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Casa de Oración Missio

SE TRATA DE JESÚS

William Hendriksen - Comentario de Mateo Cap. 4-5

Bosquejo del Capítulo 4:1–11 Tema: La obra que le diste que hiciera
La tentación de Jesús en el desierto
[p 233]
CAPITULO 4
MATEO 4:1–11
1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Después
de estar sin comer durante cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre. 3 El tentador vino y le dijo: “Puesto que eres el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan”. 4 Pero él respondió y le dijo: “Está escrito:
‘No es sólo de pan que el hombre vivirá sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’ ”.
5 Entonces el diablo lo llevó a la santa ciudad, y lo puso sobre el pináculo del templo, 6 y le dijo: “Puesto que eres el Hijo de Dios, arrójate abajo; porque está escrito:
‘El dará órdenes a sus ángeles acerca de ti’, y
‘En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece contra una piedra’ ”.
7 Jesús le dijo: “También está escrito: ‘No pondrás a prueba al Señor tu Dios’ ”.
8 Otra vez el diablo lo llevó a una montaña muy alta, le mostró todos los reinos del mundo en su esplendor, 9 y le dijo: “Todo esto te daré si te postras delante de mí y me adoras”. 10 Entonces Jesús le dijo: “Vete, Satanás, porque está escrito:
‘Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás’ ”.
11 Entonces el diablo lo dejó, y he aquí, vinieron ángeles y le servían. 4:1–11 La tentación de Jesús en el desierto
Cf. Mr. 1:12, 13; Lc. 4:1–13 Su relación con lo que precede y con lo que sigue
En 1:1–3:12 se enfatizó el reinado de Cristo, su calidad de rey. En 3:13, sin embargo, hay un cambio: el rey se convierte en aquel que lleva el pecado. Por medio de su bautismo reafirma su resolución de ofrecerse en rescate por muchos. En conformidad con esto, este rey es también un [p 234] sacerdote. Es sacerdote “para siempre según el orden de Melquisedec” (Sal. 110:4; Heb. 6:20).
Ofrecerse a sí mismo implica sufrimiento. Sufre vicariamente. Una de las formas asumidas por este sufrimiento es la tentación (4:1–11): “Padeció siendo tentado” (Heb. 2:18).
Sin embargo, se debe subrayar que aunque este énfasis se desplaza del oficio real al sacerdotal, el oficio real de ningún modo es pasado por alto u olvidado. En este párrafo,
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Jesús aparece no solamente como el sacerdote que “padece siendo tentado”, sino también en forma muy definida como el rey que ofrece combate a su oponente principal y lo vence.
Tampoco se pasa por alto el oficio profético, porque por toda su reacción y específicamente al citar tres veces las Escrituras, Jesús también ejerce funciones en este respecto. En efecto, en este mismo capítulo el énfasis gradualmente se desplaza hacia Cristo, no sólo como el sanador, sino también como maestro y predicador (v. 23); y luego sigue de inmediato el Sermón del Monte (cap. 5–7). Ya se ha señalado que el Evangelio de Mateo, más que cualquier otro, pone énfasis en Cristo como profeta (p. 93). Por lo tanto, es imposible separar los tres oficios que ejerce el Señor. Pueden ser considerados como un oficio mesiánico triple.
1. Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El vocabulario mismo de este párrafo muestra su estrecha conexión con el precedente.
Juan “vio el Espíritu de Dios que descendíacomounapalomayse posaba sobre él” (3:16)
“Y he aquí, una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo, el Amado ... (3:17)
“Entonces Jesús fue llevadoporel Espíritu” (4:1).
“Puesto que eres el Hijo de Dios ...” (4:3)
Jesús fue llevado desde el Jordán, donde fue bautizado, a las tierras altas adyacentes. Por la dirección del Espíritu es que fue llevado, ese mismo Espíritu que no sólo sabía que era necesaria su experiencia con la tentación sino que también con su presencia plena y activa capacitaba a Jesús para triunfar sobre ella. Fue llevado “al desierto” (véase sobre 3:1), donde estaba “con las fieras” (Mr. 1:13). Aquí es donde fue tentado por el diabolos, esto es, el diablo, que significa calumniador, acusador (Job 1:9; Zac. 3:1, 2; cf. Ap. 12:9, 10), y (por la influencia de la Septuaginta que presenta diabolos como traducción de Satanás) también adversario (1 P. 5:8).
Es claro que Mateo creía en la existencia de un “príncipe del mal” personal. Lo mismo creían los demás apóstoles y escritores inspirados, y Cristo mismo. Además de las referencias en Mt. 4:1, 5, 8; 13:39; 25:41; y las otras ya mencionadas, véanse también Jn. 8:44; 13:2; Hch. 10:38; Ef. 4:27; [p 235] 6:11; Stg. 4:7; 1 Jn. 3:8, 10; Jud. 9; Ap. 2:10 y 20:2.
Expulsado del cielo, el diablo se llenó de furor y de envidia. Su odio está dirigido contra Dios y contra su pueblo, especialmente contra Dios cuando está por revelarse en Jesucristo para salvación. En consecuencia, su propósito es engañar y seducir a su gran enemigo, el Mesías, a fin de que, junto con éste, pueda también arruinar su reino (véase 4:23). Los métodos del diablo son muy astutos (Ef. 6:11). Sobre este tema, véase C.N.T. sobre Ef. 6:11.
Su carácter
En conexión con la tentación de Cristo, continuamente se formulan algunas preguntas más bien filosóficas:
Primero: “¿Era posible que el Salvador sucumbiera ante la tentación?”
La respuesta es: “Definitivamente no”. El no tenía pecado, ni podía pecar (Is. 53:9; Jn. 8:46; 2 Co. 5:21). En realidad, él estaba lleno hasta rebosar de bondad positiva: santidad, amor perdonador, el anhelo de curar y de impartir el verdadero conocimiento de Dios, etc. (Is. 53:5; Mt. 5:43–48; 14:14; 15:2, 3; Lc. 23:34; Hch. 10:38).
En segundo lugar: “Si no podía pecar, ¿era real la tentación?”
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Sí. “Fue tentado en todo (o en todo sentido) según nuestra semejanza, pero sin pecado”, esto es, sin caer en pecado (Heb. 4:15). Experimentó las diversas tentaciones a las que están sujetos los hombres en general, incluyendo aun a los creyentes. En todas estas experiencias Satanás le presionaba para que creyese que cometiendo un acto malo podía recibir un bien.
Sin embargo, Heb. 4:15 no puede significar que el proceso psicológico implicado en el ser tentado era exactamente el mismo para Jesús como para los hombres en general. Para éstos, incluyendo los creyentes, primero está la voz tentadora o el susurro interior de Satanás, incitándolos a pecar. Pero también está el deseo interno (“concupiscencia”) que estimula al tentado a prestar oídos a las insinuaciones del diablo. Así, el hombre, siendo “de su propia concupiscencia atraído y seducido” (Stg. 1:14), peca. El caso de Cristo era diferente. El estímulo exterior (exterior en el sentido que no se originó en la propia alma del Señor sino que fue la voz de otro) estaba allí, pero no el mal incentivo interior o deseo de cooperar con esta voz proveniente del exterior. Sin embargo, aun para Cristo fue real la tentación, esto es, el sentimiento de necesidad, el conocimiento de tener que resistir al tentador, y la lucha a que esto daba lugar.
El alma de nuestro Señor no era dura como el pedernal ni fría como el hielo. Era un alma completamente humana, profundamente sensible, afectada y afligida por toda clase de sufrimiento. Fue Cristo quien dijo, “De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” (Lc. 12:50). Jesús podía expresar afecto (Mt. 19:13, 14), conmiseración [p 236] (23:37; Jn. 11:35), compasión (Mt. 12:32), ira (17:17), gratitud (11:25), y profundo anhelo por la salvación de los pecadores (11:28; 23:37; Lc. 15; 19:10; Jn. 7:37) para la gloria del Padre (Jn. 17:1–5). Siendo no solamente Dios, sino hombre también, sabía lo que era estar cansado (Jn. 4:6) y tener sed (4:7; 19:28). Por lo tanto, realmente no debería sorprendernos que después de un ayuno de cuarenta días tuviera hambre, tanta, que la proposición de convertir las piedras en pan fuera una verdadera tentación para él.
Sin embargo, se hará la pregunta: “Pero esta misma mente muy sensible y escrutadora de Cristo, ¿no podía discernir en forma inmediata que las tres proposiciones (vv. 3, 6, 9) eran malas, puesto que venían de Satanás?” Un autor pregunta: “¿Cómo podría serle atractivo el mal? Y si no le resultaba atractivo, ¿dónde estaba la tentación?” (A. Plummer). Se debe reconocer que es imposible responder a esta pregunta de tal modo que todo quede completamente claro. El tema de la tentación del Salvador perfecto está velado por el misterio. Pero, ¿no es esto verdad acerca de la doctrina en general? En realidad, “el misterio es el elemento vital de la dogmática. La verdad que Dios ha revelado respecto de sí mismo en la naturaleza y en la Escritura sobrepasa mucho el entendimiento y la comprensión humanas”.228
No podemos analizar minuciosamente lo que ocurrió en el corazón de Cristo cuando fue tentado. Pero tampoco sabemos cómo se originó el pecado en el corazón sin pecado de Adán, cómo se puede “imputar” la culpa del pecador al Salvador, cómo se puede transferir la justicia de éste a sus seguidores, cómo puede nuestro Señor ser omnisciente (con respecto a su naturaleza divina) y no omnisciente (en su naturaleza humana), etc. Por lo tanto, no debiera sorprendernos que la tentación de Cristo, sea en el desierto o más tarde, sobrepase nuestro entendimiento. A base del relato inspirado, creemos que fue una experiencia real e intensa. Y, en cuanto al hecho de que las profundas verdades contenidas en las Escrituras trascienden nuestra comprensión, ¿no es exactamente lo que debemos esperar si la Biblia verdaderamente es la Palabra de Dios?
Su progreso paso a paso
Primera tentación
228 H. Bavinck, The Doctrine of God (que yo traduje del holandés al inglés), Grand Rapids, 1955, p. 13.
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2. Después de estar sin comer durante cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre. Las experiencias de Moisés en el Monte Horeb (Ex. 34:2, 28; Dt. 9:9, 18) y de Elías cuando se dirigía al mismo monte [p 237] (1 R. 19:8) se nos vienen a la mente de inmediato. Lc. 4:2 muestra que el ayuno de Cristo fue completo, no parcial. ¿No es razonable pensar que el Señor usó estos cuarenta días a fin de prepararse para la obra que el Padre le había dado que hiciera y que Jesús mismo voluntariamente había tomado sobre sí, y que esta preparación la hizo por medio de la oración y la meditación? Calvino dice, comentando 4:1, 2: “Había dos razones por las que Cristo se retiró al desierto. Primero, que después de un ayuno de cuarenta días pudiera surgir como un nuevo hombre, o más bien como un hombre celestial, a cumplir su oficio. En segundo lugar, para que pudiera ser probado por la tentación y pasar por un aprendizaje antes de emprender una tarea tan difícil y gloriosa”. Esto hace que uno recuerde a Moisés ante la zarza ardiente (Ex. 3:1–4:17) y el retiro de Pablo en Arabia. Véase C.N.T. sobre Gá. 1:17.229
Puesto que Jesús, además de ser divino, es perfectamente humano, ciertamente no es sorprendente que al final de estos cuarenta días tuviera hambre. El diablo naturalmente elige este momento como una ocasión favorable. Entonces el relato prosigue: 3. El tentador vino y le dijo: Puesto que eres el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan.230
Es claro que la tentación vino desde el exterior: “el tentador vino”. Como se ha señalado, solamente de este modo se nos permite pensar que Cristo fue tentado. En 1 Ts. 3:5 también se llama tentador al príncipe del mal, y [p 238] también por implicación se le llama así en Mt. 4:1; Mr. 1:13; Lc. 4:2 y 1 Co. 7:5. Su bajeza consiste especialmente en esto: primero tienta al hombre a pecar; luego, cuando el tentado sigue su insinuación, el tentador se convierte en acusador. Además, seguirá acusando al caído después que el pecado ha sido ya perdonado (Zac. 3:1–5; Ap. 12:10).
Debe haber sido con espíritu de burla que el tentador pronunció las palabras “Puesto231 que eres el Hijo de Dios ...” Probablemente haya querido decir: “Puesto que eso es lo que el Padre te dijo en el bautismo (3:17), y eso crees, haz uso de tu majestuosa dignidad, y no sigas
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Para un punto de vista notablemente diferente, véase Lenski, op. cit., p. 136. El cree que Jesús fue tentado a través de los cuarenta días, que fue esto lo que lo hizo olvidar la comida, y que este período no fue un retiro para tener comunión con Dios. Basa su punto de vista, en gran medida, en el uso del participio presente πειραζόμενος en Mr. 1:13 y Lc. 4:2, y lo interpreta como que quiere decir que Jesús estaba siendo tentado durante todo el período de los cuarenta días, punto de vista que se encuentra también en muchos otros comentarios; por ejemplo, J. M. Gibson, The Gospel of St. Matthew (The Expositor’s Bible), Grand Rapids, 1943, Vol. 4, p. 700; S. Greijdanus, Het Heilig Evangelie naar de Beschrijving van Lucas (Kommentaar op het Nieuwe Testament), Amsterdam, 1940, Vol. I, p. 193; y E. P. Groenewald, Die Evangelie volgens Markus, p. 30. Aunque esa explicación del participio es ciertamente posible, e indicaría que “las tres” tentaciones relatadas vinieron como una especie de clímax de una serie mucho más larga de tentaciones, no es la única disponible. El sentido también podría ser “... el desierto, donde estaba siendo tentado por el diablo”. Una interpretación razonable del relato en la forma presentada por los Evangelios (muy abreviado en Marcos) podría bien ser la siguiente: a. Jesús es llevado por el Espíritu al desierto con el propósito de ser probado; b. permanece allí durante cuarenta días durante los cuales él ayuna; c. al final de este período tiene mucha hambre; y d. el diablo aprovecha esta oportunidad (el hambre y la condición debilitada de Cristo) para tentarle.
Esta interpretación además, me parece, hace plena justicia al sentido del participio presente. El relato de Mateo, leído por separado, no sugiere que Jesús fuese tentado durante todo el período de cuarenta días. La última teoría resulta de una de las dos interpretaciones posibles del relato de Marcos y Lucas, y luego se lo impone sobre Mateo. Una vez que se ha hecho esto, se suman varios otros pensamientos, tales como aquel en que Jesús, constantemente tentado, no había tenido tiempo para pensar en comida, o en la comunión con Dios mediante la oración.
230 Esta es una oración condicional de la Primera Clase (se supone que la condición es fiel a los hechos): εἰ con el indicativo (aquí en el presente) en la prótasis, y el imperativo εἰπέ (usado como aoristo segundo de λέγω) en la apódosis. Satanás no niega que Jesús sea el hijo de Dios, sino que lo desafía a demostrarlo. 231 εἰ en sentido causal, como ocurre frecuentemente (Mt. 6:30; 7:11; cf. Lc. 11:13; 12:28; Jn. 12:23; 10:35; etc.).
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sufriendo la tortura del hambre”. Hijo de Dios ... hambre. ¡Qué ridículo! Entonces, si eres Hijo de Dios,232 di a estas piedras que se conviertan en pan.233
Por cierto, fue un malvado intento a. de hacer que “el segundo Adán” (1 Co. 15:45) fracasara como el primer Adán fracasó, en ambos casos en conexión con el consumo de algún alimento. ¿No fue una de las razones que el Espíritu tuvo para probar a Jesús que como Representante y Salvador de todo su pueblo debía triunfar por ellos sobre la tentación en vez de sucumbir ante ella como ocurrió con el primer Adán? Además, por parte del tentador, éste era un esfuerzo siniestro b. de destruir la confianza del Hijo en la voluntad y el poder del Padre para sustentarlo. Lo que el tentador le estaba pidiendo a Jesús era que desconfiara del Padre, y tomara todos los asuntos en sus propias manos.
Como ya se ha dicho, aunque hay profundidades que no podemos sondear, no se puede negar que esta tentación fue muy real para Jesús. El sabía que estaba investido con poder para realizar milagros. Además, aquí tenía una oportunidad de usar el poder en beneficio propio. Tiene que haber tenido mucha hambre en ese momento. La realidad de la tentación y la severidad de la prueba quizás se haga más claramente evidente cuando se compara la situación del segundo Adán con la del primero. Ambos fueron tentados por Satanás. Pero la diferencia en gravedad de la prueba se hace [p 239] clara a partir del triple contraste que sigue:
a. En ningún lugar de Gn. 3:1–7 leemos que el Adán del Antiguo Testamento haya estado sin comer durante algún tiempo. Contrariamente, Jesús había estado ayunando durante cuarenta días. Estaba muerto de hambre.
b. Aun cuando el padre de la raza humana hubiera tenido hambre, podría haber satisfecho fácilmente su necesidad, porque se le había dicho: “De todo árbol del huerto puedes comer” (Gn. 2:17). No se hizo tal provisión para Cristo.
c. Cuando el marido de Eva fue tentado, tenía todo a su favor, porque vivía en el paraíso. Jesús, en el momento de la tentación, estaba en este horrible desierto.
Sin embargo, resistió la tentación: 4. Pero él respondió y le dijo: Está escrito: No es sólo de pan que el hombre vivirá, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Nótese la expresión “Está escrito”, no solamente aquí en el v. 4, sino también en los vv. 7 y 10, cada vez como referencia al mismo libro, Deuteronomio, el cual, como es claro, Jesús consideraba, no como un “fraude piadoso”, sino como la Palabra misma de Dios. Otros pasajes que expresan la elevada consideración que Cristo tenía de las Escrituras son Lc. 24:25–27, 44–47; Jn. 5:39 y 10:35. Para él la Escritura del Antiguo Testamento, en la forma que él mismo la interpretaba, era evidentemente la piedra angular de la verdad para la vida y la doctrina, el tribunal supremo de apelación para la razón.
232 La traducción “Hijo de Dios” es de Beck y de Williams. También es correcta “el Hijo de Dios” (A.V. y A.R.V., N.A.S., R.S.V., N.E.B., etc. Las versiones castellanas uniformemente traducen “Hijo de Dios”). Es verdad que υἱός no va precedido de artículo, pero no se puede dar demasiada importancia a esto, porque a. aun sin el artículo υἱός τοῦ Θεοῦ, considerado como título es definido; y b. si, como se supone generalmente, Satanás está haciendo eco de la voz del Padre en el bautismo, debe de haber estado pensando en la designación definida, porque 3:17 tiene ὁ υἱός. Por lo tanto, yo no estoy de acuerdo con Lenski, cuando dice que al omitir el artículo, Satanás está “astutamente modificando la palabra del Padre” (op. cit., p. 138).
233 O, “tortilla”, “pan casero”. El original usa el plural en ambos casos, de modo que es probable que Satanás estuviera pensando en “piedras ... panes”. En forma aun podrían haber tenido un parecido. Por otra parte, el contexto parecería implicar que el énfasis no está tanto en la forma sino más bien en la sustancia pan, que se usa para saciar el hambre. Por eso, con la mayoría de los traductores yo prefiero (en el texto inglés) la traducción “bread”; “loaves” es incorrecto, puesto que esta palabra inglesa generalmente tiene un sentido completamente distinto al del original.
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La primera cita es de Dt. 8:3. Presenta a Moisés en el acto de recordar a Israel el tierno cuidado de Dios para con su pueblo durante los cuarenta años de viaje por el desierto. Particularmente, muestra cómo el Señor los había alimentado con el maná, antes de esos momentos desconocido para ellos y para sus padres, para enseñarles que “no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”.
Por tanto, lo que Jesús quiso decir puede ser parafraseado como sigue: “Tentador, actúas sobre la false suposición de que, para que el hombre sacie el hambre y siga viviendo, es absolutamente necesario el pan. Ante esta idea errónea, yo ahora declaro que la única fuente indispensable de la vida y bienestar del hombre, y para mí, es el poder de mi Padre que es creativo, fortalecedor y sustentador”.
La expresión “toda palabra que sale de la boca de Dios”234 se refiere a la [p 240] palabra de su poder. Es la omnipotencia de Dios ejercida en la creación y preservación. Es su palabra de orden efectiva; por ejemplo, “Dios dijo: Sea la luz, y fue la luz” (Gn. 1:3); “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos” (Sal. 33:6).
Por parte de Jesús, esfa respuesta al consejo de Satanás fue una expresión de confianza filial en el cuidado paterno. Ciertamente en esta hora de prueba no le faltaría a su Amado Aquél que proveyó maná cuando no había pan, y que un momento antes había dicho: “Este es mi Hijo ... en quien tengo complacencia”.
Segunda tentación
5, 6. ... Así que, ¿confías en tu Padre?”, dice el tentador. “Bueno, probémoslo”: Entonces el diablo lo llevó a la santa ciudad, y lo puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Puesto que eres el Hijo de Dios, arrójate abajo; porque está escrito:
El dará órdenes a sus ángeles acerca de ti, y En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece contra una piedra.
Hay quienes ven una discrepancia entre Mateo y Lucas, dado que el orden en que Mateo relata las dos últimas tentaciones se invierte en Lc. 4:5–12. La respuesta es que, mientras Mateo ciertamente presenta una secuencia histórica, como se ve claramente no solamente por su uso de la palabra “Entonces” (v. 5), y del v. 11, “Entonces el diablo lo dejó”, sino también, como ya se ha notado, por la conexión interna entre la primera y la segunda tentación; Lucas, por el contrario, ni siquiera sugiere tal secuencia. Simplemente conecta las tres tentaciones por medio de la conjunción “y” (4:5, 9), pero no dice ni indica de modo alguno que están presentadas en su orden histórico. Así que no hay discrepancia.
Las palabras “el diablo lo llevó” se encuentran también en el v. 8, donde consideraremos la pregunta cómo deben entenderse. No nos sorprende que Mateo, el judío, llame a Jerusalén “la santa ciudad” (cf. 27:53). El propósito era que fuera eso (Sal. 46:4; 48:1–3, 9–14; 122; 137; Mt. 5:35). Muchos recuerdos queridos están relacionados con Jerusalén o Sion. ¿No era la ciudad donde había establecido su trono David, el gran antepasado de Cristo? ¿No había prometido Dios que allí establecería su morada? Aquí estaba el templo con su “lugar santo” y
234 Sin duda, esta versión es un reflejo de la Septuaginta. Es difícil decidir si este texto expandido es preferible al más breve (“toda palabra de Dios”). El Códice D tiene el texto más breve. Cf. Lc. 4:4. Dado que el texto occidental generalmente se caracteriza por las adiciones en lugar de las sustracciones, se alega que en este caso su preferencia por el texto más breve demuestra que el autógrafo no contenía la lectura más larga. Esencialmente el sentido sigue siendo el mismo; porque “toda palabra de Dios”, “toda palabra que sale de la boca de Dios”, y “todo lo que procede de la boca de Jehová” (texto hebreo), todos se refieren a la omnipotencia de Dios manifestada activamente en la creación y preservación de todas las cosas.
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el “lugar santísimo”. Esta era la ciudad hacia la cual se dirigían las tribus para dar gracias al nombre de Jehová.
Con el permiso tácito de Dios, el diablo condujo a Jesús a esta ciudad, y lo puso en el pináculo mismo (literalmente, ala) del muro exterior de todo el [p 241] complejo del templo. No se nos dice el punto exacto. Podría haber sido la corniza del pórtico real de Herodes, que da hacia el valle del Cedrón, y tiene una altura de unos ciento cincuenta metros, “una altura que provoca vértigos”, como declara Josefo (Antigüedades, XV. 412). Este punto estaba localizado al sudeste del atrio del templo, quizás en el lugar mismo, o cerca, en que según la tradición fue arrojado Santiago, el hermano del Señor. Véase el relato muy interesante en la Historia eclesiástica de Eusebio, II. xxiii.235
“Puesto que eres el Hijo de Dios”, dice el tentador (exactamente como en el v. 3), “arrójate abajo”. Su razonamiento probablemente seguía esta línea: “Así podrás demostrar tu confianza en la protección del Padre, confianza que por implicación acabas de confesar (v. 4). Además, si la Escritura, que con tanta prontitud citas, es verdad, no te sobrevendrá daño alguno, porque está escrito: “El dará órdenes a sus ángeles acerca de ti”. No solamente detendrán tu caída. No, harán más. Muy tiernamente te tomarán en sus manos, para que, usando sandalias, no te hieras al golpear el pie contra algunas de esas agudas piedras que abundan en el fondo de ese abismo”.
El pasaje citado es del Sal. 91:11, 12. En la forma que se halla aquí en Mt. 4:6, sigue a la Septuaginta (Sal. 90:11, 12). Sin embargo, en la forma citada por el diablo, hay una omisión que algunos consideran importante, otros no. Según el hebreo, Sal. 91:11 termina con las palabras “para guardarte en todos tus caminos”. Mt. 4:6 nada contiene que corresponda con esto. Lc. 4:10 sólo tiene “para guardarte”. Así que en estos dos Evangelios se omiten las palabras “en todos tus caminos”. Cuando se incluyen estas palabras, Dios promete proteger al hombre justo en todos sus caminos justos; porque tales son los caminos del hombre que habita al abrigo del Altísimo y mora bajo la sombra del Omnipotente, que encuentra su refugio en Jehová, en quien ha puesto su amor. En consecuencia, son los caminos del santo (Pr. 2:8), del hombre bueno (Pr. 2:20). Al tal se aplican las palabras: “Dará órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te guarden en todos tus caminos”. Cuando se omiten las palabras “en todos tus caminos”, ¿no se hace más fácil interpretar el pasaje como si fuera una promesa de Jehová de proteger al justo sin importar lo que haga? Entendido así, el pasaje parece corresponder más de cerca con aquello que el diablo quería que Jesús hiciera.
Sin embargo, probablemente este punto sea de importancia menor, puesto que lo que Satanás omite es mucho más que unas pocas palabras en una cita. Omite toda referencia a la verdad bíblica de que Dios no condona, sino más bien condena y castiga la temeridad, el jugarse con la providencia, el arrojarse impetuosamente al peligro en forma injustificada (Gn. 13:10, 11; [p 242] Sal. 19:13; Est. 5:14; 7:9, 10; Dn. 4:28–33; 5:22, 23; Ro. 1:30; 2 P. 2:10).
La obediencia a la proposición de Satanás era tentadora, porque, ¿qué hombre existe que al pedírsele que demuestre un punto, no sienta que debe hacerlo de inmediato sin preguntarse primero, “Qué derecho tiene mi oponente de pedirme que lo pruebe?” Sin embargo, Jesús no cae en la trampa. Comprende que si él hace lo que Satanás le está pidiendo, equivaldría a poner la presunción en el lugar de la fe, la desfachatez en lugar de la sumisión a Dios y su dirección. Hubiera significado nada menos que arriesgarse a la autodestrucción. La falsa confianza en el Padre, que el diablo exigía a Jesús en esta segunda tentación, no era mejor que la desconfianza que le había propuesto en la primera.236 Era someter a un experimento al Padre.
235 Hch. 12:2 se refiere a la muerte de otro Jacobo, a saber, el hermano de Juan. Véase, sin embargo, Lenski, op. cit., p. 144. 236 Véase la magnífica afirmación que Lenski hace al respecto, op. cit., p. 146, al pie de la página.
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Una tradición rabínica dice: “Cuando el rey, el Mesías, se revela, viene y se para en el techo del lugar santo”.237 Basados en esta tradición, algunos comentaristas opinan que el tentador estaba tratando de sugerir que Jesús, al arrojarse del pináculo del templo, podría presentarse como el Mesías verdadero, porque, después de llegar a tierra milagrosamente a salvo, la multitud, habiendo observado el descenso con el aliento entrecortado, exclamaría: “Mirad, está ileso. ¡Debe ser el Mesías!” Para Jesús, sigue este argumento, éste habría sido un camino fácil hacia el éxito. Podría evitarse la cruz, y obtendría la corona sin lucha ni agonía.
Es una teoría interesante. Sin embargo, nada hay que le preste el más mínimo apoyo. No se hace mención de espectadores en el relato del Evangelio. Además, en su respuesta, Jesús no se refiere a nada por el estilo. Por lo tanto, creo que hay que desechar toda esta idea. Lc. 16:31 también es un argumento en contra.
La razón por la que Jesús perentoriamente rechaza la proposición del diablo ya ha sido dada. Se presenta claramente en el v. 7. Jesús le dijo: También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios.238 Esta es un cita de Dt. 6:16, que refleja la situación de los israelitas que se describe en Ex. 17:1–7, cómo, en un lugar llamado Masa y Meriba, probaron a Jehová y se rebelaron contra Moisés por falta de agua. Acusaron a Moisés de haberlos sacado cruelmente de Egipto, a ellos, sus hijos, su ganado, [p 243] llevándolos al desierto para destruirlos. Estaban casi a punto de apedrearlo y, en vez de “dar a conocer todas sus necesidades y deseos delante del trono del Padre” a la manera de un hijo, insolente y provocativamente desafiaron a Dios diciendo: “¿Está Jehová entre nosotros?” Jesús sabe que una mala conducta similar de su parte equivaldría a una grave transgresión, esto es, al exponerse innecesariamente a un peligro para ver cuál sería la reacción del Padre, si estaría con él o no. Sabe que ello nada tiene que ver con la confianza humilde en el cuidado protector prometido en Sal. 91. Por lo tanto, en forma muy apropiada responde al tentador citando Dt. 6:16.
La vida cotidiana que nos rodea nos ofrece abundantes ilustraciones de una falsa confianza, similar a la que el diablo pedía a Jesús que ejerciera. Una persona busca fervientemente al Señor para que le otorgue la bendición de la salud. Sin embargo, no observa las normas de la salud. O le pide a Dios que salve su alma; sin embargo, no usa los medios de gracia tales como el estudio de las Escrituras, la asistencia a la iglesia, los sacramentos, el vivir una vida para beneficio de otros para la gloria de Dios. Alguien suplicará al Señor por el bienestar físico y espiritual de sus hijos, pero descuida el guiarlos en el camino del Señor. Un miembro de la iglesia que fue amonestado por haber asistido a un espectáculo pecaminoso, se defendió diciendo: “No puedo negar que asistí, pero mientras estuve allí, estuve orando constantemente: Aparta mis ojos, que no vean la vanidad (Sal. 119:37)”. A todo esto la respuesta es: “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”.
Tercera tentación
Y ahora el diablo arroja su máscara y, habiendo fracasado en los primeros dos intentos de vencer a su enemigo, pone todo en juego en un intento final, brutal, desesperado de lograr su propósito: 8, 9. Otra vez el diablo lo llevó a una montaña muy alta, le mostró todos los
237 S.BK. Vol. I, p. 151. 238
Después de los singulares del v. 6, es completamente natural que en el v. 7 el verbo citado esté también en el singular, en vez del plural como está en el Deuteronomio hebreo. Además, en la Septuaginta el pasaje de Deuteronomio está en singular.
El verbo usado en Mt. 4:7 no es el mismo de 4:1, aunque los dos están muy estrechamente relacionados. El verbo del v. 1 es el aor. inf. pas. de πειραζω, el del v. 7 es la seg. pers. s. fut. ind. act. de ἐκπειράζω. Algunas versiones inglesas (A.V., R.S.V., N.A.S. en el texto, Phillips) y todas las versiones castellanas, usan el mismo verbo en ambos casos. Otras versiones inglesas (A.R.V., Williams, Goodspeed, Weymouth, Berkeley, Beck, N.A.S. en el margen, y N.E.B.) reflejan el original en forma más exacta usando en el v. 7 un verbo distinto del usado en el v. 1.
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reinos d el mundo en su esplendor, y le dijo: Todo esto te daré si te postras delante de mí y me adoras.
¿Cómo ha de entenderse que, en la segunda tentación, el diablo lleva a Jesús a la santa ciudad y lo pone en el pináculo del templo, y que ahora, en la tercera tentación, Satanás lo lleva a una montaña muy alta? Algunos insisten en que todo esto debe tomarse en forma literal: “El traslado de Jesús al templo fue físico ... “lo llevó consigo” y “lo puso” hace que el diablo proporcione el poder motriz”.239 No se nos explica cómo podemos concebir esto. ¿Tomó el diablo un cuerpo físico (Gn. 3:1; cf. Jn. 8:44), y ambos, Jesús y el diablo, juntos caminaron por el desierto, entraron en Jerusalén y subieron hasta el pináculo del templo? ¿Cómo llegaron a la montaña desde [p 244] la que el diablo le podía mostrar a Jesús “todos los reinos del mundo en su esplendor”? ¿Qué montaña de los alrededores del desierto de Judea o de Jerusalén pudo haber sido? ¿Se deslizaron suavemente por el cielo, ejerciendo el diablo las funciones de una especie de máquina? ¿Viajaron juntos todo el camino hasta el Everest? Pero aun entonces, ¿no se requería de una especie de milagro que permitiera al diablo mostrar desde allí a Jesús todos los reinos del mundo, y esto no en una silueta oscura, sino muy claramente, de modo que fuera visible todo su esplendor (o gloria), y esto, no poco a poco durante un largo período, sino como Lucas añade, “en un momento”?
De ningún modo ésta es una cuestión de creer o no creer las Escrituras. Es sencillamente una cuestión cómo interpretar mejor lo que aceptamos plenamente. El autor de este comentario no ha podido hallar una solución en ninguna parte que lo satisfaga más que la de Calvino. En su comentario, al reflexionar primero sobre la segunda tentación y luego sobre la tercera, observa:
“Se pregunta, ¿fue (Jesús) llevado realmente a este punto elevado, o fue hecho en una visión?... Lo que se agrega, que todos los reinos del mundo fueron expuestos ante la vista de Cristo en un momento ... concuerda con la idea de una visión mejor que con cualquier otra teoría. En un asunto que es dudoso, y en que la ignorancia no produce riesgo, prefiero más bien suspender mi juicio que proporcionar una excusa para debatir a los que son contenciosos”.
Calvino tiene mucho cuidado. Es claro que favorece la idea de la visión. Por otra parte, no quiere imponerla, dejando lugar para cualquier otra interpretación razonable que alguien pueda ofrecer. Sólo deseo agregar que la Escritura contiene dos pasajes comparables en que se nos dice que alguien es “puesto” o “llevado” a un monte alto. Estos dos son Ez. 40:2 y Ap. 21:10.240 Ezequiel afirma claramente que esto ocurrió en visiones de Dios. Al vidente de Patmos se le mostraron visiones mientras estaba “en el Espíritu” (Ap. 1:10). Fue “en el Espíritu” que lo llevaron a una montaña grande y alta. Así que, el punto de vista de Calvino es digno de ser considerado con seriedad.241 La objeción de que si las tentaciones (sean sólo la segunda y la tercera, o quizás mejor, las tres) le ocurrieron a Jesús durante visiones no fueron reales, no tiene base. ¿No fue real la experiencia de Ezequiel, aun cuando ocurrió en una visión? ¿Está desprovista de valor la descripción que Juan hace de la Jerusalén dorada debido a que le vino a través de una visión? Además, si aun un sueño puede ser tan vívido que se han registrado casos de personas que han muerto como resultado, ¿diremos entonces que la realidad de las experiencias de tentación de Cristo se ve menguada [p 245] en alguna forma porque fue en visiones que el tentador vino y se dirigió a él?
Este punto de vista no debe ser confundido con aquel según el cual las tentaciones eran de una naturaleza puramente subjetiva. No, aun cuando hubiera sido en una visión que el diablo vino a Jesús, el gran adversario era muy real, y era él, no el Señor quien decía: “Di a
239 Lenski, op. cit., pp. 143, 144; véase también p. 149. 240 Otros pasajes que hablan de una montaña alta, por sus contextos muestran que son de una naturaleza completamente diferente (Is. 40:9; 57:7; Jer. 3:6; Mt. 17:1; Mr. 9:2). 241 Véase también el excelente material al respecto en H. N. Ridderbos, op. cit., pp. 69–72.
