido que los prefijos en tales compuestos como el que aquí se usa—κατεφίλησεν—con frecuencia pierden su fuerza intensiva. Sin embargo, el uso de la forma simple del verbo en el v. 48—φιλήσω 1a pers. s. aor. subj. de φιλέω— contrastada con la forma compuesta en el v. siguiente, probablemente indica una connotación reforzada en este segundo caso. 852 En Josefo, Guerra judaica II. 615, “él procedió a llevar a cabo ἐφʼ ὁ πορῆν” obviamente significa “aquello por lo que había venido”. El muy similar ἐφʼ ὁ πέρει probablemente tenga el mismo significado.
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decreto la acción de Caín? Sin embargo él fue amonestado seria y tiernamente (Gn. 4:6, 7). Como ocurrió en el caso de Caín, así también ocurrió aquí: Judas no recibe la advertencia de corazón sino que deja que las cosas sigan su curso como habían sido planeadas. Entonces ellos vinieron, echaron mano a Jesús y lo arrestaron. En cuanto a los detalles, véase Jn. 18:4–9 y C.N.T. sobre esos versículos. De Jn. 18:3, 12 es claro que el arresto fue hecho por a. los soldados y su quiliarca (comandante) y b. los guardas del templo. Gentiles y judíos se combinan contra Jesús. Cf. Hch. 4:27. Además, el Evangelio según Juan deja perfectamente en claro que antes de dejarse apresar Jesús demostró su poder sobre sus captores, demostrando así que se entregaba voluntariamente a ellos en conformidad con Jn. 10:11b, 15b. En esta captura fue el Cautivo quien triunfó.
51. Y fíjese, uno de los que acompañaban a Jesús extendió la mano y sacó la espada. Golpeó al siervo del sacerdote y le cortó la oreja. Ahora ya se habían reunido los otros ocho discípulos con Jesús. Véase el 56 y cf. Lc. 22:49. A esta altura Pedro entra en acción. Aun cuando el incidente se relata en los cuatro Evangelios, solamente Juan menciona los nombres de las dos personas que (aparte de Jesús mismo) aparecen en forma prominente. Cuando Juan publicó su Evangelio ya no era posible castigar al atacante. Por eso, en el Evangelio de Juan se podían mencionar los nombres del atacante y del atacado.
El “uno de los que acompañaban a Jesús” era Simón Pedro. Envalentonado quizás por el maravilloso triunfo de Jesús sobre los hombres que lo habían venido a capturar—los captores, ante la respuesta de Jesús: “Yo soy aquel que buscáis”, habían retrocedido y caído en tierra—e impulsado por su jactancia anterior (vv. 33, 35) Simón sacó su corta espada de la vaina. Habiéndola sacado saltó hacia Malco (Jn. 18:10), el siervo del sumo sacerdote, y— probablemente debido a que el siervo vio lo que le venía y saltó hacia un lado—le cortó la oreja. Era probable que Pedro aún pensara que el Mesías no debía morir. Cf. 16:22.
La reacción de Cristo ante este acto precipitado se describe más ampliamente aquí en el Evangelio de Mateo. Pero véase también Jn. 18:11. Mateo dice: 52–54. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman espada, a espada perecerán. ¿O pensáis [p 971] que no puedo llamar a mi Padre, y al instante él pondrá a mi disposición más de doce legiones de ángeles? ¿Cómo entonces se cumplirían las Escrituras (que dicen) que debe suceder de este modo? Lc. 22:51 relata que Jesús tocó la oreja del siervo y lo sanó. Según el relato de Mateo, entonces, Jesús dijo a Pedro que envainara la espada, y esto por las siguientes razones:
a. El uso de la espada para este propósito era inútil, definitivamente dañino para Pedro y para todos los que pensaran seguir su ejemplo: “Todos los que toman la espada, a espada perecerán”. Este dicho proverbial no debe interpretarse en un sentido absoluto o incondicional, como si el uso de la espada fuera siempre incorrecto. Véanse Gn. 9:6; Ro. 13:4. Pero blandir precipitadamente la espada sin siquiera estar dispuesto a esperar la respuesta de Cristo a la pregunta: “¿Heriremos a espada?” (Lc. 22:49) es siempre incorrecto y traerá su retribución al que lo hace. Véase también Ap. 13:10.
b. También era completamente innecesario. Aquel que en respuesta a su petición puede recibir inmediatamente del Padre doce veces seis mil ángeles que se apresuran a defenderlo ciertamente no necesita la ayuda de unos pocos y débiles discípulos. Lo que Jesús dice implícitamente es esto: Puesto que no acudo a “mi Padre”—nuevamente se usa, como en 26:39, esa hermosa designación—para que me envíe estos ángeles, es claro que estoy decidido a poner mi vida en sacrificio voluntario.
c. Finalmente, era ignorante al no considerar la profecía y la necesidad de que fuese cumplida. Jesús debe beber la copa que el Padre le dio (Jn. 18:11; cf. 19:11). En el huerto, en respuesta a sus oraciones había encontrado perfecta paz. Está completamente decidido a beber esta copa y a hacerlo en cumplimiento de profecías tales como Sal. 22:1ss; 69:20, 21; Is. 53; Jer. 23:5, 6; Zac. 13:1, etc. Si Pedro hubiera logrado lo que quería, ¿cómo se podrían
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cumplir estos pasajes de la Escritura? ¿Y cómo se cumplirían todos los símbolos del Antiguo Testamento que señalan hacia el siervo sufriente?
55. En ese momento Jesús dijo a la turba: Como contra un ladrón salisteis a prenderme con espadas y palos. Cada día me sentaba en el templo a enseñar y no me arrestasteis. Allí mismo y en ese mismo momento, aunque atado, Jesús habló a la multitud. También estaban presentes los venerables miembros del Sanedrín (Lc. 22:52). Por cierto, no les correspondía estar aquí durante esta noche sagrada, pero estaban tan ansiosos por ver si su siniestra conspiración contra el enemigo tuviera éxito, que estaban realmente entre la multitud. Véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 674, 675. Entonces Jesús mostró a la multitud cuán cobarde y pérfido era el comportamiento de todos los que habían venido a arrestarlo y los que se gozaban en su captura. Habían salido en su contra con un ejército, como si fuera un salteador de caminos o, como también [p 972] puede traducirse el texto, como un rebelde, un revolucionario. En realidad había sido y era un profeta pacífico que se sentaba cada día en el templo enseñando al pueblo. Su vida había sido un libro abierto. Si hubiese sido culpable de algún crimen, los encargados de la ley y el orden habrían tenido ocasión de tomarlo preso en cualquier momento.
Quien quiera saber qué clase de persona había sido durante su ministerio de poco más de tres años, lea pasajes tales como 4:23–25; 11:25–30; 12:18–21; Lc. 24:19; Hch. 2:22. Decir como algunos lo hacen al comentar Mt. 26:55 que era “inofensivo” es hablar suavemente. Era y es “el Salvador del mundo” (Jn. 4:42; 1 Jn. 4:14), el mayor Benefactor del mundo. ¡Qué absurdo e hipócrita fue que el enemigo en esta hora de tinieblas se abalanzara sobre el Buen Pastor, de quien nada tenía que temer quien prestara atención a su mensaje y que aun enseñó a la gente a amar a sus enemigos! Véase Mt. 5:44.
Al hablar de este modo a la turba Jesús les estaba haciendo en realidad un favor. Estaba exponiendo su culpa. ¿No es necesaria la confesión de la culpa para recibir la salvación? Aunque es un hecho que la mayoría de los que oyeron a Jesús hablar estas palabras se endurecieron en el pecado, no tenemos derecho de llegar a la conclusión de que el mensaje, junto con otros mensajes que siguieron (por ejemplo, las siete palabras de la cruz, el discurso de Pedro en Pentecostés, etc.), fue completamente ineficaz. Véase, por ejemplo, Hch. 6:7. La impresión que nos dejan estas palabras de nuestro Señor es que fueron pronunciadas de un modo calmado y sincero. Es verdad que Jesús reprende, pero al mismo tiempo aun ahora está buscando a los perdidos para salvarlos. Continúa: 56. Pero todo esto ha sucedido para que se cumpliesen las Escrituras de los profetas. Si no hubiera sido por el decreto eterno de Dios con respecto a la salvación del hombre, un decreto reflejado en los profetas (Is. 53:7, 10, 12; Jer. 23:6; Dn. 9:26; Zac. 11:12; 13:1; etc.), estos captores nada habrían logrado. Entonces todos los discípulos lo dejaron y huyeron. Jesús debe sufrir y morir completamente solo. Para mayores comentarios véase sobre el v. 31.
57 Los que habían prendido a Jesús le llevaron a Caifás el sumo sacerdote, donde estaban reunidos los escribas y ancianos. 58 Pero a una distancia considerable Pedro lo seguía hasta (que llegó a) el patio del sumo sacerdote; y habiendo entrado se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello. 59 Los principales sacerdotes y todo el Sanedrín trataban de obtener algún falso testimonio contra Jesús, a fin de darle muerte; 60 pero no encontraron (ninguno), a pesar de que muchos falsos testigos se presentaron. Pero al fin se presentaron dos 61 y declararon; “Este tipo dijo: ‘Puedo destruir el templo853 de Dios y en tres días reedificarlo’ ”. 62 Y el sumo sacerdote se levantó y le dijo: “¿No respondes nada? ¿Qué están testificando estos hombres contra ti?” 63 Pero Jesús seguía callado. Y el sumo [p 973] sacerdote le dijo: “Te conjuro854 por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. 64 Jesús replicó: “Tú (lo) dijiste, pero os digo, de ahora en adelante veréis
al Hijo del hombre
853 O: santuario. 854 O: “Yo te cargo con un juramento”.
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sentado a la diestra de la Potestad y viniendo en las nubes del cielo”.
65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestidos, diciendo: “Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ahora vosotros habéis oído su blasfemia. 66 ¿Qué pensáis?” Respondieron: “Merece la muerte”. 67 Entonces le escupieron en el rostro y le dieron de puñetazos. Otros le abofeteaban 68 y decían: “Profetízanos, Cristo, ¿quién fue el que te golpeo?”
26:57–68 El juicio ante el Sanedrín
Cf. Mr. 14:53–65; Lc. 22:54, 55, 63–65, 67–71; Jn. 18:24855
Para entender Mt. 26:57–68 y lo que sigue en el cap. 27 es necesario recordar que Jesús tuvo que pasar por dos juicios. El primero se llama frecuentemente el juicio eclesiástico; el segundo, el civil. El primero consistió de tres etapas, y lo mismo ocurrió con el segundo. Las tres etapas del así llamado juicio eclesiástico fueron: a. la audiencia preliminar ante Anás (Jn. 18:12–14, 19–23); b. el juicio ante el Sanedrín, esto es, ante Caifás y los escribas y ancianos (Mt. 26:57); y c. el juicio ante este mismo cuerpo un poco después de amanecer (Mt. 27:1). La audiencia ante Anás, descrita solamente por Juan, no se debe confundir con el juicio ante Caifás. Véase el argumento en C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 657–661. Las tres etapas en el juicio ante las autoridades civiles fueron: a. el juico ante Pilato; b. el juicio ante Herodes, y c. continuación del juicio ante Pilato. Así como la audiencia preliminar ante Anás se encuentra solamente en el Evangelio según Juan, también la comparecencia de Cristo ante Herodes la relata solamente Lucas (23:6–12).
En este párrafo (Mt. 26:57–68), por lo tanto, se supone que ya se ha celebrado la audiencia preliminar ante Anás. 57. Los que habían prendido a Jesús le llevaron a Caifás el sumo sacerdote, donde estaban reunidos los escribas y los ancianos. Quizás por alguna de las razones mencionadas anteriormente (véase sobre 26:3–5) esta reunión nuevamente se celebra en el palacio de Caifás el sumo sacerdote. Sea que se describa esa sesión como una reunión de “los principales sacerdotes y escribas” (2:4), “los principales sacerdotes y ancianos” (26:3), “los escribas y los ancianos” (aquí en 26:57) o “los ancianos, principales sacerdotes y escribas” (16:21), [p 974] es probable que en cada uno de los casos la referencia sea al Sanedrín en Jerusalén.856 Entonces Jesús es enviado “atado” a Caifás el sumo sacerdote y a los que se habían reunido con él. Cf. Jn. 18:24. 58. Pero a una distancia considerable Pedro lo seguía hasta (que llegó a) el patio del sumo sacerdote; y habiendo entrado se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello. Aunque todos los discípulos habían huido, dos—Pedro y “otro discípulo”—pronto se juntaron y comenzaron a seguir a la banda que conducía a Jesús hacia el palacio del sumo sacerdote. En el caso de Pedro, “seguir a Jesús” probablemente fue un impulso provocado en parte por las jactanciosas palabras que pronunció, según se relatan en los vv. 33 y 35; en parte también por pura curiosidad, como lo establece el texto. Jn. 18:15, 16 explica cómo pudo este discípulo ser admitido en el palacio. Véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 661– 665. Entonces Pedro, habiéndosele permitido entrar al palacio por la puerta exterior, caminó a través del pasaje abovedado que conducía a un patio interior sin techo donde se sentó con la servidumbre del palacio y los guardas del templo (policías). Habiendo entregado el prisionero, la mayoría de los soldados probablemente habían vuelto ya a la fortaleza de Antonia. El relato de la primera negación de Pedro, que se introduce aquí en el v. 58, se
855 Lc. 22:66; 23:1 no corresponden con esto, sino que son paralelos de Mt. 27:1, 2; Mr. 15:1. Jn. 18:12–14, 19–23 tampoco corresponde con esto, sino que describe la audiencia preliminar de Cristo ante Anás. 856 Sin embargo, véase P. Valentín: “Les Comparutions de Jesus devant le Sanhedrin”, RSR 59 (2, 1971), pp. 230–236. Según el autor, Jesus es llevado durante la noche ante Anás, luego a Caifás, que está rodeado de algunos miembros del sanedrín y algunos escribas. Sólo a la mañana siguiente (Lc. 22:66) Jesús es presentado ante el sanedrín entero. ¿Hace justicia este punto de vista a la expresión “todo el συνέδριον” aquí en el v. 59?
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encuentra en los vv. 69, 70; cf. Mr. 14:54, 66–68; Lc. 22:54–57; y Jn. 18:15–18. La narración ahora vuelve al juicio de Cristo ante el Sanedrín.
59, 60. Los principales sacerdotes y todo el Sanedrín trataban de obtener algún falso testimonio contra Jesús, a fin de darle muerte; pero no encontraron (ninguno), a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Probablemente este juicio haya sido realizado en un gran aposento alto del ala del palacio donde Caifás vivía. Se podría preguntar: “Pero, ¿por qué tener un juicio ya que el Sanedrín había decidido hace mucho tiempo que Jesús debía morir (Jn. 11:49, 50), cual acuerdo se había vuelto a confirmar muy recientemente (Mt. 26:4)?” Respuesta: Había que oficializar el veredicto y formular las razones para que la sentencia que posteriormente se basara en ellas pudiera ser justificada ante los judíos para poder obtener la cooperación indispensable de los gentiles, especialmente Pilato.
Era una profunda humillación para el que era absolutamente sin pecado ser sometido a un juicio dirigido por hombres pecadores. Ser juzgado por tales hombres y bajo tales circunstancias hacía que esto fuera infinitamente peor. El codicioso, viperino, y vengativo Anás (véase sobre Jn. 18:13), el rudo, astuto e hipócrita Caifás (véase sobre Jn. 11:49–50), el artero, supersticioso y egoísta Pilato (véase sobre Jn. 18:29); y el inmoral, ambicioso y [p 975] superficial Herodes Antipas, ¡tales personas eran sus jueces!
En realidad, todo el juicio fue una farsa. Fue un “juicio nulo”. No había la menor intención de dar a Jesús una audiencia justa con el objeto de descubrir en estricta conformidad con las leyes de la evidencia si los cargos en su contra eran justos o infundados. En los anales de la jurisprudencia no hay parodia de juicio celebrado que sea más vergonzoso que éste. Además, para llegar a esta conclusión ni es necesario hacer un estudio de todos los detalles técnicos con referencia al derecho judío de ese tiempo. Diversos autores han enfatizado que el juicio de Jesús fue ilegal en base a varios puntos técnicos, como las siguientes: a. No se permitía celebrar de noche juicios en que se comprometía la vida del acusado. Sin embargo, Jesús fue juzgado y condenado entre la 1 y las 3 de la mañana del día viernes y fue ejecutado durante la Fiesta, lo que estaba prohibido. Según la ley farisea, no se podían iniciar audiencias sobre un caso que comprendiera la pena capital en la víspera de una fiesta mayor como la pascua. No se podía declarar reo a una persona durante la noche. Ejecutar la sentencia en el día de una de las grandes fiestas era contrario a las reglas establecidas.857 b. El arresto se efectuó como resultado de un soborno, a saber, el dinero de sangre que Judas había recibido, c. Se pidió a Jesús que se incriminara a sí mismo. d. En casos de pena capital, la ley judaica no permitía que la sentencia fuese pronunciada hasta el día siguiente al día en que el acusado era declarado reo.
Se han mencionado estos puntos y otros similares repetidas veces y se han usado como argumentos para demostrar la ilegalidad de todo el procedimiento contra Jesús de Nazaret. También se han hecho intentos de refutarlos uno por uno. La casuística sutilísima del derecho rabínico había descubierto todos tipos de métodos para eludir sus propias reglas. Todo lo que Caifaís tenía que hacer era declarar que el juicio de Jesús en este tiempo y bajo estas circunstancias era en beneficio del pueblo y la religión.858
Para todo individuo de mente justa debe hacérsele evidente de inmediato que todos estos tecnicismos legales eran sólo detalles anexos. No tocan el centro mismo de la cuestión. El punto principal es nada menos que éste: hace mucho tiempo se había decidido que Jesús debía ser condenado a muerte (véase Jn. 11:49–52). Y el motivo tras esta decisión era la
857 Véase Mishna, Sanhedrin IV. 1. 858 Véase G. Dalman, Jesus—Jeshua, Nueva York, 1929, pp. 98–100. S. Rosenblatt, que en su artículo “The Crucifixión of Jesus from the Standpoint of Pharisaic Law”, JBL 75 (diciembre de 1956), pp. 315–321, niega el relato del juicio de Jesús en la forma presentada en los Evangelios, sin embargo reconoce que (p. 319) “aunque los detalles del juicio dados en el Nuevo Testamento eran definitivamente contrarios a la ley farisea, normalmente, cuando así se quiere, se encuentra el modo de quitar de en medio a un enemigo indeseable”. Ese es exactamente el punto.
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envidia. Los líderes judíos no podían soportar que la influencia que tenían sobre el pueblo se les estuviera escapando y que Jesús de Nazaret los hubiera [p 976] denunciado y desenmascarado públicamente. Estaban llenos de ira debido a que el nuevo profeta había puesto al descubierto sus motivos escondidos, y había llamado cueva de ladrones el atrio del templo del que obtenían muchas de sus ganancias. Superficialmente, los dignificados principales sacerdotes, ancianos y escribas del pueblo podrían tratar de fingir indiferencia por el aire que asumían; interiormente eran vengativos, estaban irritados, convulsivamente agitados. ¡Tenían sed de sangre!
Por eso este no es un juicio sino una conspiración y toda la conspiración es de ellos. Ellos la maquinaron y ellos se preocupan de que llegue a su ejecución. Los policías de ellos participan en el arresto de Jesús. Ellos mismos están presentes. Ellos buscan testigos—falsos testigos, por cierto—contra Jesús para poder ellos condenarlo a muerte (Mt. 26:59). Todos ellos lo condenan como merecedor de la pena de muerte (Mr. 14:64). “Ellos (por medio de sus enviados) lo atan y lo llevan” (Mr. 15:1). Ellos lo entregan a Pilato (Jn. 18:28). Ante Pilato, ellos incitan al pueblo a que pida la libertad de Barrabás para que Jesús pueda ser destruido (Mt. 27:20). Ellos intimidan a Pilato hasta que éste entrega a Jesús para ser crucificado (Jn. 19:12, 16). Y aun cuando pende de la cruz ellos se burlan de él, diciendo: “Salvó a otros, a sí mismo no se puede salvar” (Mr. 15:31).
Por eso, en realidad este no es un juicio en ninguna forma. Es un asesinato. La historia eclesiástica ofrece otros casos muy tristes de líderes que fueron condenados por jueces que estaban llenos de envidia y que ellos mismos instigaban a los testigos (testigos falsos, por supuesto), a fin de que ciertos hombres a los que odiaban ellos (los líderes) pudieran ser quitados de en medio. ¡El día del juicio revelará algunos casos sorprendentes! Pero de entre todas las parodias de justicia, ninguna siquiera comienza a compararse con aquella en que el Sumo Sacerdote celestial, Jesucristo, estuvo de pie ante los sumos sacerdotes terrenales, Anás y Caifás. Que el Santísimo sin tacha fuese llevado ante estos perversos bribones, ¡eso era sufrimiento!
Ahora bien, para llegar a un veredicto que pudiera sostenerse había que tener testigos. Probablemente se había hecho algún trabajo previo para obtenerlos. Sin embargo, cuando los testigos comenzaron a dar sus testimonios, pronto se descubrió que, aunque eran tantos, no concordaban ni dos de ellos (Mr. 14:56). Sin embargo, era necesario que se encontrara dos que concordaran. Una persona no podía ser condenada a muerte sobre la base del testimonio de sólo un testigo. Véase Nm. 35:30; cf. Dt. 17:6; 19:15; Mt. 18:16; 1 Ti. 5:19; Heb. 10:28. 60b, 61. Pero al fin se presentaron dos y declararon: Este tipo dijo: Puedo destruir el templo de Dios, y en tres días reedificarlo. La alusión es al velado dicho de Jesús relatado en Jn. 2:19: “Destruid este templo (o: santuario) y en tres días lo levantaré”. Los judíos que primero lo oyeron lo habían malinterpretado, como si no tuviera referencia a otra cosa que a la estructura física que Jesús había recién purificado. Pero estos dos falsos testigos tergiversaron además el [p 977] dicho mismo, como si el Señor hubiera declarado que él mismo iba a destruir el templo. Entonces, según el testimonio de ellos Jesús era un difamador del templo. Un tiempo más adelante se iba a presentar un cargo similar contra Esteban (Hch. 6:14) y contra Pablo (Hch. 21:28).
62, 63a. Y el sumo sacerdote se levantó ... Por cierto, Jesús podría haber denunciado el carácter totalmente infundado de la acusación. Podría haber mostrado que era una mala interpretación y una tergiversación de lo que él había dicho. Pero él sabe muy bien que el propósito de este juicio no es vindicar el derecho, sino más bien hacer que triunfe el mal. Por esto, permanece en silencio. Esto irrita a Caifás. El presidente del tribunal ha tomado sobre sí algo más que presidir sobre la reunión. En cambio está usando la sesión del Sanedrín como herramienta para la realización de su propia intención declarada (Jn. 11:49–50) de destruir a Jesús. Así que, visiblemente agitado se levantó de su silla y le dijo: ¿No
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respondes nada? ¿Qué están testificando estos hombres contra ti? Es como si dijera: “Este es un cargo grave. ¡Por cierto requiere una respuesta!” Pero Jesús seguía callado. Nuevamente está cumpliendo la profecía de Is. 42:1–4; Mt. 12:18–21; y en la forma aun más específica la de Is. 53:7 (“No abrió su boca”). Véase también 1 R. 19:11, 12; Is. 57:15; Zac. 9:9; Mt. 5:7–9; 21:5; Lc. 23:24. En cuanto a conducta similar de parte de Cristo este mismo día—ya es viernes—véanse Mt. 27:12, 14; Lc. 23:9b; Jn. 19:9b. Pero no solamente estaba cumpliendo la profecía; al hacerlo así estaba sufriendo intensamente debido a este asalto contra de él—“la Verdad”—de parte de “el padre de mentiras” (Jn. 8:44).
Cuando parecía que el juicio iba a fracasar, Caifás repentinamente salta al rescate como si estuviera dejando a un lado toda consideración secundaria al hacer la pregunta principal, la que había estado en el pensamiento de los líderes por largo tiempo. Mateo relata esta dramática evolución con estas palabras: 63b. Y el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Ese era el remache, la cuestión decisiva. ¿Se le vino esta pregunta repentinamente a su mente o ya la tenía pensada y reservada para usarla en caso necesario? ¿Tuvo la pregunta, quizás, un origen divino? De paso se puede observar que esta idea no puede descartarse del todo (nótese Jn. 11:51). Si era de origen celestial, todavía sería responsable el sumo sacerdote mismo—no el cielo—por los siniestros motivos que tuvo al formularla.
A fin de enfatizar la ominosa gravedad de la pregunta y la imposibilidad de negarle una respuesta, el sumo sacerdote pone a Jesús bajo juramento, el juramento de más peso de todos, “por el Dios vivo”. Exige una respuesta clara y directa a la pregunta: “¿Pretendes realmente ser el Mesías tan largamente esperado?” Ahora no se puede decir que hasta este tiempo Jesús nunca se había revelado como tal. En su conversación con la mujer samaritana ¿no había afirmado muy claramente que en verdad era el [p 978] Mesías? Véase Jn. 4:25, 26. ¿No había defendido a los que le llamaban “Hijo de David” (Mt. 21:15, 16)? ¿No se había referido a sí mismo como “la piedra que desecharon los edificadores y fue hecha piedra del ángulo” (21:42)? ¿No se había señalado a sí mismo como “el Hijo del hombre” que un día iba a juzgar a todos los hombres? (25:31–46)?
Todo esto es verdad. Pero se puede alegar que una declaración hecha en Samaría no llegaba necesariamente a los judíos; que Mt. 21:15, 16 no era un reclamo directo sino solamente una reflexión sobre una exclamación hecha por otros; que Mt. 21:37–39; 21:42 son parabólicos, y por lo tanto no son directos; y que la expresión “Hijo del hombre” no era interpretada por todos del mismo modo. Aun se puede agregar que había razones definidas por qué en la primera parte de su ministerio Jesús no dijo abiertamente a los judíos: “Yo soy el Mesías”. Véase sobre 8:4; 9:30; 17:9. Ciertamente ellos lo habrían malentendido. Véase Jn. 6:15. Pero ahora que los acontecimientos que estaban sucediendo con referencia a él estaban dejando en claro que su mesiazgo era el del Siervo Sufriente, como él mismo lo había dicho repetidas veces a sus discípulos (12:40; 16:21; 17:22, 23; 20:18, 19; Jn. 3:14), también había llegado el momento de hacer una clara afirmación ante las autoridades más altas de la nación judía. En consecuencia, cuando Caifás le hizo la pregunta considerada por él como la que arrinconaría a su enemigo, fue realmente bajo la providencia de Dios que estaba dando al Hijo del hombre la oportunidad que estaba buscando.
Así que no nos sorprende que, sin la menor vacilación en respuesta a la pregunta del sumo sacerdote: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios?” 64. Jesús replicó: Tú (lo) dijiste. En otras palabras, “¡Sí, por cierto!” Que este es realmente el significado de la respuesta de Cristo es claro de 26:25, que no permite otra interpretación.859 Jesús inmediatamente recuerda al
859 Según los Sinópticos (Mt. 27:11; Mr. 15:2; Lc. 23:3), la única frase que salió de los labios de Jesús y se dirigió a Pilato (y quedó escrita) fue: “Tú (lo) dices”. Sin embargo, Pablo afirma que ante Pilato Jesús hizo la “buena—noble o hermosa—confesión” (1 Ti. 6:13). A menos que el apóstol se esté refiriendo también a una tradición preservada y escrita por el Apóstol Juan después de
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sumo sacerdote y a todos los presentes que aunque en este momento es prisionero de ellos, el tiempo de su humillación pronto habrá terminado. Por medio de este mismo sufrimiento él, “el Hijo de Dios”, que también es “el Hijo del hombre”—acerca de lo cual véase sobre 8:20— alcanzará la gloria: pero os digo, de ahora en adelante veréis
al Hijo del hombre sentado a la diestra de la Potestad y viniendo en las nubes del cielo.
Esta es la forma en que Daniel había visto al futuro Redentor (Dn. 7:13, 14). Así es como David lo presenta en su canto (Sal. 110:1) y así [p 979] también Jesús se había descrito a sí mismo (véase sobre Mt. 16:27; 22:41–46; 24:30), aunque haya sido solamente a sus discípulos. Jesús está mirando por el sendero de la historia. Ve los milagros del Calvario, la resurrección, la ascensión, la coronación a la diestra del Padre (“la diestra de la Potestad”, es decir, “del Todopoderoso”), Pentecostés, el glorioso regreso en las nubes del cielo, el día del juicio, todo acumulado en una manifestación de su poder y gloria. En el día del juicio final él, Jesús, será el Juez y estos mismos hombres—Caifás y sus asociados—tendrán que responder del delito que ahora están cometiendo. ¡La profecía de Cristo es también una advertencia!
65. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestidos, diciendo: Ha blasfemado. Aquí se hace muy clara la hipocresía del sumo sacerdote. Actúa como si estuviera abrumado por el pesar, aunque podría haber gritado de alegría. El hombre hace un gran papel. Rasga su túnica sacerdotal860 y dice: “Ha blasfemado” dando a “blasfemado” su sentido más grave: en forma injusta ha reclamado para sí prerrogativas que pertenecen solamente a Dios. Véase sobre 9:3. No que el decir que era el Mesías fuera en sí una blasfemia. Pero el presentarse uno mismo como el cumplimiento de la profecía de Daniel, esto es, como Aquel que viniendo en las nubes del cielo iba a recibir a. autoridad para juzgar a todas las naciones, y b. dominio eterno (véase Dn. 7:13, 14); tal pretensión—y ciertamente esa era la pretensión que Jesús estaba haciendo—¡sólo podía ser hecha por Dios! Por eso, a. Jesucristo era verdaderamente divino, “el Hijo de Dios” en el sentido completo de la palabra o b. era culpable de blasfemia, que se castigaba con la muerte (Lv. 24:16). Caifás ha elegido la segunda alternativa, como se podía esperar que lo hiciera. Al mismo tiempo apenas puede ocultar completamente su júbilo. A punto de explotar de emoción como el explorador marino que después de muchas semanas cansadoras y desilusionadoras ve tierra, exclama: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ahora vosotros habéis oído su blasfemia, como si dijera, “Ya lo tenemos, ¿Para qué seguir buscando testigos cuando todos nosotros somos testigos?” Añade: 66. ¿Qué pensáis? Tan jubiloso está, y tan seguro de sí mismo, que ahora por primera vez está dispuesto a dar a los demás la oportunidad de expresar su opinión. En otra situación, en cambio, les habría dicho: “Vosotros nada sabéis” (Jn. 11:49). Pero esto es diferente. Los demás, contentos de haber hallado al fin una solución a su problema—y quizás ansiosos de disfrutar de unas pocas horas de dulces sueños, pues son casi las tres de la mañana (véase sobre el v. 34)—dan prontamente su aprobación. Respondieron: Merece la muerte. El veredicto fue unánime (Mr. 14:64). Suponemos que un miembro estaba ausente (Lc. 23:50, 51). [p 980] Puede que otros también estuvieron ausentes.
Este veredicto unánime no era todavía una sentencia formal. Declarar culpable a una persona y sentenciarla son dos cosas distintas. A fin de crear por lo menos una apariencia de legalidad debía transcurrir un breve lapso entre las dos acciones. Como se señaló anteriormente, en conformidad con las reglas existentes ese intervalo debió ser de un día.
la muerte de Pablo (Jn. 18:37; 19:11), lo cual es posible, está también atribuyendo una significación positiva a la expresión “Tú (lo) has dicho”. 860 ¿A pesar de Lv. 10:6; 21:10? Pero los comentaristas no han llegado a un acuerdo sobre la cuestión acerca de si el carácter de esta prohibición era absoluto en su aplicación.
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Pero según lo veían los miembros del Sanedrín, una tardanza tan prolongada sería peligrosa. Podría dar tiempo a los amigos de Jesús para organizar una revuelta en su favor. Ahora es el momento de actuar. Habrá que convocar al Sanedrín una vez más, temprano en la mañana. Véase sobre 27:1. Será con el propósito de dictar sentencia. Y aun aquella acción no será la definitiva. Todavía tendrá que ser aprobada por Pilato, el gobernador.
67a. Entonces le escupieron en el rostro y le dieron de puñetazos. El v. 67a enfatiza la crueldad que siguió a la pronunciamiento del verdicto, lo que sigue en los vv. 67b y 68 enfatiza la burla. Por supuesto, aun las burlas eran crueles. La crueldad fue perpetrada por los que habían capturado a Jesús y ahora lo tenían en su poder (Lc. 22:63). La policía del templo y los guardas del palacio aún no se habían ido.
El rostro que estos subordinados—con la entusiasta complacencia y cooperación de sus superiores completamente egoístas, sádicos y envidiosos—ahora cubrían con sus escupitajos era el que había sonreído a grandes multitudes de personas a las que enseñó a amar aun a sus enemigos. Era el rostro que tenía por costumbre sonreír cuando se le acercaba un niño. Siempre brillaba con una sonrisa ante los publicanos arrepentidos. Podía arder con justa indignación cuando la casa de su Padre era profanada o cuando se violaban los derechos de la viuda y se pasaban por alto las necesidades de ella. En días pasados se había manifestado gran gozo cuando podía decir algo bueno de un amigo. Sobre todo era el rostro que reflejaba el corazón del Padre celestial con toda su santidad, disgusto por el pecado y—por último, pero no menos importante—su amor y ternura. Era este rostro que estos hombres estaban cubriendo con sus salivazos. Seguramente, a menos que por el milagro de la gracia de Dios ellos pudieran todavía arrepentirse, en el día del cumplimiento final de la profecía (26:64) de aquel que era ahora un prisionero, dirán a las montañas y a las rocas, “Caed sobre nosotros y escondednos del rostro del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero”.
Los miserables—porque eso es lo que eran—llegaron aun al punto de golpear a esta víctima (voluntaria) indefensa con sus puños. Ahora y quizás lo más cruel de todo: 67b, 68. Otros le abofeteaban y decían: Profetízanos, Cristo, ¿quién fue el que te golpeó? Ellos le cubrieron el rostro (Mr. 14:65); “vendándole los ojos” (Lc. 22:64). Luego lo abofetearon repetidas veces, y cuando cada uno hacía esto le preguntaba: “Tú eres el Cristo, ¿verdad? Entonces tienes que saber quién soy yo. ¿Quieres decírmelo?” [p 981] El juego de ellos era una perversa variación del juego infantil. Sin embargo, en todo ello fue él quien triunfó. Estas crueldades y burlas eran para él una firme confirmación de que en verdad era el Mesías, el amado hijo del Padre, en quien se estaban cumpliendo profecías pronunciadas por otros— Sal. 22:6, 7; Is. 50:6—y por él mismo, Mr. 10:34; Lc. 18:32.
Isaías tenía razón: “Despreciado y desechado por los hombres” (53:3). También tenía razón cuando prosiguió: “Herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados”. ¡Aleluya, qué gran Salvador!
69 Ahora Pedro estaba sentado afuera en el patio cuando se le acercó una criada diciendo: “Tú también estabas con Jesús de Galilea”. 70 Pero él (lo) negó delante de todos, diciendo: “No sé de qué estás hablando”. 71 Ahora cuando había salido hacia la puerta otra muchacha lo vio y dijo a los que estaban allí: “Este hombre estaba con Jesús el nazareno”. 72 Nuevamente lo negó con un juramento (diciendo): “Yo no conozco al hombre”. 73 Un poco más tarde los que estaban por allí se acercaron a Pedro y le dijeron: “Ciertamente tú también eres uno de ellos, porque tu acento te descubre”. 74 Entonces él comezó a maldecirse y a jurar: “No conozco al hombre”. Inmediatamente un gallo cantó. 75 Y Pedro recordó las palabras de Jesús: “Antes que el gallo cante, tú me negarás tres veces”. Y salió fuera y lloró amargamente.
26:69–75 La triple negación de Pedro Cf. Mr. 14:66–72; Lc. 22:56–62; Jn. 18:15–18, 25–27
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El tema “Experiencias, palabras y hechos de Pedro durante la noche de la traición de Cristo y poco después” puede proporcionar material para varios sermones. Los “puntos” podrían ser: La jactancia de Pedro, la predicción de Cristo acerca de él, la reiteración y el refuerzo de su jactancia, su falta en Getsemaní, las tres negaciones, sus lágrimas de amargura, y su restauración.
Este párrafo contiene la historia de las tres negaciones de Pedro, la última seguida por amargas lágrimas. Para un arreglo algo diferente de estas negaciones en el Evangelio según Juan, véase C.N.T. pp. 661–663.
Ya se ha señalado el trasfondo de la primera negación; véase sobre 26:58, donde también aparece una lista de los pasajes paralelos para esta negación. La historia continúa aquí en 69. Ahora Pedro estaba sentado afuera en el patio cuando se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús de Galilea. Parecería que desde el momento mismo en que Pedro entró en el palacio, la portera, viéndolo desde su rincón en el vestíbulo, tuvo sus sospechas. El hecho de que lo hubiera admitido a pedido de Juan parecía indicar que Pedro también era un discípulo de Jesús. La intranquilidad que se podía leer en su rostro confirma sus sospechas. Así que cuando [p 982] estaba por ser relevada por otra portera, ella camina hacia Pedro, que ya había entrado en el patio. Fija los ojos en él (Lc. 22:56). Entonces, acercándose aun más ella le dice: “Tú también estabas con Jesús de Galilea”. No ofrece dificultad el hecho de que las palabras que ella pronunció sean relatadas en forma un poco diferente en el Evangelio de Juan. No debe darse por sentado que alguno—o cualquiera—de los Evangelios presenta todas las palabras pronunciadas por esta muchacha. Sus palabras acusadoras podrían haber incluido las siguientes líneas: “¿No eres tú también uno de los discípulos de este hombre?—Pues estoy segura que tú también estabas con Jesús de Galilea”. 70. Pero él (lo) negó delante de todos, diciendo: No sé de qué estás hablando. Aquí también el “No lo soy” de Jn. 18:17 se combina muy fácilmente con lo que se encuentra en Mt. 26:70. Pedro evidentemente ha sido derrotado. El carácter inesperado y osado de la declaración incriminatoria de la criada lo sorprende desprevenido. A pesar de todas sus ruidosas y reiteradas promesas de inquebrantable lealtad a Jesús, ostentación hecha apenas unas horas antes (26:33, 35), ahora está completamente atemorizado. Uno podría decir: es presa del pánico. Evidentemente había fallado en tomar de corazón la amonestación de Cristo (26:41).
La segunda negación sigue muy cerca a la primera. 71. Ahora cuando había salido hacia la puerta otra muchacha lo vio y dijo a los que estaban allí: Este hombre estaba con Jesús el nazareno. Véanse también Mr. 14:69, 70a y Lc. 22:58. Parece que en su frustración como resultado de su perplejidad inicial Pedro trató de salir del edificio. Había estado en el patio descubierto entre los siervos del palacio y los guardas del templo, calentándose junto al fuego (Mr. 14:54), pero ahora las cosas se le estaban “calentando demasiado”. Probablemente tiene miedo que en cualquier momento un subordinado pueda tomarlo y hacerlo prisionero. Quizás le haya venido el pensamiento: “¿Qué sucederá si se dan cuenta que yo soy quien cortó la oreja a Malco?” Así que debe tratar de escapar del palacio tan pronto como le sea posible.
Sin embargo, la portera no quería que saliera. No llega más allá del portal y vestíbulo que conduce a la calle. Varias personas están parados por ahí. Parece que la portera que está por dejar su turno ya ha dado la noticia acerca de Pedro a la muchacha que ha venido a relevarla. Así que ambas muchachas (cf. Mt. 26:71 y Mr. 14:69) ahora dicen a los que están allí: “Este hombre estaba con Jesús el nazareno”. La constante referencia a “Galilea” o al “nazareno” puede bien llevar implícito un tono de burla, pero de ningún modo tenemos certeza al respecto. Véase sobre 2:23 y Jn. 1:46. Por lo menos un hombre que estaba parado allí se une a lo que las muchachas están diciendo (Lc. 22:58). 72. Nuevamente lo negó con un juramento (diciendo): Yo no conozco al hombre. Nótese “al hombre” como si Jesús
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fuera completamente desconocido para él. Esta vez Simón está fuera de sí [p 983] por la ira y la frustración. Hace algo que no había hecho durante la primera negación. Con un juramento comienza a negar su conexión con Jesús. Con fuerza mantiene: “No conozco al hombre”. El juramento de Cristo (26:63, 64) y el de Pedro (26:72, 74), ¡qué contraste! El primero confirma la verdad; el último sanciona la mentira.
Habiéndosele negado la salida, Pedro vuelve al patio descubierto. Pasa una hora (Lc. 22:59). Así que parecería que las primeras dos negaciones ocurrieron durante la comparecencia de Cristo ante Anás. Ahora la situación es distinta. Jesús ha sido llevado ante Caifás y todo el Sanedrín. El primer juicio de Cristo ante este cuerpo ya había casi terminado.
73. Un poco más tarde los que estaban por allí se acercaron a Pedro y le dijeron: Ciertamente tú también eres uno de ellos, porque tu acento te descubre. Durante el intervalo de una hora se había esparcido la noticia sobre Pedro. Ahora los siervos del palacio y los alguaciles, los hombres que estaban parados alrededor del fuego cerca de Pedro, comienzan a decirle que él es uno de los discípulos de Cristo y que su mismo acento lo identifica como galileo.861 Una comparación de los relatos que aparecen en los Evangelios muestra que algunas personas están hablando a Pedro; otras acerca de él. Las acusaciones vienen de todas las direcciones. Esto bastaba para excitar a cualquiera, especialmente al excitable Simón. Como si todo esto no fuera suficiente, un pariente de Malco suelta bruscamente: “¿No te vi en el huerto con Jesús?” En cuanto a este relato, véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 672, 673. 74a. Entonces él comenzó a maldecirse y a jurar: No conozco al hombre. El debe haber dicho algo así como “Que Dios me haga esto o aquello si es verdad que soy o he sido alguna vez un discípulo de Jesús”. Allí está él invocando contra sí maldición tras maldición. Y este galileo, mientras más fuerte habla, sin darse cuenta, más fuerte está diciéndo a los que lo rodean: “Yo soy un mentiroso”.
En su infinita y tierna misericordia el Señor, que en su soberana providencia controla todas las cosas, viene al rescate: 74b, 75. Inmediatamente un gallo cantó. Y Pedro recordó las palabras de Jesús: Antes que el gallo canta, tú me negarás tres veces. Por Lc. 22:61 sabemos que en el momento mismo en que el gallo cantaba, o por lo menos muy cerca de ese momento, alguien está mirando directamente a los ojos de Pedro. Es Jesús, con su rostro muy probablemente aún cubierto con los salivazos, ennegrecido y amoratado por los golpes recibidos. Parece que el Maestro, terminado el juicio, está siendo llevado a través del patio hacia la celda, desde la cual, dentro de pocas horas, será conducido una vez más ante el Sanedrín.
Cuando Pedro oye el canto del gallo y ve a Jesús mirándolo con ojos tan [p 984] llenos de dolor, pero también llenos de perdón, se le despierta repentinamente el recuerdo de la predicción y advertencia de Cristo (v. 34). Y salió fuera y lloró amargamente. No se dice como fue que al fin Pedro pudo salir del palacio. ¿Puede ser porque ahora la atención de todos los subordinados y quizás de todos los demás está puesta en Jesús? Como quiera que sea, Pedro sale y llora como solamente Pedro puede llorar: amarga, profusa, significativamente, lleno su corazón con un genuino pesar por lo que ha hecho.
¡Cuán engañoso es el corazón del hombre! “Más que todas las cosas y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Véase también 2 R. 8:13; cf. v. 15. Piénsese en ello: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”—“Yo ni siquiera conozco al hombre”.
¡Cuánto debe haber sufrido Cristo! Sin duda mucho más debido a estas negaciones por un discípulo altamente favorecido y amigo suyo que por los golpes y las burlas infligidas por sus enemigos declarados. Véase Sal. 53:6; 55:12–14.
861 A. T. Robertson, Word Pictures, Vol. I, p. 220, menciona la dificultad con la pronunciación de las guturales como una característica del modo galileo de hablar. G. Dalman, op. cit., p. 24, simplemente afirma que el lenguaje de Pedro “podría haber sido distinto en algunos detalles”.
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¡Cómo se revelan aquí la gracia de Dios y el amor perdonador del Salvador! Véanse Is. 1:18; 53:6; 55:6, 7.
Resumen del Capítulo 26
El cap. 25 terminó con la indicación de un agudo contraste entre los malos destinados al castigo eterno y los justos destinados a vida eterna. Ese contraste se revela notablemente otra vez en el principio del cap. 26: los gobernadores que conspiran para dar muerte a Cristo (vv. 1–5) se ponen en contraste con María de Betania que derrama su precioso perfume—la evidencia de su amor y devoción—sobre la cabeza de Cristo (vv. 6–13).
Como lo indica el Bosquejo de la p. 938, el cap. 26 podría ser dividido en diez párrafos,
como 1.
2.
3. 4.
5. 6.
7.
8. 9.
sigue (para las referencias, véase el bosquejo señalado):
“No en la fiesta”, dijeron los conspiradores. “En la fiesta” (Pascua), dijo el Todopoderoso, haciendo eco Jesús. Y así ocurrió.
En conexión con la acción generosa, solícita y oportuna de María nos sentimos sorprendidos por la inexcusable crítica de los discípulos: “¿Por qué este desperdicio?” Lo que es especialmente sorprendente es la manera enfática en que Jesús se apresura a salir en su defensa con las palabras: “Dondequiera que se predique este evangelio en todo el mundo, también se dirá lo que ella hizo, para memoria de ella”.
María recibe el elogio eterno del Maestro. Judas recibe treinta piezas de plata, y aun esto por sólo unos pocos días a lo más. “Bendita seguridad” era la porción de María. “Remordimiento que carcome” fue la recompensa del traidor.
Esta fue la Pascua que terminó con todas las Pascuas significativas. Fue durante esta cena pascual que Jesús señaló al traidor. Sin [p 985] embargo, lo hizo de un modo tan notable que dio a todos los discípulos la oportunidad de examinarse a sí mismos. La soberanía y la responsabilidad humana se unen en forma hermosa en el dicho de Cristo: “El Hijo del hombre parte como está escrito de él, pero ¡ay del hombre por quien el Hijo del hombre es entregado!”
Hacia el final de la cena Jesús instituyó lo que se llegó a conocer como “la Cena del Señor”. En cuanto a su significado, véase sobre 26:26–30.
Jesús predijo que todos los discípulos le serían infieles. Todos protestaron profesando una lealtad sin fluctuaciones. Pero en el Getsemaní se verificó la predicción de Cristo: todos lo abandonaron y huyeron. En la cena el líder en expresar promesas de una fidelidad inmutable fue Pedro. A él fue que Jesús le dijo: “Esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces”. El párrafo 10 muestra que esto fue exactamente lo que sucedió.
En Getsemaní, Jesús a. sufrió angustia, b. sufrió angustia y oró, c. oró y veló. En cuanto a sus oraciones, por medio de un cambio en la frase principal—de “Que pase de mí esta copa” a “Hágase tu voluntad”—Jesús, el siempre impecable, revela su obediencia en una forma progresivamente gloriosa. Cf. Heb. 5:8.
Lo que es especialmente significativo es el hecho de que Jesús se permite ser apresado, atado y llevado. La “Víctima” es “Vencedor” (Jn. 10:11, 15; 16:33). Su vida es una “ofrenda” que él entrega (Is. 53:10).
Ante el Sanedrín Jesús, respondiendo a la pregunta del sumo sacerdote, declara definitivamente bajo juramento que él es el Mesías, quien después de su muerte se levantará triunfante de la tumba (implícito). Entronizado en los cielos, reinará sobre todos sus enemigos y volverá otra vez en forma gloriosa un día en las nubes del cielo, en cumplimiento de la profecía de Daniel. “Entonces el sumo sacerdote rasgó sus
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vestidos diciendo: ‘Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos de testigos?’ ... Ellos respondieron: “Merece la muerte”. Siguen la burla y la crueldad.
10. En las pp. 981 y 982 se ha sugerido un breve resumen de la triple negación de Pedro
698
[p 986]
Bosquejo del Capítulo 27 Tema: La obra que le diste que hiciera
La decisión del Sanedrín de dar muerte a Jesús Jesús es llevado ante Pilato Judas se suicida
Jesús interrogado por Pilato Jesús sentenciado a muerte Las burlas El Calvario: la crucifixión de Jesús El Calvario: la muerte de Jesús
La sepultura de Jesús Una guardia montada junto a la tumba de Jesús
[p 987]
CAPITULO 27 MATEO 27:1, 2
1 Temprano en la mañana todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. 2 Y habiéndolo atado le llevaron y le entregaron a
27:1, 2 27:3–10 27:11–14 27:15–26 27:27–31 27:32–44 27:45–56 27:57–61 27:62–66
Pilato el gobernador. 27:1, 2 La decisión del Sanedrín de dar muerte a Jesús. Jesús es llevado ante Pilato
Cf. Mr. 15:1; Lc. 22:66; 23:1; Jn. 18:28
1. Temprano en la mañana todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Desde aproximadamente las tres de la madrugada hasta el amanecer Jesús debe haber estado preso en algún lugar en el palacio de Caifás. Luego, “temprano en la mañana”—por la razón establecida (véase sobre 26:59, 60, 66)—se convoca al Sanedrín una vez más. Pueden haber bastado unos pocos minutos puesto que el veredicto “culpable de blasfemia y por lo tanto digno de muerte” ya había sido acordado. Además, Jesús debe ser enviado cuanto antes a Pilato, antes que las multitudes sepan lo que está pasando. Así que, muy rápidamente Jesús es sentenciado a muerte. 2. Y habiéndolo atado le llevaron y le entregaron a Pilato el gobernador. Ya lo habían atado anteriormente (Jn. 18:12, 24). Jesús tenía que ser conducido ante Pilato porque el Sanedrín no tenía derecho sin la aprobación romana de ejecutar su decreto (Jn. 18:31).
Jn. 18:28 dice que Jesús fue conducido a la residencia del gobernador o el Praetorium. El lenguaje usado en Lc. 23:7 hace casi imposible creer que se refiera al palacio de Herodes. La referencia debe ser a la fortaleza de Antonia en la esquina noroccidental del área del templo. Pilato tenía habitaciones en esta fortaleza, muy cerca de la guarnición (Mr. 15:16), aunque su residencia principal estaba en Cesarea.
Poncio Pilato era el quinto gobernador de la mitad meridional de Palestina. Era “gobernador” en el sentido de ser procurador, que gobierna una provincia imperial y como tal responsable directamente ante el emperador. Aunque se le había otorgado la jurisdicción civil, criminal y militar, él estaba bajo la autoridad del legado de Siria.
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[p 988] De las fuentes que nos han llegado862 podemos sacar la conclusión de que no era una persona con mucho tacto. Una vez hizo que soldados bajo su mando entraran en la “ciudad santa” de Jerusalén llevando insignias con las imágenes del emperador. Para los judíos esto era sacrilegio. Ninguno de los procuradores que lo precedieron había hecho esto. Cuando amenazó de muerte a los que vinieron con la petición de sacar los estandartes de la ciudad, ellos lo intimidaron y él cedió. En otra ocasión usó la tesorería del templo para pagar la construcción de un acueducto. Cuando una multitud se quejó e hizo desórdenes, mandó a sus soldados que los apalearan para someterlos. El incidente que finalmente llevó su remoción del oficio fue su interferencia con una multitud de fanáticos que, bajo el liderazgo de un falso profeta, estaban a punto de iniciar el ascenso del monte Gerizim para buscar los vasos sagrados que, según ellos creían, Moisés había ocultado allí. La caballería de Pilato los atacó y dio muerte a muchos de ellos. Habiendo presentado una queja los samaritanos, Pilato fue depuesto de su cargo. Emprendió el viaje a Roma a fin de responder a los cargos que se presentaron contra él. Antes de llegar él a Roma, murió el emperador (Tiberio). Una historia inconfirmada, relatada por Eusebio, dice que Pilato “fue forzado a ser su propio ejecutor”.
De los Evangelios deducimos que era orgulloso (véase C.N.T. sobre Jn. 19:10) y cruel (Lc. 13:1). Probablemente era tan supersticioso como su esposa (Mt. 27:19). Sobre todo, como todos los relatos del juicio de Jesús delante de él indican, era egoísta, que sólo buscaba estar bien con el emperador. Odiaba completamente a los judíos, que, según él lo veía, siempre le estaban causando problema sobre problema. No se puede demostrar que estaba completamente privado de todo residuo de compasión humana y del sentido de justicia. En realidad, hay pasajes que parecen señalar en sentido contrario. En todo caso, aunque su culpa era grande, no era tanto como la de Anás y Caifás, cf. Jn. 19:11.
3 Cuando Judas, el que lo había traicionado, vio que Jesús fue condenado, se llenó de remordimiento y devolvió las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, 4 diciendo: “He pecado entregando sangre inocente”. Pero ellos dijeron: “¿Qué nos importa a nosotros? Es problema tuyo”. 5 Y después de haber arrojado las monedas de plata en el templo,863 salió. Entonces se fue y se ahorcó. 6 Pero los principales sacerdotes tomaron las piezas de plata y dijeron: “No es lícito ponerlas en la tesorería del templo, porque [p 989] es precio de sangre”. 7 Entonces deliberaron y compraron con ellas el Campo del Alfarero como lugar para sepultar extranjeros. 8 Por lo tanto, hasta hoy ese campo ha sido llamado Campo de sangre. 9 Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías cuando dijo: “Y tomé las treinta piezas de plata, el precio del hombre cuyo precio fue fijado, a quien los hijos de Israel habían fijado precio, 10 y las di por el campo del alfarero, como el Señor me había ordenado”.
27:3–10 Judas se suicida Cf. Hch. 1:18, 19
3, 4. Cuando Judas, el que lo había traicionado, vio que Jesús fue condenado, se llenó de remordimiento y devolvió las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: He pecado entregando sangre inocente. No se dice exactamente cuando fue que Judas se llenó de remordimiento, pero el texto deja la impresión de que fue inmediatamente después de saber que Jesús había sido sentenciado a muerte. Puede ser que haya corrido hacia los principales sacerdotes y los ancianos en el momento mismo en que se formaba la procesión para llevar a Jesús al pretorio.
862 Estas fuentes son, en primer lugar, Los Evangelios; luego, Filón, De Legationem ad Caium XXXVIII; Josefo, Antiguedades XVIII.55–64; 85–89; Josefo, Guerra judaica, II.169–177; Tácito, Anales XV.xliv; y Eusebio, Historia eclesiástica I.ix,x; II.ii, vii. Véase también G. A. Müller, Pontius Pilatus der fünfte Prokurator von Judäa, Stuttgart, 1888; y P. L. Maier, Pontius Pilate, Nueva York, 1968.
863 O: santuario.
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Judas se llenó de remordimiento. En un sentido “tuvo pesar luego” Véase sobre 3:2 y 21:28–30, especialmente nota 736. Se cargó de autore-proches. No significa que ahora, de habérsele dado la oportunidad, habría confesado su pecado al Salvador pidiéndole perdón. No había experimentado un cambio básico de corazón y mente. Pero el sentimiento de culpa y de temor de lo que podría traerle como resultado a él mismo le imposibilitó el enfrentarse con el futuro. Así que corre hacia los principales sacerdotes y los ancianos—no necesariamente al Sanedrín todavía en sesión, porque nada se dice de que estuvieran reunidos—y les devuelve las treinta piezas de plata mientras llora: “He pecado entregando sangre inocente”.
No debemos formarnos una opinión muy favorable de este remordimiento de Judas. Orígenes (Contra Celso, II. xi) opinaba que el pesar del traidor, un pesar muy grande, fue el resultado de la enseñanza de Jesús. Más bien pensamos que se parecía al sentimiento de Caín según se expresa en Gn. 4:14. Pero sea como fuere, los principales sacerdotes y los ancianos no estaban muy dispuestos a cooperar con el traidor. Uno se acuerda de Benedict Arnold, otro traidor. La recompensa que recibió de los británicos fue de un carácter muy temporal. Fue odiado por los que fueron traicionados y era despreciado por los británicos a quienes favoreció. Murió en la pobreza. Así fue también en el caso de Judas. ¿Cómo reaccionaron sus “amigos” de un momento antes al oír su “confesión”? Leemos: 4b. Pero [p 990] ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? Es problema tuyo.864 Debe haber sido con sublime desconsideración, con desprecio y repugnancia que ellos pronunciaron estas palabras. Judas ya les había servido para lo que querían. Ya no querían más tratos con él; tampoco querían en este momento en particular tener nada que ver con este dinero de sangre. Desesperado, Judas ahora se dirige al templo. 5. Y después de haber arrojado las monedas de plata en el templo, salió. El arrojar las monedas es la acción de un hombre desesperado. No se sabe exactamente en qué parte del templo cayeron. Algunos intérpretes opinan que la plata fue arrojada dentro del santuario, que comprende el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. Según esta teoría, el traidor arrojó la bolsa con la plata a la entrada del Lugar Santo. Ellos basan esta conclusión en el hecho de que el original usa para “templo” una palabra que realmente significa “santuario”. Sin embargo, las palabras tienen su historia. Así, por ejemplo, en Jn. 2:19 (véase C.N.T. sobre ese pasaje y sobre Mt. 26:60b, 61) se usa la misma palabra “santuario”. Sin embargo, probablemente todo el templo, incluidos los atrios, es lo indicado; de otro modo los judíos no habrían dicho: “Cuarenta y seis años ha estado en proceso de construcción”. Es indiferente si al traducir esta palabra865 uno usa “santuario” o “templo” como equivalente castellano, si se entiende que “santuario” no siempre tiene referencia al interior del templo (Lugar Santo y Lugar Santísimo), sino que también puede tener un sentido más amplio. Al conceder esto es claro que Judas no arrojó necesariamente las monedas en el Lugar Santo. En realidad podría haber querido donarlos
736 Mucho se ha escrito acerca de la palabra μεταμέλομαι, llegar a ser una preocupación a uno después; el nom. sing. masc. part. aor. μεταμελήθεις es el que se usa aquí. Es claro que no se puede atribuir un sentido profundamente religioso a la palabra según se usa en el v. 29 (contrástese con el v. 32). Por otra parte, aun en el v. 29 tiene una connotación favorable, porque de otro modo no serviría como una base para su aparición en el v. 32: debe haber un vínculo entre la parábola y su lección. En el Nuevo Testamento se usa solamente la forma verbal, no el sustantivo cognado μεταμελεία. Además, en el Nuevo Testamento el verbo aparece solamente cinco veces (21:29, 32; 27:3; 2 Co. 7:10; y en una cita del Sal. 110:4; Heb. 7:21). Debe compararse con su sinónimo μετανοέω, discutido en relación con 3:2. Aunque la idea de arrepentimiento o pesar está ciertamente implícita en ambos verbos, μετανοέω va mucho más lejos, como se ha indicado, mientras μεταμέλομαι se detiene aquí; esto es, aquí el énfasis está en lo negativo y retrospectivo. Mientras el corazón, la mente y la voluntad están profundamente comprometidas en μετανοέω lo que se enfatiza especialmente en μεταμέλομαι es el elemento emocional. Por esa razón, además, μεταμέλομαι no se usa en el modo imperativo. El pesar de que habla este verbo podría tener valor para la eternidad, conduciendo a—y siendo un elemento de—una fe completamente desarrollada (véase v. 32), pero la palabra misma no implica necesariamente esto. Judas se “arrepintió” y luego se colgó (27:3–5). Experimentó el remordimiento. Acerca de μεταμέλομαι, véase también W. G. Chamberlain, op. cit., pp. 27–34; R. C. Trench, Synonyms of the New Testament, par. lxix; y L. Berkhof, Teología sistemática, pp. 575, 576.
864 Literalmente, “Tú debes ver (eso)”, Nótese el enfático σύ, seguido por el futuro indicativo volitivo ὄψῃ, que equivale a un imperativo. 865 ναός distinto de ἱερόν.
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para “causas santas”. ¿Añadiremos, “y así en alguna medida, como podría haber pensado él, compensar su terrible crimen”? Cualquiera haya sido su intención, el v. 6 parecería apoyar la teoría de que Judas arrojó las monedas en “la tesorería”.866 Junto al muro en el patio de las mujeres había trece arcas en forma de trompetas en las cuales la gente depositaba sus ofrendas—sea tributo o donación voluntaria—para las diversas causas religiosas. Por eso, usando una parte para el todo, este patio se llamba a veces “la tesorería” (Jn. 8:20). Podemos imaginar a Judas, emocional-mente perturbado, arrojando estas monedas, ya sean sueltas o más probablemente en la bolsa, hacia el patio. Si la cuerda de la bolsa estaba desatada, ¿rodó el dinero ruidosamente por el piso y se dispersó en todas direcciones? ¿Estaban rotos los vestidos de Judas y sus ojos llenos de alarma?867 [p 991] Habiendo devuelto el dinero el traidor partió. El verbo usado en el original probablemente tenga el sentido que generalmente se le atribuye, a saber, partir, salir, irse, retirarse. Véanse también 2:12, 13, 14, 22; 4:12; 9:24; 12:15; 14:13. En vista de su prefijo y de la acción que el traidor estaba por realizar, algunos creen que en este caso significa, “fue a un lugar más alto”. Pero esto no es de ningún modo seguro. Entonces se fue y se ahorcó. No es claro por qué esto se deba considerar en conflicto con el relato de Lucas: “Cayendo de cabeza, se reventó por el medio y todas sus entrañas se derramaron” (Hch. 1:18). Si se colgó de un árbol que estaba situado sobre un elevado pico, sobre un valle, y si entonces la cuerda se rompió y el traidor cayó sobre el terreno rocoso, el resultado bien podría ser el descrito en el libro de Hechos. Por supuesto, este intento de armonización podría ser erróneo. Podría haber otra explicación mejor, pero por lo menos no hay razón alguna para gritar: “¡Discrepancia!”
6. Pero los principales sacerdotes tomaron las piezas de plata y dijeron: No es lícito ponerlas en la tesorería del templo, porque es precio de sangre. Esto suena como si estos sacerdotes encargados del cuidado del templo estuvieran diciendo: “Lo que Judas intentaba no puede hacerse. Usar ese dinero manchado para fines sagrados sería ilegal”. Cf. Dt. 23:18. No debe ser puesto en la “qorbana” (arameo) o tesorería del templo.868 El solo pensamiento de “precio de sangre” es repugnante a estos “santos” (¿?) varones. El hecho de que ellos mismos hubieran, en un sentido, “creado” este dinero no parece preocuparles en lo más mínimo. Estos hombres podían ser muy concienzudos cuando se llegaba al cumplimiento meticuloso de la ley en asuntos—aun asuntos de menor importancia—que no dañaran lo que ellos consideraban como su propio interés personal. En cuestiones mucho más importantes, tales como “la justicia, la misericordia y la fidelidad” (23:23) no eran tan escrupulosos. No les importaba en forma alguna pagar precio de sangre para echar manos a su enemigo Jesús y asesinarlo. En este aspecto estos sacerdotes se parecían a los escribas y los fariseos. Véase sobre 15:3ss y 23:23, 24.
El resultado de sus deliberaciones acerca de las treinta piezas de plata se relata en el v. 7. Entonces deliberaron y compraron con ellas el Campo del Alfarero, como lugar para sepultar extranjeros. Ellos deciden usar este dinero para una causa que no está directamente relacionada con el templo y su mantenimiento o con algún otro proyecto estrictamente religioso. En cambio, usaron el dinero para la compra del “Campo del Alfarero”, “el Acre de Cerámica”. Esta expresión probablemente indique un campo del cual los alfareros (o un alfarero) obtenían la arcilla, pero que se había agotado como una fuente de abastecimiento y por eso se ofrecía en venta. Los sacerdotes, pues, tienen la intención de transformar este solar en [p 992] un lugar para sepultar a los extranjeros. Probablemente estaban pensando especialmente en los judíos que vivían fuera de la Tierra Santa y que venían a Jerusalén para asistir a una de las grandes fiestas y que, sorprendidos por la
866 Lo mismo H. N. Ridderbos, op. cit., p. 217. 867 Véase especialmente el cuadro de Rembrandt, Judas devuelve las treinta monedas de plata. (Léase lo que dicen al respecto R. Wallace y los editores de los libros Time-Life, The World of Rembrandt, 1606–1669, Nueva York, I968, p. 47); y véase E. Armitage, The Remorse of Judas (A. E. Bailey, op. cit., pp. 331–334). 868 Así también en Josefo, Guerra judaica II.175.
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muerte y sin amigos ni parientes, no tenían quien les proporcionara los medios para un funeral. De este modo el dinero de sangre, habiéndose ya usado para el asesinato del Amigo de los pobres, ahora podía servir para ayudar a los pobres mismos en su postrera necesidad.
Pero si los sacerdotes pensaban que por medio de esta “buena obra” podían limpiar sus corazones y sus manos, estaban equivocados. En el futuro este campo sería llamado Campo de Sangre, cf. ␣aqel dema␣ (Akel dama, Hch. 1:19): 8. Por lo tanto, hasta hoy ese campo se ha llamado Campo de sangre. El significado aquí es evidentemente que este lugar fue llamado “Campo de Sangre” porque fue comprado con dinero de sangre. El nombre del campo entonces seguiría siendo un continuo testimonio contra Judas, los sacerdotes y todos los que habían estado de acuerdo con ellos. Hay quienes (p. ej., A. T. Robertson, Word Pictures, I, p. 224) interpretan Hch. 1:18 como que significa que el campo derivó su nombre de la circunstancia que la sangre de Judas fue derramada allí. Si el pasaje en Hechos realmente da a entender esto, no hay conflicto con Mt. 27:8, porque las dos razones no son irreconciliables. Desde el siglo cuarto d. C. se ha dado una ubicación a este campo, a saber, al sur de la ciudad en el Valle de Hinnom cerca de la unión de éste con el Valle de Cedrón (o Kidrón).
En un pasaje en que han trabajado mucho los expositores, Mateo continúa: 9, 10. Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías, cuando dijo:
Y tomé las treinta piezas de plata, el precio del hombre cuyo precio fue fijado, a quien los hijos de Israel habían fijado el precio, y las di por el campo del alfarero, como el Señor me había ordenado. Nótese “Tomé ... (yo) di”, lectura seguida también por Ridderbos. Cf. Zac. 11:13.
El problema es que en ningún lugar en la profecía de Jeremías hay alguna mención de “las treinta piezas de plata, el precio del hombre cuyo precio fue fijado ...” Por otra parte, en Zacarías (11:12, 13) leemos: “Y les dije: ‘Si os parece bien, dadme mi salario; y si no, dejadlo’. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Jehová: ‘Echalo al alfarero’;869 ¡hermoso precio con que me han apreciado! Y tomé las treinta piezas de plata y las eché en la casa de Jehová al alfarero”.
Parece que la gente del tiempo de Zacarías tenía una baja opinión de Zacarías como pastor y en consecuencia le pagaban solamente treinta [p 993] monedas de plata por sus trabajos. Entonces el profeta recibe la orden del Señor de ir a la casa de Jehová y arrojar estas treinta monedas al alfarero que encontrará allí. No tiene que detenernos la pregunta “¿Hasta qué punto se debe interpretar esta profecía literalmente, hasta qué punto figuradamente?”. Véanse comentarios sobre Zacarías. Para nuestro propósito presente sólo es necesario notar los siguientes puntos de semejanza entre Zac. 11:12, 13 y Mt. 27:9, 10:
a. La obra de Jesús, así como la de Zacarías, era tenida en baja estima por muchos de los que eran el objeto de ella.
b. Así como el “hermoso” precio—esta es una ironía—de treinta piezas se pagó a Zacarías, Jesús fue entregado por la misma suma despreciable. Estas treinta piezas de plata fueron el precio que los hijos de Israel pusieron a Zacarías y subsecuentemente a Jesús.
c. Así como las treinta piezas de plata en que fue apreciado el trabajo de Zacarías fueron arrojadas al alfarero—por orden del Señor (Zac. 11:13; cf. Mt. 27:10b)—así también las treinta piezas de plata por las que fue entregado Jesús llegaron finalmente a las manos del alfarero.
d. En ambos casos también el acto de “arrojar” las piezas ocurre en la casa del Señor. Cf. Zac. 11:13 con Mt. 27:5.
869 Por medio de un leve cambio ortográfico la palabra hebrea que se traduce “alfarero” se convierte en “tesorería”. Así, por ejemplo, VRV 1960 (dos veces “tesoro”) en Zac. 11:13. Sin embargo, no veo una razón correcta para este cambio. El alfarero está definitivamente en el cuadro, tanto en la profecía de Zacarías como en Mateo.
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Hasta este punto hay concordancia entre la profecía de Zacarías y su cumplimiento en relación con Jesús. Sin embargo, el problema es que Mateo dice “Jeremías”, no Zacarías. En vez de molestar a los lectores con las diversas teorías que yo, el autor de este Comentario, rechazo, les pido que vean la nota al pie de la página para una breve enumeración de soluciones que no puedo aceptar, para que los que estén interesados puedan estudiarlos.870
[p 994] Mi propia solución, en cuanto considero que una solución sea posible, es la siguiente. En primer lugar, la estrecha relación de Mt. 27:9, 10 con la profecía de Zac. 11:12, 13 no puede negarse. En segundo lugar, la profecía de Zacarías tomada sola no satisface completamente las exigencias del pasaje de cumplimiento de Mateo. Uno podría preguntar, “¿Dónde se menciona en el Antiguo Testamento un campo usado para sepultar que llegó a conocerse como “campo de sangre” debido a que había sido derramada sangre inocente?” Es a tal campo que según el contexto se refiere Mateo. Zacarías no menciona nada al respecto. Sin embargo, sí se describe en Jeremías,871 cap. 19. Nótense todos los parecidos: Judá y Jerusalén han derramado sangre inocente (Jer. 19:4; Mt. 27:4). Se mencionan los principales sacerdotes y los ancianos en forma prominente (Jer. 19:1; Mt. 27:3, 6, 7). Se menciona un alfarero (Jer. 19:1, 11 VM; Mt. 27:7, 10). Tofet, es decir, el Valle de Hinnom—el mismo valle donde según la tradición estaba el campo del alfarero—tiene cambiado su nombre a “Valle de la Matanza”, que es casi lo mismo que “Campo de Sangre” (Jer. 19:6; Mt. 27:8; cf. Hch. 1:19). Y este valle llega a ser un bien conocido “lugar de sepultura” (Jer. 19:11; Mt. 27:7).
Como ya se ha dado a entender, la solución no es completa. No se dice en Jer. 19 ni en ningún otro lugar del Antiguo Testamento que Jeremías haya comprado realmente un campo de alfarero. ¿Derivó Mateo esta información de alguna tradición oral? Sin embargo, es claro que en muchos aspectos el pasaje de Mateo refleja el de Jer. 19.
Así que lo que hace Mateo es esto: combina las dos profecías, una de Zacarías y una de Jeremías. Luego menciona no al profeta menor, sino al profeta mayor como la fuente de la referencia. Esta mención de una sola de las fuentes cuando la alusión es a dos no es exclusiva de Mateo. Marcos también hace lo mismo. Así Mr. 1:2, 3 se refiere en primer lugar a Malaquías y luego a Isaías. Sin embargo, Marcos atribuye ambas profecías a “Isaías”, el
870
Yo no puedo aceptar las siguientes: (1) Los judíos tenían por costumbre dividir el Antiguo Testamento en tres partes: la Ley, los Salmos y Jeremías. El título
“Jeremías”, en consecuencia, tenía referencia a todo el libro de los profetas, incluyendo Zacarías. Es por esta razón que Mateo, aunque cita a Zacarías, puede escribir “Jeremías”. Así opina Lenski, op. cit., p. 1063. Objeción: No se puede considerar digna de crédito la fuente sobre la cual se basa esta teoría. Además, el modo en que el escritor inspirado divide el Antiguo Testamento ha sido señalado en nota 279.
(2) En el original “por medio del profeta” (Mt. 27:9) estaba sin la indicación de un nombre. “Jeremías” fue agregado por un copista antiguo. Esta es la opinión de A. Carr, The Gospel according to St. Matthew, Cambridge, 1901, p. 302. Objeción: La evidencia textual en apoyo de esta omisión es débil. Véase Gk. N.T. (A-B-M-W).
(3) A. H. McNeile, op. cit., pp. 407, 408, sugiere tres posibilidades: Primero, “Jeremías” fue agregado por un error en lugar de “Zacarías”. Ese error se cometió fácilmente. La compra que Jeremías hizo de un campo (Jer. 32:6ss) y su visita a la casa del alfarero (18:2s) podrían haber contribuido para ello. Objeción: Ninguno de estos pasajes dice algo sobre un campo del alfarero. Jer. 18 se refiere a la visita de Jeremías a la casa del alfarero, pero nada dice de su campo. Jer. 32 habla acerca de la compra de un campo pero nada dice de un alfarero. Hanameel, a quien se le compró el campo, es casi seguro que no era alfarero. En segundo lugar, McNeile sugiere que las palabras a que Mateo hace referencia podrían haber ocurrido en un escrito apócrifo de Jeremías. Sin embargo, después de ofrecer esta sugerencia el autor virtualmente la rechaza. En tercer lugar, la aparición de la palabra “Jeremías” en Mt. 27:9 podría ser un desliz de copista debido a la mala interpretación de una abreviatura. Objeción: Aunque se reconoce que en el original es posible tal desliz, especialmente en este caso en particular, como se mostrará, Mt. 27:9, 10 hace que uno recuerde muy fuertemente lo que realmente se encuentra en Jeremías como para hacer que esta solución sea razonable.
De ningún modo son estas las únicas soluciones propuestas. Pero no he visto otras que parezcan, aunque sea superficialmente, dignas de crédito. 871 Como se ha indicado (véase nota 870 No [3]), no en Jer. 18 o 32, sino en Jer. 19. F. Grosheide (op. cit., p. 420) menciona el cap. 19, pero también Jer. 18:2–12; 32:6–9. El mejor de todos, hasta donde han llegado mis investigaciones, es R. W. Gundry, op. cit., pp. 122–127.
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profeta mayor. E igualmente la cita que encontramos en 2 Cr. 36:21 se toma de Lv. 26:34, 35 y de Jer. 25:12 (cf. 29:10), pero se atribuye solamente a “Jeremías”. Así que, pisamos terreno seguro cuando dejamos que queden las palabras “por medio del profeta Jeremías” (Mt. 27:9) y comprendemos que el trasfondo del pasaje viene realmente de Jeremías y Zacarías y que la [p 995] primera parte de la cita se parece a un pasaje de Zacarías mucho más que a cualquiera de Jeremías.
Sin embargo, el punto principal que hay que tener presente es que también en el suicidio del traidor y en la compra de un campo con el dinero de sangre se está cumpliendo nuevamente la profecía y se lleva a cabo el plan de Dios.
11 Ahora Jesús estaba de pie ante el gobernador. Y el gobernador lo interrogó diciendo: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús respondió: “Tú (lo) dijiste”. 12 Y cuando estaba siendo acusado por los principales sacerdotes y los ancianos, nada respondió. 13 Entonces Pilato le dijo: “¿No oyes cuántas acusaciones están presentando contra ti?” 14 Pero no dio respuesta, ni siquiera a un solo cargo, de modo que el gobernador estaba muy asombrado.
27:11–14 Jesús interrogado por Pilato Cf. Mr. 15:2–5; Lc. 23:2–5; Jn. 18:33–38
La historia que comenzó en los vv. 1 y 2—Jesús es llevado ante Pilato—ahora se reanuda. Dado que hay varios elementos que entran en el relato representado por las dos secciones, “Jesús interrogado por Pilato” (Mt. 27:11–14) y “Jesús sentenciado a muerte” (27:15–26) y puesto que los otros Evangelios también hacen sus propias contribuciones claras, podría ser útil, antes de presentar una interpretación de estas dos secciones del Evangelio de Mateo, hacer en primer lugar un breve resumen de los acontecimientos. Combinando los relatos de los Evangelios uno recibe la impresión que desde el principio hasta casi el final Pilato hizo todo lo posible para librarse del caso. No amaba a los judíos. Le disgustaba agradarlos y concederles sus peticiones con respecto a Jesús. Sin embargo, por otra parte, en lo profundo de su corazón les tenía miedo, especialmente de la posibilidad de que pudieran usar la influencia que tenían para causarle daño. Hasta cierto punto está dispuesto a hacer lo que la justicia exige, pero sólo hasta cierto punto. Cuando ve amenazada su posición, se rinde.
Como se ha indicado, desde el principio mismo quiso evitar la necesidad de hacer una decisión definida acerca de Jesús. Por esto, al principio trata de devolver al prisionero al Sanedrín: “Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley”, dice (Jn. 18:29–31). Cuando los miembros de ese cuerpo dejan en claro a Pilato que no desean nada menos que la muerte del prisionero y cuando se les da a entender que para lograr su objetivo tienen que presentar cargos definidos en contra de Jesús, prontamente presentan tres: a. pervierte la nación; b. prohibe pagar tributo a César; y c. dice que él mismo es rey (Lc. 23:2). En realidad estos tres cargos constituyen uno solo: “Este hombre es un revolucionario, un sedicioso, una persona políticamente [p 996] peligrosa”. Pilato no podía permitir que la pretensión de ser rey quedara sin ser examinada. Es en este punto que empieza la historia nuestra sección presente, “Jesús interrogado por Pilato” (Mt. 27:11–14).
Habiendo examinado a Jesús acerca de este punto, Pilato da un veredicto de “inocente”. Sin embargo, la respuesta de los judíos es: “Alborota a la multitud y enseña a través de toda Judea, desde Galilea hasta este lugar” (Lc. 23:5). La mención de Galilea es música a los oídos de Pilato, porque para él significa que puede remitir el caso al tetrarca Herodes Antipas que ahora está en Jerusalén (Lc. 23:6–12). Cuando esto no produce el resultado que Pilato esperaba, trató de eludir esta difícil situación proponiendo al Sanedrín un paso intermedio, esto es, que Jesús sea azotado y luego dejado en libertad (Lc. 23:13–16). Cuando se rechaza también esta proposición, el procurador trata de librarse de este problema haciendo un uso muy peculiar y completamente injustificado de su costumbre de permitir que en la festividad eligieran un prisionero de su nacionalidad para ser dejado en libertad. Aquí comienza la
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sección siguiente de Mateo, “Jesús sentenciado a muerte” (Mt. 27:15–26; cf. Mr. 15:6–15; Lc. 23:13–25; Jn. 18:19–19:16).
Pilato ofrece a los judíos la oportunidad de elegir entre Barrabás y Jesús, como si éste fuera ya un hombre condenado por el gobierno romano. Pero contrario a su esperanza el pueblo, presionado por sus líderes, eligió a Barrabás. El resultado es que Pilato, después de los más desesperados esfuerzos para obligarlos a aceptar su primera proposición de que Jesús sea azotado y puesto en libertad, etc. (compárese vv. 16 y 22 de Lc. 23, pero véase también Jn. 19:1–11) finalmente se rinde. Capitulando a los deseos de la gente que está gritando “Si sueltas a éste, no eres amigo del emperador” (Jn. 19:12), sentencia a Jesús a ser crucificado. Con un lavamiento público de sus manos, el corrompido juez trata de apaciguar a su conciencia y de echar toda la culpa sobre la multitud.
Con este breve bosquejo en mente, ahora estamos listos a volver al relato de Mateo: 11. Ahora Jesús estaba de pie ante el gobernador. Habiendo sido probablemente informado por los soldados de guardia que una delegación del Sanedrín había traído un prisionero y que la delegación se negaba a entrar en el pretorio, Pilato salió a verlos. De pie en una galería o pórtico que estaba sobre la explanada de su residencia temporal, Pilato pidió a los dirigentes judíos la presentación de la acusación. Después de rodear el asunto, como se indica arriba, los judíos finalmente presentan la acusación—la pretendida realeza de Jesús—y el gobernador sencillamente no puede pasar por alto este cargo, no con el suspicaz Tiberio en el trono en Roma. Así que vuelve a entrar en su residencia para examinar a Jesús. Cuando el relato se inicia aquí en el v. 11, Jesús está de pie ante Pilato. Y el gobernador lo interrogó diciendo: “¿Eres tú el rey de los judíos?” El Sanedrín había acusado de blasfemia a Jesús (26:65, 66) y lo había [p 997] declarado “digno de muerte”. Sin embargo, ante Pilato los dirigentes judíos no presentan inmediatamente esta acusación. Estarían de la opinión—y correctamente—que una acusación más definidamente política tendría más posibilidades de ser considerada legalmente válida desde el punto de vista de la jurisprudencia romana. Además, podían haber pensado que una acusación estrictamente religiosa haría muy poca impresión en un pagano. Sin embargo, esto no significa que hubieran descartado completamente la idea de presentar esta acusación religiosa para la consideración del gobernador. En realidad, esto es lo que hicieron (Jn. 19:7) pero por el momento la dejan en reserva.
Cuando Pilato ahora preguntó a Jesús: “Eres tú el rey de los judíos”, lo hizo para protegerse él mismo—como ya se ha explicado—y no porque él mismo creyera en la veracidad de la acusación. ¿Cómo podía creerlo? La situación era completamente ridícula, demasiado irreal. Como si los judíos, gravemente vejados por el yugo del opresor y deseosos de ver el día en que pudieran sacudírselo y disfrutar una vez más de las victorias bajo sus reyes propios, se hubieran sentido muy disgustados por uno de sus mismos compatriotas que supuestamente era de una mente con ellos y estaba aun deseoso de ser líder de ellos, y que por esa razón, por amor a Roma, quisieran verlo crucificado. No, Pilato no podía creer eso. Además, ya sabía la verdadera razón del odio contra Jesús y por qué lo habían sometido a proceso. Véase v. 18. Pero, como se explicó, Pilato siente que debe hacer la pregunta. Jesús respondió: Tú (lo) dijiste. Esta no era una respuesta evasiva, como si Jesús quisiera decir: “Eso es lo que tú estás diciendo, pero yo nunca he dicho tal cosa”, como ya se ha mostrado. Véase sobre 26:25, 64; además, C.N.T. sobre Jn. 18:37.
12. Y cuando estaba siendo acusado por los principales sacerdotes y los ancianos, nada respondió. La sustancia de estas acusaciones se puede ver en Lc. 23:2, 5. Por las razones ya enumeradas (véase sobre 26:62, 63a) Jesús no dio respuesta. 13, 14. Entonces Pilato le dijo: ¿No oyes cuántas acusaciones están presentando contra ti? Pero no dio respuesta, ni siquiera a un solo cargo, de modo que el gobernador estaba muy asombrado. Esto es virtualmente una repetición de 26:62b, 63, pero ocurre ante un nuevo
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juez. El silencio de parte de Jesús, un silencio aun después que Pilato le había pedido que hablara, dejó asombrado al gobernador. Está confrontado con un doble contraste: a. Entre Jesús y los muchos acusados que habían comparecido ante él y que probablemente habían estado muy locuaces y animados en su propia defensa; y b. entre una persona tumultuosa, alborotadora, agresiva como el Jesús que los principales sacerdotes y los ancianos habían descrito a Pilato y el individuo tranquilo, noble y sereno que ahora estaba de pie ante él.
[p 998] 15 Ahora bien, era costumbre en la fiesta que el gobernador soltase al pueblo un preso, a quien quisiesen. 16 En aquel tiempo había un preso famoso llamado Barrabás.872 17 Así que, cuando estaban reunidos Pilato les preguntó: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús que es llamado el Cristo?” 18 Porque él sabía que por envidia le habían entregado a Jesús. 19 Ahora bien, mientras él estaba sentado en el tribunal, su esposa le envió un mensaje, diciendo: “No tengas nada que ver con ese justo; porque este mismo día he sufrido mucho en un sueño por causa de él”. 20 Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiera a Barrabás y que Jesús fuera ejecutado. 21 Así que, cuando el gobernador les preguntó: “¿Cuál de los dos queréis que os suelte?”, ellos dijeron: “a Barrabás”. 22 Pilato les dijo: “Entonces ¿qué haré con Jesús, que es llamado el Cristo?” Todos ellos respondieron: “¡Sea crucificado!” 23 Pero él dijo: “¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho?” Más fuerte gritaban: “¡Sea crucificado!” 24 Cuando Pilato vio que nada conseguía sino que más bien se estaba iniciando un desorden, tomó agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: “Inocente soy de la sangre de este hombre. Es problema vuestro”. 25 Toda la gente respondió: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. 26 Entonces les soltó a Barrabás. Pero hizo azotar a Jesús y lo entregó para ser crucificado.
27:15–26 Jesús sentenciado a muerte Cf. Mr. 15:6–15; Lc. 23:13–25; Jn. 18:19–19:16
Omitiendo probablemente algunos incidentes relatados en otros lugares, como se ha señalado, Mateo sigue: 15. Ahora bien, era costumbre en la fiesta que el gobernador soltase al pueblo un preso, a quien quisiesen. No es claro si la referencia es a cualquier fiesta religiosa de importancia o exclusivamente a la Pascua, aunque la idea de dar libertad a un preso parecía más adecuada en relación con la Pascua, la conmemoración de la liberación de los israelitas de la casa de servidumbre. Una cosa es clara: Pilato en este momento en particular está muy deseoso de conceder la petición del pueblo (Mr. 15:8) que, según la costumbre, sea puesto en libertad un preso; porque, según él lo ve, esta podría ser la forma de deshacerse de Jesús. 16, 17. En aquel tiempo había un preso famoso llamado Barrabás.873 Así que, cuando estaban reunidos, Pilato les preguntó: ¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús que es llamado el Cristo? Esto también fue sufrimiento para Jesús, el completamente sin pecado, ser tratado como si estuviera en la misma categoría que Barrabás, que era un ladrón y sedicioso874 [p 999] (Jn. 18:40), un hombre que había cometido homicidio en medio de una insurrección (Mr. 15:7; cf. Lc. 23:19).
Parece completamente probable que Pilato esperaba que la multitud eligiera a Jesús. Después de todo, los ecos de sus hosannas en honor al profeta de Galilea apenas acababan de apagarse. Si cinco días antes “todo el mundo” lo aplaudía—y Pilato no estaba ignorante de ello; cf. 27:18; Mr. 15:9, 10—¿se volvería en su contra el pueblo ahora? ¿No había algunos que lo llamaban “Cristo”? Aun los patriotas más ardientes entre ellos, ¿iban a preferir un hombre violento antes que a Jesús, un hombre en quien Pilato no pudo hallar evidencias de delito alguno? Véase sobre el v. 23. Pilato comprende que está poniendo en juego al pueblo contra sus líderes. Para esta hora las multitudes habían comenzado a engreírse y la oportunidad de elegir un preso para ser puesto en libertad no se daba solamente a los líderes
872 Otra lectura tiene “Jesús Barrabás”, tanto aquí como en el v. 17. 873 La lectura “Jesús BatTabás”, tanto aquí como en el v. 17 tiene poco apoyo textual. A menos que uno sea persuadido por el argumento de Orígenes en el sentido de que por razones piadosas el nombre “Jesús”, que originalmente pertenecía a este mal hombre, fue omitido en muchos manuscritos importantes, no hay una base sólida para retener este doble apelativo. 874 ληστής, como en 26:55; véase nota 850.