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estas piedras que se conviertan en pan”, “arrójate abajo” y “póstrate delante de mí”. Si fue en una visión que se pidió al Señor que hiciera estas cosas, podemos estar seguros que lo que ocurrió en la visión era tan real a su mente como si no hubiera habido visión y todo hubiera ocurrido literalmente.
Desde la cumbre de un monte muy alto (sea en visión o no, no hay diferencia) el diablo muestra a Jesús todos los reinos del mundo y (o en) su esplendor. Todo esto se le muestra en forma vívida a Jesús; según Lucas (como ya hemos visto), ¡en sólo un momento muy significante! Para tener un concepto de lo que podía haber estado incluido en el panorama que se desplegó ante el Señor sería bueno leer cuidadosamente los tres pasajes siguientes: 2 Cr. 9:9–28; Ec. 2:1–11 y Ap. 18:12, 13. Toda esta riqueza ofrece Satanás a Cristo, todo por el precio de una genuflexión. Si Jesús sólo se postrara en tierra y adorara (véase sobre 2:11; cf. 2:2, 8) al diablo, podría tenerlo todo. Podría ser posesión suya y estar bajo su autoridad (cf. Lc. 4:6).
Se ha planteado la pregunta si Satanás era realmente el poseedor de todas estas cosas, y si realmente estaba en control de todas ellas, al punto de poderlas ofrecer a quienquiera que él quisiera darlas. Con frecuencia esta pregunta se contesta en forma afirmativa, con apoyo de Ef. 2:2, donde se llama a Satanás “el príncipe de la potestad del aire”; Ef. 6:12, que habla de “huestes espirituales de maldad en los aires”; 1 Jn. 5:19, que afirma que “el mundo entero está bajo el maligno”; y aun Lc. 4:6, donde el gran adversario se presenta como el propietario legal y gobernador de todo. Estos intérpretes encuentran un apoyo más en que, en su respuesta, Jesús no discutió la pretensión de Satanás (4:10).
¿Prueban realmente estos pasajes lo que quieren probar los que apelan a ellos? Creo que no. Los primeros tres prueban simplemente que Satanás ejerce una influencia muy poderosa para mal en la vida de personas y espíritus malvados que le reconocen como su amo. Pero tales referencias no demuestran que el diablo es el poseedor y gobernador de las naciones, con el derecho y poder de disponer de ellas como quiere, de tal modo que Cristo mismo, por lo menos en la presente dispensación, tendría que conformarse con una posición inferior a Satanás. La verdad es lo contrario, como lo demuestran abundantemente pasajes tales como Gn. 3:15; Sal. 2; Mt. 11:27; 28:18; Ro. 16:20; Ef. 1:20–23; Col. 2:15 y Ap. 12; 20:3, 4, 10. Si se alega que algunos de estos pasajes se refieren al poder dado a Cristo en su exaltación, la respuesta es que aun durante la humillación de éste, Satanás no podía hacer más de lo que Cristo le permitía, como testifican Mt. 4:11 y los Evangelios [p 246] en general (expulsión de demonios; Mt. 12:29; Lc. 10:18; Jn. 12:31). Y en cuanto a la jactancia de Satanás (Lc. 4:6), es demasiado absurda como para que mereciera una respuesta. Pero si se exige una respuesta de algún tipo, que sea Jn. 8:44.
Por lo tanto, podría parecer superficialmente que la tercera tentación de ningún modo era una tentación para Cristo. Jesús sabía que el diablo estaba mintiendo; esto es, que el príncipe del mal no tiene reinos encantadores que dar. Sin duda, el Señor también sabía que aun cuando Satanás los poseyera, no habría cumplido su promesa. Entonces, ¿en qué sentido podemos decir que también la tercera tentativa de Satanás fue una verdadera tentación para Cristo? Como yo lo veo, aunque la forma particular en que fue hecho la proposición nada contenía que la hiciera recomendable a la mente y el corazón del Salvador, sin embargo, la sugerencia implícita de tratar de obtener la corona sin sufrir la cruz pudo haber fomentado en él una amarga lucha. Por cierto, no fue una lucha que lo envolvió en el pecado o que podía llevarlo al punto de cometer pecado, sino que era un estado de agonía. ¿De qué otro modo podemos explicar las palabras pronunciadas en el Getsemaní, “Padre mío, si es posible, que esta copa pase de mí; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt. 26:39)? O ¿cómo podemos explicar Lc. 12:50? Por lo tanto, es claro que para Cristo esta tentación era muy real.
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Satanás recibió la respuesta que merecía: 10. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque está escrito:
Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.
La expresión “Vete, Satanás”, un mandamiento que fue obedecido (véase v. 11), no solamente muestra la repugnancia de parte de Cristo a la proposición del diablo, sino también la supremacía de Cristo sobre él. La respuesta es un reflejo de Dt. 6:3.242 También revela un agudo contraste entre Cristo, que siempre está haciendo lo que su Padre quiere que haga (Jn. 5:30; 6:38), y Satanás, cuyo propósito es exactamente lo contrario (Gn. 2:17; cf. 3:4; Zac. 3:1, 2; Jn. 8:44; 1 Ts. 2:18; 1P. 5:8; 1 Jn. 3:8; Ap. 12; [p 247] 20:8, 9), y que corresponde verdaderamente al sentido del nombre con que Jesús se dirige a él, adversario.
Ante el mandato de Cristo, Satanás se aleja completamente derrotado, como se declara en el v. 11. Entonces el diablo lo dejó. Por el momento se abstuvo de intentar otros ataques, esperando otra oportunidad (Lc. 4:13). A través de pasajes tales como Mt. 16:23; Lc. 22:28, es claro que ciertamente reanudó sus ataques. A la luz de Heb. 2:18, véase también Mt. 26:36– 46; Mr. 3:21, 31; 8:32, 33.
Las visiones, si es que lo fueron, se desvanecen. Jesús está consciente de estar en el desierto. Continúa: y he aquí, vinieron ángeles y le servían. No se dice qué tipo de servicio realizaban. Los comentaristas que rechazan la teoría de la visión dicen que, entre otras cosas, los ángeles ahora ayudan a Jesús en el descenso del monte muy alto donde acababa de realizarse la tercera tentación.243 La declaración general que los ángeles fueron enviados por el Padre para proveer lo que el Hijo necesitaba, sea lo que fuere, es quizás la mejor. Parece ser razonable inferir que esto también incluía la alimentación corporal.
Sus lecciones
1. Resista al diablo apelando a las Escrituras, como Jesús lo hizo tres veces seguidas.
2. Tenga la seguridad que Jesús, como representante de su pueblo, ha rendido la obediencia que Adán, como representante de la humanidad, dejó de rendir.
3. Reciba consuelo del hecho de que tenemos un Sumo sacerdote que, habiendo sido tentado, puede ayudarnos en nuestras tentaciones (Heb. 4:14–16).
4. Nótese que al no prestar oídos al diablo, Jesús recibe las mismas bendiciones que Satanás le ofreció. Sin embargo, es en un sentido mucho más glorioso, y con el favor del Padre sobre él, que recibe la fortaleza para resistir físicamente, el ministerio de los ángeles y la autoridad sobre los reinos del mundo.
Resumen del Capítulo 4:1–11
Cuando Adán fue tentado, fracasó. Ahora Cristo también debía ser tentado, para que su victoria sobre la tentación deshiciera los resultados del fracaso de Adán en provecho de todos
242 Aunque las palabras de Jesús no son una traducción precisa de ningún pasaje en particular, ni del original hebreo ni de la Septuaginta, están en armonía completa con el sentido de ambos, porque en ambos aparece el siguiente pasaje: “A Jehová tu Dios temerás y a él servirás ...” (Dt. 6:13), seguido por el v. 14: “No seguiréis dioses ajenos”; “no los adorarás (es decir, a las imágenes esculpidas) ni las servirás; porque yo, Jehová tu Dios soy un Dios celoso” (Dt. 5:9); a lo cual se podría añadir: “Si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma” (Dt. 4:29). Aunque en ninguno de estos pasajes aparece la palabra “sólo” (de Mt. 4:10), en cada caso está claramente implícita: en los primeros dos ejemplos debido al contexto; en el último por la frase “con todo tu corazón y ... alma”. La palabra “sólo”, sin embargo, aparece en 1 S. 7:3 (“sólo a él servid”). Esto también podría haber influido en Mt. 4:10. Nótese la misma secuencia adorar ... servir en Mt. 4:10 y en Dt. 5:9. Además, las palabras de Cristo “Al Señor tu Dios adorarás” es una respuesta directa al “Adórame” de Satanás.
243 Lenski, op. cit, p. 154.
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los que creen en él. Así que el Espíritu, que descendió sobre Jesús en el bautismo y nunca más se apartará de él, lo conduce al desierto para ser tentado por el diablo.
Las tres tentaciones ocurren al final de un ayuno de cuarenta días, de [p 248] modo que Jesús tenía hambre. “Puesto que eres el Hijo de Dios”, le dice Satanás, queriendo decir, probablemente: “Puesto que esto es lo que el Padre te dijo en el bautismo, y tú lo crees, dí a estas piedras del desierto que se hagan pan”. ¿Por qué debía seguir confiando en el Padre por más tiempo? ¿Por qué no, como Hijo de Dios, dotado con poder, tomar todas las cosas en sus propias manos? Citando Dt. 8:3, Jesús responde: “No es sólo de pan que el hombre vivirá, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. La vida no depende primariamente del pan sino del poder sustentador y del amor de Dios. Jesús es el Hijo de Dios; por eso, el Padre proveerá para él y lo sustentará.
“Demuestra que confías en él”, parece decirle Satanás, “arrojándote desde el pináculo del templo”. Para animarlo a que lo haga, el diablo cita el Sal. 91:11, 12, como si el pasaje justificara el apresuramiento, el poner la presunción en el lugar de la fe. Jesús rechaza el ataque citando Dt. 6:16: “También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios”.
Finalmente, lo que pudiera haber sido la mayor de todas las tentaciones: Satanás está dispuesto a ceder su dominio, su poderosa influencia sobre todos los reinos del mundo, y entregarlos juntos con toda su gloriosa riqueza a Jesús, a fin de que él lo posea y lo controle; eso, por lo menos, es lo que dice. Hará todo esto con una sola condición, a saber, que “te postres delante de mí y me adores”. El Mesías no necesita sufrir: ni corona de espinas, ni ninguna vergüenza, ni la cruz. La respuesta vuelve como una flecha: “Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás”.
Entonces, por el momento, el diablo se aparte de Jesús. Los ángeles vienen y sirven al Vencedor.
Las lecciones que hay que derivar de esta tentación están resumidas en la p. 247.
4:12–17 4:18–22 4:23–25
4
180
[p 249]
La obra que le diste que hiciera
Su progreso
o
Continuación
Capítulos 4:12–20:34
[p 250] Bosquejo del Capítulo 4:12–25
Tema: La obra que le diste que hiciera A. Su ministerio en Galilea
Su comienzo El llamamiento de los cuatro Pescadores La enseñanza, Predicación y curaciones de Jesús
[p 251]
CAPITULO 4
MATEO 4:12–17
12 Cuando supo que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. 13 Saliendo de Nazaret, fue y se estableció en Capernaum, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, 14 para que se
cumpliese lo dicho por medio del profeta Isaías: 15 “Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, rumbo al mar, el otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles,
16 El pueblo sentado en tinieblas ha visto una gran luz; y sobre los que estaban en la tierra de sombra de muerte, luz les ha amanecido”.
17 Desde entonces Jesús comenzó a predicar y a decir: “Convertíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”.
4:12–17 El principio del gran ministerio en Galilea
Los vv. 13–16 son exclusivos de Mateo; véase arriba, p. 24. En cuanto a los vv. 12 y 17, véanse también Mt. 11:2; 14:3–5; Mr. 1:14, 15; 6:17–20; Lc. 3:19, 20; 4:14, 15; y cf. Jn. 4:1– 3, 43, 44.
12. Cuando (Jesús) supo que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Aquí comienza una nueva sección del Evangelio de Mateo. Por lo tanto, habría sido muy adecuada la iniciación de un nuevo capítulo en este punto. Mateo no señala conexión cronológica alguna entre este versículo y el material precedente (el relato del bautismo y la tentación). Bien podría haber habido un lapso intermedio de un año, durante el cual ocurrieron los
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sucesos relatados en Jn. 1:19–4:42.244 Si es así, la fecha en que Jesús salió hacia Galilea para iniciar el gran ministerio galileo fue probablemente en los alrededores de diciembre del año 27 d.C. o un poco después.
Pero aunque estaba tan separado de los acontecimientos precedentes, lo que Mateo está por decirnos está estrechamente relacionado en sustancia material con lo precedente. Ha llegado a su fin la preparación de la obra que [p 252] el Padre dio a Jesús que hiciera, y ya acabó también su inauguración. El principio ha sido completado. Ha quedado establecida la identidad de Jesús como hijo de David que al mismo tiempo es el Señor de David (cap. 1). De los magos ha recibido la honra debida a Quien es el Rey de reyes y Señor de señores (cap. 2). Ha sido anunciado como soberano y, por medio de su bautismo, ha confirmado su decisión de llevar sobre sí mismo el pecado del mundo (cap. 3). Ha demostrado que es digno, porque en el desierto triunfó sobre el diablo, venciendo como representante nuestro donde Adán había fracasado. Por lo tanto, ahora nada le impide llevar a cabo la tarea asignada y que él voluntariamente asumió.
En consecuencia, ahora ha llegado el momento en que Jesús debe retirarse de Judea para ir a Galilea. Esto era en cumplimiento de la profecía, como Mateo va a decir (vv. 14–16). Pero, como lo muestra el v. 12, también tuvo algo que ver con el encarcelamiento de Juan el Bautista. Este, como ya se ha mostrado, hizo su primera aparición pública en el verano del año 26 d.C. Y ahora, unos dieciocho meses más tarde, había sido encarcelado por la razón declarada en 14:3, 4. Los líderes judíos, especialmente los de Jerusalén, que se habían llenado de celos en los días de la gran popularidad de Juan, y acerca de los cuales Juan había hecho declaraciones muy poco corteses (3:7), deben haberse alegrado. Pero este gozo fue de corta duración, porque a los oídos de los líderes llegaron otras noticias, a saber, que las multitudes que seguían a Jesús eran más numerosas que las que habían seguido al heraldo. En realidad, aun antes del encarcelamiento de Juan, Jesús iba por sobre Juan en el favor popular (Jn. 3:22–26). Por eso, desde el punto de vista de los líderes las cosas estaban empeorando en vez de mejorar. Ahora, cuando el Señor supo que Juan había sido encarcelado (Mt. 4:12) y que los fariseos, con base en Jerusalén, hubieron oído que Jesús estaba ganando y bautizando (a través de sus discípulos) más discípulos que Juan (Jn. 4:1), salió de Judea y se dirigió a Galilea. ¿Por qué hizo esto? ¿No estaba gobernada Galilea por Herodes Antipas, el tetrarca que había encarcelado a Juan el Bautista? Es verdad, pero se debe recordar que este error judicial se debió a una razón muy especial: no se nos dice que Jesús haya reprobado personalmente a Herodes como Juan lo había hecho. Cuando, después de la muerte de Juan, Herodes se convence que Jesús es “Juan el Bautista, resucitado de los muertos”, Jesús también se aparta hasta cierto punto de la atención inmediata de ese rey (Mt. 14:1, 2, 13).
En el momento indicado en 4:12, no era de Herodes Antipas de quien Jesús necesitaba alejarse, sino de los líderes religiosos que estaban en Judea. Sin embargo, bien podría hacerse la pregunta: “Pero, después de todo, ¿por qué tenía que apartarse Jesús? ¿Tenía miedo? ¿Le faltó valor?” ¡Perezca tal pensamiento! La verdadera razón era esta, que Jesús estaba bien consciente del hecho de que su propia gran “popularidad” en la región de Judea traería tal resentimiento de parte de los líderes religiosos que este [p 253] resentimiento, en el curso natural de los acontecimientos, podría conducir a una crisis prematura. El Señor sabía que para todo acontecimiento en su vida había un tiempo señalado en el decreto de Dios. También sabía que el momento señalado para su muerte aún no había llegado. Tan pronto
244 Baso esta probabilidad en la suposición de que la salida hacia Galilea y la entrada en Galilea para comenzar el Gran Ministerio en Galilea que se menciona aquí en Mateo, es lo mismo a que hace referencia Jn. 4:3, 43. En Juan fue seguida poco después por lo que fue probablemente la segunda fiesta de la Pascua del ministerio público de Cristo (Jn. 5:1); sería, pues, la Pascua del año 28 d.C., precedida, un año antes, por la primera Pascua, mencionada en Jn. 2:13, 23. Véase también pp. 192, 208; C.N.T. sobre el Evangelio según Juan, pp. 39, 186, 200, 201; y mi Bible Survey, pp. 61, 62, 69.
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llegara ese momento, él voluntariamente pondría su vida (Jn. 10:18; 13:1; 14:31). Entonces lo haría, pero no antes de ese momento. Por eso, ahora tenía que salir de Judea.
¿A dónde fue Jesús cuando llegó a Galilea? ¿Dirigió sus pasos directamente a lo que había sido hasta ahora su hogar en Nazaret? Mateo sabe que esto es lo que los lectores de su Evangelio esperarían que Jesús hiciera (2:23). Sin embargo, el Señor hace lo contrario. Aunque, naturalmente, no ha olvidado Nazaret, y le hará una visita cuando llegue el momento oportuno (13:53–58; Mr. 6:1–6; Lc. 4:16–30), Nazaret no será su base de operaciones. Ha dejado de ser su lugar de residencia. Esto está indicado en el v. 13. Saliendo de Nazaret, fue y se estableció en Capernaum, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Capernaum puede significar aldea de Nahum. De todos modos, no es seguro que el lugar recibiera el nombre por el profeta del Antiguo Testamento que predijo la destrucción de Nínive. Originalmente la referencía podría ser a algún otro Nahum. O, puesto que Nahum significa compasivo, el nombre podría interpretarse “aldea de compasión” o “de consolación”. Nadie sabe. Sin embargo, lo que está claro es que en un tiempo Mateo, el escritor del Evangelio, tenía su oficina en este lugar. Como se ha indicado (Mt. 9:9), Mateo era “publicano”, esto es, cobrador de impuestos o inspector tributario.
Fue en los alrededores de esta aldea que Jesús había llamado a sus primeros discípulos (Jn. 1:35–42). También fue aquí que Pedro y Andrés, Jacobo y Juan fueron invitados posteriormente a ser “pescadores de hombres” (Mt. 4:18–22). Capernaum llegó a ser el centro de las actividades de Cristo, su base de operaciones durante el gran ministerio galileo. Fue aquí que Jesús realizó muchos milagros (11:23; cf. 8:5–17; 9:1–8, 18–34; 12:9–13; 17:24–27; Lc. 4:23, 31–37; 7:1–10), asistió regularmente a la sinagoga y presentó varios mensajes, incluyendo el del Pan de Vida (Jn. 6:24–65). Mateo aun llega a llamar a Capernaum “ciudad de” Cristo (9:1).
Se han desenterrado las ruinas de una sinagoga en Capernaum. Ha sido restaurada en parte. La estructura data del segundo o tercer siglo d.C. Se piensa que una casa de adoración más antigua, probablemente la mismísima que había sido regalada por el centurión que amaba la nación judía (Mt. 8:5, 6; Lc. 7:5, 6), y donde Jesús enseñó, yace sepultada bajo los cimientos de la ya descubierta. Es evidente que en Capernaum está estacionado un destacamento de soldados. El relato del funcionario del rey a cuyo hijo Jesús sanó (Jn. 4:46– 54) podría indicar que Capernaum era también un centro de administración política.
El año 1905 se iniciaron excavaciones en Tell Hum en la costa noroccidental [p 254] del mar de Galilea. Fueron completadas por los franciscanos, los que presentaron evidencias para mostrar que Tell Hum es el sitio de la antigua Capernaum, ubicado unos cuatro kilómetros hacia el oeste de donde el río Jordán, viniendo del norte, desemboca en el mar.
Para Jesús y sus discípulos el lugar era estratégico, porque desde este punto en (lo que era) el territorio de Zabulón y Neftalí había un fácil acceso a la mayoría de las aldeas de Galilea y sus alrededores. Podía llegarse a ellas por tierra—porque Capernaum estaba situada en la costa muy poblada y en la ruta comercial que conectaba a Damasco con el Mediterráneo—o también por mar.
Debido al hecho que, a pesar de todas las obras de misericordia y poder que Jesús realizó aquí y de todas las palabras de gracia que salieron de sus labios, los habitantes de Capernaum permanecieron impenitentes en general, Jesús predijo su condenación, como se explicará más adelante (véase sobre Mt. 11:23, 24). En cuanto a la destrucción de la ciudad misma, lo que ocurrió aquí es tan sorprendente, que durante siglos la ubicación de Capernaum ha sido materia de discusión.245
245 Se ha consultado la siguiente literatura sobre Capernaum: W.H.A.B., p. 86; G. E. Wright, Biblical Archaeology, Filadelfia, Londres, 1957, p. 237, con una foto de la sinagoga descubierta en Capernaum; E. G. Kraeling, Rand McNally Bible Atlas, 1966, Nueva York, Chicago, San Francisco, pp. 373–379; L. H. Grollenberg, op. cit., consúltese el índice, p. 146; W. Ewing, artículo
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Dirigido por el Espíritu, Mateo nos da una versión propia de Is. 9:1, 2 en la que considera el establecimiento de Cristo en Capernaum como otro cumplimiento profético; esta vez 14–16 ... Para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta Isaías:
Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, rumbo al mar, el otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles, El pueblo sentado en tinieblas
ha visto una gran luz; y sobre los que estaban en la tierra de sombra de muerte, luz les ha amanecido.246
[p 255] En su gracia soberana Dios hizo algo completamente inesperado. Envió a su Hijo no principalmente a la aristocracia de Jerusalén, sino especialmente a las despreciadas, dolorosamente afligidas y en gran parte ignorantes masas de Galilea, una población mixta judío gentil. Fue en Galilea y sus alrededores donde Jesús pasó la mayor parte de su vida encarnada sobre la tierra. Fue aquí donde creció; también aquí fue que posteriormente viajó de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, en sus misiones de misericordia, impartiendo consuelo y sanidad, y por sobre todo lo demás tratando de salvar a los perdidos. Fue aquí donde recorrió la costa y se dirigió a las multitudes. Fue en esta región general donde reunió a su alrededor un grupo de discípulos. Fue desde esta parte norte de Palestina que sus bellas palabras de vida, de amonestación y consuelo fueron difundidas ampliamente y se transmitieron de padres a hijos.
Con toda probabilidad, los cinco puntos mencionados en el v. 15 se refieren a cinco secciones diferentes de la Gran Galilea. Véase un mapa bíblico que muestre estas secciones. La tierra de Zabulón estaba al oeste del Mar de Galilea, y limitaba al norte con la tierra de Neftalí. La región rumbo al mar estaba al occidente de éstos y se extendía desde el norte hacia el sur a lo largo del Mediterráneo. El otro lado del Jordán indica el territorio que está al oriente del Jordán. La región que era llamada Galilea de los gentiles (Galîl en el Antiguo Testamento) debido al fuerte elemento pagano en su población, era la parte norte de lo que antes se llamaba Neftalí. Una de sus ciudades principales en los tiempos del Antiguo Testamento era Cedes (Jos. 20:7; 21:32). El nombre Galîl (Is. 9:1) fue cambiado a Galilea, y, alterado de este modo, se convirtió en la designación de toda la gran provincia gobernada por Herodes Antipas.
Es evidente que la palabra “tierra” en el v. 5 se refiere primariamente a la gente que la habitaba. Cf. Jer. 22:29: “Tierra, tierra, tierra! oye palabra de Jehová”. Esto se aplica también a las otras tres designaciones, “rumbo al mar ...” Toda la población de esta quíntuple parte norte de Palestina es llamada “pueblo sentado en tinieblas”, y “los que estaban en la tierra de sombra de muerte”. Durante siglos los que vivían en este extenso territorio habían estado
sobre Capernaúm en I.S.B.E., Vol. I, pp. 566, 567; y J. S. Irvine, artículo sobre Capernaum en Encyclopaedia Britannica, edición de 1969, Vol. IV, p. 826. 246 En el original hebreo de Is. 9:1, 2 los dos primeros puntos, “la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí” están separados de los otros tres, “hacia el mar, más allá del Jordán, Galîl de las naciones”. Los cinco son objetos de verbos: los primeros dos de “trajo aflicción”; las últimas tres de “hizo pesado”, esto es, aquí probablemente “llenará de gloria” (VRV 1960), “hará que tenga honra”. Sin embargo, en Mateo los cinco puntos forman un grupo estrechamente entrelazado. Aquí es probablemente mejor considerar los cinco como nominativos en aposición con “el pueblo que andaba en tinieblas”, con el predicado “ha visto gran luz”. Las últimas dos líneas que comienzan con “y sobre”, están en una relación de paralelismo. Aquí “luz” es el sujeto, y “les ha amanecido sobre, etc.”, es el predicado. El arreglo de las frases en Mateo muestra muy poca conexión con la versión más bien pobre que se encuentra en la Septuaginta. Mateo, de un modo muy propio, pudo reproducir en forma muy hábil los pensamientos de Isaías. Esencialmente Isaías y Mateo están en perfecto acuerdo: la luz amanece (o resplandece) sobre los que anteriormente estaban en tinieblas.
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expuestos a la agresión política y militar del norte (Siria, Asiria, etc.) y a la corruptora influencia moral y religiosa de un ambiente pagano. Habían sido invadidos y amenazados en una escala mucho mayor que el pueblo de Jerusalén y sus alrededores (véase 2 R. 15:29; Is. 8:4). Sin duda, a muchos de los habitantes de Galilea se les podían aplicar también las palabras de 2 R. 17:33 con referencia específica a los samaritanos: “Temían a Jehová y honraban a sus dioses”.
Sentarse en tinieblas y en la tierra de sombra de muerte indica una condición de peligro, temor, desesperación, languidecimiento, sin ninguna ayuda humana a la vista. En las Escrituras la designación tinieblas, cuando se usa en forma figurada, se refiere a una o más de las siguientes características: [p 256] engaño (ceguera de mente y corazón; cf. 2 Co. 4:4, 6; Ef. 4:18); depravación (Hch. 26:18); y abatimiento (Is. 9:2; véase su contexto, v. 3). Aunque las tres cualidades probablemente estén en el cuadro aquí, el énfasis bien podría estar en la última de las tres (abatimiento, desaliento), como ya se ha explicado.
El antónimo de tinieblas es luz, que, en consecuencia, se refiere a una sabiduría verdadera (el verdadero conocimiento de Dios, Sal. 36:9), vida para la gloria de Dios (Ef. 4:15, 24; 5:14), y risa (alegría, Sal. 97:11). Podrían estar incluidas las tres, pero aquí también el énfasis quizás esté en la última de ellas.
En consecuencia, el verdadero sentido de la cita es éste, que Jesús, por su presencia, sus palabras y sus hechos de misericordia y de poder, llenaría del gozo de la salvación el corazón de todos sus seguidores galileos. Ya no languidecerían de tristeza y desesperación. Cuando Jesús entra en Galilea y comienza allí su gran ministerio, se llevan a efecto las palabras de un himno popular:
El mundo perdido en pecado se vio; ¡Jesús es la luz del mundo!
Mateo concluye este párrafo diciendo: 17. Desde entonces Jesús comenzó a predicar y a decir: Convertíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Hay que notar los siguientes puntos:
a. En esencia, aunque no en detalle, el mensaje de Cristo es el mismo que el de Juan el Bautista, testificado por el hecho de que en 3:2 la proclamación hecha por el heraldo se resume con palabras idénticas. Por lo tanto, es innecesario repetir la explicación que ya se ha dado; pero véase también sobre 4:23.
b. En conexión con el contexto precedente (4:13–16) el significado aquí en el v. 17 es que Jesús ahora empieza a llevar este evangelio del reino a regiones que el Bautista no había penetrado en ninguna medida. La buena nueva se está empezando a esparcir en un territorio más amplio. La exigencia de que los hombres se conviertan resuena en regiones donde no había sido oída antes.
c. El hecho de que la venida de Cristo ciertamente ha traído un cambio tremendo sobre la tierra, de modo que millones de personas han sido trasladadas del reino de las tinieblas al reino de la luz muestra que la proclamación “el reino de los cielos se ha acercado” está plenamente justificada.
d. Este mensaje no fue proclamado inmediatamente o de una vez por todas a todo el mundo. Desde el principio su difusión iba a ser progresiva: iba a alcanzar primero al judío (10:5, 6), luego también, paso por paso, a todas las naciones (24:14; 28:19; Hch. 13:46; Ro. 1:16). Por lo tanto, no es sorprendente que el anuncio, “el reino de los cielos se ha acercado”, se [p 257] encontrara primero en labios del Bautista y luego fuera confirmado por Jesús, y por mandato de Cristo fuera luego repetido por los discípulos (Mt. 10:7), con la intención de que al fin llegara a todo el mundo, a toda nación. Entonces vendrá el fin.
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18 Mientras estaba caminando junto al Mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón llamado Pedro y Andrés su hermano, echando una red en el mar, porque eran pescadores. 19 Les dijo: “Venid, seguidme, y os haré pescadores de hombres”. 20 Inmediatamente ellos dejaron sus redes y le siguieron. 21 Y yendo más adelante, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo y Juan su hermano, en la barca con su padre Zebedeo, remendando las redes, y los llamó. 22 E inmediatamente ellos dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.
4:18–22 El llamamiento de cuatro pescadores Cf. Mr. 1:16–20; y para Mt. 4:19b y Mr. 1:17b, cf. Lc. 5:10b
18–20. Mientras estaba caminando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón llamado Pedro y Andrés su hermano, echando una red en el mar, porque eran pescadores. Les dijo: Venid, seguidme, y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente ellos dejaron sus redes y le siguieron.
Como se dijo en la explicación del v. 17 (véase especialmente d. arriba), el maravilloso evangelio del reino no era sólo para los hombres que vivían en el tiempo del ministerio terrenal de Cristo. Era para todas las edades. Por lo tanto, no es sorprendente que en el comienzo mismo de su ministerio Jesús eligiera hombres que, por medio de su testimonio oral y escrito, perpetuasen su obra y proclamasen su mensaje. No era algo nuevo que un maestro tuviera no solamente un auditorio general, sino también un grupo de compañeros íntimos o discípulos. ¿No había tenido discípulos Sócrates? ¿No los tenía Juan el Bautista? ¿Los fariseos? ¿Los rabinos? Los discípulos de Cristo se iban a convertir en los eslabones entre él y su iglesia. Iban a ser el fundamento de preciosas piedras para la Jerusalén de oro (Ap. 21:19, 20). Piénsese, por ejemplo, en la importancia de hombres tales como Mateo, Juan y Pedro en la formación de los Evangelios, que son nuestras principales fuentes de información sobre Jesucristo. Por consiguiente, mientras caminaba junto al Mar de Galilea, Jesús invita a algunos hombres a que le sigan.
Hubo varios llamados al discipulado y al estrechamente relacionado apostolado: a. El mencionado en Jn. 1:35–51. Véase C.N.T. sobre esos versículos. b. El mencionado aquí (Mt. 4:18–22; Mr. 1:16–20). c. El mencionado en Lc. 5:1–11.
[p 258] d. El mencionado en Mt. 9:9–13; Mr. 2:13–17; Lc. 5:27–32.
e. El mencionado en Mt. 10:1–4; Mr. 3:13–19; Lc. 6:12–16.
Las cinco invitaciones diferían, probablemente en la siguiente forma (explicando a hasta e según la lista de arriba):
a. Aproximadamente en febrero del año 27 d.C. este llamamiento fue extendido a Andrés y a un discípulo anónimo, con toda probabilidad Juan, invitándolos a aceptar a Jesús de Nazaret como el Mesías y ser sus seguidores espirituales. Andrés trajo a su hermano Simón (Pedro) a Jesús. Probablemente Juan haya hecho el mismo servicio a su hermano Jacobo. Casi inmediatamente después, Felipe y (por medio de él) Natanael fueron agregados a la lista. Aunque acompañaban ocasionalmente a Jesús en sus viajes, los discípulos continuaron en sus actividades seculares.
b. Esto ocurrió como un año después; por lo tanto, alrededor de febrero del año 28 d.C. Los cuatro discípulos a que se refiere Jn. 1:35–41 (Pedro, Andrés, Jacobo y Juan) ahora llegan a ser compañeros más estables del Señor y están más conscientes que antes del hecho de que se están preparando para el apostolado, esto es, para ser “pescadores de hombres”. Sin embargo, aun ahora Mt. 4:20 y 22 difícilmente se pueden interpretar como que se
C.N.T. G. Hendriksen, Comentario del Nuevo Testamento
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despidieron definitivamente de su ocupación secular como pescadores. Se dirá más acerca de b. un poco más adelante.
c. Esto ocurre poco después. Comprende la historia de la pesca milagrosa. Lc. 5:10b se parece a Mt. 4:19b y Mr. 1:17b; esto es, “pescarás hombres” y “os haré pescadores de hombres” son similares, aunque no idénticas, puesto que Mateo y Marcos enfatizan el esfuerzo, mientras el pasaje de Lucas enfatiza el éxito. Sin embargo, fuera de este parecido, los dos relatos son completamente distintos. En el relato de Mateo y Marcos Jesús está caminando junto al mar; en Lucas está parado. En el primero se menciona por nombre a Simón, Andrés, Jacobo y Juan, a todos ellos. Jesús también les habla a todos ellos. En el relato del médico amado Jesús dirige sus palabras a Pedro solamente. Andrés ni siquiera es mencionado aunque podría haber estado presente. En el primer relato, Simón y Andrés están echando las redes en el mar, es decir, están pescando; Jacobo y Juan están remendando sus redes. En Lucas los pescadores están lavando las redes. En el primero, Pedro y Andrés dejan las redes y siguen a Jesús; en forma similar, Jacobo y Juan dejan la barca y a su padre y siguen al Maestro. Pero en Lucas los discípulos lo dejan todo, durante todo el período del ministerio terrenal de Cristo que precede a la crucifixión, despidiéndose definitivamente de sus ocupaciones como pescadores y siguiendo a Jesús en forma permanente.
d. Este fue el llamamiento de Mateo (= Leví) el publicano, escritor de este Evangelio. Probablemente ocurrió muy poco después de c. Prueba: véase Lc. 5:11, 27. Mateo también, al seguir a Jesús, “lo dejó todo”.
e. Este tiene que ver con todo el grupo de los doce. Para todos ellos es el [p 259] llamamiento formal al discipulado y apostolado. Probablemente hay un breve intervalo entre Mr. 3:13–19 (cf. Lc. 5:27–32) y Mt. 10:1 ss.
Los hombres escogidos por Jesús para ser sus compañeros inmediatos necesitaban ser preparados para el apostolado. Simón el inestable debía convertirse en Pedro la roca. Algo similar ocurría con todos. La primera vez que encontramos a estos hombres, y en cierto sentido aun mucho más tarde, revelan falta de una profunda penetración espiritual (Mt. 13:6; 15:33; 16:7–12, 22, 23; 17:10–13; 19:10–12, 23–30; 24:3); de ferviente comprensión (14:15, 16, 23; 19:13–15); de profunda humildad (18:1–4); de un alegre espíritu perdonador (18:21, 22); de un espíritu de oración perseverante (17:16–21); y de un valor resuelto (26:56, 69–75). Sin embargo, requería de parte de ellos un grado de valor el llegar a ser seguidores de Cristo y por ello enfrentar la oposición de muchos, incluso de los líderes religiosos. Para más detalles respecto de los doce, véase sobre Mt. 10:1–4.