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sino al pueblo en general. Además, el gobernador se sentiría feliz de triunfar sobre estos líderes, y más aún en este caso en particular. 18. Porque él sabía que por envidia le habían entregado a Jesús. Para el estudio de la palabra envidia, véase C.N.T. sobre 1 y 2 Timoteo y Tito, p. 441, donde uno también puede encontrar varias ilustraciones bíblicas de esta característica pecaminosa. La envidia es el disgusto suscitado al ver que alguien tiene algo que uno no quiere que tenga. Así, por ejemplo, los líderes tenían envidia de Jesús por su fama y sus seguidores, por su capacidad de hacer milagros, etc.
Ciertamente ahora Pilato va a salir con la suya. Pues aun los líderes no pueden con alguna lógica pedir que se suelte a un revoltoso homicida probado que ya ha sido condenado, puesto que un momento antes han acusado a Jesús de insurrección, a un hombre cuya culpa en este respecto no ha sido demostrada; en realidad, ha sido demostrado lo contrario. Y en cuanto a la gente, Pilato “sabe” como votarán. Así una vez más Pilato está listo a repetir la pregunta del v. 17 ... Y entonces hubo una interrupción repentina. Los dos versículos que siguen deben leerse juntos. Por lo menos en una buena medida explican lo que de otro modo hubiera sido muy extraño, a saber, el contenido del v. 21. 19, 20. Ahora bien, mientras él estaba sentado en el tribunal, su esposa le envió un mensaje diciendo: No tengas nada que ver con ese justo; porque este mismo día he sufrido mucho en un sueño por causa de él. Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiera a Barrabás y que Jesús fuera ejecutado.
Pilato estaba sentado en su silla oficial en la plataforma, a la que se llegaba por escalinatas, en frente del pretorio.875 Su esposa Claudia Prócula, [p 1000] o sencillamente Procla—¿era ese realmente su nombre?—había tenido un sueño, una especie de pesadilla. No es extraño que soñara con Jesús. ¿No sabían todos en Jerusalén acerca de Jesús, y hasta no es posible que haya sido despertada por la procesión que, tan temprano en la mañana había conducido un preso al pretorio? Además, aunque ni ella ni su marido vivían regularmente en Jerusalén, parece natural que el procurador que ya conocía algunos hechos acerca de la actitud de los líderes judíos hacia Jesús (véase v. 18) le hubiera dado algunos informes al respecto. Quizás después de los disturbios de la mañana temprano ella se haya dormido nuevamente (nótese “este mismo día”). Y entonces en la providencia de Dios, según la cual Jesús debía morir por la salvación de su pueblo, esta mujer sueña. No ha sido revelado el contenido del sueño. Todo lo que sabemos es que fue una experiencia alarmante. ¿Vio ella a Jesús de pie frente a su marido? ¿Recibió ella una impresión de su inocencia o aun mejor, de su justicia? Y ¿estaba abrumada por la agonía cuando su marido estaba por sentenciarlo a ser crucificado? Estas cosas no han sido reveladas. Pero debe haber ocurrido algo por el estilo. De otro modo, ¿por qué enviaría ella un mensaje tan urgente a su marido: “No tengas nada que ver con ese justo ...”?
¿Llegó esta mujer a ser una prosélita judía y luego una cristiana? La iglesia copta honra su memoria; la iglesia griega incluye su nombre en el calendario de santos. Pero tales honores nada prueban.
¿Estaba realmente dando buen consejo a su marido? En cierto sentido ella estaba haciendo exactamente eso, porque por medio de su mensaje ella estaba instando a su marido a que no condenara a Jesús, a quien llama “justo”. La inclusión de esta historia en el Evangelio de Mateo es, por lo tanto, una evidencia más que testifica la justicia de nuestro Señor, lo cual hace posible que él sea el Salvador. Véase más acerca de esto en el comentario sobre el v. 23. Hasta donde el consejo de esta mujer era bueno, también se puede considerar una advertencia divinamente dirigida a Pilato.
Sin embargo, también hay otro lado en esta historia. Su consejo no puede ser considerado completamente bueno. Ella estaba instando a su marido a que no tuviera nada que ver con
875 Véanse más detalles al respecto en C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, p. 694.
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Jesús. Ahora bien, esto es lo que él mismo estaba constantemente intentando, a saber, no tener nada que ver con el acusado; es decir, eludir la responsabilidad que le correspondía como juez. Pero estaba equivocado. Debiera haber sido suficientemente valiente y justo como para declarar a Jesús “No culpable”, lo que en realidad hizo repetidas veces, pero también para haberlo absuelto. El consejo de su esposa, aunque era bueno hasta cierta medida, pudo haber sido mucho mejor. Y los hermosos relatos acerca de ella son simples leyendas. Cuando Cristo vuelva él no eludirá su responsabilidad como Juez. Ese es nuestro consuelo. Véanse Mt. 25:31ss; 2 Ti. 4:8.
Mientras Pilato estaba ocupado con el mensaje de su esposa, los principales sacerdotes y los ancianos aprovecharon la ventaja de la interrupción y [p 1001] la usaron para persuadir a la multitud a que pidieran a Barrabás e hicieran ejecutar a Jesús. ¿Hicieron estos miserables líderes recordar a la gente que al elegir a Jesús le estarían haciendo el juego a su mortal enemigo Pilato? ¿Les recordaron todos los crímenes que Pilato había cometido anteriormente contra la nación judía? ¿Intimidaron a los que al principio estaban inclinados a elegir a Jesús? Si así fuera, no habría sido la primera vez; véanse Jn. 7:13; 9:22; 19:38; ni sería la última; véase Jn. 20:19; Hch. 4:18.
En consecuencia, nosotros no nos sorprendemos tanto como debe haber estado el gobernador. 21. Así que, cuando el gobernador les preguntó: ¿Cuál de los dos queréis que os suelte?, ellos dijeron: a Barrabás. El procurador habría estado muy confiado de que la gente respondería: “Jesús”. Pero a una voz gritaron: “Barrabás”. Lo que sigue es uno de los pasajes más dramáticos y en un sentido más preciosos de toda la Escritura. 22. Pilato les dijo: Entonces, ¿Qué haré con Jesús, que es llamado el Cristo? Pilato estaba desesperado. No quería sentenciar a muerte a Jesús. Sin embargo, se le estaba haciendo cada vez más claro que esto ahora había llegado a ser el deseo de la multitud. Cuando el profeta de Galilea estaba aún sanando a los enfermos, resucitando a muertos, limpiando a leprosos y dejando atónitas a las multitudes con sus maravillosos discursos, era popular. Cuando entró cabalgando en Jerusalén fue aplaudido. Pero ahora que está aparentemente indefenso y que los líderes han usado sus argumentos más fuertes para persuadir a la multitud a que pidan su crucifixión, le vuelven las espaldas. En cuanto a Pilato, cuando preguntó: “Entonces, ¿qué haré con Jesús?” su respuesta inmediata debió ser: “Lo declararé inocente y por lo tanto daré orden para que sea inmediatamente puesto en libertad”. De hecho, el juez no debiera de ningún modo haber hecho la pregunta. El sabía la respuesta.
La himnología ha captado el sentido más profundo, la aplicación más amplia. Un himno dice: “Ante Pilato Jesús está, todos los suyos huyeron ya; se oye pregunta, y ¿qué será? ¿Qué vas a hacer con Cristo?” Algunos piensan que las palabras “Jesús, que es llamado el Cristo” indican que el hombre cuya libertad exigía el pueblo era “Jesús, que es llamado Barrabás” o sencillamente “Jesús Barrabás”. Aunque hay que reconocer la posibilidad, me parece que es más probable la teoría que dice que las palabras “que es llamado el Cristo” se añadieron no para el propósito de identificación sino más bien para enfatizar la vasta diferencia entre a. Barrabás, el criminal; y b. Jesús, considerado aún como “el Ungido” por algunos. Aun Pilato, aunque era pagano, sentía algo de la vasta diferencia entre los dos. Todos ellos respondieron: ¡Sea crucificado! Sin embargo, hay que tener presente que no fue el pueblo en general el que comenzó a gritar sino los líderes (27:20). La culpa de los líderes fue mayor que la del pueblo como un todo, aunque ellos también eran ciertamente culpables. 23. Pero él dijo: ¿Por [p 1002] qué?876 ¿qué mal ha hecho? Ese era un modo de decir: “El no ha hecho mal alguno, no ha cometido ningún crimen”. Vale la pena contar las veces que el gobernador pronunció las palabras: “No hallo delito en él” o algo parecido. Además del presente pasaje, véanse 27:24; Mr. 15:14; Lc. 23:4, 13–15, 22; Jn. 18:38; 19:4, 6. Aun
876 De ningún modo γάρ siempre significa por o porque. También puede ser fuertemente confirmatorio o exclamatorio: ¡Sí. por cierto! ¡Ciertamente! ¡Qué! Pues (cf. Jn. 7:41; Hch. 8:31; 1 Co. 9:10; 11:22; Gá. 1:10; Fil. 1:18).
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cuando se tiene en cuenta los pasajes parelelos (duplicados) queda en pie el hecho de que Pilato enfatiza y reitera la verdad que en Jesús no hay causa para juzgarlo. Y por medio de Pilato fue Dios mismo quien declaró la completa inocencia de su Hijo, su perfecta justicia. Sin embargo, en pocos momentos este mismo Pilato va a sucumbir ante el persistente clamor de los judíos y va a sentenciar a Jesús a morir la muerte maldita de crucifixión. “No hallo culpa en él ... ninguna culpa en él ... ninguna culpa en él ... ninguna culpa en él ... lo entregó para ser crucificado”. Así dice el relato sagrado. Pero, ¿cómo podía un Dios justo permitir esto? Hay solamente una solución. Se encuentra en Is. 53:6, 8: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros ... Fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido”. Cf. Gá. 3:13.
En respuesta a la pregunta de Pilato la gente ni siquiera dijo: “El hizo esto” o “Hizo aquello”. Siguieron lo que habría sido el camino más fácil para ellos: Más fuerte gritaban (o: seguían gritando) ¡Sea crucificado! Repetidas veces gritan estas terribles palabras hasta que se convierten en un monótono refrán, un canto aterrador y ominoso: “¡Sea crucificado! ¡Sea crucificado!” La multitud se había convertido en un turba agitada, una chusma que grita cargada de emoción.
24. Cuando Pilato vio que nada conseguía sino que más bien se estaba iniciando un desorden, tomó agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: Inocente soy de la sangre de este hombre.877 El gobernador notó que nada lograba y que las cosas estaban empeorando en lugar de mejorar. El pueblo se estaba volviendo cada vez más clamoroso y excitado. Se estaba gestando una revuelta o turbulencia.878 Así que en presencia de todos Pilato ordenó que le trajeran agua y se lavó las manos como símbolo de su (pretendida) inocencia. No se sabe definidamente si tal acción tenía un sentido simbólico entre los romanos. Pero los judíos deben haberlo entendido de inmediato. Cf. Dt. 21:6, 7; Sal. 26:6; 73:13. Además, si había alguien que no lo entendía, tiene que haber captado inmediatamente después el significado porque el gobernador añadió una explicación [p 1003] verbal, diciendo: “Inocente879 soy de la sangre de este hombre”. Es evidente que Pilato—aun cuando sencillamente hubiera dicho “de este hombre” y no (como dice una variante) “de este justo”—daba a entender que según él lo veía Jesús era inocente. Es como si el juez estuviera diciendo: “Puesto que yo no creo que Jesús sea culpable de algún delito me niego a asumir la responsabilidad de su muerte por crucifixión. Soy libre de la culpa de derramar su sangre”. Así que una vez más, como en varias ocasiones durante este juicio (véase sobre el v. 23), se está proclamando la inocencia de Jesús. Hasta aquí, muy bien. Pero cuando Pilato elude toda responsabilidad por el asesinato que está por cometerse, se hace culpable de un acto de cobardía, falta de veracidad y honradez. Y cuando agrega: Es problema vuestro, literalmente “vosotros debéis aceptar (aquello)” él está haciendo nuevamente un intento de apartar de sí la responsabilidad y está diciendo algo que es en el mejor de los casos solamente una media verdad. Y a la medida que está diciendo: “Es responsabilidad vuestra y por eso no mía” estaba diciendo una mentira, porque muy ciertamente era su deber como juez pronunciar un veredicto justo y, en este caso, absolver al acusado. Pero a la medida que los sufrimientos y la muerte de Cristo fueron provocados por los líderes judíos y sus seguidores, lo dicho por Pilato era verdad. Llevar la carga de esta culpa era ciertamente y en gran medida problema de ellos. En la providencia de Dios la mismísima expresión con que los líderes habían reprochado a Judas (véase sobre el v. 4) ahora les era arrojada en sus propios rostros.
¿Cómo reaccionaron los que oyeron la declaración de inocencia de Pilato? La respuesta se encuentra en el v. 25. Toda la gente respondió: Su sangre sea sobre nosotros y sobre
877 Según otra lectura, “de este hombre justo”, la cual si es original, sería un eco de la expresión usada por la esposa de Pilato (v. 19). 878 Nótese la semejanza entre el griego θόρυβος y el castellano turbado, turbulencia. 879 Griego ἀθῷος, esto es, sin pena, claro, impune.
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nuestros hijos. Parece que ellos dijeron esto en forma petulante y descuidada. Además, lo dijeron unánimamente: “toda la gente” o “todo el pueblo”. El Israel de ese tiempo estaba de este modo rechazando a Cristo y en el mismo abrir de su boca aceptaban la plena responsabilidad por haberlo hecho. En pasajes tales como 2 S. 1:16; 3:28, 29; Hch. 18:6 alguien (David, Pablo) está diciendo que otros (un amalecita, Joab, los judíos) deben llevar la culpa correspondiente a sus hechos. En cada caso el hombre que pronunció las palabras está haciendo lo que Pilato hizo en el v. 24; pero con la diferencia de que el gobernador en forma injustificada trató de sacarse la responsabilidad de encima, mientras David y Pablo estaban justificados al poner la culpa en quien realmente correspondía. Pero aquí en 27:25 la gente se está cargando a sí misma con la responsabilidad de su actitud y sus acciones hacia Cristo. Aunque no lo comprendan, en realidad están pronunciando una maldición contra sí mismos, comprometiendo en esta maldición aun a su posteridad.
[p 1004] Al rechazar abiertamente al Mesías el pueblo judío deja de ser el pueblo de Dios en algún sentido especial. Véase Heb. 10:29. Esto no significa que Dios ha terminado con los judíos. No; además, sigue siendo verdad con respecto a ellos que “un remanente será salvo” y esto a través de las edades, porque “Dios es amor” y no solamente al final de la historia del mundo. Por medio de esta interpretación se hace justicia tanto a la bondad como a la severidad que caracteriza la actitud de Dios hacia los judíos. Véase Ro. 11:22. En cuanto al resto, véase sobre 8:11, 12.
En el resumen que Mateo hace de la historia, la sentencia ahora está lista para ser pronunciada. Ya se ha indicado que Juan añade ciertos detalles de importancia (19:1–11) y también muestra (19:12) lo que finalmente produjo el desconcierto moral completo de Pilato y la sentencia a muerte de Jesús. No hay conflicto entre el relato de Mateo y el de Juan. El hecho es sencillamente este, que en este punto Juan nos da un relato más completo. 26. Entonces les soltó a Barrabás. Esto fue hecho en conformidad con la promesa implícita del gobernador (véase Mt. 27:17, 21). Pero hizo azotar a Jesús y lo entregó para ser crucificado.
El azote romano consistía en un corto mango de madera al que estaban atadas varias correas con los extremos provistos con trozos de plomo o bronce y pedazos de hueso muy aguzados. Los azotes se dejaban caer especialmente sobre la espalda de la víctima, que estaba desnuda y encorvada. Generalmente se empleaban dos hombres para administrar este castigo, uno azotando desde un lado, otro desde el lado opuesto, con el resultado de que a veces la carne era lacerada a tal punto que quedaban a la vista venas y arterias interiores y a veces aun las entrañas y los órganos internos aparecían por entre las cortaduras. Los ciudadanos romanos estaban exentos de tales castigos (cf. Hch. 16:37) que con frecuencia resultaban en la muerte.
Uno puede imaginarse a Jesús después del flagelo, cubierto con horribles heridas y laceraciones, con hinchazones y verdugones. No es sorprendente que Simón de Cirene fuera compelido a llevar la cruz después que Jesús la hubo llevado una corta distancia (27:32; Lc. 23:26; Jn. 19:16, 17). Ser azotado era una tortura horrible.880 Sin embargo, hay que recordar que los sufrimientos del varón de dolores no fueron solamente intensos, sino también vicarios:
“Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:5; 1 P. 2:24). Algún tiempo después de haber sido flagelado en la forma descrita, pero no inmediatamente como lo muestra la sección siguiente, Pilato lo entregó para ser crucificado.
880 Véase Josefo, Guerra judaica II.306; Eusebio, Historia eclesiástica IV. xv. 4.
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[p 1005] 27 Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al cuartel881 del gobernador y se reunió alrededor de él toda la compañía.882 28 Y desnudándolo le echaron encima un manto de escarlata; 29 y habiendo tejido una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y una caña en la mano derecha. Luego se arrodillaban delante de él y burlándose le decían: “Salve, rey de los judíos”. 30 Y habiéndole escupido tomaron la caña y le golpearon la cabeza repetidas veces. 31 Cuando hubieron terminado de mofarse de él, le quitaron la túnica, le vistieron (nuevamente) con sus ropas y le llevaron para crucificarle.
27:27–31 Judas se suicida Cf. Hch. 1:18, 19
27. Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al cuartel del gobernador, y se reunió alrededor de él toda la compañía. Los soldados, cuantos habían disponibles— nótese “toda la compañía”, aunque esto no significa necesariamente toda una compañía de seiscientos hombres—ahora se reúnen alrededor de Jesús para divertirse con él. Desean satisfacer sus impulsos sádicos. Quieren tener algo de diversión a costas de este “Rey de los Judíos”. Estos soldados, aunque romanos en el sentido de estar al servicio del gobierno romano, habían sido reclutados probablemente de la provincia de Siria; y si era así podían hablar arameo que también lo hablaban los judíos y estaban familiarizados con las costumbres judías. Probablemente consideraran a Jesús como un pretendiente falso al trono real, una persona que no merecía algo mejor que el ser sometido a burlas.
No tiene apoyo el decir que Pilato había ordenado que fuese mofado (esto dice Lenski). El relato no da apoyo a esa interpretación. Pilato fue el que ordenó que fuera azotado. Aunque es verdad que podría y debiera haber impedido las burlas y era, por lo tanto, en parte responsable por ello, no tenemos derecho a decir que él lo ordenó.
Para un punto de vista correcto sobre este escarnecimiento es necesario que lo consideremos no sólo en sus partes por separado sino también como un todo. Mateo menciona siete puntos, algunos de los cuales se pueden encontrar también en Marcos o en Juan o en ambos. Los soldados, habiendo llevado a Jesús adentro
le desnudaron le pusieron un manto [p 1006] le coronaron le pusieron cetro le adoraron le escupieron le golpearon
881 Literalmente, el pretorio. 882 O: cohorte.
Mateo 27:28a 27:28b 27:29a 27:29b 27:29c 27:30a 27:30b
Marcos
15:17a 15:17b
15:18 15:19b 15:19a
Juan
19:2b 19:2a
19:3a
19:3b
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Las burlas en general y particularmente los dos últimos puntos deben compararse a lo que Jesús ya había soportado en casa de Caifás unas pocas horas antes. Véanse Mt. 26:67, 68; Mr. 14:65; Lc. 22:63–65.
En resumen, todo el cuadro es como sigue: Los soldados, habiendo desnudado a Jesús de sus ropas exteriores, le echan encima un manto “real”. Puesto que un rey debe esgrimir un cetro, le ponen un palo o caña en la mano derecha. Entonces, uno por uno, se arrodillan frente a él en burlesca adoración diciéndole: “Salve, rey de los judíos”. Ellos le escupieron y le golpearon con su propio “cetro”.
28–30. Y desnudándolo le echaron encima un manto de escarlata; y habiendo tejido una corona de espinas se la pusieron en la cabeza y una caña en la mano derecha. Luego se arrodillaban delante de él y burlándose le decían: Salve, rey de los judíos. Y habiéndole escupido tomaron la caña y le golpearon la cabeza repetidas veces. Y ahora los puntos por separado:
a. Le desnudaron
Esto lo habían hecho una vez antes cuando le azotaron. Cuán terriblemente debe haberle dolido cuando le pusieron el manto sobre su cuerpo azotado. Y ahora nuevamente lo desnudan de sus ropas exteriores a fin de dar el paso siguiente en franca mofa:
b. Le pusieron un manto
Arrojaban sobre Jesús lo que probablemente era un manto de soldado ya desechado y desteñido de tinte escarlata883 que representaba la púrpura real. Cf. Mt. 27:28b: “escarlata” con Mr. 15:17a y Jn. 19:2b: “púrpura”. Nuevamente, ¡cuánto debe haberle dolido al Salvador azotado el hecho de que le arrojaran este manto encima!
c. Le coronaron
En algún lugar en el vecindario del pretorio los soldados encontraron algunas ramas con espinas. No se sabe si la planta de la que sacaron las ramas era la Spina Christi o Arbusto Palinro, como algunos piensan. Los botánicos han señalado que pocos países de las dimensiones de Palestina tienen tantas variedades de plantas espinozas. Es de poca importancia la identidad de las especies. Mucho más significativo es el hecho de que los cardos y las espinas se mencionan en Gn. 3:18 en relación con la caída de [p 1007] Adán. Aquí en Mt. 27:29a y sus paralelos, Jesús se presenta cargando con la maldición que hay sobre la naturaleza a fin de liberar a la naturaleza y a nosotros de ella. Con crueldad infernal, habiendo hecho los soldados una “corona” con las ramas espinozas la clavan en la cabeza de Cristo. Representaba no una guirnalda imperial sino una corona que se consideraría adecuada para un “rey de los judíos”. Los que se estaban divertiendo en esta manera querían burlarse de Jesús. También querían torturarlo. La corona de espinas satisfacía ambos propósitos. Riachuelos de sangre habrían comenzado a correr por su rostro, cuello y otras partes de su cuerpo.884 ¿Comprendían los que le molestaban que estaban haciéndole esto al que es “Rey de reyes y Señor de señores”?
d. Le pusieron cetro Habiendo obligado a Jesús a sentarse ahora le pusieron una caña en la mano derecha,
porque un rey debe tener un cetro. Mateo es el único evangelista que relata este incidente. e. Le adoraron
883 Griego κοκκίνη en el nominativo (aquí acusativo -ην); cf. latín coccineus, color escarlata. 884 Una de las mejores representaciones artísticas es, quizás, “Ecce Homo” de Guido Remi. Véase A. E. Bailey, op. cit., frente a la p. 335.
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Por cierto, esto era una burla cruel. Un soldado se caía de rodillas frente a Jesús y le decía: “Salve, rey de los judíos”. Luego otro soldado tomaba su turno, y otro más hasta que todos hubieron participado en esta diversión.885
f. Le escupieron
Descienden a un nivel más bajo que las bestias. Alegremente—porque se están divertiendo—cada soldado, cuando le llega el turno, después de levantarse de sus rodillas, ¡escupe en el rostro del unigénito y amado Hijo de Dios!
g. Le golpearon
Es claro que todos estos elementos que corresponden al escarnecimiento van juntos. Esto es especialmente verdadero con respecto a los puntos e., f., y g. Antes de dejar su lugar frente a Jesús cada burlador toma la caña que tiene en la mano y le golpea la cabeza con ella, como si se dijera: “¡Qué clase de rey eres! Uno que recibe golpes en la cabeza con su propio cetro”. Y cada vez que el malvado golpea a Jesús las espinas se le incrustan más y más en su carne. Una mirada a cualquier planta que represente alguna de las especies de lo que todavía se conoce como “corona de espinas”, no sólo las que se encuentran en Israel sino también en la Florida y muchas partes de los Estados Unidos y de otros países del mundo, profundizará la impresión de la sádica brutalidad que aquí estaba ocurriendo. Y aun esto no fue todo porque como Jn. 19:3b nos informa, los escarnecedores no solamente usaron repetidas veces la caña para golpear a Jesús sino que también lo [p 1008] abofetearon con sus manos. ¡Esto lo hicieron a quien ya había sido azotado!
31. Cuando hubieron terminado de mofarse de él, le quitaron la túnica, le vistieron (nuevamente) con sus ropas y le llevaron para crucificarle. Finalmente todos tuvieron su turno. Según Jn. 19:4ss Pilato entra nuevamente en el cuadro. Saca a Jesús ante la multitud, al que está gravemente afligido y aún lleva la corona de espinas y la túnica de púrpura. A la vista del público aparece un espectáculo patético: Jesús veteado de sangre, cubierto de heridas abiertas. “He aquí el hombre”, dice el gobernador a fin de suscitar la simpatía del pueblo y testificar una vez más que él, Pilato, no halla crimen en él. Pero este esfuerzo de parte del juez fracasa tan trágicamente como todos los anteriores. Cuando los principales sacerdotes y los oficiales ven a Jesús, gritan: “Crucifícale ... crucifícale”. Ahora usan su argumento final, el que hasta este momento habían mantenido en reserva, a saber, “Tenemos una ley y conforme a esa ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios”. Habiendo reexaminado a Jesús y tratando todo el tiempo de soltarle, Pilato finalmente se rinde cuando oye el grito: “Si sueltas a este hombre, no eres amigo del emperador”. Esa fue la bomba. El gobernador, actuando todo el tiempo como juez, se sienta en el tribunal que estaba en el Enlozado “Gabbata” y sentencia a Jesús a morir.
Los soldados, ya terminado su juego un poco antes, ahora quitan a la víctima sus atuendos reales y le vuelven a poner sus propias ropas. Entonces lo llevan para ser crucificado.
32 Ahora, mientras salían (de la ciudad) encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón. A él lo obligaron a llevar la cruz (de Jesús). 33 Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, es decir, Lugar de la Calavera, 34 le ofrecieron a beber vino mezclado con hiel; pero después de probarlo se negó a beber. 35 Y habiéndole crucificado se repartieron sus vestidos echando suertes. 36 Y sentados le guardaban allí. 37 Y pusieron sobre su cabeza la acusación886 contra él que decía:
ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS
885 El texto de Mateo varía entre ἐνέπαιζαν aoristo, y ἐνέπαιζον imperfecto, con la probabilidad de que el primero sea el correcto. Mr. 15:18, “Comenzaron a saludarlo” y Jn. 19:3a, “Se iban acercando a él” muestran que esta burla terriblemente cruel debió haber tomado tiempo considerable. 886 O: acusación, cargo.
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38 Entonces fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y uno a su izquierda.
39 Y los que pasaban le blasfemaban, meneando la cabeza 40 y diciendo: “Tú que destruyes el templo887 y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo si eres el Hijo de Dios y desciende de la cruz”. 41 Igualmente se burlaban (de él) los principales sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos y le decían: 42 “A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse; rey de Israel es él; que desciende ahora de la cruz y creeremos en él.
43 Ha puesto su confianza en Dios. Que (le) libre ahora si le quiere;
porque dijo “Soy Hijo de Dios”. 44 Y también los ladrones que habían sido crucificados con él le injuriaban del mismo modo.
[p 1009] 27:32–44 El Calvario: La crucifixión de Jesús Cf. Mr. 15:21–32; Lc. 23:26–43; Jn. 19:17–27
Aunque el centro de interés es siempre Jesús mismo, en lo que él hizo, dijo o sufrió, nuestra atención también se fija en cinco personas o grupos secundarios:
a. Simón de Cirene presta un servicio a Jesús (v. 32).
b. Llegados al Gólgota los legionarios o soldados ofrecen a Jesús un vino drogado que él rechaza. Habiéndolo crucificado entre dos ladrones y fijado el anuncio por sobre su cabeza, echan suertes para distribuir sus vestidos. Se sientan al pie de la cruz para montar guardia (vv. 33–38).
c. d. e.
Los que pasaban blasfemaban (vv. 39, 40). Los escribas (y sus compañeros) se burlan (vv. 41–43).
Los ladrones lo injurian (v. 44).
El párrafo que podría intitularse “Las mujeres lloran” no se encuentra en Mateo pero sí en Lucas (23:27–31).888 Lucas también describe a las multitudes profundamente conmovidas (23:48).
Con la excepción del v. 32 toda la sección (Mt. 27:32–44) relata lo que le sucedió a Jesús desde las nueve de la mañana (cf. Mr. 15:25) hasta el mediodía (cf. Mr. 15:33) del día Viernes (Santo).
Simón de Cirene
En realidad, lo que se dice en el v. 32 también podría haberse incluido bajo el encabezamiento siguiente, porque Simón no actuó por su propia iniciativa. Los soldados lo obligaron a hacer lo que hizo. Pero dado que el Nuevo Testamento y la tradición antigua ponen tanto énfasis en él y (probablemente) en su familia, se da un encabezamiento separado al v. 32. Ahora, mientras salían (de la ciudad) encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón. A él lo obligaron a llevar la cruz (de Jesús). Como era costumbre y en conformidad con la ley la ejecución se hacía fuera de la [p 1010] ciudad (Ex. 29:14; Lv. 4:12, 21; 9:11; 16:27; Nm. 15:35; 19:3; cf. Jn. 19:20; Heb. 13:12, 13). Los condenados a crucifixión
887 O: santuario. 888 Por toda esta sección hay un estrecho paralelo entre Mateo y Marcos. El relato de Lucas, además, es paralelo a los otros dos Sinópticos en gran medida. Sin embargo, aunque Lucas nada dice acerca de los que pasaban, agrega que los militares se unieron a las burlas y le ofrecieron vinagre al Señor (23:36, 37; cf. Jn. 19:29, 30). Además de los párrafos a que se ha hecho referencia— acerca de las mujeres que lloraban y lo que Jesús les dijo y sobre las multitudes profundamente conmovidas—Lucas también nos relata la conmovedora historia del ladrón arrepentido (23:39–43). Relata las primeras dos palabras de la cruz (23:34, 43). Juan, habiendo informado que Jesús emprendió la marcha cargando él mismo la cruz (19:16, 17)—nada dice acerca de Simón de Cirene—da un relato más detallado acerca de lo que se había escrito para poner en la cruz y la controversia al respecto (19:19–22), y de la repartición de las vestiduras (19:23, 24). En su relato de las mujeres que están paradas junto a la cruz (19:25–27), registra la tercera palabra de la cruz (19:27). Omite toda referencia a las burlas y a los escarnios.
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tenían que cargar sus propias cruces. Los comentaristas se dividen ante la cuestión de si esto se refiere al palo horizontal solo, puesto que el vertical ya había sido puesto en el Gólgota, o a la cruz completa. Puesto que nada hay en el texto o en el contexto que indique otra cosa, se supone que la segunda postura—toda la cruz—es la correcta.
A la luz del hecho de que el título o acusación fue puesto sobre la cabeza de Cristo (v. 37), es casi seguro que los artistas tienen razón al preferir la cruz latina que tiene forma de daga: †. En cuanto a las razones por qué la muerte de cruz debía ser considerada una maldición, véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 699–700.
Jesús también llevó su propia cruz (Jn. 19:16, 17), pero no por mucho tiempo. Su agotamiento físico completo le hizo incapaz para llevarla muy lejos. Considérese lo que ya había aguantado en las últimas quince horas: la tensa atmósfera del Aposento Alto, la traición de Judas, las agonías de Getsemaní, la deserción de los discípulos, la tortura de un juicio completamente hipócrita ante el Sanedrín, la burla en el palacio de Caifás, la negación de su discípulo más prominente, el juicio ante un juez injusto, el terrible suplicio del azote, la pronunciación de una sentencia de muerte sobre él, y el séptuple abuso a que fue sometido por los soldados en el pretorio. Humanamente hablando, ¿no es una maravilla que haya podido llevar la cruz siquiera una corta distancia?
Cuando Jesús sucumbió bajo su carga, los legionarios, ejerciendo su derecho de “requisición” o de “hacer demandas” a la gente (véase sobre Mt. 5:41), obligaron a Simón, un hombre de Cirene—localidad que estaba en una meseta a unos dieciséis kilómetros del Mar Mediterráneo en lo que actualmente es Libia (al oeste de Egipto)—que cargara la cruz el resto de la distancia. La teoría de que Simón no podía haber sido judío porque dio a sus hijos nombres griegos (Mr. 15:21) carece de mérito, dado que muchos judíos seguían esa práctica. Además, en Cirene había una gran colonia de judíos (Hch. 2:10; 6:9; 11:20; 13:1). La otra especulación de que este hombre debió de ser un agricultor, porque este viernes por la mañana venía “del campo” (Mr. 15:21) también carece de base. Aun en el presente mucha gente, además de los agricultores, tienen conexiones comerciales o sociales en el campo. Aun hay quienes viven en el campo.
La siguiente reconstrucción de los hechos, aunque no es segura, es probable. Simón, un judío, había venido a Jerusalén para asistir a una de las grandes fiestas (en este caso la Pascua), según la costumbre de muchos judíos, incluso los de Cirene (Hch. 2:10). Aun había una sinagoga de los de Cirene en Jerusalén (Hch. 6:9).
Ahora bien, este viernes, al volver Simón a la ciudad de una visita al campo, los soldados que llevan a Jesús al Calvario, quizás (pero no es [p 1011] seguro) por la vía Dolorosa, y que ahora van pasando las puertas para salir de la ciudad, lo obligan a prestar este servicio. Entonces—¿de mala gana al principio?—Simón lleva la cruz de Cristo, llega al Calvario y presencia lo que allí ocurre. La conducta de Jesús y sus palabras de la cruz dejan tal impresión en Simón que se hace cristiano. Posteriormente él y su familia están viviendo en Roma. Quizás haya vivido allá antes, pero en todo caso era cireneo de nacimiento (entre los primeros cristianos había muchos cireneos, Hch. 11:19; 13:1).
Marcos, escribiendo a los romanos, menciona a Simón “padre de Alejandro y Rufo” como si dijera, “personas a quienes vosotros, los que vivís en Roma, conocéis bien”. Pablo, en su carta a los romanos (16:13) escribe: “Saludad a Rufo, escogido en el Señor, y a su madre y mía”. Evidentemente la madre de Rufo—es decir, la esposa de Simón—había prestado algún servicio maternal a Pablo.
C.N.T. G. Hendriksen, Comentario del Nuevo Testamento
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Si esta reconstrucción corresponde a los hechos el servicio que Simón prestó, aunque inicialmente fue “forzado”, se constituyó en una genuina bendición para él, para su familia y para muchos otros.
Los legionarios
33–38. Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, esto es, Lugar de la Calavera, le ofrecieron a beber vino mezclado con hiel; pero después de probarlo, se negó a beber. Y habiéndole crucificado se repartieron sus vestidos echando suertes. Y sentados le guardaban allí. Y pusieron sobre su cabeza la acusación contra él que decía:
ESTE ES JESUS EL REY DE LOS JUDIOS Entonces fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y uno a su
izquierda.
Precisamente ¿dónde estaba el Gólgota y por qué se llamaba “Lugar de la Calavera”? En cuanto a un análisis de estas preguntas remítase el lector al C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 700–701. El vino que los soldados ofrecieron a Jesús y que él rechazó, Mateo lo describe como “mezclado con hiel”, es decir, con algo amargo. El evangelista probablemente estaba pensando en Sal. 69:21a, y si es así consideró correctamente que lo que estaba ocurriendo era un cumplimiento del pasaje del Antiguo Testamento. Según Mr. 15:23 la sustancia amarga era mirra. Habiendo probado la mezcla, Jesús se niega a beberla, sin duda porque quería soportar con plena consciencia todo el dolor que le aguardaba, a fin de ser nuestro perfecto Sustituto.
“Y habiéndole crucificado”, escribe Mateo con maravillosa reserva. No hay una descripción detallada de la manera en que fueron traspasados los clavos en sus manos (o muñecas) y pies, etc. En el original se usan [p 1012] solamente dos palabras: “habiendo-crucificado le”. Después de todo, la Escritura no pone todo el énfasis en lo que Jesús sufrió físicamente, sino en el hecho de que él mismo, en cuerpo y alma, fue hecho una ofrenda por el pecado y puso su vida. Véase Is. 53:10. Cf. Mt. 27:46; Jn. 10:11, 15.
Habiéndole crucificado, los legionarios dividieron sus vestidos echando suertes. Con toda probabilidad los cuatro soldados se reparten las cuatro prendas de vestir—el cobertor de la cabeza, las sandalias, el cinto y el manto—arrojando los dados (Jn. 19:23). La túnica sin costuras, de una sola pieza, toda tejida de arriba abajo, también es sorteada, todo en conformidad con la profecía de Sal. 22:18 (LXX Sal. 21:19), aunque esta referencia al cumplimiento no se encuentra en Mateo sino en Jn. 19:23, 24. Véase C.N.T. sobre ese pasaje para mayores detalles.
Habiendo hecho todo esto, los soldados se sientan y vigilan a Jesús para que nadie lo moleste o trate de rescatarlo. Este acto de.custodiar a Jesús en estricta vigilancia es significativo. ¿No da testimonio de que Jesús realmente murió en el Calvario?
Las dos acciones siguientes de los soldados que aquí se describen probablemente no estén mencionadas en orden cronológico. Es muy dudoso que el escritor quisiera darnos la idea que, habiendo crucificado a Jesús y habiendo repartido sus vestiduras, los legionarios después fijaron al vertical sobre su cabeza la tabla en que estaba su nombre y la razón de la crucifixión. Tampoco debemos suponer que todo lo relacionado con la crucifixión de Jesús se había completado antes que los dos ladrones fueran clavados a las cruces. Indudablemente la tabla con la causa había sido puesta mucho antes. Y es probable que mientras los cuatro soldados clavaban a Jesús en la cruz, otros dos grupos de cuatro estaban haciendo lo mismo a los dos ladrones.
En cuanto a la acusación o cargo—llamado título en Jn. 19:19, Mr. 15:26 y Lc. 23:38 (literalmente “epígrafe” en los dos últimos)—véanse los detalles en C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 702, 703. Aunque no hay dos Evangelios que den la leyenda del “letrero” o
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“rótulo” en la misma forma, no hay contradicción. Casi no es necesario decir que fue Pilato y no los soldados quien lo escribió, esto es, él fue responsable de su redacción (Jn. 19:22) en tres idiomas: “Este es Jesús, que fue crucificado porque pretendió ser el Rey de los judíos”, pero también como un título: “Este es Jesús, que es Rey de los judíos”. Los judíos querían quitarle la ambigüedad. Por razones propias, Pilato se negó. Si tenemos presente que por medio de esta misma cruz Jesús obtuvo realmente la victoria (Jn. 12:32) entenderemos que es ciertamente Rey sobre todo, incluidos los judíos.
Los dos hombres crucificados con Jesús eran “ladrones” o, como se puede traducir la palabra “revolucionarios” (véase sobre 26:55; 27:16). Considerando Lc. 23:33 (“dos malhechores” o “delincuentes”), “ladrones” probablemente sea la mejor traducción aquí. Fue una grosera injusticia que [p 1013] Jesús fuera crucificado entre estos dos hombres, como si él mismo fuera también un delincuente. Sin embargo, también fue un honor. ¿No vino a buscar y a salvar los que se habían perdido (Lc. 19:10)?¿No era “amigo de publicanos y pecadores” (Mt. 11:19)? Véase también C.N.T. sobre Jn. 3:16 y sobre 1 Ti. 1:15.
Los que pasaban
39, 40. Y los que pasaban le blasfemaban, meneando la cabeza y diciendo: Tú que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo si eres el Hijo de Dios y desciende de la cruz. En rápida sucesión Mateo ahora describe la reacción de tres grupos hacia Jesús: los que pasaban, los escribas y sus aliados, y los ladrones. En primer lugar, entonces los que pasaban (o transeúntes). La expresión “los que pasaban” traduce literalmente el griego original y expresa exactamente su sentido. Si, como algunos piensan, el Calvario en ese tiempo estaba en la conjunción de caminos—cf. la Iglesia del Santo Sepulcro—la expresión “los que pasaban” tiene verdadero sentido. No todos pertenecían a las multitudes (Lc. 23:48) que iban al Calvario esa mañana para ver todo lo que ocurriera de principio a fin. Había también personas que simplemente “iban pasando”. En su camino a otro lugar se detenían un rato para observar la escena. Centran su atención en Aquel que está clavado en la cruz central, acerca de quien ya han oído tanto. Menean la cabeza con menosprecio y arrogancia. Cf. Sal. 22:7b; Is. 37:22. Entonces comienzan a lanzar insultos contra él. En realidad están blasfemando contra él, como dice literalmente el original. Véase sobre 12:31, 32 en cuanto al significado de esta palabra y sus cognados, y nótese que aquí en 27:39 no se usa en un sentido general sino en el más terrible sentido de burlarse contra el mismísimo Hijo de Dios. Esto es nada menos que “irreverencia desafiante”.
Las palabras que usan lo demuestran. Mientras menean la cabeza dicen: “Tú que destruyes el templo y en tres días lo reedificas ...”. Así que ellos también como los falsos testigos de 26:60, 61 han adoptado la calumniosa cita y mala interpretación del dicho de Cristo (Jn. 2:19) y lo han aceptado como si fuera la misma verdad. Ellos lo están usando ahora y le añaden: “Sálvate a ti mismo si eres el Hijo de Dios y desciende de la cruz”. Con esto ellos demuestran que rechazan completamente la confesión de Cristo acerca de sí mismo (véase sobre 26:63–66), hecha sólo unas pocas horas antes. La consideran un chiste. En forma insolente gritan que el único modo en que el Crucificado pueda demostrar su pretensión de ser el Hijo de Dios será descender de la cruz. Dan a entender que la razón por qué se queda allí es su debilidad. Sin embargo, lo que realmente lo tenía allí era el poder, el poder de su amor por los pecadores. Pero estos transeúntes se han propuesto desafiar el testimonio de todos los milagros, de todas las misericordias [p 1014] demostradas a los necesitados, de todos sus maravillosos discursos y, sí, de toda la hermosa vida del Hijo de Dios sobre la tierra. Han rechazado todo esto. Ellos prefieren mofarse, prefieren blasfemar.
Los principales sacerdotes, escribas y ancianos
41–43. Igualmente se burlaban (de él) los principales sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, y le decían: A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse; rey de Israel es él; que descienda ahora de la cruz y creeremos en él.
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Ha puesto su confianza en Dios. Que (le) libre ahora si le quiere; porque dijo: Soy Hijo de Dios.
Tan complacidos estaban los miembros del Sanedrín con el hecho de que su archienemigo ahora estaba colgado en una cruz que ellos—los principales sacerdotes, escribas y ancianos (véase sobre 16:21)—perdieron toda la dignidad y se unieron a los transeúntes para dar expresión a su desprecio hacia Jesús. “Igualmente”, escribe Mateo, y en varios sentidos las palabras de los líderes sí eran similares a las de los que pasaban. Ambos se burlan. Ambos están convencidos que la permanencia de la víctima en la cruz se debía a su debilidad, su completa incapacidad de salvarse él mismo. Ambos ridiculizan su reclamo de que es en algún sentido especial “el Hijo de Dios”. Ambos lo desafían a que demuestre sus pretensiones descendiendo de la cruz.
Sin embargo, hay también una diferencia más bien sorprendente. Los transeúntes se habían dirigido a Jesús en forma franca, usando la segunda persona del singular. Véase vv. 39, 40. Pero los líderes ni siquiera una sola vez se dirigen a Cristo en forma directa, sea en el relato de Mateo, Marcos o Lucas. Cada vez hablan de él el uno al otro. Nunca le hablan a él. Tan completo es el odio que le tienen. Mateo y Marcos relatan que estos miembros del Sanedrín en su conversación entre ellos acerca de su enemigo se burlaban de él. Y así lo hacían ciertamente. Sin embargo, Lucas usa una palabra diferente. Muestra que esta burla era del peor tipo posible. La burla la mezclan con odio y envidia. Lucas dice: “Levantaban sus narices ante él”,889 esto es, se reían despectivamente; se burlaban (23:35).
Cuando ellos ahora dicen: “A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse”, no niegan que los milagros que había realizado en favor de otros fueran reales. De ningún modo los niegan. Habían reconocido anteriormente su carácter genuino (Jn. 11:47). Sólo que ellos habían atribuido su poder para [p 1015] realizarlos a Satanás (Mt. 9:34). La conclusión que sacaron es que ahora que Beelzebú no puede o no quiere ayudarlo más; está completamente impotente. Ellos también se niegan a reconocer que era el poder de su amor para con los pecadores lo que le mantenía clavado a esa cruz.
Con irrisión se refieren al hecho de que ha pretendido ser el “rey de Israel”. Bueno, él verdaderamente había hecho tal reclamo (27:11). Además, él había aceptado la honra implícita en títulos similares cuando otros le otorgaban ese honor (21:16). En realidad, él se había atribuido a sí mismo la autoridad real sobre un reino mucho más extenso (11:27; 25:34) e iba a hacerlo nuevamente (28:18). Pero estos líderes lo estaban tergiversando intencionalmente; porque cuando quiera que, de palabra o hecho, la gente quería hacerlo rey terrenal, un rey que viniera a librar a los judíos del yugo de los romanos, él se había alejado tan rápidamente como era posible de quienes sustentaban tal error. Véase Jn. 6:15; cf. 18:36.
El más bajo de todos fue el ataque contra el reclamo de Jesús de ser Hijo de Dios en sentido muy único. Verdaderamente había hecho esta afirmación repetidas veces. Véase sobre 7:21–23; 11:25; 16:17. Nada le era tan querido como esta relación de intimidad entre él y el Padre (Mt. 11:27; Jn. 10:30; 16:32; 17:5, 24). Y ahora estos adversarios, por medio de una alusión a las palabras del Sal. 22:8b, dan a entender que su Padre celestial ha perdido todo interés en él y que ahora su confianza en Dios es inútil. De otro modo, así alegan ellos, Dios lo libraría, le daría capacidad para bajar de la cruz. Dan a entender que el hecho de que Dios no hace esto sólo puede significar una cosa, a saber, que su afirmación “Soy el Hijo de Dios” no es verdad.
889 El verbo de Lucas es ἐξεμυκτήριζον, terc. pers. pl. imperf. del indic. de ἐκμυκτηρίζω. Cf. μυκτήρ, nariz.
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Cuando los enemigos del escritor del Salmo 42 le preguntaron: “¿Dónde está tu Dios?” querían decir: “Tu Dios, si es que existe, de nada sirve. Tu fe no tiene un fundamento sólido”. Confiesa que este ataque de sus adversarios lo afectaba como si hubiera sido una herida a sus huesos (Sal. 42:10). Ahora la relación entre el salmista y su Señor era íntima y dulce. Sin embargo, ¡cuán incomparablemente más estrecha y vital era la relación entre el Padre y su Hijo unigénito! Así que, ¡cuánto debe haber herido al Mediador este sucio ataque de los líderes!
Los ladrones
44. Y también los ladrones que habían sido crucificados con él le injuriaban del mismo modo. Los que pasaban y los del Sanedrín estaban de acuerdo que si Jesús quería demostrar que era verdaderamente lo que decía ser tenía que salvarse a sí mismo. Los ladrones se dejan llevar por este argumento. También comienzan a insultarlo del mismo modo. Hay que enfatizar que según el claro lenguaje de las Escrituras al principio ambos ladrones amontonaban insultos sobre Jesús de la misma manera. El lenguaje de uno de estos hombres se relata en Lc. 23:39. Dijo: “¿No eres tú [p 1016] el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Aun los militares se unieron a este tipo de burla (Lc. 23:36, 37). Los insultos venían de casi todos los lados. Los legionarios, los transeúntes, los principales sacerdotes, los escribas, los ancianos, los ladrones y las multitudes de los demás espectadores lo escarnecían.
En medio de todo esto Jesús guarda silencio. No ofrece ni una sola palabra de reprensión. Pedro lo expresa en forma hermosa cuando dice: “Quien, cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 P. 2:23, 24).
¿No es posible—probable aun—que esta conducta calmada y majestuosa de nuestro Señor, unida a la oración: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que están haciendo” (Lc. 23:34) haya sido usado por Dios como un medio para conducir a uno de los dos ladrones al arrepentimiento? Véase la historia en Lc. 23:39–43.
45 Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre todo el país hasta la hora novena. 46 Y alrededor de la hora novena Jesús clamó a gran voz diciendo:
“Elí, Elí, lemá sabachtaní? es decir “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”
47 Cuando algunos de los que estaban parados allí oyeron esto, decían: “Está llamando a Elías”. 48 E inmediatamente uno de ellos corrió, tomó una esponja, la llenó con vino agrio, la puso en una caña, y le dio a beber. 49 Pero los demás decían: “Déjalo,890 veamos si Elías viene a rescatarlo”. 50 Y Jesús, habiendo gritado otra vez con fuerte voz, entregó el espíritu. 51 Y ¡fíjese! el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron, 52 y los sepulcros se abrieron. Y muchos cuerpos de santos que habían dormido fueron resucitados, 53 y habiendo dejado los sepulcros, después de la resurrección (de Jesús) entraron a la santa ciudad y aparecieron a muchos. 54 Ahora bien, cuando el centurión y los que con él estaban vigilando a Jesús vieron el terremoto y las cosas que estaban ocurriendo, se atemorizaron y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.
55 Desde una distancia estaban mirando varias mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea, ministrando a sus necesidades. 56 Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
890 O: “Déjale”. Cf. 19:14.
[p 1017] 27:45–56 El Calvario: la muerte de Jesús
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Cf. Mr. 15:33–41; Lc. 23:44–49; Jn. 19:28–30
Lo que sigue en los vv. 45–56 muestra lo que ocurrió en el Calvario desde el medio día (“la hora sexta”) hasta las tres (“la hora novena”) como lo indican los vv. 45, 46.
Tinieblas
45. Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre todo el país891 hasta la hora novena.
Desde las nueve de la mañana hasta el mediodía el Calvario había sido un lugar de mucha actividad. Los soldados habían realizado sus diversas tareas, como se mostró en los vv. 33– 38. Los transeúntes habían blasfemado. Los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos se habían mofado. Los ladrones lo habían insultado, aunque uno de ellos se había arrepentido, Jesús ya había pronunciado sus primeras tres palabras. Entonces a las doce ocurre algo de un carácter muy dramático. Repentinamente la tierra se oscurece. Cf. Am. 8:9. El solo hecho de que se mencione esta oscuridad muestra que ella debe haber sido intensa e inolvidable. Además, ocurrió cuando menos se esperaba, al mediodía, y duró tres horas.
Mucho se ha escrito sobre esta oscuridad. ¿Qué la causó? ¿Cuánto territorio abarcó? ¿Tenía algún significado? En cuanto a lo primero se da muy poca información. Lo que podemos afirmar con toda certeza es que “Dios la produjo”. Pero cuando se formula una segunda pregunta: “¿Por qué medio?”, no se puede dar una respuesta completamente satisfactoria. Una tormenta repentina, aun cuando hubiera durado tres horas, no habría abarcado todo el país y probablemente no se hubiera considerado digna de una mención especial. Se sabe que la tormenta negra causada por el siroco del desierto generalmente produce tal oscuridad. Por cierto, Lc. 23:44, 45 parecería proporcionar la respuesta que estamos buscando. ¿No dice “habiéndose eclipsado el sol”? Pero en primer lugar la lectura no es completamente segura. Hay algunas variantes. En segundo lugar, supuesto que “eclipsó” es la palabra que corresponde, esta no puede referirse a un ecplise en el sentido técnico o astronómico de la palabra, porque eso es imposible en el tiempo de la Pascua (luna llena). Además, tal eclipse no podría haber durado tres horas. Pero si se toma en el sentido más amplio es decir “oscureció”, nuevamente volvemos al principio: se oscureció, pero ¿qué lo oscureció? La mejor respuesta es considerar lo que ocurrió aquí como un milagro, un acto especial de Dios y no seguir preguntando más acerca de causas secundarias.
[p 1018] ¿Cuánto territorio abarcó? Aquí también tenemos que abstenernos de dar una respuesta definitiva. Nada sacamos con decir que cuando la luz del sol se apaga la mitad del globo debe quedar a oscuras. La luz del sol podría apagarse para un cierto país o región. Véase Ex. 10:22, 23. Lutero, Calvino, Zahn, Ridderbos, etc. prefieren la traducción “país” en 27:45. Se ha señalado que si la oscuridad fue muy extensa y alcanzó hasta la India, tendría que haberse preservado algún relato en la literatura secular. En este sentido uno podría referirse a Orígenes (Contra Celso, II. 33) que alude a una declaración del historiador romano Flegón, quien supuestamente mencionó la oscuridad y el terremoto. También Tertuliano, al escribir a sus adversarios paganos y al mencionar esta oscuridad, dice: “maravilla que se relata en vuestros propios anales y hasta el día de hoy se preserva en vuestros archivos”. Pero es imposible determinar el valor de tales referencias. Por lo tanto, aquí también probablemente sea mejor refrenarse de dar una respuesta definitiva. Aun si la traducción “país” en vez de “tierra” en el sentido de globo o mundo fuera la correcta, como bien podría ser el caso, no hay que pasar por alto el hecho de que la oscuridad “cubrió todo el país” y por lo tanto fue muy extensa.
En cuanto a la tercera pregunta, “¿Tenía algún significado?”, tenemos que dar una respuesta definitivamente positiva. Sí, tuvo un significado muy importante. La oscuridad significaba juicio, el juicio de Dios sobre nuestros pecados, su ira como si estuviera ardiendo en el corazón mismo de Jesús, de tal modo que él como nuestro Substituto sufrió la más
891 O: tierra (en el sentido de globo terráqueo).
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intensa agonía, un dolor indescriptible, un aislamiento y abandono terrible. Aquel día el infierno vino al Calvario y el Salvador descendió a él y llevó sus horrores en nuestro lugar, por nosotros. ¿Cómo sabemos que esta respuesta es la correcta? Nótese lo siguiente:
a. En las Escrituras la oscuridad muchas veces es un símbolo de juicio. Véase Is. 5:30; 60:2; Jl. 2:30, 31; Am. 5:18–20; Sof. 1:14–18; Mt. 24:29, 30; Hch. 2:20; 2 P. 2:17; Ap. 6:12– 17.
b. Con miras a su muerte inminente el Salvador había declarado que daría y estaba por dar su vida en “rescate por muchos” (Mt. 20:28; 26:28; Mr. 10:45).
c. La agonía sufrida por nuestro Señor durante estas tres horas era tal que finalmente pronunció las palabras explicativas del v. 46, las cuales entramos a considerar ahora:
El grito de agonía
46. Y alrededor de la hora novena Jesús clamó a gran voz diciendo: Elí, Elí, lemá sabachtaní?
es decir, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
[p 1019] La conexión entre la oscuridad y el grito es muy estrecha: la primera es un símbolo del contenido agonizante del segundo. Entonces, esta es la cuarta palabra de la cruz, la primera que relatan Mateo y Marcos.892 Salió de la boca del Salvador poco antes que expiró.
En los Evangelios no se relata lo que ocurrió entre las doce y las tres. Lo que sabemos es que durante estas tres horas de intensas tinieblas Jesús sufrió agonías indescriptibles. Estaba siendo hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21), “maldición” (Gá. 3:13). Estaba siendo “herido por nuestras transgresiones y molido por nuestros pecados”. Jehová estaba cargando en él “el pecado de todos nosotros”, etc. (Is. 53).
Por cierto, esto ocurrió a través de todo el período de su humillación, desde su concepción hasta su muerte y sepultura, pero especialmente en el Getsemaní, la Gabbata y el Gólgota.
Se ha preguntado: “pero ¿cómo podría Dios abandonar a Dios?” La respuesta debe ser que Dios el Padre abandonó al Hijo en cuanto a su naturaleza humana, y aun esto en un sentido limitado aunque muy real y agonizante. El sentido no puede ser que hubo un tiempo en que Dios el Padre dejó de amar a su Hijo. Tampoco puede significar que el Hijo haya en alguna forma rechazado al Padre. ¡Lejos de ser así! Lo llamaba “Dios mío, Dios mío”. Y por esa misma razón podemos estar seguros que el Padre lo amaba tanto como siempre.
Entonces, ¿cómo podemos atribuir un significado razonable a esta expresión de profunda angustia? Quizás pueda ayudarnos una ilustración, aunque debemos añadir inmediatamente que ninguna analogía tomada de las cosas que suceden a los humanos en la tierra puede siquiera comenzar a hacer justicia a la experiencia única del Hijo de Dios. Sin embargo, la ilustración puede ser de ayuda en algún grado. Digamos que aquí hay un niño que está muy enfermo. Es todavía muy pequeño para entender por qué debe ir al hospital y especialmente
892 La expresión “Elí, Elí” es hebrea. Véase Sal. 22:1 (22:2 en el original). En Mt. 27:46 “Elí, Elí” sigue el texto del Grk. N.T. (A- B-M-W). El resto, “lema sabachthani”, es arameo. La línea hebrea en el Sal. 22 es Elí, Elí, lama azabtani. Pero es razonable suponer que Jesús dijo estas palabras en un solo idioma. Si este idioma era hebreo, las primeras dos palabras podrían haber sonado algo parecido al nombre del profeta Eliya (Elías), arrojando algo de luz sobre el v. 47. Sin embargo, como lo señala N.N. en su aparato textual, la variante Eloi, Eloi tiene un fuerte apoyo textual en Mateo. Véase también Mr. 15:34. Por lo tanto hay que admitir la posibilidad aquí de que Marcos, como ocurre con frecuencia, sea quien da las palabras en la forma exacta (en arameo) en que Jesús las pronunció, mientras Mateo—si Grk. N.T. (A-B-M-W) es correcto—representa un texto que vincula el pasaje directamente con el hebreo del Sal. 22 y con las palabras de escarnio, “Está llamando a Elías”. La certeza con respecto al texto que reproduce la palabras exactas en Mateo—sea Elí, Elí, o Eloi, Eloi-quizás sea imposible.