En esta conexión, hay un detalle que no debe ser pasado por alto. La decisión de ellos de ponerse del lado de Jesús revela Su grandeza: la fuerza impelente de su influencia sobre las mentes y los corazones de los hombres, de modo que cuando él llama ellos le siguen inmediatamente. La amplitud de su compasión y la magnitud de su poder también se demuestran aquí. ¿No es maravilloso que Cristo estuviera dispuesto y pudiera tomar personas tan comunes como cuatro pescadores, etc., individuos iletrados, y, a pesar de todos sus prejuicios y supersticiones, transformarlos en instrumentos para la salvación de muchos, convertirlos en caudillos que, por medio de sus testimonios, trastornarían el mundo?
Los cuatro mencionados en los vv. 18–22 son:
Pedro, el impetuoso (Mt. 14:28–33; 16:22, 23; 26:33–35; Jn. 18:10), que se convierte en el líder de los Doce, y se menciona primero en todas las listas de apóstoles (Mt. 10:2–4; Mr. 3:16–19; Lc. 6:14–16; y Hch. 1:13).
Andrés, hermano de Pedro, que siempre está trayendo personas a Jesús (Jn. 1:40–42; 6:8, 9, cf. Mt. 14:18; Jn. 12:22).
2).
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Jacobo, hijo de Zebedeo, el primero de los Doce en recibir la corona de mártir (Hch. 12:1,
Su hermano Juan, que es llamado el “discípulo al que Jesús amaba” (Jn. 13:23; 19:26; etc.). Por supuesto, el Señor amaba a todos “los suyos” muy intensamente (Jn. 13:1, 2), pero entre Jesús y Juan el lazo de afecto y comprensión era el más tierno de todos.247
Ahora, unos pocos detalles más sobre los vv. 18–20. Pedro y Andrés estaban echando las redes en el mar. Mateo usa tres palabras diferentes que se traducen red. Una es diktuon, usada en los vv. 20 y 21. Es la palabra más amplia o general de todas, y se puede referir a cualquier tipo de red, aun a [p 260] una red de cazar, o para atrapar aves. Sin embargo, en el Nuevo Testamento se limita a redes de pescar de cualquier descripción. La sagéne es la jábega o red de arrastre. Se usa muy adecuadamente en Mt. 13:47; véase sobre ese versículo. La tercera es la usada aquí en 4:18 (y Mr. 1:16), la amfíblestron, es decir, el esparavel o red pequeña de pesca individual. Cuando se arroja con pericia por sobre el hombro, forma un círculo al caer al agua, y entonces por las piezas de plomo que lleva en los bordes se hunde en el agua capturando los peces que quedan debajo.248 Con ese tipo de red estaban pescando Pedro y Andrés cuando Jesús, caminando junto al mar, les dijo: “Venid, seguidme, y os haré pescadores de hombres”. El Señor ejerce su soberanía sobre estos hombres, ni siquiera permitiéndoles terminar su trabajo. Deben estar dispuestos a seguirle inmediatamente cuando él los llama. Cf. 8:21, 22; 10:37.
Pedro y Andrés venían de Betsaida (Jn. 1:45), pero Pedro se había cambiado recientemente a Capernaum (Mt. 4:13; 8:5, 14, 15; Mr. 1:21, 29, 30; Lc. 4:31, 33, 38). En este tiempo estos hombres habían llegado a conocer a Jesús, porque un año había transcurrido desde el inolvidable acontecimiento registrado en Jn. 1:35–42. Por eso, cuando ahora (Mt. 4:19) les dice: “Venid, seguidme, y os haré pescadores de hombres”, ellos inmediatamente dejan sus redes y le siguen, animados por la promesa de su Señor de prepararlos para una tarea muy superior a la honorable tarea en que en ese momento estaban comprometidos. En vez de pescar peces para la mesa, reclutarían hombres para el reino.
No debe escapar de nuestra observación que con la promesa, “Os haré pescadores de hombres” Jesús pone el sello de su aprobación sobre las palabras del escritor inspirado del libro de Proverbios: “El que gana almas es sabio” (Pr. 11:30), confirma Dn. 12:3: “Los que enseñan la justicia a la multitud (resplandecerán) como las estrellas a perpetua eternidad”, suma su propia autoridad a la sorprendente declaración de Pablo: “A todos me he hecho de todo para que de todos modos salve a algunos” (1 Co. 9:22); y adelanta su propia invitación gloriosa: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os daré descanso” (Mt. 11:28).
A otros dos discípulos de Jesús se les da el mismo mandamiento y promesa: 21, 22. Y yendo más adelante, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo y Juan su hermano, en la barca con su padre Zebedeo, remendando las redes y los llamó. E inmediatamente ellos dejaron la barca y a su padre, y le siguieron. Estos dos no están pescando como Pedro y Andrés, sino están remendando las redes. Reciben el mismo llamamiento. También deben estar listos esta vez para entrar en la nueva relación (etapa b, pp. 257, 258), esto es, una transición desde a., desde la comunión de tiempo en tiempo con Cristo (la etapa de Jn. 1:39) a [p 261] c., el discipulado permanente con abandono de su vocación secular (la etapa de Lc. 5:11). Deben dejar inmediatamente el barco y a su padre, para seguir a Jesús. No queda excluida la posibilidad de pescar un poco de vez en cuando mientras Jesús tiene su base de operaciones en Capernaum, como lo muestra claramente Lc.
247 Se puede aprender mucho de A. B. Bruce, The Training of the Twelve, Garden City, Nueva York, 1928; y de C. E. Macartney, Of Them He Chose Twelve, Filadelfia, 1927. 248 Véase R. C. Trench, Synonyms of the New Testament, Grand Rapids, 1948, párr. lxiv.
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5:10. Sin embargo, está llegando el tiempo cuando el ser pescadores de hombres será su ocupación permanente (Lc. 5:11). Aun ahora deben comenzar a prepararse seriamente para el apostolado.
Jacobo y Juan obedecen de inmediato. Dejan la barca y a su padre. ¿Y el negocio de Zebedeo? Permanece intacto. Zebedeo no es pobre. Tiene servidores que le seguirán ayudando en su oficio, de modo que cuando quiera que sus hijos no puedan estar con él debido a su asociación crecientemente más íntima con Jesús, puede depender de estos servidores para encontrar la forma de llenar el vacío (Mr. 1:20). Se ha hecho provisión para cada necesidad.
23 Y recorrió toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el evangelio del reino, y sanando toda (clase de) enfermedad y toda (clase de) dolencia entre el pueblo. 24 Entonces su fama se extendió por toda Siria; y le traían a él todos los afligidos, atacados por diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos; y él los sanaba. 25 Le seguían grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.
4:23–25 Enseñanza, predicación y obras de sanidad de Cristo Cf. Mr. 1:39; Lc. 4:44
23. El tipo de obra que Jesús hizo durante su gran ministerio galileo se resume brevemente aquí. No estuvo limitado a Capernaum, porque leemos: Y recorrió toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda (clase de) enfermedad y toda (clase de) dolencia entre el pueblo. La actividad de Jesús difería de la de Juan de diversas maneras: a. Juan predicaba al aire libre; Jesús también predicaba en las sinagogas; b. Juan predicaba; Jesús también enseñaba; c. en su predicación Juan enfatizaba la necesidad del arrepentimiento en vista del juicio inminente; Jesús, aunque sin descuidar esto, puso mayor énfasis en el mensaje positivo: proclamaba el evangelio del reino (véase C.N.T. sobre Fil. 1:27, 28); d. “Vino Juan, que ni comía ni bebía; vino el Hijo del hombre, que come y bebe” (11:18, 19); y finalmente, e. Juan predicaba y bautizaba; Jesús predicaba y hacía milagros de sanidad.
Hay diferencia entre predicación y enseñanza, aunque es verdad que la buena predicación también es enseñanza. Sin embargo, el énfasis no es el [p 262] mismo. La palabra usada en el original y que se traduce predicar significar proclamar, anunciar, comunicar como lo hace un heraldo (véase C.N.T. sobre 2 Ti. 4:2). Por otra parte, enseñar se refiere a impartir una información más detallada acerca del anuncio hecho. Jesús hizo un uso pleno de su oportunidad de predicar y enseñar en la sinagoga (13:53–58; Mr. 6:1–6; Lc. 4:16–31).
En la frase “el evangelio del reino”, ¿qué se quiere decir por “reino”? No es necesario repetir lo que ya se ha dicho al respecto (véase p. 97, y también sobre 3:2 y 4:17). En su connotación más amplia, las expresiones “el reino de los cielos”, “el reino de Dios”, o simplemente “el reino” (cuando el contexto deja en claro que se quiere decir “el reino de los cielos o de Dios”) indican el reinado de Dios, su gobierno o soberanía, reconocido en los corazones y que opera en la vida de su pueblo, efectuando la completa salvación de ellos, su constitución como una iglesia, y finalmente como un universo redimido. Nótense especialmente los cuatro conceptos:
a. El reinado, el gobierno, o la soberanía reconocida de Dios. Ese podría ser el sentido en Lc. 17:21, “El reino de Dios está entre vosotros”, y es el sentido en Mt. 6:10: “Venga tu reino, sea hecha tu voluntad”.
b. La completa salvación, es decir, todas las bendiciones espirituales y materiales— bendiciones para el alma y para el cuerpo—que resultan cuando Dios es rey en nuestros corazones, y se le reconoce y obedece como tal. Según el contexto, ese es el sentido en Mr. 10:25, 26: “Más fácil es ..., que entrar un rico en el reino de Dios. Ellos ... decían: ‘¿Quién pues podrá ser salvo?’ ”
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c. La iglesia: la comunidad de las personas en cuyos corazones se reconoce a Dios como el rey. Reino de Dios e iglesia, cuando se usa en este sentido, son casi equivalentes. Este es el sentido en Mt. 16:18, 19: “... y sobre esta roca edificaré mi iglesia ... yo te daré las llaves del reino de los cielos”.
d. El universo redimido: los nuevos cielos y la nueva tierra con toda su gloria; algo todavía futuro: la realización final del poder salvador de Dios. Así en Mt. 25:34: “... heredad el reino preparado para vosotros ...”.
Estos cuatro sentidos no son separados y sin relación. Todos proceden de la idea central del reino de Dios, su supremacía en la esfera del poder salvador. El reino o reinado (la palabra griega tiene ambos significados) de los cielos es como un grano de mostaza que se desarrolla gradualmente; por eso, es al mismo tiempo presente y futuro (Mr. 4:26–29). Es presente; estúdiese Mt. 5:3; 12:28; 19:14; Mr. 10:15; 12:34; Lc. 7:28; 17:20, 21; Jn. 3:3–5; 18:36. Es futuro; estúdiese Mt. 7:21, 22; 25:34; 26:29.
Jesús habló de la obra de salvación como el reino o reinado de los cielos con el fin de indicar el carácter, origen y propósito sobrenatural de nuestra salvación. Nuestra salvación empieza en el cielo y debiera redundar en gloria para el Padre que está en los cielos. Por eso, al usar la expresión, [p 263] Cristo defendía la verdad, tan preciosa para todos los creyentes, que todas las cosas se subordinan a la gloria de Dios.
Jesús no solamente predicó y enseñó; también hizo obras de sanidad. No había enfermedad tan difícil que él no pudiera curar, ninguna dolencia tan grave que no pudiera aliviar; por eso, “toda (clase de) enfermedad y toda (clase de) dolencia”.
Los milagros de sanidad de Cristo tenían un significado triple: a. confirmaban su mensaje (Jn. 14:11); b. mostraban que verdaderamente él era el Mesías de la profecía (Is. 35:5; 53:4, 5; 61:1; Mt. 11:2–6); y c. demostraban que, en un sentido, el reino ya había llegado, porque, como se ha indicado, el concepto de reino incluye bendiciones para el cuerpo tanto como para el alma. Los Evangelios en todo lugar establecen una relación muy estrecha entre los conceptos de reino y milagros (Mt. 9:35; 10:7, 8; 12:28; Lc. 9:1, 2; y cf. también Hch. 8:6, 7, 12).
El carácter universal de las obras de sanidad también es expresado por el hecho de que Jesús recorría toda Galilea, la Galilea con su mezcla de judío y gentil, y sanaba “toda (clase de) enfermedad y toda (clase de) dolencia entre el pueblo” y nunca preguntó a una persona “¿Eres judío o gentil?” Sanaba a todos, sin consideración de raza o nacionalidad. Verdaderamente era, y es, “el Salvador del mundo” (Jn. 4:42; 1 Jn. 4:14).
El resultado de toda esta actividad sanadora en Galilea lo indica el v. 24. Entonces su fama se extendió por toda Siria. La noticia se esparció rápidamente, de modo que Siria se enteró de ellos. Es evidente que la palabra “Siria” en esta conexión no puede significar toda la provincia romana, que hasta el año 70 d.C. incluía Palestina, sino más bien la región hacia el norte de Galilea abarcando hacia Antioquía y Damasco. Muchos judíos se habían establecido en estas ciudades del norte; algunos voluntariamente, algunos por movimientos obligatorios de una región a la otra. Lazos económicos, sociales y religiosos ligaban los corazones de estos judíos con sus parientes y amigos en Galilea y Judea. Además, había buenos caminos entre las diversas ciudades. Ya hemos visto que Capernaum en Galilea estaba situada en el camino que descendía desde Damasco. Antioquía y Damasco estaban igualmente conectadas. Además, había el camino costero que descendía desde Antioquía y pasaba por Tiro, Galilea y Gaza en dirección a Egipto.249
249 Todos estos caminos, y muchos más, se describen y aparecen en mapas en W. R. Von Hagen, The Roads That Led to Rome, Cleveland y Nueva York, 1967, pp. 18, 19; véase especialmente el mapa de pp. 18, 19.
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Por lo tanto, no es sorprendente que de todas partes en esas regiones del norte trajeran a Jesús a los afligidos, para que los sanara: y le traían a él todos los afligidos, atacados de diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos; y él los sanaba.
“Enfermedades y dolores” es la expresión general, mostrando que Jesús [p 264] podía curar toda enfermedad, no importa cuál pudiera ser. Los dolores huían a su toque o aun simplemente ante su poderosa palabra. Se hace mención particular de tres grupos: endemoniados, epilépticos y paralíticos. En cuanto al tema de la posesión demoníaca, véase sobre 9:32–34. Por el momento sólo es necesario señalar que endemoniados encabeza la lista, y muy adecuadamente, porque la posesión demoníaca se consideraba causa de varias otras aflicciones (9:33; 12:22; 17:15, 18; Mr. 9:25; Lc. 13:10–12, 16).
La palabra que, en línea con muchos traductores y expositores he traducido epilépticos, está conectada con la luna en su etimología. En consecuencia, algunos prefieren traducirla “personas afectadas por la luna” o “lunáticos”. Sin embargo, 17:15, donde se usa la misma palabra y se describe gráficamente la aflicción, parecería dejar en claro que la referencia es a los que sufrían de ataques, por eso, epilépticos. Aunque la derivación de la palabra es importante, no debe prevalecer sobre la descripción detallada de la enfermedad. Lo importante es que también éstos fueron sanados inmediatamente por el Maestro, sanados de una vez para siempre. Y este fue también el caso de los paralíticos. Se relatan ejemplos sorprendentes de tales obras de sanidad en 8:5–13 (cf. Lc. 7:1–10) y en 9:1–8 (cf. Mr. 2:1–12 y Lc. 5:17–26).
Por lo tanto, es evidente que el Hijo de Dios estaba saliendo a la guerra. Estaba destruyendo las obras del diablo, enseñando y predicando, echando fuera demonios y sanando enfermedades por el poder del Espíritu, sanando así el alma y el cuerpo, y estableciendo cada vez más el reino de Dios sobre la tierra (Mt. 12:28).
Resultado final: 25. Le seguían grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán. Naturalmente, de Galilea. Sin embargo, también de Decápolis, esto es, de la región de las diez ciudades, una federación que en su mayor parte se extendía al noreste de Samaria y hasta cierto punto aun al noreste de Galilea, y que consistía de las ciudades: Damasco, Kanata, Dion, Hippos, Gadara, Abila, Scitópolis, Pella, Geresa y Filadelfia. Jerusalén también, y en realidad toda Judea, oyó lo que estaba sucediendo en el norte. Así, también del sur la gente vino a engrosar las multitudes que seguían a Jesús. Oyeron sus palabras y vieron—y en muchos casos se beneficiaron con—sus milagros. Aun Perea, la región al oriente del Jordán y, mayormente, al sur de Decápolis envió sus representantes. Las multitudes deben haber sido inmensas.
Resumen de Capítulo 4:12–25
4:12–17. Este breve párrafo describe el principio del gran ministerio en Galilea. Quizás un año después de los sucesos relatados en 3:13–4:11 (bautismo y tentación) Jesús se retiró a Galilea. Se alejó de Nazaret, que había sido su hogar hasta la edad de treinta años, y se estableció en [p 265] Capernaum, situada en la costa noroccidental del Mar de Galilea. Hizo esto en cumplimiento de Is. 9:1, 2.
Además, Juan el Bautista había sido encarcelado, y la atención de la población de Judea, entre quienes Jesús había estado trabajando por algún tiempo, ahora se concentró completamente en su gran Benefactor, a quien el mismo Juan el Bautista había presentado. Jesús, a su vez, sabía que si permanecía más tiempo en el sur, con los celosos fariseos y saduceos, provocaría una crisis prematura. Por eso se retiró a Galilea. No debía morir antes del tiempo señalado.
En Galilea hizo de Capernaum su cuartel general, y desde allí viajó por todo el territorio del norte, enseñando, predicando y sanando, de modo que la luz de la salvación amaneció
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sobre los que previamente habitaban en las tinieblas de la desesperación, y el reino de los cielos comenzó a prosperar sobre la tierra.
4:18–22. Mientras caminaba junto al Mar de Galilea, Jesús llamó a sí mismo a Pedro y Andrés, que estaban pescando cuando oyeron que Jesús les decía: “Venid, seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente ellos le obedecieron. Lo mismo hicieron Jacobo y Juan que un poco más tarde recibieron un llamado similar mientras remendaban las redes. Estos cuatro ya conocían al Maestro quizás por un año y habían pasado algún tiempo en su compañía. Sin embargo, ahora comienzan a prepararse seriamente para el apostolado, esto es, para ser enviados ellos solos a proclamar las buenas nuevas.
4:23–25. La fama de la enseñanza, predicación y obras de sanidad de Cristo se extendió hasta muy lejos. Siria, por el norte, Decápolis y Perea por el oriente, y aun Judea por el sur estaban representadas en las grandes muchedumbres que seguían a Jesús durante sus viajes por Galilea. Sanó a todos los afligidos, incluyendo aun a los endemoniados, epilépticos y paralíticos. Los curaba inmediata y completamente. No era necesario un segundo tratamiento posterior. Los restauraba porque solidarizaba con ellos y los amaba.
Entre los muchos retratos artísticos del poder sanador de Cristo, merecen mención especial: La pintura de A. Deitrich titulada “Cristo, ten misericordia de nosotros” (grabado y descripción en Cynthia P. Maus, Christ and the Fine Arts, Nueva York, 1959, pp. 248–250; el dibujo de J. M. F. H. Hofmann, “Cristo sanando a los enfermos” (copia e interpretación en Albert Bailey, The Cospel in Art, Boston, 1946, pp. 188–192); y, por último, pero no menos importante, centrándose sobre el mismo tema, Rembrandt van Rijn, en su inolvidablemente hermoso grabado al agua fuerte llamado “el grabado de los cien florines” (reproducción y notas marginales explicatorias en Robert Wallace y los editores de libros Time-Life, The World of Rembrandt, Nueva York, 1968, pp. 154–157).
El Sermón del Monte El primer gran discurso
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Bosquejo de los Capítulos 5–7 Tema: La obra que le diste que hiciera
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CAPITULOS 5–7
MATEO 5:1–7:29
5 discípulos. 2 Entonces él abrió la boca y comenzó a enseñarles, diciendo:
3 “Bienaventurados (son) los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4 “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
5 “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
6 “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán plenamente saciados.
7 “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
9 “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
11 “Bienaventurados sois cuando por mi causa la gente os vitupere y os persiga y diga falsamente toda clase de males contra vosotros. 12 Regocijaos, sí, llenaos de alegría irrefrenable, porque vuestra recompensa es grande en los cielos, porque de la misma manera ellos persiguieron a los profetas que vivieron antes de vuestro tiempo.
13 “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo se podrá hacer salada otra vez? Entonces ya no sirve para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.
14 “Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede esconder. 15 Tampoco encienden los hombres una lámpara y la ponen debajo del almud, sino sobre el candelera, y alumbra a todos los que están en la casa. 16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
17 “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas. No he venido para abolir, sino para cumplir. 18 Porque en verdad os digo: Hasta que el cielo y la tierra desaparezcan, no desaparecerá de la ley ni la más pequeña de las letras, ni la menor de las tildes hasta que todo (lo necesario) se haya cumplido. 19 Por lo tanto, quienquiera que anula uno de los menores de estos mandamientos y así enseña a los hombres, será llamado muy pequeño en el reino de los cielos; pero quienquiera que los practica y los enseña, será llamado grande en el reino de los cielos. 20 Porque os digo que si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, ciertamente nunca entraréis en el reino de los cielos.
21 “Habéis oído que fue dicho por los hombres de antaño: ‘No matarás’, y ‘cualquiera que comete homicidio merece ser castigado (con la muerte)’. 22 Pero yo os digo que (aun) cualquiera que se enoja con su hermano merece ser castigado (con la muerte). Y cualquiera que le dice a su hermano:
1 Cuando vio las multitudes, subió al monte; y habiéndose sentado, se le acercaron los
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¡Estúpido!, merece ser condenado (a muerte) por la corte suprema. [p 268] Y cualquiera que dice: ¡Idiota!, merece ser echado en el infierno de fuego.250
23 “Por lo tanto, si mientras llevas tu ofrenda al altar, allí recuerdas que tu hermano tiene un motivo de queja251 contra ti, 24 deja tu ofrenda allí, delante del altar, y primero ve y reconcíliate con tu hermano; enseguida vuelve y presenta tu ofrenda. 25 Reconcíliate pronto con tu adversario, mientras aún tienes oportunidad de tratar con él,252 no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al funcionario de la cárcel y seas puesto en la prisión. 26 En verdad te digo, no saldrás jamás de ese lugar hasta que hayas pagado el último centavo.
27 “Habéis oído que fue dicho: ‘No cometerás adulterio’. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. 29 Por lo tanto, si tu ojo derecho te induce a pecar,253 sácalo y arrójalo lejos de ti. Es mejor que pierdas uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te induce a pecar, córtala y arrójala lejos de ti. Es mejor que pierdas uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo descienda al infierno.
31 “También fue dicho: ‘Cualquiera que repudia a su mujer, dele un certificado de divorcio’. 32 Pero yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, a no ser sobre la base de (la) infidelidad (de ella),254 la expone al adulterio, y quienquiera que se casa con una divorciada está implicado en el adulterio.
33 “Además, habéis oído que fue dicho por los hombres de antaño: ‘No quebrantarás tu juramento, sino que guardarás los votos que hayas jurado al Señor’. 34 Pero yo os dijo: No juréis de ningún modo, ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es su estrado, ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. 36 Ni jurarás por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro ni un solo cabello. 37 Tu hablar sea tal que el ‘sí’ sea sencillamente ‘sí’ y el ‘no’ sea simplemente ‘no’. Cualquiera cosa que es más que esto viene del malo.
38 “Habéis oído que fue dicho: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. 39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, al que te golpea la mejilla derecha, ponle también la otra. 40 Y si alguien quiere ponerte a pleito para quitarte la camisa, déjale también el saco. 41 Y a cualquiera que te obliga a ir una milla, ve con él dos. 42 Al que te pide (algo) dale, y al que quiere pedirte prestado, no se lo niegues.
43 “Habéis oído que fue dicho; ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, 45 para que podáis ser hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen lo mismo los publícanos? 47 Y si, con saludos cordiales os acercáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis que sea excepcional? ¿No hacen lo mismo los gentiles? 48 Por lo tanto, debéis ser perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.
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1 “Tened cuidado de no practicar vuestra justicia delante de la gente para atraer la atención de
ellos; porque así no tendréis recompensa alguna de vuestro Padre que está en los cielos. 2 Así que, cuando des a los pobres no lo anuncies públicamente con toques de [p 269] trompeta,255 como los hipócritas tienen el hábito de hacer en las sinagogas en los callejones con el fin de ganar la admiración de la gente. En verdad os declaro que ellos ya han recibido su recompensa completa.
3 Pero cuando hagas caridad, no sepa tu mano izquierda lo que tu derecha está haciendo, 4 para que tu obra de caridad sea (realizada) en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará.
250 En la traducción y explicación de los vv. 21 y 22, he tenido la ayuda del artículo de J. Jeremías sobre ῥακά, Th.D.N.T., Vol. VI, pp. 973–976. Sin embargo, una comparación revelará también algunas diferencias. 251 Literalmente, “tiene algo contra ti”. Sin embargo, esta traducción puede conducir fácilmente a una interpretación errada. Véase la explicación al respecto. Por lo tanto, yo prefiero la traducción que también prefiere la Biblia de Editorial Herder, Barcelona, 1972.
252 Literalmente, “mientras estás en el camino con él”, esto es, antes que sea demasiado tarde. 253 O: te sirve de trampa, e igualmente en el v. 30. 254 O: fornicación. 255 O: No hagas sonar trompeta delante de ti.
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5 “También, cuando oréis, no seáis como los hipócritas, porque a ellos les gusta decir sus oraciones puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, a fin de ser vistos por la gente. En verdad os declaro, ellos ya han recibido toda su recompensa. 6 Pero cuando tú ores, entra en tu cuarto más privado, y habiendo cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará. 7 Además, orando, no parloteéis como los paganos,256 porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería. 8 No seáis, pues, como ellos, porque vuestro Padre sabe qué cosas necesitáis (aun) antes que le pidáis. 9 Entonces, así es como debéis orar:
‘Padre nuestro que estás en los cielos, Santificado sea tu nombre. 10 Venga tu reino, sea hecha tu voluntad,
como en el cielo, así en la tierra. 11 Danos hoy nuestro pan cotidiano,257 12 Y perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, 13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del malo.258 [Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por siempre. Amén]’
14 “Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también os perdonará vuestro Padre celestial. 15 Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras transgresiones.
16 “Y cuando ayunéis, no seáis como los hipócritas, de aspecto sombrío, porque ellos hacen que sus rostros tengan un feo aspecto para que la gente pueda ver que están ayunando. En verdad yo os digo que ya han recibido toda su recompensa. 17 Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lávate la cara, 18 para que no sean los hombres los que vean que estás ayunando, sino (solamente) tu Padre que está en secreto. Y tu Padre que ve en secreto te recompensará.
19 “No acumuléis259 tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan. 20 Pero acumulad tesoros en los cielos, donde ni la polilla ni el orín corrompen y donde ladrones no minan ni hurtan. 21 Porque donde está vuestro tesoro, estará también vuestro corazón.
22 “El ojo es la lámpara del cuerpo. Por lo tanto, si tu ojo es sano, todo tu cuerpo será iluminado. 23 Pero si tu ojo está en malas condiciones, todo tu cuerpo será oscuro. Entonces, si la luz (misma) en ti es oscuridad, ¡cuán grande (es) esa oscuridad!
24 “Ninguno puede servir a dos amos; porque u odiará a uno y amará al otro, o será devoto a uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón.
25 “Por lo tanto, os digo: No os preocupéis260 por vuestra vida, qué vais a comer o qué [p 270] vais a beber, ni por vuestro cuerpo, qué vais a poneros. ¿No es la vida más importante que el alimento y el cuerpo más importante que la ropa? 26 Mirad las aves en el aire. No siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, pero vuestro Padre celestial las alimenta. Vosotros sois de más valor que ellas, ¿no es así? 27 Y entre vosotros, ¿quién puede, preocupándose, añadir (siquiera) un codo a su espectativa de vida? 28 Además, ¿por qué estar ansiosos por la ropa? Mirad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan
256 O: como los gentiles hacen. 257 O: Danos hoy nuestro pan para hoy; o: ... nuestro pan necesario. 258 O: del mal. 259 O: Dejad de almacenar para vosotros mismos. 260 O: Dejad de estar ansiosos; o: Dejad de preocuparos.
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ni hilan; 29 pero yo os digo que ni siquiera Salomón en todo su esplendor se atavió261 como uno de éstos. 30 Ahora, si Dios así viste la hierba del campo, que hoy vive y mañana se echa en el horno, ¿no os vestirá con más certeza a vosotros, oh hombres de poca fe? 31 Así que, no lleguéis a estar preocupados diciendo: ‘¿Qué comeremos’ o ‘qué vamos a beber’ o ‘qué ropa nos vamos a poner’? 32 Porque todas estas cosas buscan los gentiles con afán; además, vuestro Padre celestial sabe que vosotros las necesitáis. 33 Pero buscad primeramente su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán concedidas como un don especial. 34 Así que, no os preocupéis por el día de mañana, porque el día de mañana se preocupará por sí mismo. Cada día por sí mismo tiene bastantes problemas.
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1 “No juzgueis (a los demás), para que no seáis juzgados. 2 Porque con el juicio con que juzgáis,
vosotros mismos seréis juzgados; y según la medida con que medís se os medirá. 3 Y ¿por qué miras la mota en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu ojo? 4 O, ¿cómo puedes decir a tu hermano: ‘Deja que te saque la mota del ojo’ y ¡fíjate! tienes una viga en tu ojo? 5 ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con suficiente claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano. 6 No déis lo que es santo a los perros, y no arrojéis vuestras perlas delante de los puercos no sea que las pisoteen y se vuelvan y os hagan pedazos.
7 “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 8 Porque todo aquel que pide recibe, y el que busca halla y al que llama se le abrirá. 9 O ¿qué hombre hay entre vosotros que, cuando su hijo le pide pan, le dará una piedra? 10 O también, ¿(si el hijo) pide pescado, le dará una serpiente? 11 Pues, si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará buenas cosas a los que le piden! 12 Así que, todo lo que queráis que las (demás) personas hagan por vosotros, así haced también por ellos, porque esta es la ley y los profetas.
13 “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha (es) la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción, y muchos son los que entran por él. 14 Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo hallan.
15 “Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos de ovejas, pero interiormente son lobos rapaces. 16 Por sus frutos los reconoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? 17 Así, todo árbol sano da buen fruto, pero el árbol enfermo da un fruto inservible. 18 Un árbol sano no puede dar fruto inservible, ni puede un árbol enfermo dar buen fruto. 19 Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego. 20 Así que, por sus frutos los reconoceréis.
21 “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que pone en práctica la voluntad de mi Padre que (está) en los cielos. 22 Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿en tu nombre no profetizamos, y en tu nombre no echamos fuera demonios, y en tu nombre no hicimos muchos milagros?’ 23 Entonces les diré francamente: ‘Nunca os he conocido; alejaos de mí, aborrecedores de la ley’.
24 “Cualquiera, pues, que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será como un [p 271] hombre sensato, que edificó su casa sobre la roca. 25 Cayó la lluvia, y vinieron las inundaciones, mientras el viento soplaba y golpeaba contra esa casa, pero no cayó, porque estaba cimentada sobre la roca. 26 Pero cualquiera que oye mis palabras y no las pone en práctica, será como un hombre necio que edificó su casa sobre la arena. 27 Cayó la lluvia y vinieron las inundaciones, mientras el viento soplaba y golpeaba contra la casa; y cayó, y el derrumbe producido fue tremendo”.262
28 Cuando Jesús hubo terminado estas palabras, las multitudes estaban admiradas de su enseñanza, 29 porque les estaba enseñando como quien tiene autoridad, y no como los escribas de ellos.
5:1–7:29 El Sermón del Monte Cf. Lc. 6:17–9
Como se mencionó antes (véanse pp. 34–37), es característico de Mateo introducir un tema y luego extenderse sobre él. El río se ensancha formando un lago. Así es aquí. Se han introducido la predicación y las obras de sanidad de Cristo (respectivamente 4:12–17, 23a y
261 O: no se vistió. 262 O: y su caída fue grande.
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4:23b, 24). Así que ahora tenemos una muestra de su enseñanza en 5:1–7:29 y de las obras de sanidad en 8:1–9:34.
Primero, pues, el Sermón del Monte. Probablemente haya sido pronunciado en la primavera del año 28, después que Jesús hubo pasado una noche en oración (Lc. 6:12). La oración fue seguida por la elección de los doce discípulos (Mr. 3:13–19; Lc. 6:13–16; véase sobre Mt. 10:1–4). Esta, a su vez, fue seguida por la curación de muchos enfermos (Lc. 6:17– 19). El sermón vino enseguida (Lc. 6:19–20).
Introducción al sermón
Como lo indica el título popular, Jesús estaba en “el monte” cuando predicó este sermón:
5:1, 2. Cuando vio las multitudes, subió al monte; y habiéndose sentado, se le acercaron los discípulos. Entonces él abrió la boca y comenzó a enseñarles, diciendo ... De Mt. 8:5 y Lc. 7:1 parecería que el monte aludido estaba en los alrededores de Capernaum. El artículo definido (“el” monte, no sólo “un” monte) probablemente indica que la referencia es a un monte bien conocido. ¿Era el Cuernos de Hatín, llamado así porque sus picos parecen dos cuernos vistos desde lejos? Esta elevación está ubicada unos seis y medio kilómetros al oeste del Mar de Galilea y unos trece kilómetros al suroeste de Capernaum. ¿O fue aun más cerca de Capernaum, al suroeste de la ciudad? Si es así, la referencia podría ser a la suave y verde colina que está al occidente de Tabgha.263
[p 272] En conexión con el lugar del sermón, existe este otro problema. Según Lucas el sermón fue predicado “en un lugar llano” (Lc. 6:17), pero según Mateo “en un monte”. La aparente contradicción desaparece, ya sea suponinendo que Jesús pronunció su discurso en una meseta, o que, habiendo descendido a un lugar llano desde la cumbre del monte donde había elegido a los discípulos, en el llano sanó a los enfermos y luego, con los discípulos, subió a la cumbre nuevamente (véanse Mr. 3:13; Lc. 6:17; y Mt. 5:1, en ese orden). Si se adopta el segundo punto de vista, parecería que en el llano se detuvo a sanar a los enfermos; en el monte se sentó, según la costumbre de la época (Mr. 4:1; 9:35; 13:3; Lc. 4:20), para predicar el sermón. Cualquiera que sea el punto de vista que uno adopte, es claro que no se puede demostrar que exista un conflicto entre Mateo y Lucas.
Mt. 5:1–7:29 y Lc. 6:17–49 claramente dejan la impresión de que todos los dichos contenidos en estas dos secciones fueron pronunciados de una vez y constituyen un sermón. Todo el discurso está precedido por: “Entonces él abrió la boca y comenzó a enseñarles, diciendo” (Mt. 5:2; cf. Lc. 6:20). Concluye con las palabras: “Cuando Jesús hubo terminado estos dichos” (Mt. 7:28; cf. Lc. 7:1).