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por qué mientras está allí, posiblemente en la unidad de cuidados intensivos, sus padres no pueden estar siempre con él. Sus padres lo aman tanto como antes. Pero pueda haber momentos en que el niño extraña la presencia de su padre o madre en tal forma que experimenta una profunda angustia. Así también ocurre con el Mediador. [p 1020] Su alma se esfuerza por asirse de Aquel a quien llama “Dios mío”, pero su Dios no le responde. ¿No es exactamente esa la forma en que se interpreta el grito de agonía en el contexto del Sal. 22? Nótese:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo”.
Para el Sufriente de alma altamente sensible, este terrible desamparo debe haber sido una verdadera agonía. Y esto aun más en vista del hecho que sólo unas horas antes había dicho a sus discípulos: “He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn. 16:32). Y un poco más tarde había añadido, en su emotiva y hermosa oración sumo sacerdotal: “Ahora, pues, Padre, glorifícame para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn. 17:5). Y ahora el Padre no responde, sino que lo deja en manos de sus adversarios. Reflexiónese nuevamente en todo el abuso y el sufrimiento que Jesús había soportado ya esa misma noche. ¿Es sorprendente que ahora grite: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Su Padre y Dios no lo había abandonado a sus atormentadores de no haber sido necesario. Pero era necesario, para que pudiera pasar por todo el castigo debido a los pecados de su pueblo.
Las burlas y Un acto de compasión
47–49. Cuando algunos de los que estaban parados allí oyeron esto, decían: Está llamando a Elías. E inmediatamente uno de ellos corrió, tomó una esponja, la llenó con vino agrio, la puso en una caña y le dio a beber. Pero los demás decían: Déjalo, veamos si Elías viene a rescatarlo. Fue con gran voz que Jesús pronunció la cuarta palabra de la cruz. Los que lo oyeron deben haber entendido la profecía del Sal. 22 (aunque no todos reconocieron las palabras como cumplimiento de la profecía) del cual se estaban cumpliendo y ya se habían cumplido tantos pasajes (véanse vv. 1, 2, 7, 8, 12–14, 16–18). Pero tan fuerte y clara fue la voz que no podía haber error en cuanto a lo que Jesús acababa de decir. Por lo menos lo entendieron todos los que sabían arameo y hebreo. Descubrimientos recientes están demostrando que además de entender el arameo y posiblemente el griego, los judíos, muchos de los que estaban presentes aquí, estaban más familiarizados con el hebreo de lo que anteriormente se suponía.
[p 1021] Entonces, lo que se describe aquí en los vv. 47 y 49 es la burla de aquellas personas descorazonadas que trataban de hacer creer a los demás que habían oído a Jesús llamar y pedir ayuda a Elías. Por supuesto, ellos sabían que esto no era así. Pero el parecido entre “Elí”—especialmente si la pronunciación era similar a Eliya—y el nombre del profeta del Antiguo Testamento era tanto que las mentes pervertidas de estos blasfemos podían hacer un chiste de ello. Además, ¿no era una creencia judía que Elías introduciría al Mesías y viviría junto a él por un tiempo como su ayudante y como el que rescataba a los que estaban por perecer?
Pero aunque estos burladores se estaban divertiendo, había Uno que había oído el grito de angustia y lo contestó de inmediato. Era Dios el Padre, que aquí y ahora puso fin al embate de la angustia de su Hijo, de modo que el Sufriente podía buscar algún alivio para sus labios y garganta sedientos, esto también en cumplimiento del Sal. 22, esta vez del v. 15. De
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manera que Jesús pronuncia la quinta palabra: “Tengo sed” (Jn. 19:28). Inmediatamente alguien, sin duda un soldado por orden del centurión, tomó una esponja, la llena de vino agrio o vinagre, un tipo de vino barato que bebían los soldados y era bueno para la sed, puso la esponja en una caña y la llevó hasta la boca de Jesús. Véanse más detalles al respecto en el C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, p. 709, 710.
No todos los hombres que estaban parados cerca de la cruz ese día estaban igualmente endurecidos. Quienquiera que haya sido la persona que dio la orden que aquí se llevaba a cabo—se ha supuesto que era el centurión—estaba mostrando genuina compasión. Pero esto de ningún modo era el sentimiento de todos. Los empedernidos siguieron con sus burlas. “Déjalo”, dijeron, “veamos si Elías viene a rescatarlo”. Entre los que se burlaban también había algunos soldados (Lc. 23:36, 37).
La muerte
50. Y Jesús, habiendo gritado otra vez en fuerte voz, entregó el espíritu. Nótese “con fuerte voz” mostrando que el Sufriente no dejó que su vida se le escurriera. El no murió a causa del agotamiento físico sino voluntariamente. Dio su vida, la derramó, la puso (Is. 53:12; Jn. 10:11, 15), o, como aquí, la entregó. Sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando se ofreció a si mismo como sacrificio vicario. Esto es claro por sus dos últimas palabras, la sexta: “Consumado es” (Jn. 19:30), con lo que quería decir que la obra que su Padre le había encomendado ahora se había cumplido; que ahora había dado su vida en rescate por muchos (Mt. 20:28); y la séptima: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46), demostrando que había recobrado completamente la consciencia de la presencia amorosa del Padre y estaba confiando su espíritu al cuidado amoroso del Padre. El Padre lo recibió en gloria y la mañana de la [p 1022] resurrección restauró el espíritu del Hijo a su cuerpo para no volver a morir. Es consolador saber que cuando Jesús se fue al Paraíso no fue solo, sino que llevó consigo el alma del ladrón arrepentido (Lc. 23:43).
Señales
La oscuridad se disipó (27:45). La muerte substitutiva de Jesús trae luz (salvación) a un mundo perdido en pecado, es decir, a todos los que le aceptan por medio de una fe viva. Hubo también otras señales, las que se mencionan claramente aquí en los vv. 51–53. Y, ¡Fíjese!, el velo del santuario893 se rasgó en dos de arriba abajo.
a. El velo roto
En base a Heb. 6:19; 9:3 y 10:20 es natural pensar de este velo como el interior, “el segundo velo”, el que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo. Esta cortina interior es la descrita en Ex. 26:31–33; 36:35; 2 Cr. 3:14. Según se describe en estos pasajes se habían entretejido hilos de azul, púrpura y escarlata en una tela de lino blanco, de tal modo que estos colores formaban un conjunto de querubines, los ángeles guardianes de la santidad de Dios que parecían cerrar simbólicamente el paso hacia el Lugar Santísimo. Una descripción del velo del templo de Herodes la da Josefo en Guerra judaica, v. 212–214.
En el momento de la muerte de Cristo este velo se rasgó repentinamente en dos de arriba abajo. Esto ocurrió a las tres de la tarde, cuando los sacerdotes debieran estar atareados en el templo. ¿Cómo ocurrió? No por desgaste natural, porque en ese caso probablemente se habría roto en diversas partes y la rotura se habría producido más probablemente desde abajo hacia arriba. Tampoco es probable que Mateo esté tratando de dar la idea de que la ruptura del velo fue causada por el terremoto. Si esta hubiera sido su intención, ¿no habría mencionado el terremoto antes de la rasgadura del velo? Lo sucedido debe ser considerado un milagro. No se menciona ningún medio secundario usado para efectuarlo y sería inútil
893 En el caso presente, puesto que sabemos que había un velo que pertenecía al santuario—la parte interior del templo—, no a todo el complejo del templo, la traducción “santuario”, parece ser preferible a “templo”.
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especularlo. En cuanto al significado simbólico, esto queda en claro por dos consideraciones: primero, ocurrió exactamente en el momento en que Jesús murió; en segundo lugar, se explica en Heb. 10:19, 20: por la muerte de Cristo, simbolizada por la rotura del velo, queda abierto el camino al “Lugar Santísimo”, esto es, el cielo, para todos los que se refugian en El. La lección práctica véala en Heb. 4:16. Podría haber más que esto implícito, pero si limitamos la interpretación a esto estamos pisando terreno firme.
b. El terremoto, piedras se parten, sepulcros se abren
Parece haber una estrecha relación entre estas tres cosas; la segunda y la [p 1023] tercera señal mencionadas probablemente fueran resultado de la primera: la tierra tembló, las rocas se partieron y los sepulcros se abrieron. Esto muestra que la muerte del Salvador tenía—y aún tiene—significado para todo el universo. Por lo menos hasta aquí todo es claro. Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap. 21:1), lo cual sin la muerte expiatoria de Cristo no habría sido posible. Véase C.N.T. sobre Col. 1:20; cf. Ro. 8:21; 2 P. 3:13. Otras ideas— tales como la que dice que ahora las piedras estaban clamando porque ningún discípulo estaba cerca de la cruz alabando al Señor (cf. Lc. 19:40); que el temblor del Calvario fue la respuesta al Sinaí, como si se dijera: “La maldición pronunciada en el Sinaí ahora ha sido quitada”—son demasiado especulativas para tener gran valor. Fue Dios quien hizo que en el momento de la muerte de Cristo la tierra temblara.
Este terremoto fue grande, porque se formaron grandes fisuras en las rocas y aun los sepulcros se abrieron.
c. Santos resucitados
Y muchos cuerpos de santos que habían dormido fueron resucitados y habiendo dejado los sepulcros, después de la resurrección (de Jesús) entraron a la santa ciudad y aparecieron a muchos. Con referencia a este misterioso acontecimiento hay muchas interpretaciones diferentes. Véase en la nota894 algunas que no puedo aceptar. No se dice quiénes eran estos santos. Sin embargo, lo siguiente es claro:
Primero, fue una resurrección verdadera y no solamente una aparición de cadáveres.
Segundo, ocurrió en el momento mismo de la muerte de Cristo y junto con las otras señales apuntaba al significado de esa muerte.
En tercer lugar, es verdad que el original puede ser interpretado de dos maneras, dependiendo de como analizamos la frase “después de la resurrección [p 1024] (de Cristo)”; si concebimos el sentido como “habiendo dejado sus tumbas después de su resurrección” o “después de su resurrección se fueron ...” Pero, ¿es razonable creer que estos santos con sus gloriosos cuerpos resucitados permanecieron en las tinieblas y corrupción del sepulcro desde
894
Para mí son inaceptables las siguientes: a. Podría no haber una resurrección real. Dios simplemente habría sacado temporalmente algunos de estos cuerpos del seno de
la tierra para mostrárselos a mucha gente (F. W. Grosheide, op. cit., p. 439). Objeción. El texto dice “resucitaron”, y “fueron”. b. Esta resurrección ocurrió en relación con, o un poco después de la resurrección de Cristo (H. N. Ridderbos, Vol. II, p. 241). Objeción: Si así fuera, esta sería la única de estas señales que fue pospuesta hasta (o: hasta después de) la resurrección de Cristo. Las demás, todas ocurrieron en el momento de la muerte de Cristo. 1 Co. 15:20 no ofrece una base para rechazar el punto de vista de que estos santos resucitaron antes de la resurrección de Cristo, porque la muerte y resurrección triunfante de Cristo siguen siendo la única base legal para la gloriosa resurrección aun de estos santos. Además, la comparación en 1 Co. 15:20, tomando su punto de partida en la resurrección de Cristo, mira hacia el futuro, a la segunda venida: en relación con todos los creyentes que
entonces resucitarán, Jesús es las primicias. c. Estos santos no fueron resucitados con cuerpos inmortales (W. R. Nicholson, The Six Miracles of Calvary, Chicago, 1928,
pp. 43, 44). Objeción: Si la resurrección de ellos fue como la de Lázaro, que volvió a morir, entonces la expresión “aparecieron a muchos” exige una explicación. Además, en ese caso, la resurrección de estos santos no sería una verdadera prenda de la gloriosa resurrección que habrá cuando Cristo venga. En consecuencia, no simbolizaría en forma verdadera la importancia de la muerte de Cristo para nuestra resurrección corporal futura.
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la tarde del viernes hasta la mañana del domingo? Con toda probabilidad el sentido es que estos santos fueron resucitados y dejaron sus sepulcros en el momento de la muerte de Cristo. No fue sino hasta después de la resurrección de Cristo que entraron en Jerusalén y aparecieron a muchos. No se explica donde estuvieron desde el momento que dejaron sus sepulcros hasta que aparecieron a muchos en lo que aún se llama “la santa ciudad” (¡!), del mismo modo que no se indica el paradero de Jesús durante los intervalos entre sus apariciones después de su resurrección.
En cuarto lugar, todo parece señalar hacia el hecho de que estos santos no volvieron a morir. Debe ser que, después de haber aparecido a muchos por algún breve período, Dios los haya llevado—ahora cuerpo y alma—para estar con él en el cielo, donde sus almas habían estado anteriormente.
Finalmente, esta señal, como las descritas en los vv. 51, 52a, es profética. Muestra que la muerte de Cristo garantiza nuestra resurrección gloriosa en la segunda venida de Cristo.
Resumiendo la importancia de estas señales, se puede decir que indican el significado de la muerte de Cristo para los hijos de Dios en todo clima y nación: acceso libre al trono de Dios y a su santuario celestial por medio de la muerte de Cristo; la herencia de un universo maravillosamente renovado; y una gloriosa resurrección a una vida que no verá jamás la muerte. Luego, todas estas señales también enfatizan la majestad de la persona que dio su vida en rescate por muchos. Particularmente pone énfasis en la rica significación de su muerte.
Véase en C.N.T. sobre Gá. 6:14 más acerca del significado de la cruz de Cristo y el gloriarse en ella.
El centurión
54. Ahora bien, cuando el centurión y los que con él estaban vigilando a Jesús vieron el terremoto y las cosas que estaban ocurriendo, se atemorizaron y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”. La naturaleza parece generalmente indiferente al sufrimiento humano. Pero aquí, como el centurión lo ve, aun la naturaleza respondió a lo que le ocurrió a Jesús. Se menciona específicamente el terremoto. Pero se añade “y las cosas que estaban ocurriendo” o “y lo que ocurrió”. Sin duda la referencia es a los efectos del terremoto que eran visibles desde el Calvario; es decir, las rocas partidas y los sepulcros abiertos. También se podría incluir la densa oscuridad y su disipación a las tres de la tarde. Cuando el hombre vio todo esto se vio notoriamente afectado al punto de “temer [p 1025] grandemente”, esto es, de estar atemorizado. El jamás había visto nada como esto.
Sin embargo, el centurión había visto más que esto: había visto como se conducía Jesús en medio de todas las perversas provocaciones y burlas. Específicamente había oído como los líderes judíos al conversar entre ellos se habían mofado de la afirmación de Cristo de ser el Hijo de Dios. Véase sobre el v. 43. ¿Quizás también haya oído a Pilato interrogar a Jesús respecto de este mismo punto (Jn. 19:7ss)?
El centurión, pues, combina todas estas impresiones. Con toda probabilidad este legionario no era judío. Su corazón no se había endurecido contra Jesús como había ocurrido con los corazones de muchos judíos, especialmente de sus líderes. Así, cuando todo había acabado se le oyó exclamar: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”. No se ha revelado si en este momento su conocimiento de Cristo había avanzado hasta el punto de confesar a Jesús como el Hijo de Dios en un sentido único. En cuanto a la gramática griega, no se nos da información alguna sobre ese punto.895 La leyenda dice que este hombre se convirtió en cristiano. Esperamos que así haya sido. Lucas dice que el centurión “glorificó a Dios y dijo:
895 El griego no tiene artículos definidas aquí; simplemente dice υἱός. Por otra parte, en el caso de nombres propios y títulos, las formas sin el artículo pueden todavía ser definidas. Podrían ser definidos o indefinidas.
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‘Ciertamente, este era un hombre justo’ ”. Aquí no hay contradicción. Podría muy bien haber dicho ambas cosas.
Mateo nos informa que no solamente el centurión sino aun los soldados que estaban bajo su mando se vieron igualmente afectados. Aquí nuevamente no hay contradicción. Es verdad que los soldados que habían crucificado a Jesús podrían ciertamente haber cambiado su modo de pensar. ¿No se había burlado al principio uno de los ladrones y luego se arrepintió? Según Lc. 23:48 aun la multitud en general finalmente quedó profundamente impresionada y “se volvían golpeándose el pecho”.
Las mujeres que ministraban
55, 56. Desde una distancia estaban mirando varias mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea, ministrando a sus necesidades. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y José, y la madre de los hijos de Zebedeo. Jn. 19:25 dice que estas mujeres estaban paradas “cerca” de la cruz de Jesús. Mt. 27:55; Mr. 15:40 y Lc. 23:49 las describen mirando “desde una distancia”. ¿Estaban, quizás, lejos al principio y se acercaron cuando se dieron cuenta que los soldados no les harían daño?
En cuanto a la identidad de las mujeres mencionadas—solamente se mencionan por nombre unas pocas de las muchas que estaban allí—es muy [p 1026] posible que las dos listas (Mt. 27:56; Mr. 15:40) indiquen las mismas tres personas. Si esto es así, las tres serían: a. María Magdalena, llamada así en ambas listas; b. María la madre de Jacobo y José = María la madre de Jacobo el menor y de José; y c. la madre de los hijos de Zebedeo = Salomé. En realidad, es posible que la lista de Jn. 19:25 tenga referencia a las mismas mujeres más María la madre de Jesús. Con toda probabilidad la lista de Juan se refiera a cuatro mujeres, no a tres. ¿No es posible que la razón por la que Juan menciona la presencia de la madre de Cristo, y Mateo y Marcos no, fuera que el escritor del cuarto Evangelio, a diferencia de los demás, describe la situacion como estaba antes que el discípulo a quien amaba Jesús tomara a María para llevarla a su casa (Jn. 19:27)? Las otras tres mujeres mencionadas en la lista de Juan entonces serían las mismas a las que se hace referencia en Mateo y Marcos, a saber, a. la hermana de la madre (de Cristo) = Salomé = la madre de los hijos de Zebedeo; b. María la (esposa, probablemente) de Cleofas = la madre de Jacobo el menor y de José; y c. María Magdalena. Véase más acerca de esto, y sobre las referencias a las cuatro en el Nuevo Testamento, en C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 705–707.
Tomando los tres nombres en el orden dado aquí en Mateo notamos que “María Magdalena” era de Magdala, ubicada en la costa sudoccidental del Mar de Galilea. El Señor la había libertado de una condición mala de posesión demoniaca (Lc. 8:2). Ella es la María que, después de la resurrección de Cristo, “estaba llorando junto al sepulcro” cuando Jesús, a quien tomó por el hortelano, se le apareció (Jn. 20:11–18). Definitivamente ella no es la mujer pecadora de Lc. 7. Acerca de “María la madre de Jacobo y José” sabemos solamente que, junto con María Magdalena, ella estaba presente también cuando Jesús fue sepultado (Mt. 27:61; Mr. 15:47; cf. Lc. 23:55) y fue una de las mujeres que muy temprano el domingo por la mañana fueron a ungir el cuerpo de Cristo (Mt. 28:1; Mr. 16:1). En ese mismo grupo estaba también “la madre de los hijos de Zebedeo” (cf. Mr. 16:1). La hemos encontrado antes. Véase sobre 20:20, 21.
Estas fueron unas mujeres notables y esto por lo menos por tres razones:
a. Con la excepción de Juan, ninguno de los otros discípulos que pertenecían al grupo de los doce estaba presente en el Calvario, según los relatos, pero estas mujeres sí estaban. Mostraron un valor que es difícil de encontrar.
b. Se nos dice claramente que eran mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea y habían tenido el hábito de ministrar a sus necesidades. Habían dado evidencias de tener corazones llenos de amor y comprensión.
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c. Siendo testigos de la muerte, la sepultura y de las apariciones posteriores a su resurrección, eran testigos competentes de hechos de la redención de los cuales, bajo Dios, depende la iglesia para su fe.
[p 1027] 57 Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea llamado José, quien también había llegado a ser discípulo de Jesús; 58 este hombre vino a Pilato y le pidió que le diera el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato ordenó que (le) fuera dado. 59 Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una tela de lino limpio, 60 y lo puso en su propio sepulcro nuevo, el cual había excavado en la roca; e hizo rodar una piedra grande a la entrada de la tumba y se fue. 61 María Magdalena y la otra María estaban allí, sentadas frente a la tumba.
27:57–61 La sepultura de Jesús Cf. Mr. 15:42–47; Lc. 23:50–56; Jn. 19:38–42
57, 58. Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea llamado José, quien también había llegado a ser discípulo de Jesús; este hombre vino a Pilato y le pidió que le diera el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato ordenó que (le) fuera dado. Como ya se ha indicado, Jesús murió a las tres de la tarde. Según la antigua forma hebrea de hablar, había “dos tardes” (cf. Ex. 12:6 en el original). La primera tarde comenzaba a las tres de la tarde y la segunda a las seis de la tarde. Probablemente algo de esto se refleje en la frase “al atardecer”, porque no nos podemos imaginar que José de Arimatea, un judío, iba a acercarse a Pilato el viernes a las seis de la tarde a pedir el cuerpo cuando estaba comenzando el sábado. Tiene que haber comenzado los preparativos mucho antes que eso. Era contra la ley dejar un cuerpo muerto en el madero durante la noche (Dt. 21:23). Esto era aún más reprensible si, al dejarlo, el cuerpo muerto iba a estar colgado de la cruz o del madero en el día de reposo. Además, éste era el reposo de la semana de la Pascua. ¡Ese día de reposo era ciertamente importante! (Jn. 19:31). Además de todo esto, como se ha señalado anteriormente (véase sobre Mt. 9:23, 24), era costumbre sepultar a una persona muy pronto luego de ocurrida su muerte. Por todas estas razones, es claro que si el cuerpo de Jesús iba a ser sepultado, tenía que ser ahora mismo, es decir, algún tiempo antes de las 6 de la tarde.
Pero, ¿quién se iba a encargar de esto? Téngase presente que los discípulos habían huido (Mt. 26:56). Es cierto que Juan había vuelto sobre sus pasos y había estado entre los espectadores en el Calvario, pero no por mucho rato (Jn. 19:27). Le había sido confiado el cuidado de María la madre de Jesús y él la había llevado a su casa. Sin embargo, volvió al Calvario porque vio el lanzazo (Jn. 19:35), pero podemos entender bien que no tuvo tiempo de hacer los preparativos para sepultar a Jesús.
Es en este punto que entra en el escenario José de Arimatea. ¿Qué clase de hombre era? Era rico. Así que, cuando provee una sepultura para Jesús, [p 1028] se cumple la profecía de Is. 53:9. También era un hombre bueno y justo que, aunque era miembro del Sanedrín (Lc. 23:51; cf. Mr. 15:43), no había consentido con el veredicto pronunciado por ese cuerpo en contra de Jesús. La Arimatea de donde provenía probablemente era la antigua Remataim de Zofim, situada un poco más de treinta kilómetros al noroeste de Jerusalén, o unos 25 kilómetros al este de Jope.
Había sido discípulo de Jesús sólo en forma secreta (Jn. 19:38). Puede ser que haya tenido miedo de que si hacía algo en favor de Jesús se le expulsara no solamente del Sanedrín sino también de la sinagoga. Véase sobre Jn. 7:13; 9:22; 20:19. Pero ahora, como fruto del amor de Jesús por él, este hombre repentinamente había adquirido mucho valor. De su parte fue un acto muy osado pedir el cuerpo de Jesús (Mr. 15:43), porque con toda probabilidad no era un pariente de Jesús; y además, sus colegas del Sanedrín ahora iban a descubrir la naturaleza de su lealtad.
De acuerdo con todo lo que leemos de este hombre en los Evangelios él no era un conspirador o un intrigante secreto. Casi no es necesario decir que Jesús también era todo lo
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contrario a un conspirador. Era y es él mismo “la Verdad” y por lo tanto aborrecedor y censurador de toda hipocresía.896
Habiéndose asegurado por medio del centurión que Jesús había muerto realmente (Mr. 15:44), el gobernador concedió la petición de José. Entonces vuelve al Calvario, donde le es entregado el cuerpo.
59, 60. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una tela de lino limpio, y lo puso en su propio sepulcro nuevo, el cual había excavado en la roca; e hizo rodar una piedra grande a la entrada de la tumba y se fue. Para la interpretación detallada de este pasaje, que tiene un virtual paralelo en el cuarto Evangelio, véase la detallada explicación que aparece en el C.N.T. sobre Jn. 19:40–42.
61. María Magdalena y la otra María estaban allí, sentadas frente a la tumba. Véase arriba, sobre los vv. 55, 56. “La otra María” debe ser “María la madre de Jacobo y José”. Ellas vieron como el cuerpo de Jesús fue llevado al sepulcro nuevo que José, propietario del jardín donde estaba localizado, había cavado en la roca. Era una tumba que no había sido usado. Las mujeres también vieron que hicieron rodar una piedra grande a la entrada del sepulcro. Habiendo visto estas cosas, ellas se fueron.
62 Al día siguiente, el día después de la preparación,897 los principales sacerdotes y los fariseos se reunieron y fueron juntos a Pilato, 63 diciendo: “Señor, nos acordamos que [p 1029] cuando aún vivía ese impostor dijo: ‘Después de tres días resucitaré’. 64 Así que ordena que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que sus discípulos vengan, lo roben y digan a la gente: ‘Resucitó de entre los muertos’, y el engaño último será peor que el primero”. 65 Pilato les dijo: “Tomad una guardia; id y aseguradlo lo mejor que sepáis”. 66 Así que se fueron y aseguraron el sepulcro poniendo un sello sobre la piedra en presencia de la guardia.
27:62–66 Una guardia para la tumba de Jesús Aquí comienza el relato acerca de la guardia (27:62–66). Continúa en 28:2–4 y termina en
28:11–15. Un buen sermón para el día de Resurrección podría tener como tema:
“Lo que ocurrió a la guardia
solicitada por los dirigentes”
Los “puntos” o “divisiones” serían los siguientes: 1. El estacionamiento de la guardia; 2. La dispersión de la guardia; y 3. El soborno de la guardia.
62. Al día siguiente, el día después de la preparación, los principales sacerdotes y los fariseos se reunieron y fueron juntos a Pilato ... Casi, pero no completamente correctas son las líneas que describen el sábado inmediatamente siguiente del Viernes Santo:
Mateo nada tiene que decir del día de pesar horrendo; Lucas nada puede añadir. La piedra ha sellado el sepulcro del Maestro.
Estas líneas están equivocadas respecto de Mateo. En realidad, lo que él relata respecto del sábado es muy importante. Parece que los fariseos, que siempre estaban insistiendo en la estricta observancia del día de reposo, habían hallado una excusa para lo que estaban haciendo este sábado por la mañana. También es notable que en esta ocasión—a diferencia del día anterior—nada se dice de alguna vacilación de parte de ellos de entrar al pretorio. Puesto que los principales sacerdotes y los fariseos estaban unidos en su odio contra Jesús,
896 Por eso es que no veo cómo se puede considerar una representación creíble la de H. J. Schonfield, The Passover Plot, Nueva York, 1965, especialmente pp. 156–161. 897 En el griego moderno “preparación” es “viernes”. Por lo tanto, “el día siguiente” podría ser el sábado.
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realmente no es sorprendente que estos dos grupos cooperasen en la expresión de su preocupación ante el gobernador referente a la promesa de Cristo de que al tercer día resucitaría de entre los muertos. Aunque los principales sacerdotes, siendo saduceos, no creían en la resurrección, el problema por el momento no es realmente algún asunto relativo a la realidad de ese artículo de fe. El caso es que ni los principales sacerdotes ni los fariseos quieren perder su dominio sobre el pueblo.
63. ... diciendo: Señor, nos acordamos que cuando aún vivía ese impostor dijo: Después de tres días resucitaré. Nótese el agudo contraste. Según ellos lo ven, Pilato merece ser llamado “Señor” al dirigirle la [p 1030] palabra, pero Jesús es “ese impostor” (o: “engañador”). Entonces ellos recuerdan que Jesús había dicho: “Después de tres días resucitaré”. Es notable que aunque los discípulos no entendieron las predicciones de Cristo sobre su propia resurrección (Mr. 8:31; 9:31; cf. 10:33), a pesar de que fueron presentadas en un lenguaje muy claro y no figurado (Mr. 9:32), los fariseos y sus amigos sí las entendieron y las recordaban, aun cuando a ellos se les había ocultado por medio de una velada fraseología (12:40; 16:4).
Entonces, su petición es la siguiente: 64. Así que ordena que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que los discípulos vengan, lo roben y digan a la gente: Resucitó de entre los muertos, y el engaño último será peor que el primero. Los dirigentes judíos desean que Pilato dé una orden para que los soldados que están a su cargo monten guardia ante el sepulcro hasta el tercer día. Por una parte, esta fue una acción muy astuta. Estos hombres no están muy seguros de su propia capacidad de impedir que los discípulos roben el cuerpo de Jesús y luego propaguen el rumor de que ha resucitado de entre los muertos; pero están seguros que no será desafiada la autoridad del gobernador puesto por Roma. Pero, por otra parte, fue una acción estúpida. Fue estúpida en primer lugar, porque lo que menos pensaban los discípulos era en la serie de predicciones de Cristo acerca de una resurrección. Su estado mental ha sido descrito en el C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 745–747. La acción de estos líderes era aun más estúpida porque podían saber y debieran haber sabido que ninguna fuerza en el mundo podría impedir el cumplimiento de las predicciones de Cristo.
“El engaño último será peor que el primero”. Si por un momento se concede que tenían razón al decir que Jesús era solamente un impostor, entonces era válido su razonamiento del primer engaño contra el último. Porque ciertamente una persona tendrá más fe en un hombre de quien considera que ha muerto primero y luego ha resucitado, probando con ello su grandeza, que en una que aún no ha muerto y pretende ser el Mesías.
“Los que mal hacen mal juzgan”. Es exactamente porque estos dirigentes son gente tan deshonesta (véase 28:11–15) que desconfían de los discípulos de Cristo.
65. Pilato les dijo: Tomad una guardia; id y aseguradlo lo mejor que sepáis. Aunque la forma verbal usada en el original se podría traducir “Tenéis” (una guardia), lo que significaría, “Vosotros tenéis una guardia del templo. Haced uso de esa guardia”, en vez de “Tomad” o “Tened” (una guardia), 28:14 deja en claro que Pilato está hablando de la guardia que está bajo su mando. Por esta razón—y esta no es la única898—debemos traducirla como lo hicimos.
Pilato, que recientemente había negado un favor solicitado por las autori-autoridades [p 1031] judías (Jn. 19:21, 22), está perfectamente dispuesto a ceder ante ellos en un asunto tan trivial—según él lo ve—como éste.
66. Así que fueron y aseguraron el sepulcro poniendo un sello sobre la piedra en presencia de la guardia. Los principales sacerdotes y los fariseos se regocijan por el hecho
898 La guardia del templo no tenía autoridad fuera del templo.
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de habérseles otorgado lo solicitado. Sin embargo, ellos quieren estar seguros de que la promesa de Pilato se llevará a cabo plenamente. Así que se van al jardín de José, para ver la guardia con sus propios ojos. La guardia está estacionada. En la presencia de estos soldados que han recibido la orden de vigilar este sepulcro para que nadie lo moleste, se fija una cuerda cubierta con greda o cera a la piedra y sobre la cera se imprime el sello oficial. Seguramente ahora nadie se atrevería a romper el sello o a mover esta piedra.
Vemos la piedra excesivamente pesada, el sello, la guardia. “Tomad una guardia; id, y aseguradlo lo mejor que sepáis”. “El que está en los cielos se reirá. El Señor se burlará de ellos” (Sal. 2:4). Las palabras “en la presencia de la guardia” también podrían traducirse “apostando una guardia”.
En la providencia de Dios aun el plan siniestro de estos líderes suspicaces fue anulado para bien. Significaría que no los discípulos de Jesús sino los aterrorizados miembros de la misma “guardia” que los líderes habían solicitado serían los primeros en anunciarles los maravillosos acontecimientos ocurridos en el jardín de José.
p. 1.
2.
3. 5. 6. 7.
Resumen del Capítulo 27
Acerca de los nueve párrafos en que se puede dividir el capítulo 27 y sus referencias véase 986.
Muy temprano en la mañana el Sanedrín condenó a Jesús a muerte, pero dado que ese cuerpo carecía de autoridad para llevar a cabo esta sentencia, dieron órdenes que Jesús fuera atado y así, como un preso en cadenas, fue conducido a Pilato el gobernador.
Cuando vio Jesús que era llevado, ¿fue entonces que Judas sintió remordimientos en su conciencia? Tiene que haber sido entonces o muy poco después. Cuando trató de devolver las treinta monedas de plata a los principales sacerdotes y ancianos, ellos rechazaron este dinero de sangre. Entonces él lo arrojó en el templo—posiblemente en la tesorería. Luego salió y se colgó. La conciencia de la jerarquía judaica, aunque suficientemente elástica para albergar intenciones asesinas contra Jesús, no pudo tolerar el poner dinero de sangre en la tesorería, aun cuando este mismo lugar podría bien haber sido la fuente de la cual había sido obtenido en primer lugar y este dinero de sangre había sido creado por los principales sacerdotes mismos. Así, para satisfacer sus escrúpulos compraron con el dinero el campo del alfarero como lugar [p 1032] para sepultar extranjeros, cumpliendo así, ¿cuál profecía? ¿La de Jeremías? ¿La de Zacarías? Véase sobre vv. 9, 10.
y 4. Véase resúmenes en pp. 995, 996. Véase sobre v. 27. Calvario, de las nueve de la mañana hasta el mediodía: véase resumen en las p. 1009.
Calvario, desde el mediodía hasta las tres de la tarde. Hubo tinieblas sobre toda la tierra, una oscuridad simbólica de la maldición sobre el pecado que Jesús estaba llevando. A las tres de la tarde clamó a gran voz: “Eli, Eli, lemá sabactaní”. Se sintió abandonado por Dios en el sentido explicado (hasta donde es posible una “explicación”) en el Sal. 22. Es injusto comparar a los mártires cristianos que, aunque torturados, iban a la muerte con un canto en sus bocas con Jesús que en agonía gritó. El murió “desamparado, ¡para que nosotros no fuésemos jamás abandonados”! ¡Qué diferencia más notable! Cuando Jesús murió después de haber cumplido todo lo que le había sido asignado, ocurrieron varias señales. El velo del santuario se rasgó de arriba abajo (se explica en Heb. 10:19, 20). La tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron, mostrando que la muerte de Cristo tenía significado aun para la esfera de la naturaleza (Ro. 8:21; Ap. 21:1). Santos que habían sido sepultados cerca del Calvario resucitaron y algún tiempo después aparecieron a muchos en Jerusalén, señalando así hacia la gloriosa resurrección de los creyentes en el día de la venida de Cristo. El centurión exclamó: “Ciertamente, éste era el
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Hijo de Dios”. Varias mujeres nobles estaban mirando desde una distancia. En cuanto a su identidad y las razones por las que deben ser tenidas por nobles véase sobre vv. 55, 56.
8. La sepultura de Jesús no se realizó en secreto. José de Arimatea, hombre de carácter intachable, envolvió el cuerpo en una tela limpia de lino y mientras las mujeres miraban lo puso en su propio sepulcro labrado en la roca.
9. El sábado, el día después de la muerte de Cristo, los principales sacerdotes y los fariseos obtuvieron una guardia de Pilato, a fin de prevenir que alguien arrebatase el cuerpo o violase la sepultura. En este punto comienza el tema “Lo que le ocurrió a la guardia solicitada por los dirigentes”. Continúa en el cap. 28, donde se completa. En este capítulo, el 27, la guardia está apostada junto a la tumba y la piedra es sellada.
¿Cuál es el significado de la cruz? Véase C.N.T. sobre Gá. 6:14.
28:1–10 28:11–15 28:16–20
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Bosquejo del Capítulo 28 Tema: La obra que le diste que hiciera
El Señor es resucitado; la guardia aterrorizada; las mujeres asombradas La guardia sobornada La gran declaración; la gran comisión; el gran consuelo
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CAPITULO 28
MATEO 28:1–10
1 Pasado el día de reposo, al amanecer el primer día de la semana, María Magdalena y la otra
María vinieron a ver el sepulcro. 2 Repentinamente se produjo un violento terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. 3 Su aspecto era como un relámpago y su vestidura blanca como la nieve.4 Y de miedo a él los guardias temblaron y se quedaron como muertos. 5 El ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: “No temáis vosotras, pues yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. 6 No está aquí, pues ha sido resucitado, tal como dijo. Venid, ved el lugar donde yacía. 7 Por tanto, id pronto y decid a sus discípulos, ‘Ha sido resucitado de los muertos, y he aquí él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis’. Ya os lo he dicho”. 8 Entonces ellas partieron a toda prisa del sepulcro con temor y gran gozo y corrieron a dar las nuevas a sus discípulos. 9 Y de pronto Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Buenos días”. Ellas se acercaron, se asieron a los pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dijo: “No temáis; id, decid a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.
28:1–10 El Señor resucitado; la guardia aterrorizada; Las mujeres asombradas
Cf. Mr. 16:1–8; Lc. 24:1–12; Jn. 20:1–10
1. Pasado el día de reposo, al amanecer el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María vinieron a ver el sepulcro. El día de reposo ha venido y pasado (Mr. 16:1). Ya es el amanecer de la mañana del domingo. Es definitivamente el primer día de la semana.899 Fue entonces cuando María Magdalena y “la otra María”, es decir, “María la madre de Jacobo y de José” (27:56, 61) vinieron a ver el sepulcro. Mateo abrevia. Como en 27:61, también aquí menciona sólo estas dos. Marcos agrega Salomé (16:1). Lucas agrega Juana e indica que había otras (24:10). Aunque en cuanto a esto Jn. 20:1 sólo menciona a María Magdalena, aun ese Evangelio sugiere que había otras mujeres acompañándola (obsérvese 20:2: “No sabemos”).
[p 1036] No hay conflicto entre el relato de Juan en cuanto a María Magdalena y el de Mateo en cuanto a varias mujeres.900 Tampoco existe conflicto en relación con la hora en que las mujeres fueron al sepulcro. Jn. 20:1 declara, “mientras aún estaba obscuro”, Mr. 16:2, “cuando el sol hubo salido”, Mt. 28:1, “al amanecer”, Lc. 24:1, “muy de mañana”. Solución probable: si bien todavía estaba obscuro cuando partieron las mujeres, al llegar al sepulcro el sol ya había salido.
899 Es poca la diferencia si uno concibe el plural griego de sabbath como que se refiere al día o a toda una semana (el tiempo de un reposo al siguiente). Si se quiere decir lo primero, entonces la idea es que este era el primer día contando desde el día de reposo; de ahí, el primer día después del día de reposo. Si se quiere decir lo segundo, el resultado es el mismo; el día indicado entonces no es el último de la semana, sino el primero. En cualquier caso la referencia es al domingo.
900 Para una posible armonía, véase C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, p. 724.
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Ellas vinieron “a ver el sepulcro”. También aquí Mateo resume. Debemos recordar que José de Arimatea y Nicodemo ya habían envuelto vendajas de lino alrededor del cuerpo, derramando una mezcla de mirra y áloes. Sin embargo, el cuerpo muerto aún no había sido ungido. Algún tiempo después de las 6 del sábado en la tarde—por lo tanto, “cuando el sábado había pasado”—las mujeres habían comprado lo que necesitaban para ungir el cuerpo. De este modo ahora, muy temprano el domingo en la mañana, vinieron al sepulcro para ungirle y evitar de este modo la descomposición rápida (Mr. 16:1; Lc. 24:1).
Es verdad que ellas debieron haberse prestado mayor atención a la repetida predicción del Señor de que se levantaría nuevamente al tercer día. Por otro lado, aunque podemos criticarles la falta de fe suficiente—una falta de que también participaban los discípulos varones—no debemos pasar por alto su excepcional amor y lealtad. Ellas estuvieron en el Calvario cuando Jesús murió, en el jardín de José cuando su Maestro fue sepultado y ahora muy temprano en la mañana están aquí una vez más para ver el sepulcro; es decir, para encargarse de que todo esté en orden y para ungir el cuerpo. Entre tanto, ¿dónde estaban los once?
Mr. 16:3 nos informa que en el camino hacia el sepulcro las mujeres estaban preocupadas en cuanto a la piedra. Se decían unas a otras: “¿Quién nos moverá la piedra de la entrada del sepulcro?” Pero de repente vieron—probablemente al llegar a un recodo del sendero—que la pesada piedra ya había sido removida (Mr. 16:4). ¿Qué había sucedido? Mateo por inspiración divina responde como sigue: 2. Repentinamente se produjo un violento terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. En relación con la presencia del Señor, sus poderosas obras redentoras y la manifestación de su ira derramada sobre los enemigos de su pueblo, las Escrituras hacen frecuente mención a la ocurrencia de terremotos. Es como si el terremoto quisiera decir, “¡Escuchad, el Señor está hablando!” Véanse Ex. 19:18; Nm. 16:31; 1 R. 19:11; Job 9:6; Sal. 18:7; 68:8; 77:18; Is. 2:19; 5:25; 13:13; 24:18; 29:6; Jer. 10:10; 49:21; Jl. 2:10; Nah. 1:5; Hag. 2:6; Ap. 6:12; 8:5; 11:13– 19. Apropiadamente hubo un terremoto en el momento de la muerte de Cristo (Mt. 27:51) y probablemente habrá muchos terremotos terribles [p 1037] en relación con la segunda venida de Cristo. Véase sobre 24:7. Así también ahora, en relación con la resurrección de Cristo, repentinamente901 hubo un “gran” o “violento” terremoto.
La causa del temblor fue el descenso desde el cielo del mensajero especial de Dios, un ángel. El se acercó y debe haber sacado completamente la piedra de su deslizadero y haberla puesto sobre un costado. Resultado: el pesado bloque quedó tendido en tierra y el ángel estaba sentado sobre él para simbolizar el triunfo de Cristo.
Las mujeres no observaron este suceso. Ellas sólo vieron el resultado. Ni siquiera los “testigos de la resurrección” (cf. Hch. 1:22) vieron a Jesús resucitar de la sepultura. Sin embargo, sí lo vieron a él en un tiempo u otro, lo que de veras fue una tremenda prueba de su resurrección.
¿Por qué el ángel tuvo que remover la piedra? No para que Jesús pudiera hacer su salida del sepulcro—pues véase Jn. 20:19, 26—sino para que las mujeres (Mr. 16:5) y también Pedro y Juan (20:6–8) pudieran entrar en él.
En relación con el ángel, Mateo continúa: 3. Su aspecto era como un relámpago y su vestidura blanca como la nieve. El maravilloso resplandor de su semblante daba prueba de su descenso directo desde el cielo. El centelleante brillo de su vestidura indicaba su santidad. Compárese en relación con esto, Dn. 7:9; Mt. 17:2; Ap. 1:16; 10:1; 12:1; 20:11.
El relato acerca de la guardia—véase sobre 27:62–66—se reanuda ahora: La guardia dispersada: 4. Y de miedo de él los guardias temblaron y se quedaron como muertos. El
901 Griego ἰδού; véase nota 133.
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original usa palabras derivadas de la misma raíz para describir tanto la reacción de la tierra como la de los guardias, de modo que la traducción podría ser: “Repentinamente hubo un violento estremecimiento de la tierra ... los hombres de la guardia se estremecieron ...” Estaban tan sobrecogidos de terror que si alguien hubiera estado presente en aquella escena difícilmente hubiera adivinado qué temblaba más: ¡la tierra o los miembros de la guardia! Estos quedaron inconscientes. Por unos momentos permanecieron allí en un estado de confusión e impotencia absolutas, inmóviles como si hubiesen estado muertos. Por lo que dice el v. 11, parece que cuando finalmente volvieron “en sí” ya no eran una unidad organizada, pues no “todos” sino solamente “algunos” vinieron a la ciudad, etc.
¡La piedra, el sello, la guardia! Todo esto era lo que había dado una sensación de seguridad a los principales sacerdotes y los fariseos. Sin embargo, toda esta demostración de fuerza ante los ojos del cielo no era más que futilidad. En el jardín de José el Omnipotente se estaba riendo (Sal. 2:4). El dio su voz y la tierra se derritió. Véase también Sal. 46:6; 48:4–8.
Por medio de la resurrección de Cristo del sepulcro y el fuerte terremoto que apropiadamente la acompañó, “el Padre de nuestro Señor Jesucristo” [p 1038] no solo se rió en las caras de los conspiradores que habían demandado esta guardia; también sonrió benignamente sobre todos sus queridos hijos, pues lo que en realidad estaba diciendo era esto: “He aceptado el sacrificio de mi Hijo como un rescate completo por los pecados de todos los que busquen refugio en él”. Véase Ro. 4:25. ¿Y los vigilantes? No por voluntad de ellos y a pesar de las maquinaciones de aquellos que los habían requerido, vinieron a ser herramientas en las manos de Dios para la confirmación de su verdad. Véase sobre el v. 11.
La resurrección de Cristo fue la obra del Dios Trino. El Padre le levantó de los muertos (Ro. 6:4; Gá. 1:1; 1 P. 1:3). También lo hizo el Espíritu (Ro. 8:11; y véase C.N.T. sobre 1 Ti. 3:16). Y el Hijo tomó otra vez la vida que había puesto (Jn. 10:18; cf. 2:19, 21; 11:25). Para el consuelo de los creyentes, estos tres son y serán siempre uno.
La historia de la guardia se continuará en el v. 11. Por el momento Mateo vuelve a las mujeres: 5, 6. El ángel, respondiendo, dijo a las mujeres, no temáis vosotras, pues yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. Lc. 24:4 y Jn. 20:12 hablan de “dos” ángeles; Mateo y Marcos sólo de uno. ¿Por qué esta diferencia? Algunos responden: “Aunque en realidad había dos ángeles presentes, sólo uno habló”. Pero esto difícilmente servirá, ya que según Lucas ambos, “dos varones con vestiduras resplandecientes” se dirigieron a las mujeres. Así también hacen los dos “ángeles” en el relato de Juan. La razón de la diferencia no nos ha sido revelada. Por supuesto, no existe contradicción, ya que ni Mateo ni Marcos afirman que había sólo un ángel.
“No temáis vosotras”—muy enfático en el original—dice el ángel. En otras palabras, “Vosotras no seáis como los otros que fueron dispersados en todas direcciones, algunos de los cuales hasta es posible los hayáis visto”. ¿Por qué no debían temer estas mujeres? ¿Por qué debían contener su llanto y en lugar de ello regocijarse?902 El ángel responde: “pues yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado”. En otras palabras, “Vosotras no tenéis razón para temer, puesto que sois leales amigas de Jesús. Sí, vosotras habéis permanecido fieles a él aun cuando el mundo le despreció y le crucificó. Fue para mostrar esa lealtad que vosotras vinisteis aquí esta mañana”.
Podríamos haber esperado un mensaje diferente, por ejemplo, un duro reproche, en vista del hecho que estas mujeres mostraron por medio de su acción que no habían tomado muy
902 Es apenas suficiente decir que en órdenes negativas el presente imperativo quiere decir que una acción que ya estaba en ejecución debe detenerse. Es verdad que en muchos casos de esta naturaleza está implícita la idea de dejar de hacer lo que uno ya estaba haciendo. Así es también aquí, sin duda (Lc. 24:5). Pero ciertamente ese no es el sentido completo. “No temáis” no solamente significa “dejad de hacer lo que estáis haciendo”, sino también “Haced todo lo contrario. Este es un día de alegría, un día en que hay que regocijarse con gozo indecible y glorioso”.
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en serio la predicción de Jesús de que [p 1039] resucitaría al tercer día. Un reproche misericordiosamente disimulado—más bien, una reprensión suave, una advertencia amorosa—vino al final del mensaje del ángel: “No está aquí, pues ha sido resucitado, tal como dijo. “Tal como dijo”. El ángel ni siquiera dijo, “tal como dijo vez tras vez”. Véase p. 17. Es como si el ángel dijera, “En vista de vuestro maravilloso valor y lealtad, vuestra falta de suficiente fe es perdonada”. Además, debe tenerse presente que el mensajero celestial no inventó este mensaje. Le fue dado, como muestra claramente una comparación entre los vv. 5 y 10. De una forma tranquilizadora el ángel añade: Venid, ved el lugar donde yacía. Según Mr. 16:5, en este momento las mujeres ya estaban dentro del sepulcro. Pero el ángel les invita a acercarse aun más para que puedan ver todo lo que está a la vista; no sólo el sepulcro vacío—“no está aquí”—sino además, “los lienzos puestos allí, y el sudario puesto no con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte” (Jn. 20:7). Ellas deben convencerse personalmente de que todo está en orden en el sepulcro. Ningún discípulo ha estado aquí para llevarse el cadáver, tampoco un enemigo ha saqueado el sepulcro. En cualquier de los casos los lienzos no habrían estado presentes. Las mujeres—al igual que Pedro y Juan esa misma mañana—debían ver que el Señor, restaurado de muerte a vida, se había quitado los lienzos y el sudario, se había provisto una vestidura tal como usan los vivos, había puesto calmada y majestuosamente todo en su lugar en el sepulcro y luego había salido gloriosamente vivo.
Creer que Jesús se levantó de los muertos es hermoso para la iglesia, pero no es suficiente. Debe considerarse también qué clase de Salvador fue el que se levantó de los muertos. ¿Es aún el mismo Redentor amoroso que antes de morir sanó al enfermo, limpió al leproso, resucitó al muerto, consoló al afligido, perdonó y murió por el pecador que le acepta con fe viva? Un estudio cuidadoso del relato de la resurrección responde a esta pregunta con un sí atronador.
Como si quisiera dejar esto aun más claro, el ángel continúa, 7. Por tanto, id pronto y decid a sus discípulos: Ha sido resucitado de los muertos y he aquí él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. El maravilloso mensaje debe ser comunicado. Debe ser proclamado por todas partes por aquellos que una vez fueron y pronto nuevamente serían los Doce. Por lo tanto, ellos mismos debían escuchar las buenas nuevas. Deben saber que la repetida predicción de Cristo, “voy a resucitar al tercer día” ahora es un hecho. No sólo aquello sino que para mayor confirmación de su fe se les debe decir que la promesa de Mt. 26:32, “Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea”, también va a cumplirse. Allí, en la misma región (4:15, 16) donde la muerte y la oscuridad una vez reinaron supremos, pero donde la Luz del mundo había realizado la mayor parte de su obra, era donde él se reuniría nuevamente con sus discípulos. ¡Galilea!, aquella región de rechazo, pero también de la aceptación, región [p 1040] de penas, pero también de alegrías; de incredulidad, pero también de fe, debe regocijarse otra vez. Véase además sobre 26:32. Ya os lo he dicho, añade el ángel, como si dijera, “Ya habéis escuchado las buenas noticias y sabéis qué hacer. Así que ahora es vuestra responsabilidad”.
Objeción: “Pero la primera aparición de Jesús a sus discípulos no ocurrió en Galilea sino en Jerusalén. Estos hombres no tuvieron que esperar hasta llegar por fin a Galilea, sino que en esta misma tarde iban a ver al Salvador resucitado”. Respuesta: esto simplemente muestra que Dios—o si se quiere, que el Salvador resucitado—hace aun mejor que sus promesas.
Y Pedro, quien se había jactado de su lealtad en un lenguaje tan desmedido y luego había roto sus promesas en forma tan vergonzosa ¿también debía ser informado? “Sí”, dice “el joven”, es decir, el ángel, “Id, decid a sus discípulos y a Pedro” (Mr. 16:7).
8. Entonces ellas partieron a toda prisa del sepulcro con temor y gran gozo y corrieron a dar las nuevas a sus discípulos. Que el temor y el gozo puedan ir juntos se entiende de Sal. 2:11. Por otra parte, ¿acaso no era natural que estas mujeres fueran
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atemorizadas por la aparición de tan brillante ángel y por la recepción de noticias de un misterio tan grande: Jesús resucitado de los muertos? Además, ¿no era igualmente natural su regocijo cuando oían que Jesús, de quien ellas fueran fieles amigas, discípulas y subditas, había vencido la muerte? Nótese también que en esta lucha entre el temor y el gozo, triunfó lo último, ya que el adjetivo “gran” sólo modifica “gozo”, no “temor”. Estas mujeres no caminaron. Corrieron a contar las noticias. Lc. 24:9 informa que las mujeres cumplieron su misión. ¿Cómo fue recibido su relato por parte de los apóstoles? Respuesta: no lo creyeron (Lc. 24:10, 11). El relato comenzó a divulgarse, pero en general no fue aceptado como verdadero (Mr. 16:13; Lc. 24:22–25).
Sin embargo, aunque la incredulidad con que eran recibidas las mujeres en todas partes no era agradable, su presente gozo, que ya era grande, se iba a hacer aún más grande: 9. Y de pronto Jesús les salió al encuentro y les dijo, buenos días. Ellas se acercaron, se asieron a los pies y le adoraron. Para tranqilizarlas Jesús usó un saludo ordinario cuando las encontró, uno que tal vez puede traducirse mejor “¡Hola!”, “¿Cómo estáis?” o “Buenos días”. Véase también 26:49; 27:29. Ellas le reconocieron de inmediato y se postraron delante de él asiéndose a sus pies y adorándole. Era real, aun físicamente (“sus pies”). El era Jesús, ningún otro, el mismo Jesús que habían conocido por mucho tiempo y a quien habían prestado servicio valioso.
Ha surgido la pregunta: “Pero, ¿por qué Jesús no apareció primeramente a los once? ¿Por qué primero a las mujeres?” O retrocediendo un poco: ¿Por qué el ángel apareció a las mujeres y no a Pedro y Juan?” No tenemos la respuesta. ¿Podría ser que el reconocimiento especial otorgado a las mujeres fuera una recompensa por su singular ministerio de amor y lealtad?
[p 1041] Jesús también tiene un mensaje para estas mujeres. Esencialmente es el mismo mensaje que ya habían recibido de los ángeles (véase 5a, 7b), mostrándoles que en el reino de lo sin pecado existe armonía perfecta. Si hay alguna diferencia, es que las palabras ahora dichas son aun más conmovedoras: 10. Entonces Jesús les dijo: “No temáis; id, decid a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. “Mis hermanos”, no: “aquellos pendencieros habituales, hombres que prometieron permanecer leales a mí no importando lo que sucediera, pero que llegada la crisis me dejaron y huyeron; aquellos hombres que, con una sóla excepción, tampoco estuvieron presentes en el Calvario cuando estaba entregando mi vida por ellos”. Nada de eso. En lugar de eso, “mis hermanos”, aquellos que reconozco como miembros de mi familia, aquellos que comparten la herencia conmigo, aquellos que amo. Cf. Mt. 12:49; 25:40; Ro. 8:16, 17, 29; Heb. 2:11, 12. Véase además C.N.T. sobre Ef. 3:14, 15. Por lo demás, Jesús prácticamente repite el mensaje del ángel, diciendo a los discípulos que vayan a Galilea, y prometiendo que allá le verían.
11 Ahora bien, mientras ellas iban, algunos de los guardias entraron en la ciudad y comunicaron a los principales sacerdotes todo lo que había sucedido. 12 Y cuando se hubieron reunido con los ancianos y celebrado consejo, dieron una considerable suma de dinero a los soldados, 13 instruyéndoles: “Decid, ‘sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras estábamos durmiendo’. 14 Y si esto (el informe) llegara a oídos del gobernador, le persuadiremos y os pondremos a salvo”. 15 Entonces ellos tomaron el dinero e hicieron como se les había instruido. Y este dicho ha sido divulgado entre los judíos hasta hoy.
28:11–15 La guardia sobornada
11. Ahora bien, mientras ellas iban, algunos de los guardias entraron en la ciudad y comunicaron a los principales sacerdotes todo lo que había sucedido. Dos párrafos sobre la guardia puesta en la tumba de Cristo (relato que se encuentra sólo en el Evangelio de Mateo) han sido ya analizados. Ya se ha mostrado como ocurrió que la guardia fue apostada en el jardín de José y cómo los soldados pertenecientes a ella fueron aterrorizados y dispersados (en 27:62–66 y en 28:3, 4, respectivamente). Ahora viene el párrafo final,
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describiendo cómo fue sobornada la guardia. Las mujeres estaban en camino a divulgar la verdad acerca de la resurrección. Los soldados iban a prestarse para ser usados en acallar la verdad y sostener la mentira (vv. 12–14).
Nótese: “algunos de los guardias”, aparentemente no todos; por lo menos no todos de una vez. La guardia había sido dispersada, tal vez en todas direcciones. Hay quienes piensan que unos pocos de los hombres [p 1042] fueron suficientemente valientes para llevar un informe a las autoridades; mientras que el resto se quedó en alguna parte fuera preguntándose cómo les estaría yendo a sus representantes y aguardando con ansias su retorno. Como quiera que haya sido, algunos verdaderamente presentaron un informe. Que hayan informado a los principales sacerdotes a cargo del templo y no directamente a Pilato no es extraño; ya que al decir, “tomad una guardia”, Pilato había puesto temporalmente aquellos hombres bajo la autoridad y supervisión de los principales sacerdotes.
Por tanto, estos hombres refirieron a los principales sacerdotes lo que había acontecido, es decir, lo que ellos mismos habían visto y experimentado: el repentino descenso de un refulgente ángel, el terremoto; tal vez también la remoción de la piedra de la entrada del sepulcro junto con la ruptura del sello.