Es claro que el sermón referido por Mateo y el relatado por Lucas son uno y el mismo. En ambos el contexto histórico es el mismo; es decir, en ambos Evangelios el sermón es precedido por el relato de una gran multitud que se agrupa en torno a Jesús para ser sanada. Sigue—ya sea inmediatamente, como en Lucas, o casi inmediatamente, como en Mateo—la historia de la curación del siervo del centurión. Además, el orden de los pensamientos en gran medida es igual en ambos: Las bienaventuranzas, la supremacía de la ley del amor, y la parábola de los dos constructores. Cf. Mt. 5:3–12 con Lc. 6:20–23; Mt. 5:43–48 con Lc. 6:27– 38; y Mt. 7:24–27 con Lc. 6:47–49. Sin embargo, se reconoce que los dos relatos no son idénticos de ningún modo. En realidad, la narración de Mateo es más de tres veces más extensa que la de Lucas. Esto muestra que los evangelistas no eran simples copistas. Cada uno escribió según su propio trasfondo, carácter y don. Quizás sea aun más importante notar que cada uno escribió en armonía con su propio propósito específico. Así, no es sorprendente que Mateo incluya diversos temas que eran de interés especial para sus lectores judíos, a quienes estaba tratando de ganar para Cristo (p.ej., 5:17–42; 6:1–6, 16–18). Puesto que Lucas no escribe primariamente para los judíos, omite esos temas. Por otra parte, el relato de Lucas
263 Véase Howard La Fay, “Where Jesus Walked”, National Geographic, Vol. 132, No 6 (dic. 1967), p. 763.
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contiene material (6:24–26, 38–40) que no se encuentra en una forma idéntica en Mateo. (Aun aquí a veces hay una semejanza; cf. Lc. 6:38 con Mt. 7:2b.) Como se señaló previamente (véase p. 42), no solamente es posible, sino muy probable, que muchos de los dichos que se encuentran en el Sermón del Monte fueran repetidos mientras el Señor viajaba de un lugar a otro.
El Monte de las Bienaventuranzas con frecuencia ha sido comparado y [p 273] contrastado con el Monte Horeb, donde Moisés recibió la ley de Dios. Por una parte, el Monte Horeb: frío, yermo, estéril, casi inaccesible, situado en medio de un desierto ululante con sus serpientes ardientes. Por otra parte, el Monte de las Bienaventuranzas con su risueño paisaje y sus laderas cubiertas de hierba, como si extendiera una cordial bienvenida a todos y difundiera delicias por medio de sus lirios, margaritas, jacintos y anémonas. En Horeb: Dios aparece en truenos y relámpagos, y el pueblo es vencido por el temor. En Galilea: Emanuel, con la gracia y la verdad fluyendo de sus labios, se sienta en medio de sus discípulos que escuchan sin temor ni temblor. Sin embargo, debemos poner cuidado. Aunque es verdad que desde el Monte Horeb Jehová reveló su grandeza y su gloria, la ley fue dada en un contexto de amor (véanse Ex. 20:2; Dt. 5:2, 3, 6, 28, 29, 32, 33; 6:3–5). Además, lo que fuera proclamado en Sinaí no es desechado por Jesucristo, sino que él lo da su profunda interpretación espiritual (cf. Mt. 5:17).
Hay quienes pretenden que cuando Jesús predicó este sermón no tenía directa ni indirectamente en su mira la iglesia de hoy, y que sus preceptos no se pueden practicar en el día de hoy, son “inaplicables” a las condiciones que prevalecen en esta era moderna. Objeción: Este punto de vista sólo puede ser mantenido cuando se une a una interpretación muy literal de pasajes tales como 5:29, 30, 34. Sin embargo, el énfasis mismo del sermón está dirigido contra este error de interpretación (véase 5:21–48). A través de su ministerio, Jesús se opuso a ello. Amigos y adversarios de Jesús constantemente estaban tomando literalmente esas preciosas declaraciones del Maestro que debían ser entendidas en forma figurada (Jn. 2:19, 20; 3:3, 4; 4:10, 11, 32, 33; 6:51, 52; 11:11–13; 14:4–6). Además, aun Jesús mismo no cumplió todos esos preceptos literalmente; cf. por ejemplo, Mt. 5:34 con 26:63, 64, que muestra que en circunstancias adecuadas el Señor no se opuso al juramento. Es evidente que las diversas enseñanzas aquí presentadas deben ser interpretadas a la luz de sus contextos específicos y según su amplio propósito espiritual. Cuando esto se hace, será evidente que Cristo en este discurso trata con los principios fundamentales de conducta que, según su propio testimonio, siguen siendo los mismos en todas las épocas (Mt. 5:17, 18). Aun en sus oraciones Jesús se negó a limitar su horizonte a la gente que vivía durante el tiempo de su peregrinación terrenal (Jn. 17:20, 21).
La sabiduría de Cristo se aplica hoy tanto como ayer. Hoy como entonces existen los pobres en espíritu, etc., y se les declara bienaventurados (5:1–12). En el día de hoy, también los creyentes en Cristo son la sal de la tierra y la luz del mundo (5:13, 14). También en este tiempo presente, no solamente el hecho exterior del homicidio sino también la disposición interior de odio que podría conducir al homicidio es digna de castigo ante los ojos de Dios (5:21, 22). Hoy, como entonces, el adulterio es un asunto no sólo del acto exterior, sino también del corazón corrompido y del ojo lujurioso (5:23–26). No es verdad que este discurso sólo tiene sentido para una época [p 274] y no para otra, o que sólo se puede aplicar a cierto tipo de personas—los que aún no se han convertido, por ejemplo—y no a las demás. Los principios aquí enunciados son aplicables siempre y a todos. La persona inconversa debe oírlos para reconocer su completa incapacidad para guardar estos preceptos y correr a buscar refugio en Cristo (Mt. 11:28–30; Jn. 3:16). El creyente debiera tomar a pecho las lecciones aquí enseñadas, para que con el poder del Señor y por su gracia pueda comenzar a obedecerlas “por gratitud”.
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La subestimación de este discurso, como si sólo se aplicara a ciertos grupos o a hombres que vivieron durante cierto período de la historia, debe ser condenada. Sin embargo, lo mismo debe ocurrir con la sobreestimación de él. Equivale a esto: “No creemos en la teología; creemos en el Sermón del Monte. Contiene todo lo que necesitamos saber con el fin de vivir como cristianos. No tiene teología sangrienta ni doctrina, solamente ética”.
Respuesta: Es verdaderamente un procedimiento muy arbitrario aceptar el Sermón del Monte, pero rechazar los dichos del mismo Jesús que exige fe en él como Salvador presente y Juez futuro (Mt. 16:16–20; 22:42–45; 25:31–46; Jn. 14:1ss, etc.), y enseñan claramente la doctrina de la expiación por la sangre (Mt. 20:28; Mr. 10:45; Jn. 6:53, 55; etc.). Además, ¿no declara el sermón mismo la majestad de Cristo? Véase especialmente 5:17; 7:21–23, 28, 29. La razón por la que no se plantea aquí en forma específica la doctrina de la expiación, podría ser que ni siquiera los discípulos estaban preparados aún para recibirla. Estaba reservada para más adelante.
Pero, sea cual fuere la razón, no tenemos derecho de seleccionar y escoger entre las enseñanzas de Cristo, rechazando una y aceptando la otra. Además, el camino aquí prescrito y el camino de la cruz no chocan, sino que armonizan en forma maravillosa (cf. Mt. 5:3–5, 10– 12 con 16:24–26; Jn. 15:20). Esencialmente son el mismo camino.
Resumen del sermón
El sermón mismo está bien organizado. Esto vale para todos los discursos de nuestro Señor registrados en los Evangelios. Los predicadores deben notar esto en la confección de sus sermones. Jesús jamás divagaba. Eligió un tema. En el caso presente obviamente el tema es “el evangelio del reino” (4:23). A través del discurso este reino es mencionado repetidas veces (5:3, 10, 19, 20; 6:10, 33; 7:21). Ya se ha indicado el signficado de este concepto (véase sobre 4:23).
El sermón tiene también sus divisiones o “puntos” bien definidos. Estos no son rígidos o formales—“los huesos no resaltan”—sino orgánicos, de modo que una división gradualmente pasa a la otra o se combina con la otra.
Primero, Jesús habla de los ciudadanos del reino (5:12–16), describiendo su carácter y bienaventuranza (vv. 2–12) y su relación con el mundo [p 275] (vv. 13–16). Son sal de la tierra y luz del mundo.
En segundo lugar, el Señor presenta la justicia del reino, la elevada norma de vida exigida por el Rey (5:17–7:12). Se nos muestra que esta justicia está completamente de acuerdo con los principios morales enunciados en el Antiguo Testamento (5:17–19), pero que no está de acuerdo con la interpretación y aplicación corriente y tradicional (rabina) de la ley de Dios (vv. 20–48). Es superior a la justicia de los escribas y fariseos del día de Jesús así como la de los antiguos intérpretes judíos. Este contraste se señala con respecto a varios de los mandamientos del Antiguo Testamento.
La esencia de la justicia del reino con respecto a la relación del hombre con Dios equivale a esto: “Ama a Dios por sobre todo” (cap. 6). Se requiere una devoción secreta (sin ostentación) a Dios y una confianza ilimitada en él. Esta devoción del corazón, secreta y sincera, y no los hechos que son simplemente externos para atraer la atención de la gente y obtener su admiración, debe revelarse en asuntos tales como dar, orar, y ayunar (vv. 1–18). Y en cuanto a la confianza ilimitada en Dios, es incompatible con el culto a Mammón y con el preocuparse, y está basada en la seguridad de que a los que buscan el reino de Dios y su justicia todas las cosas necesarias les serán concedidas por gracia (vv. 19–34).
La esencia de la justicia del reino con respecto a la relación del hombre con el hombre es ésta: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (7:1–12). Esto implica ausencia de un espíritu criticón y la discriminación en el juicio. La sabiduría para juzgar en forma recta, así como
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todo lo demás que uno necesita, se recibe por medio de la oración. El v. 12 contiene la versión de Cristo de la “regla de oro”.
En tercer lugar, Jesús concluye su sermón con una ferviente exhortación a entrar en el reino (vv. 13–27). Describe el principio del camino (vv. 13 y 14), el progreso en el camino (vv. 15–20), y señala el fin del camino: lo que ocurre al fin a los que simplemente dicen, en contraste con los que hacen (vv. 21–23); o a los simples oidores en oposición a los hacedores (vv. 24–27). Estos últimos cuatro versículos contienen la notablemente vívida parábola de los dos constructores: el hombre sensato que edifica su casa sobre roca, en contraste con el necio que edifica su casa sobre arena.
El efecto del sermón sobre los oyentes se describe en los vv. 28 y 29.
El escenario
Durante el gran ministerio en Galilea, Jesús con frecuencia se dirigió a las multitudes. Así ocurre también aquí (5:1). La vista de las grandes multitudes siempre llenaba su corazón de compasión, de un deseo de ayudarles en sus necesidades (9:36; 14:14; 15:32; Mr. 6:34; 8:2; Lc. 9:13). Cuando tenían hambre, él les daba de comer. Cuando le traían enfermos, sanaba a todos los afligidos. Así también, cuando tenían necesidad de enseñanza, él [p 276] les enseñaba. Nuestro pasaje hace mención de “las multitudes” vistas por él y de sus “discípulos” que venían a él. Marcos habla de “los doce” (3:14); Lucas de “una gran multitud de sus discípulos (6:17, cf. v. 20). Tal vez nos sea permitido pintar la escena de este modo, que los Doce formaban un círculo inmediato en torno al Salvador; más abajo estaba un gran número de otros discípulos; más allá de éstos una gran multitud de otros oyentes interesados e inquisitivos.
Jesús inicia su discurso con los preciosos dichos que han impartido consuelo y aliento a los angustiados a través de los siglos y que, debido a la repetición de “Bienaventurados”, se conocen popularmente como “las Bienaventuranzas”.
Los ciudadanos del reino: su carácter su bienaventuranza y su relación con el mundo: sal y luz
La gente que escuchaba a Jesús aquel día debe haber quedado fascinada desde el principio mismo. Deben haber quedado dominados por la mismísima oración inicial, porque Jesús estaba diciéndoles cosas que superficialmente parecían absurdas. Estaba diciendo que no eran los ricos, los alegres, los bien alimentados y los que no estaban oprimidos, que debían considerarse felices, sino más bien los pobres, los que lloran, los hambrientos y sedientos, y los perseguidos. Se ve aquí en Mateo—más que en Lucas—que algunas de estas descripciones fueron modificadas. Por eso no necesariamente toda persona pobre, sino los pobres en espíritu, y no los hambrientos y sedientos sin calificación, sino los que tienen hambre y sed de justicia son los bienaventurados. Pero persiste el hecho de que aquí hubo una inversión de todas las evaluaciones humanas.
La naturaleza paradójica de los dichos se hace aun más clara cuando se considera el sentido del predicado adjetivo “bienaventurados”. Nótese que está al comienzo mismo de la oración y aparece no menos de nueve veces en rápida sucesión, lo que da nueve bienaventuranzas o, si se combinan los vv. 10–12 debido a la similitud en el pensamiento, ocho bienaventuranzas. De aquí en adelante serán consideradas como un grupo de ocho.
No se puede cuestionar el marcado énfasis sobre la palabra bienaventurados. En el espíritu de los salmistas del Antiguo Testamento, el Señor está diciendo: “¡Oh, la bienaventuranza del pobre en espíritu, de los que lloran, de los mansos!” etc. Recuérdese la exhuberante exclamación de David en el Sal. 32:1: “¡Bienaventurado (aquel cuya)—o “oh, la bienaventuranza (de aquel cuya)—transgresión (ha sido) perdonada, (cuyo) pecado (ha sido) cubierto!”
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Los dichos de Mt. 5:1–12 deben haber resonado desde la montaña con una tremenda fuerza emocional. Lo que el orador está haciendo es nada [p 277] menos que esto: Está afirmando que, aunque todos consideren que sus seguidores son los más infelices y desafortunados, y aunque ellos mismos de ningún modo estén siempre llenos de optimismo acerca de su propia condición, ante los ojos del cielo y por las normas del reino son verdaderamente felices; sí, “felices” en el sentido más elevado de la palabra; por eso, superlativamente bienaventurados.264 Esto no solamente es verdad debido a las bendiciones preparadas para ellos en el futuro—eso también está implicado; véase especialmente 5:12: “vuestra recompensa en los cielos es grande”—sino también en su estado presente. El favor de los cielos ya está sobre ellos. Ya en este momento la luz de su gloria futura está comenzando a rodearlos. Ya ahora, no importa cuán despreciados sean, esto es verdad, porque el Espíritu de la gloria y de Dios reposa sobre ellos (1 P. 4:14).
Cada bienaventuranza consta de tres partes: a. una atribución de la bienaventuranza (“Bienaventurados”), b. una descripción de la persona a quien se aplica la atribución, esto es, de su carácter o condición (“los pobres en espíritu”, “los que lloran”, etc.), y c. una declaración de la razón de esta bienaventuranza (“porque de ellos es el reino de los cielos”, “porque ellos recibirán consolación” ...).
Quienes siempre están buscando contradicciones y discrepancias en las Escrituras ven un conflicto entre el relato de Mateo y el de Lucas de las Bienaventuranzas. Ahora bien, es cierto que hay diferencias. Así, Mt. 5 registra (por lo menos) ocho bienaventuranzas; Lc. 6 solamente cuatro, seguidas de cuatro ayes. Además, en Mateo los dichos, con excepción del último, están en tercera persona; en Lucas, en segunda. Finalmente, donde Mateo tiene “pobres en espíritu” (5:3), Lucas sólo dice “pobres” (6:20; cf. también Mt. 5:6 con Lc. 6:21). Por lo tanto, uno podría decir que en la versión de Mateo el énfasis está en la cualidad espiritual de los ciudadanos del reino; en Lucas la condición externa queda un poco más en el primer plano. Pero, ¿son contradicciones tales diferencias? De ninguna manera. En ninguna parte dice Lucas que Jesús pronunció solamente cuatro bienaventuranzas. Además, es enteramente posible que Jesús usara tanto la tercera como la segunda persona; o que, aunque usaba la tercera persona, estaba mirando a sus discípulos más inmediatos (“Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía”, Lc. 6:20), de modo que su gesto mismo indicaba que este consuelo estaba dirigido especialmente a ellos. En cualquiera de los casos, ¿no estaba Lucas plenamente justificado al usar la segunda persona (“vosotros los pobres”)? Finalmente, Jesús ciertamente no quiso decir y no podía haber querido decir que toda persona que es pobre en posesiones [p 278] terrenales, por esa sola razón haya de ser considerado “bienaventurado”. El significado, aun en Lucas, es que, aunque con respecto a posesiones terrenales la gente podría ser muy pobre, sin embargo, por la fe en “el Hijo del Hombre” (Lc. 6:22), de ellos es el reino de los cielos. Conclusión: No hay ningún conflicto. Véase también lo que se ha dicho anteriormente acerca de estas pretendidas contradicciones y discrepancias (pp. 85, 86).
Casi no es necesario decir que cuando Jesús habla acerca de los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, etc., no se refiere a ocho diferentes tipos de personas: algunos pobres en espíritu, otros que lloran, otros que son mansos, etc., sino a un solo grupo de personas. Además, al describir a los que pertenecen a este grupo, al mismo tiempo está dando una descripción del reino al cual pertenecen, mostrando que no es un reino terrenal sino celestial; no un imperio físico, sino uno que es claramente espiritual, en que el Dios único y verdadero, el Padre de Jesucristo, es reconocido y adorado como soberano. Cf. Lc. 17:21; Jn. 18:36; Ro. 14:17.
264 Cf. Sal. 1:1; 2:12; 32:2; 33:12; 34:8; 40:4; 41:4; etc. El énfasis y todo el sentido del adjetivo predicado inicial se expresa hermosamente en el holandés (Statenvertaling) al traducir Welgelukzalig. Una buena cantidad de información útil se encuentra en el artículo μακάριος por F. Hauck, Th.D.N.T., Vol. IV, pp. 367–370.
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Se ha alegado que las cualidades mencionadas en estas bienaventuranzas son demasiado pasivas y abnegadas para enfrentar las exigencias de la época en que vivimos. ¿No se está hundiendo el mundo en una marisma de degradación moral y espiritual? ¿No ha sido dejado atrás el avance religioso por el progreso científico? Por lo tanto, en vez de la vida de privación planteada aquí, ¿no es más bien la intensa actividad cristiana, el comprometimiento profundo en los programas misioneros y en la reforma social, lo importante para el día de hoy? ¿No es el espíritu enérgico de empresa en vez de la tímida, descolorida y más bien pusilánime pobreza en espíritu, lloro, mansedumbre, limpieza de corazón, etc., la verdadera respuesta a nuestros problemas?
Respuesta: El mundo de Elías también era muy, muy malvado. Sin embargo, Jehová no estaba en el torbellino, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en un “silbo apacible y delicado” (literalmente, “un sonido de suave quietud”). Zacarías recibió el mensaje: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6). La palabra del Señor nos viene a través de Isaías: “En quietud y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza” (Is. 30:15). Quien piensa livianamente acerca de las cualidades mencionadas en estas bienaventuranzas, debe ser consecuente. Que nunca más vuelva a hablar de “someterse para vencer”, acerca de “la calidad de la misericordia ... bendiciendo al que da y al que quita”, y acerca de que “la pluma es más poderosa que la espada”. Además, que nunca se entusiasme con el contenido de 1 Co. 13. ¿Participar en programas de acción cristiana? ¡Por supuesto, mientras sea la gloria de Dios su principal propósito (Mt. 5:16; 1 Co. 10:31)! ¿Dar ayuda a los necesitados y desvalidos de toda raza, sea una acción individual o de grupo? Definitivamente, con la misma condición. Léase los siguientes pasajes, para mencionar solamente unos pocos en que se prescribe y aun se [p 279] enfatiza tal esfuerzo: Gn. 47; Pr. 14:21; 19:17; Mt. 25:34–40; 2 Co. 8:1–9; Ef. 2:10; Stg. 2:6, 8, 13; 5:1–6. Sin embargo, es solamente cuando el corazón es “recto”, esto es, cuando tal esfuerzo se realiza para el beneficio de los demás y para la gloria de Dios, y no para ganar la aprobación de los hombres o para edificación del propio ego, que el cielo lo recompensará. Es el espíritu de hipocresía, el hacer pretendidas buenas obras debido a motivos (ulteriores) malos, lo que es condenado en el Sermón del Monte (véase especialmente Mt. 6:1–18). Lo que se condena es predicar lo que uno no practica (véase Mt. 23:4; Lc. 11:46).
No debiéramos olvidar jamás que cuando Jesús aquí pronuncia una bienaventuranza sobre los mansos, lo hace siendo él mismo quien era el más manso de todos los hombres (Mt. 11:29; 12:17–21; cf. Is. 42:1–4; Mt. 21:5; cf. Zac. 9:9). Así también, cuando se promete misericordia a los misericordiosos, el que hace la promesa es aquel que es supremamente misericordioso (Lc. 23:34). Cuando los de limpio corazón reciben la seguridad de que verán a Dios, quien da esa seguridad es también el mismísimo que puede decir: “¿Quién me redarguye de pecado?” (Jn. 8:46). Y cuando se honra a los pacificadores con el título de “hijos de Dios”, quien confiere este título es el principal de los pacificadores (Is. 9:6; Jn. 14:27; 20:19–21; Ef. 2:14). Las cualidades que el Señor exige de los demás, las posee él en grado infinito. Esa es una razón por la que su enseñanza era y es tan dinámica. Esto también vale para el cristianismo. Un cristianismo (¿?) desprovisto de las cualidades que nos presentan estas bienaventuranzas carece de vitalidad. Por otra parte, un cristianismo que atesora y exhibe estas gracias en todo lo que es y hace, es un canal de bendición para la humanidad.
Una pregunta más exige una respuesta: ¿Debemos concebir estas bienaventuranzas como otros tantos granos de arena, o son más bien como una cadena de acontecimientos en que cada eslabón, o por lo menos cada grupo de eslabones, está orgánicamente conectado con los demás? ¿Es la secuencia en que se suceden de tal naturaleza que el N° 8 bien podría ser el N° 1, y el N° 6 podría cambiar lugar con el N° 2, o hay un arreglo discerniblemente ordenado? En algunos comentarios esta pregunta ni siquiera se plantea. Ahora, hay que reconocer que bien podría haber una cierta medida de duplicación; por ejemplo, compárese “los pobres en espíritu” con los “mansos”. Naturalmente, sería imposible demostrar que hay aquí una rígida
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progresión paso a paso de tal modo que cada bienaventuranza (después de la primera) indicaría una etapa ascendente en el desarrollo del carácter cristiano o de la experiencia cristiana. Aunque podría ser cierto, es quizás imposible demostrar que misericordiosos, limpios de corazón y pacificadores representan una secuencia que progresa hacia un clímax. Sin embargo, no es difícil de captar una tendencia general de progreso grupo por grupo.
Así observamos que tanto aquí en Mateo como también en Lucas se [p 280] pronuncia primero una bienaventuranza para “los pobres en espíritu” (así en Mateo) o sencillamente a “vosotros los pobres” (Lucas). Además, en ambos Evangelios toda la serie termina con una exhortación a que los hijos de Dios vituperados y perseguidos se regocijen. Además, en otros lugares también el Señor, al describir el estado y la condición del hombre, empieza donde empiezan las bienaventuranzas. Jesús en forma constante describe al pecador como desde el principio muerto por naturaleza (Mt. 8:22; Lc. 9:60; 15:24, 32; Jn. 6:53; 11:25, 26), completamente perdido (Mt. 10:6; 15:24; 18:11; Lc. 15:4, 6, 9, 24, 32; 19:10), y en necesidad no solamente de una reforma exterior sino de un nuevo nacimiento (Jn. 3:3, 5). Debe arrepentirse (Mt. 4:17; Lc. 13:3, 5), en el sentido ya explicado (véase sobre 3:2). Entonces, ¿es extraño que las primeras tres bienaventuranzas sean aquellas en que ese hombre que se declara bienaventurado es el que reconoce su propia pobreza y falta, como, por ejemplo, lo hizo el hijo pródigo en la famosa parábola de ese nombre (véase Lc. 15, especialmente el v. 17)? Luego, cuando el pródigo reconoce su miserable condición y se llena de arrepentimiento al reflexionar en el hecho de que él mismo es culpable por ello, ¿no muestra que tiene hambre y sed de una oportunidad de decir: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”? El objetivo principal de este anhelo, ¿no es el restablecimiento de una relación de justicia con Dios? Compárese la cuarta bienaventuranza con este anhelo de justicia. Y ahora, habiendo recibido misericordia, ¿no será misericordioso a su vez y en consecuencia receptor de más misericordia que la ya recibida (Mt. 5:44–48; 18:21–35; Lc. 6:36)? Y, por la gracia y el poder de Dios, ¿no procurará también ser puro de corazón, confiando en Dios con sencillez de propósito (Mt. 6:22; Lc. 11:34)? Y, habiendo recibido él mismo la paz que sobepasa todo entendimiento, ¿no se convertirá en pacificador (Mr. 9:50; Lc. 10:5, 6; Fil. 2:1ss)? En otras palabras, ¿no se aplicarán a él las bienaventuranzas cinco, seis y siete?
Finalmente, nótese que la bienaventuranza sobre los que sufren persecución por causa de Cristo está puesta al final de la serie, como la bienaventuranza octava y última. ¿No es también esto así en la vida? Generalmente no es la persona que “se ha encontrado a sí misma” la que es perseguida, sino más bien quien ha comenzado a revelarse exteriormente como un hombre nuevo. Así también en la parábola del Hijo pródigo, casi al final de la historia, se muestra el desagrado del hermano mayor, justo ante sus propios ojos, por el regreso del arrepentido (Lc. 15:30). Igualmente, el discurso de Cristo en el Aposento Alto termina (justamente antes de la emocionantemente hermosa oración sacerdotal) con las palabras: “En el mundo tenéis tribulación; pero tened ánimo. Yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33). Cf. Mt. 10:13b–42 después de 10:1–13a.
Es claro, pues, que, por lo menos en su rumbo general, las bienaventuranzas siguen el curso real del desarrollo de la nueva vida, y que, a grandes [p 281] rasgos, la secuencia que aquí se encuentra es paralela a la que se halla en otros lugares en los dichos y discursos del Señor. Pero aunque estos pronunciamientos revelan el principio y el progreso posterior de la fe de los ciudadanos del reino, y la persecución a que se ve sujeta su fe, mostrándonos los diversos rasgos del carácter cristiano en su (hasta cierto punto) desarrollo sucesivo, sin embargo, como el botón contiene la flor, así la primerísima gracia, la consciencia de la pobreza espiritual, contiene todas las demás en su seno y nunca está perdida, sino que más bien se ve realizada en belleza y atractivo por medio de su combinación con todas las demás virtudes.
La primera bienaventuranza
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3. Bienaventurados (son) los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El mundo dice exactamente lo opuesto: “Bienaventurados los ricos”, etc. Jesús dice: “Bienaventurados los pobres, los que lloran, los mansos”. Razón: la condición externa de uno podría ser muy envidiable, pero al final se desvanece como un sueño. Dios jamás ha hecho un alma tan pequeña que se quede satisfecha con todo el mundo. Pero el estado interior y el carácter del alma permanecen. Cf. Lc. 12:15; 1 Co. 7:31.
Sin embargo, Jesús no declara bienaventuradas a estas personas porque sean pobres en bienes materiales, aunque en su mayor parte también lo son. Se les llama bienaventurados por ser pobres en espíritu, no en espiritualidad, sino “con respecto a” sus espíritus: esto es, son los que se han convencido de su pobreza espiritual. Han llegado a ser conscientes de su miseria y necesidad. El viejo orgullo ha sido quebrantado. Han comenzado a clamar: “O Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:13). Tienen un espíritu contrito y tiemblan ante la palabra de Dios (Is. 66:2; cf. 57:15).265 Comprenden su completa miseria (Ro. 7:24), y nada esperan de sí mismos, todo de Dios.
De ellos, solamente de ellos, es ya ahora el reino de los cielos, esto es, la [p 282] completa salvación, la suma total de las bendiciones que resultan cuando se reconoce a Dios como Rey sobre el corazón y la vida. Véase la definición bajo el punto b. del comentario sobre 4:23. Es de ellos ahora en principio. Por lo tanto, se les declara bienaventurados.
El libro de Apocalipsis contiene dos vívidos pasajes que muestran respectivamente a. cómo uno puede ser pobre aunque se cree rico, y b. cómo una persona puede ser verdaderamente rica en medio de su pobreza. Jesucristo, el resucitado y exaltado, visitador a la iglesia, se dirige a la tibia Laodicea de la siguiente manera:
“Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices ‘Yo soy rico y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad’, y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (3:16–17).
Pero alegra a la iglesia en Esmirna diciendo: “Yo conozco tu tribulación (o: aflicción) y tu pobreza (pero tú eres rico)” (2:9).
Entonces, ¿cómo puede el pobre ser llamado rico? La respuesta se encuentra en pasajes tan significativos como: “tengo de todo”, BJer (Jacob a Esaú, Gn. 33:11); y “a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien” (Ro. 8:28). Para una mayor confirmación de esta gloriosa verdad, véanse Sal. 23; 63:1; 73:23–26; 81:10; 116; Pr. 15:16; 16:8, 19; 19:1; Jn. 1:16; 14:1–3; 17:24; Ro. 8:31–39; 1 Co. 3:21–23; 2 Co. 4:8; Ef. 1:3; 1 P. 1:3–9; 1 Jn. 5:4; Ap. 7:9–17; 17:14; 21:1–7.
La segunda bienaventuranza
4. Los pobres en espíritu son también los que lloran. Es este aspecto de su vida y conducta que aparece en primer plano en la segunda bienaventuranza: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. En verdad es bienaventurado quien, habiendo
265 Si la palabra aquí usada y que se traduce pobre (πτωχός) se usa en su sentido primario o básico, como bien podría ser el caso, indicaría no al pobre, es decir, uno que debe trabajar diariamente por su sustento (πένησς), sino al mendigo, uno que depende de los demás para su sustento. Piénsese en Lázaro en la parábola del rico y Lázaro (Lc. 16:19–31; nótense especialmente los vv. 20, 21). En cuanto a esta distinción entre πρωχός y πένης véase R. C. Trench, op. cit., par. xxxvi. Sin embargo, esta posible diferencia de sentido no debe enfatizarse, puesto que πτωχός también puede significar pobre sin implicar necesariamente que la persona así denominada es un pobrísimo mendigo (Mt. 26:11; Mr. 14:7; Lc. 14:13, 21, etc.). Además πένης aparece una sola vez en todo el Nuevo Testamento (2 Co. 9:9); por otra parte πτωχός, más de treinta veces. Esto, por sí mismo, difícilmente proporciona el material suficiente sobre el cual basar una diferencia de sentido. Por otra parte, debido al punto de vista que Cristo tiene del pecador en su estado natural (véase arriba, p. 279), después de todo, podría haber usado aquí (Mt. 5:3) la palabra πτωχός en su sentido primario: uno completamente desamparado, desprovisto de todo medio de sustento, con la idea adicional en el caso presente de que sabe que lo es. En el sentido espiritual (nótese “pobre en espíritu”) este sentido cuadra perfectamente con el contexto.
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dicho: “Aquí perezco de hambre”, continúa diciendo: “Padre, he pecado”. La gente llora por muchas razones: enfermedad, dolor, luto, pérdida material, orgullo herido, etc. Lo que se enfatiza aquí es algo distinto. Es el lloro de los que reconocen su bancarrota espiritual (primera bienaventuranza) y tienen—o van a tener en el presente—hambre y sed de justicia (cuarta bienaventuranza). Por supuesto, cuando una persona deplora su pecado, también lamenta sus consecuencias (Ap. 21:4). De las muchas angustias de la vida, incluyendo la física, no hay que excluir ninguna. Pero se incluyen solamente como resultados del pecado. Así que, de ningún modo se llama bienaventurados a todos los que lloran. Cf. 2 Co. 7:10.
Sin embargo, no es necesario limitar este lloro al que ocurre debido a los pecados de la persona misma: aquellos por los que personalmente ha ofendido a Dios. Ese tipo de tristeza puede ser ciertamente muy punzante (Sal. 51:4). Sin embargo, indudablemente incluye más que eso. El regenerado [p 283] aprende a amar a Dios a un grado tal que comenzará a llorar a causa de “todas las obras impías que los impíos han hecho impíamente” (Jud. 15). El lloro de ellos, por lo tanto, se centra en Dios, no en el hombre. Suspiran y lloran no solamente por sus propios pecados, ni solamente sobre éstos y el poder de los malvados para oprimir al justo (Hab. 1:4; 2 Ti. 3:12), sino “a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de Jerusalén” (Ez. 9:4). Les apena que Dios, su propio Dios a quien aman, sea deshonrado. Cf. Sal. 139:21. Este tipo de tristeza “para la gloria de Dios” se expresa en forma notable en el Sal. 119:136: “Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque ellos no guardaban tu ley”. Véase también Esd. 10:6. En un capítulo conmovedor, al llorar y confesar el pecado, Daniel combina sus pecados personales con los del pueblo (Dn. 9:1–20; véase especialmente el v. 20). Al hacerlo así, ruega: “Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; No tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (v. 19).
El poderoso brote emocional, que caracteriza el derramamiento del corazón expresado en Sal. 119 y en Dn. 9, armoniza con el presente contexto, porque la palabra que se traduce llorar en la segunda bienaventuranza indica un pesar que comienza en el corazón, toma posesión de toda la persona, y se manifiesta exteriormente.266
La bienaventuranza de estas personas consiste en esto: recibirán consolación. La tristeza que es según Dios vuelve al alma hacia Dios. Dios, por su parte, concede consuelo a los que buscan ayuda en El. El es quien perdona, libra, fortalece y tranquiliza (Sal. 30:5; 50:15; Is. 55:6, 7; Miq. 7:18–20; Mt. 11:28–30). Así las lágrimas, como gotas de lluvia, caen en tierra y suben en flores (Sal. 126:5; Ec. 7:3; Jn. 14; véase C.N.T. sobre este capítulo muy consolador; 1 Co. 10:13; 2 Co. 1:3, 4; Ap. 7:14–17; 21:4).
A veces el consuelo consiste en esto, que la aflicción misma es quitada (2 Cr. 20:1–30; 32:9–23; Sal. 116; Is. 38; Hch. 12:5ss; etc.). Con frecuencia, sin embargo, la aflicción permanece por un tiempo pero un peso de gloria supera el dolor (2 Co. 4:17; 12:8, 9). Piénsese también en Ro. 8:28; mejor aún, Ro. 8:28–39. Este consuelo se encuentra hermosamente resumido en el Domingo 1 del Catecismo de Heidelberg:
“Pregunta: ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?
“Respuesta: Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, quien me libró de todo el poder del diablo, satisfaciendo plenamente con su preciosa sangre por todos mis pecados, y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer, antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación. Por eso [p 284] también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante según su santa voluntad”. Agréguese a esto 2 Ti. 1:12; 4:7, 8; Ap. 17:14; 19:7.
266 En cuanto a πενθέω véase R. C. Trench, op. cit., par. lxv.
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La tercera bienaventuranza
5. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Hay muy poca diferencia entre ser “pobre en espíritu” y ser “manso”. Sin embargo, hay una leve distinción, a saber, que la primera designación describe al hombre más como es en sí mismo, esto es, quebrantado de corazón; la segunda describe al hombre más definidamente en su relación con Dios y con los hombres.
Lo que se dice aquí sobre el manso es un eco del Sal. 37:11 (véanse también los vv. 22, 29, 34 del mismo salmo). Así que, para saber lo que se quiere decir por la expresión “los mansos”, mejor derivamos el contenido de este concepto de dicho salmo. Describe a la persona que no se resiente. No guarda rencores. Lejos de seguir rumiando las injurias recibidas, se refugia en el Señor y entrega su camino enteramente a él. Con mayor razón hace esto debido a que ha muerto a toda justicia propia. Sabe que no puede pretender méritos de ningún tipo delante del Señor (Cf. Sal. 34:18; 51:17). Puesto que el favor de Dios significa todo para él, ha aprendido a soportar con gozo “el despojo de sus bienes ... sabiendo que tiene una mejor y perdurable herencia” (Heb. 10:34). Sin embargo, la mansedumbre no es debilidad. La mansedumbre no consiste en tener una columna vertebral de goma, la característica de la persona que está dispuesta a doblarse ante toda brisa. La mansedumbre es mostrar un carácter sumiso ante la provocación, la disposición a sufrir y no causar daño. La persona mansa deja todo en las manos de Aquel que ama y cuida.