El resultado fue que el Sanedrín—señalado aquí por dos de sus tres grupos; véase sobre 2:4 y 16:21—se constituyó precipitadamente en sesión oficial: 12–14. Y cuando se hubieron reunido con los ancianos y celebrado consejo, dieron una considerable suma de dinero a los soldados, instruyéndoles, decid, sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras estábamos durmiendo. Y si esto (el informe) llegara a oídos del gobernador, le persuadiremos y os pondremos a salvo. No leemos que el Sanedrín haya rechazado el informe de los soldados en completa incredulidad. Sin embargo, tampoco es correcto decir que el Sanedrín lo haya creído. Un hecho es seguro: este cuerpo quería evitar que el pueblo creyera lo que los soldados recientemente les habían informado. Estaba temeroso de que tal noticia muy pronto sería vinculada con la idea de una resurrección de la tumba y de que esta creencia a su vez causaría que el pueblo perdiera confianza en sus líderes, quienes habían sido los principales responsables en el asesinato de Jesús.
Por esto los del Sanedrín aprueban una resolución que contiene tres puntos, a saber, dar a los soldados: a. una gran suma de dinero; b. un relato para contar; y c. una garantía de inmunidad contra un castigo. En cuanto a a. la suma tenía que ser grande, ya que admitir que ellos, los hombres que estaban de guardia, habían estado durmiendo en lugar de vigilar no les traería ningún honor. En cuanto a b. el relato “sus discípulos ... le robaron” explicaría por qué estaba vacía la tumba y contrarrestaría (era de esperarse) la creencia en una resurrección. Y en cuanto a c. lo que había sucedido en el Calvario—véase Mt. 27:23–26; cf. Jn. 19:12, 13—había reforzado la creencia del Sanedrín de que Pilato podría ser dirigido a hacer lo que ellos quisieran.903 “Le persuadiremos—o convenceremos—”dijo el consejo.
[p 1043] En cuanto al Sanedrín, pueda parecer extraño que un cuerpo de tales dignatarios y revestido de tan alta autoridad haya recurrido realmente a algo tan poco honrado. Pero, ¿qué hay de extraño que hombres que habían cometido asesinato recurriesen ahora también a la mentira para encubrir lo que habían hecho?
La reacción de los soldados se describe en el v. 15. Entonces ellos tomaron el dinero e hicieron como se les había instruido. Desde él punto de vista de la conveniencia o interés personal (aparente), esto debe haberles parecido la mejor alternativa. Si bien era doloroso admitir que habían estado durmiendo en su puesto, al aceptar hacer lo que les habían
903 En el v. 14 τοῦτο en forma completamente natural hace referencia al informe que se ordenó a los soldados divulgar (v. 13). Por lo tanto, la traducción “Y si este (informe) llega a oídos del gobernador”, parece más natural y mejor que “llega a una audiencia ante el gobernador”, favorecida por Lenski, op. cit., p. 1145.
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mandado ganaban también la promesa de protección de parte del Sanedrín y una considerable suma de dinero además.
Mateo termina este relato diciendo: Y este dicho ha sido divulgado entre los judíos hasta hoy. Hasta el día en que Mateo escribía estas palabras este falso rumor estaba siendo circulado entre los judíos. Justino Mártir (114–165 d.C., fechas probables) escribe, “Has enviado a través del mundo entero hombres seleccionados y ordenados a proclamar que una herejía impía e ilegal había surgido de un tal Jesús, un galileo impostor ... cuyos discípulos le robaron de noche de la tumba” (Diálogo con Trifón 108). Aun hoy en día a fines del siglo veinte se sigue divulgando este falso rumor.904
Sin embargo, estamos seguros de que Mateo no está escribiendo esto simplemente por contarnos una historia interesante acerca de “la guardia que fue colocada, dispersada y sobornada”. Como se indicó al principio, él estaba escribiendo para los judíos, aun cuando estaba también buscando la conversión de un círculo mucho más amplio. Lo que él está haciendo al comunicar este relato verídico hallado en 27:62–66; 28:3, 4, 11–15, es esto: mostrar lo totalmente absurdo de la negación de la resurrección de Cristo; en otras palabras, lo bien fundado que está el relato verdadero de lo que sucedió en el jardín de José. Es por esto que, como dije al principio, este tema puede convertirse en un inspirador mensaje de resurrección.
Tratemos por un momento entonces de traer a la memoria la situación concreta que debe haber resultado de la propagación del rumor de que los discípulos habían venido de noche y robado el cuerpo de Jesús. Tratemos de imaginarnos lo que puede haber sucedido:
Lunes por la mañana, presumiblemente el día después que el rumor del cuerpo robado había comenzado a divulgarse, supongamos que uno de estos guardias es detenido por un amigo que le dice: “¿Qué hay de esto que estamos oyendo acerca de que la tumba está vacía y el cuerpo desaparecido?” [p 1044] Respuesta: “Lo que en realidad sucedió fue que sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras estábamos durmiendo”. “Ah”, dice el inquiridor, “así que esa es la explicación”. El continúa su camino satisfecho de que el dilema haya sido resuelto. Le cuenta esto a todos sus amigos y parientes. Muchos de ellos también dan crédito al rumor.
Sin embargo, yendo un poco más tarde este mismo guardia encuentra algún otro, quien le hace la misma pregunta. Este recibe la misma respuesta. Pero este hombre no queda del todo satisfecho con esta respuesta. El queda mirando con incredulidad al soldado y pregunta: “¿De veras me quieres decir que todos ustedes, los doce hombres—o cualquiera que haya sido el número—siguieron dormidos cuando algunos pescadores galileos entraron al jardín y que, mientras ellos se ocupaban afanosamente de mover y poner de costado el pesado bloque, entraban a la tumba y sacaban el cadáver, ninguno de ustedes despertó? ¡Deben ser un tanto pesados de sueño!”
Una tercera persona entra en la conversación con el mismo soldado. Su réplica es: “¿Qué clase de guardias son ustedes, si permitieron que sucediera todo esto? Siempre he entendido que los guardias deben mantenerse despiertos”.
Finalmente, ¡la verdadera bomba! Esta persona, después de mirar al guardián con completa incredulidad por un largo rato, le dice, “¿Quisieras repetir eso? No sé si te entendí la primera vez”. Muy lentamente el soldado repite: “Sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras estábamos durmiendo”. El hombre responde: “¿De veras quieres hacerme creer eso? Dijiste que tú mismo y todos los otros hombres que debían estar de guardia estaban durmiendo. Bien, si estabas durmiendo, ¿cómo sabéis lo que sucedió? Si estabais durmiendo, no visteis a nadie entrar al jardín y llevarse el cuerpo. Simplemente estáis
904 H. J. Schonfield, op. cit., pp. 163–165.
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conjeturando. Además, daré mi solución al problema de la tumba vacía. Es mucho más razonable que la vuestra. Es ésta: la tumba está vacía porque Jesús se levantó en forma triunfante. El es mi Salvador y mi Señor”. Aquí termina esta ilustración.
La dificultad con todas las así llamadas soluciones al problema de la tumba vacía es que incluso a primera vista ni una de ellas resulta razonable. El cuerpo robado, la teoría del desmayo (según la cual no estaba realmente muerto), la alucinación colectiva, etc., etc., todas las teorías resultan absurdas. Por otro lado, la fe de los cristianos, “él vive, él vive, y porque él vive yo también viviré”, es razonable, verdadera y satisfactoria. No sólo eso, sino que como ya indiqué, “él es todavía el mismo maravilloso Salvador, lleno de santidad, bondad, y amor perdonador para todos aquellos que, en su gracia soberana, buscan refugio en él”.
[p 1045] 16 Así que los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado ir. 17 Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. 18 Entonces Jesús se acercó y les habló, diciendo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra. 19 Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y recordad, yo estoy con vosotros día tras día hasta el fin del mundo”.905
28:16–20 La gran declaración; La gran comisión; el gran consuelo.
Cf. Mr. 16:14–18; Lc. 24:36–49; Jn. 20:19–23; Hch. 1:9–11
16. Así que los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado ir. Nótese “once”. Judas había ido a “su propio lugar” (Hch. 1:25). Estos once se fueron a Galilea, porque allí es donde Jesús había prometido reunírseles (26:32) y donde las mujeres, por la instrucción del ángel y de Jesús mismo (28:7, 10) les había indicado ir. En las citas anteriores no se hace mención de ningún monte. No sabemos si esto puede explicarse suponiendo que pasajes tales como los ya mencionados—26:32; 28:7, 10 y sus paralelos en Marcos—nos dan un relato abreviado de lo que fue dicho, o si el Salvador resucitado hubo indicado a este monte en alguna de sus otras apariciones.
Lo que sí sabemos es que fue muy bondadoso de parte del Salvador resucitado encontrarse con sus discípulos en la proximidad de sus casas y donde vivían muchos amigos y creyentes. Este monte debe haber sido un lugar de escenario pintoresco y apacible tranquilidad—lejos del tumulto de las bulliciosas ciudades y aldeas. Sobre todo, un lugar de dulces recuerdos, tanto para Jesús mismo como para quienes le seguían, les traía a la memoria lo que había sucedido antes, tal vez en esta misma cima, tal vez en otras (Mt. 5:1; 14:23; 15:29; 17:1; Mr. 3:13; Jn. 6:3, 15). Fue en un monte que Jesús llamó a sus discípulos; sería también un monte el lugar desde donde se despediría de ellos.
En las Escrituras se registran alrededor de una docena de apariciones del Cristo resucitado. Véase la lista, junto con sus citas, en el C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, p. 753. Es muy posible que la presente aparición a los once coincida con o sea parte de la aparición a “los quinientos hermanos” (1 Co. 15:6), la mayoría de los cuales estaban todavía vivos cuando Pablo escribió 1 Corintios.
El evento de la ascensión del Señor a los cielos no ocurrió en Galilea sino desde el monte de los Olivos, cerca de Jerusalén. Para aquel relato uno debe dirigirse a Lc. 24:50, 51; y a Hch. 1:4–11. Exceptuando el relato resumido que se encuentra en la discutida porción del Evangelio de Marcos (véase [p 1046] p.ej., Jn. 6:62; 14:2, 12; 16:5, 10, 16, 17, 28; 17:5; 20:17; Ef. 1:20–23; 4:8–10; Fil. 2:9; 1 Ti. 3:16; Heb. 1:3; 2:9; 4:14; 9:24; Ap. 12:5).
Volviendo a Galilea y al relato de la última aparición de Jesús registrada en el Evangelio de Mateo y que puede haber ocurrido muy poco antes de la ascensión, leemos: 17. Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. Cuando repentinamente los discípulos vieron
905 O: la consumación de la dispensación.
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a Jesús se postraron delante de él en un acto de adoración.906 Sin embargo, algunos dudaban. Desde el mismo principio los discípulos habían tenido dificultad para creer que Jesús realmente había resucitado de los muertos (Lc. 24:10, 11). Cuando por fin lo creyeron diez, uno (Tomás) todavía no se convencía. También él llegó a convencerse (Jn. 20:24–28). ¿Debemos creer que escasamente antes de la ascensión quedaban unos pocos discípulos que aún no creían el hecho de la resurrección de Cristo? Probablemente que no. Sin duda, todos estaban ya profundamente convencidos de ese hecho. Sin embargo, otro problema era si este hombre, que repentinamente les aparece acá en Galilea, era el Cristo resucitado. ¿Era quizá algún otro?
Se han ofrecido muchas soluciones respecto a este problema. ¿Podría ser que la más simple sea también la mejor, a saber, que al principio esta misteriosa persona se les aparece a bastante distancia? Luego él se les acerca y la duda desaparece, aunque esto no se dice en tantas palabras. Lo que leemos es: 18. Entonces Jesús se acercó y les habló, diciendo.... Jesús avanza para que ellos puedan verle y escucharle mejor. Entonces viene la gran declaración, la gran comisión, y el gran consuelo.
La gran declaración
Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra. Cf. Dn. 7:14; Mt. 16:28; 24:30; 26:64. Jesús aquí reclama para sí todo el poder y el derecho para ejercerlo. Cuando dice, “me ha sido dada”, naturalmente interpretamos esto como la alusión a un don que él recibió como Mediador resucitado. Uno podría añadir: “como una recompensa por la realización de su obra mediadora, la expiación afectuada”. Pero ¿no hizo él una declaración un tanto parecida mucho antes de su muerte y resurrección? Véase 11:27. No sólo esto, ¿acaso no ejerció también durante los días de su humillación poder sobre todas las enfermedades, incluyendo la lepra, sobre el hambre, demonios, vientos y olas, corazones humanos y aun la muerte? ¿Acaso no demostró esto en muchas ocasiones? Cierto, pero existe una importante diferencia. Antes de su triunfo sobre la muerte el uso de ese don estaba siempre restringido de algún modo. Por ejemplo, debió decir al [p 1047] leproso que no diera a conocer que había sido curado (8:4). Los hombres ciegos a quienes fueron abiertos los ojos reciben una orden parecida (9:30). El se abstiene de pedir al Padre que envíe legiones de ángeles a rescatarle (26:53). Claro que él mismo no desea esta ayuda, pero la autorrestricción también es restricción. Sí, levanta de la muerte a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naín, y a Lázaro. En el momento de su muerte algunos santos resucitan. Pero aunque todo esto fue ciertamente asombroso, no es lo mismo que ejercer realmente un poder ilimitado sobre cielo y tierra, haciéndolo proclamar por todas partes sin ninguna restricción, y luego al fin del siglo levantar a todos los muertos y juzgar a todos los hombres. Es la investidura del Cristo resucitado con esta soberanía sin restricciones y universal lo que Jesús ahora reclama para sí y que especialmente dentro de unos pocos días, después de su ascensión al cielo, comienza a ejercer. Ese es el galardón por su obra (Ef. 1:19–23; Fil. 2:9, 10; Ap. 5; etc.).
¿Por qué hace Jesús esta declaración? Respuesta: para que cuando ahora comisiona a sus discípulos para proclamar el evangelio a través del mundo, ellos sepan que cada momento, cada día, pueden contar con él. ¿Acaso no es ésta la clara enseñanza de pasajes tan preciosos como Jn. 16:33; Hch. 26:16–18; Fil. 4:13; y Ap. 1:9–20? No sólo esto, sino que todos estos discípulos y aquellos que más tarde les sigan deben exigir que cada uno, en todas las esferas de la vida, reconozca con regocijo a Jesús como “Señor de señores y Rey de reyes” (Ap. 17:14). “La gran declaración” es por tanto una adecuada introducción a:
906 El verbo es προσεκύνηασν, tere. pers. pl. aor. indic. de προσεκύνηέω. En el Evangelio según Mateo este verbo aparece repetidas veces (2:2, 8, 11; 4:9, 10; 8:2; 9:18; 14:33; 15:25; 18:26; 20:20; 28:9, 17). Indica el hecho de echarse de rodillas en adoración o en cúltica adoración. Véase especialmente sobre 2:11; 8:2 y 14:33.
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La gran comisión
19, 20a. Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Podríamos decir que este pasaje es de un significado tan fundamental que debe decirse algo acerca de cada palabra o combinación de palabras.
“Id”
Esto se pone en un contraste bastante fuerte con el “no vayáis” de 10:5. Cf. 15:24. Es evidente que el particularismo del período anterior a su resurrección ha dado ahora lugar definitivamente al universalismo. No es que Jesús haya cambiado de opinión. Es muy claro a partir de la historia de los magos no judíos (2:1–12) que vinieron a adorar al Rey recién nacido y de otros pasajes tales como 8:11, 12; 15:28; 21:43; 22:8–10, que la evangelización del mundo estuvo desde el principio mismo incluida en el propósito de Dios. Véase también Jn. 3:16; 10:16. Como se ha señalado, tampoco Mateo tenía en mente algo menos que esto. Pero como fue dicho en conexión con 10:5, “Estaba en el plan de Dios que el evangelismo se [p 1048] propagara entre las naciones desde Jerusalén”. Cf. Hch. 1:8. Por lo tanto, el orden divinamente instituido fue, “al judío primeramente, y también al griego” (Ro. 1:16). El momento de hacer preparativos en serio para la propagación del evangelio a través del mundo había llegado ahora.
“Id” también implica que los discípulos—y esto vale para los hijos de Dios en general—no deben concentrar toda su atención en “venir” a la iglesia. Deben también “ir” para llevar las preciosas noticias a otros. Por supuesto, no pueden “ir” a menos que antes hayan “venido” y a menos que se mantengan tanto viniendo como yendo. Ellos no pueden dar a menos que estén dispuestos a recibir.
“Por tanto”
Esto ya ha sido explicado en conexión con “la gran declaración”. En pocas palabras esto significa: Id, a. porque vuestro Señor así lo ha ordenado; b. porque él ha prometido impartir la fuerza necesaria; y c. porque él es digno del homenaje, y la fe y la obediencia de todo hombre.
“Haced discípulos
El original dice literalmente, “Por tanto, habiendo ido, haced discípulos ...” En estos casos tanto el participio como el verbo que le sigue puede ser—en el caso presente debe ser— interpretado con fuerza de imperativo. “Haced discípulos” es en sí mismo un imperativo. Es un mandato enérgico, una orden.
Pero, ¿qué se quiere decir precisamente con “haced discípulos”? No es exactamente lo mismo que “haced convertidos”, aunque por supuesto lo segundo queda implícito. Véase sobre 3:2; 4:17. El término “haced discípulos” pone algo más de énfasis en el hecho de que tanto la mente como el corazón y la voluntad deben ser ganadas para Dios. Un discípulo es un alumno, un aprendiz. Véase sobre 13:52. También véase sobre 11:29 para las palabras relacionadas.
Por tanto, los apóstoles deben proclamar la verdad y la voluntad de Dios al mundo. Es necesario que los pecadores sepan acerca de su propia condición perdida, de Dios, de su plan de redención, de su amor, de su ley, etc. Sin embargo, esto no es suficiente. El verdadero discipulado implica mucho más. Un entendimiento puramente mental hasta ahora no ha hecho ningún discípulo. Es parte del cuadro, de hecho una parte importante, pero sólo una parte. La verdad aprendida debe ser practicada. Debe ser apropiada por el corazón, la mente y la voluntad, para que uno permanezca o continúe en la verdad. Sólo entonces uno es verdaderamente “discípulo” de Cristo (Jn. 8:31).
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No debería otorgarse inmediatamente a cada persona que se presenta como candidato a miembro de una iglesia todos los derechos y privilegios [p 1049] que pertenecen a los miembros. Hay expositores que ponen todo el énfasis en que “la boda estaba llena de invitados” (Mt. 22:10). Ellos olvidan los vv. 11–24.
“De todas las naciones”
Véase bajo el encabezamiento “Id”.
“Bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”
El verbo principal es “haced discípulos”. Subordinado a éste será: a. bautizándoles, y b. enseñándoles. En este tipo de construcción gramatical sería completamente equivocado decir que, porque la palabra bautizándoles precede a la palabra enseñándoles, la gente debe ser bautizada antes de ser instruida. Es muy natural que bautizar sea mencionado primero, pues aunque una persona es bautizada una vez (ordinariamente), continúa siendo instruida a través de toda su vida.
Los conceptos “bautizar” y “enseñar” son simplemente dos actividades, coordinadas la una con la otra, pero ambas subordinadas a “hacer discípulos”. En otras palabras, por medio de ser bautizada e instruida una persona llega a ser un discípulo, en el entendido, por supuesto, de que este individuo está preparado para el bautismo y dispuesto a apropiarse de la enseñanza. El contexto deja muy claro que Jesús aquí está hablando de aquellos que son lo suficientemente maduros para ser considerados objetos de la predicación. Aquí él no está hablando de niños pequeños.
A fin de estar preparado para el bautismo se requiere el arrepentimiento (Hch. 2:38, 41). Se requiere “recibir la palabra” (Hch. 2:41). Esto también muestra que el bautismo debe ser precedido por cierta cantidad de enseñanza.
El bautismo debe ser en el nombre—nótese el singular: un nombre; por lo tanto un Dios— del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Un nombre, como se indicó anteriormente—véase sobre 6:9; 7:22; 10:22, 41, 42; 12:21—representa a aquel que lo lleva. Por lo tanto, “siendo bautizados en el nombre de”, significa “siendo llevados a una relación vital con” aquel Uno, considerado tal como él se ha revelado.
¿Debemos bautizar “en” o “al” nombre? El debate sobre esto se ha sostenido ya por muchos años.907 Ahora, puesto que aun en español—al menos en el trato familiar—“en” tiene frecuentemente el sentido de “dentro de”—“niños, [p 1050] entren en la casa”—una decisión sobre este punto no puede ser tan importante como algunos tratan de hacerlo aparecer. Sin embargo, considerando todo, creo que “en” con el sentido de “dentro de” puede justificarse. Ni “en” en el sentido de “dentro de” ni “en” en el sentido de “a” son necesariamente equivocados. Para ambos sentidos podrían presentarse buenos argumentos. Pero cuando decimos “te bautizo en el nombre de”, podría entenderse que se dice “te bautizo por mandato de” o “por la autoridad de”, lo que desde luego no es lo que se ha querido decir. 1 Co. 1:13 parece decir, “¿fuisteis bautizados en—con el sentido de “dentro de”—el nombre de Pablo?” Asimismo al v. 15, “... bautizados en—con el sentido de ‘a’—mi nombre”. Cf. 1 Co. 10:2. Y asimismo aquí en Mt. 28:19, “en—con el sentido de ‘a’—el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” tiene buen sentido.908
907 Lenski (op. cit., p. 1155) en forma muy definitiva rechaza “en” en el sentido de “dentro de” como si fuera un asunto absolutamente establecido que debiera ser rechazado. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo. Es un hecho bien conocido que en el griego koiné εἰυ con frecuencia quiere decir ἐν, pero eso no demuestra que siempre deba tener ese sentido. Si lo tiene o no depende de asuntos tales como si en un caso particular el pasaje está basado en una usanza semita, el tipo de verbos y sustantivos que se usan, etc.
908 Acerca de este argumento, véase H. Bietenhard ariculo ὅνομα y palabras relacionadas, Th. D.N.T., Vol. V, P. 275; L. Berkhof, Teologia sistemática, pp. 746–747. ¿No hace esto que sea más fácil de explicar Hch. 19:3?
743
No es que el rito del bautismo en sí lleve a una persona a una unión vital con el Padre, Hijo y Espíritu Santo. Mas, según las Escrituras lo siguiente es cierto: a. la circuncisión era un signo y un sello de la justicia de Cristo aceptada por la fe (véase Ro. 4:11 en su contexto); b. el bautismo tomó el lugar de la circuncisión (Col. 2:11, 12); c. por lo tanto, también el bautismo debe considerarse como un signo y un sello de la justicia de Cristo aceptada por la fe.
De acuerdo con esto, cuando por medio de la predicación de la Palabra una persona ha sido llevada de las tinieblas a la luz y confiesa que el Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo es el único objeto de su fe, esperanza y amor, el sacramento del bautismo es el signo y el sello de que Dios el Padre le adopta como su hijo y heredero; que Dios el Hijo lava sus pecados por su preciosa sangre; y que Dios el Espíritu Santo mora en él y le santificará; en realidad impartiéndole aquello que objetivamente ya tiene en Cristo y por fin llevándole de la iglesia militante a la iglesia triunfante.
“Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”
Como ya se ha comentado, este enseñar precede y también sigue al bautismo. La iglesia primitiva insistía en que la persona a quien había sido proclamado el evangelio, antes de ser admitida como miembro debía dar muestra de arrepentimiento genuino y de poseer los conocimientos básicos del cristianismo. “La iglesia primitiva estaba tan interesada en la edificación como en el evangelismo, tanto en la santificación como en la conversión, [p 1051] tanto en el gobierno de la iglesia como en la predicación”.909
Que tal enseñanza no debe cesar cuando una persona ha sido bautizada se entiende de las palabras, “enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Considérese:
a. Todos los maravillosos discursos de Cristo
b. Todas sus parábolas; tanto en a. como en b. se incluye gran cantidad de “mandatos” tanto implícitos como explícitos. Entre ellos están:
c. “Dichos” preciosos, tales como: “Permaneced en mí ... que os améis unos a otros ... daréis testimonio también” (Jn. 15:4, 12, 27); “Amad a vuestros enemigos” (Mt. 5:44); “Niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame” (Lc. 9:23).
d. Predicciones específicas y promesas o garantías: “El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Jn. 6:35); “En el mundo tendréis aflicción, mas confiad, yo he vencido al mundo”. Repárese en las instrucciones implícitas para la conducta cristiana.
e. Añádase esto: las lecciones sobre la cruz, la hipocresía, la proclamación del evangelio; sobre la oración, la humildad, la confianza, el espíritu perdonador, la ley.
f. ¿Y no está el relato de la permanencia de Cristo sobre la tierra—las narraciones de sus curaciones, viajes, sufrimientos, muerte, resurrección, etc.—lleno de “mandatos” implícitos?
“Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”, ¡qué orden! Para los once en primer lugar y para todos los maestros ordenados; pero en un sentido ciertamente también para toda la iglesia, todos sus miembros. Cada miembro verdadero es un testigo.
En vista del hecho que después de la ascensión de Cristo había cierta indecisión de parte de los líderes cristianos para proclamar el evangelio a los gentiles (véase Hch. 10:14, 28;
909 G. W. Knight, III, The Faithful Sayings in the Pastoral Epistles, tesis doctoral presentada a la Universidad Libre de Amsterdam, Kampen, 1968, p. 148. Justino Mártir (más o menos 114–165 d. C.) dice: “A cuantos son persuadidos y creen que lo que nosotros enseñamos y decimos es verdad, y empiezan a capacitarse para vivir en conformidad con ello, se les enseña a orar y a rogar a Dios con ayuno, por la remisión de sus pecados ... Luego son llevados por nosotros donde haya agua ...” Primera Apología, cap. 61. Otro escrito muy antiguo se llama Didaché o Doctrina de los doce apóstoles; se considera generalmente que en parte es una declaración de las reglas de la conducta cristiana que debía ser enseñada a los que tenían el propósito de ser bautizados.
744
11:1–3, 19; Gá. 2:11–13), hay quienes creen que la Gran Comisión es en sí un mito o que la iglesia se olvidó pronto de ella. Ellos sostienen que en el libro de Hechos, en las epístolas y en el libro de Apocalipsis no se perciben rastros de su influencia.
¿Cómo se puede estar tan seguro de esto? ¿Acaso no atestiguan los siguientes pasajes a la posible influencia, entre otros factores, de la Gran Comisión? Véanse Hch. 2:38, 39; 3:25; 4:12; 10:45; 11:1, 18; 13:46–49; [p 1052] 14:27; 15:7–11, 12, 13–19; 17:30; 19:10; 21:19, 20a; 22:15, 21; 26:15–20; 28:28; Ro. 1:5, 14–16; 11:32; Gá. 2:9; 3:28; Ef. 3:8, 9; Col. 3:11; 1 Ti. 1:15; Ap. 7:9, 10; 22:17.
El gran consuelo
20b. Y recordad,910 yo estoy con vosotros día tras día hasta el fin del mundo. Cf. Jn. 14:23; Hch. 18:10. No hay nada de ambigüedad en cuanto a esta garantía. Ha sido llamada una promesa; es una realidad. Nótese la enfática introducción: “Recordad” o “tomad nota”, “poned mucha atención”, “mirad”. El pronombre “Yo”, incluido en el verbo, es escrito también como una palabra separada y es muy enfática, como si dijera, “Nada menos que yo mismo estoy con vosotros”. “Con vosotros” no solamente “para siempre”, sino “todos los días”, o “día tras día”. Pensad en estos días siguiéndose uno por uno, cada uno con sus aflicciones, problemas y dificultades, pero cada uno acompañado por la promesa, “Mi gracia te es suficiente. No te dejaré ni te abandonaré”. Esto continúa hasta el final o la consumación de la era. Y aun entonces no habrá nada que temer; véase Mt. 25:31–40.
Al principio, en el medio, y al final del Evangelio de Mateo, Jesucristo garantiza a la iglesia su presencia constante y consoladora:
1:23
“He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: ‘Dios con nosotros’ ”.
18:20 “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
28:20 “Y recordad, yo estoy con vosotros día tras día hasta el fin del mundo”.
R E S U R R E C C
[p 1053]
Reflexión sobre el Capítulo 28 A causa de la gloriosa resurrección de Cristo:
einaremos con gloriosa inmortalidad (Jn. 14:19). staremos libres de condenación (Ro. 8:1). omos justificados (Ro. 4:25). samos su poder (Fil. 4:12, 13).
ecibimos entrada en la familia celestial (Ef. 3:14, 15; Heb. 12:22, 23). esucitaremos para recibir una morada celestial (2 Co. 5:1). speramos compasión para nuestras debilidades (Heb. 4:15). onfiamos en su triunfo cuando somos afligidos (Jn. 16:33).
reemos que nuestras ofrendas son aceptadas (Fil. 4:18, 19).
910 O: notad bien. En cuanto al sentido y traducción de ἰδού véase nota 133.
I O N
745
nvocamos un sacerdote que intercede continuamente por nosotros (Heb. 7:25). btenemos respuesta a nuestros ruegos (Ef. 3:20). uestros nombres están escritos en los cielos (Lc. 10:20).
746
[p 1055] BIBLIOGRAFIA SELECTA Sobre el problema sinóptico y temas relacionados
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