La bienaventuranza de los mansos consiste en esto, que “heredarán la tierra”. En un sentido la heredan ya ahora, y esto por diversas razones: a. al no prestar indebida atención al deseo de enriquecerse, sino más bien a cumplir su deber delante de Dios, y cumplir su tarea en la tierra; en otras palabras, al buscar primero y por sobre todas las cosas el reino de Dios y su justicia, les son concedidas “todas estas cosas” (alimento, vestido, etc.) por gracia como una dádiva extraordinaria (Mt. 6:33). La ley del resultado indirecto de ningún modo es letra muerta. b. Su misma mansedumbre los hace una bendición para sus prójimos, algunos de los cuales los bendecirán a cambio (Mr. 10:30; Hch. 2:44, 45; 16:15; Fil. 4:18). c. Quizás posean solamente una pequeña porción de esta tierra o de bienes terrenales, pero una pequeña porción con la bendición de Dios reposando en ella es más que las riquezas más grandes sin la bendición de Dios.
Salvo de una manera muy formal o en sentido legal, ¿posee realmente sus bienes terrenales el hombre cuya alma está agobiada por el temor del juicio [p 285] venidero? ¿Los posee en el sentido de disfrutarlos? ¡Por cierto que no! ¡No es él quien los posee a ellos: son ellos los que lo poseen a él! Una comparación de dos pasajes del libro de Isaías muestra quiénes son realmente los que heredarán la tierra:
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (26:3).
“No hay paz para los malos, dijo Jehová” (48:22). No son los hombres del mundo, sino los mansos los que saben que Ro. 8:28 es verdad. Por lo tanto, ellos, y solamente ellos, son los que poseen la tierra.
Pero el cumplimiento más completo de la promesa está reservado para el futuro, cuando en el regreso de Cristo en gloria los mansos heredarán los nuevos cielos y la nueva tierra, el universo renovado del cual toda mancha de pecado y todo rastro de maldición se habrán quitado, y en el cual morará por siempre la justicia (Ap. 21:1ss).
Heredar la tierra indica lo siguiente: a. El ciudadano del reino tiene derecho a esta posesión por gracia; b. Ciertamente lo recibirá como un tesoro inalienable;
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c. No necesitará—ni tampoco puede—ganárselo. La cuarta bienaventuranza
Desde las profundidades de su conocimiento de la pobreza espiritual, de su lloro por el pecado, y de su mansedumbre, los ciudadanos del reino claman a Dios por la completa satisfacción de su necesidad espiritual básica, es decir, la justicia. La cuarta bienaventuranza, por lo tanto, sigue en forma natural: 6. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán plenamente saciados. Esta justicia consiste en una perfecta conformidad con la santa ley de Dios, esto es, con su voluntad. En primer lugar, es una justicia de imputación: “Abraham creyó a Jehová y le fue contado por justicia” (Gn. 15:6). El hombre es incapaz para ganar esta posición justa delante de Dios. Ninguna cantidad de buenas obras podrá expiar su pecado. En realidad, “todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia” (Is. 64:6). Ningún tipo de purificación humana, sea ceremonial o de otro tipo, puede lavar el pecado, “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor” (Jer. 2:22). Ninguna cantidad de sacrificios puede borrar la culpa humana: “Sacrificio y ofrenda no te agrada ... holocausto y expiación no has demandado” (Sal. 40:6). Ningún mero ser humano puede hacer expiación por el pecado de su hermano: “Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate” (Sal. 49:7). En efecto, en cuanto concierne al hombre mismo, la situación no tiene absolutamente ningún remedio. Su necesidad [p 286] principal, básica e irreemplazable es estar en perfecta armonía con Dios; y ésta es también la meta que nunca podrá lograr: ¿Cómo se justificará el hombre con Dios?” (Job 9:1).
En medio de esta situación irremediable y horrorosa, hizo su entrada el Hijo de Dios en su gloriosa y soberana gracia. Fue él (junto con el Padre y el Espíritu, el único Dios verdadero) quien vino al rescate cuando todos los demás medios fracasaron. “Entonces dije: He aquí vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad me ha agradado, Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40:7, 8). El modo en que iba a ser logrado el rescate del pecador y se iba a proporcionar la salvación, se describe claramente en Is. 53: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (vv. 5, 6). Y así Emanuel fue destinado a ser “Jehová justicia nuestra” (Jer. 23:7). A través de él como un rescate fueron libremente perdonados los pecados de su pueblo, de tal modo que David podía cantar “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado” (Sal. 32:1).
Por cierto, todo esto lo sabía Jesús cuando dijo “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. Aún mientras vivía en la tierra conocía completamente sus funciones como Substituto. ¿No fue con el fin de cumplir ese oficio que dejó su hogar celestial (2 Co. 8:9)? Véase también sobre Mt. 20:28 (Cf. Mr. 10:45). Y, ¿no era por su pueblo que iba a derramar su sangre (Lc. 22:19, 20; 1 Co. 11:24, 25; cf. Jn. 10:11, 28; Hch. 20:28; Ef. 1:7, 14; Col. 1:14; Heb. 9:12; 1 P. 1:19; Ap. 5:9)? Además, el hecho de que la justicia del hombre esté basada en la misericordia de Dios y no en las obras o méritos humanos es una verdad que no necesitaba esperar a Pablo (Ro. 4:3, 9; Gá. 3:6) para ser descubierta. No sólo Moisés (Gn. 15:6), y David (Sal. 32:1) la conocían, sino ciertamente Jesús también. Lo enseña claramente en la inolvidable parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18:9–14; véase especialmente los vv. 13 y 14). Es verdad que la enseñanza del Antiguo Testamento y de Jesús preparó el camino para una exposición más detallada y más amplia de esta doctrina por el apóstol a los gentiles.
Sin embargo, es claro que aquí en Mt. 5:6 Cristo se refiere a una justicia no solamente por imputación sino por impartimiento, no solamente a un estado legal sino también a una conducta ética, como lo enseñan pasajes como Mt. 6:1: “Guardaos de hacer vuestra justicia
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delante de los hombres”, y véase también Mt. 5:10, 20–48. Las dos son inseparables. Aunque es imposible que las buenas obras justifiquen a alguien, es igualmente imposible que una persona justificada pueda vivir sin hacer buenas obras. La palabra “justicia” en la forma usada por Cristo es, por lo tanto, muy amplia, [p 287] que abarca lo legal y lo ético.
La relación entre la justicia descrita por Cristo y la “justicia de los fariseos”: la primera es interna, la segunda es generalmente externa; la primera es del corazón, la segunda predominantemente de apariencia externa; la primera es genuina, la segunda es con demasiada frecuencia un artículo falsificado. Cf. Mt. 5:20–6:18.
“Porque ellos quedarán plenamente saciados” (literalmente: “llenos”).267 Sin embargo, nótese que no son simplemente quienes sienten que “algo anda mal”, sino solamente los que tienen “hambre y sed” de justicia quienes serán llenos. La justicia imputada e impartida por Dios debe ser objeto de un intenso deseo, de un anhelo intenso, de una búsqueda implacable. Cf. Sal. 42:1: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas ...” Cf. Is. 55:1; Am. 8:11; Jn. 4:34; 6:35; 7:37; Ap. 22:17.
¿Cómo se satisface plenamente esta hambre y sed de justicia? Por la imputación de los méritos de Cristo. Así obtenemos una justicia en cuanto al estado ante Dios. Y por la obra santificadora del Espíritu Santo. Así obtenemos una justicia en cuanto a la condición interior y la conducta exterior. Cf. Ro. 8:3–5; 2 Co. 3:18; 2 Ts. 2:13. Estas dos son inseparables: aquellos por quienes Cristo murió son santificados por el Espíritu Santo. Así que, aquellos cuyos pecados han sido perdonados ofrecen el sacrificio de la acción de gracias.268
La quinta bienaventuranza
Las bienaventuranzas quinta, sexta, y séptima describen los frutos de la obra que Dios por su Espíritu realiza en los corazones de sus hijos. Por lo tanto, están muy estrechamente conectadas con lo que precede inmediatamente. Aquellos que, según la cuarta bienaventuranza, han sido “llenados”, o “plenamente saciados” como resultado de la misericordia que Dios les ha mostrado, ahora, a su vez, ejercen misericordia hacia otros (quinta bienaventuranza). Quienes han experimentado la influencia purificadora del Espíritu Santo llegan a ser puros de corazón (sexta bienaventuanza). Y, naturalmente, [p 288] estas mismas personas, habiendo sido salvadas por el Príncipe de paz, ahora llegan a ser pacificadores (séptima bienaventuranza).
Como se indicó anteriormente, es imposible probar que misericordiosos, limpios de corazón y pacificadores signifiquen una secuencia que tiene el carácter de un clímax o que sean la manifestación de un desarrollo ascendente gradual, paso a paso, en la vida del creyente. Sin duda, es concebible que la relación es la siguiente: los que han llegado a ser misericordiosos están conscientes del hecho de que su misericordia está aún mezclada con el pecado, y así buscan con todas sus fuerzas la pureza de corazón. También es posible que el pacificador sea mencionado a continuación según la regla establecida por Santiago, a saber, que la “sabiduría que es de arriba, es primero pura, luego pacífica” (3:17). Sin embargo, como ha declarado A. Plummer, seguido por A. T. Robertson, el orden en que Santiago menciona
267 El verbo χορτάζω (aquí en terc. pers. pl. fut. del ind. pas.: χορτασθήσονται), aunque se usa primero con respecto a la alimentación y engorda de animales (de cuyo sentido hay un eco en la cláusula: “y todas las aves se saciaron de las carnes de ellos”, Ap. 19:21) y lo aplican a los hombres principalmente los poetas cómicos, gradualmente fue perdiendo su sentido de desaprobación y aquí sencillamente se usa como un sinónimo de tener bastante, quedar completamente saciado. Cf. Mt. 14:20; 15:33, 37; Mr. 6:42; 7:27; 8:4, 8; Lc. 6:21; 9:17; 15:16; 16:21; Jn. 6:26; Fil. 4:12; Stg. 2:16.
268 Otros definen la justicia a la que aquí se hace referencia en forma diferente; por ejemplo, como “la revelación del derecho real de Dios, que pone fin a todo poder, injusticia y mentira, y vindica al oprimido” (H. N. Ridderbos, op. cit., Vol I, p. 90). Considero que la afirmación de Lenski al respecto es acertada: “ ‘Justicia’ aquí no puede significar el poder del derecho en el mundo de los hombres, generalmente en los asuntos humanos; porque el pasivo ‘serán saciados’ denota un don de Dios a ciertas personas a las que hace ‘justas’ ante sus ojos” (op. cit., p. 184). Por otra parte, por razones que he indicado no estoy de acuerdo con Lenski en limitar, esta justicia tan exclusivamente a la de imputación.
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estas dos probablemente sea más lógico que cronológico.269 Así que, puesto que la razón para la secuencia en que se presentan las bienaventuranzas quinta a séptima no es clara, las consideraremos sencillamente como respuestas paralelas a la gracia redentora de Dios. Entonces, en primer lugar, la quinta bienaventuranza: 7. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Misercordia es amor hacia quienes están en miseria, y un espíritu perdonador hacia el pecador. Abarca tanto un sentimiento de bondad, como una acto bondadoso. La vemos ejemplificada en la parábola del buen samaritano (Lc. 10), y especialmente en Cristo, el misericordioso sumosacerdote (Heb. 2:17).
Aunque sería alejarse de la realidad negar que, por la disposición de amor de Dios, hay evidencias a nuestro alrededor de actos de compasión y de bondad, recordados y olvidados, aun en el mundo de los no regenerados (Hch. 28:2), la misericordia de que habla esta bienaventuranza brota “de la experiencia personal de haber recibido la misericordia de Dios” (Lenski). Como tal es una experiencia peculiarmente cristiana, que vale también para las demás características mencionadas en las bienaventuranzas. Todas indican cualidades de los ciudadanos del reino de los cielos. En cuanto a eso no se debe olvidar que mientras los romanos hablaban de cuatro virtudes cardinales—sabiduría, justicia, temperancia y valor—la misericordia no se contaba entre ellas. Y para obtener un punto de vista equilibrado de un semblante de esta gracia en el mundo en general, es justo confrontar Hch. 28:2 con Pr. 12:10: “Las misericordias del impío son crueles”.
Es digno de notarse que repetidas veces las Escrituras exhortan al creyente a mostrar misericordia en gratitud por la misericordia con que ellos mismos han sido tratados. La parábola del siervo sin misericordia (Mt. 18:23–25) es un ejemplo notable. Véanse también Mt. 25:31–46; Ro. 15:7; 25–27; 2 Co. 1:3, 4; Ef. 4:32; 5:1; Col. 3:12–14. Esta misericordia [p 289] debe ser mostrada a quienes pertenecen a la familia de la fe, pero no debe estar limitada a ellos (Gá. 6:10). En realidad, debe ser mostrada a “todos los hombres”, sin excluir a quienes odian y persiguen a los creyentes (Mt. 5:44–48). Se hace claro de inmediato que si se pusieran en práctica las implicaciones de la quinta bienaventuranza con mayor celo y persistencia, la predicación del evangelio sería mucho más efectiva. ¡Qué bendición sería esto para la humanidad!
“Porque ellos alcanzarán misericordia”. Ellos, solamente ellos quienes ejercen la misericordia, pueden esperar del Señor la recompensa de la misericordia, como es evidente no solamente de algunos de los pasajes mencionados en el párrafo precedente, sino también de 2 S. 22:26; Mt. 6:14, 15, y Stg. 2:13. Cuando se siembra esta semilla de oro, se recolecta una abundante cosecha (Mt. 7:2; Lc. 6:38).
La sexta bienaventuranza
8. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Con frecuencia se dice que los de limpio corazón son personas honestas y sinceras, personas íntegras. Una referencia al Sal. 24:3, 4 parecería confirmar esto:
¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; El que no ha elevado su alma a cosas vanas, Ni jurado con engaño.
También se elogia la limpieza de corazón en el Sal. 73:1. Similarmente, en 1 Ti. 1:5 limpio es un sinónimo de verdadero. Véanse también 2 Ti. 2:22 y 1 P. 1:22. Todo esto podría conducir fácilmente a la conclusión de que las personas declaradas bienaventuradas en la
269 A. T. Robertson, Studies in the Epistle of James, Nueva York, 1915, p. 185.
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sexta bienaventuranza son, sin ninguna otra cualidad, los individuos sinceros, los hombres que piensan, hablan y actúan sin hipocresía.
Ahora bien, no puede haber dudas acerca del hecho de que la sinceridad, la honestidad, la condición de ser sin engaño, es ciertamente el énfasis aquí. Frente a toda duplicidad humana, sea farisaica o de otro tipo, Jesús pronuncia su bendición sobre las personas cuya manifestación exterior está en armonía con su disposición interior.
Sin embargo, un estudio del contexto en cada una de las referencias precedentes deja en claro que es necesario agregar algo. La sinceridad o integridad no es suficiente por sí sola. Un hombre puede estar sinceramente en lo correcto, pero también puede estar sinceramente equivocado. Sin duda, los profetas de Baal eran muy sinceros cuando desde la mañana hasta el medio día estuvieron saltando alrededor del altar, cortándose con cuchillos, [p 290] y clamando constantemente: “Baal, óyenos” (1 R. 18:26–28). Pero eran sinceros en sentido equivocado. Así también, en un pasaje que se cita con frecuencia en la explicación de la sexta bienaventuranza (Gn. 20:6) Jehová mismo testifica que Abimelec, en la integridad de su corazón, había quitado Sara a Abraham. Sin embargo, el Señor no aprobó lo que el rey había hecho y lo amenazó de muerte si no devolvía Sara a su legítimo marido (v. 7). Igualmente, los “limpios de corazón” del Sal. 73:1 son los que con toda sinceridad son guiados por “el consejo” de Dios (v. 24). La fe no fingida de 1 Ti. 1:5 se une con la “sana doctrina” (v. 10). Y las personas a quienes se refiere Pedro (1 P. 1:22) son las que han purificado sus almas “por la obediencia a la verdad”.
Por lo tanto, es claro que la bendición de la sexta bienaventuranza no se pronuncia sin discriminación sobre todos los que son sinceros, sino más bien sobre aquellos que, en su adoración al Dios verdadero, en conformidad con la verdad revelada en su Palabra, se esfuerzan sin hipocresía para agradarlo y glorificarlo. Estos y solamente éstos son los de “limpio corazón”. Ellos adoran a Dios en “espíritu y en verdad” (Jn. 4:24) y les gusta meditar sobre y practicar las virtudes mencionadas en 1 Co. 13; Gá. 5:22, 23; Ef. 4:32; 5:1; Fil. 2:1–4; 4:8, 9; Col. 3:1–17; etc. El corazón de ellos, la misma fuente principal de las disposiciones así como de los sentimientos y pensamientos (Mt. 15:19; 22:37; Ef. 1:18; 3:17; Fil. 1:7; 1 Ti. 1:5), está en armonía con el corazón de Dios.
Por eso no es realmente sorprendente leer que los limpios de corazón “verán a Dios”, y que esto es la esencia de su bienaventuranza. El hombre cuya delicia no está verdaderamente en las cosas de Dios no puede apreciar el amor de Dios en Cristo hacia los pecadores. La semejanza es el requisito indispensable de la comunión y comprensión personal. Para conocer a Dios uno tiene que ser como él. Así como para el cazador desprovisto de toda cultura musical y sin aprecio por ella, la voz del viento que brama a través del bosque no significaba otra cosa que la liebre podría salir de su guarida y convertirse en una víctima fácil, mientras para su compañero Mozart el mismo sonido profundo significaba una nota majestuosa del gran órgano de Dios, así para el impuro Dios sigue siendo desconocido, pero para quienes son “imitadores de Dios como hijos amados y andan en amor”, él se revela a sí mismo.
Ahora, la belleza de esta visión de Dios, esta percepción espiritual de su ser y de sus atributos y el deleitarse en ellos, es que es transformadora (2 Co. 3:18). Sin embargo, aquí en la tierra todavía es “ver oscuramente en espejo”, pero en el cielo y en el universo renovado, en que las condiciones del cielo serán halladas también en la tierra (Ap. 21:10), de modo que “la tierra será llena del conocimiento de Jehová como las aguas cubren el mar” (Is. 11:9), esta visión beatífica equivaldrá a una comunión sin pecado [p 291] e ininterrumpida de las almas de todos los redimidos con Dios en Cristo, un ver “cara a cara” (1 Co. 13:12).
Cuando en justicia al fin tu rostro glorioso pueda ver, y, pasada la noche atroz,
despierte junto a ti para ver la gloria permanente, entonces, sólo entonces seré feliz.
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Así se cumplirá la oración de Jesús: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo”.
La séptima bienaventuranza
9. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Aquí se pronuncia una bendición sobre todos aquellos que, habiendo recibido la reconciliación con Dios por medio de la cruz, ahora procuran, por su mensaje y por su conducta, ser instrumentos para impartir este mismo don a los demás. Por medio de la palabra y el ejemplo estos pacificadores, que aman a Dios, se aman unos a otros y aun a sus enemigos, promueven la paz entre los hombres.
En un mundo que quebranta la paz, esta bienaventuranza muestra que el cristianismo es una fuerza “relevante”, vital y dinámica. La iglesia es calumniada frecuentemente como si su influencia en esta dirección fuera lastimosamente insignificante. Si al usar la palabra “iglesia” la referencia es a una institución en que nada prevalece sino una ortodoxia muerta, la acusación probablemente sea válida. Por otra parte, si la referencia es al “ejército de Cristo”, esto es, a la suma total de todos los verdaderos soldados cristianos, hombres y mujeres redimidos de todas las generaciones, religiones y razas que pelean las batallas de Jehová contra el mal y en pro de la justicia y la verdad, la respuesta es, en la forma de una contra pregunta: “Sin la influencia de este poderoso ejército, ¿no serían mucho peores las condiciones del mundo en el día de hoy? ¿No es la iglesia el corcho sobre el cual se mantiene a flote el mundo (Gn. 18:26, 28–32)?”
Los verdaderos pacificadores son aquellos cuyo líder es el Dios de paz (1 Co. 14:33; Ef. 6:15; 1 Ts. 5:23), los que anhelan la paz con todos los hombres (Ro. 12:18; Heb. 12:14), proclaman el evangelio de la paz (Ef. 6:15), y modelan sus vidas según el Príncipe de paz (Lc. 19:10; Jn. 13:12–15; cf. Mt. 10:8).
Sin embargo, el evangelio de paz es al mismo tiempo la predicación de [p 292] Cristo crucificado (1 Co. 1:18). Por naturaleza, el hombre, queriendo establecer su propia justicia, no se siente inclinado a aceptar el evangelio (1 Co. 1:23). Por eso, su proclamación inicia una lucha en su corazón. Si, por la gracia de Dios, el pecador finalmente se rinde y recibe al Príncipe de paz como su Salvador y Señor, él puede enfrentar otra batalla, a saber, dentro de su propia familia. Es por esta razón que Jesús, que llamó bienaventurados a los pacificadores, no se estaba contradiciendo cuando dijo: “No penséis que he venido a traer paz sobre la tierra. No he venido a traer paz, sino espada ... los enemigos del hombre serán los de su propia casa” (Mt. 10:34–36). Sin embargo, esta situación no es culpa de Cristo sino del hombre. Es Dios en Cristo quien sigue exhortando a los hombres que encuentren en él reconciliación y paz duradera (Mt. 11:27–30; 2 Co. 5:20).
Además, esto no es paz a cualquier precio. No se produce comprometiendo la verdad bajo el disfraz del “amor” (¿?). Por el contrario, es una paz muy preciada para los corazones de todos los que siguen la verdad en amor (Ef. 4:15).
Aquellos que de palabra y por su ejemplo son promotores de esta paz son llamados bienaventurados. Su título es “hijos de Dios”, designación de elevado honor y dignidad, mostrando que por la promoción de la paz han entrado en la esfera misma de la actividad de su Padre. Son sus colaboradores. Por su actitud de confianza y sus muchas buenas obras,
(F. F. Bullard, basado en Sal. 17:15)
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realizadas por gratitud y para la gloria de Dios, se han convertido en agentes del Señor que en todo lugar están comprometidos en la tarea de expulsar el mal de los corazones de los hombres, llenándolos con todo lo que es bueno y noble (Ro. 12:21; Fil. 4:8, 9). Son, por decirlo así, el “cuerpo de paz” de Dios. Ya son hijos de Dios (1 Jn. 3:1). En el día del juicio será revelada públicamente su adopción como hijos de Dios (Ro. 8:23; 1 Jn. 3:2).
La octava bienaventuranza
10. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Cuando la fe de los hijos de Dios se ha desarrollado suficientemente para ser manifestada exteriormente, de modo que los que no la comparten con ellos empiezan a notarlo, ello da como resultado la persecución. La persecución a que Jesús hace referencia no surge de causas puramente sociales, raciales, económicas o políticas, sino que está arraigada en la religión. Es claramente una persecución “por causa de la justicia”. Debido a que los hombres a quienes se hace referencia desean estar en armonía con Dios y vivir en armonía con la santa voluntad de Dios, es por eso que sufren la persecución y se mantienen firmes sin importar lo que les ocurra.270 No hay necesidad de cambiar la definición de la palabra [p 293] “justicia” aquí: es la misma del v. 6. Los malos no pueden tolerar a quienes ante los ojos de Dios son contados por “justos”. Su carácter mismo es una protesta constante contra el carácter de sus adversarios. Por esa razón el “mundo” odia a los hijos de Dios (Mt. 10:22; 24:9; Jn. 15:19; 1 Jn. 3:12, 13) Este odio es la razón de la persecución de que habla 5:10.
El Señor asegura a los perseguidos que son bienaventurados. Leyendo constantemente esta bienaventuranza, habiéndola probablemente memorizado desde nuestra niñez (en cualquier idioma), nos hemos acostumbrado a ella de tal modo que ha perdido su impacto original. La impresión en las personas que estaban oyendo a Jesús debe haber sido formidable, porque era una idea bastante común entre los judíos que todo sufrimiento, incluida la persecución (véase Lc. 13:1–5), era una indicación del desagrado de Dios y de la especial maldad del que así era afligido. Aquí Cristo invierte este punto de vista, pero solamente con respecto a quienes sufren persecución por la causa de la justicia (v. 10), por causa de él mismo (“por mi causa”, v. 11), por causa del reino de los cielos (19:12).
Podríamos agregar que la significación de esta bienaventuranza no se pierde para quienes hoy en día, mientras este comentario se escribe o lee, están siendo perseguidos debido a su lealtad a Cristo. ¡No los olvidemos en nuestras oraciones ni en otras formas en que podrían ser beneficiados por nosotros! “De ellos es el reino de los cielos”, dice Jesús, volviendo así a pronunciar la bendición encontrada al final de la primera bienaventuranza (v. 3). Toda la gracia y la gloria que resultan cuando se reconoce a Dios en Cristo y se le obedece como Soberano es de ellos ya ahora, y será de ellos en una medida siempre creciente.
11, 12. Bienaventurados sois cuando por mi causa la gente os vitupere y os persiga y diga falsamente toda clase de males contra vosotros. Regocijaos, sí, llenaos de alegría irrefrenable, porque vuestra recompensa es grande en los cielos, porque de la misma manera ellos persiguieron a los profetas que vivieron antes de vuestro tiempo. Nótese el cambio de la tercera a la segunda persona, que comienza aquí y continúa (ya sea con vosotros o con tú) a través de la mayor parte del sermón. Sin embargo, en sustancia ésta es una continuación de la octava bienaventuranza. No solamente se llaman bienaventurados a los que sufren abusos por su fe permanente en Jesús, sino que se les dice que se regocijen, sí, no solamente que se regocijen, sino que se llenen (o: salten con) alegría irrefrenable (exuberante).
El imperativo que se agrega a “regocijaos” podría bien traducirse, como lo han hecho algunas versiones inglesas: “estad sumamente contentos” (A.V.); “alegraos enormemente”
270 El original dice δεδιωγμένοι, part. perf. pas.: ellos se han sostenido bajo persecución. A.V. Authorized Version (King James)
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(Phillips); “manteneos ... saltando en éxtasis” (Williams). Es el tipo de transporte con que, según el discurso de Pedro en Pentecostés, David reaccionó ante el hecho de que Jehová estaba siempre a su diestra (Hch. 2:26); con que el carcelero convertido y toda su [p 294] casa alabaron a Dios (Hch. 16:34); con que Abraham recibió la buena nueva de que iba a ver el día de Cristo (Jn. 8:56); con que Pedro, contemplando la gracia y la gloria del Jesucristo ahora invisible, describía a sus lectores, que participaban en esta contemplación con él, como que “os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1 P. 1:8); y con que la gran multitud celestial triunfante un día responderá a la venida del Esposo para llevar consigo a la esposa: “Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” (Ap. 19:7).
La persecución a que se hace referencia toma diversas formas:
a. Vituperios: amontonamiento de insultos sobre los creyentes; por ejemplo: “Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros?” (Jn. 9:34). Y por cierto los que no vacilaban en dirigirse a Jesús con las palabras siguientes: “¿No decimos bien nosotros que eres samaritano, y que tienes demonio?”, no vacilarían en amontonar insultos sobre sus discípulos también (Jn. 8:48; cf. 15:20).
b. Calumnias: diciendo falsamente “toda clase de males contra vosotros”. “Desecharán vuestro nombre como malo” (Lc. 6:22). Con referencia a quienes habían sido profundamente impresionados con las palabras de Jesús y tuvieron el valor de admitirlo, los fariseos iban a decir: “Esta chusma que no conoce la ley, maldita es” (Jn. 7:49). Igualmente, un poco después, durante las primeras persecuciones de la iglesia, los cristianos iban a ser llamados ateos debido a que no adoraban a un dios visible; inmorales debido a que se veían obligados a reunirse en lugares secretos; y antipatriotas porque confesaban su lealtad a Cristo como su Rey y negaban la adoración al emperador.
c. Persecución de hecho. Aunque no se hace mención de esto aquí, véase sobre 10:16–36. Razones por las que se dice a los que son perseguidos por causa de Cristo que se regocijen
grandemente:
a. Porque esta persecución indica el carácter genuino de la fe de ellos: “porque de la misma manera persiguieron ellos a los profetas que vivieron antes de vuestro tiempo”. Cf. Lc. 21:13; 1 P. 4:13. Justino Mártir, en sus Diálogos con Trifón acusa a los judíos de haber aserrado a Isaías con una sierra de madera. Podría haber una referencia a ello en Heb. 11:37.271 Jeremías fue sujeto repetidas veces a malos tratos (véase Jer. 12; 20; 26; 36; 37; 39; 43). Si se puede confiar en la tradición, finalmente fue apedreado por la gente que lo había obligado a descender a Egipto con ellos.272 A Ezequiel le fue muy poco mejor (véase Ez. 2:6; 20:49; 33:31, 32). A Amós se le dijo que huyera y pronunciara sus profecías en otro lugar (Am. 7:10–13). Los [p 295] trabajos de Zacarías no fueron apreciados según su verdadero valor (Zac. 11:12). Tal rechazo de los profetas fue la regla, no la excepción. Esto se deduce no solamente de las palabras de Jesús aquí en 5:12 sino también de sus palabras según las relata Mateo en 23:31, 37; Lc. 6:23; 11:49–51; 13:33, 34; Jn. 12:36–43 (cf. Is. 53:1).273 ¿Y no eran profetas también hombres tales como Moisés, Samuel, Elías y Elíseo? ¿Fueron ellos tratados en forma diferente?
b. Porque el carácter cristiano es purificado y se madura por medio del sufrimiento (Ro. 5:3, 5; Stg. 1:3, 4; Job).
271 Véase también TB Yebamoth 49b; Sanhedrin 103b; Tertuliano, On Patience 14: “Isaías es aserrado, pero no cesa de hablar del Señor”. 272 Tertuliano, Antidote for the Scorpion’s Sting 8. 273 Cf. Hch. 7:52; y véase C. C. Torrey, Legendary Lives of the Prophets, Filadelfia, 1946; y H. J. Schoeps, “Die Jüdischen Prophetenmorde, Aus frühchristlicher Zeit (Tubinga, 1950), pp. 126ss.
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c. Porque la persecución es seguida por una gran recompensa en los cielos; no un salario ganado por méritos humanos, sino una recompensa de gracia. Esta recompensa es proporcional, aunque mucho mayor, al sacrificio (Ro. 8:18; 2 Co. 4:17, 18).
Cuando Jesús dijo las palabras de los vv. 11, 12, claramente quería decir que su propia enseñanza no era una contradicción de las palabras proféticas, sino que estaba en línea con ellas. No había venido a destruir ni a anular. Había venido a cumplir (5:17).
Sal y luz
En las bienaventuranzas el carácter y bendición de los ciudadanos del reino fueron descritos. La bienaventuranza final era de carácter transicional. Describía la actitud del mundo hacia los creyentes en el Señor Jesucristo. Los dos “emblemas”, sal y luz, presentados ahora, describen lo opuesto, esto es, la influencia del reino sobre el mundo, la respuesta de los seguidores de Cristo hacia quienes los persiguen. Por medio de estos dos emblemas o metáforas se revela la verdad importante de que estas personas, a quienes el mundo— incluyendo el aparente piadoso mundo de los escribas y fariseos—más odia, son exactamente aquéllas a quienes más debe. Los ciudadanos del reino, no importa cuán despreciados y cuán insignificantes parezcan ser, ellos solamente, no los escribas y fariseos, son la sal de la tierra y la luz del mundo.
Las palabras de 5:13–16 muestran al mismo tiempo cuan diferentes del mundo y sin embargo cuán relacionados con el mundo están los creyentes. Aquí se condena la mundanalidad o la secularización, pero también se condena la indiferencia o el aislacionismo. La sal es una bendición cuando sigue siendo verdadera sal; la luz, mientras es verdadera luz. Pero hay que echar la sal sobre la carne, mejor aún, frotarla en la carne. La luz debe dejarse brillar en la oscuridad. No se debe poner bajo una cubierta.
En cuanto a la sal, Jesús dice: 13. Vosotros sois la sal de la tierra. [p 296] Aunque la sal tiene muchas características: blancura, sazón, sabor, poder preservativo, etc., es probablemente esta última cualidad, la potencia de la sal como antiséptico, una sustancia que retarda la corrupción, sobre la que se pone el énfasis aquí, aunque la función subsidiaria de impartir sabor obviamente no debe quedar excluida (véanse Lv. 2:13; Job 6:6; Col. 4:6).
Entonces, la sal tiene una función especialmente negativa. Combate el deterioro. Igualmente los cristianos, mostrándose como verdaderos cristianos, están combatiendo constantemente la corrupción moral y espiritual. ¿Con cuánta frecuencia no ocurre que cuando repentinamente se presenta un cristiano en medio de un grupo de individuos mundanos, se retiene el chiste de color subido con que alguien iba a divertir a sus acompañantes, queda sin decirse la expresión profana o queda sin ejecución el plan perverso? Desde luego, el mundo es malvado. Sin embargo, sólo Dios sabe cuanto más corrompido sería sin el ejemplo, la vida y las oraciones de los santos que refrenan la corrupción (Gn. 18:26–32; 2 R. 12:2).
La sal actúa secretamente. Sabemos que combate el deterioro, aunque no podemos verla en operación. No obstante, su influencia es muy real.
Continúa: pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo se podrá hacer salada otra vez? Ya no sirve para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. La sal de los pantanos y lagunas o de las rocas en las inmediaciones del Mar Muerto adquiere fácilmente un sabor rancio o alcalino, debido a su mezcla con yeso, etc.274 Entonces “ya no sirve para [p
274
Esta observación muy común la presentan muchos, entre los cuales están: Hauck, artículo ἅλας, Th.D.N.T., Vol. I, pp. 228, 229; y A. Sizoo, quien declara: “Es razonable pensar que la sal también se obtenía del Mar Muerto. Pero esta sal era de una calidad inferior y más sujeta a descomponerse que la sal del Mar Mediterráneo”, De Antieke Wereld en Het Nieuwe Testament, Kampen, 1948, p. 28. Véase también el artículo Salt, W.D.B., p. 525.
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297] nada” sino para ser echada fuera y pisoteada debajo de los pies (cf. Ez. 47:11). Jesús, al caminar por la tierra, vio a muchos fariseos y escribas, personas que abogaban por una religión formal y legalista en lugar de la verdadera religión proclamada por los antiguos profetas en el nombre del Señor. Así, de una manera general, la sal había perdido su sabor en la vida religiosa de Israel. Muchos “hijos del reino” serían echados fuera (Mt. 8:12)
La implicación es clara. Así como no se puede restaurar la sal que ha perdido su sabor, así tampoco aquellos que fueron enseñados en el conocimiento de la verdad pero que entonces se pusieron resueltamente en contra de las exhortaciones del Espíritu Santo y se endurecieron en su oposición, son renovados para arrepentimiento (Mt. 12:32; Heb. 6:4–6). Así, lo que se llama sal, ¡sea verdadera sal! ¡Hay tantas personas que no leen la Biblia, pero que constantemente nos leen a nosotros! Si nuestra conducta no concuerda con nuestro llamamiento, de muy poco valdrán nuestras palabras.
Hemos visto que, en lo principal, la sal tiene una función negativa y actúa secretamente. La luz, por otra parte, tiene una función positiva y resplandece abiertamente, públicamente. Así que las dos metáforas se complementan. En cuanto a la luz, Jesús dice: 14a. Vosotros sois la luz del mundo. La luz en las Escrituras indica el verdadero conocimiento de Dios (Sal. 36:9; cf. Mt. 6:22, 23); la bondad, la justicia y la veracidad (Ef. 5:8, 9); gozo y alegría, verdadera felicidad (Sal. 97:11; Is. 9:1–7; cf. 60:19). Simboliza lo mejor que hay en la sabiduría, el amor y la risa, en contraste con las tinieblas, o sea, lo peor en ignorancia, depravación y desesperación. Cuando se menciona la luz, a veces se pone énfasis en una cualidad—por ejemplo, el conocimiento revelado; en otros casos se pone énfasis en otra de las cualidades, según el contexto lo indique en cada caso. En ciertos casos, el sentido de la palabra “luz” podría ser aun más amplio de lo que alguna de las cualidades por sí sola podría indicar. Podría ser suficientemente amplia como para incluir todas las bendiciones de “la salvación” (cf. Sal. 27:1; Lc. 1:77–79). Quizás sea así también aquí en 5:14.
La afirmación “Vosotros sois la luz del mundo” probablemente significa que los ciudadanos del reino no solamente han sido bendecidos con estos dones sino que son también el medio usado por Dios para transmitirlos a los hombres que los rodean. Los poseedores de la luz se convierten en difusores de la luz. Los creyentes en forma colectiva son “la luz”. Individualmente son “luces” (luminarias, estrellas, Fil. 2:15). Ambas ideas podrían bien haber sido incluidas en las palabras habladas por Jesús, aunque el énfasis está en lo colectivo.
Sin embargo, los cristianos nunca son luz en sí mismos y por sí mismos. Son luz “en el Señor” (Ef. 5:8). Cristo es la verdadera y original luz del mundo (Jn. 8:12; 9:5; 12:35, 36, 46; 2 Co. 4:6; cf. Sal. 27:1; 36:9; 43:3; Is. 49:6; 60:1; Lc. 1:78, 79; 2:32). Los creyentes son la luz
Sin embargo, otros sostienen que, puesto que el cloruro de sodio puro no se deteriora, el pasaje (Mt. 5:13) contiene una inexactitud obvia. Tal era el argumento de cierto profesor de química en una reunión de un club científico a la que el autor asistió hace varios años. Otros, aunque no están dispuestos a reconocer una inexactitud, piensan que Jesús está usando intencionadamente “una figura de algo imposible en la naturaleza” (Lenski, op. cit., p. 194, a lo que añade: “¡La idea misma de la sal haciéndose insípida!”). J. Schniewind, Das Evangelium nach Matthäus (Das Neue Testament Deutsch, Vil. II), Gotinga, 1960, p. 51, es de la misma opinión. F. W. Grosheide se inclina hacia este punto de vista (op. cit., p. 51).
Con todo respeto discrepo de ellos. Mis razones son las siguientes:
a. No solamente es verdad que gramaticalmente el modificativo “si la sal pierde su sabor” no es contrario a los hechos, sino que también difiere mucho de formulaciones como “¿Qué hombre hay entre vosotros ...” (Mt. 7:9), en que queda inmediatamente en claro la idea implícita: “No hay tal hombre”.
b. La conclusión, “Entonces es buena para nadie sino para ser echada fuera y hollada bajo los pies de los hombres” ciertamente suena como si hubiera esto ocurrido en tales casos. Además, en esta última expresión, a saber, “hollada bajo los pies de los hombres”, la figura subyacente se refiere definitivamente a la sal. Difícilmente puede referirse directamente a personas.
c. Como se ha mostrado (véanse los artículos en Th.D.N.T., etc., a los que se ha hecho referencia anteriormente), la corrupción de la sal a la que aquí se hace referencia es un hecho bien comprobado. Por cierto, “la sal pura sigue siendo sal”, pero la referencia es a la sal que pierde su sabor por un proceso de adulteración, contaminación o infiltración: la sal pierde su sabor debido a las sustancias extrañas que se han mezclado con ella.
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del mundo en un [p 298] sentido secundario y derivado. El es “la luz que da la luz” (Jn. 1:9). Ellos son las luces que recibieron la luz. El es el sol. Ellos son como la luna, que refleja la luz del sol. Sin Cristo no pueden brillar. La bombilla eléctrica no da luz por sí misma. Imparte luz solamente cuando está conectada y abierta la llave, de modo que la corriente eléctrica generada en la planta se le transmite. Así también, en tanto los seguidores de Cristo permanecen en un contacto vivo con él, la luz original, son luz a los demás (cf. Jn. 15:4, 5).
Ahora, puesto que es tarea de la iglesia brillar para Cristo, no debiera permitirse la desviación de su curso. No es tarea de la iglesia especializarse en, ni emitir toda clase de pronunciamientos acerca de problemas económicos, políticos y sociales. “La gran esperanza para la sociedad en la actualidad está en un número creciente de cristianos individuales. Que la iglesia de Dios se concentre en esta tarea y no desperdicie el tiempo y las energías en asuntos que están fuera de su esfera de actividad”.275 Esto no quiere decir que es siempre condenable un pronunciamiento eclesiástico sobre la posición del evangelio en cuanto a este o aquel problema que no es específicamente teológico. Podría haber situaciones en que un testimonio público iluminador de este tipo se hace aconsejable y aun necesario, porque el evangelio debe ser proclamado “en toda su plenitud” y no estrechamente limitado a la salvación de las almas. Pero la tarea primaria de la iglesia sigue siendo la difusión del mensaje de la salvación, para que los perdidos puedan ser hallados (Lc. 15:4; 1 Co. 9:16, 22; 10:33), los hallados puedan ser fortalecidos en la fe (Ef. 4:15; 1 Ts. 3:11–13; 1 P. 2:2; 2 P. 3:18), y Dios pueda ser glorificado (Jn. 17:4; 1 Co. 10:31). Aquellos que por el ejemplo o el mensaje y las oraciones de los creyentes se han convertido, mostrarán el carácter genuino de su fe y amor ejerciendo su influencia para Dios en todas las esferas.
Continúa: 14b–16. Una ciudad situada sobre un monte no se puede esconder. Tampoco encienden los hombres una lámpara y la ponen debajo del almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Aquí se combinan dos ideas en conexión con el símbolo de la luz: Los seguidores de Cristo deben ser visibles y radiantes. Deben estar “en la luz” y también deben despedir rayos de luz. La primera idea la sugiere la ciudad situada sobre una colina. Esa ciudad, con sus murallas y fortificaciones, “no se puede esconder”. Es claramente visible a todos.
La segunda idea la ofrece la figura de la lámpara puesta sobre el candelero. Esa lámpara “da luz”; “alumbra”. Las lámparas de aquel tiempo [p 299] se pueden ver en la actualidad en cualquier museo grande y en muchas colecciones privadas. El autor en este momento está mirando uno de estos objetos de terracota en forma de platillo. Este tiene unos catorce centímetros de largo, diez de anchura y unos cuatro de altura. En un extremo tiene una asa; en el otro tiene una extensión como una boquilla con un agujero para una mecha. En la cúspide de la cara superior hay dos agujeros, uno para agregar aceite, y otro para el aire.
Entonces, lo que Cristo está diciendo es esto: que nadie sería tan necio como para encender una de estas lámparas—evidentemente con el propósito de alumbrar todo el contorno—y entonces, inmediatamente, ponerla debajo del almud.276 Cualquier persona sensata naturalmente pondría la lámpara encendida sobre un candelero. El candelero era generalmente un objeto muy sencillo. Podía ser un anaquel que se extendía de una columna en el centro de la habitación (la columna que sostenía la viga transversal del techo plano), o una simple piedra que proyectaba de la pared, o una pieza de metal ubicada en un lugar prominente usada en forma similar. La idea es que la lámpara, ya encendida y puesta en un
275 D. M. Lloyd-Jones, Studies in the Sermon on the Mount, Grand Rapids, Mich., 1959, Vol. I, p. 158. ¡Los dos tomos de esta excelente serie debieran estar en cada biblioteca! El primer volumen fue publicado en castellano: El Sermón del Monte. 276 Griego μόδοις, del latín modius, una medida de capacidad = 16 sectarii, alrededor de 8.75 litros o casi exactamente a la medida inglesa llamada peck.
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lugar prominente, daba luz a “todos los que están en la casa”. Esto se entiende fácilmente si se recuerda que las casas de los pobres, la gente a la cual Jesús estaba hablando (Lc. 6:20), tenían solamente una habitación.
Ahora bien, lo que una lámpara es a una casa debiera ser el seguidor de Cristo para el mundo. La lámpara encendida debe tener la oportunidad de irradiar la luz. En forma similar, los seguidores de Jesús debieran dejar que “alumbre su luz” con el fin de que los hombres vean su conducta, sus “buenas obras”. El Señor pone el énfasis en otras obras, consideradas como producto de la fe (véase sobre el v. 17), porque “los hechos hablan más fuerte que las palabras”.
No es de modo alguno necesario, ni siquiera aconsejable, en esta conexión hacer una separación entre las obras hechas en obediencia a la primera tabla de la ley y las realizadas en conformidad con la segunda. En la enseñanza de Jesús estas dos van juntas aun cuando es verdad que la primera es básica (Mt. 22:34–40; Mr. 12:30, 31; Lc. 10:25–28). Cuando estas obras excelentes, cualquiera sea su naturaleza, se hacen en gratitud por la salvación obtenida por gracia por medio de la fe ellas son agradables a Dios. Esto es válido sea que consistan en afirmarse en Dios en oración (Mt. 6:6; cf. Is. 64:7) y confiar en él (Mt. 6:24–34), o en ayudar a quienes están en necesidad (25:34–40) y amar aun a los enemigos de uno (5:44).
Es inevitable que algunas de estas buenas obras sean vistas por los hombres. Aun los incrédulos oirán a veces los cánticos de alabanza cantados por los hijos de Dios. La gente mundana notará la quieta confianza en [p 300] Dios manifestada por los creyentes en tiempo de prueba y de angustia. A veces expresarán asombro acerca del modo en que los cristianos se tomarán la molestia, corriendo riesgo de grave peligro y aun de muerte, con el fin de dar ayuda a los enfermos y moribundos. Tertuliano (escribió alrededor del 20 d.C.) dice: “Pero son principalmente los hechos de un amor tan noble que llevan a muchos a poner una marca sobre nosotros. ‘Mirad’, dicen, ‘cómo (los cristianos) se aman unos a otros’, porque ellos mismos (los no cristianos) están animados por un odio mutuo; ‘mirad cómo están dispuestos a morir unos por otros’, porque ellos (los no cristianos) preferirían dar muerte” (Apología XXXIX).
Es bueno que estas buenas obras sean vistas por los hombres. Eso es exactamente lo que Jesús quiere. Considerado rectamente, es también lo que los que las realizan quieren, pero no con el fin de ganar honra para sí, en el sentido de 6:1, 5, 16. Por el contrario, Jesús dice: “... y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. Así que, el fin, y hasta cierto punto también el resultado, de ver tales obras buenas será que los hombres, bajo la influencia del Espíritu de Dios, darán a Dios la reverencia que se le debe por haber hecho que la luz alumbrara desde vidas humanas (Is. 24:15; 25:3; Sal. 22:23; cf. 1 Co. 10:31).277
Es necesario decir algo sobre esta frase que aparece aquí por primera vez en los Evangelios: “vuestro Padre que está en los cielos”. Un escritor altamente respetado escribe: “Es verdad que aun en el Antiguo Testamento a veces se habla de Dios como Padre, pero no expresa entonces una relación personal entre Dios y el creyente individual sino como una indicación de la relación entre Dios y el pueblo del pacto, Israel; véase, por ejemplo, Is. 63:16”.278 No logro ver que esta afirmación sea correcta. Aun en el Antiguo Testamento Dios es reconocido como Padre no sólo de la nación (además de Is. 63:16 véanse también 64:8; Mal. 1:1, 6; y cf. Nm 11:12), sino aun del creyente individual, teniéndolo en tierno abrazo y cuidándolo: “Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada” (Sal. 68:5). “El me clamará: Mi Padre eres tú, mi Dios, y la roca de mi salvación ... para siempre le conservaré mi misericordia” (Sal. 89:26, 28). Aunque en el Sal. 103:13 no se llama directamente “Padre” a Dios, la idea de su paternidad en relación con los individuos está
277 En cuanto al concepto de gloria, véase C.N.T. sobre Filipenses, p. 76, nota 43. 278 H. N. Ridderbos, op. cit., Vol. I, p. 100.
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claramente implícita: “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen”. Para ellos él es más precioso que un padre terrenal: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Jehová, con todo, me recogerá” (Sal. 27:10). Véase también 2 S. 7:14, 15 (cf. 1 Cr. 28:6). Jesús edifica sobre este fundamento del Antiguo Testamento—¿no fue su Espíritu quien inspiró este libro?—y en los Evangelios hace que la palabra sea aplicada a Dios y [p 301] aparezca con toda su ternura (“Padre”) y majestad (“que estás en los cielos”). Véase también sobre Mt. 6:9. Todos los que han recibido a Jesús como su Señor y Salvador, sean de origen judío o gentil, al dirigirse a Dios tienen el privilegio de decir: “Padre nuestro que estás en los cielos”.
La justicia del reino
La elevada norma de vida exigida por el Rey se presenta ahora. En primer lugar, se nos muestra que
Esta justicia está en plena concordancia con los principios morales enunciados en el Antiguo Testamento
Jesús ha estado amonestando a sus oyentes que deben dejar que su luz alumbre haciendo buenas obras para la gloria del Padre celestial. Ahora, tales obras son las que están en armonía con la santa ley de Dios. Los escribas y fariseos tenían reputación de ser los guardianes de la ley. Sin embargo, Jesús estaba a punto de denunciarlos como hipócritas (5:20; 6:1, 2, 5, 16; véanse además, 15:1–9; 16:1–4; 22:15–22; cap. 23). ¿Significaba esto que había venido a socavar la autoridad de la ley, y de los profetas que reafirmaban la ley? Responde: 17. No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas. No he venido para abolir, sino para cumplir. Los oponentes de Cristo ya habían comenzado a considerarlo como un revolucionario destructivo, un iconoclasta que quería romper todo vínculo con el pasado (Jn. 5:18). Esta actitud hacia Jesús nunca los dejó sino más bien creció en ellos (Mt. 26:59–61). Véase Hch. 21:21 para una actitud similar hacia Pablo.
Los adversarios estaban equivocados. ¿Exigían buenas obras los escribas y fariseos? Jesús tambien (5:16). ¿Guardaban con alta estima la ley de Moisés? También Jesús (8:4; Mr. 7:10; Lc. 16:31; 24:27, 44; Jn. 5:46). La justicia que él proclamaba no era una novedad. Estaba en completa armonía con la enunciada en el Antiguo Testamento; esto es, en “la ley y los profetas” (cf. Lc. 16:16).279 Sin embargo, aquí en 5:17, con el fin de enfatizar cada uno de ellos por derecho propio, la expresión usada es “la ley o los profetas”, el Pentateuco o el resto del Antiguo Testamento.
Entonces, Jesús, cuando empieza a exponer “la justicia del reino”, inmediatamente desecha la acusación de sus enemigos de que es un [p 302] proclamador de novedades, y muestra que su ministerio no está en conflicto con el Antiguo Testamento sino que está en armonía con él; en realidad, que sin él el Antiguo Testamento estaba incompleto, sin cumplimiento. También Pedro, en Pentecostés, interpretó las cosas extrañas que estaban ocurriendo alrededor de él como un cumplimiento de la profecía (Hch. 2). Y Pablo vincula lo nuevo con lo antiguo, dejando en claro que su doctrina de la justificación por gracia por medio de la fe no era algo completamente nuevo, sino que estaba firmemente arraigada en la enseñanza del Antiguo Testamento (Ro. 3:21; cap. 4; 7:7s; cap. 9–11; Gá. 3:6–22; 4:21–31; etc.).
279 Otra expresión para referirse al Antiguo Testamento es “la ley de Moisés, los profetas y los salmos” (Lc. 24:44); otra, “Moisés y los profetas” (Lc. 16:29, 31; 24:27). La más corta de todas, como una designación de todo el Antiguo Testamento, es “la ley” (véase el v. siguiente, esto es, Mt. 5:18; cf. Jn. 12:34). Similar a ésta teoría es “vuestra ley”, que en Jn. 10:34, aunque abarca tanto como las designaciones precedentes, se refiere directamente a Sal. 82:6. En 1 Co. 14:21 “la ley” se refiere a Is. 28:11s. Y en Ro. 3:19 la referencia es a toda una serie de citas de los salmos y los profetas. Estos hechos prueban que la expresión “la ley” se usa a veces donde nosotros hubiéramos dicho “el Antiguo Testamento”.
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Calvino, comentando Mt. 5:17, hace esta aplicación: “Si intentamos reformar los asuntos que se encuentran en un estado de desorden, siempre debemos usar de una prudencia y moderación tal que convenza a la gente que no nos estamos oponiendo a la eterna Palabra de Dios, ni introduciendo alguna novedad que es contraria a las Escrituras. Debemos cuidarnos de que ninguna sospecha de tal conflicto dañe la fe de los piadosos, y que los imprudentes no se hagan más osados por una pretensión de novedad”.
Realmente el honor que Cristo otorga a “la ley o los profetas” era mayor, mucho mayor que el que le concedían los escribas y fariseos. Ellos sepultaban los oráculos divinos bajo un cargamento de tradición y consideraban que el hacer la ley era el único modo de obtener la salvación. Así que, en realidad eran ellos quienes estaban desechando el Antiguo Testamento. El caso era muy distinto con Jesús. Cuando él (5:16) exige buenas obras, él dirige esta exhortación a aquellos que previamente habían sido declarados bienaventurados (Mt. 5:2–12; Lc. 6:20–23). Según las bienaventuranzas estas personas, convencidas de su pobreza espiritual, habían confesado con lloro sus pecados y habían recibido de Dios la justicia de la imputación e impartimiento. En ese contexto, “las buenas obras” son obras de gratitud por la salvación ya recibida. Así la ley era un principio que estaba siendo cumplido, así era con los profetas, en los que se reafirmaban las demandas de la ley. Por lo tanto, es claro que era Jesús—no el adversario—quien tenía el derecho de afirmar: “yo no he venido para abolir, sino para cumplir”. Su meta era que en las vidas de sus verdaderos seguidores el requisito espiritual del Antiguo Testamento recibiera lo que le correspondía, esto es, que en estas vidas se llenase hasta el borde mismo el vaso de la demanda de la ley (y por lo tanto también de los profetas).
Sin embargo, me parece que la explicación dada hasta aquí no satisface completamente el sentido del pasaje. Me resulta difícil creer que al decir “he venido, no para abolir, sino para cumplir” Jesús estaba pensando solamente en el cumplimiento en sus seguidores. Más bien parecería que se estaba refiriendo al cumplimiento de la ley “en su propia experiencia y crecientemente en la experiencia de sus seguidores” (C. R. Erdman, op. cit., p. 48). Nótese: también “en su propia experiencia”. Esto pone al pasaje en armonía con otros dichos en que Jesús se presenta como el cumplimiento [p 303] del Antiguo Testamento; no solamente con las palabras pronunciadas mucho después (Mt. 26:56; Lc. 18:31; 24:25–27, 44), sino también, y especialmente, con aquellos que pertenecen al año mismo en que este sermón fue pronunciado.
Es difícil creer que quien muy recientemente se había revelado a la mujer samaritana como la realización de la esperanza de la humanidad (Jn. 4:25, 26, 42), y que muy poco después se presentaría a Juan el Bautista y al pueblo de Nazaret como el cumplimiento de la profecía (Mt. 11:1–6 y Lc. 4:16–30, respectivamente), en este sermón hubiera podido hablar de cumplir el Antiguo Testamento sin pensar en ninguna realización en sí mismo.
Ahora, si el cumplimiento iba a ser en relación con él mismo también, entonces, ¿iba a ser con respecto a su enseñanza solamente, presentando el verdadero sentido de la ley y revelándose a sí mismo como el cumplimiento de los tipos del Antiguo Testamento y de las predicciones de éste, de modo que él se destacaría como el principal profeta (Dt. 18:15, 18)? ¿O con respecto a sus sufrimientos y muerte vicarios solamente, por medio de los cuales a través de su obediencia activa y pasiva satisfaría las demandas de la ley como comprensivo sumosacerdote de su pueblo (Sal. 40:6, 7; Jer. 23:6)? ¿O exclusivamente con respecto a su gobierno real, liberando por lo tanto a su pueblo del poder del enemigo y gobernando sus vidas como su rey eterno (Gn. 49:10; 2 S. 7:12, 13; Sal. 72)? ¿Pero por qué no las tres cosas? ¿No abre el Antiguo Testamento mismo el camino para una interpretación más completa del concepto “cumplimiento mesiánico” cuando al describir la venida del Redentor no siempre se restringe al ejercicio de su función a un solo oficio? Véanse Sal. 110:4; Is. 53; Zac. 6:13. Conclusión: en todo lo que él era y venía a hacer, había venido no para abolir o anular el
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Antiguo Testamento, sino para cumplirlo. El contexto no requiere—quizás no sea erróneo decir, “ni siquiera permite”—que se haga restricción alguna al significado de esta majestuosa declaración (5:17). Además, el pasaje mismo, por medio de su conjunción disyuntiva “o” (“la ley o los profetas” en vez de “la ley y los profetas”) enfatiza la amplitud del sentido, haciendo que la mente demore un poquito más en las dos partes distintas, y probablemente indicando que no había venido a suprimir las demandas de la ley ni a invalidar las palabras, incluyendo las predicciones, de los profetas. El había venido a cumplir ambas cosas.
“He venido”, dijo Jesús. Esto indica que él estaba completamente consciente de su misión mesiánica, y, en estrecha conexión con ella, de su preexistencia. Así que esta doctrina de la preexistencia no es exclusiva de Juan (1:1–14; 3:17; 5:36, 43; 6:38; 8:58; 16:28; 18:37) y Pablo (2 Co. 8:9; Gá. 4:4, 5; Ef. 4:9, 10; Fil. 2:5ss; etc.). Aunque no en forma tan abundante, también se enseña claramente en los Sinópticos (Mt. 5:17; Lc. 12:49; 19:10).
Sobre la base de la explicación dada del v. 17, lo que sigue es más fácil de [p 304] entender: 18. Porque en verdad os digo: Hasta que el cielo y la tierra desaparezcan, no desaparecerá de la ley ni la más pequeña de las letras ni la menor de las tildes hasta que todo (lo necesario) se haya cumplido. Una traducción estrictamente literal, una que tendría poco sentido para el lector que no está familiarizado con el hebreo y griego, sería: “Porque amén yo digo a vosotros, hasta que el cielo y la tierra pasen, ni una iota ni una keraia pasará en lo absoluto de la ley hasta que todo llegue a ser”.
En cuanto a “amén”, en el hebreo se refiere, en general, a las ideas de verdad y fidelidad. En su forma simple (Qal), el verbo significa ser fiel, seguro. En la forma reflexiva simple (Niphal): ser hecho firme, ser confirmado, establecido. En su forma causal (Hiphil): estar firme, considerar como digno de confianza, creer. Ocurre en declaraciones que afirman o confirman una verdad solemne. En el Antiguo Testamento se encuentra el amén simple en Dt. 27:15, 16–26; 1 R. 1:36; 1 Cr. 16:36; Neh. 5:13; Sal. 106:48 y Jer. 28:6. El doble amén se encuentra en Nm. 5:22; Neh. 8:6; Sal. 41:13; 72:19; y 89:52. En el Nuevo Testamento la palabra amén, como adverbio acusativo, combina las ideas de veracidad y solemnidad. La traducción “de cierto” = “en verdad” no es del todo mala, aunque algunas versiones modernas la eluden. En las versiones castellanas hay diversas traducciones en que el lector debe examinar por sí mismo si dan la misma plenitud de significado que la forma usada en Reina Valera: “te aseguro” (Jn. 3:36, NVI); “de verdad te aseguro” (Versión Ecuménica o de Taizé). En todo caso—el lector examine esto por sí mismo con el uso de una concordancia—en que aparece esta palabra en el Nuevo Testamento, ella introduce una declaración que no solamente expresa una verdad o hecho—como por ejemplo, 2 × 2 = 4 sería un hecho—sino un hecho importante, solemne, que en muchos casos está en discrepancia con la opinión o esperanza popular o, por lo menos, causa alguna sorpresa. Es por esa razón que personalmente yo prefiero la traducción “Yo solemnemente declaro”280 antes que “Te aseguro”.
No es claro por qué es que Juan en su Evangelio siempre usa el doble amén (griego: “amén, amén”; VRV 1960: “De cierto, de cierto”) y los Sinópticos siempre el amén simple. Algunos sugieren que el doble amén de Juan reproduce literalmente lo que Jesús, hablando arameo, decía, y que Mateo, Marcos y Lucas, dando el equivalente griego, consideraban que el amén simple era todo lo que se necesitaba para reproducir la solemnidad de las palabras de Cristo. Siempre que lo que Cristo quería decir esté plenamente expresado—y así fue en cada caso—esto no hace una diferencia material.
Entonces, en conexión con el versículo inmediatamente precedente, en que Jesús había dicho que no había venido para abolir la ley o los profetas [p 305] sino para cumplirlos, ahora, contradiciendo abruptamente lo que sus oponentes deben haber estado diciendo acerca de su actitud, reafirma su completa lealtad a los oráculos sagrados. Mientras no haya
280 Cf. Williams: “Os digo solemnemente”.
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desaparecido el universo en su forma presente (Sal. 102:25, 26; Is. 34:4; 51:6; Mt. 24:35; Ro. 8:21; Heb. 1:12; 2 P. 3:7, 10–13; Ap. 6:14; 21:1–3)281 ni siquiera la menor de las porciones del Antiguo Testamento que requiere cumplimiento dejará de cumplirse. Todo tipo se cambiará por su antitipo. Toda predicción será verificada. La demanda de la ley será plenamente satisfecha.
Ni siquiera un iota (VRV 1960: “jota”) ni una keraia (VRV 1960: “tilde”) desaparecerá de la ley, esto es, del Antiguo Testamento, hasta que su misión haya sido cumplida. El Antiguo Testamento fue escrito originalmente en letras hebreas, la menor de las cuales era la yodh, que sonaba como la “y” en “yo”. En griego estaba representada por una letra igualmente pequeña en aquella lengua, la iota. La keraia es una prolongación muy pequeña, un pequeño gancho que distingue una letra hebrea de otra. Así la segunda letra del alfabeto hebreo, llamada Beth y que en castellano corresponde a la “b” tiene una ligera prolongación en la esquina inferior derecha para distinguirla de la letra kaf, que corresponde a la “k” castellana. Beth se escribe
Entonces el significado es este, que ni siquiera en el menor sentido dejará de .כ kaf es ,ב cumplirse el Antiguo Testamento. Es como si dijéramos que con respecto a su cumplimiento
“ni una ‘t’ quedará sin tilde, ni una ‘i’ sin punto”.
Cuando Jesús estaba hablando, ya se habían cumplido algunas partes del Antiguo Testamento, por ejemplo, la encarnación. Otras partes se estaban cumpliendo. Otras se iban a cumplir muy pronto, esto es, en la crucifixión y resurrección, o más tarde en la ascensión, en Pentecostés y después de Pentecostés, y finalmente en la segunda venida de Cristo en gloria.
En el nuevo cielo y en la nueva tierra ya no será necesaria “la ley” como un libro escrito. En realidad, la Biblia escrita—Antiguo y Nuevo Testamento—se habrá hecho superflua. Sin embargo, hasta que llegue ese tiempo nada faltará en cuanto a cumplimiento. El programa de Dios con respecto a Cristo, la iglesia, el hombre en general y el universo, se realizará completamente (Is. 40:8).
Es evidente que nuestro Señor tenía un elevado concepto de la ley de Dios. Por eso, no nos sorprende que él prosiga: 19. Por lo tanto, quien-quiera que anule uno de los menores de estos mandamientos y así enseña a los hombres, será llamado muy pequeño en el reino de los cielos; pero quienquiera que los practica y los enseña, será llamado grande en el reino de los cielos. Aunque todo esto es por gracia y nada de ello es ganado por los ciudadanos del reino, su rango o posición en el reino dependerá [p 306] del respeto a la ley de Dios y será proporcional a ello. No todo mandamiento de la ley es de igual significancia. Los rabinos dividían la ley en 613 mandamientos. Consideraban que 248 de estos eran positivos y 365 eran negativos. Sostenían largos debates acerca de mandamientos más pesados y más livianos. Algunos rabinos consideraban Dt. 22:6 (“No tomarás la madre”— ave—“con los hijos”—polluelos—) como el “más pequeño” (menos importante) de todos ellos.282 En cuanto al de más peso o el mayor de todos los mandamientos, la pregunta en cuanto a su identificación la respondió un escriba (Lc. 10:27). Por la respuesta de Jesús se ve que él estuvo de acuerdo con la contestación (Lc. 10:28; cf. Mt. 22:34–40; Mr. 12:28–34).
Ahora bien, aunque es ciertamente verdad que la enseñanza de Cristo en cuanto a la ley estaba lejos del árido legalismo quisquilloso y trivial y la torturante escrupulosidad de los rabinos, él también consideraba algunos requisitos de mayor importancia que otros. Esto no sólo es claro por el v. 19, citado arriba, y de lo que dijo acerca del gran mandamiento, sino
281 El cielo y la tierra no “dejarán de existir” sino que serán gloriosamente transformados. Véase la obra del autor, La Biblia y la vida venidera, cap. 48, pp. 289–293. 282 Véase S.BK. I, p. 249.
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que también se deduce de su declaración acerca de “las cosas más importantes de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad” (Mt. 23:23). Sin embargo, insiste en que todo mandamiento de lo que es verdaderamente la ley moral de Dios—la misma ley que va a discutir con mayor detalle en 5:21ss—debe ser guardado. Nada debe ser anulado o abrogado.
Quienquiera que, no importa cuán excelente sea en otros aspectos, voluntariamente deseche aun el más pequeño de los mandamientos y enseña a otros a seguir su ejemplo será muy pequeño “en el reino de los cielos” (véase sobre 4:23); mientras, por otra parte, quienquiera que practica y enseña estos mandamientos (en la forma interpretados por Cristo) “será llamado”—quiere decir que será en realidad (cf. 1 Jn. 3:1)—grande en el reino. Como las Escrituras lo confirman, este principio tiene validez con respecto al reinado de Cristo tanto en la tierra (cf. Mt. 18:1–4) como en el cielo. Es verdad ahora y se aplicará también en el día del juicio y después. La salvación no es solamente por gracia y por medio de la fe, es también según las obras. Véase más acerca del último punto en Ec. 12:14; Mt. 25:35–45; Ro. 2:16; 2 Co. 5:10 y Ap. 20:12, 13. Aun aquí difieren en grado de fidelidad los hijos de Dios. Así que diferirán en grado de gloria en el cielo y en el tiempo de la resurrección (1 Co. 15:41, 42).
Se sigue del v. 19 que guardar la ley y enseñarla a otros en la forma que debe ser enseñada es muy importante. Esto también se demuestra en el v. 20, donde la conjunción introductoria “porque” indica que lo que los oyentes de Cristo estaban por oír era una confirmación y una explicación de lo que se acababa de decir.
Sin embargo, aunque hay una conexión entre los vv. 19 y 20, también hay [p 307] una transición en este punto a un tema nuevo, aunque estrechamente relacionado. Jesús ha estado mostrando que la justicia del reino está en completo acuerdo con los principios morales enunciados en el Antiguo Testamento. Ahora va a mostrar que
Esta justicia no está en conformidad con la interpretación y aplicación tradicionales de la santa ley de Dios
Así Jesús dijo: 20. Porque os digo que si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, ciertamente nunca entraréis en el reino de los cielos. Nótese la enfática introducción “Porque os digo”. Jesús está por hacer una afirmación muy importante acerca de la reprensible justicia de los escribas y fariseos, en contraste con otra justicia, una en que Dios se complace. Inmediatamente después de hacer su afirmación, va a especificar. Va a mostrar la interpretación de los rabinos de “No matarás” y qué es lo que realmente significa; luego, cómo explicaban los antiguos “No cometerás adulterio”, explicación que había sido adoptada por los escribas y fariseos, y cuál era su intención original y su explicación correcta. Así va a continuar haciendo un contraste entre la interpretación falsa y la verdadera de la ley, discutiendo uno por uno el juramento, la venganza y el amor al prójimo. Esta discusión seguirá hasta el final del cap. 5. Pero aun gran parte de los caps. 6 y 7 reflejarán el indicado contraste.
En consecuencia, la afirmación hecha en el v. 20 es definitivamente básica para lo que sigue. La justicia exigida por Cristo es nada menos que una completa conformidad con la santa ley de Dios (cf. Mt. 22:34–46, especialmente v. 46) en todo lo que la persona es y hace. Tal justicia significa que el corazón, no sólo la acción exterior, está en lo recto, en lo recto tal como Dios mismo lo ve. Además, la justicia es dada por Dios, aquí abajo en principio, más adelante en la perfección. Por el contrario, los escribas y fariseos aceptaban una justicia que consistía en un cumplimiento exterior, y creían o pretendían creer que a través de un esfuerzo enérgico podrían alcanzar su meta, y que en realidad estaban en vías de su realización.
Es natural que Jesús clasifique en un grupo una profesión (los escribas) y una secta (los fariseos). Los escribas eran expositores y maestros reconocidos del Antiguo Testamento. Los
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fariseos eran los que trataban arduamente de hacer que todos creyeran que ellos se apegaban a sus enseñanzas.
En resumen, los dos tipos de justicia, agudamente contrastadas en los Evangelios, pueden describirse como sigue, sumada a la descripción la evidencia que la corrobora en cada caso:
a. La de los escribas y fariseos no logra satisfacer el corazón. Es formal, externa y superficial. No alcanza la perfección. La recomendada por Jesús satisface el corazón. Es genuina, interna y profundamente arraigada. Es completa.
[p 308] “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5:8). “Vosotros sois los que os justificáis delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros
corazones” (Lc. 16:15).
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis el exterior de la copa y el plato, pero por dentro están llenos de extorsión e intemperancia” (Mt. 23:25).
b. La de los escribas y fariseos no logra satisfacer la mente. Está basada en un razonamiento que es engañoso, ilusorio, y meramente “ingenioso”, y procede de una mente que no tiene reposo. La recomendada por Jesús satisface la mente. Está en una línea de razonamiento que es honrado, confiable y sano, y procede de una mente que ha encontrado o está en el proceso de encontrar reposo.
“Venid a mí todos los que estáis cansados y cargados y yo os daré descanso” (Mt. 11:28). Nótese el sano razonamiento del “hijo pródigo” después que hubo vuelto en sí (Lc. 15:17–19).
Un ejemplo de razonamiento engañoso se encuentra en Mt. 15:3–5. Jesús comenta: “Habéis anulado la palabra de Dios por causa de vuestra tradición” (15:6).
c. La de los escribas y fariseos es propia, hecha por ellos mismos. Estos hombres eran “justos ante sus propios ojos”. La justicia recomendada por Jesús es dada por Dios.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán plenamente satisfechos” (Mt. 5:6).
“A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres ... Pero el publicano, estando lejos ... decía: Dios, sé propicio a mí, pecador ... Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro” (Lc. 18:9–14, en parte).
d. La de los escribas y fariseos glorifica el yo. Es ostentosa y orgullosa. La recomendada por Jesús glorifica a Dios. No tiene pretensiones y es humilde. Esto también es claro en el pasaje recién citado (Lc. 18:9–14). Lo prueba también lo siguiente:
“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres ... y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).
“Tened cuidado de no practicar vuestra justicia delante de la gente, para atraer la atención de ellos; de otro modo no tendréis recompensa alguna de vuestro Padre que está en los cielos. Así, cuando des a los pobres no lo anuncies públicamente con toques de trompeta, como los hipócritas hacen ...” (Mt. 6:1, 2).
Habiéndose establecido el principio fundamental (v. 20, en cierto sentido vv. 17–20), [p 309] esa verdad básica va a ser aplicada a diversos mandamientos. Seis veces Jesús va a poner su propio pronunciamiento autoritativo en contraste con la enseñanza de los escribas y fariseos, y, detrás de ellos, en contraste con las malas interpretaciones de los sabios de antaño. Seis veces va a decir: “Fue dicho ... pero yo os digo” (5:21, 27, 31, 33, 38 y 43). Esto lo podemos llamar Las seis antítesis.
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Primera antítesis: el sexto mandamiento, homicidio
Se hará evidente que Jesús agudiza el filo de todo precepto. Lo hace señalando y condenando la mala disposición del corazón que yace en la raíz de la transgresión, y poniendo luego en contraste el mandamiento positivo. Esto queda en claro de inmediato en su interpretación del sexto mandamiento. La introducción es la siguiente: 21. Habéis oído que fue dicho por los hombres de antaño: “No matarás”, y “cualquiera que comete homicidio merece ser castigado (con la muerte)”. La fórmula “Habéis oído que fue dicho” presenta una dificultad, ya que la frase siguiente, considerada por sí misma, se puede traducir “a los hombres de antaño” (VRV 1960: “a los antiguos”) o “por los hombres de antaño”. Muchos traductores y comentaristas prefieren a. Varios favorecen por.283 Según el primer punto de vista, Jesús quería decir que Moisés había dicho algo en la ley a los padres, y que ahora Jesús “asume un tono de superioridad sobre las reglas mosaicas” (A. T. Robertson, Word Pictures, Vol. I, pp. 44). J. Jeremias, en un artículo al que nos referimos en la nota 250, expresa el mismo punto de vista en un lenguaje aun más enfático cuando afirma que “Jesús establece una nueva ley divina cuando a la palabra de la Escritura opone su ‘Pero yo os digo’ ”.
Según el segundo punto de vista, Jesús quería decir que los hombres de antaño, esto es, los expositores de la ley, los rabinos, habían presentado una interpretación con la que él está en desacuerdo o que es peligrosamente incompleta, aun cuando los escribas y fariseos de su tiempo estaban de acuerdo con ella (como está claramente sugerido en el v. 20).
Razones para rechazar la primera interpretación (“a”) y aceptar la segunda (“por”):
a. Sería muy extraño que Jesús, habiendo recién afirmado en palabras enfáticas que no había venido para abolir la ley o los profetas ahora repentinamente se pusiera a hacer exactamente lo que no había venido a hacer.
b. Si Jesús se hubiera estado refiriendo a lo que Moisés había mandado en la ley, habría usado un lenguaje diferente; por ejemplo, “Moisés mandó” [p 310] (Mt. 8:4), o “Está escrito” (Mt. 4:4, 7, 10; Lc. 2:23; 4:4).
c. En escritos judaicos posteriores rabinos famosos tales como Hillel y Shammai eran llamados “padres de la antigüedad”.284 La designación “hombres de antaño”, por consiguiente, es una buena designación para quienes habían interpretado oralmente el Antiguo Testamento escrito.
d. La expresión “fue dicho”, aunque es posible usarla como referencia a algo escrito, se asocia más fácilmente con la enseñanza y tradición orales que con lo que está escrito en un documento.
e. Es claro que cuando Jesús dice: “Habéis oído ... pero yo os digo” (5:22, 28, 32, 34, 39, 44) está estableciendo un contraste entre dos posiciones que son completamente opuestas. Este contraste es más claro cuando las dos oraciones que se oponen son “Fue dicho por los hombres de ... pero yo digo”, con lo que quiere decir: “Ellos dijeron ... pero yo digo”, que si fuera: “Fue dicho a los hombres ... pero yo digo”, queriendo decir: “Ellos oyeron ... pero yo digo”.
Los intérpretes de antaño, entonces, al citar el sexto mandamiento habían dicho: “No matarás”. ¿Qué había de malo en esto? ¿No era exactamente lo que Dios en su ley había escrito en tablas de piedra (Ex. 20:13; Dt. 5:17)? Ellos habían agregado: “cualquiera que mata
283 “por los de tiempos antiguos” (A.V.; también en forma similar F. W. Grosheide, op. cit., p. 57; H. N. Ridderbos, op. cit., Vol. I, pp. 107, 108; y D. M. Lloyd-Jones, op. cit., Tomo I, pp. 211, 212). 250 En la traducción y explicación de los vv. 21 y 22, he tenido la ayuda del artículo de J. Jeremías sobre ῥακά, Th.D.N.T., Vol. VI, pp. 973–976. Sin embargo, una comparación revelará también algunas diferencias.
284 Véase, por ejemplo, Mishna, Eduyoth I. 4. Véase B. Pick, The Talmud, What It Is, Nueva York, 1887, p. 23.
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merece ser castigado (con la muerte)”. ¿Y qué había de malo en ello? Es verdad que estrictamente hablando ésta era una adición hecha por ellos. Uno no lo encuentra en Ex. 20:13 ni en Dt. 5:17, pero la substancia de esta adición o interpretación se encuentra ciertamente en Gn. 9:6, VRV 1960: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada ...” De ese versículo también se desprende que el castigo a que hacían referencia los hombres de antaño era la pena capital.285
Por lo tanto, superficialmente parecería que no hay falta alguna en la forma en que los hombres de antaño habían interpretado el sexto mandamiento. En el caso presente lo malo no estaba en lo que habían dicho, sino en lo que habían dejado de decir, o, por lo menos, habían dejado de enfatizar. Esto también se aplicaba a los escribas y fariseos del tiempo de Jesús, porque, como ya se ha indicado, ellos respaldaban la tradición de los antiguos. En consecuencia, ellos tampoco estaban dando un sumario completo de la ley sobre el homicidio. La interpretación de ellos, aunque era correcta hasta donde alcanzaba, estaba lejos de su propósito. Era lastimosamente inadecuada. Imagínese a un ministro del evangelio en el día de hoy que predica sobre este mandamiento y limita sus exhortaciones a una advertencia de tener sumo cuidado en el uso de las armas de fuego, de los [p 311] garrotes o de los automóviles. Podría aun advertir contra el tráfico de drogas. Pero si no señala la causa espiritual que produce el homicidio, y no advierte en su contra, ¿no ha errado el blanco? ¿Es la ley de Dios solamente un código penal?
Esta lección, a saber, que una persona no puede esperar una bebida sana de una fuente contaminada, resume lo que Jesús enseña en el v. 22. Pero yo os digo que (aun) cualquiera que se enoja con su hermano merece ser castigado (con la muerte). Y cualquiera que le dice a su hermano: ‘¡Estúpido!’, merece ser condenado (a muerte) por la corte suprema. Y cualquiera que diga: ‘¡Idiota!’, merece ser echado en el infierno de fuego. Nótese el enfático y enteramente pronunciado YO (ego) en el comienzo mismo de cada una de las declaraciones con que Jesús contradice la interpretación tradicional (véanse los vv. 22, 28, 32, 34, 39 y 44). Aquí, en el v. 22, es como si Jesús dijera Principiis obsta, esto es, “resiste los comienzos”. El comienzo del acto exterior del homicidio es la ira pecaminosa, el odio. Cf. Stg. 4:1. Una actitud tan furiosa y mala hacia el hermano es realmente un pecado contra el sexto mandamiento, dice Jesús, y merece ser castigado (con la muerte). Cuando en este espíritu de contención y gran disgusto alguno le dice “Raca”—probablemente en arameo y significando “estúpido” (o “cabeza hueca”)—es digno de ser condenado a muerte por la corte suprema (judía, el sanedrín). Igualmente, cuando en el mismo estado mental y de corazón le dice: ‘¡Idiota” ’ (o, ‘retardado mental’, ‘tonto’) merece la muerte. Además, que el Señor no está pensando solamente en la muerte física sino en la muerte eterna es claro por las palabras: “merece ser echado en el infierno (gehenna) de fuego”. Véase más acerca de Gehenna en 10:28.
Si se adopta esta explicación del pasaje, todo se simplifica. Jesús está enseñando solamente una lección, y muy importante. Está diciendo que la ira pecaminosa—del tipo que lleva a decir palabras amargas—en su naturaleza misma es homicidio. Es el asesinato cometido en el corazón. A menos que se arrepienta, la persona con este tipo de actitud enfrenta el castigo eterno en el infierno. Sea lo que fuere ante los ojos de los hombres, delante de Dios está condenado y está en camino a la muerte eterna. Así, mientras los escribas y fariseos ponían el énfasis en el hecho externo, como si eso solo fuera lo reprensible, Jesús traslada el hecho a la mala disposición del corazón que está tras todo ello.
Sin embargo, hay otra interpretación. En parte, equivale a esto: Jesús dice que por estar airado con su hermano un hombre debe ser sentenciado por una corte “local”; al hacer algo peor, a saber, con ira llamar estúpido a su hermano o decirle que no sirve para nada, debe
285 Así también en Josefo, Antigüedades I. 102, “Os exhorto ... a que os guardéis puros de homicidios, castigando a quienes cometen tal crimen”; el sentido, puesto que la referencia es nuevamente a Gn. 9:6, debe ser “castigando con la muerte”.
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ser castigado por la corte suprema; y peor aún, al llamarlo idiota merece la pena extrema, la eterna [p 312] perdición.286
Objeciones:
a. Se podría comprender que los rabinos recurriesen a hacer distinciones hilando muy fino entre el grado de culpa implicado en llamar estúpido a un hombre en comparación con lo implicado al llamarlo idiota; pero que Jesús mismo hubiera recurrido a algo de esta naturaleza, no puede ser. Esto es del todo improbable en un discurso en que censura severamente las interpretaciones de los hombres de antaño y de sus seguidores.
b. Probablemente es erróneo el punto de vista de que aquí en el v. 22, o en los vv. 21 y 22, la palabra griega krisis significa “corte local”.287 Tal definición tiene en contra no solamente la objeción mencionada en c. sino también el hecho de que, aparte de 5:21, 22, en ninguno de los más de cuarenta ejemplos de su uso, ampliamente distribuido a través del Nuevo Testamento, puede tener ese significado. Con frecuencia indica decisión, juicio, veredicto. A veces equivale a una decisión contra, de donde viene condenación, castigo. Véase C.N.T. sobre Jn. 3:17–19.
c. Es difícil entender cómo el estar enojado con un hermano, sin revelarlo exteriormente en palabra o hecho, podría hacer que un hombre tuviera problemas con una “corte local”.
d. Esta teoría de los “tres grados de pecado y castigo” oscurece el hecho de que no solamente aquí, en su enseñanza acerca del homicidio, sino también en lo que sigue en el resto del capítulo, Jesús está enfatizando una lección central, a saber, que la raíz de los males está en el corazón, donde hay que poner el amor en lugar del odio y la indiferencia, y la sinceridad en lugar de la hipocresía y el egoísmo.
No había excusa para el hecho de que en su interpretación los escribas y fariseos del tiempo de Jesús, en completo acuerdo con los hombres de antaño, estuvieran omitiendo la lección principal. “Moisés” había enfatizado el amor a Dios (Dt. 6:5) y al hombre (Lv. 19:18). No solamente eso, sino que la primera narración de una pelea hogareña, la historia de Caín y Abel, había señalado de una manera muy impresionante el mal de la ira proveniente de los celos, como la raíz del homicidio (Gn. 4:1–16; véanse especialmente los vv. 6 y 7). La misma lección había sido enfatizada en escritos posteriores (Pr. 14:17; 22:24; 25:23; Ec. 7:9; Job 5:2; Jon. 4:4). En consecuencia, al interpretar el sexto mandamiento en la forma que lo hace, [p 313] Jesús, lejos de anularlo, está mostrando lo que había significado desde el principio mismo.
Pero, ¿qué ocurre cuando en la conducta diaria de una persona este principio de amor no recibe la atención que le corresponde? ¿Qué debería hacer el hombre que no está viviendo en armonía con su hermano? ¿Afectaría en alguna forma su culto a Dios esta relación tensa? Es una pregunta muy práctica, por cierto, no solamente en aquel tiempo, sino también en el día de hoy. ¿Con cuánta frecuencia no se ha oído la excusa: “Esto (esta acción o actitud con respecto a mi prójimo, mi familia, mi negocio, mi país, etc.) no tiene nada que ver con mi religión”?
Jesús, discrepando incisivamente, responde: 23, 24. Por lo tanto, si mientras llevas tu ofrenda al altar, allí recuerdas que tu hermano tiene un motivo de queja contra ti, deja
286 F. W. Grosheide, op. cit., p. 58, dice que Jesús está presentando una gradación en el pecado, y que un necio (cf. Μωρέ) es peor que uno que no vale para nada (cf. ̔Πακα). En forma similar, C. R. Erdman dice que “Jesús sugiere tres expresiones de este mal e intima, para cada cual, una creciente severidad en el castigo” (op. cit., p. 49). A. Plummer, op. cit., p. 79, hace una sugerencia similar: “odio inexpresado, rencor expresado y abuso expresado”, pero no está completamente satisfecho con ello y dice: “Posiblemente Cristo esté imitando irónicamente las distinciones casuísticas hechas por los rabinos ...” Calvino también, haciendo un comentario sobre 5:22, dice que Cristo asigna tres grados de condenación.
287 Opinión favorecida también por L.N.T. (A. y G.), p. 54. C.N.T. G. Hendriksen, Comentario del Nuevo Testamento
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tu ofrenda allí delante del altar, y primero ve y reconcíliate con tu hermano; enseguida vuelve y presenta tu ofrenda. Aquí hay un cambio importante del plural (segunda persona) al singular, un cambio que aparece también en VRV 1960 (de “vosotros” a “tú”) y en la traducción dada arriba desde “vosotros”, en “Habéis oído que fue dicho” y en “Pero yo os digo”, a “tú” en “Por lo tanto, si mientras (tú) llevas, etc.”. Las versiones modernas en inglés no se preocupan de hacer una distinción (“y o u” = “vosotros”, “you” = “tú”) que en castellano da más vida reflejando mejor el original. Al reconocerse el cambio, se ve claramente que Jesús habla en forma muy personal ahora. Se está dirigiendo a cada individuo en particular. Que cada hombre examine su propio corazón.
La misma palabra “por lo tanto” muestra que lo que Jesús está a punto de decir se desprende directamente de lo que acaba de afirmar. Es la aplicación positiva de la regla de que el corazón humano debe estar lleno de amor todo el tiempo, no con ira ni odio. Muestra también que amar a Dios y por eso presentarle una ofrenda, y sin embargo no amar al hermano sino permanecer sin reconciliarse con él, no concuerdan. “Si alguien no ama al hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto” (1 Jn. 4:20b).
La ilustración que Jesús da es la de una persona que, según una costumbre judía, trae una ofrenda al altar (cf. Gn. 4:3–5; Ex. 25:2; Lv. 1:2ss; Sal. 66:13). Naturalmente, si lo hace de una manera correcta, está meditando en la bondad de Dios hacia él. En medio de sus meditaciones le viene la idea: “Puesto que Dios ha sido tan bueno conmigo, ¿cómo debo tratar a mi hermano?” Repentinamente un pensamiento le golpea la mente: “El hermano Jonatán (o cualquiera que sea el hombre) y yo ya no nos miramos bien. Entre él y yo hay algo que él considera una razón justa para acusarme de culpable. ¿Qué es lo que debo hacer?”
En esta situación, en plena armonía con el principio que acaba de enunciar, Jesús dice (como si lo dijera a él): “No acabes tu acto de devoción. Dejando la ofrenda delante del altar, ve inmediatamente a reunirte con ese [p 314] hombre que tiene este resentimiento contigo. Entre los dos (διά) busquen otra, completamente diferente y mejor (ἄλλος), relación; esto es, sé reconciliado288 con tu hermano. Luego regresa y termina de presentar tu ofrenda”.
Según el original, Jesús dijo: “Si ... recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti ...” ¿Qué quiere decir por “algo”? ¿Significa que si sabes de alguien que aun en el grado mínimo encuentra que has faltado, no puedes llevar esa ofrenda hasta que has logrado que él te apruebe a ti y todos tus caminos? Si así fuera, ¡cuán pocos serían los actos de adoración y devoción! Yo no creo que su intención haya sido algo tan poco práctico. El “algo” debe ser de una naturaleza tan importante como para que se le llame una ofensa o agravio.
La pregunta siguiente es: “¿Debe ser un agravio justo, esto es, debe el otro tener justa causa para quejarse antes que necesites dedicarle tus esfuerzos a fin de lograr una reconciliación?” Lenski podría ser tomado como un representante de los que responden en forma afirmativa (op. cit., p. 214); Ridderbos es de los que responden en forma negativa (op. cit., Vol. 1, p. 110). Me inclino a estar de acuerdo con Ridderbos. Si yo sé que mi hermano aun piensa que tiene derecho a estar insatisfecho conmigo, ¿no debo esforzarme por lograr la reconciliación con él? ¡Cuán fácil es encontrar una excusa para no hacerlo!
También en conexión con los vv. 23 y 24 Jesús está reenfatizando el verdadero sentido espiritual del mandamiento. En diversos lugares se enseña en el Antiguo Testamento que bajo ciertas circunstancias las ofrendas no son aceptables a Dios (Gn. 4:5; 1 S. 15:22; Is. 1:11; Jer. 6:20; Am. 5:22; Miq. 6:6, para mencionar unos pocos de una larga serie de pasajes). El don deriva su valor del corazón del dador (Mr. 12:41–44; Lc. 21:1–4; Heb. 11:4; cf. ¡Jn. 3:16!).
288 διαλλάγηθι de διαλλάσσομαι.
227
¿Significa la ilustración de los vv. 23, 24 que la reconciliación puede esperar hasta que una persona está llevando una ofrenda al altar, o está entrando en la iglesia? De ningún modo. El tiempo para la reconciliación es siempre ahora mismo. Mañana podría ser demasiado tarde. Esto es claro por los vv. 25, 26. Reconcíliate pronto con tu adversario, mientras tienes aún oportunidad de tratar con él, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al funcionario de la cárcel y seas puesto en la prisión. Te digo solemnemente, no saldrás jamás de ese lugar hasta que hayas pagado el último centavo. El cuadro cambia un poco. En la aplicación precedente del sexto mandamiento (vv. 23, 24) el hermano a quien hay que reconciliar se describía como teniendo “algo” (un motivo de queja) “contra ti”. Aquí (vv. 25, 26) el adversario está pensando en iniciar, y en [p 315] realidad podría haber empezado, un procedimiento legal.289 Como en el caso previo, aquí tampoco se indica si el adversario está moralmente en lo correcto. Tampoco se declara en forma definida la naturaleza del asunto en disputa, aunque el v. 26b (hasta que hayas pagado el último centavo) podría indicar una deuda en dinero. En todo caso, “tú”, la persona a quien Jesús se dirige, debes hacer todo lo posible por llegar a tener una “buena disposición” (literalmente) hacia tu adversario. Debes tratar de hacer las paces con él. Debes hacer todo lo posible por arreglar las cosas “fuera de la corte”, mientras todavía tienes la oportunidad de tratar con él; por eso, privadamente, sin implicar a los jueces o a la corte. A menos que hagas esto, cuando se emprenda el juicio la decisión podría ser en tu contra. El resultado sería que el juez te entregará a su subordinado, o ayudante, el “funcionario” que lleva a cabo las órdenes del juez. Entonces serás arrojado a la cárcel y estarás allí hasta que hayas pagado el último centésimo,290 esto es, ¡jamás saldrás!
Es claro que las palabras del Señor tienen un sentido más profundo. En último análisis está hablando no acerca de un juez terrenal sino del juez celestial; no de una prisión terrenal, sino del infierno. Que este es el sentido es claro de una comparación no solamente con el v. 22b, sino también con 18:30 y 35. Es el corazón el que debe ser recto. Es la disposición interior la que debe ser de amor hacia todos los demás. Esa es la única forma de cumplir con el sexto mandamiento.
Para resumir, es como si en los vv. 25, 26 Jesús estuviera diciendo: “No te sorprenda la urgencia de mi mandamiento de que os reconciliéis; porque, si pasas de esta vida con un corazón que todavía está en desacuerdo con tu hermano, condición que no has tratado de cambiar, esa incorrección testificará en tu contra en el día del juicio. Además, si mueres con ese espíritu de odio aún en tu corazón, nunca escaparás de la prisión del infierno”.
Se podría preguntar “¿Queda la carga sobre mí solamente y no sobre la persona que se me opone?” O, expresándola en forma diferente: “Aceptado que yo soy el pecador—por lo menos así me ve mi adversario—¿no es deber suyo perdonar?” La respuesta la dan pasajes tales como Mt. 6:12, 14; [p 316] 18:21–35. Estos mismos pasajes también implican que cuando he hecho todo lo que está al alcance de mi poder para efectuar la reconciliación y el adversario todavía se niega a ser justo y no quiere perdonar donde es necesario, la culpa quedará sobre él solamente.
289 En cuanto a la palabra ἀντίδικος véase también Lc. 12:58; 18:3 y 1 P. 5:8. El concepto se aplica también a Satanás (Job 1:6ss.;; Zac. 3:1; 1 P. 5:8; cf. Ro. 8:31). Véase más información acerca de la palabra en mi tesis doctoral, The Meaning of the Preposition ἀντί in the New Testament, Seminario Princeton, 1948, pp. 67–69. 290 El original tiene la palabra κοδράντης, palabra derivada del latín quadrans. Un cuadrante es un “cuarto” de un “as” o “asario”. Este vale un dieciseisavo de un denario. El denario es el salario promedio diario de un jornalero (Mt. 18:28; 20:2, 9, 13; 22:19). Debido al cambio constante de los valores monetarios es imposible indicar con algún grado de exactitud el equivalente en monedas modernas. Si el denario se estima en 16 a 18 centavos de dólar de Estados Unidos, entonces el asario equivaldría a un centésimo, y el cuadrante a un cuarto de centavo. Sin embargo, no es necesario determinar cuál sería el exacto equivalente moderno. El punto es: la persona que se niega a hacer un honesto intento de reconciliación jamás podrá pagar su deuda.
228
Entonces, el sexto mandamiento es un asunto que comprende el corazón, no simplemente un acto exterior. Y así es en el caso con cada mandamiento, también en el séptimo; como mostrará la
Segunda antítesis: El séptimo mandamiento, el adulterio
27, 28. Habéis oído que fue dicho: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Los hombres de antaño, al igual que los escribas y fariseos del tiempo de Jesús, ciertamente estaban en lo correcto al citar el séptimo mandamiento en la forma que lo hacían. Pero aquí nuevamente, como lo hemos mostrado al tratar el sexto mandamiento, ellos no lograban dar una exposición completa del asunto. Como en el caso previo, no era la ley, sino la exposición de los rabinos lo que era defectuoso.
El séptimo mandamiento debiera haber sido explicado a la luz del décimo: “No codiciarás la mujer de tu prójimo” (Ex. 20:17; Dt. 5:18). Si hubieran hecho esto, habría quedado bastante claro que “del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las inmoralidades ...” (Mt. 15:19). Los enemigos de Cristo condenaban el acto externo. Por lo menos ponían en ello el énfasis. Cuando convenía a sus propósitos podían ser muy severos hacia quienes cometían un adulterio literal (Jn. 8:1–11). Sin embargo, Jesús considera que los malos deseos del corazón ya son adulterio, así como considera que el odio del corazón es homicidio.
Es apenas necesario agregar que lo que se dice para el hombre casado también se aplica a la mujer casada. Siempre es mala la infidelidad en el vínculo matrimonial. Por cierto, esto quiere decir que cualquier tendencia que suscite tal infidelidad—por ejemplo, el intento de una persona soltera de romper un matrimonio—es igualmente un pecado contra el séptimo mandamiento.
Después de un examen más detenido notamos que no hay nada inocente en cuanto al hombre descrito en el v. 28. No es alguien que sin malas intenciones mira al sexo opuesto. No. Está mirando, observando, contemplando a una mujer con el fin de291 codiciarla,292 de poseerla y dominarla [p 317] por completo, de usarla para su propio placer. Por cierto, la expresión “cualquiera que mira”, tomada en forma aislada, es completamente neutral. La forma verbal usada en el original es muy general en su uso. Pero lo que tenemos aquí en el v. 28 es un mirar para codiciarla. Nada hay de inocente en ello. Es egoísmo. Véase Mt. 7:12. En el marco apropiado el sexo es un maravilloso don de Dios. Sin embargo, no hay excusas para la lujuria y la vulgaridad. Es incorrecta siempre y en todo lugar, para los solteros así como para los casados.
Entonces, ¿qué hay que hacer con respecto al corazón y el ojo lujurioso? La respuesta se encuentra en los vv. 29, 30. Por lo tanto, si tu ojo derecho te induce a pecar,293 sácalo y arrójalo lejos de ti. Es mejor que pierdas uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te induce a pecar, córtala y arrójala lejos de ti. Es mejor que pierdas uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo descienda al infierno. Este mandamiento no se puede tomar literalmente, porque aun cuando la persona literalmente se arranca el ojo derecho, todavía podría pecar con el ojo izquierdo. Jesús mismo
291 Nótese πρὸς τό con infinitivo. 292 Véase el estudio de la palabra ἐπιθυμία en C.N.T. sobre 1 y 2 Timoteo y Tito, pp. 307, 308, nota 147. Como ocurre con el sustantivo ἐπιθυμία así también ocurre con el verbo ἐπιθυμέω, puede tener un sentido favorable: desear (ardientemente), anhelar, aspirar a (Mt. 3:17; Lc. 22:15; 1 Ti. 3:1; Heb. 6:11; 1 P. 1:12). Sin embargo, aquí, en relación con “adulterio” debe significar “codiciar”. 293 Griego, σκανδαλίζετε. El σκάνδαλον es la barra donde se fija una carnada en una trampa o en un cepo. Es la barra curva que dispara la trampa; por eso, trampa, tentación a pecar, seducción (Mt. 18:7; Lc. 17:1); además, objeto de repulsión, el tropezadero de la cruz (1 Co. 1:23; Gá. 5:11). Similarmente, el verbo básicamente significa enlazar, inducir al pecado, hacer extraviar (Mt. 5:28; 18:6; etc.).
229
nos ha proporcionado la clave de su interpretación en Mt. 18:7–9, donde en una forma un poco diferente repite este mandamiento. De ese pasaje se desprende claramente que el ojo y la mano simbolizan y representan las “ocasiones de tropiezo”, o, si uno lo prefiere, la tentación de hacer lo malo, las seducciones engañosas. Entonces, el sentido general del pasaje es éste: “Hay que tomar una acción drástica para librarse de todo aquello que en el curso natural de los acontecimientos te tentará a pecar”. En esta conexión es especialmente el pecado contra el séptimo mandamiento lo que se tiene en mente.
Más en detalle, parecería que aquí se enseñan las siguientes lecciones:
a. La presente no es nuestra única vida. Estamos destinados para la eternidad. Nótese: “y no que todo tu cuerpo descienda—o sea arrojado—al infierno”.
b. Nada, no importa cuán precioso pueda parecernos en el momento—piénsese en el ojo derecho y en la mano derecha—debe permitírsele que haga perder nuestro glorioso destino.
c. El pecado, siendo una fuerza muy destructiva, no debe ser acariciado. Debe “morir” (Col. 3:5). La tentación debiera ser arrojada inmediatamente y en forma decisiva.294 Perder tiempo es mortal. Las medidas tomadas a medias causan estragos. La cirugía debe ser radical. En este mismo momento, y sin ninguna vacilación, hay que quemar el libro obsceno, destruir el cuadro escandaloso, condenar la película destructora del alma, [p 318] cortar el lazo social muy íntimo pero siniestro, y descartar los hábitos perniciosos. En la lucha contra el pecado el creyente debe pelear con valor e intensamente. Dando golpes al aire no sirve (1 Co. 9:27).
Por supuesto, estas acciones destructivas, y en ese sentido negativas, no podrán tener éxito sin la poderosa operación santificadora y transformadora del Espíritu Santo en el corazón y en la vida. Así que a través del sermón Jesús enfatiza lo positivo. Lo ha hecho ahora (véase vv. 23–26), anteriormente en las Bienaventuranzas (5:1ss), y seguirá haciéndolo (5:37, 39–42, 44–48; etc. Véase también Lc. 11:24–26). El hermoso pasaje que se encuentra en 2 Co. 6:17, 18, una cita compuesta del Antiguo Testamento, da el sentido en la siguiente forma:
“Por lo cual, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas” (2 Co. 6:17, 18; véanse también vv. 14–16).
Al decir, “Es mejor que pierdas uno de tus miembros”, etc. Jesús enfatiza cuanto más necesario y mucho mejor, sin punto de comparación, es prepararse para la eternidad que gozar (¿?) los deleites pecaminosos de esta vida. Sin alentar ni permitir de modo alguno que alguien literalmente se mutile, está diciendo que por cierto es mejor andar por esta vida mutilado en el cuerpo que, con el cuerpo entero todavía sano y sin daño alguno, ser echado en la Gehenna (“infierno”). Véase también sobre 10:28 y 16:26.
“Habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co. 6:20).
Continuando su enseñanza sobre el séptimo mandamiento, Jesús habla del importante tema del divorcio. Por inferencia defiende la inviolabilidad del vínculo matrimonial. Oponiéndose a lo que era incorrecto en la enseñanza tradicional, Jesús en
La tercera antítesis: el séptimo mandamiento, el divorcio
declara: 31, 32. También fue dicho: “Cualquiera que repudie a su mujer, dele certificado de divorcio”. Pero yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer a no ser sobre la base de (la) infidelidad (de ella) la expone al adulterio, y quienquiera que se casa con una divorciada está implicado en el adulterio. Entonces, aquí hay las dos posiciones en
294 Nótense los vivos aoristos imperativos activos ἔξελε, βάλε, y ἔκκοψον.
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contraste: la primera, acerca de la cual los escribas y fariseos, basados en opiniones expresadas por hombres de antaño, estaban siempre hablando y discutiendo, equivalía a esto: cuando una esposa era repudiada, había que darle un certificado de divorcio debidamente extendido. ¡Como si un pedazo de papel pudiera disolver un matrimonio! La segunda posición era la de Jesús. Es como si preguntara: “¿Y para qué un divorcio?” Enfatiza el hecho de que la violación del sagrado contrato matrimonial es nada menos [p 319] que infidelidad y adulterio.
Aquí nuevamente es claro que Jesús va hacia atrás, más allá de las opiniones rabínicas, hasta la intención original de la ley (Gn. 2:24; 24:67; Ex. 20:14; Dt. 5:18 y Mal. 2:14–16). Con todo esto compárese Ef. 5:31, 32 y Heb. 13:4. Esto se nota más claramente cuando se estudia Mt. 5:32 en conexión con 19:3–9. Nótese la frase desde el principio en 19:4, 8, y véase el comentario sobre todo este pasaje. La ley era clara. En el matrimonio un hombre se enlaza con una mujer, con la consecuencia de que solamente la muerte los puede separar. Cf. Ro. 7:2; 1 Co. 7:39. La excepción a que se refiere Jesús en Mt. 5:32 (“a no ser sobre la base de infidelidad”) permite el divorcio solamente cuando una de las partes contrayentes, aquí la esposa,295 por medio de la infidelidad marital (“fornicación”) se rebela contra la esencia misma del vínculo matrimonial.
Sin embargo, se podría hacer la siguiente objeción: “Pero ¿no dejó Moisés lugar para el ejercicio de una mayor medida de libertad? La regla que se encuentra en Dt. 24:1–4, ¿no equivale a ‘si deseas divorciarte de tu esposa, está bien, pero asegúrate de darle un certificado de divorcio’?” Tal parece haber sido la opinión de escribas y fariseos, aunque no de todos ellos en igual grado, como lo indicará la explicación de 19:3–9.
Sin embargo, en la realidad Moisés no había en modo alguno fomentado el divorcio, sino que, aunque no lo prohibió completamente, se había opuesto a ello. Ciertamente, cualquiera
que sea el sentido de la muy debatida frase hebrea ʿerwath dābhār (“alguna cosa indecente”,
en VRV 1960, Dt. 24:1; véase sobre Mt. 19:3), Dt. 24:1–4, tomado como una unidad, en forma bien definida se opone al divorcio. La regla de los primeros cuatro versículos de ese capítulo podría resumirse de la siguiente manera: “Maridos, pensadlo bien antes de repudiar vuestras esposas. Recordad que una vez que la hayáis despedido y ella haya llegado a ser la esposa de otro, no podréis volverla a tomar; ni siquiera si el otro marido la repudia o muere”. Moisés sí menciona el dar una “carta de divorcio” (Dt. 24:1), pero sólo de paso, esto es, incluida en la advertencia a modo de suposición. Sin embargo, los escribas y fariseos, como señala Mt. 5:31, ponían todo el énfasis en ese certificado. Jesús (v. 32) puso el énfasis donde corresponde. Ellos exageraban la importancia de la excepción, lo que hacía posible el divorcio. Siempre tenían debates sobre ello (cf. 19:3–9). El, por otra parte, enfatiza el principio, a saber, que el marido y la mujer son uno y deben permanecer siendo uno.
Los expositores difieren bastante con respecto a la traducción de la [p 320] respuesta de Cristo, particularmente con relación a las palabras generalmente traducidas “hace que ella adultere” (VRV 1960) o “la convierte en adúltera” (A.R.V., cf. R.S.V). El lector con frecuencia puede haberse preguntado cómo un acto por el cual un esposo se divorcia de su esposa inocente podría convertirla en adúltera. Como si no fuera suficiente desgracia el haber sido rechazada injustamente por su marido y verse obligada a enfrentar sola la lucha de la vida, ¿debe ahora además ser catalogada de “adúltera”? Como respuesta, generalmente se señala que cuando se da esa traducción a la declaración se la interpreta mal. Se debe leer prolépticamente: se la llama adúltera porque fácilmente podría llegar a serlo. ¿Interpretará
295 Mateo estaba escribiendo primariamente para los judíos, entre quienes era bien conocido el acto de repudiar la esposa por parte del marido, pero no lo contrario. Marcos, al escribir a los gentiles, incluye las dos posibilidades (10:11, 12). Pero naturalmente Mt. 5:32 se aplica a la esposa que “despide” a su marido tanto como al marido que hace lo mismo con su esposa. A.R.V. American Standard Revised Version
R.S.V Revised Standard Version
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así las palabras el lector normal, “el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere”? ¿No es mejor solución dar una traducción más adecuada del original? El griego, al usar la voz pasiva del verbo, no dice lo que la mujer llega a ser o lo que la mujer hace, sino que ella arrostra, sufre, o a lo que queda expuesta. Ella sufre el mal. El hace el mal. Sí, ella misma podría llegar a ser culpable, pero ese no es el punto que Jesús quiere destacar. Me parece que es mucho mejor esta traducción: “Cualquiera que repudia a su mujer, a no ser sobre la base de (la) infidelidad (de ella), la expone al adulterio”, o algo parecido.296
Entonces, lo que Jesús está diciendo es esto: Cualquiera que se divorcia de su esposa, si no es sobre la base de infidelidad, debe cargar con la mayor responsabilidad si como resultado ella, en su soledad, inmediatamente cede a la tentación de casarse con algún otro. Había que dar al marido errado la oportunidad de reparar su error, esto es, de regresar a su esposa. Esto también explica la frase final, según la cual cualquiera que se apresura a casarse con la esposa abandonada se implica en adulterio, esto es, lo comete. Así era como Jesús contradecía la liviandad moral que prevalecía en su tiempo.
Mientras más estudiamos la enseñanza de Cristo en la forma que se nos presenta en este pasaje, más comenzamos a apreciarla. Aquí, con sólo unas pocas palabras sencillas, Jesús desaprueba el divorcio, refuta la mala interpretación de la ley dada por los rabinos, reafirma el verdadero sentido de la ley (cf. Mt. 5:17, 18), censura la parte culpable, defiende a la parte inocente, y a través de todo ello sostiene el carácter sagrado y la inviolabilidad del vínculo matrimonial en la forma ordenada por Dios.
Y ahora:
[p 321] Cuarta antítesis: el mandamiento acerca del juramento
33–37. Además, habéis oído que fue dicho por los hombres de antaño: No quebrantarás tu juramento, sino que guardarás los votos que hayas jurado al Señor. Pero yo os digo: No juréis de ningún modo, ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es su estrado, ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni jurarás por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro ni un solo cabello. Tu hablar sea tal, que el ‘sí’ sea sencillamente ‘sí’ y el ‘no’ sea simplemente ‘no’. Cualquiera cosa que es más que esto viene del malo. Aquí también, como anteriormente, lo que fue dicho por los hombres de antaño no era incorrecto. Era un buen resumen de la letra de la ley acerca del juramento (Lv. 19:12; Nm. 30:2; y cf. Dt. 23:21). Pero por las palabras de Jesús es obvio que los antiguos, y así también los escribas y fariseos del tiempo de Jesús, habían puesto mal el énfasis. Como es claro del contexto en cada caso, el énfasis divino era el siguiente (nótense las cursivas):
“No juraréis falsamente por mi nombre” (Lv. 19:12). “Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ... no quebrantará su palabra”
(Nm. 30:2). “Cuando haces voto a Jehová tu Dios, no tardes en pagarlo” (Dt. 23:21). O, usando la fraseología de los intérpretes: “No quebrantarás tu juramento, sino que guardarás los votos que hayas jurado al Señor”.
296 El griego, según la mejor lectura, es ποιεῖ αὐτὴν μοιχευθῆναι. L.N.T., p. 417. artículo μοιχάω, comenta, “pasivo de la esposa, sufrir adulterio, ser seducida, Mt. 5:32a”. De la misma naturaleza, aunque con leves variaciones, son las traducciones sugeridas por F. W. Grosheide y H. N. Ridderbos en sus respectivos comentarios. Ellos también indican que lo que se expresa es lo que la mujer sufre, aquello a lo que ella queda expuesta. Así también H. Bouwman en su artículo Echtscheiding (Divorcio) en Christelijke Encyclopaedie, Kampen, 1925, Vol. II, p. 4.
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En cada caso el énfasis está puesto en la veracidad: una persona debe ser veraz cuando solemniza su promesa con un voto. Su intención debe ser sincera. También debe ser fiel en el cumplimiento del voto, esto es, debe cumplir su promesa. Aun en conexión con las promesas que Dios mismo ha confirmado con un juramento se enfatiza su veracidad: “En verdad juró Jehová a David y no se retractará de ello” (Sal. 132:11). Y en conexión con “las dos cosas inmutables” (la promesa y el juramento) de las cuales sacan fortísimo consuelo los creyentes (Heb. 6:18) se enfatiza que “es imposible que Dios mienta”.
Ahora bien, este énfasis en la veracidad “de corazón” o “en lo íntimo”, la ausencia de “falsedad y engaño” (Sal. 15:2; 51:6; 24:4) está bien distribuido en los escritos del Antiguo Testamento. Además de las referencias ya dadas del Pentateuco y los Salmos, véanse también Pr. 8:7; 12:19; Jer. 5:3; Os. 4:1; Zac. 8:16; Mal. 2:6 y cf. Miq. 6:8.
Por las palabras de Jesús en Mt. 5:34–36 es evidente que los tradicionalistas habían desplazado el énfasis, de modo que ahora los pasajes del Pentateuco se leían así:
“No juraréis falsamente por mi nombre” (Lv. 19:12). [p 322] “Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ... no quebrantará su
palabra” (Nm. 30:2).
“Cuando haces voto a Jehová tu Dios, no tardes en pagarlo” (Dt. 23:21).
Resumen: No quebrantarás tu juramento, sino que guardarás los votos que hayas jurado al Señor”.
En otras palabras, en el pensamiento de los escribas y fariseos y de sus precursores un voto jurado “al Señor” debía ser guardado; por el contrario, un juramento en conexión con el cual no se mencionaba expresamente el nombre del Señor se consideraba de menor importancia. No era necesario cumplirlo tan concienzudamente. Y así en la conversación cotidiana se comenzaron a multiplicar los juramentos “por el cielo” y “por la tierra” y “por Jerusalén” y, según 23:16, 18, aun “por el templo” y “por el altar”. Con el fin de impresionar, una persona podía pronunciar un juramento de este tipo, “exagerando” y dispensando enormes promesas. Si la afirmación hecha era mentira y si la promesa se hizo sin pensar en cumplirla, no era tan malo, con tal que no se había jurado en nombre del Señor.
Jesús prohibe esta hipocresía. Muestra que las distinciones sutiles y minuciosas por medio de las cuales los rabinos, etc. clasificaban los juramentos en absolutamente obligatorios, no tan obligatorios, y los que no comprometían, o cualesquiera haya sido su clasificación, estaban completamente desprovistas de razón. Les dice que un juramento “por el cielo” debe ser verdadero y debe guardarse, porque ¿no es el trono de Dios? Por lo tanto el que pronuncia ese juramento está invocando el nombre de Dios. Y lo mismo en cuanto al juramento “por la tierra”, porque ¿no es la tierra el estrado de sus pies (Is. 66:1)? Y en cuanto al juramento por Jerusalén, ¿no era Jerusalén la ciudad del gran Rey (Sal. 48:3)? En otras palabras, cuando se pronunciaban juramentos apelando a cualquiera de estos objetos, eran tan obligatorios como si el nombre de Dios se hubiera invocado expresamente en conexión con ellos.
Aun había quienes juraban “por su cabeza”, queriendo decir: “Que pierda mi cabeza”—o sea, que pierda mi vida—“si lo que te estoy diciendo no es verdad, o si no cumplo mi promesa”. Sin embargo, Jesús señala que nadie puede cambiar el color intrínseco de su cabello. Es Dios, él solamente, quien determina si en un momento dado su cabello ha de ser blanco o negro. Puesto que ésta es la realidad, aun el juramento por la cabeza de uno es jurar por Dios y es un juramento tan obligatorio como lo es un tipo diferente de juramento.
La verdadera solución del problema está en el corazón. En el corazón debe reinar en forma suprema la verdad. Por eso, en la conversación cotidiana con las demás personas uno debe evitar completamente los juramentos. En cambio, la persona debe ser tan veraz, tan
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completamente digna de confianza, que se le crea la palabra. Cuando desee afirmar algo, diga sencillamente “sí”; y cuando quiera negar algo, diga sencillamente [p 323] “no”. Algo “más fuerte” que eso viene del malo.
Es característico de algunos individuos que saben que su reputación en cuanto a veracidad no es muy sobresaliente, que mientras más mienten, más afirmarán que lo que están diciendo es “la pura verdad”. Tienen la costumbre de entrelazar sus conversaciones con los juramentos. Jesús dice que esa conducta perjura viene “del malo”, el creador de las falsedades (Gn. 3:1, 4; Job 1:9–11; Mt. 4:6, 10, 11; Jn. 8:44; Hch. 5:3; y 2 Ts. 2:9–11).297
¿Quiere esto decir que cuando Jesús declara: “No juréis de ningún modo”, está prohibiendo aun los juramentos que se hacen ante los tribunales? ¿Enseña que en toda la esfera de las relaciones humanas no hay lugar alguno para la invocación solemne del nombre de Dios en sustanciación de una afirmación o promesa importante? De ningún modo. Ese punto de vista es contrario a la enseñanza de las Escrituras. Fue con un juramento que Abraham confirmó sus promesas al rey de Sodoma y a Abimelec (Gn. 14:22–24; 21:23, 24). Abraham también requirió un juramento de su siervo (24:3, 9). El juramento se menciona también en relación con Isaac (26:31), Jacob (31:53; cf. 28:20–22), José (47:31; 50:5), “los príncipes de la congregación” (Jos. 9:15), y los hijos de Israel (Jue. 21:5). Véanse también Rt. 1:16–18; 2 S. 15:21; 1 R. 18:10 y 2 Cr. 15:14, 15.
Con respecto a los juramentos de Dios mismo, a las referencias ya mencionadas se pueden añadir Gn. 22:16; 26:3; Sal. 89:3, 49; 110:4; Jer. 11:5 y Lc. 1:73. Finalmente, fue bajo juramento que Jesús declaró ser Hijo de Dios, el Cristo (Mt. 26:63, 64). En este mundo de engaño y de falta de honradez a veces es necesario el juramento para añadir solemnidad y la garantía de confiabilidad a una afirmación o promesa importante. Nada hay aquí en Mt. 5:33–37 ni en otro lugar de la Escritura que prohíba esto. Heb. 6:16 confirma esta práctica sin una palabra de crítica adversa. Lo que tenemos en Mt. 5:33–37 (Cf. Stg. 5:12) es la condenación del juramento impertinente, profano, innecesario y, con frecuencia, hipócrita, usado para impresionar y para sazonar la conversación ordinaria. Contra ese mal Jesús recomienda la [p 324] sencilla veracidad de pensamiento, palabra y hecho.
Quinta antítesis: el mandamiento acerca de las represalias
38–42. Habéis oído que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, al que te golpea la mejilla derecha, ponle también la otra. Y si alguien quiere ponerte a pleito para quitarte la camisa, déjale también el saco. Y a quienquiera que te obliga a ir una milla, ve con él dos. Al que te pide (algo) dale, y al que quiere pedirte prestado, no se lo niegues. En Ex. 21:24, 25 leemos: “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe”. Lv. 24:20 agrega “rotura por rotura”; Dt. 19:21, “vida por vida”. Esta era una ley para los tribunales civiles, puesta con el fin de terminar con la práctica de la venganza privada. Los pasajes del Antiguo Testamento no dicen: “Véngate personalmente cuando te hacen daño”. Quieren decir exactamente lo opuesto: “No te vengues por ti mismo,
297 Es verdad que ἐκ τοῦ πονηροωῦ también puede ser neutro y así puede significar “viene del mal”. Quienes favorecen esta traducción interpretan las palabras “lo que es más de esto de mal procede” (VRV 1960, VM) como que quieren decir que los juramentos deben su origen al mal, esto es, a la falta de veracidad que existe en tan alta escala en nuestra sociedad. “En un mundo sin pecado, el juramento sería innecesario, pero ahora es necesario” (G. Brillenburg Wurth, De Bergrede en Onze Tijd, Kampen, 1933, p. 73). Así también H. N. Ridderbos, op. cit., Vol. I, p. 115. Aunque yo creo que esta explicación de la necesidad del juramento es correcta y aun importante, dudo que en el contexto presente ella explique adecuadamente la frase en cuestión. Me parece que la frase así interpretada parece un poco fuera de contexto. Además, para la consciencia de Cristo, el diablo era muy real (véanse las referencias a la tentación en Mt. 4 y paralelos; Mt. 12:27; 13:19, 39; 16:23; 25:41; Mr. 8:33; Lc. 10:18; 11:18; 13:16; 22:31; Jn. 12:31; 14:30 y 16:11). Finalmente, como se ha mostrado, la mentira es una cualidad sobresaliente de Satanás, de modo que es completamente natural considerar al diablo como la fuente de los juramentos livianos y (generalmente) mentirosos. Otros favorecen la traducción “del malo” o “del diablo”, entre los cuales están Amplified New Testament, Beck, Berkeley, Goodspeed, N.E.B., Weymouth, Williams, la nueva traducción holandesa (Bijbel, Nieuwe Vertaling), BJer y la NVI.
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sino deja que la justicia sea administrada públicamente”. Esto es claro de Lv. 24:14: “Saca al blasfemo fuera del campamento, y todos los que lo oyeron pongan sus manos sobre la cabeza de él, y apedréelo toda la congregación”. Cf. Dt. 19:15–21.
Sin embargo, los fariseos apelaban a esta ley para justificar la retribución y la venganza personal. Citaban este mandamiento con el fin de destruir su propósito mismo. Cf. Mt. 15:3, 6. El Antiguo Testamento repetidas veces prohibe la venganza personal: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová” (Lv. 19:18). “No digas: Yo me vengaré; espera a Jehová, y él te salvará” (Pr. 20:22). “No digas: Como me hizo, así le haré; daré el pago al hombre según su obra” (Pr. 24:29).
Entonces, ¿qué quiso decir Jesús cuando dijo: “No resistáis al malo; antes, al que te golpea”, etc.? Cuando las palabras de Cristo se leen a la luz de lo que sigue inmediatamente en los vv. 43–48, y cuando se explica el paralelo de Lc. 6:29, 30 sobre la base de lo que precede inmediatamente en los vv. 27, 28, se ve claramente que el pasaje clave, idéntico en ambos Evangelios, es “Amad a vuestros enemigos” (Mt. 5:44; Lc. 6:27). En otras palabras, Jesús está condenando el espíritu de falta de amor, el odio y el deseo de venganza. Está diciendo: “No resistáis al malo con medidas que surgen de una disposición de falta de amor, implacable, despiadada y vengativa”.
Una vez que se ha entendido esto, se hace evidente que “volver la otra mejilla” significa mostrar en palabra, actitud y hecho que uno está lleno no del espíritu de rencor sino de amor. Ro. 12:19–21 ofrece un excelente comentario.
[p 325] Algo semejante vale con respecto a la persona que amenaza por medio de un pleito quitarle a uno la camisa, la túnica usada más al interior, pegada al cuerpo, como pago de una pretendida deuda. Nótese que no es la persona a quien Jesús habla la que está presentando el pleito, sino su oponente (cf. 1 Co. 6:1). Más bien que responder con resentimiento a este pleito, dice Jesús, déjale que se quede también con la túnica exterior. Esta túnica era considerada tan indispensable que cuando se tomaba en prenda debía ser devuelta antes de la puesta del sol, puesto que también servía como ropa de cama—con frecuencia la única del pobre—durante el sueño (Ex. 22:26, 27; Dt. 24:12, 13; Ez. 18:7; Am. 2:8). En resumen: No tenemos derecho de odiar a la persona que trata de quitarnos las posesiones. Nuestro corazón debiera llenarse de amor hacia tal persona y este amor debiera revelarse en nuestras acciones.
El primer verbo en “Cualquiera que te obliga a ir una milla ...” se refiere a la autoridad de requisición, de obligar al servicio. Es una palabra tomada del idioma persa, que con toda probabilidad la tomó del babilonio. El famoso correo real persa autorizó a sus portadores que cuando quiera que lo estimaran necesario obligasen a hacer servicio a quienquiera que estuviera disponible y al animal de éste, o sólo al animal. No debía haber demora en el despacho y la entrega de los decretos reales, etc. Cf. Est. 3:13, 15; 8:10. Como ocurre frecuentemente, aquí también, el verbo adquirió un sentido más general de obligar a alguien a prestar cualquier tipo de servicio. Se usa en conexión con Simón de Cirene que fue obligado a llevar la cruz de Cristo (Mt. 27:32; Mr. 15:21). Ahora, lo que Cristo está diciendo es que en vez de revelar un espíritu de amargura o de enojo hacia aquel que obliga a una persona a llevar una carga, ésta debiera tomar la carga con una sonrisa. ¿Alguien te pidió que le acompañaras llevando su carga una milla?298 ¡Entonces vé con él dos millas!
Igualmente, cuando alguien que está en angustia pide ayuda, uno no debe hacerse el sordo. Por el contrario, dice Jesús, dele, no de mala gana ni con amargura, sino generosamente; preste, no egoístamente, con mente usurera (Ex. 22:25; Lv. 25:36, 37), sino
298 Original μίλιον, palabra derivada del latín (millia), que significa literalmente mil pasos = ocho estadios, aproximadamente 1.450 metros.
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liberalmente, magnánimamente. No sólo muestre bondad, sino ame la bondad (Mi. 6:8; cf. Dt. 15:7, 8; Sal. 37:26; 112:5; Pr. 19:17; Hch. 4:36; 2 Co. 8:8, 9).
Ilustraciones bíblicas del espíritu que Jesús aquí recomienda:
a. Abraham que se apresura a rescatar a su “pariente” Lot (Gn. 14:14ss), aunque éste se había revelado anteriormente como un sobrino muy codicioso (Gn. 13:1–13).
b. José, que perdona generosamente a sus hermanos (Gn. 50:19–21) que no lo habían tratado muy amablemente (37:18–28).
[p 326] c. David, que perdona dos veces la vida de su perseguidor el rey Saúl (1 S. 24 y 26).
d. Eliseo, que sirvió pan y agua a los sirios invasores (2 R. 6).
e. Estéban, que intercede por los que lo apedrearon hasta darle muerte (Hch. 7:60).
f. Pablo, que después de su conversión escribe Ro. 12:21; 1 Co. 4:12; y 1 Co. 13 ¡y lo pone por obra!
g. Por sobre todo, Jesús mismo, que ora: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34; cf. Is. 53:12, última frase; Mt. 11:29; 12:19 y 1 P. 2:23).299
Esto nos conduce a la
Sexta antítesis: el resumen de la segunda tabla de la ley
43–47. Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos300 y orad por los que os persiguen, para que podáis ser hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si, con saludos cordiales os acercáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis que sea excepcional? ¿No hacen lo mismo los gentiles? “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo” debe haber sido la forma popular en que el promedio de los israelitas del tiempo de Cristo resumía la segunda tabla de la ley y regulaba su vida con respecto a amigos y enemigos.301 Deben haberlo aprendido de escribas y fariseos, aunque no necesariamente de todos ellos sin excepción. Por lo menos sabemos que el escriba cuyo resumen se relata en Mr. 12:32, 33 y el doctor de la ley (experto en la ley judaica) que habla en Lc. 10:25–27 fueron cuidadosos en no omitir “como a ti mismo” al citar Lv. 19:18. Lo que era aun peor que esta omisión era la adición “aborrecerás a tu enemigo”. En ninguna parte del Antiguo Testamento encontramos algo similar. En realidad, por medio de la adición, el énfasis fue desplazado de la intención original de la ley, como ocurrió también en conexión con el mandamiento acerca del juramento (véase p. 321). Lv. 19:18 dice: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová”. Este mensaje enfatizaba el amor en oposición a la venganza. Su perversión en el resumen popular [p 327] establecía un agudo contraste entre prójimo y enemigo, como si el propósito del mandamiento hubiera sido el que se tuviera amor por aquéllos y odio por éstos. El resultado era la pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lc. 10:29). ¿Era sólo el israelita? ¿O era el israelita y el prosélito? Véase Lv. 19:34. Pero si era así, ¿qué clase de prosélito, solamente el genuino, esto es, el no israelita que por el bautismo y la circuncisión se había hecho judío en todo aspecto salvo que no era literalmente hijo de Abraham? ¿O había que incluir además a los otros prosélitos? Algunas de
299 No importa cuáles sean los méritos textuales de Lc. 23:34, ¿no revelan el mismo espíritu los demás pasajes? 300 Las palabras “... bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen”, probablemente fueron insertadas de Lc. 6:27, 28, donde aparecen en orden inverso. 301 Cf. S.BK., Vol. I, p. 353.
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estas preguntas ya se hacían en el tiempo de la peregrinación de Cristo en la tierra. Otras iban a pedir atención un poco más adelante.302
Es claro que como resultado de esta lamentable mala interpretación de la ley se levantara un muro de separación entre judíos y gentiles; aquéllos para ser amados y éstos odiados. Pero era difícil detenerse aquí. Hubo de levantarse otra barrera entre buenos israelitas, como los escribas y fariseos, y malos israelitas, como los renegados, los publicanos (véase v. 46) y, en general, toda la chusma que no conocía la ley (Jn. 7:49). En una atmósfera tal, era imposible que el odio pasara hambre; había bastante con qué alimentarlo.
Fue en medio de este ambiente de mente estrecha, exclusivista e intolerante que Jesús llevó a cabo su ministerio. Alrededor de él estaban esas murallas y barreras. El vino con el propósito mismo de romper aquellas barreras, de modo que el amor—puro, cálido, divino, infinito—pudiera fluir desde el corazón de Dios, por eso, desde su propio corazón maravilloso, a los corazones de los hombres. Su amor sobrepasó todos los límites de raza, nacionalidad, partido, edad, sexo, etc.
Cuando dijo: “Os digo: Amad a vuestros enemigos”, debe haber dejado atónitos a sus oyentes, porque estaba diciendo algo que probablemente nunca antes había sido dicho tan suscinta, positiva y autoritariamente. Una investigación acabada de todas las fuentes importantes dio como resultado la declaración siguiente: “La conclusión resultante es que el primero que enseñó a la humanidad a ver al prójimo en cada ser humano, y por lo tanto, a tratar a todo ser humano con amor, fue Jesús; véase la parábola del Buen samaritano (literalmente, El samaritano compasivo)”.303 Sin pretender negar de ningún modo la declaración anterior, Jesús enseñó a la gente que uno no debiera preguntar: “¿Quién es mi prójimo?”, sino debiera cada uno mostrar que es prójimo del hombre necesitado, quienquiera que sea (Lc. 10:36).
Aunque en la forma expresada aquí (“Amad a vuestros enemigos”) la enseñanza de Cristo era nueva, no contradecía la ley. Más bien, era el resultado de la semilla antes sembrada. Como se ha mostrado, el Antiguo Testamento prohibía la venganza. Pero iba más allá de eso, enseñando que [p 328] cuando quiera que fuese necesario uno debía ayudar a su enemigo:
“Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado vuelve a llevárselo. Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás sin ayuda? Antes bien le ayudarás a levantarlo” (Ex. 23:4, 5).
De “ayuda a tu enemigo” a “ámalo” había apenas un paso. Jesús dio ese paso. Agregó: “Y orad por los que os persiguen”. En cuanto a la persecución de los creyentes véase 5:10–12. Jesús no exige a sus discípulos que hagan lo imposible. No les pide que se enamoren de sus perseguidores. Pero definidamente pide que aquellos por quienes iba a morir, a pesar de que por naturaleza aún eran enemigos de Dios (Ro. 5:8, 10), oren por la salvación de los enemigos de ellos mismos, queriendo decir “por la salvación de aquellos que los odian”.
Por medio del amor por sus enemigos y la oración por ellos, los seguidores de Cristo demostrarán, ante sí mismos y ante los demás, que son verdaderos hijos del Padre celestial. Es lógico que al decir “para que podáis ser hijos”, etc. Jesús no podía haber querido decir: “para que haciendo esto podáis llegar a ser hijos u obtener la posición de hijos”. Por gracia ellos ya eran hijos, pero su comportamiento o conducta como hijos confirmaría este hecho, porque los hijos imitan a sus padres (Ef. 5:1, 2). Esto es verdad en la familia celestial en forma aun más definida que en la terrenal, porque aunque en el último caso de ningún modo todo hijo está dotado del espíritu de su padre, en el primer caso todo verdadero “hijo” (uno salvado por gracia por medio de la fe, Ef. 2:8) recibe el Espíritu del Padre. Es a ese Espíritu
302 Véase la extensa discusión en S.BK., Vol. I, pp. 553–568. 303 S.BK., op. cit., Vol. I, p. 354.
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que él debe su nuevo nacimiento (Jn. 3:5), así como su crecimiento en las virtudes cristianas y su perfección final.
Cuando exhorta a sus oyentes que demuestren su parentesco con “el Padre que está en los cielos” (sobre esta expresión véase sobre 6:9b) amando a sus enemigos y orando por ellos, Jesús ilustra en forma implícita el amor primordial y activo del Padre al llamar la atención al hecho de que “él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos”. Esta afirmación es notable en más de un aspecto:
a. Es mucho más significativo decir “él hace salir su sol” y “él envía lluvia” que “el sol sale” y “llueve”. La forma en que Jesús lo dice hace que nosotros miremos más allá del hecho a Aquél que lo causa, y también más allá del hecho a la razón que lo produce, a saber, el amor del Padre por la humanidad.
b. El artículo definido se omite. Por eso, probablemente sea incorrecto, como la BAm, traducir: “sobre el malo y el bueno ... sobre el justo y sobre el injusto”, sino más bien como la generalidad de las versiones castellanas, “sobre malos y buenos ... sobre justos e injustos”. Así se pone un énfasis especial en el carácter de estas personas, como si dijera: “Aunque el Padre es el santísimo e inmaculado, no se retrae de derramar sus bendiciones sobre malos y buenos”.
[p 329] c. Para hacer que la naturaleza maravillosa del amor del Padre se destaque prominentemente, los dos pares se presentan en un arreglo quiásmico (en forma de X), sin que el énfasis caiga sobre malos ni sobre buenos.
En el primer par se mencionan primero los individuos calificados de “malos” y en el segundo par los “justos”. El sol y la lluvia caen sobre todos por igual, y al hacerlo así revelan el amor del Padre del cual todos son objeto.
Ciertamente es verdad que los hombres responden en forma diferente a las bendiciones por medio de las cuales el Padre revela su amor. No hay una gratitud común. Así que también es cierto que todos los que rechazan el evangelio usan las bendiciones de Dios para su propio perjuicio. Sin embargo, todo esto no puede anular el hecho de que el amor de Dios para con los habitantes de la tierra, buenos y malos, se revela imparcialmente en las bendiciones del sol y la lluvia con todos sus resultados benéficos. Este amor de Dios por aquellos que él creó es también claro de Gn. 17:20; 39:5; Sal. 36:6; 145:9,. 15, 16; Jon. 4:10, 11; Mr. 8:2; Lc. 6:35, 36; Hch. 14:16, 17; Ro. 2:4; y 1 Ti. 4:10. Para señalar sólo uno de estos pasajes, Jon. 4:10, 11—la misericordia de Dios hacia los ninivitas, sus hijos y aun su ganado—¿puede uno leer esto sin verse vencido por la emoción? Véase lo que G. C. Berkouwer dice acerca de esto, De Voorzienigheid Gods (Dogmatische Studiën), Kampen, 1950, p. 97.
Nada de esto debiera considerarse como una negación del hecho de que ciertamente hay un amor de Dios que no es compartido por todos. Pasajes tales como Gn. 17:21; Sal. 103:17, 18; 147:20; Mt. 20:16; Lc. 12:32; Ro. 8:1, 28–39; y muchos otros demuestran esto más allá de toda duda. Pero, así como un padre humano, además de amar en forma única a sus hijos e hijas, tiene lugar en su corazón para los hijos de sus vecinos, y aun para todos los niños del mundo, así también el Padre celestial, además de tener una relación completamente peculiar de tierna preocupación e íntima amistad hacia quienes por su gracia son suyos, ama a la humanidad en general. Véase C.N.T. sobre Jn. 3:16.
C.N.T. G. Hendriksen, Comentario del Nuevo Testamento
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Por otra parte, los que no quieren incluir a sus enemigos y perseguidores en su amor se ponen a sí mismos en un nivel moral y espiritual similar al de la gente que desprecian tan completamente, a saber, los cobradores de impuesto (“publicanos”) y los gentiles en el tiempo de Cristo, Mateo, el hombre que escribe todo esto, habiendo sido él mismo un publicano (véanse pp. 106, 107 y comentario sobre 9:9), no era ajeno al odio intenso con que especialmente los escribas y fariseos consideraban a las personas que pertenecían [p 330] a esta clase. Los recaudadores principales de impuestos habían pagado una suma fija de dinero al gobierno romano por el privilegio de fijar tasas de impuestos sobre exportaciones e importaciones así como por cualquier tráfico de mercaderías que pasara por la región. Las principales oficinas recolectoras de impuestos estaban en Cesarea, Capernaum y Jericó. Estos recaudadores subarrendaban sus derechos a “principales publicanos” (Lc. 19:2) que empleaban “publicanos para hacer la recolección”. Estos recargaban los impuestos lo más posible, hasta grandes sumas sobre lo normal. Así el “publicano” tenía la reputación de ser un extorsionista. Si era judío, era considerado también como un renegado o traidor, porque estaba al servicio de un opresor extranjero. La baja estima en que se tenía a los publicanos se refleja en pasajes como Mt. 9:10, 11; 11:19; 21:31, 32; Mr. 2:15, 16; Lc. 5:30; 7:34; 15:1; 19:7. Los publicanos y pecadores eran mencionados de un solo aliento, considerándose sinónimas las dos designaciones.
Si desdeñaban a los publicanos, también se desdeñaban a los gentiles. No siempre había sido así. En el tiempo del Antiguo Testamento se había dado mandamiento a los israelitas de amar a los “extranjeros” (Dt. 10:19) y de recordar que ellos mismos habían sido extranjeros en la tierra de Egipto (Ex. 23:9). Sin embargo, cuando durante el tiempo del exilio los israelitas sufrieron males indescriptibles a manos de sus captores, y cuando aun después, durante el período intertestamentario, Antíoco Epífanes amenazó con borrar de raíz la religión y sus ramificaciones, la actitud de los judíos hacia los gentiles cambió. Además, ¿no eran idólatras los gentiles? ¿Y no era la idolatría el mal que había llevado a los israelitas al cautiverio? ¿No eran gentiles también los romanos, y no eran ellos opresores extranjeros? ¿No estaban tratando de desviar religiosamente a los de Israel? Así que, durante el tiempo del Nuevo Testamento los gentiles, como los publicanos, eran tratados con extrema antipatía y desprecio. Eran considerados inmundos por los judíos “piadosos” (Jn. 18:28), en realidad, como “perros” (reflejado en Mt. 15:26, 27). A un judío no le cabía en la cabeza la posibilidad de tener una cena con un gentil incircunciso (Hch. 11:2).
Es comprensible que este odio fuera mutuo. Si los israelitas trataban con desprecio a los gentiles inmundos, ellos también recibían un tratamiento similar (Jn. 18:35; Hch. 16:20; 18:2). Así que, salvo unas pocas excepciones notables, con respecto a por ejemplo un no israelita que mostraba profundo interés en la religión de Israel (Lc. 7:1–5), los publicanos, gentiles y judíos formaban grupos separados. Lo mismo ocurría con los samaritanos. La mujer samaritana estaba atónita que Jesús, siendo judío, le pidiera un poco de agua (Jn. 4:9; cf. Lc. 9:52, 53; Jn. 8:48). Divisiones por todas partes. Odio en todo lugar. ¿Y en cuanto al amor? Bueno, los publicanos amaban a [p 331] los publicanos. Los gentiles saludaban304 cordialmente a los gentiles.
Ahora entendemos el trasfondo del dicho de Cristo (en resumen) “Si amáis a los que os aman, ¿cuál es vuestra recompensa? ¿No están haciendo lo mismo los publícanos ... y los gentiles no saludan cordialmente a los gentiles?” El señor está diciendo a sus oyentes, por lo tanto, que al imitar a los publicanos y a los gentiles en su exclusivismo, simplemente están demostrando que ellos mismos no son mejores en nada a aquellos que ellos consideraban inferiores en valor moral y espiritual. Ellos no están haciendo nada excepcional, que sobresalga o sea extraordinario. Sin embargo, para recibir una recompensa la justicia de
304 L.N.T. (A. y G.) proporciona evidencias para el hecho de que ἀσπάσησθε significa más que simplemente “saludáis”, p. 116. La palabra sugiere querer, tener afecto por, y aquí tal vez signifique “acercarse con saludos cordiales”.
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quienes deseaban ser discípulos de Cristo debe “superar” la de escribas y fariseos (véase v. 20).305
Nada hay de malo en esperar una recompensa, siempre que se entienda que a. el trabajo que se hace para el Maestro debe ser hecho espontáneamente, en el espíritu de Mt. 25:37, 38; y b. la recompensa sea por gracia y no por méritos (Catecismo de Heidelberg, Domingo 24). Véanse especialmente Mt. 6:1, 4, 5, 6; Lc. 17:10; 1 Co. 3:8; 4:7; 9:17; Fil. 3:14 y Heb. 12:2.
Jesús resume todo este párrafo (vv. 43–47) diciendo: 48. Por lo tanto, debéis ser perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Esto también estaba en armonía con la ley: “Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” (Lv. 19:2). “Perfecto serás delante de Jehová tu Dios” (Dt. 18:13). Véanse también Lv. 11:44; 20:7, 26; Ef. 5:1 y 1 P. 1:15, 16. ¿Significa esto que Jesús era un perfeccionista en el sentido que enseñaba a los hombres que debían alcanzar la impecabilidad antes de la muerte? De ningún modo, como lo demuestran claramente las bienaventuranzas y lo confirma la petición que enseñó a sus discípulos, a saber, “Perdónanos nuestras deudas” (Mt. 6:12). Nunca dio a entender que habría un tiempo antes de la muerte cuando ya se podría omitir esta petición. Contra el perfeccionismo en el sentido indicado véanse también 1 R. 8:46; Job 9:1; Sal. 130:3, 4; Pr. 20:9; Ec. 7:20; Ro. 3:10; 7:7–25; Gá. 5:16–24; Stg. 3:2 y 1 Jn. 1:8.
Si se hace la pregunta: “Entonces, ¿por qué tratar siquiera de llegar a ser perfecto?”, la respuesta sería: “Porque es lo que Dios manda”, como se ha mostrado. Además, el seguidor de Jesús no puede hacer otra cosa. El, con Pablo, anhela la perfección (Fil. 3:7–16). Aun aquí y ahora ha recibido una justicia imputada. También ha recibido la justicia impartida (véase sobre 5:6), pero ésta no se completa en la vida presente. La lucha por la perfección en este sentido no irá sin recompensa. La victoria se garantiza exactamente a los que se esfuerzan por alcanzar la meta. Cuando lleguen a las gloriosas [p 332] playas de la eternidad, su ideal se verá realizado. Será el don de Dios para ellos (Sal. 17:15; Fil. 1:6; 3:12b; 2 Ti. 4:7, 8; Ap. 21:27, cf. 7:14).
Sin embargo, en la presente conexión “perfecto” significa “acabado, completamente desarrollado, que nada le falta”.306 Jesús está diciendo a la gente de su tiempo, y a nosotros también, que ellos y nosotros no debiéramos contentarnos con una obediencia a medias a la ley del amor, como lo estaban los escribas y fariseos, que jamás penetraron hasta el corazón de la ley. Aunque en un sentido Jesús está repitiendo la amonestación implícita en el v. 45 (“para que podáis ser hijos de vuestro Padre que está en los cielos”), ahora (aquí en el v. 48) indica aun más definidamente que es la perfección del Padre la que tenemos que tratar de imitar; esto es, la perfección específicamente aquí (como indica el contexto precedente) en el amor que él muestra a todos. ¿No es él quien hace que su sol salga sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos? ¿No es también él quien amonestó cariñosamente a Caín (Gn. 4:6, 7)? ¿Aquél que todo el día extiende sus brazos a un pueblo rebelde y contradictor (Is. 65:2; Ro. 10:21)? Así que, en forma similar, el amor de todos aquellos a quienes fueron dirigidas estas palabras no debe dejar de alcanzar a todos, incluyendo aun a los que odian y persiguen. No solamente eso, sino que en calidad y carácter también debe ser un amor que sigue el patrón del amor del Padre; por ejemplo, en paciencia, compasión, sinceridad, etc.
Reconozcamos inmediatamente que aun en el creyente más maduro el amor es y será siempre finito, mientras el amor del Padre es infinito. Añádase que, por lo tanto, ese amor finito no puede ser otra cosa que una sombra de Su amor maravilloso. Sin embargo, este tipo de amor finito es alcanzable. ¿Cómo lo sabemos? Debido al hecho mismo que El es nuestro Padre celestial, quien, por esa misma razón, no rehusará este don a sus hijos.
305 La palabra περισσόν, usada aquí en el v. 47, y περισσεύσῃ, usada en el v. 20, son cognados. 306 En cuanto al significado de τέλειος en las epístolas de Pablo, véase C.N.T. sobre Filipenses, p. 197, nota 156.
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